Argentina Nuclear, 2017 – LXII: La Armada y la tecnología nacional

mayo 17, 2017

Esperaba que Daniel Arias, al retomar esta saga del desarrollo tecnológico argentino en el campo atómico y afines, nos introdujera en los tiempos de Alfonsín y Menem. Pero, evidentemente, le había quedado un “entripado” con el rol de la Marina. Así como rescató la gestión y los logros de Castro Madero -el último resplandor, en el marco de los años de plomo, de la vieja Comisión Nacional de Energía Atómica- aquí le pega duro a Massera, y también a una cultura que se transmitía en los mandos de la Armada.

Ese fastidio uno lo nota en muchos de los comprometidos con la ciencia y la tecnología argentina. Las posibilidades de las Fuerzas Armadas para la investigación técnica, el papel que han jugado en otros países y en otras épocas de la historia argentina… Pero el problema está en otro nivel. Eso ya se sabía en los tiempos del Mio Cid “Buen vasallo fuera  Si buen señor hubiera”.

62. El Almirantazgo Cero

puerto belgrano

Puerto Belgrano, apostadero de la Flota de Mar más poderosa de Sudamérica hasta los años ’70, pero eso sí, importada. Un resumen cultural de la Armada en años de vacas gordas. Sólo cambiaron las vacas. 

Tres años antes del ascenso del contralmirante Carlos Castro Madero a la presidencia de CNEA sucedió otro encumbramiento, pero de peor pronóstico. Recomendado por el ministro (y hermano en la Logia Masónica P-2, José López Rega), lamentablemente sin objeción alguna del presidente Perón, el capitán de navío Eduardo Massera, egresado de la Escuela de las Américas, ascendió desde el cargo más bien turístico-decorativo de paseador de guardiamarinas (capitán de la Fragata Libertad) a Comandante en Jefe de la Armada. Para ello, hubo que decapitar por retiro a 14 oficiales superiores con mayor grado (naval, no masónico).

En materia de rearme naval, Massera fue peor que sus antecesores, quienes tampoco fueron demasiado buenos: otro agente más de compras de los fabricantes de armas de la OTAN, con demasiado cariño por lo inglés y cierta fobia frente a los desarrollos tecnológicos propios.

Durante la segunda mitad del siglo XX, las FFAA solían encerrar a sus locos tecnológicos en “exilios intrafuerza” donde se les permitía jugar al desarrollo propio, sin estorbar a “la gente seria”, los oficiales de estado mayor. Salvo excepciones interesantes de Fabricaciones Militares o de la Fábrica Militar de Aviones, los fierros que tantas veces nos mostraron rara vez llegaban a entrar en fabricación de gran escala, por falta de plata o decisiones de los altos mandos, especialmente cuando eran promisorios. Los locos serios, esos que planteaban proyectos “interfuerzas”, terminaban en el aislamiento máximo del Centro de Investigación Tecnológico de las Fuerzas Armadas (CITEFA), hoy CITEDEF. Es el sitio perfecto para el surgimiento de ideas excelentes, ya que el autismo de cada fuerza garantiza que no prosperen.

El asunto siempre fue que tales emprendimientos autóctonos no perjudicaran el negocio de comprar chatarra de los EEUU, o si estos nos boicoteaban, de la orilla europea de la OTAN, y si Francia, Alemania, el Reino Unido e Italia también nos ponían en lista negra, de Israel.

Pero hubo al menos cuatro olas de nacionalismo tecnológico militar argentino, que coincidieron no poco con los ciclos de nuestros auges industriales sustitutivos. Así la Fuerza Aérea tuvo, ya desde antes de su independencia formal respecto del Ejército, la Fábrica Militar de Aviones (FMA) en Córdoba, fundada por Marcelo T. de Alvear en 1927. Presionada de mil modos desde su fundación para fabricar bajo licencia o no hacer nada, esta impactante y gigantesca unidad tecno-industrial debió matar en 1956 su proyecto más célebre, el caza multipropósito Pulqui II.

Guaraní

El IA50 Guaraní II, uno de los tantos buenos aviones argentinos que la Fuerza Aérea fabricó en pequeña escala, y que la Armada ignoró porque era de la Fuerza Aérea.

A través de varios cambios de nombre y de propósitos, la fábrica cordobesa sin embargo logró construir algunos aviones buenos y originales, pero en general caros por falta de escala de producción (el IA50 Guaraní II, el IA58 Pucará, el IA63 Pampa). Desde los ’50, la FAA también dirigió casi distraídamente la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) para experimentar en sondas espaciales de combustible sólido de alcance vertical creciente, vehículos que habrían sido convertibles, no sin remontar algunas dificultades de guiado, a misiles tierra-tierra, o tierra-aire. Ya sabemos cómo terminaron la CNIE y el Cóndor II cuando llegó Menem.

Desde los ’30 en adelante el Ejército ponía a sus poco numerosos tecnócratas en el arma de Ingenieros. Aunque por lo común ignorados por sus pares de estado mayor, lograron implementar las muchas y enormes plantas de Fabricaciones Militares, origen de casi toda la metalurgia, la metalmecánica avanzada y la industria eléctrica estatales y privadas  de la Argentina.

La Marina puso a sus propios genios inquietos en su comparativamente pequeña Dirección General de Investigación y Desarrollo, en la Dirección de Hidrografía Naval, y a los industrialistas en la Escuela de Mecánica de la Armada y los Astilleros Río Santiago, en Ensenada, provincia de Buenos Aires. Y desde ya Tandanor, en Dársena Norte, CABA.

Aquí ya asombra una diferencia con la orientación territorialista del Ejército y la Fuerza Aérea, que buscaron abarcar el mayor número posible de provincias en su despliegue tecnológico y productivo.

Es rarísimo que en un país con 2,8 millones de km2 de tierras y 4,2 millones de km2 de mar propio, la Armada todavía tenga casi toda su infraestructura de construcción y mantenimiento naval lejos del agua salada, metidas mayormente adentro del Río de la Plata, lo más cerca posible de la Casa Rosada y nada cerca del frente oceánico argentino. Costó un esfuerzo político de Domingo F. Sarmiento el crear un apostadero principal más hacia el Sur, asunto que culminó, en 1898, con la construcción de Puerto Belgrano, en inmediaciones de Bahía Blanca.  Un impulso similar del Ministro de Marina Manuel Domecq García determinó la fundación de la base de submarinos de Mar del Plata, en 1926.

Puerto Belgrano tiene 122.000 metros cuadrados cubiertos de arsenales y talleres, y dos imponentes diques de carenado capaces de reparar en seco cascos de hasta 220 metros de longitud. Pero Bahía Blanca sigue siendo la costa bonaerense, bastante inútil para la navegación por ser mayormente arenosa o barrosa y de bajas profundidades. Hay 3000 kilómetros más de costa patagónica, mucho más larga, y fuera de la solitaria base aérea de Trelew está desierta de todo activo naval flotante hasta Ushuaia. Aceptado, es un litoral difícil, con pocos puertos abrigados o profundos, y sometido a unos vientos y corrientes de marea que te la cuento. Es verla y llorar por la sucesión de puertos, fiordos y puertos que Tata Dios o la geología le regalaron a Chile. Pero otros países con costas aún más jodidas que la patagónica atlántica (Rusia, Holanda) desarrollaron sus marinas mercantes y militares con lo que la naturaleza les tiró, más mucho valor agregado humano. Esa costa vacía es nuestra mayor frontera con el resto del planeta. ¿Y adónde está la Armada? ¿Alguien la vio?

Asombra también lo poco que la Armada construyó de propio de su Flota de Mar, habiendo tenido siempre desde fines del siglo XIX hasta entrados los años ’70 la más poderosa de Sudamérica.

En el siglo XX hubo cuatro intentonas de autonomía tecnológica militar. En los primeros tres se fundaron casi todos los grandes talleres e industrias referidos: el primero sucedió en épocas de Alvear y su mayor jalón es la FMA, el segundo con la Década Infame se solapa con éste y tiene como pico la fundación de FM, y tercer y más impactante fue también el último que puede llamarse “gran”: el de la primera presidencia de Perón, que relanzó tanto la FMA como FM, fundó los Astilleros Río Santiago (ARS) y se prolongó a través de gobiernos muy distintos hasta mediados de los ‘60.

Todavía no se puede dar por muerto un cuarto intento, más bien de salvataje: el de los Ministerios de Defensa de los gobiernos kirchneristas, con el liderazgo tecnológico de INVAP y CITEDEF. Partiendo de un país doblemente devastado por una guerra perdida, la privatización y/o cierre de sus principales empresas públicas (entre ellas, las de defensa) una deuda gigante y un default, con poca plata, mucho realismo y más aciertos que errores, se trató de remozar viejas plataformas terrestres y marinas con nueva radarística y electrónica, así como devolverle una misión coherente y viable a futuro –la asociación con Embraer, el desarrollar drones- a la fábrica de aviones de Córdoba, destruida durante y por su concesión a Lockheed Martin.

FM y la FMA fueron históricamente grandes intentos audaces de sustitución de importaciones de material bélico, en los que el país puso mucho dinero y un talento considerable. La movida generó decenas de miles de puestos de trabajo directos, y más importante aún, en industrias privadas asociadas en química, electricidad, electrónica, metalmecánica y metalurgia. Pero a FM y a la FMA siempre les faltaron “cinco para el peso” para volver a la Argentina un país independiente y exportador en material bélico como sí lo es Brasil.

Pese a que a la Armada no le faltaron algunos líderes tecnológicos e industrialistas (Pablo Saénz Valiente, Segundo Storni), nunca alcanzaron la visión o la autoridad de Enrique Mosconi o Manuel Savio dentro del Ejército. Comparativamente, hizo bastante menos por el avance industrial naval –y del país- que las otras dos armas sobre el terrestre y el aeronáutico. En el primer gobierno de Perón la Armada construyó en Río Santiago algunas unidades de combate costeras y chicas. Fueron mayormente patrulleras, algunas fragatas, naves logísticas y barcos especiales, como los de hidrografía y el rompehielos Irízar.

En los ’70 sucedieron algunos intentos -rápidamente abortados- de construcción local de destructores y submarinos bajo licencia británica y alemana. Pero la norma es que los barcos principales de la Flota de Mar, los portaviones, acorazados, cruceros, destructores y submarinos, fueran nuevos o “de descarte”, vinieran siempre de afuera.

Y de volar en aviones argentos, a nuestros señores marinos ni hablarles. Nunca uno. Ni los mayores éxitos de fabricación de la planta aeronáutica cordobesa, como el entrenador avanzado IA22 “Diente de León” (206 unidades), único avión militar argentino con un motor argentino. O el transporte biturbohélice Guaraní II (35 unidades), que habría sido un buen avión logístico y de vigilancia costera, dotado de un radar.

Tampoco se requiere mucha imaginación aeronaval para imaginarse al IA58 Pucará (110 construidos) en similares funciones, si se le ponen sensores ópticos infrarrojos para vuelo nocturno, un radar en la nariz y un par de misiles antibuque “Martín Pescador” bajo las alas. El “Puca”, cuyo techo es de 15.500 metros tiene una autonomía de vuelo de 5 horas, en las que puede recorrer 3700 km, y eso sin usar tanques suplementarios. Con un radar “look-down”, un Puca es un AWACS chico, un avión de vigilancia aérea y alerta temprana.

Sólo después del desastre de Malvinas, CITEFA testeó el Puca con el Martín Pescador y el combo, previsiblemente anduvo joya. Ahí CITEFA logró el milagro de que la FAA homologara un misil argentino de cuyo desarrollo se había apartado en los ’70: ¿a quién se le iba a ocurrir que la Aeronáutica tuviera que atacar blancos navales? El asunto es que después de haberlo hecho, y con cierto éxito pese a no tener ningún misil antibuque en su arsenal, sacó la lección. ¿Y la Armada sacó alguna? ¿Pedidos de Pucas del Almirantazgo para patrulla armada con el Martín? ¿Ni uno?

Tiene su lógica, porque es fama que antes de Malvinas el Martín Pescador, un proyecto que arranca en 1966, había sido totalmente desarrollado, disparado en más de 50 ocasiones, y ya se sabían sus flaquezas y virtudes. Las dos grandes flaquezas eran que sólo podía usarse desde aviones de ala fija biposto o desde helicópteros, porque este cohetito no es un “fire and forget” que vuela solo: hay que guiarlo visualmente hasta su blanco, a una distancia máxima de 15 kilómetros. En un avión monoposto y en ambiente de combate, el piloto habría tenido que elegir entre controlar su avión o controlar el misil y se mataría, probablemente con ayuda del enemigo.

El otro inconveniente del Martín era su escasa carga explosiva: 40 kg. Puede parecerle poco a un almirante que ignore la terrible fragilidad de los destructores y fragatas contemporáneos, de casco de aluminio. O a uno que no sepa lo que pueden hacer esos 40 kg. de hexolita en la cubierta llena de combustible y municiones de una nave de operaciones anfibias. O en la de un portaviones.

Lo cierto es que la homologación a los aviones biposto de la Armada (el Trojan T-28 y el Aermacchi MB-326) de este aire-mar tan naval fue “pisado” por cierto almirante, ganoso de las tremendas prestaciones (y comisiones) del AM39 Exocet francés, autoguiado, con casi 50 km. de alcance y 170 kg. de explosivo. Lindísimo y devastador, pero como sucede con todo armamento importado, uno jamás tiene a mano la cantidad necesaria cuando se lo necesita de apuro (ver la Junta Militar en el caso Malvinas).

En la batalla por las islas, 100 o 150 “Martín Pescador” habrían hecho bastante diferencia. Este cohetito de morondanga podía batirse contra la mayor parte de la misilística antiaérea británica: doblaba el alcance de las baterías Rapier de la infantería, triplicaba el de un Stinger o un Blowpipe disparado desde el hombro de un saldado, y le sacaba 5 km. en alcance al muy eficaz Sea Wolf de las fragatas tipo 21, las “guardaespaldas” de corta distancia de las grandes unidades de desembarco. Fuera de las armas de tubo y de los AIM9 Sidewinder usado por los aviones Harrier, el único misil de largo alcance y alta letalidad de la Task Force que habría podido liquidar a Pucas, Trojans y Aermacchis armados con el Martín era el Sea Dart de los destructores tipo 42, muy malo sin embargo a corta distancia.

martín pescador

Finalmente, un Martín Pescador bajo el ala de un Aermacchi de la Armada. Una lástima que sucediera después de la guerra.

Usado desde baja altura en la Bahía de San Carlos, un ambiente cerrado donde los misiles guiados por radar de los fragatas y destructores se confunden debido a los ecos generados por los cerros, el Martín habría hecho mucho daño. Lo cual no significa que hubiera ganado o siquiera empatado la guerra. Eso, en la visión del almirante yanqui Harry Train, comandante de la Flota del Atlántico de la Armada estadounidense durante el conflicto, habría requerido no de otro armamento sino de otra conducción militar argentina, una que entendiera la guerra no como forma de negociación extrema, sino según la entendían los ingleses: guerra, punto. Se gana o se pierde.

Hubo que perder la guerra para que la Armada Argentina homologara su propio misil antibuque. Que luego dejó morir abandonando a medio desarrollo su remplazo, el AS-25K, que sí es un “fire and forget”. Más “forget” que “fire”, por lo que se ve.

En suma, que el “Almirante Cero”, no salió de un repollo: surgió de un almirantazgo tradicionalmente “Cero Nacional”, y con cierta afición por el agua dulce.

La extraña índole de la Armada, impermeable a las olas de nacionalismo tecnológico sucedidas en las otras armas, se ve reflejada en sus fierros. Pero más indicativo aún es el destino de ciertas instalaciones. La Escuela de Mecánica de Núñez pasó de foco de excelencia en motorización y mantenimiento a chupadero donde se decidió la muerte de 5000 civiles. La Base Aérea Naval de Punta Indio sirvió para bombardear y ametrallar Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, con un saldo de más de 400 civiles muertos y 2000 gravemente heridos.

Last but not least, el lujoso edifico del Centro Naval, en Florida, destinado en 1882 por jóvenes oficiales fundadores a exponer los logros tecnológicos del arma (¿?), hoy es un hotelazo de 5 estrellas que se alquila para fiestas privadas y desfiles de modelos.

El ambiente de guerra favorito de Massera, justamente.


Argentina Nuclear, 2017 – LXI: Balance de los años de plomo

mayo 6, 2017

Daniel Arias retoma la saga. Pero antes de seguir con la historia (en su mayor parte triste) del programa nuclear argentino en democracia, se siente obligado a hacer un balance de la etapa más cruel, de 1976 a 1983. Además de desmitificar una “investigación” periodística.

  1. Un contralmirante argentino vs. un almirante contraargentino

 

No los hacen más distintos: el contralmirante Castro Madero explica su proyecto de submarino nuclear argentino. Al almirante Massera lo acaban de hundir durante los juicios contra las juntas.

Antes de rasquetear los ripios del átomo en democracia, hay que redondear alguna conclusión sobre la administración nuclear del físico reactorista y contralmirante Carlos Castro Madero. Pero es imposible sin contrastar su figura con la de su principal enemigo: su superior pero jamás jefe, el almirante Eduardo Emilio Massera.

La herencia de Castro Madero es controvertida e imponente: es la base de un “haber” todavía vivo, contante y sonante, medible en las exportaciones nucleares de INVAP. Esa herencia resistió a su distraída dilapidación cuando no a su ruina deliberada por los sucesivos gobiernos de Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, De la Ruina, y Duhalde. Resistió también a pecados originales ineludibles, siendo Castro Madero un integrante de la peor dictadura de la historia nacional, gobierno que integró como su único, último y paradójico milico desarrollista “a la brasileña”.

Sobre los 17 desaparecidos de la CNEA, los 4 del Balseiro y los 12 que sobrevivieron al secuestro y la tortura todavía se discute. Muchos de los sobrevivientes (Máximo Victoria, por ejemplo) culpan al contralmirante de su descenso al Hades. El lic. Luis Colángelo, histórico jefe de RRII nuclear, cree más bien que fue quien logró que no los mataran, y el físico Mario Mariscotti, ex gerente de I&D, es del mismo parecer. La física nuclear Emma Pérez Ferreira, futura presidente de la CNEA, en los ’70 una militante radical que se perdió estar en FORJA por demasiado joven, se perdió también un viaje de ida a la ESMA porque lo impidió su colega Carlos, con quien se tuteaba. Al especialista en materiales Tommy Buch, un izquierdista más bien reflexivo incluso de joven, ya lo habían echado de todos sus cargos universitarios y estaba –como quien dice- pegado a la alfombra y sin respirar a la espera de que le patearan la puerta, cuando el contralmirante lo escamoteó ante las narices de la SIDE y lo sepultó a descular la metalurgia del circonio en la invisibilidad de su proyecto más secreto, el de enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu. De eso los espías argentinos no tenían maldita la idea, porque no habrían tardado un minuto en vendérsela a sus colegas de la CIA.

Mucha gente nuclear confirmó, ya en democracia y para escándalo de los bienpensantes, deberle la vida a Castro Madero. Pero esto no cierra el caso. Hay demasiados muertos.

Si hay una línea nueva a ponerle a este expediente tan viejo, traigo a cuenta que, con un presidente recién estrenado y sin probar, lo peorcito de la Marina (Massera) y del Ejército (Luciano Benjamín Menéndez) trataron, cada parte por su cuenta, de apoderarse de la timonera de una institución hasta entonces casi autogobernada, un estado dentro del estado, y apropiarse de ese oscuro objeto del deseo de todo milico suficientemente bobo: su capacidad de hacer la bomba. No es creíble que la CIA haya sido solo un referí pasivo de este “vale todo y todos contra todos” con sólo tres en el ring: más bien fueron cuatro.

Eso explicaría que el proyecto que más desaparecidos tuvo fuera “Repro”, el Laboratorio de Radioquímica donde desde 1974 y por orden de Perón como presidente se estudiaba la extracción de plutonio de combustibles quemados. Lo dirigía Antonio Misetich, recién doctorado en el Massachussets Institute of Technology y, por quilates y liderazgo, candidato probable a reemplazar al almirante Iraolagoytía en la presidencia de CNEA cuando Isabel Perón terminara su mandato presidencial. Misetich no sobrevivió.

El “vale todo” empezó la madrugada del 25 de marzo de 1976, cuando El Proceso cursaba su primer día en el gobierno. El Ejército rodeó la Sede Central en Núñez, y un retén apostado en la puerta de Libertador con los FAL y una lista, fue mandando a los elegidos para la desaparición a amucharse en el salón de actos. Todavía con grado de capitán de navío y armado de sólo su teléfono, Castro Madero empezó su presidencia mandando (¿cómo habrá hecho?) a “los verdes” a rajarse, rabiando y con los camiones vacíos, y a los aterrados del salón de vuelta a laburar, si podían, a sus respectivos laboratorios.

33 fueron salvatajes precarios. Los meses subsiguientes arreciaron casos de “chupados” en la calle o en sus casas.  Si Massera y Menéndez buscaban “la bomba de Perón” para ganar poder, ya fuera quedándosela o desmontándola públicamente ante autoridades yanquis (al estilo de Menem con el misil Cóndor II), estaban mal informados. Algunos sobrevivientes a la tortura perdieron los dientes y la salud explicando a sus frustrados verdugos que no existía ninguna bomba.

Como los muertos no cantan y ya debían irse sumando, el suplicio tuvo que ganar cierto profesionalismo nuclear: se fueron los picaneadores y fajadores sin posgrado y aparecieron, más compasivos pero muy exigentes, los colegas del Ejército, futuros coroneles todos con título de física nuclear del Balseiro: Luis Argüello, Ricardo Rapacioli y el inminente general Máximo Abbate: les dejaban a los cautivos en sus celdas un poco de “homework”, ya que estaban al cuete: cálculos para resolver componentes críticos de una bomba de plutonio. Menéndez en abril o mayo de 1976 ya había aceptado que no existía ninguna bomba de Perón, al parecer, ¿pero acaso no merecía que le hicieran una a él?

Pasaron unos meses antes de que el Jefe de Operaciones III del Ejército entendiera que sin físicos y químicos nucleares vivos, la CNEA jamás le daría el plutonio necesario, y que más valía la pena dejar alguno en este mundo para que aquel coso, Castro Madero, pergeñara su LPR o como corno se llamara la instalación. El teléfono de Castro Madero debe haberse puesto al rojo por el uso mientras buscaba interlocutores que le explicaran despacito las cosas a aquel menguado. Lo que no entendió jamás el susodicho es que sin una “Production Facility” de baja irradiación, el combustible gastado de Atucha I o de cualquier reactorcito argentino estaría sobrequemado y con excesos intratables de plutonio 240. Como solia explicar el ing. Jorge Cosentino, a la sazón Jefe de Planta en Atucha I: para lograr un plutonio “como la gente” para usos militares, digamos con una pureza de isótopo 239 superior al 93%, el tiempo de estadía total de un elemento combustible en el corazón de la central debía reducirse de un día a una hora. Y andá a explicarle después a los inspectores gringos de OIEA para qué andás sacando esos fierros del horno antes de tiempo.

Y como no entendió bien eso del plutonio sobrequemado, y tampoco el régimen legal de salvaguardias, tipos inteligentísimos como Argüello, Rapacioli y Abbate –obediencia debida- tuvieron que quedarse hasta el 10 de diciembre en el LPR (que Castro Madero empezó a construir en 1978) inmersos en cálculos inútiles sobre cómo hacer una bomba con un núcleo sobredetonante, eso en una instalación a la que le faltaban U$ 200 millones de inversión adicional para reducir óxidos de plutonio a metal sin, además, contaminar a lo bestia las aguas de arroyos y napas. Y todo ese trabajo (imaginario, no existía el hardware) se haría “en estricto secreto” pero usando como materia prima elementos combustibles de Atucha I bajo salvaguardias, es decir vigilancia constante de los inspectores de OIEA.

No me quiero imaginar el aburrimiento de los susodichos uncidos a dar vueltas a sus cálculos como burros en una noria seca: el finado Abbate, para más inri, había sido el creador de la carrera de Ingeniería Nuclear en el Balseiro. Y es que Galtieri, cuando llegó, tampoco entendía las perplejidades físicas, ambientales y legales del reprocesamiento, de ahí ese boludeo al que sometió a sus hombres en la CNEA. La anécdota indica la capacidad intelectual del Ejército Argentino en los ’70 y ’80 para dirigir la CNEA, en caso que el golpe de mano de Menéndez en 1976 le hubiera permitido capturar la institución. Pero también dice mucho sobre Massera, cuya arma tenía más altos oficiales con doctorados nucleares. Era de teflón: no se le pegó ni una idea.

Si no fuera por lo que pasaron los desaparecidos y los sobrevivientes, tendría alguna amarga comicidad cómo quedará probablemente inscripto este episodio en la historia. Mucho más tarde, el 8 de enero de 2006, el periodista de investigación Daniel Santoro (Clarín) escribiría un artículo titulado “El plan de Galtieri para hacer la bomba atómica”. Es impecable por la vastedad de la investigación, sólo que mi excolega confunde el boludeo matemático de cuatro expertos obligados a un trabajo que, por milicos obedientes, debían cumplir, y por físicos, sabían de una inutilidad perfecta. ¿Confundir eso con ingeniería real? No la hubo. No sólo las leyes internacionales sino las de la física (más intransigentes aún) privaban de toda realidad la fucking bomba de Galtieri. Mi colega y tocayo parece creer además que esto se hacía “como programa paralelo“ a espaldas de Castro Madero, en instalaciones del LPR de Ezeiza y usando una computadora “mainframe” IBM 360, sin que don Carlos se enterara. Concuerdo en algo: era un Programa Para Lelos.


Nos miramos desde lejos

abril 26, 2017

earth-moon-saturn-rings-April-2017

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Hoy Google subió uno de sus “doodles”: Esta vez es una animación en homenaje a la sonda Cassini, que pasa entre Saturno y sus anillos.

Yo quise subir esta foto que tomó esa sonda, mirando a la Tierra (y a la luna, ese otro punto apenas visible a su izquierda) desde los anillos de Saturno. En ese punto un poco más brillante estamos todos. Y casi todo lo que hemos hecho, salvo algunas naves que como esa sonda enviamos lejos para saber qué hay ahí.

(Agradezco a Víctor Arreguine, el astrónomo cordobés que me la hizo llegar).


Para la autoestima argentina: Feliz cumpleaños, OPAL

abril 22, 2017

OPAL

Hace tiempo que no publicaba uno de estos posteos. Es que en estos meses hubo pocas noticias que estimularan nuestra (alta pero insegura) autoestima. Ésta es una:

El reactor nuclear que INVAP construyó en Australia cumple 10 años de un funcionamiento “de excelencia”

El reactor de investigación OPAL, que la empresa estatal INVAP vendió a Australia por 200 millones de dólares, la mayor exportación tecnológica “llave en mano” de la historia argentina, cumple su décimo aniversario de funcionamiento “de excelencia”, destacan los compradores y otros voceros de la industria nuclear mundial.

“El reactor operó sin interrupción en los últimos seis años más de 300 días por año y ese es su principal índice de calidad. Su diseño original, estructura, mantenimiento y operación demostraron una muy alta confiabilidad, algo que los australianos resaltan permanentemente”, afirma el subgerente de INVAP Juan Pablo Ordóñez.

La empresa rionegrina emplazada en Bariloche ganó en el 2000 la licitación de la Organización Australiana de Ciencia y Tecnología Nuclear (ANSTO, por sus siglas en inglés), en la que enfrentó a las compañías del rubro más fuertes del mundo, tras lo cual diseñó y construyó el reactor en Lucas Heights, en las cercanías de Sidney.

El OPAL (Open Pool Australian Lightwater) comenzó su operación en forma gradual en 2006 para alcanzar plena potencia hasta que fue inaugurado oficialmente el 20 de abril de 2007, en una ceremonia presidida por el entonces primer ministro de Australia, John Howard.

Ordoñez destacó que se trata de uno los reactores de investigación “más versátiles y complejos” del mundo, con sistemas críticos duplicados y que pese a contar con sofisticados mecanismos de emergencias, nunca se detuvo por esta protección. Agregó que este mérito es compartido con ANSTO, a cargo de la operación del OPAL desde que comenzó a funcionar.

“Es un reactor multipropósito y además de producir radioisótopos para Australia y otros países, es una fuente de neutrones usada por más de 1.000 investigadores de todo el mundo para la investigación científica de materiales y desarrollo de tecnologías, además de usarse para irradiar silicio para la industria microelectrónica. El uso en investigación más intenso es el que le dan los científicos del sudeste asiático.

“Este proyecto demostró el nivel competitivo de la tecnología argentina. Todo el mundo sabe que el OPAL fue provisto por INVAP y a partir de ahí nos invitan a cada licitación que hay en el mundo para la construcción de reactores de investigación”.

En ese sentido, INVAP accedió a la licitación del reactor Pallas en Holanda. También fue contratada para diseñar un reactor productor de radioisótopos de molibdeno en Estados Unidos (n este caso el cliente es una empresa privada, la farmacéutica Coquí Farma).Y, asociada a la francesa Tecnicatom (una de sus competidoras en Holanda), participará de la licitación para proveer a Sudáfrica un reactor de investigación”.

Eso sí, como se advirtió en el blog, a lo largo de la serie “Argentina Nuclear”, en todos los casos es necesario que el proveedor brinde la financiación. Como lo hacen todos los que venden ingeniería nuclear ¿Conseguirá INVAP que los bancos oficiales argentinos lo hagan?


Argentina Nuclear, 2017 – LX: Aparece Alfonsín

abril 18, 2017

Este capítulo es la 3° parte de una trilogía sobre un análisis confidencial de la Agencia Central de Inteligencia, C.I.A.: Si Argentina estaba en condiciones de producir una bomba atómica. Fue hecho semanas después que de la derrota en la guerra del Atlántico Sur. Y desclasificado hace pocos años. En la primera parte, Daniel Arias analiza el informe. En la segunda, el contexto regional. Aquí, empieza a explorar las consecuencias de la paranoia gringa. Y cómo resultó que el presidente que sufrió las presiones, y quedó doblegado por ellas, fue Raúl Alfonsín.

Después del documento de la CIA.

Arriba, ya terminada, la Planta Industrial de Agua Pesada de Arroyito, hoy provincial, la mayor del mundo (200 toneladas/año). Abajo, las altas columnas de la modesta planta experimental argentina, en adyacencias de Atucha II, con una tecnología distinta y propia.

El documento que nos dedicó la CIA en septiembre de 1982 está plagado de errores, pero de ahí surgió una diplomacia, y lo interesante es que las víctimas de tales errores fuimos los argentinos. Equivocarse y que paguen otros, lujos de superpotencia.

También muestra que a las superpotencias se las puede “perrear”. Mientras los popes máximos de la inteligencia estadounidense escribían sus conclusiones, ignoraban que el contralmirante Castro Madero, forzado por el boicot de Jimmy Carter contra las exportaciones nucleares argentinas a Perú, estaba metido en otro proyecto dual, uno que les haría saltar la térmica pocos meses después, cuando Castro Madero lo deschavara ante el presidente electo Raúl Alfonsín. Y éste, desconcertado pero plantando cara, a su vez lo revelara al resto del planeta.

Obviamente, hablo de la plantita de enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu.

Cuando Alfonsín hizo público el asunto de Pilca, deben haber rodado cabezas en el MI5. La revista científica laborista “The New Scientist” prefirió culpar a los yanquis: “¿Qué clase de idiotas dirigen la CIA?”, tituló.

El asunto es que mientras los Brits se trajeron ilegalmente armas nucleares antisubmarinas a la Guerra de Malvinas, atropellando el Tratado de Tlatelolco, del que son garantes (juá), nosotros ya estábamos enriqueciendo modestísimas cantidades de uranio. Pocas, y a grados bastante bajos, escala laboratorio.

Pero de haberlo querido o permitido Castro Madero, con la misma tecnología ya obsoleta de difusión por membranas y una planta mucho mayor (o varias chicas geográficamente separadas, para disimular), podríamos haber obtenido uranio enriquecido a “grado bomba”. No lo hicimos porque la CNEA odia el bardo inútil con las superpotencias, así como las paranoias regionales: bad for business. Si nuestra gente nuclear estuviera loca por las armas, y no lo está o estuvo, no les parecería demasiado sexy la bomba de uranio enriquecido por ineficiente y cara. Pero si la CNEA post-malvinera se abroqueló en abstenerse de bombas fue –y repito las inmortales palabras del Dr. Jaime Pahissa Campá, presidente de la Asociación Argentina de Tecnología Nuclear- “porque no se nos dio la gana”.

Habrán sentido un frío en la nuca, los gringos… El resto de nuestra historia nuclear, cada retroceso, cada zancadilla, cada caída en el barro, cada vendehumo y/o vendepatria puesto al frente de una institución nacida y criada patriótica y honrada, cada mercachifle en el templo, cada achicamiento hasta 2006, se explican por aquel frío en la nuca.

En su documento de 1982, la todavía desinformada CIA peina el árbol de opciones y cree que la Argentina, con un programa nuclear en parte técnica y legalmente fuera de salvaguardias del OIEA, pierde menos puntos diplomáticos si va por una “production facility” secreta. Ésa va a ser la opción de Castro Madero, predice.

Con ese fierro, creía el cónclave de inteligencia yanqui, la Argentina tendría una fuente de plutonio legítima y legal ante los ojos de las Naciones Unidas. No es chiste, es ley. Si el fierro y el combustible son tuyos y no firmaste el TNP (Tratado de No Proliferación), el combustible gastado es tuyo. Las salvaguardias no lo afectan. Sos proliferador, pero legal. ¿Pueden patearte la puerta? Ni ahí. En 1982 existía la URSS, el mundo era bipolar y EEUU, todavía en post-trauma por Vietnam, no habría siquiera soñado con invadir un país sudaca mediano, y menos en la estela de una guerrita colonial inglesa. Y menos que menos, sin una orden de allanamiento expedida por OIEA, es decir la ONU.

Ante los ojos de la OIEA, mo es lo mismo si la Argentina se pone a afanar combustible gastado de Atucha I: ése sí está bajo salvaguardias. Si Argentina incurre en uso no autorizado y rompe el régimen legal que fundamenta el comercio atómico, se vuelve un paria nuclear internacional y jamás nadie –sea Alemania, Italia, Suiza o la propia URSS- le vuelven a vender un componente o material críticos. Y desde ya, nadie en el Tercer Mundo nos vuelve a comprar un reactor. Peor aún, hasta ubicar la cosecha triguera se volvería un problema. Legalmente, nos habríamos vuelto leprosos.

Conocen la tela legal del asunto, los yanquis. Como que la tejieron ellos.

Que Castro Madero pueda haber hecho el LPR para evitar el gigantesco problema de residuos nucleares (el mismo que paralizó y mató el programa nucleoeléctrico yanqui), eso a la CIA ni se les pasa por la cabeza. Que la Argentina pudiera estar haciendo lo mismo que los grandes reprocesadores del mundo (Inglaterra, Francia, Rusia, próximamente Japón) y por la misma causa (eliminar plutonio y disminuir la minería de uranio), esto tampoco se les pasa por la cabeza. Y en realidad, no les importa.

La paranoia es un sistema de pensamiento autosuficiente: descarta todas las hipótesis benignas por método. Eso no significa que los paranoicos estén equivocados siempre. El mundo es bastante malvado y eso estadísticamente tiende a darles la razón. Pero en este caso es intrigante ver a qué grados de error es arrastrada la CIA por esa feroz locura profesional.

Acertadamente, los espías yanquis ponen su fe en que a la Argentina, destruida económicamente y endeudada hasta las cejas en la posguerra, no le dé el cuero para inaugurar el Laboratorio de Procesos Radioquímicos.

No les falta intuición: con tanta obra mayor y urgente a terminar (Atucha II, la Planta de Agua Pesada de Arroyito), la CNEA deberá posponer necesariamente otras menos álgidas. Eso, se sabe, terminó ocurriendo incluso con las obras álgidas. O especialmente.

También especulan con que a Castro Madero no le aguante “el bobo”: saben que cada día se despierta a pura voluntad de vivir, nomás. Pero creen que el día que no lo haga, cualquier continuador del contralmirante seguirá con su obra. Y que hará un reactor plutonígeno secreto. O un submarino nuclear, como plan B. Pero los espías se juegan más al reactor. Es menos despiole técnico, menos plata, y con el know-how argentino sale “con fritas” en 3 o 4 años.

¿Y cómo no creer en ello, si los Argies acaban de montar su propia plantita experimental de agua pesada, la PEAP, ahí al lado de Atucha I? Va a producir pocas toneladas por año, pero alcanzan para moderar un reactorcito plutonígeno chico, alimentado a uranio natural, totalmente “fatto in casa”, y por ello libre de salvaguardias. Todo cierra con todo.

Lo dicho: los espías arman el rompecabezas de un modo bastante lógico, pero muy apartado de la realidad, siempre apuntando a la hipótesis peor. Las piezas, sin embargo, no las inventan. Y su modo de armar el rompecabezas no carece de elegancia. A su modo, son gente seria. Seriamente pelotuda.

Y lograrán que las consecuencias de eso las paguemos nosotros.

En los ’80, la Planta Experimental de Agua Pesada (PEAP) la está construyendo el químico industrial, Aníbal (a) “El Petiso” Núñez. Está bien a la vista de todo el mundo, y con sus vertiginosas columnas metálicas, sería difícil esconderla.

De haberla hecho más alta “El Petiso”, los satélites espía KH-9 y KH-11 podían haber chocado con ella, más que fotografiarla. No la busque en Google Earth: fue desmontada hace muchos años y hoy, en el lugar que ocupó a la vera de Atucha I, se está construyendo la centralita nuclear compacta CAREM. De la PEAP en estos días es difícil hasta conseguir imágenes en la CNEA. Se perdieron, junto con casi todo el archivo fotográfico de la casa, en los años de cierto presidente riojano.

La PEAP tuvo un único sentido: recordarle a los EEUU que era inútil apretar a Sulzer Brothers, ganadores de la licitación para construir la gigantesca PIAP (Planta Industrial de Agua Pesada) en Arroyito, Neuquén. Si los mencionados helvéticos se dejaban apretar o coimear y “pisaban” la entrega en tiempo y forma, no cobraban. Costumbre muy mal vista desde 1775 en Winthertur, Suiza, el año y lugar donde se fundó dicha augusta firma.

Teníamos plan B.  No es que la PEAP pudiera sustituir en absoluto la producción masiva de la PIAP, pero funcionaba con tecnología “made in Argentina”, estaba fuera de salvaguardias, y si cierto país nos quería estrangular con este insumo crítico, el agua pesada, sólo debíamos hacer otra MUCHO más grande.

¿Y para qué querríamos tanta agua pesada fuera de salvaguardias? ¿Acaso para lavar con ella los pasillos de la CNEA? ¡No señor; bombas!, razonaban los yanquis. No los culpo.

Pero esto es no entender a Castro Madero. En 1981, apenas un año antes de la Guerra de Malvinas, el contralmirante había aprobado un plan desmesurado, por 4 centrales nucleares de uranio natural de 600 MW por unidad.

¿Y para qué tanta potencia nucleoeléctrica? Primero, 2400 MW no es tanto. Es más o menos la mitad de la potencia de generación de base que hoy nos está faltando, pese a tener el mejor ministro de Energía de la historia de la Shell. Segundo, en 1981 era una reducción: en los buenos tiempos de Jorjón Sábato, digamos 1970, se planificaba llegar al año 2000 con 10 centrales, no 1 + 4.

Tercero pero no último, el contraalmirante estaba convencido de que el monetarismo ortodoxo y las bicicletas financieras de su pariente, don José Martínez de Hoz, (a) “el Dr. Joe”, harían crecer bárbaramente el PBI, y eso disparararía la demanda eléctrica. Que debería cubrirse urgentemente con nuevas centrales, y como serían de uranio natural, requerirían de océanos de agua pesada.

La candidez neoliberal del contralmirante no entra siquiera “a placet” en el análisis de la CIA. No entienden la esquizofrenia política que cunde desde siempre en la CNEA. Muchos de sus mejores profesionales son señorit@s tiling@s liberales de derecha en la calle, pero en cuanto cruzan la puerta de Libertador 1429 hacia adentro, se vuelven nacionalistas económicos, estatistas irrecuperables, abjuran de las compras llave en mano de tecnología en el exterior, llaman “colonizado mental” a quien las promueve y juran por Jorge Sábato. No todo loco en esta historia es gringo.

Las esperanzas de los espías yanquis en septiembre de 1982 son que a la CNEA no le aguante el presupuesto, o a Castro Madero, el corazón. La CNEA ya empezó 1982 con una baja del 30% en sus fondos, y sin embargo, constata el cónclave de inteligencia con preocupación, las obras nucleares argentinas siguen avanzando. 35 años después, agrego con típica maldad Argie: y eso que no estaban viendo todas, je.

En los hechos, el post-Proceso argentino fue mucho más rápido que la desmilitarización del resto de Sudamérica. La CIA no pudo imaginarlo. Es que odio del pueblo para los procesistas excedía el que se tuvo en el Cono Sur hacia asesinos y vendepatrias menos perfectos, más banales. Nuestros paladines, además de hacer correr sangre obrera, estudiantil y popular a baldazos como generales bananeros, no pararon hasta tener una guerra, que además perdieron. Por y con escándalo.

Con su administración honesta, en la que cada centavo se iba en fierros, norma fundacional de la casa, aún con un 30% menos de plata que en 1981 la CNEA de Castro Madero se atrevía a encarar obras audaces. Obras que el paradójico contralmirante discutía y consensuaba con todo el personal superior, en esa suerte de democracia aristocrática de los atómicos, base de su fortaleza como “estado dentro del estado”.

En diciembre de 1983 asumió con modales muy distintos el ingeniero Alberto Rafael Costantini, el “gauleiter” de la democracia, nuevo presidente de la CNEA en remplazo de Castro Madero. Fue injertado en la casa sin dudar un segundo por Raúl Alfonsín, pese a que el político bonaerense conocía los antecedentes de Costantini. O tal vez por ello. Según Luis Colángelo, Jefe de RRPP, ambos eran amigos de toda la vida. Don Raúl no podía ignorar el historial de Costantini con el Plan Larkin. O su papel como rector universitario del Proceso.

Costantini fue la segunda medida de Alfonsín con aquella caja de sorpresas, la CNEA. La primera fue asestarle otra quita de presupuesto en pesos que se devaluaban por minuto, ésta del 50%.

Costantini aseguró que con el nuevo presupuesto y una administración muy diferente a la de Castro Madero, hecha a medida de los contratistas, las obras críticas y las auxiliares NO siguieran.

Y NO siguieron. “A bonus, lads!”. Me imagino la alegría en Langley, Virginia, EEUU.


Argentina Nuclear, 2017 – LIX: La C.I.A. mira al Cono Sur, 1982

abril 14, 2017

Este capítulo es la segunda parte de una trilogía que gira alrededor de un análisis confidencial de la Agencia Central de Inteligencia, C.I.A., sobre el posible desarrollo atómico de Argentina, hecho semanas después que el gobierno militar fuera derrotado en la guerra del Atlántico Sur. Y desclasificado hace pocos años. En la primera parte, el capítulo LVIII, Daniel Arias analiza el informe. En ésta, se lo enfoca desde la región.

59. El contexto regional

Pinochet y el general Figueiredo, éste del arma de Inteligencia: nuestros presidentes vecinos cuando el contralmirante Castro Madero inició el LPR. La CIA estaba convencida de que el LPR desataría una carrera armamentista con Chile, y una escalada proliferativa con Brasil.

El documento de la CIA de 1982 versa sobre el Laboratorio de Procesos Radioquímicos argentino. Curiosamente, la instalación nunca es llamada por su nombre. La junta de espías que lo firma sesiona dos meses tras la finalización de la Guerra de Malvinas. Estima –otro interesante error de análisis- que al Proceso todavía le queda un tiempo inestimable pero largo “de descalce”, hasta poder dejar la presidencia en manos de civiles.

Lo que queda sobreentendido, aunque no escrito, es que esa retirada del poder durará al menos  5 o 6 años. Es el mínimo necesario para que la Argentina haga dos cosas: a) terminar e inaugurar el LPR con combustible de Atucha I, b) construir algún reactor plutonígeno secreto, para luego alimentar el ya activo LPR con combustible de bajo quemado. De éste sí se puede sacar buen plutonio 239 de pureza militar.

Esta inferencia es el meollo del documento, y por momentos se vuelve muy explícita. Es decir, no es una inferencia.

El problema de los espías era cómo aprovecharía el tiempo el contraalmirante Carlos Castro Madero, si su corazón aguantaba. Sabían que el tipo cargaba ya con 5 by-passes. 1986, creían, sería la fecha de posible entrada en servicio del LPR. En suma, que el contraalmirante necesitaba 4 años para terminar la planta de gestión de residuos líquidos del LPR y negociar la autorización de la RFA (República Federal Alemana) para que nos permitiera reprocesar legalmente el combustible de Atucha I, legalmente de propiedad alemana.

Si esto sucedía (va de mi cosecha, no está en el informe), la RFA exigiría que el reprocesamiento se hiciera “bajo salvaguardias”, es decir vigilancia técnica y contable del destino de cada gramo de plutonio por parte del inspectorado de la OIEA. En tal caso iba a haber más agentes de la CIA en Ezeiza que en su sede de Langley, Virginia, EEUU.

El informe da cifras concretas y correctas: se empezaría con 6 toneladas/año de combustibles gastados de Atucha I. De ese modo, el LPR podría obtener unos 18 kg/ año de plutonio. Era irrelevante que fuera militarmente inútil, porque resultaba diplomática y geopolíticamente peligroso.

Los “spooks” yanquis son profesionales y hay un método en su locura. Se encargaron de liquidar para siempre el desarrollo de nuestra tecnología de “back end”. Ya no podremos fabricar nuestros propios combustibles MOX a partir de desechos nucleares. Tampoco podremos remover de estos los transuránidos de largas vidas medias, y así acortar de 10.000 a 200 o 300 años la resistencia y estanqueidad exigibles a nuestro repositorio geológico “de alta”, cuando lo tengamos.

Es difícil que la historia nos conceda una segunda oportunidad de hacer todo esto por cuenta propia, en instalaciones propias y con tecnología propia. Tendremos que subcontratar reprocesamiento en Europa, como los japoneses. Pagando como duques, como ellos, mal modo de abaratar la electricidad nuclear. Y comiéndonos –como ellos- conflictos con terceros países, por asuntos de rutas marinas y países ribereños justamente cabreros.

La alegre muchachada de Langley en 1982 estaba muy desnortada. No entendía en absoluto cómo funcionaban los cerebros de la CNEA y el de Castro Madero en particular. Delante de sus narices de espías, y sin que pudieran entenderlo, Castro Madero le masticaba la yugular a todo idiota terrestre, naval o nabal que le exigieran la bomba YA, para restañar su pundonor de derrotados sin haber olido pólvora, como decía Borges.

Pero donde le doy razón a los gringos es en esto. Hay que imaginarse al presidente procesista paradigmático del período post-Malvinas, general Reynaldo Bignone, aquel “viejito bueno” hoy con varias condenas a perpetua porque mató más gente que la viruela. ¿Lo recuerda bien?

Ahora trate Ud. de imaginarlo a don Reynaldo en situación de explicarle afablemente por teléfono a al igualmente cortés y ceremonioso presidente de Brasil, general de inteligencia Joao Figueiredo, que el plutonio salido de nuestro LPR nunca sería lo suficientemente puro como para borrar del mapa más que, bueh, quizás una parte ínfima de Sao Paulo, “mais muito pequena, seu geral”. Por sobredetonante.

¿Se iba a tranquilizar mucho Figueiredo?

La CIA supuso con razón que Figueiredo se iba a volver loco. Tenían bien su perfil: era de Inteligencia, es decir un paranoico pago por serlo, como ellos. Inevitablemente, pensaron que Figueiredo reflotaría entonces el rumbo franco hacia la bomba que traían sus antecesores, los generales Ernesto Geisel, y antes de él, Emilio Garrastazú Médici, otro espía, by the way.

Sobre Chile, la CIA y cónclave no especula. En su informe, declara que Pinochet y su generalato se van a poner muy bélicos, aunque admiten que en materia nuclear, así como en casi toda otra industria, Chile es un jardín de infantes con vista al mar. Justamente por ello, no es imposible que tengan alguna reacción incontrolable. Queda sin decir algo obvio, pero lo añado: Chile ya tiene un equipamiento y entrenamiento militar convencionales superiores al argentino y no ha perdido ninguna guerra. Puede provocarla.

En su informe, que en realidad dice más sobre ellos mismos que sobre nosotros, la CIA muestra muy buena información de detalle y una estrategia muy lógica para contrarrestar nuestro (ejem) muy evidente rumbo hacia la bomba.

La llave para impedir que el LPR empiece a trabajar en 1986, dicen, la tiene la RFA. Si ésta se niega a que el combustible de Atucha I se reprocese, chau LPR. Hay que apretar a los alemanes occidentales. No es tan fácil. Pero ya se hizo antes, cuando los nibelungos le vendieron una rara tecnología de enriquecimiento de uranio por toberas al general Ernesto Geisel. No servía para nada. Esa le salió bien a los yanquis.

Si la RFA nos niega el uso de los combustibles gastados de Atucha I, el documento especula con otra fuente posible de plutonio para el LPR. La central CANDU que la CNEA está construyendo, con 4 años de demora, en Embalse, Córdoba. No está en el documento pero añado: el espionaje yanqui confía bastante en la nueva dureza canadiense para impedirnos, llegado el caso, el reprocesamiento de esos combustibles. La diplomacia yanqui hace rato viene estrangulando a Ottawa para que Embalse ni siquiera se pueda terminar.

Efectivamente, ante las dificultades económicas de la obra, los canadienses estuvieron varias veces a punto de patear la mesa e irse. Esa conducta no la habían tenido jamás con otros países del Tercer Mundo, donde los fondos aparecen un día y desaparecen al siguiente, usos y costumbres. Los CANDU son reactores para países pobres, y en ese mercado el vendedor debe mostrar manga ancha y no poca paciencia. No fue el caso con nosotros. Se agravan mis sospechas de que todas las veces que hubo que renegociar con la AECL (Atomic Energy Commission, Limited) la terminación de Embalse, estábamos hablando con un Canadá rehén.

La CIA sabe que Castro Madero conoce su negocio. Si quiere reprocesar BUEN plutonio, lo que puede y sabrá hacer muy bien el contralmirante es diseñar un reactorcito plutonígeno, una “production facility”. Es moco de pavo, para un hombre de semejante formación, reactorista doctorado del Instituto Balseiro, con estudios posteriores en el Vallecitos Nuclear Center de California. Puede hacer obras mucho más complejas que una tosca “production facility”, el contralmirante.

La CIA cree que Castro Madero construirá este reactorcito en algún “culus mundii” de sus grandes desiertos internos, donde no lo encuentre nadie. Un “Manhattancito gaucho”, vamos. Y en cuanto se tenga suficiente plutonio, esta vez del bueno, lo reprocesará en el LPR y hará una bomba bien hecha para una prueba nuclear subterránea “pacífica”.

La CIA delira. No tiene idea del realismo político de Castro Madero, quien termina de destruir su poca salud pulseando contra idiotas con más galones que cerebro, que le exigen la bomba patriótica. Pero la CIA no delira cuando dice que Castro Madero podría tener un plan B sin bombas: construir la planta de propulsión nuclear de un submarino de caza como el HMS Conqueror, el que hundió al crucero ARA Belgrano.

Y efectivamente, Castro Madero habló no poco de ello. Motivos personales, además de geopolíticos y tecnológicos, no le faltaban: su hijo revistaba como oficial en el Belgrano aquel 2 de mayo de 1982, y casi se transforma en la víctima número 324 del hundimiento. Su padre lo dio por muerto hasta que finalmente la Armada logró recuperar las balsas, desapartadas y dispersas por medio Mar Argentino debido a una tempestad.

En muchas cosas la tienen clara, los gringos. Pero de la idea matriz fundante de la CNEA, según la cual la verdadera posición de fuerza no está en tener la bomba sino en tener la capacidad de hacerla, y sin embargo no hacerla, ésa no la entienden. No les cierra. Ven en blanco o en negro, o están obligados a ellos. Y nosotros, ya lo dije en algún posteo anterior, somos más bien una cebra.

Hundimiento del ARA Belgrano el 2 de mayo de 1982, foto sacada desde las balsas. Carlos, el hijo de Castro Madero, entonces Teniente de Corbeta, estaba a bordo de una de ellas.


Argentina Nuclear, 2017 – LVIII: La mirada de la C.I.A.

abril 8, 2017

Este capítulo de la saga es a la medida de, además de su público habitual de interesados en la ciencia, la tecnología y la geopolítica, de todos los que visitan los sitios de Internet dedicados a las teorías conspirativas (que son muchos). Porque aquí no sólo van a tener la oportunidad de acceder a un informe auténtico de la Agencia sobre nosotros. Encontrarán que los “spooks”, los muchachos de la C.I.A., también son aficionados a las teorías conspirativas.

Eso sí, debo recordarle a Arias, y a los visitantes del blog, que el entrenamiento de los analistas no es para descubrir intenciones, ni evaluar posibilidades. Sino detectar capacidades. Y Argentina en ese momento, 1982, tenía la capacidad técnica -no la política, ni la militar- de producir una “bomba sucia”. De alguna forma, nos sobreestimaban. Hay que tener cuidado con eso.

58. ¿Cómo nos ve la CIA?

¿El Laboratorio de Procesos Radioquímicos argentino podría haber disparado una carrera armamentista regional con Brasil?  La CIA estaba absolutamente segura de eso, en septiembre de 1982. En mi opinión, no había modo. No descarto estar equivocado. Al menos, un poco.

Yo el asunto lo miro desde la ciencia y desde la historia: el plutonio que el contralmirante Eduardo Castro Madero pensaba reprocesar en esa instalación venía “sobrequemado”: su origen serían los elementos combustibles gastados de Atucha I. Tendría fatalmente un exceso del isótopo 240 que lo vuelve hiper-reactivo y prácticamente inútil desde el punto de vista militar.

Eso es algo que los espías yanquis saben de sobra. En 1943 la quimera de querer hacer la bomba con plutonio sobrequemado le hizo perder al proyecto Manhattan el equivalente de U$S 23.000 millones actuales, al cancelarse el desarrollo de la bomba “Thin Man”. El asunto terminó con científicos presos en el penal de Leavenworth, Kansas, y alguno que se voló la tapa de los sesos, para no ser acusado de traición o sabotaje. En realidad, los tipos simplemente se habían equivocado en los cálculos, en una época en la cual la física del plutonio era un tema de frontera, del cual no se sabía nada. Con ese tema creo haber aburrido de sobra a los lectores.

Pero como a veces observa Abel, mirar desde la ciencia y la historia me privan de una visión más política y geopolítica, que a la CIA le sobra.

Hay un informe de “La Agencia” redactado en 1982, trascartón de nuestra derrota de Malvinas. Además de la CIA intervienen todos los servicios de inteligencia de las fuerzas armadas y del gobierno federal de los EEUU. Este “paper” se hizo de dominio público “ma non troppo” recién en 2005. Hoy  puede googlearlo cualquier Johnny Batesman (Juan de los Palotes), tachado –eso sí- en sus 2/3 partes. Aún con mutilaciones, es imperdible. Véanlo:

ARGENTINA´S NUCLEAR POLICIES IN LIGHT OF THE FALKLANDS DEFEAT

¿Ya lo leyó? Desde que en 1985 empecé a investigar el Programa Nuclear Argentino, siempre me sorprendí de que quienes inventaron las armas nucleares, los EEUU, estuvieran tan preocupados por nuestro LPR, una plantita de miércoles por su tamaño, y cuya producción sería militarmente inútil.  Ahora entiendo mejor cómo se baila la cumbiamba, al decir de García Márquez.

Pensé siempre que era una estupidez de ecologistas VIP lo de confundir plutonio sacado de una central nucleoeléctrica (sobrequemado sí o sí) con su equivalente “grado bomba” (con una pureza de isótopo 239 de entre el 93 y el 97%).

Los Eco Vip normalmente no diferencian un tornillo de una tuerca y de biología, ni noción, pero tienen plata. En 1988 estaban alarmando a la población metropolitana con videos y posters que mostraban explosiones de bombas atómicas: pronosticaban que ése era el destino inevitable del LPR, ubicado en el Centro Atómico Ezeiza. Cooptaron a una hasta entonces políticamente inocua obra social médica (FEMEBA) para su campaña, asunto que coincidió en tiempo y espacio con la visita a nuestro país de un tal Dr. David Albright, figurón de un “think tank” antiproliferación cuyas siglas son ISIS (no joke). No es improbable que don David haya sido el estratega y valijero de aquella olvidada opereta de medios.

¿Pero puede comerse así su propio “bullshit” un cónclave de post-docs en física atómica, politólogos, historiadores, economistas, sociólogos y militares de alto rango? ¿Y los analistas de la agencia que le baja línea al presidente del país más poderoso de la tierra?

Sí pueden, pero ahora que alcancé a leerlos me resulta evidente que la tortuga se me escapó a mí, no a ellos.

En 1982 a la agencia le importaba tres cominos si reciclábamos plutonio para nuestras centrales o para armas. No querían que recicláramos plutonio, punto. Reprocesamiento cero en la región y en el mundo, y se acabó. Eso querían. Y quieren.

Y siguen queriendo, como muestra aquel olvidado conato de enfrentamiento a cañonazos en 1995, entre la Armada Chilena y un buque de la empresa estatal británica nuclear (BNFL) contratado por el programa nuclear japonés para transportar residuos radioactivos. Los yanquis tienen una ley contra el reprocesamiento, de 1977, y se sabe que tienen la manía de aplicar algunas de sus leyes extraterritorialmente. Y aunque la Unión Europea, Rusia, China y la India les hacen pito catalán, en el caso de Japón todavía se salen con la suya. Dejarán de hacerlo cuando Japón inaugure por fin, si lo hace, la planta de Rokkasho Mura, que viene con más demoras que la línea Sarmiento.

En 1982, la CIA estaba francamente convencida que nuestros militares, ganosos de recauchutar su prestigio social y regional, destruidos tras la derrota de Malvinas, tratarían de recuperar protagonismo e imagen. Lo harían detonando bajo tierra alguna “bomba pacífica”, al estilo de la India en 1974. No importaba si el plutonio era bueno o falopa, o si la bomba hacía PUM o FSSS. Lo que preveían es que como respuesta regional inmediata, detrás del arma nuclear argentina vendría otra brasileña.

Anticipaban también que el bien armado generalato chileno se pondría loco. Y suponían reacciones adversas en cadena en toda América Latina, especialmente en Perú y Venezuela. Los países con más poder de la región adoptarían un rumbo armamentista irrefrenable, atómico en el caso de Brasil.

La imaginación estratégica de la CIA impresiona. Demasiadas lecturas de Tom Clancy, tal vez, y poca historia. ¿Perú se nos iba a parar de manos? ¿Justamente Perú, que en 1977 nos había comprado su primer reactor nuclear a nosotros? ¿Y que tenía tan buen “rapport” con la Argentina que en 1982 nos asistió durante la Guerra de Malvinas, cediéndonos secretamente 10 de sus interceptores Mirage 3C?

Los analistas del espionaje yanqui abundan en datos reales. Eso sí, arman el rompecabezas de modos raros. Continuará.

Los Mirage 3C que los peruanos le cedieron secretamente a la Fuerza Aérea Argentina durante la Guerra de Malvinas, para tener intercepción cercana en la frontera chilena. Por si las moscas.


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