El F.M.I., Verbisky, las internas y el ajuste

enero 23, 2022

Vuelvo hoy a mi blog a pensar en voz alta, con otro tema que el que tenía en mente, pero leí la homilía dominical de Horacio Verbitsky en El cohete a la luna, y sentí un impulso irresistible de comentar.

Aclaro, por si algún despistado lo duda, que tengo pocas coincidencias políticas con HV, pero sigo sosteniendo que es uno de los dos columnistas políticos mediáticos que vale la pena leer (Tampoco tengo muchas coincidencias con el otro, para el caso). Más importante, hay gente que lo lee, con mucha más influencia política que la que puedo tener yo.

El punto es que hoy él hace un informado y, por supuesto, bien escrito alegato en pro de NO acordar con el F.M.I. No es el único, ni el primero que lo hace, pero es el mejor argumentado de los que leí. Y me siento impulsado a hacer algunos comentarios.

El escrito del Horacio, que sinceramente recomiendo leer con atención, reúne buena información y está bien ordenado. Puedo marcar diferencias menores, p. ej., cuando habla de «una ciudad de una belleza y una comodidad únicas en Sudamérica», en la que querrían instalarse los técnicos del Fondo. Yo amo a Buenos Aires, pero no se puede ningunear, p. ej., a Río (por lo menos cuando no hay pandemia). Otra diferencia es con sus lectores: por ejemplo, con un destacado cuadro del albertismo potencial, que dijo que era el lanzamiento de la campaña «Cristina 2023».

Es posible -hasta donde puedo saberlo, es probable- que CFK contemple volver a ser presidenta. Pero lo prácticamente seguro es que su decisión estará encaminada a apoyar a quien, a su juicio, tenga las mejores chances de ganar (claro, si es ella…). Es lo que hizo en 2015 y en 2019. Las candidaturas «testimoniales» a la Presidencia no están en la tradición del peronismo, ni en los antecedentes de Cristina).

(Podría ser, sí, la preferencia de H.V., pero no lo decide él. En 1999 estaba en contra de la formación de la Alianza, y quería que el Frepaso fuera por la suya. Tal vez habría sido mejor para todos si el Chacho le hubiera hecho caso. Quizás Duhalde habría salido de la convertibilidad con (algo) menos trauma que De la Rúa…).

Son digresiones mías. Disculpen. El punto central del argumento de Verbitsky es que cualquier acuerdo deja a discreción del Fondo la posibilidad de provocar el default argentino, si no está satisfecho con nuestras políticas (al no refinanciar los vencimientos). Y, estrictamente, en la letra fría de los acuerdos, eso es cierto.

El F.M.I. es una herramienta de algunos países económicamente poderosos -entre los cuales hoy está China, cierto, pero que no tiene tradición cultural de perdón de deudas- y también es una burocracia internacional, con sus propios intereses. Pero tengamos presente que no tiene un ejército ni una armada, como tenían Inglaterra y Alemania cuando amenazaban a Venezuela en los tiempos de la doctrina Drago, en 1903. Esos países poderosos sí los tienen, pero parece que hoy deben reservarlos para otro tipo de contingencias.

Igual, no descarto la amenaza que señala Verbitsky. En 2001, el FMI le «bajó el pulgar» a De la Rúa, el presidente más pro «occidental» que ha tenido la Argentina en décadas. Un gobierno débil e indeciso es vulnerable a esas presiones, y no es posible garantizar que no lo tengamos nunca.

En realidad, el punto central de su argumento -el que realmente vale la pena debatir- es uno que aparentemente comparten, con menos dogmatismo, Martín Guzmán, el premio Nobel Stiglitz, mis amigos albertistas y mis amigos cristinistas: la sustentabilidad de la política económica que en 2021 permitió un crecimiento del P.B.I. argentino.de aproximadamente el 10%.

Dejemos de lado la discusión semántica de si este crecimiento ha sido o no un «rebote» de la caída similar en el 2020. También suspendamos la discusión, más importante, sobre a quiénes favoreció y a quiénes dejó de lado esta recuperación.

El elemento central a tener en cuenta es que la política aplicada el año pasado, y en la mayor parte de 2020, se apoyó básicamente en tres pilares: el gasto público, un muy moderado ajuste fiscal, y un no tan moderado atraso cambiario (atraso en relación a la inflación, no a un hipotético poder adquisitivo del peso). Obliga, necesariamente, a controles y restricciones cambiarias.

Entonces, el debate que debe darse, y es urgente, es si esta política es sostenible y si permitirá que continúe la recuperación.

Reconozco de entrada que no tengo información actualizada para opinar con certeza. Puedo decir que es menos imprudente que la que aplicó Mauricio Macri hasta que el FMI le obligó a abandonarla, pero no es una vara muy alta.

Evaluar si esta política económica es sustentable, debe ser anterior a cualquier otra decisión económica importante. Porque si no lo es, las medidas que reclama el Fondo serán inevitables, y se tomarán con o sin acuerdo con esa institución. Lo único en duda es si se tomarán después de un episodio hiperinflacionario.

Tomemos nota que en el plano político, esa es la coyuntura a la que apuestan Macri, sus aliados cercanos, y sus comunicadores, en la expectativa, quizás infundada, que serán los beneficiarios.

Porque el «ajuste» no es una palabra fea que inventaron los «neoliberales». Es algo que hemos hecho todos -salvo algunos muy afortunados- cuando nuestros ingresos quedan debajo de nuestros gastos. Claro, sobre este asunto hay otra discusión que no se da -excepto en discursos encendidos que después se apagan: ¿a quiénes se debe ajustar? Pero esa es una discusión política, no económica.


La soberanía y el Paraná

noviembre 20, 2021

Esta imagen la subió a Twitter la CONAE, con este texto: «Celebramos el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado de 1845, esta imagen del satélite SAOCOM 1 A muestra el lugar del combate, con las cadenas que cruzaron el río para impedir el avance de la flota anglofrancesa«.

Me gustó mucho el gesto. Subí el tuit a AgendAR, y la foto a mi perfil personal en Instagram (bah, la subió mi hijo Juan; IG es generacional o comercial). Y en mi blog me puso a reflexionar.

Algo breve. Sobre esto se ha escrito y polemizado mucho -también en este blog- y hay análisis mejores. Lo que me llama la atención es que se ha enfocado relativamente poco el aspecto digamos geopolítico del asunto, que entiendo es clave para entender las motivaciones ¿Será que todavía perdura el prejuicio que la geopolítica es algo que hacen las Grandes Potencias en otros sitios?

Era una Argentina todavía en formación, pero no existía ese prejuicio. En 1820, el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez ordenó la toma de posesión de las islas Malvinas en nombre del Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cosa que se hizo, por ejemplo. Y en 1845, otro gobernador, Juan Manuel de Rosas, debía decidir si admitía la libre navegación de los ríos interiores. Lo que, en ese momento, significaba la libre navegación por parte de Inglaterra y Francia.

El anti rosismo plantea que estaba en su interés conservar el monopolio de la Aduana de Buenos Aires, lo que es cierto. Pero omiten considerar si estaba en el interés de esa Confederación Argentina todavía en formación, mantener en sus manos el control de una de las dos vías de comunicación interior fundamentales de la América del Sur. Ni Rosas ni los gobiernos argentinos hasta entonces, habían reconocido la independencia del Paraguay. Y Río Grande del Sur… había un viejo problema de límites con con el Imperio del Brasil, y allí había un fuerte movimiento separatista…

Esa es la geopolítica de la primera mitad del siglo XIX, claro. Hoy ha cambiado por completo, y -si todas las partes hacen las cosas bien, que no es seguro- para mejor. El control estratégico del Paraná y sus afluentes está en el interés, y las posibilidades, de los 4 todavía socios del Mercosur. Cierto que primero debe controlar su sector -el más largo- la Argentina.

Sobre este punto, tuve una conversación esta tarde. Un amigo nac&pop me preguntó «¿Qué habría pensado Mansilla de darle la administración del río a una empresa holandesa?«.

Contesté ¿»Los holandeses vienen por el agua!»? Ah, no. Eso le pertenece a Lilita del Carrió Sánchez de Thompson, distinguida dama de la sociedad progre de Buenos Aires.

Agregué «A mí me gustaría que el dragado lo hiciera una empresa local. O una estatal, si pudiera evitarse que la colonicen intereses privados y roscas presupuestívoras. Pero es un tema muy menor. El control del tráfico, y de las exportaciones, por el Paraná tienen que hacerlo no los que hacen el dragado, sino la Aduana, la Gendarmería, la Prefectura, el Estado, bah. No colonizado por intereses privados

A lo mejor Mansilla, y don Juan Manuel, estarían de acuerdo.


La caída de las redes de Mark Z: chance para ARSAT y algún empresario argento

octubre 6, 2021

Esta nota no pertenece al blog. Es un editorial que subí hoy a AgendAR, mucho más apropiada para su público, creo, que los politizados, militantes y/o nostálgicos que todavía visitan acá. Pero estoy tan embalado con la idea que la divulgo por cualquier medio. Hasta creo que la voy a subir a Facebook e Instagram, para jugar limpio con Mark 🙂

ooooo

Como todo el mundo sabe -nunca fue tan cierto y literal, el mundo todo-  el lunes 4 de octubre Facebook, Instagram y WhatsApp, las 3 empresas de Mark Zuckerberg, estuvieron caídas por más de 6 horas. Las dificultades comenzaron a las 12:15 hora argentina, y ningún dispositivo, en ningún rincón del planeta, podía conectarse a través de ellas.

No fue la primera interrupción del servicio para ninguna, ni tampoco la más prolongada. Facebook estuvo caída un día entero en 2008, y WhatsApp por 14 horas entre el 13 y el 14/3/19. WhatsApp e Instagram las tuvieron hace muy poco, en marzo y julio de este año. Y un fallo de las 3 juntas, ocurrió en julio de 2020.

Pero nos animamos a decir que la caída de ayer fue la que impactó más en la sociedad global. Para ser más preciso, en un porcentaje muy alto de los ciudadanos de una mayoría muy larga de los países del globo.

En parte, por una cuestión del número de usuarios. En 2008, Facebook tenía 80 millones; hoy, esa red social sola tiene más de 2.890 millones. El «planeta Zuckerberg» tiene más habitantes que la India y China juntas.

Pero creemos que un factor aún más decisivo es el papel que juegan, cada vez más, en nuestras actividades, además de nuestros ocios. Cada día más empresas pequeñas y medianas y emprendimientos personales se suman a vender u ofrecer servicios a través de Instagram. La pandemia ha acelerado esta tendencia.

Y WhatsApp -y en menor grado el servicio de mensajería de Facebook, Messenger, que también se cayó– ha reemplazado al correo electrónico y está en camino de reemplazar a la comunicación telefónica. Por supuesto, ambos siguen existiendo y cumplen funciones acotadas aunque propias. Pero el mensaje que puede enviarse en cualquier momento, y también leerse o escucharse cuando el receptor tiene tiempo, resulta tan útil… Lo mismo que el bot, que ofrece de inmediato opciones al cliente (o al ciudadano).

Bueno, ayer comprobamos que este maravilloso mecanismo -que vende a empresas privadas, y a algunas agencias de algunos gobiernos, los datos personales que le brindamos sin reflexionar, y cuyos algoritmos han sido denunciados como «perversos» (ver la otra nota que hoy publica AgendAR)- también puede fallar. Y sin advertencia previa.

Poco después de la recuperación de las redes, nuestro amigo Jorge Zaccagnini, referente histórico para muchos informáticos argentinos, nos decía en un mensaje «en varias oportunidades advertimos que la mudanza irreflexiva de los mecanismos de comunicación era un proceso peligroso y permanentemente a un paso del caos».

Es cierto. Sin ir más lejos, en marzo habíamos reproducido en AgendAR su advertencia «No abrazar la tecnología digital sin evaluarla antes». La pregunta es ¿Hay alternativas?

Hay una red, al menos, que se está ofreciendo, con énfasis, desde hace tiempo: Telegram. Y es muy competitiva en sus capacidades. Pero, como otras muestras de las brillantes ciencia y tecnología rusas, tiene dificultades con la escala. Ayer también Telegram tuvo problemas para alojar a tantos emigrantes intempestivos con los mensajes que no podían enviar por WattsApp.

Hay otras redes y servicios de mensajería. En China, en la misma Rusia… Incluso en Estados Unidos, varios compiten con éxito en segmentos de la población con los servicios de Mark Z. Pero todos ellos, en sus características y su lenguaje, están destinados a los usuarios locales.

Y ahora contestamos la pregunta de si hay otra alternativa con otra ¿Por qué no hacemos lo mismo? Hacemos nuestro el desafío de Zaccagnini: «…planteamos la necesidad de una nube local y sudamericana. Usando los recursos y conocimientos que hoy estamos mal utilizando como materia prima del negocio de otros».

Podemos imaginar una red de mensajería nacional, hasta un sitio en Internet para subir fotos y textos breves… Ejemplos de esto último existen. Por supuesto, somos conscientes que competir con recursos locales con el imperio de Zuckerberg sería tratar de pescar una ballena con un anzuelo para mojarritas.

Pero el objetivo no sería competir, sino ofrecer una alternativa confiable, y, tal vez, valorizar más los datos que hoy los usuarios de las redes proporcionamos gratuitamente. Porque Mark Z es, simplemente, el empresario que con mayor habilidad explotó el hecho que hoy a muchísima gente le encanta volcar su intimidad en Internet, brindando de paso información valiosa para las empresas que quieren venderles productos o servicios.

El factor que puede hacer viable una propuesta así es que al Estado nacional, y también a los provinciales, les conviene que exista una alternativa a sus ciudadanos y a las empresas. No sólo frente a caídas imprevistas como la de ayer. El crimen y la guerra ya se trasladaron al ciberespacio. Contar con proveedores nacionales de estos servicios será en muy poco tiempo una política prudente, seguida por muchos países.

Nuestro columnista, Daniel Arias, nos cuenta que en enero de 2020, cuando se renovó la conducción de ARSAT, se debatió si se iba a ofrecer un sistema de teleconferencias capaz de hacerle competencia a los varios sucedáneos de Zoom. Con la ReFeFo, la red de fibra óptica que superó los 35.000 km y la capacidad de almacenamiento del Data Center de Benavídez, habría tenido ventajas tecnológicas, de escala y de costos decisivas dentro del territorio argentino. Pero era indispensable vender servicios directamente a usuarios: «dar milla final», en la jerga.

El tabú de la milla final es fundacional, viene de 2006, cuando la empresa nació con diez empleados en dos oficinas del entonces Correo Central y con la entonces sorprendente idea de dotar a la Argentina de sus propios satélites de telecomunicaciones. De suyo, un proyecto tildado de irrealizable y faraónico. Pero los satélites están, ganan mucha plata para el estado, logró una alianza con Turquía para su construcción en serie y venta, y habrá nuevos.

Satélites, la ReFeFo, «el Data», todo lo que se propuso hacer ARSAT, lo hizo. Pero en 2020 desistió de un equivalente nacional de Zoom por no romper el tabú de la milla final, y sembrar la paranoia entre algunos grupos económicos muy poderosos del mundo de las comunicaciones. Ese paso al costado se dio mientras se veían llegar la pandemia, sus inevitables restricciones y el florecimiento de la sala virtual de conferencias Zoom. Podríamos haber tenido un equivalente nacional. Todavía podemos.

Éste ahora es un desafío distinto. La caída general de conectividad de ayer nos señala que, antes que un negocio empresario, para el país sería una medida de seguridad. Ya no es únicamente conveniente. Es necesario.

ARSAT, en asociación con las empresas informáticas que siguen naciendo en Argentina a pesar de la crisis, puede encargarse de esta tarea. Tiene todo para ello. Se necesita la decisión política. Y, muy probablemente, un empresario o empresarios audaces.


Cambiando al soldado Guzmán: oxígeno o gas sarín

septiembre 15, 2021

Después de la derrota del 12/9, han florecido entre peronistas y afines los análisis de las causas. Ya hay muchos más que propuestas para revertirla. Pero -por suerte- algo del realismo peruca persiste, y desde la dirigencia y la militancia ya hay algunas. Quiero discutir una de ellas aquí.

(Ojo. creo que es inevitable la catarsis, y necesaria la reflexión colectiva. Yo también tengo mi análisis, y en algún momento se los infligiré. Pero la realidad marcha al trote, faltan 2 meses menos un día para la elección en serio, y un resultado tan malo o peor que el de las PASO aumenta la chance de otro experimento de «políticas de mercado» sin mercado, de «ingresar al mundo» sin noción clara de los intereses y las capacidades propias. Tratar de evitarlo me parece un deber, para usar una palabra algo obsoleta. Por eso pongo mis dos centavos).

Un sector muy importante de la coalición oficialista, el que los medios opositores llaman «kirchnerista» (para bajarles el precio, decía Néstor K) está planteando que es necesario «oxigenar» el gabinete. Cambiar (algunos) ministros. Mostrar a los votantes que sí, el gobierno se dio cuenta que estaba haciendo algunas cosas mal, y que ahora las hará bien.

El planteo es razonable, y forma parte del manual de la política. En los países parlamentarios, es de rigor. En las viejas monarquías absolutas, el rey dejaba caer al «favorito» (a veces lo asesinaban, para resaltar el cambio de rumbo). En un país presidencialista como el nuestro, donde el número 1 es el que firma todos los decretos y todos los nombramientos importantes… es más cosmética. Pero la cosmética, es parte fundamental de la comunicación, que es parte fundamental de la política.

Para que funcione, es necesario que el reemplazo sea alguien conocido por la población, y que él o ella sean por sí el anuncio de una política distinta. Y que tenga listas y pensadas las medidas para poner en marcha de inmediato (¿es necesario repetir que el 14/11 es la elección?).

Y aún cumpliendo con esas condiciones, la maniobra puede fallar. Hace 20 años, después de la derrota en las elecciones legislativas de 2001, y el breve ministerio de Economía de López Murphy, De la Rúa llamó a Domingo Cavallo. No funcionó.

Estas reflexiones valen para todos los ministros. Y secretarios y subsecretarios. Las hago porque desde afuera del Estado, desde la omnipotencia del periodismo y de Twitter, se olvida que el Estado son las reglamentaciones y los expedientes. Acumula un poder muy importante -es el grupo económico local con el patrimonio y flujo de ingresos más grandes, muy por encima de Techint y el Grupo Clarín. Pero el que no conoce las reglamentaciones y no sabe empujar los expedientes, se convierte en un infeliz con chofer y conferencias de prensa.

En el caso de Martín Guzmán, tengo una reflexión más precisa, y a la vez más amplia. Creo que es un buen ministro de Economía: no ha chocado el barco. Que es el requisito supremo para los ministros de Economía argentos, y que no muchos han cumplido a lo largo de la historia. (Los lectores consecuentes del blog recordarán que mi defensa del gobierno de Cristina K fue siempre que «no choca el barco». No se puede decir lo mismo de Mauricio M. De Alberto F… todavía puede hacerlo. Esperemos que no).

¿Podría lograrse una gestión mejor, aún con las feroces limitaciones que impone la realidad local? Probablemente. Más imaginativa, seguro. Pero como no me van a pedir opinión sobre el reemplazo, voy a hacer una advertencia general sobre un par de supersticiones económicas. Una de las cuales está detrás de la presión actual por el cambio en el ministerio de Economía (a la otra superstición se aferran quienes quieren imponerlo en 2023, o antes si fuera posible).

Se trata de supersticiones opuestas y viejas, eh. Ya se expresaron en el debate entre las ideas de Say y de Malthus, hace dos siglos. Pero se mantienen en pie: ambas tienen intereses poderosos a su favor, y de sostenerlas con elocuencia dependen contratos y puestos.

Empiezo por la del Otro Lado: La oferta crea la demanda. En castellano un poco más claro: todo lo que es necesario y suficiente es estimular a los inversores (gente tímida y cautelosa), ellos pondrán en marcha empresas que darán empleo y crearán la prosperidad general. La magia del capitalismo, en la que creen con una fe similar a la que otros creína en la magia del socialismo. La especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, los intereses nacionales (de otras naciones), son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen.

(El odio de los «liberales» -así llaman en Argentina a los fieles de esta superstición- por Keynes, un inglés conservador lúcido, cuya única excentricidad era su opción sexual, se debe a que demostró matemáticamente que, aún en condiciones de competencia, los mercados pueden encontrar equilibrio sin que se llegue a la utilización plena de los recursos. Entre ellos, el empleo. Todo lo demás que hoy pasa por keynesianismo es sarasa).

La mayoría de los propagandistas de estas supersticiones las creen, téngase en cuenta. Es muy humano. Cuando Mauricio M les decía a los grandes empresarios que le dieran el 1% de su patrimonio para su campaña, porque sus patrimonios valdrían mucho más cuando él fuera Presidente, no los estaba currando (esa vez). Era un convencido de eso. Iba a crear un clima propicio para los negocios, y además manejaba bien el inglés ¿Qué mas era necesario?

Paso a la otra superstición: La demanda crea la oferta. En esta versión, lo necesario y suficiente es «poner dinero en el bolsillo de la gente». Que va a ir a comprar productos, los empresarios venderán más y tendrán que tomar trabajadores para producir más, que a la vez consumirán productos… La magia del capitalismo, supervisado por el Estado (algunos de sus creyentes más fervientes antes creían en la magia del socialismo, pero eso es común. El neoconservadorismo yanqui fue fundado por ex troskistas).

Como en el otro caso, la especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, … son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen. Sobre todo, esa perversa predilección de la gente por ahorrar en una moneda que no se les derrita en los bolsillos… (Keynes no simpatizaba mucho con lo que llamaba «la propensión al ahorro», pero no se le ocurría suprimirla. Gesell, y ahora Claudio Lozano, son más imaginativos, pero no creo que sus ideas sean prácticas, qué quieren que les diga…).

Esto último apunta al problema básico de todos los economistas «nac&pop» (entre los cuales se me ha incluido, aunque no soy economista; sólo un simple contador): la inflación. La respuesta estándar es que es «multicausal». Lo que es cierto, pero no ayuda a detenerla, ni siquiera a moderarla.

Luego se afirma que se debe a la codicia irrefrenable de los «formadores de precios», que van a subirlos todo lo que puedan. También es cierto, y lo señaló Adam Smith hace dos siglos y medio. Pero ahí hay que explicar porqué la codicia de los empresarios en otros países no la provoca, por lo menos no en los índices locales.

La última trinchera la atribuye a la puja distributiva entre empresarios y trabajadores. También muy real, por supuesto. Y también universal, salvo en países donde la policía secreta es muy eficiente.

Me detengo aquí, y resumo, porque los acontecimientos se precipitan, como suele suceder entre nosotros: Guzmán es reemplazable. Los problemas que enfrenta, están y siguen. Y no se solucionan sólo con voluntad y un discurso sincero. Reitero la reivindicación que volví a hacer anoche en Twitter de la insistencia de Néstor Kirchner en los superávits gemelos: fiscal y comercial.


China: ¿nuestra nueva Inglaterra? – Bis

septiembre 8, 2021

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Hace 7 años, el 21/7/14, subí dos posteos (tenía más tiempo libre entonces…) con este mismo título al blog. El tema es tan actual ahora como entonces (el 1° tenía la foto de Cristina caminando al lado de Xi, cuando él nos visitó). En realidad, estimo que será actual por buena parte de este siglo.

Ahora ha vuelto a la tapa de medios gráficos, cuando el presidente Lacalle Pou anuncia que la Banda Oriental aspira a actualizar su tradicional papel -desde 1806- de puerta de entrada a la cuenca del Plata. Tal vez pueda perforar en algunos de nosotros la absorción en las elecciones del próximo domingo.

Como sea, creo que varias reflexiones que hago aquí siguen válidas. Especialmente, la primera parte; para la segunda, estaba pensando en un Brasil que no estaba arrastrado en el proyecto Bolsonaro. Igual, los políticos pasan y los países quedan.

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Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente. Su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época.

Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos de la «línea nacional», es que distorsionaron el desarrollo de nuestro país, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa “Arabia Saudita de las vacas y el trigo” que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba “Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur“. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros “diarios serios”.

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer.

ooooo

Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, “diferentes” en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de “occidente”. Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de “crushing”: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la “densidad nacional” de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la “insubordinación fundante” a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.

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Prometo para los próximos días algo de información y de reflexión sobre lo que está haciendo Uruguay. Los argentinos, que venimos tanto de los barcos como los uruguayos, tendemos a pasarlos por alto en la elaboración de estrategias. Como diría el maestro Fouché, es peor que un gesto de soberbia, es un error.


Biden: Vuelve el Estado, con los fondos

agosto 12, 2021

Nuevamente traigo al blog un comentario que agregué a una nota de AgendAR El senado de EE.UU. aprobó el megaproyecto de Biden de más de un millón de millones de dólares en obras públicas . Sólo agrego unos párrafos al final para los lectores más politizados de este rincón del ciberespacio. Y la imagen que encabeza este posteo, para mostrar que los delirios de la «grieta» no son, como la birome y el colectivo, un invento argentino.

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Más allá del forcejeo político por el poder – el ex presidente Trump, y los republicanos en general, perciben que si Biden se afirma con un programa de estímulos estatales a la economía, la «gran coalición» que forjó el Donald con una parte considerable del poder económico más sectores de clase media en las pequeñas ciudades, los «evangélicos» y los trabajadores blancos, todos irritados con un «progresismo» globalista y ajeno a sus valores, puede desintegrarse.

Más allá de ese irritado forcejeo, y también del fastidio de ese progresismo que se siente incómodo con la tradicional alianza del partido Demócrata con otra parte del poder económico, las grandes instituciones financieras de la Costa Este, se ha puesto en marcha un cambio considerable en los objetivos planteables desde la política en Estados Unidos.

Por primera vez desde que Reagan en los ´80 planteó que «el Estado no es la solución; es el problema», un presidente plantea un protagonismo abierto del Estado en el desarrollo económico y en los cambios sociales. No lo hicieron ni Clinton ni Obama (con algunas excepciones, entre ellas, el tímido «Obamacare»).

Es necesario tener claro que el Estado federal no dejó en ningún momento de ser un actor poderoso en la economía y en la sociedad de EE.UU. a través de sus múltiples y gigantescas reparticiones. Pero no lo asumía. Ahora, lo hace.

¿Tendrá éxito Biden en su arriesgada jugada política? ¿Y si lo logra, inyectará dinamismo a la economía y a la sociedad? Estoy tentado de usar una frase habitual en mi blog personal «El que viva lo verá».

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Los lectores del blog, habituados a que el Estado argentino sea el socio capitalista (usualmente bobo) de todos los emprendimientos nacionales importantes, se apresurarán a señalar que en EE.UU. la gigantesca industria de defensa, más la NASA, los jugosos contratos con las universidades,… son desde la 2da. Guerra un poderoso, imprescindible motor de la economía de EE.UU. Eisenhower advirtió del «complejo militar industrial» (él había crecido en una Norteamérica distinta), y eso no se detuvo con el Ronald. Al contrario.

Pero quedarse en eso es ignorar el papel de la ideología. Que consigue «invisibilizar» lo que está haciendo el Estado. Ayudada por la función, cada vez más importante, de los fondos de inversión en la asignación de recursos. Estas movidas de Biden están cambiando eso, y la misma lucha política lo resalta. Por eso, cómo le vaya al abuelo Joe va a tener consecuencias nada triviales.

Como ya dije en twitter, no es Juan Domingo Biden. Y mucho menos Karl Biden. Pero puede llegar a ser Harry (Truman) Biden.


Claudio Scaletta, Eduardo Crespo, Bolsonaro y lo que hay

agosto 1, 2021

Empiezo aportando una sugerencia práctica: los domingos, por un viejo hábito que no cayó del todo en desuso, proliferan las «piezas de opinión» en los medios. Si van a leer 2 -un límite sensato, para no ahogarse en palabras- propongo Entre “opinadores” y hacedores de política: prueba de fuego, de Scaletta, y Entre el progresismo neoliberal y la derecha bolsonarista, de Crespo. Este consejo es para el amplio abanico más o menos oficialista, entre los que apoyan con entusiasmo o resignación al gobierno actual.

Para el igualmente amplio abanico opositor… no tengo sugerencias, porque no soy de ese palo, y además no me entusiasma nada de lo que leí. Si les pasa lo mismo, pueden desahogarse en twitter. Muchos lo hacen.

Continuo aclarando que no voy a polemizar con estas piezas, ni de Crespo ni de Scaletta, salvo incidentalmente. Esos debates pertenecen a la época dorada de los blogs, 10, 15 años atrás, de la que este blog es una melancólica nostalgia. Hoy los blogueros estrella serían María Esperanza Casullo, Martín Rodríguez, Pablo Touzon,… Pero escriben ensayos, no debaten. (Ni yo tampoco, para el caso: hace mucho que no modero comentarios…).

Lo que me interesa es señalar que, tanto lo de Scaletta como lo de Crespo, aunque el contenido es muy distinto -están hablando de cosas diferentes-, se dirige al mismo público. Es un mensaje para el oficialismo insatisfecho, preocupado. Y es «clintoniano» (Bill): «Es la economía, estúpidos».

Y tienen razón. Hace muchos años que vengo diciendo en este blog que -salvo para los países ubicados en Medio Oriente, donde en lo inmediato hay que tener buenos generales- el destino de las naciones depende, fundamentalmente, del acierto o error en sus políticas económicas.

Desde lo que (si los entendí bien) es un acuerdo en lo básico, planteo esas discrepancias incidentales: Scaletta tiene razón cuando señala que (muchos) defensores del ambiente no conocen ni les interesa conocer las realidades de la economía, de la producción. Se encierran en una fantasía en la que la «agricultura familiar» y el reciclaje cubrirán las necesidades de 8 mil millones de habitantes del planeta y -lo cercano e inmediato- las de los 45 millones de compatriotas. Que no sólo quieren alimentarse sino también -impulsados por el consumismo apátrida- quieren zapatillas de marca y celulares.

Y Crespo también tiene razón en lo que creo que dice: la «ampliación de derechos», las políticas de género, … están muy bien, pero si no se crea trabajo digno y un bienestar mínimo para los de abajo, van a votar cualquier cosa. Cualquier cosa que no le guste a la mayoría de los que apoyan a este gobierno.

Ahora, los «sí, pero». Scaletta, más cercano, por lo menos intelectualmente, a quienes toman decisiones hoy, no debe olvidar que el ambientalismo puede ser, en parte, lo que los afroestadounidenses llaman «problemas de blanquitos«; pero… los «blanquitos» también votan en Argentina, y son una parte importante del electorado, y de la mayoría que votó al Frente de Todos. También, que muchos morochos viven cerca de donde van abrir minas o perforar por petróleo; con lo que no tienen objeciones teóricas, sino una muy práctica que en yanquilandia expresan «No en mi patio«.

Lo resumo diciendo que, así como Argentina es un país con empresas pobres y empresarios ricos, tiene una economía de clase media baja y una parte muy importante de su población con ideas y aspiraciones de clase media alta. No es nada nuevo, ni solamente argentino en lo esencial. Ya desde la segunda mitad del siglo pasado, en las sociedades más o menos moderna, la mayoría de sus miembros no se identifican con «los pobres». Aunque lo sean.

O sea, el «desarrollismo» (hay que buscarle un nombre nuevo) tiene que tener, si va a ser viable, un mensaje y un espacio para los precarizados y los de fuera del sistema, que son muchos. No basta con saber que cuando la Argentina sea, si llega a ser, un país desarrollado tendrá mejores políticas sociales. Ese es un futuro triste.

También le hace falta un mensaje para aquellos que entre los argentinos urbanos (90+% de la población) tienen un compromiso emocional con lo verde, la alimentación orgánica… Hasta algunos son veganos, Dios los perdone. Votan, son bastantes, y sobre todo se comprometen, que en la política moderna es un factor decisivo.

(En AgendAR, cuando tratamos temas de política nuclear -muy a menudo- nos preocupamos en señalar que es una fuente de energía limpia, constante y que no emite en forma directa ni indirecta gases de efecto invernadero. Pero están dirigidas a un público muy específico, y aunque sabemos que Argentina puede exportar reactores, y lo ha hecho, no serán el rubro central de nuestras exportaciones).

Crespo tiene claro que una política económica que sólo ofrece para los expulsados del sistema planes sociales (encima bastante mezquinos, como los actuales), no tiene futuro.

En lo inmediato electoral, las encuestas me dicen (aunque me cueste creerlas) que al oficialismo no le iría tan mal hoy. Supongo que esta oposición ayuda mucho. Y el surgimiento de un bolsonarismo local… no lo veo en lo inmediato. Y si surgiera… probablemente surgiría del peronismo. Los perucas somos creativos, Dios nos perdone.

Como creo que quedó claro, yo también soy de los oficialistas preocupados e insatisfechos. Reconozco los importantes méritos políticos de la experiencia kirchnerista y hasta de esta etapa alberto-cristinista. Alguien que vivió los ´70, puede apreciar la racionalidad y la prudencia (aunque estén mechadas con algunas torpezas). Y no me cabe duda que duda que sus políticas económicas son mejores que el dogmatismo ideológico de la experiencia macrista y el vacío de la actual oposición.

Pero no alcanza (noto que son dos palabras que estoy repitiendo). Ni los 12 años y medio de los gobiernos K, menos aún los casi dos de esta etapa, lograron establecer políticas económicas lo suficiente sólidas para subsistir a un cambio de gobierno. Hasta que no logremos eso…


Chau, Mercosur. ¿Y después?

julio 8, 2021

El «Uruexit», una jugada importante. Que nuestra clase política (incluidos los politizados) no la vimos venir, enfrascados en las miserias (Mauricio dixit) y las comedias del armado de listas. Y, con mejores razones, en la final en el Maracaná.

Y como supongo que su discusión pública quedará sepultada entre las chicanas de la campaña, paso a compartir -por lo que valga- una crónica desde punto de vista yoruga y mi comentario que escribí anoche para AgendAR.

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Ayer, 7 de julio,  empezó a sesionar la 58° Reunión Ordinaria del Consejo del Mercado Común del Mercosur, que puede ser la última del bloque que vinculó las economías de 4 países de Sudamérica. Ahí Uruguay reivindicó su pertenencia, pero comunicó que comenzará a conversar con terceros para negociar acuerdos comerciales extrazona, según informó su cancillería.

En la reunión participaron por Uruguay sus ministros de Relaciones Exteriores, Francisco Bustillo, y de Economía, Azucena Arbeleche. Su planteo fue “defender la modernización del bloque a través de una agenda de negociaciones externas sustantiva, ágil, dinámica, flexible y permanente”.

Esta decisión se tomó, sigue diciendo la cancillería uruguaya, porque “no se aprobó la reducción del arancel externo común, a pesar de que Uruguay había apoyado algunas de las propuestas presentadas, las que siempre se entendieron formando parte de un mismo paquete con la flexibilización”.

“Uruguay entiende que la decisión 32/00 no está en vigor, ya que nunca fue internalizada”, afirma. (La decisión a la que alude establece, entre otras cosas, “el compromiso de los Estados Partes del MERCOSUR de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias”.

En el comunicado, Uruguay reitera que «inspirado en principios de gradualidad, flexibilidad y equilibrio, actuará conforme a ellos en materia de inserción internacional, reivindicando su calidad de miembro pleno del Mercosur”.

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El Uruexit le cayó al gobierno argentino «como un balde de agua fría». No habla bien de su capacidad de previsión. Uruguay y, más discretamente, Paraguay vienen planteando desde hace años que si Argentina (y Brasil) no se abren a sus exportaciones, ellos no tienen porqué cerrarse a las exportaciones de terceros.

Es lógico. No tienen una base industrial significativa a defender. Y ser un refugio de evasores no alcanza como base sólida para una economía que sea algo más grande que la de un paraíso fiscal.

Desde nuestro gobierno dicen que “la postura de Uruguay es errónea e ilegal porque la decisión 32/00 (norma del ‘consenso’) no necesita un procedimiento de internalización, porque sólo repite lo que está en el artículo 1 del Tratado de Asunción” (la internalización es incorporar un acuerdo internacional en el derecho interno).

Es un buen punto jurídico, pero no existe el tribunal al que acudir. Argentina, entendemos, debe enfocar el tema con realismo: la diplomacia uruguaya siempre ha sido profesional y cautelosa. No habría dado este paso sino tuviera seguridades que dentro del bloque Brasil lo vería con buenos ojos. Es posible que también tenga alguna aprobación informal desde fuera de la América del Sur.

Como sea, es probable que el Uruexit sea el primer «cañonazo» al Mercosur que perduró, con relativamente pocos cambios durante 30 años. Creemos que sería un error pensar que, si en 2022 se va Bolsonaro y es elegido en Brasil Lula o alguien menos irritante que su actual presidente, se pueda volver atrás. Aunque Uruguay «vuelva»… después de varias concesiones.

Si es así, y en los próximos meses lo sabremos, el gobierno nacional, las provincias, los empresarios y los sindicatos deberán encarar algo que los argentinos hemos dejado de hacer en los últimos 48 años: planificar. Decidir cómo vamos a encarar las relaciones comerciales con nuestro socio comercial inevitable, Brasil, con nuestros otros vecinos, y con el resto del mundo.

Pensemos en un Mercosur 2.0. Podemos usar ese nombre para especular: la arquitectura legal y administrativa existe, y -como ya dijimos otras veces en el portal- sólo un acuerdo estratégico entre Argentina y Brasil puede hacer que la América del Sur sea algo más que un tablero para las Grandes Potencias.

Ese renovado acuerdo deberá recoger un reclamo válido de Paraguay y Uruguay, y que haría cualquier socio menor: si hay una unión aduanera «hacia afuera», un arancel externo común, debería haber una unión aduanera «hacia adentro». Que no haya barreras para las manufacturas de los socios, que su tamaño no los discrimine.

No es, por cierto, el único tema que debemos encarar con anticipación y en un marco regional: como advierte el economista Ricardo Carciofi, la Unión Europea aplicará un «ajuste en frontera», bah, un arancel, según el contenido de carbono de las importaciones.

Por ahora sólo afectará a los sectores intensivos en uso de energía: acero, aluminio, cemento… Pero es muy previsible -conociendo el lobby de los agricultores europeos- que luego alcance a las exportaciones agrícolas. Brasil tendrá más problemas todavía que nosotros, con su historia de deforestación.

El macrohistoriador Toynbee decía que la Historia no registra ningún caso de una confederación laxa que haya perdurado: o se transforman en una federación más estrecha y sólida, o se disuelven. Ese desafío lo estamos viendo en la Unión Europea. Probablemente lo veremos aquí.


Acerca del precio de la carne

mayo 20, 2021

Mis lectores consecuentes, si alguno, habrán notado que no subo al blog muchas frases de Perón. Es que alguien que escribió cartas, proclamas, artículos y libros durante toda su larga vida adulta, que durante los 18 años de su exilio su única y poderosa arma fueron cartas y cintas con su voz… Bueno, ese alguien dejó muchas, muchas frases. Siempre hay alguna con un poquito de esfuerzo se pueden adaptar a lo que otro quiere decir. Digamos que siento un respeto intelectual por un cuerpo de pensamiento coherente. Se lo toma en conjunto o se lo deja.

Pero… A veces hay algo muy preciso y oportuno para una circunstancia determinada. Y uno se tienta con párrafos de una inteligencia práctica y filosa.

Les acerco esto -que ya anda por las redes sociales, cómo no- pero está en la página 81 del Manual de Conducción Política:

Los otros días vino alguien a decirme: “Vea la carne está muy cara”.

Le pregunté: “¿Qué le parece a usted?”.

Y me contestó: “Hay que bajar el precio, ponerle un tope, porque sino la gente no podrá comer más carne”.

Le dije: “¿Qué le parece si subimos los salarios en lugar de bajar la carne?”.

Agregó: “Y…la inflación”.

Entonces le manifesté: “¿No cree usted que hoy nos defendemos con la carne? ¿No se da cuenta que si bajo el precio de la carne aquí, los ingleses nos lo bajan allá? Es decir, hay gente que todavía no sabe que la economía interna es una y la internacional otra, y que la ganancia la tenemos que sacar de la economía internacional para vivir bien. No vamos a cobrar menos a los de afuera por el estúpido prurito de decir que bajamos los precios. Hay que bajarlos, pero inteligentemente, para que no se conviertan en un factor de pobreza en lugar de lo nosotros deseamos, que es una economía de abundancia”.


Estamos muy mal ¿dónde vamos?

marzo 30, 2021

Ayer leí esto en las redes sociales (Bah, en twitter. Pero a pesar de eso, es cierto):

«La tasa de desempleo se ubicó en el 11%, al cierre del último trimestre de 2020 y en el conurbano bonaerense ya se acerca al 15%.La tasa de desempleo abierto nacional respecto del cuarto trimestre de 2019, se incrementó en 2,1 puntos porcentuales.

Por otra parte, se conocieron datos oficiales de valorización de canasta de pobreza e indigencia alcanzando para un hogar tipo metropolitano de cuatro miembros, los $60 mil y $25 mil mensuales respectivamente, insistimos según datos del INDEC.

En este sentido los números preocupan puesto que el salario medio de la economía no alcanza los $60 mil mensuales, el salario que más se repite (o MODA) es de $45 mil mensuales, todos por debajo de lo que requiere un hogar tipo para no ser considerado pobre por ingresos.

Peor aún el salario mínimo vital y móvil, así como jubilaciones y pensiones mínimas rondan los $20 mil mensuales y se ubican por debajo de los ingresos necesarios para q un hogar de cuatro miembros supere la línea de indigencia o línea de ingresos debajo de la cual hay hambre.

Llegamos al extremo de carencia de ingresos en que en un hogar tipo (de 4 miembros) en que se perciben dos salarios mínimos y dos AUH, una por cada niño o niña, tampoco así logra superar la línea de pobreza. Una calamidad de carencia de ingresos se lo mire por donde se lo mire.

La inflación no se detiene. Traccionada por aumento de «alimentos y bebidas» la canasta de pobreza aumento un 47% interanual entre los meses de febrero 2020 versus febrero 2021, mientras el IPC general lo hizo en un 41% y según datos del primer trimestre de 2021 no se detiene.

El panorama social entonces resulta muy complejo con un piso de 40% de pobreza cuando a fines de marzo el Indec suministre el dato oficial.

Los datos de distribución del ingreso son también de terror. El 80% más pobre de la población se queda con el 50% del ingreso total. Como contrapartida , el 20% más rico toma el 50% restante y el 10% de la cúspide de la pirámide se apropia del 33% del ingreso total. Son niveles de desigualdad escandalosos, solo superados por los observados en la crisis de salida del experimento convertible en el año 2002.

Todo este rodeo inicial largo pero necesario, es imprescindible para justificar una pregunta: ¿Puede un país estragado socialmente, como lo es la Argentina después de Macri, tener como bandera conseguir el “equilibrio fiscal”? ¿Son metas prioritarias alcanzar los superávits gemelos? ¿Puede insistirse en ese camino después tantos fracasos históricos de los modelos “Déficit cero”? Enormes fracasos comunitarios q signaron el trayecto desde la recuperación democrática en el año 1983 hasta nuestros días?

Seguramente no. La economía argentina necesita salarios, ingresos familiares crecientes y superar la lógica del ajuste perpetuo a q fue sometida ya durante un lustro, más aún tras la experiencia exitosa de “desajuste” desplegada por el kirchnerismo durante casi trece años de gestión.

¿Por qué volver a las viejas recetas diseñadas por la ortodoxia económica y avaladas por el Fondo Monetario Internacional q nos condujeron una y otra vez a ser una sociedad más desigual y más pobre? Que aumentaron el desempleo desde un valle de 3% en 1983 al 24% en el año 2001?

El rediseño d política económica debe tener como eje recuperar ingresos familiares y eso supone satisfacer 3 demandas muy específicas.

Salarios, jubilaciones y planes de transferencia d ingresos actualizados por sobre la inflación realmente existente para los sectores populares.

Inflación q es la que señala la canasta de pobreza e insistimos alcanza al 47% anual. Todas las paritarias conocidas están por debajo de este nivel de inflación y oscilan en la franja que va del 29% al 35% lo que las ubica muy debajo de los niveles de actualización requeridos.

Lo mismo sucede con jubilaciones y pensiones mínimas (las que más alto se ajustaron), que solo se actualizaron un 35,5% (el resto alcanzó solo el 24%) perdiendo 11,5 puntos respecto al valor de incremento de la canasta ampliada de pobreza. Insistir con este ajuste es fracasar.

Fracasar doblemente en el caso del oficialismo. Porque su contrato electoral supone mejorar las condiciones de vida de la población general, los ingresos familiares al alza y una mejor distribución del ingreso y porque sería un error conceptual inmenso frente a las elecciones.

En efecto, el 60% de los hogares que constituyen el electorado del FdT son pobres o vulnerables por ingresos (superan la línea de pobreza por menos del 50% de su valor). Se trata de hogares pobres por ingresos o de clase media baja en riesgo de empobrecimiento por ingresos.

Persistir en el camino del ajuste pondrá severas restricciones p insistir con el voto oficialista, al menos para una porción significativa del electorado vulnerable, allá donde las fronteras ideológicas son líquidas y la orientación del voto la define la evaluación de gestión.

Se configuraría entonces una coyuntura electoral q de consumarse, y dada la coalición conservadora q enfrenta al FdT – pre civilizatoria -, sería de un gran costo económico, social e institucional, ya no solo para los sectores pobres o vulnerables sino para la sociedad toda.»

ooooo

El texto de arriba es de mi amigo Artemio López, conocido como encuestador y opinador, pero que también es sociólogo. Y un buen sociólogo, por cierto. Los datos que pone son correctos y están bien elegidos para informar de la situación, angustiante, por la que está pasando algo más de la mitad de nuestros compatriotas.

Eso, la 1° parte del texto. En la 2°, que separé usando la imagen clásica de la caverna, escribe de economía y de política. Y ahí sigue vigente el criterio de verdad, cómo no, pero la cuestión decisiva pasa a ser si funciona o no (sin alusión a «funcionarios que no funcionan», eh).

Empecemos por tener claro que esa pobreza, «estructural» como la llaman los colegas de Artemio, tiene raíces muy anteriores y ha ido creciendo. Desde 1975/76, cuando Argentina estaba muy cerca del pleno empleo, con índices mínimos de pobreza y una distribución del ingreso no «igualitaria» (eso no hay en ningún lado) pero similar a la de varios países europeos prósperos, hemos venido avanzando hacia la situación de hoy. Acompañando un deterioro del país en su conjunto. Con excepciones, seguro -la agricultura es mucho más tecnificada y productiva, hay más empresas de base tecnológica y algunas de ellas, como INVAP o Bioceres, son competitivas globalmente. Pero no hay duda que nuestro país está peor, en relación a la región y al mundo, de dónde estaba hace casi medio siglo.

El otro punto importante a tener presente para sacar conclusiones que sirvan es que esos deterioros, el aumento de la pobreza y el declive relativo del país, no fueron uniformes en estos 45 años (tampoco son lo mismo, aunque están muy vinculados). Algunas estadísticas pueden tener imprecisiones y hasta ser engañosas, pero el conjunto es terminante: los pozos más profundos se dieron en toda la dictadura, en los últimos dos años de Alfonsín, en el 2° mandato de Menem, en el gobierno de la Alianza y en los últimos dos años de Macri. Y en el 2020, con la pandemia.

Y hay un período en que esas dos caídas se detuvieron, y tanto en la pobreza «estructural» como en la economía en su conjunto hubo alguna recuperación: durante el gobierno de Néstor Kirchner. Uno no necesita creer ciegamente en las cifras del INDEC; como en el caso anterior, el conjunto de los datos da una imagen indiscutible.

(Aclaración rápida para las distintas tribus: en los gobiernos de Cristina hubo políticas sociales muy importantes y necesarias, pero ahora sabemos que esas políticas, que siguieron y siguen, no erradican la pobreza de los que están fuera del empleo formal. Y la recuperación empezó en el breve gobierno de Duhalde, sí, pero no puede distinguirse del «rebote»: veníamos de un pozo muy profundo).

Y aquí aparece algo que me hace ruido en la 2° parte de Artemio, y en parte del discurso de los economistas heterodoxos (muchos de ellos se aferran a una ortodoxia de signo opuesto pero tan rígida como la del «mainstream»): ese gobierno de N. K. tuvo como prioridad los «superávits gemelos». Para ser más preciso, N. K. fue obsesivo en ese punto. Y esa pulsión se mantuvo cuando CFK fue presidenta: todo el conflicto con la Resolución 125 surge por la necesidad de equilibrar los ingresos con los egresos fiscales.

Cierto que Kirchner también fue contemporáneo del «boom de las materias primas» de comienzos de este siglo, el famoso «viento de cola». Como toda América del Sur. Pero ahora también los precios de las «commodities» están subiendo, y la mayoría de los argentinos no sentimos ni la más leve brisa.

Un aparte, por la preocupación electoral que Artemio remarca al final de su nota: seguro, antes de las elecciones no es el mejor momento para subir tarifas. Obvio. Y agrego que la bronca con los aumentos de los que pueden pagarlos no es menor que la de los que no pueden. Es una falencia de nuestra constitución: el voto de un tipo egoísta vale lo mismo que el del progre con más conciencia social de Palermo.

El tema es otro, y muy serio: como no me canso de decir, los «fundamentals», los recursos estratégicos de Argentina son buenos: un territorio extenso, con muchos recursos, una de las grandes llanuras fértiles del mundo, una fuerza de trabajo -que ya no es la mayoría absoluta de la población- pero sigue siendo numerosa y capacitada, científicos y técnicos de muy buen nivel. Pero hace 45 años -al menos- que no encuentra un camino estable para seguir desarrollándose.

Es cierto: «la economía argentina necesita salarios, ingresos familiares crecientes y superar la lógica del ajuste». Esto último también es obvio, los ajustes no resuelven nada cuando el problema es estructural. Habitualmente, lo empeoran. Y los dos primeros son objetivos, y se sabe cómo se consiguen: aumentando los ingresos de la economía y repartiéndolos mejor que hasta ahora. Como dijo alguien, «todo el arte está en la ejecución«.

Si me alargué repitiendo estas obviedades, es porque encuentro en esta nota de Artemio una idea que está presente, en forma vaga, en muchos de Este Lado, y que es tan ingenua -con signo opuesto- como los que creían que iba a venir una lluvia de inversiones porque Macri era empresario: que hay que animarse a aumentar salarios y asignaciones sociales, y así la demanda va a crear prosperidad. Total, ya sabemos hace 200 años, de las discusiones entre Say y Malthus, que la demanda crea la oferta, no?

La situación social es muy jodida, pero hay algo que puede empeorarla, y mucho. Una ola de alta inflación -alta para los estándares argentinos, o sea lo que en los libros se define como hiperinflación- arrasaría con el gobierno del Frente de Todos y con la actual oposición. Los episodios de hiperinflación de Alfonsín fueron la causa eficiente de la Convertibilidad: la hicieron políticamente posible y aceptada por las mayorías por 10 años.

Esto no es un llamado a quedarnos tranquilos y confiar en Guzmán. Que todavía le puede salir muy mal el equilibrio que está sosteniendo. Necesitamos más políticas activas, y mejor distribución del ingreso (porque, todavía, entra mucho ingreso en Argentina. Y sale, cuando no se invierte y se ahorra en dólares, aquí o afuera). Para eso, necesitamos mejor política. Que es también lo que plantea mi amigo, pero lo escucho a él y al fondo a la Realidad diciendo con voz ronca «Por aquí no, macho«.


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