Cambiando al soldado Guzmán: oxígeno o gas sarín

septiembre 15, 2021

Después de la derrota del 12/9, han florecido entre peronistas y afines los análisis de las causas. Ya hay muchos más que propuestas para revertirla. Pero -por suerte- algo del realismo peruca persiste, y desde la dirigencia y la militancia ya hay algunas. Quiero discutir una de ellas aquí.

(Ojo. creo que es inevitable la catarsis, y necesaria la reflexión colectiva. Yo también tengo mi análisis, y en algún momento se los infligiré. Pero la realidad marcha al trote, faltan 2 meses menos un día para la elección en serio, y un resultado tan malo o peor que el de las PASO aumenta la chance de otro experimento de “políticas de mercado” sin mercado, de “ingresar al mundo” sin noción clara de los intereses y las capacidades propias. Tratar de evitarlo me parece un deber, para usar una palabra algo obsoleta. Por eso pongo mis dos centavos).

Un sector muy importante de la coalición oficialista, el que los medios opositores llaman “kirchnerista” (para bajarles el precio, decía Néstor K) está planteando que es necesario “oxigenar” el gabinete. Cambiar (algunos) ministros. Mostrar a los votantes que sí, el gobierno se dio cuenta que estaba haciendo algunas cosas mal, y que ahora las hará bien.

El planteo es razonable, y forma parte del manual de la política. En los países parlamentarios, es de rigor. En las viejas monarquías absolutas, el rey dejaba caer al “favorito” (a veces lo asesinaban, para resaltar el cambio de rumbo). En un país presidencialista como el nuestro, donde el número 1 es el que firma todos los decretos y todos los nombramientos importantes… es más cosmética. Pero la cosmética, es parte fundamental de la comunicación, que es parte fundamental de la política.

Para que funcione, es necesario que el reemplazo sea alguien conocido por la población, y que él o ella sean por sí el anuncio de una política distinta. Y que tenga listas y pensadas las medidas para poner en marcha de inmediato (¿es necesario repetir que el 14/11 es la elección?).

Y aún cumpliendo con esas condiciones, la maniobra puede fallar. Hace 20 años, después de la derrota en las elecciones legislativas de 2001, y el breve ministerio de Economía de López Murphy, De la Rúa llamó a Domingo Cavallo. No funcionó.

Estas reflexiones valen para todos los ministros. Y secretarios y subsecretarios. Las hago porque desde afuera del Estado, desde la omnipotencia del periodismo y de Twitter, se olvida que el Estado son las reglamentaciones y los expedientes. Acumula un poder muy importante -es el grupo económico local con el patrimonio y flujo de ingresos más grandes, muy por encima de Techint y el Grupo Clarín. Pero el que no conoce las reglamentaciones y no sabe empujar los expedientes, se convierte en un infeliz con chofer y conferencias de prensa.

En el caso de Martín Guzmán, tengo una reflexión más precisa, y a la vez más amplia. Creo que es un buen ministro de Economía: no ha chocado el barco. Que es el requisito supremo para los ministros de Economía argentos, y que no muchos han cumplido a lo largo de la historia. (Los lectores consecuentes del blog recordarán que mi defensa del gobierno de Cristina K fue siempre que “no choca el barco”. No se puede decir lo mismo de Mauricio M. De Alberto F… todavía puede hacerlo. Esperemos que no).

¿Podría lograrse una gestión mejor, aún con las feroces limitaciones que impone la realidad local? Probablemente. Más imaginativa, seguro. Pero como no me van a pedir opinión sobre el reemplazo, voy a hacer una advertencia general sobre un par de supersticiones económicas. Una de las cuales está detrás de la presión actual por el cambio en el ministerio de Economía (a la otra superstición se aferran quienes quieren imponerlo en 2023, o antes si fuera posible).

Se trata de supersticiones opuestas y viejas, eh. Ya se expresaron en el debate entre las ideas de Say y de Malthus, hace dos siglos. Pero se mantienen en pie: ambas tienen intereses poderosos a su favor, y de sostenerlas con elocuencia dependen contratos y puestos.

Empiezo por la del Otro Lado: La oferta crea la demanda. En castellano un poco más claro: todo lo que es necesario y suficiente es estimular a los inversores (gente tímida y cautelosa), ellos pondrán en marcha empresas que darán empleo y crearán la prosperidad general. La magia del capitalismo, en la que creen con una fe similar a la que otros creína en la magia del socialismo. La especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, los intereses nacionales (de otras naciones), son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen.

(El odio de los “liberales” -así llaman en Argentina a los fieles de esta superstición- por Keynes, un inglés conservador lúcido, cuya única excentricidad era su opción sexual, se debe a que demostró matemáticamente que, aún en condiciones de competencia, los mercados pueden encontrar equilibrio sin que se llegue a la utilización plena de los recursos. Entre ellos, el empleo. Todo lo demás que hoy pasa por keynesianismo es sarasa).

La mayoría de los propagandistas de estas supersticiones las creen, téngase en cuenta. Es muy humano. Cuando Mauricio M les decía a los grandes empresarios que le dieran el 1% de su patrimonio para su campaña, porque sus patrimonios valdrían mucho más cuando él fuera Presidente, no los estaba currando (esa vez). Era un convencido de eso. Iba a crear un clima propicio para los negocios, y además manejaba bien el inglés ¿Qué mas era necesario?

Paso a la otra superstición: La demanda crea la oferta. En esta versión, lo necesario y suficiente es “poner dinero en el bolsillo de la gente”. Que va a ir a comprar productos, los empresarios venderán más y tendrán que tomar trabajadores para producir más, que a la vez consumirán productos… La magia del capitalismo, supervisado por el Estado (algunos de sus creyentes más fervientes antes creían en la magia del socialismo, pero eso es común. El neoconservadorismo yanqui fue fundado por ex troskistas).

Como en el otro caso, la especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, … son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen. Sobre todo, esa perversa predilección de la gente por ahorrar en una moneda que no se les derrita en los bolsillos… (Keynes no simpatizaba mucho con lo que llamaba “la propensión al ahorro”, pero no se le ocurría suprimirla. Gesell, y ahora Claudio Lozano, son más imaginativos, pero no creo que sus ideas sean prácticas, qué quieren que les diga…).

Esto último apunta al problema básico de todos los economistas “nac&pop” (entre los cuales se me ha incluido, aunque no soy economista; sólo un simple contador): la inflación. La respuesta estándar es que es “multicausal”. Lo que es cierto, pero no ayuda a detenerla, ni siquiera a moderarla.

Luego se afirma que se debe a la codicia irrefrenable de los “formadores de precios”, que van a subirlos todo lo que puedan. También es cierto, y lo señaló Adam Smith hace dos siglos y medio. Pero ahí hay que explicar porqué la codicia de los empresarios en otros países no la provoca, por lo menos no en los índices locales.

La última trinchera la atribuye a la puja distributiva entre empresarios y trabajadores. También muy real, por supuesto. Y también universal, salvo en países donde la policía secreta es muy eficiente.

Me detengo aquí, y resumo, porque los acontecimientos se precipitan, como suele suceder entre nosotros: Guzmán es reemplazable. Los problemas que enfrenta, están y siguen. Y no se solucionan sólo con voluntad y un discurso sincero. Reitero la reivindicación que volví a hacer anoche en Twitter de la insistencia de Néstor Kirchner en los superávits gemelos: fiscal y comercial.


China: ¿nuestra nueva Inglaterra? – Bis

septiembre 8, 2021

.

Hace 7 años, el 21/7/14, subí dos posteos (tenía más tiempo libre entonces…) con este mismo título al blog. El tema es tan actual ahora como entonces (el 1° tenía la foto de Cristina caminando al lado de Xi, cuando él nos visitó). En realidad, estimo que será actual por buena parte de este siglo.

Ahora ha vuelto a la tapa de medios gráficos, cuando el presidente Lacalle Pou anuncia que la Banda Oriental aspira a actualizar su tradicional papel -desde 1806- de puerta de entrada a la cuenca del Plata. Tal vez pueda perforar en algunos de nosotros la absorción en las elecciones del próximo domingo.

Como sea, creo que varias reflexiones que hago aquí siguen válidas. Especialmente, la primera parte; para la segunda, estaba pensando en un Brasil que no estaba arrastrado en el proyecto Bolsonaro. Igual, los políticos pasan y los países quedan.

ooooo

Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente. Su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época.

Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos de la “línea nacional”, es que distorsionaron el desarrollo de nuestro país, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa “Arabia Saudita de las vacas y el trigo” que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba “Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur“. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros “diarios serios”.

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer.

ooooo

Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, “diferentes” en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de “occidente”. Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de “crushing”: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la “densidad nacional” de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la “insubordinación fundante” a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.

ooooo

Prometo para los próximos días algo de información y de reflexión sobre lo que está haciendo Uruguay. Los argentinos, que venimos tanto de los barcos como los uruguayos, tendemos a pasarlos por alto en la elaboración de estrategias. Como diría el maestro Fouché, es peor que un gesto de soberbia, es un error.


Biden: Vuelve el Estado, con los fondos

agosto 12, 2021

Nuevamente traigo al blog un comentario que agregué a una nota de AgendAR El senado de EE.UU. aprobó el megaproyecto de Biden de más de un millón de millones de dólares en obras públicas . Sólo agrego unos párrafos al final para los lectores más politizados de este rincón del ciberespacio. Y la imagen que encabeza este posteo, para mostrar que los delirios de la “grieta” no son, como la birome y el colectivo, un invento argentino.

ooooo

Más allá del forcejeo político por el poder – el ex presidente Trump, y los republicanos en general, perciben que si Biden se afirma con un programa de estímulos estatales a la economía, la «gran coalición» que forjó el Donald con una parte considerable del poder económico más sectores de clase media en las pequeñas ciudades, los “evangélicos” y los trabajadores blancos, todos irritados con un «progresismo» globalista y ajeno a sus valores, puede desintegrarse.

Más allá de ese irritado forcejeo, y también del fastidio de ese progresismo que se siente incómodo con la tradicional alianza del partido Demócrata con otra parte del poder económico, las grandes instituciones financieras de la Costa Este, se ha puesto en marcha un cambio considerable en los objetivos planteables desde la política en Estados Unidos.

Por primera vez desde que Reagan en los ´80 planteó que «el Estado no es la solución; es el problema», un presidente plantea un protagonismo abierto del Estado en el desarrollo económico y en los cambios sociales. No lo hicieron ni Clinton ni Obama (con algunas excepciones, entre ellas, el tímido «Obamacare»).

Es necesario tener claro que el Estado federal no dejó en ningún momento de ser un actor poderoso en la economía y en la sociedad de EE.UU. a través de sus múltiples y gigantescas reparticiones. Pero no lo asumía. Ahora, lo hace.

¿Tendrá éxito Biden en su arriesgada jugada política? ¿Y si lo logra, inyectará dinamismo a la economía y a la sociedad? Estoy tentado de usar una frase habitual en mi blog personal «El que viva lo verá».

ooooo

Los lectores del blog, habituados a que el Estado argentino sea el socio capitalista (usualmente bobo) de todos los emprendimientos nacionales importantes, se apresurarán a señalar que en EE.UU. la gigantesca industria de defensa, más la NASA, los jugosos contratos con las universidades,… son desde la 2da. Guerra un poderoso, imprescindible motor de la economía de EE.UU. Eisenhower advirtió del “complejo militar industrial” (él había crecido en una Norteamérica distinta), y eso no se detuvo con el Ronald. Al contrario.

Pero quedarse en eso es ignorar el papel de la ideología. Que consigue “invisibilizar” lo que está haciendo el Estado. Ayudada por la función, cada vez más importante, de los fondos de inversión en la asignación de recursos. Estas movidas de Biden están cambiando eso, y la misma lucha política lo resalta. Por eso, cómo le vaya al abuelo Joe va a tener consecuencias nada triviales.

Como ya dije en twitter, no es Juan Domingo Biden. Y mucho menos Karl Biden. Pero puede llegar a ser Harry (Truman) Biden.


Claudio Scaletta, Eduardo Crespo, Bolsonaro y lo que hay

agosto 1, 2021

Empiezo aportando una sugerencia práctica: los domingos, por un viejo hábito que no cayó del todo en desuso, proliferan las “piezas de opinión” en los medios. Si van a leer 2 -un límite sensato, para no ahogarse en palabras- propongo Entre “opinadores” y hacedores de política: prueba de fuego, de Scaletta, y Entre el progresismo neoliberal y la derecha bolsonarista, de Crespo. Este consejo es para el amplio abanico más o menos oficialista, entre los que apoyan con entusiasmo o resignación al gobierno actual.

Para el igualmente amplio abanico opositor… no tengo sugerencias, porque no soy de ese palo, y además no me entusiasma nada de lo que leí. Si les pasa lo mismo, pueden desahogarse en twitter. Muchos lo hacen.

Continuo aclarando que no voy a polemizar con estas piezas, ni de Crespo ni de Scaletta, salvo incidentalmente. Esos debates pertenecen a la época dorada de los blogs, 10, 15 años atrás, de la que este blog es una melancólica nostalgia. Hoy los blogueros estrella serían María Esperanza Casullo, Martín Rodríguez, Pablo Touzon,… Pero escriben ensayos, no debaten. (Ni yo tampoco, para el caso: hace mucho que no modero comentarios…).

Lo que me interesa es señalar que, tanto lo de Scaletta como lo de Crespo, aunque el contenido es muy distinto -están hablando de cosas diferentes-, se dirige al mismo público. Es un mensaje para el oficialismo insatisfecho, preocupado. Y es “clintoniano” (Bill): “Es la economía, estúpidos”.

Y tienen razón. Hace muchos años que vengo diciendo en este blog que -salvo para los países ubicados en Medio Oriente, donde en lo inmediato hay que tener buenos generales- el destino de las naciones depende, fundamentalmente, del acierto o error en sus políticas económicas.

Desde lo que (si los entendí bien) es un acuerdo en lo básico, planteo esas discrepancias incidentales: Scaletta tiene razón cuando señala que (muchos) defensores del ambiente no conocen ni les interesa conocer las realidades de la economía, de la producción. Se encierran en una fantasía en la que la “agricultura familiar” y el reciclaje cubrirán las necesidades de 8 mil millones de habitantes del planeta y -lo cercano e inmediato- las de los 45 millones de compatriotas. Que no sólo quieren alimentarse sino también -impulsados por el consumismo apátrida- quieren zapatillas de marca y celulares.

Y Crespo también tiene razón en lo que creo que dice: la “ampliación de derechos”, las políticas de género, … están muy bien, pero si no se crea trabajo digno y un bienestar mínimo para los de abajo, van a votar cualquier cosa. Cualquier cosa que no le guste a la mayoría de los que apoyan a este gobierno.

Ahora, los “sí, pero”. Scaletta, más cercano, por lo menos intelectualmente, a quienes toman decisiones hoy, no debe olvidar que el ambientalismo puede ser, en parte, lo que los afroestadounidenses llaman “problemas de blanquitos“; pero… los “blanquitos” también votan en Argentina, y son una parte importante del electorado, y de la mayoría que votó al Frente de Todos. También, que muchos morochos viven cerca de donde van abrir minas o perforar por petróleo; con lo que no tienen objeciones teóricas, sino una muy práctica que en yanquilandia expresan “No en mi patio“.

Lo resumo diciendo que, así como Argentina es un país con empresas pobres y empresarios ricos, tiene una economía de clase media baja y una parte muy importante de su población con ideas y aspiraciones de clase media alta. No es nada nuevo, ni solamente argentino en lo esencial. Ya desde la segunda mitad del siglo pasado, en las sociedades más o menos moderna, la mayoría de sus miembros no se identifican con “los pobres”. Aunque lo sean.

O sea, el “desarrollismo” (hay que buscarle un nombre nuevo) tiene que tener, si va a ser viable, un mensaje y un espacio para los precarizados y los de fuera del sistema, que son muchos. No basta con saber que cuando la Argentina sea, si llega a ser, un país desarrollado tendrá mejores políticas sociales. Ese es un futuro triste.

También le hace falta un mensaje para aquellos que entre los argentinos urbanos (90+% de la población) tienen un compromiso emocional con lo verde, la alimentación orgánica… Hasta algunos son veganos, Dios los perdone. Votan, son bastantes, y sobre todo se comprometen, que en la política moderna es un factor decisivo.

(En AgendAR, cuando tratamos temas de política nuclear -muy a menudo- nos preocupamos en señalar que es una fuente de energía limpia, constante y que no emite en forma directa ni indirecta gases de efecto invernadero. Pero están dirigidas a un público muy específico, y aunque sabemos que Argentina puede exportar reactores, y lo ha hecho, no serán el rubro central de nuestras exportaciones).

Crespo tiene claro que una política económica que sólo ofrece para los expulsados del sistema planes sociales (encima bastante mezquinos, como los actuales), no tiene futuro.

En lo inmediato electoral, las encuestas me dicen (aunque me cueste creerlas) que al oficialismo no le iría tan mal hoy. Supongo que esta oposición ayuda mucho. Y el surgimiento de un bolsonarismo local… no lo veo en lo inmediato. Y si surgiera… probablemente surgiría del peronismo. Los perucas somos creativos, Dios nos perdone.

Como creo que quedó claro, yo también soy de los oficialistas preocupados e insatisfechos. Reconozco los importantes méritos políticos de la experiencia kirchnerista y hasta de esta etapa alberto-cristinista. Alguien que vivió los ´70, puede apreciar la racionalidad y la prudencia (aunque estén mechadas con algunas torpezas). Y no me cabe duda que duda que sus políticas económicas son mejores que el dogmatismo ideológico de la experiencia macrista y el vacío de la actual oposición.

Pero no alcanza (noto que son dos palabras que estoy repitiendo). Ni los 12 años y medio de los gobiernos K, menos aún los casi dos de esta etapa, lograron establecer políticas económicas lo suficiente sólidas para subsistir a un cambio de gobierno. Hasta que no logremos eso…


Chau, Mercosur. ¿Y después?

julio 8, 2021

El “Uruexit”, una jugada importante. Que nuestra clase política (incluidos los politizados) no la vimos venir, enfrascados en las miserias (Mauricio dixit) y las comedias del armado de listas. Y, con mejores razones, en la final en el Maracaná.

Y como supongo que su discusión pública quedará sepultada entre las chicanas de la campaña, paso a compartir -por lo que valga- una crónica desde punto de vista yoruga y mi comentario que escribí anoche para AgendAR.

oooooooooo

Ayer, 7 de julio,  empezó a sesionar la 58° Reunión Ordinaria del Consejo del Mercado Común del Mercosur, que puede ser la última del bloque que vinculó las economías de 4 países de Sudamérica. Ahí Uruguay reivindicó su pertenencia, pero comunicó que comenzará a conversar con terceros para negociar acuerdos comerciales extrazona, según informó su cancillería.

En la reunión participaron por Uruguay sus ministros de Relaciones Exteriores, Francisco Bustillo, y de Economía, Azucena Arbeleche. Su planteo fue “defender la modernización del bloque a través de una agenda de negociaciones externas sustantiva, ágil, dinámica, flexible y permanente”.

Esta decisión se tomó, sigue diciendo la cancillería uruguaya, porque “no se aprobó la reducción del arancel externo común, a pesar de que Uruguay había apoyado algunas de las propuestas presentadas, las que siempre se entendieron formando parte de un mismo paquete con la flexibilización”.

“Uruguay entiende que la decisión 32/00 no está en vigor, ya que nunca fue internalizada”, afirma. (La decisión a la que alude establece, entre otras cosas, “el compromiso de los Estados Partes del MERCOSUR de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias”.

En el comunicado, Uruguay reitera que «inspirado en principios de gradualidad, flexibilidad y equilibrio, actuará conforme a ellos en materia de inserción internacional, reivindicando su calidad de miembro pleno del Mercosur”.

ooooo

El Uruexit le cayó al gobierno argentino «como un balde de agua fría». No habla bien de su capacidad de previsión. Uruguay y, más discretamente, Paraguay vienen planteando desde hace años que si Argentina (y Brasil) no se abren a sus exportaciones, ellos no tienen porqué cerrarse a las exportaciones de terceros.

Es lógico. No tienen una base industrial significativa a defender. Y ser un refugio de evasores no alcanza como base sólida para una economía que sea algo más grande que la de un paraíso fiscal.

Desde nuestro gobierno dicen que “la postura de Uruguay es errónea e ilegal porque la decisión 32/00 (norma del ‘consenso’) no necesita un procedimiento de internalización, porque sólo repite lo que está en el artículo 1 del Tratado de Asunción” (la internalización es incorporar un acuerdo internacional en el derecho interno).

Es un buen punto jurídico, pero no existe el tribunal al que acudir. Argentina, entendemos, debe enfocar el tema con realismo: la diplomacia uruguaya siempre ha sido profesional y cautelosa. No habría dado este paso sino tuviera seguridades que dentro del bloque Brasil lo vería con buenos ojos. Es posible que también tenga alguna aprobación informal desde fuera de la América del Sur.

Como sea, es probable que el Uruexit sea el primer «cañonazo» al Mercosur que perduró, con relativamente pocos cambios durante 30 años. Creemos que sería un error pensar que, si en 2022 se va Bolsonaro y es elegido en Brasil Lula o alguien menos irritante que su actual presidente, se pueda volver atrás. Aunque Uruguay «vuelva»… después de varias concesiones.

Si es así, y en los próximos meses lo sabremos, el gobierno nacional, las provincias, los empresarios y los sindicatos deberán encarar algo que los argentinos hemos dejado de hacer en los últimos 48 años: planificar. Decidir cómo vamos a encarar las relaciones comerciales con nuestro socio comercial inevitable, Brasil, con nuestros otros vecinos, y con el resto del mundo.

Pensemos en un Mercosur 2.0. Podemos usar ese nombre para especular: la arquitectura legal y administrativa existe, y -como ya dijimos otras veces en el portal- sólo un acuerdo estratégico entre Argentina y Brasil puede hacer que la América del Sur sea algo más que un tablero para las Grandes Potencias.

Ese renovado acuerdo deberá recoger un reclamo válido de Paraguay y Uruguay, y que haría cualquier socio menor: si hay una unión aduanera «hacia afuera», un arancel externo común, debería haber una unión aduanera «hacia adentro». Que no haya barreras para las manufacturas de los socios, que su tamaño no los discrimine.

No es, por cierto, el único tema que debemos encarar con anticipación y en un marco regional: como advierte el economista Ricardo Carciofi, la Unión Europea aplicará un «ajuste en frontera», bah, un arancel, según el contenido de carbono de las importaciones.

Por ahora sólo afectará a los sectores intensivos en uso de energía: acero, aluminio, cemento… Pero es muy previsible -conociendo el lobby de los agricultores europeos- que luego alcance a las exportaciones agrícolas. Brasil tendrá más problemas todavía que nosotros, con su historia de deforestación.

El macrohistoriador Toynbee decía que la Historia no registra ningún caso de una confederación laxa que haya perdurado: o se transforman en una federación más estrecha y sólida, o se disuelven. Ese desafío lo estamos viendo en la Unión Europea. Probablemente lo veremos aquí.


Acerca del precio de la carne

mayo 20, 2021

Mis lectores consecuentes, si alguno, habrán notado que no subo al blog muchas frases de Perón. Es que alguien que escribió cartas, proclamas, artículos y libros durante toda su larga vida adulta, que durante los 18 años de su exilio su única y poderosa arma fueron cartas y cintas con su voz… Bueno, ese alguien dejó muchas, muchas frases. Siempre hay alguna con un poquito de esfuerzo se pueden adaptar a lo que otro quiere decir. Digamos que siento un respeto intelectual por un cuerpo de pensamiento coherente. Se lo toma en conjunto o se lo deja.

Pero… A veces hay algo muy preciso y oportuno para una circunstancia determinada. Y uno se tienta con párrafos de una inteligencia práctica y filosa.

Les acerco esto -que ya anda por las redes sociales, cómo no- pero está en la página 81 del Manual de Conducción Política:

Los otros días vino alguien a decirme: “Vea la carne está muy cara”.

Le pregunté: “¿Qué le parece a usted?”.

Y me contestó: “Hay que bajar el precio, ponerle un tope, porque sino la gente no podrá comer más carne”.

Le dije: “¿Qué le parece si subimos los salarios en lugar de bajar la carne?”.

Agregó: “Y…la inflación”.

Entonces le manifesté: “¿No cree usted que hoy nos defendemos con la carne? ¿No se da cuenta que si bajo el precio de la carne aquí, los ingleses nos lo bajan allá? Es decir, hay gente que todavía no sabe que la economía interna es una y la internacional otra, y que la ganancia la tenemos que sacar de la economía internacional para vivir bien. No vamos a cobrar menos a los de afuera por el estúpido prurito de decir que bajamos los precios. Hay que bajarlos, pero inteligentemente, para que no se conviertan en un factor de pobreza en lugar de lo nosotros deseamos, que es una economía de abundancia”.


Estamos muy mal ¿dónde vamos?

marzo 30, 2021

Ayer leí esto en las redes sociales (Bah, en twitter. Pero a pesar de eso, es cierto):

“La tasa de desempleo se ubicó en el 11%, al cierre del último trimestre de 2020 y en el conurbano bonaerense ya se acerca al 15%.La tasa de desempleo abierto nacional respecto del cuarto trimestre de 2019, se incrementó en 2,1 puntos porcentuales.

Por otra parte, se conocieron datos oficiales de valorización de canasta de pobreza e indigencia alcanzando para un hogar tipo metropolitano de cuatro miembros, los $60 mil y $25 mil mensuales respectivamente, insistimos según datos del INDEC.

En este sentido los números preocupan puesto que el salario medio de la economía no alcanza los $60 mil mensuales, el salario que más se repite (o MODA) es de $45 mil mensuales, todos por debajo de lo que requiere un hogar tipo para no ser considerado pobre por ingresos.

Peor aún el salario mínimo vital y móvil, así como jubilaciones y pensiones mínimas rondan los $20 mil mensuales y se ubican por debajo de los ingresos necesarios para q un hogar de cuatro miembros supere la línea de indigencia o línea de ingresos debajo de la cual hay hambre.

Llegamos al extremo de carencia de ingresos en que en un hogar tipo (de 4 miembros) en que se perciben dos salarios mínimos y dos AUH, una por cada niño o niña, tampoco así logra superar la línea de pobreza. Una calamidad de carencia de ingresos se lo mire por donde se lo mire.

La inflación no se detiene. Traccionada por aumento de “alimentos y bebidas” la canasta de pobreza aumento un 47% interanual entre los meses de febrero 2020 versus febrero 2021, mientras el IPC general lo hizo en un 41% y según datos del primer trimestre de 2021 no se detiene.

El panorama social entonces resulta muy complejo con un piso de 40% de pobreza cuando a fines de marzo el Indec suministre el dato oficial.

Los datos de distribución del ingreso son también de terror. El 80% más pobre de la población se queda con el 50% del ingreso total. Como contrapartida , el 20% más rico toma el 50% restante y el 10% de la cúspide de la pirámide se apropia del 33% del ingreso total. Son niveles de desigualdad escandalosos, solo superados por los observados en la crisis de salida del experimento convertible en el año 2002.

Todo este rodeo inicial largo pero necesario, es imprescindible para justificar una pregunta: ¿Puede un país estragado socialmente, como lo es la Argentina después de Macri, tener como bandera conseguir el “equilibrio fiscal”? ¿Son metas prioritarias alcanzar los superávits gemelos? ¿Puede insistirse en ese camino después tantos fracasos históricos de los modelos “Déficit cero”? Enormes fracasos comunitarios q signaron el trayecto desde la recuperación democrática en el año 1983 hasta nuestros días?

Seguramente no. La economía argentina necesita salarios, ingresos familiares crecientes y superar la lógica del ajuste perpetuo a q fue sometida ya durante un lustro, más aún tras la experiencia exitosa de “desajuste” desplegada por el kirchnerismo durante casi trece años de gestión.

¿Por qué volver a las viejas recetas diseñadas por la ortodoxia económica y avaladas por el Fondo Monetario Internacional q nos condujeron una y otra vez a ser una sociedad más desigual y más pobre? Que aumentaron el desempleo desde un valle de 3% en 1983 al 24% en el año 2001?

El rediseño d política económica debe tener como eje recuperar ingresos familiares y eso supone satisfacer 3 demandas muy específicas.

Salarios, jubilaciones y planes de transferencia d ingresos actualizados por sobre la inflación realmente existente para los sectores populares.

Inflación q es la que señala la canasta de pobreza e insistimos alcanza al 47% anual. Todas las paritarias conocidas están por debajo de este nivel de inflación y oscilan en la franja que va del 29% al 35% lo que las ubica muy debajo de los niveles de actualización requeridos.

Lo mismo sucede con jubilaciones y pensiones mínimas (las que más alto se ajustaron), que solo se actualizaron un 35,5% (el resto alcanzó solo el 24%) perdiendo 11,5 puntos respecto al valor de incremento de la canasta ampliada de pobreza. Insistir con este ajuste es fracasar.

Fracasar doblemente en el caso del oficialismo. Porque su contrato electoral supone mejorar las condiciones de vida de la población general, los ingresos familiares al alza y una mejor distribución del ingreso y porque sería un error conceptual inmenso frente a las elecciones.

En efecto, el 60% de los hogares que constituyen el electorado del FdT son pobres o vulnerables por ingresos (superan la línea de pobreza por menos del 50% de su valor). Se trata de hogares pobres por ingresos o de clase media baja en riesgo de empobrecimiento por ingresos.

Persistir en el camino del ajuste pondrá severas restricciones p insistir con el voto oficialista, al menos para una porción significativa del electorado vulnerable, allá donde las fronteras ideológicas son líquidas y la orientación del voto la define la evaluación de gestión.

Se configuraría entonces una coyuntura electoral q de consumarse, y dada la coalición conservadora q enfrenta al FdT – pre civilizatoria -, sería de un gran costo económico, social e institucional, ya no solo para los sectores pobres o vulnerables sino para la sociedad toda.”

ooooo

El texto de arriba es de mi amigo Artemio López, conocido como encuestador y opinador, pero que también es sociólogo. Y un buen sociólogo, por cierto. Los datos que pone son correctos y están bien elegidos para informar de la situación, angustiante, por la que está pasando algo más de la mitad de nuestros compatriotas.

Eso, la 1° parte del texto. En la 2°, que separé usando la imagen clásica de la caverna, escribe de economía y de política. Y ahí sigue vigente el criterio de verdad, cómo no, pero la cuestión decisiva pasa a ser si funciona o no (sin alusión a “funcionarios que no funcionan”, eh).

Empecemos por tener claro que esa pobreza, “estructural” como la llaman los colegas de Artemio, tiene raíces muy anteriores y ha ido creciendo. Desde 1975/76, cuando Argentina estaba muy cerca del pleno empleo, con índices mínimos de pobreza y una distribución del ingreso no “igualitaria” (eso no hay en ningún lado) pero similar a la de varios países europeos prósperos, hemos venido avanzando hacia la situación de hoy. Acompañando un deterioro del país en su conjunto. Con excepciones, seguro -la agricultura es mucho más tecnificada y productiva, hay más empresas de base tecnológica y algunas de ellas, como INVAP o Bioceres, son competitivas globalmente. Pero no hay duda que nuestro país está peor, en relación a la región y al mundo, de dónde estaba hace casi medio siglo.

El otro punto importante a tener presente para sacar conclusiones que sirvan es que esos deterioros, el aumento de la pobreza y el declive relativo del país, no fueron uniformes en estos 45 años (tampoco son lo mismo, aunque están muy vinculados). Algunas estadísticas pueden tener imprecisiones y hasta ser engañosas, pero el conjunto es terminante: los pozos más profundos se dieron en toda la dictadura, en los últimos dos años de Alfonsín, en el 2° mandato de Menem, en el gobierno de la Alianza y en los últimos dos años de Macri. Y en el 2020, con la pandemia.

Y hay un período en que esas dos caídas se detuvieron, y tanto en la pobreza “estructural” como en la economía en su conjunto hubo alguna recuperación: durante el gobierno de Néstor Kirchner. Uno no necesita creer ciegamente en las cifras del INDEC; como en el caso anterior, el conjunto de los datos da una imagen indiscutible.

(Aclaración rápida para las distintas tribus: en los gobiernos de Cristina hubo políticas sociales muy importantes y necesarias, pero ahora sabemos que esas políticas, que siguieron y siguen, no erradican la pobreza de los que están fuera del empleo formal. Y la recuperación empezó en el breve gobierno de Duhalde, sí, pero no puede distinguirse del “rebote”: veníamos de un pozo muy profundo).

Y aquí aparece algo que me hace ruido en la 2° parte de Artemio, y en parte del discurso de los economistas heterodoxos (muchos de ellos se aferran a una ortodoxia de signo opuesto pero tan rígida como la del “mainstream”): ese gobierno de N. K. tuvo como prioridad los “superávits gemelos”. Para ser más preciso, N. K. fue obsesivo en ese punto. Y esa pulsión se mantuvo cuando CFK fue presidenta: todo el conflicto con la Resolución 125 surge por la necesidad de equilibrar los ingresos con los egresos fiscales.

Cierto que Kirchner también fue contemporáneo del “boom de las materias primas” de comienzos de este siglo, el famoso “viento de cola”. Como toda América del Sur. Pero ahora también los precios de las “commodities” están subiendo, y la mayoría de los argentinos no sentimos ni la más leve brisa.

Un aparte, por la preocupación electoral que Artemio remarca al final de su nota: seguro, antes de las elecciones no es el mejor momento para subir tarifas. Obvio. Y agrego que la bronca con los aumentos de los que pueden pagarlos no es menor que la de los que no pueden. Es una falencia de nuestra constitución: el voto de un tipo egoísta vale lo mismo que el del progre con más conciencia social de Palermo.

El tema es otro, y muy serio: como no me canso de decir, los “fundamentals”, los recursos estratégicos de Argentina son buenos: un territorio extenso, con muchos recursos, una de las grandes llanuras fértiles del mundo, una fuerza de trabajo -que ya no es la mayoría absoluta de la población- pero sigue siendo numerosa y capacitada, científicos y técnicos de muy buen nivel. Pero hace 45 años -al menos- que no encuentra un camino estable para seguir desarrollándose.

Es cierto: “la economía argentina necesita salarios, ingresos familiares crecientes y superar la lógica del ajuste”. Esto último también es obvio, los ajustes no resuelven nada cuando el problema es estructural. Habitualmente, lo empeoran. Y los dos primeros son objetivos, y se sabe cómo se consiguen: aumentando los ingresos de la economía y repartiéndolos mejor que hasta ahora. Como dijo alguien, “todo el arte está en la ejecución“.

Si me alargué repitiendo estas obviedades, es porque encuentro en esta nota de Artemio una idea que está presente, en forma vaga, en muchos de Este Lado, y que es tan ingenua -con signo opuesto- como los que creían que iba a venir una lluvia de inversiones porque Macri era empresario: que hay que animarse a aumentar salarios y asignaciones sociales, y así la demanda va a crear prosperidad. Total, ya sabemos hace 200 años, de las discusiones entre Say y Malthus, que la demanda crea la oferta, no?

La situación social es muy jodida, pero hay algo que puede empeorarla, y mucho. Una ola de alta inflación -alta para los estándares argentinos, o sea lo que en los libros se define como hiperinflación- arrasaría con el gobierno del Frente de Todos y con la actual oposición. Los episodios de hiperinflación de Alfonsín fueron la causa eficiente de la Convertibilidad: la hicieron políticamente posible y aceptada por las mayorías por 10 años.

Esto no es un llamado a quedarnos tranquilos y confiar en Guzmán. Que todavía le puede salir muy mal el equilibrio que está sosteniendo. Necesitamos más políticas activas, y mejor distribución del ingreso (porque, todavía, entra mucho ingreso en Argentina. Y sale, cuando no se invierte y se ahorra en dólares, aquí o afuera). Para eso, necesitamos mejor política. Que es también lo que plantea mi amigo, pero lo escucho a él y al fondo a la Realidad diciendo con voz ronca “Por aquí no, macho“.


Inflación, recesión y desequilibrio externo. Qué se hizo, en 1952

octubre 23, 2020

Algo bueno que le pasó al peronismo en esta etapa es la revista Movimiento. Porque ahí uno encuentra compromiso político, trabajos rigurosos y análisis inteligente. No han sido tantos los ejemplos, aún en nuestras mejores épocas…

Quiero copiar en el blog este trabajo que publicó ahí Claudio Belini, un investigador de la historia argentina. Es un poco largo, para la gente acostumbrada a Twitter. Y la Argentina y el mundo han cambiado mucho. Pero es muy actual para estos días, y deberían leerlo. Especialmente Alberto, Martín, Matías…

ooooo

“En la memoria histórica de los argentinos –e incluso en la historiografía más tradicional– pervive la idea de que al peronismo le tocó siempre gobernar en los buenos tiempos económicos, cuando el país gozaba de condiciones económicas excepcionales impuestas por el contexto internacional (Díaz Alejandro, 1975; Ferrer, 1977; Luna, 1985; Lewis, 1993; Cortés Conde, 2005). Si bien se continúa discutiendo el legado económico del peronismo, existe consenso en que se alcanzaron importantes resultados en términos sociales. Ya nadie discute que durante los años del peronismo clásico –hoy rebautizados por la historiografía como el primer peronismo– hubo un cambio fundamental en la distribución del ingreso al permitir un notable avance de los asalariados en la distribución de la renta nacional.

La interpretación que sostiene que los primeros gobiernos peronistas se encontraron con condiciones económicas excepcionalmente favorables ha sido parcialmente horadada en las últimas décadas. Las investigaciones sobre la economía peronista muestran que las condiciones iniciales de la economía peronista no fueron tan favorables ni perdurables en el tiempo. Por un lado, si bien Perón asumió su primera presidencia en un momento positivo para la economía argentina, un balance más matizado muestra que al finalizar la Segunda Guerra Mundial la economía argentina mostraba no sólo aspectos positivos, sino también importantes restricciones, muchas de ellas impuestas por el contexto internacional, y otras dimensiones negativas que resultaban de la trayectoria previa.

Es cierto que la Argentina que emergió de la Segunda Guerra Mundial poseía una economía rica en términos de la renta nacional per cápita, con una estructura productiva semi-industrializada, una gran producción de carnes y cereales –alimentos que se esperaba serían muy demandados por los países europeos devastados por la guerra– y una posición externa positiva inédita con grandes reservas de oro y divisas. Pero para cada una de estas condiciones favorables deben introducirse importantes matices. La economía argentina de los años cuarenta continuaba siendo la más rica de la región, aunque la brecha con otras naciones se achicaría en la siguiente década. La distribución del ingreso exhibía también una participación de los asalariados que no era comparable con otras economías latinoamericanas –el mercado de trabajo argentino operaba entonces con pleno empleo y un alto nivel de sindicalización en los servicios– pero la evolución de los salarios reales durante la guerra no había sido positiva (Del Campo, 1983; Doyon, 2006). Según los datos que tenemos del propio Departamento Nacional del Trabajo, parece claro que ni siquiera entre 1943 y 1945, cuando la Secretaría de Trabajo y Previsión volcó el apoyo del Estado a favor de los sindicatos, los salarios reales lograron avances, debido a la inflación importada durante la Guerra.

En lo relativo a la estructura productiva, el avance de la industria manufacturera había sido notable en la última década. Basta recordar que el empleo industrial se duplicó entre 1935 y 1946 con el surgimiento de un abigarrado cordón industrial en el Gran Buenos Aires. Para 1943, el aporte de la industria manufacturera al PBI era equivalente al del sector agrario, aunque, como resaltaba Raúl Prebisch desde el Banco Central, “el poder adquisitivo que emerge de la producción agropecuaria sigue teniendo una influencia dominante sobre la industria y las otras actividades del país” (BCRA, 1942: 6). Además, el crecimiento industrial se había producido en medio de constricciones importantes: a partir de 1939, la posibilidad de importar equipos para la industria había declinado verticalmente debido a la Guerra y –luego de 1941– al ingreso de los Estados Unidos. Debemos recordar también que la neutralidad argentina sostenida hasta marzo de 1945, es decir, semanas antes de la derrota alemana, implicó el inicio de un boicot económico de los Estados Unidos, que fue mantenido hasta 1949 (Escudé, 1983; Rapoport, 1984). Por tanto, el crecimiento de la producción industrial se había realizado a expensas del equipo instalado, sin posibilidad de ampliar la capacidad de producción ni acceder a nuevas tecnologías. Y sin importar mucho los costos de producción, puesto que era fundamental contar con esos productos para cubrir la demanda interna. Lógicamente, esta situación era excepcional. Empresarios y economistas sabían que se extinguiría una vez reanudado el comercio mundial a partir de 1945 (Belini, 2009 y 2014).

El país seguía siendo uno de los principales productores de cultivos templados y de carne vacuna, pero incluso allí los historiadores han señalado algunos síntomas de estancamiento, especialmente en el agro pampeano. La conquista nazi de Europa continental y la guerra impidieron a la Argentina colocar regularmente la producción cerealera en esos mercados. Con el fin de paliar la situación, que amenazaba provocar una crisis de importantes proporciones al recortar el ingreso del sector, el Estado puso en marcha un programa de compras masivas de la producción a través de la Junta Nacional de Granos, una institución creada en 1933 (Cramer, 2002). Esas operaciones implicaron grandes desembolsos, pero evitaron una crisis social en el agro. El cambio de los precios relativos hizo que los propietarios de la tierra se volcaran a su uso para la ganadería, expulsando miles de chacareros y arrendatarios hacia las ciudades. Por otro lado, la guerra acentuó la brecha de productividades entre el agro pampeano y sus competidores: Estados Unidos y Canadá. En estos países, durante los años treinta y los primeros cuarenta hubo un proceso de tractorización y de introducción de nuevos agroquímicos y semillas mejoradas (Barsky y Gelman, 2001). La Argentina vio retrasado todo ese proceso, primero por la crisis de 1929 y luego, durante la guerra, por la imposibilidad de importar desde los Estados Unidos.

Finalmente, recordemos que la acumulación de reservas de oro al final de la guerra –cercana a unos 1.600 millones de dólares de la época– era sin dudas un aspecto positivo. Pero también constituía el resultado de la caída de las importaciones durante la guerra, más que del buen desempeño de las exportaciones. La contraparte de esas reservas había sido el uso intensivo del stock de capital en la industria, el agro y los transportes, sin que se pudieran renovar equipos durante un quinquenio. Además, ello se producía luego de una etapa de baja inversión durante los años treinta, especialmente en el agro y los servicios. En definitiva, la situación económica argentina era muy favorable, pero al mismo tiempo exhibía importantes desafíos económicos y sociales que el gobierno electo en febrero de 1946 debería enfrentar.

La crisis que llegó pronto

En los años iniciales, la política económica peronista fue conducida por Miguel Miranda, un empresario industrial que ocupó la presidencia del Banco Central y del Consejo Económico Nacional. Es conocido que en 1946 se implantaron importantes reformas institucionales en el área económica que dotaron al Estado argentino de nuevos y poderosos instrumentos: la nacionalización del Banco Central y de los depósitos, la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) y la nacionalización de las grandes empresas de servicios públicos en manos de capitales norteamericanos, ingleses y franceses (Novick, 1986; Gerchunoff y Antúnez, 2000; Rougier, 2012; Stettini y Audino, 2012). También se nacionalizaron empresas industriales que habían pertenecido al capital alemán.

La política económica de esos años es bien conocida y consistió en el apoyo crediticio a la industria a tasas de interés reales negativas, una gran expansión del gasto público –especialmente en lo relativo al gasto social– y el estímulo al consumo mediante el incremento de los salarios reales, que en solo tres años crecieron un 60% entre los trabajadores industriales. El gobierno apoyó las reivindicaciones de la clase trabajadora y alentó la sindicalización masiva de los obreros industriales, como, por ejemplo, los textiles y los metalúrgicos, que conformaron sindicatos poderosos (Schiavi, 2013; Luciani, 2014a y 2014b). La política laboral peronista y el nuevo poder de negociación de los sindicatos favorecieron el éxito de las huelgas y permitió cambiar en pocos años el patrón de distribución del ingreso a favor de los asalariados.

El enfoque inicial de la política económica peronista se sustentó en un proceso de redistribución del ingreso desde el sector exportador hacia la economía urbana a través del IAPI. Esta institución fue clave, ya que monopolizaba las exportaciones de carnes y cereales, así como algunos rubros de las importaciones. El IAPI adquiría en el mercado interno a precios más bajos que los que colocaba en el mercado externo. Sourrouille y Ramos (2013) han demostrado que esta operatoria fue, al menos en el caso del trigo, algo diferente. Han señalado que no existía virtualmente un mercado mundial y que la posibilidad de colocar la producción en el mercado externo dependió de la habilidad negociadora argentina en el marco de los convenios bilaterales. Más interesante aún es el hecho de que una gran parte de las exportaciones fueron posibles gracias a operaciones de crédito realizadas por el IAPI con apoyo del Banco Central. Por eso muchas operaciones de venta de productos primarios se realizaron a precios más altos que los norteamericanos. Pero al mismo tiempo, no aseguraron que el país lograra importar manufacturas de países europeos que continuaban teniendo pocas manufacturas o equipos que ofrecer luego de la destrucción causada por la guerra. Más conocido es el efecto negativo ocasionado por la declaración de la inconvertibilidad de la libra, en agosto de 1947, que hizo imposible financiar las compras en Estados Unidos –entonces casi el único proveedor de equipos y maquinarias– con los saldos favorables que Argentina tenía con Gran Bretaña.

En cualquier caso, los problemas económicos reaparecieron muy pronto y tomaron la forma de una crisis de balanza de pagos en el verano de 1949. Para entonces las divisas acumuladas durante la guerra se habían evaporado en las nacionalizaciones de las empresas extranjeras de servicios públicos, el rescate de la deuda, la creación de una importante flota mercante y las importaciones de bienes de capital y de consumo. Sin dudas, el manejo de la economía por parte de Miranda había incurrido en errores y una estimación equivocada del poder de negociación de la Argentina. Un caso diferente fue la adquisición de los ferrocarriles británicos. Sabemos que ni Perón ni Miranda la tenían en mente, y que actuaron en una coyuntura marcada por la presión externa –la necesidad de Gran Bretaña de desprenderse de esas inversiones– e interna, como el apoyo de los grupos nacionalistas y del movimiento obrero (Fodor, 1989).

Lo que estaba por detrás de la crisis de 1949 era el inicio de una etapa marcada por la crisis permanente del sector externo inducida por el estancamiento de las exportaciones argentinas, la caída de los precios internacionales de las materias primas y el aumento de la demanda de divisas generado por el crecimiento industrial. La bonanza externa duró muy poco en la posguerra y abrió paso a un periodo de crisis del balance de pagos que se mantendría hasta la década de 1960.

Una doble crisis económica y política en ese verano condujo al relevo de Miranda por un equipo de economistas conducido por Alfredo Gómez Morales y Roberto Ares, este último vinculado al canciller Juan Atilio Bramuglia. La nueva conducción económica diseñó un conjunto de medidas para resolver o paliar algunos de los problemas ya evidentes. Para algunos autores esto habría marcado un “cambio de rumbo” de la economía peronista (Girbal Blacha, 2003; Rougier, 2012), pero en realidad se estuvo muy lejos de modificaciones sustanciales de las políticas económicas. Se moderó la expansión de los gastos públicos y del crédito –sobre todo al sector estatal–, se anunciaron mejoras para los precios de las cosechas que adquiría el IAPI y se pusieron en marcha créditos para el sector, complementados con los primeros intentos de establecer una industria de maquinaria agrícola. Pero se estuvo lejos de imponer un enfoque ortodoxo. Gómez Morales y Ares rechazaban, por ejemplo, la idea impulsada por el Fondo Monetario Internacional –al que la Argentina no había adherido– de proceder a la unificación de los tipos de cambio y a la liberación del mismo. Para la conducción económica eso “significaría desconocer lo que se ha venido sustentando reiteradamente en el sentido de que una adhesión de esta índole lesionaría la libertad de acción” (Comisión Económica Nacional, 1950: 6). Por eso, en septiembre de 1949, cuando Gran Bretaña devaluó la libra, la Argentina modificó sus tipos de cambio, pero solo para compensar el deterioro de otras monedas. Recién a mediados de 1950 se introdujeron otras modificaciones en el control de cambios y se devaluó una vez más el peso, pero sin que alcance el nivel requerido para ajustar el sector externo mediante una recesión de la economía doméstica.

La ausencia de un enfoque económico sustancialmente diferente, más allá del apoyo crediticio al agro, fue en buena medida el resultado de que el equipo económico aguardó hasta último momento la reversión de algunas de las condiciones externas que habían perjudicado a la Argentina. A mediados de 1950, el inicio de la Guerra de Corea pareció anunciar una reversión de la declinación del precio de las exportaciones, pero muy pronto quedó claro que las potencias industrializadas no dejarían a los países exportadores primarios aprovechar la coyuntura, de forma tal que organizaron un Comité Internacional de Compras de productos primarios, que tuvo el efecto de deprimir los precios. Estas políticas fueron censuradas por las autoridades económicas. Así, Gómez Morales sostuvo en 1951 que “El comienzo evidentemente no ha sido feliz. Nosotros opinamos que la creación de estos organismos, los problemas que abordarán, sus procedimientos, deberían haber surgido de una conferencia en la que participaran todos los países interesados y no solamente los países llamados grandes”. Y agregó: “No debemos olvidar que a una mejor correlación de los precios de los productos exportados con los importados corresponderá una mayor disponibilidad de importaciones esenciales, aspecto que nos resultará vital en nuestro grado de evolución económica actual” (Gómez Morales, 1951: 37 y 43).

Por otro lado, una nueva sequía, que se sumó a los efectos de la producida en 1949-1950, derrumbó la producción a los niveles más bajos del siglo XX. La escasez de divisas resultante y la aceleración de la inflación, alentada por la puja distributiva, hicieron que la inflación trepara al 37% anual en 1951. Para entonces, el deterioro del poder de compra de los salarios amenazaba destruir las posiciones adquiridas por la clase trabajadora en los años iniciales del gobierno peronista. No obstante, en noviembre de ese año, Perón fue reelegido presidente con amplia mayoría de sufragios. En esos días, un informe del equipo económico señaló al presidente “la necesidad imperiosa de adoptar un conjunto sistemático de medidas de emergencia” (Consejo Económico Nacional, 1951: 1).

El primer programa de estabilización de posguerra

El 18 de febrero de 1952, Perón anunció un “Plan de Emergencia Económica” que partía del diagnóstico según el cual el fuerte crecimiento del consumo no era acompañado de un incremento similar de la producción. Por lo tanto, era imprescindible restaurar el equilibrio entre ambos, alentando la producción en todos los sectores, pero fundamentalmente en el agro pampeano que era el principal generador de divisas. Asimismo, señaló que la población debía moderar el consumo y anunció una política de aliento al ahorro. Perón anunció el nuevo programa por medio de la Radio del Estado. En su discurso afirmó: “Los hombres y los pueblos que no sepan discernir la relación del bienestar con el esfuerzo, no ganan el derecho a la felicidad que reclaman”. El plan suspendió por dos años las paritarias y al mismo tiempo ordenó el congelamiento de los precios. Estas medidas buscaban frenar la puja distributiva entre capital y trabajo, que era una de las causas de la inflación. Luego del fracaso de las negociaciones entre las partes en el marco de la Comisión Nacional de Precios y Salarios (Sowter, 2013), el gobierno fijó una escala de aumentos salariales. De esta forma, el Estado asumía un papel central en la búsqueda del equilibrio entre capital y trabajo.

El equipo económico identificaba otra causa de la inflación en las políticas fiscales y monetarias, que en el pasado habían acompañado el crecimiento del ritmo inflacionario. En este plano, el programa anunciaba un recorte de los gastos públicos mediante la suspensión de las obras públicas en marcha y la reducción de “los gastos superfluos”, la postergación del Segundo Plan Quinquenal para 1953 y la imposición de nuevas restricciones al otorgamiento de créditos. En cuanto al sector privado, se anunció también una contracción del crédito oficial hacia la industria y el apoyo a la producción agraria.

Con el propósito de resolver la crisis del sector externo, que se adjudicaba sobre todo a la grave sequía de 1951-1952, se dispuso que el IAPI otorgara precios más remunerativos para los productos agrícolas. Esta medida se tomaba en el momento en que los precios internacionales continuaban declinando, lo que implicaba de hecho un subsidio al sector agrario. En cambio, el equipo económico rechazó la idea de devaluar el tipo de cambio. Principalmente, se temía que la devaluación tuviera efectos más negativos sobre los salarios reales, ya afectados por el incremento del ritmo de la inflación. Al mismo tiempo, estaba presente la idea de que la devaluación monetaria no constituía por sí un instrumento suficiente para alentar las exportaciones. Era imprescindible superar algunos problemas estructurales del agro pampeano, alentar una mayor mecanización y el uso de agroquímicos. En el caso de la carne se confiaba en esa situación de emergencia, en moderar el consumo interno a fin de dejar disponibles mayores saldos exportables. En cualquier caso, la modificación de los tipos de cambio traería más inconvenientes que beneficios. En el caso de las exportaciones no tradicionales, el equipo económico intensificó las medidas tomadas a partir de 1948 de conferir tipos más beneficiosos para los exportadores de bienes primarios con algún grado de elaboración –como tops de lana y aceites vegetales– o incluso de manufacturas como textiles y productos metalúrgicos (Belini, 2014a). En todos los casos, el nuevo Ministerio de Comercio Exterior, dirigido por Antonio Cafiero, intensificó la política exportadora, buscó abrir nuevos mercados y reclamó precios equitativos en los organismos internacionales.

El equipo conducido por Gómez Morales rechazaba la idea de volver al tipo de cambio único y flotante, que era propuesto por el FMI como un requisito para la integración al organismo. Y aunque el gobierno peronista reinició las conversaciones con los organismos internacionales para beneficiarse de los créditos que otorgaban los bancos, rechazó la incorporación al FMI (Keldar, 2012).

La aplicación del “Plan de Emergencia Económica” durante el duro 1952 –el año de la muerte de Evita– quedó grabado en la memoria popular por la escasez de energía y el consumo de “pan negro”, debido a la escasez de harina de trigo (Anguitta y Cechinni, 2020). La política de congelamiento de precios implicó una severa fiscalización del Estado, a través del Ministerio de Industria y Comercio y con el auxilio de la Dirección Nacional de Vigilancia de Precios. Apoyado por un aparato del Estado que mostraba entonces capacidad de fuerte intervención, se pusieron en marcha campañas contra el agio y la especulación que involucraron grandes multas para las grandes empresas y duros castigos para los comerciantes minoristas, que iban desde clausuras temporarias hasta cierres definitivos de comercios que violaban los precios máximos y alentaban el “mercado negro”.

Se aplicó una fuerte contracción monetaria y crediticia –especialmente para la industria– pero hubo que financiar los créditos al sector agrario, los quebrantos de las operaciones de exportación del IAPI y los subsidios a otras empresas. También surgió con fuerza el déficit de las empresas públicas –especialmente la Corporación de Transportes de Buenos Aires y los ferrocarriles–, lo que traslucía un problema de mayor envergadura hacia el futuro.

No obstante, el programa de 1952 pasó a la historia por ser el primer plan de estabilización de posguerra que alcanzó cierto éxito. La moderación de la lucha por la distribución del ingreso mediante el congelamiento de precios y salarios, y las políticas monetarias y crediticias contractivas, derrumbaron la inflación minorista del 37% en 1951 a sólo un 4% anual en 1953. Es cierto que en gran medida el freno a la inflación se produjo a costa del nivel de actividad de la economía urbana –la industria sufrió una recesión particularmente aguda en los sectores textiles, confección y calzado– y los salarios reales. Pero la crisis no se prolongó demasiado. De hecho, no se observó un incremento sustancial de la desocupación. Lo interesante es que además el programa evitó el uso de la devaluación monetaria como instrumento para corregir la crisis externa –algo que sería usual en los programas de estabilización que, apoyados por el FMI, se implementaron a partir de 1958. Tampoco se comprometió al país aumentando su deuda externa. Es cierto que entonces las posibilidades de tomar deuda eran muy limitadas y que la decisión de no adherir al FMI significaba que el país no podría recurrir al apoyo financiero del organismo.

Por cierto, el programa de 1952 dejaba entrever una percepción clara de los problemas estructurales que enfrentaba la economía argentina: el deterioro de los términos del intercambio, el estancamiento del agro pampeano y la dinámica de una inflación impulsada por la puja distributiva. A la hora de pensar en nuevos instrumentos, durante la vigencia del Plan de Emergencia, el equipo analizó un proyecto de ley de inversiones extranjeras que sería finalmente sancionado por el Congreso a mediados de 1953. El proyecto incluía cláusulas restrictivas al ingreso de capitales especulativos y al egreso que las inversiones generaban, de forma tal que implicaba una comprensión de los límites impuestos por las inversiones extranjeras. Entonces, afirmaba Gómez Morales que: “No hemos proyectado esta ley con la idea de que nos van a venir una lluvia de capitales extranjeros al país. (…) La ley ha sido promovida entre otros con el propósito de aliviar nuestro balance de pagos. (…) Si se radica una empresa que produce aquí lo que actualmente tenemos que importar y se lleva un diez por ciento de lo que produce, eso no puede ofrecer una situación de dificultades” (Ministerio de Asuntos Económicos, 1954: 46).

La resolución de la crisis externa no vendría de una llegada irrestricta de inversiones norteamericanas, como poco después apostarían Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio. Aunque la Ley 14.222 de Inversiones Extranjeras rectificaba la postura nacionalista inicial del peronismo –como ha sostenido la historiografía clásica–, no dejaba de imponer condiciones a las multinacionales que se proponían ingresar al mercado nacional. Esas prevenciones serían abandonadas luego de 1955 y tendrían resultados disímiles. Por un lado, alentarían la instalación de nuevas y complejas industrias; pero al mismo tiempo provocarían un fuerte proceso de transnacionalización del sector manufacturero. Esto es, el sector más dinámico de la economía argentina quedaría en manos de capitales extranjeros. Pero esa es otra historia.”


Un momento Guzmán

octubre 21, 2020

Empiezo por copiar íntegra la nota que publiqué hace unas horas en AgendAR. Está en lenguaje comprensible y no ofende, creo, las sensibilidades de los politizados de las distintas vertientes. Después agrego un comentario que, espero, ofenderá las de algunos. Y explico el cambio de título.

oooooooooooooooo

Las medidas de Martín Guzmán:

Esta semana el gobierno nacional empezó a poner en práctica una nueva estrategia para enfrentar el problema cambiario, una opuesta -al menos en la superficie- a la que se aplicaba hasta la semana pasada. Este cambio se vincula, acertadamente, con las propuestas del ministro de Economía, Martín Guzmán.

Por eso, copiamos aquí el comunicado que ese ministerio emitió este lunes. Y a continuación las comentamos:

ooooo

El Ministerio de Economía informa

En el día de la fecha el Ministerio de Economía anuncia que se han tomado una serie de decisiones coordinadas a efectos de reordenar distintos aspectos normativos que afectan la operatoria en el mercado de capitales.En las últimas semanas se ha observado un deterioro de las expectativas que no se condice con el proceso de normalización que se ha venido llevando adelante.

Aún muy afectada por la pandemia, la República Argentina muestra en el año 2020 un robusto superávit comercial que también se proyecta hacia 2021. La deuda pública en moneda extranjera tanto emitida bajo legislación externa como local fue completamente reestructurada. Argentina sólo pagará en 2021 USD 154 millones a sus acreedores con instrumentos de mercado. El mercado de deuda pública en pesos ha sido normalizado. Además, ha aportado recursos valiosos en los últimos meses de emergencia y jugará un papel muy importante en el proceso de convergencia hacia la consistencia macroeconómica.

Nos encontramos trabajando firmemente en la refinanciación de la deuda con los organismos multilaterales de crédito bajo los mismos criterios de sostenibilidad que oportunamente consideramos para la reestructuración de los títulos públicos. En el referido proceso, el diálogo con el FMI se encuentra en una etapa de interacción constructiva.

En este sentido, se ha observado que las regulaciones implementadas el 15 de septiembre han tendido a reducir la liquidez del mercado, ocasionando una volatilidad que resulta dañina para el proceso de formación de expectativas.

Como parte del reordenamiento del esquema regulatorio, la Comisión Nacional de Valores dispondrá:

  • Una reducción a 3 días en todos los períodos de permanencia vigentes de valores negociables.
  • Favorecer el proceso de intermediación para incrementar la liquidez de los instrumentos locales.

En simultáneo, el BCRA derogará el punto 5) de la Comunicación A7106, para fomentar la operatoria de emisiones locales en mercados regulados argentinos.

Complementariamente, el Ministerio de Economía realizará una subasta en el marco de la operatoria prevista en el artículo 7 de la Ley 27.561 de Ampliación Presupuestaria, por USD V.N. 750.000.000. Esta licitación se realizará los días 9 y 10 de noviembre, con liquidación el viernes 13 del mismo mes. Los títulos elegibles y los nuevos a ser emitidos serán anunciados por este Ministerio el día 2 de noviembre. Esta operación contribuirá a disminuir las necesidades de financiamiento neto en los períodos 2020/2021.

En síntesis, este conjunto de acciones permitirá dotar de mayor previsibilidad y volumen al mercado financiero, interactuando de manera virtuosa con la generación de un sendero económico consistente y sostenible.

ooooo

Muchos, en el mundo de la política y en los pasillos de ministerios y empresas, leyeron aquí una crítica a la gestión de Miguel Pesce en el Banco Central. La realidad es que, como decimos al comienzo, se trata de algo mucho más significativo: un cambio de estrategia.

No es nada nuevo señalar que la Argentina padece una «restricción externa»: la dificultad de su economía para obtener con sus exportaciones las divisas que necesita para pagar sus importaciones.

Esta dificultad se vuelve aguda por primera vez -con sus características actuales- en 1952. Y cada tanto atormenta a los gobiernos de turno. En esta vuelta se complicó a partir de marzo 2018, cuando empieza el retiro de los capitales especulativos que habían sido atraído por las altas tasas que ofrecía el Banco Central de Macri.

Es necesario recordar que fue justamente el gobierno de Macri el que tuvo que instalar un «cepo» a la salida de dólares, por indicación del FMI. El nuevo presidente, Fernández, había expresado una opinión contraria a ese instrumento, pero el goteo de las reservas del Central continuó, y aceptó la continuidad de restricciones al acceso a los dólares. La única divisa, hasta ahora, universalmente aceptada en el comercio internacional.

Simplificando los hechos de una gestión de algo más de 10 meses, en la que el impacto de la pandemia ha sido decisivo, podemos decir que las restricciones al acceso del dólar «oficial», el que se usa para pagar las importaciones y que recibe el exportador, hizo que aumentara el precio de los dólares «no oficiales». Que son las distintas formas de acceder al dólar por fuera de las normas del Central: el «blue» (volvieron los arbolitos a las calles de las ciudades argentinas), el «contado con liqui», el MEP…

(Esta nota en AgendAR explica como aún los modestos 200 dólares que el «cepo» permitía comprar a cada argentino a precio oficial se volvía un agujero en las reservas del Banco Central, del estado argentino. Tanto por los que lo atesoraban como por los que lo revendían al precio «blue» para ganarse unos pesos con la diferencia. El «contado con liqui» era otra manifestación del mismo fenómeno, por montos más significativos, por supuesto. Y como aún en la nórdica Islandia pasó algo parecido, en circunstancias similares a las argentinas).

El “contado con liqui” (CCL), mencionado específicamente en el comunicado de Economía, es una operación legal: se compra un título público en pesos y se vende en dólares en el exterior (la relación entre el precio en pesos y en dólares es la que da la cotización). Como los dólares de la venta quedan depositados en el exterior, se lo llama también “dólar fuga”, y el Banco Central trató en estos meses de ponerle obstáculos, aunque no salieran directamente de sus reservas.

Pero la «brecha», la diferencia entre el precio del dólar oficial y los otros siguió aumentando. En estos días, hasta cerca de un 180%. Así, todos quieren importar, para que el Central le dé esos dólares oficiales «baratos». Y a nadie le interesa exportar, o declarar sus exportaciones, si va a recibir pesos al precio del dólar «barato».

Ya no importa si $ 80 por dólar es un valor razonable o no en relación a los precios locales (hoy lo es). Porque hay argentinos, o extranjeros con pesos, que están dispuestos a pagar mucho más por dólares, o euros, o monedas más estables.

Frente a una situación como ésta, la reacción natural de la autoridad monetaria, de un gobierno, es aumentar las restricciones, para defender las divisas que el país necesita. Aparentemente, en los debates internos del gobierno de Alberto Fernández, ha sido Martín Guzmán quien quedó asociado con la percepción que sólo estaban sirviendo para aumentar el valor del dólar en relación a la moneda nacional. Poner una valla más alta, hacía que saltaran más los que huyen del peso.

Es posible también que otros en el gabinete se hayan dado cuenta que, si no se contaba con una policía secreta como Kim Jong-Un, ni un muro a lo Trump, un gobierno no puede impedir esta sed por los dólares. (Es posible que con esas herramientas tampoco).

El caso es que a partir de este lunes 19, bajo la indicación del ministro Guzmán, se han reducido los obstáculos para que aquellos que tienen (muchos) pesos puedan convertirlos en dólares. La razonable expectativa es que eso baje el precio del dólar «no oficial» y achique la brecha entre esos valores que hace imposible en la práctica un manejo razonable de la economía.

Hasta ahora no ha habido un cambio significativo en la dinámica, pero se trata de sólo dos días hábiles. Es posible que haya otras medidas en esta dirección.

¿Alguna otra alternativa? La próxima temporada de exportaciones tradicionales no empieza hasta febrero-marzo del 2021 ¿Un apoyo externo? Trump tiene otras preocupaciones más urgentes. Los otros grandes bolsillos son China y las cerealeras (con vasos comunicantes entre sí). Pero ninguno de esos dos actores se destaca por la filantropía… En todo caso, para utilizar libremente el swap chino se requiere autorización del FMI (cláusula, dice Graziano, introducida en 2019 a pedido de Beijing).

Desde AgendAR tenemos que evaluar que el éxito de las medidas del ministro Guzmán es la mejor posibilidad en lo inmediato de evitar una mega devaluación que provocaría un desastroso salto inflacionario, más doloroso para los más vulnerables, pero con pésimas consecuencias, como los anteriores, para la economía argentina.

Sólo queremos reiterar una vez más que el problema argentino no es el precio del dólar. Es, desde hace décadas, la destrucción del peso como instrumento de ahorro. Hasta que Argentina no vuelva a tener una moneda nacional confiable, todas las medidas serán equilibrios en la cornisa.

ooooooooooooooo

¿Por qué hablo de un (muy hipotético) “momento Guzmán? La renegociación de la deuda externa ya la hizo, y fue aplaudida por la gran mayoría de los actores, incluso los menos envenenados del Otro Lado. Estas últimas medidas todavía no tienen éxito (a 2 días hábiles y medio), y pueden ser seguidas, o no, por medidas más audaces en la misma dirección.

Y por el otro lado, no puede decirse que Alberto Fernández llegó envuelto en banderas rojas, con “bayonetas que portan en su punta las mañanas”, como decía Borges cuando era joven. Nada de eso. Y en toda la experiencia kirchnerista no hubo ningún intento de reemplazar al capitalismo por algún otro sistema. Néstor y Cristina se llevaron bien con muchas grandes empresas, incluidas transnacionales extractivas, y en todo caso pelearon a cara de perro medidas concretas. Néstor tocó en algún momento la campana en Wall Street, remember?

El dato clave es la relación de fuerzas (siempre lo es). El gobierno está en una situación aún más delicada que cuando Julián Domínguez tejió pacientemente acuerdos con las patronales rurales, después de la derrota de la Resolución 125. Y debe tratar con acreedores, inversionistas y especuladores que, al contrario de la producción sujeta a la tierra, pueden mover sus activos a cualquier parte del mundo con un clic en Internet. Con Guzmán ¿y algún otro? tiene que encontrar la forma de manejarse con el capitalismo globalizado, sin abandonar el frustrado sueño de un capitalismo nacional. Deseémonos suerte.


El témpano de la megadevaluación

octubre 5, 2020

Voy a copiar aquí, palabra por palabra, un posteo de mi blog del 14 de mayo pasado. Con la misma imagen. Tenía un título menos alarmista, eso sí, pero hoy el barco está más cerca del témpano y la “campana” suena más fuerte. Al final, agrego algo sobre la coyuntura inmediata. Que, a no olvidar, es donde vivimos todos.

ooooo

“En estos días estuvo sonando muy fuerte la campana de alarma tradicional en la Argentina: los precios de todos los “dólares no oficiales” se han disparado. El “blue”, el “contado con liqui”, el MEP… Las distintas formas encontradas por los argentinos que tienen muchos, o pocos, pesos que no necesitan ya para vivir, para cambiarlos por dólares y sacarlos del sistema productivo o del financiero local: guardarlos en “el colchón”, en cajas de seguridad, en cuentas en el exterior…

Esto también vale, por supuesto, para las empresas -nacionales o no- que operan en nuestro país, que manejan montos mucho más grandes que los individuos. Y que por eso le provocan un agujero más grande a la economía nacional.

La campana de alarma no ha empezado a sonar hoy, claro. Está sonando desde bastante antes de 1969, cuando la ley 18188 le sacó por primera ves 2 ceros al viejo peso moneda nacional (ahora vamos por 13 ceros borrados). Pero en esas décadas, hasta más o menos la del ’80, la inflación alta, es decir, la desvalorización de la moneda propia, era una característica común a todos los países “en vías de desarrollo” (así se decía entonces). Hoy es un fenómeno no exclusivo de nosotros, pero bastante poco común. Lo que acentúa el impulso de salir de nuestro peso.

El tema inflacionario en general, y la inflación argentina, han sido muy estudiados y debatidos. Hasta, por lo que valga, en este blog. Hay bibliotecas enteras de sesudos volúmenes, con distintas conclusiones, y los que manejan hoy las palancas estatales de la economía las conocen. No valdría la pena volver sobre el asunto en un posteo, sino fuera porque quiero transmitir la urgencia, y hacer un llamamiento.

Empiezo aclarando mi opinión sobre esta coyuntura. Reiterándola, porque ya la había planteado, hace 20 días en este blog (citándome a mí mismo en AgendAR):

“El factor central de esta «tormenta cambiaria» -más allá de las previsibles operaciones- es la huida del peso; la decisión de los que tienen fondos, grandes o pequeños, de cambiarlos por dólares, hasta arriesgando sanciones legales. Aunque, ya lo dijimos hace poco, no es un buen momento para la divisa norteamericana.

No se trata entonces -estimamos- de «presiones inflacionarias causadas por la emisión». No hay ninguna presión del consumo sobre los precios, salvo en pequeños sectores de insumos médicos y artículos de limpieza. Pero si las autoridades económicas no consiguen que los poseedores de pesos no corran a cambiarlos por dólares, habrá dos consecuencias negativas e inevitables: los exportadores no querrán vender al cambio oficial, y esta devaluación desordenada se trasladará, más temprano que tarde, a los precios.”

El gobierno está consciente de lo que está pasando, obvio, y toma medidas para controlar y dificultar el acceso al dólar, por fuera del sistema legal. Pero la continuidad y aceleración de esta “tormenta” me hacen pensar que lo que está ocurriendo es el reflejo de la destrucción del peso como reserva de valor. Una situación que ya lleva muchas décadas, como dije recién, pero que las circunstancias actuales: la pandemia, la renegociación en curso de la deuda externa, la hostilidad de importantes intereses vinculados al sistema financiero,… la agravan al paroxismo.

Tratar de manejar o aminorar estas circunstancias no alcanza, en mi opinión, porque algunas de ellas están fuera de las posibilidades del Estado. Si es así, resulta necesario y urgente enfrentar el problema de la ausencia en nuestro país de una reserva de valor fungible -es decir, que se pueda adquirir, transferir o gastar con facilidad- que no sea el dólar.

Vale la pena, me parece, hacer una pausa para explicar algunos términos a los no economistas. Simplificando mucho, el dinero sirve como medio de pago (lo más usual y evidente); como unidad de cuenta, para comparar el valor de cualquier bien; y como reserva de valor, es decir que no se gasta sino se retiene para gastos futuros o para invertir.

Es evidente que nadie, desde hace muchos años, ahorra en pesos, salvo como un sacrificio patriótico o cobrando intereses altísimos -lo que antes llamaban usurarios- para cubrirse de la inflación esperada (siempre muy alta, por larga experiencia). También se ha reducido su función como unidad de cuenta: los bienes con precios altos, como los inmuebles, entre nosotros se valoran en dólares.

El hecho es que ahora detener la escalada inflacionaria es absolutamente necesario, o entraremos en la fase en que la inflación se alimenta de sí misma de forma exponencial. Ya estamos cerca: para los que tienen pesos, ningún valor del dólar aparece demasiado alto. Una de cuyas consecuencias es que ningún empresario puede estar seguro del valor de reposición de lo que vende.

Esta no es una inflación de demanda, resulta evidente, porque salvo para algunos insumos médicos, la demanda no creció o ha caído. La brusca reducción de la oferta de muchos bienes es sí un factor significativo, pero a en mi opinión el factor dominante es la huida del peso.

Nuestro gobierno, como casi todos en el mundo, está tomando medidas “keynesianas” (las pongo entre comillas porque no estamos frente a la situación que inspiró a Keynes su producción intelectual más importante: no hay un “déficit de demanda”. En todo caso, es de demanda y de oferta. Por eso mismo, plantearse reducir la demanda -la receta de siempre de los economistas “ortodoxos”, a través de devaluaciones o ajuste del gasto público, es un planteo absurdo. Ya la pandemia, y la cuarentena, han reducido la demanda a límites insostenibles en el tiempo.

¿Qué sería entonces, en las condiciones actuales, un plan antiinflacionario eficaz? Una pregunta difícil, entre otras cosas, porque el último intento -el modelo de metas de inflación que se aplicó durante el gobierno anterior- terminó en un fracaso patético. Y aquel que funcionó durante diez años -la Convertibilidad implantada en 1991- lo logró a partir del aumento del desempleo desde 1996 y terminó en una catástrofe en 2001.

Pero ese es el desafío que, creo, deben plantearse los economistas argentinos. En especial, los del “campo nacional”, ajenos a la superstición monetarista, pero que por lo general han encontrado difícil enfrentar la inflación. Prefieren decir o sugerir que el problema es que nuestros empresarios aumentan los precios porque son codiciosos. Y evitan preguntarse si los empresarios que en otros países no los aumentan todos los meses son generosos.

Si me dirijo, en general, a todos los que se interesan en la política económica, es porque los que están ocupando los puestos de conducción en este momento, no tienen tiempo, ni probablemente la tranquilidad para imaginar nuevos expedientes. En la primera línea del Estado -especialmente hoy en el que tenemos- hay que resolver problemas y tomar decisiones cada día, cada hora. Como le gusta decir a mi mujer, están “atajando penales”.

Por mi parte, y sin demasiada seguridad, adelanto que las ideas que se me ocurren pasan por la creación de una nueva unidad monetaria para el ahorro, como tienen desde hace décadas Brasil y Chile. Cuyas economías tienen problemas graves, por cierto, pero no inflación altísima ni tasas de interés enloquecidas.

Esta unidad de reserva de valor no tiene que reemplazar al peso como moneda de cambio. En realidad, la única condición clave es que aquel que la recibe no sienta que se le está desvalorizando a cada momento. Ahora, la solución no es que gane intereses, porque cuando se fijan, se está fijando también un piso a la inflación. Sí se puede decidir que ese instrumento gane un interés pequeño, para estimular el ahorro. Pero se debe fijar un valor de referencia para ese instrumento, claro, conocido por todos y que no se desvalorice con la inflación. El incentivo principal para conservar esa “unidad de valor” no sería el rédito, sino la liquidez.

El problema clave, si la que sugiero es una respuesta válida, es hallar el valor de referencia adecuado.

El experimento de Cavallo en 1991 que mencioné se aferró al valor del dólar, y dejó muy malas memorias para los argentinos. Además, la moneda estadounidense no parece un ancla muy sólida en medio de esta pandemia. Y si se llegara a valorizar, sería peor. Ya nos pasó.

El patrón oro… al que se aferró Inglaterra en los ´20 del siglo pasado con malas consecuencias de desempleo y caída de sus exportaciones, fue deflacionario. Hoy probablemente volvería a serlo.

Tiendo a inclinarme -repito, con dudas- por una canasta de los productos de exportación argentinos. Suena lógico, aunque, reconozco, sería vulnerable a las oscilaciones de los mercados.

El caso es que tiene que ver con nuestra realidad. Nuestros “fundamentals”. Descartada la fantasía macrista de una “lluvia de inversiones”, que llegarían porque había un presidente “business friendly“, y la de las inversiones atraídas por la Vaca Muerta, el sector competitivo de la producción argentina, que produce divisas -y que sus capitales sólo pueden emigrar en una pequeña parte, porque la tierra no es trasladable- es el agropecuario.

Como se dan cuenta, esto es “pensando en voz alta”, el lema de mi blog desde hace algo más de 12 años.

ooooo

Creo que lo mejor para acercar este texto de hace cinco meses -con ideas que vienen de bastante atrás- a hoy es agregar aquí algunas de las frases que uno ha intercambiado en estos días en mensajes de whatsapp:

Una devaluación no resolvería nada (exagero: algunos problemas financieros coyunturales, al costo de empeorar otros). El gobierno pagaría un costo político importante… y en dos, tres meses, estaría de vuelta frente a la misma situación. Boqueando, esperando la cosecha”.

Ya existe un desdoblamiento del mercado de cambios de hecho. Y es parte fundamental del problema: tenemos el valor oficial del dólar que corresponde al nivel de exportaciones e importaciones, y actualmente $ 80 es un buen valor, competitivo. Y está el que corresponde a los que quieren salirse del peso, en una dolarización de hecho. Ese valor sube y sube sin límite, porque es un círculo vicioso: el dólar blue alto estimula sicológicamente la inflación, y se desvaloriza más el peso”.

“Entonces, lo que proponía hace cinco meses como un mecanismo para el ahorro, debe convertirse en una de las herramientas de un plan antiinflacionario en serio. No es el lugar para precisar qué significa “en serio”. Sí se puede decir que, si funciona, el gobierno paga un costo política alto, al principio. En tres meses llegan los aplausos, si funciona. Tenemos ejemplos en la historia de las últimas décadas”.

“No es cuestión de voluntad, sino de inteligencia, de conocer la economía real, de hacer acuerdos en serio con algunos de los actores claves… Es muy difícil, pero la realidad, estimo, lo impondrá pronto. Y, como dijo alguien que sabía: todo el arte está en la ejecución”.


A %d blogueros les gusta esto: