Atendiendo extranjeros

febrero 28, 2018

eameo

A veces me asalta una compulsión irresistible por comentar la pavada del día. Por suerte está Eameo.


La Italia, vacía

febrero 28, 2018

Este domingo 4 de marzo, Italia tiene elecciones para renovar todo el Parlamento, que, se supone, elegirá el próximo gobierno. Yo la conozco, un poco, y la quiero mucho a nuestra Tía Patria (¿O hay que llamarla BiMadre Patria, en la onda de los nuevos tipos de familia?) Y lo que pasa ahí nos importa, y a lo mejor dice algo sobre nosotros. En algunas cosas somos parecidos. En otras, no.

Como sea, no tengo ganas de acercar uno de esos brillantes ensayos de sus pensadores, que se explican todo, menos cómo es que sus compatriotas no votan a gente tan brillante como ellos. Y otra anécdota del eterno Berlusconi… No.

Por eso les traigo una nota sobre un informe que preparó una demógrafa de sus organismos oficiales (la que está en el video de arriba, por otro tema). Bastante deprimente, pero echa luz sobre cómo la política y la economía actuales, “serias”, parece que sólo piensan “soluciones” de recorte y ajuste a problemas fundamentales de individuos y de naciones. La banalidad de la estupidez…

Afortunadamente, los argentinos no tenemos ese problema central que aquí señalan. Hay más vitalidad -aunque no haya más inteligencia- de este lado del mundo. Pero esa mentalidad que reacciona ante las dificultades achicando… está muy presente.

Al final, para compensar, un video de Iva Zanicchi. Eso permanece.

“Cuando Sabrina Prati piensa en el futuro de Italia solo ve dos posibilidades: o un ciclón político que sacuda el sistema o el cataclismo de un país poblado de ancianos sin suficientes jóvenes para regenerar el tejido social. “Las cifras no mienten. Italia está viviendo una segunda ola de envejecimiento, que se ha gestado en la última crisis económica, pero cuyas raíces son más profundas”, explica esta demógrafa. “Solo Japón está peor que nosotros”.

Prati es autora de un informe, difundido por el Instituto Italiano de Estadísticas (ISTAT), el principal ente en esta materia, que ha provocado un gran debate en el país. La razón es que describe el escenario de una tormenta perfecta que asoma en el horizonte del “Belpaese”: en 2016 nacieron unos 100.000 niños menos que en 2008, la tasa de natalidad se ha desplomado a 1,34 hijos por mujer y la inestabilidad laboral ha retrasado aún más la edad media para tener el primer hijo (31,8 años).

En paralelo, la cifra de ancianos con más de 65 años se sitúa en torno al 22% del total de la población (17.000 de los cuales con más de cien años), mientras que los de menos de 15 años equivalen a un 13,7%. Y desde 2015 -cuando se registró el mayor número de decesos desde la II Guerra Mundial-, mueren más de los que nacen. Ni los flujos migratorios salvan ya al país: desde 2012 también han empezado a disminuir los hijos de padres no italianos -en 2016 por primera vez se situaron por debajo de los 70.000 nacimientos.

Un paseo por Roma o por cualquier gran ciudad de Italia basta para entender las razones de este fenómeno: los jóvenes, y en particular las mujeres, se enfrentan con un ambiente social absolutamente hostil; un desempleo juvenil que ronda el 35%, la precarización laboral y el inestable soporte económico de las empresas y del Estado son algunos de los factores con más peso. Según la asociación de consumidores Federconsumatori, alimentar y cuidar un niño en Italia costaba en 2016 entre 7.000 y 15.000 euros, un 1,1% más que en 2015.

Una mirada en profundidad a las estadísticas revela también una razón social más profunda. “Ya es un problema estructural, imposible de resolver en el corto plazo”, sostiene la demógrafa Prati. El problema está en el número de mujeres en edad fértil (hasta los 49 años), que en la actualidad son insuficientes para garantizar el relevo poblacional. “Hay pocas mujeres porque Italia ya vivió un grave descenso en las nacimientos en los noventa. En 1995, el país registró la tasa de fecundidad más baja de su historia: 1,19 hijos por mujer“.

A ello se suma el pesimismo de los jóvenes que intentan labrarse una vida. “Observándose en el espejo, viendo sus condiciones de precariedad e incertidumbre, los jóvenes se niegan a procrear a los jóvenes de mañana”, dice el politólogo Antonio Polito. Según este experto, otro factor importante es que para la mujer italiana resulta todavía difícil compatibilizar la maternidad con su carrera profesional, en particular por la insuficiente participación de los hombres en el hogar. El resultado: la escasa presencia de niños “está cambiando nuestra cultura […] con tantos hijos únicos se modifica el concepto mismo de hermandad, una de las bases de nuestros principios fundacionales”.

Alfonso Giordano, profesor de la Universidad Luiss de Roma y experto en Desarrollo Sostenible y Migraciones, cree, al igual que Prati, que la actual tendencia no se corregirá a corto plazo. “Aunque pueda parecer cínico lo que voy a decir, el problema son las generaciones que han nacido entre los años cuarenta y sesenta. Ha sido una generación privilegiada, que tuvo acceso a pensiones muy altas y que se jubiló pronto. Pasaron la factura a los que hoy tienen entre 30 y 50 años, que están pagando muchos más impuestos y tendrán pensiones más bajas, y a los más jóvenes, que hoy tienen condiciones de acceso al mercado laboral incluso peores”.

De acuerdo con Giordano, cuando la pirámide demográfica italiana empezó a presentar desequilibrios en los setenta y ochenta del siglo pasado, el Estado asumió políticas para proteger a los ancianos, en lugar de sostener a las familias y a los más jóvenes. Ahí radica el origen del problema. “Por el contrario, países como Francia adoptaron políticas opuestas, con el resultado de que hoy Francia posee una demografía estable que carece de desequilibrios entre población activa y no activa”.

Los datos le dan la razón. En 2015, Francia fue el país con la tasa de fecundidad más alta de la Unión Europea, por delante incluso de Irlanda (1,94 por mujer), según el Instituto de Estadísticas francés (INSEE). “Por el contrario, en Italia, si nada cambia -y es muy difícil que cambie- el asunto no se solucionará hasta que pasen las próximas dos décadas, que es cuando los ancianos saldrán de la pirámide. Si es que se soluciona…”, dice Giordano.

Revertir la tendencia no parece estar en los intereses de la clase política. Empezando por los del octogenario ex primer ministro Silvio Berlusconi, que recientemente ha regresado a la vida política activa -en vista de las elecciones generales de la próxima primavera- con una nueva ráfaga de promesas, entre ellas la de subir las pensiones y crear un Ministerio para la Tercera Edad. “Según algunos estudios, la esperanza de vida subirá hasta los 125 años”, zanjó el Berlusca el pasado 19 de noviembre, cortejando un grupo cuyo peso político incide de calado en el destino electoral de cualquier fuerza política en Italia.

El desinterés se extiende aún más si se observa el caso de la inmigración, que en los noventa y comienzos de los 2000 postergó el decaimiento poblacional italiano y que hoy aporta 8.000 millones de euros al año al sistema de seguridad social italiano (y recibe solo 3.000 millones). Los inmigrantes tampoco han sido objeto de incentivos. Más bien al revés.

Esta es una gran diferencia con Alemania, un país con una estructura demográfica similar a Italia, pero que en los noventa reformó su Constitución para permitir la adquisición la ciudadanía a los nacidos en Alemania (ius soli)”, indica Giordano. Una reforma que en Italia tuvo este año el visto bueno del Congreso y cuya aprobación definitiva por el Senado todavía es una quimera, por la fuerte oposición del Movimiento Cinco Estrellas (M5S) y la xenófoba Liga Norte (LN).

Tuve mi primer hijo a los 39 años, de los cuales he pasado 30 en Italia y sigo sin tener el pasaporte”, cuenta Esuk, un congoleño casado con una italiana. “Sé cocinar unas excelentes lasañas pero conseguir los papeles que requiere la actual legislación es una verdadera pesadilla. Y sé que el camino de ahora en adelante será aún más complicado”, añade, a pocos días de tener por la primera vez en los brazos a su primer vástago.

En el caso caso alemán, además, se añaden el más de un millón de personas, en su mayoría provenientes de Oriente Medio y medianamente jóvenes, acogidas entre 2015 y 2016, cuando Ángela Merkel suspendió los Acuerdos de Dublín.

Este es otro factor importante porque, si antes Italia era mayoritariamente destino de migrantes económicos, en el último período han aumentado los migrantes por motivos humanitarios (refugiados y solicitantes de asilo), muchos de los cuales no se instalan definitivamente en este país. Esto se debe a que Italia no es particularmente rica ni organizada en sus medidas de integración, ni posee el vínculo lingüístico (como las excolonias francófonas).

Es su ubicación geográfica en el Mediterráneo lo que la convierte en puerta de entrada a Europa. Así, tan solo entre 2015 y 2016, el número de peticiones de asilo pasó de 84.085 a 122.960 (+46,2%), un aumento que pone a Italia solo por detrás de Alemania, Estados Unidos, Turquía y Sudáfrica, según cifras del informe de 2017 del centro de estudios italiano IDOS, la asociación Confronti y la agencia UNAR. Dicho lo anterior, el factor migratorio -si habrá o no habrá nuevos flujos hacia Italia, y cómo serán- es visto como el menos previsible y uniforme por los analistas.

El coste de esta crisis demográfica es enorme. De acuerdo con un informe de 2015 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los ancianos cuestan al Estado italiano el 16% de su PIB, uno de los porcentajes más altos en el mundo. Gracias a ello, las personas en la tercera edad tienen una renta un 95% más alta que el promedio nacional, según la misma fuente.

Solo dos reformas han impedido, en parte, el colapso de las cuentas del Estado. La última ha sido la ley Fornero -por el nombre de la antigua ministra del Trabajo, Elsa-, aprobada en 2011 y que pone más cargas sobre la población activa y los jóvenes, al aumentar la edad de jubilación. A ello se añade toda una serie de costes indirectos, derivados de una multiplicidad de factores, entre ellos las menores inversiones en tecnología e innovación, con sus consecuencias para la competitividad empresarial, y el desequilibrio entre población activa y no activa. “Están creciendo las distancias entre las generaciones. Los jóvenes son más pobres”, volvió a recordar la OCDE en octubre.

En esta línea, el ISTAT también ha alertado sobre el fenómeno de los que emigran. En total, entre 2008 y 2016, una cifra récord de 792.000 personas -aproximadamente la mitad no eran italianos- hicieron las maletas y borraron sus nombres de los registros de los residentes en el país. “Me fui de Italia porque trabajaba muchas horas, con un contrato de tiempo parcial y como autónoma, y me alcanzaba apenas para pagarme una habitación en un piso compartido. ¡A los 36 años!”, cuenta Lucia Ferrantini, una joven italiana emigrada en el país germano. “En Berlín, los precios son más bajos y los salarios más altos”, afirma.

Sus palabras están respaldadas por los datos. Según estudios, los italianos cualificados que emigran hacia el norte de Europa cobran entre un 29% y un 48% más de sueldo que sus compatriotas. “Todo esto lo pagaremos y muy caro”, advierte Giordano. “Eso sí, han bajado las ventas de productos para los bebés, pero han subido las de los ‘gadgets’ para ancianos“.


“Habilitan” discutir el aborto: Reflexiones

febrero 27, 2018

classical

Ayer Marcos Domínguez subió a su blog un posteo Aborto legal: entre la “agenda setting” y la salud pública. Se anima a una reflexión seria y profunda sobre el aborto, y sobre los motivos del gobierno para ponerlo ahora en la agenda mediática. Y un par de temas menos obvios: el pensamiento liberal hegemónico, el deterioro del debate político entre nosotros.

Me parece valioso, y quiero compartirlo aquí. Aunque todavía no hice un esfuerzo por actualizar y desarrollar mi pensamiento sobre el asunto, como para volcarlo en el blog. Es importante, por cierto. Pero creo que toca a dos realidades muy distintas. La sociedad debe tomar una posición, seguro, sobre algo que hace a la vida y a la muerte. Pero como decisión individual sobre su embarazo, corresponde a la mujer tomarla. El deber del hombre es acompañarla y ayudarla, cualquiera sea.

Y la discusión en la sociedad que sí, hay que darla… por ahora se da, con pasión, entre los politizados (y politizadas). Donde las distintas hinchadas hacen tachín, tachín en los medios y las redes sociales. No hace a un debate serio.

“Como lo dijeron con el mayor vigor las militantes feministas, los problemas de la vida privada se tornan políticos, lo que excluye todo esencialismo. Así como en el siglo XIX la economía se convirtió en política, hoy ocurre lo mismo con la cultura, y los debates políticos más apasionados no se refieren a la nacionalización o privatización de empresas o bancos sino a la legalización del aborto, la fecundación asistida, los cuidados brindados a los agonizantes y hasta la presentación de la vida en televisión o las relaciones en la escuela de niños provenientes de medios culturales diferentes.”
Alan Touraine, “¿Podremos vivir juntos?: crítica de la modernidad.”

Nos guste o no el diagnóstico del sociólogo francés citado, el panorama se parece bastante a lo que describe, y aunque desde el blog no contamos con estructura para realizar sondeos de opinión, podemos asegurar que hay entre las y los politizados un debate intenso; naturalmente, también lo hay en la fauna militante peronista, que, entre otras cosas, se pregunta si la despenalización del aborto debe interpretarse como una política imperialista de control de la población o como una política de salud pública, es decir, como una reivindicación liberal individualista o como una medida que amplía los derechos de los sectores más postergados. El efervecente marco en el que se da el debate es, por lo menos, necesario de ser explicitado.

Desde este blog venimos insistiendo en que el gran flagelo que sufre nuestra sociedad es el de la pauperización sistemática del debate público, administrado por un inmenso dispositivo de lobby mediático-oenegeista, financiado por intereses tan foráneos como corrosivos. Este dispositivo reduce las discusiones y encorseta las tensiones ideológicas en un juego infantil y caricaturizante, donde el feminismo lo constituyen únicamente las transgresiones módicas de Malena Pichót; donde el conservadurismo son las bufonescas posiciones de Eduardo Feinmann; donde el progresismo cosmopolita se evangeliza: o bajo las obtusas conceptualizaciones de la izquierda trotskista, con eterna vocación de minoría pero sobrerepresentada mediáticamente, o en su versión de socialdemocracia moderada tipificada en el discurso rimbombante y decoroso de esos volubles sectores medios urbanos como expresión aspiracional del “ciudadano del mundo”. Por su parte, el “nacionalismo” se caricaturiza y se presenta encarnando entidades como Alejandro Biondini, que justamente existe para que nunca se entienda bien del todo qué significa el nacionalismo.

¿Qué elementos de la cultura juegan en este entramado? La formación política fast food, la holgazanería intelectual, la indiferencia con la esencia de las cosas y la radiación mediática de la novedad constante, que han convertido las categorías (las políticas sobre todo) en nominaciones tan descafeinadas, genéricas y polisémicas que “facho” es igual a “hijo de puta” o “anarquista” es equivalente a “quilombero”. Uno no guarda pretensiones snobs sobre el uso del lenguaje, pero sí considera necesario señalar que es en el marco de estos huracanados vientos del berenjenal ideológico donde el ciudadano promedio termina delirando de fiebre. El termómetro marca en las axilas de esa opinión pública afiebrada la temperatura política en la que ingresa la discusión sobre el aborto.

El vector de la pauperización recorre todas las discusiones que se instalan en la agenda. Por fuera de la cuestión sobre la despenalización del aborto, puede ejemplificarse el funcionamiento de este vector, por un lado, cuando se intenta (y se logra) presentar la película del último gobierno nacional popular bajo el prisma de la foto de “los bolsos de López”, y al feminismo como un grupo de feminazis desnudas arriba de un patrullero arrasado. Ahora bien, es claro que esta lógica no permitirá jamás a la sociedad entender la cuestión de la interrupción voluntaria del embarazo como un tema de salud pública, sino que por el contrario, se la seguirá triturando en la presentación del tema como una guerra de trincheras entre quienes se acercan a la Iglesia y quienes se alejan, entre devaluados progresistas y torpes conservadores (todos adictos al marxismo cultural de Netflix), entre “bandos” de países morales distintos que, sin embargo, confluyen sirviendo por igual a la maqueta gritológica funcional al oprobio colectivo. Esta lógica tampoco permite debatir sobre una política que facilite el régimen de adopción en el país, y de una política transversal de educación sexual, que este gobierno no ha hecho más que destruir.

Asistimos a un circo donde la única vara moral para medir la historia suele tener la lógica de quienes creen que una película comienza cuando uno se sienta a verla. Todo es medido desde el aquí y el ahora como “punto 0” de la historia. No hay carga cultural propia de cada hecho en su contexto , y si la hay, “no es justificativo” y todos deben morir en la hoguera, sofocados o en el bien pensante reglamentarismo moralino, o en un tradicionalismo vaciado de esencia y pacato.

Fue Alexander Dugin quien aportó elementos teóricos precisos para caracterizar la esencia del liberalismo contemporáneo, que reviste la argumentación de ciertos sectores. Según el filósofo y asesor de Vladimir Putin, a pesar de sus múltiples envases de presentación, el liberalismo tiene su estructura fundamental interior en los siguientes principios axiomáticos:

• Individualismo antropológico (el individuo es la medida de todas las cosas);

• Progresismo (el mundo va hacia el mejor futuro, el pasado es siempre peor que el presente)

Eurocentrismo (las sociedades euro-americanas son aceptadas como el estándar para medir al resto de la humanidad).

• La democracia es el dominio de las minorías (que se defienden contra la mayoría que es siempre propensa a degenerar en totalitarismo, en “populismo”).

• La clase media es el único actor social existente real y la norma universal (independiente del hecho de si una persona ya ha llegado a este estado o está en camino de convertirse en parte de la clase media, representando por un momento una clase media hipotética).

• Unimundialismo, globalismo (los seres humanos son esencialmente lo mismo con una sola distinción – la individual – el mundo debe integrarse sobre la base individual, el cosmopolitismo, una ciudadanía mundial).

Esencialmente entonces, diremos que en lugar de ser una teoría política, el liberalismo es una teoría crítica de la políticaNo podría decirse entonces que hay política liberal en sí, sino crítica liberal de lo político, que es una crítica a la limitación de la libertad individual. Para Dugin:

Durante el siglo XX el liberalismo venció a sus rivales, y después de 1991 se ha convertido en la única ideología dominante a escala mundial. La única libertad de elección en el reino del liberalismo global era entre el liberalismo de derecha, el liberalismo de izquierda o el liberalismo radical, incluyendo el liberalismo de extrema derecha, el liberalismo de extrema izquierda y el liberalismo ultra radical. Así que el liberalismo se instaló como el sistema operativo de las sociedades occidentales y del resto de las sociedades que se encuentren en la zona de influencia occidental. A partir de un determinado momento, es el denominador común de todo discurso políticamente correcto, la marca de los aceptados por la política dominante o de los rechazados a la marginalidad. La sabiduría convencional en sí misma devino liberal.”

Si esto es así, se debe asumir que la “agenda setting” del liberalismo continuará, pero lo hará con más fuerza mientras las y los militantes peronistas (únicos portadores de una doctrina) intenten confrontarla desde una visión fotográfica del peronismo, esto es: el peronismo debe dejar de ser una foto en la que, casualmente, no salimos; una foto que sólo puede ser admirada con purista melancolía, como estéril pieza de museo. El peronismo no puede ni debe mirar para otro lado, en una agenda en la que debe demostrar que, efectivamente, hay 2019.

En términos de coyuntura política, para el diario La Nación, por ej, “abrir esa discusión en esta coyuntura le puede servir a la Casa Rosada para sacar del primer plano el debate sobre la economía, la inflación o la protesta social”. Es cierto que el macrismo puede obtener algún rédito de esto, pero no tanto por tapar el sol con el dedo, sino por el peligro de división de sus opositores. Será tema de otro posteo la dificil situación que el PJ atraviesa en el debate, pues si el PJ vota a favor, el oficialismo puede vetarlo. Si el PJ vota en contra, el progresismo (trotskista y socialdemócrata) se encargará de fustigarlo. Si el PJ se divide, el macrismo no necesesitará el veto para obtener rentabilidad política.

No obstante lo anterior, que forma parte del cálculo político racional, si es que el lector espera un posicionamiento de este escriba, diré que habiendo revisado mi posición inicial, y asumiendo que las consecuencias sobre el conjunto de la población son imprevisibles -porque no se pueden proyectar los mismos efectos para clases medias urbanas que para los sectores más postergados-, estoy a favor de la despenalización del aborto, que no implica estar a favor de una “cultura del aborto” ni de nada parecido al flagelo absoluto de una tendencia tal como el “abortismo”. Tampoco se trata de que esta discusión signifique “correr el eje del debate” como sostiene la tribuna de doctrina, que aunque no lo diga, sabe que la hemorragia política del macrismo inciciada con la reforma previsional es indetenible. Se trata de entender el tema como una cuestión de salud pública, por fuera del discurso socarrón y soberbio de cierto progresismo biencomido, que se autopercibe moralmente bienpensante, descalifica, y embarra más de lo que aclara la senda del debate.

Lo cierto es que hoy las mujeres con recursos pueden abortar. Las pobres se mueren, mientras se discute si son muchas o pocas. Justo en ese punto, es que para quien escribe se trata de un tema y no de otro, se trata de igualdad de oportunidades. El tema reviste una complejidad enorme, y puede dividir de manera dañina si es que no se lo discute con seriedad y respeto.

En el año 2010, durante la administración de Cristina Fernández (cuya posición sobre el aborto se conoce), el Ministerio de Salud emitió el único protocolo para el aborto no punible que haya existido en este país jamás. Referentes de movimientos sociales, como Juan Grabois, se han mostrado contrarios a la despenalización, lo cual marca el grado de complejidad y heterogeneidad de posiciones que el asunto acarrea. Si esto es así, defenestrar a un referente por una posición que no comparte, sobre un tema complejísimo que no entra en el corset facilista, es lamentable. Este tipo de cosas marcan el grado de infantilismo en el que se encuentra buena parte del campo nacional, contaminado de un discurso moralino y socarron que ya muestra lo autodestructivo que puede ser.

En suma , este debate debe darse en otro marco, y no sólo en el de la radiación mediática y en los escuetos vómitos algorítmicos. La soberbia, la descalificación y la falta de respeto ante posiciones no compartidas, erosionan toda esperanza de la urgente unidad del campo opositor a la administración colonial macrista. Más allá de las diferencias de cada espacio en esta discusión particular, está claro que deben prevalecer los acuerdos políticos y programáticos en el plano general. Quienes no están a favor de la despenalización, seguramente tendrán sus respetables razones, desde aquí sin embargo, apoyamos la despenalización, en tanto “donde hay una necesidad, nace un derecho”.


Más sobre el campo argentino, ancho y globalizado

febrero 26, 2018

matrero

Un ingeniero agrónomo, que usa el nic Evaristo Bermejo, mandó esto (prefiere el anonimato, aunque su estilo sea reconocible). Suma a los comentarios del posteo anterior, pero hay otro motivo por el que lo copio aquí: permite notar la diferencia que hay entre las opiniones (acertadas o no) del que trabaja en el tema y el que no.

“En la macro ruralidad / agroindustria la cosa sigue su curso normal como lo viene haciendo hace décadas, en donde los gobiernos tienen poca injerencia y el sector privado / china / eeuu / la fusión monsanto-bayer marcan la cancha – ponen los jugadores, la pelota, el estadio, y el árbitro es estatal… pero la hinchada, ay, la hinchada, llena de negros, es argentina.

Los cereales van por ese camino, lo que mejoró fue la ganadería / vacas (desde 2013 hasta la actualidad); en la micro ruralidad, lo que se mantiene o bajó / disminuyó (en productividad / rentabilidad / empleo / bienestar general) fue la fruticultura, ganado menor -excepto cerdos / pollos, que por tendencia mundial, aumenta-, horticultura, cultivos regionales, tambo, etc.

La metal mecánica, fabricación maquinaria, también bajó (aumentó importación).

Este gobierno mejoró algunas cuestiones burocráticas de tramiteríos y allanó el entrismo de las tendencias mundiales en agroindustria; para los pequeños / medianos productores, solo dejó en pie un mecanismo de asistencia monetaria / herramientas, vía prohuerta-desarrollo social-stanley-ala papista/bergoglista; y en materia de asistencia técnica, planchó al INTA / SENASA / SAF / INTI / colegios agrotécnicos y se hace lo mínimo.

Es decir, se abona el terreno para primarizar el campo argento, el autofinanciamiento / autogestión, que cada uno gane lo que deba ganar (ni un peso más, ni una ventaja / ayuda más), y ya se empiezan a ver varios caídos al costado del camino -economías regionales, pequeños y medianos productores; los buenos técnicos estatales están de manos atadas o van migrando al sector privado; de ahí que la FAA, algunas cooperativas, el sindicalismo, estén alertas y con mínimas iniciativas de resistencia y propuestas – son los pasos del pueblo.

 Sin duda alguna, que, desde este sector, con esos protagonistas y el agregado de otros (empresariado nacional, peronistas, universidad) tendremos que proponer / construir / concretar una ruralidad inclusiva, tecnologizada, diversificada, de mayor bienestar general, a tono con la revolución 4.0, las cuestiones de igualdad de género, producción de alimentos -no materia prima-, geopolíticos, alianza estratégica entre empresariado nacional (alguna multinacional sensata) con el estado (inta/inti/ypf/senasa) , algo de la mesa de enlace, asociaciones de productores, sector educativo y bla bla… pero sencillo, efectivo y concreto”.


Clarín no siempre miente. Te la vende cambiada

febrero 26, 2018

granos

Los peronistas que se incorporaron a partir de los enfrentamientos de 2008, y bastantes militantes veteranos también, me mirarán con desconfianza cuando lo confiese. Pero soy un lector frecuente de Clarín Rural, y de las notas de Héctor Huergo en particular.

Es que encuentro positivo que el Grupo tenga algún proyecto vinculado a la economía real, la producción, y no se limite a buscar formas de sacarle prebendas al Estado. En cuanto a este sector en particular… es cierto que los “chacrers“, como los llama Huergo, son individualistas y cerrados en sus intereses inmediatos, aún para el estándar del empresario argentino. Pero es un sector que incorpora nuevas tecnologías en su actividad, en forma consistente, durante el último medio siglo. Y ha transformado -para bien y para mal- la ruralidad.

Y, al fin de cuentas, es el que produce las divisas que permiten funcionar a todos los otros sectores. Uno simpatiza con la militancia política en su identificarse y luchar por algo más grande que su pequeño mundo personal, pero… no los veo cosechando el poroto de soja, qué quieren que les diga.

Hago esta confesión para agregar otra. Aunque leo Clarín Rural -y creo que hace falta una publicación que abarque también las otras ramas de la producción- no me di cuenta como estaba, está, vendiendo cambiada la realidad del agro. Hasta que los amigos de CANPO me lo hicieron notar. Y no estoy hablando de las producciones regionales, de la leche… las tragedias conocidas. No. Me refiero a la Zona Núcleo, la parte competitiva de Argentina, adonde apuesta, si apuesta a algo, el experimento macrista.

Vean como ejemplo esta noticia central de la semana pasada en Clarín Rural. El título es bien pum para arriba:

El agro, en el podio: el campo exportó en 2017 los tres principales productos en Argentina

Y el primer párrafo mantiene el aire triunfal:

La harina de soja alcanzó los U$S 9.300 millones. Por detrás, se ubicó el maíz, con embarques por U$S 3.822 millones, y el aceite de soja (englobando tanto el refinado como el bruto) ocupó el tercer lugar, con U$S 3.725 millones“.

Luego, después de imágenes y enlaces, vienen las pálidas:

Las menores compras de poroto de soja por parte de China se hicieron sentir, haciendo que el valor FOB de las exportaciones del poroto bajaran un poco más del 15 % a U$S 2.718 millones. Esta menor compra de China se da por una cosecha récord de Brasil que terminó captando mayor proporción en las compras del gigante asiático”, explicaron desde la Bolsa de Comercio de Rosario.

Hablando específicamente de la harina de soja, en el 2017 se exportaron un total de 30,3 millones de toneladas, registrando una caída del 2,9 % respecto de las 31,2 millones de toneladas del año 2016, según datos del INDEC.

Los menos envíos en cantidad (sic) coincidieron con un menor monto total en dólares debido a que el precio promedio FOB de harina de soja descendió a U$S 307 por tonelada (5,8%). De esta manera, el total del año 2017 descendió un 8,9 % a U$S 9.300 millones de los U$S 10.200 millones que se habían exportados en 2016.

Según explicaron desde la Bolsa rosarina, la caída en la harina de soja se dio por los menores precios internacionales y la caída en la cantidad exportada que fue de 900.000 toneladas en relación al 2016. “Márgenes más ajustados en 2017 para este sector y mayores exportaciones que lo habitual en los meses de enero, febrero y marzo de 2016 explican la caída”, reconocieron desde la entidad“.

 Como los productores rurales no van a perder ninguna ocasión de llorar la carta -al igual que todo empresario que no esté colocando acciones de su compañía- resulta evidente que Clarín Rural, más que los intereses de su público, privilegia su alianza con el gobierno ¿Qué estarán negociando?

La unidad ¿para qué? Y a vos qué te parece?

febrero 25, 2018

Menéndez Sabbatella y el padre Jorge

El cansadísimo tema de la unidad peronista tiene un nuevo enfoque. Por lo menos en el debate. Ahora todas las tribus reconocen (con entusiasmo o resignación) que está en marcha el proceso que hace unos días describíamos aquí:

La unidad de todas las expresiones políticas de origen peronista era, hasta hace algunas semanas la convicción y la propuesta de sectores del peronismo político. (Entre ellos, alguno que apoyo). Otra parte, no pequeña, de la militancia -menos organizada pero muy vocal- se oponía con fervor. Entre ellos había, “a grosso modo”, dos bandos: los cristinistas ardientes, que no querían juntarse con los “traidores”, y los anti cristinistas no menos ardientes, que no querían juntarse con los “sectarios”.

Hablo en pasado, pero no en relación a los sentimientos de esos dos lados “anti unidad”. La mayoría de ambos siguen pensando más o menos lo mismo, y lo dicen en las redes sociales, pero ya no son relevantes para las decisiones políticas“.

Seamos sinceros: es imposible no reconocerlo: Cuando, como vemos en la foto de arriba, se reúnen amistosamente el presidente del PJ PBA, Gustavo Menéndez, peronista bonaerense, intendente de Merlo, y el de Nuevo Encuentro, Martín Sabbatella, social demócrata ortodoxo, ex intendente de Morón, con la bendición simbólica del Padre Jorge (y del tío Manolo)… sólo se puede decir una cosa: cierren la mesa 8.

Y  el viernes 16 y sábado 17 de marzo se hará un nuevo plenario en San Luis, con el gobernador Alberto Rodríguez Saá de anfitrión. Temario central, dice Tiempo Argentino, cómo reunificar a todas las facciones internas (el kirchnerismo, el randazzismo, el massismo, el sindicalismo, la liga de gobernadores) para confluir en una alternativa ganadora para las elecciones de 2019.

Igual, como ya advertía en ese momento, muchos militantes sienten aversión ante ese “rejunte” (algunos comentan en este blog). Es una actitud con una vieja tradición en el peronismo. En 1958 algunos desobedecieron la orden de Perón de votar a Frondizi…

Y desde fuera del peronismo pero dentro de la coalición que apoyó al gobierno de CFK hay un cuestionamiento articulado a este proceso. Por ejemplo, en la publicación digital de Verbitsky, Mario de Casas se pregunta¿Ampliar y consolidar la base de sustentación o sumar dirigentes de lealtad dudosa?“. Una pregunta muy tradicional, entre quienes no abrigan dudas de su propia lealtad ni del objeto de ella.

Ahora, hay otros enfoques, como digo al comienzo. Recién leía a kirchneristas santafesinos -el máximo referente del sector en la provincia, Agustín Rossi, ha sido protagonista desde el comienzo de estas reuniones “por la unidad”- que dicen: Unidad. Más que con quién, discutamos para qué.

Es una pregunta legítima, que se hacen no sólo los militantes sino muchos argentinos de a pie. Y me siento impulsado a decirles que la respuesta es obvia.

En un primer plano, muy “weberiano”, los dirigentes se unen para ver si así tienen mejores chances de ganar las elecciones del año que viene y llegar al gobierno. Y si se les dice que la cuestión no es “llegar al gobierno” sino cómo y para quién se gobierna… pueden contestar (si están lo bastante fastidiados para dejar de lado el discurso) que si no llegan al gobierno, el cómo y para quién son preguntas vacías.

Pero por supuesto que esa respuesta es incompleta. Peor, es derrotista, porque nadie votaría a una sociedad de interés mutuo… a la que no pertenece. La unidad del peronismo encarnará un proyecto, o será sólo una “cooperativa” de dirigentes. Perdedora.

Mi análisis es que me parece evidente que un gobierno que resulte del triunfo de un frente de oposición con participación mayoritaria del peronismo -la única opción a Cambiemos que hoy aparece viable- necesariamente llevará adelante una política más favorable a la industria nacional y al mercado interno -el consumo popular- que la que hoy está en marcha. Se puede pensar (por los que no tienen problemas de consumo ni de empleo) que es un objetivo modesto. Puede ser: si quieren la Revolución, tal vez el peronismo la haga (en 1945 la hizo), pero no me animo a dar garantías ahora.

Si aspiran a, por ejemplo, el aborto legal… puede ser que lo consigan con Cambiemos, con un eventual gobierno peronista, o con ninguno de los dos. Cambios en la política económica, eso sí es seguro. Y es bastante importante, me parece a mí.

Hay dos motivos para esta apreciación: Uno, es que en este plano, tan general, sí hay dos proyectos y sólo dos planteados en la Argentina moderna: las últimas cuatro décadas. No es necesario remontarse con Salvador Ferla o Nicolás Shumway a las pugnas en 1810, aunque son relevantes. Ni escarbar en la “grieta”, que existe. Ni siquiera aludir al imperialismo y sus maniobras.

El proyecto de “abrirnos al mundo” es explícito y tiene su público adicto, cómo no. Ganó las elecciones hace un poco más de dos años, recuerden.

Los suspicaces señalarán, con razón, que uno de los intentos previos de imponer esa “apertura”, más coherente que el experimento actual, fue llevado adelante por el peronismo. Un tal Carlos Menem (y no vale decir que él no era “el verdadero peronismo”. Eso se descubre después).

Es que está el otro motivo al que me refería, y es el más poderoso. Un frente de oposición llegará al gobierno si, como está empezando a hacerse visible, la política económica de Macri fracasa. Si no, no.

¿Estoy diciendo que, en mi opinión, la puja interna en el peronismo, en la oposición, no tiene importancia? Todo lo contrario. En esta puja interna, que durará tal vez hasta 14 meses -la fecha límite de presentación de las listas para las PASO- se decidirá quién encarnará la propuesta opositora para los argentinos. Quién tratará de convencerlos de esa propuesta, y si lo consigue, de gobernar bien. Por eso, estimados amigos, el con quién es muy importante.


“Agarrá la pala”: la culpa es de los pobres

febrero 24, 2018

chavs

(Es inevitable -para mí, eh- escribir de la jugada más reciente del Mauricio: dar luz verde para que su bloque habilite en el Congreso el tema del aborto. Supongo que lo haré mañana o el lunes. Pero por ahora tengo ganas de subir algo menos envuelto en el ruido periodístico. Y que también tenga que ver con cosas profundas en nuestra sociedad.

Entonces recurro al confiable Artepolítica. Ahí Tomi Olava comenta un libro sobre los jóvenes de las clases bajas en la Inglaterra actual ¿Qué tiene que ver con nosotros? Y, que los pobres son jodidos en todos lados, como señala el filósofo Micky Vainilla ¿Sabían que en inglés “Agarrá la pala” se dice “Get the bike”?). Comento al final.

Chav es un término peyorativo aplicado a ciertos jóvenes del Reino Unido.​ La imagen estereotipada es un adolescente o joven adulto agresivo, con origen en la clase trabajadora, que viste ropas de marca y tiene estilo informal. Además, tiene por costumbre pelear y ser altanero, suele involucrarse en crímenes triviales o menores, y frecuentemente está desempleado o con un empleo de bajo salario”

“Chavs: la demonización de la clase trabajadora” es un libro de Owen Jones que analiza la construcción del discurso hacia un sector de la clase trabajadora. “Chavs” es un estereotipo: jóvenes de la clase obrera “que visten ropa deportiva e informal, suelen estar desempleados y habitan viviendas sociales”. En ese estereotipo está el síntoma de un fenómeno más profundo: el del proceso de demonización de los sectores menos privilegiados que comenzó durante el thatcherismo y que modela la política y la sociedad hasta nuestros días.

Jones aborda la forma en la que el gobierno de Margaret Thatcher transformó la cultura política de Inglaterra a partir del desmantelamiento del aparato productivo para pasar a “una economía de servicios”. El aporte del thatcherismo a esa batalla fue contundente: la derrota de la huelga de los mineros significó una de esas victorias políticas que adquieren la dimensión suficiente como para remarcar el terreno de juego para las siguientes generaciones. Así como hasta Thatcher los gobiernos conservadores habían tenido que construirse sobre las conquistas del Estado de bienestar, luego de ella la política británica se hizo desde el universo de sentido que implantó.

Hay una primera pregunta que puede servir para pensar la coyuntura de nuestro país y de la región: ¿por qué alguna parte de la clase trabajadora vota o sostiene un proyecto que, a priori, parecería ir contra su propio interés? ¿Es un fenómeno nuevo o existió desde siempre?

El análisis de Jones desmitifica en parte la idea del apoyo popular a las políticas de Thatcher: “llegó al poder en 1979 con un porcentaje de voto menor que el de cualquier partido vencedor desde la Segunda Guerra Mundial, exceptuando las dos elecciones generales de 1974. Más gente votó a los laboristas en 1979 (cuando perdieron) que en 1974 (cuando ganaron). Fue la deserción de votantes liberales al bando conservador lo que había permitido la victoria de Thatcher”.

Fruto de la victoria de Thatcher, el Partido Laborista se partió y uno de esos fragmentos hizo una alianza con los liberales, lo que llevó al laborismo a perder medio millón de votos de una elección a la otra. Malvinas puso al país en un nuevo fervor patriótico, aunque no fue la única explicación de la aplastante victoria de Thatcher en 1983, cuando obtuvo la diferencia más amplia sobre el Partido Laborista. Pero incluso entonces, argumenta Jones, el laborismo siguió siendo hegemónico entre trabajadores cualificados y semicualificados de la clase obrera. La explicación puede encontrarse en que esa ventaja sobre los tories se expresó en dos partidos y no la recuperó hasta 1992 “cuando casi todos los que votaron a la Alianza volvieron a su partido de siempre. Si Thatcher siguió ganando fue principalmente porque el 60% de los trabajadores cualificados y semicualificados que votaron contra ella estaban completamente divididos”.

Es decir que la división del laborismo no sólo provocó las sucesivas victorias de Thatcher sino que hizo posible una victoria mayor de los conservadores que fue haber transformado al laborismo hasta hacerlo jugar en sus reglas“El verdadero triunfo fue haber transformado no sólo un partido, sino dos”, dijo Geoffrey Howe, ministro de Thatcher.

Todo eso no significa que el thatcherismo no haya tenido una política hacia los sectores populares o que no haya sido efectiva. Por el contrario, todo proyecto hegemónico – y este ciertamente lo fue – supone la primacía de un sector sobre otros y para ello necesita adoptar algunos de los intereses de los subordinados, como todos conocemos desde Gramsci.

Jones encuentra que esa estrategia fue la de negar el conflicto de clase en términos colectivos para trasladarlo al plano de la individualidad. Si había pobres y ricos no era resultado del sistema sino, por ejemplo, de la falta de capacidad emprendedora: “en solo una década el thatcherismo había cambiado completamente el modo en que se veía la clase. Se adulaba a los ricos. Ahora se animaba a todos a ascender socialmente y a definirse por cuánto poseían. Los pobres o desempleados solo podían culparse a sí mismos. Los pilares tradicionales de la clase obrera británica se habían hecho añicos. Ser de clase obrera ya no era algo de lo que enorgullecerse, ni mucho que celebrar. Los viejos valores de la clase trabajadora, como la solidaridad, fueron sustituidos por un feroz individualismo. La gente de clase obrera ya no podía contar con los políticos para que defendieran sus intereses. El nuevo británico creado por el thatcherismo era un individuo de clase media y propietario de una casa que miraba por sí mismo, por su familia y por nadie más. La aspiración significaba anhelar un coche o una casa más grandes”.

Sobre este último punto vale detenerse. Primero para decir que la movilidad social es, en verdad, un “aspiracional” al que también apelan los proyectos nacional populares de nuestra región. Que, en todo caso, la diferencia es si esa apelación lleva consigo un cuestionamiento sistémico o una interpelación al plano individual, si exige que el Estado se meta más o se meta menos para que esa movilidad ocurra. Pero, en segundo lugar, para abordar una idea que ronda algunos análisis sobre nuestra coyuntura: que proyectos como el macrismo encarnan discursivamente mejor una serie de aspiraciones individuales de la época. Es lo que sostienen, por ejemplo, los estrategas de comunicación del propio gobierno de Mauricio Macri: que vienen a mejorar “el primer metro cuadrado”, es decir, los temas que afectan a la vida cotidiana y que quedan lejos de “la política y los dirigentes”. Lo que asegura uno de sus consultores, Durán Barba: “hoy en día los jóvenes buscan, hedonistas, ejercer sus intereses individuales, consumir, expresar su identidad en el seno de una sociedad civil tajantemente escindida del Estado, matriz de pura imposición forzosa. Lo que ahora los jóvenes quieren es que lo político se ponga al servicio de su vida, de su hedonismo, de su placer. No quieren dar la vida por un ideal. Su ideal es que su vida sea hermosa”*.

Este libro sirve para confirmar, primero, que la idea de una sociedad formada por individuos con aspiraciones propias no trae nada novedoso ni mucho menos pre ideológico. Incluso proyectos políticos distintos como el peronismo han trabajado sobre esas aspiraciones. De lo que se trata es de mirar la manera en la que se politizan. Sostiene Jones que “la aspiración social ha sido otro fructífero reclamo electoral, así como un medio de minar la identidad de la clase obrera. Había espacio arriba, prometían: uno podía mejorar su suerte ascendiendo en la escala social. En áreas carentes de sólida clase media —Escocia, Gales y casi todo el norte de Inglaterra— esto tenía un atractivo limitado. Pero allí donde había una fuerte clase media, siempre era más probable que la gente de clase obrera optara por los tories. Era una forma de no ser menos que el vecino, e incluso, pensaban, de unirse a él.

Que los proyectos políticos conservadores den cuenta de aspiraciones de los sectores populares no cambia la esencia de lo que significa un proyecto político conservador. “Lo que debéis comprender sobre el Partido Conservador es que es una coalición de intereses privilegiados. Su principal propósito es defender ese privilegio. Y el modo en que gana elecciones es dando solo lo justo al número justo de personas», cita Jones a un diputado tory.

¿De qué manera dan cuenta los proyectos políticos conservadores de las aspiraciones de sectores a los que buscan interpelar? Los dos ejemplo que pone Jones en su libro sirven para encontrar alguna dinámica en común. Se refiere allí a dos cuestiones: por un lado, la política de vivienda. Por el otro, la reivindicación de la riqueza y de los ricos como sujetos exitosos.

La política de vivienda durante el gobierno de Thatcher funcionó como el símbolo de lo que ese gobierno pretendía para su modelo de sociedad. La vivienda social era uno de los pilares del Estado de bienestar. El gobierno de Thatcher introdujo cambios en la legislación para habilitar lo que se conoció como el “derecho a compra”: que los inquilinos de esas viviendas pudieran comprarlas. Se consideró a la política de vivienda como un medio para operar sobre la identidad de clase, provocando una ruptura entre trabajadores propietarios y no propietarios. Keith Joseph definió el objetivo de la política: “reanudar el avance del embourgeoisement (aburguesamiento) que tan lejos llegó en época victoriana”. De ahí no se deriva como conclusión – el libro no lo hace tampoco – que la contracara necesaria de una política de vivienda que haga propietarios a los sectores menos privilegiados signifique un retroceso; en cambio, aparece como un buen ejemplo de tres cosas a la vez: que la política pública nunca es neutral, que nunca puede ser analizada fuera de contexto y que el diablo está en la implementación.

El derecho a compra vino a desarmar la política de alquileres a precios bajos para sectores postergados, a costa de bajar la oferta de vivienda social disponible para alquiler mientras frenaba construcción de viviendas nuevas por recortes al Estado. El resultado: “el desmantelamiento de la vivienda municipal ayudó a que los precios de las casas se dispararan, creando una burbuja inmobiliaria que está explotando ahora e inyectando niveles de deuda sin precedentes en la economía. El aplastamiento de los sindicatos contribuyó al estancamiento salarial en la primera década de este siglo, lo que ha llevado a muchos a complementar sus ingresos con créditos y; haciéndolo, a agudizar un boom alimentado por la deuda. (…) Los niveles de vida de algunas personas de clase trabajadora son más bajos que si estuvieran pagando alquileres subvencionados baratos en vez de hipotecas a menudo muy altas. De hecho, más de la mitad de las personas que viven en situación de pobreza son propietarios de una vivienda. En realidad, hay más propietarios en el 10% más bajo que en cada uno de los dos décimos que están por encima. Como sabemos, animar a tanta gente a asumir niveles de deuda tan inasequibles fue un detonante de la crisis del crédito”.

Pero lo interesante, más allá de la política pública particular, es la manera en la que una de las políticas que escoge un gobierno se vuelve símbolo, condensa la serie de valores y actitudes que ese gobierno pretende para sí y para la sociedad a la que aspira.

La meritocracia es otro de los legados del thatcherismo que moldeó la cultura política británica hasta para el laborismo. “La nueva Gran Bretaña es una meritocracia”, dijo Tony Blair en 1997. De la misma manera que la idea de las aspiraciones, el significante vacío del ascenso por mérito es un valor compartido por la mayoría de la sociedad. De lo que se trata, aquí también, es de ver cómo se llena ese vacío: cómo alguno de los bandos en disputa lo apropia y lo carga de sentido. Sostiene Jones: “en una meritocracia, los que poseen más «talento» ascenderán de forma natural hasta la cúspide. La jerarquía social se conformará así en función del «mérito». La sociedad seguirá siendo desigual, pero esas desigualdades reflejarían diferencias de capacidad. Matthew Taylor entiende los riesgos, pero cree que es el mejor modelo que puede ofrecerse. «Creo que la meritocracia no es un mal reclamo porque estamos muy lejos de ella, ¿no? Para tener una verdadera meritocracia tendríamos que abolir la riqueza heredada, los colegios privados… Así que cuando la gente me dice: “Pero ¿la meritocracia no es un concepto reaccionario, y no deberíamos abogar por algo mejor?” Yo puedo decir: “Bueno, sí, muy bien, pero estamos muy lejos de tener incluso eso”».

Es decir, la forma de darle sentido a la idea de meritocracia expresa una idea previa acerca del modelo de sociedad: una ideología, vamos a llamarle. Advierte Jones: “la meritocracia puede acabar siendo utilizada para sostener que los de arriba están ahí porque lo merecen, mientras que los de abajo simplemente no tienen el talento suficiente y por lo tanto merecen su suerte. Se usa en la educación para descartar asignaturas vocacionales en favor de las académicas. Todo esto aun antes de examinar los criterios de lo que cuenta como «mérito»: por ejemplo, ¿merece un asesor publicitario multimillonario estar por encima de un limpiador de hospital en la jerarquía social?”

El objeto del análisis político no puede ser la meritocracia como idea abstracta sino la forma en la que un proyecto político la carga de sentido, la politiza y la apropia para sí como fuente de legitimación. En ese sentido, en el reverso de la forma en la que la politizó el thatcherismo estuvo el individualismo. Su esencia se resume en la idea de que no existe la sociedad sino los individuos que la componen. A ese corazón tributan todas las partes: la meritocracia, como el individuo que fruto de su esfuerzo progresa; la aspiración, como el medio de salvación individual; la riqueza – y la admiración a los ricos – como prueba de que que el éxito es posible y sólo fruto del esfuerzo individual.

El individualismo como nueva religión frente a “las antiguas formas” de lo colectivo tuvo su propio “meme”, es decir, su forma resumida de transmitirse de manera sencilla. Fue en el discurso de Norman Tebbit, en el congreso del Partido Conservador de 1981, cuando contó que su padre se había quedado sin trabajo, entonces “no fue a provocar desmanes: tomó su moto y siguió buscando hasta que lo encontró”. “Get the bike” se convirtió desde ahí en un símbolo capaz de transmitir esa idea: el desempleo es, antes que un fenómeno social o el resultado de un sistema que no funciona, una responsabilidad individual. Los parecidos con nuestro criollo “agarrá la pala” – un concepto paradójicamente vertido principalmente contra quienes han perdido el trabajo – quedan a cargo del lector.

Si aspiración, meritocracia e individualismo conforman tres patas de una mesa, la cuarta está compuesta por el otro excluido, el que no es capaz de integrarse de manera individual al sistema. En el libro de Jones, los “chavs”. Estos fueron construidos a partir de la ruptura que el discurso que va de Thatcher hasta el neolaborismo de Blair provocó al interior de la clase obrera: la distinción entre los trabajadores con aspiraciones y los que no. Dice Jones: “la noción `con aspiraciones´ frente a sin aspiraciones solo era uno de los modos como el nuevo laborismo intentó explotar las fisuras surgidas en la clase trabajadora durante el thatcherismo. Otro fue ganar el apoyo de lo que los políticos neolaboristas llamaban ´familias que trabajan duro, oponiéndolas a las millones de personas supuestamente ociosas que se beneficiaban deshonestamente de las prestaciones sociales”.

El camino más fácil sería buscar las coincidencias con algunos discursos e ideas que aparecen y moldean nuestras formas de pensar y actuar la realidad cotidiana. Ciertamente las hay. Es un ejercicio legítimo pero quizás no el más rico de todos. Un ejercicio más útil es quizás poder poner en perspectiva cuántas de las cosas que nos atraviesan hoy vienen pre moldeadas, de proyectos políticos anteriores que sedimentan los nuestros.

¿Cuántas de las actitudes sociales que vemos todos los días, que nos aparecen como novedosas, que parecían silenciadas, vienen de ese país que tan bien describe Guillermo O´Donnell en “¿A mi qué me importa?”? Partiendo desde ahí se puede pensar en cómo moldearon después los gobiernos sucesivos, qué cosas constituyeron reglas y cuáles fueron en verdad excepciones. Y entonces pensar cuáles son las que viene a modificar este gobierno, cuáles a reinstaurar y cuáles nuevas a crear.

Sirve plantearse también la cuestión de las concesiones a las demandas de los dominados: un gobierno se explica mucho a sí mismo por cuáles problematiza y cuáles no. Aquellas que descarta son la primera muestra de la ideología de un gobierno pero el ejercicio no termina ahí: hay que mirar también la manera en la que asume, problematiza y resuelve sus demandas. ¿Tener una política de vivienda dice algo sobre el carácter ideológico de un gobierno? ¿O es el significado que ese gobierno le da a esa política de vivienda lo que lo describe mejor?

La caracterización del proyecto político que gobierna no es un simple ejercicio intelectual, es lo que condiciona cualquier tipo de intervención política posterior. Por eso no es lo mismo enfocar en lo que un proyecto político está dispuesto a dar para sostener o incrementar unos privilegios que mirar cuál es la coalición de intereses que lo componen.

Finalmente, la idea de que el proyecto político gobernante simplemente “encaja mejor” con el clima de época no sólo es derrotista sino que inmoviliza. Primero, porque toma como dato de la realidad algo que es una construcción. Y, segundo y más importante, porque normaliza un determinado tipo de politización sobre la idea de ”aspiración”. Todo proyecto político trabaja sobre aquello a lo que los individuos aspiran, la diferencia está en cómo y para quién (y para quién no) son esas aspiraciones. Ese es el centro de algo que no es un escenario quieto sino una disputa. Y la oposición inteligente quizás no está tanto en tomar los mismos sentidos del adversario para intentar reproducirlos mejor sino en disputarlos en sus significados para cargarlos de otro sentido.

Para decirlo más simple: se puede “agarrar la bici” para salir a buscar empleo y resolver un problema de manera individual o se puede agarrar para problematizarlo como un fenómeno colectivo. La cuestión está en quién y para qué agarra la bici.

Mi comentario: Está claro que Mauricio Macri y su proyecto son mucho menos serios que Margaret Thatcher y el suyo. También es evidente que los sectores privilegiados de nuestra sociedad son más “runfla” que sus equivalentes ingleses. Pero… es fatal confiarse en un enfrentamiento en que el adversario es un idiota. Uno siempre puede ser más idiota.


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