Acerca del precio de la carne

mayo 20, 2021

Mis lectores consecuentes, si alguno, habrán notado que no subo al blog muchas frases de Perón. Es que alguien que escribió cartas, proclamas, artículos y libros durante toda su larga vida adulta, que durante los 18 años de su exilio su única y poderosa arma fueron cartas y cintas con su voz… Bueno, ese alguien dejó muchas, muchas frases. Siempre hay alguna con un poquito de esfuerzo se pueden adaptar a lo que otro quiere decir. Digamos que siento un respeto intelectual por un cuerpo de pensamiento coherente. Se lo toma en conjunto o se lo deja.

Pero… A veces hay algo muy preciso y oportuno para una circunstancia determinada. Y uno se tienta con párrafos de una inteligencia práctica y filosa.

Les acerco esto -que ya anda por las redes sociales, cómo no- pero está en la página 81 del Manual de Conducción Política:

Los otros días vino alguien a decirme: “Vea la carne está muy cara”.

Le pregunté: “¿Qué le parece a usted?”.

Y me contestó: “Hay que bajar el precio, ponerle un tope, porque sino la gente no podrá comer más carne”.

Le dije: “¿Qué le parece si subimos los salarios en lugar de bajar la carne?”.

Agregó: “Y…la inflación”.

Entonces le manifesté: “¿No cree usted que hoy nos defendemos con la carne? ¿No se da cuenta que si bajo el precio de la carne aquí, los ingleses nos lo bajan allá? Es decir, hay gente que todavía no sabe que la economía interna es una y la internacional otra, y que la ganancia la tenemos que sacar de la economía internacional para vivir bien. No vamos a cobrar menos a los de afuera por el estúpido prurito de decir que bajamos los precios. Hay que bajarlos, pero inteligentemente, para que no se conviertan en un factor de pobreza en lugar de lo nosotros deseamos, que es una economía de abundancia”.


Estamos muy mal ¿dónde vamos?

marzo 30, 2021

Ayer leí esto en las redes sociales (Bah, en twitter. Pero a pesar de eso, es cierto):

“La tasa de desempleo se ubicó en el 11%, al cierre del último trimestre de 2020 y en el conurbano bonaerense ya se acerca al 15%.La tasa de desempleo abierto nacional respecto del cuarto trimestre de 2019, se incrementó en 2,1 puntos porcentuales.

Por otra parte, se conocieron datos oficiales de valorización de canasta de pobreza e indigencia alcanzando para un hogar tipo metropolitano de cuatro miembros, los $60 mil y $25 mil mensuales respectivamente, insistimos según datos del INDEC.

En este sentido los números preocupan puesto que el salario medio de la economía no alcanza los $60 mil mensuales, el salario que más se repite (o MODA) es de $45 mil mensuales, todos por debajo de lo que requiere un hogar tipo para no ser considerado pobre por ingresos.

Peor aún el salario mínimo vital y móvil, así como jubilaciones y pensiones mínimas rondan los $20 mil mensuales y se ubican por debajo de los ingresos necesarios para q un hogar de cuatro miembros supere la línea de indigencia o línea de ingresos debajo de la cual hay hambre.

Llegamos al extremo de carencia de ingresos en que en un hogar tipo (de 4 miembros) en que se perciben dos salarios mínimos y dos AUH, una por cada niño o niña, tampoco así logra superar la línea de pobreza. Una calamidad de carencia de ingresos se lo mire por donde se lo mire.

La inflación no se detiene. Traccionada por aumento de “alimentos y bebidas” la canasta de pobreza aumento un 47% interanual entre los meses de febrero 2020 versus febrero 2021, mientras el IPC general lo hizo en un 41% y según datos del primer trimestre de 2021 no se detiene.

El panorama social entonces resulta muy complejo con un piso de 40% de pobreza cuando a fines de marzo el Indec suministre el dato oficial.

Los datos de distribución del ingreso son también de terror. El 80% más pobre de la población se queda con el 50% del ingreso total. Como contrapartida , el 20% más rico toma el 50% restante y el 10% de la cúspide de la pirámide se apropia del 33% del ingreso total. Son niveles de desigualdad escandalosos, solo superados por los observados en la crisis de salida del experimento convertible en el año 2002.

Todo este rodeo inicial largo pero necesario, es imprescindible para justificar una pregunta: ¿Puede un país estragado socialmente, como lo es la Argentina después de Macri, tener como bandera conseguir el “equilibrio fiscal”? ¿Son metas prioritarias alcanzar los superávits gemelos? ¿Puede insistirse en ese camino después tantos fracasos históricos de los modelos “Déficit cero”? Enormes fracasos comunitarios q signaron el trayecto desde la recuperación democrática en el año 1983 hasta nuestros días?

Seguramente no. La economía argentina necesita salarios, ingresos familiares crecientes y superar la lógica del ajuste perpetuo a q fue sometida ya durante un lustro, más aún tras la experiencia exitosa de “desajuste” desplegada por el kirchnerismo durante casi trece años de gestión.

¿Por qué volver a las viejas recetas diseñadas por la ortodoxia económica y avaladas por el Fondo Monetario Internacional q nos condujeron una y otra vez a ser una sociedad más desigual y más pobre? Que aumentaron el desempleo desde un valle de 3% en 1983 al 24% en el año 2001?

El rediseño d política económica debe tener como eje recuperar ingresos familiares y eso supone satisfacer 3 demandas muy específicas.

Salarios, jubilaciones y planes de transferencia d ingresos actualizados por sobre la inflación realmente existente para los sectores populares.

Inflación q es la que señala la canasta de pobreza e insistimos alcanza al 47% anual. Todas las paritarias conocidas están por debajo de este nivel de inflación y oscilan en la franja que va del 29% al 35% lo que las ubica muy debajo de los niveles de actualización requeridos.

Lo mismo sucede con jubilaciones y pensiones mínimas (las que más alto se ajustaron), que solo se actualizaron un 35,5% (el resto alcanzó solo el 24%) perdiendo 11,5 puntos respecto al valor de incremento de la canasta ampliada de pobreza. Insistir con este ajuste es fracasar.

Fracasar doblemente en el caso del oficialismo. Porque su contrato electoral supone mejorar las condiciones de vida de la población general, los ingresos familiares al alza y una mejor distribución del ingreso y porque sería un error conceptual inmenso frente a las elecciones.

En efecto, el 60% de los hogares que constituyen el electorado del FdT son pobres o vulnerables por ingresos (superan la línea de pobreza por menos del 50% de su valor). Se trata de hogares pobres por ingresos o de clase media baja en riesgo de empobrecimiento por ingresos.

Persistir en el camino del ajuste pondrá severas restricciones p insistir con el voto oficialista, al menos para una porción significativa del electorado vulnerable, allá donde las fronteras ideológicas son líquidas y la orientación del voto la define la evaluación de gestión.

Se configuraría entonces una coyuntura electoral q de consumarse, y dada la coalición conservadora q enfrenta al FdT – pre civilizatoria -, sería de un gran costo económico, social e institucional, ya no solo para los sectores pobres o vulnerables sino para la sociedad toda.”

ooooo

El texto de arriba es de mi amigo Artemio López, conocido como encuestador y opinador, pero que también es sociólogo. Y un buen sociólogo, por cierto. Los datos que pone son correctos y están bien elegidos para informar de la situación, angustiante, por la que está pasando algo más de la mitad de nuestros compatriotas.

Eso, la 1° parte del texto. En la 2°, que separé usando la imagen clásica de la caverna, escribe de economía y de política. Y ahí sigue vigente el criterio de verdad, cómo no, pero la cuestión decisiva pasa a ser si funciona o no (sin alusión a “funcionarios que no funcionan”, eh).

Empecemos por tener claro que esa pobreza, “estructural” como la llaman los colegas de Artemio, tiene raíces muy anteriores y ha ido creciendo. Desde 1975/76, cuando Argentina estaba muy cerca del pleno empleo, con índices mínimos de pobreza y una distribución del ingreso no “igualitaria” (eso no hay en ningún lado) pero similar a la de varios países europeos prósperos, hemos venido avanzando hacia la situación de hoy. Acompañando un deterioro del país en su conjunto. Con excepciones, seguro -la agricultura es mucho más tecnificada y productiva, hay más empresas de base tecnológica y algunas de ellas, como INVAP o Bioceres, son competitivas globalmente. Pero no hay duda que nuestro país está peor, en relación a la región y al mundo, de dónde estaba hace casi medio siglo.

El otro punto importante a tener presente para sacar conclusiones que sirvan es que esos deterioros, el aumento de la pobreza y el declive relativo del país, no fueron uniformes en estos 45 años (tampoco son lo mismo, aunque están muy vinculados). Algunas estadísticas pueden tener imprecisiones y hasta ser engañosas, pero el conjunto es terminante: los pozos más profundos se dieron en toda la dictadura, en los últimos dos años de Alfonsín, en el 2° mandato de Menem, en el gobierno de la Alianza y en los últimos dos años de Macri. Y en el 2020, con la pandemia.

Y hay un período en que esas dos caídas se detuvieron, y tanto en la pobreza “estructural” como en la economía en su conjunto hubo alguna recuperación: durante el gobierno de Néstor Kirchner. Uno no necesita creer ciegamente en las cifras del INDEC; como en el caso anterior, el conjunto de los datos da una imagen indiscutible.

(Aclaración rápida para las distintas tribus: en los gobiernos de Cristina hubo políticas sociales muy importantes y necesarias, pero ahora sabemos que esas políticas, que siguieron y siguen, no erradican la pobreza de los que están fuera del empleo formal. Y la recuperación empezó en el breve gobierno de Duhalde, sí, pero no puede distinguirse del “rebote”: veníamos de un pozo muy profundo).

Y aquí aparece algo que me hace ruido en la 2° parte de Artemio, y en parte del discurso de los economistas heterodoxos (muchos de ellos se aferran a una ortodoxia de signo opuesto pero tan rígida como la del “mainstream”): ese gobierno de N. K. tuvo como prioridad los “superávits gemelos”. Para ser más preciso, N. K. fue obsesivo en ese punto. Y esa pulsión se mantuvo cuando CFK fue presidenta: todo el conflicto con la Resolución 125 surge por la necesidad de equilibrar los ingresos con los egresos fiscales.

Cierto que Kirchner también fue contemporáneo del “boom de las materias primas” de comienzos de este siglo, el famoso “viento de cola”. Como toda América del Sur. Pero ahora también los precios de las “commodities” están subiendo, y la mayoría de los argentinos no sentimos ni la más leve brisa.

Un aparte, por la preocupación electoral que Artemio remarca al final de su nota: seguro, antes de las elecciones no es el mejor momento para subir tarifas. Obvio. Y agrego que la bronca con los aumentos de los que pueden pagarlos no es menor que la de los que no pueden. Es una falencia de nuestra constitución: el voto de un tipo egoísta vale lo mismo que el del progre con más conciencia social de Palermo.

El tema es otro, y muy serio: como no me canso de decir, los “fundamentals”, los recursos estratégicos de Argentina son buenos: un territorio extenso, con muchos recursos, una de las grandes llanuras fértiles del mundo, una fuerza de trabajo -que ya no es la mayoría absoluta de la población- pero sigue siendo numerosa y capacitada, científicos y técnicos de muy buen nivel. Pero hace 45 años -al menos- que no encuentra un camino estable para seguir desarrollándose.

Es cierto: “la economía argentina necesita salarios, ingresos familiares crecientes y superar la lógica del ajuste”. Esto último también es obvio, los ajustes no resuelven nada cuando el problema es estructural. Habitualmente, lo empeoran. Y los dos primeros son objetivos, y se sabe cómo se consiguen: aumentando los ingresos de la economía y repartiéndolos mejor que hasta ahora. Como dijo alguien, “todo el arte está en la ejecución“.

Si me alargué repitiendo estas obviedades, es porque encuentro en esta nota de Artemio una idea que está presente, en forma vaga, en muchos de Este Lado, y que es tan ingenua -con signo opuesto- como los que creían que iba a venir una lluvia de inversiones porque Macri era empresario: que hay que animarse a aumentar salarios y asignaciones sociales, y así la demanda va a crear prosperidad. Total, ya sabemos hace 200 años, de las discusiones entre Say y Malthus, que la demanda crea la oferta, no?

La situación social es muy jodida, pero hay algo que puede empeorarla, y mucho. Una ola de alta inflación -alta para los estándares argentinos, o sea lo que en los libros se define como hiperinflación- arrasaría con el gobierno del Frente de Todos y con la actual oposición. Los episodios de hiperinflación de Alfonsín fueron la causa eficiente de la Convertibilidad: la hicieron políticamente posible y aceptada por las mayorías por 10 años.

Esto no es un llamado a quedarnos tranquilos y confiar en Guzmán. Que todavía le puede salir muy mal el equilibrio que está sosteniendo. Necesitamos más políticas activas, y mejor distribución del ingreso (porque, todavía, entra mucho ingreso en Argentina. Y sale, cuando no se invierte y se ahorra en dólares, aquí o afuera). Para eso, necesitamos mejor política. Que es también lo que plantea mi amigo, pero lo escucho a él y al fondo a la Realidad diciendo con voz ronca “Por aquí no, macho“.


Inflación, recesión y desequilibrio externo. Qué se hizo, en 1952

octubre 23, 2020

Algo bueno que le pasó al peronismo en esta etapa es la revista Movimiento. Porque ahí uno encuentra compromiso político, trabajos rigurosos y análisis inteligente. No han sido tantos los ejemplos, aún en nuestras mejores épocas…

Quiero copiar en el blog este trabajo que publicó ahí Claudio Belini, un investigador de la historia argentina. Es un poco largo, para la gente acostumbrada a Twitter. Y la Argentina y el mundo han cambiado mucho. Pero es muy actual para estos días, y deberían leerlo. Especialmente Alberto, Martín, Matías…

ooooo

“En la memoria histórica de los argentinos –e incluso en la historiografía más tradicional– pervive la idea de que al peronismo le tocó siempre gobernar en los buenos tiempos económicos, cuando el país gozaba de condiciones económicas excepcionales impuestas por el contexto internacional (Díaz Alejandro, 1975; Ferrer, 1977; Luna, 1985; Lewis, 1993; Cortés Conde, 2005). Si bien se continúa discutiendo el legado económico del peronismo, existe consenso en que se alcanzaron importantes resultados en términos sociales. Ya nadie discute que durante los años del peronismo clásico –hoy rebautizados por la historiografía como el primer peronismo– hubo un cambio fundamental en la distribución del ingreso al permitir un notable avance de los asalariados en la distribución de la renta nacional.

La interpretación que sostiene que los primeros gobiernos peronistas se encontraron con condiciones económicas excepcionalmente favorables ha sido parcialmente horadada en las últimas décadas. Las investigaciones sobre la economía peronista muestran que las condiciones iniciales de la economía peronista no fueron tan favorables ni perdurables en el tiempo. Por un lado, si bien Perón asumió su primera presidencia en un momento positivo para la economía argentina, un balance más matizado muestra que al finalizar la Segunda Guerra Mundial la economía argentina mostraba no sólo aspectos positivos, sino también importantes restricciones, muchas de ellas impuestas por el contexto internacional, y otras dimensiones negativas que resultaban de la trayectoria previa.

Es cierto que la Argentina que emergió de la Segunda Guerra Mundial poseía una economía rica en términos de la renta nacional per cápita, con una estructura productiva semi-industrializada, una gran producción de carnes y cereales –alimentos que se esperaba serían muy demandados por los países europeos devastados por la guerra– y una posición externa positiva inédita con grandes reservas de oro y divisas. Pero para cada una de estas condiciones favorables deben introducirse importantes matices. La economía argentina de los años cuarenta continuaba siendo la más rica de la región, aunque la brecha con otras naciones se achicaría en la siguiente década. La distribución del ingreso exhibía también una participación de los asalariados que no era comparable con otras economías latinoamericanas –el mercado de trabajo argentino operaba entonces con pleno empleo y un alto nivel de sindicalización en los servicios– pero la evolución de los salarios reales durante la guerra no había sido positiva (Del Campo, 1983; Doyon, 2006). Según los datos que tenemos del propio Departamento Nacional del Trabajo, parece claro que ni siquiera entre 1943 y 1945, cuando la Secretaría de Trabajo y Previsión volcó el apoyo del Estado a favor de los sindicatos, los salarios reales lograron avances, debido a la inflación importada durante la Guerra.

En lo relativo a la estructura productiva, el avance de la industria manufacturera había sido notable en la última década. Basta recordar que el empleo industrial se duplicó entre 1935 y 1946 con el surgimiento de un abigarrado cordón industrial en el Gran Buenos Aires. Para 1943, el aporte de la industria manufacturera al PBI era equivalente al del sector agrario, aunque, como resaltaba Raúl Prebisch desde el Banco Central, “el poder adquisitivo que emerge de la producción agropecuaria sigue teniendo una influencia dominante sobre la industria y las otras actividades del país” (BCRA, 1942: 6). Además, el crecimiento industrial se había producido en medio de constricciones importantes: a partir de 1939, la posibilidad de importar equipos para la industria había declinado verticalmente debido a la Guerra y –luego de 1941– al ingreso de los Estados Unidos. Debemos recordar también que la neutralidad argentina sostenida hasta marzo de 1945, es decir, semanas antes de la derrota alemana, implicó el inicio de un boicot económico de los Estados Unidos, que fue mantenido hasta 1949 (Escudé, 1983; Rapoport, 1984). Por tanto, el crecimiento de la producción industrial se había realizado a expensas del equipo instalado, sin posibilidad de ampliar la capacidad de producción ni acceder a nuevas tecnologías. Y sin importar mucho los costos de producción, puesto que era fundamental contar con esos productos para cubrir la demanda interna. Lógicamente, esta situación era excepcional. Empresarios y economistas sabían que se extinguiría una vez reanudado el comercio mundial a partir de 1945 (Belini, 2009 y 2014).

El país seguía siendo uno de los principales productores de cultivos templados y de carne vacuna, pero incluso allí los historiadores han señalado algunos síntomas de estancamiento, especialmente en el agro pampeano. La conquista nazi de Europa continental y la guerra impidieron a la Argentina colocar regularmente la producción cerealera en esos mercados. Con el fin de paliar la situación, que amenazaba provocar una crisis de importantes proporciones al recortar el ingreso del sector, el Estado puso en marcha un programa de compras masivas de la producción a través de la Junta Nacional de Granos, una institución creada en 1933 (Cramer, 2002). Esas operaciones implicaron grandes desembolsos, pero evitaron una crisis social en el agro. El cambio de los precios relativos hizo que los propietarios de la tierra se volcaran a su uso para la ganadería, expulsando miles de chacareros y arrendatarios hacia las ciudades. Por otro lado, la guerra acentuó la brecha de productividades entre el agro pampeano y sus competidores: Estados Unidos y Canadá. En estos países, durante los años treinta y los primeros cuarenta hubo un proceso de tractorización y de introducción de nuevos agroquímicos y semillas mejoradas (Barsky y Gelman, 2001). La Argentina vio retrasado todo ese proceso, primero por la crisis de 1929 y luego, durante la guerra, por la imposibilidad de importar desde los Estados Unidos.

Finalmente, recordemos que la acumulación de reservas de oro al final de la guerra –cercana a unos 1.600 millones de dólares de la época– era sin dudas un aspecto positivo. Pero también constituía el resultado de la caída de las importaciones durante la guerra, más que del buen desempeño de las exportaciones. La contraparte de esas reservas había sido el uso intensivo del stock de capital en la industria, el agro y los transportes, sin que se pudieran renovar equipos durante un quinquenio. Además, ello se producía luego de una etapa de baja inversión durante los años treinta, especialmente en el agro y los servicios. En definitiva, la situación económica argentina era muy favorable, pero al mismo tiempo exhibía importantes desafíos económicos y sociales que el gobierno electo en febrero de 1946 debería enfrentar.

La crisis que llegó pronto

En los años iniciales, la política económica peronista fue conducida por Miguel Miranda, un empresario industrial que ocupó la presidencia del Banco Central y del Consejo Económico Nacional. Es conocido que en 1946 se implantaron importantes reformas institucionales en el área económica que dotaron al Estado argentino de nuevos y poderosos instrumentos: la nacionalización del Banco Central y de los depósitos, la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) y la nacionalización de las grandes empresas de servicios públicos en manos de capitales norteamericanos, ingleses y franceses (Novick, 1986; Gerchunoff y Antúnez, 2000; Rougier, 2012; Stettini y Audino, 2012). También se nacionalizaron empresas industriales que habían pertenecido al capital alemán.

La política económica de esos años es bien conocida y consistió en el apoyo crediticio a la industria a tasas de interés reales negativas, una gran expansión del gasto público –especialmente en lo relativo al gasto social– y el estímulo al consumo mediante el incremento de los salarios reales, que en solo tres años crecieron un 60% entre los trabajadores industriales. El gobierno apoyó las reivindicaciones de la clase trabajadora y alentó la sindicalización masiva de los obreros industriales, como, por ejemplo, los textiles y los metalúrgicos, que conformaron sindicatos poderosos (Schiavi, 2013; Luciani, 2014a y 2014b). La política laboral peronista y el nuevo poder de negociación de los sindicatos favorecieron el éxito de las huelgas y permitió cambiar en pocos años el patrón de distribución del ingreso a favor de los asalariados.

El enfoque inicial de la política económica peronista se sustentó en un proceso de redistribución del ingreso desde el sector exportador hacia la economía urbana a través del IAPI. Esta institución fue clave, ya que monopolizaba las exportaciones de carnes y cereales, así como algunos rubros de las importaciones. El IAPI adquiría en el mercado interno a precios más bajos que los que colocaba en el mercado externo. Sourrouille y Ramos (2013) han demostrado que esta operatoria fue, al menos en el caso del trigo, algo diferente. Han señalado que no existía virtualmente un mercado mundial y que la posibilidad de colocar la producción en el mercado externo dependió de la habilidad negociadora argentina en el marco de los convenios bilaterales. Más interesante aún es el hecho de que una gran parte de las exportaciones fueron posibles gracias a operaciones de crédito realizadas por el IAPI con apoyo del Banco Central. Por eso muchas operaciones de venta de productos primarios se realizaron a precios más altos que los norteamericanos. Pero al mismo tiempo, no aseguraron que el país lograra importar manufacturas de países europeos que continuaban teniendo pocas manufacturas o equipos que ofrecer luego de la destrucción causada por la guerra. Más conocido es el efecto negativo ocasionado por la declaración de la inconvertibilidad de la libra, en agosto de 1947, que hizo imposible financiar las compras en Estados Unidos –entonces casi el único proveedor de equipos y maquinarias– con los saldos favorables que Argentina tenía con Gran Bretaña.

En cualquier caso, los problemas económicos reaparecieron muy pronto y tomaron la forma de una crisis de balanza de pagos en el verano de 1949. Para entonces las divisas acumuladas durante la guerra se habían evaporado en las nacionalizaciones de las empresas extranjeras de servicios públicos, el rescate de la deuda, la creación de una importante flota mercante y las importaciones de bienes de capital y de consumo. Sin dudas, el manejo de la economía por parte de Miranda había incurrido en errores y una estimación equivocada del poder de negociación de la Argentina. Un caso diferente fue la adquisición de los ferrocarriles británicos. Sabemos que ni Perón ni Miranda la tenían en mente, y que actuaron en una coyuntura marcada por la presión externa –la necesidad de Gran Bretaña de desprenderse de esas inversiones– e interna, como el apoyo de los grupos nacionalistas y del movimiento obrero (Fodor, 1989).

Lo que estaba por detrás de la crisis de 1949 era el inicio de una etapa marcada por la crisis permanente del sector externo inducida por el estancamiento de las exportaciones argentinas, la caída de los precios internacionales de las materias primas y el aumento de la demanda de divisas generado por el crecimiento industrial. La bonanza externa duró muy poco en la posguerra y abrió paso a un periodo de crisis del balance de pagos que se mantendría hasta la década de 1960.

Una doble crisis económica y política en ese verano condujo al relevo de Miranda por un equipo de economistas conducido por Alfredo Gómez Morales y Roberto Ares, este último vinculado al canciller Juan Atilio Bramuglia. La nueva conducción económica diseñó un conjunto de medidas para resolver o paliar algunos de los problemas ya evidentes. Para algunos autores esto habría marcado un “cambio de rumbo” de la economía peronista (Girbal Blacha, 2003; Rougier, 2012), pero en realidad se estuvo muy lejos de modificaciones sustanciales de las políticas económicas. Se moderó la expansión de los gastos públicos y del crédito –sobre todo al sector estatal–, se anunciaron mejoras para los precios de las cosechas que adquiría el IAPI y se pusieron en marcha créditos para el sector, complementados con los primeros intentos de establecer una industria de maquinaria agrícola. Pero se estuvo lejos de imponer un enfoque ortodoxo. Gómez Morales y Ares rechazaban, por ejemplo, la idea impulsada por el Fondo Monetario Internacional –al que la Argentina no había adherido– de proceder a la unificación de los tipos de cambio y a la liberación del mismo. Para la conducción económica eso “significaría desconocer lo que se ha venido sustentando reiteradamente en el sentido de que una adhesión de esta índole lesionaría la libertad de acción” (Comisión Económica Nacional, 1950: 6). Por eso, en septiembre de 1949, cuando Gran Bretaña devaluó la libra, la Argentina modificó sus tipos de cambio, pero solo para compensar el deterioro de otras monedas. Recién a mediados de 1950 se introdujeron otras modificaciones en el control de cambios y se devaluó una vez más el peso, pero sin que alcance el nivel requerido para ajustar el sector externo mediante una recesión de la economía doméstica.

La ausencia de un enfoque económico sustancialmente diferente, más allá del apoyo crediticio al agro, fue en buena medida el resultado de que el equipo económico aguardó hasta último momento la reversión de algunas de las condiciones externas que habían perjudicado a la Argentina. A mediados de 1950, el inicio de la Guerra de Corea pareció anunciar una reversión de la declinación del precio de las exportaciones, pero muy pronto quedó claro que las potencias industrializadas no dejarían a los países exportadores primarios aprovechar la coyuntura, de forma tal que organizaron un Comité Internacional de Compras de productos primarios, que tuvo el efecto de deprimir los precios. Estas políticas fueron censuradas por las autoridades económicas. Así, Gómez Morales sostuvo en 1951 que “El comienzo evidentemente no ha sido feliz. Nosotros opinamos que la creación de estos organismos, los problemas que abordarán, sus procedimientos, deberían haber surgido de una conferencia en la que participaran todos los países interesados y no solamente los países llamados grandes”. Y agregó: “No debemos olvidar que a una mejor correlación de los precios de los productos exportados con los importados corresponderá una mayor disponibilidad de importaciones esenciales, aspecto que nos resultará vital en nuestro grado de evolución económica actual” (Gómez Morales, 1951: 37 y 43).

Por otro lado, una nueva sequía, que se sumó a los efectos de la producida en 1949-1950, derrumbó la producción a los niveles más bajos del siglo XX. La escasez de divisas resultante y la aceleración de la inflación, alentada por la puja distributiva, hicieron que la inflación trepara al 37% anual en 1951. Para entonces, el deterioro del poder de compra de los salarios amenazaba destruir las posiciones adquiridas por la clase trabajadora en los años iniciales del gobierno peronista. No obstante, en noviembre de ese año, Perón fue reelegido presidente con amplia mayoría de sufragios. En esos días, un informe del equipo económico señaló al presidente “la necesidad imperiosa de adoptar un conjunto sistemático de medidas de emergencia” (Consejo Económico Nacional, 1951: 1).

El primer programa de estabilización de posguerra

El 18 de febrero de 1952, Perón anunció un “Plan de Emergencia Económica” que partía del diagnóstico según el cual el fuerte crecimiento del consumo no era acompañado de un incremento similar de la producción. Por lo tanto, era imprescindible restaurar el equilibrio entre ambos, alentando la producción en todos los sectores, pero fundamentalmente en el agro pampeano que era el principal generador de divisas. Asimismo, señaló que la población debía moderar el consumo y anunció una política de aliento al ahorro. Perón anunció el nuevo programa por medio de la Radio del Estado. En su discurso afirmó: “Los hombres y los pueblos que no sepan discernir la relación del bienestar con el esfuerzo, no ganan el derecho a la felicidad que reclaman”. El plan suspendió por dos años las paritarias y al mismo tiempo ordenó el congelamiento de los precios. Estas medidas buscaban frenar la puja distributiva entre capital y trabajo, que era una de las causas de la inflación. Luego del fracaso de las negociaciones entre las partes en el marco de la Comisión Nacional de Precios y Salarios (Sowter, 2013), el gobierno fijó una escala de aumentos salariales. De esta forma, el Estado asumía un papel central en la búsqueda del equilibrio entre capital y trabajo.

El equipo económico identificaba otra causa de la inflación en las políticas fiscales y monetarias, que en el pasado habían acompañado el crecimiento del ritmo inflacionario. En este plano, el programa anunciaba un recorte de los gastos públicos mediante la suspensión de las obras públicas en marcha y la reducción de “los gastos superfluos”, la postergación del Segundo Plan Quinquenal para 1953 y la imposición de nuevas restricciones al otorgamiento de créditos. En cuanto al sector privado, se anunció también una contracción del crédito oficial hacia la industria y el apoyo a la producción agraria.

Con el propósito de resolver la crisis del sector externo, que se adjudicaba sobre todo a la grave sequía de 1951-1952, se dispuso que el IAPI otorgara precios más remunerativos para los productos agrícolas. Esta medida se tomaba en el momento en que los precios internacionales continuaban declinando, lo que implicaba de hecho un subsidio al sector agrario. En cambio, el equipo económico rechazó la idea de devaluar el tipo de cambio. Principalmente, se temía que la devaluación tuviera efectos más negativos sobre los salarios reales, ya afectados por el incremento del ritmo de la inflación. Al mismo tiempo, estaba presente la idea de que la devaluación monetaria no constituía por sí un instrumento suficiente para alentar las exportaciones. Era imprescindible superar algunos problemas estructurales del agro pampeano, alentar una mayor mecanización y el uso de agroquímicos. En el caso de la carne se confiaba en esa situación de emergencia, en moderar el consumo interno a fin de dejar disponibles mayores saldos exportables. En cualquier caso, la modificación de los tipos de cambio traería más inconvenientes que beneficios. En el caso de las exportaciones no tradicionales, el equipo económico intensificó las medidas tomadas a partir de 1948 de conferir tipos más beneficiosos para los exportadores de bienes primarios con algún grado de elaboración –como tops de lana y aceites vegetales– o incluso de manufacturas como textiles y productos metalúrgicos (Belini, 2014a). En todos los casos, el nuevo Ministerio de Comercio Exterior, dirigido por Antonio Cafiero, intensificó la política exportadora, buscó abrir nuevos mercados y reclamó precios equitativos en los organismos internacionales.

El equipo conducido por Gómez Morales rechazaba la idea de volver al tipo de cambio único y flotante, que era propuesto por el FMI como un requisito para la integración al organismo. Y aunque el gobierno peronista reinició las conversaciones con los organismos internacionales para beneficiarse de los créditos que otorgaban los bancos, rechazó la incorporación al FMI (Keldar, 2012).

La aplicación del “Plan de Emergencia Económica” durante el duro 1952 –el año de la muerte de Evita– quedó grabado en la memoria popular por la escasez de energía y el consumo de “pan negro”, debido a la escasez de harina de trigo (Anguitta y Cechinni, 2020). La política de congelamiento de precios implicó una severa fiscalización del Estado, a través del Ministerio de Industria y Comercio y con el auxilio de la Dirección Nacional de Vigilancia de Precios. Apoyado por un aparato del Estado que mostraba entonces capacidad de fuerte intervención, se pusieron en marcha campañas contra el agio y la especulación que involucraron grandes multas para las grandes empresas y duros castigos para los comerciantes minoristas, que iban desde clausuras temporarias hasta cierres definitivos de comercios que violaban los precios máximos y alentaban el “mercado negro”.

Se aplicó una fuerte contracción monetaria y crediticia –especialmente para la industria– pero hubo que financiar los créditos al sector agrario, los quebrantos de las operaciones de exportación del IAPI y los subsidios a otras empresas. También surgió con fuerza el déficit de las empresas públicas –especialmente la Corporación de Transportes de Buenos Aires y los ferrocarriles–, lo que traslucía un problema de mayor envergadura hacia el futuro.

No obstante, el programa de 1952 pasó a la historia por ser el primer plan de estabilización de posguerra que alcanzó cierto éxito. La moderación de la lucha por la distribución del ingreso mediante el congelamiento de precios y salarios, y las políticas monetarias y crediticias contractivas, derrumbaron la inflación minorista del 37% en 1951 a sólo un 4% anual en 1953. Es cierto que en gran medida el freno a la inflación se produjo a costa del nivel de actividad de la economía urbana –la industria sufrió una recesión particularmente aguda en los sectores textiles, confección y calzado– y los salarios reales. Pero la crisis no se prolongó demasiado. De hecho, no se observó un incremento sustancial de la desocupación. Lo interesante es que además el programa evitó el uso de la devaluación monetaria como instrumento para corregir la crisis externa –algo que sería usual en los programas de estabilización que, apoyados por el FMI, se implementaron a partir de 1958. Tampoco se comprometió al país aumentando su deuda externa. Es cierto que entonces las posibilidades de tomar deuda eran muy limitadas y que la decisión de no adherir al FMI significaba que el país no podría recurrir al apoyo financiero del organismo.

Por cierto, el programa de 1952 dejaba entrever una percepción clara de los problemas estructurales que enfrentaba la economía argentina: el deterioro de los términos del intercambio, el estancamiento del agro pampeano y la dinámica de una inflación impulsada por la puja distributiva. A la hora de pensar en nuevos instrumentos, durante la vigencia del Plan de Emergencia, el equipo analizó un proyecto de ley de inversiones extranjeras que sería finalmente sancionado por el Congreso a mediados de 1953. El proyecto incluía cláusulas restrictivas al ingreso de capitales especulativos y al egreso que las inversiones generaban, de forma tal que implicaba una comprensión de los límites impuestos por las inversiones extranjeras. Entonces, afirmaba Gómez Morales que: “No hemos proyectado esta ley con la idea de que nos van a venir una lluvia de capitales extranjeros al país. (…) La ley ha sido promovida entre otros con el propósito de aliviar nuestro balance de pagos. (…) Si se radica una empresa que produce aquí lo que actualmente tenemos que importar y se lleva un diez por ciento de lo que produce, eso no puede ofrecer una situación de dificultades” (Ministerio de Asuntos Económicos, 1954: 46).

La resolución de la crisis externa no vendría de una llegada irrestricta de inversiones norteamericanas, como poco después apostarían Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio. Aunque la Ley 14.222 de Inversiones Extranjeras rectificaba la postura nacionalista inicial del peronismo –como ha sostenido la historiografía clásica–, no dejaba de imponer condiciones a las multinacionales que se proponían ingresar al mercado nacional. Esas prevenciones serían abandonadas luego de 1955 y tendrían resultados disímiles. Por un lado, alentarían la instalación de nuevas y complejas industrias; pero al mismo tiempo provocarían un fuerte proceso de transnacionalización del sector manufacturero. Esto es, el sector más dinámico de la economía argentina quedaría en manos de capitales extranjeros. Pero esa es otra historia.”


Un momento Guzmán

octubre 21, 2020

Empiezo por copiar íntegra la nota que publiqué hace unas horas en AgendAR. Está en lenguaje comprensible y no ofende, creo, las sensibilidades de los politizados de las distintas vertientes. Después agrego un comentario que, espero, ofenderá las de algunos. Y explico el cambio de título.

oooooooooooooooo

Las medidas de Martín Guzmán:

Esta semana el gobierno nacional empezó a poner en práctica una nueva estrategia para enfrentar el problema cambiario, una opuesta -al menos en la superficie- a la que se aplicaba hasta la semana pasada. Este cambio se vincula, acertadamente, con las propuestas del ministro de Economía, Martín Guzmán.

Por eso, copiamos aquí el comunicado que ese ministerio emitió este lunes. Y a continuación las comentamos:

ooooo

El Ministerio de Economía informa

En el día de la fecha el Ministerio de Economía anuncia que se han tomado una serie de decisiones coordinadas a efectos de reordenar distintos aspectos normativos que afectan la operatoria en el mercado de capitales.En las últimas semanas se ha observado un deterioro de las expectativas que no se condice con el proceso de normalización que se ha venido llevando adelante.

Aún muy afectada por la pandemia, la República Argentina muestra en el año 2020 un robusto superávit comercial que también se proyecta hacia 2021. La deuda pública en moneda extranjera tanto emitida bajo legislación externa como local fue completamente reestructurada. Argentina sólo pagará en 2021 USD 154 millones a sus acreedores con instrumentos de mercado. El mercado de deuda pública en pesos ha sido normalizado. Además, ha aportado recursos valiosos en los últimos meses de emergencia y jugará un papel muy importante en el proceso de convergencia hacia la consistencia macroeconómica.

Nos encontramos trabajando firmemente en la refinanciación de la deuda con los organismos multilaterales de crédito bajo los mismos criterios de sostenibilidad que oportunamente consideramos para la reestructuración de los títulos públicos. En el referido proceso, el diálogo con el FMI se encuentra en una etapa de interacción constructiva.

En este sentido, se ha observado que las regulaciones implementadas el 15 de septiembre han tendido a reducir la liquidez del mercado, ocasionando una volatilidad que resulta dañina para el proceso de formación de expectativas.

Como parte del reordenamiento del esquema regulatorio, la Comisión Nacional de Valores dispondrá:

  • Una reducción a 3 días en todos los períodos de permanencia vigentes de valores negociables.
  • Favorecer el proceso de intermediación para incrementar la liquidez de los instrumentos locales.

En simultáneo, el BCRA derogará el punto 5) de la Comunicación A7106, para fomentar la operatoria de emisiones locales en mercados regulados argentinos.

Complementariamente, el Ministerio de Economía realizará una subasta en el marco de la operatoria prevista en el artículo 7 de la Ley 27.561 de Ampliación Presupuestaria, por USD V.N. 750.000.000. Esta licitación se realizará los días 9 y 10 de noviembre, con liquidación el viernes 13 del mismo mes. Los títulos elegibles y los nuevos a ser emitidos serán anunciados por este Ministerio el día 2 de noviembre. Esta operación contribuirá a disminuir las necesidades de financiamiento neto en los períodos 2020/2021.

En síntesis, este conjunto de acciones permitirá dotar de mayor previsibilidad y volumen al mercado financiero, interactuando de manera virtuosa con la generación de un sendero económico consistente y sostenible.

ooooo

Muchos, en el mundo de la política y en los pasillos de ministerios y empresas, leyeron aquí una crítica a la gestión de Miguel Pesce en el Banco Central. La realidad es que, como decimos al comienzo, se trata de algo mucho más significativo: un cambio de estrategia.

No es nada nuevo señalar que la Argentina padece una «restricción externa»: la dificultad de su economía para obtener con sus exportaciones las divisas que necesita para pagar sus importaciones.

Esta dificultad se vuelve aguda por primera vez -con sus características actuales- en 1952. Y cada tanto atormenta a los gobiernos de turno. En esta vuelta se complicó a partir de marzo 2018, cuando empieza el retiro de los capitales especulativos que habían sido atraído por las altas tasas que ofrecía el Banco Central de Macri.

Es necesario recordar que fue justamente el gobierno de Macri el que tuvo que instalar un «cepo» a la salida de dólares, por indicación del FMI. El nuevo presidente, Fernández, había expresado una opinión contraria a ese instrumento, pero el goteo de las reservas del Central continuó, y aceptó la continuidad de restricciones al acceso a los dólares. La única divisa, hasta ahora, universalmente aceptada en el comercio internacional.

Simplificando los hechos de una gestión de algo más de 10 meses, en la que el impacto de la pandemia ha sido decisivo, podemos decir que las restricciones al acceso del dólar «oficial», el que se usa para pagar las importaciones y que recibe el exportador, hizo que aumentara el precio de los dólares «no oficiales». Que son las distintas formas de acceder al dólar por fuera de las normas del Central: el «blue» (volvieron los arbolitos a las calles de las ciudades argentinas), el «contado con liqui», el MEP…

(Esta nota en AgendAR explica como aún los modestos 200 dólares que el «cepo» permitía comprar a cada argentino a precio oficial se volvía un agujero en las reservas del Banco Central, del estado argentino. Tanto por los que lo atesoraban como por los que lo revendían al precio «blue» para ganarse unos pesos con la diferencia. El «contado con liqui» era otra manifestación del mismo fenómeno, por montos más significativos, por supuesto. Y como aún en la nórdica Islandia pasó algo parecido, en circunstancias similares a las argentinas).

El “contado con liqui” (CCL), mencionado específicamente en el comunicado de Economía, es una operación legal: se compra un título público en pesos y se vende en dólares en el exterior (la relación entre el precio en pesos y en dólares es la que da la cotización). Como los dólares de la venta quedan depositados en el exterior, se lo llama también “dólar fuga”, y el Banco Central trató en estos meses de ponerle obstáculos, aunque no salieran directamente de sus reservas.

Pero la «brecha», la diferencia entre el precio del dólar oficial y los otros siguió aumentando. En estos días, hasta cerca de un 180%. Así, todos quieren importar, para que el Central le dé esos dólares oficiales «baratos». Y a nadie le interesa exportar, o declarar sus exportaciones, si va a recibir pesos al precio del dólar «barato».

Ya no importa si $ 80 por dólar es un valor razonable o no en relación a los precios locales (hoy lo es). Porque hay argentinos, o extranjeros con pesos, que están dispuestos a pagar mucho más por dólares, o euros, o monedas más estables.

Frente a una situación como ésta, la reacción natural de la autoridad monetaria, de un gobierno, es aumentar las restricciones, para defender las divisas que el país necesita. Aparentemente, en los debates internos del gobierno de Alberto Fernández, ha sido Martín Guzmán quien quedó asociado con la percepción que sólo estaban sirviendo para aumentar el valor del dólar en relación a la moneda nacional. Poner una valla más alta, hacía que saltaran más los que huyen del peso.

Es posible también que otros en el gabinete se hayan dado cuenta que, si no se contaba con una policía secreta como Kim Jong-Un, ni un muro a lo Trump, un gobierno no puede impedir esta sed por los dólares. (Es posible que con esas herramientas tampoco).

El caso es que a partir de este lunes 19, bajo la indicación del ministro Guzmán, se han reducido los obstáculos para que aquellos que tienen (muchos) pesos puedan convertirlos en dólares. La razonable expectativa es que eso baje el precio del dólar «no oficial» y achique la brecha entre esos valores que hace imposible en la práctica un manejo razonable de la economía.

Hasta ahora no ha habido un cambio significativo en la dinámica, pero se trata de sólo dos días hábiles. Es posible que haya otras medidas en esta dirección.

¿Alguna otra alternativa? La próxima temporada de exportaciones tradicionales no empieza hasta febrero-marzo del 2021 ¿Un apoyo externo? Trump tiene otras preocupaciones más urgentes. Los otros grandes bolsillos son China y las cerealeras (con vasos comunicantes entre sí). Pero ninguno de esos dos actores se destaca por la filantropía… En todo caso, para utilizar libremente el swap chino se requiere autorización del FMI (cláusula, dice Graziano, introducida en 2019 a pedido de Beijing).

Desde AgendAR tenemos que evaluar que el éxito de las medidas del ministro Guzmán es la mejor posibilidad en lo inmediato de evitar una mega devaluación que provocaría un desastroso salto inflacionario, más doloroso para los más vulnerables, pero con pésimas consecuencias, como los anteriores, para la economía argentina.

Sólo queremos reiterar una vez más que el problema argentino no es el precio del dólar. Es, desde hace décadas, la destrucción del peso como instrumento de ahorro. Hasta que Argentina no vuelva a tener una moneda nacional confiable, todas las medidas serán equilibrios en la cornisa.

ooooooooooooooo

¿Por qué hablo de un (muy hipotético) “momento Guzmán? La renegociación de la deuda externa ya la hizo, y fue aplaudida por la gran mayoría de los actores, incluso los menos envenenados del Otro Lado. Estas últimas medidas todavía no tienen éxito (a 2 días hábiles y medio), y pueden ser seguidas, o no, por medidas más audaces en la misma dirección.

Y por el otro lado, no puede decirse que Alberto Fernández llegó envuelto en banderas rojas, con “bayonetas que portan en su punta las mañanas”, como decía Borges cuando era joven. Nada de eso. Y en toda la experiencia kirchnerista no hubo ningún intento de reemplazar al capitalismo por algún otro sistema. Néstor y Cristina se llevaron bien con muchas grandes empresas, incluidas transnacionales extractivas, y en todo caso pelearon a cara de perro medidas concretas. Néstor tocó en algún momento la campana en Wall Street, remember?

El dato clave es la relación de fuerzas (siempre lo es). El gobierno está en una situación aún más delicada que cuando Julián Domínguez tejió pacientemente acuerdos con las patronales rurales, después de la derrota de la Resolución 125. Y debe tratar con acreedores, inversionistas y especuladores que, al contrario de la producción sujeta a la tierra, pueden mover sus activos a cualquier parte del mundo con un clic en Internet. Con Guzmán ¿y algún otro? tiene que encontrar la forma de manejarse con el capitalismo globalizado, sin abandonar el frustrado sueño de un capitalismo nacional. Deseémonos suerte.


El témpano de la megadevaluación

octubre 5, 2020

Voy a copiar aquí, palabra por palabra, un posteo de mi blog del 14 de mayo pasado. Con la misma imagen. Tenía un título menos alarmista, eso sí, pero hoy el barco está más cerca del témpano y la “campana” suena más fuerte. Al final, agrego algo sobre la coyuntura inmediata. Que, a no olvidar, es donde vivimos todos.

ooooo

“En estos días estuvo sonando muy fuerte la campana de alarma tradicional en la Argentina: los precios de todos los “dólares no oficiales” se han disparado. El “blue”, el “contado con liqui”, el MEP… Las distintas formas encontradas por los argentinos que tienen muchos, o pocos, pesos que no necesitan ya para vivir, para cambiarlos por dólares y sacarlos del sistema productivo o del financiero local: guardarlos en “el colchón”, en cajas de seguridad, en cuentas en el exterior…

Esto también vale, por supuesto, para las empresas -nacionales o no- que operan en nuestro país, que manejan montos mucho más grandes que los individuos. Y que por eso le provocan un agujero más grande a la economía nacional.

La campana de alarma no ha empezado a sonar hoy, claro. Está sonando desde bastante antes de 1969, cuando la ley 18188 le sacó por primera ves 2 ceros al viejo peso moneda nacional (ahora vamos por 13 ceros borrados). Pero en esas décadas, hasta más o menos la del ’80, la inflación alta, es decir, la desvalorización de la moneda propia, era una característica común a todos los países “en vías de desarrollo” (así se decía entonces). Hoy es un fenómeno no exclusivo de nosotros, pero bastante poco común. Lo que acentúa el impulso de salir de nuestro peso.

El tema inflacionario en general, y la inflación argentina, han sido muy estudiados y debatidos. Hasta, por lo que valga, en este blog. Hay bibliotecas enteras de sesudos volúmenes, con distintas conclusiones, y los que manejan hoy las palancas estatales de la economía las conocen. No valdría la pena volver sobre el asunto en un posteo, sino fuera porque quiero transmitir la urgencia, y hacer un llamamiento.

Empiezo aclarando mi opinión sobre esta coyuntura. Reiterándola, porque ya la había planteado, hace 20 días en este blog (citándome a mí mismo en AgendAR):

“El factor central de esta «tormenta cambiaria» -más allá de las previsibles operaciones- es la huida del peso; la decisión de los que tienen fondos, grandes o pequeños, de cambiarlos por dólares, hasta arriesgando sanciones legales. Aunque, ya lo dijimos hace poco, no es un buen momento para la divisa norteamericana.

No se trata entonces -estimamos- de «presiones inflacionarias causadas por la emisión». No hay ninguna presión del consumo sobre los precios, salvo en pequeños sectores de insumos médicos y artículos de limpieza. Pero si las autoridades económicas no consiguen que los poseedores de pesos no corran a cambiarlos por dólares, habrá dos consecuencias negativas e inevitables: los exportadores no querrán vender al cambio oficial, y esta devaluación desordenada se trasladará, más temprano que tarde, a los precios.”

El gobierno está consciente de lo que está pasando, obvio, y toma medidas para controlar y dificultar el acceso al dólar, por fuera del sistema legal. Pero la continuidad y aceleración de esta “tormenta” me hacen pensar que lo que está ocurriendo es el reflejo de la destrucción del peso como reserva de valor. Una situación que ya lleva muchas décadas, como dije recién, pero que las circunstancias actuales: la pandemia, la renegociación en curso de la deuda externa, la hostilidad de importantes intereses vinculados al sistema financiero,… la agravan al paroxismo.

Tratar de manejar o aminorar estas circunstancias no alcanza, en mi opinión, porque algunas de ellas están fuera de las posibilidades del Estado. Si es así, resulta necesario y urgente enfrentar el problema de la ausencia en nuestro país de una reserva de valor fungible -es decir, que se pueda adquirir, transferir o gastar con facilidad- que no sea el dólar.

Vale la pena, me parece, hacer una pausa para explicar algunos términos a los no economistas. Simplificando mucho, el dinero sirve como medio de pago (lo más usual y evidente); como unidad de cuenta, para comparar el valor de cualquier bien; y como reserva de valor, es decir que no se gasta sino se retiene para gastos futuros o para invertir.

Es evidente que nadie, desde hace muchos años, ahorra en pesos, salvo como un sacrificio patriótico o cobrando intereses altísimos -lo que antes llamaban usurarios- para cubrirse de la inflación esperada (siempre muy alta, por larga experiencia). También se ha reducido su función como unidad de cuenta: los bienes con precios altos, como los inmuebles, entre nosotros se valoran en dólares.

El hecho es que ahora detener la escalada inflacionaria es absolutamente necesario, o entraremos en la fase en que la inflación se alimenta de sí misma de forma exponencial. Ya estamos cerca: para los que tienen pesos, ningún valor del dólar aparece demasiado alto. Una de cuyas consecuencias es que ningún empresario puede estar seguro del valor de reposición de lo que vende.

Esta no es una inflación de demanda, resulta evidente, porque salvo para algunos insumos médicos, la demanda no creció o ha caído. La brusca reducción de la oferta de muchos bienes es sí un factor significativo, pero a en mi opinión el factor dominante es la huida del peso.

Nuestro gobierno, como casi todos en el mundo, está tomando medidas “keynesianas” (las pongo entre comillas porque no estamos frente a la situación que inspiró a Keynes su producción intelectual más importante: no hay un “déficit de demanda”. En todo caso, es de demanda y de oferta. Por eso mismo, plantearse reducir la demanda -la receta de siempre de los economistas “ortodoxos”, a través de devaluaciones o ajuste del gasto público, es un planteo absurdo. Ya la pandemia, y la cuarentena, han reducido la demanda a límites insostenibles en el tiempo.

¿Qué sería entonces, en las condiciones actuales, un plan antiinflacionario eficaz? Una pregunta difícil, entre otras cosas, porque el último intento -el modelo de metas de inflación que se aplicó durante el gobierno anterior- terminó en un fracaso patético. Y aquel que funcionó durante diez años -la Convertibilidad implantada en 1991- lo logró a partir del aumento del desempleo desde 1996 y terminó en una catástrofe en 2001.

Pero ese es el desafío que, creo, deben plantearse los economistas argentinos. En especial, los del “campo nacional”, ajenos a la superstición monetarista, pero que por lo general han encontrado difícil enfrentar la inflación. Prefieren decir o sugerir que el problema es que nuestros empresarios aumentan los precios porque son codiciosos. Y evitan preguntarse si los empresarios que en otros países no los aumentan todos los meses son generosos.

Si me dirijo, en general, a todos los que se interesan en la política económica, es porque los que están ocupando los puestos de conducción en este momento, no tienen tiempo, ni probablemente la tranquilidad para imaginar nuevos expedientes. En la primera línea del Estado -especialmente hoy en el que tenemos- hay que resolver problemas y tomar decisiones cada día, cada hora. Como le gusta decir a mi mujer, están “atajando penales”.

Por mi parte, y sin demasiada seguridad, adelanto que las ideas que se me ocurren pasan por la creación de una nueva unidad monetaria para el ahorro, como tienen desde hace décadas Brasil y Chile. Cuyas economías tienen problemas graves, por cierto, pero no inflación altísima ni tasas de interés enloquecidas.

Esta unidad de reserva de valor no tiene que reemplazar al peso como moneda de cambio. En realidad, la única condición clave es que aquel que la recibe no sienta que se le está desvalorizando a cada momento. Ahora, la solución no es que gane intereses, porque cuando se fijan, se está fijando también un piso a la inflación. Sí se puede decidir que ese instrumento gane un interés pequeño, para estimular el ahorro. Pero se debe fijar un valor de referencia para ese instrumento, claro, conocido por todos y que no se desvalorice con la inflación. El incentivo principal para conservar esa “unidad de valor” no sería el rédito, sino la liquidez.

El problema clave, si la que sugiero es una respuesta válida, es hallar el valor de referencia adecuado.

El experimento de Cavallo en 1991 que mencioné se aferró al valor del dólar, y dejó muy malas memorias para los argentinos. Además, la moneda estadounidense no parece un ancla muy sólida en medio de esta pandemia. Y si se llegara a valorizar, sería peor. Ya nos pasó.

El patrón oro… al que se aferró Inglaterra en los ´20 del siglo pasado con malas consecuencias de desempleo y caída de sus exportaciones, fue deflacionario. Hoy probablemente volvería a serlo.

Tiendo a inclinarme -repito, con dudas- por una canasta de los productos de exportación argentinos. Suena lógico, aunque, reconozco, sería vulnerable a las oscilaciones de los mercados.

El caso es que tiene que ver con nuestra realidad. Nuestros “fundamentals”. Descartada la fantasía macrista de una “lluvia de inversiones”, que llegarían porque había un presidente “business friendly“, y la de las inversiones atraídas por la Vaca Muerta, el sector competitivo de la producción argentina, que produce divisas -y que sus capitales sólo pueden emigrar en una pequeña parte, porque la tierra no es trasladable- es el agropecuario.

Como se dan cuenta, esto es “pensando en voz alta”, el lema de mi blog desde hace algo más de 12 años.

ooooo

Creo que lo mejor para acercar este texto de hace cinco meses -con ideas que vienen de bastante atrás- a hoy es agregar aquí algunas de las frases que uno ha intercambiado en estos días en mensajes de whatsapp:

Una devaluación no resolvería nada (exagero: algunos problemas financieros coyunturales, al costo de empeorar otros). El gobierno pagaría un costo político importante… y en dos, tres meses, estaría de vuelta frente a la misma situación. Boqueando, esperando la cosecha”.

Ya existe un desdoblamiento del mercado de cambios de hecho. Y es parte fundamental del problema: tenemos el valor oficial del dólar que corresponde al nivel de exportaciones e importaciones, y actualmente $ 80 es un buen valor, competitivo. Y está el que corresponde a los que quieren salirse del peso, en una dolarización de hecho. Ese valor sube y sube sin límite, porque es un círculo vicioso: el dólar blue alto estimula sicológicamente la inflación, y se desvaloriza más el peso”.

“Entonces, lo que proponía hace cinco meses como un mecanismo para el ahorro, debe convertirse en una de las herramientas de un plan antiinflacionario en serio. No es el lugar para precisar qué significa “en serio”. Sí se puede decir que, si funciona, el gobierno paga un costo política alto, al principio. En tres meses llegan los aplausos, si funciona. Tenemos ejemplos en la historia de las últimas décadas”.

“No es cuestión de voluntad, sino de inteligencia, de conocer la economía real, de hacer acuerdos en serio con algunos de los actores claves… Es muy difícil, pero la realidad, estimo, lo impondrá pronto. Y, como dijo alguien que sabía: todo el arte está en la ejecución”.


Las medidas de octubre de Alberto y Guzmán

octubre 2, 2020

Hoy publicamos en AgendAR -como todos los medios locales y algunos del exterior- las medidas anunciadas ayer desde la Casa Rosada; en el estilo sin adjetivos que nos gusta. Eso sí, incluimos el video de la conferencia de prensa (en un importante avance, la TV Pública lo subió sin el requisito de los 3 minutos previos de piip, piip. Casa Rosada y MEcon todavía se aferran en sus canales de Youtube a esa tradición).

Al punto: no pude resistirme y agregué un comentario. Lo comparto en este politizado blog, y agrego una reflexión corta. El asunto da para mucho más, por supuesto. Pero creo que alcanzará para fastidiar a muchos de Nuestro Lado, y quizás, con suerte, a alguno del Otro. Va:

“(Estas medidas) son positivas para el sector industrial y de la construcción; pero con sabor a poco para los reclamos rurales y mineros, en los que el aspecto cambiario es decisivo. En cuanto a la negociación con las cerealeras, se verá en los resultados.

Pero queremos decir que nos parece fundamental que el gobierno haya tomado conciencia que el estímulo al consumo -aunque es necesario- no es suficiente por sí. Como tampoco lo fue el estímulo a la oferta en el gobierno anterior. Es necesario un plan económico. Lo de ayer fue, entendemos, el primer paso en esa dirección.”

Me queda claro que estas afirmaciones son dogmáticas y superficiales. Pero creo que cumplen con el objetivo de ser irritativas. Especialmente para tantos y tantos de Nuestro Lado, que se aferran a la ilusión que la actividad rural -la única que sigue casi igual en la pandemia y puede producir divisas- funciona como en la década del ´40 del siglo pasado -o como en la primera mitad del siglo XIX- y sueñan con el IAPI o la Junta de Granos.

Lo siento. Hoy la “renta agraria” -un concepto que Marx tomó de David Ricardo, además con bronca porque los campesinos franceses insistían en votar a Luis Napoleón- es un dato menor en una actividad en que la incorporación tecnológica es fundamental, y además globalizada: todos los insumos, maquinarias, fertilizantes, herbicidas, hasta las semillas! son importados. La agricultura familiar existe (todavía), pero es necesario que la subsidie el Estado por razones sociales y culturales.

Es el modelo que se afirmó en los ´90. Uno puede estar en contra de ese modelo – yo lo estoy. Pero no se puede cambiarlo sin entenderlo. Y sobre todo no se puede volver a herramientas que funcionaban -hasta ahí- 70 años atrás. El IAPI estaba subsidiando al trigo a principios de los ´50… (Y sí, el antiperonismo chacarero siempre fue más cultural y político que económico. Pero eso también es para un análisis más largo y profundo que el que puede hacer este bloguero).


Alimentando los chanchos chinos

julio 30, 2020

Sobre el tema de los criaderos de cerdos para exportar a China ya se discutió bastante, y se va seguir haciendo, cómo no. En AgendAR publicamos una nota, a favor, desde una mirada comprometida, naturalmente, con la producción. Pero eso no quiere decir que uno no es consciente de los costos indirectos, o, como se dice ahora, de las “externalidades”.

La tarea de la política es tomar decisiones sopesando beneficios y costos. Tratando de llegar al “bien común”, como se decía antes, pero sabiendo que siempre hay costos. En estas líneas, Aldo Duzdevich -al que ya otras veces le robé material para el blog que no tengo tiempo de desarrollar (además, él escribe mejor)- expone lo que debe ser el criterio decisivo: el trabajo de los argentinos.

“La tarea de gobierno consiste en administrar un permanente equilibrio entre demandas ilimitadas contra recursos limitados. Todos tenemos algún tipo de demanda propia o ajena por la cual reclamar al gobernante. Y muchos suponen que el gobierno tiene una bolsa de recursos casi ilimitada con la cual darnos respuesta. Voy a dar un solo ejemplo; este año el 62% del total del presupuesto nacional, unos 50 mil millones de dólares, se destinarán a pagar muy magras jubilaciones. Solo el 40% de los recursos son propios del sistema, el resto se obtiene por otros impuestos. Aclaro que el impuesto a los ricos que estamos por sancionar va a recaudar con suerte 3 mil millones de dólares.

Ahora sumemos al gasto normal del estado, los costos no previstos de la pandemia. El IFE, los ATP, los créditos a tasa cero, los gastos en salud. El IFE solo, cuesta 1500 millones de dólares mensuales.

¿Y de donde sale este dinero? Los recursos en pesos salen de los impuestos y otras contribuciones. Pero además el país necesita dólares, para pagar las importaciones. La mayoría de ellas insumos para la industria, maquinarias y por supuesto cientos de miles de productos terminados.

Entonces antes de empezar estas discusiones con los promotores del “No a los chanchos”, deberíamos exigirle que digan que otra idea genial tienen para obtener recursos genuinos para que el estado pueda atender sus ilimitadas demandas en pesos y dólares. 

Veganos contra omnívoros

El otro día mi nieta de cinco dijo: “Nosotros somos omnívoros”. Que gran revelación, yo creía que por esto tan gaucho de los asados, me correspondía ser carnívoro, nombre casi cercano a lo caníbal. Omnivoro me encantó; suena políticamente correcto. Pero bueno, digamos que el 95 % de los argentinos (mientras podemos) somos omnívoros. Aunque con Macri bajó el consumo de carne y subió el del mate cocido, pan y fideos, y no fue por onda vegana, justamente.

Entonces esta es la primera discusión a despejar. Si el planteo que se hace por change.org. es en contra de criar animales para el consumo de los omnívoros, se trata de un debate filosófico o ético muchísimo más amplio. No importa ya, si los chanchos son chinos o de los pueblos originarios.

Así que despejemos la cancha y centremos la discusión. Partimos de la base que, hasta hoy, la ley, y las costumbres argentinas y chinas permiten criar y faenar animales para consumo humano.

Del viejo chacarero al productor agropecuario

Muchos de nuestros abuelos de inmigración europea, trajeron su cultura al campo. Pusieron frutales, amplios parrales, gallineros, chiqueros para cerdos y hasta palomares. Carneaban, hacían factura casera, comían huevos frescos y ordeñaban una o dos vacas.  Pero, un día sus hijos quisieron estudiar o trabajar, y se fueron al pueblo y de a poco los viejos también fueron tras ellos. Tal vez, algún hijo decidió hacerse cargo del campo. Pero ese joven ya no es aquel viejo chacarero, ahora es un productor agropecuario, que analiza costos y beneficios y decide, por ejemplo, que sembrar soja y maíz es más rentable que criar vacas o cerdos. Luego llegaron los pools de siembra y los feedlot como un paso más hacia la gran empresa agraria. Y muchos directamente alquilaron sus campos y se mudaron a las grandes capitales para desde allí votar a su Larreta preferido.

La agro-industria

Los peronistas nos hemos pasado la vida explicando y proponiendo que en lugar de la vaca en pie había que exportar carne elaborada. Y que en lugar de trigo tenemos que vender al mundo fideos, galletitas y comidas congeladas. 

Somos un país donde nuestra principal ventaja comparativa es la extensión y fertilidad de nuestro suelo. Pero, ser meros exportadores de materias primas nos mantuvo siempre en desventaja frente a los países industriales, por eso que se llama “detrimento de los términos de intercambio”. Le vendíamos carne y cueros a los ingleses y ellos nos vendían calzados y maquinarias. 

Los problemas de China

China es hoy la primer potencia industrial en expansión mundial. Y el trato con ellos tampoco es demasiado diferente. Cambiamos soja por celulares y computadoras (entre otras cosas).

Los chinos no son amantes de las milanesas de soja. La soja la usan para alimentar cerdos y pollos. En 2018 China sufrió una epidemia de peste porcina que los obligó a sacrificar una enorme cantidad de vientres. Aclaremos que se trata de una enfermedad que afecta solo a los animales. Aquí durante años hemos tenido brotes de fiebre aftosa que no representa ningún peligro para el ser humano.

Uno no le desea el mal a nadie; pero esa crisis de producción porcina en China, aparece como una gran oportunidad para otros países. Obvio el primero en aprovecharla fue Trump, y en 2019, EEUU aumento en 684% sus exportaciones de carne porcina a China. Porque Trump será anti-chino pero no zonzo. Los zonzos son todos nuestros que compran cualquier discurso.

Cristina y el viagra de los gorditos

Durante su gobierno Cristina Fernández dio gran impulso a la producción agro-industrial porcina.

Su intervención más festejada fue el 28 de enero del 2010 en Casa Rosada al anunciar un subsidio a la producción porcina, allí dijo entre risas: “Acá me acaban de agregar un dato que yo desconocía…. y es que la ingesta de cerdo mejora la actividad sexual. No es un dato menor, además yo estimo que es mucho más gratificante comerse un cerdito a la parrilla que tomar viagra”.

El 27 de junio del 2012, en Juan Llerena, San Luis, Cristina inauguró el criadero de cerdos modelo Yanquetruz,  en el cual  ACA (Asociación de Cooperativas Argentinas) invirtió 18 millones de dólares. Allí dijo la presidenta: “Hoy todavía estamos teniendo que importar carne de cerdo. Este emprendimiento es un paso más para que no tengamos que depender externamente. Y tenemos que pensar no sólo en sustituir importaciones, sino también pensar en exportar.”

Cristina que siempre se interesó por los detalles ejemplificó que: una tonelada de alimento compuesto por soja y maíz cotiza alrededor de 1.000 pesos. Con tres toneladas de ese alimento se obtiene una de carne de cerdo, que tiene un valor de 8.000 pesos la tonelada. Además, procesado en frigorífico, al elaborar pulpa de jamón ese monto se eleva a 21.000 pesos y, asimismo, la tonelada de jamón crudo puede cotizarse en más de 40.000 pesos (en pesos 2012).

Tecnología de punta en San Luis

Yanquetruz es un criadero modelo de cerdos de 5000 madres. El sistema consiste en la disposición de una gran sala de maternidad donde se hace la cría y una vez transcurridos los 30 días de vida, el lechón se traslada a otra nave donde permanece hasta lograr el peso buscado. En esa sala, no existe contacto con el exterior: el aire es filtrado, atemperado y purificado; los alimentos son productos de calidad y el espacio responde a las estrictas normas de ‘bienestar animal’, lo que contribuye a lograr el mayor nivel de genética del animal.

El criadero posee un sistema cloacal subterráneo, que termina en cuatro bio-digestores que producen biogás. El mismo es utilizado como combustible en los motores que generan electricidad y calor produciendo energía eléctrica que autoabastecen el establecimiento y entregan el excedente al Sistema Integrado Nacional.  Además, los bio-fertilizantes que se desarrollan durante el proceso (aguas ricas en nitrógeno, fósforo y potasio) son distribuidos en los campos cercanos. El establecimiento ocupa 80 personas en forma directa y cuatro veces más en forma indirecta.

Incrementar en un 50% la producción

Aclaremos que existen varias plantas de este nivel en otras provincias, por lo tanto la tecnología es conocida y probada. No hay que experimentar nada. En 2017, Argentina presentó toda la documentación respectiva ante la Organización Mundial de Sanidad Animal para que el país pueda ser declarado oficialmente libre de Peste Porcina Clásica (PPC), que se viene trabajando hace muchos años.

Para aumentar la producción, hacen falta varios millones de dólares de inversión y un comprador del producto que hoy sería la República China. Actualmente hay 400 mil chanchas madres en producción. La propuesta china sería incorporar 15000 madres por etapa, (serían tres Yanquetruz). Hasta llegar a las 60 mil madres.

Es importante también destacar que el INTA creó un modelo tecnológico de confinamiento de cerdos de bajo costo para pequeños establecimientos. Su instalación cuesta una tercera parte respecto de uno mediana o altamente tecnificado y supera la productividad obtenida en los sistemas tradicionales a campo. Con el cual los pequeños y medianos productores también podrían participar del negocio.

Finalmente digamos que exportar cerdos a China será agregar una nueva fuente de ingreso de divisas y de generación de empleo para varios miles de argentinos.

Yo entiendo que, desde su refugio palermitano, la ex-militante PCR, Beatriz Sarlo, manifieste su desconfianza con todo lo que tenga olor a chancho. Pero Beatriz, considerá que no todos pueden vivir de las letras y las becas de investigación. Hay millones de argentinos y argentinas que necesitan apenas un trabajo digno, aunque sea darle de comer a los chanchos pro-chinos. “


Saliendo (a medias) de la cuarentena

julio 13, 2020

Otra vez reproduzco aquí algo que escribí hoy para AgendAR. El motivo -además de pereza- es que me parece que tiene un contenido especial para los politizados.

Hoy, lunes 13 de julio, a la mañana, está previsto que Horacio Rodríguez Larreta reciba a Axel Kicillof en la sede de Parque Patricios. Se repitió muchas veces que el jefe del gobierno porteño y el gobernador bonaerense se enfrentan a realidades distintas. En este caso, no. Los dos tienen el mismo problema en el Área Metropolitana Buenos Aires, que forma una sola aglomeración urbana, donde vive cerca del 40 % de la población argentina, en la que –todos los días en condiciones normales- varios millones de personas cruzaban el límite de sus jurisdicciones, la Avenida General Paz y el Riachuelo, en un sentido y en el otro.

El problema es que ayer se registraron 2.387 nuevos casos de coronavirus entre sus dos jurisdicciones. Más del 90% de ellos, más del 90% de todos los nuevos contagios que se detectan en Argentina, son del AMBA. Son cifras parecidas a las de los días anteriores, y la tendencia es a aumentar.

El panorama no es tan negativo como esto haría suponer. En la Ciudad Autónoma los casos de contagios se duplican cada 20 días; a principios de julio, era cada 18 días, y hace un mes, cada 11. En la provincia de Buenos Aires también se registra una mejora lenta: actualmente los casos se duplican cada 15 días; a principios de mes, era cada 13.

En resumen: la curva de contagios no se ha «disparado», pero sigue creciendo, y el virus causante circula entre la población del AMBA, más allá de cualquier posibilidad de aislar contagiados y sus contactos. Es posible que ya estemos en el «pico», pero nadie puede asegurarlo. A pesar de eso, en la ciudad, la provincia y la Nación, se está planeando seriamente en cómo flexibilizar la cuarentena a partir de este viernes 17. ¿Motivos?

Se puede decir, simplificando, que la sociedad lo ha decidido, y los gobiernos lo aceptan resignadamente. Pero es necesario precisar lo que estamos diciendo.

No nos referimos a las manifestaciones y protestas. Aunque para algunos hayan servido para expresar su hartazgo con la cuarentena, y en otros dar rienda suelta a sus delirios favoritos, el hecho es que se trató de hechos políticos. Sirvieron más para mostrar que hay opositores enardecidos contra el gobierno nacional que cualquier posición sobre las medidas de aislamiento.

Tampoco estamos diciendo que una mayoría «se cansó» de la cuarentena. No podemos saberlo. Y en realidad, si se hiciera un plebiscito en la población, es probable que ganaría una propuesta de una cuarentena más o menos restringida. Pero todo eso es irrelevante: cuando un porcentaje importante de la población, no menor al 30% -eso sí es medible en forma aproximada, por registros de tránsito, fotos aéreas, ubicación de celulares- en el conjunto de la Capital y el Gran Buenos Aires, ignora las disposiciones del aislamiento, estas son insostenibles.

Salvo que se acuda, como tuvo que hacerse en Chile y en otros países en algún momento, al toque de queda y al empleo de fuerzas militarizadas. Eso sería concebible sólo en el caso de un aluvión de fallecimientos. Si no, es políticamente imposible.

Hemos presentado el cuadro en forma dramática porque la situación lo es. Pero es necesario ponerlo en contexto.

Hoy hace 115 días que el gobierno nacional decretó el Aislamiento Obligatorio. Para un país que no es famoso en el mundo por el cumplimiento estricto de leyes y reglamentaciones, esa disposición se acató con un alto grado de disciplina y responsabilidad. Inclusive, la famosa y envenenada «grieta» no impidió que gobernantes opositores colaboraran con eficacia. ¿Tal vez esa fama, que hemos fomentado nosotros mismos, sea injusta?

Ahora, ninguna cuarentena es perfecta, ni siquiera en teoría. Los trabajadores de la salud, los que preparan y distribuyen alimentos, medicamentos, combustibles, quienes hacen el reparto a domicilio, los que trabajan en las tareas rurales y en el transporte de cargas, las fuerzas de seguridad,… tienen que salir y trabajar. Es irónico, pero esto sirvió para darnos cuenta que muchas de las tareas imprescindibles están entre las peor pagadas… Como sea, todos ellos son seres humanos, y posibles transmisores del contagio.

También, por supuesto, la cuarentena golpeó con dureza la economía de todos. El Estado hizo un esfuerzo muy importante y lo sigue haciendo para aliviar la situación, pero seamos realistas… Un ingreso familiar de emergencia de 10 mil pesos no soluciona mucho. Y el pequeño comerciante, el muy pequeño empresario, el trabajador independiente… Todos los argentinos hemos sido afectados (la mayoría de los habitantes del planeta, en realidad), pero conforme pasan los días y los gastos y las deudas se acumulan, la decisión de respetar la cuarentena, afloja en millones de argentinos.

Además, en todos los grupos humanos hay un porcentaje de imprudentes. Y de los que se tientan en serlo si ven que cada vez más otros lo son, y «no pasa nada». Se puede decir que todo estaba implícito en la naturaleza de este virus, como lo señalamos aquí ya hace meses: gran facilidad de contagio, muy bajo porcentaje de casos fatales, especialmente entre los mas jóvenes.

Es justo decir que la decisión original de la cuarentena y su escalonamiento en distintas fases en las provincias y municipios fue -con todos los errores humanos inevitables- prudente. Y exitosa. Es probable que, si vemos lo sucedido en otros países, haya ahorrado decenas de miles de vidas de argentinos (Seguramente, en algunos países se manejó mejor que aquí ¿alguien se está anotando para el Guinness?).

Pero eso es historia. Aparentemente, los gobiernos con responsabilidades en el AMBA han tomado la decisión de flexibilizar. Y en AgendAR nos sentimos impulsados a hacer dos advertencias. Una de ellas ciertamente los epidemiólogos ya la tienen evaluada, pero…

Hasta donde se sabe hoy -todavía hay tantas cosas que no se saben de esta pandemia- las probabilidades de contagio son mucho más altas en locales cerrados, haya o no contacto físico. Las reuniones numerosas, las clases en los colegios (los niños y jóvenes tienen baja probabilidad de enfermarse gravemente, pero son tan transmisores como cualquiera) y el transporte público son los focos de peligro más importantes.

La otra advertencia es menos obvia… hasta que nos detenemos a pensar. La flexibilización de la cuarentena no hará reanudad la actividad económica por sí misma a ningún nivel siquiera cercano al anterior al 20 de marzo (donde estábamos en recesión, recuerdan?). Gran parte de la sociedad -el que escribe esto y su familia entre ellos- seguirá tomando precauciones razonables: los shoppings, las grandes tiendas, los locales de espectáculos, los gimnasios, el turismo, la gastronomía… tendrán una afluencia de público mucho menor… La digitalización y el teletrabajo seguirán creciendo… ¿Cuántas grandes empresas invertirán en la construcción o el alquiler de oficinas, de cadenas de locales para el público? Profesionalmente, yo no se lo recomendaría en este año, al menos. Es inevitable que el Estado deba coordinar con empresarios, gremios, coocperativas, movimientos sociales, un papel muy activo para estimular la economía. Y resucitar a las pymes, que no volverán a abrir si no pueden redefinir su lugar en esta realidad que ya estamos viviendo.

Nuevamente: bienvenidos a la «nueva normalidad».


Mirando tras la pandemia

julio 12, 2020

Estos párrafos los escribí como introducción a un artículo de Sami Naïr que publicamos hoy en AgendAR. Pasa que el franco argelino piensa, naturalmente, desde Europa. Yo pienso desde aquí, y comparto en este politizado blog.

“Hay dos formas de encarar lo que está pasando en el mundo que se pueden descartar por ingenuas. Una, es creer que el coronavirus va a cambiar, mágicamente, las realidades del poder, económico o político, en el mundo. Dos ejemplos de lo que decimos: aunque casi todas las economías nacionales sufren una brutal recesión, no hay, hasta ahora, una «ola de defaults». Las deudas se renegocian, más o menos como antes de la pandemia. Nuestro ministro de economía se está enfrentando a ese dato.

Otro: Bolsonaro, por todo el desastroso manejo que ha hecho de la situación sanitaria en Brasil, y el rechazo que despierta en importantes sectores en su país y en el mundo, no ha sufrido una caída completa en su popularidad. Todavía tiene un porcentaje de apoyo -¿30%?- que evita el juicio político al que algunos les gustaría someterlo.

Por otro lado, también es irreal pensar que esta pandemia, cuyo antecedente más cercano es de 100 años atrás, en un mundo que no tenía la red de comunicación instantánea y estrecha que nos envuelve, pasará sin consecuencias, y volveremos a la «normalidad de antes».

Hasta ahí, lo que nos animamos a decir.” La bola de cristal está fallada.


Vicentin, Lavagna, YPF y otros temas confusos

junio 9, 2020
Alberto Fernández y Roberto Lavagna cerraron un acuerdo político ...

Como ya dije demasiadas veces, AgendAR me exige mucho tiempo y concentración, así que no voy a extenderme sobre la gran comercializadora de granos y su ruta al default, convocatoria y acusación judicial. Igual, sobre eso ya hay una nota en el portal (tomada casi por completo de LaNación, por Dios!).

Confieso que me llama la atención que en el discurso del gobierno y en el de la oposición no se hace hincapié en un dato fundamental: el acreedor individual de Vicentin más grande, por muy lejos, es el Estado argentino. Bueno, en el de la oposición es más fácil entender esta ausencia. Pero esto es un tema de comunicación, y uno tiene su juicio profesional, malo, sobre cómo la está manejando el gobierno.

Lo que me impulsa a escribir unas líneas es un par de tuits -muy replicados en los medios- de Roberto Lavagna. Uno puedo hacer, también, juicios negativos sobre Don Roberto como político. Pero no me caben dudas que es un economista inteligente y sensato. Y aquí no dice tonterías, eh:

Ayer se habló de #SOBERANÍAALIMENTARIA… Esperemos que se haya aprendido la lección: no bastan el Estado y los amigos del poder para que las cosas salgan bien.

Hace algunos años se habló de SOBERANÍA ENERGÉTICA y las cosas no salieron bien: baja inversión, necesidad de importar, caída de reservas, y finalmente estancamiento económico-social.

Está claro que se refiere a la adquisición del 51% de las acciones de YPF en el 2012. Y tengo que decir que el precio que se pagó en ese momento -más los riesgos judiciales posteriores- puede haber sido muy alto (es tan fácil sentirse seguro que uno mismo lo habría negociado mejor...). Y es indudable que el papel de los Eskenazi en esa empresa no fue más transparente que el de Nardelli y Padoán en Vicentin.

Pero… me parece evidente que el Estado argentino hoy está en mejor situación, en una actividad tan clave como la petrolera, que si el accionista mayoritario de YPF siguiera siendo la española Repsol. Aunque hoy los signos signos vitales de la Vaca Muerta sean tan débiles.


A %d blogueros les gusta esto: