Los CEOs que vinieron

febrero 9, 2016

listado

En el gobierno de Mauricio Macri están, en cargos importantes, ex CEOs (Chief Executive Officer, la máxima autoridad de una empresa) de Shell, Techint, General Motors, HSBC, Telecom, Grupo Clarín, LAN, Banco Galicia, Pan American Energy, JP Morgan, Citibank, Telefónica, Coca-Cola, Deutsche Bank, Farmacity y Axion, entre otras, como puede verse en el bonito listado de arriba que preparó Página 12 a principios de enero. En cada caso, no sería un hecho destacable. Cualquier gobierno actual puede recurrir, y lo hace, a hombres o mujeres que han demostrado competencia en el manejo de grandes estructuras, o fortunas (Alfonso Prat Gay fue funcionario de Néstor Kirchner, para mencionar uno).

Pero una concentración tan grande, para conducir las estructuras del poder económico real del Estado… Íntimamente vinculadas, en la mayoría de los casos, a las firmas de donde provienen… Nunca se había dado en Argentina, ni siquiera durante las gobiernos militares, en los cuales se había registrado, hasta ahora, el mayor porcentaje de altos ejecutivos provenientes de empresas (en ese tiempo no estaban tan de moda las siglas en inglés).

Sumado al sesgo “eficientista” y supuestamente apolítico del discurso macrista, es natural que la oposición (el peronismo que se reunió en la calle Matheu, sus aliados, y algún sector de la izquierda dura) encuentre aquí el rasgo característico del nuevo gobierno.

Tomo, como ejemplo de estas miradas, un texto de Alejandro Romero, filósofo cuyas reflexiones sobre el peronismo he volcado en el blog:

El voto ciudadano desplazó a un gobierno compuesto por representantes de los distintos sectores sociales del pueblo argentino. Políticos, militantes y técnicos cuyo poder derivaba de su capacidad para interpretar y dar curso, a través de políticas, a los intereses y necesidades de la mayor parte de los habitantes de la Nación. Se trataba de un poder de base social plural y mayoritaria emergente de un cuerpo social diverso del que, en mayor o menor medida, formaban parte como iguales.

El gobierno que lo reemplazó está compuesto por CEOs de corporaciones transnacionales y de monopolios nacionales, empleados que guiarán las políticas de Estado“.

Más volcado al análisis sicológico es el texto de otro filósofo Gustavo Varela, especialista en historia política, que reprodujo ya el blog de Juan José Salinas:

No son la rancia aristocracia del XIX; no son las fieras fascistas del treinta. Se parecen a los de la Revolución Libertadora (los antiperonistas se parecen, cualquiera sea la filiación política o ideológica). Pero estos de ahora son definitivamente otra cosa. Varias, no una, pero lo que más son es mostrarse y ser eficientes (por eso mismo son patoteros).

En la política son de genealogía corta, de fines de los años setenta y comienzos de los ochenta: finanzas y era digital. O sea, máquinas de producción y resultado. Ni Roca, ni Agustín P. Justo, ni Frondizi. Ni Onganía, ni De la Sota, ni Cobos. Eso es carne vieja. Los de ahora son buitres de carroña actual. No son de derecha: no es ese el rango que los mide.

Son otra cosa, neo-empresarios, de bicicleta, aire libre y viernes casual. No tienen país de origen, no les importa la Argentina. Pueden vivir aquí o en cualquier lado.

No son conservadores ni ilustrados. Son gentes a pura eficiencia y con muchos recursos técnicos. No tienen cultura, apenas aquella necesaria para el desplazamiento. En general son iletrados, de bostezo fácil frente a un libro.

Tienen preocupación por las formas, porque es parte del mismo asunto. Formas superficiales, de packaging de felicidad y armonía, de cartel en el subte que dice: Si alguien se siente mal, ayudémoslo. Lo obvio se convierte en slogan. Este marketing de vida sana y comprensión es la exudación de la economía política que sostienen.

Son corporaciones que negocian. Ni fábricas fordistas ni empresa familiar. Estas corporaciones no tienen dueño, los excede. Son más grandes las acciones que la voluntad individual de un dueño. Por eso no importa si es Macri o quién sea. Macri es un muy buen exponente, sí, pero el asunto es más amplio, de inscripción internacional, de lazos más complicados, de intereses cruzados.

Tienen entrenamiento en el exterior, todos bajo el ala de las finanzas; son eficaces, muy eficaces para lo que quieren. Insisto: no son la derecha ni son conservadores. Son neo. Pura demolición a fuerza de anticipación financiera.

Neo, no es ambición sino procedimiento: es la forma de operación sobre los otros. La eficacia no admite caras, ni parentescos, ni pertenencia grupal. Cuando hablan de equipo es porque los vínculos responden a esquemas funcionales. Son cuerpos de abrazo rígido, de compromiso con la tarea y nada de comunión. Es un equipo gélido. Por eso se abrazan como repeliéndose.

La forma de operar sobre los otros es bajo una apariencia (amenaza) de modernización permanente. El Ministerio de Modernización es la institucionalización del dominio financiero por encima de cualquier otra razón.

No son humanistas. No dudan. Retroceden, a veces, pero no dudan. Saben a dónde van y no necesitan que haya alguna mediación (superan en esto a Martínez de Hoz o a Cavallo).
No tienen un proyecto de país. No les importa. Son lo más agudo del capitalismo, su bisturí más impiadoso. No es un nombre. Son otra cosa: una raza política nueva que casi no conocemos“.

¿Se trata de exageraciones? ¿De caricaturas? Puede que en casos personales sea así, pero creo que la clave es la percepción de algo que no es la incorporación de funcionarios, sino de una lógica hegemónica en los países “desarrollados” y que muestra su rostro más cruel en los “emergentes”: la de la valorización financiera. El criterio de la actividad económica no es la producción, ni las ventas. Ni siquiera la ganancia. Quienes la llevan adelante cifran su éxito en que los títulos que representan el valor de sus empresas -y sus bonificaciones- aumenten. Puede ser por el lanzamiento de un nuevo producto, o por el despido de una parte de sus empleados y la reducción de costos consiguiente. Da lo mismo.

No es extraño entonces que varios colegas blogueros, y otros comunicadores, hablen de CEOcracia y hasta de CEOfascismo. Y ahí me siento impulsado a hacer algunas observaciones, desde la política.

Estoy de acuerdo que la lógica de la valorización financiera, la de esta etapa del capitalismo, es un condicionante decisivo de la política moderna. Basta mirar a Europa Occidental para ver un caso extremo. Y el despliegue sin límites de su influencia entre nosotros merece otros posteos. Pero estos CEOs que vinieron no son la clave de la pugna política en curso.

Porque quiero recordarles un dato básico: Mauricio Macri no llegó a ser presidente porque la Bolsa local, ni tampoco la de Wall Street, lo hayan votado (En realidad, no parece que estén entusiasmadas con su gobierno. Pero eso se debe a que les preocupan otras cosas). Lo votó un poco más del 51 % del electorado, en el balotaje del 22 de noviembre pasado.

Reitero esta obviedad porque apunta a otra, también evidente: si en las elecciones legislativas del año próximo el actual oficialismo es derrotado en los principales distritos… los CEOs que aún estén en funciones para entonces empezarán a contactar a los principales estudios, previendo cambios en su carrera laboral. Y -algo que me parece que no se toma demasiado en cuenta en los angustiosos debates de la oposición- Macri, y quienes lo apoyan desde el poder político y el económico, lo saben perfectamente. El triste ejemplo de la Alianza está muy fresco.

Creo, entonces, que vale la pena que los hombres y mujeres de la oposición dediquen algo de su tiempo a pensar cuáles serán las estrategias del gobierno para evitar ser derrotados en esas elecciones. No hay garantía que sean exitosas, por supuesto. Ni tampoco que no lo sean. Pero que las ensayará, las ensayará.


Política internacional, pero no lejana: Acá

febrero 8, 2016

América del Sur desde-el-espacio

Completo el trío prometido de posteos sobre política internacional con el que nos toca más de cerca. Porque trata de lo que está ocurriendo en nuestra región, lo que pasa también aquí. Y porque lo tomo del blog del licenciado Baleno. Como de costumbre, lúcido y breve. Me deja sin nada que agregar, salvo “Firmo abajo”.

Las pruebas se acumulan sobre la mesa. El kirchnerismo perdió las elecciones. La oposición venezolana le ganó al chavismo por 16 puntos. Una joven opositora a Evo, Soledad Chapetón, le arrebató la prefectura nada menos que de El Alto, algo así como el conurbano de La Paz pero más peronista, más indio y más pobre. Rafael Correa anunció que no será candidato a la reelección, en 2017. Y Dilma Rousseff esta en un pésimo momento económico y político.

No todas las derrotas pueden explicarse por dos o tres traiciones. Necesariamente debe estar pasando algo más.

“Fin de ciclo” nos susurran al oído. Si. Fin de un ciclo. No es casualidad que todos esos gobiernos hayan surgido de crisis terminales. Chávez es hijo del Caracazo del ´89, Correa de la rebelión de los forajidos en 2005, Evo protagonizó la insurgencia en Bolivia desde el 2000. Lula ya se había presentado a elecciones tres veces antes que Brasil se desmoronara en 1997. De la Argentina de 2001 hemos hablado mucho ya.

No hay nada que llorar. Esa etapa se terminó precisamente por el éxito de los Lula, Chávez, Evo, Correa y Kirchner y no por su fracaso. Por todos esos gobiernos no se daba un centavo y atravesaron dos décadas. Sus éxitos forjaron estas sociedades donde se expresan fuerzas ambivalentes y antagónicas. De ahí sale la frase “que fácil era ser progre en los 90”.

El salto cualitativo estuvo. Entramos en otra etapa donde el discurso místico y el voluntarismo ya no sirven para nada. Para nada. La derecha, para entendernos rápido, cosecha lo que los gobiernos populistas no han podido sostener. Hay una composición social, económica y cultural distinta en todo el subcontinente y con ese material (y no otro, porque es el que existe) hay que trabajar“.


Política internacional, pero no lejana: Populismo de derecha en EE.UU.

febrero 8, 2016

trump donald

Ahora que la campaña de Donald Trump atraviesa el “momento de la duda” (cuando los aportantes se preguntan si es sabio seguir poniendo dinero) el interés periodístico de nuestros medios -nunca muy agudo- se desvanece. Error. El Donald es sólo el síntoma de un “populismo de derecha” que hace más de tres décadas, con Reagan, fue funcional a un cambio profundo en el sistema global (Global y profundo en serio: de Yeltsin a Menem, pasando por Felipe González).

Pero entonces imperaba en la Potencia Hegemónica un sentimiento triunfalista y, de algún modo, satisfecho. Hoy no. Los invito a leer esta muy bien escrita crónica de Claudio Mario Aliscioni, en Clarín. (Con esto equilibro la anterior, de Página 12, sobre Roma y Moscú. Y calculo que los que habían leído una, si son verdaderos creyentes, no han leído la otra).

Si se lo toma apenas como un bufón, la peripecia electoral del multimillonario Donald Trump acaba en la mera anécdota. Si, en cambio, se atiende a algunas de sus propuestas políticas, abandonamos la sensatez para ingresar al resbaladizo territorio del delirio. Pero entre ambos extremos, sin embargo, el fenómeno que encarna el magnate inmobiliario revela mucho más de lo que sus declaraciones extravagantes dejan entrever.

En verdad, su presencia abre un enorme agujero en la derecha estadounidense: insulta con vulgaridades a las mujeres; se burla de los tullidos y de los pobres; cuenta chistes antisemitas ante el lobby proisraelí. Como un abierto racista, reclama la expulsión de los latinoamericanos indocumentados y promete el cierre de las fronteras a los musulmanes. Al mismo tiempo, de un modo inesperado, defiende la jubilación estatal, postula la seguridad social gratuita para los mayores de 65 años y propugna más impuestos a los ricos como él. En su discurso, una creciente cólera popular por la traición de las élites al mandato democrático halla desahogo. Pero, si se toma lo que dice o hace, la extravagancia de Trump es inclasificable. Sólo resulta inteligible –y mucho más interesante– cuando se mira con atención lo que evidencia.

El misterio, en efecto, no es él, sino las razones que inclinan a millones de sus compatriotas a querer votarlo.  Su aparición en el cielo político de EE.UU. –justamente ahora– se monta sobre el terremoto social, económico y moral provocado por políticas públicas que han hecho pedazos el “sueño americano”. El fenómeno Trump emerge así de la contradicción más evidente del capitalismo estadounidense contemporáneo: en el país más rico del planeta, la grieta entre pobres y acaudalados no deja de crecer.

No es un azar que su estrella asomara hace un año sobre la ruina de millones de embargados por deudas inmobiliarias, un tendal de desempleados y un número en alza de personas sin ingresos y que viven de la caridad. En la misma época, el prestigioso Pew Research Center confirmó lo que el ciudadano común presentía con angustia: la clase media, histórica columna sobre la que se construyó el país, dejaba de ser el sector social mayoritario. Ahora constituye el 43% de la población contra el 62% en 1970. Mientras sus ingresos cayeron un 28% en los últimos quince años, la clase más adinerada aumentó su porción en el ingreso nacional del 29% a un 49% en el mismo período.

Esa concentración del capital fue en parte resultado de una extraordinaria transferencia de recursos públicos hacia los sectores más encumbrados. Las quiebras bancarias y financieras desde la crisis de Lehman Bronthers, en 2008, más las secuelas presupuestarias de dos guerras insensatas (Irak y Afganistán), son ingredientes de ese proceso.  Cuando los lazos sociales se quiebran, mientras el sueño americano se esfuma y la brecha social entre ricos y pobres se agranda, aumenta el desamparo y el odio a la dirigencia. Es esa queja la que explota Trump. Y el dolor popular es tan agudo que a nadie importa que sea grosero y agresivo.

Es una constante electoral: para el hombre providencial, aun aquel con aires de payaso, siempre hay un chivo expiatorio a mano. Pensar que un  multimillonario centrado en su ombligo represente los intereses de ese pueblo es al menos ingenuo. Pero el punto es que Trump no sólo toca a las clases populares. También es el representante de los sectores que quieren hacer de EE.UU un lugar más seguro para su dinero. Saben que la crisis aún no terminó. Aunque algunos presupuestos cierren, las heridas continúan abiertas. Y la humillación siempre es partera de la historia“.


Política internacional, pero no lejana: Roma y Moscú

febrero 7, 2016

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Como saben, insisto en el blog que, de vez en cuando, desviemos (los argentinos) la atención de nuestras fascinantes internas y contemplemos lo que pasa en el mundo. Aprovecho el feriado largo para subir algunas cosas que me parecen interesantes. Tres al hilo. Empiezo con esta.

De la reunión entre el Papa Francisco y el Patriarca de Moscú Kirill, se escribió mucho y se va a escribir más. Por sí misma y también por lo que ellos, a la cabeza de dos organizaciones con mucha experiencia en el tema, se han ocupado en cargarla de símbolos. Reunirse en Cuba, por ejemplo!

Esta, de Eduardo Febbro en Pág. 12, me pareció la crónica más útil, porque detalla las dificultades geopolíticas que hubo que vencer. No es cuestión, nunca lo es, de “Júntense los buenos!”.

Una semana antes de pisar suelo mexicano el papa Francisco le agregó un capítulo suplementario a esa reescritura del mundo que viene protagonizando desde que fue electo en 2013 y pronunció, en la Plaza San Pedro, la palabra casi prohibida: “pueblo”. La agenda mexicana del sumo pontífice ya era una exquisitez de inclusión en las fracturas de un país. Lejos de plegarse a los cánticos y rutas del conservadurismo eclesiástico oficial y a los consensos que sugieren los gobiernos, Francisco decidió poner un pie en la fractura, la exclusión indígena, el narcotráfico, el feminicidio y la corrupción. Pero antes, tal como lo había adelantado en la entrevista del 31 de enero de 2016 con la vaticanista francesa Constance Colonna-Cesari, el Papa abrió el libro de la historia para protagonizar una cumbre inédita con el patriarca Kirill, el primado de la Iglesia ortodoxa rusa.

Ambos se entrevistarán el próximo 12 de febrero en terreno neutro, es decir en Cuba. El acontecimiento no tiene precedentes en la historia de las religiones. Se trata de la primera reunión de los máximos líderes de las dos iglesias luego que, a partir de los antagonismos que las dividieron en el siglo IV después de Cristo, un cisma en el año 1054 las separara para siempre. Ese “siempre” conocerá el 12 de febrero una interrupción por demás trascendente. Francisco y Kirill se encontrarán en el aeropuerto de la capital cubana y firmarán una declaración conjunta pactada, al igual que la cumbre, en un tercer país y en el más absoluto de los secretos desde hace varios meses.

El peso de ambas iglesias difiere en mucho, aunque no su importancia geopolítica en un momento donde la confrontación entre Rusia y Occidente a raíz del conflicto en el Este de Ucrania es muy tensa. Esa confrontación pasa igualmente a través del terreno religioso. La Iglesia ortodoxa rusa mantiene relaciones conflictivas con la Iglesia greco-católica de Ucrania, la cual obedece a Roma. Las vicisitudes del destino han puesto a Francisco en la encrucijada de este conflicto de dos maneras: primero, porque los greco-católicos de Ucrania tomaron partido por la revuelta del Maidan.

Con ello pusieron al Papa en una posición delicada: si los defendía, se distanciaba de los ortodoxos de Moscú, si los atacaba, abandonaba a una Iglesia de su orbe. Segundo, porque el actual arzobispo mayor de Kiev, Sviatoslav Schevchuk, habla el español con acento argentino: cursó estudios en el seminario de Don Bosco, en Buenos Aires, y en 2009 Benedicto XVI lo nombró obispo auxiliar de Santa María del Patrocinio, siempre en Buenos Aires. Sviatoslav Schevchuk fue además un ferviente partidario de los revolucionarios ucranios. Francisco caminó por una delgada cuerda floja durante varios meses. Kirill reconoció en un momento la posición “equilibrada” de la Santa Sede frente al perfil “extremadamente politizado” de la Iglesia greco-católica, a la que el patriarca de Moscú y de todas las Rusias llegó a calificar de “rusofóbica”. El acercamiento entre él y el patriarca ortodoxo de Moscú representa el segundo gran éxito de la diplomacia vaticana desde que Bergoglio llegó al trono de Pedro. Gracias a su mediación, en 2014, Cuba y Estados Unidos destrabaron el largo contencioso que los dividía. El Muro del Caribe cayó con la acción del Papa como es posible que caiga ahora el otro muro de las religiones.

Es muy probable además que esta cumbre sea el preámbulo a la realización de algo que ningún papa pudo realizar hasta hoy: visitar Moscú. La Iglesia Ortodoxa Rusa reivindica unos 130 millones de fieles en el mundo, contra 1200 millones para la que representa Francisco. Según adelanta el comunicado conjunto de la Santa Sede y del patriarcado, la entrevista entre el Papa y Kirill durará una dos horas al cabo de las cuales ambos dirigentes firmarán una declaración común que, al igual que la cumbre, “marcará una etapa importante en las relaciones entre las dos iglesias”. Es lícito reconocer que el papa argentino está animado de una sólida estrategia ecuménica y de una fuerte convicción en lo que atañe el acercamiento entre las religiones. El Estado Islámico y su expansión en Irak han, de hecho, acelerado esta decisión. La defensa de los cristianos de Oriente ante la amenaza de los jihadistas del EI estrechó los vínculos entre católicos y ortodoxos y hasta modificó la línea no intervencionista del Vaticano. En 2014, el papa Francisco interpeló a la comunidad internacional para que interviniera en Irak y “detenga una agresión injusta”. El responsable de las relaciones exteriores de la Iglesia ortodoxa, el metropolita IIiarion, explicó precisamente que el eje de esta etapa de relaciones renovadas es la situación de los cristianos en Medio Oriente.

Francisco se apresta a darle cuerpo a un sueño que Juan Pablo II jamás pudo plasmar. Alejo II, es decir, el anterior patriarca de Moscú y de todas las Rusias, se opuso con vehemencia a que el papa polaco viajara a Moscú. La alfombra roja parece hoy desplegada para el papa argentino, tanto más cuanto que el territorio del encuentro, o sea, América y Cuba, responde al deseo de Kirill de no verse con el Papa en Europa, una zona geográfica a la que, a raíz de la posición de la Unión Europea con respecto a las aspiraciones de Ucrania, Kirill juzga como responsable del conflicto“.


Música para este finde largo – Carlos Moscardini, “Flores Negras”

febrero 7, 2016

Haciendo “pendant” con el recital de los Stones, les ofrezco, en esta noche lluviosa, 21 minutos de un virtuosismo nuestro. Carlos Moscardini interpreta “Flores negras, de Francisco de Caro. Disfruten.


El peronismo se cuenta desde abajo

febrero 7, 2016

aquí me pongo a cantar

Le puse este título por los dos sentidos de la palabra: “se cuenta”, se relata, como se hacía desde mucho antes que existiera la TV, antes de los diarios también, cuando en los pueblitos y en los ranchos se contaban historias de justicia y reparación. Y también en un sentido muy concreto, como los punteros que te dicen que los votos se cuentan de a uno.

Pasa que es un feriado largo, cuatro días no laborables (para muchos), y me siento libre para subir material (que no tengo que escribir yo). Y pensé que lo que me acaba de enviar Marcelo Padilla desde Mendoza encaja bien para completar la trilogía sobre el peronismo a hoy con lo que subí aquí y aquí, muy desde la política y la franja dirigencial. Marcelo cuenta bien la versión “basista”, como lo hizo hace pocos días Pablo Ayala después de la reunión del Consejo.

“Disfrutan los medios, se frotan las manos, y Macri baila una improvisada zambita norteña al compás del no me acuerdo. La política del goce neoliberal desparrama su fétido mensaje a-histórico. ¿Se acabaron las identidades? ¿Serán ahora los individuos con su propio sudor los que emprenderán la titánica tarea del capitalismo austral: esfuerzo propio, insensibilidad social, donar centavos en los hipermercados para causas nobles de fundaciones caritativas?

La culpa social se redime en las cajas de los híper con esas migajas, y dale que va. Han venido a instalar una prepotencia restauradora oligárquica para que nadie grite ni se queje. Ni proteste ni debata. En esta “Era bravucona y persecutoria” pareciera no tener límites el deseo de disciplinamiento del pueblo. Mientras, el peronismo se pasa facturas por derecha y por izquierda. Los que se van, los que se quedan, los ilustrados que merodean, blancos y puros, de ojos azules, antipejotistas, equilibristas de los cargos.

No es así. La idea de autocrítica es una falacia. No existe la posibilidad material de hacer una autocrítica. Son acusaciones y marcadas de cancha entre unos y otros. La salida no es otra que eludir el laberinto por arriba. Lo que están haciendo unos y otros es morfi para los medios. La mejor salida, en todo caso, es la organización popular y el empoderamiento de las bases militantes, de aquellos cientos de miles de atrevidos que salieron a bancar al FPV hablándoles a los vecinos en las verdulerías y los almacenes. Son los nuevos y verdaderos protagonistas del recambio que se viene.

¿Con qué cara hablan los que se van y los que se quedan? ¡Si la derrota fue de todos, pues las miserias son de todos!… hasta de los que hoy salen a acusar con el dedo, ayer nomás, le daban estilete al propio Daniel Scioli para que no fuera el candidato (por su origen, por su mano, por su moderación, por lo que fuere). Es que son aburridos algunos compañeros del peronismo y del movimiento nacional.

Hacerse cargo es escuchar lo que no se quiere escuchar. Que los métodos de la burocracia no van y tampoco los de los ilustrados endogámicos. La fácil es esa, impoluto en el discurso y excluyente en la práctica. No fueron los dirigentes justamente los que condujeron el despertar desesperado de quienes vieron lo que significaría Macri Presidente. Que ahora se arreglen entre ellos o contra ellos. El peronismo real, el de abajo, el de las bases, los van a pasar por encima o los van a poner en caja. Porque no se trata de que “se vayan todos”, se trata de modificar la correlación de fuerzas de abajo hacia arriba, para que los aristócratas tengan que ubicarse de un lado o del otro por convicción o defección. Por abajo hay un peronismo dolido, ardiente y pagano, que no detendrá su marcha hasta ver otras caras y nuevos senderos.

La crisis existente en el movimiento hoy pasa por una sencilla razón: se acabó la prosperidad, la comodidad  y el confort de estar en el gobierno. Es así, se acabó la línea vertical que bajaba de nación desde los ministerios para el armado, los fondos y la artillería, se acabó también el cotillón. Hoy no tenemos un centavo para hacer política. Lo que surja será en estado de incomodidad y necesariamente abierto a la discusión permanente para que tengan lugar los que no tenían voz o callaban o no podían porque criticar era hacerle el juego al enemigo. Tal vez eso nos faltó un poco, la voz disonante que no queríamos escuchar, la que molesta por irreverente.  La que se escuchaba y se escondía por las dudas que se dieran cuenta. Bien, ahora se destapó la olla popular y el guiso es para todos. Si no hay discrepancia abrazada en un proyecto, habrá migración. Por derecha y por izquierda. Y el peronismo de la calle, que siempre le dio la espalda a las exquisiteces, no está para la tarea fina, está para la obra gruesa, la de las grandes calzadas.

Pendular como todo movimiento el peronismo está en construcción permanente, las casas se hacen con bosta y con cemento, con palos y ladrillos, con azulejos y con fratacho a la vista. Si el peronismo se parte es porque no supimos hacerlo. Algo se nos descolgó en el camino, tal vez el movimiento obrero que hoy de a poco se va ordenando, y los jóvenes de los patios de Cristina que no entendieron los mensajes por embotamiento, y los viejos y las viejas que estaban incluidos en el modelo pero no en la palabra. No sé, fideos con tuco hecho con tiempo. Como el de antes, con tres horas de cocción en la olla a presión. Claro, para que no explote ni salpique”.


“El peronismo después de Cristina” ¿O antes?

febrero 7, 2016

el trono vacío

Pierre Ostiguy tiene un Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de California en Berkeley y es profesor en el Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Es autor de una matriz que describe -simplifica- la política argentina como un plano dividido por dos rectas: la vertical separa la izquierda y la derecha convencionales, la horizontal, al peronismo del antiperonismo. A Manolo Barge y a mí, entre otros, nos ha parecido interesante.

A pesar de todo eso, Ostiguy habría escrito esta nota que subió Bastión Digital. Digo “a pesar”, porque tiene poca politología y bastante calle. Calles diversas: de Florencio Varela, de Río Cuarto, de Clorinda…

Por eso la subo un domingo a la mañana, porque me parece que compite muy bien con los análisis dominicales de los columnistas ofos y opos, algo porteñocéntricos. Pero también porque estoy en desacuerdo. Este análisis de Ostiguy deja afuera un factor muy importante. Y una verdad a medias, o del 40% … no es verdad. Igual, con la crítica que agrego, y lo planteado en el posteo del viernes, sirve, me parece, como un cuadro bastante completo del peronismo a hoy.

Entonces, primero la nota. Después mi observación.

Parafraseando el dicho, cuando el gato está ausente de la Quinta de Olivos, los ratones bailan. El Peronismo, como ocurre cada diez a quince años, está otra vez buscando su nueva identidad e, indisociable de eso, a su nuevo conductor, lo que tardará un poco más. Si esa búsqueda era una pregunta plausible en el caso de una victoria de Scioli, con la estrecha derrota de 2015 se hace absolutamente imprescindible, otra vez.

Ya en julio predecía que la sigla Frente para la Victoria (FpV) iba a perder preeminencia y que íbamos a ver a surgir nuevamente, con bastante fuerza, el olvidado y viejo (y polvoriento) PJ. Y de modo general, decía que aun si íbamos a seguir hablando de “kirchnerismo”, la gran discusión relevante iba a ser sobre “el Peronismo”. Ya hemos llegado. Estamos en eso. Uno puede ponerle el contenido que quiera, pero no hay duda que un nuevo ciclo se está dibujando, necesariamente, para el Peronismo.

Una primera incongruencia es que el gran bloque de ahora 83 diputados en la Cámara de Diputados y el bloque mayoritario del Senado no tienen el mismo nombre que el del partido que básicamente los componen, el PJ. Cristina Kirchner sigue siendo la líder del Frente para la Victoria, pero, citando a Capitanich, no tiene interés en el PJ. Si la relación entre el PRO, la UCR, CC y Cambiemos es clara (aun si no ideal para sus miembros), la relación política entre el FpV y el PJ no lo es – por lo menos ahora. Más aun, se está resignificando. Institucionalmente, ¿bajo qué sigla se tiene que llamar la oposición oficial? Como “fuerza política”, ¿cuántos peronismos hay ahora?

Distinguiría, para simplificar aquí a ultranza, tres grandes tendencias en este momento en el movimiento peronista. La mayoritaria es la del “peronismo que gobierna”, pejotista en el alma antes de kirchnerista, pero que vive muy bien con éste cuando hace falta. Es el Peronismo de los dirigentes que saben gobernar y supieron sobrevivir bajo Menem, De la Rúa, Néstor y Cristina. Es el peronismo que descoloca a observadores extranjeros y que recibe la ira de los autonombrados cuidadores de la “calidad de la democracia”. Es también el Peronismo de Pichetto en el Senado; del “samurái criollo” Ishii o (lo que no es igual) de hasta hace poco Hugo Curto, en las intendencias del GBA; de los “Gordos”, en el sindicalismo; etc.

A su izquierda, segundo, están los herederos leales y militantes del kirchnerismo, algunos jóvenes, algunos peronistas desde siempre como Carlos Kunkel y Agustín Rossi en el Congreso o Emilio Pérsico en el movimiento social, otros desde “casi siempre” como el Chino Navarro, y otros francamente no peronistas o neófitos, como Kicilloff o Sabatella. También, con ellos, están los indefectiblemente leales a Néstor y Cristina pero que no son particularmente de izquierda, como Aníbal Fernández, Guillermo Moreno o Julio de Vido. Daniel Scioli navega como siempre entre esas dos primeras tendencias, con su estrella cada vez más atrás.

Tercero y a la derecha, están los peronistas desde siempre abiertamente anti-kirchneristas, y los que “salen del closet” con el gato recién ausente. Allí están las numerosas figuras históricas del peronismo disidente y las figuras nuevas, de actualidad, con J.M. Urtubey en primer lugar.

En cuanto a los “ismos”, para Puerta o el peronista bonaerense Granados, el peronismo y el kirchnerismo/ FpV son cosas muy distintas, mientras para el hijo Máximo “el FpV y el peronismo no son cosas diferentes”. Al fin del día, eso lo tendrán que decidir “en masa” los peronistas que estén en posición de gobierno. Ahí se juega la pelea, que es muchísimo más que semántica.

Dentro de ese panorama cambiante, más complejo en término de tendencias que lo que fue descripto, se juegan un sinnúmero de intrigas políticas inevitables. La “derecha” peronista, tanto la que quedó históricamente adentro del FpV y que se descubre ahora, como la que nunca fue parte del kirchnerismo, así como la que salió en 2013 con Massa, hace un fuerte canto de sirena como en Pinamar el mes pasado y como en esta primera semana de febrero para sepultar de una vez el kirchnerismo (que según Ramón Puerta “nunca fue peronismo” y que “se está desarmando, gracias a Dios”). Massa, quien sacó los pies del plato, quiere que el próximo presidente del PJ sea su socio De la Sota, del PJ cordobés, mientras Urtubey, quien se había quedado adentro, paciente, se postula a sí mismo y ocupa en estos días el centro de la escena.

Donde sin embargo se juega el futuro del peronismo es con el grueso de los peronistas clásicos que vivieron bien, y desde bien adentro, el kirchnerismo, y que todavía forman parte del bloque FpV en el Congreso. De ahí que el temor a la fuga liderada por Bossio esta semana en la Cámara de Diputados fuese mayor a 14 diputados. El candidato de consenso en esa gruesa categoría, pivota y amplia, es el sanjuanino Gioja. Pero esa fachada de unidad puede ser una manera de esconder el problema bajo la alfombra; y, por si acaso hay competencia para la presidencia del PJ, ya se anotaron Moreno y Capitanitch, de un lado, y Urtubey y De la Sota, por el otro. Detrás de la fachada pasa mucho.

Pero como bien saben los peronistas, lo que más importa no es de ningún modo quién preside el PJ, sino quién va a conducir el movimiento. No hay que confundirse. En este movimiento nacional-y-popular que se quiere a la vez pueblo y gobierno, eso lo deciden, traducido en prosaico, las encuestas, y la “capacidad de entusiasmar”. Incluso (antes de que nos olvidemos) la capacidad de crear relato –si épico, mucho mejor. Se deja a los Radicales la política chica de comité. Para conducir, Massa tiene un sinfín de enemigos, por su “traición”, así como la Cámpora, por su “sectarismo”. El proceso se resolverá “orgánicamente”, es decir, con el viento de la historia más que con el reglamentismo y la libreta.

Como proyecto (pues sin proyecto no hay peronismo que valga, aun si los proyectos cambian mucho), lo que se observa en la tendencia de los peronistas “de derecha”, anti-K, es (como en aquella época ochentera, alla lejos, en contra de los dinosaurios en aquel momento “de derecha” como Herminio) una modernización partidaria del peronismo. Ahí coinciden fuertemente Urtubey y Massa desde el FR. Este peronismo “prolijo”, “bien educado”, reglamentista, es claramente una reacción al peronismo de Aníbal Fernández y a la imagen introducida con fuerza por líderes como Carrió sobre el “narco-peronismo” patotero y fuera de la ley. Es un espejo, de hecho, a la inversa de la Renovación peronista de los ochenta (que se acercaba al progresismo alfonsinista), entonces en reacción a un “bajo” de derecha. Con Sabatella como socio de Aníbal, esta vez se busca una renovación (mas cerca del estilo triunfante de Macri), en reacción a la militancia de izquierda. Es de esperar que el peronismo no pierda su “alma” y el célebre sentimiento con esos procesos de renovación hacia lo prolijo, ya que a fin de los ochenta se recobraron ambos vía el populismo bien popular y nacional de Carlos Menem, con sus caravanas de la esperanza. Quién representaría, en este caso, esa reacción (Capitanitch no es, por como habla), no hay cómo saberlo.

El kirchnerismo (y el diario Página/12) quisiera que la política argentina se simplificara en un conflicto entre la izquierda, nacional y popular, progresista, por un lado, y la derecha liberal y neoliberal, cerca del poder socioeconómico concentrado, por el otro. Pero el espacio político argentino es más complicado, y tampoco es unidimensional. Muchos peronistas clásicos, y gran parte de la sociedad argentina también, están muy acostumbrados, para no decir muy “cómodos”, con el clivaje peronista/anti-peronista, que estructura de hecho, y a pesar de los innumerables esfuerzos de cambiar eso, la política argentina desde hace más de medio siglo, sino más.

El “paginadocismo” tiende a olvidarse de los vastos sectores populares conservadores del interior, mucho más cómodos con un Urtubey (o Gioja o, por qué no, Menem) que con un Kicillof o un Sabatella. Y hay una clase media urbana, posiblemente “auto-engañada”, o no, a la que le gusta proclamarse progresista y que no tiene futuro en el gobierno empresarial de Macri. Por esas razones (ambas producto del bi-dimensionalismo), el viejo sueño de Di Tella de que el peronismo se convierta en partido social-demócrata laborista no tiene chance. Por lo espectacularmente variado que es lo nacional y popular “realmente existente” en Argentina, la lucha política para el control y la resignificación del peronismo acaba, de nuevo, de empezar. El resultado está abierto. Irónicamente, citando al intelectual faro del kirchnerismo, Ernesto Laclau, es otra vez la “lucha por la hegemonía”, en una realidad “sin sutura”.

Mientras tanto y a nivel prosaico, la lección para un líder peronista sería, por lo menos, de desconfiar de los directores de ANSES que pone, después de las experiencias consecutivas de Massa, Boudou y Bossio. En familia, las cosas quedan más seguras, como lo muestran todas las fotos del peronismo“.

En mi opinión, este análisis, ingenioso, está dejando afuera un factor fundamental: los votos. Un insumo fundamental para todos los sectores del peronismo que aquí menciona, y para los que no menciona también.

Que se entienda: Urtubey, Gioja, Capitanich, por ejemplo, “tienen” votos: han ganado con cómodas mayorías en sus distritos. También Fernando Espinosa y Jorge Ferraresi, como muchos otros. Pero… ninguno puede decir que hoy sería un presidenciable del peronismo. No los conoce como tal, la inmensa mayoría de los argentinos.

Esto no es una observación descolgada. Es cierto que hoy no hay elecciones presidenciales. Que en las legislativas del año próximo no habrá candidatos que figuren en las boletas de todo el país. En realidad, es muy probable que una condición necesaria para ser el candidato a presidente del peronismo en 2019 sea el haber ganado en su distrito en 2017.

Todo eso no cambia el hecho que cualquiera que aspire a conducir el peronismo -el movimiento, como dice nostálgicamente Ostiguy- debe hacer creíble que puede ganar la Presidencia en 2019. Esto es válido no sólo para los de a pie, que -como cualquier argentino sensato- se interesan en primer lugar por quién va a tener la acumulación de poder político más grande.

También es el dato decisivo para cualquier gobernador o intendente o aspirante a, aún los más egoístas. Además de su propio cargo, la otra cosa que influye más en su suerte es si el Presidente es un compañero, o no.

Puede decirse que P. O. no se olvida de esto. En su artículo hace referencia a las encuestas, y al entusiasmo. Pero, repito, no pregunta de dónde vienen los votos. Porque los “propios” del peronismo no alcanzan. Y los políticos del peronismo lo saben. En realidad, los votos “propios” de nadie alcanzan. Macri no ganó, por cierto, con los votos del PRO. Sumó, finalmente, a todos los que deseaban que terminara la experiencia kirchnerista.

Lo mismo, con las variaciones del momento, vale para Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner y Cristina. Todos ellos lograron, en su momento, el voto de mayorías que iban mucho más allá de los propios partidarios.

Lo que les resulta incómodo a muchos opinadores es que, en el peronismo, hay sólo dos figuras que han mostrado esa capacidad de sumar: Cristina Fernández, y -en menor escala, sin entusiasmos, pero en una circunstancia más cercana- Daniel Scioli. Por supuesto, esto no garantiza nada. Cristina no ha hecho política desde afuera del poder: siempre ha sido la mujer del Jefe, o la Jefa. DOS… no ha demostrado aún que puede ser Jefe.

Lo que sí me parece evidente es que cualquiera que aspire a serlo debe mostrar esa capacidad de sumar.


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