Las distintas expectativas sobre la apuesta Massa

agosto 7, 2022

Hace más de una semana que no siento el impulso de postear aquí. No es que no han pasado cosas; sin embargo, en el espacio local -que es donde vivo- no cambiaron el escenario que planteé entonces, en La Gran Apuesta.

Pero este otro posteo, de un hombre de las 40 manzanas del microcentro porteño, que publicamos hoy en AgendAR, me hizo pensar las distintas cosas que significan, para distintos sectores, «ganar» con la apuesta al desembarco de Sergio Massa en el gobierno.

Empresarios, inversores y especuladores (que no son lo mismo, pero hoy tienen en general la misma ideología) apuestan a que Massa reduzca el déficit fiscal, al que ven como la raíz de todo mal. Pero sin aumentar impuestos, porque sospechan que a lo peor tendrían que pagarlos ellos. El horror, el horror…

La dirigencia y gran parte de los militantes y simpatizantes asumidos (éstos en su mayoría kirchneristas) del Frente de Todos, hoy en el gobierno, apuestan -muchos de ellos mascullando maldiciones- a que la muñeca de Massa y sus vínculos en Washington, logren tranquilizar el precio(s) del dólar, barómetro de todas las tormentas argentinas en más de medio siglo. Pero sin hacer ajuste, porque eso es una cosa espantosa, de neoliberales, y sobre todo puede restarles votos a sus candidatos.

La gran mayoría de argentinas y argentinos de a pie… no apuestan, hasta dondo yo puedo percibir. Pero su deseo más generalizado y profundo es que baje la inflación, de sus actuales niveles obscenos, porque les come los ingresos y les desordena la vida.

Ahora, si Sergio quiere llegar a ser presidente, deberá tener claro dónde están los votos.


Pensando en voz alta, en medio de una corrida bancaria

julio 21, 2022

Esto lo publiqué hoy a la mañana temprano en AgendAR, con el título El témpano, la devaluación. No pretende ser más que mi lectura de la realidad, pero lo traigo al blog porque esta realidad nos cae encima a todos. Agrego un par de comentarios dirigidos a los pocos que toman decisiones y a los muchos más que las discuten, cuestionan o militan.

«

Los medios masivos ya han informado en amplitud sobre la corrida cambiaria que los argentinos estamos viviendo. Cada uno con su sesgo, naturalmente. Preferimos el resumen que hizo ayer Marcelo Falak en su newsletter DesPertar.

«Una diferencia tan amplia entre los tipos de cambio paralelos y el oficial expresa expectativas de megadevaluación del segundo. Debido a la perspectiva de un cambio radical de cotización, ese tipo de profecía tiende a autorrealizarse a través del desaliento a la liquidación de exportaciones y del anticipo de importaciones.

Hasta ahora, las exportaciones habían respondido bien, pero el «festival de importaciones» y la factura energética abultada por la guerra en Europa hicieron que el Banco Central no dejara de perder divisas.»

Sobre las razones del «festival de importaciones» este editor se había extendido hace un mes, aquí. Basta decir ahora que forman un círculo, muy vicioso. A la demanda de dólares para importar -legítima, necesaria, porque la mayoría de las actividades y de los productos de consumo tienen un altísimo componente importado (piensen en los celulares, por ejemplo)- se le suma la codicia por conseguir acceso al dólar oficial, que se percibe «barato».

En el extremo, ya delictivo, se «alquilan» cautelares judiciales para conseguirlo, como el lunes informamos aquí.

Pero esa es la patología. El problema central son las grandes empresas que toman la decisión -legal, y justificada desde sus intereses- de salir de sus inversiones financieras en pesos y «pasarse a dólares». Los ahorristas individuales ya lo hacen desde hace mucho tiempo.

Y este mes el sector agroexportador ha comenzado a retener los cereales y la soja que aún conserva en su poder. La motivación más importante ya no es el fastidio con las retenciones; como cobran lo que exportan con el dólar oficial, sienten que están perdiendo frente al que perciben como el valor «real» de sus productos.

El gobierno está resistiendo estas presiones devaluatorias. Es lo que corresponde, es lo que hacen todos los gobiernos ante situaciones similares. Y no es serio vaticinar si tendrá éxito o no, en ausencia de los datos precisos que sólo se tienen cuando se está en el nivel de decisión. La ministra Batakis tiene una sólida formación económica, y más experiencia en el Estado de la que tenía el ex ministro Guzmán.

Sí se pueden decir dos cosas con razonable seguridad. Una es que si la inflación sigue en sus niveles actuales, un «salto» devaluatorio será inevitable. Porque aunque el Banco Central ha aumentado el ritmo de la devaluación del «dólar oficial», todavía está por debajo del de la inflación actual. Y si hoy un dólar a $ 317 parece, es, absurdamente alto, en meses o semanas se percibirá «barato».

La otra es que una devaluación, en sí, no resuelve nada. Salvo para especuladores con información anticipada, si los hubiera. Una devaluación sin un plan de estabilización severo -esto Batakis, cualquier economista, debe saberlo- simplemente acelera la inflación y crea las condiciones para la devaluación siguiente.

Tenemos suficiente experiencia en Argentina para afirmar estas certezas. Como recuerda Joaquin Waldman en «Argentina ingresó en un régimen de alta inflación» que publicamos el viernes pasado, nuestro país convivió con una inflación muy alta y constante, entre 1975 y 1991. Y, agrego yo, entre 1958 y 1973.

Esa experiencia dejó lecciones claras. Incluso en la década del ’60, el desarrollismo, el movimiento político que encabezó el ex presidente Arturo Frondizi después de su derrocamiento, junto a Rogelio Frigerio, proponía una devaluación «alta y definitiva» que encareciera las importaciones y protegiera a la industria nacional (un eco de esto fue el «dólar recontraalto» que prometió Guido Di Tella en 1989).

Las devaluaciones de esos años, y hubo muchísimas, sólo creaban las condiciones para otra devaluación posterior. La única excepción -por un par de años- fue la que aplicó en 1966 Krieger Vasena -ministro de Economía en el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía- que incluyó fuertes retenciones al agro. Un elemento ineludible ce cualquier plan de estabilización.

La pregunta es entonces si el gobierno de Alberto Fernández está en condiciones, políticas y económicas, de llevar adelante un plan de estabilización. Si el gobierno -el presidente y sus ministros- creen que no, el «plan aguantar» resulta el único posible.»

ooooo

Ya había escrito en el blog sobre dos supersticiones económicas comunes entre nosotros: Una, creer que basta con liberar a la economía de los controles, dar «seguridad a los inversores», y la magia del capitalismo derramará bienestar para todos. La otra, creer que basta con «poner plata en los bolsillos de la gente», y la magia del capitalismo supervisado por funcionarios con ideas muy vagas de lo que decía Keynes hará que los empresarios vendan más y eso derramará bienestar.

Ninguna de esas dos cosas funcionó en los últimos 10 años, pero la fe no muere. Leía hace poco un tuit de alguien habitualmente sensato que decía que si se le daba más dinero a los más pobres, ese dinero no se iba a «ir al dólar», porque no tienen capacidad de ahorro: lo gastarán en sus necesidades básicas. Ajá ¿y qué van a hacer con ese dinero los que les venden a los pobres sus necesidades básicas?

El otro comentario que quiero agregar lo hice en un par de tuits ayer: «Estoy viendo a muchos descubrir que $ 350.000 por mes -el límite para que el Estado le subsidie la luz y el gas al hogar familiar- no es mucha guita. Y no, no es. Pero está muy por encima de los ingresos de más de la mitad de nuestra sociedad.

Igual, no es un tema muy importante. Porque dura dos meses. La inflación lo dejará obsoleto. Lo que hay que tomar en cuenta es que las medidas duras q se ven venir les dolerán más a la franja en la que los ingresos del grupo familiar van de 150 a 500 mil pesos por mes (en $ de hoy), que a los que viven de empleos informales, changas y planes. Ellos ya están sufriendo el ajuste. Se llama «inflación».

OJO: NO estoy diciendo que el Estado no puede hacer nada por los más vulnerables. Ya lo hace, con algunas estructuras, como el PAMI, que funciona bastante bien (no lo saben los que no lo necesitan). Puede hacer mucho más, pero tiene que construir las estructuras que brinden mejor salud, mejor educación, mejor nutrición. Imprimir billetes no sirve.


El ingreso básico universal, como admisión de derrota

julio 6, 2022

El tema del ingreso o salario b. u. ya está presente en Argentina como bandera política de algunos líderes y sectores muy vocales, aunque, como dice Silvina Batakis «ni siquiera está resuelto en países desarrollados«.

Pero es razonable pensar que, como concepto, es parte de una tendencia global que ya se manifiesta con fuerza desde hace un par de décadas y que se impondrá en distintas formas. Hace tiempo que una de las instituciones más conservadoras del capitalismo realmente existente, el Fondo Monetario Internacional, insiste en todos sus planes que las reformas que pide -las de siempre- deben incluir «protección para los sectores más vulnerables«. Esto es, no se debe dejar que se mueran de hambre o de frío. Detrás está la asunción que esos sectores son inempleables.

Ese es el motivo por el que encuentro que el IBU es, para ser sincero, un proyecto bastante deprimente. No es el sueño «hippie» europeo de jóvenes liberados de obligaciones viajando por el mundo y participando de emprendimientos voluntarios. En los países más desarrollados -vemos hoy anticipos en las afueras de París, en algunos barrios de Berlín- formaría «ghettos» urbanos con agua corriente, electricidad y wifi, pero encerrados en la falta de oportunidades y la violencia. En los países que comparten zonas prósperas con un Estado pobre, como Argentina… lo que ya tenemos en el AMBA, en Rosario, en el Gran Córdoba, más extendido y, se supone, mejor organizado: la economía informal con el IBU reemplazando o reforzando a los distintos planes sociales.

No sé ustedes, pero a mí no me entusiasma ese futuro.

Como sea, esta reflexión casual que me interesa compartir apunta a que, como proyecto, es una admisión de derrota.

Para el peronismo fundacional, eso es evidente. «El peronismo reconoce una sola clase de hombres, los que trabajan«, «la dignidad del trabajo«,… En un plano más práctico, el (cuasi) pleno empleo fue un dato fundamental del esquema económico que desarrolló Perón y que continuó vigente después de su caída, hasta 1975/76 (menciono 1975 porque el «Rodrigazo» no destruyó el empleo, pero hizo evidente las tensiones internas de ese modelo).

Desde un enfoque menos parroquial, el IBU es una admisión de derrota para la Izquierda tradicional. En sus orígenes, no figuraba la búsqueda de intelectuales politizados (que ya existían) y graduados en ciencias sociales tratando de encontrar un «sujeto histórico». Su sujeto estaba ahí, presente y combativo: los trabajadores industriales. Y el más importante de sus Padres Fundadores, don Carlos Marx, veía como el desarrollo del capitalismo los agrupaba y organizaba en las fábricas, y les daba conciencia de clase. El problema es que el capitalismo siguió desarrollándose…

Dejo estas reflexiones para desarrollar, si les interesa, a quienes tengan mejor formación filosófica y más inclinación por teorías sociales que yo. Mi enfoque tratará de ser más práctico: el IBU asume, de entrada, que una parte numerosa de nuestros compatriotas no tiene lugar ni función que cumplir en la actividad productiva, en una economía capitalista competitiva. Y como el socialismo ha sido archivado -salvo en algunos enclaves tropicales con discurso socialista y capitalismo informal- se postula una economía popular. Que deberá ser subvencionada por el Estado, con el IBU, claro, pero también garantizándole mercados.

Quiero ser justo, porque hay gente que respeto en la «economía popular»: ya existen muchos emprendimientos que se pueden agrupar en ese marco, y contribuyen a hacer más soportable, más humana, la vida para muchos y muchas que están fuera del «mercado del trabajo». Pero veo dos realidades negativas: un Estado pobre, como el nuestro, da subvenciones muy pobres. La AUH fue una medida importante, que ha hecho mucho más por las madres y la niñez que cualquier discurso; pero no sacó a nadie de la pobreza. Y no es una «pobreza digna», es pobreza amarga ¿Por qué lo haría el IBU?

Hay algo todavía peor, para mí. Es reconocer a una parte de la población «innecesaria». ¿Puede haber algo más insultante que no ser necesario? Es falso, además: las sociedades modernas necesitan, y necesitarán más, gente que trabaje en salud, en educación, también -lamentablemente- en seguridad (No para la guerra, como sucedía hasta mediados del siglo pasado, con los ejércitos de reclutas: la guerra moderna requiere tecnología, no carne de cañon).

Para un país extenso, con gran parte de su territorio poco poblado y sus recursos no explotados, como el nuestro, es todavía más chocante asumir que no tiene empleo, no tiene destinos para una buena parte de su población. Pero eso es lo que pasa, eh. Los altos sueldos de la explotación petrolera en el Sur no están estimulando ninguna migración desde el AMBA.

Por eso pienso que el IBU, o sus equivalentes, son un mal proyecto, pero un futuro posible. No por mucho tiempo, me inclino a creer. En el largo plazo, el futuro será de los países, las sociedades, capaces de convocar y usar las energías y capacidades de sus hombres y mujeres. Sería una lástima que Argentina -que aparece bien dotada con ellas- no encuentre la forma de emplearlas.


Un festival de importaciones en el país trimonetario

junio 22, 2022

El «festival de importaciones» por el que estamos atravesando -casi 9 mil millones de dólares en mayo, casi la quinta parte de lo que el FMI le prestó al Mauricio, en un mes– provocó indignación en la vicepresidenta Cristina Kirchner y preocupación en el nuevo ministro, Daniel Scioli (No recuerdo ahora qué habrán dicho Alberto Fernández y Martín Guzmán, pero supongo que sería en tono resignado).

Empecemos por reconocer aquí -todas esas autoridades ya lo tienen claro, así como los que saben algo de economía- las raíces estructurales del problema: 1) la industria argentina consume más divisas (dólares) importando sus insumos que los que produce exportando; cuando la economía crece (y ahora está creciendo), aparece la «restricción externa». 2) el consumo de la numerosísima clase media argentina (desde hace 60 años se puede leer en los medios «las políticas del gobierno /todos, en estos 60 años/ la están destruyendo», pero parece ser difícil de matar) tiene un % muy alto de productos importados, incluido (obvio) el turismo al exterior.

Reconocido esto, queda el hecho que despertó las alarmas: las importaciones han llegado a niveles mucho más altos de lo que puede explicar el aumento de la producción industrial (no es tan grande) y un boom de consumo que no existe. Por eso, esas responsables personas que mencioné hablan de «maniobras especulativas».

Eso sí, ninguna quiso mencionar el hecho obvio detrás de la especulación (además de que a todo el mundo le gusta la guita, claro). Como este blog no tiene ninguna responsabilidad, lo digo: el dólar está barato.

Tengo que apurarme a señalar algo: en nuestro país, para la percepción de casi todo el mundo, el valor «real» del dólar es el «blue» (hoy, $219+, no?). El dólar CCL, el MEP, es cosa de los gerentes de finanzas; el «cripto», de un círculo aún ménor). Pero el dólar al que se importa y exporta y se gasta en el exterior (más impuestos) –es decir, el 99% de todos los dólares que entran y salen de Argentina– es el oficial. $ 128, si Pesce no dispone otra cosa. Por eso lo de «país trimonetario» en el título de este post.

Es el dólar oficial el que está barato. ¿En qué me baso para decir esto? Obvio: en el festival de importaciones. Como no se puede comprar más de 200 dólares al mes en el mercado oficial -salvo que uno tenga una petrolera, o fabrique caños para un gasoducto que se necesita desesperadamente- se compran mercaderías en el exterior. En la jerga, los que pueden «stockean».

Para defenderse, porque no saben a qué valor tendrán que reponer los productos que venderán; para conservar el valor de su dinero; para especular… los motivos son de interés para psicólogos o confesores. No son de la expertise de este blog. El hecho es que lo van a hacer, lo tienen que hacer, en una economía capitalista.

Hay otros sistemas, claro. La URSS tenía el Gosplán; el Incario, los Qollcas, almacenes comunitarios. Pero el Gosplán sabemos que no funcionó bien: esa economía se derrumbó. No tengo idea si los qollcas eran eficientes o no, en el Perú pre-Pizarro. Pero en todo caso es teórico.

Como no debería sorprender a nadie, en el capitalismo funcionan los incentivos capitalistas. Si el precio «real» del dólar, el de las importaciones y exportaciones y gastos en el exterior, se encarece, se va a importar menos (y viajar menos a Europa, el Caribe y Miami, que pesa menos que las importaciones pero no es insignificante).

Claro, las consecuencias son mucho más graves que el previsible titular de LaNación «El gobierno persigue a los que pueden viajar al exterior«. Como todo lo que se consume en Argentina tiene insumos importados (pensemos en el combustible, sólo para empezar) la devaluación del dólar oficial alimenta la inflación (que ya está bastante gordita, gracias).

¿Hay solución a esto? Y sí. La gran mayoría de los países que tenían altas tasas de inflación en los ´80 lo solucionaron (después Putin invadió Ucrania, pero nada es para siempre).

Quedó demostrado que es posible (Aquí lo habíamos hecho en 1952, pero en el nutrido folklore peronista no se pone énfasis en eso. Raro). Requiere poder político, un funcionariado eficiente y decidido, y sobre todo tiempo. ¿Ustedes dicen que son las tres cosas que este gobierno no tiene? Pero, che…


El poceado camino a 2023

febrero 13, 2022

A menudo agregamos comentarios editoriales a las notas en AgendAR. En mi caso, supongo que mi carrera criminal como bloguero me dejó la costumbre. El punto es que en un artículo reciente sobre la situación de la economía en Argentina, bastante positivo, con indicadores favorables, agregué una reflexión sobre el clima social. Negativa.

No lo subí a este blog, porque ya hay abundante «negativismo» entre los politizados. Demasiado, en realidad. Pero desde un sector del oficialismo, o ex oficialista, ya se lanzó en los medios “La derrota en el 2023 con este acuerdo con el FMI está con altísima probabilidad asegurada”. Y me decidí a comentarlo aquí.

Porque la mía es una mirada bastante distinta. Creo que ya dije aquí, y si no lo hago ahora, que el acuerdo con el FMI es un dato importante como indicador del posicionamiento de las distintas corrientes políticas dentro de las dos grandes coaliciones, pero no influirá mucho en el largo plazo en la economía de nuestro país («largo plazo» en Argentina = 2 años).

Porque desde 1956, cuando hicimos el primer acuerdo con el Fondo, nunca cumplimos ninguno. No sé porqué lo haríamos ahora.

Entonces, el problema es otro, según lo veo yo. Aquí está lo que veo, y escribí en AgendAR:

«No abundaremos sobre el extenso análisis económico de Tigani. Nuestra intención es apuntar a un factor que no debe tomarse solamente como un dato más de la economía. Por su efecto directo, y desproporcionado, en el humor social y también en la conducta de los agentes económicosla alta inflación.

Para los economistas del «mainstream», la corriente principal en los países desarrollados, la inflación es una patología, y los más superficiales entre ellos creen que puede y debe ser solucionada rápidamente. Con «metas de inflación» de los Bancos Centrales, por ejemplo. (Será interesante ver las medidas que toma la Reserva Federal frente al 7,5% anual en EE.UU., pero no tendrán relación con nuestro problema).

En cambio, los economistas que favorecen una distribución más equitativa de los ingresos, y también los que privilegian el desarrollo de las capacidades productivas -hace unas décadas se los llamaba «estructuralistas»- se encuentran incómodos encarando el problema. En todo caso, prefieren un enfoque «gradualista». Un gradualismo que no acaba de empezar.

Es un errorHoy en nuestro país no hay un factor más irritativo para todas las clases sociales -ni la pobreza, ni la corrupción. Ni que desestimule más la planificación a largo plazo (más allá de 3 meses).

No es un tema creado por los medios. La información se recibe todos los días en el supermercado, o al cargar combustible, o al reemplazar la mercadería. Para ponerlo en términos políticos, si la inflación no baja «no hay 2023». Mejor dicho, habrá un 2023 con malas noticias para el gobierno.»


Revisitando «China: ¿nuestra nueva Inglaterra?» 8 años después

febrero 6, 2022

Cristina Fernández y Xi Jinping

El 21 de julio de 2014, en ocasión de la visita del presidente Xi, publiqué dos posteos con este título (tenía más tiempo libre entonces). Después, volví a usar partes del texto en el blog y en AgendAR. Necesita ser actualizado, claro, y trataré de hacerlo.

Pero, modestamente, creo que vale la pena releerlo entero.

ooooo

Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente; su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época. Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos, al que adhiero, es que distorsionaron el desarrollo nacional, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa «Arabia Saudita de las vacas y el trigo» que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba «Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur«. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros «diarios serios».

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer. Pero se ha hecho muy tarde, y debo dormir. Se los sigo luego.

ooooo

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Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, «diferentes» en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de «occidente». Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de «crushing»: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la «densidad nacional» de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la «insubordinación fundante» a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.


El F.M.I., Verbisky, las internas y el ajuste

enero 23, 2022

Vuelvo hoy a mi blog a pensar en voz alta, con otro tema que el que tenía en mente, pero leí la homilía dominical de Horacio Verbitsky en El cohete a la luna, y sentí un impulso irresistible de comentar.

Aclaro, por si algún despistado lo duda, que tengo pocas coincidencias políticas con HV, pero sigo sosteniendo que es uno de los dos columnistas políticos mediáticos que vale la pena leer (Tampoco tengo muchas coincidencias con el otro, para el caso). Más importante, hay gente que lo lee, con mucha más influencia política que la que puedo tener yo.

El punto es que hoy él hace un informado y, por supuesto, bien escrito alegato en pro de NO acordar con el F.M.I. No es el único, ni el primero que lo hace, pero es el mejor argumentado de los que leí. Y me siento impulsado a hacer algunos comentarios.

El escrito del Horacio, que sinceramente recomiendo leer con atención, reúne buena información y está bien ordenado. Puedo marcar diferencias menores, p. ej., cuando habla de «una ciudad de una belleza y una comodidad únicas en Sudamérica», en la que querrían instalarse los técnicos del Fondo. Yo amo a Buenos Aires, pero no se puede ningunear, p. ej., a Río (por lo menos cuando no hay pandemia). Otra diferencia es con sus lectores: por ejemplo, con un destacado cuadro del albertismo potencial, que dijo que era el lanzamiento de la campaña «Cristina 2023».

Es posible -hasta donde puedo saberlo, es probable- que CFK contemple volver a ser presidenta. Pero lo prácticamente seguro es que su decisión estará encaminada a apoyar a quien, a su juicio, tenga las mejores chances de ganar (claro, si es ella…). Es lo que hizo en 2015 y en 2019. Las candidaturas «testimoniales» a la Presidencia no están en la tradición del peronismo, ni en los antecedentes de Cristina).

(Podría ser, sí, la preferencia de H.V., pero no lo decide él. En 1999 estaba en contra de la formación de la Alianza, y quería que el Frepaso fuera por la suya. Tal vez habría sido mejor para todos si el Chacho le hubiera hecho caso. Quizás Duhalde habría salido de la convertibilidad con (algo) menos trauma que De la Rúa…).

Son digresiones mías. Disculpen. El punto central del argumento de Verbitsky es que cualquier acuerdo deja a discreción del Fondo la posibilidad de provocar el default argentino, si no está satisfecho con nuestras políticas (al no refinanciar los vencimientos). Y, estrictamente, en la letra fría de los acuerdos, eso es cierto.

El F.M.I. es una herramienta de algunos países económicamente poderosos -entre los cuales hoy está China, cierto, pero que no tiene tradición cultural de perdón de deudas- y también es una burocracia internacional, con sus propios intereses. Pero tengamos presente que no tiene un ejército ni una armada, como tenían Inglaterra y Alemania cuando amenazaban a Venezuela en los tiempos de la doctrina Drago, en 1903. Esos países poderosos sí los tienen, pero parece que hoy deben reservarlos para otro tipo de contingencias.

Igual, no descarto la amenaza que señala Verbitsky. En 2001, el FMI le «bajó el pulgar» a De la Rúa, el presidente más pro «occidental» que ha tenido la Argentina en décadas. Un gobierno débil e indeciso es vulnerable a esas presiones, y no es posible garantizar que no lo tengamos nunca.

En realidad, el punto central de su argumento -el que realmente vale la pena debatir- es uno que aparentemente comparten, con menos dogmatismo, Martín Guzmán, el premio Nobel Stiglitz, mis amigos albertistas y mis amigos cristinistas: la sustentabilidad de la política económica que en 2021 permitió un crecimiento del P.B.I. argentino.de aproximadamente el 10%.

Dejemos de lado la discusión semántica de si este crecimiento ha sido o no un «rebote» de la caída similar en el 2020. También suspendamos la discusión, más importante, sobre a quiénes favoreció y a quiénes dejó de lado esta recuperación.

El elemento central a tener en cuenta es que la política aplicada el año pasado, y en la mayor parte de 2020, se apoyó básicamente en tres pilares: el gasto público, un muy moderado ajuste fiscal, y un no tan moderado atraso cambiario (atraso en relación a la inflación, no a un hipotético poder adquisitivo del peso). Obliga, necesariamente, a controles y restricciones cambiarias.

Entonces, el debate que debe darse, y es urgente, es si esta política es sostenible y si permitirá que continúe la recuperación.

Reconozco de entrada que no tengo información actualizada para opinar con certeza. Puedo decir que es menos imprudente que la que aplicó Mauricio Macri hasta que el FMI le obligó a abandonarla, pero no es una vara muy alta.

Evaluar si esta política económica es sustentable, debe ser anterior a cualquier otra decisión económica importante. Porque si no lo es, las medidas que reclama el Fondo serán inevitables, y se tomarán con o sin acuerdo con esa institución. Lo único en duda es si se tomarán después de un episodio hiperinflacionario.

Tomemos nota que en el plano político, esa es la coyuntura a la que apuestan Macri, sus aliados cercanos, y sus comunicadores, en la expectativa, quizás infundada, que serán los beneficiarios.

Porque el «ajuste» no es una palabra fea que inventaron los «neoliberales». Es algo que hemos hecho todos -salvo algunos muy afortunados- cuando nuestros ingresos quedan debajo de nuestros gastos. Claro, sobre este asunto hay otra discusión que no se da -excepto en discursos encendidos que después se apagan: ¿a quiénes se debe ajustar? Pero esa es una discusión política, no económica.


La soberanía y el Paraná

noviembre 20, 2021

Esta imagen la subió a Twitter la CONAE, con este texto: «Celebramos el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado de 1845, esta imagen del satélite SAOCOM 1 A muestra el lugar del combate, con las cadenas que cruzaron el río para impedir el avance de la flota anglofrancesa«.

Me gustó mucho el gesto. Subí el tuit a AgendAR, y la foto a mi perfil personal en Instagram (bah, la subió mi hijo Juan; IG es generacional o comercial). Y en mi blog me puso a reflexionar.

Algo breve. Sobre esto se ha escrito y polemizado mucho -también en este blog- y hay análisis mejores. Lo que me llama la atención es que se ha enfocado relativamente poco el aspecto digamos geopolítico del asunto, que entiendo es clave para entender las motivaciones ¿Será que todavía perdura el prejuicio que la geopolítica es algo que hacen las Grandes Potencias en otros sitios?

Era una Argentina todavía en formación, pero no existía ese prejuicio. En 1820, el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez ordenó la toma de posesión de las islas Malvinas en nombre del Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cosa que se hizo, por ejemplo. Y en 1845, otro gobernador, Juan Manuel de Rosas, debía decidir si admitía la libre navegación de los ríos interiores. Lo que, en ese momento, significaba la libre navegación por parte de Inglaterra y Francia.

El anti rosismo plantea que estaba en su interés conservar el monopolio de la Aduana de Buenos Aires, lo que es cierto. Pero omiten considerar si estaba en el interés de esa Confederación Argentina todavía en formación, mantener en sus manos el control de una de las dos vías de comunicación interior fundamentales de la América del Sur. Ni Rosas ni los gobiernos argentinos hasta entonces, habían reconocido la independencia del Paraguay. Y Río Grande del Sur… había un viejo problema de límites con con el Imperio del Brasil, y allí había un fuerte movimiento separatista…

Esa es la geopolítica de la primera mitad del siglo XIX, claro. Hoy ha cambiado por completo, y -si todas las partes hacen las cosas bien, que no es seguro- para mejor. El control estratégico del Paraná y sus afluentes está en el interés, y las posibilidades, de los 4 todavía socios del Mercosur. Cierto que primero debe controlar su sector -el más largo- la Argentina.

Sobre este punto, tuve una conversación esta tarde. Un amigo nac&pop me preguntó «¿Qué habría pensado Mansilla de darle la administración del río a una empresa holandesa?«.

Contesté ¿»Los holandeses vienen por el agua!»? Ah, no. Eso le pertenece a Lilita del Carrió Sánchez de Thompson, distinguida dama de la sociedad progre de Buenos Aires.

Agregué «A mí me gustaría que el dragado lo hiciera una empresa local. O una estatal, si pudiera evitarse que la colonicen intereses privados y roscas presupuestívoras. Pero es un tema muy menor. El control del tráfico, y de las exportaciones, por el Paraná tienen que hacerlo no los que hacen el dragado, sino la Aduana, la Gendarmería, la Prefectura, el Estado, bah. No colonizado por intereses privados

A lo mejor Mansilla, y don Juan Manuel, estarían de acuerdo.


La caída de las redes de Mark Z: chance para ARSAT y algún empresario argento

octubre 6, 2021

Esta nota no pertenece al blog. Es un editorial que subí hoy a AgendAR, mucho más apropiada para su público, creo, que los politizados, militantes y/o nostálgicos que todavía visitan acá. Pero estoy tan embalado con la idea que la divulgo por cualquier medio. Hasta creo que la voy a subir a Facebook e Instagram, para jugar limpio con Mark 🙂

ooooo

Como todo el mundo sabe -nunca fue tan cierto y literal, el mundo todo-  el lunes 4 de octubre Facebook, Instagram y WhatsApp, las 3 empresas de Mark Zuckerberg, estuvieron caídas por más de 6 horas. Las dificultades comenzaron a las 12:15 hora argentina, y ningún dispositivo, en ningún rincón del planeta, podía conectarse a través de ellas.

No fue la primera interrupción del servicio para ninguna, ni tampoco la más prolongada. Facebook estuvo caída un día entero en 2008, y WhatsApp por 14 horas entre el 13 y el 14/3/19. WhatsApp e Instagram las tuvieron hace muy poco, en marzo y julio de este año. Y un fallo de las 3 juntas, ocurrió en julio de 2020.

Pero nos animamos a decir que la caída de ayer fue la que impactó más en la sociedad global. Para ser más preciso, en un porcentaje muy alto de los ciudadanos de una mayoría muy larga de los países del globo.

En parte, por una cuestión del número de usuarios. En 2008, Facebook tenía 80 millones; hoy, esa red social sola tiene más de 2.890 millones. El «planeta Zuckerberg» tiene más habitantes que la India y China juntas.

Pero creemos que un factor aún más decisivo es el papel que juegan, cada vez más, en nuestras actividades, además de nuestros ocios. Cada día más empresas pequeñas y medianas y emprendimientos personales se suman a vender u ofrecer servicios a través de Instagram. La pandemia ha acelerado esta tendencia.

Y WhatsApp -y en menor grado el servicio de mensajería de Facebook, Messenger, que también se cayó– ha reemplazado al correo electrónico y está en camino de reemplazar a la comunicación telefónica. Por supuesto, ambos siguen existiendo y cumplen funciones acotadas aunque propias. Pero el mensaje que puede enviarse en cualquier momento, y también leerse o escucharse cuando el receptor tiene tiempo, resulta tan útil… Lo mismo que el bot, que ofrece de inmediato opciones al cliente (o al ciudadano).

Bueno, ayer comprobamos que este maravilloso mecanismo -que vende a empresas privadas, y a algunas agencias de algunos gobiernos, los datos personales que le brindamos sin reflexionar, y cuyos algoritmos han sido denunciados como «perversos» (ver la otra nota que hoy publica AgendAR)- también puede fallar. Y sin advertencia previa.

Poco después de la recuperación de las redes, nuestro amigo Jorge Zaccagnini, referente histórico para muchos informáticos argentinos, nos decía en un mensaje «en varias oportunidades advertimos que la mudanza irreflexiva de los mecanismos de comunicación era un proceso peligroso y permanentemente a un paso del caos».

Es cierto. Sin ir más lejos, en marzo habíamos reproducido en AgendAR su advertencia «No abrazar la tecnología digital sin evaluarla antes». La pregunta es ¿Hay alternativas?

Hay una red, al menos, que se está ofreciendo, con énfasis, desde hace tiempo: Telegram. Y es muy competitiva en sus capacidades. Pero, como otras muestras de las brillantes ciencia y tecnología rusas, tiene dificultades con la escala. Ayer también Telegram tuvo problemas para alojar a tantos emigrantes intempestivos con los mensajes que no podían enviar por WattsApp.

Hay otras redes y servicios de mensajería. En China, en la misma Rusia… Incluso en Estados Unidos, varios compiten con éxito en segmentos de la población con los servicios de Mark Z. Pero todos ellos, en sus características y su lenguaje, están destinados a los usuarios locales.

Y ahora contestamos la pregunta de si hay otra alternativa con otra ¿Por qué no hacemos lo mismo? Hacemos nuestro el desafío de Zaccagnini: «…planteamos la necesidad de una nube local y sudamericana. Usando los recursos y conocimientos que hoy estamos mal utilizando como materia prima del negocio de otros».

Podemos imaginar una red de mensajería nacional, hasta un sitio en Internet para subir fotos y textos breves… Ejemplos de esto último existen. Por supuesto, somos conscientes que competir con recursos locales con el imperio de Zuckerberg sería tratar de pescar una ballena con un anzuelo para mojarritas.

Pero el objetivo no sería competir, sino ofrecer una alternativa confiable, y, tal vez, valorizar más los datos que hoy los usuarios de las redes proporcionamos gratuitamente. Porque Mark Z es, simplemente, el empresario que con mayor habilidad explotó el hecho que hoy a muchísima gente le encanta volcar su intimidad en Internet, brindando de paso información valiosa para las empresas que quieren venderles productos o servicios.

El factor que puede hacer viable una propuesta así es que al Estado nacional, y también a los provinciales, les conviene que exista una alternativa a sus ciudadanos y a las empresas. No sólo frente a caídas imprevistas como la de ayer. El crimen y la guerra ya se trasladaron al ciberespacio. Contar con proveedores nacionales de estos servicios será en muy poco tiempo una política prudente, seguida por muchos países.

Nuestro columnista, Daniel Arias, nos cuenta que en enero de 2020, cuando se renovó la conducción de ARSAT, se debatió si se iba a ofrecer un sistema de teleconferencias capaz de hacerle competencia a los varios sucedáneos de Zoom. Con la ReFeFo, la red de fibra óptica que superó los 35.000 km y la capacidad de almacenamiento del Data Center de Benavídez, habría tenido ventajas tecnológicas, de escala y de costos decisivas dentro del territorio argentino. Pero era indispensable vender servicios directamente a usuarios: «dar milla final», en la jerga.

El tabú de la milla final es fundacional, viene de 2006, cuando la empresa nació con diez empleados en dos oficinas del entonces Correo Central y con la entonces sorprendente idea de dotar a la Argentina de sus propios satélites de telecomunicaciones. De suyo, un proyecto tildado de irrealizable y faraónico. Pero los satélites están, ganan mucha plata para el estado, logró una alianza con Turquía para su construcción en serie y venta, y habrá nuevos.

Satélites, la ReFeFo, «el Data», todo lo que se propuso hacer ARSAT, lo hizo. Pero en 2020 desistió de un equivalente nacional de Zoom por no romper el tabú de la milla final, y sembrar la paranoia entre algunos grupos económicos muy poderosos del mundo de las comunicaciones. Ese paso al costado se dio mientras se veían llegar la pandemia, sus inevitables restricciones y el florecimiento de la sala virtual de conferencias Zoom. Podríamos haber tenido un equivalente nacional. Todavía podemos.

Éste ahora es un desafío distinto. La caída general de conectividad de ayer nos señala que, antes que un negocio empresario, para el país sería una medida de seguridad. Ya no es únicamente conveniente. Es necesario.

ARSAT, en asociación con las empresas informáticas que siguen naciendo en Argentina a pesar de la crisis, puede encargarse de esta tarea. Tiene todo para ello. Se necesita la decisión política. Y, muy probablemente, un empresario o empresarios audaces.


Cambiando al soldado Guzmán: oxígeno o gas sarín

septiembre 15, 2021

Después de la derrota del 12/9, han florecido entre peronistas y afines los análisis de las causas. Ya hay muchos más que propuestas para revertirla. Pero -por suerte- algo del realismo peruca persiste, y desde la dirigencia y la militancia ya hay algunas. Quiero discutir una de ellas aquí.

(Ojo. creo que es inevitable la catarsis, y necesaria la reflexión colectiva. Yo también tengo mi análisis, y en algún momento se los infligiré. Pero la realidad marcha al trote, faltan 2 meses menos un día para la elección en serio, y un resultado tan malo o peor que el de las PASO aumenta la chance de otro experimento de «políticas de mercado» sin mercado, de «ingresar al mundo» sin noción clara de los intereses y las capacidades propias. Tratar de evitarlo me parece un deber, para usar una palabra algo obsoleta. Por eso pongo mis dos centavos).

Un sector muy importante de la coalición oficialista, el que los medios opositores llaman «kirchnerista» (para bajarles el precio, decía Néstor K) está planteando que es necesario «oxigenar» el gabinete. Cambiar (algunos) ministros. Mostrar a los votantes que sí, el gobierno se dio cuenta que estaba haciendo algunas cosas mal, y que ahora las hará bien.

El planteo es razonable, y forma parte del manual de la política. En los países parlamentarios, es de rigor. En las viejas monarquías absolutas, el rey dejaba caer al «favorito» (a veces lo asesinaban, para resaltar el cambio de rumbo). En un país presidencialista como el nuestro, donde el número 1 es el que firma todos los decretos y todos los nombramientos importantes… es más cosmética. Pero la cosmética, es parte fundamental de la comunicación, que es parte fundamental de la política.

Para que funcione, es necesario que el reemplazo sea alguien conocido por la población, y que él o ella sean por sí el anuncio de una política distinta. Y que tenga listas y pensadas las medidas para poner en marcha de inmediato (¿es necesario repetir que el 14/11 es la elección?).

Y aún cumpliendo con esas condiciones, la maniobra puede fallar. Hace 20 años, después de la derrota en las elecciones legislativas de 2001, y el breve ministerio de Economía de López Murphy, De la Rúa llamó a Domingo Cavallo. No funcionó.

Estas reflexiones valen para todos los ministros. Y secretarios y subsecretarios. Las hago porque desde afuera del Estado, desde la omnipotencia del periodismo y de Twitter, se olvida que el Estado son las reglamentaciones y los expedientes. Acumula un poder muy importante -es el grupo económico local con el patrimonio y flujo de ingresos más grandes, muy por encima de Techint y el Grupo Clarín. Pero el que no conoce las reglamentaciones y no sabe empujar los expedientes, se convierte en un infeliz con chofer y conferencias de prensa.

En el caso de Martín Guzmán, tengo una reflexión más precisa, y a la vez más amplia. Creo que es un buen ministro de Economía: no ha chocado el barco. Que es el requisito supremo para los ministros de Economía argentos, y que no muchos han cumplido a lo largo de la historia. (Los lectores consecuentes del blog recordarán que mi defensa del gobierno de Cristina K fue siempre que «no choca el barco». No se puede decir lo mismo de Mauricio M. De Alberto F… todavía puede hacerlo. Esperemos que no).

¿Podría lograrse una gestión mejor, aún con las feroces limitaciones que impone la realidad local? Probablemente. Más imaginativa, seguro. Pero como no me van a pedir opinión sobre el reemplazo, voy a hacer una advertencia general sobre un par de supersticiones económicas. Una de las cuales está detrás de la presión actual por el cambio en el ministerio de Economía (a la otra superstición se aferran quienes quieren imponerlo en 2023, o antes si fuera posible).

Se trata de supersticiones opuestas y viejas, eh. Ya se expresaron en el debate entre las ideas de Say y de Malthus, hace dos siglos. Pero se mantienen en pie: ambas tienen intereses poderosos a su favor, y de sostenerlas con elocuencia dependen contratos y puestos.

Empiezo por la del Otro Lado: La oferta crea la demanda. En castellano un poco más claro: todo lo que es necesario y suficiente es estimular a los inversores (gente tímida y cautelosa), ellos pondrán en marcha empresas que darán empleo y crearán la prosperidad general. La magia del capitalismo, en la que creen con una fe similar a la que otros creína en la magia del socialismo. La especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, los intereses nacionales (de otras naciones), son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen.

(El odio de los «liberales» -así llaman en Argentina a los fieles de esta superstición- por Keynes, un inglés conservador lúcido, cuya única excentricidad era su opción sexual, se debe a que demostró matemáticamente que, aún en condiciones de competencia, los mercados pueden encontrar equilibrio sin que se llegue a la utilización plena de los recursos. Entre ellos, el empleo. Todo lo demás que hoy pasa por keynesianismo es sarasa).

La mayoría de los propagandistas de estas supersticiones las creen, téngase en cuenta. Es muy humano. Cuando Mauricio M les decía a los grandes empresarios que le dieran el 1% de su patrimonio para su campaña, porque sus patrimonios valdrían mucho más cuando él fuera Presidente, no los estaba currando (esa vez). Era un convencido de eso. Iba a crear un clima propicio para los negocios, y además manejaba bien el inglés ¿Qué mas era necesario?

Paso a la otra superstición: La demanda crea la oferta. En esta versión, lo necesario y suficiente es «poner dinero en el bolsillo de la gente». Que va a ir a comprar productos, los empresarios venderán más y tendrán que tomar trabajadores para producir más, que a la vez consumirán productos… La magia del capitalismo, supervisado por el Estado (algunos de sus creyentes más fervientes antes creían en la magia del socialismo, pero eso es común. El neoconservadorismo yanqui fue fundado por ex troskistas).

Como en el otro caso, la especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, … son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen. Sobre todo, esa perversa predilección de la gente por ahorrar en una moneda que no se les derrita en los bolsillos… (Keynes no simpatizaba mucho con lo que llamaba «la propensión al ahorro», pero no se le ocurría suprimirla. Gesell, y ahora Claudio Lozano, son más imaginativos, pero no creo que sus ideas sean prácticas, qué quieren que les diga…).

Esto último apunta al problema básico de todos los economistas «nac&pop» (entre los cuales se me ha incluido, aunque no soy economista; sólo un simple contador): la inflación. La respuesta estándar es que es «multicausal». Lo que es cierto, pero no ayuda a detenerla, ni siquiera a moderarla.

Luego se afirma que se debe a la codicia irrefrenable de los «formadores de precios», que van a subirlos todo lo que puedan. También es cierto, y lo señaló Adam Smith hace dos siglos y medio. Pero ahí hay que explicar porqué la codicia de los empresarios en otros países no la provoca, por lo menos no en los índices locales.

La última trinchera la atribuye a la puja distributiva entre empresarios y trabajadores. También muy real, por supuesto. Y también universal, salvo en países donde la policía secreta es muy eficiente.

Me detengo aquí, y resumo, porque los acontecimientos se precipitan, como suele suceder entre nosotros: Guzmán es reemplazable. Los problemas que enfrenta, están y siguen. Y no se solucionan sólo con voluntad y un discurso sincero. Reitero la reivindicación que volví a hacer anoche en Twitter de la insistencia de Néstor Kirchner en los superávits gemelos: fiscal y comercial.


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