Brasil, seu Brasil

octubre 5, 2018

bolsonaro

Otras veces en el blog subí artículos de Marcelo Falak. Un periodista inteligente, que conoce las internas brasileñas como muy pocos entre nosotros. Pasado mañana hay elecciones allí, con grieta y todo, y quise acercarles esta nota, que publicó en Letra P.

Falak dice aquí algo con lo que estoy muy de acuerdo: más allá de los resultados, de si gana Bolsonaro o Haddad -que es importante, claro- aquí ya hay un hecho que cambia la política en Brasil. Tal vez, en América del Sur.

Porque Bolsonaro es más que un político con un discurso con moralina religiosa a la antigua y un capitalismo más antiguo, del siglo XIX. Expresa eso, por supuesto. Pero va más allá. Y hoy decir “fascista” sólo significa “me desagrada mucho”.

Lo que él hace es romper “la corrección política” que imperaba en Occidente y sus suburbios desde el final de la 2° guerra mundial. Un consenso hipócrita, por cierto, pero que simulaba rendir homenaje a íconos como la democracia, los derechos humanos,… Se podía y se puede bombardear civiles, por ejemplo, pero siempre diciendo que se hacía para defender esos valores.

Bueno, eso se está desmoronando. No tan rápido como alertan los medios digitales más alarmistas. Aquí en Argentina esas transgresiones todavía quedan para payasos mediáticos como el “Baby” Etchecopar. Pero el brasileño ha demostrado que el odio y el resentimiento pueden alimentar una campaña exitosa. Uno supone que tendrá imitadores.

“La irrupción de Jair Bolsonaro como nuevo referente de la política brasileña implica mucho más que la novedad de un nombre o el crecimiento de un partido, el Social Liberal (PSL), hasta ahora minúsculo. Lo que altera es el funcionamiento de un sistema que desde hace más de 25 años giraba alrededor de una suerte de bipartidismo de baja intensidad, con dos polos, de centro-derecha uno y de centro-izquierda el otro, y que de ahora en más incluirá a un conservadurismo de convivencia conflictiva con las reglas del pluralismo.

Desde 1995, con Fernando Henrique Cardoso, hasta 2016, cuando fue destituida Dilma Rousseff, todos los presidentes de este país fueron del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) o del Partido de los Trabajadores (PT), los que, sin llegar a ser verdaderamente dominantes, actuaron como aglutinantes de alianzas amplias, de centro-derecha una y de centro-izquierda la otra, necesarias para asegurarles el control del Congreso, hecho que explica, en alguna medida, la corrupción estructural que ha quedado a la vista.

Ese mundo colapsará este domingo, sobre todo por la caída abrupta del PSDB, que insistió con una figurita repetida como presidenciable, la de Geraldo Alckmin, un hombre ya derrotado por Luiz Inácio Lula da Silva en 2006 y a quien apodan “Pepino” por su gracia y su sabor, por decirlo de algún modo.

Por eso, se juega literalmente la vida. La posibilidad de que Fernando Haddad clasifique al ballotage del domingo 28 y triunfe en él depende del factor Lula y del perfil de quien, presumiblemente, tendrá enfrente: un Bolsonaro capaz de liderar tanto en intención de voto como en nivel de rechazo. Una victoria en una coyuntura tan particular como ésta le permitiría al gran partido de la izquierda brasileña disimular la crisis en la que lo sumió la operación Lava Jato y sus propias fechorías, algo que le daría tiempo para intentar una difícil reorganización. Una derrota, en cambio, lo amenazaría con la decadencia.

Con Bolsonaro aparece, entonces, un tercer factor, ausente desde la última dictadura (1964-1985) e ignorado hasta ahora, que ensancha hacia la derecha dura el espectro ideológico: el Brasil conservador. Lo conmocionante es que esto incluya ataques verbales a mujeres, gays, negros e indios, así como reivindicaciones de las dictaduras, las torturas y hasta los asesinatos en masa.

Algunas frases de Jair:

“Pinochet tendría que haber matado a más gente”, dijo en diciembre de 1998.

“En la etapa de la dictadura (brasileña) deberían haber fusilado a unos treinta mil corruptos, empezando por el presidente Fernando Henrique Cardoso” (mayo de 1999).

“No voy a combatir ni a discriminar, pero si veo a dos hombres besándose en la calle, los golpeo” (mayo de 2002).

“No podría amar a un hijo homosexual. Preferiría que muriera en un accidente antes de que apareciera con un bigotudo por ahí” (diciembre de 2011).

“No te violo porque no te lo merecés”, le lanzó a la diputada por el PT Maria do Rosário, en plena sesión (diciembre de 2014).

“Las mujeres tienen salarios más bajos porque quedan embarazadas” (febrero de 2015).

“El error de la dictadura fue torturar y no matar” (julio de 2016).

“¡Dedico mi voto (a favor del impeachment) a la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el terror de Dilma Rousseff!” (agosto de 2016, en referencia a un emblema de la tortura durante la última dictadura).

“Fui a un quilombo (comunidad en la que viven descendientes de esclavos que escaparon de sus amos) en Eldorado Paulista y el afrodescendiente más liviano pesaba siete arrobas. No hacen nada, creo que no sirven ni para procrear” (abril de 2017).

“Con la enseñanza a distancia se puede ayudar a combatir al marxismo y la ideología de género. Muchas familias ya prefieren que sus hijos se eduquen en casa y se puede empezar con eso una vez por semana. Eso va a ayudar también a hacer más barata la enseñanza en Brasil” (agosto de 2018).

“Por lo que veo en las calles, yo no voy a aceptar ningún otro resultado que no sea mi elección. Ese es un punto de vista cerrado. (Sobre) si las instituciones militares aceptarán o no el resultado, yo no puedo hablar por los comandantes (…), pero podría haber (una reacción) ante el primer error del PT. Nosotros, las Fuerzas Armadas, avalamos la Constitución. No existe democracia sin Fuerzas Armadas” (septiembre de 2018).

Este ex capitán del cuerpo de paracaidistas del Ejército de 63 años reúne todos los requisitos para ser considerado un conservador. Si algo distingue ese pensamiento es su defensa del orden y las jerarquías sociales, así como su reivindicación de instituciones tradicionales como la religión y las Fuerzas Armadas como pilares de la nacionalidad. Todo esto es parte de su discurso. No por nada, pese a ser católico, concentra buena parte del voto religioso, mientras que la reivindicación de lo castrense aparece en cada palabra, con sus elogios a la última dictadura y hasta con la elección de su vice, el general de línea dura Hamilton Mourão.

Pero hay algo que ofende a sus simpatizantes, en Brasil y hasta en la Argentina: que se lo tilde de ultra derechista e, incluso, de fascista. Más eficaz como insulto que como descripción, lo segundo ni merece analizarse, pero sí lo primero. Su aparición como fenómeno se relaciona con la crisis de la democracia que provocaron años de escándalos, partidización de la justicia y la prensa, institucionalidad bastardeada por un impeachment más que polémico, recesión y aumento del desempleo.

La derecha se hace extrema cuando incluye dosis de autoritarismo, desprecio por la democracia, intolerancia y mano dura. Y el historial de Jair Messias (sí, el hombre es un predestinado) es rico en esos elementos.

Cada uno de sus excesos verbales le fue recordado en los últimos meses por los sectores de la prensa que, intereses aparte, sostienen convicciones democráticas. Él se defendió, claro, hablando de contextos y campañas de desprestigio, pero eso no es suficiente para el 42% que, según la última encuesta de Ibope, aún lo repudia.

Sin embargo, también hay mucho de calculado en eso. Donald Trump es un referente para él y por eso, como el estadounidense, se vale de un discurso escandaloso para sacar a la superficie a un Brasil conservador que existía pero no tenía voz.

Desde ahora, nada será igual”.


Brasil: “não será pacífica”

abril 5, 2018

La despedida que me hicieron, en los comentarios del blog y en Twitter, ha sido emocionante. Y no corresponde que los defraude con un regreso intempestivo. Tampoco tengo tiempo para análisis que no tengan que ver con mi trabajo.

Pero quiso acercarles esta deposición del general de la reserva Luiz Gonzaga Schroeder Lessa. Un testimonio que da una idea de las divisiones y los odios en la sociedad brasileña, no muy distintos de los nuestros. Y nos invita a preguntarnos si los argentinos podemos mantener nuestro “consenso civil”,  algo hipócrita y no libre de sangre y corrupción, pero menos autodestructivo, que ya tiene 35 años.


“No somos nada”: Presidentes del Perú y de otros lados

marzo 21, 2018

ex presidentes

El presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, presentó hoy su renuncia al Congreso. Se usa mucho la frase “Crónica de una muerte anunciada”, pero es justa. Fue elegido por el rechazo a Keiko Fujimori antes que por cualquier cualidad suya (¿les suena?), pero no consiguió construir una base propia, ni ejercer el poder de la presidencia en la despiadada política peruana.

No hay conmoción en el país hermano (en el caso del Perú, no es una simple convención llamarlo así. Estuvieron a nuestro lado cuando lo de Malvinas). Asumirá el primer vicepresidente, Martín Vizcarra, y el “clima de negocios” no se verá afectado. Las reformas de Fujimori (sr.) fueron más perdurables que las de Menem, entre otros motivos, porque hay menos industria y sindicatos que aquí. En un plazo menos inmediato, esto debilita la institución presidencial, pero no conozco lo bastante de la situación allí para especular.

Más interesante, para nosotros y toda la América del Sur, es el motivo original de la ofensiva parlamentaria: los vínculos con Odebrecht. Pero esa historia no está terminada.

Por ahora, aprovecho un artículo de El Comercio, de Lima, que trae una lista de presidentes destituidos o que renunciaron en muchos países del mundo. Sin golpes militares, que -lo siento, Malaparte, Luttwak- ya están fuera de moda.

Destituidos por el Parlamento

► 1) VENEZUELA: El presidente Carlos Andrés Pérez, acusado de malversación y enriquecimiento ilícito, fue cesado en mayo de 1993, y su destitución confirmada por el Congreso el 31 de agosto siguiente.

► 2) ECUADOR: Abdalá Bucaram, acusado de desvío de fondos públicos, fue destituido el 6 de febrero de 1997 por “incapacidad física y mental”, seis meses después de su investidura.

► 3) ECUADOR: En abril del 2005, en medio de una revuelta popular, el presidente Lucio Gutiérrez, acusado de colocar a allegados en la Corte Suprema de Justicia, fue igualmente destituido por el Parlamento.

► 4) PERÚ: Alberto Fujimori fue destituido el 21 de noviembre del 2000, “por incapacidad moral permanente”, previa partida a Japón, donde permaneció varios años. Extraditado de Chile en el 2007, fue condenado a 25 años de cárcel por asesinato y secuestro.

► 5) PARAGUAY: Fernando Lugo fue destituido el 22 de junio del 2012 “por mal desempeño de sus funciones”, en un juicio político por el Senado.

► 6) INDONESIA: Abdurrahman Wahid, acusado de incompetencia y corrupción, fue destituido el 23 de julio del 2001 por el Parlamento.

► 7) LITUANIA: Rolandas Paksas, destituido el 6 de abril del 2004 por “violación grave de la Constitución y faltar al juramento constitucional”. Estaba acusado de conceder la nacionalidad lituana a un empresario de origen ruso, que era su principal apoyo financiero. Privado del derecho de volver a presentarse a unas elecciones en su país, fue elegido diputado en el Parlamento Europeo en el 2009.

►8) BRASIL. La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, es destituida por el Senado el 1 de setiembre del 2016.

Obligados a dimitir

► 8) BRASIL: Fernando Collor de Mello, acusado de corrupción pasiva, dimitió el 29 de diciembre de 1992, lo cual no impidió que el Senado votase al día siguiente su destitución.

► 9) ISRAEL: Al hilo de un caso de evasión fiscal y corrupción, el presidente Ezer Weizman dimitió en julio del 2000. Prefirió así tirar la toalla antes que enfrentarse a un proceso de destitución.

► 10) ISRAEL: En junio del 2007, el presidente Moshe Katzav, caído en desgracia por su implicación en un escándalo sexual, dimitió también, previo compromiso con la justicia para evitar la prisión. Finalmente fue condenado y encarcelado en el 2011.

► 11) ALEMANIA: El presidente de la República Federal, Christian Wulff, se vio obligado a dimitir en febrero del 2012 al levantarse su inmunidad. Inculpado por corrupción, fue posteriormente declarado inocente.

► 12) GUATEMALA: Otto Pérez Molina, acusado de dirigir un sistema de corrupción en la administración aduanera, se vio privado de su inmunidad por el Parlamento el 1 de septiembre del 2015. Ante el riesgo de ser destituido, renunció al cargo dos días más tarde y fue colocado en prisión preventiva.

Procedimientos que no prosperaron

Otros jefes de Estado se vieron sometidos a un proceso de destitución, que no dio resultado. Fue el caso de Boris Yeltsin en Rusia (1999), Luis González Macchi en Paraguay (2003), Roh Moo-hyun en Corea del Sur (2004) o Hery Rajaonarimampianina en Madagascar (2015).

En Estados Unidos, en dos ocasiones la Cámara de Representantes votó por la acusación (‘impeachment’) del presidente, primero Andrew Johnson (en 1868) y luego Bill Clinton (en 1999). Pero ambos fueron salvados por el Senado.

En 1974, la Cámara inició los trabajos de cara a un ‘impeachment’ del presidente Richard Nixon, pero el procedimiento fue abandonado después de su dimisión.


Caputo y las sanciones a Venezuela

marzo 19, 2018

caputo

Fue un tweet de Flor B@flrbnsn el que me hizo notar una primicia de Infobae. No es una de mis fuentes habituales, porque se resiste a que las comparta con ustedes.

Pero no debía preocuparme. El venezolano El Nacional (opositor, of course) ya la estaba reproduciendo:

Luis Caputo, ministro de finanzas de Argentina, organizó una reunión con sus homólogos de Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia, Brasil y México para discutir nuevas sanciones a funcionarios del gobierno venezolano.


Un mensaje de Francisco

marzo 13, 2018

jujuy

Como hoy se cumplen 5 años del día que fue elegido Papa, los medios han publicado muchas notas sobre él. Este humilde blog subió desde esa fecha varios posteos, pero no se anima a evaluar su impacto en la Iglesia y en el mundo hasta que pase más tiempo (No necesariamente los siglos que pediría Toynbee).

Igual, los medios se han dedicado, sobre todo, a especular porqué viene o no viene. Por mi parte, creo que él ya está mandando bastantes mensajes. Esta tarde comentábamos con algunos amigos uno que envió hoy.

El Sumo Pontífice, Francisco, nombró al padre Florencio Félix Paredes Cruz, CRL, de 56 años, obispo prelado coadjutor de la prelatura de Humahuaca, en el Norte argentino. Actualmente es párroco de Nuestra Señora de Belén, en la localidad jujeña de Susques, y eventualmente sucederá en la sede prelaticia al actual obispo prelado, monseñor Pedro María Olmedo Rivero, CMF, de 73 años de edad.

Mons. Florencio Paredes Cruz nació el 28 de octubre de 1961 en la localidad de Selocha, Bolivia. Vino a la Argentina de pequeño y hace pocos meses obtuvo la ciudadanía argentina“.


América Latina ¿otra vez 1989?

marzo 11, 2018

Lacalle Collor de Mello Rodríguez Menem

La mayoría de los domingos -como ya saben- acostumbro a subir lo que pasa por un análisis político. Una costumbre que copié de los opinadores de los medios gráficos. Entonces ¿qué hago subiendo una nota de opinión del ¡New York Times!? Una mirada condescendiente y “liberal” (progre) sobre nuestra realidad? Que la describe como si el Times y lo que el Times expresa no tuvieran nada que ver?

Y sí. Ya había pedido un poeta escocés “Que algún Poder nos diera el don  De vernos a nosotros como otros nos ven…” Lo que describe aquí la columnista del NYT, Carol Pires, es lo que está pasando en (algunos de) nuestros países, y mirarlo desde afuera ayuda a ver el bosque, y los árboles en el bosque. Mis comentarios al final.

“SÃO PAULO — Cuando este mes Sebastián Piñera asuma la presidencia de Chile, América Latina reforzará su giro político a la derecha tras casi dos décadas de gobiernos de izquierda, que comenzaron con la elección de Hugo Chávez, en 1998, y siguieron con Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, El Salvador y Perú. Hoy, cinco de ellos ya cambiaron de orientación política. El zigzag ideológico no es un retroceso en sí, pero el horizonte político en la región parece un déjà vu: hasta aquí, 2018 se parece mucho a 1989.

En la memoria, 1989 parece un tiempo distante. Venezuela era sacudida por la revuelta popular del Caracazo, Carlos Menem gobernaba Argentina y Fernando Collor de Mello ganaba las elecciones en Brasil. En México, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) dominaba de manera ininterrumpida México por sesenta años (y se mantendría once más en el poder). Mientras tanto, Chile vivía el último año de la dictadura de Augusto Pinochet; en Perú, Alberto Fujimori fundaba el partido Cambio 90, grupo con el que llegaría al poder al año siguiente.

Hoy, 29 años después, algunas cosas han cambiado poco. En 2012, el PRI volvió a ganar la presidencia en México, como comprobación de que las viejas costumbres no mueren. Venezuela vive otra convulsión social. En Argentina, el presidente Mauricio Macri pone en práctica políticas económicas que, a juzgar por el ministro de Economía de Menem, son muy similares a las que se impusieron en los años noventa. Aunque ya no hay dictaduras en los demás países, Collor, Fujimori y Pinochet —quien murió hace diez años— aún influyen, en diferentes niveles, en la política de sus países.

En Perú, Pedro Pablo Kuczynski, conocido como PPK, obtuvo una victoria muy estrecha contra Keiko Fujimori en la elección de 2016. Al empuñar la bandera del antifujimorismo y prometiendo representar una derecha moderna, ganó votos de la izquierda, que optó por el candidato que parecía un mal menor frente a la heredera política de un régimen que, entre otros crímenes, esterilizó a cerca de 300 mil mujeres indígenas.

Su promesa ha sido una desilusión. Menos de un año después, fustigado por el escándalo de Odebrecht, PPK se alió con Kenji Fujimori, el hermano menor de Keiko, para salvarse de una destitución. El presidente Kuczynski retribuyó la ayuda concediendo un indulto a su padre, pese a prometer en campaña que jamás lo haría. Condenado a veinticinco años de cárcel como autor intelectual del asesinato de veinticinco personas, Alberto Fujimori debió salir de la cárcel en 2034. Hoy, a los 79 años, mira desde el sillón de su casa cómo el Congreso peruano, de mayoría fujimorista, domina al país.

El déjà vu también persigue a los brasileños. En 1989, Brasil votaba por primera vez a un presidente después de décadas de dictadura. Había, entonces, una docena de candidatos. Pasaron a la segunda vuelta Luiz Inácio Lula da Silva —quien ganaría tres intentos después— y Fernando Collor de Mello, quien se presentó como el salvador de la patria y venció. Antes de terminar su mandato, Collor renunció para evitar ser destituido por corrupción.

Ahora, la historia se repite al revés. Después de la destitución de Dilma Rousseff, el escenario electoral brasileño de 2018 está tan convulso como hace veinte años. Se presentaron una docena de precandidatos, entre ellos Collor y Lula.

Collor no tiene muchas posibilidades de ganar, pero Lula sí: ocupa el primer lugar en las encuestas de intención de voto. Aunque la reciente confirmación de su condena por corrupción era previsible, su efecto en el futuro de Brasil no lo es. Con cierta certeza, el Tribunal Superior Electoral, que no permite la candidatura de personas con procesos judiciales abiertos, impedirá la candidatura de Lula para las elecciones de octubre.

Sin Lula da Silva en la contienda presidencial, la izquierda se fraccionará en tres o cuatro candidatos con discursos anacrónicos y radicales en contra del mercado, como si repitieran el discurso del Lula de 1989, cuando aún no era el político conciliador que llegó a la presidencia en 2003. Su salida también deja el camino libre a Jair Bolsonaro, líder de extrema derecha que va de segundo en las encuestas. Para que se entienda la amenaza que este ex militar —quien ejerce su séptimo mandato en el congreso— representa para los valores democráticos: cuando votó a favor de la destitución de Dilma Rousseff, ex guerrillera torturada, aprovechó para homenajear al comandante del centro de tortura de la dictadura.

La popularidad de Bolsonaro también da indicios de que el Congreso brasileño, que será elegido en octubre junto al nuevo presidente, tendrá un perfil semejante al actual: es el congreso que ha aprobado numerosos retrocesos en derechos sociales y al que podría describirse como el parlamento más conservador desde la dictadura. Se trata del mismo congreso que el año pasado llegó a debatir si se debía revocar la ley que garantiza el derecho al aborto en casos de violación, riesgo de muerte de la madre y malformación del feto.

Una de las victorias de Michelle Bachelet en su segunda gestión presidencial fue cambiar la ley de aborto chilena, una de las más severas del mundo y escrita en los años de Pinochet. Pero los progresos de Bachelet están amenazados: dos de los ministros ya nombrados por Sebastián Piñera —Isabel Plá, de Mujer y de Equidad de Género, y Emilio Santelices, de Salud— se han opuesto de manera pública a la nueva ley de aborto y podrían hacer frente común para invalidarla.

Piñera prometió que representaría a una “derecha moderna”, pero demostró lo contrario cuando se alió con el pinochetista José Antonio Kast, el diputado que está contra el aborto y el matrimonio igualitario, y a favor de otorgar indultos a los pinochetistas “que injusta o inhumanamente están presos”. También se dio a conocer que dos de los nombramientos de Piñera, entre ellos su ministro del Interior, tuvieron relación con el régimen de Pinochet.

Cuando Bachelet termine su gobierno, dejará a América Latina, otra vez, sin mujeres en el poder. Finaliza un ciclo que la presidenta chilena inició en 2006 y continuó con las victorias electorales de Cristina Fernández Kirchner en Argentina (2007-2015), Laura Chinchilla en Costa Rica (2010-2014) y Dilma Rousseff en Brasil (2011-2016). Se trata de otro retroceso cultural en un continente que le debe parte de la recuperación de la derecha a la ayuda de las iglesias evangélicas, que promueven agendas conservadoras, machistas y poco plurales.

La izquierda que sale de escena ahora, desinflada por sus tendencias populistas y acusaciones de corrupción, necesita un nuevo proyecto programático que no suene a conversación trasnochada de la Guerra Fría. Pero la derecha ha reaccionado como si la solución a todos los problemas sea entrar en una máquina del tiempo que nos arroje de vuelta a la década de 1980. Un buen comienzo para airear ese olor a naftalina sería que la derecha se comprometiera con los valores liberales, no solo en su discurso económico, sino en el social. Y que, de una vez por todas, rompiera sus vínculos con los regímenes militares”.

Mi comentario: Ya habrán leído en el blog que no creo mucho en “la ola de Derecha” que viene a reemplazar la “ola de Izquierda” que hasta hace unos dos años habría sido hegemónica en nuestra región. Más, soy bastante escéptico con aplicar las categorías muy europeas de “derecha” e “izquierda” en nuestros países.

Pero una discusión intelectual no debe llevarnos a negar los hechos. Después de la implosión de la Unión Soviética entre 1989 y 1991, en la mayor parte del mundo se aplicaron reformas “neoliberales”: desregulación y privatizaciones. En especial, en Rusia, Europa Oriental y América del Sur.

Diez años después, ya se veían en nuestra región los resultados de esas “reformas”: recesión, desempleo, aumento de la pobreza y más notorio aún, de la desigualdad. Montados en el rechazo, surgieron en nuestra región gobiernos muy distintos -los países son también muy distintos- pero que tenían en común políticas (moderadas) de distribución de ingresos, ampliación de la participación popular, y un discurso que puede llamarse (desde el Atlántico Norte) “populista de izquierda”. Fueron ayudados (y también condicionados, pero eso se vio después) por el boom de las materias primas, causado por la demanda de China (a la que el capitalismo sí le sentó bien. Su Estado nunca abandonó la dirección de la economía, y la manejó con eficiencia).

El tiempo pasó, como siempre. También, más o menos al mismo tiempo en los dos países más grandes de la región, Brasil y Argentina, se despierta o acentúa el rechazo de una parte numerosa de los sectores medios de la sociedad, a estos gobiernos -capitalistas con políticas sociales y una muy moderada intervención del Estado en la economía.

Eso permite el triunfo -electoral en Argentina, a través de un “golpismo parlamentario y judicial” en Brasil- de gobiernos apoyados en los sectores más privilegiados de la sociedad (En otros países de la región, nunca dejaron de gobernar). Estos gobiernos muestran en común una ansiedad patética -escritores de generaciones pasadas la llamarían “cipaya”- por integrar sus economías al capitalismo financiero globalizado.

La bondadosa intención que expresa Carol Pires, que se comprometan “con los valores liberales, no solo en su discurso económico, sino en el social” no parece que se esté cumpliendo. Pero, me animo a decir, ese no es el aspecto decisivo. El hecho clave es que el mundo al finalizar la década del 2010, no es el mismo de los comienzos de la década de 1990. La restauración no tendría -ya se advierte- muchas probabilidades de éxito.

Igual, si esto es así, no alcanza a responder la pregunta que debemos hacernos: ¿Cómo sigue? El desafío para las fuerzas políticas populares es encontrar las nuevas respuestas para estos tiempos. Que tampoco son los cercanos al año 2000.


La Antártida que fue

febrero 24, 2018

Antartida Mapa

Para los que se interesan en el tema: un valioso corresponsal, Juan Carlos Lafosse, me acercó este mapa de una Enciclopedia Larousse de principios del siglo XX, propiedad de su abuelo. Figuran expediciones desde “Cook Janv, 1774” hasta “Scott 1902”, lo que da como su fecha más temprana, a los años en que, algún periodismo insiste en repetir, estábamos entre las naciones más ricas de la tierra, porque nuestra oligarquía podía construirse lujosos palacetes en estilo francés.

La Antártida se repartía entre suecos, escoceses, alemanes, ingleses y franceses. La “Amerique du Sud” era una indicación geográfica. Un siglo después, algo hemos avanzado.


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