Trump, Obama, Macri

mayo 22, 2018

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Cada tanto, siento el impulso de volver a pontificar desde el blog sobre lo que está pasando, aquí y en el resto del mundo. Pero… nunca tuve el don de la síntesis, y ahora no tengo el tiempo disponible para encarar un análisis en serio.

Apenas si puedo rescatar, y como pincelada, sólo dos de los pocos tuits que lancé en estos días: Por una frase ingeniosa @AsisOberdan sacrifica la precisión. Pero la realidad se esfuerza en darle la razón. Empieza el Tercer Gobierno Radical“. “Y el Tercer Gobierno Radical tendrá su economía ochentosa: inflación, devaluaciones y festival de bonos“.

Pero Twitter es para chicanas entre politizados y trolls. Por suerte, encontré en esta nota de Roberto Feletti -uno de los más lúcidos en la comisión de Economía del PJ- un resumen, entendible para los que no tienen formación en economía, de las políticas de Obama y de Trump, y como -inevitablemente- han cambiado el escenario global. Y del desafortunado timing del Mauricio en su intento de globalizar la economía argentina.

Este texto de Roberto ya es conocido -lo reprodujo El Destape. Pero me parece útil repetirlo aquí. Más allá de la circunstancia, acerca a los de a pie algunos de los conceptos que se manejan en economía. (Justamente, Paula Bach, de La Izquierda Diario, recién me hacía llegar este análisis, donde profundiza el análisis de las políticas del Donald y discrimina entre las que son por “show” y las decisivas. Pero eso es más para la discusión técnica).

Como sea, no me privo de mi habitual comentario al final.

“Se ha vuelto una cita tan común como real afirmar que el presidente Macri eligió un pésimo momento mundial para abrir la economía en el plano comercial y financiero, construyendo desequilibrios inmanejables en el sector externo y rifando la joya de la “pesada herencia”, que fue el país desendeudado para facilitar la salida de capitales de los grupos empresarios que lo sustentan. La explicación cuantitativa de la vulnerabilidad crítica que soporta la Argentina en el actual contexto global la proporciona el balance cambiario del BCRA: en 2016/2017: se fueron u$s 33.000 millones por déficit de la cuenta corriente del balance de pagos y u$s 30.000 por “formación de activos en el exterior”, mote simpático para denominar la fuga de capitales.

Pero ¿qué ocurrió para que la mediocre “elite” argentina no pudiera disfrutar de un lapso prolongado de acumulación financiera de excedente sin crisis? Esencialmente, que los países desarrollados transitan casi una década desde la crisis financiera del 2008, con sus economías creciendo a un promedio anual del 1%. Este factor está erosionando sus sistemas democráticos y fue determinante en el cambio de política económica de EEUU con la llegada de Donald Trump a la presidencia, quien puso en marcha un ensayo destinado a romper el estancamiento.

Trumpnomics: el retorno de la política fiscal y la revisión del multilateralismo

La presidencia de Barack Obama (2009-2016) estuvo signada por el auge de la política monetaria como respuesta a la crisis del 2008. Los paquetes de “quantitative easing” de fuerte emisión monetaria para dar liquidez, sumada a la recompra de las carteras morosas por parte de la Reserva Federal, impidieron una quiebra generalizada del sistema financiero estadounidense y la ejecución masiva de deudores insolventes. La política monetaria expansiva permitió mantener muy baja la tasa de interés respecto de la inflación interna de EEUU, licuando paulatinamente los pasivos impagables, detonantes de la crisis. Sin embargo, este esquema no contenía medidas de recuperación de la demanda efectiva, lesionada severamente por el “crack”, y debilitaba al dólar como moneda de reserva internacional. El gobierno demócrata entendió que un potente estímulo al consumo a través de la política fiscal agudizaba los desequilibrios de los sectores externo y público, que no podían seguir siendo financiados por la emisión de dólares dado el debilitamiento que provocaba en la moneda norteamericana a escala planetaria.

La economía estadounidense languideció durante la presidencia de Obama con una tasa de crecimiento promedio anual en los dos mandatos de 1,5% y un desempleo que se mantuvo durante su primer mandato por encima del 8%, para descender paulatinamente al 5% sobre el final de su gestión. Bajo crecimiento y lento descenso del nivel de desempleo signaron una administración que no pudo superar el impacto negativo de la crisis del 2008.

Trump, convertido en presidente de los Estados Unidos, decidió apelar con fuerza al incentivo fiscal como método de relanzamiento de la economía. Una fuerte rebaja de impuestos a las empresas y un ambicioso programa de obra pública marcaron el rumbo del retorno de la política fiscal como estímulo del consumo y la inversión, logrando que la economía creciera un 2,3% en el 2017, su primer año de gestión, y que las cifras preliminares del primer trimestre del 2018 arrojaran un 2,4% de expansión con un sensible aumento de la tasa de inversión del 6,1%. A su vez, el desempleo se redujo en abril del 2018 al 3,9%, aproximándose al mínimo alcanzado en igual mes del año 2000 durante el gobierno de Bill Clinton, que se ubicó en el 3,8%.

Para impedir una situación de debilitamiento del dólar en el mundo a consecuencia del paquete fiscal planteado, se tomaron dos decisiones que modificaron el escenario global. La primera consistió en contener el desequilibrio externo, para lo cual agudizó el proteccionismo poniendo en revisión todos los acuerdos multilaterales gravosos para la industria, y estimuló la producción de energía, que ya venía en expansión. La segunda decisión fue financiar el déficit fiscal mediante la colocación de deuda del Tesoro, reduciendo la emisión monetaria. Las consecuencias de estas dos decisiones son una retracción de la demanda hacia el mundo por parte de los Estados Unidos y una absorción de la liquidez internacional que se había expandido en las décadas anteriores,  canalizando esos fondos hacia el gasto público norteamericano.

Restricción de la liquidez internacional y tensión en las economías emergentes

La política económica de Trump comenzó a actuar como una aspiradora de fondos disponibles en el mundo y además redujo la capacidad de compra internacional de un país que reúne el 26% de la demanda global. Consecuentemente, tanto en el plano comercial como en el del financiamiento, la restricción de dólares hacia las economías de tamaño medio comienza a ser alta y a expresarse en devaluaciones  relevantes en muchos países. Brasil y México, las dos economías más importantes de Latinoamérica, experimentaron depreciaciones de sus monedas en el mes de mayo cercanas al 4%.

En este marco, al presidente Macri se le ocurrió pedir auxilio al FMI, institución que le va a exigir un ajuste de su sector externo por vía de una corrección cambiaria, dado que no hay recursos para financiar el desequilibrio en que ha incurrido su gobierno.

Una vez más, nos mienten cuando nos dicen que el problema es fiscal. La crisis es externa, mezcla de incapacidad para comprender el mundo y de voracidad para llevarse los dólares”.

Quiero observar que -aunque estoy de acuerdo en que el origen de la “turbulencia” de estas semanas, y de la crisis que pende sobre la economía argentina son los déficits comercial y de cuenta corriente, agravados por la inconsistencia de las políticas de Macri- no debe dejarse de lado el tema fiscal.

Me consta que Feletti lo tiene claro, pero demasiados economistas nac&pop caen la trampa dialéctica de los economistas “ortodoxos” (que habrían sido aplazados por cualquiera de los clásicos). La trampa es que tratan de conseguir que “reducir el déficit fiscal” se identifique con reducir jubilaciones, políticas sociales y otros derroches de los pobres.

Los subsidios a las empresas no se mencionan, y la insana carga de intereses… no es “primario”, y por eso se sienten autorizados a no mencionarlo. Y procurar que no se piense en eso.

Tampoco, por supuesto, está permitido hablar de reducir el déficit fiscal por el lado de los ingresos.

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Al Fondo (monetario), rápido

mayo 9, 2018

sturzegger y dujovne

Este blog “en pausa” (que asombrosamente sigue muy visitado. Gracias) siente necesario compartir este lúcido posteo del blog de Mariano Grimoldi Yendo a menos. No es que necesite difusión; veo que ya ha tenido eco en buenos analistas. Pero quiero aplaudir esta voluntad de encarar los datos duros de la realidad, sin telarañas ideológicas. Comento esto al final.

Los titulares periodísticos fatigan el remanido “Argentina vuelve al Fondo Monetario Internacional”.

Lo que Argentina hace en realidad, es pedirle al FMI un rescate. De apuro. Como los que suele brindarle el Fondo a países con dificultades en su sector externo, en este caso, con carácter urgente.

Ideologizar estas cuestiones no está mal, pero en algún punto pueden hacer perder de vista lo más concreto y puntual que se muestra ante los ojos de quienes lo quieran observar.

Argentina nunca dejó de ser miembro del FMI. Hace los aportes dinerarios correspondientes, y como país miembro es pasible de solicitar asistencia cuando cree que lo necesita. Si el FMI estima que esa necesidad es justificada, otorgará la línea de crédito. Hoy por hoy, países como Kenia, Mongolia, Gabón, Colombia, México y varios más tienen asumidos compromisos de esta naturaleza.

Recordemos que no hace mucho (marzo 2018) las autoridades del Ministerio de Finanzas llevaron a cabo conversaciones con el Fondo, desestimando el programa de reformas planteado por el organismo, porque si bien no divergía en lo fundamental del que pretendía encarar Macri, manejaba tiempos que no congeniaban con las necesidades electorales de Cambiemos.

Christine Lagarde, un tiempo antes, en el Foro Económico Mundial y en conferencia compartida con Dujovne, dijo que Argentina no iba a recibir plata del FMI porque “no lo necesita”.

Algo pasó para que, meses más tarde, Argentina necesite esta asistencia.

Y que, además, la necesite con carácter urgente, al punto que Dujovne brindó ayer una conferencia en la que tenía que dar detalles de la operación, en la que anunció que todavía no había detalles. Hay un incendio, y ya llegó el bombero. Ahora faltaría la manguera.

El FMI no es, como parecería al escuchar algunos comentarios, una sociedad de beneficencia que asiste a países en dificultades. Es un ente multinacional que intenta reestablecer con asistencia crediticia el equilibrio externo de países en dificultades para evitar que los mismos tengan impacto global. Que Dujovne hable de lo atractivo de las tasas a las que presta el FMI es una insensatez. Simplemente porque oculta la verdad más relevante. Te dan ese crédito blando porque ponés en riesgo el equilibrio del sector financiero regional. Si ese riesgo no existiera, te mandarían a pedir plata al mercado financiero al que acuden todos los países, del que Argentina capturó en estos dos años y medio unos 140 mil millones de dólares.

El problema, básicamente, está en que, a pesar de haber recibido crédito “caro” en cantidades apabullantes, el sector externo argentino sigue desequilibrado. Su situación incluso, empeoró severamente desde marzo a hoy.

Por eso será necesaria la asistencia del FMI.

El monto del que se habla, además, es inquietante. Porque equivale exactamente a la suma del próximo vencimiento de LEBACs. Casi como si el gobierno intentara decirnos que necesita cubrir con dólares la explosión de demanda que sobrevendrá por la pinchadura de la burbuja que ellos mismos armaron. Algo que fue largamente advertido y refutado burlonamente por quienes hoy corren despavoridos sin saber qué hacer con los apuntes del master en finanzas que cursaron en Europa.

Un dato más inquietante aún: hace apenas cuatro días, el ministro de Finanzas, Caputo, nos informaba que las necesidades de financiamiento de la Argentina para 2018 estaban ya casi totalmente cubiertas. Si yo fuera “mercado” me inquietaría pensar qué pudo haber pasado en estos cuatro días para que, de repente, el país necesite una asistencia tan monstruosa.

Es decir, independientemente de la discusión ideológica sobre el rol del FMI, y sin entrar todavía en las derivaciones en políticas domésticas que la intromisión del FMI puede tener, lo que se nos evidencia claramente (pero insólitamente no ocupa lugar destacado en los análisis) es que Argentina enfrenta una crisis de su sector externo de proporciones importantes.

Y que, a juzgar por cómo vienen desarrollándose los hechos, el crédito del FMI difícilmente resolverá.

Yo graficaría la situación de la siguiente forma: hay, en el mercado local, diversos actores que lograron convertirse en fuerzas centrípetas que aspiran volúmenes importantes de pesos, y los reproducen con las facilidades que el Banco Central les dio (tasas exorbitantes, LEBACS y otros papeles de riesgo nulo). Entre estos actores se encuentran, por ejemplo, las diversas empresas que componen los distintos eslabones del sector energético, fondos de inversión, bancos, y grupos económicos tradicionales. Estas aspiradoras de pesos, los acumulan y los dolarizan, gracias al seguro de cambio que les ofrece el Gobierno, que nos endeuda a todos en dólares para que el dólar les resulte barato a estos señores. Estos tipos seguirán haciendo, entonces, lo que vienen haciendo: esperarán el ingreso de dólares artificial que sobrevalúe el peso, y con lo que atesoraron comprarán dólares baratos para llevárselos, dejándonos al resto de la población la carga de la deuda y la devaluación posterior.

Pedirle plata al FMI es, tal vez, el paso último, la última instancia de ese círculo vicioso que constituye una de las mayores transferencias de recursos (tremendamente regresiva además) de la prolífica historia argentina, y a la que en el futuro, tal vez, bauticemos con el nombre de vaciamiento.

Este texto de Grimoldi me resulta refrescante. El análisis que hace de la burbuja de deuda que creó la insensata política de Cambiemos no es nuevo. Ha sido hecho por muchos economistas, a los que no escucharon los que necesitaban convencerse que esta vez la receta “liberemos a los mercados” sí iba a funcionar. Pero también muchos otros, que veían la posibilidad de una catástrofe en el horizante, pero pensaban -es muy humano- que iba a seguir en ese lejano horizonte. Algo de eso se comentaba hace poco en este blog.

Pero el valor de su enfoque va más allá, porque es una dosis necesaria de sensatez. Está de moda entre los intelectuales jóvenes y no tanto, afirmar que todo es comunicación, “relato”, que la realidad no existe sino a través de la intermediación de lo que escuchamos y decimos sobre ella.

Y entre los que hemos sido formados en una tradición anterior, también es frecuente ver la realidad exclusivamente en la forma de “proyectos” políticos. Todo lo que pasa, pasa porque “alguien”, un sector poderoso y desconocido para las masas, lo desea así. Exagerando, pero no tanto, se tiende a pensar que la realidad no pone límites a la voluntad perversa de los Malos. Y no debería ponerlos a la voluntad generosa de los Buenos.

No es así, amigos. La realidad existe, y lo sabemos cuando nos golpea. Como acaba de golpear a la inconsciencia ideologizada, y dotada de Masters en finanzas, del equipo económico de este gobierno.


La economía argentina, en dos frases célebres

mayo 3, 2018

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No hay crisis si el dólar sube un poco

(Marcos Peña, Jefe de Gabinete)

“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

(atribuida a Einstein, pero es más antigua)

No trataré de hacer un análisis económico de la situación. Si antes no tenía tiempo para escribir con alguna complejidad técnica, estos días… son más exigentes.

Para un resumen adecuado, recomiendo esta columna de Guillermo Moreno en BAE. A Guillermo algunos lo aman y otros lo detestan, y él se esfuerza por alimentar ambos sentimientos. Pero cuando escribe de economía es ortodoxo, “clásico”. Y ahora son unos cuantos los miembros de la Comisión de Economía del PJ, profesionales con prestigio y con opiniones divergentes sobre muchos temas, que lo están compartiendo. En momentos de crisis la heterodoxia se desvaloriza.

Me interesa hacer una corta reflexión política, es decir, de poder y de sicología. No la del presidente del B.C.R.A., que repite con obsesión “su” receta del aumento de tasas, ni la del gobierno actual que se aferra a sus hombres y a sus políticas. Es muy riesgoso, y también difícil de aceptar para los egos fuertes, “cambiar de caballo en mitad del río”. Cuando se convencen que la corriente se lo lleva al animal… ya se lo está llevando al jinete.

Lo que verdaderamente puede fascinar a un observador imparcial, si ese animal existiera, es cómo por más de 60 años una parte importante de la sociedad argentina -que ha ocupado el gobierno y manejado las palancas del Estado en muchas ocasiones, como lo hace ahora- se empeña en desconocer los intereses, sentimientos y pasiones del resto y, peor aún, la realidad económica del país, para aplicar las recetas de moda en ese momento en el Atlántico Norte.

Porque coinciden con los intereses de los más poderosos, y “formadores de opinión” de ese sector, pero sobre todo, porque coinciden con su idea de cómo debería ser la Argentina. Moderna, prolija, próspera; un país europeo. Imaginario, desde luego, porque -a pesar del aumento del turismo al exterior- desconocen cómo son en profundidad los distintos países europeos. Y las historias que los formaron.

Este el sector -insisto, numeroso ¿hoy un 33, 35 %?. Aproximadamente- que ha dado apoyo, se ha identificado, al menos al comienzo, con todos los intentos de “restauración” que se han llevado adelante desde 1955 en nuestro país. Por la vía de asonadas militares o, en 1983, 1999, 2015, por la electoral. Todos esos intentos han fracasado (excepto el actual, pero yo no le extendería una póliza de seguro).

Es irónico, pero el proyecto de “modernización” que duró más tiempo, y tardó más en perder el apoyo popular, fue el que encabezó desde el peronismo Carlos Menem, entre 1989 y 1999.

Esto ha contribuido a formar la leyenda que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina. Lo real es que no se la puede gobernar ignorando la estructura social y económica que empezó a formarse desde 1930 con la industrialización forzada por la Gran Depresión, a la que el peronismo fundacional dio una organización sindical fuerte y una epopeya entre 1945 y 1955, y la pobreza y marginalidad que empezó a extenderse y crecer cuando esa industrialización decae a partir de 1975.

Si la City, las pymes y los acreedores me dan tiempo, retomaré este reflexión.


“Y ¿qué van a hacer con el dólar?”

abril 26, 2018

dolaresvolando

A pesar del título, este posteo -en un blog “en pausa”- no va a aportar a un posible -necesario para muchos- análisis de la situación económica actual. Aquí ya muchas veces se ha reconocido que Argentina tiene una economía bimonetaria, en la que el dólar cumple la función de reserva de valor, y se recordó que hace largas décadas Marcelo Diamand, entre otros, señaló que nuestra industria necesita para sus importaciones más divisas que las que producen sus exportaciones.

Entonces, ya hemos hablado mucho de “la restricción externa”, de la necesidad de un tipo de cambio adecuado para no hacer difícil exportar y, sobre todo, no hacer fácil las importaciones prescindibles y el gasto en el exterior.

De todos modos, ese no es el único problema, ni, me animo a decir, el más urgente que enfrenta la actual (multi) conducción económica. Aparecen síntomas de una… renuencia de los inversores -bah, prestamistas- externos a seguir poniendo las decenas de miles de millones de dólares que por año necesitaría Argentina para equilibrar su balance de pagos -el moderado aumento de la tasa de interés en EE.UU. no ayuda-; la baja previsible en la recaudación fiscal -la sequía, la autorización a demorar indefinidamente la liquidación de divisas, y la visible recesión en algunos sectores ayudan menos-; y, sobre todo, la burbuja que irresponsablemente se creó con las LEBACs y otros valores a cortísimo plazo que exigen tasas muy altas para no pasarse al dólar… Esa burbuja aumenta todas las semanas; todos saben que en algún momento habrá que salir de ella y todos temen que los últimos se quedarán sólo con bonitos papeles.

Igual, como dije arriba éste no es un aporte técnico; para el cual no tengo credenciales académicas. Sobre el tema específico del tipo de cambio, en particular, lo que puede decirse con responsabilidad (aquí va una tosecita modesta) lo dijimos hace 24 horas: “En resumen: no hay una situación previsible inmediata que obligue a una devaluación. Pero toda la experiencia de las pulseadas entre Bancos Centrales y los especuladores, aquí y en el extranjero, hace pensar que el actual no es un equilibrio sustentable“. Es el estilo sobrio que corresponde a un portal de noticias como AgendAR.

Pero este es un blog, y entonces me siento libre para especular. Decir, como es un lugar común entre economistas heterodoxos y también ahora entre los periodistas amigos de Macri, que el valor del dólar es un problema de credibilidad. Pero no, sostengo, la credibilidad de Sturzenegger. No. Es la credibilidad de Casandra.

Paso a explicarme: En la mitología, los dioses dieron a Casandra el rol de la profecía. Pero también una maldición: que nadie la iba a creer. Aquí los griegos acertaron en una verdad profunda: los seres humanos podemos creer -más o menos- en los pronósticos de desastre. Pero la gran mayoría seguimos actuando como si el desastre fuera algo lejano, que le va a pasar a otros.

En este caso, me consta, los economistas del peronismo tuvieron el papel de Casandra. En la Comisión de Economía del PJ, para citar el caso más notorio, los desequilibrios que mencioné arriba están siendo señalados desde hace un año y medio. Sin mucho eco, ni siquiera en la dirigencia peronista. Es comprensible: a nadie le gusta pensar mucho en que el caballo de madera está lleno de los soldados de Agamenón. Sobre todo si ya está dentro de las murallas y no hay forma de sacarlo.

De todos modos, el problema inmediato no es asunto de economistas ni de políticos de la(s) oposicion(es). Es de los argentinos en general. Porque el valor del dólar ha sido, por lo menos desde hace 43 años, el sistema de alerta temprana para todos nosotros. Aún, o especialmente, para los que no entienden nada de economía.

¿Es inevitable una corrida cambiaria? Reitero: no. Salvo que los grandes inversores -fondos de inversión, bancos- decidan irse de las LEBACs. Pero eso se puede conversar con una buena agenda, y Caputo y Dujovne la tienen. El problema es político: es el altísimo porcentaje de compatriotas que ahorra en dólares o se referencia en ellos. Son los que empiezan a preguntarse “¿Dónde está el piloto?“. La preocupación inmediata más válida, en realidad, es que el gobierno se sienta presionado a tomar medidas frente a este reclamo del que participan sus votantes y apoyos. Porque hasta ahora no ha mostrado sensibilidad social pero tampoco mucho acierto en las medidas que toma.

Tiene funcionarios expertos en administrar portafolios y evaluar flujos de fondos. Pero macroeconomía… es decir, la economía de un país, parece que no.


Una crisis para Macri

abril 17, 2018

crisis

Tengo que excusarme -otra vez- con esos nobles lectores que se mantienen fieles. Éste no es material propio -sigo sin tiempo libre- y en esta oportunidad tengo algunos prejuicios sobre su autor. Walter Graziano es un economista brillante … con debilidad por las explicaciones políticas “conspirativas” (le pasa a algunos economistas. Nunca a los contadores).

Pero este artículo suyo -la descripción económica de una posible crisis durante la gestión Macri- es razonable y hasta prudente. Coincido con su análisis. Por lo menos en la primera etapa. Que de todos modos es la única que puede ser prevista, hasta cierto punto. En un párrafo breve al final, marco mis diferencias con sus conclusiones.

Me parece significativo, tengo que agregar, que la haya publicado el Cronista, el diario que se esfuerza en ser el medio del establishment financiero (y de los timberos con aspiraciones). Un llamado a la prudencia, tal vez? Ah, la imagen que encabeza este posteo también es del Cronista.

Una crisis económica en la era Macri sería muy diferente a la de 2001

A medida que se produce un deterioro en las cifras del plan económico, con la deuda pública subiendo, la inflación resistente a bajar, las ventas de dólares del Banco Central, la aparición de déficit de balanza de pagos y el fuerte crecimiento en el déficit consolidado del Estado (Tesoro + Banco Central), son muchos quienes se preguntan cómo puede terminar este plan económico si las cosas empeoran.

El recuerdo de la crisis económica de 2001 aún está fresco en la memoria de todos aquellos que perdieron sus ahorros por entero y debieron comenzar de cero. El temor de una repetición de tal crisis es muy fuerte y en cierta manera paraliza el accionar de muchos operadores económicos que podrían consumir o invertir con mayor confianza si no hubiera quedado esa marca indeleble en sus mentes.

Por eso, vale la pena preguntarse: ¿puede ocurrir una crisis similar a la de 2001 si las cosas salen mal? ¿Hasta dónde la realidad puede copiarse a sí misma?

Pues bien, veamos. El actual plan económico se diferencia en varios puntos centrales del que se aplicó durante la década de los 90 y explotó en 2001. En primer lugar, aquel era un plan con tipo de cambio mucho más rígido que un tipo de cambio fijo. Se trataba de un tipo de cambio convertible, o sea, se trataba del único tipo de cambio posible -según las autoridades de aquella época-, a punto tal que tuvo que votarse en el Congreso una ley de intangibilidad de los depósitos “para intentar infructuosamente garantizar a la población que sus depósitos estaban seguros en los bancos y no serían confiscados por el agente económico del cual todos desconfiaban: el Estado.

Pero no sólo el tipo de cambio era fijo y convertible sin poder moverse ni un milímetro: había una gran cantidad de depósitos en dólares (superaban en aquella época los u$s 10.000 millones) con un bajo encaje bancario. Los bancos eran incentivados por las autoridades a prestar todos los dólares posibles y si era a plazos muy largos en concepto de préstamos hipotecarios, mucho mejor.

De esta manera, cuando los capitales dejaron de ingresar masivamente a la Argentina -hacia fines de los años 90- la inercia de dólares abundantes vendiéndose en el mercado local a 1 a 1 se mantuvo durante largos meses dado que quienes tomaban dólares prestados de los bancos, o quienes los recibían tras vender un inmueble, debían venderlos en el mercado para hacerse de pesos.

Fue así que un mismo dólar pasó a tener varios dueños: el tenedor físico del billete y el depositante de dólares en los bancos. Todo esto generó una ilusión, un espejismo de abundancia de divisas que en realidad era falsa. Solo se necesitaba -como ocurrió- la presencia de un abultado déficit de cuenta corriente de balanza de pagos para acabar con ilusiones y espejismos.

De esta manera que cuando sobrevinieron los males, sobrevinieron todos juntos, dado que había una escasez de dólares en todos los sectores de la economía: no los tenía el Estado, no los tenía el Banco Central, no los tenían los bancos, no los tenían las empresas y no los tenían los particulares.

Hoy, las cosas son marcadamente diferentes: no hay un dólar convertible. Ni siquiera hay un tipo de cambio fijo. Aunque el Banco Central interviene, hasta el momento no puede decirse que haya impedido que se manifieste una tendencia del mercado. Es cierto que en marzo le ha puesto un “techo” un tanto caprichoso al valor del dólar, pero no hubo aún un plazo duradero de esa política como para asimilar la actual situación a un tipo de cambio fijo o descendente.

La otra gran diferencia es que si bien hay muchos más depósitos en dólares (superan los u$s 30.000 millones), los bancos sólo pueden prestar las divisas a empresas relacionadas con la generación de dólares a través del comercio exterior. El resto debe ser mantenido como encaje en el Banco Central. En forma preocupante, esta muy sana limitación está siendo cambiada en estos días autorizándose a que los bancos presten los dólares que toman del público al Tesoro, el cual puede pagar sus deudas en dólares con estas divisas.

Esto es algo incipiente y habrá que ver a qué niveles llega. Obviamente, de generalizarse este uso para los dólares depositados en los bancos estaremos frente a una muy mala noticia que puede acercar al sistema financiero algo -nunca lo será del todo- a aquel sistema financiero de 2001.

Entonces, hay dos grandes diferencias: el tipo de cambio se mueve y es flotante en forma “sucia” y los dólares depositados están aún mayoritariamente en forma de encajes en el Banco Central o prestados a empresas que generan dólares. Ello implica que hay varios ingredientes de lo que ocurrió en 2001 que no serían necesarios hoy en día si sobreviene una crisis.

En primer lugar no existiría la necesidad de un corralito dado que los dólares podrían devolverse a los depositantes y los pesos podrían devolverse también sin necesidad de mantener un dólar fijo a ultranza.

En segundo lugar, no sería necesaria la pesificación. En 2001 fue necesario convertir las deudas en dólares a deudas en pesos para que las mismas pudieran pagarse y además porque no estaban los dólares que no podían devolverse. Hoy una pesificación no sería necesaria ni siquiera en una profunda crisis: no hay créditos en dólares que devolver.
En tercer lugar, un default de la deuda pública no sería un hecho seguro si sobreviene una crisis. Ello sólo sería inevitable si se cortan todos los lazos financieros con prestamistas externos e internos y, sobre todo, si se avanza en la peligrosa tendencia a que se usen los depósitos en dólares que están en los bancos para pagar deudas del Tesoro.

En síntesis, una crisis económica en la era Macri, aún una crisis profunda, probablemente constaría de una fuerte devaluación del peso y un incierto grado de disponibilidad de divisas, que, según la situación puede ser más o menos amplio. Pero hay que olvidarse del corralito, de la pesificación y hasta cierto punto, de un default”.

Este análisis de Graziano es -en líneas generales, las únicas posibles en una situación cambiante- correcto. Sólo me siento obligado a observar lo que dice en el último párrafo “Hay que olvidarse de…”. Todo lo que puede afirmarse es que esas medidas no serían, al presentarse la posible crisis, necesarias.

Pero siempre tengo presente una frase atribuida a Einstein “Sólo conozco de dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy tan seguro”.


China, Brasil y Magnetto: Socios incómodos

marzo 12, 2018

Para evitar malas interpretaciones, será mejor que aclare al comienzo que China y, sobre todo, Brasil son socios incómodos pero necesarios de Argentina. Mientras que a mi colega y el Grupo Clarín los considero socios necesarios pero aún más incómodos del gobierno de Macri.

Me lo recordó la lectura, esta semana pasada de la columna de Alcadio Oña. Muy dura y más triste todavía, no importa lo que diga Serrat, porque es verdadera. Mi comentario, breve, al final.

“Cada vez que alguien habla de vestirse a buen precio se piensa en un complemento cantado de las vacaciones en Miami o en los (ya viejos) tour de compras a Chile. Error: sería mejor correr el foco hacia China; decididamente y sin necesidad de un carísimo viaje a Beijing.

Según un informe de la Cámara Argentina de la Indumentaria basado en cifras del INDEC, la ropa que llega con ese sello de origen tomó hace rato forma de aluvión y tanto que, durante los últimos diez años, su presencia en el mercado local saltó del 40 al 70%. Proporcionalmente, varios puntos más que el 41% que arroja el promedio mundial.

La importación de textiles a bajo costo es nada o casi nada comparada con las de maquinarias y equipos, a las que con razón suele calificárselas de inversiones productivas, aunque también podrían ser vistas como ausencia de producción nacional.

Claro que siempre es útil calibrar los múltiples impactos sectoriales encadenados en cada caso. Con la indumentaria, a las empresas locales les toca pérdida de mercado en grande frente a compras al exterior que, medidas por su volumen, crecieron 104 % en enero respecto de enero de 2017. Competencia claramente desigual, quizás competencia desleal, tiene la palabra la Secretaría de Comercio.

Los textiles son apenas una muestra de esa particular sociedad comercial que la Argentina ha articulado con China, una manera de llamar a lo que en verdad significa una asociación muy despareja, de una sola mano.

Por años y hasta fines de 2007, el comercio bilateral cantó superávit argentino. La ventaja terminó ahí, porque a partir de entonces el contraste entre importaciones y exportaciones que marchan a velocidades muy diferentes derivó en un violento cambio de las cuentas. Y el superávit mudó a un déficit impresionante: desde 2008, China acumula una ganancia de US$ 43.000 millones.

Y sigue viaje por la ruta de una sola mano, pues las compras argentinas al coloso asiático ya pasan de largo a las concretadas en toda la Unión Europea: 28 países juntos, incluidos Alemania, Gran Bretaña, Francia, España e Italia. También superan a las que se focalizan en el Nafta, con Estados Unidos adentro.

Desde luego la culpa de una relación tan desigual no es toda de Beijing, que valiéndose de su desarrollo, de su envidiable red comercial y del precio de sus bienes, captura cuanta oportunidad tiene a tiro sin importar dónde está. Experiencia para combinar operaciones tampoco le falta, incorporada la variante de atar inversiones propias a negocios propios. Todo obviamente de su interés.

Son parte del escenario común los bienes que se intercambian. Lo que llega de China es pura industria, puro valor y trabajo agregados. De aquí van centralmente productos del complejo sojero, lo cual equivale a decir escaso valor y trabajo directo agregados.

Parecida en algún sentido y diferente en otros es la relación comercial con Brasil. Cada vez que la economía del gran socio del Mercosur levanta, acá vuelan las expectativas y sobre todo las de los industriales: cerca del 70 % de las exportaciones que cruzan la frontera son productos manufacturados.

Allí las proyecciones privadas para este año le anotan crecimiento del 2,8 % al PBI; del 3,5 % a la industria y del 5 % al consumo.

Son datos alentadores, tras un rebote económico de apenas 1 % en 2017. Y lo son, especialmente, después de dos años previos de una recesión sin precedentes y de un desplome industrial nada menos que del 18 % entre 2014 y 2016.

La cuestión pasa por saber hasta dónde Brasil tomará por un camino que luce previsible, viniendo de esos sacudones: buscar que sean sus empresas las que aprovechen la recuperación y capitalicen la mayor demanda interna. Subordinadas al supuesto, corren las perspectivas argentinas.

Un dato esperanzador fue que en febrero, por primera vez en trece meses, las ventas a Brasil superaran a las importaciones desde Brasil. Se verá si se trata de una tendencia, aunque medido en dólares el intercambio muestra un rojo que orilla los 1.200 millones para el bimestre.

Está claro que así el horizonte pinte mejor, nada garantiza resultados definitivamente provechosos. Como lo prueba una extensa serie estadística del Ministerio de Comercio Exterior brasileño.

Cuenta que desde 2003 el saldo a favor de ese país ya trepa a US$ 49.700 millones. Casi no hace falta agregar que durante semejante período en la economía del vecino convivieron buenas y malas, ni decir que acá las buenas sembraron bastante poco.

Brechas enormes en las escalas de producción, productividad, competitividad y tecnología explican, entre otros factores, por qué a la Argentina le va cómo le va con China y, en buena medida, también con Brasil.

“Durante los últimos diez años se destruyó en el país la cultura exportadora”, sostiene el ministro de Producción, Francisco Cabrera. Pero aun cuando la mención a los diez años apunte directo a la era kirchnerista, los últimos dos tocan a Cambiemos. Y si exportar implica, como implica, inversiones, crecimiento y dólares imprescindibles, la pelota está picando en el campo del Gobierno“.

Está claro que esta columna forma parte de los correctivos que cada tanto el Grupo decide aplicarle al Mauricio. Porque empieza con los números de la industria textil, a la que ya Roberto Lavagna, cuando era Secretario de Industria y Comercio Exterior en los tiempos de Alfonsín, consideraba inviable. Desde entonces, ningún gobierno alentó y casi ningún empresario decidió hacer las inversiones y reformas necesarias para producir para en nichos de calidad. Como las hizo hace mucho Italia, cuyos costos de mano de obra y materia prima son bastante más altos que los argentinos. Para un mercado masivo, es difícil competir con los chinos…

Esto es una disgresión. Nostalgia de debates en la comisión de Comercio Exterior del Consejo Profesional, en los ’80. El déjà vu argento.

Pero en realidad, la nota apunta al problema central de la estructura económica argentina, que no es original de este gobierno, por cierto, aunque sí lo agravó aferrándose a la superstición de la apertura comercial y los estímulos a los inversores.

Es, irónicamente, un problema que muchos países quisieran tener: grandes ventajas naturales en el agro y algo menos en la minería, más una población mediana -40 y algo de millones no son pocos, aunque escasos para el territorio- que en su gran mayoría tiene expectativas y exigencias de clase media. Más una base industrial deteriorada y desactualizada en su mayor parte, pero con capacidad de incorporar tecnología. Como lo hizo, justamente, el agro, entre 1960 y la actualidad.

Todos esos dones exigen, eso sí, un Estado capaz de planificar y equilibrar. Y algo de una virtud anticuada: patriotismo. El problema viene de muy atrás, y está contado en viejos romances: “Que buen vasallo fuera  Si buen señor hubiera”.


Estamos mal pero vamos peor

marzo 10, 2018

Corregí un poco la recordada frase del inolvidable Carlos Menem, y créanme, sin mala onda. Siempre hago notar a los que me consultan que -no importa la sinceridad y convicción ideológica con que se plantee la cosa- los votantes no van a tomar bien que les digan que van a sufrir mucho, en merecido castigo por haber votado algo tan horrible como el gobierno actual. Pueden decidir votar a alguien que no les amargue, todavía más, la vida.

Pero a un blog con tanto material político como este, no entra nadie que no tenga ya su inclinación definida. Así que puedo señalar tranquilo algunos nubarrones que ennegrecen todavía más el panorama.

La situación de la industria la indica, con datos oficiales, el oficialista diario La Nación, informe que reproduce el peronista blog Hel-echo maldito: “Las fábricas argentinas están utilizando una pequeña porción de su capacidad de producción, por lo que no tienen estímulos para invertir en la expansión de su negocio“. Léanlo: tiene bonitos gráficos.

Me dirán que eso era previsible. Y que, hasta cierto punto, puede ser compatible con el proyecto, si alguno, de Cambiemos. Es posible. Pero… esta semana encuentro en AgroVoz, un portal serio del sector y casi más pro agro que La Nación:

Cosecha derrumbada por la sequía: ya son 20 millones de toneladas menos que el año pasado

Sin lluvias en las principales zonas productivas de la Argentina, el desplome de la cosecha por la sequía es cada vez más grande y comienza a ubicar a esta campaña como una de las peores de la historia.

En dos semanas, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires ya redujo en cinco millones de toneladas su pronóstico para la soja: este jueves, el Panorama Agrícola Semanal (PAS) estimó 42 millones. Hace una semana, había proyectado 44 millones; y la anterior, 47 millones.

Debe recordarse que la previsión inicial, en noviembre, era de 54 millones de toneladas para este año.

El maíz no escapa a esta tendencia: el nuevo cálculo de la entidad porteña es de 34 millones de toneladas, tres millones menos que la última estimación y siete millones por debajo de los 41 millones proyectados inicialmente.

Es decir que, en total, al día de hoy se prevén 76 millones de toneladas entre soja y maíz; 19 millones menos que las 95 millones de noviembre, y más de 20 millones por debajo de las 96,5 millones cosechadas en el ciclo 2016/17 (57,5 millones de soja y 39 millones de maíz)“.

Cálculos hechos en el reverso de sobres en la Comisión de Economía del PJ, indican que el efecto negativo sobre el PBI llegaría a un 1,5%.

Y mi reflexivo amigo, el economista Roberto Pons, señaló “Esta situación merece dos reflexiones: una estructural económica y la otra cultural. Primarizar la economía no sólo significa condicionar el desarrollo de una sociedad moderna sino que hace más vulnerable el resultado económico año a año. Los países monopendientes de productos agrarios sufren inestabilidad de precios y azarosos resultados de la naturaleza.

Segundo, si proclamamos que al campo hay que dejarlo en libertad con precios de mercado internacional, también deberíamos dejarlos librados al azar de los climas y a la volatilidad de los precios internacionales. Esta última contradicción no es de nosotros, peronistas, porque entendemos que la intervención pública es inherente a la política económica para buscar los equilibrios virtuosos entre producción, distribución, consumo y exportación en una economía compleja“.


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