García Márquez y un relato de Malvinas

abril 2, 2020

Uno no quiere pegarle a García Márquez. Colombiano, escritor talentoso,… Pero un famoso artículo que escribió un año después del final de la guerra en el Atlántico Sur es un ejemplo demasiado perfecto de como se construye un relato derrotista, después de una derrota real. Y de los mecanismos que llevan al periodismo, aún al talentoso, a construir esos relatos.

Juan Terranova, y la revista digital Paco, merecen un homenaje por su coraje al meterse con un mito literario y uno político, para reivindicar el coraje de soldados que no fueron mitos. Mi homenaje, por lo que valga, es copiarlo en mi blog.

“El miércoles 6 de abril de 1983, el diario El País de España publicaba el artículo de opinión “Las Malvinas, un año después”, firmado por Gabriel García Márquez. Existe una edición digital para su consulta. “Las Malvinas, un año después” comienza con una escena más parecida, por su forzado patetismo, a una remanida leyenda urbana que a las palabras de un escritor ocupado en comentar algo tan serio y dramático como una guerra. De entrada, entonces, García Márquez presenta el conflicto bélico del Atlántico Sur con una anécdota dudosa, que pretende ser trágica pero despierta dudas.

Escribe García Márquez: “Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba -según dijo- de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo, que se había valido de aquella patraña para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.”

¿A qué dudas me refiero? Cualquiera que haya tratado a un veterano de Malvinas sabe el rol que cumplieron las madres durante el conflicto y ya iniciada la posguerra. Es difícil creer en esa negativa telefónica. Hubo y existe todavía una solidaridad muy grande entre los veteranos y sus familias. ¿Una madre que le dice que no a un hijo que vuelve de la guerra? ¿Una madre que niega su asistencia, por asco o aprehensión, a un compañero de armas de su hijo que encima está lastimado? Resulta difícil de creer. Por otra parte, la copiosa bibliografía sobre la guerra de Malvinas, sus causas y consecuencias, nunca habla de un suicidio en el Regimiento 1 de Palermo, que entendemos es el Regimiento de infantería 1 Patricios. ¿Un soldado se suicida en un regimiento y no queda asentado en ningún documento, periodístico o historiográfico? De hecho, no hay información al respecto. Tan simple como eso. García Márquez pone una excusa: la dictadura domina la prensa y oculta estos hechos. Pero, entonces, ¿cómo los conoce él? El novelista colombiano asegura que esas historias “andan por el mundo entero en cartas privadas recibidas por los exiliados”. Y luego agrega: “Hace algún tiempo conocí en México una de esas cartas y no había tenido corazón para reproducir algunas de sus informaciones terroríficas”. Pero el “corazón” para hacer pública esa información, oportuno, aparece gracias al festejo del triunfo británico en la prensa inglesa y norteamericana. Luego, el escritor agrega que la guerra fue “absurda”, usando un adjetivo que ya nada dice sobre nada, y mucho menos sobre una guerra.

Antes de comenzar a examinar el catálogo de idiotismos, mentiras, verdades a medias y burradas que componen el centro de “Las Malvinas, un año después”, me detengo en ese adjetivo porque El País provee también en su plataforma digital otro artículo de García Márquez, esta vez de un año antes, del 14 de abril de 1982, donde Gabo pide por los desaparecidos, señalando que, con la guerra, “el general Galtieri no ha hecho más que poner las cosas en su puesto. Pero lo ha hecho con un acto legítimo cuya finalidad es torcida”. El camino que lleva de las cosas “en su lugar” y el “acto legítimo” al “absurdo” toma un año. También sirve, claro está, saber quién ganó la guerra.

Lo dicho: el núcleo del artículo expone un catálogo de infamias en el que se mezclan medias verdades y groseras mentiras. Repasar esa lista, punto por punto, no es una actividad ociosa y puede ayudar a entender, ni más ni menos, cómo procesamos y entendimos los argentinos la guerra. Sé que comentar cada una de estas afirmaciones puede percibirse como algo mecánico pero bien vale el esfuerzo.

Dice García Márquez: “Ahora se sabe que numerosos reclutas de 19 años, que fueron enviados contra su voluntad y sin entrenamiento a enfrentarse con los profesionales ingleses en las Malvinas, llevaban zapatos de tenis y muy escasa protección contra el frío, que en algunos momentos era de 30 grados bajo cero”.

Lo primero que habría que decir aquí es que si un recluta está bajo bandera poco importa su voluntad. Como sucede en todas las guerras, hubo muchos soldados que no querían ir. Pero también es un hecho que el nivel de deserción en relación a Malvinas fue mínimo o incluso nulo. Los soldados clase 63 que habían sido dados de baja y vueltos a llamar al servicio acudieron con orgullo y sin dudar a la movilización. Por no contar la gran cantidad de voluntarios que hubo dentro y fuera de las distintas armas. Cuando García Márquez dice que estos soldados no tenían entrenamiento se refiere a los de la clase 62, muchos de los cuales, es cierto, no habían terminado su formación militar básica. Pero en ningún caso se trataba de la totalidad de la tropa llevada a las islas. La cita también opone jóvenes conscriptos argentinos a militares profesionales ingleses instalando una idea que tiene sus matices. Muchos de los paracaidistas británicos que murieron en Longdon y Tumbledown, por poner dos ejemplos, eran tanto o más jóvenes que los conscriptos argentinos.

Sobre los “zapatos de tenis”, figura que se instaló de manera contundente en el imaginario popular argentino, hay que decir que ningún soldado peleó en zapatillas. Si los conscriptos argentinos las llevaron fue porque se trataba de una tropa de ocupación. Y las zapatillas eran muy útiles a la hora de secar los borceguíes, de los cuales algunos soldados incluso tenían dos pares. Los borceguíes argentinos resultaron de tal calidad, con suela cosida y caña alta, que existen pruebas de que muchos británicos se los sacaban a los prisioneros como botín de guerra. Con respecto al abrigo es posible que fuera deficitario, aunque no en todos los casos, y hay que señalar que jamás hizo en Malvinas 30 grados bajo cero ni durante la guerra ni antes ni después. La amplitud térmica en las islas va de 24°, como máximo en verano, y -5° en invierno, con una media de que oscila entre 3 °C en invierno y 8 °C en verano. Solo como referencia vale consignar que en la Antártida la temperatura promedio es de -20 °C  a 0 °C.

Sigue García Márquez: “A muchos tuvieron que arrancarles la piel gangrenada junto con los zapatos y 92 tuvieron que ser castrados por congelamiento de los testículos, después de que fueron obligados a permanecer sentados en las trincheras. Sólo en el sitio de Santa Lucía, 500 muchachos se quedaron ciegos por falta de anteojos protectores contra el deslumbramiento de la nieve”. Las muy citadas gangrenas o pie de trinchera de Malvinas fueron un hecho cierto y lamentable de la guerra. Los oficiales y suboficiales argentinos muchas veces no supieron cómo proteger a sus soldados del frío y la humedad. Y muchas veces no quisieron hacerlo, demostrado un gran de crueldad y falta de criterio castrense. Sin embargo, los británicos también sufrieron esos problemas que les causaron bajas y dificultades a la hora de marchar hacia Puerto Argentino. Con respecto a los “92 castramientos” no hay fuente que hable de ese número, ni encontré referencia alguna a esa patología. ¿Tenemos que suponer que García Márquez inventa? ¿O que esas cartas de los exiliados a las que tuvo acceso mienten?

En Malvinas se dieron muchísimos abusos lamentables dentro de las Fuerzas Armadas que hablan de una formación militar deficiente y una soberbia criminal. Muchos de ellos fueron denunciados por los centros de veteranos y organismos de Derechos Humanos. Las presentaciones que se hicieron fueron esmeradamente prolijas y siempre con responsabilidad y compromiso de parte de los denunciantes. Pero la pregunta por la fuente, por esos noventa y dos castrados, sigue en pie: ¿de dónde saca esa información y ese número García Márquez? Lo mismo ocurre con los “500 ciegos del sitio de Santa Lucía”. Aunque es verdad que los soldados argentinos fueron equipados con anteojeras contra el viento que rápidamente se estropearon, no existe registro de casos de cegueras masivas durante la guerra. Amén de que “el sitio de Santa Lucía” no refiere a ningún hecho que haya ocurrido durante la recuperación y los combates.

Enseguida, a los castrados, García Márquez les agrega los violados: “Con motivo de la visita del Papa a Argentina, los ingleses devolvieron 1.000 prisioneros. Cincuenta de ellos tuvieron que ser operados de las desgarraduras anales que les causaron las violaciones de los ingleses que los capturaron en la localidad de Darwin”. Las batallas de Darwin y Goose Green, así como el cautiverio de los combatientes argentinos de esas batallas, están ampliamente documentadas. Véase, para empezar, la exhaustiva entrada que Wikipedia le dedica. Tanto conscriptos como oficiales y suboficiales, así como oficiales de alto rango, dejaron su testimonio sobre ese momento de la guerra. Muchos de ellos siguen malvinizando hoy en día al contar su historia. Nadie jamás habló de esos hombres ultrajados.

Detengo el análisis punto por punto para anticipar una pregunta: ¿cómo podía llegar a sentirse un soldado que había vuelto de la guerra al leer estas mentiras? García Márquez nunca se hizo esa pregunta. Lo que sí hace es agregar sobre los prisioneros que su “peso promedio era de 40 o 50 kilos, muchos padecían de anemia, otros tenían brazos y piernas cuyo único remedio era la amputación y un grupo se quedó interno con trastornos psíquicos graves”.

Esto es rotundamente cierto. Si García Márquez se hubiera centrado en esta información no habría forma de desmentirlo o rebatirlo. El hambre durante la guerra de Malvinas fue y es un hecho central del conflicto. También, como en todas las guerras, las patologías que se señalan. Pero en vez de dar precisiones sobre la falta de alimento para la tropa, que no fue un hecho regular y uniforme, el colombiano prefiere especular sobre el uso de las drogas en combate de una manera tan ingenua como contradictoria. Drogas en las guerras hubo siempre, desde el hachís de los guerreros turcos hasta la investigación de Norman Ohler con el uso de la pervitina durante la Segunda Guerra en el ejército alemán. En Los pichiciegos, Enrique Fogwill imagina cómo la administraban los británicos en Malvinas. Hay un poco de mojigatería en esa denuncia de uso de fármacos, pero sobre todo mucha fantasía. No existen registros de que los soldados argentinos fueran inyectados ni se les proporcionará ningún tipo de estupefaciente.

El párrafo dedicado a las pésima logística argentina también tiene una base de verdad. Causa directa de los problemas de nutrición, culpa real del Ejército y del Estado Mayor Conjunto, los errores logísticos en Malvinas fueron muchos y determinantes para que la guerra se perdiera. El Ejército no planificó, se desentendió de ese asunto central y expuso a sus hombres al frío y al hambre. Pero eso no ocurrió con la Armada y la Fuerza Aérea. Y hubo también muchas excepciones dentro del mismo Ejército. Sin embargo, aquí García Márquez acierta y su conclusión fue luego apoyada por el Informe Rattenbach. Las diferentes armas no coordinaron sus esfuerzos ni colaboraron antes ni durante la guerra, sino que incluso a veces rivalizaron en cuestiones tan importantes como la cadena de abastecimiento que unía las islas al continente. Pero, en vez de ahondar en ese tema, central para entender la derrota, García Márquez vuelve rápidamente a fabular. Copio el párrafo que sigue:

“Frente a condiciones tan deplorables e inhumanas, el enemigo inglés disponía de toda clase de recursos modernos para la guerra en el círculo polar. Mientras las armas de los argentinos se estropeaban por el frío, los ingleses llevaban un fusil tan sofisticado que podía alcanzar un blanco móvil a 200 metros de distancia y disponía de una mira infrarroja de la más alta precisión. Tenían además trajes térmicos y algunos usaban chalecos antibalas que debieron de ocasionarles trastornos mentales a los pobres reclutas argentinos, pues los veían caer fulminados por el impacto de una ráfaga de metralleta y, poco después, los veían levantarse sanos y salvos y listos para proseguir el combate”.

Hablar de “círculo polar” es un error grosero similar al de decir que en Malvinas hacían 30 grados bajo cero. Con solo mirar un planisferio uno comprende que las islas no están ni cerca del Círculo Polar. Por su parte, la diferencia de armamento es un tema delicado. Existió. Pero no necesariamente en las unidades de infantería que combatieron en las islas. Los dos bandos armaban a sus soldados de a pie con el FAL de munición NATO 7,62. Algunos argentinos tenían la nueva versión con culata calada y rebatible, más fáciles de transportar que los fusiles de culata de madera, y por eso algunos británicos los robaban como botín de guerra. Sin embargo, la gran diferencia se dio en el combate aéreo con los muy modernos misiles Sidewinder con los que Estados Unidos proveyó a los británicos. La descripción de esos supuestos “chalecos antibalas” a prueba de ráfagas de ametralladoras es una estupidez que no merece el mínimo análisis. Que los ingleses tuvieran “trajes térmicos”, menos delirante, también es falso. Por otra parte, lo de “trastornos mentales”, escrito al pasar por el colombiano, sería uno de los problemas más específicos de la posguerra. ¿Se puede hablar de “trastornos mentales” en relación a una guerra con tanta ligereza? Esos problemas llegaron y, cuando no se hicieron presentes, su sospecha condicionó la vida de los soldados que volvieron, más allá de esas armas de ciencia- ficción.

Luego García Márquez dice citar a “un testigo de aquella carnicería despiadada” y escribe sobre la participación de los gurkas: “La velocidad con que decapitaban a nuestros pobres chicos con sus cimitarras de asesinos era de uno cada siete segundos. Por una rara costumbre, la cabeza cortada la sostenían por los pelos y le cortaban las orejas”. ¿Decapitaciones? No hay un solo testimonio de que haya habido decapitaciones durante la guerra, más allá de que los soldados nepaleses no usaban cimitarras, un arma blanca de Oriente Medio que nada tiene que ver con Nepal ni con Malvinas.

Lo que sí hubo, al parecer, fue un suboficial inglés que se dedicó a cortar orejas de soldados argentinos. La historia se cuenta en el libro Green-Eyed Boys: 3 Para and the Battle for Mount Longdon publicado en 1996 y escrito por Adrian Weale, ex oficial de inteligencia militar, hoy historiador, y Christian Jennings, ex miembro del Regimiento de Paracaidistas Territoriales, hoy periodista de tv. Según una reseña del libro en La Nación, el corporal Stewart McLaughlin peleó con valentía en Malvinas y cayó en combate pero “fue privado de honores póstumos por la grosera colección de orejas que había arrancado del enemigo. Weale y Jennings dicen que al menos uno de estos infames trofeos fue removido de un soldado argentino todavía vivo. El nombre de McLaughlin no figura en la lista de héroes”. Como puede verse, no se trata de decapitados. Ni tampoco de un soldado de Nepal. Las demás cosas que dice García Márquez sobre los gurkas tampoco tiene ningún respaldo historiográfico.

Después de tanta invención, García Márquez dice, en el final del artículo: “Confío, sin embargo, en que el recuerdo de los hechos inconcebibles de aquella guerra chapucera nos ayude a entendernos mejor”. La guerra, entonces, ya no es “absurda” sino “chapucera”. ¿Qué significa “chapucera”? El diccionario de Google ofrece dos definiciones: “1. Persona. Que trabaja o hace las cosas con poco cuidado, sin técnica o con un acabado deficiente. 2. Adjetivo. Que está mal hecho o está hecho con poco cuidado, sin técnica o con un acabado deficiente”. Es posible, no lo niego, caracterizar una guerra de esa manera. Pero solo cuando termina. Difícilmente una guerra que se gana es “chapucera”. Son los perdedores los que reciben ese adjetivo cuando la confusión, el humo y los bombardeos terminan. Con los artículos de opinión no hay que esperar tanto. En el momento o con el diario del lunes, el lector puede estimar hasta donde el autor sabe de lo que habla, si su escritura presenta un “acabado deficiente”, y mucho más si insiste con mentiras o trata de engañar.

Leyendo “Las Malvinas, un año después” se comprende que García Márquez tenía la suficiente información para escribir un artículo serio y de bases firmes. Pero eligió hacer otra cosa. Optó por dejarse llevar por una copiosa imaginación bélica, llena de exageraciones y datos falsos. La guerra de Malvinas no fue como la describe el bueno de Gabo. Y si tuvo un saldo obsceno, y lo tuvo, no es el que se lee en ese artículo. Algo principal: García Márquez olvida el desempeño de las otras fuerzas. Solo habla de los conscriptos que pelearon en las trincheras de las islas. Olvida la Fuerza Aérea, olvida a la Armada, a la Prefectura, a la Gendarmería. Olvida o desconoce a los marineros mercantes, a los pilotos del Escuadrón Fénix y otros civiles que participaron del conflicto. Su mirada resulta así tan sesgada como atolondrada y obtusa.

¿Qué mejor fuente que el enemigo para conocer la verdad? Ellos no pueden estar atravesados por una mirada de reivindicación argentina o ser acusados de promotores de la dictadura. En Internet es posible encontrar elogios del teniente coronel David Chaundler, que asumió de comandante del 2º Batallón de Paracaidista tras la muerte del teniente coronel Herbert Jones, al Regimiento de Infantería Mecanizado número 7 de La Plata que peleó en el Monte Longdon. Jeremy Moore, el mismo que fue del campo de batalla a firmar la rendición de Menéndez el 14 de junio, habló de la determinación de los soldados argentinos que pelearon muchas veces hasta agotar las municiones desde posiciones que no abandonaban y que tuvieron que ser voladas por el aire con misiles Milan antitanque. Moore señaló que los soldados argentinos tuvieron que ser “prácticamente arrancados de sus puestos, a los que se aferraban como un caracol a su caparazón”.

En su libro No picnic, ya desde el título, el general de división Julian Thompson dejó por escrito uno de los testimonios más elocuentes en este sentido. Comandante de la 3º Brigada de Comandos de Infantería de la Marina Británica, Thompson se desempeñó como la máxima autoridad en tierra durante el desembarco y la primera parte del conflicto. En ningún momento de la posguerra dejó de señalar el coraje con el que habían peleado los argentinos y que, en sus palabras, “hubo momentos en que podría haber pasado lo contrario de lo que pasó».

¿García Márquez no poseía esa información cuando escribió sus opiniones? Bien. Pero ¿por qué mentir? ¿Por qué redactar una especie de delirio bélico de la humillación? Hay una razón. Esta vez no se trata solamente de un narrador arrobado en el vértigo de la exageración literaria. El objetivo primero de García Márquez era desacreditar a la dictadura argentina. Es muy probable que haya leído alguna carta, y haya hablado con alguien, pero resulta seguro que la mayor parte de su artículo son piruetas para empujar ese ataque. Como hizo el alfonsismo que amplió y consolidó estos idiotismos, los que pelearon fueron el fusible de esa puja política. Ellos, su historia, su verdad, su memoria, no importaban. Se los podía difamar y tildar de inútiles, castrados, violados y cobardes sin ningún tipo de vergüenza o pudor. Ni García Márquez ni el alfonsinismo pensaron en aquellos que fueron a Malvinas. ¿Cómo podían repercutir esas palabras en el ánimo y en la vida de esos mismo colimbas que decían describir? Mucho menos les importó el valor y el coraje, sobradamente probado de conscriptos, oficiales y suboficiales del Ejército, de marinos y aviadores. El fin último de sus operaciones políticas era desestimar, denunciar y comprometer a la dictadura. La guerra no les importaba. Por eso mismo García Márquez no duda en inventar datos o hechos que solo pueden haber salido de su poderosa imaginación.

Ahora bien, esta operación política en base al fraude tuvo una consecuencia directa. Instaló una serie de equívocos que aún hoy persisten en la sociedad argentina. Son íconos contemporáneos de los que cuesta mucho volver, a los que cuesta mucho desacreditar y que alimentan la muy conocida autodenigración local.

Todos los lugares comunes, repetidos incansablemente por miles y miles de personas desinformadas ya están ahí, en esas Malvinas humillantes de García Márquez: las zapatillas, los gurkas, los ingleses como invencibles, la trinchera como sinécdoque de la guerra, el combatiente como pusilánime. Otras especulaciones de García Márquez, por desgracia, son ciertas. Pero del conjunto destila un profundo sentimiento de denigración al soldado argentino que luego se expandió.

Recién a partir de la presidencia de Néstor Kirchner y gracias al trabajo diario y constante de los centros de veteranos y ex combatientes, que durante una muy larga posguerra militaron la causa Malvinas, tomó forma institucional un reclamo de respeto y consideración que la sociedad en su conjunto, acicateada por artículos como el de García Márquez, tardó en madurar. Hoy los veteranos de Malvinas ya no son “los locos de la guerra” y tienen el reconocimiento que merecen y que supieron ganar.

Gabriel García Márquez había dado a conocer la mejor parte de su obra cuando El País publicó “Las Malvinas, un año después”. Para 1983, el buen Gabo ya era una novelista y periodista reconocido por obras como Cien años de soledadEl otoño del patriarcaCrónica de una muerte anunciada y Relato de un náufrago. En 1981 había sido uno de los invitados de honor a la asunción de François Mitterrand. En 1982, el mismo año de la guerra, le otorgaron, nada menos, que el premio Nobel.  Esto quiere decir que cuando escribió “Las Malvinas, un año después” todo el mundo, no solo los salones literarios, las universidades y el periodismo interesado, lo estaba leyendo. Su voz era poderosa. Por su parte los que pelearon la guerra habían sido acallados. A veces por sus mismos superiores, a veces por la sociedad que les dio la espalda, a veces porque sus voces, desanimadas, no podían competir con la verborragia política y un periodismo por lo general confuso y confundido. Los protagonistas de Malvinas tuvieron que esperar mucho tiempo para empezar a contar sus verdades, que es la verdad de Malvinas. Hasta donde sé, Gabriel García Márquez nunca pidió disculpas por ese artículo. No por sus opiniones pero sí por sus mentiras. A la luz de las investigaciones que precedieron “Las Malvinas, un año después” habría sido lo correcto.”


Brasil, Bolsonaro y los EE.UU.: historia de un amor

marzo 23, 2020

Otra vez reproduciendo una nota de AgendAR (¿será que en los días del coronavirus, los matices de la política y las internas se diluyen?). Y la nota es la reproducción, con un breve comentario, de un artículo de Jorge Castro. Pero, como digo ahí, el punto no es lo que cree Castro. Sino lo que creen algunas élites de Brasil. Y de Argentina.

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«Brasil se incorpora al complejo industrial- militar de Estados Unidos»

Jorge Castro es, ya lo hemos dicho otras veces en AgenDAR, un analista informado de la política y la economía global. Pero… también dijimos que sus entusiasmos le hacían, en nuestra opinión, lanzar pronósticos demasiado arriesgados. Es un admirador sin límites de la potencia industrial y tecnológica de los EE.UU., y también de la de China. Y está convencido que ambos gigantes nos llevarán, de común acuerdo (aquí Tucídides sacude la cabeza), hacia un futuro luminoso. Puede ser, pero no tendríamos que dejarnos deslumbrar por la luz.

Aquí anuncia y aplaude un desarrollo que vislumbra en la relación entre Brasil y EE.UU. Este optimismo nos hace recordar a los veteranos el que el mismo Castro sintió ante la política de «relaciones carnales» de Menem-Di Tella-Escudé. Pero eso no es necesariamente relevante; han pasado 30 años y el mundo y EE.UU. cambiaron. Lo q es importante tener en cuenta para los argentinos, vecinos históricos y socios comerciales de Brasil, es que este proyecto puede o no ser tomado en serio en Estados Unidos. Pero hay sectores brasileños, muy influyentes, que se ilusionan.

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«EE.UU. y Brasil firmaron en Miami, Florida, (06/03/2020) el “Acuerdo de Investigación, Desarrollo, Pruebas y Evaluación”(RDT&E) en materia de Defensa, que es la primera consecuencia en la relación entre los dos países tras la designación de Brasil por EE.UU. como “Aliado estratégico extra OTAN”, realizada por la superpotencia norteamericana en marzo de 2019.

El objetivo del pacto es incorporar a la industria de Defensa brasileña – Embraer en primer lugar – al inmenso complejo militar-industrial norteamericano, que es el primero del mundo tanto en potencia financiera e inversora como en capacidad tecnológica (en los últimos 4 años, EE.UUha invertido en sus fuerzas armadas – Ejército, Marina, Fuerza Aérea, Cuerpo de Infantería de Marina y Guardia Costera – U$S 2.5 billones, una cifra superior al gasto de Defensa del resto de los países del sistema global sumados).

La incorporación brasileña a este inmenso complejo productivo, tecnológico y militar tiene su particularidad más relevante en el proceso inversor del sistema, lo que tiene un significado inmediato para Embraer después de que la empresa madre fuera adquirida en U$S4.200 millones por Boeing Corp.

Este año, EE.UU., por decisión del presidente Donald Trump, ha creado la sexta fuerza armada, que es el “Comando Espacial”, previsto para enfrentar la guerra en el espacio.

El gasto de Defensa fijado en el presupuesto 2019/2020 de estadounidense asciende a U$S 741.000 millones, y es de lejos el primero del mundo (el de la República Popular, que es el segundo, alcanza a U$S 280.000 millones).

“El objetivo del RDT&E es que Brasil y EE.UU. realicen en conjunto proyectos de Defensa de alta tecnología”, señaló el Almirante Craig Faller de la Armada norteamericana, actual jefe del Comando Sur, cuyo segundo comandante es el general brasileño en actividad Alcides Faria, ex Jefe de la 5ta Brigada de Caballería Blindada. Brasil se ha convertido en cogarante de la seguridad hemisférica junto con EE.UU.

El RDT&E abre a la industria de Defensa brasileña acceso inmediato al “Fondo del Departamento de Defensa de EE.UU.” de U$S 100.000 millones , destinado al desarrollo de proyectos high tech. La incorporación al RDT&E implica que Brasil ha modificado su status internacional y ha salido del marco regional de América del Sur, tras el acuerdo político/estratégico/militar firmado por Donald Trump y Jair Bolsonaro en Washington.

De esta manera, Brasil retoma la política exterior lanzada por el Barón de Rio Branco (1902/1912), cuando fue el primer estadista sudamericano que advirtió el significado mundial de EE.UU .tras imponerse a España en la guerra de Cuba y Filipinas (1898/1899), y forzar la paz como mediador entre Rusia y Japón en la guerra de Manchuria (1904/1905) en la presidencia de Theodore Roosevelt (1901/1909).

A partir de ese momento, Brasil se convirtió en el principal aliado estratégico de EE.UU. en América del Sur, lo que se reveló como un factor decisivo en la contienda geopolítica con la Argentina, posición que mantuvo hasta la década del ´50 en el siglo XX; y que culminó con la participación de la “Fuerza Expedicionaria Brasileña”(FED) en la Campaña de Italia (1944/1945) contra el Tercer Reich, liderada por los generales Joao Mascarenhas y Zenobio Da Costa, encuadrada en el 5to ejército norteamericano conducido por el general Mark Clark.

Entre otros, la FED luchó en las batallas de Montecastelo, Castelnuovo y Montese, así como en Montecassino contra los paracaidistas del general Kurt Student, consideradas las mejores fuerzas de infantería de la Segunda Guerra Mundial.

Brasil se propone ahora establecer un acuerdo de libre comercio con EE.UU., sólo condicionado a la realización previa de 4 reformas fundamentales: la reforma del sistema de seguridad social, ya sancionada; la reforma impositiva destinada a recortar el “Costo Brasil” que le impone a la producción brasileña un sobreprecio de 40%; la privatización de más de 140 empresas estatales, salvo Petrobras; y la última y decisiva, la apertura de la economía brasileña, la más cerrada del mundo después de Sudán .

El dato central de la inserción de Brasil en la economía global en los últimos 25 años es la nula o negativa productividad de su industria, y por lo tanto, su incapacidad absoluta de competir en el mercado internacional, salvo en el Mercosur, esto es, la Argentina, protegida por el “arancel cero” que caracteriza al acuerdo regional como “zona de libre comercio”, lo que ha sido episódicamente a partir del Tratado de Asunción de 1991/1994.

El RDT&E es un punto de inflexión en la historia de Brasil y de las relaciones de América Latina con EE.UU; y coloca por segunda vez a la nación brasileña – la primera fue cuando Getulio Vargas, antes de enviar a la FED a combatir en Italia, le otorgó a EE.UU. cuatro bases militares en Natal, Pernambuco, Belem y Fernando de Noronha – ante la posibilidad de cumplir su vocación más profunda, y hasta ahora siempre frustrada, de lograr el status de una potencia mundial en las condiciones del siglo XXI.

Barón de Rio Branco/Getulio Vargas/Jair Bolsonaro: Brasil retoma su continuidad histórica.»

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Argentina fue designada “Aliado estratégico extra OTAN” 22 años atrás, en octubre de 1997, siendo los presidentes Clinton y Menem. Y esa condición no ha sido retirada, aunque hoy no se la tome mucho en cuenta. Y es casi seguramente debido a eso que somos parte del G20.

La moraleja que apuntamos con esta mención no es que las buenas relaciones con EE.UU. no deban ser un objetivo de nuestra política exterior, por Dios! Es mas simple, recordarnos que por sí misma no garantizan nada. El desarrollo es una tarea que nadie hará por nosotros.


Post brevísimo y superficial. Tema: nuestro huésped, Evo (su derrocamiento)

diciembre 14, 2019

Recién leí en el “muro” de mi amigo Julio Fernández Baraibar parte de una ya larga discusión sobre si a Evo Morales lo voltea EE.UU. (alias “el Imperio”), o la “rosca” (la oligarquía boliviana), o… No pude resistirme y metí mi cuchara. Y ya advertí aquí que iba a engañar mi adicción a pontificar con posteos cortos y superficiales. Copio:

En mi (falsamente) humilde opinión, el desplazamiento de Evo se debe a 2 fuerzas. Ambas necesarias, pero NO suficientes. La hostilidad de EEUU es explícita. Y sin ella, la rosca no se animaría a derrocarlo. Pero la hostilidad gringa y la de la rosca no alcanzaría (no alcanzó durante 13 años), si no hubiera existido antes un desgaste del liderazgo de Evo en parte de sus seguidores, y en el apoyo de las FFAA y de seguridad.


Bolsonaro ¿solo o acompañado?

noviembre 5, 2018

De Bolsonaro ya se escribió mucho entre nosotros. Hasta algo en este pausado blog. Pero creo que todavía quedan algunas preguntas importantes para que nos hagamos.

Una de esas preguntas es la que planteé en el posteo anterior. Si el gobierno del Bolso iba a estar enmarcado por el pensamiento de Milton Friedman -el Estado no debe tener un papel activo en la economía, simplificando- o el de Golbery do Couto e Silva -un nacionalismo jerárquico y autoritario, sin simplificar. Muchos creen, basados en algún gesto pinochetista, algún ministro, que ya está respondida. Y es posible que sea así, desde el Bolso. Pero su gobierno comienza el 1° de enero, y las clases dirigentes brasileñas y las Fuerzas Armadas -ambas menos deterioradas que las nuestras- algo tendrán que decir.

Hay otra pregunta más importante todavía, por lo menos para nosotros: ¿Jair Bolsonaro es un fenómeno brasileño, o es parte de una “ola” en la región, la América del Sur? La respuesta inmediata es: las dos cosas. Pero vale la pena desarrollarla.

El general Perón, presidente por 3 veces de Argentina, decía que “La verdadera Política es la Política Internacional”. “Tip” O´Neill, presidente por muchos años de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, decía que “Toda la política es local”. Ambos tenían razón. No se pueden entender, y menos llevar adelante con éxito, los proyectos políticos, sus posibilidades y sus límites, si no se tiene en cuenta el marco global en que se desarrollan, las realidades económicas, de poder militar, hasta culturales donde están insertos. ¿Culturales? Y sí, lo que los alemanes llaman zeitgeist, el “espíritu del tiempo”.

También, es cierto que la política la hacen, o la sufren, hombres y mujeres reales, que viven en un lugar dado de un país distinto de los demás. Tienen su historia, sus prejuicios, sus temores, sus sueños. Su identidad. Encasillarlos según la ideología, sirve para simplificar los discursos. Pero te hace chocar con la realidad.

Trato de contestar la pregunta, y empiezo con una distinción. No pretendo hablar aquí del triunfo de Bolsonaro en el marco de los liderazgos recientes que reivindican el nacionalismo y enfrentan, al menos de palabra, la globalización y su discurso de democracia, respeto a las minorías y derechos humanos que en Occidente y adyacencias ha sido indiscutido por medio siglo. Como discurso, claro; en la práctica convivió con la destrucción de países, bombardeos de civiles y genocidios varios.

Entonces, no mencionaré los paralelismos y diferencias de Bolsonaro con el estadounidense Trump, el italiano Salvini, el húngaro Orban, el filipino Duterte. Es un tema válido y a lo mejor me decido a encararlo en otro momento. Pero creo que la pregunta que planteé de entrada es distinta y bastante clara: si hay una “ola” que incluye a figuras tan diferentes como Bolsonaro, Mauricio Macri, Sebastián Piñera, Mario Abdo Benítez… Hasta Lenin Moreno.

Me parece que la respuesta inevitable, con reservas, es . Es cierto que a ninguno de ellos se le puede encajar, como al Bolso, el mote de “populista de derecha” con que lo encasillan al brasileño los que lo miran con desconfianza. (“Neofascista”, los que lo miran con odio). Los países, coaliciones que los apoyan, políticas y estilos de todos ellos son diferentes. Pero… también lo mismo podía decirse de los cuatro líderes de la icónica foto que puse segunda desde arriba: Kirchner, Evo, Lula, Chávez.

Créanme, como cualquiera que haya tenido experiencia en la política como se practica en la realidad, soy escéptico de las teorías sobre determinismos históricos. Los seres humanos, y esas agrupaciones de seres humanos que asumen una identidad perdurable por algunos siglos que llamamos pueblos, son variables y se mueven por motivos diversos. Pero los hechos son los hechos. Más o menos en el comienzo de este siglo (coincidentes pero no causados por el boom de las materias primas), surgieron en la América del Sur y tuvieron mucho apoyo popular gobiernos moderadamente distributivos. Esos cuatro, más Correa en Ecuador, Lugo en Paraguay, puede mencionarse el Frente Amplio en Uruguay, hasta la Concertación chilena se podría incluir en esta lista.

Mantuvieron muy buenas relaciones entre sí, hasta construyeron algunas instituciones (débiles) en común: la UNASUR, el Consejo de Defensa Suramericano… Sobre todo, elaboraron un discurso, un mensaje político común, que se podría llamar “un antiimperialismo moderado” (más enérgico el de Chávez, pero, bueno, era caribeño). Es significativo -para indicar la existencia de esta primera “ola”-que fueron acompañados en el plano de la diplomacia, por líderes que no eran “de su palo”: el chileno Piñera, el colombiano Santos…

Podría extenderme mucho más, pero los lectores de este blog, gente que se interesa en la política (si no, no se interesarían en el blog) no lo necesitan. Tampoco me parece necesario remarcar el clima político y social distinto, opuesto que hoy se vive en la región. En particular, en los dos países más grandes, Argentina y Brasil, pero que en algún grado se manifiesta en los demás. Pensemos en la victoria del uribismo en Colombia.

Hay dos excepciones (la moderación de Uruguay se las arregla para pasar desapercibida): Bolivia, donde el manejo prudente y astuto de la economía y la política mantienen a Morales todavía fuerte, aunque aparezca el desafío de Carlos Mesa. Y Venezuela: ahí el gobierno y la oposición se han radicalizado, y la única barrera a una guerra civil o una represión masiva y feroz es la unidad de las fuerzas armadas. En mi modesta opinión, las excepciones no alcanzan para desmentir la existencia y la fuerza de esta otra “ola”.

También a mi modo de ver, lo más importante de estas dos “olas” es la diferencia entre ellas. En la primera el elemento en común para quienes las apoyaban, y las apoyan, era más… positivo: un énfasis en las políticas sociales y en la incorporación de los sectores postergados -o invisibilizados, como en Venezuela- al consumo. No se cuestionaba el capitalismo -salvo en algún discurso de militantes de segunda y tercera línea- pero sí se planteaba la intervención del Estado. Un eco -lejano- del peronismo fundacional y, aún más remoto, del varguismo.

(Para no confundir, encuentro necesario reiterar que este común elemento no disminuyó las diferencias entre estos procesos políticos y en las estrategias de sus líderes. Pensemos en Lula y Chávez, para mencionar dos).

En cambio, lo que percibo en los apoyos que despiertan estas nuevas experiencias, tan distintas entre sí como el aluvión “bolsonarista” y la coalición Cambiemos, es un elemento negativo en común: el rechazo furioso hacia esas experiencias anteriores. Se puede decir que los votos que recibieron tenían mucho más de bronca con lo anterior que de identificación con lo nuevo. Eso puede verse hasta en Colombia, hacia Juan Manuel Santos, nada populista él.

Por supuesto, no es el único factor que tiende a integrar ¿encauzar? esta nueva ola. Están las tendencias, cuestionadas pero aún hegemónicas en nuestra región y en Europa, hacia la globalización, y la atracción por ella a la que se aferra una parte muy numerosa de nuestros compatriotas que quieren vivir como en ese “Primer Mundo” que conocen o se imaginan.

Y también juega esa la política internacional, la “verdadera política” a que se refería Perón. Por eso elegí la primera imagen de arriba, la que reúne las fotos de Bolsonaro y Steve Bannon, el ex asesor de Donald Trump que sigue cerca de él y que apoyó decididamente la campaña del Bolso. Atención: no señalo en especial un papel del Donald, aunque vio con buenos ojos el triunfo del brasileño y ha sido decisivo para el apoyo del FMI al gobierno de Macri.

Hay oficinas y, en general, políticas del gobierno estadounidense que han sido constantes desde hace largas décadas, con Republicanos y con Demócratas, en el apoyo a los sectores que pueden llamarse, sin precisión, como la “derecha” latinoamericana. Incluso a sectores que, si no fueran por ese apoyo, serían marginales, resabios de la Guerra Fría, muy influidos por la vieja diáspora cubana y, ahora, por la venezolana.

Este factor está muy presente, entonces, y ante un fracaso de esta “restauración globalizadora” -como el de las experiencias de signo similar de los ´90, las de Carlos Menem, Carlos Andrés Pérez,…- se hace inevitable que cualquier proyecto político más o menos “nacional y popular” que se plantee su reemplazo deba tener una política, y una interlocución, con el gobierno estadounidense.

Pero no es el factor decisivo. La hostilidad de Estados Unidos -inevitable, si pensamos en las políticas tradicionales de las Grandes Potencias hacia lo que consideran sus esferas de influencia- al igual que la de los medios masivos de comunicación, fue bastante continua en los 15 años, más o menos -un lapso largo, para la política latinoamericana- que duraron las experiencias que ahora agrupan como “populistas”. La clave fue, es, el rechazo de importantes, en algún momento mayoritarios, sectores de la población hacia esos gobiernos y sus líderes.

La militancia “nacional y popular” puede decirse a sí misma que esos votantes son demasiado egoístas y estúpidos para comprender lo bueno que eran esos gobiernos. La dirigencia tiene otra responsabilidad ¿Autocrítica? No me parece el concepto adecuado. No sólo porque siempre se termina “autocriticando” a algún otro. El punto es que las circunstancias siempre están cambiando. Es necesario elaborar nuevas estrategias, que tomen en cuenta las derrotas pasadas, para enfrentar desafíos distintos.


La cuestión Bolsonaro – 1: los dos caminos

octubre 27, 2018

La cuestión de Jair Bolsonaro, el capitán que puede ser el Presidente de Brasil dentro de dos días, es lo bastante importante para motivarme a subir, o empezar a subir, el 2° posteo en el mes sobre el tema, en este casi abandonado blog.

Pasa que en estos días muchos talentosos compatriotas han escrito del tipo. Y por mi parte, aunque me gusta mucho Brasil y lo he visitado un montón de veces, no me siento en condiciones de pontificar sobre su realidad política.

Si me pongo a escribir, es porque hay justamente una cuestión, una pregunta que entiendo decisiva y que no encontré planteada con claridad -en lo que alcancé a leer, una proporción pequeña. Es ¿Cuál de los dos pensamientos que hoy están incorporados, mezclados, en su discurso y en sus apoyos internos, es el que va a guiar sus pasos, si llega a la Presidencia? ¿El de Paulo Guedes, el economista que el señala, con énfasis, que va a ser su Ministro de Economía y que “sabe lo que hay que hacer”? ¿O el de Golbery do Couto e Silva, el general y geopolítico que expresó mejor el proyecto y la ambición de la dictadura militar que gobernó Brasil de 1964 a 1984?

Atención: esos dos pensamientos -el globalismo de la movilidad sin barreras de los capitales y los productos, y el Estado autoritario, industrialista y jerárquico- son antagónicos en el plano filosófico. En la política concreta, pueden convivir. Después de todo, Milton Friedman fue asesor privilegiado de Augusto Pinochet.

Pero… estamos hablando de la política concreta del Brasil, un país que, con sus emperadores, con Vargas, con los generales o con Lula, mantuvo la vocación de ser un actor en el escenario global, y no un rincón del escenario donde se aplican las teorías de otros. En el plano de las realidades, Brasil tiene una industria muy importante, que en buena parte fue desarrollada por esa larga dictadura militar.

Es probable, casi seguro, que Bolsonaro, si llega, se manejará como un buen político y un buen brasileño: tratará de mantener equilibrados sus apoyos y confuso su discurso, como su admirado Trump. Pero sigo sosteniendo que esa que planteo es la pregunta decisiva.

Porque, en mi humilde opinión, la apertura comercial, las privatizaciones y la desregulación pueden funcionar -es decir, sostenerse- en un país “emergente” que renuncia a la industrialización. El Chile y el Perú de hoy, por ejemplo. En nuestra Argentina, los intentos de hacer funcionar ese modelo, a partir de 1976, hasta ahora, terminaron en crisis autodestructivas. Y las perspectivas del experimento Macri son, por lo menos, dudosas.

En Brasil, a partir de las transformaciones de Fernando Henrique Cardoso, se han hecho varios intentos por combinar el modelo del capitalismo financiero globalista con los intereses y las realidades nacionales. En la tradición de compromiso de la política brasileña, hoy descartada, el primero en intentarlo fue Lula mismo, y luego Dilma ¿Recuerdan quién fue su vice presidente, y quiénes sus ministros de Economía? No funcionaron.

Después del golpe parlamentario que destituyó a Dilma, el gobierno “pro business” de Temer llevó adelante las recetas sin mezcla, incluidas las reformas laborales y previsionales que el consenso globalista exige. Tampoco tuvo éxito, ni siquiera en sus propios términos.

En realidad, la frustración y la furia con el fracaso son unas de las fuentes del fenómeno Bolsonaro. Guedes, si lo leen -y es interesante leerlo- quiere hacerlo funcionar, pero sus ideas son las que aquí propone Espert, o Melconian cuando Macri no lo recibe. Fundamentalismo del mercado.

No estoy diciendo que el “proyecto Golbery”, para llamarlo así, pueda funcionar, ni siquiera que sea posible. No estamos en los tiempos de la Guerra Fría, cuando el Dr. Kissinger veía a nuestro vecino del norte como el país clave para mantener ordenada la América del Sur. Ese realismo del equilibrio está tan muerto como el Irán del Shah, otro “país clave” del Dr. K.

Los EE.UU. de Trump, que no toman en cuenta los intereses de aliados tan cercanos y antiguos como el Canadá, no alentarán un desarrollo ni siquiera semi independiente del Brasil. Y el sistema financiero global… ya sus voceros más tradicionales, The Economist, Financial Times han hecho oír sus advertencias sobre el peligroso Bolsonaro.

De todos modos, el futuro siempre es impredecible. Lo que me parece seguro, porque la tensión ya forma parte del presente, es que según el camino que tome este posible presidente -las medidas concretas, que tienen nombre, Petrobras, Embraer, desarrollo nuclear- los aliados y los enemigos, internos y externos de su gestión van a ser distintos. Y eso va a influir en lo que pase en nuestra región, y también en nuestra política interna.

Precisamente, el siguiente posteo -si AgendAR me deja tiempo- va a hablar del Bolso como parte de las corrientes políticas en América del Sur. O de las corrientes políticas del planeta entero, como se reflejan en esta América del Sur.


Brasil, seu Brasil

octubre 5, 2018

bolsonaro

Otras veces en el blog subí artículos de Marcelo Falak. Un periodista inteligente, que conoce las internas brasileñas como muy pocos entre nosotros. Pasado mañana hay elecciones allí, con grieta y todo, y quise acercarles esta nota, que publicó en Letra P.

Falak dice aquí algo con lo que estoy muy de acuerdo: más allá de los resultados, de si gana Bolsonaro o Haddad -que es importante, claro- aquí ya hay un hecho que cambia la política en Brasil. Tal vez, en América del Sur.

Porque Bolsonaro es más que un político con un discurso con moralina religiosa a la antigua y un capitalismo más antiguo, del siglo XIX. Expresa eso, por supuesto. Pero va más allá. Y hoy decir “fascista” sólo significa “me desagrada mucho”.

Lo que él hace es romper “la corrección política” que imperaba en Occidente y sus suburbios desde el final de la 2° guerra mundial. Un consenso hipócrita, por cierto, pero que simulaba rendir homenaje a íconos como la democracia, los derechos humanos,… Se podía y se puede bombardear civiles, por ejemplo, pero siempre diciendo que se hacía para defender esos valores.

Bueno, eso se está desmoronando. No tan rápido como alertan los medios digitales más alarmistas. Aquí en Argentina esas transgresiones todavía quedan para payasos mediáticos como el “Baby” Etchecopar. Pero el brasileño ha demostrado que el odio y el resentimiento pueden alimentar una campaña exitosa. Uno supone que tendrá imitadores.

“La irrupción de Jair Bolsonaro como nuevo referente de la política brasileña implica mucho más que la novedad de un nombre o el crecimiento de un partido, el Social Liberal (PSL), hasta ahora minúsculo. Lo que altera es el funcionamiento de un sistema que desde hace más de 25 años giraba alrededor de una suerte de bipartidismo de baja intensidad, con dos polos, de centro-derecha uno y de centro-izquierda el otro, y que de ahora en más incluirá a un conservadurismo de convivencia conflictiva con las reglas del pluralismo.

Desde 1995, con Fernando Henrique Cardoso, hasta 2016, cuando fue destituida Dilma Rousseff, todos los presidentes de este país fueron del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) o del Partido de los Trabajadores (PT), los que, sin llegar a ser verdaderamente dominantes, actuaron como aglutinantes de alianzas amplias, de centro-derecha una y de centro-izquierda la otra, necesarias para asegurarles el control del Congreso, hecho que explica, en alguna medida, la corrupción estructural que ha quedado a la vista.

Ese mundo colapsará este domingo, sobre todo por la caída abrupta del PSDB, que insistió con una figurita repetida como presidenciable, la de Geraldo Alckmin, un hombre ya derrotado por Luiz Inácio Lula da Silva en 2006 y a quien apodan “Pepino” por su gracia y su sabor, por decirlo de algún modo.

Por eso, se juega literalmente la vida. La posibilidad de que Fernando Haddad clasifique al ballotage del domingo 28 y triunfe en él depende del factor Lula y del perfil de quien, presumiblemente, tendrá enfrente: un Bolsonaro capaz de liderar tanto en intención de voto como en nivel de rechazo. Una victoria en una coyuntura tan particular como ésta le permitiría al gran partido de la izquierda brasileña disimular la crisis en la que lo sumió la operación Lava Jato y sus propias fechorías, algo que le daría tiempo para intentar una difícil reorganización. Una derrota, en cambio, lo amenazaría con la decadencia.

Con Bolsonaro aparece, entonces, un tercer factor, ausente desde la última dictadura (1964-1985) e ignorado hasta ahora, que ensancha hacia la derecha dura el espectro ideológico: el Brasil conservador. Lo conmocionante es que esto incluya ataques verbales a mujeres, gays, negros e indios, así como reivindicaciones de las dictaduras, las torturas y hasta los asesinatos en masa.

Algunas frases de Jair:

“Pinochet tendría que haber matado a más gente”, dijo en diciembre de 1998.

“En la etapa de la dictadura (brasileña) deberían haber fusilado a unos treinta mil corruptos, empezando por el presidente Fernando Henrique Cardoso” (mayo de 1999).

“No voy a combatir ni a discriminar, pero si veo a dos hombres besándose en la calle, los golpeo” (mayo de 2002).

“No podría amar a un hijo homosexual. Preferiría que muriera en un accidente antes de que apareciera con un bigotudo por ahí” (diciembre de 2011).

“No te violo porque no te lo merecés”, le lanzó a la diputada por el PT Maria do Rosário, en plena sesión (diciembre de 2014).

“Las mujeres tienen salarios más bajos porque quedan embarazadas” (febrero de 2015).

“El error de la dictadura fue torturar y no matar” (julio de 2016).

“¡Dedico mi voto (a favor del impeachment) a la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el terror de Dilma Rousseff!” (agosto de 2016, en referencia a un emblema de la tortura durante la última dictadura).

“Fui a un quilombo (comunidad en la que viven descendientes de esclavos que escaparon de sus amos) en Eldorado Paulista y el afrodescendiente más liviano pesaba siete arrobas. No hacen nada, creo que no sirven ni para procrear” (abril de 2017).

“Con la enseñanza a distancia se puede ayudar a combatir al marxismo y la ideología de género. Muchas familias ya prefieren que sus hijos se eduquen en casa y se puede empezar con eso una vez por semana. Eso va a ayudar también a hacer más barata la enseñanza en Brasil” (agosto de 2018).

“Por lo que veo en las calles, yo no voy a aceptar ningún otro resultado que no sea mi elección. Ese es un punto de vista cerrado. (Sobre) si las instituciones militares aceptarán o no el resultado, yo no puedo hablar por los comandantes (…), pero podría haber (una reacción) ante el primer error del PT. Nosotros, las Fuerzas Armadas, avalamos la Constitución. No existe democracia sin Fuerzas Armadas” (septiembre de 2018).

Este ex capitán del cuerpo de paracaidistas del Ejército de 63 años reúne todos los requisitos para ser considerado un conservador. Si algo distingue ese pensamiento es su defensa del orden y las jerarquías sociales, así como su reivindicación de instituciones tradicionales como la religión y las Fuerzas Armadas como pilares de la nacionalidad. Todo esto es parte de su discurso. No por nada, pese a ser católico, concentra buena parte del voto religioso, mientras que la reivindicación de lo castrense aparece en cada palabra, con sus elogios a la última dictadura y hasta con la elección de su vice, el general de línea dura Hamilton Mourão.

Pero hay algo que ofende a sus simpatizantes, en Brasil y hasta en la Argentina: que se lo tilde de ultra derechista e, incluso, de fascista. Más eficaz como insulto que como descripción, lo segundo ni merece analizarse, pero sí lo primero. Su aparición como fenómeno se relaciona con la crisis de la democracia que provocaron años de escándalos, partidización de la justicia y la prensa, institucionalidad bastardeada por un impeachment más que polémico, recesión y aumento del desempleo.

La derecha se hace extrema cuando incluye dosis de autoritarismo, desprecio por la democracia, intolerancia y mano dura. Y el historial de Jair Messias (sí, el hombre es un predestinado) es rico en esos elementos.

Cada uno de sus excesos verbales le fue recordado en los últimos meses por los sectores de la prensa que, intereses aparte, sostienen convicciones democráticas. Él se defendió, claro, hablando de contextos y campañas de desprestigio, pero eso no es suficiente para el 42% que, según la última encuesta de Ibope, aún lo repudia.

Sin embargo, también hay mucho de calculado en eso. Donald Trump es un referente para él y por eso, como el estadounidense, se vale de un discurso escandaloso para sacar a la superficie a un Brasil conservador que existía pero no tenía voz.

Desde ahora, nada será igual”.


Brasil: “não será pacífica”

abril 5, 2018

La despedida que me hicieron, en los comentarios del blog y en Twitter, ha sido emocionante. Y no corresponde que los defraude con un regreso intempestivo. Tampoco tengo tiempo para análisis que no tengan que ver con mi trabajo.

Pero quiso acercarles esta deposición del general de la reserva Luiz Gonzaga Schroeder Lessa. Un testimonio que da una idea de las divisiones y los odios en la sociedad brasileña, no muy distintos de los nuestros. Y nos invita a preguntarnos si los argentinos podemos mantener nuestro “consenso civil”,  algo hipócrita y no libre de sangre y corrupción, pero menos autodestructivo, que ya tiene 35 años.


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