Una crisis para Macri

abril 17, 2018

crisis

Tengo que excusarme -otra vez- con esos nobles lectores que se mantienen fieles. Éste no es material propio -sigo sin tiempo libre- y en esta oportunidad tengo algunos prejuicios sobre su autor. Walter Graziano es un economista brillante … con debilidad por las explicaciones políticas “conspirativas” (le pasa a algunos economistas. Nunca a los contadores).

Pero este artículo suyo -la descripción económica de una posible crisis durante la gestión Macri- es razonable y hasta prudente. Coincido con su análisis. Por lo menos en la primera etapa. Que de todos modos es la única que puede ser prevista, hasta cierto punto. En un párrafo breve al final, marco mis diferencias con sus conclusiones.

Me parece significativo, tengo que agregar, que la haya publicado el Cronista, el diario que se esfuerza en ser el medio del establishment financiero (y de los timberos con aspiraciones). Un llamado a la prudencia, tal vez? Ah, la imagen que encabeza este posteo también es del Cronista.

Una crisis económica en la era Macri sería muy diferente a la de 2001

A medida que se produce un deterioro en las cifras del plan económico, con la deuda pública subiendo, la inflación resistente a bajar, las ventas de dólares del Banco Central, la aparición de déficit de balanza de pagos y el fuerte crecimiento en el déficit consolidado del Estado (Tesoro + Banco Central), son muchos quienes se preguntan cómo puede terminar este plan económico si las cosas empeoran.

El recuerdo de la crisis económica de 2001 aún está fresco en la memoria de todos aquellos que perdieron sus ahorros por entero y debieron comenzar de cero. El temor de una repetición de tal crisis es muy fuerte y en cierta manera paraliza el accionar de muchos operadores económicos que podrían consumir o invertir con mayor confianza si no hubiera quedado esa marca indeleble en sus mentes.

Por eso, vale la pena preguntarse: ¿puede ocurrir una crisis similar a la de 2001 si las cosas salen mal? ¿Hasta dónde la realidad puede copiarse a sí misma?

Pues bien, veamos. El actual plan económico se diferencia en varios puntos centrales del que se aplicó durante la década de los 90 y explotó en 2001. En primer lugar, aquel era un plan con tipo de cambio mucho más rígido que un tipo de cambio fijo. Se trataba de un tipo de cambio convertible, o sea, se trataba del único tipo de cambio posible -según las autoridades de aquella época-, a punto tal que tuvo que votarse en el Congreso una ley de intangibilidad de los depósitos “para intentar infructuosamente garantizar a la población que sus depósitos estaban seguros en los bancos y no serían confiscados por el agente económico del cual todos desconfiaban: el Estado.

Pero no sólo el tipo de cambio era fijo y convertible sin poder moverse ni un milímetro: había una gran cantidad de depósitos en dólares (superaban en aquella época los u$s 10.000 millones) con un bajo encaje bancario. Los bancos eran incentivados por las autoridades a prestar todos los dólares posibles y si era a plazos muy largos en concepto de préstamos hipotecarios, mucho mejor.

De esta manera, cuando los capitales dejaron de ingresar masivamente a la Argentina -hacia fines de los años 90- la inercia de dólares abundantes vendiéndose en el mercado local a 1 a 1 se mantuvo durante largos meses dado que quienes tomaban dólares prestados de los bancos, o quienes los recibían tras vender un inmueble, debían venderlos en el mercado para hacerse de pesos.

Fue así que un mismo dólar pasó a tener varios dueños: el tenedor físico del billete y el depositante de dólares en los bancos. Todo esto generó una ilusión, un espejismo de abundancia de divisas que en realidad era falsa. Solo se necesitaba -como ocurrió- la presencia de un abultado déficit de cuenta corriente de balanza de pagos para acabar con ilusiones y espejismos.

De esta manera que cuando sobrevinieron los males, sobrevinieron todos juntos, dado que había una escasez de dólares en todos los sectores de la economía: no los tenía el Estado, no los tenía el Banco Central, no los tenían los bancos, no los tenían las empresas y no los tenían los particulares.

Hoy, las cosas son marcadamente diferentes: no hay un dólar convertible. Ni siquiera hay un tipo de cambio fijo. Aunque el Banco Central interviene, hasta el momento no puede decirse que haya impedido que se manifieste una tendencia del mercado. Es cierto que en marzo le ha puesto un “techo” un tanto caprichoso al valor del dólar, pero no hubo aún un plazo duradero de esa política como para asimilar la actual situación a un tipo de cambio fijo o descendente.

La otra gran diferencia es que si bien hay muchos más depósitos en dólares (superan los u$s 30.000 millones), los bancos sólo pueden prestar las divisas a empresas relacionadas con la generación de dólares a través del comercio exterior. El resto debe ser mantenido como encaje en el Banco Central. En forma preocupante, esta muy sana limitación está siendo cambiada en estos días autorizándose a que los bancos presten los dólares que toman del público al Tesoro, el cual puede pagar sus deudas en dólares con estas divisas.

Esto es algo incipiente y habrá que ver a qué niveles llega. Obviamente, de generalizarse este uso para los dólares depositados en los bancos estaremos frente a una muy mala noticia que puede acercar al sistema financiero algo -nunca lo será del todo- a aquel sistema financiero de 2001.

Entonces, hay dos grandes diferencias: el tipo de cambio se mueve y es flotante en forma “sucia” y los dólares depositados están aún mayoritariamente en forma de encajes en el Banco Central o prestados a empresas que generan dólares. Ello implica que hay varios ingredientes de lo que ocurrió en 2001 que no serían necesarios hoy en día si sobreviene una crisis.

En primer lugar no existiría la necesidad de un corralito dado que los dólares podrían devolverse a los depositantes y los pesos podrían devolverse también sin necesidad de mantener un dólar fijo a ultranza.

En segundo lugar, no sería necesaria la pesificación. En 2001 fue necesario convertir las deudas en dólares a deudas en pesos para que las mismas pudieran pagarse y además porque no estaban los dólares que no podían devolverse. Hoy una pesificación no sería necesaria ni siquiera en una profunda crisis: no hay créditos en dólares que devolver.
En tercer lugar, un default de la deuda pública no sería un hecho seguro si sobreviene una crisis. Ello sólo sería inevitable si se cortan todos los lazos financieros con prestamistas externos e internos y, sobre todo, si se avanza en la peligrosa tendencia a que se usen los depósitos en dólares que están en los bancos para pagar deudas del Tesoro.

En síntesis, una crisis económica en la era Macri, aún una crisis profunda, probablemente constaría de una fuerte devaluación del peso y un incierto grado de disponibilidad de divisas, que, según la situación puede ser más o menos amplio. Pero hay que olvidarse del corralito, de la pesificación y hasta cierto punto, de un default”.

Este análisis de Graziano es -en líneas generales, las únicas posibles en una situación cambiante- correcto. Sólo me siento obligado a observar lo que dice en el último párrafo “Hay que olvidarse de…”. Todo lo que puede afirmarse es que esas medidas no serían, al presentarse la posible crisis, necesarias.

Pero siempre tengo presente una frase atribuida a Einstein “Sólo conozco de dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy tan seguro”.

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China, Brasil y Magnetto: Socios incómodos

marzo 12, 2018

Para evitar malas interpretaciones, será mejor que aclare al comienzo que China y, sobre todo, Brasil son socios incómodos pero necesarios de Argentina. Mientras que a mi colega y el Grupo Clarín los considero socios necesarios pero aún más incómodos del gobierno de Macri.

Me lo recordó la lectura, esta semana pasada de la columna de Alcadio Oña. Muy dura y más triste todavía, no importa lo que diga Serrat, porque es verdadera. Mi comentario, breve, al final.

“Cada vez que alguien habla de vestirse a buen precio se piensa en un complemento cantado de las vacaciones en Miami o en los (ya viejos) tour de compras a Chile. Error: sería mejor correr el foco hacia China; decididamente y sin necesidad de un carísimo viaje a Beijing.

Según un informe de la Cámara Argentina de la Indumentaria basado en cifras del INDEC, la ropa que llega con ese sello de origen tomó hace rato forma de aluvión y tanto que, durante los últimos diez años, su presencia en el mercado local saltó del 40 al 70%. Proporcionalmente, varios puntos más que el 41% que arroja el promedio mundial.

La importación de textiles a bajo costo es nada o casi nada comparada con las de maquinarias y equipos, a las que con razón suele calificárselas de inversiones productivas, aunque también podrían ser vistas como ausencia de producción nacional.

Claro que siempre es útil calibrar los múltiples impactos sectoriales encadenados en cada caso. Con la indumentaria, a las empresas locales les toca pérdida de mercado en grande frente a compras al exterior que, medidas por su volumen, crecieron 104 % en enero respecto de enero de 2017. Competencia claramente desigual, quizás competencia desleal, tiene la palabra la Secretaría de Comercio.

Los textiles son apenas una muestra de esa particular sociedad comercial que la Argentina ha articulado con China, una manera de llamar a lo que en verdad significa una asociación muy despareja, de una sola mano.

Por años y hasta fines de 2007, el comercio bilateral cantó superávit argentino. La ventaja terminó ahí, porque a partir de entonces el contraste entre importaciones y exportaciones que marchan a velocidades muy diferentes derivó en un violento cambio de las cuentas. Y el superávit mudó a un déficit impresionante: desde 2008, China acumula una ganancia de US$ 43.000 millones.

Y sigue viaje por la ruta de una sola mano, pues las compras argentinas al coloso asiático ya pasan de largo a las concretadas en toda la Unión Europea: 28 países juntos, incluidos Alemania, Gran Bretaña, Francia, España e Italia. También superan a las que se focalizan en el Nafta, con Estados Unidos adentro.

Desde luego la culpa de una relación tan desigual no es toda de Beijing, que valiéndose de su desarrollo, de su envidiable red comercial y del precio de sus bienes, captura cuanta oportunidad tiene a tiro sin importar dónde está. Experiencia para combinar operaciones tampoco le falta, incorporada la variante de atar inversiones propias a negocios propios. Todo obviamente de su interés.

Son parte del escenario común los bienes que se intercambian. Lo que llega de China es pura industria, puro valor y trabajo agregados. De aquí van centralmente productos del complejo sojero, lo cual equivale a decir escaso valor y trabajo directo agregados.

Parecida en algún sentido y diferente en otros es la relación comercial con Brasil. Cada vez que la economía del gran socio del Mercosur levanta, acá vuelan las expectativas y sobre todo las de los industriales: cerca del 70 % de las exportaciones que cruzan la frontera son productos manufacturados.

Allí las proyecciones privadas para este año le anotan crecimiento del 2,8 % al PBI; del 3,5 % a la industria y del 5 % al consumo.

Son datos alentadores, tras un rebote económico de apenas 1 % en 2017. Y lo son, especialmente, después de dos años previos de una recesión sin precedentes y de un desplome industrial nada menos que del 18 % entre 2014 y 2016.

La cuestión pasa por saber hasta dónde Brasil tomará por un camino que luce previsible, viniendo de esos sacudones: buscar que sean sus empresas las que aprovechen la recuperación y capitalicen la mayor demanda interna. Subordinadas al supuesto, corren las perspectivas argentinas.

Un dato esperanzador fue que en febrero, por primera vez en trece meses, las ventas a Brasil superaran a las importaciones desde Brasil. Se verá si se trata de una tendencia, aunque medido en dólares el intercambio muestra un rojo que orilla los 1.200 millones para el bimestre.

Está claro que así el horizonte pinte mejor, nada garantiza resultados definitivamente provechosos. Como lo prueba una extensa serie estadística del Ministerio de Comercio Exterior brasileño.

Cuenta que desde 2003 el saldo a favor de ese país ya trepa a US$ 49.700 millones. Casi no hace falta agregar que durante semejante período en la economía del vecino convivieron buenas y malas, ni decir que acá las buenas sembraron bastante poco.

Brechas enormes en las escalas de producción, productividad, competitividad y tecnología explican, entre otros factores, por qué a la Argentina le va cómo le va con China y, en buena medida, también con Brasil.

“Durante los últimos diez años se destruyó en el país la cultura exportadora”, sostiene el ministro de Producción, Francisco Cabrera. Pero aun cuando la mención a los diez años apunte directo a la era kirchnerista, los últimos dos tocan a Cambiemos. Y si exportar implica, como implica, inversiones, crecimiento y dólares imprescindibles, la pelota está picando en el campo del Gobierno“.

Está claro que esta columna forma parte de los correctivos que cada tanto el Grupo decide aplicarle al Mauricio. Porque empieza con los números de la industria textil, a la que ya Roberto Lavagna, cuando era Secretario de Industria y Comercio Exterior en los tiempos de Alfonsín, consideraba inviable. Desde entonces, ningún gobierno alentó y casi ningún empresario decidió hacer las inversiones y reformas necesarias para producir para en nichos de calidad. Como las hizo hace mucho Italia, cuyos costos de mano de obra y materia prima son bastante más altos que los argentinos. Para un mercado masivo, es difícil competir con los chinos…

Esto es una disgresión. Nostalgia de debates en la comisión de Comercio Exterior del Consejo Profesional, en los ’80. El déjà vu argento.

Pero en realidad, la nota apunta al problema central de la estructura económica argentina, que no es original de este gobierno, por cierto, aunque sí lo agravó aferrándose a la superstición de la apertura comercial y los estímulos a los inversores.

Es, irónicamente, un problema que muchos países quisieran tener: grandes ventajas naturales en el agro y algo menos en la minería, más una población mediana -40 y algo de millones no son pocos, aunque escasos para el territorio- que en su gran mayoría tiene expectativas y exigencias de clase media. Más una base industrial deteriorada y desactualizada en su mayor parte, pero con capacidad de incorporar tecnología. Como lo hizo, justamente, el agro, entre 1960 y la actualidad.

Todos esos dones exigen, eso sí, un Estado capaz de planificar y equilibrar. Y algo de una virtud anticuada: patriotismo. El problema viene de muy atrás, y está contado en viejos romances: “Que buen vasallo fuera  Si buen señor hubiera”.


Estamos mal pero vamos peor

marzo 10, 2018

Corregí un poco la recordada frase del inolvidable Carlos Menem, y créanme, sin mala onda. Siempre hago notar a los que me consultan que -no importa la sinceridad y convicción ideológica con que se plantee la cosa- los votantes no van a tomar bien que les digan que van a sufrir mucho, en merecido castigo por haber votado algo tan horrible como el gobierno actual. Pueden decidir votar a alguien que no les amargue, todavía más, la vida.

Pero a un blog con tanto material político como este, no entra nadie que no tenga ya su inclinación definida. Así que puedo señalar tranquilo algunos nubarrones que ennegrecen todavía más el panorama.

La situación de la industria la indica, con datos oficiales, el oficialista diario La Nación, informe que reproduce el peronista blog Hel-echo maldito: “Las fábricas argentinas están utilizando una pequeña porción de su capacidad de producción, por lo que no tienen estímulos para invertir en la expansión de su negocio“. Léanlo: tiene bonitos gráficos.

Me dirán que eso era previsible. Y que, hasta cierto punto, puede ser compatible con el proyecto, si alguno, de Cambiemos. Es posible. Pero… esta semana encuentro en AgroVoz, un portal serio del sector y casi más pro agro que La Nación:

Cosecha derrumbada por la sequía: ya son 20 millones de toneladas menos que el año pasado

Sin lluvias en las principales zonas productivas de la Argentina, el desplome de la cosecha por la sequía es cada vez más grande y comienza a ubicar a esta campaña como una de las peores de la historia.

En dos semanas, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires ya redujo en cinco millones de toneladas su pronóstico para la soja: este jueves, el Panorama Agrícola Semanal (PAS) estimó 42 millones. Hace una semana, había proyectado 44 millones; y la anterior, 47 millones.

Debe recordarse que la previsión inicial, en noviembre, era de 54 millones de toneladas para este año.

El maíz no escapa a esta tendencia: el nuevo cálculo de la entidad porteña es de 34 millones de toneladas, tres millones menos que la última estimación y siete millones por debajo de los 41 millones proyectados inicialmente.

Es decir que, en total, al día de hoy se prevén 76 millones de toneladas entre soja y maíz; 19 millones menos que las 95 millones de noviembre, y más de 20 millones por debajo de las 96,5 millones cosechadas en el ciclo 2016/17 (57,5 millones de soja y 39 millones de maíz)“.

Cálculos hechos en el reverso de sobres en la Comisión de Economía del PJ, indican que el efecto negativo sobre el PBI llegaría a un 1,5%.

Y mi reflexivo amigo, el economista Roberto Pons, señaló “Esta situación merece dos reflexiones: una estructural económica y la otra cultural. Primarizar la economía no sólo significa condicionar el desarrollo de una sociedad moderna sino que hace más vulnerable el resultado económico año a año. Los países monopendientes de productos agrarios sufren inestabilidad de precios y azarosos resultados de la naturaleza.

Segundo, si proclamamos que al campo hay que dejarlo en libertad con precios de mercado internacional, también deberíamos dejarlos librados al azar de los climas y a la volatilidad de los precios internacionales. Esta última contradicción no es de nosotros, peronistas, porque entendemos que la intervención pública es inherente a la política económica para buscar los equilibrios virtuosos entre producción, distribución, consumo y exportación en una economía compleja“.


¿Pero cómo? ¿Todo lo que explicó Milton Friedman?

marzo 9, 2018

macri bonelli

Leemos en la columna de los viernes del ultra oficialista (de Magnetto) Marcelo Bonelli:

Mauricio Macri volvió a atacar a los empresarios. Lo hizo en privado y frente a sus ministros. Esta vez los responsabilizó por el problema de la inflación.

Según fuentes oficiales, el Presidente enfatizó:

Calculan sus costos, no pelean y le incluyen al producto el alza salarial que les pide el sindicato. Ponen la ganancia que quieren y así fijan los precios.  Trasladan todo el problema al consumidor.

De esta forma, verbalizó por primera vez una acusación que repite hace meses: que los hombres de negocios no ayudan a quebrar la inercia inflacionaria.

Traducido: son responsables de la inflación. Un argumento que ya había utilizado el gobierno de Cristina Kirchner“.

Es doloroso pensar que nuestro presidente, hombre culto si los hay, ha decidido ignorar la sabiduría de la síntesis neoclásica (sintetizada por los columnistas de los medios). Que diga si es kirchnerista.


Macri, Adam Smith y el “círculo rojo”

marzo 7, 2018

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Aquí les acerco -me lo envió Julio Amoedo-  un artículo sobre economía de Andrés Ferrari, que es profesor en la Universidade Federal do Rio Grande do Sul, y razonablemente progre. Es informado y válido, cómo no. Pero no es el motivo por el cual lo publico.

Me resulta significativo que lo publicara hoy El Cronista, que se esfuerza en forma consistente por ser el diario económico del establishment argentino. Es un esfuerzo -muy menor, no me queda tiempo para el blog- para señalar que existen serias tensiones en el poder económico local (y en las sucursales locales del transnacional) entre sí y con este gobierno.

Ninguna de las partes tiene la superstición de la intransigencia verbal. Se reúnen y negocian (El Mauricio convocó para el lunes próximo a la cúpula de la UIA, dicho sea de paso). Pero los conflictos de intereses y proyectos son muy reales.

Y cualquier alternativa realista de gobierno debe incluir acuerdos con algunos de los sectores de ese poder económico (La mayor o menor apertura del mercado interno es uno de los temas claves). Eso lo tiene perfectamente claro toda la dirigencia peronista (anche Cristina) y en la Comisión de Economía del PJ. Consideren esto como un aporte destinado a la militancia digital.

El presidente Mauricio Macri se muestra urgido en firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Hay una curiosa inversión de roles: fueron los europeos que comenzaron a ofrecer el acuerdo, ahora es Macri quien los quiere convencer de que el mismo sería benéfico para ambas partes.

En diálogo con su par francés Emmanuel Macrón, representando a los europeos, Macri buscó dar confianza que ahora que la Argentina dejó atrás “el experimento populista” existe un marco institucional sólido para las inversiones externas. Sin embargo, el acercamiento europeo por ese tratado, surgido a inicio del siglo, tomó fuerza hace unos cinco años en pleno apogeo de lo que Macri denomina “experimentos populistas” en el Mercosur –en particular en Brasil, que es dónde realmente apuntan los intereses europeos. Si la cuestión fuese el “régimen político” en el Mercosur, ¿cómo se explica la insistencia europea por el acuerdo a lo largo de esos años, y el desinterés actual?

Evidentemente, lo definitorio no es “el marco institucional”. Las negociaciones de libre comercio siempre son un juego de conseguir que el otro abra su economía lo máximo posible mientras uno acepta abrir la propia lo menos posible. Además, lo que se propone es que el otro abra, fundamentalmente, los sectores donde se tiene la seguridad de tener ventajas productivas. Con la Unión Europea, los problemas se dan en su sector agropecuario. Aunque Macron se define como un defensor del libre mercado y no deja de predicar un mundo abierto, pone por encima de su fe doctrinaria, no renunciar al cierre de carne argentina y evitar que unos 30.000 franceses pierdan sus trabajos. El mandatario francés optó por no inmutarse con la rimbombante fraseología del nuestro, que lo urgió a “no desperdiciar esta gigantesca oportunidad”, y prefirió ponerle a Macri las “líneas rojas” que marcan los límites de la negociación. A Macri, quien llegó a declarar entusiasmado de estar a 24 horas del acuerdo, le restaron las frases consuelo del francés.

¿A qué se debe que las expectativas de Macri no se realizaron? Probablemente a que su confianza en los manuales de economía de libre mercado es tan grande como su desconocimiento de la historia del libre mercado –característica común de los formados en esa línea económica, que pretenden hacerla una ciencia “dura” a través de la complejidad matemática, sinconsiderar los aspectos político-sociales históricos.

Para estos “científicos”, la historia económica más o menos comienza con una suerte de visión que tuvo Adam Smith al exponer “la mano invisible” mediante la cual el mercado, si es libre para actuar, llevaría todo a buen puerto. Pero su famoso libro sobre la Riqueza de las Naciones es de 1776. Debemos considerar los dos siglos anteriores en los cuales Inglaterra pasó de un casi insignificante reino de la casi insignificante Europa occidental a ser una isla que dominó los mares y produjo la revolución industrial. Ciertamente, esa transformación inglesa no fue por el libre-mercado.

De hecho, el propio Smith, en esa obra suya tan aclamada como no leída, afirma que las Leyes de Navegación de Cromwell de 1651, que sentaron las bases del mercantilismo inglés, son las leyes más inteligentes de todas las regulaciones comerciales inglesas, porque la defensa es más importante que la opulencia. Claro que Smith afirma que, si no existiera la necesidad de defensa, esas leyes perjudicarían el resultado benévolo de la mano invisible. Pero la necesidad existió, y sobre esas leyes Inglaterra derrotó en tres guerras navales el dominio marítimo mercantil holandés, creo sus primeras colonias comerciales de verdad en el Caribe, doblegó al Imperio Español obteniendo el derecho a vender esclavos africanos en las colonias hispánicas (Asiento) en 1713 y firmó el famoso acuerdo comercial con Portugal de 1703. Así, tomó musculatura para dar impulso a su desarrollo económico –que en esa época no era en nada industrial – y ya sin depender de una política corsaria a buques españoles. Así, junto a la defensa, vino el comercio extraído a sangre, sudor y lágrimas a otros –que también lo obtuvieron a sangre, sudor y lágrimas.

Como Adam Smith no comía vidrio, en ese mismo laureado texto, trata sobre el conflicto del momento de Gran Bretaña con sus colonias norteamericanas. Tras efectuar un análisis de que eran más un costo que un beneficio económico mantenerlas como tal, propone separarse como “buenos amigos”, firmando un tratado de libre comercio… Así, el Reino Unido podría librarse de los gastos y mantener los beneficios mercantiles. Pero, antes, afirma que proponer que su país abandone las colonias voluntariamente y deje que elijan sus propios mandatarios y leyes para definir guerra y paz como consideren mejor, sería proponer “una medida que nunca fue ni será adoptada por ninguna nación en el mundo”. De hecho, como las colonias –es decir, Estados Unidos– no aceptaron la gentil propuesta del padre del libre mercado, fue por la guerra que finalmente en 1783 los británicos aceptaron a regañadientes otorgarles la libertad política sin compromisos mercantiles “mutuamente benéficos” atados.

El disgusto británico no impidió que tomaran a pecho las enseñanzas de Smith y pasaron vociferar a cuatro vientos los beneficios para el mundo del libre mercado, particularmente después de la caída de Napoleón en 1815. No obstante, guardaron para sí la parte más sabia: que la defensa es más importante que la opulencia y recién derogaron las mercantiles Leyes de Navegación en 1849, poco antes de establecer formalmente el Imperio Británico en 1858, retirándole a la Compañía mercantil de las Indias Orientales el control político de la India –la joya de la corona. Gran Bretaña comenzaba a ser la “fábrica del mundo”, luego que el dominio sobre la India hizo que la sofisticada industrial textil de ésta –cuyas prendas eran parte de El Dorado que motivó la arriesgada travesía de Colón en primer lugar– fuera transformada en mera producción barata de materia prima para la industria textil británica, juntamente con la producción esclavista de las plantaciones algodoneras del Sur de Norte América. Ese flamante Imperio formal se extendería hasta abarcar casi un cuarto del territorio mundial en la entre-guerra –sin contar con su no menos importante “Imperio Informal” a la Smith, que cuenta además con nuestra honrosa participación– y sólo concluyó tras haberse retirado de Hong Kong en 1997. Así, es que se fue construyendo supuesto el libre mercado británico.

El economista alemán Friedrich List expuso en la primera mitad del siglo XIX que el discurso de Adam Smith, al que llamó rector espiritual de la ideología del libre mercado, escondía más que mostraba el desarrollo y funcionamiento del supuestamente superior sistema económico británico. Explica que el objetivo de Smith apuntaba al libre comercio de productos británicos que impedían que otros países alcancen igual grado de desarrollo. Lo considera tan confuso que pareciera que el principal objetivo de Smith, no es iluminar a las naciones, si no confundirlas para el beneficio de su país. Sus palabras fueron dichas en 1827 en Filadelfia durante una estadía en las ex colonias que no aceptaron separarse como “buenos amigos” bajo un tratado de libre-comercio. Al ver cómo la joven independiente Nación rechazaba el discurso inglés de libre mercado y se desarrollaba a pasos gigantescos, concluyó que frente a la noción escolástica del saber económico de los manuales, el mejor libro que se podía leer sobre economía era la vida misma: es decir, la historia real del libre mercado –justo lo que parece le está faltando a nuestro Presidente para no ver sus ilusiones frustradas por las líneas rojas de predicadores no-practicantes. Quizás ahora que Macrón le dijo que no, Macri tendrá tiempo para hacer un catch-up“.


Más sobre el campo argentino, ancho y globalizado

febrero 26, 2018

matrero

Un ingeniero agrónomo, que usa el nic Evaristo Bermejo, mandó esto (prefiere el anonimato, aunque su estilo sea reconocible). Suma a los comentarios del posteo anterior, pero hay otro motivo por el que lo copio aquí: permite notar la diferencia que hay entre las opiniones (acertadas o no) del que trabaja en el tema y el que no.

“En la macro ruralidad / agroindustria la cosa sigue su curso normal como lo viene haciendo hace décadas, en donde los gobiernos tienen poca injerencia y el sector privado / china / eeuu / la fusión monsanto-bayer marcan la cancha – ponen los jugadores, la pelota, el estadio, y el árbitro es estatal… pero la hinchada, ay, la hinchada, llena de negros, es argentina.

Los cereales van por ese camino, lo que mejoró fue la ganadería / vacas (desde 2013 hasta la actualidad); en la micro ruralidad, lo que se mantiene o bajó / disminuyó (en productividad / rentabilidad / empleo / bienestar general) fue la fruticultura, ganado menor -excepto cerdos / pollos, que por tendencia mundial, aumenta-, horticultura, cultivos regionales, tambo, etc.

La metal mecánica, fabricación maquinaria, también bajó (aumentó importación).

Este gobierno mejoró algunas cuestiones burocráticas de tramiteríos y allanó el entrismo de las tendencias mundiales en agroindustria; para los pequeños / medianos productores, solo dejó en pie un mecanismo de asistencia monetaria / herramientas, vía prohuerta-desarrollo social-stanley-ala papista/bergoglista; y en materia de asistencia técnica, planchó al INTA / SENASA / SAF / INTI / colegios agrotécnicos y se hace lo mínimo.

Es decir, se abona el terreno para primarizar el campo argento, el autofinanciamiento / autogestión, que cada uno gane lo que deba ganar (ni un peso más, ni una ventaja / ayuda más), y ya se empiezan a ver varios caídos al costado del camino -economías regionales, pequeños y medianos productores; los buenos técnicos estatales están de manos atadas o van migrando al sector privado; de ahí que la FAA, algunas cooperativas, el sindicalismo, estén alertas y con mínimas iniciativas de resistencia y propuestas – son los pasos del pueblo.

 Sin duda alguna, que, desde este sector, con esos protagonistas y el agregado de otros (empresariado nacional, peronistas, universidad) tendremos que proponer / construir / concretar una ruralidad inclusiva, tecnologizada, diversificada, de mayor bienestar general, a tono con la revolución 4.0, las cuestiones de igualdad de género, producción de alimentos -no materia prima-, geopolíticos, alianza estratégica entre empresariado nacional (alguna multinacional sensata) con el estado (inta/inti/ypf/senasa) , algo de la mesa de enlace, asociaciones de productores, sector educativo y bla bla… pero sencillo, efectivo y concreto”.


Clarín no siempre miente. Te la vende cambiada

febrero 26, 2018

granos

Los peronistas que se incorporaron a partir de los enfrentamientos de 2008, y bastantes militantes veteranos también, me mirarán con desconfianza cuando lo confiese. Pero soy un lector frecuente de Clarín Rural, y de las notas de Héctor Huergo en particular.

Es que encuentro positivo que el Grupo tenga algún proyecto vinculado a la economía real, la producción, y no se limite a buscar formas de sacarle prebendas al Estado. En cuanto a este sector en particular… es cierto que los “chacrers“, como los llama Huergo, son individualistas y cerrados en sus intereses inmediatos, aún para el estándar del empresario argentino. Pero es un sector que incorpora nuevas tecnologías en su actividad, en forma consistente, durante el último medio siglo. Y ha transformado -para bien y para mal- la ruralidad.

Y, al fin de cuentas, es el que produce las divisas que permiten funcionar a todos los otros sectores. Uno simpatiza con la militancia política en su identificarse y luchar por algo más grande que su pequeño mundo personal, pero… no los veo cosechando el poroto de soja, qué quieren que les diga.

Hago esta confesión para agregar otra. Aunque leo Clarín Rural -y creo que hace falta una publicación que abarque también las otras ramas de la producción- no me di cuenta como estaba, está, vendiendo cambiada la realidad del agro. Hasta que los amigos de CANPO me lo hicieron notar. Y no estoy hablando de las producciones regionales, de la leche… las tragedias conocidas. No. Me refiero a la Zona Núcleo, la parte competitiva de Argentina, adonde apuesta, si apuesta a algo, el experimento macrista.

Vean como ejemplo esta noticia central de la semana pasada en Clarín Rural. El título es bien pum para arriba:

El agro, en el podio: el campo exportó en 2017 los tres principales productos en Argentina

Y el primer párrafo mantiene el aire triunfal:

La harina de soja alcanzó los U$S 9.300 millones. Por detrás, se ubicó el maíz, con embarques por U$S 3.822 millones, y el aceite de soja (englobando tanto el refinado como el bruto) ocupó el tercer lugar, con U$S 3.725 millones“.

Luego, después de imágenes y enlaces, vienen las pálidas:

Las menores compras de poroto de soja por parte de China se hicieron sentir, haciendo que el valor FOB de las exportaciones del poroto bajaran un poco más del 15 % a U$S 2.718 millones. Esta menor compra de China se da por una cosecha récord de Brasil que terminó captando mayor proporción en las compras del gigante asiático”, explicaron desde la Bolsa de Comercio de Rosario.

Hablando específicamente de la harina de soja, en el 2017 se exportaron un total de 30,3 millones de toneladas, registrando una caída del 2,9 % respecto de las 31,2 millones de toneladas del año 2016, según datos del INDEC.

Los menos envíos en cantidad (sic) coincidieron con un menor monto total en dólares debido a que el precio promedio FOB de harina de soja descendió a U$S 307 por tonelada (5,8%). De esta manera, el total del año 2017 descendió un 8,9 % a U$S 9.300 millones de los U$S 10.200 millones que se habían exportados en 2016.

Según explicaron desde la Bolsa rosarina, la caída en la harina de soja se dio por los menores precios internacionales y la caída en la cantidad exportada que fue de 900.000 toneladas en relación al 2016. “Márgenes más ajustados en 2017 para este sector y mayores exportaciones que lo habitual en los meses de enero, febrero y marzo de 2016 explican la caída”, reconocieron desde la entidad“.

 Como los productores rurales no van a perder ninguna ocasión de llorar la carta -al igual que todo empresario que no esté colocando acciones de su compañía- resulta evidente que Clarín Rural, más que los intereses de su público, privilegia su alianza con el gobierno ¿Qué estarán negociando?

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