El escenario de la política argentina, y una charla en Mendoza

abril 21, 2019

Supongo que ya están aburridos de que les diga que el portal AgendAR me deja sin tiempo ni energía para el blog. También yo. Empiezo a pensar que, además de la falta de esas dos cosas -que es real- existe otro factor: me desacostumbré al estilo “literario” -vueltero, dirían en mi barrio- de esos ensayos que figuraban aquí como posteos.

Se me ocurre este comentario porque la semana pasada estuve en Mendoza para el cumpleaños de un viejo amigo. Y surgió la invitación a dar una charla en una agrupación. Peronista, claro. Salió bien (lo digo sin vanidad, porque todos los que tienen experiencia en eso saben que -salvo que uno sea Borges o alguien de ese nivel- una buena charla es una colaboración entre los que van a escucharla y el que la inicia. Es diferente de un discurso, aunque también ahí la actitud del público influye, y mucho).

A lo concreto (no dejé del todo de lado las vueltas, como ven): no preparé un borrador de lo que pensaba decir sobre el peronismo y la situación actual, pero lo ordené en mi cabeza y me sirvió para encauzar la charla. Y tengo ganas de transformar ese ordenamiento (no la charla, claro) en un posteo. Si ahora lo están leyendo, es porque me convencí que salió algo más completo y un poco menos subjetivo de lo habitual.

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El escenario político nacional, en la superficie, aparece bastante simple y polarizado. De un lado, el oficialismo -conducido desde el Poder Ejecutivo, como es habitual- con el programa, más o menos explícito, de remodelar la economía y por ende la sociedad argentina en los marcos del pensamiento aceptado en los países del Atlántico Norte, EE.UU. y la Unión Europea y en los organismos internacionales que hegemonizan: Apertura al movimiento de capitales y al comercio internacional. Un “mercado laboral menos rígido” -la frase que se usa para indicar mayores facilidades para despedir personal y para negociar a la baja salarios y beneficios sociales. Y las inversiones son decididas por el mercado (esto último, mucho más en la teoría que en la práctica, pero eso es inevitable: los intereses particulares siempre tratan de colonizar el Estado, también en el Atlántico Norte).

La identidad política, el PRO, que hegemoniza la coalición oficialista, Cambiemos, tiene algunas características nuevas, pero no demasiado. La UCEDÉ había anticipado mucho, inclusive en su pretensión de ser la “nueva política”. Un dato decisivo que no se puede pasar por alto: ese programa que pretendió llevar adelante es compartido en buena parte por la mayoría de los empresarios y “ejecutivos” argentinos y por un porcentaje considerable de la población. Y ha influido en el pensamiento y en el accionar de dirigentes políticos de muchos sectores, inclusive del peronismo.

Y ahora está haciendo algo también tradicional con ese programa: fracasar. Es cierto que en general los gobiernos argentinos -civiles y militares, cuando existía esa opción- han sido derrotados más por sus errores y falencias que por sus adversarios. Pero aquí me parece que vale la pena destacar que es sobre todo este programa -que se puede llamar con la menor carga ideológica posible- “de globalización subordinada”- el que fracasa, una y otra vez, desde la primera ocasión que se puede decir con rigor que se pone en práctica, 43 años atrás. Este hecho necesita un análisis más profundo que el que soy capaz de hacer ahora.

Del otro lado del “escenario”, está el peronismo. No es toda la oposición, obvio, pero las otras fuerzas políticas son locales, o muy minoritarias. En el plano nacional, se ven como aliadas del peronismo o de la coalición que lo enfrente. O testimoniales.

En el peronismo no existe hoy un poder que lo hegemonice. Ni siquiera que lo articule. Probablemente aparezca, por lo menos para una mayoría considerable de sus dirigentes, cuando en unos dos meses se decida la candidatura presidencial. Pero sí resulta evidente, en mi opinión, que hay un liderazgo nacional instalado, por la simple acumulación de poder electoral: el de Cristina Kirchner.

Este liderazgo, también es evidente, despierta tanto adhesiones como rechazos. Incluso, claro, en su propio espacio, el peronista. Esto pasa con todos los liderazgos, salvo en los catecismos un poco tontos que escriben los mismos partidarios. Pero las adhesiones son lo bastante numerosas como para opacar a cualquier otra figura, en el espacio nacional. Y obliga a los que lo rechazan, y aún a los que lo cuestionan, a definir, en primer lugar, su relación a ese liderazgo. El nombre que ha elegido la propuesta política más visible, surgida del peronismo, que se plantea lejos de él es revelador: “Alternativa Federal“. Freud se haría un picnic.

Ese liderazgo de CFK expresa también la adhesión a una trayectoria conocida y cercana -fue presidente por dos mandatos constitucionales, y la esposa y activa compañera del anterior presidente- y a una versión del peronismo que se puede llamar, razonablemente, kirchnerismo. Puede sonar soberbio, y lo lamento, pero tengo que decir que el debate sobre si el kirchnerismo es o no peronismo siempre me pareció idiota. Definir como el “verdadero” peronismo, a una práctica de gobierno entre 1946 a 1955 (o tal vez 1952), en un país y en un mundo muy distintos, es ignorar el resto de sus 74 años de historia. ¿O es que Menem era “peronista ortodoxo” y CFK no? ¿Cómo se clasifica la breve gestión de Perón de 1973/74?

El hecho es que Néstor Kirchner desarrolló una práctica y un discurso peronista que incorporó muchos de los temas y valores del progresismo o “centro izquierda” argentino. Como jefe de campaña de la candidatura presidencial de Duhalde en 1999, percibió con mayor claridad que otros dirigentes, que la causa estructural de la derrota era el alejamiento del Frepaso, de origen peronista pero que ya en 1995 era la 1° oposición a Menem, con más votos que la UCR. Y el gobierno de N. K. y más aún el de Cristina pueden describirse como un frente del PJ y el ex Frepaso. Como el de Menem fue un frente del PJ y la UCEDÉ. Vale recordar que ambos experiencias -distintas y hasta opuestas en muchos sentidos- dieron estabilidad política a la inestable Argentina, una por 10 años y otra por 12 y medio.

Eso sí: es importante tener presente que una parte importante del… “contenido” del anti kircherismo -incluso el que se encuentra en muchos votantes peronistas- es el rechazo a la izquierda, y al “etos” progresista. Pero también debemos recordar que los argentinos y argentinas de menos de 30 años -la mayoría de la población- el peronismo que conocen y vivenciaron es la versión kirchnerista. Lo otro… está en los libros.

¿Cómo sigue? Para plantear bien esta pregunta -no intento responderla, por Dios!- vale enfocar lo que no sucedió. A tres años y medio de la derrota del 2015, no ha surgido en el peronismo (ni en toda la oposición) un nuevo proyecto de poder ni un nuevo liderazgo nacional. El intento que llegó más cerca de esos dos objetivos, sin alcanzarlos, fue anterior a esa derrota: el de Sergio Massa en 2013. Y en lugar de crecer y afirmarse, se deterioró.

Hoy, la mayoría de la dirigencia intermedia o local del peronismo que rechaza a CFK -o considera que no es una opción ganadora- piensa en una candidatura que no surge del peronismo: la de Roberto Lavagna. Por mi parte, en algún momento jugué con la idea de una fórmula CFK-Lavagna, una oferta tal vez atractiva para los que opuestos o desencantados con este gobierno “no quieren volver al pasado”. Esto es, a la experiencia kirchnerista. Hoy me parece evidente que la condición para que Lavagna llegue a ser una opción electoral significativa es si suma, en 1° y decisivo lugar, a los votantes de Cambiemos. Lo que sería posible si el deterioro electoral de Macri hace que el proyecto de su reelección sea abandonado.

Como sea, reitero este dato para mí clave: no aparece hoy en el peronismo un nuevo proyecto de poder ni un nuevo liderazgo nacional en condiciones de competir en las urnas con el de CFK.

Desde la misma experiencia del peronismo, no es lo que podría esperarse. Después de su caída en el ’55, surgieron nuevos dirigentes que reconquistaron los sindicatos y se constituyeron en un factor decisivo de poder interno por dos décadas. Y aparecieron los neoperonismos provinciales, alguno de los cuales perdura hasta hoy. Y todo eso con Perón vivo y muy vigente.

Más cerca, la experiencia es más clara todavía. Frente la inesperada derrota electoral en 1983, antes de un año y medio estaba en marcha la Renovación. Hay evaluaciones encontradas de ese proceso -que terminó en Menem- pero no hay duda que era un proyecto de poder -con liderazgos muy visibles, Cafiero, Grosso, el mismo Menem, De la Sota- que cambió en forma definitiva el sistema de poder interno en el peronismo.

En 1999, la mecánica es distinta. Duhalde se había enfrentado a Menem, y puso una barrera al intento -delirio o proyecto- de rereelección. Pero es derrotado por la Alianza. El proceso se alarga, pero también termina en una versión del peronismo, bien distinta de las anteriores (pero más cercana al fundacional, el del´45-´55, que la de Menem, por ejemplo): los 12 años y medio de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

El surgimiento de nuevas versiones, nuevos proyectos de poder, es inevitable. Todo lo que está vivo se transforma. Y el peronismo recibe la instrucción de su fundador de tratar de ser consciente del entorno global. En palabras de Perón, “la verdadera política, la  internacional”. Lo de Menem puede verse como una versión local de lo que estaban haciendo, mejor, alguno peor, Fernando Henrique Cardoso en Brasil, Felipe González en España, Boris Yeltsin en Rusia,…

Y no pueden dejar de verse los puntos de contacto de la experiencia kirchnerista con Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Correa en Ecuador, Evo en Bolivia… Hasta con el Frente Amplio en Uruguay y con la Concertación en Chile. Procesos muy distintos, en sociedades muy distintas. Más distantes aún eran y son las relaciones de poder en esas sociedades.

Vale la pena repetir algo que siempre señalé: pensar en un chavismo, por ejemplo, en un país como Argentina, donde las Fuerzas Armadas no están politizadas y participan en el poder es una fantasía de militantes universitarios o provocaciones de enemigos.

Pero algo unió a esos procesos: se apoyaron desde un principio en los sectores más humildes de sus pueblos, a quienes brindaron políticas sociales más activas que las que se conocían desde el ocaso del Estado de Bienestar en Europa. Para lo que aprovecharon el boom de las materias primas, digamos todo.

La historia siguió cambiando. Siempre lo hace. Frente al desgaste, en algunos casos el descrédito de esos gobiernos “populistas” (bautizados así por sus adversarios y en algunos casos por intelectuales), en estos años hemos podido ver el surgimiento en la región de gobiernos también muy distintos entre sí: Macri, Bolsonaro, Duque, Lenin Moreno, Piñera,… Todos practican, con habilidad o torpeza, la apertura comercial y financiera y un grado de seguidismo a la política exterior de los EE.UU.

El motivo de este brevísimo paneo de etapas históricas recientes es hacerme -hacernos- una pregunta clave ¿cómo enfrentará el peronismo, en el probable supuesto de su retorno al poder en un futuro muy cercano, una realidad económica y un entorno político global y regional muy diferente del que existía entre 2003 y 2015?

Hay dos factores que condicionan cualquier respuesta a esa pregunta: la perduración del “kirchnerismo”, del liderazgo de Cristina Kirchner, indica que una parte importante de los argentinos -mayoritaria entre los votantes peronistas- tiene presente y valora como vivía en los cercanos años de su gobierno. No hay que confundirse, creo, con los muchos votos que tuvo Carlos Menem a 4 años del final de su gobierno: lo que existía era una esperanza “el Turco es vivo y es el que nos puede salvar”, antes que nostalgia por los últimos años de su gestión, con recesión y desempleo.

El otro factor es que el fastidio con (elementos de) esa experiencia kirchnerista, que se expresó en las elecciones legislativas de 2013 y 2017, y en la presidencial de 2015 fue decisivo en la derrota de un candidato no demasiado K como Scioli, sigue existiendo. Puede ser minoritario en relación al grupo que defino en el párrafo anterior, y es indiscutible que no ha encontrado un liderazgo eficaz. Pero… sin sumar a su proyecto a esos peronistas -o “sociológicamente peronistas”, la porción más dinámica de los muy diversos sectores medios argentinos- a cualquier peronismo, a cualquier propuesta política, le resultará difícil triunfar. Y muy difícil gobernar.

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Hasta aquí, lo que veo, y comparto. Felices Pascuas. La casa no está en orden.


Cristina vuelve. Macri la espera ¿Lavagna?

marzo 22, 2019

El título y la pregunta son cortos, a tono con estos tiempos de Twitter. La respuesta, para tuiteros, también será corta: No. Lavagna hoy no alcanza a competir, ni de lejos, con Cristina como referente / candidato de la oposición.

Pero uno tiene, reprimida, su vocación de bloguero, y voy a escribir para esa pequeña minoría que todavía lee (blogs). Siento el impulso de escribir sobre porqué digo “no” y también sobre porqué digo “hoy”.

Empiezo recordando otro porqué, más personal. El motivo del abandono de un diálogo diario en el blog y volcarme a proyectos más impersonales -y exigentes- como AgendAR. El hecho es que hace más de un año ya quedé convencido que en el peronismo no habría grandes sorpresas. No es que dejaron de “pasar cosas”, y algunos desarrollos estimulantes. Es el peronismo, y está vivo.

Pero para la lucha por el poder político decisivo, encarnado en la candidatura a Presidente de la Nación -el eje en torno al cual se terminan articulando los distintos proyectos grupales e individuales- encontré, encuentro, que el peronismo no elaboró en los tres años y medio después de su derrota electoral, un liderazgo alternativo en condiciones de competir con el encarnado en Cristina Kirchner.

Eso mismo merece una reflexión a fondo, que insinué en algunos otros posteos. En otros momentos, el peronismo fue mucho más rápido en ensayar alternativas. Año y medio después de la derrota del ´83, estaba en marcha la Renovación, con la referencia más visible de Antonio Cafiero. No fue un proyecto de poder coherente, pero modernizó, para bien y para mal, al peronismo.

En el final de la gestión de Menem, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, se edificó a sí mismo como el “challenger”. Cero carisma, pero con un proyecto de poder coherente, que finalmente terminó sepultando la experiencia menemista.

También aquí hay una respuesta inmediata para la pregunta: el liderazgo de Cristina Kirchner continua vigente, mayoritario, por muy lejos, entre los votantes del peronismo.

Del otro lado de la “grieta”, la coalición Cambiemos ocupa -comódamente, hasta ahora- el lugar del Otro del peronismo. La alternativa, adentro y también afuera de Argentina, para los (muchos) que rechazan o desconfían del peronismo. Es un espacio político clave en Argentina. Ya hace mucho tiempo que un observador agudo, el historiador Halperín Donghi, señaló que el Partido Radical, en lugar de desvanecerse como todos los otros partidos de ese tipo en el mundo -representación de las clases medias que luchan por el sufragio universal y libre- había encontrado en 1946 un lugar perdurable al convertirse en la alternativa democrática al peronismo. (Lo perdió casi medio siglo después, en 1994, con el Pacto de Olivos. En la siguiente elección de 1995, el partido de oposición con más votos pasó a ser el Frepado; la UCR quedó 3°).

Esto es una larga digresión (defecto mío). El punto es que me convencí que los protagonistas del enfrentamiento en este año serían Mauricio Macri y Cristina Kirchner. El ejercicio de la política, la pasión militante y hasta la imaginación seguirían siendo importantes, para lo inmediato y para el largo plazo, pero los largos análisis en blogs reflexivos… no tanto.

Las decisiones finales de ambos jugadores principales y de todos los que tienen “fichas” (recursos económicos, estructuras): gobernadores, intendentes de grandes distritos, secretarios generales de gremios poderosos, grandes empresarios, y -menos visibles- pero muy reales, algunos jugadores externos, se tomarán no antes de mayo, quizás en junio -salvo imprevisible crisis terminal. Y dependerán del humor de argentinos y argentinas de a pie pensando en a quién votar y para qué.

Humor popular que todos leeremos en las encuestas de esos momentos -seguramente equivocadas, como diría Jorge Asís. ¿Pero qué otra forma tenemos? Quien me asegure que su intuición y la gente con quien conversa le permite saber lo que aspira el pueblo… me da un dato útil: a quién no tomar en serio sus análisis.

Pero entonces, los pacientes lectores pueden preguntar, ¿por qué vuelvo a escribir largo en un blog semi abandonado? Sucede que el deterioro electoral de Mauricio Macri, previsto -aquí va una tosecita modesta- en un posteo menos de coyuntura que éste que subí a principios de año, ese deterioro está cambiando profundamente el escenario político.

Aclaro que nunca me pareció precisa su distribución en 3 partes desiguales: los votantes dispuestos a votar a Cristina, los que por adhesión al macrismo -los menos- o por hostilidad al peronismo /kirchnerismo -los más-votarían la reelección de Mauricio, y los indecisos. La he usado en algún momento, como todos, pero no describe bien, a mi entender, el “mapa”.

Prefiero la metáfora de dos polos magnéticos, que causan a la vez atracción y rechazo -en sujetos distintos, claro- y así ordenan las partículas, que vendríamos a ser nosotros, más cerca o más lejos de cada uno de ellos.

Esa imagen, creo, permite apreciar como el debilitamiento de uno de esos “polos” -ya sea Macri, que se desgasta día a día, o Cristina, anunciando públicamente que no va a ser candidata- desordenaría todo el “mapa”, creando un escenario nuevo e imprevisible.

Los lectores perspicaces -por algo siguen este blog 🙂 – ya estarán pensando que mi conclusión -bastante evidente, por otra parte- es que la (todavía tenue) presencia de Lavagna en el escenario está causada por el debilitamiento de Macri. Y sí; es obvio.

Pero me parece que vale la pena tratar de profundizar un poco más en el asunto. Una candidatura de Lavagna tendrá el apoyo, si apareciera con posibilidades reales de triunfo (otra vez las encuestas), de una mayoría muy considerable de esos actores que mencioné arriba: grandes empresarios, gobernadores, secretarios generales de gremios poderosos… El motivo es muy claro, y lo analizó muy bien Aristóteles hace dos mil quinientos años: los que tienen un poder sectorial, son naturalmente refractarios a un poder personal por encima de ellos, apoyado en los sectores de abajo (ahora lo llaman “populismo”).

Ese apoyo -sobre todo el de los empresarios que contemplan con terror otros cuatro años de Macri, pero tampoco les gusta CFK- alcanza para dar recursos al proyecto Lavagna (y termina de desinflar al de Argentina Federal, que nunca fue otra cosa que una UTE, unión temporaria de empresas). Pero… no tienen votos. (Que el poder económico manipule a su gusto una elección, es una fantasía de militantes digitales).

Hay otro segmento significativo de los argentinos politizados que ve con buenos ojos a Lavagna: los que creen -con buenos argumentos, eh- que la “grieta”, la hostilidad histérica con que se contemplan macristas y cristinistas es destructiva, y un “gobierno de transición” sería una forma de descomprimir el enfrentamiento. También uno percibe en parte de la militancia de historia peronista y hasta kirchnerista, la búsqueda de una figura paterna -que creen encontrar según los momentos en Massa, Scioli, Randazzo, ahora Lavagna- que le ponga límites a la madre castradora, Cristina.

Pero los politizados, sicoanalizados o no, son también una minoría.

En mi falible juicio, la mayoría larga de los que van a ir a las urnas, valoran su voto como la única, y muy pequeña herramienta que tiene cada uno para influir en su destino colectivo. Saben que pesa muy poco, pero es lo que tienen. Desconfían de todos los políticos, en general (sólo, en algunos casos, depositarán confianza, esperanza en uno o en una). Pero el voto lo decide la motivación más fuerte que sientan el día de la elección.

Hasta donde puedo percibir, en las encuestas, si se interpretan correctamente, en el monitoreo de las redes sociales, una motivación muy fuerte y muy extendida -yo la comparto, por lo que valga- es poner fin a esta experiencia de Macri.

También se percibe que muchos compatriotas tienen otra motivación dominante: que no vuelva a gobernar Cristina.

Ahora, también son muchísimos los que no quieren a ninguno de los dos. Pero, hasta hoy, lo veo como un deseo. No como una motivación.

En todo caso, eso es lo que veo hoy. En 45, 60 días… También depende de las campañas, que desde los dos “polos” principales, especialmente el que está en el gobierno, pero también desde Cristina, están en marcha desde hace muchos meses. Pero creo que todavía no han aparecido los temas decisivos. Eso será materia de otro posteo, tal vez.


La lógica de la fórmula Cristina Kirchner – Roberto Lavagna

febrero 4, 2019

Como ya es hábito en el blog de Abel, empiezo precisando términos / abriendo el paraguas. No estoy haciendo un pronóstico, ni tampoco una promoción (ninguna de las dos personalidades aludidas contrató a mi agencia, lamentablemente). Analizo lo que indico en el título, la lógica detrás de esa fórmula imaginaria, lo que me permite exponer algunas ideas que tengo desde hace tiempo sobre el peronismo que puede venir.

(Eso sí, tengo claro que la ansiedad hará que se lea como un pronóstico, nomás. Como cuando hace un mes escribí en El largo adiós de Mauricio Macri, sobre el desgaste terminal del presi. Bueno, si finalmente Mauricio no está en las boletas en octubre, y sí figuran en una Cristina-Lavagna -eventos plausibles, después de todo- me haré famoso, como Nouriel Roubini, que “predijo” la Crisis de 2008, y daré charlas en la TV y en consulados argentinos en el exterior sobre el horóscopo electoral).

Empiezo con una realidad secundaria pero interesante: la tentativa -muy tentativa, por ahora- candidatura presidencial de Lavagna es funcional a la mucho más establecida de Cristina. ¿Por qué pienso esto? Parto de una realidad evidente: una porción importante de la dirigencia del peronismo, territorial, sindical, tiene reservas -algunos hostilidad- con la candidatura de CFK. No comen vidrio, ven que la de ella es la única candidatura presidencial instalada en el peronismo, en la oposición, con una intención de voto importante. Pero no se van a comprometer en el apoyo hasta, y si, las circunstancias o las encuestas muestren claramente que puede ganar en octubre.

Ahora, se trata de hombres, y algunas mujeres, que tratan de ser sabios y prudentes, como pedía el General. Quieren tener al menos una opción, si al final Cristina no resulta ser la carta a apostar. Pero cualquier candidato peronista -Massa, Urtubey, aún Pichetto- necesariamente sumará apoyos -pocos o muchos- en las provincias. Cualquiera que ha participado alguna vez en una interna, sabe que un candidato siempre puede “armar”, en una relación de mutua conveniencia, con los aspirantes que quedan afuera de la lista “oficial”. Lo que a su vez complicará a esa lista oficial en la elección provincial (la gran mayoría será meses antes de la presidencial).

Don Roberto no causa ese problema. No hay agrupaciones lavagnistas, ni siquiera unidades básicas (salvo tal vez en la Capital, pero es un lugar muy atípico). Cuando y si los no muchos dirigentes que tienen recursos y aparatos -y algunos pocos, votos- decidan apostar a la carta de CFK, les será mucho más fácil.

Pero esto sólo es de interés para operadores políticos. Hay algo mucho más importante para los argentinos.

El peronismo tiene una identidad muy fuerte. Es tan característico de la Argentina como el tango, o el antiperonismo. Al mismo tiempo, en distintos tramos de su larga trayectoria, ha presentado propuestas muy distintas a la sociedad. No todas eran para entusiasmarse, para ser sinceros.

Es inevitable. La Argentina y el mundo han ido cambiando en los últimos 74 años, y el peronismo también, como todo lo que está vivo. El peronismo fundacional, entre 1945 y 1955, tenía que ver con la sociedad y las relaciones de poder de esa época, al mismo tiempo que levantó banderas y valores perdurables. Y una obra que permanece en la memoria.

En los ´70, Perón retornó a la patria, pero ella, y los peronistas, ya eran muy distintos. Su vida no le alcanzó para afirmar un poder estable y evitar la tragedia.

Cuando, post Malvinas, hubo una apertura política, el peronismo no había encontrado una nueva propuesta, claramente distinta de la memoria de violencia y enfrentamientos y fue derrotado. Con bastante rapidez, menos de dos años, cambió su rostro y sus mecanismos de poder. Un estudioso llamó ese proceso Del partido sindical al partido clientelista, pero, bueno, era un gringo. El resultado final fueron las dos presidencias de Menem, lo que explica la falta de entusiasmo.

El desgaste y el rechazo al menemismo se combinaron para la derrota de 1999. Dos años después, el peronismo tuvo que volver a “ponerse la patria al hombro” -hay un karma persistente, en el ´89 fue la debacle de Alfonsín- y en forma también inesperada el resultado fueron las tres presidencias de Néstor y Cristina Kirchner. Y por todo el antikirchnerismo bastante histérico que hoy levanta una parte de nuestra sociedad, el primer hecho que salta a la vista es que fueron 12 años y medio de estabilidad política, el período más largo desde 1930.

Hice este breve y superficial repaso para marcar parecidos y también diferencias con las circunstancias que forzaron en el pasado transformaciones del peronismo. De los cambios en la región y en el mundo no necesito hablar, en este breve posteo.

Un elemento clave de la situación interna es que quienes reivindican el liderazgo de CFK -que son por lejos primera minoría, si no mayoría entre los que votan alguna versión del peronismo- no ven necesario cambiar.

(Es cierto que algunos escriben o hacen declaraciones en favor de una radicalización que no existió en esas presidencias. Una fantasía chavista -bastante difícil de tomar en serio en un país que no es monoproductor de petróleo, y donde no hay fuerzas armadas politizadas y leales al régimen).

Pero, más allá del revolucionarismo verbal, está la conciencia y la memoria entre los perjudicados por la experiencia macrista, que la “moderación” ha sido con frecuencia una forma de dejar las cosas más o menos como están, para no “dividir a la sociedad”, con cambios en los cargos oficiales, eso sí. El “antipersonalismo” contra Irigoyen, el “antiverticalismo” contra Isabel, nunca sumó fervor popular.

De todos modos, ese lado de la propuesta es relativamente más fácil de resolver. Para los peronistas que resuenan con Cristina, para el progresismo que se ha acercado / resignado al peronismo, ella es por su trayectoria una garantía suficiente para que sumen sus votos. (De paso: me sorprende la fe que tienen algunos dirigentes en que su “bendición” transferiría esos votos. Es al menos dudoso).

El otro lado de la propuesta electoral que el peronismo debe construir para triunfar en octubre –según aparece hoy, tengo que remarcar- es cómo sumar a una porción de los votantes que votaron contra las boletas del “peronismo K” o apoyadas por él, en 2009, 2013 y 2015, y lo derrotaron. Elijo esos años porque resulta claro que una parte de ellos no se definía contra el peronismo en su conjunto.

Repito algo que he dicho muchas veces a lo largo de estos años en el blog: no vale la pena esforzarse mucho en sumar dirigentes. No hay en la oposición nadie que haya construido una “marca” tan potente como la de CFK; no son garantía, ya sea por una trayectoria difusa o por no ser tan conocidos. Lo fundamental es sumar votantes.

Una parte sustancial del voto peronista, que lo ha acompañado desde 1946 hasta ahora, corresponde a quien fue bautizado por Fabián Rodríguez como el “pibe Gol”; que si yo tuviera que definirlo ideológicamente -tarea siempre difícil- lo clasificaría como “conservador popular”, en un nostálgico homenaje a don Vicente Solano Lima. Nunca asumieron en su totalidad el discurso y los valores de la experiencia kirchnerista, y en los últimos años se alejaron en forma cada vez más definida. Esos turnos electorales que cité dan prueba de ello.

La confianza que tienen algunos amigos “cristinistas” en que el compañero Macri está cumpliendo con la misión de hacerlos votar a CFK me parece, desde lo que percibo en encuestas y en las redes sociales, al menos tan dudosa como la de los que creen que los votos se transfieren.

Claro, vale la pregunta si yo creo que un Roberto Lavagna en la fórmula, por ejemplo, sería suficiente para cambiar el “rostro K” sin desnaturizarlo. En realidad, la pregunta puede ser más amplia: si es posible cambiar el “rostro K” sin desnaturizarlo. Si alguno de ustedes me contrata como consultor, seguramente podré hilvanar algunas tonterías. Aquí, sólo puedo contestar con algo que repetí muchas veces en el blog: El que viva lo verá.


Extinguiendo el dominio

enero 22, 2019

Ayer lunes 21 el presidente Macri anunció, al regreso de sus vacaciones, que estaba firmando el decreto de necesidad y urgencia por el que entra en vigor un “Régimen Procesal de la Acción Civil de Extinción de Dominio”.

Simplificando -los medios tienen todos los detalles, así que no es necesario que me extienda aquí; estamos en enero, amigos- este DNU permite, en principio, que en el fuero civil se disponga confiscar propiedades, que presuntamente provengan de la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo, aunque no haya una sentencia en el ámbito penal.

En seguida reaccionaron desde la oposición diciendo -también hago síntesis- que este DNU era inconstitucional y que su aplicación causaría una catarata de juicios y de futuras indemnizaciones para los perjudicados. Y que -¡sorpresa!- era una maniobra electoral.

Tengo que decir que la primera parte de las críticas me parece válida. Pero la segunda parte la hace irrelevante.

Es cierto que los operadores judiciales de Mauricio conocen mucho más de jueces que de derecho, y la Dra. Carrió -que algo recuerda de su paso por la facultad- está para dar imagen de prolijidad para su público. No para preparar legislación que pueda afectar intereses.

Pero, amigos, ¿alguien puede dudar que a 10 meses de las elecciones presidenciales -que vienen difíciles- Macri, o cualquier presidente en cualquier país, va a desaprovechar la ocasión de lanzar una medida que suena muy bien en sus votantes (los que podrían quedarle)?

¡Obvio que es electoral! Para marcarlo, Marcos dispuso una ofensiva en las redes sociales. Como si hiciera falta: este tema tiene mucha repercusión “orgánica” (así se llama a la viralización espontánea).

Lo que me sorprende -hasta me desconcierta- es la actitud de esos opositores ¿Cuál es el mensaje político que están tratando de dar? Mostrar la inconsistencia de los defensores fanáticos de la constitución y las garantías… cuando tienen enfrente a un gobierno que no les gusta, no sirve para nada. El rigor jurídico y la consistencia no abundan entre nosotros, en ambos lados de la grieta. Hay distinguidas excepciones, pero no son bloques electorales.

Esta inquietud me lleva a escribir en este pausado blog. Ofrezco una idea, bastante obvia, por otro lado, a la oposición. El oficialismo ya lo tiene a Durán Barba 🙂

Estaba pensando que un boga con tiempo libre podría echar un vistazo a la “Ley Modelo de la Unidad de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito” (UNODC), que fue lanzada en 2011 como una iniciativa del Programa de Asistencia Legal para América Latina y el Caribe (LAPLAC). También podría ver la ley RICO (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations) de los EE.UU.

No para copiarlas, por supuesto, el entorno legal y las circunstancias son muy distintas. Pero si para tomar nociones de técnica jurídica. Están más pensadas, y hay jurisprudencia con la RICO, bastante sofisticada, que este engendro de Mauricio.

Si este DNU ha sido pensado para poner el reflector en casos de corrupción atribuidos a los tres mandatos anteriores, bueno, en los tres años de este mandato hay material para hincar el diente, al menos el mediático. Y con este giro que se ha incorporado en alguna legislación internacional, que cuando interviene el Estado los delitos son imprescriptibles, se podrían investigar casos como el de Sevel, de Manliba, hasta algunos blanqueos…

La reflexión que quiero transmitir es que las formas tradicionales de financiamiento de las campañas electorales, las que han usado desde Cambiemos y el Frente para la Victoria, hasta radicales y conservadores en los tiempos de Yrigoyen, ya no son adecuadas. El que las use en adelante, estará corriendo un riesgo cada vez mayor, cualquiera sea su ideología.

Y mi sugerencia práctica es preparar un proyecto de ley para que lo lance un candidato del palo. Que lo presente cuando este DNU de ayer empiece a empantanarse… Pero siempre antes de la elección de octubre.


Un saludo para Reyes

enero 6, 2019

Mi amigo Fernández Baraibar envió este texto hace un rato. Me llegó, se decía en otro tiempo. Como soy un anarquista 2.0 -mi lema es “la propiedad (intelectual) es un robo”- lo subo a este descuidado blog. Gracias, Julio.

Llegaron ya, los Reyes y eran tres

Recibí de Aldo Duzdevich el vídeo de los Reyes Magos, con Los Fronterizos, Jaime Torres y Domingo Cura. Lo escuché y miré. Me produjo una honda vibración interna, una mezcla de orgullo, pena y angustia que me humedecieron los ojos. Quedé sorprendido por ese efecto. Inmediatamente se lo envié a algunos amigos como saludo del Día de Reyes y recibí de una querida amiga el siguiente comentario:

– Estoy llorando.

– Sí, es muy emocionante. Son todos jóvenes. Están lejos, en Alemania, le contesté

– Sobrecogedor, diría, fue su respuesta.

Lo subí a este muro y los comentarios que estoy recibiendo son, en su mayoría, muy parecidos al de mi amiga.¿Qué tiene ese vídeo que desata esa especie de congoja, de melancolía y, a la vez, de íntimo orgullo?

He estado toda la tarde pensando una respuesta.

Creo que hay varios elementos.

El primero, obviamente, es la belleza de la obra y su interpretación. Pero además ese sonido se vincula en la memoria a una lejana adolescencia, cuando apareció la excepcional Misa Criolla y Navidad Nuestra. Vivíamos aún el impulso industrial y obrero que el peronismo había impuesto al país y que la reacción oligárquica no había podido detener. Atravesábamos un momento en nuestra cultura en el cual el folklore del interior del país se había convertido en música de moda, moda que tenía en Los Fronterizos, Los Chalchaleros, Los Cantores del Alba, Los Quilla Huasi y una incontable cantidad de extraordinarios intérpretes individuales su “star system”, sus héroes y heroínas.

Una moda que se manifestaba en la aparición de la guitarra en las ruedas adolescentes, en las que, quizás por primera vez en el país, las zambas, las chacareras, las guaranias, las chamarritas y las tonadas, la música de todo el país, se cantaba a lo largo y lo ancho del mismo. Y en donde una generación de “teen agers”, como ya se había comenzado a decir, se preparaba para vivir horas tormentosas, dolorosas, brutales, descubriendo la historia patria, sus luchas y sus fracasos. Todo eso evoca esta canción.

Y no sólo eso. Esos hombres jóvenes, Jaime Torres, Gerardo López, Domingo Cura hoy están muertos y en el vídeo los vemos jóvenes, llenos de vida, alegres y orgullosos. Y Félix Luna y Ariel Ramírez también son ya muertos gloriosos y forman parte del acerbo cultural argentino. Somos conocidos en el mundo por esos hombres y su obra.

Y además se grabó lejos de Salta o de Jujuy o de San Juan o de Corrientes. Se grabó en Alemania, en una iglesia varias veces centenaria. Y es imposible dejar de pensar en las navidades, nevadas, alegres, pero lejanas y extrañas, de Suecia, donde rigurosamente escuchábamos cada 24 de diciembre el disco, el único disco, que habíamos llevado en nuestro equipaje al partir de un desangelado aeropuerto de Ezeiza en reconstrucción, con andamios y escombros, cuando nos fuimos. Y lo escuchábamos porque queríamos, muy conscientemente, que nuestras hijas llevasen para siempre en su memoria que esa era nuestra música de Navidad. Que “Nu är det Jul igen” o “Heliga Natt” también las cantábamos con ellas, porque de esa manera agradecíamos al lugar y la gente que nos había dado cobijo, pero que nuestra Navidad era Navidad Nuestra.

Y el orgullo de saber que así ocurrió, que nuestras hijas vuelven a escuchar a estos muertos inolvidables, a estos ángeles criollos, morenos y alados de música junto con sus hijos.

Y el orgullo de sentir que el arrope, la miel y el poncho de alpaca real es el regalo que en esta parte del mundo se le hace a los dioses que tienen la costumbre de nacer, pobres como una araña, en un miserable pesebre.

No sé. Posiblemente sea eso.

Buenos Aires, 6 de enero de 2019


El largo adiós de Mauricio Macri

enero 4, 2019

Como ya es una característica de mis (infrecuentes) posteos reflexivos, empiezo con precisiones. “El largo adiós de Mauricio Macri” se refiere, también, al hecho que me parece muy improbable que su nombre esté el 27 de octubre de este año en alguna boleta como candidato. Tengo claro -no puedo dejar de verlo, porque es evidente en los sondeos- que es hoy uno de los dos candidatos presidenciales instalados en la conciencia de una mayoría larga de los votantes. Y que es el único candidato posible de la actual coalición Cambiemos. Pero el proceso de desgaste que comenzó el año pasado y que considero inevitable que continúe en éste, creo que lleva a que en algunos meses deje de ser candidato a la reelección. “Perder no es peronista”, ni tampoco antiperonista; salvo para la pequeña minoría que termina votando con una convicción ideológica firme.

Una indicación clara de su deterioro es el tan comentado adelanto de las elecciones en provincia de Buenos Aires. Más allá que se haga o no, aún más allá de la existencia de una intención real o que sea una maniobra de distracción, muestra bien claro que una candidatura presidencial de Macri “tira para abajo” las boletas que acompaña.

Pero puedo estar equivocado en mi pronóstico: el futuro es imprevisible por naturaleza, y el Mauricio ha mostrado mucha más voluntad de poder que el desdichado De la Rúa. Sobre todo, no es lo importante. Pues un título alternativo en el que pensé era “La larga agonía de la Argentina globalizada”, en un eco del seminal trabajo de Halperín Donghi “La larga agonía de la Argentina peronista”. Expresa mejor lo que yo pienso del momento que vivimos.

Pero no lo elegí, por dos motivos. Halperín puso su énfasis en el conflicto de “legitimidades irreconciliables”. Es válido, y lo sigue siendo: todavía hoy la política argentina se divide en dos sectores, dos discursos, que no aceptan la legitimidad de los valores del otro. Pero alguna formación en economía que tengo, y la historia reciente, me llevan a pensar que un gobierno que no da una mínima previsibilidad a las variables económicas -empezando por los precios, el dato más inmediato para cualquier persona, y el valor del dólar, la moneda que funciona como reserva de valor para los argentinos- es como un gobierno que pierde una guerra. Pierde legitimidad para gobernar, sin importar cuánta gente esté de acuerdo con su discurso o sus valores.

Eso es lo que está sucediendo, creo. El de Macri ha sido el tercer gobierno que se esfuerza, conscientemente, en adaptar la economía y la sociedad argentina a las reglas de juego de la globalización financiera, lo que algunos han llamado el “capitalismo tardío”. El tercero desde 1975, cuando se interrumpe en nuestro país el proceso, irregular pero sostenido, de crecimiento industrial que empezó antes del peronismo pero al que éste le puso impronta política y social.

Esos gobiernos son el primero de la dictadura que comienza en 1976, con el ministro de Economía de Videla, Martínez de Hoz; el de Carlos Menem, con origen y apoyos peronistas y su ministro de Economía, Domingo Cavallo; y éste, el de Macri, con un equipo mucho menos coherente que esos dos anteriores.

(Un aparte que pueden saltearse sin perder nada del argumento: Elijo la fecha de 1975 porque -los registros estadísticos son abrumadores- es el año en que se interrumpe el crecimiento industrial argentino, que hasta ese momento era comparable con la mayoría de los países “exitosos”. Y también porque por ese tiempo comienzan a descartarse en Occidente las protecciones arancelarias a las industrias locales y el “estado de bienestar”. Las reformas que inicia Thatcher en Inglaterra (y el experimento de los “Chicago Boys” en Chile).

No pretendo establecer una teoría de la historia argentina. Ya tenemos demasiadas. Es plausible pensar que en nuestro país se enfrentan dos proyectos contrapuestos desde 1810. O aún antes. Pero se corre el riesgo de sumar mucho palabrerío sin conexión con la realidad. Puede hacer ver en la expedición de Juan de Garay -casi totalmente paraguaya- una manifestación del imperialismo europeo. Y querandíes nacionales y populares).

Como sea. Los dos intentos anteriores fracasaron, con un altísimo costo social. Con esto me refiero al hecho evidente que no lograron establecer una “normalidad” aceptable para una mayoría -o una “primera minoría”- de los argentinos, que perdurase más allá de las relaciones de poder vigentes en un momento dado. Que siempre van a cambiar. Valdría la pena tomar en cuenta que el que tuvo origen y apoyo peronista fue el que duró más, pero es otro tema.

Lo decisivo es que Macri no ha conseguido esa “normalidad aceptable” ni siquiera después de haber obtenido un triunfo -así lo apreciaron oficialistas y opositores- en las elecciones de 2017. Hoy, los números son inapelables: aún en el improbable caso que fuera reelecto, con la hostilidad de una parte muy numerosa de los argentinos, se vería obligado a reestructurar la deuda externa que él mismo contrajo. No es la forma adecuada para ubicarse en la globalización financiera, que depende, por definición, de las expectativas de beneficio de los fondos de inversión y de especulación.

Pero dije que tenía dos motivos para no hablar de una agonía de la “Argentina globalizada”. El otro, es por la misma razón que pienso que el título de Halperín de 1994 resultó inapropiado. Es cierto que la experiencia peronista de 1945/55 correspondió a una Argentina y un mundo que ya no existían. Y que las estructuras y las relaciones sociales que formó y lo habían formado se estaban transformando, desnaturalizando, para muchos, en las entonces frescas reformas del menemismo. Pero la historia siguió, como siempre. Y mostró que en una parte muy grande de los argentinos el peronismo tenía raíces profundas.

La experiencia kirchnerista fue -por supuesto- muy distinta de la del peronismo fundacional. No sólo la Argentina y el mundo eran muy diferentes. Tampoco existió la voluntad o la capacidad de realizar transformaciones profundas como las de ese tiempo. Pero en campos tan importantes como diversos, la valorización de la soberanía, la defensa del mercado interno, un (prebendario) proteccionismo industrial, la prioridad dada al consumo, la inversión en ciencia y tecnología, hasta un estilo “igualitario plebeyo” (esto último si compartido con el menemismo) se parecía más al peronismo fundacional que a cualquier otra experiencia posterior.

Mi conclusión no es determinista, entonces. El “experimento macrista”, como lo bautizó un amigo, peronista ortodoxo él, fracasó. Pero el desesperado deseo de ser “un país como (se imaginan que son) los demás” sigue muy presente y poderoso en (otra) parte muy grande de los argentinos. Hasta Néstor Kirchner tuvo que hacer campaña en 2003 prometiendo “un país normal”. Y Cristina Kirchner triunfó en 2007 con una promesa de “normalidad”. En ese sentido, la elección de 2011 fue una anomalía. Basada en que la oposición no tenía candidato. Que la economía marchaba, en la sensación de los votantes, y de la mayoría de los grupos económicos, muy bien. Y tampoco se prometió desde el oficialismo ninguna revolución, ese sueño húmedo de los militantes.

Esas dos pulsiones, para llamarlas de alguna manera, siguen existiendo. El problema no es tanto, me parece, “la grieta”. El nuestro es un pueblo que ama y odia con mucha facilidad, pero hace décadas que la violencia no es aceptable para las mayorías. Cualquier mayoría.

La clave es que esas “dos Argentinas” -en realidad una sola, con ideales contradictorios- siguen vigentes. Mezcladas en las mismas provincias, los mismos barrios, las mismas familias. Cualquier proyecto debe apoyarse y expresar una de ellas, o es una alquimia de políticos y publicistas sin posibilidad alguna de triunfo. Pero debe tener en cuenta la existencia de la otra, si quiere gobernar. Y, volviendo al plano práctico con el que empecé, debe tener un proyecto económico viable en la actualidad. La “receta globalizadora” aparece cada vez más desvinculada de cualquier política concreta y sólo sigue firme y dogmática en el discurso de sus voceros. Pero las distintas heterodoxias -hoy está de moda llamarlas “populistas”- no tienen receta. Tal vez esa sea su mejor característica.


Dos argentinos que se fueron en Nochebuena

diciembre 24, 2018

A la mañana subí un larguísimo texto (ajeno) con algunos comentarios malintencionados al final. Ahora sólo pensaba saludarlos por Navidad (y el de arriba era uno de los videos que tenía para elegir, antes de la noticia). Pero mi amigo Julio Fernández Baraibar envió unos párrafos que quiero compartir aquí. Felices fiestas.

“Hoy se han ido dos argentinos longevos y significativos: Osvaldo Bayer y Jaime Torres.

Dos argentinos distintos por su origen, distintos por su actividad, distintos incluso en sus concepciones doctrinarias, si se me permite el término. A algunos, uno de ellos nos puede expresar más cabalmente y podemos haber tenido con el otro diferencias que en su momento hasta pudieron considerarse como insalvables.

Pero ambos fueron dos grandes argentinos, con la variedad, la multiplicidad de sentidos que tiene ser argentino. Ambos contribuyeron, a lo largo de su vida y desde su particular ciudadela, a conformar esto que reivindicamos día a día, nuestra cultura nacional, nuestra tradición de luchas populares, nuestro particular sentir y conocer al mundo.

Que su memoria se prolongue eternamente en la de nuestros compatriotas, bastante desmemoriados por cierto”.


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