Una invitación

diciembre 13, 2018

A pesar del abandono en que tengo al blog, pienso que corresponde acercar también por aquí esta invitación. Para este martes 18, a partir de las 15 hs. en el 1° piso del Hotel Castelar, Av. de Mayo 1152, C.A.B.A.

Es parte, obvio, de la rica vida interna del peronismo, o del Movimiento Nacional, como lo llamábamos en otro tiempo. Es una convocatoria dirigida al sector empresario, y desde él, como se ve por los firmantes. Y también es un posicionamiento en un debate clave, que será decisivo cuando, y si, este experimento macrista termina mal.

Ya figura en el texto de la invitación: “las necesarias consistencias macroeconómicas que permitan, en un entorno de superávits gemelos…“. Los superávits gemelos, el comercial y el fiscal, fueron un dato básico en los primeros años de Néstor Kirchner, y en la salida de la Crisis del 2001/02, y ese rol positivo es más o menos reconocido por todos los economistas locales. Aunque pocas veces en público.

Pero como proyecto hacia el futuro, obtener un superávit fiscal es un objetivo cuestionado. Por los progresistas, que lo asocian con el ajuste y la reducción del gasto público. Por los “liberales”, que lo asocian con altos impuestos. Moreno lo defiende como una ancla contra la inflación, imprescindible en una economía bimonetaria, la nuestra (el peso como instrumento de cambio/el dólar, de ahorro).

Es cierto que las otras anclas que se han usado: la recesión, ahora; dejar atrasar el valor del dólar, como en varios momentos de nuestro pasado cercano, llevan al desastre.


El plan de Scrat para la economía argentina

octubre 1, 2018

Como algunos de ustedes -pacientes navegadores de un blog en pausa- saben, una buena parte de mi tiempo está dedicada al proyecto AgendAR. Y como era previsible, ahí vuelco a veces mi compulsión por pontificar.

Copio un muy reciente artículo mío ¿Cuánto dura la “era del hielo” de la economía argentina? en este blog bastante politizado, por una opinión que reiteré muchas veces aquí: El destino inmediato de un país mediano, alejado de las zonas calientes (en guerra) del globo, se juega en el acierto o error de sus políticas económicas.

Esto vale para el anterior gobierno de Macri, para el actual del Fondo Monetario, y -tenerlo muy presente- para el próximo gobierno también.

“El nuevo experimento para controlar el precio del dólar -en realidad, la inflación, el síntoma más claro, persistente y enloquecedor de los problemas de la economía argentina- fue anunciado con claridad por la nueva “pareja estrella” del manejo de las finanzas locales.

El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, dijo en la conferencia de prensa en Nueva York, donde se anunciaba el nuevo acuerdo con el FMI: “Se reforzará el compromiso del Banco Central con la reducción de la inflación. El Banco Central adoptará un régimen de política monetaria más contundente, en el cual se hará un control estricto sobre el crecimiento de los agregados monetarios”.

Y el nuevo presidente del Banco Central, Guido Sandleris, lo reiteró luego en otra conferencia de prensa: “El régimen de metas de estos dos años no dieron los éxitos esperados. Necesitamos herramientas más potentes, necesitamos un ancla nominal, un ancla simple y contundente. Un control sobre la cantidad de dinero de la economía. Medidas para que la base monetaria crezca 0 % de acá a junio de 2019”.

Corresponde decir que en la elección de esta herramienta al menos, es probable que la iniciativa haya sido local y no de los técnicos del Fondo. Un régimen de agregados monetarios es la herramienta más elemental, “rústica”, de política monetaria. A la que recurrimos cuando otros métodos más sofisticados, en uso en muchos países, no han funcionado. Y no hay, ni por muy lejos, los dólares suficiente para intentar dolarización o “convertibilidad”.

(De paso, como se dijo otras veces en AgendAR, confiar en las “metas de inflación” fue una muestra combinada de dogmatismo y copia ingenua del “primer mundo”. Le funcionan bien a la Reserva Federal, que debe lidiar con una “amenaza inflacionaria” del 4% anual, usando variaciones en las tasas de 0,25%. Subir las tasas al 65% y esperar que funcione… son cosas del “mejor equipo de los últimos 50 años”. No sólo de ellos, es cierto).

Entonces, conviene tener claro que la herramienta fundamental en esta etapa no son las bandas de flotación -cuyo techo ya se pondrá a prueba en las próximas semanas- sino el régimen de agregados monetarios.

¿Y qué es eso? “Agregado monetario” se le llama, simplificando, al total del dinero en circulación más los depósitos a la vista y a corto plazo en los bancos y otras instituciones financieras. Los conceptos Base monetaria, M1, M2 y M3 son importantes técnicamente pero no cambian lo fundamental.

El esfuerzo, en este experimento, será en evitar que el dinero emitido por el Estado que entra en circulación a través del pago de sueldos, jubilaciones, planes sociales, pago a proveedores y -sobre todo- pago de intereses de sus deudas sirva para comprar dólares o -que en este plan tiene el mismo significado- convalidar la inflación comprando productos, ya sean suntuarios, medicinas o alimentos.

Como recién sintetizó Nicolás Dujovne: “Si no hay pesos, no hay con qué comprar los dólares”. Podría haber agregado, si ya no fuese demasiada franqueza: si no hay pesos, no hay con qué comprar las necesidades de la existencia. Eso detendrá la inflación.

Las formas de evitar que el dinero emitido circule son dos. Una para los de abajo: los que reciben sueldos, jubilaciones,… Es el ajuste. Otra, para los que son acreedores del Estado, como bancos, fondos de inversión (gente muy sensible, como se sabe, y que además puede llevar su dinero afuera, y lo hace): es subir los encajes bancarios y ofrecer tasas altísimas para que le sigan prestando a este gobierno.

¿Funcionará? Es inevitable dudarlo mucho. Ya trabajos de Calvo (en 1999) y de Vegh y Reinhartd (en 1994) mostraban que donde se aplicaron programas de estabilización basados en agregados monetarios, invariablemente no sólo son, obvio, recesivos, sino que tardan mucho tiempo en actuar. Por algo se dejaron de usar en casi todos los países.

(En las redes sociales, el profesor Jorge Carrera da una descripción breve y muy clara de este mecanismo).

En cualquier caso, la economía argentina es un animal complejo y muy distinto de los modelos simplificados que aparecen en los libros de texto. Aún los de la Universidad de Chicago.

Ante todo, es bimonetaria. A un grado casi único en el mundo. El peso es la moneda de cambio. El dólar, la reserva de valor. Nadie que puede ahorrar ahorra en pesos. Lo hace en bienes físicos, desde inmuebles a soja almacenada, o en dólares. El peso es para gastar o para especular con las tasas, y la gestión Macri ha incentivado esto último a límites patológicos.

Es difícil -y por cierto está más allá de mi capacidad técnica- precisar cómo interactuará esto con el plan Lagarde-Dujovne. Lo seguro es que no lo hace más previsible.

Otro elemento importante que complica el cuadro es el alto porcentaje de la actividad económica no registrada, “en negro”. Entre los países desarrollados, sólo Italia se acerca al nuestro. Y la economía italiana tampoco es muy previsible que digamos.

Un dato también decisivo -no sólo en esta coyuntura, sino para cualquier plan económico- es el grado de extranjerización de las empresas locales. Una mayoría de las más grandes son simplemente filiales del exterior. Eso hace que no tengan observaciones serias a esta política. Pero también hace que las decisiones de irse del país o reducir sus operaciones se tomen con gran facilidad. Un plan recesivo -salvo para los que son simplemente extractivas- las lleva a “bajar las persianas” rápidamente. Lo están haciendo.

Pero creo que el factor fundamental que condena al fracaso a este plan es el mismo que ha derrotado a todos los intentos anteriores en los últimos 50 años, desde el de Krieger Vasena (más inteligente que el actual, por cierto) al de la Alianza: la sociedad argentina es compleja.

Un esquema de “pobres y ricos”, grato a las simplificaciones políticas, simplemente no tiene que ver con nuestra realidad. Aún los actores económicos más importantes tienen intereses diversos y contrapuestos. Una parte muy poderosa de ellos obtiene sus ingresos del Estado, directa o indirectamente, y resistirán cualquier ajuste que los afecte. La legendaria “Patria Contratista”, de cuyas filas surgió el actual Presidente, es sólo el caso más notorio.

Otros grandes intereses están vinculados a la exportación -no tendrían, en principio, muchas objeciones a un plan como éste- pero también existen los que necesitan del mercado interno. Es decir, de la capacidad de compra de la población.

Igual, con un número manejable de actores poderosos, ¿mil?, las contradicciones pueden resolverse. O imponer un “acuerdo”. Pero en nuestro país hay también una numerosísima clase media acomodada que en buena parte ha internalizado el discurso de “hay que pagar la fiesta” y “el Estado tiene que disminuir sus gastos”… siempre y cuando no se afecten sus ingresos. Y su nivel de consumo es mucho más gravoso para la economía -especialmente por su componente de insumos importados y regalías- que el de los sectores más humildes.

Y la otra característica argentina que es imposible dejar de lado es la existencia de un sindicalismo todavía poderoso. En realidad, un trabajador “en blanco”, sindicalizado y con obra social, hoy es por sus ingresos un miembro de las clases medias. Luchará para no dejar de serlo.

El manejo del Estado es una herramienta muy potente en nuestra sociedad. Un gobierno igualmente decidido y más competente que éste podría superar alguno de estos obstáculos. Todos ellos, en el año escaso que le queda hasta las próximas elecciones presidenciales…”¡olvídalo, chico!”, dirían en una de esas viejas series dobladas.

La solución de los graves problemas en que nos ha metido / agravado esta gestión requiere, como mínimo, de un acuerdo entre las grandes empresas, los trabajadores y el Estado; además, naturalmente, de un manejo fiscal prudente. Requiere, entonces, de otro equipo económico, de otro gobierno y de otra coalición política y social que lo apoye”.


El libro de Sebastián Carbonetto

agosto 23, 2018

Hoy a las 18 hs. mi compañero y amigo Daniel Sebastián Carbonetto Kölln presenta su libro “Lineamientos para una economía política heterodoxa”. Lo hace en el PJ porteño -otra institución “en pausa”- en San José 181.

Es un poco tarde para avisar desde el blog. Uno que también está “en pausa”, además. Pero no quise dejar de reconocer un hecho poco habitual.

No es raro como acto militante. Seguramente es el aspecto más importante para Sebastián, que, como su hermano, sigue los pasos de su padre, Daniel Carbonetto, uno de los que dio sentido a la frase “economista nacional y popular”. Lo presenta en la sede del PJ, con prólogo de Guillermo Moreno…

Pero aquí ya es necesario subrayar algo: La introducción de Guillermo es rigurosamente técnica, casi académica. Y la lectura de su libro -que está escrito en un lenguaje llano y accesible, me apuro a aclarar- me hizo conocer aspectos importantes del desarrollo de la economía que, confieso, mi formación no profundizó lo bastante.

Aclaro algo: hay otros economistas nuestros que han escrito con inteligencia y profundidad libros sobre teoría económica. Pero… los encontré demasiado volcados a la discusión casi filósofica. Sobre el concepto de valor, por ejemplo. Mi deseo -opción personal, no más que eso- es que los autores argentinos, en realidad, todos los que escriben en castellano, se volcasen más a los problemas concretos.

En el libro de Sebastián encuentro las discusiones que han dado sobre temas muy concretos los “padres” de la economía. Discusiones que siguen presentes -a veces ocultas tras ecuaciones- porque son discusiones políticas.

Para tomar un ejemplo, casi al azar, bien desarrollado en la primera parte de este libro: La primera discusión de la “ley de Say” (Jean-Baptiste Say 1767-1832) “Cada oferta crea su propia demanda“, a la que se siguen aferrando los economistas aplaudidores de “los mercados”… El primero, repito, que la cuestiona como la tontería que es, fue Thomas Malthus, no populista él. Un siglo antes, expuso en sus cartas la percepción fundamental de Keynes. Que la demanda puede, y en ocasiones, debe, ser estimulada por el Estado.

Un ejemplo mínimo de un libro que todavía no terminé de leer. Lo único que le observé es el título ¿Porqué aceptarles a los economistas que siguen el discurso hegemónico actual la categoría de “ortodoxos”? Que subconscientemente se asocia con seriedad y rigor. La teoría económica hegemónica en los últimos 45 años no ha mostrado muchos éxitos, comparada con las versiones anteriores… Sus cultores no pueden reivindicarse herederos de los clásicos de la economía, que tomaban muy en cuenta los resultados de las políticas aplicadas.

Bueno, me dejé llevar por mi entusiasmo. Les digo esto: Si pueden, vayan hoy a San José 181. Pero en cualquier caso ¡consigan el libro!


Trump, Obama, Macri

mayo 22, 2018

mauricio-macri-obama-donald-trump

Cada tanto, siento el impulso de volver a pontificar desde el blog sobre lo que está pasando, aquí y en el resto del mundo. Pero… nunca tuve el don de la síntesis, y ahora no tengo el tiempo disponible para encarar un análisis en serio.

Apenas si puedo rescatar, y como pincelada, sólo dos de los pocos tuits que lancé en estos días: Por una frase ingeniosa @AsisOberdan sacrifica la precisión. Pero la realidad se esfuerza en darle la razón. Empieza el Tercer Gobierno Radical“. “Y el Tercer Gobierno Radical tendrá su economía ochentosa: inflación, devaluaciones y festival de bonos“.

Pero Twitter es para chicanas entre politizados y trolls. Por suerte, encontré en esta nota de Roberto Feletti -uno de los más lúcidos en la comisión de Economía del PJ- un resumen, entendible para los que no tienen formación en economía, de las políticas de Obama y de Trump, y como -inevitablemente- han cambiado el escenario global. Y del desafortunado timing del Mauricio en su intento de globalizar la economía argentina.

Este texto de Roberto ya es conocido -lo reprodujo El Destape. Pero me parece útil repetirlo aquí. Más allá de la circunstancia, acerca a los de a pie algunos de los conceptos que se manejan en economía. (Justamente, Paula Bach, de La Izquierda Diario, recién me hacía llegar este análisis, donde profundiza el análisis de las políticas del Donald y discrimina entre las que son por “show” y las decisivas. Pero eso es más para la discusión técnica).

Como sea, no me privo de mi habitual comentario al final.

“Se ha vuelto una cita tan común como real afirmar que el presidente Macri eligió un pésimo momento mundial para abrir la economía en el plano comercial y financiero, construyendo desequilibrios inmanejables en el sector externo y rifando la joya de la “pesada herencia”, que fue el país desendeudado para facilitar la salida de capitales de los grupos empresarios que lo sustentan. La explicación cuantitativa de la vulnerabilidad crítica que soporta la Argentina en el actual contexto global la proporciona el balance cambiario del BCRA: en 2016/2017: se fueron u$s 33.000 millones por déficit de la cuenta corriente del balance de pagos y u$s 30.000 por “formación de activos en el exterior”, mote simpático para denominar la fuga de capitales.

Pero ¿qué ocurrió para que la mediocre “elite” argentina no pudiera disfrutar de un lapso prolongado de acumulación financiera de excedente sin crisis? Esencialmente, que los países desarrollados transitan casi una década desde la crisis financiera del 2008, con sus economías creciendo a un promedio anual del 1%. Este factor está erosionando sus sistemas democráticos y fue determinante en el cambio de política económica de EEUU con la llegada de Donald Trump a la presidencia, quien puso en marcha un ensayo destinado a romper el estancamiento.

Trumpnomics: el retorno de la política fiscal y la revisión del multilateralismo

La presidencia de Barack Obama (2009-2016) estuvo signada por el auge de la política monetaria como respuesta a la crisis del 2008. Los paquetes de “quantitative easing” de fuerte emisión monetaria para dar liquidez, sumada a la recompra de las carteras morosas por parte de la Reserva Federal, impidieron una quiebra generalizada del sistema financiero estadounidense y la ejecución masiva de deudores insolventes. La política monetaria expansiva permitió mantener muy baja la tasa de interés respecto de la inflación interna de EEUU, licuando paulatinamente los pasivos impagables, detonantes de la crisis. Sin embargo, este esquema no contenía medidas de recuperación de la demanda efectiva, lesionada severamente por el “crack”, y debilitaba al dólar como moneda de reserva internacional. El gobierno demócrata entendió que un potente estímulo al consumo a través de la política fiscal agudizaba los desequilibrios de los sectores externo y público, que no podían seguir siendo financiados por la emisión de dólares dado el debilitamiento que provocaba en la moneda norteamericana a escala planetaria.

La economía estadounidense languideció durante la presidencia de Obama con una tasa de crecimiento promedio anual en los dos mandatos de 1,5% y un desempleo que se mantuvo durante su primer mandato por encima del 8%, para descender paulatinamente al 5% sobre el final de su gestión. Bajo crecimiento y lento descenso del nivel de desempleo signaron una administración que no pudo superar el impacto negativo de la crisis del 2008.

Trump, convertido en presidente de los Estados Unidos, decidió apelar con fuerza al incentivo fiscal como método de relanzamiento de la economía. Una fuerte rebaja de impuestos a las empresas y un ambicioso programa de obra pública marcaron el rumbo del retorno de la política fiscal como estímulo del consumo y la inversión, logrando que la economía creciera un 2,3% en el 2017, su primer año de gestión, y que las cifras preliminares del primer trimestre del 2018 arrojaran un 2,4% de expansión con un sensible aumento de la tasa de inversión del 6,1%. A su vez, el desempleo se redujo en abril del 2018 al 3,9%, aproximándose al mínimo alcanzado en igual mes del año 2000 durante el gobierno de Bill Clinton, que se ubicó en el 3,8%.

Para impedir una situación de debilitamiento del dólar en el mundo a consecuencia del paquete fiscal planteado, se tomaron dos decisiones que modificaron el escenario global. La primera consistió en contener el desequilibrio externo, para lo cual agudizó el proteccionismo poniendo en revisión todos los acuerdos multilaterales gravosos para la industria, y estimuló la producción de energía, que ya venía en expansión. La segunda decisión fue financiar el déficit fiscal mediante la colocación de deuda del Tesoro, reduciendo la emisión monetaria. Las consecuencias de estas dos decisiones son una retracción de la demanda hacia el mundo por parte de los Estados Unidos y una absorción de la liquidez internacional que se había expandido en las décadas anteriores,  canalizando esos fondos hacia el gasto público norteamericano.

Restricción de la liquidez internacional y tensión en las economías emergentes

La política económica de Trump comenzó a actuar como una aspiradora de fondos disponibles en el mundo y además redujo la capacidad de compra internacional de un país que reúne el 26% de la demanda global. Consecuentemente, tanto en el plano comercial como en el del financiamiento, la restricción de dólares hacia las economías de tamaño medio comienza a ser alta y a expresarse en devaluaciones  relevantes en muchos países. Brasil y México, las dos economías más importantes de Latinoamérica, experimentaron depreciaciones de sus monedas en el mes de mayo cercanas al 4%.

En este marco, al presidente Macri se le ocurrió pedir auxilio al FMI, institución que le va a exigir un ajuste de su sector externo por vía de una corrección cambiaria, dado que no hay recursos para financiar el desequilibrio en que ha incurrido su gobierno.

Una vez más, nos mienten cuando nos dicen que el problema es fiscal. La crisis es externa, mezcla de incapacidad para comprender el mundo y de voracidad para llevarse los dólares”.

Quiero observar que -aunque estoy de acuerdo en que el origen de la “turbulencia” de estas semanas, y de la crisis que pende sobre la economía argentina son los déficits comercial y de cuenta corriente, agravados por la inconsistencia de las políticas de Macri- no debe dejarse de lado el tema fiscal.

Me consta que Feletti lo tiene claro, pero demasiados economistas nac&pop caen la trampa dialéctica de los economistas “ortodoxos” (que habrían sido aplazados por cualquiera de los clásicos). La trampa es que tratan de conseguir que “reducir el déficit fiscal” se identifique con reducir jubilaciones, políticas sociales y otros derroches de los pobres.

Los subsidios a las empresas no se mencionan, y la insana carga de intereses… no es “primario”, y por eso se sienten autorizados a no mencionarlo. Y procurar que no se piense en eso.

Tampoco, por supuesto, está permitido hablar de reducir el déficit fiscal por el lado de los ingresos.


Al Fondo (monetario), rápido

mayo 9, 2018

sturzegger y dujovne

Este blog “en pausa” (que asombrosamente sigue muy visitado. Gracias) siente necesario compartir este lúcido posteo del blog de Mariano Grimoldi Yendo a menos. No es que necesite difusión; veo que ya ha tenido eco en buenos analistas. Pero quiero aplaudir esta voluntad de encarar los datos duros de la realidad, sin telarañas ideológicas. Comento esto al final.

Los titulares periodísticos fatigan el remanido “Argentina vuelve al Fondo Monetario Internacional”.

Lo que Argentina hace en realidad, es pedirle al FMI un rescate. De apuro. Como los que suele brindarle el Fondo a países con dificultades en su sector externo, en este caso, con carácter urgente.

Ideologizar estas cuestiones no está mal, pero en algún punto pueden hacer perder de vista lo más concreto y puntual que se muestra ante los ojos de quienes lo quieran observar.

Argentina nunca dejó de ser miembro del FMI. Hace los aportes dinerarios correspondientes, y como país miembro es pasible de solicitar asistencia cuando cree que lo necesita. Si el FMI estima que esa necesidad es justificada, otorgará la línea de crédito. Hoy por hoy, países como Kenia, Mongolia, Gabón, Colombia, México y varios más tienen asumidos compromisos de esta naturaleza.

Recordemos que no hace mucho (marzo 2018) las autoridades del Ministerio de Finanzas llevaron a cabo conversaciones con el Fondo, desestimando el programa de reformas planteado por el organismo, porque si bien no divergía en lo fundamental del que pretendía encarar Macri, manejaba tiempos que no congeniaban con las necesidades electorales de Cambiemos.

Christine Lagarde, un tiempo antes, en el Foro Económico Mundial y en conferencia compartida con Dujovne, dijo que Argentina no iba a recibir plata del FMI porque “no lo necesita”.

Algo pasó para que, meses más tarde, Argentina necesite esta asistencia.

Y que, además, la necesite con carácter urgente, al punto que Dujovne brindó ayer una conferencia en la que tenía que dar detalles de la operación, en la que anunció que todavía no había detalles. Hay un incendio, y ya llegó el bombero. Ahora faltaría la manguera.

El FMI no es, como parecería al escuchar algunos comentarios, una sociedad de beneficencia que asiste a países en dificultades. Es un ente multinacional que intenta reestablecer con asistencia crediticia el equilibrio externo de países en dificultades para evitar que los mismos tengan impacto global. Que Dujovne hable de lo atractivo de las tasas a las que presta el FMI es una insensatez. Simplemente porque oculta la verdad más relevante. Te dan ese crédito blando porque ponés en riesgo el equilibrio del sector financiero regional. Si ese riesgo no existiera, te mandarían a pedir plata al mercado financiero al que acuden todos los países, del que Argentina capturó en estos dos años y medio unos 140 mil millones de dólares.

El problema, básicamente, está en que, a pesar de haber recibido crédito “caro” en cantidades apabullantes, el sector externo argentino sigue desequilibrado. Su situación incluso, empeoró severamente desde marzo a hoy.

Por eso será necesaria la asistencia del FMI.

El monto del que se habla, además, es inquietante. Porque equivale exactamente a la suma del próximo vencimiento de LEBACs. Casi como si el gobierno intentara decirnos que necesita cubrir con dólares la explosión de demanda que sobrevendrá por la pinchadura de la burbuja que ellos mismos armaron. Algo que fue largamente advertido y refutado burlonamente por quienes hoy corren despavoridos sin saber qué hacer con los apuntes del master en finanzas que cursaron en Europa.

Un dato más inquietante aún: hace apenas cuatro días, el ministro de Finanzas, Caputo, nos informaba que las necesidades de financiamiento de la Argentina para 2018 estaban ya casi totalmente cubiertas. Si yo fuera “mercado” me inquietaría pensar qué pudo haber pasado en estos cuatro días para que, de repente, el país necesite una asistencia tan monstruosa.

Es decir, independientemente de la discusión ideológica sobre el rol del FMI, y sin entrar todavía en las derivaciones en políticas domésticas que la intromisión del FMI puede tener, lo que se nos evidencia claramente (pero insólitamente no ocupa lugar destacado en los análisis) es que Argentina enfrenta una crisis de su sector externo de proporciones importantes.

Y que, a juzgar por cómo vienen desarrollándose los hechos, el crédito del FMI difícilmente resolverá.

Yo graficaría la situación de la siguiente forma: hay, en el mercado local, diversos actores que lograron convertirse en fuerzas centrípetas que aspiran volúmenes importantes de pesos, y los reproducen con las facilidades que el Banco Central les dio (tasas exorbitantes, LEBACS y otros papeles de riesgo nulo). Entre estos actores se encuentran, por ejemplo, las diversas empresas que componen los distintos eslabones del sector energético, fondos de inversión, bancos, y grupos económicos tradicionales. Estas aspiradoras de pesos, los acumulan y los dolarizan, gracias al seguro de cambio que les ofrece el Gobierno, que nos endeuda a todos en dólares para que el dólar les resulte barato a estos señores. Estos tipos seguirán haciendo, entonces, lo que vienen haciendo: esperarán el ingreso de dólares artificial que sobrevalúe el peso, y con lo que atesoraron comprarán dólares baratos para llevárselos, dejándonos al resto de la población la carga de la deuda y la devaluación posterior.

Pedirle plata al FMI es, tal vez, el paso último, la última instancia de ese círculo vicioso que constituye una de las mayores transferencias de recursos (tremendamente regresiva además) de la prolífica historia argentina, y a la que en el futuro, tal vez, bauticemos con el nombre de vaciamiento.

Este texto de Grimoldi me resulta refrescante. El análisis que hace de la burbuja de deuda que creó la insensata política de Cambiemos no es nuevo. Ha sido hecho por muchos economistas, a los que no escucharon los que necesitaban convencerse que esta vez la receta “liberemos a los mercados” sí iba a funcionar. Pero también muchos otros, que veían la posibilidad de una catástrofe en el horizante, pero pensaban -es muy humano- que iba a seguir en ese lejano horizonte. Algo de eso se comentaba hace poco en este blog.

Pero el valor de su enfoque va más allá, porque es una dosis necesaria de sensatez. Está de moda entre los intelectuales jóvenes y no tanto, afirmar que todo es comunicación, “relato”, que la realidad no existe sino a través de la intermediación de lo que escuchamos y decimos sobre ella.

Y entre los que hemos sido formados en una tradición anterior, también es frecuente ver la realidad exclusivamente en la forma de “proyectos” políticos. Todo lo que pasa, pasa porque “alguien”, un sector poderoso y desconocido para las masas, lo desea así. Exagerando, pero no tanto, se tiende a pensar que la realidad no pone límites a la voluntad perversa de los Malos. Y no debería ponerlos a la voluntad generosa de los Buenos.

No es así, amigos. La realidad existe, y lo sabemos cuando nos golpea. Como acaba de golpear a la inconsciencia ideologizada, y dotada de Masters en finanzas, del equipo económico de este gobierno.


La economía argentina, en dos frases célebres

mayo 3, 2018

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No hay crisis si el dólar sube un poco

(Marcos Peña, Jefe de Gabinete)

“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

(atribuida a Einstein, pero es más antigua)

No trataré de hacer un análisis económico de la situación. Si antes no tenía tiempo para escribir con alguna complejidad técnica, estos días… son más exigentes.

Para un resumen adecuado, recomiendo esta columna de Guillermo Moreno en BAE. A Guillermo algunos lo aman y otros lo detestan, y él se esfuerza por alimentar ambos sentimientos. Pero cuando escribe de economía es ortodoxo, “clásico”. Y ahora son unos cuantos los miembros de la Comisión de Economía del PJ, profesionales con prestigio y con opiniones divergentes sobre muchos temas, que lo están compartiendo. En momentos de crisis la heterodoxia se desvaloriza.

Me interesa hacer una corta reflexión política, es decir, de poder y de sicología. No la del presidente del B.C.R.A., que repite con obsesión “su” receta del aumento de tasas, ni la del gobierno actual que se aferra a sus hombres y a sus políticas. Es muy riesgoso, y también difícil de aceptar para los egos fuertes, “cambiar de caballo en mitad del río”. Cuando se convencen que la corriente se lo lleva al animal… ya se lo está llevando al jinete.

Lo que verdaderamente puede fascinar a un observador imparcial, si ese animal existiera, es cómo por más de 60 años una parte importante de la sociedad argentina -que ha ocupado el gobierno y manejado las palancas del Estado en muchas ocasiones, como lo hace ahora- se empeña en desconocer los intereses, sentimientos y pasiones del resto y, peor aún, la realidad económica del país, para aplicar las recetas de moda en ese momento en el Atlántico Norte.

Porque coinciden con los intereses de los más poderosos, y “formadores de opinión” de ese sector, pero sobre todo, porque coinciden con su idea de cómo debería ser la Argentina. Moderna, prolija, próspera; un país europeo. Imaginario, desde luego, porque -a pesar del aumento del turismo al exterior- desconocen cómo son en profundidad los distintos países europeos. Y las historias que los formaron.

Este el sector -insisto, numeroso ¿hoy un 33, 35 %?. Aproximadamente- que ha dado apoyo, se ha identificado, al menos al comienzo, con todos los intentos de “restauración” que se han llevado adelante desde 1955 en nuestro país. Por la vía de asonadas militares o, en 1983, 1999, 2015, por la electoral. Todos esos intentos han fracasado (excepto el actual, pero yo no le extendería una póliza de seguro).

Es irónico, pero el proyecto de “modernización” que duró más tiempo, y tardó más en perder el apoyo popular, fue el que encabezó desde el peronismo Carlos Menem, entre 1989 y 1999.

Esto ha contribuido a formar la leyenda que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina. Lo real es que no se la puede gobernar ignorando la estructura social y económica que empezó a formarse desde 1930 con la industrialización forzada por la Gran Depresión, a la que el peronismo fundacional dio una organización sindical fuerte y una epopeya entre 1945 y 1955, y la pobreza y marginalidad que empezó a extenderse y crecer cuando esa industrialización decae a partir de 1975.

Si la City, las pymes y los acreedores me dan tiempo, retomaré este reflexión.


“Y ¿qué van a hacer con el dólar?”

abril 26, 2018

dolaresvolando

A pesar del título, este posteo -en un blog “en pausa”- no va a aportar a un posible -necesario para muchos- análisis de la situación económica actual. Aquí ya muchas veces se ha reconocido que Argentina tiene una economía bimonetaria, en la que el dólar cumple la función de reserva de valor, y se recordó que hace largas décadas Marcelo Diamand, entre otros, señaló que nuestra industria necesita para sus importaciones más divisas que las que producen sus exportaciones.

Entonces, ya hemos hablado mucho de “la restricción externa”, de la necesidad de un tipo de cambio adecuado para no hacer difícil exportar y, sobre todo, no hacer fácil las importaciones prescindibles y el gasto en el exterior.

De todos modos, ese no es el único problema, ni, me animo a decir, el más urgente que enfrenta la actual (multi) conducción económica. Aparecen síntomas de una… renuencia de los inversores -bah, prestamistas- externos a seguir poniendo las decenas de miles de millones de dólares que por año necesitaría Argentina para equilibrar su balance de pagos -el moderado aumento de la tasa de interés en EE.UU. no ayuda-; la baja previsible en la recaudación fiscal -la sequía, la autorización a demorar indefinidamente la liquidación de divisas, y la visible recesión en algunos sectores ayudan menos-; y, sobre todo, la burbuja que irresponsablemente se creó con las LEBACs y otros valores a cortísimo plazo que exigen tasas muy altas para no pasarse al dólar… Esa burbuja aumenta todas las semanas; todos saben que en algún momento habrá que salir de ella y todos temen que los últimos se quedarán sólo con bonitos papeles.

Igual, como dije arriba éste no es un aporte técnico; para el cual no tengo credenciales académicas. Sobre el tema específico del tipo de cambio, en particular, lo que puede decirse con responsabilidad (aquí va una tosecita modesta) lo dijimos hace 24 horas: “En resumen: no hay una situación previsible inmediata que obligue a una devaluación. Pero toda la experiencia de las pulseadas entre Bancos Centrales y los especuladores, aquí y en el extranjero, hace pensar que el actual no es un equilibrio sustentable“. Es el estilo sobrio que corresponde a un portal de noticias como AgendAR.

Pero este es un blog, y entonces me siento libre para especular. Decir, como es un lugar común entre economistas heterodoxos y también ahora entre los periodistas amigos de Macri, que el valor del dólar es un problema de credibilidad. Pero no, sostengo, la credibilidad de Sturzenegger. No. Es la credibilidad de Casandra.

Paso a explicarme: En la mitología, los dioses dieron a Casandra el rol de la profecía. Pero también una maldición: que nadie la iba a creer. Aquí los griegos acertaron en una verdad profunda: los seres humanos podemos creer -más o menos- en los pronósticos de desastre. Pero la gran mayoría seguimos actuando como si el desastre fuera algo lejano, que le va a pasar a otros.

En este caso, me consta, los economistas del peronismo tuvieron el papel de Casandra. En la Comisión de Economía del PJ, para citar el caso más notorio, los desequilibrios que mencioné arriba están siendo señalados desde hace un año y medio. Sin mucho eco, ni siquiera en la dirigencia peronista. Es comprensible: a nadie le gusta pensar mucho en que el caballo de madera está lleno de los soldados de Agamenón. Sobre todo si ya está dentro de las murallas y no hay forma de sacarlo.

De todos modos, el problema inmediato no es asunto de economistas ni de políticos de la(s) oposicion(es). Es de los argentinos en general. Porque el valor del dólar ha sido, por lo menos desde hace 43 años, el sistema de alerta temprana para todos nosotros. Aún, o especialmente, para los que no entienden nada de economía.

¿Es inevitable una corrida cambiaria? Reitero: no. Salvo que los grandes inversores -fondos de inversión, bancos- decidan irse de las LEBACs. Pero eso se puede conversar con una buena agenda, y Caputo y Dujovne la tienen. El problema es político: es el altísimo porcentaje de compatriotas que ahorra en dólares o se referencia en ellos. Son los que empiezan a preguntarse “¿Dónde está el piloto?“. La preocupación inmediata más válida, en realidad, es que el gobierno se sienta presionado a tomar medidas frente a este reclamo del que participan sus votantes y apoyos. Porque hasta ahora no ha mostrado sensibilidad social pero tampoco mucho acierto en las medidas que toma.

Tiene funcionarios expertos en administrar portafolios y evaluar flujos de fondos. Pero macroeconomía… es decir, la economía de un país, parece que no.


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