Macri y los sindicatos: la guerra decisiva

enero 16, 2018

Puede ser que el título de esta segunda parte del posteo del domingo les parezca exagerado. Voy a tratar de demostrar porqué creo que es realista. Pero, primero, voy a dar los argumentos que hacen que ustedes, gente razonable, puedan pensar que estoy exagerando. Es que ambas miradas dicen de la realidad argentina.

Empecemos por lo práctico, la concentración del poder: Desde 1983, con la demolición del “partido militar” las batallas decisivas internas se dan cada cuatro años, al elegir Presidente (los plazos se acortaron en algunas ocasiones, por errores imperdonables del Presidente en funciones). Digo internas porque los capitales y empresas transnacionales, y los condicionamientos que impone la Potencia Hegemónica del hemisferio, tienen mucho más peso que cualquier agente local.

Ahora, dentro del país, el titular del Poder Ejecutivo maneja un poder, incluso económico, mayor al de cualquier grupo local. Por supuesto, también está mucho más condicionado y expuesto que cualquier empresario. O juez, como recordaba una Presidente anterior. Pero, si pensamos en el poder político -el que se obtiene desde la actividad política- la batalla decisiva, no cabe duda, gira sobre las candidaturas presidenciales para el 2019.

Sigo con los argumentos de este lado de la balanza: Mauricio Macri, que ejerce poder político desde 2007, cuando fue elegido Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, no mostró hasta ahora ninguna inclinación a dar una pelea de vida o muerte con el sindicalismo. Ha sido, sí, un negociador muy duro, pero sólo fue implacable con los débiles, y el sindicalismo argentino no lo es.

Tampoco puede decirse que el sindicalismo, en su conjunto, se enfrentó a Macri. La mayoría de los sindicatos -no todos- apoyaron con recursos y fiscales a los candidatos del FpV en las elecciones presidenciales de 2015. Algunos sindicatos, algunas agrupaciones, algunos dirigentes, dieron y dan batallas muy duras contra este gobierno. Pero otros -pocos, es cierto- lo apoyaron aún antes de las elecciones. Y una larga mayoría de los sindicatos más poderosos se mostraron dispuestos a negociar con el nuevo gobierno.

Nada sorprendente. De la “mitad más uno” que votó a Cambiemos en 2015, formó parte una buena cantidad de trabajadores sindicalizados. Una mayoría, en algunas ramas. No hace falta recordar, creo, que los trabajadores en blanco son en Argentina parte de los sectores medios. Decidieron su voto por expectativas favorables, o por fastidio o bronca con el gobierno anterior ¿Por qué los dirigentes tendrían motivaciones distintas?

En cuanto a mantener una disposición negociadora, aún en el durísimo 2016: Sólo alguna militancia ingenua (política, o simplemente digital) asume que los trabajadores están siempre dispuestos a luchar, que a los del sector privado no les importa si la fuente de trabajo permanece o no, y que si no se enfrentan a la patronal es porque los dirigentes son burócratas y Malos. Ni los gremialistas ni los empresarios -de los que hay muchos en este gobierno- comparten esa superstición.

Hay otro factor que explica la … renuencia de una parte de la dirigencia sindical a enfrentar a este gobierno, y la demora del gobierno en acosarla: la fortuna de la Familia Macri, como la de buena parte de los grupos económicos más poderosos de este país, surge de los negocios con el Estado. La “explotación de los trabajadores”, en términos marxistas, no es directa sino indirecta.

Esta etapa se terminó. A una parte de esa dirigencia, muy veterana, que maneja un poder económico que también depende del Estado, le resultará difícil aceptarlo. Pero la realidad se impone, y como he dicho muchas veces, los “muchachos” si algo son, son realistas.

Por eso hablo de la “guerra decisiva”. No me baso en la coyuntura, la ofensiva que describí en la primera parte de este posteo, y que continúa, como puede verse en los medios.

Menciono, sin desarrollar -todavía estoy de vacaciones, y además ya hablé mucho de ellos en el blog- los factores estructurales: la situación económica es mala, y, peor, no es sustentable. La burbuja de la deuda crece, y el déficit comercial también. Aunque el costo laboral no es un factor significativo para la dificultad de exportar, si en las paritarias se recuperara sólo parcialmente el deterioro del salario, la inflación, ya alta, sufriría un nuevo salto, pues el gobierno no puede ni quiere poner límite a los aumentos de precios. Agravaría un cuadro ya delicado.

Más estratégico: el Movimiento Obrero argentino, por su etos, su organización y sus recursos económicos son el verdadero “hecho maldito” de la economía argentina. Por razones ideológicas, este gobierno y las instituciones internacionales -el F.M.I., en primer lugar- que podrían apoyarlo tienen que derrotarlo.

¿Podrán hacerlo? Esta “guerra decisiva” se libró contra estructuras gremiales tan poderosas como la inglesa, con toda la tradición de las Trade Unions, y la estadounidense, con su historia de luchas de AFL-CIO (y algunas conexiones con las Familias). Pero el establishment argentino no es el yanqui ni el inglés, ni -lo fundamental, a mi entender- tiene un proyecto alternativo, con una ubicación viable en el mundo. El intento del acuerdo Mercosur – Unión Europea sólo muestra desorientación, o su patético papel en la reunión de la OMC,

De este lado, cito de un reciente documento gremial:

La “mafia sindical” que el gobierno y sus aliados buscan “combatir” es una estructura de 3.500 organizaciones, con convenios que protegen los derechos de más de 10.000.000 de trabajadores y trabajadoras. Se trata de un entramado que, tras décadas de deterioro de la asistencia pública de los malos gobiernos, cubre la atención de la salud de 20.000.000 hombres, mujeres y niños.

Somos más de 70.000 delegados y delegadas de base que todos los días peleamos para impedir abusos patronales en las fábricas, los comercios, las oficinas, las dependencias estatales de todo el territorio nacional. Además, promovemos la ayuda mutua, la cultura, la capacitación laboral, el turismo social. Todo esto, a contramano de un sistema que exalta los valores individualistas y la competencia descarnada“.

Un comentarista del blog, muy fastidiado con las actitudes del movimiento obrero, escribía “necesitan a los ultra k para que los defiendan“. Bueno, no. La relación de poder material es muy a la inversa. Y en general el peronismo tiene claro que, sin el sindicalismo, simplemente no existe. Pero me parece significativo, e importante, que una diputada de Unidad Ciudadana, sindicalista, con el apoyo técnico del Instituto Patria, dé el mensaje del video de arriba. Porque el sindicalismo, sin militancia joven, no tiene futuro.

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Macri o acérrimo

enero 15, 2018

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Ayer apareció en La Nación (parece que se ha convertido en un filón para sicólogos: los deseos ocultos de -una parte de- los argentinos) un reportaje a Juan José Sebreli, sociólogo, historiador, crítico literario, filósofo, autor de culto de la Izquierda en algún momento y activista por los derechos homosexuales: “Si se pierde esta oportunidad, vuelve seguro el populismo más acérrimo“.

Naturalmente, provocó alaridos, y análisis filosos, entre quienes se identifican o valoran al peronismo, o a la experiencia kirchnerista en particular, o, por lo menos consideran que el gobierno actual es un desastre. Los más furiosos son los progresistas porque Sebreli es alguien, que, en el pasado remoto, compartía sus valores.

No pienso invertir tiempo en eso. En todo caso, los remito a Nando Bonatto, bloguero y poeta, que toma los mismos fragmentos que llamaron mi atención y le da para que tenga. Lo que voy a hacer es extraer unas pocas frases del reportaje, que, me parece, resumen bien un pensamiento, una actitud, con raíces profundas en nuestra sociedad.

“…Bipartidismo o pluripartidismo, lo que importa es el régimen hegemónico que hemos tenido desde la década del 40. Yo no soy de los que creen que el kirchnerismo fue malo y el peronismo es algo rescatable. Yo creo que el kirchnerismo es una rama podrida del tronco peronista.

…A nivel político coincido con la orientación de Macri: la reinstalación en el mundo; aliarse a la Unión Europea y Estados Unidos. En economía, la única salida es terminar con la inflación y el déficit fiscal, pero la política económica implementada para esas buenas ideas hasta ahora fracasó.

…Mi modelo de político es Felipe González o la socialdemocracia alemana, pero Macri es hoy lo mejor que tiene la sociedad argentina. Acá la elección es entre el mal menor y el mal absoluto. Y el mal absoluto es el populismo“.

Interrumpo el análisis que ayer empecé a esbozar sobre el enfrentamiento del gobierno con el sindicalismo -algo más importante y actual en relaciones de poder- para comentar esto, porque -como les dije- creo que expresa ideas que comparten muchísimos argentinos. En forma confusa, y mezcladas con otras, que las contradicen. Pero que en algunas ocasiones recientes, el año pasado, y en noviembre del 2015, por ejemplo, se transformaron en una mayoría electoral.

(En este blog, donde “por algún motivo que no alcanzo a entender”, vienen a comentar tanto cristinistas fervientes como liberales cualunquistas, uno de los últimos, David (idu) las repite obsesivamente -con menos violencia que J. S. S., cierto- y desbordaría las columnas de comentarios si yo le autorizara todos).

Seamos realistas: esta vertiente del liberalismo con énfasis en la libertad de los rentistas -lo que hoy llamamos, simplificando, neoliberalismo- es la ortodoxia dominante en los países del Atlántico Norte desde hace unos 40 años. Pero aún allí está hoy cuestionada, y seguramente no despierta ningún entusiasmo político. Y es imposible pasar por alto el hecho que, cuando se intentó aplicarlas en Argentina, el experimento terminó en una crisis económica muy grave: las reformas de Martínez de Hoz, las más tímidas de Sourrouille-Machinea, la muy audaz de la Convertibilidad…

¿Cómo es que el odio al “populismo”, este neogorilismo, tiene tanto vigor? Es cierto que el estadounidense Nicolás Shumway, un observador agudo de nuestra realidad, dijo que “Argentina es un museo de ideologías“, y tenía razón. Aquí podemos encontrar desde católicos preconciliares a marxistas leninistas. Pero lo que aquí interesa no son los ideólogos, sino un pensamiento extendido, casi un “sentido común” -por suerte, parcial- como el que definía Gramsci.

Es importante tener claro que aquí hay un elemento muy distinto del gorilismo tradicional, la reacción al peronismo del ´45 al ´55. Ese gobierno concentró un poder hegemónico -por un tiempo- en el Ejército y en el sistema de medios, realizó transformaciones muy profundas en la sociedad, y quiso establecer una “Doctrina Nacional” (sin tratar de imponerla con campos de concentración, es verdad). Era previsible que sus oponentes reaccionaran con violencia intelectual (además de la física).

Pero eso fue hace 63 años. Nada de eso puede decirse de la reciente y prolongada experiencia kirchnerista. Ciertamente esos tres gobiernos constitucionales cometieron desprolijidades y algunos abusos de poder -menos que en los dos años de macrismo. Y en la última parte algunos de sus militantes usaban un discurso “chavista”.

Un discurso. No sólo nunca se aplicaron medidas que se aproximaran a las ensayadas por Chávez en Venezuela. No había la más remota posibilidad que se aplicaran, al no contar con Fuerzas Armadas politizadas y leales, ni con la riqueza petrolera que al comienzo las hizo factibles.

La explicación usual que se da esa militancia kirchnerista -la más numerosa, en el campo “popular”- para este neogorilismo intenso versa sobre el odio y temor a los pobres. Sin duda, ese elemento existe entre nosotros, pariente cercano de la xenofobia que hoy vemos rampante en Europa (El año pasado subí un posteo sobre la aporofobia). Pero no es suficiente para explicar este fenómeno, en mi opinión.

Deja de lado el hecho -fácil de percibir- que muchos votantes del peronismo también hablan de “esos vagos que reciben planes mientras yo me rompo el lomo laburando“. Pues eso mismo demuestra que no alcanza, en la Argentina de hoy, para definir una posición política. Tampoco el amor a los pobres -una virtud cristiana fundamental, y que vemos en la realidad que motiva a muchos militantes sin compromiso religioso- está tan extendido como para sumar muchos votos. No son tantos los que aman a los pobres. Ni siquiera entre los pobres.

Mi impresión -no es más que eso, y la ofrezco como sugerencia- es que este odio surge de una frustración. Así como los votantes de Trump expresan la de los blancos pobres, o relativamente empobrecidos, y se aferran al sueño de unos Estados Unidos de hace más de medio siglo, el país más poderoso del mundo y con buenos trabajos para ellos. El neogorilismo cerril expresa entre nosotros la frustración de una sociedad imaginaria, la de una Argentina donde los más pobres que uno trabajaban duro y eran respetuosos, no estaban sindicalizados, y se podía imaginar que con el tiempo se llegaría a estar entre los ricos. La frustración de las aspiraciones, en suma. Cualquier proyecto político que aspire a gobernar debe tener en cuenta este motivo, no explícito pero poderoso entre los votantes.


Macri y los sindicatos

enero 14, 2018

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Aunque estoy lejos de la ciudad mediática, me parece evidente que los estrategas del oficialismo -que también han leído a Laclau- han elegido al enemigo para esta etapa. Y son los sindicalistas. Tarea que empieza -lo sabemos todos los que trabajamos en comunicación- por construir una imagen: por eso se empezó con el “Pata” Medina, el “Caballo” Suárez y culminó esa fase inicial con el casi desconocido Balcedo. Al que enseguida hicieron famoso.

Ahora la batalla en los medios -que por algún motivo que no alcanzo a entender llaman “cultural”- está a pleno. No voy a reproducir las tapas de Clarín, ni noticias policiales (tengo acceso limitado a Internet). Enlazo, y les invito a hojear, noticias de estos días de La Nación, vocero muy tradicional de los sectores de poder:

Corrupción sindical, de Luder a Macri

Dos ministros salieron al cruce de Barrionuevo

La pregunta del millón: ¿vendrá el turno del clan Moyano?

El síndrome del sindicato vacío

La decadencia peronista y el laberinto de Macri

Macri necesita de una alianza sindical

Los enfoques son diferentes. Fidanza es más reflexivo, y Pagni -sin dejar de repetir los temas establecidos: corrupción, matonismo, decadencia…- introduce en el título una advertencia. Pero el discurso es el mismo: el sindicalismo no existe. No se habla de estructuras, regionales, cuerpos de delegados, afiliados… El tema son los dirigentes sindicales. Que, sin necesidad de decirlo explícitamente, son todos mencionados como viejos, gordos, -o hijos de otro sindicalista, del que heredaron el gremio-, de lenguaje brutal. Y muy ricos. No tanto como empresarios o CEOs de empresas de servicio de tamaño similar a las que manejan esos sindicatos, pero esa comparación no se hace, por supuesto.

La ocasión y los motivos inmediatos de esta batalla están bien descriptos en esta otra nota de -of course- La Nación, que procedo a copiarles. Pero les aviso: No son los motivos de la guerra, en mi falible opinión. Si tengo tiempo -y energía- se los cuento mañana.

Las represalias del poder por la frustrada reforma laboral

Jorge Triaca es el único ministro que no logró traducir en ley el proyecto vinculado a las reformas en su área. El freno a la iniciativa laboral en el Congreso a partir del frágil acuerdo que tejió con la CGT despertó en el corazón del Gobierno un afán de venganza. La ambigüedad a los gremios no les saldrá gratis. Esa fue la advertencia que surgió desde la Casa Rosada.

Las represalias hacia el sindicalismo ya comenzaron. En los despachos oficiales se apilan documentos con información sobre el blanqueo de capitales que involucran no solo ya a Víctor Santa María, jefe de los porteros, del PJ porteño y propietario del diario Página/12. Según publicamos el jueves, Iván Ruiz revela que los hijastros de Hugo Moyano blanquearon 1.100.000 dólares. No sería el único movimiento de dinero sospechoso relacionado al líder camionero. Habría más.

En paralelo, desde el Gobierno se blanden expedientes judiciales con la amenaza de ser activados con un mero llamado telefónico a Comodoro Py. La retórica cruzó a la práctica en plena feria: el 4 de enero un escuadrón de la gendarmería allanó el gremio del caucho por una irregularidad en su elección de autoridades. El impulsor de la medida fue el fiscal Guillermo Marijuan, que tuvo el aval del juez Sebastián Ramos, que actuó por las vacaciones de Daniel Rafecas. El sindicato del caucho estuvo conducido durante 40 años por Carlos Ponce, un hombre de Moyano.

La CGT ensayó una defensa corporativa por el operativo en el gremio del caucho y lo calificó como “un atropello”. En la central obrera se preguntaron sorprendidos por qué la justicia federal había actuado en cuestiones electorales internas y consideraron que el laboral debía haber sido el fuero ejecutor. Un abogado que asesora a decenas de gremios identificó al jefe de Gabinete, Marcos Peña, como el estratega para sortear la justicia laboral y avanzar contra los sindicatos por otra vía. No hay que olvidar que Mauricio Macri emparentó a la justicia laboral con una mafia.

Es probable que en el corto plazo al portuario Omar “Caballo” Suárez se le acabe el beneficio de la prisión domiciliaria en una casona de Olivos. En el Gobierno lo quieren ver de vuelta en el penal de Marcos Paz.

También hay expectativa en el oficialismo por los hallazgos que puedan surgir de la causa por la sucesión de Julio Vicente Raele, un empresario del seguro que ofició históricamente de nexo entre la política y el mundo sindical. Con este caso, el fuero civil y comercial podría generar tal vez más impacto que el penal. Son muchos los sindicalistas con los que Raele forjó algo más que una amistad. Hasta hoy, solo la cúpula de la Unión Obrera Metalúrgica está investigada por presunto lavado de dinero a partir de la empresa del difunto empresario del seguro.

“Ahora vienen por nosotros”, asumió con voz trémula un cacique sindical que siente la presión judicial en la nuca por los coletazos locales del caso Odebrecht. No es el único gremialista que está preocupado“.


No se preocupen tanto por la inflación y la deuda. Hay cosas peores

enero 13, 2018

Medusa

Ayer recibí una encuesta de Synopsis (ya empezó la cosecha de 2018) que indica que un número cada vez mayor de argentinos está preocupado por la situación económica del país. Y la suya propia. Iba a subirla para hoy -en vacaciones y con acceso limitado a Internet, cualquier cosa para ahorrarme trabajo- pero ya se me adelantó el alerta J. R. Sentís.

Y ayer había subido el análisis -excepcionalmente claro- de Feletti. Entonces recurro a un artículo que tenía agendado desde hace casi un mes de Hernán de Goñi, director periodístico del Cronista, vocero ortodoxo del establishment económico si los hay.

El problema de la economía argentina que describe no es uno que puede acaparar  hoy los titulares de los medios. Ni del oficialismo ni de la oposición. Pero en cierto sentido, es el más grave. Porque es estructural. A él se han enfrentado todos los gobiernos argentinos desde hace 65 años. La característica del actual gobierno es que por razones ideológicas lo niega. Y para enfrentar su consecuencia inevitable recurre con irresponsabilidad sin antecedentes desde los tiempos del gobierno militar al endeudamiento externo.

Mi habitual comentario, brevísimo, al final.

Por suerte para el Gobierno, el déficit en la cuenta corriente es un dato tan técnico que solo genera preocupación entre los economistas y los analistas de Wall Street. Lo real es que se trata del dato más preocupante de la coyuntura económica que atraviesa el gobierno de Mauricio Macri en el mediano plazo, pero no tiene el mismo impacto que la saga de la inflación, el aumento de las jubilaciones o la evolución del déficit fiscal, por mencionar algunos.

De acuerdo a los datos difundidos por el Banco Central, en el tercer trimestre de 2017 este rojo llegó a u$s 8683 millones, lo que implica un salto interanual de 200% frente al mismo período del año anterior. La causa principal es un incremento de 24% en las importaciones, contra una variación casi nula de las exportaciones, que fue de -0,2%. A eso se le agregó un mayor déficit en la cuenta servicios, con un crecimiento de 28,6% y otro salto de 46,5% en el saldo negativo de la cuenta de ingresos primarios, ya que el rojo por intereses de la deuda se elevó 66% anual y la salida de utilidades y dividendos creció 28,3%.

Según el cálculo de Ecolatina, en el acumulado de los últimos cuatro trimestres, el déficit de cuenta corriente sobre el PBI alcanzó el 4,5%., el peor rojo de cuenta corriente desde 1998.

En resumen, lo que traduce este indicador es que el gradualismo no es para siempre. Tanto la entrada de dólares para financiar al Tesoro (pero también a las provincias) como el ingreso de divisas atraídas por la tasa de interés real positiva, están conteniendo al tipo de cambio y por esa razón es más negocio importar que exportar. En la medida en que esta situación no se revierta, al Gobierno el zapato le apretará en dos lugares distintos: complicará todavía más a los exportadores (poniendo presión sobre el empleo y sobre las inversores que tienen como destino otros mercados externos) y hará más difícil el circuito de endeudamiento al Gobierno, ya que la cuenta de intereses continuará en alza y potenciará aún más este contexto.

 El Banco Central puede lucir un récord de reservas a fin de año, ya que a primera vista es el único que recibe un beneficio directo por la entrada de dólares. La contracara es que los pesos que emite para comprarlos tienen que ser absorbidos por Lebac a una tasa superior a la devaluación esperada (que hace rato dejó de ser equivalente a la inflación). Pero si el Gobierno no encuentra una forma genuina de crear dólares (la lógica es con exportaciones más competitivas) el gradualismo crujirá más rápido de lo que se espera. El día que esta encrucijada deje de ser de interés de los técnicos, el Gobierno tendrá un problema serio“.

Como les dije al principio, estoy en vacaciones y no sueño en intentar escribir una respuesta ahora para este problema. Pero sí me siento obligado a decirles cuál no es la solución.

Esta nota de De Goñi puede ser, o no, un aporte para el club de los devaluadores. Como sea están activos. Ayer, la Sociedad Rural de Rosario habría pedido un dólar a 30 pesos. Pero cualquier devaluación, aún una “moderada” se trasladará inmediatamente, y aumentada, a los precios internos. El dólar volvería a estar “atrasado” en meses, sino en semanas. Salvo que la caída en el consumo alcance a los sectores medios y medio altos, como sucedió en 2001/2002. No necesito recordarles que pasó en la economía, en la política y en la sociedad argentina en esos meses, no?


Un juicio sobre Boudou. Y también sobre la realidad

enero 12, 2018

Este reportaje, emitido ayer, comienza con el tributo que le hace un colega a Amado Boudou. Con cuyos términos coincido. Por eso, cuando recibí la noticia de su libertad -y sin ocasión, ni mucha energía -estoy en vacaciones- para escribir, quise reproducirlo.

Porque además Roberto Feletti es, ya lo dije antes en el blog, uno de los mejores economistas con experiencia de gobierno que tiene el peronismo. Y además es una persona sensata. Me parece que vale la pena, entonces, que escuchen la reflexión que hace sobre la política económica oficial y sus posibilidades de éxito.


Política y corrupción, otra vez

enero 11, 2018

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Repasando este tema, siempre actual, encontré que este año se va a cumplir una década de la primera ver que lo analicé en este blog. Para confirmar mi idea que, como en la literatura, en política se trabaja con un número limitado de argumentos, les cuento que el disparador fue una operación de Carlos Pagni, entonces recién transferido de Ámbito a La Nación. A pesar de eso, o quizás por eso, creo que lo que dije ahí sigue siendo válido.

Por supuesto, hay más cosas para decir. Hace un año Gerardo Fernández rescataba del libro “Estrategia y Táctica del Movimiento Nacional”, de Arturo Frondizi, publicado en 1964, el capítulo “La corrupción, pretexto para derribar gobiernos populares”.

No ha habido hazaña -militar,política,económica,cultural- de trascendencia para el afianzamiento de nuestra nacionalidad y el acrecentamiento de su patrimonio material y espiritual , que no haya sido objeto de las más irresponsables campañas de difamación tendientes a invalidarlas, menospreciarlas o postergarlas“. También los invito a leer el resumen que hace Gerardo.

Pero creo que es necesario tener claro algo, que en la convicción y el entusiasmo de la militancia se puede pasar por alto: Las denuncias de corrupción son un arma política eficaz. Un militante, o un estadista, cuando juzgan a un gobierno, deben evaluarlo por las consecuencias de sus medidas. Pero también deben saber que la política no es un análisis racional. Los de a pie tienden a creer las denuncias que les repiten los medios. Es natural: las grandes fortunas en nuestra país -en todos, bah, si uno lee la historia- se han formado, y se multiplican, con los favores del Estado. Y, así es la naturaleza humana, las fortunas “nuevas” despiertan más bronca en muchísima gente que las “viejas”.

Es cierto que los de a pie se dan cuenta pronto que las denuncias más aparatosas no cuentan con pruebas, y se hacen según las necesidades políticas de los denunciantes. Sobre todo, que los que enarbolan la moralidad no les mejoran la vida. Por lo general, se la empeoran.

Hay dos ejemplos que me interesa señalar, porque muestran esa arma usada en la política internacional. La “mani pulite” (busquénla en Wikipedia) fue una campaña judicial de moralidad que destruyó una clase política exitosa: la alianza explícita de la Democracia Cristiana y partidos menores, con la participación no reconocida del Partido Comunista, que llevó a Italia de la destrucción y miseria de la posguerra en el ´45 a ser uno de los tres países claves de la Unión Europea. Sólo la clase política y empresaria brasileña ha sufrido un “bombardeo” similar. Con un desempeño anterior menos brillante.

Hay otras razones, por supuesto, que contribuyeron al deterioro de la economía italiana. Pero lo cierto es que esa tormenta judicial no la mejoró. Ni tampoco la moralidad pública. El sonriente don Silvio, cuya imagen encabeza este posteo, podría contar mucho del asunto.

El otro caso lo mencionó hace poco en la columna de comentarios el estimado Manolo Barge: el asunto Siemens. Que toca varios gobiernos argentinos, y empresarios íntimamente vinculados al actual. Los jueces locales, en general, no se meten con quienes tienen la manija. Pero hay otros jueces, y otros medios.

Hugo Alconada Mon, que más allá de sus compromisos políticos, es serio e informado, fue publicado en estos días por el New York Times. Conviene leerlo, porque tiene algunos elementos que no aparecen en la versión publicada en La Nación. Nuestros gobernantes, y nuestros empresarios, deberían tomar nota de este interés del influyente medio yanqui.

La noticia pasó de largo en los medios de comunicación y agencias de noticias de la Argentina y el resto de América Latina. Apenas un par de cables, del 22 de diciembre, informaron que un exejecutivo de la multinacional alemana Siemens se declaró “no culpable” ante una Corte Federal en Nueva York de lavar dinero para pagar coimas en la Argentina y, por tanto, afrontará un juicio oral en Estados Unidos en julio de este año.

Dicho de otro modo, la justicia de Estados Unidos detuvo y juzgará a un alemán por presuntos delitos cometidos en la Argentina, donde esos crímenes siguen impunes desde hace ya veinte años. O: la justicia de Estados Unidos juzgará lo que la de la Argentina no pudo o no quiso juzgar durante las últimas dos décadas. Y eso nos lleva a algo más profundo que el “caso Siemens”, algo más sistémico y generalizado que solo un caso en la Argentina.

La impunidad es un viejo flagelo en América Latina. Porque aún en los contados casos en que un acusado se arrepiente y se declara culpable —como ocurrió con Siemens en 2008 y, más acá en el tiempo con el gigante brasileño Odebrecht—, los poderes judiciales del hemisferio se resisten a aplicar condenas contra el poder político o económico.

Los motivos también son conocidos: el temor a las represalias en ciertos casos —y es cierto que más de un juez terminó en la calle por enfrentar al poder— y la carencia de herramientas indispensables son dos de los principales. Pero también muchos jueces y fiscales forman parte del sistema —del “círculo rojo”, como le dicen en la Argentina— que ellos mismos deberían investigar y condenar.

Comencemos por el inicio. ¿De qué se trata el capítulo argentino del Caso Siemens? En 1998, unos años después de dos atentados terroristas en Buenos Aires, el entonces presidente Carlos Menem ordenó mejorar los controles fronterizos y modernizar los documentos de identidad y los pasaportes.

El objetivo era correcto, pero la idea se sazonó con las tentaciones de unos cuantos y, tras una serie de enjuagues que incluyeron a varios pesos pesados criollos —entre ellos, Alfredo Yabrán, los Macri y los Ciccone—, Siemens se quedó con el contrato.

El problema es que esas tentaciones fueron demasiado lejos, los valores del contrato resultaron demasiado llamativos y Siemens terminó en el peor de los mundos: pagó sobornos para ganar el contrato, pagó para mantenerlo vivo —mientras la justicia argentina iniciaba una investigación por corrupción— y, tras la asunción del siguiente presidente, Fernando de la Rúa, pagó también a algunos de sus colaboradores para tratar de resucitarlo.

¿Total? Siemens pagó más de 106 millones de dólares en sobornos. Pero aun así, cuando tras el colapso económico de 2001 la clase política comprendió que no podía darse el lujo de apoyar una negociación tan escandalosa, se quedó sin contrato.

Para entonces Alemania ya había iniciado su propia investigación sobre las trampas de Siemens alrededor del mundo y Estados Unidos metió también sus narices. Algo similar ocurrió con la corporación Odebrecht durante los últimos tres años, tras una investigación que comenzó en Curitiba se expandió tocando a poderosos y ramificándose por varios países, hasta generar la reacción del Departamento de Justicia estadounidense, que multó a Odebrecht, como en 2008 sancionó a Siemens.

Por el contrato firmado en la Argentina, Siemens echó a ejecutivos, pagó multas millonarias en Alemania y en Estados Unidos, pidió perdón alrededor del mundo, retiró una demanda contra la Argentina ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (Ciadi) y dijo ser una nueva compañía, con prácticas transparentes y cero corrupción.

Para resumir la historia, los ejecutivos quedaron a la deriva con sus problemas penales en Alemania, en Estados Unidos y en la Argentina. Entre ellos, Eberhard Reichert, un apacible jubilado alemán de 78 años ahora, pero que en los años noventa fue un alto ejecutivo de Siemens Business Services (SBS) que viajó a la Argentina en 1998 para firmar el contrato con el gobierno de Menem y se encargó también de varios contratos ficticios de consultoría para canalizar los sobornos. Ahora el Departamento de Justicia de Estados Unidos lo juzgará, a partir del 16 de julio, por esos fraudes.

Así, mientras Siemens expió sus pecados en Múnich y Nueva York —multa récord de 1600 millones de dólares—, y sus exdirectivos lidian con los platos rotos, la investigación argentina sigue sin establecer condenas. Por el contrario, el expediente que tramita en Buenos Aires desde 1998 estuvo a un paso de terminar en el archivo o cerrarse por prescripción.

¿A qué se debe esa inacción? Nada que a un latinoamericano sorprenda demasiado, ¿o sí? Durante años jueces y fiscales no quisieron investigar, las defensas plantearon todo tipo de apelaciones dilatorias, los políticos evitaron exponerse entre ellos y los empresarios fueron parte del juego. Por eso, el Caso Siemens es sintomático del cuadro de impunidad que impera en la Argentina y otros muchos países de América Latina, donde la justicia es ciega y dura con los débiles, pero servicial con los poderosos“.


Timerman

enero 11, 2018

18J

Hay cosas, acontecimientos, ante los que uno no tiene nada que aportar, pero tampoco puede quedarse callado. He sido crítico -lo soy todavía- de diversos aspectos de la política exterior que llevó adelante como canciller argentino, pero eso hace a la política y al gobierno que la dispuso. Y puedo estar equivocado en mi evaluación. Lo cierto es que Héctor Timerman la llevó adelante con dignidad y sin mancharse con los negocios que la función pública permite.

¿Qué podía decir cuando se le inició un juicio ridículo, justamente por una decisión política que dispuso el Poder Ejecutivo y aprobó el Congreso? ¿Cuándo se le siguió acosando ante la gravísima enfermedad que padece? Este Poder Judicial, donde demasiados jueces sí se han manchado con los negocios que sus cargos permiten, ha cometido arbitrariedades peores, con gente más indefensa. Debí haber lamentado en voz alta, es cierto, cuando los que participaron o apoyamos al anterior gobierno lo defendimos con menos vigor que a otros. H. T. no es peronista, pero trabajó lealmente para un gobierno peronista.

No tengo estómago para citar a los que se burlaron o lo agredieron cuando, recién, no pudo viajar para continuar un tratamiento contra el cáncer. Pequeñas ratas que cobran en sobres sin membrete o en espacio en los medios, pero que nadan en las corrientes de odio de nuestra sociedad.

Me siento un poco mejor, menos avergonzado como argentino, cuando algún juez y algún funcionario actual tratan de superar esta situación. Supongo que ellos también sintieron vergüenza.

Mi amigo Horacio González escribió uno de sus elocuentes textos diciendo que Timerman será reivindicado. Pero yo no veo de qué habría que reivindicarlo. Su actuación como canciller puede y debe ser discutida como tal. Como ser humano, es una víctima del odio. Y tengo presente que él -que tenía la ciudadanía estadounidense- renunció a ella para ser canciller argentino. Tal vez lo odien más por eso los que quisieran ser ciudadanos del “primer mundo”.

Lo que H. T. no ha renunciado nunca es a su condición de judío. Por eso tal vez sentirá como una reivindicación esto que cuenta una publicación de esa colectividad:

Familiares de víctimas del atentado a la AMIA visitaron ayer al ex canciller Héctor Timerman –con prisión domiciliaria– para expresarle su solidaridad por la acusación de encubrimiento, que consideraron injusta, que pesa sobre él a partir del fallo de la justicia federal en la causa del Memorándum con Irán.

“La imputación contra ex integrantes del Poder Ejecutivo, entre los que se encuentra Héctor Timerman, será recordada como uno de los procesos judiciales más infames de la historia argentina. De la misma manera que la original causa AMIA, que fue anulada debido al ‘sembrado’ de pistas falsas, los encubrimientos varios, las acusaciones fraguadas y la adulteración de pruebas, el presente proceso contra quienes bregaron por la continuidad del juicio a los acusados iraníes –entre los que se encuentra el ex canciller– figurará, sin dudas, como uno de los ejemplos más vergonzosos y abyectos de la historia judicial argentina”, escribieron los familiares nucleados en la asociación 18 J en octubre del año pasado, pocos días después de la imputación contra una decena de ex funcionarios del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

Después de difundir ese texto, los familiares quisieron ver a Timerman en persona y acercarle una palabra. “Nosotros te creemos”, abrió la conversación Olga Degtiar, la mamá de Cristian, asesinado el 18 de julio de 1994 en la voladura de la mutual judía, a los 21 años. Unos minutos antes el propio ex canciller había abierto las puertas de su departamento en el barrio de Palermo a Olga y Juan Degtiar y Graciela Linial de Furman. Caminaba con dificultad y se lo veía muy debilitado, a causa del cáncer que lo obliga a un tratamiento intensivo“.


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