Latinoamérica en la era de Trump

febrero 21, 2017

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Dudé antes de subir este post. En primer lugar, por el título. Estoy convencido -lo he planteado varias veces en el blog- que la etapa del capitalismo financiero que comenzó con la decisión de Nixon de terminar la convertibilidad del dólar con el oro (1972), la Crisis del Petróleo (1973), y la Revolución Conservadora de Thatcher y Reagan (1979…) -las tres, con algún vínculo entre sí- está agotada. Y estamos en los umbrales de una nueva. Ahora, que vaya a llamarse la “era de Trump”… el único que está seguro de eso es el Donald.

Además, no tengo mucha fe en los economistas vivientes con prestigio internacional. Su registro de aciertos es de mínimo a inexistente. Pero debo reconocer que Joseph Stiglitz está entre los que menos han sido desmentidos, o puestos en ridículo, por la realidad.

Entonces, les acerco esta conferencia que dio el mes pasado en Bogotá. Me parece un texto lúcido, y entre nosotros se publicaron partes muy recortadas. Pero sobre todo, quiero rescatar la sugerencia que nos hace a nosotros, los latinoamericanos. Que sea un gringo el que nos lo tenga que decir…!

México debe prepararse para un golpe muy fuerte. Porque más del 60 % de las exportaciones mexicanas son para su vecino del norte. Si la Casa Blanca crea, como anuncia, unos impuestos de importación será algo devastador para su economía. Pero la crisis que se advierte puede ser el punto de partida para que los latinoamericanos establezcan un mercado común, lejos del prevalente intervencionismo norteamericano.La pregunta es quién va a redactar las reglas del comercio en las Américas en el siglo XXI. Latinoamérica tiene una oportunidad de oro para redactar sus propias “reglas de comercio”.

Estos son los otros temas que tocó Stiglitz en Colombia:

El 20 de enero de 2017, Donald Trump tomó posesión como el 45º presidente de Estados Unidos. No me gustaría decir “te lo dije”, sin embargo, su elección no debió causar sorpresa. Como expliqué en mi libro del 2002, Los malestares de la globalización, las políticas que hemos utilizado para manejar la globalización han sembrado las semillas del descontento generalizado. Irónicamente, un candidato del mismo partido que ha impulsado con más fuerza la integración financiera y comercial a nivel internacional ganó las elecciones prometiendo retroceder y anular ambas formas de integración.

Por supuesto, no hay vuelta atrás. China e India están ahora integradas en la economía mundial y la innovación tecnológica está reduciendo el número de empleos de manufactura en todo el mundo. Trump no puede recrear los trabajos de manufactura bien pagados de las décadas pasadas; sólo puede impulsar la manufactura avanzada, que requiere conjuntos de habilidades más sofisticados y da empleos a menos personas.

Entre tanto, la creciente desigualdad continuará contribuyendo a la desesperación generalizada, especialmente entre los votantes blancos en la parte central de Estados Unidos, quienes le sirvieron en bandeja a Trump su victoria electoral. Como los economistas Anne Case y Angus Deaton indicaron en su estudio de diciembre de 2015, la esperanza de vida entre los estadounidenses blancos de mediana edad está disminuyendo, mientras que paralelamente aumentan las tasas de suicidios, consumo de drogas y alcoholismo. Un año más tarde, el Centro Nacional para Estadísticas de Salud de EE. UU. informó que la esperanza de vida del país en su conjunto ha disminuido por primera vez en más de 20 años.

En los tres primeros años de la llamada recuperación tras la crisis financiera del 2008, el 91 % de las ganancias fue a manos de quienes están en el 1 % superior en la distribución de las personas que generan ingresos. Mientras se rescataba a los bancos de Wall Street echando mano de millones de dólares de dinero de los contribuyentes, los propietarios de viviendas recibieron solamente una mísera ayuda. El presidente estadounidense, Barack Obama, salvó no sólo a los bancos, sino también a los banqueros, accionistas y tenedores de bonos. Su equipo de política económica conformado por miembros de Wall Street rompió las reglas del capitalismo para salvar a la élite, confirmando la sospecha de millones de estadounidenses de que el sistema está, como se diría en palabras de Trump, “amañado”.

Obama trajo consigo “un cambio en el que usted puede creer” en ciertos temas, como en la política climática, pero en lo que concierne a la economía reforzó el statu quo, el experimento de 30 años con el neoliberalismo, que prometió que los beneficios de la globalización y de la liberalización “se derramarían gota a gota” para beneficio de todos. En lugar de ello, los beneficios ascendieron para favorecer a quienes están en la parte superior de la distribución de ingresos, esto ocurrió en parte debido a un sistema político que en la actualidad parece basarse en el principio de “un dólar, un voto”, en lugar de “una persona, un voto”.

La creciente desigualdad, un sistema político injusto y un gobierno cuyo discurso indicaba que estaba trabajando a favor del pueblo, mientras tomaba acciones a favor de las élites, crearon las condiciones ideales para que un candidato como Trump aprovechara dicha situación. Si bien Trump es millonario, se puede ver con claridad que no es miembro de la élite tradicional, lo que le brindó credibilidad a su promesa de cambio “verdadero”. Y, a pesar de ello, las cosas permanecerán iguales bajo el mandato de Trump, quien se aferrará a la ortodoxia republicana en materia de impuestos. Además, al designar a miembros de lobbies y de sectores industriales como autoridades en su administración gubernamental, Trump ya ha roto su promesa de “drenar el pantano” en Washington.

El resto de su agenda económica dependerá en gran medida de si el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, es un verdadero conservador fiscal. Trump ha propuesto que los grandes recortes de impuestos para los ricos se combinen con programas masivos de gasto en infraestructura, lo que impulsaría el PIB y mejoraría un poco la posición fiscal del Gobierno, pero no tanto como lo esperan los defensores de la economía de la oferta. Si Ryan no está tan preocupado por el déficit como dice que lo está, dará fácilmente su sello de aprobación a la agenda de Trump y, en consecuencia, la economía recibirá el estímulo fiscal keynesiano que le está haciendo falta desde hace tiempo.

Otra incertidumbre se relaciona con la política monetaria. Trump ya se ha pronunciado en contra de las tasas de interés bajas, y en la actualidad hay dos puestos vacantes en la junta de gobernadores de la Reserva Federal de Estados Unidos. Añada a eso el gran número de funcionarios de la Fed que están ansiosos por normalizar las tasas y se puede apostar con certeza a que realmente se van a normalizar, quizás llevándolas hasta niveles que irán más allá de solamente contrarrestar el estímulo keynesiano de Trump.

Las políticas de Trump a favor del crecimiento también terminarán siendo socavadas si él exacerba la desigualdad a través de sus propuestas fiscales, así como si comienza una guerra comercial o abandona los compromisos de Estados Unidos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (especialmente si otros países adoptan represalias mediante la imposición de un impuesto transfronterizo). Ahora que los republicanos controlan la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso, tendrán una relativa libertad para debilitar el poder de negociación laboral de los trabajadores, para desregular Wall Street y otras industrias, y para hacerse de la vista gorda frente a las leyes antimonopolio que ya están instituidas, y, consiguientemente, todo ello va a generar más desigualdad.

Si Trump sigue adelante con su amenaza de campaña sobre la imposición de aranceles a las importaciones chinas, la economía de Estados Unidos probablemente sufrirá más daño que la china. Bajo el actual marco de la Organización Mundial del Comercio, por cada arancel “ilegal” que EE. UU. imponga, China puede tomar represalias en cualquier lugar que elija. Por ejemplo, puede elegir imponer restricciones comerciales dirigidas a empleos en los distritos del Congreso de aquellos congresistas que apoyan los aranceles estadounidenses.

Sin duda, las medidas contra China permitidas dentro del marco de la OMC, como los aranceles antidumping, pueden estar justificadas en algunas áreas. Pero Trump no ha enunciado los principios rectores de la política comercial; además, EE. UU., un país que subsidia directamente a sus industrias automotriz y aeronáutica, y también subsidia indirectamente a sus bancos a través de tasas de interés muy bajas, estaría lanzando piedras en una casa de vidrio. Y, una vez comience este juego de ojo por ojo, muy probablemente podría terminar en la destrucción del orden internacional abierto que se ha formado a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Del mismo modo, el Estado de derecho a nivel internacional, que se aplica principalmente a través de sanciones económicas, podría fracasar con Trump. ¿Cómo responderá el nuevo presidente si las tropas alineadas por Rusia intensifican el conflicto en Ucrania oriental? El verdadero poder de EE. UU. siempre se ha derivado de su posicionamiento como una democracia inclusiva. Sin embargo, muchas personas alrededor del mundo en la actualidad han perdido la confianza en los procesos democráticos. De hecho, en toda África he escuchado comentarios: “Trump hace que nuestros dictadores se vean bien”. A medida que el poder blando estadounidense continúa erosionándose en el transcurso del 2017 y de manera posterior, el futuro del orden internacional se tornará más incierto.

Mientras tanto, el Partido Demócrata seguramente hará un análisis post mortem de las elecciones. Hillary Clinton perdió, fehacientemente, debido a que no pudo ofrecer a los electores una visión convincente que fuera marcadamente distinta a aquella de la agenda neoliberal que adoptó Bill Clinton en la década de 1990. Al haber seguido una estrategia política de “triangulación” —la adopción de versiones de las políticas de sus adversarios— por más de una generación, el partido que se encuentra en el lado de la izquierda ya no puede presentarse como una alternativa creíble frente al partido que se encuentra en el lado de la derecha.

Los demócratas tendrán un futuro sólo si rechazan el neoliberalismo y adoptan las políticas progresistas propuestas por algunos de sus líderes, por ejemplo Elizabeth Warren, Bernie Sanders y Sherrod Brown. Esto los pondrá en una posición fuerte frente a los republicanos, quienes tendrán que encontrar la manera de gestionar una coalición entre cristianos evangélicos, ejecutivos de corporaciones, nativistas, populistas y aislacionistas.

Con la llegada de Trump, y debido a que los dos partidos principales ahora están en proceso de redefinición, el 2017 puede muy probablemente llegar a ser recordado como un punto de inflexión en la historia de Estados Unidos y en la historia del mundo“.


Un Scioli para Ecuador

febrero 19, 2017

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Uno de los problemas clásicos de la política es el de la sucesión. No; no lo voy a tratar en un posteo: no soy tan superficial. Pero si tengo ganas de tocar -de refilón, dirían en mi barrio- una de sus manifestaciones que tenemos muy cerca: la sucesión de los liderazgos en los procesos -moderadamente distributivos, moderadamente nacionalistas, democráticos y progres- que se abrieron en este siglo en la América del Sur, después del fracaso de las experiencias “neoliberales”.

Hay un hecho que salta a la vista: en general, las sucesiones no han sido exitosas: no se ha logrado una razonable continuidad. Atención: es necesario preguntarse si la debilidad estuvo en la sucesión… o en el proceso mismo.

Vale la pena entonces que miremos a Ecuador, que hoy elige quién va a suceder a Rafael Correa, el líder de la Revolución Ciudadana. Es un país pequeño, para las dimensiones de este subcontinente. Igual, es más extenso que el Reino Unido de Gran Bretaña, para dar un ejemplo. Más de 16 millones de habitantes, petróleo, biodiversidad… Muchos argentinos ya lo conocen como destino turístico.

Tengo que aclarar algo de entrada: no estoy diciendo que son parecidos Daniel Scioli y Lenín Moreno. Pero sí me parece evidente que son dos casos de una misma forma de encarar la sucesión a un liderazgo fuerte. Ya es distinto el caso de Dilma, después de Lula. Más diferente todavía es el de Maduro, después de Chávez. Y Evo… parece que quiere que lo suceda Evo.

Confieso que se me ocurrió encarar este tema cuando leí en la revista Panamá -siempre estimulante- el artículo del sociólogo Franklin Ramírez. Cuando lo hagan ustedes, creo que les va a pasar lo que a mí: escucharán un eco de discursos que ya hemos oído. Y de problemas que conocemos.

Buena suerte, hermanos ecuatorianos.

“Hay que abrir los brazos a quienes no coinciden totalmente con la postura de uno”, dice Lenin Moreno. “A los ciudadanos que estén con nosotros les pedimos que no se refieran de modo insultante a las otras candidaturas”, enfatiza. Y prosigue: “se deben refrescar las relaciones internacionales del país”. “Continuidad, no continuismo”, resume.

La puesta a distancia con Rafael Correa quedó esbozada desde las primeras declaraciones del nuevo candidato presidencial del movimiento gobernante. Su puesta en escena no se agota ahí. El tono halagüeño con que hace referencia a la gestión del aún Presidente englobó el relato de estreno: “Rafael tiene razón, los líderes aceleran la revolución, los pueblos la hacen”; “la Revolución Ciudadana ya es una leyenda…algún día le dirás a tus nietos, como mi abuelo me contaba sobre Alfaro, yo cabalgué junto a Correa…”.

Aunque la fórmula –linsonjero y distante- parece novedosa, quizás no hace sino condensar de modo edulcorado el clima de opinión trazado por la lucha política de años recientes. Entre la identidad aniquilatoria de las fuerzas de oposición –su proyecto de país es borrar toda huella de la Revolución Ciudadana del cuerpo social- y los sueños de cierta militancia radical de AP con la vida eterna del aún Presidente, Lenin Moreno sugiere surfear en las aguas calmas de un acompasado alejamiento de la ‘década ganada’: “…a pesar de todo esto hay gente que dice que quiere echar todo al tacho de la basura, ¡qué sinverguenzaría!…no compañeros, el pasado no volverá pero ahora tenemos que hablar de futuro, un futuro luminoso, en el que vamos por más, mucho más”. Ni transfiguración, ni calco. Des-correización en cámara lenta.

Cualquier lectura escéptica sospechará de una suerte de distanciamiento táctico y teatralizado. El día del lanzamiento de la candidatura de Moreno –durante la Convención Nacional de Alianza País- se pudo escuchar, sin embargo, la enconada diatriba del Presidente contra las facciones de su movimiento que sugerían que con Lenin debe emerger otro engranaje político: “continuismo sí, pero sin los mismos”. Nada más torpe, refunfuñó. No parecía de plácemes con la idea de cualquier desapego del ADN correísta de las filas de la Revolución Ciudadana. La cruda respuesta del mandatario contra las demandas de renovación de su movimiento parecían, esta vez, más que un capricho. Con cifras en mano podía reivindicar que su proyecto goza del suficiente anclaje popular para, en ese momento (y quizás aún hoy), resolver la lid electoral en primera vuelta.

En un entorno de prolongado enfriamiento económico, y de desgaste del “gran líder” luego de una década de gobierno, dicha posibilidad parecía absurda. Pero es lo que venía mostrando la demoscopia y cuando reina la democracia de audiencia, las encuestas contienen la carne y el espíritu de las convicciones. Por ello mismo resultaba desconcertante, por decir lo menos, que el Presidente desatendiera la otra parte de los numeritos en ciernes, aquella que evidencia que en conjunto las fuerzas anti-correístas –tal es su seña de identidad política- pueden englobar tanto o más voluntades que las listas 35-AP. Su fragmentación, más o menos sobreactuada, no esconde la relevancia de una corriente de opinión que se muestra profundamente agotada de la figura del mandatario y que sueña con la hora de la posesión del nuevo presidente. Nada evita más la frustración que carecer de grandes expectativas.

Es ahí donde entra en juego la (im)pertinencia del suave relato de Moreno. Su toma-de-distancia con Correa pretende colocarlo en el mismo terreno que han querido cosechar solo para sí las candidaturas de oposición. Les arrebataba de ese modo el monopolio de la explotación política de la fatiga con el correísmo mientras se posiciona al abrigo del significante del cambio. Nadie queda ya por fuera de ese signo de (fin de) época. A diferencia de las huestes de Nebot, Lasso o Moncayo, sin embargo, Moreno alcanza a contener también las brasas y lealtades del bloque gobernante. Solo desde allí podía hacer efectiva la compleja operación de ‘seguir estando en’ y ‘tomar distancia de’ la Revolución Ciudadana.

Este relativo distanciamiento –pactado o conquistado, oceánico o fluvial, ya se verá- aparecía a la vez como un recurso estratégico a fin de construir una candidatura blindable a la incertidumbre de los precios del petróleo, a las denuncias de corrupción y al rompecabezas del lugar que el ‘gran jefe’ ocuparía en la dinámica de la campaña. Más allá de esos combates, si el operativo de puesta-en-distancia contenía algún sentido promisorio, ese era el de forjar las condiciones políticas para reimaginar las vías de la emancipación luego de una década de contradictoria evolución del más ambicioso programa de transformación social que haya experimentado el país desde el retorno democrático. Cuando se proclamó la candidatura de Moreno iniciaban los preparativos para conmemorar “los diez años del proceso” y la Comisión Ideológica de AP ya había redactado el programa para el próximo mandato. Gobierno y Partido cerraban filas en torno a un relato apenas retocado. Guionizaban así a su nuevo portavoz. Cuando, ya presidenciable, Moreno se refirió al programa (y al partido) desde una enorme lejanía –“Ellos hablan de doce revoluciones, yo pienso que son grandes objetivos nacionales. Habría que revisarlos de uno en uno, muchas veces la memoria no alcanza para recordarlos todos”- la disputa parecía abrirse hacia el corazón mismo de la política del cambio.

El conato (auto) crítico quedó, no obstante, limitado por los devaneos tacticistas del entorno del nuevo candidato y tendió progresivamente a restringirse a su performance como la cara dialogante de la Revolución Ciudadana. “Yo se escuchar”, repite a donde va. Ese talante de Moreno es de sobra conocido desde sus días como vicepresidente. Siempre pudo sentarse con sirios y troyanos. La política del consenso y la renuencia al conflicto cotizan muy alto en los mercados y en los think thanks liberales pero no dibujan los contornos de un real programa de gobierno. Destrabar el debate democrático en la sociedad y en las instituciones es fundamental para apuntalar la transición en curso siempre y cuando se hagan explícitas las líneas centrales con que la política imagina la sociedad por venir mientras se deja impregnar por ésta. Sin dichas coordenadas no hay puntos de referencia expresos para distinguir los bemoles de la continuidad o los decoros del continuismo. Y sin embargo, ni en su calidad de vice-presidente ni en su faceta de candidato, Moreno ha mostrado especial propensión para posicionarse frente a los grandes litigios de la sociedad y para visibilizar sus particulares convicciones políticas. En ese sentido, la distancia con Correa es abismal y congénita. En el corazón de su escenificación del cambio anida la interpelación afectiva al electorado, la indiferencia con la batalla de las ideas, la repulsa a nombrar el conflicto, las dudas sobre la capacidad de conducción de la política, en fin.

Moreno nunca ha dejado de dirigirse al país desde tales registros. Ni el ‘opus-deíco’ banquero Guillermo Lasso –que luego de cinco años en campaña sigue en segundo lugar aún si no ha conquistado sino a dos de cada diez electores- parece tan pautado como el candidato de AP por el guión post-político que impera en los mercados electorales de la región en medio de los éxitos duranbarbistas contra la furia politizadora del populismo sucio.

Luego del ciclo de polarización abierto en 2007, la pax post-correísta puede encarnar para muchos el significado más elevado de lo que esperan de un nuevo gobierno. Quebrar la centralidad del antagonismo no prefigura, sin embargo, cualquier agenda democrático-popular. Resulta inimaginable la persistencia de la transformación social cuando se elude de plano la productividad del conflicto. Entre sus ofertas electorales, de hecho, Moreno apenas si ha situado alguna línea de reforma política que pueda confrontarlo con algún sector social. La narrativa revolucionaria trasmutó en política de la ternura (“obras con amor”). Bastiones duros de la revolución ciudadana se confiesan desheredados. Dudan. El signo más consistente de la reconducción en curso es el desconcierto.

En todo caso, hasta la fecha, semejante ambivalencia –el restringido modo que Lenin Moreno supo poner en escena para cuajar la fórmula del cambio en la continuidad- permite a AP encabezar las encuestas. En medio de un cierre de campaña atravesado por denuncias de corrupción en altas esferas gubernativas parece difícil, no obstante, que aquello le alcance para cumplir el objetivo fundamental del oficialismo: ganar en una sola vuelta. Ello exigiría de Moreno una demostración de extrema firmeza respecto a los límites del proyecto que representa y a la necesidad de combatir la impunidad. Su guión pacificador, empero, no parece programado para esa clase de exabruptos.


Argentina Nuclear, 2017 – XLVIII: Lo que los argentinos hicimos en informática, y el Mercosur que no fue

febrero 14, 2017

Daniel Arias continua con esta historia de la tecnología (y la política tecnológica, o ausencia de ella) en Argentina. En este capítulo y los siguientes no trata de la nuclear, sino de otra de las tecnologías que formaron nuestro mundo actual. La informática. De lo que los argentinos logramos en ese campo, y de lo que se habría podido hacer con Brasil.

  1. Oportunidades perdidas con Brasil

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El matemático Manolo Sadosky, poco antes de su muerte en 2005. Abajo, la primera calculadora CIFRA 211, sobria, bella, irrompible y diseñada por sus alumnos. Entre 1969 y 1976 hizo de la Argentina uno de los 10 mayores fabricantes mundiales de electrónica de oficina.

En 1987 algunos diplomáticos y periodistas brasucas y argentos nos devanábamos los sesos tratando de fijar los lineamientos técnicos y comerciales de un “Mercosur Nuclear”. Era imposible: ambos programas, el argentino y el brasileño, venían en picada por distintas causas.

Lo común en ambos lados de la frontera fue que, recuperadas ambas democracias, la gente atómica no tenía campeones entre los partidos civiles y los medios, y en esta nueva etapa, los milicos –aunque chirriaran- estaban pintados en la pared. De yapa, las nuevas autoridades energéticas renegaban del átomo y apostaban a la hidroelectricidad con entusiasmo de inventores. El descalabro de Chernobyl, el año anterior, había agravado además la desconcertada orfandad política de nosotros, los pro-nucleares sudacas.

La muerte de Jorjón Sábato, apenas un mes anterior a la jura de Alfonsín, había roto el único puente a prueba de terremotos entre el nuevo presidente y el “Planeta CNEA”.

Pero aunque el Cono Sur viniera con el átomo a la baja, 1986 pudo haber sido el año de boom de un “Mercosur Informático”. Ventana de oportunidad, la hubo y grandota: el mercado se había reinventado y disparado en los suburbios de Los Ángeles en 1981 con la aparición de las computadoras de escritorio, y Brasil –bajo su gruesa coraza aduanera- se había trepado con solidez a esa rampa. Y nos invitaba a subirnos.

Y no por filantropía. Desde 1979, literalmente entre gallos y medianoche, Brasil había devenido en la gran subpotencia informática regional: partiendo de un 27% de dominio de mercado propio, llegó al 60% en 5 años, los últimos 2 bajo paraguas de una ley de reserva de mercado. Habiendo devorado sus recursos humanos por exceso de éxito, las empresas brasucas, junto con los palacios de Planalto e Itamaraty, pedían urgentemente de la vieja baquía de la UBA en Computación Científica, carrera creada por el clan de Manolo Sadosky en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Eso sucedió en 1962, con la instalación de la primera supercomputadora de la región, la célebre “Clementina”.

Sadosky fue a los números lo que Sabato a los átomos, pero sin ningún paraguas naval, cuando todavía servían. Echado de la UBA por Onganía y luego del país por la Triple A, el irrompible don Manolo volvía en 1983 como Secretario de Ciencia, a recoger los pedazos del sistema científico y juntarlos sin Poxipol, porque no estaba en el presupuesto. De todos modos, aunque Alfonsín no le diera un mango, Manolo era pasajero inevitable en el avión presidencial.

Los nuevos empresarios informáticos brasileños tenían por fin con quién hablar.

Pero además tenían tema. No sólo querían asociarse a Sadosky y la UBA, querían sobre todo a sus hijos intelectuales, los dispersos ingenieros argentos de FATE Electrónica, con su extraordinaria experiencia en materiales, electrónica, diseño, fabricación y exportación. Estaban dispersos en el sistema científico, en las industrias o en el exterior.

Esta historia tiene una prehistoria. Desde 1967, los empresarios Manuel y Adolfo Madanes, fabricantes de impermeables desde 1935 (FATE= Fábrica Argentina de Telas Engomadas) y desde 1945, de neumáticos, dominaban el mercado automotor argentino.

En 1967 los Madanes aprovecharon la dispersión de cráneos (en más de un sentido) que desató Onganía en la UBA con su “Noche de los Bastones Largos”. Con la diáspora de renunciantes, los Madanes armaron otra empresa, “un aguantadero electrónico de tecnozurdos”, como la definen con nostalgia incrédula los memoriosos.

Los Madanes eran millonarios y contrataron a los próceres matemáticos e informáticos criados por Sadosky, entre ellos Humberto Ciancaglini y el radioastrónomo Carlos Varsavsky. Los que entonces eran muy jóvenes siguen en la brecha y recuerdan: Alfredo Moreno, que desde ARSAT diseñó en 2014 el software de la plataforma de cine argentino “Odeón”, o el maestro criptógrafo Hugo Scolnik, que dirigió hasta 2014 el Data Center de la firma.

Desde la citada noche de cachiporrazos y hasta la llegada de Martínez de Hoz, durante 9 años, “aquella chusma valerosa” (por decirlo a lo Borges) de Exactas y de Ingeniería, con Varsavsky como Jefe de Nuevos Proyectos, logró implantar la marca CIFRA en casi toda oficina privada o pública argentina y latinoamericana. “Implantar” minimiza todo. CIFRA barrió con la competencia. La pisoteó y pulverizó.

¿Quién era la competencia? Olivetti ante todo, que tenía el 90% del mercado. Lo perdió. ¿Y Corea del Sur no aprovechó para colarse? Ni pintaba. ¿Qué sabían esos de electrónica? Las firmas a vencer eran la mencionada, más las yanquis Remington, Monroe, Hewlett Packard y Victor, más las emergentes japonesas Toshiba y Sharp. Y derrotadas fueron, desde Tierra del Fuego al Río Grande.

Años de oro de la electrónica argentina: otros fabricantes de calculadoras se sumaron al malón argentinos: Czerweny, Drean, Talent. Los equipos de audio Audinac y Holimar eran MEJORES que los japoneses, y sólo les pisaba el poncho alguna marca “very high end” como la yanqui Marantz, la nipona Luxman o la inglesa NAD. Pero lo de FATE-CIFRA era un vendaval. ¿Qué quedó de eso?

Diez años y 30.000 muertos más tarde, en 1986, la de FATE-CIFRA era ya otra épica industrial olvidada en el Gran Alzheimer Argentino, pero los brasileños la recordaban bien.

Sabiendo en peligro su Política Nacional de Informática escrita de apuro en 1984 para decirle “vade retro” a Bill Gates y a sus obras, el presidente Jose Sarney trataba de prolongar el momento de gloria de sus propias marcas. Hablo de Modulo en software, e IGB, Itautec y Bravox en hardware, y varias más que aquí no pintaron nunca.

En 1986, los brasileños habían chocado contra un techo interno: necesitaban no solo de nuestros recursos humanos como de nuestra capacidad de formarlos. Cuando tuvieran que sobrevivir fuera de su corralito, debían salir matando, mandarse “la gran blietzkrieg”. De modo que decidieron hablar con expertos en invasiones electrónicas.

Sí, tal cual, no mire alrededor. Hablo de nosotros.


Argentina Nuclear, 2017 – XLVII: Evitando los riesgos atómicos

febrero 11, 2017

Daniel sigue con la saga. Es un pedazo de nuestra historia reciente, olvidado en el ruido de nuestras internas. No quiero demorar en subirlo hasta mi regreso en la semana que viene, porque remarca algunas indicaciones necesarias.

  1. La tentación de la bomba y cómo evitarla

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El presidente brasileño general Artur da Costa e Silva, quien en 1967 nos convidó “a bombas”, y contestamos amablemente: “Ud. primero”.

Uno de los objetivos de esta columna “incubada” generosamente por el Blog de Abel es demostrar algo poco evidente incluso para mis compatriotas: nunca fuimos proliferadores nucleares. Ni en las épocas más idiotas y belicistas del ispa. La cultura institucional de la CNEA y su “weltbild” lo impidieron siempre.

A más de un estudioso yanqui –por caso, John Redick, del Henry Stimson Center- lo nuestro le parece contraintuitivo, una rareza.  ¿Por qué la Argentina no optó por seguir el camino de la India en 1974, si le sobraban quilates técnicos para imitarla? Es más, ¿por qué no imitó a Brasil?

Como causa suficiente “to go nuke all the way”, Argentina tenía en su vecino de puerta a un rival públicamente comprometido a ello desde 1967. Por boca, además, de su presidente, el general Artur da Costa e Silva. Aquel año, éste dijo ante el Consejo Nacional de Seguridad lo que debía desarrollar la agencia atómica brasuca, la entonces poderosa CNEN: “No las llamaremos bombas, las llamaremos artefactos que pueden explotar”. El general se aseguró de que sus dichos se filtraran a la prensa.

Aquí, en cambio, el fúnebre general Juan Carlos Onganía, pese al susto ante el despliegue industrial e hidroeléctrico de los vecinos –tenemos la baja Cuenca del Plata, ellos la Alta-  no estaba para pelotudeces. Debía aprobar la decisión de hacer Atucha I con la alemana KWU, en lugar de con la canadiense AECL. Alguien le había dicho a “La Morsa” que a los primos les llevábamos suficiente ventaja tecnológica nuclear como para dormir sin frazada, y que valía más concentrarse en sumar capacidades pacíficas, en este caso la nucleoeléctrica. En términos geopolíticos (palabra tan de moda entre milicos de los ’60), eso generaba más prestigio y respeto que hablar de “artefactos que pueden explotar”. Y de paso, evitaba chocar de frente con los EEUU, que no es poco.

Con da Costa e Silva entregado a la incontinencia verbal, el contralmirante Oscar Quihillalt en 1967 tuvo que estudiar seriamente una vía rápida a la bomba “just in case”. Si el generalato brasileño probaba sus palabras con hechos, ¿qué remedio habría? De todos modos, el Jefazo Oscar Q. concordó sin ningún voto en contra con la plana mayor de la CNEA en NO levantar aquel guante.

Tras el concordato, a Quihillalt le quedaba la tarea más bien dura de calmar la paranoia profesional del Ejército. Pero contaba con tres ases en su mano: diseño propio en reactores, que los vecinos no tenían, la sorprendente participación de industriales nacionales que se iban anotando -¡vamos, Sabato, todavía!- para la electromecánica de Atucha I, y por último el rediseño drástico del sistema primario de refrigeración que le había impuesto la CNEA a los planos originales de KWU, para disminuir el riesgo de “meltdown” del núcleo. El resultado, una Atucha I más “nac & pop” y MUCHO más segura.

Ese último asunto suponía una inversión de roles: un puñado de argentinos corrigiendo la ingeniería del país que la plana mayor del Ejército, comprador histórico de fierros Krupp, Mauser y hasta cascos de infantería germánicos, siempre consideró el “nec plus ultra” tecnológico mundial, epa. Qué diferencia la nuestra con Brasil, que compraba todo fierro nuclear complejo llave en mano y “a paquete cerrado” (y así le fue).

“Autoridad mata billetera”, decía la CNEA, sin tener siquiera que abrir la boca. Y a esto se añadía a la elección del uranio natural como combustible, frente a la brasileña de enriquecido para Angra I. Ahí el mensaje silencioso era: “Autonomía mata potencia”.

Lo que le mostraba Quihillalt al Ejército Argentino, obsesionado entonces porque los primos estaban haciendo demasiadas obras aguas arriba del Paraná y el Uruguay sin preguntarnos a los de aguas abajo, era que en know-how nuclear teníamos más equipo y mejor manejo de la pelota. Quihillalt no era un hippie pacifista, título que el generalato sí le prodigaba más bien a Jorge Sábato. El mensaje del contralmirante era que si Brasil nos convidaba a bombas, ellos primero. Con el know-how local los alcanzábamos caminando.

En su momento a Quihillalt lo escuchaban generales con un toque industrial nacionalista, como Juan Enrique Guglialmelli, e incluso gorilas de denso pelaje, inmersos en la persecución de peronistas y comunistas y odiadores de nuestros vecinos de mapa, pero no totalmente exentos de materia gris y con harta manija: Osiris Villegas, por dar un caso. Guglialmelli llegaba a plantear –y en los 60 eso era anatema entre generales- que con los brasileños había que dejarse de matoneos hidroeléctricos y tejer algún proyecto industrial común. Qué modo de sacarle la espoleta a la situación, don Quihillalt…

Quihillalt no macaneaba respecto de las capacidades autónomas criollas. Como consecuencia de ellas, 47 años más tarde, en 2014, antes de la entrada en línea de Atucha II, nuestras dos centrales, envejecidas y todo, tenían factores de disponibilidad del 95,8% anual, casi 10 puntos arriba de las comparativamente más nuevas de los vecinos, y 17 puntos por encima de la media mundial.

Medio siglo después de que da Costa e Silva hablara de “cosas que pueden explotar”, en los estados ricos de Brasil (Paraná, Río Grande, San Pablo y Río de Janeiro), la medicina nuclear es posible gracias a los isótopos de diagnóstico y terapia fabricados por nuestro ya cachuzo RA-3, diseño y construcción 100% argentos. En el norte de Brasil, bueno… no hay mucha medicina nuclear.

Por otro lado, en materia de las plantas que fabrican tales radioisótopos, y ante el desabastecimiento mundial del principal en diagnóstico por imagen (el tecnecio 99m), Brasil trató toda una década de conseguir una compra que no fuera llave en mano con Francia, y jamás la obtuvo. En 2010 Brasil terminó acordando que le diseñáramos una fotocopia del RA-10. Éste es el remplazo del RA-3 y una versión potenciada del OPAL que INVAP le vendió a Australia en 2000. Australia y Argentina se autoabastecen en tecnecio 99m y exportan, mientras en Europa, Japón y el resto de las Américas y Asia, falta. Desde 2006, según admite Canadá, eterno competidor y perdedor ante nosotros, el OPAL es el mejor reactor del mundo en esto. Y además, sirve para varias cosas más.

A diferencia de Francia, Argentina aprendió no poco de “marketing nuclear generoso” con Canadá. Esto significa que no tiene problemas en transferir muy abiertamente su tecnología. ¿Nos la copian? Seguro. No problem. Lo que nos copien hoy, en cinco años lo habremos mejorado y ya será un poco viejo.

Éste no es un lujo que nos damos sino una necesidad: vendemos así no porque nos sobren los clientes o la plata, como a AREVA, la empresa nuclear francesa, sino para que no nos sobren los recursos humanos nucleares.

Toda vez que nos sobran tales recursos (Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, De la Ruina, Duhalde), se nos van, en general del país, o en viajes sin regreso a la industria privada. Formar a título de grado un/a ingenier@ nuclear en el Balseiro tiene un costo que hoy estimo en no menos de U$ 150.000 por gorra, y fija que me quedo corto. Los costos de los doctorados y post-docs, que viajan bastante al exterior, son mucho más dispersos (y más salados).

Pero el drama peor no es perder los individuos, incluso por centenares. Lo peor es cuando quiebran o cierran su división nuclear las empresas proveedoras calificadas. Por eso vendemos el “know how” con manga ancha canadiense y no con parsimonia francesa. Tanto para “canucks” como para argentos, nuestro marketing no es un asunto ideológico, ni tiene nada que ver con la filantropía.

Quihillalt podía mostrar estas diferencias de manejo tecnológico con Brasil, cuya raíz última es que tenemos (¿tuvimos?) un formidable aparato educativo público y los vecinos no. Y podía mostrar las consecuencias en cómo manejamos la cuestión atómica aquí y cómo la manejaron allá, cuando apenas despuntaban pero ya eran incontestables. Ante el milicaje cuartelero de sus tiempos, que trató a la educación pública como los camiones suelen hacerlo con los sapos, el contralmirante, misteriosamente fumaba bajo el agua.

Supongo que Onganía y sus conmilitones no lograban explicarse el origen de ese fulgor nuclear argentino, pero les venía bárbaro para agrandarse. Y Quihillalt –del cual ignoro si habría compartido mi visión “educativista”- manejaba con cautela y en favor del país esa autoridad que generaba la CNEA en toda la dirigencia argentina, sin distingo de civiles o militares, gorilas o peronchos, progres o neandertales, magnates o laburantes, maestros o periodistas.

Es conveniente recordar que el “soft power” de la CNEA hasta bien entrados los ’80 estuvo  acompañado de una dependencia directa con el Poder Ejecutivo. El presidente de la CNEA no era –como hoy- un subsecretario que tiene que convencer a un secretario el cual a su vez debe chamuyarle a un ministro (de la Shell) y convencerlo de que le pida cinco minutos a un jefe de gabinete para que éste le pase lo que haya sobrevivido del mensaje al presidente de la Nación. Nada de eso. Como lo nuclear es estratégico, hasta 1983, el presidente de la CNEA entraba al despacho del Presidente de la Nación con un telefonazo.

Lo que no podría predecir siempre el contralmirante Quihillalt era a quién se iba a encontrar en el resbaladizo sillón de Rivadavia: vio desfilar 18 presidentes. Son 3 veces más supremos mandatarios de los que vio entrar y salir del Salón Oval de la Casa Blanca don J. Edgar Hoover entre 1935 y 1972. Eso es más o menos lo que va de los ocasos de Bonnie & Clyde al de Richard Nixon, por mencionar íconos del crimen.

Sólo que las largas presidencias en la CNEA de un Iraolagoitía o un Quihillalt, a diferencia de la vitalicia de Hoover, no se conseguían a carpetazos, o silenciando o provocando magnicidios. Se conseguían con obras complejas. Eran el resultado –que muchos giles creímos eterno e inevitable- del dominio casi monopólico a escala regional de una de las tres tecnologías duales que modelaron a escoplazos la historia del siglo XX, y continúan. Las otras dos son la aeroespacial y las TICs, y desde los ’80 hay que añadir las biociencias.

El hoy embajador argentino en Hungría, Max Cernadas, un “diganista” de la primera horneada de Adolfo Saracho, dedicó un libro (“Una épica de la paz”, Eudeba, 2016) al modo en que Alfonsín evitó una segunda carrera armamentista nuclear sudaca entre 1983 y 1987. Cernadas tiene una pluma barroca, pero todo lo dicho ahí es vivencial y cierto.

Sólo añado que antes de Alfonsín hubo otro tipo que evitó una primera carrera con Brasil, y ése fue Quihillalt, nada recordado. Un brindis tardío por el contralmirante.


Trump y la Historia que no finaliza

enero 30, 2017

vacaciones

Lo dali

Hay algo que me fastidia en el hecho de estar de vacaciones ahora, y con un acceso mezquino a Internet. Es que en estos días se desarrolla un proceso que, por lo importante e inesperado por los analistas, no puede compararse a otro que el que lanzó Gorbachov en la vieja URSS al empezar con la Perestroika.

Dicho esto, me apuro a remarcar la diferencia: el socialismo sovietico, a lo largo de siete décadas quedo ligado con el destino de esa Gran Potencia. La globalizacion en su version financiera, no está atada, solamente, a lo que haga o no haga EEUU.

Al regreso acerco algunas reflexiones. Ahora, subo desde la distancia y con atraso esta nota de Gabriel D. Lerman. Doblemente interesante porque proviene de un progresista de Página 12, especie aferrada a sus convicciones, que encuentra que ahora debe repensarlas. El titulo, apropiado, es

FINAL ABIERTO

También el hecho de menospreciar procesos de cambio más atados a liderazgos que a partidos, de no comprender cabalmente el fenómeno del populismo latinoamericano, y el de haber sido, por suerte, constructores de teoría al mismo tiempo que estábamos en el corazón de la praxis, contribuyeron a que no exista un corpus de ideas más o menos sistematizado sobre lo que fue el giro a la izquierda en la región. Esto ocurre en circunstancias en las que ya deberíamos estarnos preguntando cómo afrontar la reacción conservadora que se está procesando en muchos de nuestros países”, reflexiona la uruguaya Constanza Moreira, senadora del Frente Amplio y ex precandidata presidencial en las internas de su coalición en 2014. Reflexiones a subrayar y cotejar ofrece el artículo de Moreira y los de otros dirigentes e intelectuales destacados de la región como Alvaro García Linera, Emir Sader, Alfredo Serrano Mancilla y Ricardo Forster, que integran la compilación Las vías abiertas de América Latina, editada por la UMET bajo la coordinación de Carlos Girotti. Pensar, historizar, realizar balances, refundar la política, todo esto suscitará, desde ahora, la última década en América Latina, parecen decirnos estos autores. Si bien estamos viviendo un momento de inflexión o declive, la caracterización del proceso también es política: no es lo mismo señalarla como “restauración conservadora”, como “fin de ciclo”, como “repliegue temporal” o, como prefiere decir García Linera, como un “proceso por oleadas revolucionarias”.

Sería demoledor y abismal liquidar el tema en pocas páginas, y los autores son conscientes de su doble condición de políticos y pensadores, algunos con mayor acento en uno u otro eje. Los temas que subyacen a esta obra colectiva, tan heterogénea como las referencias que emplean y aluden, son un llamado a la historia, a la economía, a las ciencias sociales, y también al ejercicio del periodismo o en todo caso ese flujo cotidiano de pequeñas informaciones y noticias que hoy recibimos y reproducimos por redes sociales, y que presentan todo el tiempo una reinterpretación del mundo en que vivimos. Porque cada presentación contenida en esta vías abiertas, que juega en su nombre con aquella obra de Eduardo Galeano de tanta pregnancia simbólica, alude a la larga construcción, muchas veces fallida, de un conjunto de naciones, de pueblos y destinos, alguna vez agrupados bajo la etiqueta “Patria Grande”. De eso se trata, parecieran susurrar todos por lo bajo. La dificultad radica en las velocidades, en los problemas específicos, en las particularidades, en el trazo que cada país ha significado como emergencia nacional, estructural y simbólica. Y en este sentido, tal vez el intento más original y preciso que deja este libro sobre la mesa del pensamiento actual latinoamericano, que podría dar el puntapié para un nuevo tipo de reflexión contemporánea, es el esfuerzo que hacen García Linera, Sader, Moreira, Ramírez y Guijarro, por apuntar logros y obstáculos, contextos y realizaciones de cada proceso nacional. Es decir, no rearmar de un modo automático la estela retórica de la patria grande que todo lo cubre y lo exime, sino ahondar el debate en los aspectos cruciales en los que pueden puntuarse medidas de gobierno, programas implementados, relaciones orgánicas entre Estados y movimientos sociales, procesos culturales abiertos, ampliación de derechos, dilemas de la concentración de medios y la convergencia tecnológica, en fin, modelos económicos de desarrollo y distribución social de la renta. En este sentido, y como ha sucedido en otros momentos cruciales del continente, sería de gran fertilidad y buen augurio, una invitación abierta y generosa al debate de parte de universidades, institutos, partidos, movimientos y fundaciones que aún tengan entre sus horizontes la construcción de ciudadanía y la ampliación de derechos políticos y sociales, a pensar los resultados pero también lo que subyace a todo el proceso, considerado en marcha o en suspenso. Sería deseable si existiera la voluntad y el espacio para ofrecer debates contundentes como los que en su tiempo protagonizaron José Martí, Manuel Ugarte, José Carlos Mariátegui, pero también Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Juan Carlos Portantiero, José Aricó y todas las escuelas de la región albergadas en Flacso, Clacso y otros espacios institucionales de larga experiencia.

En algún sentido, el señalamiento de la inmersión en la historia concreta que presenta aquí y ahora Alvaro García Linera, en su rol de vicepresidente de la Repíblica Plurinacional de Bolivia, lo eximiría aparentemente de un debate de tenor académico, incluso muchos considerarían esto como una snobeada o un gusto para contertulios sin perspectiva. Sin embargo es García Linera mismo quien invita a producir un debate abierto y franco en cada idea que plasma, y no desde un pedestal o un púlpito gubernamental sino desde el foro social y político, la cátedra, el espacio público. Dicho lo cual, vale la pena contexctualizar que no siempre las condiciones para el debate son las más genuinas. En un apartado que lleva por título “Gramscialización de las estrategias de contrainsurgencia imperial”, denuncia que en los últimos cuatro años asistimos a un proceso de “agresión concéntrica que combina boicots económicos, ataques políticos internacionales, financiación de partidos políticos de derecha locales y carteles mediáticos de difamación y mentiras, con movilización social”. Y compara que así como hace tres décadas las fuerzas armadas norteamericanas leían El arte de la guerra de Sun Tzu, hoy leen los textos gramscianos debido a “la preponderancia de las batallas culturales en el nuevo escenario de disputa del poder continental”.

Cuatro son los logros de la última década para García Linera: la ampliación de la democracia política, la redistribución de la riqueza común y ampliación de la igualdad social, el ensayo de formas posneoliberales de gestión de la economía y administración de la riqueza, y la construcción de una internacional latinoamericana progresista y soberana. El subrayado de estos cuatro ejes, que abarcan la política, la cultura, la economía y las relaciones internacionales, bastaría para introducir una agenda caudalosa de debate. Cada eje despliega a su vez gran cantidad de subtemas y aspectos. Mantiene, en esa línea, semejanzas con el artículo de los ecuatorianos Ramírez y Guijarro, y el venezolano Serrano Mancilla. No es casualidad que esos balances desplieguen una grilla amplia y abarcadora de lo social, lo político y lo económico, dado que resultan sobreimprimirse en procesos donde la radicalidad de los cambios presenta mayor hondura. Diferente es el caso de Brasil y Uruguay, y con otros matices, Argentina. Sin embargo flaco favor se le haría a la complejidad e incluso a la praxis política, si se adoptaran las etiquetas fáciles de populismos duros o blandos, socialismos democráticos, progresismos instituyentes o institucionalistas. Emir Sader puntualiza sobre Brasil: “El gobierno no buscó transformar las estructuras de poder heredadas del neoliberalismo, ni el poder del capital financiero, ni el del agronegocio, ni el de los monopolios en los medios de comunicación. Es cierto también que en aquel momento, no se tenían las fuerzas necesarias para ello, pero el gobierno tampoco se propuso generar las condiciones para poder hacerlo en el futuro. El éxito de las políticas sociales y el liderazgo de Lula disminuyeron -hasta cierto punto y hasta cierto momento- los efectos negativos de esas estructuras que se mantenían”. Ricardo Forster señala la necesidad de pensar hasta qué punto la experiencia del kirchnerismo es heredera y crítica del movimiento creado hace más de setenta años por Juan Perón: “No para dirimir algo casi imposible de lograr, que es explicar la exuberante y contradictoria diversidad del peronismo, su paso tumultuoso por la historia nacional, sus logros y sus oscuridades, sino para romper ciertos prejuicios a la hora de realizar un balance productivo y crítico de esta última década en la que tantas cosas ocurrieron cuando ya nada presagiaba que la historia iba a recomenzar”. Y adentrándose en una zona más polémica que recoloca la política argentina en la tradición progresista, al referirse a la derrota de 2015 y a la restauración neoliberal emprendida desde entonces, Forster se pregunta sobre el kirchnerismo: “¿Acaso fue el último nombre posible para una apuesta emancipadora en un país que vuelve a girar hacia la derecha regresando a su oscura gimnasia de la repetición? ¿Acaso se replicó con el kirchnerismo aquello que de Alfonsín dijera Pancho Aricó, cuando sostuvo que había estado ‘a la izquierda de la sociedad’?”.

Dos o tres núcleos históricos se agolpan y conviven en las referencias que realizan los dirigentes y pensadores políticos reunidos en este libro, y cada núcleo ofrece una mayor dificultad aún. En primer lugar, la idea de América Latina o patria grande heredada de los tiempos de la independencia, con las grandes figuras patrióticas de los próceres y padres fundadores: Bolívar, San Martín, Artigas. En segundo lugar, las relaciones que se establecen con las etapas nacionales de mediados del siglo XX, aunque muy matizadas en estos artículos, y el llamado populismo latinoamericano: Vargas, Perón, Cárdenas, Paz Estenssoro. En tercer lugar, lo que tanto Sader como García Linera, de manera escrupulosa, aún denominan los gobiernos progresistas y nacional populares posneoliberales, emblematizados en las figuras de Chávez, Lula, Kirchner, Correa, Evo y Mujica. No es fácil realizar balances o ensayar memorias cuando los procesos aún están abiertos, cuando el fragor de la lucha lo dificulta o cuando la madeja de compromisos e intereses creados abduce la crítica. Sin embargo, es imposible pensar que una década como la pasada hubiese tenido lugar sin una larga construcción conceptual, política y cultural que sobrevino en el tiempo a la derrota popular de los años setenta, y que se apoyó en una búsqueda modernizadora e incluyente a la vez que, desde los años ochenta, viene pensando a la región sin renunciar a la democracia ni a la igualdad.


Dilma, Camila Vallejos en Buenos Aires

diciembre 22, 2016

dilma

Esto es hoy, jueves 22, a las 15 hs. ¿Puedo recomendarle a la UMET, y a la CLACSO, una buena agencia de comunicación? Porque esto no lo vi en las redes sociales, ni en los medios. Ni siquiera en Página 12, que auspicia. ¿Tal vez es un homenaje sentimental a Dilma, por los lejanos tiempos de la clandestinidad?


El Pepe Mujica en el PJ

diciembre 13, 2016

mujica-gioja

Como ven, no es que lo hayan afiliado. Es que, como en la reunión de Cristina, Dilma y Lula en Sao Paulo, las diversas realidades del peronismo se interesan en la necesidad de fortalecer y desarrollar lazos, en vista de lo que aparece -ante las catástrofes del “rematch neoliberal”- como una posible segunda temporada para los movimientos populares.

Nuevamente, es Rafael Folonier uno de los artífices de las “relaciones exteriores perucas”. Corresponde, por una cuestión generacional. Pero conviene ir preparando las nuevas camadas.


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