Argentina en el jardín de los dólares que se bifurcan

noviembre 28, 2022

Es un título barroco, para un posteo que quiero sea concreto y claro (el barroquismo bloguero es un defecto mío). Éste surge de un intercambio que tuve hace pocos días con un economista brillane y activo (al menos en twitter 😉 ).

@Musgrave cuestionó a los que «militan la Devaluación» de Este Lado (se asume que del Otro Lado van a militarla, porque son Malos). Sin discutirle las premisas -es difícil hacerlo en twitter- le señalé la diferencia entre «militarla» y «considerla inevitable». Seguimos el intercambio por DM, y fue enriquecedor. Hasta llegamos a un acuerdo, parcial: el desafío a encarar no pasa por discutir´si devaluar o no, sino por parar la inflación. Y una devaluta, por definición, hace que se paguen más pesos por los productos e insumos que se importan…

Desde ese marco básico, voy a los hechos. El gobierno está devaluando ahora un 7% mensual. Un poquito más que el índice de inflación, o al menos eso espera. Y aún así, corre de atrás a los tipos de cambio legales, semilegales e ilegales que pagan los que quieren «salirse» del peso, de los fondos que tienen o ganan en la moneda nacional.

Un sector de la coalición oficialista, mucho más presente en las redes sociales que en las decisiones oficiales, dice que los que aumentan precios son los empresarios. Seguro que no son los clientes, ni los trabajadores. Entonces, la solución debe pasar por combatir esa especulación. No comentan cuando quien aumenta es una empresa del Estado: por ejemplo, YPF y los combustibles.

Vale la pena debatirlo en forma un poco más extensa, sin embargo. Porque la tendencia natural de los empresarios -ya lo señalaba Adam Smith, no estatista él- es aumentar su margen de ganancia. Si no lo hacen, dejan de ser empresarios y llevan su dinero afuera. Y es cierto que el Estado debe (tratar de) controlar los precios de los «monopolios naturales» (leé este concepto en los libros de economía, Javier), donde no pueden aparecer rápidamente otros proveedores. El caso clásico es la distribución de gas y electricidad. En casi todos los países que no son «estados fallidos» los controla o supervisa el Estado.

Pero tratar de controlar todos los precios de la economía, o aún «solo» de los artículos de consumo masivo… Hubo un intento consistente y continuado de hacerlo durante casi 7 décadas, en la ex Unión Soviética, y terminó mal. Y eso que tenía un aparato de control y represión mucho más eficiente que cualquier gobierno argentino pueda o deba aspirar a tener.

En nuestra propia historia, Juan Domingo Perón, gobernante ejecutivo si los hubo, consideró necesario lanzar en 1952 la lucha «contra el agio y la especulación» y un plan antiinflacionario estricto.

El objetivo de cualquier plan -de un conjunto coherente de medidas antiinflacionarias- debe ser, entonces, llevar a la economía de un país a un estado que llamamos «normal», donde los precios no aumentan porque «todo aumenta», donde no hay «inflación inercial», y los aumentos de precios se deben a aumentos en los costos de producción o a abusos de posición monompólica (que existen, eh).

Por qué en Argentina esto es especialmente difícil tiene que ver con razones de índole social y política que debo tratar en otro posteo (?). Aquí, enfrento una cuestión más limitada y concreta ¿se puede detener, o aún moderar en forma importante la inflació, cuando hay múltiples tipos de cambio? Creo que la respuesta es NO.

No voy a intentar -no podría hacerlo, no creo que por haber leído algunos libros de economía sea un teórico del nivel de Marshall o Keynes, que es lo que se necesitaría para demostrar que en ningún caso puede haber estabilidad de las variables económicas con un sistema de múltiples tipos de cambio. Para lo que nos interesa, es mucho más fácil demostrarlo en el caso argentino.

Por qué la percepción de los actores económicos, los que mueven fondos o hacen inversiones, grandes o pequeñas, es que el «verdadero» valor del dólar, como de cualquier otra divisa, es el del «dólar blue», clandestino, o el dólar CCL, legal, o cualquier otro de los «dólares fuga», los que se usan para sacar fondos de la vista de las autoridades impositivas o del país.

Y esto no se debe a alguna perversión psicológica, sino a la experiencia de todos, aún en los niveles de bajos ingresos. Porque para ahorrar en pesos es necesario contar con un asesor financiero «full time», que elija donde depositar fondos con mejor interés y menos riesgos. Cualquiera ahorra en dólares, aunque sean pocos: No hará un gran negocio, pero conserva (casi todo) el valor.

Además, estamos en una economía bimonetaria, parcialmente dolarizada. Los inmuebles se compran y venden en dólares billete -«cara grande», se aclara- y hasta los precios en las vidrieras de las inmobiliarias están en dólares…

En una situación como ésta, tener un tipo de cambio oficial -el tipo de cambio con el que se mueve el comercio exterior -o sea, la inmensa mayoría de los movimientos de divisas– de $ 164, si el «dólar billete» se vende a $316 -los precios con los que comienza esta semana- el Banco Central -o sea, todos nosotros- está otorgando un subsidio para importar productos o servicios de 121% respecto al tipo de cambio oficial mayorista; y más de 109% en relación al minorista.

Esto es teórico: la realidad es mucho más complicada, y hasta se puede argumentar que el subsidio hoy es «sólo» del 52%. Pero no es de extrañar que la vicepresidenta haya hablado de «festival de importaciones». Tampoco que haya que poner restricciones, y «cepos», para evitar que todos aprovechemos el dólar oficial, «barato». Lo único curioso es que algunos pueden creer sinceramente que se puede mantener esta situación y aún así proteger la producción nacional.

La consecuencia es que la mayoría de las actividades necesitan algún tipo de subsidio para mantenerse. Hasta para el cultivo que en las últimas décadas ha vuelto a convertir a Argentina en un jugador de peso en el mercado internacional hubo que inventarle uno. Lo llaman «dólar soja».

Tengo claro que estoy simplificando mucho. Vuelvo a repetir: la realidad es siempre más complicada. No mencioné el papel de la evasión fiscal, por ejemplo. O de las «cadenas de valor» que se desarrollan con el objetivo principal de evitar impuestos o controles.

Pero cualquiera que examine los números en serio, encuentra que las distorsiones que provoca la existencia de distintos tipos de cambio con brechas tan grandes entre ellos, han destruido el sistema de precios, en su papel de referencia para la inversión y la planificación,. tan completamente como en la vieja Unión Soviética. Sin pasar por el socialismo, eso sí.

¿Entonces, qué? Quisiera estar equivocado, pero no puedo evitar pensar que es una situación insostenible. El «decisionismo» de Massa, su disposición a aceptar soluciones de compromiso, son preferibles a la inacción, pero no resuelven el problema. Vale preguntarse, también, si el gobierno actual tiene el poder político para tomar la decisión de «racionalizar» el sistema cambiario. Que inevitablemente significará un salto en el valor del «dólar oficial». La devaluación tan temida…

A la vez, eso marca la convenencia imperiosa para el próximo gobierno, cualquiera sea, de tomar esa medida antes que su poder, a la vez, se licúe. Si no tiene la «suerte» que el gobierno actual cargue con el fardo.

Por eso, querido @Musgrave, amigos y amigas varios, creo que una devaluación del tipo de cambio oficial es necesaria e inevitable. Lo racional y humano sería planear con anticipación, y con acuerdos discretos, las medidas para evitar en lo posible los perjuicios a los sectores más vulnerables y a la producción. Pero planear lo racional y humano no es fácil en una sociedad polarizada…


«Y a las plantas de los mercados rendido un león»

octubre 21, 2022

Aunque el portal AgendAR y este humilde blog tienen contenidos, y públicos, en general bien distintos, no resisto a la tentación de subir esto que escribí y apareció ahí hace pocas horas:

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Ayer Elizabeth Truss, la primera ministra de Gran Bretaña, anunció su alejamiento -24 horas de decir que era “una luchadora y no alguien que se borra”. Así logró ser la persona que menos duró en ese cargo en la larga historia inglesa.

The Economist -fundado en 1843 y que ahora pertenece a una sociedad editorial controlada en un 50 % por las familias Rothschild y Agnelli- dedicó al tema, y a la situación de Gran Bretaña- un «leader», más en pena que en ira:

«En 2012, Liz Truss y Kwasi Kwarteng (a quien ella nombró ministro de finanzas y renunció el viernes, también con el récord de ser el que menos duró), dos de los autores de un folleto llamado “Britannia Unchained” (Gran Bretaña sin cadenas), utilizaron a Italia como advertencia. Servicios públicos inflados, bajo crecimiento, baja productividad: los problemas de Italia y otros países del sur de Europa también estaban presentes en Gran Bretaña.

Diez años después, en su intento fallido de forjar un camino diferente, Truss y Kwarteng ayudaron a que la comparación fuera ineludible. Gran Bretaña todavía se ve afectada por un crecimiento decepcionante y la desigualdad regional. Pero también se ve obstaculizado por la inestabilidad política crónica y bajo el control de los mercados financieros. Bienvenidos a Britalia.»

Breves comentarios editoriales de AgendAR:

No es inteligente burlarse de la desgracia ajena, cuando en Argentina tenemos problemas parecidos. (Es cierto que los medios ingleses -The Econmist, Financial Times, sus tabloids- si usaron ampliamente el sarcasmo para aludir a los avatares de nuestro país. Y sus políticas algo tuvieron que ver con ellos).

Pero ese es otro tema. Como también lo es el fastidio de los italianos con la comparación. El embajador italiano en Londres les recordó que Italia tiene, por ejemplo, un pequeño superávit en su comercio exterior, Mientras que Gran Bretaña ostenta el rojo más intenso.

Es que hay dos puntos que nos parece importante destacar, porque hacen a la situación global. El primero es que en el Atlántico Norte están tomando nota que cuatro décadas de una globalización enmarcada en las políticas neoliberales impulsadas por Thatcher y Reagan han tenido un claro ganador: China, la Gran Potencia emergente. Se convirtió en la fábrica del mundo, mientras que Gran Bretaña, y en menor grado EE.UU., se desindustrializaban. Sobre esto publicamos algo hace dos días, de una editora asociada del Financial Times.

El otro es muy simple, y dijimos otras veces que era una superstición: que el capitalismo es mágico. Basta dar «seguridad jurídica» a los inversores, crear un «buen clima» para los negocios, y habrá prosperidad.

Bueno, no es así. Los mercados no son perfectamente racionales. Las burbujas, y el «efecto manada» existen. Pero, al final del día, los capitales van a donde pueden obtener beneficios, no lindas palabras.


El fantasma de la Devaluación

octubre 14, 2022

En AgendAR publicamos en estos días varias notas sobre los nuevos tipos de cambio que se están inventando, después que el «dólar soja» fue percibido como éxito (efímero) por el oficialismo. Inevitable: está bien que nuestro tema central sea la actividad productiva, en especial la argentina, pero las finanzas son un condicionante decisivo. Es muy difícil producir sin plata…

Así, esta semana reproducimos dos notas informativas, aquí y aquí, y ayer una más crítica y afilada de Marcelo Falak. A esta le agregué un comentario editorial que ahora voy a compartir con uds., audiencia politizada. Porque los prejuicios que abundan en este espacio algo tienen que ver con el problema. Le agrego una frase muy corta, para los que se acuerdan de algo que pasó 20 años atrás.

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Los análisis técnicos de economistas y, sobre todo, el discurso ideologizado que los políticos se sienten obligados a mantener frente a sus militantes, tapan un hecho simple: al contener al valor del dólar oficial -con el que se pagan las importaciones-, se está subsidiando la importación y los gastos en el exterior. Por eso, hay que poner impuestos, «percepciones»,… para que no sea mucho más barato importar, comprar afuera, que producir aquí.

Es cierto que una devaluación provocaría un salto inflacionario -otro más- que perjudicaría a los de ingresos fijos, o informales. Y también a las empresas endeudadas en dólares. «(Esto último fue el motivo de la «pesificación asimétrica» de Duhalde en 2002, recuerdan?)«

Pero esta política de parches se está haciendo cada vez más difícil de sostener. Tampoco está deteniendo la inflación. Y ha destruído el sistema de precios: el ama de casa que va al supermercado y el empresario que debe reponer stock ya no saben cuánto les va a costar.

Confiamos que en el equipo de Massa haya técnicos que sepan de economía y de la realidad productiva y social argentina- que estén pensando las medidas necesarias para que un sinceramiento del mercado cambiario no golpee -aún más- a la población. Lo que se debió haber hecho, con menos costo, hace más o menos un año.

Porque si no lo hacen, lo hará el proximo gobierno, cualquiera sea. Con un costo mayor.


«Hubo un tiempo que fue hermoso… y había superávits gemelos»

septiembre 29, 2022

Este tweet del Secretario de Programación Económica del superministro Massa -aka «el neoliberal bueno» (Rubinstein, no Sergio)- me dio para unas reflexiones breves y superficiales que quiero compartir con ustedes (lo tengo muy descuidado al blog).

Empiezo diciendo que todo aquel que tenga al menos nociones elementales de economía y no esté separado de la realidad por un discurso ideológico muy impermeable, estaría encantado de firmar abajo.

Igual, la política argentina garantiza que las respuestas -en twitter y grupos de wasap- sean muy diversas. Desde el lado anti K de la grieta se apuran a marcar que en esos años empezó el aumento del gasto público, que sería la raíz de todos los males. Algún nostálgico de los ’90 dice que la precondición fue la modernización de (algunas) infraestructuras que se dio entonces. Del lado K, apuntan a la dura renegociación de la deuda externa acumulada en esos 90 que llevó adelante Néstor y dio el respiro necesario para crecer. Voces desde el sector nac&pop pero menos K apuntan que luego se abandonaron los sabios consejos del Dr. Lavagna y se descuidaron los superávits fiscal y externo…

Hay algunas verdades parciales (la frase me suena…) en esos argumentos. Por mi parte, culpo a lo que señalaba el gran Daniel Santoro el Bueno, el pintor que resignificó la iconogragía peronista, cuando dijo que no es peronista postergar el goce. El Fundador venía de la disciplina militar y cuando tenía que hacer un plan de ajuste y estabilización, como en 1952, lo hacía. Pero eso se ha perdido…

Igual, creo que no importan tanto las causas. La respuesta más aguda que encontré al tuit de Rubinstein es que no tenemos «máquinas del tiempo». Los equilibrios que existieron de 2003 a 2005 son objetivos deseables, pero para conseguirlos fueron necesarias otras condiciones previas además de un presidente atento a los ingresos y los gastos. Aunque siempre es mejor tenerlo, claro.

El crecimiento económico, con aumento del empleo y los salarios, y una inflación muy moderada, que comenzó hace casi 20 años empezó después de una recesión durísima que culminó en un derrumbe brutal. No había inercia inflacionaria, y si había mucha capacidad instalada ociosa. En el mundo, China comenzó a ser el gran comprador de commodities -el nuevo y gran cliente de nosotros y de toda la América del Sur.

Algunas circunstancias externas pueden ser parecidas, eh. La guerra en Ucrania y el crecimiento de India… Mercados no nos faltarían. Argentina no es la misma. Todos los sectores, todos los muy distintos niveles de ingreso, consumimos más insumos importados -directa e indirectamente- que 20 años atrás. Hasta vacunas para el covid.

Los ingresos de divisas de los que el agro sigue siendo el principal proveedor, no alcanzaban para dejar satisfechos a todos ya en 2008, recuerdan? Y no estaba Alberto en la presidencia entonces. Cristina Fernández, con Néstor Kirchner al lado, no pudieron aumentar las retenciones a las exportaciones de soja como deseaban. (Como tampoco Macri pudo bajarlas como hubiera querido).

Al punto: mi planteo es que Argentina necesita otra estructura productiva, sumar otros sectores que exporten y consigan las divisas que se necesitan para importar los insumos que mantienen su economía en marcha. Los dos mantras que hemos escuchado tantas veces «dar seguridad jurídica a los inversores» y, del lado nac&pop, «aumentar el consumo de los sectores populares», no parecen suficientes para conseguirlo. Se han ensayado, en etapas distintas, en los últimos 40 años, y no alcanzaron. Seguimos dependiendo de las exportaciones del agro, ensamblando celulares, y distribuyendo mezquinos planes sociales.


¿Qué hay del «peso Tigre»?

agosto 14, 2022

Pregunto porque percibo que Sergio M (M de megaministro) tiene que hacer Algo, para retener expectativas. La herramienta fundamental de la política, que Alberto perdió. Estoy seguro que el Sergio lo sabe, y estará preparando conejos para sacar de su galera. Quise pensar, en un fin de semana largo, cuál es el que yo elegiría. Pensé en un tigre, porque un conejo no duraría mucho entre los lobos.

Atención: tengo claro que su desafío inmediato es mantener la devaluación paulatina en curso y evitar el Salto, que puede romper tobillos… o cuellos. Ojo: esta decisión puede no ser de Sergio, ni de Cristina. A lo peor, la toma la Realidad, con sus modales bruscos (Bah, si yo estuviera en su lugar, quizás apostaría a una Deva importante (dólar a $250+), subir retenciones, y un IFE generoso. Gracias a Dios, NO es mi decisión).

Pero el problema central y persistente de Argentina -repito y repito aquí y en AgendAR- no es el tipo de cambio. Es la inflación. Y las devaluaciones, grandes o chicas, no bajan la inflación. Al contrario, la alimentan.

Para bajar la inflación, la receta es archiconocida. Se aplicó en todos los países del mundo que lograron bajarla, desde niveles moderados, altos o altísimos: EE.UU., Israel, Brasil, Venezuela… Bajar los gastos del Estado, aumentar sus ingresos, bajar -mucho- la emisión… Lo que empezó a hacer Guzmán, quería hacer Batakis, y ahora trata de hacer Sergio.

En Argentina, con una puja distributiva feroz, y sin un Estado fuerte, es una tarea muy difícil, casi imposible. Pero, bueno, para eso se les paga a presidentes y megaministros. Si no pueden, tendrán que buscarse otro trabajo. O vivir de la fortuna familiar, como el Mauricio.

Eso sí, bajarla es una tarea lenta, en el mejor de los casos, que no es el nuestro. Mientras, como dije, hay que hacer Algo. Sugiero empezar por olvidarse de un lugar común: éste no es un país bimonetario de libro de texto, uno en que circulan dos monedas.

El peso y el dólar tienen funciones diferentes. El dólar es la reserva de valor, que además se usa en la compraventa de inmuebles. El peso se usa en los gastos corrientes, en los pagos del Estado a los locales, y -si uno es gerente de finanzas de un grupo económico- en la especulación con los intereses (trabajo de riesgo; pregúntenle a Black Rock). El peso es una moneda de 2da., que se desvaloriza con el transcurrir del tiempo (como proponían algunos economistas en los ´30 del siglo pasado).

El hecho que a nadie se le puede ocurrir ahorrar en pesos se hizo tan evidente, que ya estudian en el gobierno ideas como el «bono Vaca Muerta». Un papel que se ajuste por el precio del petróleo. No me parece una buena idea.

Una contra es que el precio del petróleo es inestable. Seguro, seguirá como combustible al menos un par de décadas, y luego será una valiosa materia prima de la industria química. Pero su precio baja y sube, mucho, en meses. A veces, en semanas. Igual, lo que me parece el error principal de la propuesta es que es un bono.

Para lograr confianza en un bono, en cualquier papel, se necesitan décadas. Que toda la coalición gobernante, que toda la oposición (una fantasía) juren que lo van a respetar… no sirve de nada. La ventaja de emitir una nueva moneda «dura» (el peso Tigre del título -ajustable, se me ocurre, por una canasta de los precios de la soja, el trigo y el maíz) es que aunque no le tengas confianza (no se la vas a tener, ya sé) si te pagan con eso, lo agarrás.

¿A quiénes pagará el Estado con el peso Tigre, a quiénes con el viejo peso, a quién el país, si alguno, habrá que pagarle en divisas? ¿Qué impuestos y servicios servirá para pagar el peso Tigre? Bueno, esas preguntas son las que las sociedades pagan a sus gobiernos para que las respondan. No esperen que lo haga este bloguero, gratis.

¿Servirá de algo, además de concentrar la atención y las expectativas por un par de semanas? Creo que sí. Tal vez lo más importante: irá acostumbrando a la gente, y a las reparticiones del Estado, a manejarse con una moneda que mantiene su valor, conservando al mismo tiempo la capacidad de emitirla. Bah, a tener una moneda nacional como hoy tienen la mayoría de los países.


Las distintas expectativas sobre la apuesta Massa

agosto 7, 2022

Hace más de una semana que no siento el impulso de postear aquí. No es que no han pasado cosas; sin embargo, en el espacio local -que es donde vivo- no cambiaron el escenario que planteé entonces, en La Gran Apuesta.

Pero este otro posteo, de un hombre de las 40 manzanas del microcentro porteño, que publicamos hoy en AgendAR, me hizo pensar las distintas cosas que significan, para distintos sectores, «ganar» con la apuesta al desembarco de Sergio Massa en el gobierno.

Empresarios, inversores y especuladores (que no son lo mismo, pero hoy tienen en general la misma ideología) apuestan a que Massa reduzca el déficit fiscal, al que ven como la raíz de todo mal. Pero sin aumentar impuestos, porque sospechan que a lo peor tendrían que pagarlos ellos. El horror, el horror…

La dirigencia y gran parte de los militantes y simpatizantes asumidos (éstos en su mayoría kirchneristas) del Frente de Todos, hoy en el gobierno, apuestan -muchos de ellos mascullando maldiciones- a que la muñeca de Massa y sus vínculos en Washington, logren tranquilizar el precio(s) del dólar, barómetro de todas las tormentas argentinas en más de medio siglo. Pero sin hacer ajuste, porque eso es una cosa espantosa, de neoliberales, y sobre todo puede restarles votos a sus candidatos.

La gran mayoría de argentinas y argentinos de a pie… no apuestan, hasta dondo yo puedo percibir. Pero su deseo más generalizado y profundo es que baje la inflación, de sus actuales niveles obscenos, porque les come los ingresos y les desordena la vida.

Ahora, si Sergio quiere llegar a ser presidente, deberá tener claro dónde están los votos.


Pensando en voz alta, en medio de una corrida bancaria

julio 21, 2022

Esto lo publiqué hoy a la mañana temprano en AgendAR, con el título El témpano, la devaluación. No pretende ser más que mi lectura de la realidad, pero lo traigo al blog porque esta realidad nos cae encima a todos. Agrego un par de comentarios dirigidos a los pocos que toman decisiones y a los muchos más que las discuten, cuestionan o militan.

«

Los medios masivos ya han informado en amplitud sobre la corrida cambiaria que los argentinos estamos viviendo. Cada uno con su sesgo, naturalmente. Preferimos el resumen que hizo ayer Marcelo Falak en su newsletter DesPertar.

«Una diferencia tan amplia entre los tipos de cambio paralelos y el oficial expresa expectativas de megadevaluación del segundo. Debido a la perspectiva de un cambio radical de cotización, ese tipo de profecía tiende a autorrealizarse a través del desaliento a la liquidación de exportaciones y del anticipo de importaciones.

Hasta ahora, las exportaciones habían respondido bien, pero el «festival de importaciones» y la factura energética abultada por la guerra en Europa hicieron que el Banco Central no dejara de perder divisas.»

Sobre las razones del «festival de importaciones» este editor se había extendido hace un mes, aquí. Basta decir ahora que forman un círculo, muy vicioso. A la demanda de dólares para importar -legítima, necesaria, porque la mayoría de las actividades y de los productos de consumo tienen un altísimo componente importado (piensen en los celulares, por ejemplo)- se le suma la codicia por conseguir acceso al dólar oficial, que se percibe «barato».

En el extremo, ya delictivo, se «alquilan» cautelares judiciales para conseguirlo, como el lunes informamos aquí.

Pero esa es la patología. El problema central son las grandes empresas que toman la decisión -legal, y justificada desde sus intereses- de salir de sus inversiones financieras en pesos y «pasarse a dólares». Los ahorristas individuales ya lo hacen desde hace mucho tiempo.

Y este mes el sector agroexportador ha comenzado a retener los cereales y la soja que aún conserva en su poder. La motivación más importante ya no es el fastidio con las retenciones; como cobran lo que exportan con el dólar oficial, sienten que están perdiendo frente al que perciben como el valor «real» de sus productos.

El gobierno está resistiendo estas presiones devaluatorias. Es lo que corresponde, es lo que hacen todos los gobiernos ante situaciones similares. Y no es serio vaticinar si tendrá éxito o no, en ausencia de los datos precisos que sólo se tienen cuando se está en el nivel de decisión. La ministra Batakis tiene una sólida formación económica, y más experiencia en el Estado de la que tenía el ex ministro Guzmán.

Sí se pueden decir dos cosas con razonable seguridad. Una es que si la inflación sigue en sus niveles actuales, un «salto» devaluatorio será inevitable. Porque aunque el Banco Central ha aumentado el ritmo de la devaluación del «dólar oficial», todavía está por debajo del de la inflación actual. Y si hoy un dólar a $ 317 parece, es, absurdamente alto, en meses o semanas se percibirá «barato».

La otra es que una devaluación, en sí, no resuelve nada. Salvo para especuladores con información anticipada, si los hubiera. Una devaluación sin un plan de estabilización severo -esto Batakis, cualquier economista, debe saberlo- simplemente acelera la inflación y crea las condiciones para la devaluación siguiente.

Tenemos suficiente experiencia en Argentina para afirmar estas certezas. Como recuerda Joaquin Waldman en «Argentina ingresó en un régimen de alta inflación» que publicamos el viernes pasado, nuestro país convivió con una inflación muy alta y constante, entre 1975 y 1991. Y, agrego yo, entre 1958 y 1973.

Esa experiencia dejó lecciones claras. Incluso en la década del ’60, el desarrollismo, el movimiento político que encabezó el ex presidente Arturo Frondizi después de su derrocamiento, junto a Rogelio Frigerio, proponía una devaluación «alta y definitiva» que encareciera las importaciones y protegiera a la industria nacional (un eco de esto fue el «dólar recontraalto» que prometió Guido Di Tella en 1989).

Las devaluaciones de esos años, y hubo muchísimas, sólo creaban las condiciones para otra devaluación posterior. La única excepción -por un par de años- fue la que aplicó en 1966 Krieger Vasena -ministro de Economía en el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía- que incluyó fuertes retenciones al agro. Un elemento ineludible ce cualquier plan de estabilización.

La pregunta es entonces si el gobierno de Alberto Fernández está en condiciones, políticas y económicas, de llevar adelante un plan de estabilización. Si el gobierno -el presidente y sus ministros- creen que no, el «plan aguantar» resulta el único posible.»

ooooo

Ya había escrito en el blog sobre dos supersticiones económicas comunes entre nosotros: Una, creer que basta con liberar a la economía de los controles, dar «seguridad a los inversores», y la magia del capitalismo derramará bienestar para todos. La otra, creer que basta con «poner plata en los bolsillos de la gente», y la magia del capitalismo supervisado por funcionarios con ideas muy vagas de lo que decía Keynes hará que los empresarios vendan más y eso derramará bienestar.

Ninguna de esas dos cosas funcionó en los últimos 10 años, pero la fe no muere. Leía hace poco un tuit de alguien habitualmente sensato que decía que si se le daba más dinero a los más pobres, ese dinero no se iba a «ir al dólar», porque no tienen capacidad de ahorro: lo gastarán en sus necesidades básicas. Ajá ¿y qué van a hacer con ese dinero los que les venden a los pobres sus necesidades básicas?

El otro comentario que quiero agregar lo hice en un par de tuits ayer: «Estoy viendo a muchos descubrir que $ 350.000 por mes -el límite para que el Estado le subsidie la luz y el gas al hogar familiar- no es mucha guita. Y no, no es. Pero está muy por encima de los ingresos de más de la mitad de nuestra sociedad.

Igual, no es un tema muy importante. Porque dura dos meses. La inflación lo dejará obsoleto. Lo que hay que tomar en cuenta es que las medidas duras q se ven venir les dolerán más a la franja en la que los ingresos del grupo familiar van de 150 a 500 mil pesos por mes (en $ de hoy), que a los que viven de empleos informales, changas y planes. Ellos ya están sufriendo el ajuste. Se llama «inflación».

OJO: NO estoy diciendo que el Estado no puede hacer nada por los más vulnerables. Ya lo hace, con algunas estructuras, como el PAMI, que funciona bastante bien (no lo saben los que no lo necesitan). Puede hacer mucho más, pero tiene que construir las estructuras que brinden mejor salud, mejor educación, mejor nutrición. Imprimir billetes no sirve.


El ingreso básico universal, como admisión de derrota

julio 6, 2022

El tema del ingreso o salario b. u. ya está presente en Argentina como bandera política de algunos líderes y sectores muy vocales, aunque, como dice Silvina Batakis «ni siquiera está resuelto en países desarrollados«.

Pero es razonable pensar que, como concepto, es parte de una tendencia global que ya se manifiesta con fuerza desde hace un par de décadas y que se impondrá en distintas formas. Hace tiempo que una de las instituciones más conservadoras del capitalismo realmente existente, el Fondo Monetario Internacional, insiste en todos sus planes que las reformas que pide -las de siempre- deben incluir «protección para los sectores más vulnerables«. Esto es, no se debe dejar que se mueran de hambre o de frío. Detrás está la asunción que esos sectores son inempleables.

Ese es el motivo por el que encuentro que el IBU es, para ser sincero, un proyecto bastante deprimente. No es el sueño «hippie» europeo de jóvenes liberados de obligaciones viajando por el mundo y participando de emprendimientos voluntarios. En los países más desarrollados -vemos hoy anticipos en las afueras de París, en algunos barrios de Berlín- formaría «ghettos» urbanos con agua corriente, electricidad y wifi, pero encerrados en la falta de oportunidades y la violencia. En los países que comparten zonas prósperas con un Estado pobre, como Argentina… lo que ya tenemos en el AMBA, en Rosario, en el Gran Córdoba, más extendido y, se supone, mejor organizado: la economía informal con el IBU reemplazando o reforzando a los distintos planes sociales.

No sé ustedes, pero a mí no me entusiasma ese futuro.

Como sea, esta reflexión casual que me interesa compartir apunta a que, como proyecto, es una admisión de derrota.

Para el peronismo fundacional, eso es evidente. «El peronismo reconoce una sola clase de hombres, los que trabajan«, «la dignidad del trabajo«,… En un plano más práctico, el (cuasi) pleno empleo fue un dato fundamental del esquema económico que desarrolló Perón y que continuó vigente después de su caída, hasta 1975/76 (menciono 1975 porque el «Rodrigazo» no destruyó el empleo, pero hizo evidente las tensiones internas de ese modelo).

Desde un enfoque menos parroquial, el IBU es una admisión de derrota para la Izquierda tradicional. En sus orígenes, no figuraba la búsqueda de intelectuales politizados (que ya existían) y graduados en ciencias sociales tratando de encontrar un «sujeto histórico». Su sujeto estaba ahí, presente y combativo: los trabajadores industriales. Y el más importante de sus Padres Fundadores, don Carlos Marx, veía como el desarrollo del capitalismo los agrupaba y organizaba en las fábricas, y les daba conciencia de clase. El problema es que el capitalismo siguió desarrollándose…

Dejo estas reflexiones para desarrollar, si les interesa, a quienes tengan mejor formación filosófica y más inclinación por teorías sociales que yo. Mi enfoque tratará de ser más práctico: el IBU asume, de entrada, que una parte numerosa de nuestros compatriotas no tiene lugar ni función que cumplir en la actividad productiva, en una economía capitalista competitiva. Y como el socialismo ha sido archivado -salvo en algunos enclaves tropicales con discurso socialista y capitalismo informal- se postula una economía popular. Que deberá ser subvencionada por el Estado, con el IBU, claro, pero también garantizándole mercados.

Quiero ser justo, porque hay gente que respeto en la «economía popular»: ya existen muchos emprendimientos que se pueden agrupar en ese marco, y contribuyen a hacer más soportable, más humana, la vida para muchos y muchas que están fuera del «mercado del trabajo». Pero veo dos realidades negativas: un Estado pobre, como el nuestro, da subvenciones muy pobres. La AUH fue una medida importante, que ha hecho mucho más por las madres y la niñez que cualquier discurso; pero no sacó a nadie de la pobreza. Y no es una «pobreza digna», es pobreza amarga ¿Por qué lo haría el IBU?

Hay algo todavía peor, para mí. Es reconocer a una parte de la población «innecesaria». ¿Puede haber algo más insultante que no ser necesario? Es falso, además: las sociedades modernas necesitan, y necesitarán más, gente que trabaje en salud, en educación, también -lamentablemente- en seguridad (No para la guerra, como sucedía hasta mediados del siglo pasado, con los ejércitos de reclutas: la guerra moderna requiere tecnología, no carne de cañon).

Para un país extenso, con gran parte de su territorio poco poblado y sus recursos no explotados, como el nuestro, es todavía más chocante asumir que no tiene empleo, no tiene destinos para una buena parte de su población. Pero eso es lo que pasa, eh. Los altos sueldos de la explotación petrolera en el Sur no están estimulando ninguna migración desde el AMBA.

Por eso pienso que el IBU, o sus equivalentes, son un mal proyecto, pero un futuro posible. No por mucho tiempo, me inclino a creer. En el largo plazo, el futuro será de los países, las sociedades, capaces de convocar y usar las energías y capacidades de sus hombres y mujeres. Sería una lástima que Argentina -que aparece bien dotada con ellas- no encuentre la forma de emplearlas.


Un festival de importaciones en el país trimonetario

junio 22, 2022

El «festival de importaciones» por el que estamos atravesando -casi 9 mil millones de dólares en mayo, casi la quinta parte de lo que el FMI le prestó al Mauricio, en un mes– provocó indignación en la vicepresidenta Cristina Kirchner y preocupación en el nuevo ministro, Daniel Scioli (No recuerdo ahora qué habrán dicho Alberto Fernández y Martín Guzmán, pero supongo que sería en tono resignado).

Empecemos por reconocer aquí -todas esas autoridades ya lo tienen claro, así como los que saben algo de economía- las raíces estructurales del problema: 1) la industria argentina consume más divisas (dólares) importando sus insumos que los que produce exportando; cuando la economía crece (y ahora está creciendo), aparece la «restricción externa». 2) el consumo de la numerosísima clase media argentina (desde hace 60 años se puede leer en los medios «las políticas del gobierno /todos, en estos 60 años/ la están destruyendo», pero parece ser difícil de matar) tiene un % muy alto de productos importados, incluido (obvio) el turismo al exterior.

Reconocido esto, queda el hecho que despertó las alarmas: las importaciones han llegado a niveles mucho más altos de lo que puede explicar el aumento de la producción industrial (no es tan grande) y un boom de consumo que no existe. Por eso, esas responsables personas que mencioné hablan de «maniobras especulativas».

Eso sí, ninguna quiso mencionar el hecho obvio detrás de la especulación (además de que a todo el mundo le gusta la guita, claro). Como este blog no tiene ninguna responsabilidad, lo digo: el dólar está barato.

Tengo que apurarme a señalar algo: en nuestro país, para la percepción de casi todo el mundo, el valor «real» del dólar es el «blue» (hoy, $219+, no?). El dólar CCL, el MEP, es cosa de los gerentes de finanzas; el «cripto», de un círculo aún ménor). Pero el dólar al que se importa y exporta y se gasta en el exterior (más impuestos) –es decir, el 99% de todos los dólares que entran y salen de Argentina– es el oficial. $ 128, si Pesce no dispone otra cosa. Por eso lo de «país trimonetario» en el título de este post.

Es el dólar oficial el que está barato. ¿En qué me baso para decir esto? Obvio: en el festival de importaciones. Como no se puede comprar más de 200 dólares al mes en el mercado oficial -salvo que uno tenga una petrolera, o fabrique caños para un gasoducto que se necesita desesperadamente- se compran mercaderías en el exterior. En la jerga, los que pueden «stockean».

Para defenderse, porque no saben a qué valor tendrán que reponer los productos que venderán; para conservar el valor de su dinero; para especular… los motivos son de interés para psicólogos o confesores. No son de la expertise de este blog. El hecho es que lo van a hacer, lo tienen que hacer, en una economía capitalista.

Hay otros sistemas, claro. La URSS tenía el Gosplán; el Incario, los Qollcas, almacenes comunitarios. Pero el Gosplán sabemos que no funcionó bien: esa economía se derrumbó. No tengo idea si los qollcas eran eficientes o no, en el Perú pre-Pizarro. Pero en todo caso es teórico.

Como no debería sorprender a nadie, en el capitalismo funcionan los incentivos capitalistas. Si el precio «real» del dólar, el de las importaciones y exportaciones y gastos en el exterior, se encarece, se va a importar menos (y viajar menos a Europa, el Caribe y Miami, que pesa menos que las importaciones pero no es insignificante).

Claro, las consecuencias son mucho más graves que el previsible titular de LaNación «El gobierno persigue a los que pueden viajar al exterior«. Como todo lo que se consume en Argentina tiene insumos importados (pensemos en el combustible, sólo para empezar) la devaluación del dólar oficial alimenta la inflación (que ya está bastante gordita, gracias).

¿Hay solución a esto? Y sí. La gran mayoría de los países que tenían altas tasas de inflación en los ´80 lo solucionaron (después Putin invadió Ucrania, pero nada es para siempre).

Quedó demostrado que es posible (Aquí lo habíamos hecho en 1952, pero en el nutrido folklore peronista no se pone énfasis en eso. Raro). Requiere poder político, un funcionariado eficiente y decidido, y sobre todo tiempo. ¿Ustedes dicen que son las tres cosas que este gobierno no tiene? Pero, che…


El poceado camino a 2023

febrero 13, 2022

A menudo agregamos comentarios editoriales a las notas en AgendAR. En mi caso, supongo que mi carrera criminal como bloguero me dejó la costumbre. El punto es que en un artículo reciente sobre la situación de la economía en Argentina, bastante positivo, con indicadores favorables, agregué una reflexión sobre el clima social. Negativa.

No lo subí a este blog, porque ya hay abundante «negativismo» entre los politizados. Demasiado, en realidad. Pero desde un sector del oficialismo, o ex oficialista, ya se lanzó en los medios “La derrota en el 2023 con este acuerdo con el FMI está con altísima probabilidad asegurada”. Y me decidí a comentarlo aquí.

Porque la mía es una mirada bastante distinta. Creo que ya dije aquí, y si no lo hago ahora, que el acuerdo con el FMI es un dato importante como indicador del posicionamiento de las distintas corrientes políticas dentro de las dos grandes coaliciones, pero no influirá mucho en el largo plazo en la economía de nuestro país («largo plazo» en Argentina = 2 años).

Porque desde 1956, cuando hicimos el primer acuerdo con el Fondo, nunca cumplimos ninguno. No sé porqué lo haríamos ahora.

Entonces, el problema es otro, según lo veo yo. Aquí está lo que veo, y escribí en AgendAR:

«No abundaremos sobre el extenso análisis económico de Tigani. Nuestra intención es apuntar a un factor que no debe tomarse solamente como un dato más de la economía. Por su efecto directo, y desproporcionado, en el humor social y también en la conducta de los agentes económicosla alta inflación.

Para los economistas del «mainstream», la corriente principal en los países desarrollados, la inflación es una patología, y los más superficiales entre ellos creen que puede y debe ser solucionada rápidamente. Con «metas de inflación» de los Bancos Centrales, por ejemplo. (Será interesante ver las medidas que toma la Reserva Federal frente al 7,5% anual en EE.UU., pero no tendrán relación con nuestro problema).

En cambio, los economistas que favorecen una distribución más equitativa de los ingresos, y también los que privilegian el desarrollo de las capacidades productivas -hace unas décadas se los llamaba «estructuralistas»- se encuentran incómodos encarando el problema. En todo caso, prefieren un enfoque «gradualista». Un gradualismo que no acaba de empezar.

Es un errorHoy en nuestro país no hay un factor más irritativo para todas las clases sociales -ni la pobreza, ni la corrupción. Ni que desestimule más la planificación a largo plazo (más allá de 3 meses).

No es un tema creado por los medios. La información se recibe todos los días en el supermercado, o al cargar combustible, o al reemplazar la mercadería. Para ponerlo en términos políticos, si la inflación no baja «no hay 2023». Mejor dicho, habrá un 2023 con malas noticias para el gobierno.»


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