Argentina Nuclear, 2017 – XLIV: Cómo hacer la Bomba y no morir en el intento

enero 21, 2017

Este capítulo 44° de la saga es en realidad la otra parte del 43°, que subí aquí. Debí haberlo subido antes, pero nuestras internas y el Donald ocuparon el poco tiempo que le puedo dedicar al blog… Igual, sé que la minoría de mis lectores que se interesa en el tema se interesa mucho. Hoy me preguntaba por la saga un amigo mientras comíamos un asado al lado de una pileta…

Estos dos posteos en particular, están vinculados con el desarrollo tecnológico argentino solamente a través de la paranoia de algunas agencias extranjeras que querían eliminar cualquier posibilidad que Argentina dominara ciertas técnicas en forma autónoma, aunque no hubiera la menor posibilidad de un uso militar.

Pero es un tema interesante en sí mismo: el Proyecto Manhattan, que hace 72 años cambió la naturaleza de la guerra.

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Los materiales físiles explican el 90% del costo de aproximadamente 35.000 millones de dólares del Proyecto Manhattan (valor actualizado a 2015). Para evitar la sobredetonación, aún con plutonio 239 casi puro, Manhattan desarrolló dos trucos de fabricante: el primero, alear el plutonio con un 3% de galio, que además de dar plasticidad y favorecer el moldeado en caliente (450º C) de un carozo perfectamente esférico, absorbe neutrones. Así, Ud. o yo podemos agarrar esa pesadísima esferita sin que nos tengan que amputar la mano a las pocas horas. Ud. primero, faltaba más.

El otro truco: una envoltorio de plástico con boro empaquetando el carozo, también absorbente de neutrones.

La sobrerreactividad adicional del plutonio 240 implicaba el peligro de un “transient”, un fogonazo, una rampa breve de criticidad espontánea suficientemente enérgica para destruir y dispersas los componentes del “physics package”, eufemismo por el corazón funcional de la bomba. Tales fogonazos podían matara a los que intentaban componer la bomba en tierra, o posteriormente a la tripulación del B-29 en vuelo hacia su blanco. Todo el proyecto Manhattan odiaba al plutonio 240.

De hecho, el 240, contaminante inevitable del 239 si el proceso de fabricación no es óptimo, forzó a más de 700 físicos a abandonar 4 años de trabajo en una bomba lineal, tipo cañón, “Thin Man” (hombre flaco), bastante parecida a la “Tall Boy” de uranio 235 que reventó Hiroshima. Hasta 1944, la idea de una bomba esférica con un carozo a supercomprimir era exclusiva de un elenco de 5 “físicos marginales” bastante maltratados en presupuesto y autoridad dentro del Proyecto Manhattan, pero que terminaron teniendo razón.

Sólo muy tardíamente y ante el peligro de que la guerra terminara sin que Manhattan pudera haber borrado del mundo alguna ciudad, los marginales impusieron su plan B como línea principal. De no haber sido por aquellas internas que atrasaron todo casi un año, la primera ciudad del mundo en ser borrada del mapa por “la bomba” habría sido Berlín.

demon-pitMire bien este carozo que le costó la vida a dos físicos y un soldado, y quizás mató a otro científico más de leucemia aplástica, años más tarde.

Para volverlo bomba, otros dos trucos garantizaban el rendimiento termomecánico y radiante: la implosión estrellaba unas contra otras las piezas que formaban brevemente una esfera de berilio. Ésta envolvía el carozo y, como un espejo, le devolvía reflejados los protones liberados, fogoneando aún más las fisiones. Otro envoltorio transitorio formado durante la explosión estaba hecho de durísimo uranio 238, y hacía el mismo trabajo (impedir la fuga de neutrones). De yapa y por inercia, ya que es un elemento tan pesado, mantenía confinado unos nanosegundos el plasma de plutonio, a millones de grados, para garantizar que al menos 2 kg. de los 6,2 entrara en fisión antes de que toda esa masa se dispersara a velocidad hipersónica. Pero cumplía otro rol más: parte del uranio 238, transformado instantáneamente en 239 por captura de neutrones, añadiría un tercio de potencia extra a la reacción.

Sí, ahí está la horrible genialidad: una explosión química banal genera una máquina instantánea y efímera que produce la madre de las explosiones y desaparece, por la transformación einsteniana de 1 gramo de masa en energía pura. Esa física la tenían también los alemanes, los británicos y los japoneses, pero hubo que improvisar a lo grande en metalurgia, química y otros asuntos que sólo domina una superpotencia industrial. Como dijo después el físico puro inglés Richard Feynman, que estuvo en la movida del Manhattan y luego se ganó un Nobel por cosas más inocentes: “Aquello no fue tanto ciencia como ingeniería”.

Ya finalizada la guerra, la muchachada del Manhattan, llena de plata y prestigio y aún en aquella piojera de cartón y madera que les construyó Leslie Groves en medio del desierto de New Mexico, buscaba elevar el umbral de criticidad del carozo paso a paso, rodeándolo gradualmente de ladrillos de carburo de tungsteno, que también son reflectores de neutrones. Buscaban mejores “tampers” para un carozo “mini-mini”, algo que pudiera caber en un misil tierra-tierra como la V-2 alemana. La búsqueda de carozos chicos las motivaba también que el costo del plutonio, aunque ya venía por reprocesamiento desde los reactores de Hanford y Oak Ridge, seguía por las nubes.

Como concepto de seguridad radiológica, el experimento que liquidó a Harry Daghlian era una total cagada, propia de la actitud de cowboy de los “pibes del Manhattan”, vigente aún en 1946. Enrico Fermi vivía diciendo que aquellos muchachos eran unos idiotas y se iban a matar. Tenía razón. Mientras Daghlian iba apilando ladrillos alrededor del carozo, uno se le cayó encima, tapando el conjunto, y provocó una “excursión” o “transitorio” o “rampa crítica”, un fogonazo azul brevísimo que en 25 días de agonía atroz se llevó a Daghlian y a un guardia de seguridad, el soldado Bob Hemmerly.

trinityA Daghlian se lo puede ver a la derecha, intensamente concentrado, meses antes, mientras arma “Trinity”, la primera bomba atómica de la historia, dotada de “su” carozo subcrítico. Trinity liberó una energía termomecánica equivalente a la explosión de 20 toneladas de TNT. 20 kilotones, o 0,20 megatones, en la jerga.

En esa foto histórica, el muchacho de anteojos de aviador frente a Daghlian es el canadiense Louis Slotin, un genio raro. Y lo mató otra rampa accidental del mismo “carozo” cuando buscaba la criticidad con otro reflector de neutrones mucho más delgado que los pesados ladrillos de Daghlian, una cúpula de tenue berilio. Mientras hacía un show para la gilada, a Slotin se le resbaló la cupulita del destornillador con que evitaba que ésta cubriera totalmente el carozo: fogonazo azul.

Slotin murió 9 días más tarde, con lo que los forenses llamaron “el equivalente tridimensional de quemaduras de sol en todos sus órganos internos”. Ese carozo fue bautizado de ahí en más “The Demon Pit”, “el carozo del demonio”. Desapareció del mundo en el testo de la bomba “Able”, en el atolón de Bikini, en 1946.

david-albrightAhora fíjese, oh lector/a, en este detalle. El pulcro y frío David Albright, por físico y por matemático, sabía perfectamente que el maldito LPR de Ezeiza iba a emplear combustibles gastados de centrales nucleares, lo que supone que su contenido de plutonio tiene una contaminación de 240 superior al 20%. Es tan útil para hacer bombas como un bate de baseball para la neurocirugía. Pero se venía de todos modos con su valijita y su cara de vinagre a jodernos la vida, y a buscar fisuras en la CNEA con voluntad de destruir el proyecto por el cual habían muerto tantos colegas.

Para darle el gusto a Albright, le presenté al Dr. Carlos Aráoz, uno de “los doce apóstoles de Sábato”. Entre sus antecedentes, Aráoz tenía una negociación que duró 4 años hasta que Alemania aceptó que se usaran combustibles argentinos en Atucha I sin retirar las garantías: el tipo es de piedra. La conversación duró 2 horas y creo que el yanqui se volvió a su hotel con una úlcera.

En cuanto a los de la citada mutual médica bonaerense, no creo que hayan entendido jamás de asuntos atómicos. No es lo suyo. Pero como cualquier institución argentina, le tienen más miedo a Clarín que al plutonio.


Argentina Nuclear, 2017 – XLIII: Las bombas atómicas que hicieron otros

enero 13, 2017

Este capítulo no forma parte de la historia del desarrollo de la tecnología nuclear entre nosotros, que es el tema central de la saga. Apenas si muestra el absurdo de un mito, que puso obstáculos a ese avance, y aún costó la vida a científicos argentinos en tiempos de represión enloquecida, como se contó en el capitulo anterior.

Me parece interesante también por otro motivo: Las bombas atómicas se usaron por primera vez en una guerra hace 72 años. Y no han vuelto a usarse. Dada la capacidad para la locura y la crueldad que ha mostrado la especie humana en toda su historia, es un dato alentador. Pero ha hecho que las armas nucleares sean, para los hombres y mujeres de a pie, un espectro amenazador pero irreal. Vale la pena repasar cómo se hace y cómo se usó. Y pensar cuánto puede mantenerse la abstinencia de su uso. Seguramente el consejo que ha dado Stephen Hawking, y otros antes de él, de procurar instalarnos en otros planetas, sea realista.

  1. El plutonio militar no se compra en los quioscos.

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A Harry Daghlian, físico jovencito, atlético y anteojudo, se lo puede ver a la derecha, intensamente concentrado, armando “Trinity”, la primera bomba atómica de la historia. El muchacho de anteojos de aviador a su derecha es Lewis Slotin, otro físico experto en “carozos” de plutonio 239. Ambos murieron irradiados como consecuencia de “rampas críticas” accidentales del carozo que se muestra abajo, bautizado desde entonces como “Demon pit” (el carozo del diablo) por sus colegas del proyecto Manhattan.

Voy a explicar el origen de una leyenda negra generada inadvertidamente en épocas del contraalmirante Carlos Castro Madero, y que todavía atormenta a algunos memoriosos pero científicamente desinformados habitantes de Capital Federal y de Ezeiza. En 1987 y 1988, fueron persuadidos de que una instalación del Centro Atómico Ezeiza iba a transformarse en un Chernobyl criollo, aunque en general la propaganda lanzada por “vecinos preocupados” e incluso por la mutual médica bonaerense FEMEBA mostraba explosiones de armas atómicas, con la típica nube en forma de hongo.

En suma, que el Laboratorio de Procesos Radioquímicos iba a causar los efectos del derretimiento e incendio de una central nucleoeléctrica gigante, siendo apenas un laboratorio (en Ezeiza no hay centrales). No hay muchos modos de derretir el núcleo de uranio de una planta química que, por empezar, carece de él. Pero además, según las imágenes, éste accidente tendría las características termomecánicas de la explosión de una bomba A.

Como lo saben los chicos, el cuco se oculta en la oscuridad. Un poco de luz sobre el LPR, aunque ya no existe, puede disipar pesadillas viejas, si el lector es vecino del Centro Atómico Ezeiza. El LPR iba a reprocesar plutonio, ¿pero se parecería en algo al plutonio militar, grado bomba, que todavía se usa en las armas nucleares de implosión? Ni un poco. Vamos a la historia de la bomba y de la muerte de Harry Daghlian y Lewis Slotin, porque de otro modo no se entiende la del LPR.

Buscando ahorrar plutonio metálico de altísima pureza en isótopo 239, cuyo costo de fabricación a fines de los ’40 era sideral, la gente del proyecto Manhattan buscó hacer una “carozo mini”, de masa muy subcrítica, de sólo 6,2 kg y 9,2 cm de diámetro. Mírelo con respecto: es esa aparente “bola de billar” de la foto de arriba es idéntica a la que el 9 de agosto de 1945 mató a 70.000 japoneses en Nagasaki. Según uno de los proponentes del “carozo mini”, Harry Daghlian, éste carozo debía ser un “faltan cinco para el peso” (a dime less than a buck), es decir debía tener una masa un 5% inferior a la crítica, con la que se inicia una reacción en cadena espontánea.

Ese carozo subcrítico tiene suficiente descomposición nuclear como para estar permanentemente a una temperatura de 43º C, y emitir rayos alfa (mucha energía, poquísima penetración). Sometido a 100.000 atmósferas de presión, el carozo cambia de personalidad. Tan bruta compresión se lograba mediante la implosión concéntrica y sincronizada de 32 explosivos envolventes de tipo “carga hueca”, que explotan todos direccionalmente, desde afuera hacia adentro. Ante tan prepotente aplastamiento, el carozo debía colapsar como un fluído compresible y pasar a otro estado alotrópico del metal, duplicando en ello su densidad de casi 20 a 40 gramos/cm3. En cortito, debía prácticamente triplicar la densidad del hierro que forma el núcleo metálico de este planeta en su punto central. Al hacer esto, el carozo se ponía supercrítico. ¿Pero cuánto duraba en ese estado?

Toda la tecnología de Fat Man, la bomba que eliminó a Nagasaki, la que fue modelo de decenas de miles de bombas más, involucra dos ideas: primero, tener un carozo de un plutonio 239 muy puro, poco contaminado del isótopo 240. Si hay demasiado 240 (más del 3 o del 7%, según distintos usuarios), es dificilísimo de transportar, incluso fraccionado, porque irradia gamma (muy energético y penetrante) a lo bestia y además entra en fisión espontánea, aunque los pedazos del carozo estén separados entre sí por decenas de metros. Esto se llama predetonación, o “fizzle”, y supone un desperdicio tremendo de potencia y dinero.

Para tener carozos “comme il faut”, se usó únicamente el plutonio fabricado en ciclotrones de la Universidad de California (“Calutrones”, en cortito), porque el que salía de los reactores plutonígenos de Oak Ridge, todavía demasiado primitivos y difíciles de controlar, venía “sobrequemado” y con trazas inaceptables de 240.

Japón no pudo rendirse más a tiempo. Lo hizo el 2 de septiembre de 1945, después de Hiroshima (6 de agosto) y Nagasaki ( 9 de agosto). La dictadura militar que dirigía el país pensó que se venía rápidamente una tercera bomba (con toda razón), y luego toda una campaña de bombardeo atómico (eso no era cierto).

Y no era que los japoneses estuvieran pasándola tan bien. Los B-29 yanquis del general Curtis Le May habían vuelto cenizas, a fuerza de napalm y fósforo, las principales 67 ciudades del país, habían achicharrado entre 250.000 y 500.000 ciudadanos en ello y aún así la población era unánime con el emperador: ante el inminente desembarco estadounidense en Kyushu, la principal isla del archipiélago, morirían peleando, incluidos mujeres y pibes.

La URSS, por su parte, le acababa de declarar la guerra a Japón, estaba haciendo picadillo al Ejército Imperial en Manchuria y Corea, y en cualquier momento intentaría un desembarco en las islas Kuriles y desde ahí a Hokkaido, el Norte del archipiélago nipón.

El generalato imperial cambió de idea tras la segunda atómica, “Fat Man”, en Nagasaki. Estaban ante dos cosas que no entendían y excedían lo imaginable: el átomo y los soviéticos. Se rindieron. Para no morir irradiados –no entendían el concepto, pero lo estaban viendo suceder- y para ser ocupados por los americanos, antes que por los soviéticos.

Los generales nipones ignoraban que desde el 19 de agosto había un segundo carozo de plutonio listo para otra bomba implosiva tipo “Fat Man”, asignada probablemente a la ciudad de Kokura. Sin embargo, por problemas industriales, no científicos, luego pasaría al menos un largo mes hasta que el Proyecto Manhattan lograra reunir suficiente material físil para una cuarta bomba, fuera de uranio 235 grado bomba (enriquecido al 90% o más) o más bien plutonio militar, dentro de todo más pagable.

Y hasta agosto del ’46 no habría las cantidades necesarias para destruir la retaguardia japonesa, en caso de darle apoyo aéreo a un desembarco americano en Kyushu. En suma, tras borrar Kokura del mapa y si Japón seguía en guerra, los EEUU debían resignarse a rascarse el higo casi un año en sus buques mientras hambreaban al enemigo por bloqueo naval, pero perdían Hokkaido bajo las botas del Ejército Rojo. Por el contrario, una invasión de Kyushu al estilo Normandía, con armas únicamente convencionales, significaba asumir la muerte de 1 millón de estadounidenses y 4 millones de japoneses, fundamentalmente civiles, según los datos que le llegaban al presidente Harry Truman.

El núcleo de plutonio de las bombas sucesoras de “Fat Man” tardaba horrores en fabricarse en los “calutrones”. Un sincrotrón es primero y ante todo, un acelerador de partículas, un instrumento más académico que industrial: mueve muy poca masa usando demasiada energía. Acumular los 6,2 kilogramos de plutonio “grado carozo” en 1945 y con tales medios era un trabajo de hormigas, algo así como llenar una pileta olímpica a cucharaditas o iluminar un estadio con un fósforo.

(Daniel se entusiasmó con el tema , así que lo dividí en dos partes. “Continuará”)


Argentina Nuclear, 2017 – XLII: La guerra de la tecnología

enero 10, 2017

En este capítulo Daniel cuenta la guerra que se desarrolló contra un desarrollo científico tecnológico argentino, el Laboratorio de Procesos Radioquímicos, durante la dictadura de 1976/83 y durante el gobierno de Alfonsín. Dos etapas profundamente distintas, que marcaron un cambio decisivo en la política y en la vida de los argentinos. Y sin embargo… continuó esa misma guerra, contra la tecnología. Con otras armas, claro. Sin desaparecidos ni torturados. Pero siguió. Y esas “nuevas” armas se siguen usando, contra otros blancos.

  1. Todo para nada

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“Repro” había empezado en el Centro Atómico Ezeiza, en un laboratorio del tamaño de una cochera doble, el ERE. En 1974, bajo paraguas por duplicado de Perón e Iraolagoitía, ya se había vuelto el PR, mayor en metros cuadrados, elenco y sistemas de radioprotección, y reprocesó 0,5 g. de plutonio del combustible quemado por el reactor vecino RA-3. El paso siguiente –que interrumpió la bestia de Massera- era un segundo laboratorio, el PR2, donde trabajarían 40 expertos ya designados para modificar o afinar la química extractiva del proceso Purex, que data de 1947, con la idea de llegar a los centenares de gramos.

La idea de llamar “Procesos Radioquímicos” (PR) a estos sucesivos laboratorios fue del propio Perón. Éste le había sugerido a Morazzo en 1974 evitar la palabra “reprocesamiento”, para no buscarse problemas. Pero cuando se planeó el PR2 las alarmas ya estaban sonando en La Embajada y los problemas ya lo estaban buscando a él. Sólo que no lo sabía.

Ante el ataque físico contra Repro, Castro Madero se jugó a la desesperada y por fuera de su arma, o eso es lo que interpreto yo. Uno de los pocos físicos nucleares con grado militar de jefe que tenía el Ejército en la CNEA, Luis “Lucho” Argüello, quedó a cargo de liberar a los que pudiera de la ESMA. Al menos, eso le dijo Argüello al radioquímico Carlos Calle, entonces secuestrado, torturado y bastante resignado a morir, cuando lo fue a visitar a su celda. Argüello no estaba solo: detrás se alineaban el entonces teniente coronel y físico nuclear Ricardo Rapacioli, y un general de brigada del arma de Ingenieros con iguales quilates atómicos, Máximo Abbate.

En tercera línea, detrás de todos, se adivina todavía hoy un “señor de la muerte” de gran calibre del Ejército, el general Luciano Benjamín Menéndez, con el que era mejor no meterse. No creo que Menéndez pudiera distinguir un protón de una llave inglesa, pero sí puedo imaginarlo tratando de conseguirle una llave al Ejército para acceder por la puerta trasera a ese reducto académico-naval autogestionado que era la CNEA.

Como sea, Massera nunca brilló por su coraje y “los verdes” en tierra pueden más. De 33 desaparecidos nucleares (sumando todos los de la CNEA y 4 egresados del Balseiro), 12 pasaron de la ESMA a un buque cárcel y de ahí a la cárcel de Devoto, donde fueron declarados a disposición del PEN y posteriormente liberados, entre ellos Morazzo. Los otros 19, parte de aquella efímera “primavera política nuclear”, hoy tienen el mural que muestro arriba, y que los recuerda.

Lo que nadie recuerda, lo que se ha hecho todo lo posible por olvidar, es la respuesta de Castro Madero a Massera, y a las embajadas que probablemente secundaron el intento de exterminio de Repro. Fue el LPR, o Laboratorio de Procesos Radioquímicos, una instalación monumental que se hizo y completó a un costo enorme (¿U$ 200 o 400 millones?  Se discute después).

Pero, llegado el presidente Raúl Alfonsín y su “gauleiter sin charreteras” en la CNEA, el Ingeniero Alberto Constantini, la instalación se paró a punto de empezar testeos preliminares, y nunca fue inaugurada. Los radicales no cierran, sólo posponen las cosas y las dejan pudrir. Lo impresionante es cuánta y cuán distinta gente entró a esa volteada.

La decisión de cajonear el LPR vino acompañada, a partir de 1987, de una rarísima campaña de medios. El LPR, se decía, amenazaba a la población de Ezeiza y también a la de Capital con un “Chernobyl”. Las imágenes acompañantes no mostraban las de aquella mal diseñada central rusa, suficientemente desoladoras por sí mismas. Mostraban el hongo atómico del testeo de un arma nuclear. No parecían fruto de una mente confusa, sino la de mentes expertas en confundir a otras mentes.

La campaña, de aspecto improvisado, debió bancarla un grupo de vecinos millonarios, porque anduvo meses en las paredes del área metropolitana en forma de carteles, y cabalgó por los noticieros y horarios centrales de la TV y la radio. Como la gente suele hacer lo que le aconseja el médico, alguien persuadió a la hasta entonces políticamente inocua Federación Médica de Buenos Aires (FEMEBA), cuya representación en Ezeiza decidió que el LPR nos iba a envenenar con plutonio a todos los habitantes del área metropolitana, y que había que cerrarlo. El mensaje estaba acompañado por una salsa de hongos atómicos. Los diarios y la TV empezaban a tomar el tema por la propia.

No puedo omitirme en esta historia. Le escribí a FEMEBA un editorial en Clarín, página derecha completa. Clarín todavía tenía un corazoncito desarrollista oculto en algún lado, aunque bien escondido, y me toleraba algunas atrocidades. A la mutual la incomodé con datos, como que según Naciones Unidas, la medicina se ha vuelto la principal fuente de exposición a radiaciones de los humanos. Invité a los directivos –previa autorización de la CNEA- a conocer el LPR por dentro para que entendieran las inmensas diferencias entre una muy prolija planta radioquímica y una pésima central nucleoeléctrica, como el RBMK de Chernobyl. Y de paso también, para que alguien les explicara las diferencias conceptuales entre instalaciones industriales y bombas nucleares. Y les pregunté, ya que en su legítima preocupación por el LPR era la primera vez que esa prestigiosa mutual médica se metía en asuntos de salud pública, por qué meses atrás no habían dicho nada respecto de la iniciativa del gobierno bonaerense (que no cuajó) de dejar de pasteurizar la leche de vaca para bajar su costo. Eso le abría las puertas a dos enfermedades difíciles de curar, como la tuberculosis enteral y la brucelosis.

FEMEBA cambió de tema rápidamente y se olvidó por completo del LPR.

La abundancia de medios para hacer campaña sucedió en coincidencia temporal con la visita a la Argentina del Dr. David Albright, representante del ISIS. Ojo, no del estado islámico, todavía inexistente, sino de un antiguo y persistente “Think Tank” yanqui cuyo acrónimo viene de “International Science and International Security Institute”. Esta noble institución se dedica a generar información para el gobierno yanqui y apretar a otros respecto de temas “de proliferación”. Los Albright de este mundo viven en la 1° clase de aviones y paran en hoteles 5 estrellas, y no faltan a ningún congreso pero logran no pintar jamás en los medios.

A Albright lo tuve que ver dos veces, a pedido de él, y me arrastró a esa cita la curiosidad entomológica: me faltaba conocer la especie. Hizo un intento ritual de convencerme de que el LPR era “proliferante”, es decir ponía a la Argentina como país sospechoso de construir armas nucleares. Le contesté también ritualmente que eso, viniendo de un estadounidense, era como que la madama se preocupara por la moral de sus putas.

Los Albright de este mundo son un combo de espías y chantajistas, con la ventaja añadida de no figurar oficialmente en la lista de pagos del Departamento de Estado o de la CIA. No quiero decir con ello que don David sea un valijero premium, por favor. ¿Un master en física y matemática haciendo esas cosas?|

La pata faltante fue Greenpeace, que en abril de 1987 recién abría su filial argentina, y cuya dirección fundacional, formada por toxicólogos, biólogos y ecólogos antes que por lobbistas y militantes CBPRV (científicamente brutos pero re-verdes),  estaba convencida que en nuestro país había problemas más urgentes: a saber, agroquímicos y asuntos hídricos. Eran antinucleares, va de suyo, pero consideraban que el pequeño y atascado programa atómico local en tiempos de Alfonsín no merecía su atención inmediata.

Sin embargo, aquello duró poco. Hubo gran raje y llegó el equivalente juvenil y verde de la Guardia Islámica. Desde el desastre de Chernobyl, nada hace que el pequebú de Holanda o Canadá –allí estaban los morlacos reales- pele su tarjeta de crédito tan rápido para aportar y salvar el planeta, como el ser convencido de que Baires está bajo amenaza “por esos irresponsables de la CNEA”. Y como buena multinacional que es Greenpeace, aunque no presente balances, no aclare cómo se elige a sus dirigentes y menos que menos pague impuestos, apunta su prédica adonde hay dinero fácil. Como me admitió “off the record” un directivo de la nueva camada: “Si digo que hay que limpiar el Riachuelo ni salgo en tapa ni vemos un mango”.

Por contraste, era facilísimo fajar a la CNEA bajo la dirección de Constantini, quien se dedicaba, silbando bajito, al desguace de institución, y sufría de la alergia a los medios que conviene al chatarreo. Atacar a la CNEA, otrora motivo de orgullo nacional, en 1988 resultaba tan sencillo como darle patadas a una vaca muerta.

Aquel año recrudeció toda una guerra contra la CNEA que se focalizó en una de sus obras, el LPR. Y como en toda guerra, la primera víctima fue la verdad. En este caso, científica.

Y ya que hablamos de bombas y plutonio, déjenme explicarles un poco lo difícil que era usar el LPR para hacer una bomba de implosión, incluso la más primitiva, una “Fat Man” gauchesca. Quiero dejar en claro que el LPR, por el que murió o fue torturada tante gente, estaba para otra cosa.


Argentina Nuclear, 2017 – XLI: Castro Madero y la represión

enero 4, 2017

Sigo con la historia del desarrollo de la tecnología nuclear en Argentina. Este capítulo habla de una historia feroz y ambigua. Como fueron esos años en la realidad.

  1. Castro Madero, ¿inocente o culpable?

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El físico en reactores nucleares y además vicealmirante Carlos Castro Madero, hombre sonriente y cortés según quienes lo trataron, aunque ninguna foto conseguible lo demuestra. Sin embargo…

Al revisar los desastres represivos del Proceso dentro de la CNEA, puse la lupa sobre el caso de los expertos en “Repro”, o reprocesamiento de combustible quemado.

El grupo, como ya dije, venía trabajando bajo el paraguas, desde 1973, del nuevamente presidente de la CNEA, Iraolagoitía, pero cobró potencia en presupuesto y personal por órdenes expresas del presidente Perón al doctor Santiago Morazzo aquel mismo año.

Repro es un caso aparte dentro del salvajismo que cayó sobre la JP “Monto” y la izquierda para sembrar terror entre el personal profesional y técnico de la CNEA, que vivía en estado deliberativo. La idea en Repro fue más precisa: descabezar el grupo y terminar con el proyecto en sí. ¿Quiénes lo hicieron y por qué?

Las cosas que hizo el presidente de la CNE, el contraalmirante Carlos Castro Madero, lo sacan del banquillo de acusados, al menos el de esta historia en particular.

Atención: Castro Madero murió en 1990 de un “bobazo” largamente cultivado a pesar de cinco by-passes, defendiendo de palabra hasta el último minuto a los peores asesinos de la historia argentina. Por esa causa –apología lisa y llana del delito-  y algunos errores descomunales, no me muero de amor por él. Pero en este caso puntual lo que me importa no es tanto lo que dijo sino lo que hizo.

Hay un testimonio del Jefe de RRPP fundacional e histórico de la CNEA, Lic. Luis Colángelo: cuando Castro Madero se enteró de la desaparición de Morazzo se cruzó de inmediato y por la propia la avenida que lo separaba del centro operativo del Sumo Desaparecedor Argentino. Viaje de menos de 100 metros, desde el 8250 de Libertador, CNEA, Sede Central, hasta el 8151, Escuela de Mecánica de la Armada. Allí le exigió cuadradamente a su superior, el Comandante en Jefe de la Armada, Emilio Massera, que soltara a su gente. A la que en ese momento y lugar estaban torturando.

Morazzo relató después que la runfla de Massera tenía ideas muy vagas sobre el trabajo del grupo Repro: la pregunta insistente era: “¿Dónde hicieron la bomba de Perón?”, o su variante “¿Adónde está la bomba de Perón?”. Daban palos de ciego a ver qué salía. La bomba no existió nunca, ni como proyecto. Y es que la cultura tecnológica de Massera cabía en el reverso de una estampilla y sobraba lugar, como la política.

Colángelo, un trabajólico, pasaba no menos de 12 horas por día con Castro Madero, y cuando por fin se iba a su casa a medianoche aún veía la luz prendida en presidencia. Por esas cosas, por su doctorado en reactores, por el “boom” de obras y proyectos nucleares sucedido bajo su administración, en el ambiente nuclear todavía hoy el último marino a cargo de la CNEA suscita una mezcla de dudas, repudio, admiración y respeto, todo junto.

Décadas después, algunos de los testimonios de los “chupados” que sobrevivieron (el del doctor Carlos Calle, radioquímico, por dar un caso), apilan evidencias de que Castro Madero estuvo involucrado en los secuestros. Pero estas evidencias en parte son circunstanciales, y en todo caso no aclaran su rol. Otras opiniones, como la del citado Colángelo, difieren en 180º. El propio embajador Max Cernadas  dice respecto de la Dra. Emma Pérez Ferreira, física nuclear que dirigió la CNEA en los años finales de Alfonsín, que Emma pudo llegar con vida a su cargo porque en 1976 Castro Madero la salvó de una patota de la Armada. ¿Negoció salvar a algunos y se lavó las manos del resto? No tengo idea, y no sé quién la tiene. Otro secreto que don Carlos se llevó a la tumba.

Según Colángelo, en su duelo verbal con Massera, Castro Madero exigió al parecer por todos los nucleares desaparecidos, no únicamente los de “Repro”, y volvió a entrar a la CNEA abatido, pálido y temblando de furia. Pidió a Colángelo que lo dejara solo, y estuvo durante horas haciendo llamadas. Massera se había negado a entregar sus capturas, y para agregar insulto a la herida, le habría dicho que cuando él, Massera, fuera presidente de la nación, a Castro Madero lo pondría como portero de la CNEA.

La segunda cosa que exculpa a Castro Madero es que, finalmente logró que el presidente Jorge Rafael Videla declarara a disposición del Poder Ejecutivo Nacional a los sobrevivientes, y a algunos les consiguió rápidamente trabajo en el programa nuclear italiano, para preservar sus vidas y carreras. El radioquímico Calle desmiente esto: los trabajos los ofreció espontáneamente el ENEA, la entonces muy activa agencia nuclear de Italia.

Tal vez es la tercera acción de Castro Madero la que define mi opinión: si la intención de quien estuviera detrás de estos crímenes era que Repro no avanzara –hay un diablo detrás del diablo y huele a embajada- con Castro Madero se jodió. Al menos, un tiempo.

Castro Madero redobló la apuesta por Repro. Típico de él.

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Centro Atómico Ezeiza, foto vieja y de baja resolución. Cuesta identificar el Laboratorio de Procesos Radioquímicos (LPR). Si hay imágenes mejores, fueron eliminadas de la iconografía oficial de la CNEA. El LPR fue, es, un trauma.


Argentina Nuclear, 2017 – XL: Desechos radioactivos, ecología y culpas

enero 2, 2017

En estos días se están haciendo otros ataques a la ciencia y el desarrollo tecnológico argentino, como pueden leer aquí y aquí. Igual, creo que los detalles de uno que sucedió hace 40 años, y las posibilidades y riesgos aún abiertos hoy, son relevantes. Continúo con la saga.

  1. Diferencias entre basura, combustible y bombas nucleares.

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Piletón de enfriamiento de combustibles gastados de Atucha I. La luz azul, radiación de Cerenkov, muestra su intensa radioactividad. El asunto es que el 96% del inventario  de uranio 235 que tenían estos combustibles cuando nuevos, ahora que están gastados sigue sin quemar. Y las especies radioquímicas artificiales de larga vida media que albergan también son combustibles nucleares aprovechables. O basura radioactiva de larguísima vida media, si no se los recicla. ¿Qué destino deberían tener?

La CNEA, esa jabonería nuclear de Vieytes, esa llameante democracia protegida de los milicos por los propios milicos desde 1950, fue lo primero que los milicos trataron de matar, en 1976. Y es que nuestros hombres de armas no soportan sus propios éxitos, cuando se les salen de control.

Pero la saña represiva que se abatió sobre el área de “Repro”, que había empezado a ampliarse por orden directa de Perón, me lleva a suponer qué país en particular estuvo detrás de su desbande cuando llegó El Proceso. Y también a asombrarme del papel jugado por Castro Madero en algunas de las posteriores reapariciones y reparaciones.

Para entender la historia, hay que discutir un poco el término de basura nuclear “de alta”, la que genera el quemado del uranio 235 en centrales y reactores.

Son basura indiscutida algunos productos de fisión industrialmente inútiles (por ahora) que contienen los combustibles gastados en sus pastillas de cerámica de uranio. Me refiero fundamentalmente al Cesio 137, el Iodo 131 y el Estroncio 90, los que fueron de mayor impacto ambiental a distancia en los accidentes de centrales (Chernobyl en 1986  y Fukushima en 2011).

Ésas y otras especies radioquímicas del combustible gastado califican como “productos de fisión”, lo que quedó de átomos de uranio estallados por el impacto de neutrones. Los productos de fisión son radiotóxicos duros pero tienen vidas medias bastante aceptables, tirando a décadas. Califican como basura “de alta” por la intensidad de su irradiación y por el calor que emiten cuando recién se los ha extraído del núcleo de la central. No se puede hacer nada con ellos salvo apartarlos del medio ambiente bajo agua y en confinamientos múltiples, cajas dentro de cajas, y esperar que se vayan “enfriando” en el doble sentido de la palabra: radiológico y térmico.

Sin embargo, otras especies encontrables en el combustible gastado, en cambio, resultan buenos combustibles. Son los actínidos, y los más interesantes son los plutonios, familia de isótopos que va desde el 227 al 247, casi todos con vidas medias larguísimas (alrededor de 7000 años haciendo promedios groseros). Hay 3 terriblemente duraderos: el 239, con 24.110 años, el 242, con 373.000 años, y el 244, con casi 81 millones de años.

Son todos contenciosos para cualquier ecologista (incluido quien firma estas sentidas palabras). De yapa, el plutonio 239 sirve para fabricar bombas nucleares de todo tipo. De modo que los actínidos y transuránidos califican como El Megombo Perfecto en las categorías “Política Ambiental” y “Frente Diplomático”.

Lo que sucede es que el problema de unos pocos países es una solución para una mayoría de otros países. A la fecha de hoy decenas de estados-nación con centrales nucleares reprocesan sus combustibles en instalaciones especiales de Francia, Gran Bretaña, Rusia, Japón y la India. Los mencionados y todos sus clientes usan el uranio 235 sin quemar y todos los isótopos del plutonio en nuevos combustibles nucleares reciclados llamados MOX, Mixed Oxides, hechos de “óxidos mixtos” de uranio y plutonio.

Si el diablo es longevo (y los plutonios lo son en extremo) mejor quemarlos: se los hace desaparecer del medio ambiente y además, del mercado ilegal de armas. Reciclando combustible nuclear, se le saca un plus de energía de un 30%. En cuanto a los productos de fisión, libres de estas dos familias químicas, su volumen se reduce a un quinto y su vida media a menos de un siglo, lo que abarata mucho su confinamiento geológico definitivo.

Hay otros actínidos reciclables del combustible gastado y además de las colas de uranio empobrecido (que está “enriquecido” en el isótopo inútil, el 238). Y tienen valor potencial. Son el laurencio, el torio, el protactinio, el propio uranio y los transuránidos “menores” como el neptunio, el americio y el cerio). Todos ellos pueden quemarse en reactores rápidos de cuarta generación, bastante distintos de los PWR o PHWR que hoy dominan la industria.

Lo interesante de este nuevo quemado es que la fuente principal de energía de las centrales nucleares futuras saldría de sus desperdicios: el combustible quemado por una parte, y las colas de enriquecimiento por otra. Virtualmente, eso detendría la minería de uranio.

Algunos actínidos, como el rarísimo plutonio 238, hasta dan más energía que el propio uranio 235, el isótopo combustible por excelencia. Que los combustibles gastados tengan un 96% de su carga inicial de uranio 235 intacta y además algunos actínidos “de regalo”, muestra una sola cosa. Y es que mandar el combustible gastado a repositorio geológico “ad aeternum”, como hacen y mandan a hacer los EEUU, es tan idiota como lo sería para YPF el enterrar petróleo y gas.

Esto lo hacen los EEUU por decisión de Jimmy Carter “para dar el ejemplo moral” al resto del planeta: no hay que generar una economía del plutonio. Justo ellos, los principales productores de plutonio del planeta (aunque sólo con fines militares, tranquilos, lectores). Toda una lección de ética diplomática.

Lo único que han logrado con esa estupidez es exterminar su programa de centrales nucleoeléctricas, que llegaron a ser 104 en los años “de gloria” (hasta mediados de los ’70). Lo liquidaron porque la masa de desechos generados por tantas centrales es demasiado voluminosa para el repositorio federal de Yucca Mountain. Además, conlleva un problema de ingeniería insoluble: Yucca está construida para albergar “ad aeternum” basura radioactiva de una vida media larguísima, mayor que la de ningún edificio, incluidas las pirámides de Gizah, Egipto.

No es simplemente carísimo. Es que no hay modo experimental de demostrar que una construcción humana puede ser más longeva que las pirámides. Con modelos computados que tratan de vaticinar el futuro de un edificio subterráneo dentro de 100.000 años, el público tiene derecho a ponerse escéptico. Nuestra especie, el Homo sapiens sapiens, existe desde hace menos tiempo.

Los indios shoshone consideran Yucca Mountain como una violación de la Madre Tierra y piden plata para mitigar la afrenta religiosa, que de todos modos no dejarán que suceda. Eso mientras los gobernadores republicanos de Nevada impiden el uso del repositorio con juicios contra la administración federal demócrata… o viceversa, cuando se invierten los dados. Si uno es político en Nevada y admite ser partidario de Yucca Mountain, firma su suicidio profesional.

En semejante despiole legal, ¿qué inversor yanqui va a poner un centavo en nuevas centrales nucleares? Es como instalar una fábrica de automóviles con motor de combustión interna en un país donde el caño de escape está prohibido.

Saber que con reprocesamiento hay parvas de combustible sin gastar dentro del combustible gastado era una buena noticia. Eso incluso en la Argentina de 1973, que acababa de inaugurar Atucha I, país cuya geología es más bien escasa en uranio, y cuyas reservas aseguradas se estimaban entonces en unos 40 años, según el consumo, pero que se acortarían a partir del momento en que entrara en línea Embalse.

Hoy, 4 décadas después del intento de liquidar la capacidad de reprocesamiento argentino mediante el secuestro , tortura y muerte de algunos de sus expertos, sigue siendo cierto que el país necesita esta tecnología. Cualquier país nuclear la necesita.

Se encontró algo más de uranio en Cerro Solo, Chubut, y por ley no se puede exportar. Eso da un respiro de unos años. No viene mal ahorrarse algunas minas de tajo “a cielo abierto”, máxime tras malas experiencias como la que se tuvo con la firma Sánchez Granel en Los Gigantes, Córdoba, que, agotado el filón, abandonó el sitio lleno de pozas de ácido sulfúrico y metales pesados, entre ellos uranio. De los pasivos ambientales que se hiciera cargo el estado, je. Todavía 4 décadas después la CNEA está tratando de remediar el sitio a bolsillo propio, es decir suyo y mío, lector@. Esto determinó, entre otras cosas, que la provincia de Mendoza cerrara expeditivamente la mina de la CNEA cercana a San Rafael y su planta industrial adyacente, Sierra Pintada.

Hay más razones para reprocesar hoy que en 1976, cuando secuestraron a Morazzo y su gente. En estos días todo el interior viene desarrollando una alergia popular antiminera. Eso sucede gracias a la ley que el Superministro Cavallo, en épocas de Menem, le infligió a la Argentina en provecho de las multinacionales, no sin el recaudo de hacerla traducir del inglés. Si hay que reiniciar la explotación de uranio en Argentina, la CNEA no se topará únicamente con los problemas que dejó, y que viene remediando tarde, pero viene. Se va a encontrar con los problemas que nos está dejando una caterva de empresas libres por ley de dejarte un megombo ambiental e irse del país una vez que se llevaron el oro, el cobre u otros metales. Y si les hacés juicio, va a tener que ser en su país de origen, je. La CNEA se va a encontrar con que otras provincias –pongamos Chubut- pueden adoptar la misma postura que Mendoza.

La salida a esta situación de encierro es políticamente complicada. Con reprocesamiento y combustibles MOX, una fuente futura de combustible de nuestras centrales pueden ser… nuestras centrales. A la gente de “Repro” le cayeron encima por eso.

Pero así como en 1976 sobraban milicos que no se bancaban una CNEA en asamblea, afuera de la Argentina había un país en particular al cual resultaba diplomáticamente intolerable que aquí se hiciera reprocesamiento, porque es una tecnología química que te da acceso a plutonio. Fuera de ello, la independencia tecnológica nuclear argentina no le convenía de modo alguno en general. Y alineando intereses de embajadas extranjeras y represores locales, volver la CNEA “al orden” era “hacer patria” y de paso exterminar este desarrollo dual. Dos pájaros de un tiro.

Y para probable sorpresa del lector, el vicealmirante Carlos Castro Madero no está entre los culpables, al menos de lo segundo. Déjenme construir mi caso.


Argentina Nuclear, 2016 – XXXIX: Empiezan los años de plomo

diciembre 30, 2016

Probablemente el último capítulo de esta saga que suba en 2016. Cuenta parte de una tragedia argentina, de la dedicación a una causa patriótica que trascendía los destinos personales y los compromisos políticos, de la ambigüedad de algunos actores…

  1. Se va el COCO, llega el cuco

desaparecidos-cnea

Algunos desaparecidos de la CNEA.

El gobierno de Isabel cayó. Desde el 24 de marzo de 1976 reina “El Proceso”, dictadura de una ferocidad desconocida hasta entonces, que le inflige a la Argentina destrozos económicos y sociales de los que 40 años más tarde no logra recuperarse. Y esto se combina con un asunto que Sábato mentó desde el comienzo: iniciar un programa nuclear es firmar un pacto con el diablo, por ese incómodo asunto de los residuos radioactivos.

En 1976 las patotas y grupos de tareas del proceso y el diablo del que habló Sábato se unen para destruir a algunos de los mejores cerebros del Programa Nuclear. Entre ellos, el elenco que se ocupaba de darle un destino racional a los residuos.

La CNEA, tan en ebullición intelectual, vivió en asambleas donde valían lo mismo obreros, técnicos, administrativos y profesionales, durante los gobiernos peronistas desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 24 de marzo de 1976. Entonces llegó el vicealmirante Carlos Castro Madero –un físico en reactores de la casa- y “reimplantó el orden”.

Desaparecieron 17 integrantes de la casa y 4 egresados del Balseiro, y fueron secuestrados, torturados y “reaparecieron” 12.  Hubo además unos 160 despidos, 200 según otras fuentes.

El análisis de las listas de desaparecidos indican una variedad de represores con una disparidad de objetivos. Uno puede imaginarse la típica competencia desordenada entre patotas policiales y de distintas fuerzas armadas, el típico “feeding frenzy” de tiburones comiéndose una presa grande. Pero no es imposible entrever un actor externo, desdibujado, y un escenario más complejo.

Peinando fino, sobre 21 apellidos de los que no volvieron jamás, 10 son judíos: hasta ahí, nada sorprendente. Apesta al tradicional antisemitismo de nuestros canas y milicos. Tener un apellido judío conspiró totalmente contra la supervivencia. De hecho, ninguno de los 12 reaparecidos tiene apellido judío.

La JP y la izquierda en sus distintas fracciones ligaron duro sin denominación de orígenes nacionales. No desaparecías por ser judío, pero sí por peroncho de izquierda, o simplemente zurdo.

Sin embargo, el área más devastada, sin distingos políticos o de familia, parece haber sido “Repro”, es decir el laboratorio llamado Procesos Radioquímicos bajo dirección de Santiago Morazzo (que sobrevivió), donde también revistaban el técnico químico Carlos Calle y Domingo Quilici.

Y lo que puede desconcertar al más pintado es la conducta que tomó Castro Madero ante la devastación de esta área de la CNEA.

Un poco de historia previa. Bajo orden directa y personal del propio Perón en su tercera presidencia, Morazzo investigaba sobre cómo recuperar radioisótopos físiles (los varios del plutonio, otros transuránidos, y el uranio 235 sin quemar).

Tras quemarse las cejas en el pequeño laboratorio de Ezeiza, llamado PR1, donde habían logrado reprocesar 0,5 g. de plutonio a partir de combustible gastado del contiguo RA-3, parte de la gente de “Repro” se iba desde Ezeiza a Sede Central, en Av. Libertador frente a la ESMA, para transformar hallazgos químicos en línea política.

Terminado eso, se tomaban algún bondi hasta el Congreso de la Nación, para reunirse hasta deshoras con grupos de diputados y senadores, aunque al día siguiente había que levantarse a las 05:00 o por ahí y tomarse la combi temprano hasta Ezeiza. La intención de esta gente treintañera era juntar votos en ambas cámaras y proponer una ley marco para pasar a un laboratorio mayor, y a un edificio dedicado “ad hoc” y con grandes sistemas de seguridad radiológica. Se llamaría PR2.

Las 40 personas metidas en este asunto eran en buena medida peronch@s. Por nucleares, sabían bien, particularmente desde el bombazo de Indira, que el desarrollo de esta tecnología en Argentina chocaría de frente con la política externa de los EEUU. Pero también con la del resto del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y de yapa, contra la de un nuevo “lobby” dentro del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) llamado entonces “El Club de Londres”, hoy Nuclear Suppliers Group.

A la gente de “Repro” le resultaba obvio que no se podía avanzar sobre firme hacia el PR2 con una simple orden presidencial, para más inri verbal y reservada, por más que hubiera venido directamente de Perón a Morazzo y tuviera la bendición de Iraolagoytía. Ninguno de ambos viejos era eterno. De yapa, la tercera presidencia de don Juan Domingo parecía mucho más inestable que las anteriores, y el líder no derramaba salud.

Hacía falta una ley nacional “paraguas” para que, sucediera lo que sucediera en la presidencia de la Nación y /o de la CNEA, en esta política no hubiera vuelta atrás. Esa mezcla de científico-tecnólogo y militante se daba fácil en la CNEA. Ya lo dije: fue impronta fundacional y creo que incluso hoy, tras tantos porrazos, sigue abollada pero vigente. No sé si con la misma pasión: aquella gente de “Repro” casi no veía a su familia.


Argentina Nuclear, 2016 – XXXVIII: Para la autoestima argentina

diciembre 27, 2016

Ante la ausencia de saqueos, el gobierno se ocupa que este fin de año no nos aburramos. Y yo no puedo resistir la tentación de comentar sus ocurrencias. Pero no quiero abandonar esta saga. Coordinaré con Arias cuál es la frecuencia adecuada para este enero que ya empieza. Ahora, voy a subir este capítulo, con la historia de una pequeña hazaña argentina, todavía vigente. Los capítulos siguientes son de tiempos más oscuros.

  1. Postales de una juventud libre

telemanipulacion

Telemanipulación de radiosótipos obtenidos en el RA-3, hasta ahora la única fuente de radiofármacos de diagnóstico y tratamiento del Mercosur. Los yanquis quisieron construirlo, y les apostamos buena plata a que lo haríamos sin ellos. Terminaron pagándonos como duques.

Aquella bomba atómica de Indira Gandhi en 1974 cambió, para mal, nuestras perspectivas e historia como país nuclear. Nos volvió lo que somos hoy: mucho menos que lo que parecía seríamos.

Por empezar, cambió la política externa del mandón regional, la Gran Democracia del Norte. Antes del 18 de mayo de 1974, los EEUU eran tolerantes con algunos desarrollos duales de estados periféricos donde tuvieran influencia, siempre que no estuvieran alineados con la URSS o con China. Ante su mirada, éramos casi soportables. Un buen dogo puede permitirse algunas pulgas.

Lo que siguió a “Smiling Buddha” continúa desde entonces. La doctrina oficial del State Department para países periféricos con programas nucleares independientes es un infierno de coerción, chantaje, mentiras y eventual violencia armada, sea por intervención interna a través de cipayos a la orden, o con los Marines cuando tales cipayos fallan.

A partir de aquel momento, tendría costos enormes todo error que cometiéramos los dos únicos países sudacas verdaderamente nucleares: Brasil y Argentina. No lo cuento a México por motivos ya explicados: nunca intentó un desarrollo atómico propio. De hecho, el país que cometió más equivocaciones (Brasil) terminó trabajando décadas al puro ñudo, para desembocar en su actual enanismo nuclear.

Si algo diferencia los errores brasileños de los nuestros es la escala: los de los vecinos son desmesurados. Empezaron apostando millones a un “desarrollismo facilongo”, confiados en que el desarrollo tecnológico atómico no difería tanto del metalúrgico o metalmecánico: si negociabas a lo grande con los grandes proveedores externos, era inevitable: pasabas de país de fazendas y playas a país de industria pesada. Los vecinos tardaron un par de décadas en darse cuenta que la General Electric y la Siemens KWU no operan del mismo modo que la General Motors o la Volkswagen: las empresas nucleares no les iban a vender la autonomía tecnológica. Ésa sólo se cocina en casa.

Cuando entendió el juego, el Brasil se bandeó en la dirección opuesta y el dictador Ernesto Geisel diseñó el famoso Programa Nuclear Paralelo, con plena aprobación de la burguesía local, por esa fuerza histórica que les da a los brasileños haber sido antes imperio que república. Pero los militares hicieron todo tan a espaldas del respetado público, tan a lo bruto, y con un corte tan marcial de “vamos a la bomba y después vemos”, que al presidente estadounidense Jimmy Carter no le costó demasiada extorsión barrerles los tobillos. La capitulación brasileña quedó marcada por una cena de estado con las esposas de ambos mandamases, en Planalto. No sé si Geisel llegó a digerir la lista de “nos” que debió firmar antes.

Después de lo de la India, los yanquis no iban a tolerar desarrollos nucleares independientes “in their own backyard”, que venimos a ser los sudacas. Y efectivamente, en 1978 Carter dio por muertos una serie de acuerdos que venían de la década del ’50 para la provisión de Argentina de uranio enriquecido al 90%. Es el tipo de combustible que usaban antes de 1974 la mayor parte de los reactores de investigación del mundo. Sí, el lector tiene razón, eso es “grado bomba”. Nunca era suficiente la cantidad vendida, y no había renovación si uno no devolvía a la USAEC el núcleo ya gastado, sin que faltara un miligramo.

Por supuesto, Carter estaba penalizando a nuestros militares por su política de represión salvaje: estaban aplicando demasiado bien las artes de infiltración, tortura y secuestro que habían aprendido de los militares yanquis en “La Escuela de las Américas”, en Panamá. Pero también es posible que Carter, ingeniero atómico, haya sentido como una intromisión en “su backyard” (el de la General Electric, la Westinghouse y la Babcock & Wilcox) nuestra venta de ¡dos reactores dos! a Perú. No nos alcanzaba con uno. ¡Danger!

¿Para qué abundar? Nosotros en nuestra adolescencia tecnológica, pletóricos de acné y creatividad, y el capofamilia del continente con síntomas precoces de Alzheimer. Y se apellida Corleone.

En 1974, ante “Smiling Buddha”, el primer bombazo indio, todo esto la dirección de la CNEA lo vio venir con claridad. “Qué hijos de  Buda”, fue el comentario resignado. Ya sabían que toda desgracia nuclear, militar o civil, que suceda afuera siempre les termina cayendo en la cabeza a ellos. Aún hoy, eso no falla.

Rescato casi con ternura una anécdota de tiempos pre-Indira, una postal alegre de cuando la CNEA entraba en etapa industrial y se hacía grande en cuadros e instalaciones, y eso era celebrado hasta por diarios tan conservadores y proyanquis como “La Prensa”. Y es más, hasta los EEUU toleraban deportivamente nuestros desacatos porque no había mejores opciones.

Lo que sigue parece “política-ficción”, pero es real y se publicó dos veces, la última  en el número 27-28 de la revista de la CNEA de 2007. Es un artículo sobre el viejo RA-3 de Ezeiza, que desde 1973 produce todos los radioisótopos de medicina nuclear usados en Argentina y el sur de Brasil. Es un recuadro, con el siguiente título: “Los U$ 350.000”

“A comienzos de la década del ‘60, como muchos otros países que se embarcaron en el desarrollo nuclear, Argentina recibió el ofrecimiento de un subsidio de U$S 350.000 del gobierno estadounidense para la construcción de un reactor de investigación de 5 MW, a ser provisto por General Dynamics.

“La CNEA respondió que, en lugar de comprar el reactor, lo iba a diseñar y construir, ante lo cual la contraparte estadounidense, uniendo escepticismo a un dejo de apuesta, resolvió que si la CNEA tenía éxito en su empresa, recibiría el subsidio.

“El acto de inauguración del reactor RA-3 fue presidido por el Presidente de la Nación, Gral. J. C. Onganía, el Cardenal Primado A. Caggiano, el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires Gral. F. Imaz, ministros, embajadores, los presidentes de las Comisiones de Energía Atómica de Brasil, Israel y Chile y el representante de EEUU, L. Saccio.

“Luego de las alocuciones de Onganía y Quihillalt, Mr. Saccio hizo entrega del subsidio de 350.000 dólares ´para la operación del reactor RA-3´…La apuesta había sido ganada.”.

El RA-3 todavía es la única fuente local de radioisótopos de diagnóstico y tratamiento de enfermedades severas (oncológicas, cardiológicas, metabólicas, autoinmunes) de la Argentina y el sur de Brasil. El más valioso de todos, el tecnecio 99 (llamado también molibdeno 99m, por su precursor radiológico), está en desabastecimiento en todo el Hemisferio Norte. Esta situación durará toda esta década según previsiones de la OCDE, y eso es una tragedia médica convenientemente omitida por los medios europeos y yanquis, y que está costando decenas de miles de vidas.

El RA-3, que ya fue repotenciado tres veces porque la demanda de medicina nuclear crece en flecha, ya está bastante achacoso y al límite de su vida útil. Lo vamos a reemplazar por el RA-10, tres veces más potente y nuevecito. Una empresa yanqui, Coqui Pharma, ha decidido dotarse de un par de reactorcitos modernos ante lo intolerable que resulta que un yanqui con una buena cobertura no pueda hacerse un estudio de imagen 100% fiable de su perfusión coronaria, o cerebral.

Pero como en su país hace décadas que nadie los construye, buscaron al mejor proveedor mundial: se llama INVAP y es de Bariloche, Río Negro, Argentina. Tomá mate.


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