Las batallas son cartón pintado

julio 2, 2020

Hace tiempo que no subo al blog material ajeno. Aunque algunos textos me impresionaron, creo que tienen más repercusión donde están. Pero encontré por casualidad este texto de un historiador militar gringo que no conocía, y quiero compartirlo. El tipo sabe de lo que habla.

“La guerra es el proyecto más complejo, y también física y moralmente más exigente que emprendemos. No hay obra artística ni musical, catedral o mezquita, red de transporte intercontinental, acelerador de partículas, programa espacial o investigación para la cura de una epidemia mortal que reciba siquiera una fracción de los medios y el esfuerzo que dedicamos a hacer la guerra. O a recuperarnos de ella y preparar futuras contiendas durante años o incluso décadas de paz temporal. La guerra es mucho más que un relato hecho de batallas decisivas. Aun así, la historia militar tradicional las presenta como momentos clave que han propiciado el auge o la caída de un imperio en un sólo día, y la mayoría aún cree que las guerras se ganan así, en una hora, o en una tarde sangrienta. O quizás en dos o tres.

Hay que entender la partida a fondo, no basta con fijarse en el resultado. Y esto es difícil por el poder de seducción de las batallas.El espectáculo de la guerra nos fascina, y no hay mejor escenario ni actores más dramáticos que los del campo de batalla. Las batallas nos atraen por el placer visual, nos entusiasma el sonido de una trompeta acompañando el avance de los legionarios romanos con sus armaduras, o un rey llamando a la carga a su caballería. Las grandes batallas son un teatro a cielo abierto con decenas de miles de actores: samuráis bajo cometas señuelo, un impi zulú que corre por la frondosa hierba hacia la línea de fuego de los Casacas Rojas. Las batallas comienzan con ejércitos vestidos de rojo, azul o blanco, banderas ondeando al viento. O con un frente de barcos de guerra con sus velas hinchadas, nubes blancas surgiendo de los cañones en sus bordas. O un batallón de tanques a la carga por la estepa rusa. Lo que viene después es más difícil de entender.

La idea de la batalla decisiva de la que depende una guerra y los conflictos bélicos como puertas de la historia responden a nuestro deseo infantil de interpretar la guerra moderna en términos heroicos. Las historias populares todavía se escriben al estilo de tambores-y-trompetas, con vívidas descripciones de combate alejadas de la pura logística, del sufrimiento diario, y carentes de crítica a las sociedades que producen armas de destrucción masiva que envían a lejanos campos de batalla donde se lucha por causas de las que el soldado medio nada sabe.

Los medios audiovisuales sacan provecho de lo que el público quiere ver: coraje en estado puro y días sangrientos y decisivos, la emoción de la violencia y el espectáculo vividos de forma indirecta. Éste es el mundo de la guerra como entretenimiento inmaduro, de los Malditos bastardos (2009) de Quentin Tarantino, o de Brad Pitt en Corazones de acero (2014). No es el mundo de los nazis reales ni de la guerra real.

Las batallas también tientan a generales y hombres de Estado con la idea de que un duro día de lucha puede ser decisivo, y se nos permite así obviar el desgaste, algo que todos despreciamos como moralmente vulgar y carente de heroísmo. Tememos descubrir sólo indecisión y tragedia en una trinchera de barro, o en listas de muertes acumuladas tras años de esfuerzo y resistencia. En su lugar, elevamos las batallas a la cumbre del heroísmo y los generales al nivel de genios, algo que la historia no puede refrendar, aunque algunos historiadores lo intenten, aclamando como éxitos incluso batallas que fueron un fracaso. Prusia ha sido arrasada, y aun así Federico es el más grande de los alemanes. Francia ha sido derrotada y toda una era se bautiza en honor a Luis XIV, y otra a Napoleón. Europa está en ruinas, pero los generales alemanes son retratados como genios con panzers.

Estemos o no de acuerdo con que algunas guerras fueron necesarias y justas, deberíamos afrontar la triste realidad de que generalmente las más trascendentales se ganaron gracias al desgaste y a las masacres humanas, no a soldados heroicos o genios al mando. Ganar una guerra es mas difícil que todo eso. Cannas, Tours, Leuthen, Austerlitz, Járkov… En todos estos casos una sola palabra evoca duras imágenes. Pero la victoria en estas batallas tan desiguales no aseguró la victoria en la guerra. Aníbal ganó en Cannas, Napoleón en Austerlitz, Hitler en Kiev. Al final todos ellos perdieron, y de manera catastrófica.

En la batalla hay heroísmo, pero en la guerra no existen los genios. La guerra es demasiado compleja para que la controle la genialidad. Decir lo contrario no es más que idolatría de sofá, y queda muy lejos de la explicación real de la victoria y la derrota, que son fruto de la preparación para la guerra a largo plazo y la inversión en ella de cuantiosos recursos nacionales, burocracia y resistencia. Sólo así pueden la valentía y un mando firme unirse con la suerte en la batalla e imponerse, aunando el peso de lo material con la fuerza de voluntad para soportar las pérdidas y aun así ganar largas guerras. Invocar a los genios nos impide entender la complejidad de la guerra.No son los genios los que ganan las guerras modernas, sino el desgaste y el debilitamiento. La solidez estratégica y la resolución son más importantes que cualquier comandante. Fuimos testigos de tal fortaleza y resistencia en la Rusia de 1812, en Francia e Inglaterra durante la I Guerra Mundial, en la URSS y EEUU durante la II Guerra Mundial, pero no así en Cartago, la sobredimensionada Alemania nazi o el vasto Japón imperial. La habilidad para absorber las derrotas iniciales y seguir luchando fue más importante que cualquiera de las decisiones que pudieron tomar Aníbal, Grant o Montgomery. Sí, incluso Napoleón fue considerado como un genio de la batalla por Clausewitz, a pesar de que perdió por desgaste en España y de que la campaña de la Grande Armée en 1812 en Rusia fue una calamidad. Waterloo no supuso su derrota decisiva, pues ésta había llegado un año antes. Fue su anticlímax.

Los perdedores de las guerras más importantes en la Historia Moderna lo fueron porque sobreestimaron su destreza y no consiguieron superar la solidez estratégica y la capacidad de aguante del enemigo. Los ganadores absorbieron derrota tras derrota y siguieron luchando, superando la sorpresa inicial, los terribles reveses y el atrevimiento de genios al mando. Elevar a generales a la categoría de genios fomenta el engaño de que las guerras modernas serán cortas y se ganarán rápido, cuando la mayoría de las veces son guerras de desgaste. La mayor parte de la gente piensa que el desgaste es inmoral. Pero así es como se ganan la mayoría de las guerras, se derrota a los agresores y el mundo se reordena una y otra vez. Más nos valdría aceptar la idea del desgaste, explicárselo a los que mandamos a luchar e involucrarnos sólo en las guerras que valen este terrible precio. En su lugar, el desgaste nos genera inquietud, y nos quejamos de que es trágico además de ineficiente, aunque así es como los Unionistas acabaron con la esclavitud en EEUU, y los Aliados y la Unión Soviética derrotaron el nazismo.

Si, con humildad y conciencia moral de sus terribles costos, decidimos que merece la pena tomar parte en una guerra, deberíamos valorar más el desgaste y luchar menos. Hay tanto espacio para el valor y el carácter en una guerra por desgaste que en una batalla. Hubo mucho valor y carácter en ambos bandos tanto en Verdún como en Iwo Jima. El carácter cuenta en combate. El sacrificio de los soldados en Shiloh, Járkov o el valle de Korengal no fueron actos miserables, insignificantes, o moralmente inútiles. La victoria o la derrota por desgaste, con explosivos y ametralladoras a lo largo del tiempo, no aniquilan toda moral y significado humano.”

Esto lo escribió Cathal J. Nolan, profesor de Historia Militar en la Universidad de Boston. Es el autor de ‘La seducción de la batalla: una historia de cómo se han ganado y perdido las guerras’ (2017).

¿Por qué lo traje en este tiempo de “paz”? Por algo que dijo otro gringo, Clausewitz, que algo entendía del asunto “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Entonces, estas observaciones sobre la guerra son válidas también para la política.


Esta es una cuarentena del 0,5%. O del 40+, según se mire

junio 27, 2020

Reproduzco aquí una reflexión mía en AgendAR, aunque no esté dirigida a los argentinos politizados, el sufrido público de este blog. Pero habla de algo con consecuencias políticas, seguro. Para el manejo de la pandemia, y para el manejo del país:

“Antes de reproducir en el portal un adecuado resumen de las decisiones anunciadas ayer, quiero explicar el sentido de esta nota. Que apunta sobre un problema clave para enfrentar esta pandemia y tomar las medidas de prevención del contagio. Y también sobre una realidad estructural de la República Argentina.

El Área Metropolitana de Buenos Aires se puede definir de distintas formas. Pero el territorio máximo que se le puede calcular, la Capital Federal más los 40 municipios bonaerenses cercanos (que incluyen zonas bien rurales), ocupa sólo el 0,5% del territorio continental argentino. Continental, sin incluir las islas del Atlántico Sur y el sector Antártico Argentino.

Para enfrentar la acelerada suba de contagios que se registra en esta minúscula parte del territorio del 8° país del mundo en extensión, el presidente de la Nación y los dos mandatarios que manejan las administraciones subnacionlales con más recursos han dedicado la mayor parte de su tiempo y de su caudal político, ayer y desde hace muchos días.

Hay una muy buena razón para esto, por supuesto. En el AMBA vive alrededor del 40% de la población argentina. Además de ser la sede de buena parte de su industria manufacturera, y, sobre todo, de los centros de la industria cultural, la que produce información y contenidos para el resto del país.

Ezequiel Martínez Estrada fue uno de los, numerosos, intelectuales argentinos que hace unos 80 años recibieron con rechazo y aversión la democracia de masas que comenzaba. Pero, a pesar de esto, podemos reconocer que estaba en lo cierto al percibir algo patológico en la «cabeza de Goliat», una ciudad que ya era, en varios sentidos, demasiado grande para su cuerpo.

Por supuesto, más allá de los juicios y lamentaciones, es la realidad a manejar. Las medidas de prevención de contagios que se aplican y aplicarán están determinadas por esta aglomeración urbana. Y puede ser que resten nuestra atención de las que deben pensarse para realidades distintas en las distintas provincias.

No es un problema que encuentre en estos días el tiempo ni la disposición para encararlo. Pero es conveniente tenerlo muy en cuenta cuando se habla de los perjuicios y la paralización productiva que ha provocado esta pandemia. En el resto del territorio argentino hay focos de contagio, por cierto, y la posibilidad de rebrotes. Pero, por ahora, la pandemia no desborda las capacidades de manejo. Y la actividad rural y sus transportes han sido consideradas, con razón, esenciales y no se interrumpieron en ningún momento.”


“Una 125 de bajas calorías”

junio 22, 2020

Sobre el tema del Grupo Vicentin ya subí dos posteos al blog. Breves y de coyuntura. Un análisis más detenido lo hace, por ejemplo, Roberto Pons aquí. Pero ahora me siento impulsado a comentar algo claramente distinto: el enfrentamiento entre el actual gobierno y sus opositores. Enfrentamiento del cual la intervención a Vicentin es en parte motivo y en parte pretexto.

Es natural, en realidad inevitable, comparar este enfrentamiento con el que se produjo 12 años atrás, cuando el gobierno de Cristina Kirchner dictó la Resolución 125. Ahora, mi planteo es que son mucho más reveladoras las diferencias que los parecidos.

La diferencia más obvia la digo en el título de este posteo. Hasta ahora, es un enfrentamiento de bajas calorías. Y el porqué es así nos dice mucho sobre la realidad política actual.

La Resolución 125/08, dictada por el entonces ministro de Economía Lousteau, disponía retenciones móviles para la soja y sus derivados, que en algunos casos excederían el 35%. Los productores rurales -que, como el resto de los argentinos (y de los seres humanos), no gustan de pagar impuestos- ya estaban fastidiados con las retenciones, que no habían parado de aumentar desde el 10% que impuso Duhalde en el 2002. Sintieron que el gobierno otra vez les metía la mano en el bolsillo, y más hondo.

La actividad económica rural es menos visible -también para buena parte de la dirigencia política, y los sectores politizados- porque está mucho menos concentrada geográficamente que la industria y los servicios. Sólo se la registra en las grandes concentraciones urbanas -el AMBA, Rosario, Córdoba, …- a través de los departamentos que compran (los que pueden hacerlo, que son bastantes) en los barrios caros, y los hijos que mandan a estudiar.

Pero es un entramado que abarca, no sólo a los dueños de las tierras y los contratistas, sino a sus proveedores, los profesionales y comerciantes que les prestan servicios, todos los que viven y trabajan en las pequeñas y medianas ciudades que se extienden por la Pampa Gringa. Hablar de oligarquía en los términos de hace 130 años y no tomar en cuenta esta base social, es una pavada. Sobre todo si tenemos presente que es el sector más dinámico y competitivo de la economía argentina. El que produce las divisas que la industria necesita.

No estoy diciendo, por supuesto, que no haya intereses encontrados en una actividad que se extiende por casi todo el territorio nacional. La realidad de la producción frutal y la de los tamberos, por ejemplo es bien distinta de la de los sojeros. También hay notorias diferencias ideológicas y políticas entre los millones de compatriotas vinculados a ella.

El hecho es que en 2008 una medida del gobierno logró sumar a una mayoría numerosa, motivada y vocal, del “campo”. Se dice, y es cierto, que la militancia kirchnerista actual (una mayoría de la militancia peronista) se formó al calor de la pelea por la 125. También la oposición “anti K”. Ambas han cambiado con los años, pero conservan muchos rasgos de ese momento.

La diferencia con la situación actual es que en ese momento la oposición al gobierno se subió a una protesta social que la tomó de sorpresa. En términos marxistas, encontró su “sujeto histórico”. Pero, a pesar de viejos vínculos del radicalismo con la ruralidad, el “campo” miraba con desconfianza a los “políticos”. Es conocida la anécdota de Lilita Carrió, que tuvo que bajarse del palco en una manifestación gigantesca del “campo”. Por supuesto, en esa multitud en la Avenida Libertador, una gran mayoría sólo tenía tierra en sus macetas, como se decía en esa época. Pero fue la dirigencia rural, la Mesa de Enlace de entonces, quien la movilizó.

Esta vez fue todo lo contrario. Salvo por las ciudades de Avellaneda y Reconquista, en el noreste de Santa Fe, donde tiene su sede “histórica” Vicentin, la reacción “de las bases rurales”, fue discreta. Quién se movilizó casi de inmediato fue la numerosa y vocal oposición al peronismo / kirchnerismo, que encontró una bandera menos ambigua y riesgosa que la oposición a la cuarentena. Que ya había ensayado, y seguirá probando mientras dure.

Hay razones que tienen que ver con el contenido de la decisión de Alberto Fernández, por supuesto, y explican el apoyo mediático que tuvo la protesta. A las cerealeras no les gusta la idea de una empresa testigo, controlada por el Estado nacional, que intervenga en los números de la comercialización. Pero me inclino a suponer que el motivo más decisivo para la oposición de poderosos grupos económicos ha sido el hecho que esta pandemia que atravesamos hizo inevitable, más allá de las intenciones, que el gobierno de Alberto Fernández, el Estado Nacional, aumente su presencia en casi todas las áreas de la economía, y adquiera más herramientas de control.

Esto está pasando en casi todos los países, por supuesto, y el sistema financiero globalizado no está feliz con este panorama. Pero en pocos lugares como en la Argentina existe esta desconfianza y ausencia de visiones en común entre el gran empresariado y el gobierno (No es una exclusividad de los gobiernos peronistas, aunque en ellos se acentúa. En el de Macri, para no ir más lejos, algunos sectores se favorecieron y otros se perjudicaron, sin que hubiera una visión estratégica que condujera ese proceso, más allá de intereses muy personales).

El elemento central, a mi entender, es que la oposición vio, ve, la oportunidad de infligir una derrota política seria al gobierno. Por eso el Grupo Clarín -el más coherente de los grupos económicos decididamente opositores- ha insistido en estos días en el retroceso del Presidente, más que en una inverosímil “chavización”. Les importa menos Vicentin, estimo, que la solidez política de este gobierno.

Es llamativo que en la Casa Rosada -cuyo inquilino principal tiene una experiencia muy directa de la 125 original- no haya previsto, al anunciar la intervención y expropiación de una empresa de historia agropecuaria que iba a servir de pretexto. Quizás su formación de abogado penalista le hizo pensar que las irregularidades del manejo financiero de Vicentin, la cesación de pagos y su convocatoria de acreedores iban a impedir que se transformase en una bandera de la oposición.

Lamentablemente, la indignación moral es un sentimiento muy selectivo. En sociedades amargamente divididas como la nuestra, nos indigna la corrupción del Otro Lado. Y hoy en la Argentina los “lados” están definidos, y su peso en la sociedad está casi equilibrado.

Recordemos que en octubre, un poco más del 40% de los votantes puso la boleta de ¡Macri!, en medio de una catástrofe financiera y una mala situación económica. El rechazo al peronismo, y a la experiencia kirchnerista, más la desconfianza hacia la intervención del Estado, pesaron y pesan demasiado en casi la mitad de los argentinos.

Al margen de estos avatares políticos, la presencia del Estado en la comercialización de los granos es necesaria. Que no exista una empresa estatal argentina con participación dominante en esa actividad, es tan extraño como un país petrolero sin una petrolera estatal. Y como Vicentin es un deudor -insolvente en el corto plazo- del Estado argentino, las circunstancias son favorables. Si se evitan épicas innecesarias.

Entiendo que lo mejor será una empresa nacional mixta, con participación de productores y cooperativas, para evitar que se transforme en una ineficiente agencia de empleos.

Lo que digo de las épicas apunta a otra … extraña diferencia con 12 años atrás. Si bien el gobierno fue derrotado entonces en el Congreso, se desarmó la coalición “transversal” que Kirchner había construido con sectores del radicalismo (Cornejo era uno…) y empezaron los alejamientos en el peronismo que terminaron en la derrota de 2015, se consolidó, como apuntamos, una militancia kirchnerista fervorosa y razonablemente disciplinada. A pesar de todas las concesiones que hubo que hacer al “campo” para evitar nuevos enfrentamientos.

En este mes de junio, una parte de la militancia K (¿reflejando actitudes de parte de la dirigencia?) se mostró desalentada pronto, dispuesta a “comprar” los titulares de Clarín que hablaban de retrocesos y vacilaciones.

Este ha sido un posteo demasiado largo para una batalla en curso. Y no me siento con autoridad para dar más consejos. Acerco los de dos clásicos que encontré en el análisis de un joven sociólogo. Y creo que son válidos para otras batallas que este episodio de Vicentin:

“Cuanto más se intenta aparentar imponer una paz totalmente propia mediante la conquista, mayores son los obstáculos que surgirán por el camino” (The strategy of indirect approach).

“Algunos creen que gobernar o conducir es hacer siempre lo que uno quiere. Grave error. En el gobierno, para que uno pueda hacer el cincuenta por ciento de lo que quiere, ha de permitir que los demás hagan el otro cincuenta por ciento de lo que ellos quieren. Hay que tener la habilidad para que el cincuenta por ciento que le toque a uno sea lo fundamental” (Conducción Política).


Vicentin visita a Alberto

junio 11, 2020

Quiero compartir con los lectores del blog esta nota que publiqué hoy en AgendAR. Habrá otras, seguramente…

La información circuló rápidamente todo el día de ayer. El ex presidente Duhalde y, con más discreción, el gobernador Perotti la anticiparon. Pero es cierto que la visita de Sergio Nardelli, director en Vicentin SAIC, prevista para esta tarde a Olivos, cambia bruscamente el escenario. Aunque no modifica la realidad de la empresa y sus deudas.

De cualquier forma, lo que apuntaba como una «mini 125» -un enfrentamiento entre un oficialismo dispuesto a intervenir y expropiar una gran empresa agroexportadora, y una oposición que se montaba sobre el rechazo a esa movida de una parte de la sociedad -particularmente audible en localidades de Santa Fe y en la ciudad de Buenos Aires- se transforma en la presentación de la propuesta de una empresa (grupo de empresas, para ser precisos) en serios problemas al gobierno nacional. Que es su principal acreedor, a través del Banco de la Nación Argentina.

Por supuesto, esto no termina aquí. La firma Vicentin sigue siendo viable -aquí estoy dando mi opinión profesional- pero su situación financiera es apremiante, y la oposición, que hasta ayer estaba ansiosa por salvarla, no aceptará que el gobierno se haga cargo de las deudas (En AgendAR tampoco nos parecería bien, para ser sinceros).

La negociación no se cerrará hoy, y habrá que esperar los próximos hechos. La única observación que me siento dispuesto a agregar ahora es una sobre comunicación, y la imagen del Estado en la sociedad. Porque, en mi opinión, explica parte del rechazo a esa medida por parte de muchos argentinos que no pertenecen a la familia Vicentin, ni tienen una mínima participación en ninguna cerealera.

Una gran parte de los argentinos ve en el Estado al único actor que puede atender sus necesidades más elementales, educación, salud,… Y tienen razón, por supuesto. A eso se refiere la frase de «Estado presente». Otro sector lo ve como una salida laboral posible. Y está muy bien que sea así: la educación, la salud, la seguridad… no son tareas automatizables. Y un sector del gran empresariado lo ve como una vaca a ser ordeñada.

Pero una parte muy numerosa de nuestros compatriotas, aunque usen los servicios que el Estado presta, lo ven lleno de parásitos que viven a costa de «sus» impuestos y tienen privilegios abusivos.

Es evidente que ha habido una larga campaña de décadas para formar esa opinión. Pero también corresponde preguntarnos qué debe hacer el Estado, y sus agentes, para cambiarla.


Vicentin, Lavagna, YPF y otros temas confusos

junio 9, 2020
Alberto Fernández y Roberto Lavagna cerraron un acuerdo político ...

Como ya dije demasiadas veces, AgendAR me exige mucho tiempo y concentración, así que no voy a extenderme sobre la gran comercializadora de granos y su ruta al default, convocatoria y acusación judicial. Igual, sobre eso ya hay una nota en el portal (tomada casi por completo de LaNación, por Dios!).

Confieso que me llama la atención que en el discurso del gobierno y en el de la oposición no se hace hincapié en un dato fundamental: el acreedor individual de Vicentin más grande, por muy lejos, es el Estado argentino. Bueno, en el de la oposición es más fácil entender esta ausencia. Pero esto es un tema de comunicación, y uno tiene su juicio profesional, malo, sobre cómo la está manejando el gobierno.

Lo que me impulsa a escribir unas líneas es un par de tuits -muy replicados en los medios- de Roberto Lavagna. Uno puedo hacer, también, juicios negativos sobre Don Roberto como político. Pero no me caben dudas que es un economista inteligente y sensato. Y aquí no dice tonterías, eh:

Ayer se habló de #SOBERANÍAALIMENTARIA… Esperemos que se haya aprendido la lección: no bastan el Estado y los amigos del poder para que las cosas salgan bien.

Hace algunos años se habló de SOBERANÍA ENERGÉTICA y las cosas no salieron bien: baja inversión, necesidad de importar, caída de reservas, y finalmente estancamiento económico-social.

Está claro que se refiere a la adquisición del 51% de las acciones de YPF en el 2012. Y tengo que decir que el precio que se pagó en ese momento -más los riesgos judiciales posteriores- puede haber sido muy alto (es tan fácil sentirse seguro que uno mismo lo habría negociado mejor...). Y es indudable que el papel de los Eskenazi en esa empresa no fue más transparente que el de Nardelli y Padoán en Vicentin.

Pero… me parece evidente que el Estado argentino hoy está en mejor situación, en una actividad tan clave como la petrolera, que si el accionista mayoritario de YPF siguiera siendo la española Repsol. Aunque hoy los signos signos vitales de la Vaca Muerta sean tan débiles.


Un tweet de Trump, con una advertencia de Twitter, sin traducción. O sí?

mayo 29, 2020

Este Tweet incumplió las Reglas de Twitter relativas a glorificar la violencia. Sin embargo, Twitter determinó que puede ser de interés público que dicho Tweet permanezca accesible. Más información

Los lectores de este blog son gente sofisticada, y seguro conocen inglés, o como usar el traductor de Google, que ha mejorado mucho. En realidad, mi preocupación es que hay muchos que se sentirán tentados a traducir lo del Donald al argentino.


Alberto Fernández y las decisiones políticas en tiempos de pandemia

mayo 24, 2020

Algo que ya fue observado por pensadores más profundos que el autor de este blog es que los hombres, y mujeres, que están en altas posiciones de poder toman muchas menos decisiones en la realidad que las que aparecen tomando (y encima, las tensiones los envejecen mucho, como puede verse en las fotos de A. F. No sé porque a tantos nos gusta el poder; debe ser una pulsión masoquista 🙂 ).

Como sea, esto es especialmente cierto en guerras y epidemias. Ahí -si uno no es un imbécil- se hace no lo que se quiere sino que se está obligado a hacer. Y para más inri, hay que tratar de dar la impresión que son las decisiones de uno mismo.

Esto viene al caso de la conferencia de prensa del Alberto de ayer. Lo resumí en el párrafo que agregué a la crónica -muy resumida- que publica AgendAR. Siguiendo mi -obligada- política de ahorrarme trabajo, lo copio aquí:

El diagnóstico de la situación y las medidas dispuestas son fruto, en última instancia, de la evaluación de sanitaristas y epidemiólogos. En nuestra opinión, hubo en esa conferencia de prensa dos declaraciones que reflejan la voluntad política del presidente, y la estrategia que se ha trazado. Una es la frase que elegimos como título de la nota «La cuarentena durará lo que tenga que durar para que los argentinos estemos sanos«. La otra, es que la dijo en compañía de Kicillof y Larreta.

Para los politizados lectores de este blog agrego que la decisión no es la duración de la cuarentena, sino el hecho de decirlo en esa forma. Y Fernández no decidió quiénes tendrían responsabilidades de gobierno en el Área metropolitana, sino que estuvieran a su lado en las ocasiones más importantes y “prime time”. Es decir, son decisiones de comunicación.

Otro comentario que me sale del alma: Cómo un dirigente comunica es tan importante, sino más, que el contenido de lo que comunica. Alberto no es malo en eso; su estilo es muy distinto de todos los otros peronistas que llegaron a la presidencia, pero -los resultados hasta ahora lo están demostrando- es el que funciona ahora.

Pero, la comunicación presidencial debe ser una tarea tan revisada como la firma de los decretos. Fernández -cualquier presidente, en cualquier país- necesita el equivalente de un Secretario Legal y Técnico que supervise lo que va a comunicar, antes que lo haga.

Dadas las características de A. F. -bah, de las casi todos los que llegan a las altas posiciones de poder- debe ser alguien en quien tenga tanta confianza personal como la que deposita en Vilma Ibarra, por ejemplo. Pero lo necesita.


“#Basta de Cuarentena!”: seguirán participando

mayo 21, 2020

Hoy reproducimos en AgendAR, en lugar destacado, una nota de Santiago Dapelo sobre la reunión de ayer del presidente con el gobernador de Buenos Aires y el jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma, donde se coordinaron medidas de control sanitario y actitudes políticas públicas.

Es una de las notas con las que LaNación combina su oposición a este gobierno tan dura como la de Clarín -algo mejor redactada- con algunas que informan sobre los movimientos en Olivos y la Rosada. Pero para los politizados lectores de este blog, que ya estarán al tanto, me limito a copiar el comentario que agregué al final:

#BastaDeCuarentena fue «Trending Topic» ayer durante algunas horas en Twitter. Más significativo, un diario de gran circulación militó contra las medidas de aislamiento social, con un mecanismo habitual en el periodismo: si se leían sólo los títulos de las notas mientras se repasaban las páginas, el objetivo quedaba claro.

Como era previsible, no tuvieron el menor éxito. Ayer mismo se informaron otros 474 casos, nuevo récord de infectados en un día. Y estos tristes récords se van acumulando, sugiriendo el acercamiento del «pico» tan temido.

Y si no se demuestra excesivo temor en nuestra población, es por un consuelo pobre pero efectivo: la situación en la mayor parte del resto del mundo es peor. EE.UU., Rusia, Brasil… En el resto de la América del Sur, Ecuador, Perú, Chile están pasando por un muy mal momento. En Europa, Dinamarca, Noruega y Finlandia cerraron sus fronteras con Suecia, cuando este país pasó a encabezar el número de casos en la Unión Europea.

En nuestra opinión, el ruido mediático contra la cuarentena, refleja la real angustia que muchos sectores sienten ante una situación que sí los está perjudicando en forma grave. Y también, es inevitable, las operaciones políticas que tratan de conseguir el favor de esos sectores. Pero, por ahora, no tendrá peso en las decisiones. Si esos sectores -en gran parte opositores- son en promedio los que más cumplen con la cuarentena. Como decían nuestros abuelos «el miedo no es zonzo».

En otro plano, el entendimiento entre Fernández, Kicillof y Larreta, que tanto disgusta a los «verdaderos creyentes» de ambos lados de la grieta, es imprescindible para manejar la situación. Basta imaginar lo que sucedería si alguna de las tres administraciones tomara medidas contradictorias con las otras.

Pero los gobiernos locales y, sobre todo el gobierno nacional, en un país con una tradición presidencialista como el nuestro, deben tener presente que este consenso se mantendrá mientras la amenaza del coronavirus esté muy presente. Es necesario prever no sólo las medidas económicas sino las políticas que deben acompañar la futura flexibilización de la cuarentena.”

Es sólo un comentario, y no hay mucho más, por ahora, para decir sobre el tema. Sólo añado que para subirlo a este blog, estuve vacilando sobre el título. “El amor en tiempos de coronavirus” me pareció exagerado para un romance de temporada. “Los tres mosqueteros”… como todo el mundo sabe, eran 4. Aunque, pensándolo bien, tal vez hubiera sido apropiado.


Un texto de Raanan Rein sobre Ramón Carrillo

mayo 18, 2020

No es imprescindible que lo copie en mi blog. Ya lo reproducen Juan Domino, Fernández Baraibar, otros, en Facebook. Mi opinión la di en Twitter (no mi red favorita, pero a veces su concisión es lo más adecuado) “Ramón Carrillo fue ministro de Salud (el primero) y en su gestión aumentó en 5 años el promedio de vida de los argentinos. La opinión del Centro S. Wiesenthal no me parece relevante“.

Pero hay sensibilidades distintas, mucha desinformación, y, sobre todo, mitos deliberadamente construidos que son usados por distintos sectores con distintos fines. Entonces, un aporte para los politizados que me leen.

ooooo

(Raanan Rein es un historiador israelí, a cargo de la cátedra Elías Sourasky de historia española y latinoamericana, y vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv. Ha escrito más de 30 libros, entre ellos varios sobre la comunidad judía argentina y su relación con el peronismo, el deporte y la política en Argentina. Este texto suyo fue traducido al castellano por Eliezer Nowodworski)

“Nacido en Ucrania en 1898, Salomón Chichilnisky llegó con su familia desde Odessa a la Argentina a principios del siglo XX en el marco del plan de la colonización agrícola del Barón Mauricio Hirsch, que buscaba solucionar el problema de las penurias judías en el imperio ruso.

Desde la colonia de Palmar Yatay, en Entre Ríos, empezó la trayectoria que lo llevó por el Colegio Nacional de San Isidro a la Universidad Nacional del Litoral en Rosario. Ya médico, en 1937 Salomón atendió a Ramón Carrillo por la hipertensión y le salvó la vida. Ambos colegas, paciente y terapeuta, trabaron una sólida amistad y Chichilnisky se transformó en un estrecho colaborador del ministro de Salud en el primer gobierno peronista. Entre los cargos que ocupó se destaca el de Director General del Servicio Nacional de Extensión Hospitalaria y Hospital a Domicilio.

Lo de la supuesta admiración de Carrillo por Hitler nunca surgió en la larga amistad entre ambos. ¿De dónde surgió esta acusación contra Carrillo como admirador del Führer? Ante todo, por la misma lógica que hace que si Perón estaba en Italia en tiempos de Mussolini, entonces necesariamente se convirtió en fascista. Entonces, si Carrillo visitó Alemania en los años treinta ¿no significaría necesariamente que se convirtió en nazi? La respuesta simple es no, tanto en lo que concierne a Perón como en lo referente a Carrillo.

Por su brillante carrera académica, la UBA otorgó a Carrillo una beca de dos años para perfeccionar sus conocimientos en neurocirugía en Europa. Recorrió instituciones médicas en Ámsterdam, París y Berlín. Es probable que en Alemania haya presenciado un mitín con Hitler, como cuenta en sus trabajos la historiadora Karina Ramacciotti. En 1933 Carrillo ya estaba de regreso en Buenos Aires.

En su viaje, logró escuchar la oratoria de un dirigente alemán en sus inicios políticos. En aquel momento la mayoría de la gente no podía imaginar cómo iba a evolucionar la política del nacionalsocialismo a lo largo de los años 30, ni hablar de la Guerra Mundial, sus consecuencias catastróficas ni la hecatombe del pueblo judío. En 1935 Winston Churchill todavía pudo escribir: “Es en este misterio del futuro que la Historia declarará a Hitler como un monstruo o como un héroe”. ¿Eso significaría que tenemos que considerarlo a Churchill como tolerante hacia Hitler y el nazismo?

Pero hay tres razones adicionales para esta acusación contra Carrillo y es necesario contextualizarlas para no caer en un anacronismo o en un intento de imponer ideas y conceptos de principios del siglo XXI a las posiciones de figuras públicas del pasado. Carrillo apoyó la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial. Pero esta posición la compartía aparentemente la mayoría de los argentinos. ¿Era pronazi esta mayoría? Cuatro presidentes, dos civiles y dos militares, favorecieron esta política por diversas razones. Y de hecho, esta línea, que a partir de 1942 enfrentó a la Argentina con los EE.UU., servía los intereses de los británicos y aportaba a la supervivencia de la población civil bombardeada por los alemanes, con envíos de víveres desde puertos argentinos. Si hubiera declarado la Guerra contra el Tercer Reich, los submarinos alemanes hubieran torpedeado los barcos en su camino hacia las islas británicas.

Y finalmente, Carrillo está implicado en la entrada a la Argentina de un oficial danés de las SS, Carl Peter Vaernet, que había trabajado en el campo de concentración de Buchenwald, experimentando con hormonas para “curar” la homosexualidad. Al menos 13 personas murieron con estos tratamientos. Demasiados criminales entraron en la Argentina, escapando de posibles juicios contra ellos en Europa. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el esfuerzo por reclutar científicos terminada la contienda fue común a muchos países y en este caso quizá haya influenciado la pertenencia de Carrillo a la escuela de neurobiología germano-argentina.

Pero a Carrillo hay que evaluarlo ante todo por el lugar clave que ocupó dentro de la administración pública peronista por ocho años y su aporte crucial al desarrollo del sistema sanitario, la promoción de la medicina social, la construcción de cientos de hospitales, la reducción de la mortalidad infantil o de los muertos por tuberculosis. Por estos logros merece un homenaje; si tiene que ser sobre un billete o no, ya es otra historia.”


La Argentina, el peso y el dólar

mayo 14, 2020

En estos días estuvo sonando muy fuerte la campana de alarma tradicional en la Argentina: los precios de todos los “dólares no oficiales” se han disparado. El “blue”, el “contado con liqui”, el MEP… Las distintas formas encontradas por los argentinos -que tienen muchos, o pocos, pesos que no necesitan ya para vivir- para cambiar esos pesos por dólares y sacarlos del sistema productivo o del bancario: guardarlos en el colchón, en cajas de seguridad, en cuentas en el exterior…

Esto también vale, por supuesto, para las empresas -nacionales o no- que operan en nuestro país, que manejan montos mucho más grandes que los individuos. Y que por eso le provocan un agujero más grande a la economía nacional.

La campana de alarma no ha empezado a sonar hoy, claro. Está sonando desde bastante antes de 1969, cuando la ley 18188 le sacó por primera ves 2 ceros al viejo peso moneda nacional (ahora vamos por 13 ceros borrados). Pero en esas décadas, hasta más o menos la del ’80, la inflación alta, es decir, la desvalorización de la moneda propia, era una característica común a todos los países “en vías de desarrollo” (así se decía entonces). Hoy es un fenómeno no exclusivo de nosotros, pero bastante poco común. Lo que acentúa el impulso de salir de nuestro peso.

El tema inflacionario en general, y la inflación argentina, han sido muy estudiados y debatidos. Hasta, por lo que valga, en este blog. Hay bibliotecas enteras de sesudos volúmenes, con distintas conclusiones, y los que manejan hoy las palancas estatales de la economía las conocen. No valdría la pena volver sobre el asunto en un posteo, sino fuera porque quiero transmitir la urgencia, y hacer un llamamiento.

Empiezo aclarando mi opinión sobre esta coyuntura. Reiterándola, porque ya la había planteado, hace 20 días en este blog (citándome a mí mismo en AgendAR):

“El factor central de esta «tormenta cambiaria» -más allá de las previsibles operaciones- es la huida del peso; la decisión de los que tienen fondos, grandes o pequeños, de cambiarlos por dólares, hasta arriesgando sanciones legales. Aunque, ya lo dijimos hace poco, no es un buen momento para la divisa norteamericana.

No se trata entonces -estimamos- de «presiones inflacionarias causadas por la emisión». No hay ninguna presión del consumo sobre los precios, salvo en pequeños sectores de insumos médicos y artículos de limpieza. Pero si las autoridades económicas no consiguen que los poseedores de pesos no corran a cambiarlos por dólares, habrá dos consecuencias negativas e inevitables: los exportadores no querrán vender al cambio oficial, y esta devaluación desordenada se trasladará, más temprano que tarde, a los precios.”

El gobierno está consciente de lo que está pasando, obvio, y toma medidas para controlar y dificultar el acceso al dólar, por fuera del sistema legal. Pero la continuidad y aceleración de esta “tormenta” me hacen pensar que lo que está ocurriendo es el reflejo de la destrucción del peso como reserva de valor. Una situación que ya lleva muchas décadas, como dije recién, pero que las circunstancias actuales: la pandemia, la renegociación en curso de la deuda externa, la hostilidad de importantes intereses vinculados al sistema financiero,… la agravan al paroxismo.

Tratar de manejar o aminorar estas circunstancias no alcanza, en mi opinión, porque algunas de ellas están fuera de las posibilidades del Estado. Si es así, resulta necesario y urgente enfrentar el problema de la ausencia en nuestro país de una reserva de valor fungible -es decir, que se pueda adquirir, transferir o gastar con facilidad- que no sea el dólar.

Vale la pena, me parece, hacer una pausa para explicar algunos términos a los no economistas. Simplificando mucho, el dinero sirve como medio de pago (lo más usual y evidente); como unidad de cuenta, para comparar el valor de cualquier bien; y como reserva de valor, es decir que no se gasta sino se retiene para gastos futuros o para invertir.

Es evidente que nadie, desde hace muchos años, ahorra en pesos, salvo como un sacrificio patriótico o cobrando intereses altísimos -lo que antes llamaban usurarios- para cubrirse de la inflación esperada (siempre muy alta, por larga experiencia). También se ha reducido su función como unidad de cuenta: los bienes con precios altos, como los inmuebles, entre nosotros se valoran en dólares.

El hecho es que ahora detener la escalada inflacionaria es absolutamente necesario, o entraremos en la fase en que la inflación se alimenta de sí misma de forma exponencial. Ya estamos cerca: para los que tienen pesos, ningún valor del dólar aparece demasiado alto. Una de cuyas consecuencias es que ningún empresario puede estar seguro del valor de reposición de lo que vende.

Esta no es una inflación de demanda, resulta evidente, porque salvo para algunos insumos médicos, la demanda no creció o ha caído. La brusca reducción de la oferta de muchos bienes es sí un factor significativo, pero a en mi opinión el factor dominante es la huida del peso.

Nuestro gobierno, como casi todos en el mundo, está tomando medidas “keynesianas” (las pongo entre comillas porque no estamos frente a la situación que inspiró a Keynes su producción intelectual más importante: no hay un “déficit de demanda”. En todo caso, es de demanda y de oferta. Por eso mismo, plantearse reducir la demanda -la receta de siempre de los economistas “ortodoxos”, a través de devaluaciones o ajuste del gasto público, es un planteo absurdo. Ya la pandemia, y la cuarentena, han reducido la demanda a límites insostenibles en el tiempo.

¿Qué sería entonces, en las condiciones actuales, un plan antiinflacionario eficaz? Una pregunta difícil, entre otras cosas, porque el último intento -el modelo de metas de inflación que se aplicó durante el gobierno anterior- terminó en un fracaso patético. Y aquel que funcionó durante diez años -la Convertibilidad implantada en 1991- lo logró a partir del aumento del desempleo desde 1996 y terminó en una catástrofe en 2001.

Pero ese es el desafío que, creo, deben plantearse los economistas argentinos. En especial, los del “campo nacional”, ajenos a la superstición monetarista, pero que por lo general han encontrado difícil enfrentar la inflación. Prefieren decir o sugerir que el problema es que nuestros empresarios aumentan los precios porque son codiciosos. Y evitan preguntarse si los empresarios que en otros países no los aumentan todos los meses son generosos.

Si me dirijo, en general, a todos los que se interesan en la política económica, es porque los que están ocupando los puestos de conducción en este momento, no tienen tiempo, ni probablemente la tranquilidad para imaginar nuevos expedientes. En la primera línea del Estado -especialmente hoy en el que tenemos- hay que resolver problemas y tomar decisiones cada día, cada hora. Como le gusta decir a mi mujer, están “atajando penales”.

Por mi parte, y sin demasiada seguridad, adelanto que las ideas que se me ocurren pasan por la creación de una nueva unidad monetaria para el ahorro, como tienen desde hace décadas Brasil y Chile. Cuyas economías tienen problemas graves, por cierto, pero no inflación altísima ni tasas de interés enloquecidas.

Esta unidad de reserva de valor no tiene que reemplazar al peso como moneda de cambio. En realidad, la única condición clave es que aquel que la recibe no sienta que se le está desvalorizando a cada momento. Ahora, la solución no es que gane intereses, porque cuando se fijan, se está fijando también un piso a la inflación. Sí se puede decidir que ese instrumento gane un interés pequeño, para estimular el ahorro. Pero se debe fijar un valor de referencia para ese instrumento, claro, conocido por todos y que no se desvalorice con la inflación. El incentivo principal para conservar esa “unidad de valor” no sería el rédito, sino la liquidez.

El problema clave, si la que sugiero es una respuesta válida, es hallar el valor de referencia adecuado.

El experimento de Cavallo en 1991 que mencioné se aferró al valor del dólar, y dejó muy malas memorias para los argentinos. Además, la moneda estadounidense no parece un ancla muy sólida en medio de esta pandemia. Y si se llegara a valorizar, sería peor. Ya nos pasó.

El patrón oro… al que se aferró Inglaterra en los ´20 del siglo pasado con malas consecuencias de desempleo y caída de sus exportaciones, fue deflacionario. Hoy probablemente volvería a serlo.

Tiendo a inclinarme -repito, con dudas- por una canasta de los productos de exportación argentinos. Suena lógico, aunque, reconozco, sería vulnerable a las oscilaciones de los mercados.

El caso es que tiene que ver con nuestra realidad. Nuestros “fundamentals”. Descartada la fantasía macrista de una “lluvia de inversiones”, que llegarían porque había un presidente “business friendly“, y la de las inversiones atraídas por la Vaca Muerta, el sector competitivo de la producción argentina, que produce divisas -y que sus capitales sólo pueden emigrar en una pequeña parte, porque la tierra no es trasladable- es el agropecuario.

Como se dan cuenta, esto es “pensando en voz alta”, el lema de mi blog desde hace algo más de 12 años.


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