Argentina Nuclear, 2017 – XLIX: La electrónica argentina que llegó a ser

febrero 19, 2017

Este capítulo -¡ya vamos por el 49°!- de lo que ya debería llamarse “La Historia Moderna de la Tecnología Argentina”, es especial. En el plano político, es la continuación del anterior, una visión del Mercosur que pudo haber sido y no fue. En lo industrial y tecnológico, es la historia de una gran epopeya argentina. Que involucró, dio empleo y sueños a centenares de miles de argentinos, e influyó en la vida de todos. Y hoy está totalmente borrada de la historia, de las crónicas periodísticas que se publican y hasta, en gran parte, de la memoria popular. Cuando entendamos los mecanismos que produjeron este vacío, tendremos la clave de la frustración argentina.

  1. La gran electrónica argenta

varsavsky

cifra

El hombre y la obra: el astrofísico Carlos Varsavsky y las Microcifra 10 científicas, que en 1975 ya se exportaban a Europa. Como concesión a los EEUU, usaban punto decimal, en lugar de coma.

Y así los brasileños le hicieron a Manolo Sadosky la propuesta de la ESLAI, la Escuela Latinoamericana de Informática, para ir formando una mejor base de profesionales en el subcontinente entero. Como les sucedía con los asuntos atómicos, los primos tenían plata y la gastaban a espuertas en abrir y ampliar universidades. Ya empezaban a cosechar ingenieros, y buenos.

Pero eran esclavos de su pasado: les faltaba un siglo entero incubando un sistema educativo público de excelencia de punta a punta. Sadosky era Mariano Acosta + UBA, matemático, físico e informático. Varsavsky era Nacional Buenos Aires + UBA, astrofísico por una parte, y organizador industrial experto en prospectiva. Los propios ingenieros Madanes, una luz para la política y los negocios, jamás habían pisado un aula privada. Eran gente muy polivalente y de un nacionalismo nada declamatorio.

La historia de CIFRA entre 1969 y 1976 todavía eriza la piel. Bajo protección aduanera puesta por Aldo Ferrer durante la presidencia del general Roberto Levingston, y con Julio Broner, líder de la entonces potente Confederación Económica Argentina(CGE) – como para que se mantuviera en tiempos del general Alejandro Lanusse-, aquellos Madanes estaban inventando otra Argentina. Con tecnología 100% salida de la Universidad de La Plata, sin pagar un dólar de royalties a ningún consultor externo, acababan de fundar ALUAR en Madryn. La idea era transformar bauxita importada en aluminio nacional en lingotes. Lo quería la Fuerza Aérea quería para su Fábrica Militar de Aviones de Córdoba, por si había pesto con vecinos y pintaba boicot de proveedores externos.

Como reducir bauxita a metal es un proceso electrolítico que consume barbaridades de energía, a ALUAR Lanusse le construyó “gratarola” la central hidroeléctrica de Futaleufú, en la lejana cordillera, y un electroducto de 500 KV que cruzaba 300 km. de la estepa chubutense. El 99% de la electricidad se la “bebía” la inmensa ALUAR y con el 1% restante, sobraba para iluminar Trelew y Madryn. Paradójicamente, aunque ALUAR refundó Madryn y la hizo lo que es hoy, el único enclave patagónico de valor agregado, después de Bariloche, la Fuerza Aérea nunca le pidió “dural”, aleación de aluminio aeronáutico. No sé por qué razón, lo siguió importando. Pero el país se llenó de cerramientos, autopartes y matricería de aluminio argentino.

En el cenit de su poder económico, político e intelectual, aquellos Madanes y los discípulos de Sadosky hicieron de CIFRA uno de los 10 mayores fabricantes de calculadoras del mundo. Sí, leyó bien. Y la firma, conste en actas, no era un armadero fueguino: tenía tecnología propia integrada verticalmente: impresoras, memorias, carcazas… ¡Diseñaba sus propios chips con sistemas CAD en 1970! ¡Y los fabricaba, junto con los “leds” de las pantallas, en una planta de 1400 personas!

¡Y qué innovación! De 1973 a 1974, las CIFRA pasaron de tener 150 circuitos integrados a sólo 7, y mayor potencia de cálculo.

Aquellas máquinas tenían una impecable belleza y no había modo de romperlas. Literalmente hidrolavaron y rasquetearon del mercado nacional a Olivetti, IBM y Phillips, para luego inundar el latinoamericano hasta el Río Grande. Mientras en casa CIFRA era dueña del 50% de las ventas, en México, capturó el 30% en las barbas mismas del Tío Sam. En la orilla norte del Río Grande, Texas Instruments, encantada. El único mercado donde las “multis” del Hemisferio Norte le lograban armar una especie de Línea Maginot era… je, Brasil. ¿Cómo nos iban a olvidar, los vecinos?

En 1975 las CIFRA ya cruzaban el Atlántico rumbo a dos países de Europa, gracias a la “MicroCifra”, la segunda calculadora de bolsillo de la historia después de la Hewlett Packard 35, y la primera con capacidad de operaciones científicas y financieras. Aquí copó la región de movida, para desconcierto de Japón, que estaba llevándose puesto el resto del planeta con Casio, Canon, Sharp y Sanyo.

Cuando se quisieron acordar, los Madanes tenían 400 distribuidores en Argentina, unos 100 más afuera, y las maquinitas criollas pintaban hasta en la República Federal Alemana. El 30% de la producción se exportaba. El 15% de las utilidades se invertía en Investigación y Desarrollo.

La craneoteca de FATE Electrónica tramaba ya la serie 1000, una proto-PC de escritorio, sin teclado gráfico o pantalla independiente. Ahora el rival a barrer era IBM y el nicho computacional, el de las máquinas “mainframe”. La FATE 1000 tenía la potencia de cálculo de una IBM 370, la cual en comparación, por tamaño y forma, parecía una heladera adosada a un piano. La maquinita criolla intentaba una revolución conceptual: la transformación de la computadora como bien de capital en otro de consumo.

Y ahí quedó. En la búsqueda de ese cambio de paradigma, la CIFRA 1000 no llegó a enfrentarse jamás con IBM. Tampoco pudo batirse con un adversario aún más elegante, avanzado y temible, un artilugio modular con pantalla, teclado y mouse, que dos hippies de nombre Steve y apellidos Jobs y Wozniak respectivamente, pergeñaron en un garaje de Los Altos, suburbio de Los Ángeles. Hoy el lugar es sitio histórico: fue la cuna de la Apple II, que vendió unas 6 millones de unidades y cambió la historia de Jobs, Wozniak y el mundo.

La Apple II y la CIFRA 1000 coincidían en ser aparatos difíciles de imaginar para los ingenieros en sistemas, y casi amigables para quienes no sabemos un comino de computación. Jobs y Wozniak sacaron su producto sin el respaldo financiero e industrial de Madanes, pero en un ecosistema económico y tecnológico de inmensa potencia: el californiano. A aquellos Madanes, en cambio, se les estaba incendiando el país. Varsavsky se tuvo que rajar a los EEUU cuando mataron a su sobrino David, y con muchas amenazas de muerte encima. Murió allí como lo que había sido antes: un radioastrónomo académico.

Jobs dejó este mundo en 2011 sin haber siquiera oído de la marca CIFRA. El diseño de la ya antideluviana 211 tenía ese minimalismo “cool” de Apple. Pero esa firma (hoy la más valiosa del mundo) nunca pasó por el Rodrigazo y trascartón, por el industricidio traccionado a genocidio de aquel otro hijo de su madre, para quien era lo mismo producir aceros o caramelos, esquelético señor con apellido de hoz pero guadaña de Parca, quien con su apertura de de aduanas, de chupaderos y de financieras exterminó no sólo a miles de personas y empresas, sino también la noción misma de capitalismo tecnológico en Argentina.

Lector@s, no me fumé nada raro. Cualquiera que supere los 58 vio y usó las máquinas CIFRA. Quien conserve alguna, que la cuide: son objetos de culto en Internet. Cuando en 1978 las primeras Apple II llegaron a la Argentina, más como chiche de ricos que otra cosa, los restos mortales de FATE Electrónica fueron comprados por la firma japonesa electrónica NEC. Para su entierro.

Pero quién nos saca la copa del Mundial, ¿eh?


Argentina Nuclear, 2017 – XLVIII: Lo que los argentinos hicimos en informática, y el Mercosur que no fue

febrero 14, 2017

Daniel Arias continua con esta historia de la tecnología (y la política tecnológica, o ausencia de ella) en Argentina. En este capítulo y los siguientes no trata de la nuclear, sino de otra de las tecnologías que formaron nuestro mundo actual. La informática. De lo que los argentinos logramos en ese campo, y de lo que se habría podido hacer con Brasil.

  1. Oportunidades perdidas con Brasil

sadosky

cifra

El matemático Manolo Sadosky, poco antes de su muerte en 2005. Abajo, la primera calculadora CIFRA 211, sobria, bella, irrompible y diseñada por sus alumnos. Entre 1969 y 1976 hizo de la Argentina uno de los 10 mayores fabricantes mundiales de electrónica de oficina.

En 1987 algunos diplomáticos y periodistas brasucas y argentos nos devanábamos los sesos tratando de fijar los lineamientos técnicos y comerciales de un “Mercosur Nuclear”. Era imposible: ambos programas, el argentino y el brasileño, venían en picada por distintas causas.

Lo común en ambos lados de la frontera fue que, recuperadas ambas democracias, la gente atómica no tenía campeones entre los partidos civiles y los medios, y en esta nueva etapa, los milicos –aunque chirriaran- estaban pintados en la pared. De yapa, las nuevas autoridades energéticas renegaban del átomo y apostaban a la hidroelectricidad con entusiasmo de inventores. El descalabro de Chernobyl, el año anterior, había agravado además la desconcertada orfandad política de nosotros, los pro-nucleares sudacas.

La muerte de Jorjón Sábato, apenas un mes anterior a la jura de Alfonsín, había roto el único puente a prueba de terremotos entre el nuevo presidente y el “Planeta CNEA”.

Pero aunque el Cono Sur viniera con el átomo a la baja, 1986 pudo haber sido el año de boom de un “Mercosur Informático”. Ventana de oportunidad, la hubo y grandota: el mercado se había reinventado y disparado en los suburbios de Los Ángeles en 1981 con la aparición de las computadoras de escritorio, y Brasil –bajo su gruesa coraza aduanera- se había trepado con solidez a esa rampa. Y nos invitaba a subirnos.

Y no por filantropía. Desde 1979, literalmente entre gallos y medianoche, Brasil había devenido en la gran subpotencia informática regional: partiendo de un 27% de dominio de mercado propio, llegó al 60% en 5 años, los últimos 2 bajo paraguas de una ley de reserva de mercado. Habiendo devorado sus recursos humanos por exceso de éxito, las empresas brasucas, junto con los palacios de Planalto e Itamaraty, pedían urgentemente de la vieja baquía de la UBA en Computación Científica, carrera creada por el clan de Manolo Sadosky en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Eso sucedió en 1962, con la instalación de la primera supercomputadora de la región, la célebre “Clementina”.

Sadosky fue a los números lo que Sabato a los átomos, pero sin ningún paraguas naval, cuando todavía servían. Echado de la UBA por Onganía y luego del país por la Triple A, el irrompible don Manolo volvía en 1983 como Secretario de Ciencia, a recoger los pedazos del sistema científico y juntarlos sin Poxipol, porque no estaba en el presupuesto. De todos modos, aunque Alfonsín no le diera un mango, Manolo era pasajero inevitable en el avión presidencial.

Los nuevos empresarios informáticos brasileños tenían por fin con quién hablar.

Pero además tenían tema. No sólo querían asociarse a Sadosky y la UBA, querían sobre todo a sus hijos intelectuales, los dispersos ingenieros argentos de FATE Electrónica, con su extraordinaria experiencia en materiales, electrónica, diseño, fabricación y exportación. Estaban dispersos en el sistema científico, en las industrias o en el exterior.

Esta historia tiene una prehistoria. Desde 1967, los empresarios Manuel y Adolfo Madanes, fabricantes de impermeables desde 1935 (FATE= Fábrica Argentina de Telas Engomadas) y desde 1945, de neumáticos, dominaban el mercado automotor argentino.

En 1967 los Madanes aprovecharon la dispersión de cráneos (en más de un sentido) que desató Onganía en la UBA con su “Noche de los Bastones Largos”. Con la diáspora de renunciantes, los Madanes armaron otra empresa, “un aguantadero electrónico de tecnozurdos”, como la definen con nostalgia incrédula los memoriosos.

Los Madanes eran millonarios y contrataron a los próceres matemáticos e informáticos criados por Sadosky, entre ellos Humberto Ciancaglini y el radioastrónomo Carlos Varsavsky. Los que entonces eran muy jóvenes siguen en la brecha y recuerdan: Alfredo Moreno, que desde ARSAT diseñó en 2014 el software de la plataforma de cine argentino “Odeón”, o el maestro criptógrafo Hugo Scolnik, que dirigió hasta 2014 el Data Center de la firma.

Desde la citada noche de cachiporrazos y hasta la llegada de Martínez de Hoz, durante 9 años, “aquella chusma valerosa” (por decirlo a lo Borges) de Exactas y de Ingeniería, con Varsavsky como Jefe de Nuevos Proyectos, logró implantar la marca CIFRA en casi toda oficina privada o pública argentina y latinoamericana. “Implantar” minimiza todo. CIFRA barrió con la competencia. La pisoteó y pulverizó.

¿Quién era la competencia? Olivetti ante todo, que tenía el 90% del mercado. Lo perdió. ¿Y Corea del Sur no aprovechó para colarse? Ni pintaba. ¿Qué sabían esos de electrónica? Las firmas a vencer eran la mencionada, más las yanquis Remington, Monroe, Hewlett Packard y Victor, más las emergentes japonesas Toshiba y Sharp. Y derrotadas fueron, desde Tierra del Fuego al Río Grande.

Años de oro de la electrónica argentina: otros fabricantes de calculadoras se sumaron al malón argentinos: Czerweny, Drean, Talent. Los equipos de audio Audinac y Holimar eran MEJORES que los japoneses, y sólo les pisaba el poncho alguna marca “very high end” como la yanqui Marantz, la nipona Luxman o la inglesa NAD. Pero lo de FATE-CIFRA era un vendaval. ¿Qué quedó de eso?

Diez años y 30.000 muertos más tarde, en 1986, la de FATE-CIFRA era ya otra épica industrial olvidada en el Gran Alzheimer Argentino, pero los brasileños la recordaban bien.

Sabiendo en peligro su Política Nacional de Informática escrita de apuro en 1984 para decirle “vade retro” a Bill Gates y a sus obras, el presidente Jose Sarney trataba de prolongar el momento de gloria de sus propias marcas. Hablo de Modulo en software, e IGB, Itautec y Bravox en hardware, y varias más que aquí no pintaron nunca.

En 1986, los brasileños habían chocado contra un techo interno: necesitaban no solo de nuestros recursos humanos como de nuestra capacidad de formarlos. Cuando tuvieran que sobrevivir fuera de su corralito, debían salir matando, mandarse “la gran blietzkrieg”. De modo que decidieron hablar con expertos en invasiones electrónicas.

Sí, tal cual, no mire alrededor. Hablo de nosotros.


Argentina Nuclear, 2017 – XLVII: Evitando los riesgos atómicos

febrero 11, 2017

Daniel sigue con la saga. Es un pedazo de nuestra historia reciente, olvidado en el ruido de nuestras internas. No quiero demorar en subirlo hasta mi regreso en la semana que viene, porque remarca algunas indicaciones necesarias.

  1. La tentación de la bomba y cómo evitarla

 picture1

El presidente brasileño general Artur da Costa e Silva, quien en 1967 nos convidó “a bombas”, y contestamos amablemente: “Ud. primero”.

Uno de los objetivos de esta columna “incubada” generosamente por el Blog de Abel es demostrar algo poco evidente incluso para mis compatriotas: nunca fuimos proliferadores nucleares. Ni en las épocas más idiotas y belicistas del ispa. La cultura institucional de la CNEA y su “weltbild” lo impidieron siempre.

A más de un estudioso yanqui –por caso, John Redick, del Henry Stimson Center- lo nuestro le parece contraintuitivo, una rareza.  ¿Por qué la Argentina no optó por seguir el camino de la India en 1974, si le sobraban quilates técnicos para imitarla? Es más, ¿por qué no imitó a Brasil?

Como causa suficiente “to go nuke all the way”, Argentina tenía en su vecino de puerta a un rival públicamente comprometido a ello desde 1967. Por boca, además, de su presidente, el general Artur da Costa e Silva. Aquel año, éste dijo ante el Consejo Nacional de Seguridad lo que debía desarrollar la agencia atómica brasuca, la entonces poderosa CNEN: “No las llamaremos bombas, las llamaremos artefactos que pueden explotar”. El general se aseguró de que sus dichos se filtraran a la prensa.

Aquí, en cambio, el fúnebre general Juan Carlos Onganía, pese al susto ante el despliegue industrial e hidroeléctrico de los vecinos –tenemos la baja Cuenca del Plata, ellos la Alta-  no estaba para pelotudeces. Debía aprobar la decisión de hacer Atucha I con la alemana KWU, en lugar de con la canadiense AECL. Alguien le había dicho a “La Morsa” que a los primos les llevábamos suficiente ventaja tecnológica nuclear como para dormir sin frazada, y que valía más concentrarse en sumar capacidades pacíficas, en este caso la nucleoeléctrica. En términos geopolíticos (palabra tan de moda entre milicos de los ’60), eso generaba más prestigio y respeto que hablar de “artefactos que pueden explotar”. Y de paso, evitaba chocar de frente con los EEUU, que no es poco.

Con da Costa e Silva entregado a la incontinencia verbal, el contralmirante Oscar Quihillalt en 1967 tuvo que estudiar seriamente una vía rápida a la bomba “just in case”. Si el generalato brasileño probaba sus palabras con hechos, ¿qué remedio habría? De todos modos, el Jefazo Oscar Q. concordó sin ningún voto en contra con la plana mayor de la CNEA en NO levantar aquel guante.

Tras el concordato, a Quihillalt le quedaba la tarea más bien dura de calmar la paranoia profesional del Ejército. Pero contaba con tres ases en su mano: diseño propio en reactores, que los vecinos no tenían, la sorprendente participación de industriales nacionales que se iban anotando -¡vamos, Sabato, todavía!- para la electromecánica de Atucha I, y por último el rediseño drástico del sistema primario de refrigeración que le había impuesto la CNEA a los planos originales de KWU, para disminuir el riesgo de “meltdown” del núcleo. El resultado, una Atucha I más “nac & pop” y MUCHO más segura.

Ese último asunto suponía una inversión de roles: un puñado de argentinos corrigiendo la ingeniería del país que la plana mayor del Ejército, comprador histórico de fierros Krupp, Mauser y hasta cascos de infantería germánicos, siempre consideró el “nec plus ultra” tecnológico mundial, epa. Qué diferencia la nuestra con Brasil, que compraba todo fierro nuclear complejo llave en mano y “a paquete cerrado” (y así le fue).

“Autoridad mata billetera”, decía la CNEA, sin tener siquiera que abrir la boca. Y a esto se añadía a la elección del uranio natural como combustible, frente a la brasileña de enriquecido para Angra I. Ahí el mensaje silencioso era: “Autonomía mata potencia”.

Lo que le mostraba Quihillalt al Ejército Argentino, obsesionado entonces porque los primos estaban haciendo demasiadas obras aguas arriba del Paraná y el Uruguay sin preguntarnos a los de aguas abajo, era que en know-how nuclear teníamos más equipo y mejor manejo de la pelota. Quihillalt no era un hippie pacifista, título que el generalato sí le prodigaba más bien a Jorge Sábato. El mensaje del contralmirante era que si Brasil nos convidaba a bombas, ellos primero. Con el know-how local los alcanzábamos caminando.

En su momento a Quihillalt lo escuchaban generales con un toque industrial nacionalista, como Juan Enrique Guglialmelli, e incluso gorilas de denso pelaje, inmersos en la persecución de peronistas y comunistas y odiadores de nuestros vecinos de mapa, pero no totalmente exentos de materia gris y con harta manija: Osiris Villegas, por dar un caso. Guglialmelli llegaba a plantear –y en los 60 eso era anatema entre generales- que con los brasileños había que dejarse de matoneos hidroeléctricos y tejer algún proyecto industrial común. Qué modo de sacarle la espoleta a la situación, don Quihillalt…

Quihillalt no macaneaba respecto de las capacidades autónomas criollas. Como consecuencia de ellas, 47 años más tarde, en 2014, antes de la entrada en línea de Atucha II, nuestras dos centrales, envejecidas y todo, tenían factores de disponibilidad del 95,8% anual, casi 10 puntos arriba de las comparativamente más nuevas de los vecinos, y 17 puntos por encima de la media mundial.

Medio siglo después de que da Costa e Silva hablara de “cosas que pueden explotar”, en los estados ricos de Brasil (Paraná, Río Grande, San Pablo y Río de Janeiro), la medicina nuclear es posible gracias a los isótopos de diagnóstico y terapia fabricados por nuestro ya cachuzo RA-3, diseño y construcción 100% argentos. En el norte de Brasil, bueno… no hay mucha medicina nuclear.

Por otro lado, en materia de las plantas que fabrican tales radioisótopos, y ante el desabastecimiento mundial del principal en diagnóstico por imagen (el tecnecio 99m), Brasil trató toda una década de conseguir una compra que no fuera llave en mano con Francia, y jamás la obtuvo. En 2010 Brasil terminó acordando que le diseñáramos una fotocopia del RA-10. Éste es el remplazo del RA-3 y una versión potenciada del OPAL que INVAP le vendió a Australia en 2000. Australia y Argentina se autoabastecen en tecnecio 99m y exportan, mientras en Europa, Japón y el resto de las Américas y Asia, falta. Desde 2006, según admite Canadá, eterno competidor y perdedor ante nosotros, el OPAL es el mejor reactor del mundo en esto. Y además, sirve para varias cosas más.

A diferencia de Francia, Argentina aprendió no poco de “marketing nuclear generoso” con Canadá. Esto significa que no tiene problemas en transferir muy abiertamente su tecnología. ¿Nos la copian? Seguro. No problem. Lo que nos copien hoy, en cinco años lo habremos mejorado y ya será un poco viejo.

Éste no es un lujo que nos damos sino una necesidad: vendemos así no porque nos sobren los clientes o la plata, como a AREVA, la empresa nuclear francesa, sino para que no nos sobren los recursos humanos nucleares.

Toda vez que nos sobran tales recursos (Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, De la Ruina, Duhalde), se nos van, en general del país, o en viajes sin regreso a la industria privada. Formar a título de grado un/a ingenier@ nuclear en el Balseiro tiene un costo que hoy estimo en no menos de U$ 150.000 por gorra, y fija que me quedo corto. Los costos de los doctorados y post-docs, que viajan bastante al exterior, son mucho más dispersos (y más salados).

Pero el drama peor no es perder los individuos, incluso por centenares. Lo peor es cuando quiebran o cierran su división nuclear las empresas proveedoras calificadas. Por eso vendemos el “know how” con manga ancha canadiense y no con parsimonia francesa. Tanto para “canucks” como para argentos, nuestro marketing no es un asunto ideológico, ni tiene nada que ver con la filantropía.

Quihillalt podía mostrar estas diferencias de manejo tecnológico con Brasil, cuya raíz última es que tenemos (¿tuvimos?) un formidable aparato educativo público y los vecinos no. Y podía mostrar las consecuencias en cómo manejamos la cuestión atómica aquí y cómo la manejaron allá, cuando apenas despuntaban pero ya eran incontestables. Ante el milicaje cuartelero de sus tiempos, que trató a la educación pública como los camiones suelen hacerlo con los sapos, el contralmirante, misteriosamente fumaba bajo el agua.

Supongo que Onganía y sus conmilitones no lograban explicarse el origen de ese fulgor nuclear argentino, pero les venía bárbaro para agrandarse. Y Quihillalt –del cual ignoro si habría compartido mi visión “educativista”- manejaba con cautela y en favor del país esa autoridad que generaba la CNEA en toda la dirigencia argentina, sin distingo de civiles o militares, gorilas o peronchos, progres o neandertales, magnates o laburantes, maestros o periodistas.

Es conveniente recordar que el “soft power” de la CNEA hasta bien entrados los ’80 estuvo  acompañado de una dependencia directa con el Poder Ejecutivo. El presidente de la CNEA no era –como hoy- un subsecretario que tiene que convencer a un secretario el cual a su vez debe chamuyarle a un ministro (de la Shell) y convencerlo de que le pida cinco minutos a un jefe de gabinete para que éste le pase lo que haya sobrevivido del mensaje al presidente de la Nación. Nada de eso. Como lo nuclear es estratégico, hasta 1983, el presidente de la CNEA entraba al despacho del Presidente de la Nación con un telefonazo.

Lo que no podría predecir siempre el contralmirante Quihillalt era a quién se iba a encontrar en el resbaladizo sillón de Rivadavia: vio desfilar 18 presidentes. Son 3 veces más supremos mandatarios de los que vio entrar y salir del Salón Oval de la Casa Blanca don J. Edgar Hoover entre 1935 y 1972. Eso es más o menos lo que va de los ocasos de Bonnie & Clyde al de Richard Nixon, por mencionar íconos del crimen.

Sólo que las largas presidencias en la CNEA de un Iraolagoitía o un Quihillalt, a diferencia de la vitalicia de Hoover, no se conseguían a carpetazos, o silenciando o provocando magnicidios. Se conseguían con obras complejas. Eran el resultado –que muchos giles creímos eterno e inevitable- del dominio casi monopólico a escala regional de una de las tres tecnologías duales que modelaron a escoplazos la historia del siglo XX, y continúan. Las otras dos son la aeroespacial y las TICs, y desde los ’80 hay que añadir las biociencias.

El hoy embajador argentino en Hungría, Max Cernadas, un “diganista” de la primera horneada de Adolfo Saracho, dedicó un libro (“Una épica de la paz”, Eudeba, 2016) al modo en que Alfonsín evitó una segunda carrera armamentista nuclear sudaca entre 1983 y 1987. Cernadas tiene una pluma barroca, pero todo lo dicho ahí es vivencial y cierto.

Sólo añado que antes de Alfonsín hubo otro tipo que evitó una primera carrera con Brasil, y ése fue Quihillalt, nada recordado. Un brindis tardío por el contralmirante.


Argentina Nuclear, 2017 – XLVI: Los riesgos atómicos, deliberados

febrero 2, 2017

vacacionesOtro artículo que dejé programando antes de salir de vacaciones. Igual, dudo que haya quedado desactualizado: Trata sobre los riesgos de una tecnología nueva, cuando presionan las necesidades militares.

Los costos ambientales de un programa militar

oak-ridge

La planta de enriquecimiento de uranio por difusión gaseosa K-25 Oak Ridge, Tennessee, el mayor edificio del mundo en 1944, con 152 mil m2 cubiertos , y el de mayor demanda eléctrica (necesitaba su propia planta térmica de 238 MW para funcionar). Aún así, su producto no llegaba ni remotamente al enriquecimiento del 95% que pedían los diseñadores de “Little Boy”, la bomba atómica de uranio testeada en Hiroshima. Para eso, hubo que alargar la cadena de enriquecimiento con los “calutrones” terriblemente ineficientes de la planta anexa Y-12, un cuello de botella intratable. A la luz de ello, el proyecto Manhattan se concentró en la bomba de plutonio (“Trinity”, testeada en Los Álamos, “Fat Man”, detonada en Nagasaki). Ese material más barato y más físil salió del complejo de reactores plutonígenos y plantas de “repro” en Hanford.

En mi único paseo interno por el LPR, que habrá durado tres horas, vi precauciones ambientales y de radioprotección del personal  lindantes con la paranoia, más estrictas aún que las de unidades con mayor potencial de daño en caso de accidente, como las centrales. Le propuse a la CNEA que organizara ese tipo de “tours”, para contrarrestar la mala prensa, y la respuesta fue más melancólica que entusiasta. En 1988 los responsables de la planta ya sabían que estaba condenada a morir sin haber nacido.

Las precauciones no eran de adorno. Incluso las plantas más modernas de “repro”, con tecnología extractiva más sofisticada que el Purex, pueden generar accidentes por “excursiones críticas”. Es un accidente forzoso si por error de diseño hay cañerías o depósitos de líquidos con carga radioactiva demasiado contiguos.

Una “excursión crítica”, contra lo que sugiere el sentido común, no es un picnic de comentaristas de cine o de pintura. Es lo que pasa cuando dos masas demasiado próximas de sustancias radioactivas se irradian entre sí y provocan un pico accidental de desintegraciones atómicas. Generalmente se ve un fogonazo azul, el irradiado siente un gusto metálico en la boca y sabe que está jodido.

Estos accidentes se llaman también “rampas críticas”, y en el proyecto Manhattan mataron al menos a dos científicos y un soldado por malas prácticas individuales de trabajo, PERO MIENTRAS MANEJABAN (MUY MAL) EL MISMO “PIT” O “CAROZO” de plutonio de una bomba atómica, en Nuevo México. Las instalaciones de “repro” en Hanford y Oak Ridge no tuvieron arte ni parte en ello: están a miles de kilómetros de distancia.

Y sin embargo, causaron otros problemas menos espectaculares pero más graves. Una evaluación rápida del Manhattan, 72 años más tarde y cruzando distintas fuentes, todavía sorprende por algunas cifras. Un proyecto bélico masivo, que empleó un total de 500.000 personas, originado en épocas en las que se sabía bastante poco de radiodosimetría, y cuyo objetivo era matar rápidamente un número descomunal de alemanes o en su defecto, de japoneses, sólo provocó dos excursiones críticas. Y ambas sucedieron con el carozo de una misma bomba, en Nuevo México.

Pero hubo contaminación de tierras, aguas y salmónidos en el río Columbia. Las aguas de éste se usaban para refrigerar el reactor plutonígeno de Hanford, así como para insumo hidrometalúrgico en la planta de “repro” adjunta. Puede parecer absurdo, pero este último chorro de efluente industrial se almacenaba unas horas en un piletón abierto de casi 26 millones de litros, para descomposición radioactiva de los productos de fisión de vida media más corta. Luego ese efluente casi crudo se desechaba en el Columbia, sin ningún otro tratamiento o filtrado.

piletas

salmones-radioactivos

Los piletones de retención temporaria de fluídos radioactivos de Hanford. El efluente se dejaba decaer unas horas y se tiraba luego al río Columbia, visible al fondo. El resultado: salmones que brillaban de noche.

Solo considerando el lado químico de la cuestión, la acidez se comía el concreto y el acero de las cañerías. El lado radiológico era peor: en 1983, empezaron a desclasificarse documentos que indicaban contaminación con plutonio en los barros del Columbia más de 80 kilómetros aguas debajo de Hanford.

El  general Leslie Groves y su manyaoreja, el teniente coronel Colin Mathias, recibieron quejas rarísimas de las reservas indígenas Yakima y Nez Percé situadas corriente debajo de Hanford: truchas y salmones que brillaban de noche. Groves y Mathias se plantearon si lo correcto era detener el complejo hasta investigar los efectos sobre la gente ribereña, unos malditos indios aislados y sin acceso a medios, o ganar la maldita guerra de una maldita vez. ¿Adivina qué decidieron?

Pero como no eran idiotas y en los EEUU la prensa no siempre es totalmente controlable, iniciaron también un programa de estudio de la radioactividad sobre la vida acuática. Para ello, contrataron a dos ictiólogos, Lauren Donaldson y Richard Foster, y les pusieron un laboratorio para estudios preliminares sobre alevinos de salmónido, y la consigna de no encontrar nada serio. Donaldson y Foster cumplieron a medias: descubrieron cosas asombrosas y desconocidas.

Primero, que incluso con el efluente de Hanford atemperado por el factor de dilución de un río gigante como el Columbia, los peces entraban en colapso inmune, se llenaban de hongos y bacterias oportunistas. Literalmente, se pudrían vivos. El 99% no llegaba vivo a la madurez.

Lo otro que descubrieron hoy es un principio básico de la ecología: lo llamaron biomagnificación. Dice que algunos contaminantes logran almacenarse en dosis crecientes a medida que se escalan las cadenas alimenticias. Si hay X unidades en el agua, va a haber más en las algas, una concentración aún mayor en los organismos que las consumen, como el zooplancton, y números rampantes en  los predadores del zooplancton, como los bagres. Y todavía habrá concentraciones mayores entre los predadores de bagres, como los salmónidos, y la peor es la que se ligarán los superpredadores de las cadenas tróficas. En el caso de Hanford, los osos… y los indios Yakima y Nez Percé, pescadores de truchas y salmones.

Bueno, eso sucedía con los contaminantes químicos de Hanford, pero también con los radioactivos. Algunas truchas hacían crepitar los contadores Geiger. Después de haber descubierto todo eso, Donaldson y Foster se callaron prudentemente la boca, acaso para no terminar contaminando el Columbia con sus propios cadáveres, con ayuda de la Policía Militar, una presencia constante y pesadillesca en la vida diaria de todos los científicos del Proyecto Manhattan. .

En Oak Ridge, situado sobre el río Clinch, un afluente del Tennessee en medio de los Apalaches, el atractivo no sólo era la soledad y el acceso al agua fluvial. Eran también las líneas de alta tensión de los muchos aprovechamientos hidro del TVA, la autoridad federal de cuenca de la cuenca del Tennesse,  creada por Franklyn Roosevelt en su lucha contra la Gran Depresión de 1929.

Aún así la demanda de electricidad de la planta de enriquecimiento de uranio K-25 era tan extravagante que se la dotó de una central termoeléctrica propia. Y a ello hubo que añadir el consumo eléctrico de la unidad Y-12, un esfuerzo desesperado y de último momento por mejorar el enriquecimiento de la K-25. Tras haber consumido la mayor parte del tiempo, del personal y del dinero del Manhattan, se llegó al 6 de Agosto con el uranio enriquecido para una sola bomba, y ésta resultó la peor de todas las armas atómicas. También sigue siendo la más famosa, porque fue la primera: la de Hiroshima. Lo cierto es que no había sobrado U-235 para hacer siquiera un test.  Muchos físicos vaticinaban que “Little Boy” fracasaría por pre-detonación.

Las plantas de enriquecimiento de uranio no tienen el potencial contaminante de las de reprocesamiento de plutonio. Oak Ridge dejó una herencia más química que radioactiva en el paisaje: en 1983 se desclasificó que había vertido al río Clinch de más de 1 millón de toneladas de mercurio, y en 1988 se descubrió en los barros de White Oak Creek, kilómetros aguas debajo de Oak Ridge, una cantidad de PCBs (policloruros de bifenilo), muy cancerígenos, probablemente chorreados de los muchos transformadores eléctricos. Oak Ridge cerró en 1964 y está llena de contaminantes químicos a gestionar. La situación de Hanford es incomparablemente peor.

En New Mexico, el lugar donde se diseñaban y armaban las bombas, muertos por accidentes comunes de construcción hubo al menos 24, casi todos mecánicos, operadores de equipos pesados, carpinteros de obra y trabajadores no calificados. Entre ellos se observa una desproporción de apellidos hispánicos (Ruybal, Montoya, Salazar, Baca, Lovato, Aguilar, etc,). No es casualidad: los accidentes de construcción sucedieron casi todos en uno de los estados que el Tío Sam le robó a México en el siglo XIX, y que en 1943 seguía tan precario, en desarrollo económico y técnico, que tenía más ganado que habitantes humanos.

Si ampliamos el panorama al resto del Proyecto Manhattan, diseminado en 9 instalaciones gigantescas ubicadas en 5 estados distantes entre sí, hay un total de 3789 accidentados con secuelas discapacitantes, pero ningún otro muerto por accidentes o exposición a radiaciones. No es simplemente raro, va de frente contra las estadísticas industriales de ayer y de hoy.  Si mi opinión cuenta, esto es “bullshit”. En 1986 el ing. Abel González, la referencia mundial del OIEA en radioprotección, me dijo que en los reactores plutonígenos, fueran yanquis o soviéticos, “el personal se irradiaba hasta las pelotas”. Me puedo imaginar sin esfuerzo que el reprocesamiento posterior de la torta de plutonio acumulada por ambos bandos durante la Guerra Fría debe haber sido un asunto muy desprolijo.

No sobran los historiadores críticos del Manhatan, ni testigos vivientes de sus presuntos fallos en radioprotección. El proyecto involucró el manejo de todo tipo de explosivos convencionales, además del uso de cantidades descomunales de energía eléctrica y de sustancias corrosivas, o infernalmente tóxicas, o de toxicidad hasta entonces desconocida. Por ejemplo, hubo casos fatales por inhalación de polvo de berilio, como consecuencia del maquinado de piezas de este metal que se usa como “espejo” o “fuente” de neutrones. Fue un “first timer” histórico. El berilio no figuraba en los manuales de toxicología. Pero sigue sin ser un accidente radioactivo.

El 2 de septiembre de 1944, en una instalación de enriquecimiento de uranio de tamaño laboratorio en los astilleros de US Navy en Filadelfia, tres ingenieros químicos trataban de destapar con un soplete un caño obturado por el que circulaba hexafluoruro de uranio, material entonces novísimo, en proximidades de otro por el que circulaba vapor seco caliente. Este último caño estalló, reventó el primero, y los tres expertos quedaron bañados en ácido fluorhídrico formado por la combinación instantánea del vapor y el hexafluoruro.

El fluorhídrico es el ácido más potente de la química inorgánica: disuelve el vidrio, y lo hace rápido. Los ingenieros murieron en minutos, de quemaduras químicas. ¿Accidente nuclear? Estrictamente hablando, no. ¿Químico? Sí, y con probable afectación –por inhalación siquiera breve de hexafluoruro de uranio- de toda la tripulación del acorazado USS Winsconsin, anclado en las cercanías.

Si eso tuvo impacto epidemiológico, no se sabe: el general Groves, mandón supremo del Proyecto Manhattan, barrió la mugre bajo la alfombra y a fecha de hoy no hubo destapes al respecto. El mayor (y único) usuario de hexafluoruro de uranio en 1944 era la planta industrial K-25 de Oak Ridge, entonces también el mayor edificio del planeta, y jamás hubo derrames de hexafluoruro de uranio. Tampoco hay reportes de rampas críticas entre caños o tanques contiguos en la planta de “repro” de Hanford. Ningún fogonazo azul. El medio ambiente aquellos años no interesaba un comino, pero sí mantener el inmenso secreto y ganar la guerra. Habría sido imposible en plantas llenas de accidentes radioactivos.

Tras la rendición de Berlín y antes de los ataques nucleares contra Japón, la inteligencia aliada juntó a la craneoteca nuclear alemana (Werner Heisenberg, Carl von Weiszäcker, Otto Hahn, Kurt Diebner, Walter Gerlach, Paul Harteck, Max von Laue y Karl Wirtz) en la mansión campestre británica de Farm Hall, donde había micrófonos hasta en los baños, y los dejó a solas. Se sabían espiados, pero nadie puede hacerse el idiota tanto tiempo. La transcripción en inglés de las grabaciones revela que no tenían la más mínima idea del Proyecto Manhattan: pasaron la guerra creyéndose la élite de la física atómica, sin poder avanzar gran cosa en la fabricación de plutonio por falta de agua pesada primero, y porque el que lograban sintetizar en su reactor experimental de Haigerloch estaba sobreirradiado y tenía demasiado isótopo 240.

Cuando Heisenberg y compañía, los encargados de hacer la bomba atómica para Hitler, recibieron la noticia de que los EEUU había pulverizado Hiroshima, se quedaron atónitos. Pese a que Heisenberg tenía algún informante en Suiza que retransmitía información originada en Inglaterra y EEUU, don Werner no tenía maldita la idea de lo que habían avanzado los EEUU. Sin quitarle méritos a Edgar Hoover, barredor de espías y saboteadores nazis en la industria de guerra yanqui, si la vanguardia de la física nuclear alemana no se enteró siquiera de la existencia del proyecto Manhattan, con sus muchas instalaciones de tamaño monstruoso, es porque éstas estuvieron razonablemente libre de accidentes radiológicos. Como muestra la experiencia de posguerra, a veces pueden ser inocultables.

La reacción de Otto Hahn cuando se entera de lo de Hiroshima es gritarle a sus colegas: “Si los americanos tienen la bomba de uranio, Uds. son todos una manga de segundones”.  Y tenía razón: los mejores físicos nucleares de Europa, incluidos los alemanes, se habían fugado en la preguerra a EEUU, en general por ser judíos o tener esposas judías.

Comparado con la accidentología habitual de la industria estadounidense del momento, el Proyecto Manhattan está un 62% abajo. Y habida cuenta de las cantidades de materiales radioactivos que se manejaron con sistemas industriales que sólo se habían testeado a escala de laboratorio, la accidentología por “excursiones críticas” en las plantas de “repro” es cero.

Fuera de los Yakima y Nez Percé, de los que significativamente no se sabe nada, no parece haber muerto gente por accidentes o por irradiación lenta causada por especies radioquímicas. Lo que sí hubo es gente muerta porque A le pegó un tiro a B, o el hijo de C se ahogó en una pileta, y al carpintero D le pasó una topadora por encima.

Y también hubo –y queda para que lo gestionen varias generaciones de estadounidenses- una cantidad espantosa de líquidos simultáneamente corrosivos y radioactivos mal gestionados, durmiendo desde hace décadas en recipientes deteriorados. Estos pierden y han contaminado de modo probablemente irreversible suelos y acuíferos, especialmente en Hanford.

La seguridad laboral puede haber sido una prioridad del Manhattan, pero hasta los años ’70, la idea de impacto ambiental ni siquiera existía, y menos que menos en el ámbito militar. El único reprocesamiento de escala en los EEUU, conviene recordar, ha sido y es militar: en su apogeo de guerra tenía por objetivo los megatones para matar alemanes y/o japoneses, no los megavatios para iluminar yanquis. Luego la prioridad fue matar soviéticos, lo que requirió de plantas mucho mayores y en general libres de intromisión civil. Otro tanto se puede decir de las instalaciones homólogas de la extinta URSS.

Pero la historia es bastante distinta en otras partes del mundo.


Argentina Nuclear, 2017 – XLV: El riesgo atómico argentino, comparado

enero 28, 2017

vacacionesEl incansable Daniel Arias me hizo llegar otros capítulos de la saga, más cercanos a nuestro presente. Los dejo programados (Lo mío es solamente el título).

Los que inventaron el reprocesamiento, y cómo les fue

  centrales-de-reprocesamiento

(cliquear encima para ampliar)

Entre 1987 y 1988, los científicamente desinformados habitantes de Capital Federal y de Ezeiza fueron persuadidos de que una instalación del Centro Atómico Ezeiza iba a transformarse en un Chernobyl criollo. Pero la propaganda lanzada por “vecinos preocupados” e incluso por la mutual médica bonaerense FEMEBA no mostraba accidentes de grado máximo (INES 7) en centrales, de los cuales la historia registraba únicamente a Chernobyl. No señor, mostraba explosiones de armas atómicas, con la típica nube en forma de hongo. Y una imagen –dice el aforismo- vale por mil palabras.

En suma, que el LPR –según las palabras- iba a causar los efectos del derretimiento e incendio de una central nucleoeléctrica gigante, de 1000 megavatios, siendo apenas un laboratorio químico hecho de tal modo de evitar toda reacción crítica. Y ese efecto –según la imagen- iba a ser no el de un Chernobyl sino el de una Hiroshima. Una mentira de segundo grado, o “metaverso”, como baten los chabones de la Sorbonne.

En el Centro Atómico Ezeiza, para más datos, no hay centrales: sólo un reactor de muy baja potencia, el RA-3, que hace a la Argentina 100% autosuficiente en diagnóstico y terapia de enfermedades generalmente graves (EEUU y Europa no tienen ese privilegio).

En cuanto al reprocesamiento Purex, es un proceso químico: aprovecha que el plutonio se combina con los reactivos que suelen ligarse selectivamente con, digamos, el magnesio o el calcio, por dar átomos más comunes, pero no con el cesio o el iodo. Los radioisótopos del cesio y el iodo son productos clásicos de fisión del uranio 235, y por ahora, basura nuclear inútil. El Purex es un método de apartar la paja del trigo, como dicen en mi barrio.

En cuanto a las catástrofes anunciadas en el Centro Atómico Ezeiza, no hay muchos modos de derretir el núcleo de uranio de una planta química que, por empezar, no es un reactor y mucho menos, una central de potencia.

¿Las plantas de reprocesamiento son inocuas, por lo tanto? Joder, no. Las que se fundaron bajo control militar tuvieron impactos ambientales fortísimos, y los ejemplos de tapa de libro son Hanford, en las estepas frías del estado de Washington, en el noroeste de los EEUU, y Mayak, o Kyshtym, como la llaman aún los rusos, en la ladera oriental de los Urales.

En Hanford, el problema fue (y sigue siendo, 70 años más tarde) la fuga de líquidos química y radiológicamente contaminados de depósitos “transitorios” que terminaron siendo permanentes. Fue un desastre en cámara lenta que involucró la indiferencia de dos generaciones de burócratas con charreteras y el manejo experto del secreto de estado. Hoy su remedio por parte de distintas agencias federales (el DOE o Department of Energy, la EPA o Environmental Protection Agency) promete durar muchas más.

Hanford  era ideal. Tenía abundante electricidad en represas cercanas, y estaba apartada de las grandes ciudades y rutas comerciales. Pero no era perfecta: pese a la hostilidad del clima, continental desértico, con inviernos durísimos y unas tormentas de viento y polvo que te la cuento, distaba de ser perfectamente desierta. Había algunos centenares de quinteros por irrigación que habían hecho del lugar un pequeño polo frutihortícula llamado Richfields, comparable en desarrollo con nuestros oasis construídos a punta pala: los de Mendoza, o el Alto Valle del Río Negro. Hanford tenía hasta escuela secundaria.

En su lucha global por la democracia, a esos “farmers” blancos el general Leslie Groves los desalojó a patadas en dos meses y con una compensación inferior a los U$ 0,50 por hectárea, que no les servía ni para comprarse sus futuras tumbas.

A los pueblos aborígenes que intercambiaban inmemorialmente pesca por productos de cacería en las orillas del majestuoso Columbia, el mayor río americano de la vertiente del Pacífico, Groves los echó a punta de bayoneta, sin darles un mango, y con la promesa –jamás cumplida- de que el gobierno les devolvería sus tierras finalizada la guerra. Estamos hablando de un frente costero fluvial de 80 kilómetros, aproximadamente y 10 kilómetros de profundidad. Hoy el sitio quedó tan estragado radiológica y químicamente que, según los tataranietos de los indios desalojados, su eco-remedio insumiría unos 500 años de trabajo de las citadas agencias federales. Que desde hace dos décadas no saben ni cómo empezar.

En Mayak, en 1957 hubo un accidente que hoy calificaría como el tercero más importante de la historia después de Fukushima y Chernobyl, con un grado INES 6. Una explosión de sustancias químicas destruyó la tapa de un depósito de productos de fisión en estado de polvo, y la pluma resultante contaminó de cesio 137,  y estroncio 90 una superficie de 1,8 millones de km2, lo que obligó a la evacuación –en muchos casos tardía- de 22 ciudades y aldeas.

Las autoridades militares soviéticas ocultaron exitosamente todo, de modo que a fecha de hoy los muertos por exposición a radiaciones dan números totalmente conjeturales. Son inevitables, porque algunas respuestas a la irradiación en dosis inferiores a las de letalidad inmediata, como las leucemias) pueden demorarse una o dos décadas. La diáspora de los evacuados forzosos y la censura militar disolvieron los efectos locales en la epidemiología oncológica general del inmenso territorio soviético.

En suma, las plantas viejas de “repro” que alimentaron de bombas atómicas a los EEUU y la URSS tienen una pésima y bien ganada imagen. El problema, en Argentina, es qué poco trabajo tuvieron los yanquis entre 1986 y 1988 en hacerle creer al –perdón- Político Argentino Pelotudo Promedio, o PAPP, que el LPR iba a ser Hanford, Mayak y Chernobyl, todo junto. Justamente los yanquis.

Ahí se vio también que la CNEA, en sus primeros 30 años de gloria, dormida en sus laureles, no había hecho demasiado trabajo educativo capaz de asegurarle la supervivencia en tiempos más duros. No era imposible darle cierta cultura nuclear al PAPP, como para que –perdón- no comprara mierda importada por los inventores del culo.

El LPR, una batalla hoy olvidada, fue la primera derrota política seria del Programa Nuclear Argentino. Tuvo el mismo efecto para la CNEA que el “cajoneo” del caza Pulqui II tuvo sobre la Fábrica Militar de Aviones: donde había audacia tecnológica, dejó post-trauma, ataques de pánico y sumisión.

Para la Argentina nuclear, la muerte del LPR anunció derrotas políticas nuevas, impensables y mucho peores. Duraron décadas. Y algunas perviven.


Argentina Nuclear, 2017 – XLIV: Cómo hacer la Bomba y no morir en el intento

enero 21, 2017

Este capítulo 44° de la saga es en realidad la otra parte del 43°, que subí aquí. Debí haberlo subido antes, pero nuestras internas y el Donald ocuparon el poco tiempo que le puedo dedicar al blog… Igual, sé que la minoría de mis lectores que se interesa en el tema se interesa mucho. Hoy me preguntaba por la saga un amigo mientras comíamos un asado al lado de una pileta…

Estos dos posteos en particular, están vinculados con el desarrollo tecnológico argentino solamente a través de la paranoia de algunas agencias extranjeras que querían eliminar cualquier posibilidad que Argentina dominara ciertas técnicas en forma autónoma, aunque no hubiera la menor posibilidad de un uso militar.

Pero es un tema interesante en sí mismo: el Proyecto Manhattan, que hace 72 años cambió la naturaleza de la guerra.

atom-bomb

Los materiales físiles explican el 90% del costo de aproximadamente 35.000 millones de dólares del Proyecto Manhattan (valor actualizado a 2015). Para evitar la sobredetonación, aún con plutonio 239 casi puro, Manhattan desarrolló dos trucos de fabricante: el primero, alear el plutonio con un 3% de galio, que además de dar plasticidad y favorecer el moldeado en caliente (450º C) de un carozo perfectamente esférico, absorbe neutrones. Así, Ud. o yo podemos agarrar esa pesadísima esferita sin que nos tengan que amputar la mano a las pocas horas. Ud. primero, faltaba más.

El otro truco: una envoltorio de plástico con boro empaquetando el carozo, también absorbente de neutrones.

La sobrerreactividad adicional del plutonio 240 implicaba el peligro de un “transient”, un fogonazo, una rampa breve de criticidad espontánea suficientemente enérgica para destruir y dispersas los componentes del “physics package”, eufemismo por el corazón funcional de la bomba. Tales fogonazos podían matara a los que intentaban componer la bomba en tierra, o posteriormente a la tripulación del B-29 en vuelo hacia su blanco. Todo el proyecto Manhattan odiaba al plutonio 240.

De hecho, el 240, contaminante inevitable del 239 si el proceso de fabricación no es óptimo, forzó a más de 700 físicos a abandonar 4 años de trabajo en una bomba lineal, tipo cañón, “Thin Man” (hombre flaco), bastante parecida a la “Tall Boy” de uranio 235 que reventó Hiroshima. Hasta 1944, la idea de una bomba esférica con un carozo a supercomprimir era exclusiva de un elenco de 5 “físicos marginales” bastante maltratados en presupuesto y autoridad dentro del Proyecto Manhattan, pero que terminaron teniendo razón.

Sólo muy tardíamente y ante el peligro de que la guerra terminara sin que Manhattan pudera haber borrado del mundo alguna ciudad, los marginales impusieron su plan B como línea principal. De no haber sido por aquellas internas que atrasaron todo casi un año, la primera ciudad del mundo en ser borrada del mapa por “la bomba” habría sido Berlín.

demon-pitMire bien este carozo que le costó la vida a dos físicos y un soldado, y quizás mató a otro científico más de leucemia aplástica, años más tarde.

Para volverlo bomba, otros dos trucos garantizaban el rendimiento termomecánico y radiante: la implosión estrellaba unas contra otras las piezas que formaban brevemente una esfera de berilio. Ésta envolvía el carozo y, como un espejo, le devolvía reflejados los protones liberados, fogoneando aún más las fisiones. Otro envoltorio transitorio formado durante la explosión estaba hecho de durísimo uranio 238, y hacía el mismo trabajo (impedir la fuga de neutrones). De yapa y por inercia, ya que es un elemento tan pesado, mantenía confinado unos nanosegundos el plasma de plutonio, a millones de grados, para garantizar que al menos 2 kg. de los 6,2 entrara en fisión antes de que toda esa masa se dispersara a velocidad hipersónica. Pero cumplía otro rol más: parte del uranio 238, transformado instantáneamente en 239 por captura de neutrones, añadiría un tercio de potencia extra a la reacción.

Sí, ahí está la horrible genialidad: una explosión química banal genera una máquina instantánea y efímera que produce la madre de las explosiones y desaparece, por la transformación einsteniana de 1 gramo de masa en energía pura. Esa física la tenían también los alemanes, los británicos y los japoneses, pero hubo que improvisar a lo grande en metalurgia, química y otros asuntos que sólo domina una superpotencia industrial. Como dijo después el físico puro inglés Richard Feynman, que estuvo en la movida del Manhattan y luego se ganó un Nobel por cosas más inocentes: “Aquello no fue tanto ciencia como ingeniería”.

Ya finalizada la guerra, la muchachada del Manhattan, llena de plata y prestigio y aún en aquella piojera de cartón y madera que les construyó Leslie Groves en medio del desierto de New Mexico, buscaba elevar el umbral de criticidad del carozo paso a paso, rodeándolo gradualmente de ladrillos de carburo de tungsteno, que también son reflectores de neutrones. Buscaban mejores “tampers” para un carozo “mini-mini”, algo que pudiera caber en un misil tierra-tierra como la V-2 alemana. La búsqueda de carozos chicos las motivaba también que el costo del plutonio, aunque ya venía por reprocesamiento desde los reactores de Hanford y Oak Ridge, seguía por las nubes.

Como concepto de seguridad radiológica, el experimento que liquidó a Harry Daghlian era una total cagada, propia de la actitud de cowboy de los “pibes del Manhattan”, vigente aún en 1946. Enrico Fermi vivía diciendo que aquellos muchachos eran unos idiotas y se iban a matar. Tenía razón. Mientras Daghlian iba apilando ladrillos alrededor del carozo, uno se le cayó encima, tapando el conjunto, y provocó una “excursión” o “transitorio” o “rampa crítica”, un fogonazo azul brevísimo que en 25 días de agonía atroz se llevó a Daghlian y a un guardia de seguridad, el soldado Bob Hemmerly.

trinityA Daghlian se lo puede ver a la derecha, intensamente concentrado, meses antes, mientras arma “Trinity”, la primera bomba atómica de la historia, dotada de “su” carozo subcrítico. Trinity liberó una energía termomecánica equivalente a la explosión de 20 toneladas de TNT. 20 kilotones, o 0,20 megatones, en la jerga.

En esa foto histórica, el muchacho de anteojos de aviador frente a Daghlian es el canadiense Louis Slotin, un genio raro. Y lo mató otra rampa accidental del mismo “carozo” cuando buscaba la criticidad con otro reflector de neutrones mucho más delgado que los pesados ladrillos de Daghlian, una cúpula de tenue berilio. Mientras hacía un show para la gilada, a Slotin se le resbaló la cupulita del destornillador con que evitaba que ésta cubriera totalmente el carozo: fogonazo azul.

Slotin murió 9 días más tarde, con lo que los forenses llamaron “el equivalente tridimensional de quemaduras de sol en todos sus órganos internos”. Ese carozo fue bautizado de ahí en más “The Demon Pit”, “el carozo del demonio”. Desapareció del mundo en el testo de la bomba “Able”, en el atolón de Bikini, en 1946.

david-albrightAhora fíjese, oh lector/a, en este detalle. El pulcro y frío David Albright, por físico y por matemático, sabía perfectamente que el maldito LPR de Ezeiza iba a emplear combustibles gastados de centrales nucleares, lo que supone que su contenido de plutonio tiene una contaminación de 240 superior al 20%. Es tan útil para hacer bombas como un bate de baseball para la neurocirugía. Pero se venía de todos modos con su valijita y su cara de vinagre a jodernos la vida, y a buscar fisuras en la CNEA con voluntad de destruir el proyecto por el cual habían muerto tantos colegas.

Para darle el gusto a Albright, le presenté al Dr. Carlos Aráoz, uno de “los doce apóstoles de Sábato”. Entre sus antecedentes, Aráoz tenía una negociación que duró 4 años hasta que Alemania aceptó que se usaran combustibles argentinos en Atucha I sin retirar las garantías: el tipo es de piedra. La conversación duró 2 horas y creo que el yanqui se volvió a su hotel con una úlcera.

En cuanto a los de la citada mutual médica bonaerense, no creo que hayan entendido jamás de asuntos atómicos. No es lo suyo. Pero como cualquier institución argentina, le tienen más miedo a Clarín que al plutonio.


Argentina Nuclear, 2017 – XLIII: Las bombas atómicas que hicieron otros

enero 13, 2017

Este capítulo no forma parte de la historia del desarrollo de la tecnología nuclear entre nosotros, que es el tema central de la saga. Apenas si muestra el absurdo de un mito, que puso obstáculos a ese avance, y aún costó la vida a científicos argentinos en tiempos de represión enloquecida, como se contó en el capitulo anterior.

Me parece interesante también por otro motivo: Las bombas atómicas se usaron por primera vez en una guerra hace 72 años. Y no han vuelto a usarse. Dada la capacidad para la locura y la crueldad que ha mostrado la especie humana en toda su historia, es un dato alentador. Pero ha hecho que las armas nucleares sean, para los hombres y mujeres de a pie, un espectro amenazador pero irreal. Vale la pena repasar cómo se hace y cómo se usó. Y pensar cuánto puede mantenerse la abstinencia de su uso. Seguramente el consejo que ha dado Stephen Hawking, y otros antes de él, de procurar instalarnos en otros planetas, sea realista.

  1. El plutonio militar no se compra en los quioscos.

trinity

demon-pit

A Harry Daghlian, físico jovencito, atlético y anteojudo, se lo puede ver a la derecha, intensamente concentrado, armando “Trinity”, la primera bomba atómica de la historia. El muchacho de anteojos de aviador a su derecha es Lewis Slotin, otro físico experto en “carozos” de plutonio 239. Ambos murieron irradiados como consecuencia de “rampas críticas” accidentales del carozo que se muestra abajo, bautizado desde entonces como “Demon pit” (el carozo del diablo) por sus colegas del proyecto Manhattan.

Voy a explicar el origen de una leyenda negra generada inadvertidamente en épocas del contraalmirante Carlos Castro Madero, y que todavía atormenta a algunos memoriosos pero científicamente desinformados habitantes de Capital Federal y de Ezeiza. En 1987 y 1988, fueron persuadidos de que una instalación del Centro Atómico Ezeiza iba a transformarse en un Chernobyl criollo, aunque en general la propaganda lanzada por “vecinos preocupados” e incluso por la mutual médica bonaerense FEMEBA mostraba explosiones de armas atómicas, con la típica nube en forma de hongo.

En suma, que el Laboratorio de Procesos Radioquímicos iba a causar los efectos del derretimiento e incendio de una central nucleoeléctrica gigante, siendo apenas un laboratorio (en Ezeiza no hay centrales). No hay muchos modos de derretir el núcleo de uranio de una planta química que, por empezar, carece de él. Pero además, según las imágenes, éste accidente tendría las características termomecánicas de la explosión de una bomba A.

Como lo saben los chicos, el cuco se oculta en la oscuridad. Un poco de luz sobre el LPR, aunque ya no existe, puede disipar pesadillas viejas, si el lector es vecino del Centro Atómico Ezeiza. El LPR iba a reprocesar plutonio, ¿pero se parecería en algo al plutonio militar, grado bomba, que todavía se usa en las armas nucleares de implosión? Ni un poco. Vamos a la historia de la bomba y de la muerte de Harry Daghlian y Lewis Slotin, porque de otro modo no se entiende la del LPR.

Buscando ahorrar plutonio metálico de altísima pureza en isótopo 239, cuyo costo de fabricación a fines de los ’40 era sideral, la gente del proyecto Manhattan buscó hacer una “carozo mini”, de masa muy subcrítica, de sólo 6,2 kg y 9,2 cm de diámetro. Mírelo con respecto: es esa aparente “bola de billar” de la foto de arriba es idéntica a la que el 9 de agosto de 1945 mató a 70.000 japoneses en Nagasaki. Según uno de los proponentes del “carozo mini”, Harry Daghlian, éste carozo debía ser un “faltan cinco para el peso” (a dime less than a buck), es decir debía tener una masa un 5% inferior a la crítica, con la que se inicia una reacción en cadena espontánea.

Ese carozo subcrítico tiene suficiente descomposición nuclear como para estar permanentemente a una temperatura de 43º C, y emitir rayos alfa (mucha energía, poquísima penetración). Sometido a 100.000 atmósferas de presión, el carozo cambia de personalidad. Tan bruta compresión se lograba mediante la implosión concéntrica y sincronizada de 32 explosivos envolventes de tipo “carga hueca”, que explotan todos direccionalmente, desde afuera hacia adentro. Ante tan prepotente aplastamiento, el carozo debía colapsar como un fluído compresible y pasar a otro estado alotrópico del metal, duplicando en ello su densidad de casi 20 a 40 gramos/cm3. En cortito, debía prácticamente triplicar la densidad del hierro que forma el núcleo metálico de este planeta en su punto central. Al hacer esto, el carozo se ponía supercrítico. ¿Pero cuánto duraba en ese estado?

Toda la tecnología de Fat Man, la bomba que eliminó a Nagasaki, la que fue modelo de decenas de miles de bombas más, involucra dos ideas: primero, tener un carozo de un plutonio 239 muy puro, poco contaminado del isótopo 240. Si hay demasiado 240 (más del 3 o del 7%, según distintos usuarios), es dificilísimo de transportar, incluso fraccionado, porque irradia gamma (muy energético y penetrante) a lo bestia y además entra en fisión espontánea, aunque los pedazos del carozo estén separados entre sí por decenas de metros. Esto se llama predetonación, o “fizzle”, y supone un desperdicio tremendo de potencia y dinero.

Para tener carozos “comme il faut”, se usó únicamente el plutonio fabricado en ciclotrones de la Universidad de California (“Calutrones”, en cortito), porque el que salía de los reactores plutonígenos de Oak Ridge, todavía demasiado primitivos y difíciles de controlar, venía “sobrequemado” y con trazas inaceptables de 240.

Japón no pudo rendirse más a tiempo. Lo hizo el 2 de septiembre de 1945, después de Hiroshima (6 de agosto) y Nagasaki ( 9 de agosto). La dictadura militar que dirigía el país pensó que se venía rápidamente una tercera bomba (con toda razón), y luego toda una campaña de bombardeo atómico (eso no era cierto).

Y no era que los japoneses estuvieran pasándola tan bien. Los B-29 yanquis del general Curtis Le May habían vuelto cenizas, a fuerza de napalm y fósforo, las principales 67 ciudades del país, habían achicharrado entre 250.000 y 500.000 ciudadanos en ello y aún así la población era unánime con el emperador: ante el inminente desembarco estadounidense en Kyushu, la principal isla del archipiélago, morirían peleando, incluidos mujeres y pibes.

La URSS, por su parte, le acababa de declarar la guerra a Japón, estaba haciendo picadillo al Ejército Imperial en Manchuria y Corea, y en cualquier momento intentaría un desembarco en las islas Kuriles y desde ahí a Hokkaido, el Norte del archipiélago nipón.

El generalato imperial cambió de idea tras la segunda atómica, “Fat Man”, en Nagasaki. Estaban ante dos cosas que no entendían y excedían lo imaginable: el átomo y los soviéticos. Se rindieron. Para no morir irradiados –no entendían el concepto, pero lo estaban viendo suceder- y para ser ocupados por los americanos, antes que por los soviéticos.

Los generales nipones ignoraban que desde el 19 de agosto había un segundo carozo de plutonio listo para otra bomba implosiva tipo “Fat Man”, asignada probablemente a la ciudad de Kokura. Sin embargo, por problemas industriales, no científicos, luego pasaría al menos un largo mes hasta que el Proyecto Manhattan lograra reunir suficiente material físil para una cuarta bomba, fuera de uranio 235 grado bomba (enriquecido al 90% o más) o más bien plutonio militar, dentro de todo más pagable.

Y hasta agosto del ’46 no habría las cantidades necesarias para destruir la retaguardia japonesa, en caso de darle apoyo aéreo a un desembarco americano en Kyushu. En suma, tras borrar Kokura del mapa y si Japón seguía en guerra, los EEUU debían resignarse a rascarse el higo casi un año en sus buques mientras hambreaban al enemigo por bloqueo naval, pero perdían Hokkaido bajo las botas del Ejército Rojo. Por el contrario, una invasión de Kyushu al estilo Normandía, con armas únicamente convencionales, significaba asumir la muerte de 1 millón de estadounidenses y 4 millones de japoneses, fundamentalmente civiles, según los datos que le llegaban al presidente Harry Truman.

El núcleo de plutonio de las bombas sucesoras de “Fat Man” tardaba horrores en fabricarse en los “calutrones”. Un sincrotrón es primero y ante todo, un acelerador de partículas, un instrumento más académico que industrial: mueve muy poca masa usando demasiada energía. Acumular los 6,2 kilogramos de plutonio “grado carozo” en 1945 y con tales medios era un trabajo de hormigas, algo así como llenar una pileta olímpica a cucharaditas o iluminar un estadio con un fósforo.

(Daniel se entusiasmó con el tema , así que lo dividí en dos partes. “Continuará”)


A %d blogueros les gusta esto: