La voz de Eduardo Curia

enero 18, 2017

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Eduardo Curia murió hoy, miércoles 18 de enero. Como economista, toda su trayectoria, su vida, estuvo ligada al peronismo, desde los lejanos ’70. En este siglo, fue una voz influyente en las políticas de los primeros años de la gestión kirchnerista. Y aunque crítico de la última fase, en especial desde 2011, su voz fue escuchada con atención y respeto, me consta, por funcionarios muy importantes del gobierno de Cristina Kirchner.

Menciono esto para hacer notar algo poco frecuente: En ninguna ocasión ajustó la expresión de sus ideas a las indicaciones de un gobierno. Ni tampoco -algo que a los políticos nos hace ruido- a las necesidades políticas de una circunstancia. Su primera lealtad era a sus convicciones, al sueño y al proyecto de una Argentina industrial. Era su ortodoxia “Primero la Patria,…”

No encuentro a mano ninguno de sus libros, ni de sus trabajos teóricos, en forma adecuada para la publicación digital (Una advertencia para los veteranos: ¡suban su producción a Internet! Hace más fácil perdurar). Entonces, subo una de sus columnas periodísticas, ésta de agosto del año pasado. Comentaba la política de un gobierno del que era opositor duro, pero ese sesgo no aparece en la nota. Estaba planteando, por diezmilésima vez, su viejo reclamo por un tipo de cambio que le sirva a la producción local y no a los capitales golondrina. Ni fomente las importaciones y el turismo al exterior. Agrego al final un comentario.

El sector manufacturero, con alguna excepción, declina. Con un mercado interno débil, dañado además por cierta suba de importaciones (aunque diluida en dólares por menores precios), con las exportaciones MOI -manufacturas de origen industrial- que caen. Ceden empleos y hay suspensiones. El declive parecería atenuarse, pero, aun así, la floja imagen persiste. Las dos primeros aspectos, recuerdan aquello de ‘sobre llovido, mojado’.

Lo más grave es que no se divisa aún ni en las filas del oficialismo ni en otros ámbitos, la gestación de un ‘relato en pos de explicitar el rol atinente al sector industrial, en su integralidad, en la economía nacional. El relato lucía claro en ideas y en hechos en el período neodesarrollista 2003(02)-07, pero, con el giro pegado en 2010, el discurso persistió, pero romo en sustancia. Ahora, la sensación es de que aun falta el rumbo.

Días atrás, el ministro Prat-Gay adujo que no se va hacia una apertura generalizada. Similar a lo dicho antes por su mentor González Fraga, que “confía en que no se hará una apertura ingenua, como en los 90″. Pero, siendo riguroso, corresponde afirmar sin temor que el principal resorte para evitar una apertura ingenua, es acercarse al tipo de cambio real alto, competitivo: el tipo de cambio industrial. Del que, desde ya, hoy estamos lejos. Ahora hay un nivel híbrido (con el paliativo de la suba del real en Brasil), promedio del muy bajo propio del esquema ligado al financiamiento externo y del agrario, algo superior.

Aquel objetivo, claro, exige condiciones estrictas y complejas: apuntar a readecuar fuerte el marco macroeconómico y encuadrar en un contexto al estadio del conflicto distributivo, traducido por la disonancia entre el cambio real pro desarrollo y el de referencia tácita del sector laboral. Son condiciones recias. Pero, su alternativa en el presente, algo a digerir por la dirigencia empresarial y gremial industrial en general, son riesgos probables de instalación de achiques de empresas y de severos problemas de empleo.

La readecuación macro hacia un dólar real seriamente más alto, no es una condición suficiente, pero sí harto necesaria. Los planteos que buscan esquivarla, como la nostalgia por las restricciones a la importación, son débiles. Acéptese que ellas en otra fase ampararon la sobrevivencia de empresas y que el levantarlas pegó en la presión importadora. Pero, ya no caben como se las conoció, al ser fulminadas por el fallo de la OMC y por integrar un esquema general disfuncional. Luego, corresponde otra clase de defensas fundadas, sumadas al tipo de cambio alto.

Igualmente, tampoco luce viable, pese a los sobrecostos e ineficiencias de terceros que afligen al devenir industrial -en infraestructura en general, puertos, fletes, litigiosidad laboral, en lo crediticio y tributario,…- recurrir de modo indiscriminado a resortes de protección ad hoc, tanto por la dificultad de asignarlos con justicia como por la exposición internacional que nos crearía problemas con la OMC. Aquí, el cambio alto debe dar la respuesta, sino única, básica, lo que también aplica frente al habitual sofisma de que el tenor sistémico de la competitividad, invalida apelar a la rapidez y contundencia comparada de efectos que depara un cambio competitivo.

En verdad, de lo que muchas industrias deben estar alertas, es de factibles procesos de reconversión. En el caso, sin un cuadro macro favorable en cuanto a demanda y a tipo de cambio, hay más chances de achique.

Ojo también con la falacia de la alta productividad como dato mágico que resuelve todo. El esquema de 2003-07, funcionó porque el tipo de cambio alto empujó la competividad hacia dentro y hacia afuera, y esto instigó la productividad con alza del empleo. El verso opuesto es que la alta productividad genera competitividad, justificando así el cambio bajo y relajando tensiones salariales. Pero, ¿cómo y cuándo surge la productividad?

En fin: una decisión seria de evitar una apertura industrial ingenua, parte de reponer la esencialidad de la cuestión cambiaria”.

El tipo de cambio alto, competitivo, industrial -es decir la relación entre precios locales y en el exterior que estimule la producción local- ha sido durante décadas el reclamo y la consigna básica de Eduardo Curia

Me interesa aclarar, por lo que valga, que estoy muy de acuerdo con él. No porque crea que un tipo de cambio alto estimule nuestras exportaciones; a lo sumo, no las desalienta. Mi convicción surge de evaluar que es el mecanismo más eficaz para direccionar inversiones y desalentar los capitales golondrina. Pero eso requiere un análisis mucho más completo y complejo que el que puede hacerse en un posteo.

La observación que hago a ese planteo suyo de siempre, es que la devaluación no es una decisión voluntarista de un gobierno. Si no se quiere que sea devorada por un salto inflacionario, como ha sucedido casi siempre, requiere acuerdos sociales y una “sintonía fina”. Y mucho poder político, claro. Pero eso es también para una discusión más larga.

Lo que quiero hacer ahora es asegurarle a Curia algo que él ya sabía por algunos de sus discípulos: en el peronismo se está pensando, seriamente, en las condiciones para un nuevo proyecto industrial.


China advierte a EE.UU. “choque militar”

enero 16, 2017

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Sin duda, está fue la noticia más importante del fin de semana. Puede ser la más importante del siglo. Un enfrentamiento armado entre las dos Potencias más poderosas, por lejos, de este tiempo, que han sido socias por las más de tres décadas en que hegemonizaron la economía global… cambia todo. Aún sin escalar, cambiaría toda la realidad en que nos movemos los más o menos 7 mil millones de pasajeros en la Tierra.

Ojo: también puede haber sido la noticia más importante del sábado, nomás. Me resulta claro, chequeando los medios internacionales, que hay una decisión, de ambos lados, de bajar la temperatura. Como sea: hago un brevisimo relato del asunto, los enlazo a las páginas de los que han trabajado más en el tema, y agrego un par de noticias que me parecen relevantes.

El secretario de Estado nominado por Trump, Rex Tillerson, en la audiencia de confirmación ante el Senado, dio a entender -con la delicadeza que distingue a los empresarios petroleros- que no permitirían a China acceder a las islas artificiales que construyó en el Mar de China Meridional.

Los periódicos chinos -estatales, claro- China Daily y el Global Times, que habitualmente son los que hacen las declaraciones ruidosos que la diplomacia de Beijing, con su estilo confuciano, prefiere no hacer, fueron terminantes: Esas declaraciones son fantasías. Si el equipo de Trump quiere llevarlas al mundo real, ambos lados deberán prepararse para un choque militar.

Martin Granovsky, en Página 12, y el compañero Gabriel Fernández, en La Señal Medios, han hecho excelentes trabajos recopilando e integrando información muy completa sobre este conflicto, que recuerda el de los Balcanes, hace más de un siglo. Recomiendo leerlos.

Por mi parte, me parece necesario señalar lo que anticipé arriba: En ninguno de los medios… cercanos a los dos colosos, aparecen declaraciones tremendistas. No hay “rechinar de sables”. Es más, no pude obtener los enlaces a la nota original en China Daily.

Al contrario, lo que uno encuentra ahí son declaraciones de un experto norteamericano que dice que EEUU y China deben seguir trabajando juntos pese a disputas; del embajador chino en EEUU que ha pedido a ciertos ciudadanos cuidado con comentarios irresponsables sobre el Mar Meridional de China,…

La agencia oficial, Xinhua, pone énfasis en la visita de Xi Jinping a Suiza y sus elogios a la asociación ejemplar entre China y Suiza. Sabrán que es la primera vez que un Jefe de Estado chino concurre a Davos, donde será la indudable estrella del Foro Económico Mundial.

Sus declaraciones son muy precisas: “China y Suiza deben transmitir un rechazo sin ambigüedades contra el aislacionismo y el proteccionismo infundados, y contribuir a mejorar el sistema de gobernanza mundial actual para que sea más equilibrado e inclusivo“. ¿Teléfono para Trump?

Resumen: como ustedes saben, estoy en contra de considerar la política internacional como un deporte espectáculo. Tenemos nuestras simpatías, es humano, pero los argentinos debemos refrenar el impulso de “hinchar” por otros equipos.

En el plano de nuestros intereses concretos, la noticia más interesante que encontré en mi repaso de las fuentes chinas es sobre un tema hoy algo olvidado, los BRICS. La sigla, que comenzó como la estrategia de marketing de un fondo inversión ha perdido glamour. Pero no para los chinos, parece:

La cooperación de (los países) BRICS se fortalecerá durante la presidencia china, dice el presidente del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) del BRICS,  K. V. Kamath, de la India.

Este año da inicio a la segunda década del bloque de mercados emergentes que agrupa a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. China será la sede de la novena cumbre de líderes del BRICS en septiembre en la ciudad sudoriental de Xiamen“.

China está interesada en sumar para su propuesta, parece. Y en Xiamen, estará nuestro principal socio comercial -hoy decaído- y el anfitrión será nuestro segundo socio comercial, (que es el primer socio del primero). Sería interesante conocer qué sabe Franco Macri de ésto, más que en la valoración que hace del gobierno de su hijo.


La China que viene, por mar

enero 12, 2017

 

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(Para ampliarlo, cliquear encima de la imagen 2 veces)

Un polémico comentarista -e infrecuente bloguero-, “Victor Lustig” me hizo llegar este bonito mapa. Lo publicó el Financial Times, seguramente con dolorosa nostalgia. Porque hace 100 años, y por los 100 años anteriores, este habría sido un mapa de las rutas navales inglesas. Ahora… el título es How China rules the waves (Cómo China gobierna las olas) y dice que Beijing ha invertido billones para expandir su red de puertos y establecerse como un poder marítimo.

También citan a Alfred Thayer Mahan, el estratega estadounidense del siglo XIX: “China entiende la influencia marítima de la misma manera que Mahan: “El control del mar para el comercio marítimo y la supremacía naval, significa una influencia predominante en el mundo; Porque, por grande que sea la riqueza de la tierra, nada facilita los intercambios necesarios como lo hace el mar”“.

Creo que conviene que los argentinos lo estudiemos cuidadosamente. Porque desde que Garay abrió “las puertas a la tierra” 437 años atrás, la inmensa mayoría de nuestro comercio circula por el mar. Y en las últimas décadas una proporción de mayor de lo que exportamos, e importamos, va o viene de China. Los lectores veteranos del blog recordarán que más de dos años subí unos posteos con el título China: ¿nuestra nueva Inglaterra?


El populismo y Goldman Sachs

enero 11, 2017

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Raúl C, un apreciado y frecuente comentarista del blog, acercó hace pocos días un artículo de un periodista yanqui, Paul Waldman, traducido por la publicación Sin Permiso. Es una feroz, y bien informada, denuncia del falso “populismo” de Donald Trump.

Me parece que la información que vuelca merece ser más conocida, y por eso lo subo en este posteo. Creo también que merece ser examinada con algún cuidado, y por eso agrego mi comentario al final.

Donald Trump ha designado a Steven Mnuchin — anterior “partner” de Goldman Sachs y gestor de “hedge funds” —para que sea su Secretario del Tesoro, cumpliendo con su repetida promesa de luchar contra Wall Street y los poderes fácticos en nombre del hombre común.  

Así que ¿podemos dejar de fingir que el “populismo” de la campaña de Trump fuera otra cosa que un engaño más?  

No se trata sólo del próximo secretario del Tesoro. Mnuchin delineó su plan, en la emisora CNBC, para la economía del país, plan que se centraría en la gente.

“Nuestra prioridad número uno es la reforma fiscal”, declaró. “Creemos que recortar los impuestos a las empresas traerá aparejado un enorme crecimiento económico y que disfrutaremos así de una enorme renta personal, de modo que los ingresos vayan a compensar a la otra parte”.

¡Por fin una administración republicana que cree en el poder milagroso de los recortes fiscales a las empresas y los ricos! Sólo con que George W. Bush hubiera sabido esto, habríamos tenido un crecimiento espectacular a lo largo de la primera década del 2000 y la Gran Recesión nunca se habría producido. Ah, pero un momento…si este es justamente el programa económico que siguió Bush con efectos tan desastrosos.

De hecho, Mnuchin tiene una conexión directa con la recesión: mientras se iba extendiendo, él y otros inversores compraban IndyMac, que proporcionaba el tipo de inestables hipotecas que alimentaron la crisis. Después de ejecutar las de miles de propietarios de viviendas, Mnuchin y sus socios vendieron la empresa y ganaron miles de millones. Así es cómo lo describe Ben Walsh:

“La adquisición de IndyMac por parte de Steven Mnuchin es una historia que resume  todo lo que los norteamericanos han llegado a odiar sobre cómo se permitió que se desarrollara la crisis financiera: el pánico de la gente corriente, los inversores bien informados que se echan encima, las garantías del Gobierno que salvaban bancos pero no trataban de que la gente conservara su casa, un inteligente cambio de imagen, la desenfrenada ejecución de hipotecas y los miles de millones de beneficios”.

El de Mnuchin no es, sin embargo, más que uno de los nombramientos, ¿verdad? Bueno, Trump también acaba de anunciar que su secretario de comercio será Wilbur Ross, un multimillonario inversor de capital de riesgo. Y su ministra de Educación será Betsy DeVos, una multimillonaria que se opone a las escuelas públicas. Y su secretario de Transportes será Elaine Chao, que trabajó en los gobiernos de los dos Bush y está casada con el líder de la mayoría [republicana] en el Senado, Mitch McConnell (senador por Kentucky.). Antes de entrar en política, Chao era banquera y, de acuerdo con la revista digital Politico, “ganó como mínimo 1.074.826 dólares gracias a su presencia en juntas directivas en 2015, según figura en los registros públicos”. Trump está considerando supuestamente al presidente de Goldman Sachs, Gary Cohn, para que sea su director presupuestario [finalmente escogió a Mick Mulvaney, un “halcón” procedente de Carolina del Sur]. “Es el [gabinete] más conservador desde Reagan”, dice un partidario de la economía de oferta, y bien puede ser que se quede corto.  

Puede que se acuerden ustedes del anuncio de cierre de campaña de Trump en el que afirmaba: “Nuestro movimiento se centra en substituir un “establishment” fallido y corrupto por un nuevo gobierno controlado por vosotros, el pueblo norteamericano” con imágenes de Wall Street, pilas de dinero, financieros como George Soros y otros símbolos del poder y la riqueza establecidos. “Es una estructura de poder global”, continuaba, “que es responsable de las decisiones económicas que han sido un robo a nuestra clase trabajadora, han despojado a nuestro país de su riqueza y han puesto ese dinero en los bolsillos de grandes empresas y de entidades políticas”.

De manera que con el fin de enfrentarse a esa estructura de poder global, Trump va contratando a un grupo de multimillonarios y magnates de Wall Street, recortando impuestos a las grandes empresas y los ricos, achicando la vigilancia regulatoria sobre Wall Street y ofreciendo un plan de infraestructuras que consiste principalmente en exenciones fiscales a las grandes empresas con el fin de animarlas a construir proyectos para los que luego habremos de pagar peaje si queremos utilizarlos.  

Sin embargo, persiste el mito del Trump populista. Stephen Moore, asesor económico de Trump y acaso el defensor principal en el partido de la economía de “derrame” [de “escurrido” de los beneficios hacia abajo], proclamó no hace mucho: “Igual que Reagan convirtió al Partido Republicano en un partido conservador, Trump lo ha convertido en un partido populista de clase trabajadora”. Sus viajes al Rust Belt [“cinturón de herrumbre” industrial del Medio Oeste ] con Trump, testimoniaba Moore, le hicieron darse cuenta de cuánta ayuda necesita la clase trabajadora. Y tiene la intención de ayudar a Trump a proporcionar esa ayuda…en forma, por supuesto, de exenciones fiscales para los ricos y las grandes empresas. Qué historia tan reconfortante.

Los republicanos han luchado siempre con la disyuntiva que presenta su ideología económica, que presume que resulta difícil conseguir el apoyo de la mayoría para un conjunto de políticas cuya finalidad consiste en derramar beneficios sobre una reducida parte de la población. Cuando argumentan sobre ella explícitamente utilizan una suerte de redirección retórica, afirmando que recortarles los impuestos a los ricos no tiene en absoluto que ver con los ricos sino que es algo que se realiza con el propósito de ayudar a la clase media e incluso a los pobres. Los ricos mismos son únicamente un vehículo para alcanzar tan noble fin, aceptando de modo desinteresado la generosidad del gobierno en nombre de sus inferiores.

No hace falta decir que no hay mucha gente a la que se pueda convencer con este argumento. De manera que para compensarlo, los republicanos han complementado la defensa de su caso económico con un menú de cuestiones sociales gracias al cual pueden demonizar a sus oponentes. Esos demócratas odian a Norteamérica, dicen los republicanos, son débiles, no aman a Dios igual que tú, quieren quitarte las armas, quieren obligar a tus hijos a que se hagan abortos gay. Y con bastante frecuencia, ha funcionado.

Trump dijo la mayoría de estas cosas en la campaña de 2016, pero se diría que cumplía el expediente y rellenaba los casilleros para tranquilizar a los conservadores ideológicos de que no tenían nada de qué preocuparse. El verdadero corazón que de su atractivo era una forma diferente de guerra cultural, que se fundamenta en la rabia y el resentimiento por el cambio cultural y el estatus descendente de los varones blancos de clase trabajadora. Con sus ataques a los inmigrantes, a las minorías raciales y a un “establishment” compuesto por políticos de Washington y poderes fácticos económicos, Trump les convenció de que por fin les había llegado su turno: su turno de decir lo que quieran, el turno de que sus intereses pasen a primer plano, el turno de que resuciten sus comunidades y recuperen su orgullo.  

Pero hoy Trump anda llenando su administración con, adivinen qué, políticos de Washington y representantes de los poderes fácticos de la economía cuyas máximas prioridades son los recortes de impuestos, la desregulación y la destrucción de la red de seguridad, incluyendo la privatización de Medicare. La idea de que trabajarán para servir a los intereses de la clase trabajadora es un chiste. Sin embargo, es un chiste que la gente sigue contando, de algún modo, con cara seria“.

En realidad, es evidente y visible -salvo para los que tienen una gran capacidad de engañarse a sí mismos- que Donald Trump pertenece a esa élite de los Super Ricos que forma la Nueva Clase Global. Que, a través de los mecanismos financieros que manejan sus fondos, son, como colectivo, el elemento decisivo de la economía del planeta (¿todavía?). Sólo el Estado estadounidense y el chino manejan un poder económico comparable. Y, como el uso de esos recursos estatales está más condicionado por las necesidades políticas (gobernar y conservar el poder, por ejemplo), estimo que hoy están en un segundo lugar. Lo siento, don Frank Underwood, pero creo que es así.

En el caso personal del Donald, es también evidente y visible que el tipo disfruta de su poder y de mostrarlo. Ni siquiera, como su colega europeo George Soros, siente la necesidad de mostrar preocupación por los derechos humanos y la paz mundial. Eso sí, probablemente es un norteamericano patriota, lo que no puede decirse de sus émulos menores en nuestros países. Lo cierto es que ha querido ser Presidente, y lo consiguió.

Y no es sorprendente que se rodee de la gente de su mundo, y que se maneje según sus códigos. Entonces, lo único que me hace ruido de la nota de Paul Waldman es que no menciona la alternativa. Porque el otro candidato -al que su diario, el Washington Post, apoyaba en la elección que ganó Trump no era Hugo Chávez, León Trotsky, ni siquiera Bernie Sanders. Era Hillary Clinton, de un partido y de un gobierno que “permitió que se desarrollara la crisis financiera: el pánico de la gente corriente, los inversores bien informados … etc., etc.”.

He comentado muchas veces en el blog que el Partido Demócrata mantiene las mejores relaciones con Wall Street y las instituciones financieras de la Costa Este. Sus diferencias, reales, con el Partido Republicano, hasta con el Tea Party, son sobre todo culturales. Importantes para la sociedad norteamericana. No tanto para nosotros.

El viejo consejo es “Para conocer a un cojo, lo mejor es verlo andar“. Trump asume el otro viernes, pero ya comenzó a andar, en (tosesita modesta) las redes sociales. A través de Twitter amenazó a Toyota y a Fiat con imponer aranceles especiales a sus productos si no invertían en Estados Unidos. Y las dos transnacionales se rindieron.

Este tipo de cosas entre nosotros solo las hacía en los últimos tiempos Guillermo Moreno. Por lo que era debidamente demonizado como un tirano brutal y torpe, que no entendía la sabia lógica de los mercados. Cualquiera sea el resultado final ¿se dan cuenta que estos métodos han sido legitimados? Si los usa el Presidente de los Estados Unidos…

Resumen: No estoy juzgando a Donald Trump, y no me interesa hacerlo. Lo que recomiendo a mis compatriotas, en particular a los politizados, es que la pregunta que deben hacerse sobre un personaje en la política internacional no es si es un fiel lector de las encíclicas de Francisco, o de los ensayos de García Linera. La pregunta que vale la pena es si perjudica o favorece los intereses de nuestro país, y qué podemos hacer en cada caso.

Pensándolo bien, esa podría ser la pregunta en la política local, también.


¿”Por qué perdió el peronismo”? ¿Por qué va a ganar ¿Por qué tiene que cambiar?

enero 6, 2017

Medusa

Como ya comenté en el blog, no comparto la pasión por la autocrítica que buena porción de los dirigentes (o aspirantes a) del peronismo desplegó el año pasado. Porque casi siempre (o sin el casi) significababa “Autocritico a otro/a”. Este artículo de José Natanson, aunque en una parte pretende responder a la 1° pregunta del título ¿”Por qué perdió el peronismo”? no cae en esa. No habla como el que tiene”la precisa”. Repasa hechos y extrae conclusiones. Tiene un sesgo -como todos- pero usa argumentos razonables. Por eso, y porque no estoy de acuerdo con él, más adelante lo subiré a Google Drive para los discutirlo y, claro, exponer mis ideas. 

Por ahora voy a copiar aquí un fragmento muy corto de su artículo,donde desarrolla datos -correctos- tomados de M. Kulfas: Los tres kirchnerismos, Siglo xxi, Buenos Aires, 2016, págs. 48-49. Natanson los usa para dar una respuesta parcial a esa 1° pregunta. Yo, para mi respuesta a las tres (Y sí, Clinton tenía razón: “Es la economía, estúpido” ¿O porqué perdió su mujer?)

“El primer motivo es económico. El deslumbrante crecimiento registrado desde la llegada de Néstor Kirchner al poder en mayo de 2003 y la mejora sostenida de los indicadores sociales comenzaron a acompasarse a partir de 2008, cuando la economía argentina sufrió el impacto del primer shock de la crisis financiera global y el gobierno experimentó su primera gran derrota política, en el conflicto que lo enfrentó con los productores agropecuarios en torno de la apropiación de la renta de los cultivos de soja.

Los factores que explicaban el despegue en la primera etapa –la capacidad de combinar mejoras de bienestar de los sectores más vulnerables y las clases medias con una alta rentabilidad de las empresas y del sector financiero, gracias a los altos precios de los commodities y el aprovechamiento de la capacidad ociosa– ya no empujaban como en el pasado, a medida que el viento de cola comenzaba a girar a proa y los stocks (de energía, reservas internacionales, bienes de capital) se iban agotando. La inflación, que a partir de 2008 se mantuvo por arriba de 25% anual, fue el emergente de estas tensiones.

Como tantas veces en la historia argentina, luego de un cierto periodo de crecimiento, el superávit comercial se convierte en déficit: la creciente demanda de importaciones por parte de la industria, el desequilibrio de la balanza energética e incluso el rojo de la balanza turística (nunca antes los argentinos habían viajado tanto al exterior) reintrodujeron la temida «restricción externa», lo que el economista Aldo Ferrer definió como el «pecado original» de la economía nacional: el hecho de que, llegado a cierto punto, los superávits del sector agroexportador no alcanzan para cubrir las necesidades del resto de las ramas de la economía.

La respuesta del gobierno kirchnerista a este escenario de tensiones fue una política de «administración de la escasez» mediante una serie de iniciativas de regulación económica (control de importaciones, virtual desdoblamiento del tipo de cambio) e intervencionismo estatal (estatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la empresa hidrocarburífera nacional), con el objetivo de sostener los indicadores sociales alcanzados hasta el momento… En palabras del ex-secretario de Política Económica Matías Kulfas, se pasó de «profundizar el modelo» a «aguantar el modelo»

Aunque modesta, la estrategia dio resultado: a diferencia de lo que había ocurrido muchas veces en la historia argentina, cuando los ciclos económicos largos concluían con estallidos sociales, crisis financieras y conflicto político, el kirchnerismo logró evitar la crisis total de la economía, pero al costo de dejar como herencia un panorama poco prometedor, una especie de normalidad decepcionante.

Los datos son elocuentes: la tasa de crecimiento anual del PIB, que había alcanzado a 8,8% durante el mandato de Néstor Kirchner (2003-2007) y a 6,2% en el primero de Cristina Fernández (2007-2011), fue de apenas 1,1% en el segundo mandato de la ex-presidenta (2011-2015). El resto de las variables se alinearon en el mismo sentido: el crecimiento de la producción industrial pasó, en los mismos periodos, de 10,4% a 8,6%, y de ahí a 0,8%; el de la construcción, de 15,6% a 5,7%, y de ahí a 2,1%; el empleo privado formal, dato clave del mercado laboral, había crecido un impresionante 10,6% durante el primer periodo de gobierno del kirchnerismo, 1,9% en el segundo y solo 0,4% en el tercero; las exportaciones, que habían aumentado 21,2% en el primer mandato, crecieron 5,2% en el segundo y cayeron un 4,2% en el tercero. La inflación pasó de 11,4% a 22%, y de ahí a 28,2%. En términos generales, si desde 2003 la economía argentina había crecido más que el promedio regional, a partir de 2012 su crecimiento se situó por debajo”.

Mi planteo: De los motivos de la derrota del Frente para la Victoria el año pasado, sólo voy a decir aquí que el motivo no fue la economía (De los otros motivos hablé bastante en el blog). Y sostengo este no, a pesar que considero la economía un factor fundamental, por los mismos motivos que Natanson cita: el kirchnerismo logró evitar una crisis y sostener los indicadores sociales alcanzados. En un país, donde, como él mismo señala, existe la conciencia en la población que “los ciclos económicos largos concluyen con estallidos “. No es extraño que exista: El último estallido fue hace sólo 15 años.

En todos los países, es menos frecuente que los oficialismos sean derrotados cuando la economía marcha bien. Por supuesto, lo que apunta Kulfas es cierto e influyó, por la negativa: ya no existía para los sectores más prósperos la certeza de aumentar sus beneficios en el futuro. Además, la economía también se percibe a través del cristal de la ideología: No sólo en la clase empresaria, sino también en una parte considerable de los sectores medios, aún los de ingresos bajos, existía una indefinida pero persistente convicción que “en los países serios” las cosas se hacían en forma distinta y mejor. No fue, hasta donde puedo apreciarlo, un factor decisivo, pero fue parte del “relato opositor” que triunfó.

Creo que resulta obvia, entonces, mi respuesta a la 2° pregunta. Los resultados de la gestión de Cambiemos ya no son parte de una -inconclusa- discusión ideológica o de un sesgo cultural. Ya afectan en forma negativa, en sus ingresos y en sus expectativas a prácticamente todos los sectores de la sociedad argentina. Con la excepción -no insignificante, pero muy minoritaria- de  los empresarios rurales de la pampa húmeda (si no han sido afectados por desastres naturales como las inundaciones o los incendios). Y, analizando con la mayor objetividad que me resulta posible, no encuentro cómo este gobierno, con estos apoyos, puede mejorar el empleo y el consumo en forma masiva en los próximos meses.

Aún tomando en cuenta a la “minoría intensa” que se aferre a este oficialismo por razones ideológicas o culturales o culturales, y a los que tengan cargos o negocios con él, encuentro inevitable que este año se produzca un clásico “voto castigo” contra el gobierno nacional.

Y el peronismo, a pesar de su actual inorganicidad -no me convence la metáfora de Natanson del Terminator de la 2° película de la serie, el robot de metal líquido que se rearmaba a sí mismo- es la estructura política nacional que está en mejores condiciones para sumar este voto castigo. Juega a su favor la memoria cercana de niveles de empleo y consumo mejores que los actuales. En las palabras de su fundador “No es que nosotros hayamos sido tan buenos. Los que vinieron después nos hicieron óptimos”.

Por supuesto, nada está asegurado. El peronismo puede cometer graves errores, Y queda en pie la pregunta “¿Cuál será el peronismo de la próxima etapa?”.

Hay algo que me parece evidente, y que resulta de todo lo señalado más arriba: El peronismo que vuelva en 2019, si lo consigue, no será igual, no aplicará las políticas -no podrá hacerlo- de la experiencia kirchnerista. Ésta, como las otras experiencias populares de este siglo en la América del Sur, se dieron en un marco determinado de la economía global. Ese marco ya no existe. Puede verse como una restricción: Es dudoso que los precios de las commodities que exportamos lleguen a valores similares en proporción. Y es imposible que haya el margen que ese inesperado aumento de principios de siglo dio para distribuir (a los gobiernos que distribuyeron).

También puede verse como una apertura: el pensamiento hegemónico en el “mundo desarrollado” a partir de los ´90, y que condicionó inevitablemente los desarrollos en cualquier región del mundo, simplemente por el peso económico y militar de las Potencias que lo afirmaban, está en bancarrota. El Brexit, el triunfo de Trump, no son más que “hojas en el viento” que señalan esta tempestad. El desafío será que haya gobiernos capaces de capear esos vientos, al menos con la habilidad conque el kirchnerismo aprovechó la irrupción de China en el mercado global y la absorción de Estados Unidos en las guerras del Arco Islámico.


El dólar y el segundo semestre

enero 5, 2017

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El bonito cuadro de arriba, preparado por XE.com, refleja las variaciones en la relación entre el peso argentino y el dólar estadounidense en los últimos seis meses. Lo tomé del blog del amigo Otto, IKN, que lo subió para preguntar a sus lectores -la mayoría, inversores mineros en América Latina- si iban a cambiar un dólar para invertir aquí, no importa las condiciones favorables que les ofrezcan.

La pregunta, me parece, es más amplia: ¿Quién decidirá invertir sus dólares aquí, incluyendo todos los argentinos que han declarado en el blanqueo más de 100 mil millones de dólares en el exterior, ejerciendo la opción de conservarlos afuera? O tal vez la pregunta debe ser más corta y directa ¿Cómo creen que le irá al proyecto de Macri?


La economía de Trump y nosotros

diciembre 29, 2016

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Trato de tener en el blog equilibrio entre los temas que son importantes ahora y los que van a serlo durante años, o décadas. Es el equilibrio que quisiera mantener en mis preocupaciones. Pero, vivimos tiempos muy… coyunturales, como dije otra vez. Además, uno no debe olvidar que el futuro viene de un día a la vez, y lo que pase pasado mañana depende, en parte de lo que pase hoy y mañana.

Como sea, quiero subir ahora, el artículo que me pareció más interesante sobre los problemas que va a crear el inminente (22 días) gobierno de Trump a este gobierno argentino. Y al próximo.

Eugenio Díaz-Bonilla es un economista que, a pesar de tener prestigio académico, trabajar en organismos internacionales y enseñar en universidades norteamericanas, conserva una visión lúcida de la realidad. Se le debe, entre otras cosas, un trabajo que echa luz sobre una de las falacias más perjudiciales y más difíciles de erradicar: una creencia a la que se aferra esa porción de nuestros compatriotas que quiere creer en nuestro fracaso como nación.

El artículo a que me refiero es Argentina: The Myth of a Century of Decline, y lo subí al blog como El mito de la decadencia argentina (Lo menciono aquí porque creo que es una lectura indispensable).

Hace varios días publicó una columna, mucho más breve, en la que especula sobre las políticas que probablemente lleve adelante la administración Trump, y su impacto sobre Argentina. Encuentra paralelos sugerentes con la situación que encontró otro republicano trasgresor, Reagan, y sus medidas.

Como ustedes saben, pienso que las analogías históricas tienen límites: no hay copias exactas. Más adelante, voy a escribir sobre lo que entiendo es una diferencia fundamental entre esa etapa y la que se abre. Pero en cuanto a las consecuencias y los riesgos para nosotros que prevé Díaz-Bonilla, estoy completamente de acuerdo con él. Sus propuestas… las veo difíciles, por ahora. Los invito a leerlo:

“La elección de Ronald Reagan en 1980 ofrece una referencia histórica para interpretar las posibles consecuencias de la última elección presidencial en EE.UU. Entonces, la economía mundial venía de un largo período de crecimiento después de la Segunda Guerra Mundial, apoyado en la reconstrucción de Europa, la expansión del comercio y las finanzas internacionales, y políticas keynesianas expansivas.

Ese período terminó con los dos shocks de precios del petróleo y alimentos a mediados y a fines de los 70, lo que aceleró la inflación mundial. Para combatirla, se pasó a políticas monetarias altamente contractivas en los EE.UU. y en otros países industrializados, lo que llevó a la recesión mundial de 1980 y a una recaída en 1982. Carter perdió las elecciones con Reagan en parte porque trabajadores blancos de ingresos medios y bajos, que tradicionalmente votaban a los demócratas, se inclinaron por el republicano debido a los problemas económicos, pero también por lo que consideraban debilidad de los demócratas frente al avance de la Unión Soviética y la tragedia de los rehenes en Irán.

Reagan implementó en 1981 una reforma impositiva que llevó el déficit fiscal a más del 5% del PBI en años posteriores. La reacción de los mercados fue subir la tasa de interés de los bonos públicos a un 14% (bonos de 10 años). EE.UU. empezó a absorber capitales del resto del mundo, y el dólar se apreció significativamente (casi un 50% en la primera mitad de 1985 comparado con 1980). La suba de las tasas de interés, la desaceleración de la economía mundial en la primera mitad de los 80 y la caída de los precios de los commodities llevaron a la crisis de la deuda en América Latina, Africa y Asia (la “década perdida” en nuestra región). El desplome de los precios de los commodities también afectó a la Unión Soviética (un importante exportador de energía y minerales), y junto con la presión de la carrera armamentista con EE.UU., que en parte financiaba sus déficits gemelos, fiscal y externo, con flujos de capital desde Japón, llevaron a un importante deterioro económico en el área soviética, y a su eventual disolución en 1990.

Ahora Donald Trump llega luego del agotamiento de otro período de crecimiento que terminó con la crisis de 2009, lo que unido con preocupaciones respecto de la debilidad internacional de EE.UU., y temas morales y de estilos de vida, volcó votantes tradicionales demócratas hacia los republicanos. El crecimiento desde los 90 estuvo basado en la reestructuración económica en China y otros países en desarrollo, y en la relativa paz global que siguió al final de la Guerra Fría. Cientos de millones de trabajadores, especialmente en Asia, fueron incorporados a la economía global, cuadruplicando la mano de obra efectiva a nivel mundial entre 1980 y 2005 (estimaciones del FMI). Todo ello presionó a la baja global de salarios y precios.

La expansión productiva en esos países (el este de Asia, básicamente) encontró una demanda adecuada, particularmente en EE.UU. y otros países desarrollados, debido a que la reducción de las presiones inflacionarias permitió políticas monetarias cada vez más expansivas, con importantes aumentos del crédito y el consumo. Esto eventualmente llevó a las burbujas de vivienda y acciones en el mundo desarrollado, y a la crisis financiera de 2009. Esta expansión laboral global afectó los salarios y empleo de los trabajadores no calificados en los países industrializados (y lo han ido mostrando en votaciones recientes), pero llevó a que millones de personas en los países en desarrollo (especialmente en Asia) salieron de la pobreza.

El incremento de ingresos en China y otros países en desarrollo aumentó la demanda de alimentos, energía y metales, beneficiando a países productores de commodities, como Argentina. Desde el rebote de 2010 luego de la crisis de 2009, la economía mundial ha venido desacelerándose.

En términos geopolíticos, los problemas actuales parecen más complicados que en los 80, con debilidad económica y divisiones políticas en Europa; expansionismo en Rusia; caos militar y humanitario en Medio Oriente, e inestabilidad en Asia relacionado con las aspiraciones territoriales de China. Como en los 80, Trump ha propuesto una reducción de impuestos que puede elevar el déficit fiscal en más de 4% del PBI y aumentar la deuda pública del 75% actual a casi 130% del PBI en diez años. Desde el triunfo republicano, las tasas de interés en EE.UU. (y las que paga nuestro país) se han incrementado significativamente y el dólar ha continuado apreciándose. La historia muestra que esas políticas aumentan la posibilidad de una recesión mundial en los próximos años, dentro de un contexto de disgregación geopolítica global.

En conclusión, en Argentina y en América latina y el Caribe debemos prepararnos para un futuro complejo a nivel mundial. Primero, es necesario que en nuestro país generemos los mecanismos institucionales formales para consensuar visiones estratégicas de mediano plazo. En particular, debemos recordar los costos que pagamos en el pasado por atarnos a un dólar que, como ahora, se estaba apreciando, y por endeudarnos excesivamente. En segundo lugar, a nivel de América latina y el Caribe sería importante que los gobiernos llamen a una reunión de reflexión para generar los instrumentos económicos y políticos de colaboración regional que permitan que nuestros países confronten este período incierto.

Prepararnos para estos desafíos requiere tomar una perspectiva de largo plazo para evitar que la historia, modificando la conocida frase de Karl Marx, no se repita ni como tragedia ni como farsa”.


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