Vaca Muerta, la apuesta y la trampa

diciembre 2, 2019

Este será el primero de esos posteos espontáneos y superficiales que prometí, atrapado entre la falta de tiempo y la pulsión de bloguear (Ojo: no estoy diciendo que los anteriores eran profundos y reflexivos).

En este caso, el impulso es muy fuerte. Tengo claro que la media docena de hombres (no hay “políticas de género” en petróleo ni en energía en general; Emma Pérez Ferreira fue una afortunada excepción en la CNEA, 30 años atrás) que todavía están peleando por los cargos donde se tomarán las decisiones claves para este yacimiento, todos ellos saben mucho del tema. Más que yo, por lejos.

Y es evidente para todos que en esa explotación del petróleo de esquisto -el “fracking”- juegan intereses económicos locales y globales, y también influyen ideologías, alarmas científicas y delirios varios. Como sea. Mi evaluación es que el inminente gobierno de Alberto Fernández no tendrá otro remedio que apostar a las divisas que -se supone- podría aportar la exportación de petróleo y gas que produzca Vaca Muerta: hay muchas necesidades y pocas alternativas en el corto plazo.

Y lo del corto plazo es clave en dos sentidos: no es seguro -nada lo es- pero es posible que en algunos años, el “fracking” resulte inviable, por razones económicas o ambientales.

Entonces, al grano. ¿A qué me refiero con “trampa”? A una que están desde hace tiempo armando los “expertos” (expertos en formar opinión) a quienes los medios consultan sobre explotaciones petroleras y las inversiones necesarias. Que tratan de transformar -el santo grial por el que todos los comunicadores nos esforzamos- en “sentido común”.

Dejar instalado en la opinión pública que. para que resulten rentables las gigantes inversiones, en extracción y en infraestructura, que requerirá Vaca Muerta, es imprescindible que los precios de los combustibles en Argentina sean “realistas”. Es decir, internacionales. Es decir, altos.

Esto es falso, más allá que nadie publica análisis de costos serios de la producción de energía, ni en Vaca Muerta ni en centrales eólicas.

La energía es un insumo fundamental para todas las actividades productivas: la industria, el agro, el transporte. Además, de las familias, claro. Si los argentinos tenemos que pagar el combustible a precios internacionales ¿porqué nos convendría contaminar napas en la Patagonia con el fracking en lugar de importarlo?

El beneficio ´posible para nuestro país estaría en lo que el Estado pueda recaudar sobre las exportaciones, a precios internacionales. También, el beneficio para las empresas, si el yacimiento es rentable. Y si no lo es, ¿para qué diablos interesa explotarlo?

En todos los países petroleros, los combustibles son muy baratos. La Argentina no es uno de ellos, pero, como dicen en mi barrio, tampoco la pavada. No tiene sentido que paguemos caros los combustibles con el fin que algunas empresas inviertan en Vaca Muerta… para vendernos caros a nosotros mismos los combustibles que logren extraer. Si la exportación prevista cubre la amortización de las inversiones, el beneficio para las empresas, la recaudación impositiva del Estado, manteniendo precios locales accesibles, adelante. ¿Si no, cuál sería el beneficio para los argentinos?


Desalambrando la grieta

diciembre 1, 2019

Columnista apropiado: Aldo Duzdevich

En los últimos días de Macri, a pocos días de los Fernández, siento ganas de retomar este blog ¿Cómo no? Pero sin tener más tiempo que antes, y calculando que pronto tendré aún menos, es difícil. A lo mejor, posteos breves, tuits con pretensiones… Veré. Ahora, me descargo copiando algo que encontré en la estimulante Movimiento, de Mariano Fontela. Con un lenguaje más militante que el mío, Aldo expone un análisis que comparto y, sobre todo, algunos hechos concretos. Al final, agrego unos párrafos:

ooooo

“A mi entender, la “grieta” es el invento que encontró la oligarquía para sumar apoyo político y social a su proyecto de minorías que deja fuera al 95% de la población, incluyendo a quienes la votan. Algunos compañeros usan la palabra “grieta” para definir la confrontación de los dos proyectos, que efectivamente existe y es irreconciliable: uno, el de la oligarquía, de un país dependiente y mero exportador de materias primas; y otro, el proyecto popular, de independencia económica, con crecimiento industrial y justa distribución de la riqueza. Yo voy a usar la palabra “grieta” con la primera acepción.

En el 40% de votos por Macri no hay solo estancieros de Barrio Norte, dueños de bancos y gerentes de multinacionales. En los diez millones que votaron a Macri hay muchísimos jubilados de la mínima, trabajadores formales e informales, pequeños comerciantes… hasta en las mesas de las comunidades mapuches de mi provincia sacaron votos Macri y Gómez Centurión.

De 1955 a 2008: la grieta que tardó 50 años en volver

Tal vez habrá existido antes. Pero, para hablar de la grieta tal como la percibimos hoy, lo más lejano es 1955: peronismo-antiperonismo, la antinomia que la oligarquía y el imperialismo habían logrado instalar, primero con el argumento de combatir al “nazi-peronismo”, y más tarde con el de lidiar con los “quemadores de iglesias”. Las familias se dividían. Se inoculaba odio, que en un momento se transformaría en violencia. En el antiperonismo militaban las clases medias, los estudiantes universitarios, la intelectualidad de izquierda y la naciente burguesía industrial nacida al abrigo de la política peronista. Y por supuesto la vieja y rancia oligarquía. Todos dirigidos por la embajada del norte. El golpe de septiembre terminó siendo cívico-militar, con cientos de jóvenes de clase media participando en los “comandos civiles”. En Córdoba “la heroica” llegaron a participar 1.500 civiles armados en el bando golpista. Luego vino la persecución policial al peronismo, y el paulatino desencanto de la población con los “libertadores”, y la grieta se fue en parte diluyendo, en parte aplacando.

En 1966, con la llegada de Onganía al poder, se inicia la nacionalización y progresiva peronización de las capas medias universitarias. En la lucha contra la dictadura militar, ese antiperonismo visceral se convirtió en una pieza demodé. En 1972 Perón vuelve sin odios ni revanchas. Convoca a sus adversarios de antaño: Balbín, Frondizi, Alende y Solano Lima, a buscar entre todos un proyecto común que uniera a los argentinos. Es el momento del “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, el abrazo histórico con Balbín y la propuesta, inconclusa por su muerte: el Proyecto Nacional que integraba al 95% de los argentinos tras una propuesta común. El retorno a la democracia en 1983 nos volvió a encontrar unidos a todos los partidos y, a pesar de las travesuras de Alfonsín con el “pacto militar-sindical”, el clima social no mostraba ninguna grieta. Discusiones y distintas opiniones políticas hubo siempre. Pero parecía que aquel odio gorila hacia el peronismo se había extinguido junto a los dinosaurios. Sin embargo, solo estaba larvado, y las usinas mediáticas al servicio del imperio encontraron el momento de resucitarlo.

Fue en 2008, en el conflicto con el campo. Allí reaparecieron desde su panteón central en Barrio Norte los vetustos gorilas, contagiando su odio a las nuevas generaciones de clasemedieros consumidores de TN y Lanata, con el dedo en fuck you como bandera de guerra. Más tarde se repotenció con Nisman: el gorilismo había logrado construir un mártir, casi un Che Guevara, pero del cipayismo vernáculo. Durán Barba percibió rápidamente que por allí nos entraban las balas, y construyó pacientemente una estrategia para agrandar y consolidar la grieta.

Así llegamos hoy, con una sociedad dividida artificialmente, en la cual gran parte de los pobres, jubilados, trabajadores, empleados, comerciantes, profesionales o industriales perjudicados por las políticas económicas de Macri lo vuelven a votar, solo porque nos odian.

Dos palabras sobre el golpe contra Evo Morales

Primero, hay que decir que la situación actual tiene mucha similitud con el cerco internacional realizado por el imperio contra la Argentina en 1973. A la actitud guerrerista de Bolsonaro ahora se suma la caída de Evo, y en Uruguay perdió el Frente  Amplio. El imperio tiene claro que lo verdaderamente peligroso para sus planes en el cono sur es un nuevo gobierno peronista en la Argentina.

Volviendo a Evo, diré que a él también se lo comió la estrategia duranbarbista de la grieta. Fueron estudiantes universitarios los primeros en ganar las calles contra su gobierno. Y el golpe, al igual que el argentino de 1955, tuvo un gran acompañamiento civil. Tantas son las similitudes que, cuando lo escuchamos renunciar para no sumir a Bolivia en una guerra civil, oímos a aquel Perón obligado a elegir entre el tiempo y la sangre.

Reconocer el problema

Lo primero que necesitamos es reconocer el problema. Porque últimamente escucho y leo con preocupación a muchos de los nuestros que hablan de “proyectos irreconciliables”, de enfrentamiento total. Hasta en algunos foros se levantan con absoluta liviandad consignas de guerra y violencia, como si en nuestra tierra fuese insuficiente la cuota de sangre que pagamos en la última dictadura. Yo, peronista, no tengo ningún proyecto irreconciliable con mi vecino jubilado que vota a Macri; ni con el del taller mecánico que también lo votó; ni con mi médico; ni con el fabricante de soda de mi pueblo que se cree el Trump de los negocios. Todos ellos, e incluso los grandes industriales y gran parte del sector agropecuario, están integrados dentro del Proyecto Nacional que nos legó Perón.

Tomemos conciencia de que estos tipos del PRO, en medio del desastre económico, salieron a caminar y en dos meses juntaron dos millones de votos más que en las PASO. Ahora desde la comodidad de ser oposición, en dos años, con poco nos pueden ganar la elección intermedia.

Un gobierno de transición

Después de cuatro años de destrucción neoliberal, el que viene es un gobierno de transición. Con objetivos modestos pero dificilísimos de lograr: atender el hambre urgente; frenar el cierre de fábricas y reabrir una por día las 20.000 que cerraron; mejorar algo la situación de los jubilados; bajar un poco la inflación; recuperar lentamente del poder del salario; y conseguir dólares para evitar un nuevo default de deuda que ponga a cientos de fondos buitres a embargarnos los aviones y la Fragata Libertad.

Acompañar a Alberto y Cristina

Alberto y Cristina ya la vieron clara –mucho antes que a mí se me dé por escribirlo– y buscan hacer pie en aquellas ideas de Perón de 1973. Unidad del peronismo primero, para avanzar hacia un consenso más amplio de unidad nacional; pacto social sobre la base de los grandes actores; y propuesta de un Proyecto Nacional que incluya a la enorme mayoría de los argentinos.

Para esto hace falta una conducción centralizada y unidad de concepción en la tropa propia. Pero el nuestro es un frente muy heterogéneo. Progresistas versus doctrinarios; apresurados versus retardatarios; principistas versus pragmáticos; etcétera. La amplitud de nuestro frente político social es nuestra mayor virtud –que nos permitió ganar la elección– y nuestra principal debilidad, sobre la que intenta operar el enemigo. Para los progresistas, cuando Alberto visita a Lula en la cárcel es un genio; pero cuando va a un evento de Clarín y saluda al “diablo” Magnetto se convierte en sospechoso. Los ortodoxos, cuando suma a la CGT y a los gobernadores, aplauden; pero cuando suma a Lammens lo abuchean. Cuando va a un acto a reivindicar a Alfonsín –y de paso hacer un fuerte guiño a los radicales– la izquierda grita: “¡puso la obediencia debida y el punto final!”; y los ortodoxos agregan: “no te olvides de que Ubaldini le hizo 13 paros generales”. Alguno nuestro ya le dio cien días de plazo y el Pollo Sobrero –resucitado al tercer día– ya salió con los tapones de punta contra Alberto y contra la “burocracia sindical” invitada a firmar un pacto social. No va a ser fácil…

Tenemos por delante dos tareas. Una, ordenar el frente interno, evitando que el enemigo genere discordia y confusión en nuestras filas. Y la otra, avanzar en la batalla cultural para aplacar el odio y achicar la grieta.

Alberto ha dicho: “Hay que terminar con la psicología de la grieta. La política es un sistema de diálogos, de confrontar ideas. Tenemos que lograr un sistema de convivencia y respeto”. “Que en la grieta se queden ellos. Vamos a abrazarnos todos”.

Intentémoslo. Si lo logramos, la historia nos recordará por nuestra sabiduría. Si volvemos a perder el gobierno, la historia nos juzgará por pelotudos.”

ooooo

Aldo dice algo que me interesaba decir. Pero como es parte de una vieja discusión -para la mayoría, de unos 11 años; en mi caso, soy más veterano, tiene 49- distingo dos clases de argumentos.

Para muchos compañeros, la “grieta”, es moral. La idea de una ética cristiana (atea, o por lo menos laica, en la gran mayoría) separa a los que sienten, sinceramente, que “la patria es el otro”, que aman o por lo menos se conduelen de los humildes y excluidos, de aquellos que dicen “yo me rompo el culo laburando y…”. Los sentimientos no se argumentan; se comparten o no. En mi caso, los respeto, pero no creo que sean una guía adecuada para el accionar político. No necesito sentirme bueno y generoso; no lo soy, mucho. Y no me creo que los de “mi lado” son todos buenos. Me basta con creer que mi causa es buena, y trato de mantener los ojos abiertos a las consecuencias no queridas.

En el espacio de los que hacemos o colaboramos en la política, la discusión es sobre estrategias. Los “polarizadores” apuntan, con bastante razón, que los “razonables” y “moderados” son con frecuencia vencidos por los que gritan más fuerte. Que la moderación es a menudo una excusa para conceder y abandonar, y que taparse los oídos a los argumentos del “otro lado” y embestir es la táctica ganadora.

Reconozco -no polarizador, yo- que muchas veces resulta cierto. En el corto plazo, que es lo que importa a una mayoría de políticos. Pero no siempre funciona, porque tiene un defecto; te congela en una posición táctica que luego no podés abandonar. Un ejemplo claro, reciente, del otro lado: Macri y Marquitos Peña decidieron a principios de este año no operar para dividir a la oposición, al peronismo, por el riesgo de crear otro rival tal vez peligroso; concentraron su estrategia en polarizar con CFK. No importa si acertaban o no. Porque el 18 de mayo ella cambió el escenario, y el resto es historia.

De todos modos, la cuestión fundamental, y además actual, con la polarización no es si sirve para ganar. Es si con ella se puede gobernar. “Una Casa dividida contra si misma no permanecerá” es una cita del evangelio que usó Abraham Lincoln; para los que se ilusionan con victorias definitivas y creen que así fue la Guerra Civil yanqui… el vice de Lincoln, Andrew Johnson, que gobernó los 4 años siguientes, era un hombre del Sur. La Reconstrucción fue una negociación, de la que los negros pagaron el costo.


Entre China y Estados Unidos

noviembre 25, 2019

Hoy reproducimos en AgendAR un reportaje de Guido Nejamkis a Marcos Caramuru de Paiva, que fue embajador en Beijing hasta junio del año pasado, y que es miembro del Consejo Empresario Brasil-China. Dice en ese reportaje “Para Brasil, China hoy es más importante que Estados Unidos».

No es una frase descolgada. Los diplomáticos de carrera formados en Itamaraty no tienen ese hábito. Además, este mes, el capitán Bolsonaro fue el anfitrión de los BRICS, y se sacó fotos muy sonriente con Xi Jinping y Vladimir Putin. (No se habló, oficialmente, de Venezuela ni de Bolivia).

(También mencionamos, de paso, el espacio y el énfasis que le dio ayer domingo a esa nota Clarín. Pero, bueno, periodistas tan distintos como Horacio Verbitsky y Gabriel Fernández han insinuado que el Grupo y Beijing hoy son algo más que amigos).

Como sea. El reportaje al embajador Caramuru está aquí, y pueden repasar ahí datos interesantes sobre el intercambio entre China y Brasil. Aquí copio algo que me sentí impulsado a plantear al final del texto. Lo hago en este politizado blog, porque percibo en parte de nuestra militancia digital una tendencia a ilusionarse en una hermandad de los “multipolares”. Y agrego un dato que me llegó esta mañana.

Muchos argentinos politizados, de los dos lados de la «grieta», miran el escenario global, la competencia entre la Potencia hasta ahora hegemónica, EE.UU., y la Potencia en ascenso, China; leen que los medios y buena parte de la dirigencia norteamericana se preocupan por la «entente» chino-rusa, y lo piensan con las categorías de la Guerra Fría, derretida 30 años atrás. Nada que ver.

El elemento que hoy no forma parte de la puja entre potencias es el uso de las ideologías como herramientas de alineamiento y poder. El «comunismo internacional» ya no existe, como tampoco la Unión Soviética, y Mao descansa en su mausoleo. Ni China ni Rusia están interesadas en que otras naciones adopten sus sistemas de gobierno. En Estados Unidos… todavía existe una tradición «wilsoniana» de extender a otros pueblos el liberalismo, en particular el económico. Pero no permiten que ese prejuicio interfiera con sus intereses concretos. En particular, Trump ni se molesta en disimular.

En algunos de nuestros compatriotas hay una nostalgia por esa lucha ideológica que permitía imágenes claras del mundo, dividido entre Buenos y Malos, los que pensaban como «nuestro lado» y los que no. En muchos otros, es la esperanza de recibir apoyo en nuestros enfrentamientos internos.

Y algo de eso hay: los sectores que apuestan a la globalización, por rechazo a lo propio o por sus intereses, pueden contar con apoyos en algunas reparticiones oficiales o semioficiales cercanas a Washington D.C. o en sus embajadas; lo hemos visto hace pocos días en Bolivia, por ejemplo.

Pero eso es coyuntural; no pesa demasiado frente a intereses concretos. Los EE.UU. no olvidan, ni debemos hacerlo quienes nos interesamos en la política argentina, que en plena Guerra Fría, en 1980, cuando EE.UU. decidió un embargo limitado a las exportaciones a la URSS. por su invasión de Afganistán, una dictadura ferozmente anticomunista decidió seguir vendiéndole trigo.

El hecho es que las exportaciones argentinas son competitivas con las de los EE.UU., mucho más que las brasileñas, por lo menos hasta que nuestros vecinos también empezaran a exportar soja en gran escala. Este factor ha condicionado la política exterior argentina con cualquier gobierno, sobre todo a partir de 1930.

En concreto: Argentina debe esforzarse en mantener buenas relaciones con los EE.UU.; defender nuestros intereses, sin antiimperialismo verbal, «para la tribuna». Es el grandote del barrio, y también de la «gobernanza» internacional. Sin dejar de defender nuestros intereses, con mucha más firmeza que lo hicieron Menem y Macri.

Y también necesita mantener buenas relaciones con nuestro principal cliente, y significativo inversor, China. Sin permitir que se desarrolle una situación tan inclinada como la que mantuvimos con quien fue durante 100 años nuestro principal cliente, y significativo inversor, Inglaterra. En particular, no comprarle centrales nucleares ni tecnología de punta «llave en mano».

Si ¡Bolsonaro! entiende la necesidad de mantener buenas relaciones con EE.UU. y con China ¿es mucho esperar que lo entendamos los argentinos?

Hace unas horas recibí un discreto mensaje de whatsapp -todo lo discreto que puede ser en este mundo sin privacidad- que me decía, de una fuente habitualmente bien informada, que la compra de la Hualong-1 estaría decidida. Pero que es posible -si se negocia bien- que no debamos abandonar la tecnología de uranio natural, y hasta podamos avanzar en el dominio de la de uranio enriquecido. El que viva lo verá.


Algo para militantes

noviembre 17, 2019

 

Otro aniversario -47 años, mi dios!- del 17/11/72. Y me siento impulsado a escribir en el blog…

Creo que todos los 17 de noviembre desde 2007, cuando empecé con el blog escribí -con prosa púrpura, como dicen los gringos- a propósito de lo que se recuerda en esa fecha. ¿Y cómo no? Fue el 17 de Octubre de mi generación, los “setentistas”. La movilización para recibir a Perón en Ezeiza. Una epopeya espontánea y generosa. Aunque no haya sido tan espontáneo lo que vino antes, ni tan generoso lo que vino después, eso no disminuye la pureza de ese momento.

Claro, después de escribir tanto, no voy a pretender originalidad. Para los que se interesen en el análisis que puedo hacer de aquel día, recomiendo la versión, a su vez compuesta con fragmentos anteriores, que subí hace 3 años, en 2016.

Y hoy, que tengo ganas de aportar una mirada crítica a todo esto de la militancia, también lo encuentro en parte de lo que escribí otro aniversario. Porque… en lo que he escrito yo y en lo mucho más, y mejor que escribieron otros sobre esto, se puede encontrar un componente de auto admiración. Que nobles, desprendidos, idealistas que son (somos) los militantes… La sabiduría popular aconsejaría agregar que hubo y hay de todo.

Como sea, acerco una reflexión. Militante es quien ha encontrado, en las palabras de Perón “una causa noble por la qué luchar“. En la historia humana han surgido muchas causas nobles, y bastantes veces -más de lo que creen los ingenuos- esas causas se enfrentaban entre sí.

Pero ese no es el punto. Uno debe elegir su causa, y hacerla suya. Y tener presente, aceptar, que casi siempre se expresa en el liderazgo de un hombre o de una mujer. Es la forma más frecuente que los seres humanos encontramos para sumar esfuerzos y sueños.

Esa identificación es necesaria para la construcción de algo que no sea una suma de conveniencias o de entusiasmos pasajeros (Evita, que entendía mucho de esto, dice en La Razón de mi Vida: ´Nadie peleará exclamando “Viva el Justicialismo!”. Gritarán “Viva Perón!”´.

Pero hace falta tener presente -si se quiere ser honesto consigo mismo y con su compromiso- que un militante no puede descargar la responsabilidad de lo que hace y lo que no hace en quien conduce. Ni justificarse con la nobleza de su causa. Las decisiones y los actos son suyos, aunque discipline su voluntad para la construcción en común.

El video corto, unos 8 minutos, que encabeza esto, no es una sublimación artística, como otros. Son fragmentos que muestran hechos de ese tiempo, que ya tienen una carga mítica. Pero -otra vez esa palabra- nos muestran cómo la historia los ha dejado atrás. Eso también pasará con los que vivimos ahora. Aprendamos a aceptarlo. Como escribió alguien que no era militante peronista “Siempre el coraje es mejor, la esperanza nunca es vana...”


El estado profundo, versión argentina

noviembre 3, 2019

El “estado profundo” -“deep state”- es una expresión muy popular entre los conspiranoicos yanquis. En la versión más extendida, se refiere a una asociación entre CEOs que además son dueños de corporaciones gigantescas -que incluyen los medios masivos-, funcionarios de carrera y algunos políticos veteranos, que maneja el gobierno de los EE.UU., al margen y por arriba de los que son elegidos en las elecciones.

La agenda atribuida al “estado profundo” depende: si la cuentan los que simpatizan con los “liberales” en el sentido que usan allí, es una; si la cuentan los que simpatizan con los “liberals” en el sentido que aquí lo usan Espert y Milei, es la opuesta. Pero ambos están de acuerdo que sus medios son clandestinos, e incluyen el asesinato.

Los que investigan el asunto dicen que la expresión “estado profundo” se originó en Turquía en la década de 1990, donde el ejército usó narcotraficantes y sicarios para librar una guerra sucia contra los insurgentes kurdos. Puede ser que sea una traducción del turco derin devlet (“estado profundo” o “política profunda”). En todo caso, se refiere a un aparato estatal relativamente invisible “compuesto por elementos de alto nivel dentro de los servicios de inteligencia, militares, seguridad, judicatura y crimen organizado”. “Supuestas redes similares existirían en muchos otros países, como Egipto, Ucrania, España, Colombia, Italia, Israel,…”.

¿A qué se debe esta pequeña excursión en Wikipedia? preguntarán ustedes. Me la inspiró una crónica policial firmada por la periodista Virginia Messi y publicada el martes pasado en Clarín (que se pone más interesante cuando un gobierno se va y todavía no hay definiciones del que viene). Los invito a leerla -es fascinante y no muy larga- y les comento después.

ooooo

“Que Diego Xavier Guastini (45) haya terminado fusilado de tres tiros por un sicario impacta, pero no sorprende. Condenado hace apenas un mes por manejar mulas que traían dinero de Europa, dueño de una cueva de la city porteña conectada con servicios de inteligencia y punto en común en la desaparición de dos “financistas”, Guastini vivía al filo del peligro. Y lo sabía.

Aunque su asesino lo encontró solo arriba de su flamante Audi A4, Diego había tomado recaudos para que su familia estuviera protegida por expertos: dicen que contrató los servicios de una empresa de seguridad privada integrada por ex Albatros (fuerzas especiales de elite de la Prefectura Naval).

Tal vez por la naturaleza oscura de sus negocios, que concentraba en su oficina de Florida al 500, a Guastini no le gustaba la custodia marca cuerpo a cuerpo, al menos para él. Por eso no estaba acompañado cuando lo emboscaron esta mañana, a metros de la Municipalidad de Quilmes, y sí llevaba una pistola Glock calibre .40 en la cintura. Y por eso también se habría negado alguna vez a tener protección del Estado. Aunque se la habrían ofrecido.

Quienes no lo querían andaban diciendo que Guastini compartía todo lo que sabía de cheques, lavado y dinero negro con más de un investigador judicial. El rumor era que, en realidad, siempre se había dedicado a estar en los dos lados del mostrador y prueba de eso era su vecindad comercial (tenía la oficina en el mismo edificio) y su amistad con Luciano Viale, hijo del ex agente de la SIDE Pedro “El Lauchón” Viale.

“El Lauchón” -hombre de máxima confianza del poderoso Jaime Stiuso- fue asesinado en su casa de Moreno el 9 de julio de 2013 por una unidad del Grupo Halcón de la Policía Bonaerense en un episodio por demás polémico, violento y confuso.

Sin dudas el mote de “financista” le quedaba chico a Diego Xavier Guastini. Lo mismo que a Hugo Díaz (41), desaparecido el 9 de marzo de 2015, y Damián Stefanini (49), desaparecido el 17 de octubre de 2014.

Ambos se esfumaron sin dejar rastros. Los dos tenían relación con el lavado de dinero y particularmente con Guastini y la bicicleta de cheques y dinero ilegal en manos de cuevas conectadas en su mayoría a servicios de inteligencia.

Luego de años de bajo perfil y buenos negocios, el nombre de Diego Xavier Guastini comenzó a aparecer en diferentes causas judiciales. Según algunos, cayó en desgracia y perdió protección.

Sea como fuera, en 2015 se lo relacionó públicamente no sólo con el tráfico de mulas de dinero, sino con la desaparición de Hugo Díaz, quien habría sido tu testaferro y quien se esfumó luego de ir a verlo a su oficina de Florida al 500.

Una cámara de seguridad captó a Díaz entrando al edificio de Guastini, pero nunca se registró su salida. Pudo haber usado una puerta secundaria que tiene el lugar. Sin embargo, nadie lo puede certificar. Lo cierto es que nunca más se lo vio con vida.

Poco antes de desaparecer, Díaz había “comprado” una coqueta casona ubicada en una de las zonas más exclusivas de Banfield, sobre la calle Alem al 1200. En los papeles, Díaz le pagó casi un millón de dolares a un ex espía que figuraba como dueño de la propiedad. Pero la historia no es tan simple y muestra un poco cómo era el mundo en el que se movían tanto Díaz como Guastini, verdadero capitalista de la operación.

Según determinó la Justicia, la casona había pertenecido a un matrimonio que fue privado de su libertad y obligado a transferirle la casa a un ex agente de la ex SIDE (al que apodan “Mandril”) por una deuda. Allí luego sería alojada una “mula” española que había entrado al país desde España con 1.200.000 dólares en efectivo.

En la causa abierta por la desaparición de Díaz se secuestró un boleto de compraventa en el que el agente “Mandril” aparece vendiendo la propiedad a Hugo Díaz por 850.000 dólares. Esta última operación, que para los investigadores no es más que una maniobra de lavado de dinero, fue concretada el 26 de febrero, apenas horas después de que la casa de Díaz, en Lanús, fuera baleada por desconocidos y sólo unos días antes de que éste desapareciera luego de entrar al edificio donde Guastini y Viale manejaban sus cuevas.

Díaz era tan “financista” como Guastini. Y en ese rol le cambió al menos un cheque (secuestrado por la Justicia) al “empresario” Damián Stefanini.

Stefanini desapareció un año antes que Díaz, el 17 de octubre de 2014, y la principal pista que maneja la Justicia para tratar de saber qué le pasó también apunta a sus manejos dudosos de dinero. Ya se determinó, por ejemplo, que Stefanini le había depositado 150.000 dólares al fiscal Alberto Nisman en su cuenta de Nueva York. Y en su círculo también estaba Guastini.

El crimen de Guastini ocurrió a las 8.30 de este lunes en la esquina de la calle General Paz y Alberdi, frente a la sede municipal. Había salido de la casa donde vive con su familia para dirigirse a su oficina de la calle Florida cuando un sicario le disparó. El atacante salió corriendo y se subió a una moto, en la que lo esperaba un cómplice.

“Me dieron, me dieron”, alcanzó a decir la víctima, que murió antes de que lo trasladaran al Hospital Iriarte.”

ooooo

Lo importante de esta noticia no es que permita recibir con una sonrisa sarcástica las afirmaciones del gobierno que se va sobre su lucha victoriosa contra el narcotráfico. Es que apunta a un problema serio y delicado que tendrá que enfrentar el gobierno que viene.

¿Es el principal? No. El inmediato y decisivo es la economía: si no conserva el control de las variables fundamentales -dando al mismo tiempo alguna satisfacción a los reclamos de los que lo eligieron- se va al diablo muy rápido. Pero este otro, si no tiene claro desde el comienzo cómo va a manejarlo, después se hará mucho más difícil.


Los peronistas que vienen – 2da. parte

octubre 26, 2019

 

Creo que vale la pena precisar algunos conceptos en este punto. Estoy escribiendo sobre la franja de dirigentes, operadores, militantes y hombres y mujeres comprometidos o al menos interesados en las políticas y las internas del peronismo. Lo que he llamado en este blog los “politizados”. Es una minoría -menos, bastante menos del 10% de los que votan al peronismo. Y, más importante, es una minoría no representativa -socialmente- de las masas que son la realidad, la identidad del peronismo. Pero eso no significa que no son importantes: unos miles de ellos ocupan cargos cuando el peronismo gobierna, y los demás son parte de ese entorno social que condiciona o cuestiona lo que hará ese gobierno, o prometerá cuando es oposición.

Otra aclaración básica: en mi opinión, la distinción entre el kirchnerismo y el resto del peronismo no pasa por un supuesto clivaje progresismo / ortodoxia. Algunos sectores peronistas, no muy numerosos, se sienten sinceramente custodios de una doctrina. Otros la emplean como un garrote para golpear a los adversarios. El hecho es que, sinceros o no, cada sector (los K también) pone énfasis en algún aspecto de la doctrina y de su rica historia. La pasión reparadora de Evita, o su ferviente anticomunismo; el pragmatismo de Perón, o su coherencia filosófica; el hecho que siempre fue un militar y tenía orgullo de serlo, y sus críticas durísimas al “partido militar”; la 3ra. posición, el continentalismo, el nacionalismo, la identificación con la doctrina cristiana, hasta sus discursos hispanistas… Todo está integrado en un pensamiento expuesto en miles de páginas; pocos conductores políticos han escrito, y grabado, y expuesto en películas tanto como el General. Pero no contamos con una Iglesia que separe las versiones correctas de las deformaciones. Y si alguno trata de hacerlo, encuentra que los otros no lo toman en cuenta. Y menos aún los votantes del peronismo, que prefieren juzgar por los hechos, como recomendaba el Viejo y algún maestro anterior.

Expuesta mi opinión, reconozco que es discutible. Los que sostengan lo contrario, pueden decir que, estadísticamente, se encuentran muchos más progres entre los K que entre los “peronistas no K”. Puedo contestar que eso es cierto para los muchos veteranos “cristinistas” que vienen de experiencias de izquierda o del viejo peronismo sindical “combativo”; a los jóvenes -o cuarentones- de La Cámpora los veo bastante pragmáticos… Se transforma en una larga discusión sobre percepciones personales. Prefiero enfocar desde lo que entiendo son las bases estructurales de las divisiones.

Una de ellas, acostumbro a insistir, la expuso Aristóteles hace 2500 años. El peronismo es un movimiento de masas con raíces sociales extendido por todo el país; no un partido de cuadros. Necesariamente, tiene liderazgos territoriales genuinos, y además estructuras sindicales poderosas. En su tradición, hay un respeto a la “conducción”, y también una defensa dura de los intereses de su provincia, su municipio o su sindicato. El apoyo genuino y la base de poder del liderazgo nacional cuando existe se lo dan los de abajo. La realidad última del peronismo.

También, claro, apoyan incondicionalmente a ese liderazgo los que no tienen un poder propio – territorial o sindical o económico, o de algún tipo de organización – que defender. No es sorprendente que el kirchnerismo recién ahora empieza a construir territorial. Y en la P.B.A, donde Cristina suma la mayoría de los votos, hay una nueva generación de intendentes -ya no están los viejos “barones del conurbano” – y muy pocos, si alguno, ha surgido de Unidad Ciudadana. O de La Cámpora.

Un ejemplo interesante: los movimientos sociales, la fuerza de movilización más importante que tiene hoy el peronismo -los sindicatos brindan la organización y la logística, pero el número…- no tienen una dirigencia kirchnerista, por cierto. La adhesión más explícita a Cristina proviene de un dirigente -Juan Grabois- que no surgió de la interna peronista.

Quería apuntar todo esto, porque es la realidad cotidiana de la política. Pero también es su superficie. Los dirigentes, de cualquier nivel, lo son porque expresan, conducen, una estructura, en última instancia, un grupo humano. Las diferencias en el peronismo, en la coalición que mañana concurrirá a las urnas como Frente de Todos, son diferencias en el conjunto de sus votantes.

Esto no es nuevo. Electoralmente, y socialmente, las bases del peronismo han sido desde 1946 y por largas décadas, la clase obrera de los suburbios industriales y las clases humildes de las provincias pobres. Todavía perdura mucho de eso hoy, que la clase obrera es una realidad muy distinta de la de 70 años atrás. Aún de 30 años atrás.

Pero en esa Argentina la sociedad estaba mucho menos “segmentada”, para usar la jerga actual, en su realidad y en su conciencia. Podía hablarse, y hacer política, desde un Pueblo unido en torno a una doctrina y una conducción, enfrentado a una oligarquía. Igualmente, a Perón nunca se le ocurrió prescindir de las instituciones democráticas; sabía que el radicalismo en aquel momento expresaba a la otra parte de la Argentina -¿un 40%?- que no aceptaba al peronismo. Quería seguirle ganando con los votos, pero no se le ocurrió que iba a dejar de existir.

Siempre en mi opinión -esto es un posteo, después de todo- el posterior intento teórico de Laclau, del “populismo”, articular las distintas, y a veces contradictorias, demandas de sectores y grupos muy distintos fue un intento -fallido- de proponer en principio a la izquierda europea un sujeto histórico, el pueblo, que reemplazara a la clase obrera de la concepción marxista, que evidentemente ya no existía en Europa.

Resumiendo, porque esto se ha hecho mucho más largo de lo que yo quería: el pueblo argentino, aún el sector mayoritario que estimo votará mañana al Frente de Todos, está dividido por realidades y aspiraciones diferentes. Invito a leer Los procesos nacional populares frente a la clase media de Ernesto Villanueva, y este reportaje al jesuíta Zarazaga, que con enfoques distintos encaran este tema.

Pero reivindico a Fabián Rodríguez, cristinista si los hay, que, mucho antes, en 2010, describió al votante del conurbano bonaerense que iba a ser la base del proyecto político de Sergio Massa, el desafío más importante que encontró el kirchnerismo dentro del peronismo (El de De la Sota estaba condicionado por el localismo cordobés. Y en el sindicalismo… ni siquiera Moyano pudo armar una propuesta política con votos).

Ahora a Massa lo tenemos en el FdT, y a parte del cordobesismo también, gracias a la candidatura de Alberto Fernández (y a la imprescindible colaboración de las políticas de Macri).

Ese votante -un meritócrata mucho más genuino que los hijos vagos de los millonarios- lo necesitamos para ganar… y para gobernar un país sin “pobreza estructural”. Un nombre pedante para denominar a los excluidos sin horizonte.

Ese es el desafío para el altamente probable gobierno que presidirá Alberto F. Pero no voy a ponerme a postear de eso ahora, por Dios!  “No hay que ponerse la piel del oso antes de cazarlo“. Ni la del gato.

Termino entonces con un reconocimiento justo y necesario a Cristina Fernández. Como hombre de una generación, la de los ’70 -fines de los ´60, en mi caso- cuya incorporación a la política y a la militancia peronista terminó en una tragedia colectiva, puedo apreciar su contribución a que parte muy considerable de una nueva generación haya ganado protagonismo sin violencia y sin rupturas irreparables. Merece el agradecimiento de todos los argentinos, también de los que no son peronistas.


Los peronistas que vienen

octubre 25, 2019

El título de este posteo está inspirado, claro, por el viejo libro (1995) de Antonio Cafiero “El peronismo que viene”. Como título fue un hallazgo, porque el peronismo siempre está viniendo. Como todas las cosas que viven. Pero puse “peronistas que vienen“, porque de eso es lo que me animo a escribir ahora. El peronismo tiene una doctrina -más mencionada que observada-, una identidad muy fuerte, hasta con su propia estética, y aparatos políticos sólidos y perdurables. Pero que aspecto tomará y qué políticas llevará a cabo en la inminente 3° década de este siglo… eso lo decidirá lo que hagan y sientan, dentro de los límites que impone la realidad, los millones de compatriotas que se identifican con él y lo votan.

A lo concreto: hace poco escribí “Los peronistas que vinieron“, comentando un artículo de Ezequiel Meler. Con algunos matices, compartí su juicio sobre el peso, la centralidad de la experiencia kirchnerista -2003/15- en la formación del peronismo actual.

Agregué (repetí, porque es algo que vengo manteniendo desde hace largos años) “la etapa Kirchner -los gobiernos de Néstor y Cristina- incorporó a la militancia política en el peronismo una nueva generación. Una generación que expresa, necesariamente, los cambios demográficos, sociales y culturales, que hubo, hay, en el mundo y en la Argentina“.

Con “generación” no estoy hablando de un segmento de edad. Me refiere a un grupo humano numeroso que se compromete con la política de su país, y que encontró (en este caso) en el peronismo kirchnerista el pensamiento y la pasión que los convoca. Entre ellos hay quienes habían votado al Frepaso en los ´90, o (Dios los perdone) a Carrió a comienzos del siglo; la mayoría no había votado a nadie, estos sí por razones de edad“.

Ahora, si hay algo que esta campaña ha hecho evidente -a partir de la decisión de Cristina Kirchner de proponer a Alberto Fernández para la candidatura presidencial- es que la unidad del peronismo, necesaria para el triunfo electoral incorpora una presencia decisiva de peronistas a los que se podía llamar también”kirchneristas” porque acompañaron esa experiencia -algunos en cargos muy importantes- pero que no se incluyen, en el discurso o en la práctica, en ese sector que lidera Cristina.

Al pertenecer a mi generación (cronológica), nunca me fue difícil reconocer la existencia de “peronistas no K”. Lo usual era que discutiera con ellos para tratar que reconociesen que el “kirchnerismo” era una forma actual y vital del peronismo (El uso del peronómetro es una vieja costumbre en el Movimiento, del ´45 acá). Pero, bueno, como los K hoy son la porción más dinámica de la actual coalición, al contar con un liderazgo nacional, empiezo con la descripción de ellos.

Es adecuada la síntesis que hizo hace poco quien lo conduce, Cristina, “nacional, popular, democrático y feminista“. Valores tradicionales en el pueblo argentino, combinados con sensibilidad a preocupaciones actuales, en un lenguaje que que no se esfuerza en repetir el discurso peronista tradicional. Su expresión política más fiel ha sido la experiencia de Unidad Ciudadana. Los otros sectores peronistas, antes de la recientísima unidad, y -por supuesto- los no peronistas, que siempre se sintieron autorizados a definir qué era y qué no era el peronismo, lo acusaban de clasemediero, progre y hasta “social demócrata”, que era un término de oprobio algunas décadas atrás.

No es que esas acusaciones no tuvieran base. Pero… chocaban, chocan con un hecho muy testarudo: los sectores más humildes de la sociedad, el voto más duro y más identitario del peronismo, se identifican con el liderazgo de Cristina Kirchner. En un estilo muy peronista, la quieren.

Esto no cancela el otro hecho: que la dirigencia kirchnerista sí es mayoritariamente clase mediera, y le cuesta organizar a los de abajo, por más que tengan los mejores sentimientos hacia ellos. Un ejemplo elocuente se ve en el caso del Movimiento Evita, la maquinaria política más eficaz entre los movimientos sociales. Cuando sus dirigentes dejaron a un lado el liderazgo de CFK, y exploraron alianzas con otras figuras, hubo un fuerte descontento en la mayor parte de sus bases. Pero el kirchnerismo no fue capaz de aprovechar ese malestar para crear estructuras con un poder comparable.

En general, la dirigencia K no ha mostrado la capacidad de construir poder con los de abajo -salvo Cristina, desde ese liderazgo personal- que sí tienen los peronistas tradicionales y hasta los conservadores, como demostró el PRO porteño.

Tiene que ver con la historia (reciente). Néstor Kirchner, un gobernador peronista con un olfato y una garra política excepcionales, percibió que la derrota de 1999 -el fue el jefe de campaña de Duhalde cuando lo derrotó la Alianza- se debía a que al tradicional adversario, la UCR, se había sumado el centro izquierda del Frepaso (construido por una dirigencia de origen peronista). Se dio cuenta también de algo menos coyuntural: que la experiencia menemista había vaciado al peronismo de sus banderas tradicionales y de su mística, dejando solo aparatos territoriales y un movimiento obrero debilitado.

Su decisión de sumar al progresismo no gorila y a sus valores -no sólo a ellos, pero con preferencia- fue una experiencia política muy exitosa. Le dio a la Argentina algo más de 12 años de continuidad en el Estado y en las políticas.

Nada es para siempre, como se comprobó en 2015. Pero en el camino sucedió algo más importante. A partir de 2008 y del conflicto con las patronales rurales, apareció una nueva militancia kirchnerista, una nueva mística, una nueva identidad peronista.

Una aclaración tal vez necesaria: si revisan los posteos de este blog de ese año -ver en la columna de la derecha- verán que yo consideré ese conflicto como un grave error estratégico. Enfrentar frontalmente desde el gobierno al sector que produce las divisas que necesita el país, lo más similar que la Argentina cuenta -por su realidad productiva, no por sus opiniones- a la legendaria “burguesía nacional”… Pero uno debería saber que la Historia no toma en cuenta los juicios de los analistas. La “pelea de la 125” dejó como consecuencia una nueva militancia, una nueva identidad política. Que ha resultado en (la mayoría de) la actual dirigencia K.

Y, vale mencionarlo, no resultó en una nueva identidad opositora, un “vandorismo agrario”, o un radicalismo rejuvenecido.Pero eso es al margen.

Una aclaración más importante: como dije, esto es historia, que echa luz sobre el presente, pero no es el presente. El peronismo es un país de inmigración -como la Argentina- y tiene su excepcional capacidad para integrar a los que se suman. Experiencias previas en Nuevo Encuentro, o antes, en el Frepaso, son tan relevantes y tan poco, como tres décadas atrás en la Ucedé o en el Partido Intransigente, o mucho antes todavía, en la UCR Junta Renovadora, el anarcosindicalismo o el nacionalismo militar. Salvo unas pocas personalidades de gran fuerza intelectual, al cabo de unos años son indistinguibles de otros peronistas, para bien o para mal. Eso sí, en conjuntos de origen similar, se notan algunas características, como las que hice referencia arriba.

Sin embargo, hay una característica que la militancia K -no tanto la dirigencia- comparte con la de todos los otros sectores del peronismo: la gran mayoría están convencidos que ellos son el peronismo, y los otros no lo son “de verdad” o -si se sienten benévolos- piensan que se trata de compañeros confundidos.

La unidad, lamento decirlo, no ha cambiado esto, salvo en lo de mantener los buenos modales en público -lo que es importante, por supuesto. Su producción intelectual, y sus propuestas -cuando las hay- son muy variadas, pero no aparece, salvo algunos casos excepcionales, el reconocimiento de la existencia y la legitimidad de otras vertientes del peronismo.

Para citar un ejemplo: un colega bloguero, muy inteligente, y con gran repercusión en esa militancia, se pasó los últimos años declarando la caducidad de la previa unidad histórica que se expresaba el PJ  y sus estructuras, y la necesidad de una nueva unidad histórica. Mis observaciones a propósito de que un frente de lacanianos y cookistas no serviría para ganar ni en la Facultad de Psicología cayeron en saco roto.

Esto sería un mal augurio para la imprescindible perduración de la actual unidad. Pero hay un hecho que tranquiliza. La dirigencia kirchnerista hizo un curso acelerado de política, en la única escuela que sirve: el llano. Y su conducción, Cristina Kirchner, ha mostrado una prudencia y lucidez excepcionales en ese nivel, donde aún los mejores se marean. Evaluó, estimo, que si ella era la candidata presidencial, tal vez se podía ganar -los números de las encuestas, hasta donde sirven, así lo indicaban, después del deterioro de Macri en 2018. Pero sería mucho más difícil gobernar.

Y entregó la candidatura presidencial, con lo que ese cargo significa en el peronismo, en la Argentina, a un hombre de fuera del kirchnerismo, entendido como el sector incondicional a su liderazgo. Una jugada brillante, y seguramente original. La originalidad no es garantía de éxito, pero en este caso ha funcionado muy bien. La unidad lograda lo muestra.

Ahora, corresponde que escriba de esas otras identidades peronistas (No es una sola, por cierto). Pero es más difícil y estoy cansado. Espero poder hacerlo antes del domingo.

(Continuará)


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