Extinguiendo el dominio

enero 22, 2019

Ayer lunes 21 el presidente Macri anunció, al regreso de sus vacaciones, que estaba firmando el decreto de necesidad y urgencia por el que entra en vigor un “Régimen Procesal de la Acción Civil de Extinción de Dominio”.

Simplificando -los medios tienen todos los detalles, así que no es necesario que me extienda aquí; estamos en enero, amigos- este DNU permite, en principio, que en el fuero civil se disponga confiscar propiedades, que presuntamente provengan de la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo, aunque no haya una sentencia en el ámbito penal.

En seguida reaccionaron desde la oposición diciendo -también hago síntesis- que este DNU era inconstitucional y que su aplicación causaría una catarata de juicios y de futuras indemnizaciones para los perjudicados. Y que -¡sorpresa!- era una maniobra electoral.

Tengo que decir que la primera parte de las críticas me parece válida. Pero la segunda parte la hace irrelevante.

Es cierto que los operadores judiciales de Mauricio conocen mucho más de jueces que de derecho, y la Dra. Carrió -que algo recuerda de su paso por la facultad- está para dar imagen de prolijidad para su público. No para preparar legislación que pueda afectar intereses.

Pero, amigos, ¿alguien puede dudar que a 10 meses de las elecciones presidenciales -que vienen difíciles- Macri, o cualquier presidente en cualquier país, va a desaprovechar la ocasión de lanzar una medida que suena muy bien en sus votantes (los que podrían quedarle)?

¡Obvio que es electoral! Para marcarlo, Marcos dispuso una ofensiva en las redes sociales. Como si hiciera falta: este tema tiene mucha repercusión “orgánica” (así se llama a la viralización espontánea).

Lo que me sorprende -hasta me desconcierta- es la actitud de esos opositores ¿Cuál es el mensaje político que están tratando de dar? Mostrar la inconsistencia de los defensores fanáticos de la constitución y las garantías… cuando tienen enfrente a un gobierno que no les gusta, no sirve para nada. El rigor jurídico y la consistencia no abundan entre nosotros, en ambos lados de la grieta. Hay distinguidas excepciones, pero no son bloques electorales.

Esta inquietud me lleva a escribir en este pausado blog. Ofrezco una idea, bastante obvia, por otro lado, a la oposición. El oficialismo ya lo tiene a Durán Barba 🙂

Estaba pensando que un boga con tiempo libre podría echar un vistazo a la “Ley Modelo de la Unidad de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito” (UNODC), que fue lanzada en 2011 como una iniciativa del Programa de Asistencia Legal para América Latina y el Caribe (LAPLAC). También podría ver la ley RICO (Racketeer Influenced and Corrupt Organizations) de los EE.UU.

No para copiarlas, por supuesto, el entorno legal y las circunstancias son muy distintas. Pero si para tomar nociones de técnica jurídica. Están más pensadas, y hay jurisprudencia con la RICO, bastante sofisticada, que este engendro de Mauricio.

Si este DNU ha sido pensado para poner el reflector en casos de corrupción atribuidos a los tres mandatos anteriores, bueno, en los tres años de este mandato hay material para hincar el diente, al menos el mediático. Y con este giro que se ha incorporado en alguna legislación internacional, que cuando interviene el Estado los delitos son imprescriptibles, se podrían investigar casos como el de Sevel, de Manliba, hasta algunos blanqueos…

La reflexión que quiero transmitir es que las formas tradicionales de financiamiento de las campañas electorales, las que han usado desde Cambiemos y el Frente para la Victoria, hasta radicales y conservadores en los tiempos de Yrigoyen, ya no son adecuadas. El que las use en adelante, estará corriendo un riesgo cada vez mayor, cualquiera sea su ideología.

Y mi sugerencia práctica es preparar un proyecto de ley para que lo lance un candidato del palo. Que lo presente cuando este DNU de ayer empiece a empantanarse… Pero siempre antes de la elección de octubre.


El largo adiós de Mauricio Macri

enero 4, 2019

Como ya es una característica de mis (infrecuentes) posteos reflexivos, empiezo con precisiones. “El largo adiós de Mauricio Macri” se refiere, también, al hecho que me parece muy improbable que su nombre esté el 27 de octubre de este año en alguna boleta como candidato. Tengo claro -no puedo dejar de verlo, porque es evidente en los sondeos- que es hoy uno de los dos candidatos presidenciales instalados en la conciencia de una mayoría larga de los votantes. Y que es el único candidato posible de la actual coalición Cambiemos. Pero el proceso de desgaste que comenzó el año pasado y que considero inevitable que continúe en éste, creo que lleva a que en algunos meses deje de ser candidato a la reelección. “Perder no es peronista”, ni tampoco antiperonista; salvo para la pequeña minoría que termina votando con una convicción ideológica firme.

Una indicación clara de su deterioro es el tan comentado adelanto de las elecciones en provincia de Buenos Aires. Más allá que se haga o no, aún más allá de la existencia de una intención real o que sea una maniobra de distracción, muestra bien claro que una candidatura presidencial de Macri “tira para abajo” las boletas que acompaña.

Pero puedo estar equivocado en mi pronóstico: el futuro es imprevisible por naturaleza, y el Mauricio ha mostrado mucha más voluntad de poder que el desdichado De la Rúa. Sobre todo, no es lo importante. Pues un título alternativo en el que pensé era “La larga agonía de la Argentina globalizada”, en un eco del seminal trabajo de Halperín Donghi “La larga agonía de la Argentina peronista”. Expresa mejor lo que yo pienso del momento que vivimos.

Pero no lo elegí, por dos motivos. Halperín puso su énfasis en el conflicto de “legitimidades irreconciliables”. Es válido, y lo sigue siendo: todavía hoy la política argentina se divide en dos sectores, dos discursos, que no aceptan la legitimidad de los valores del otro. Pero alguna formación en economía que tengo, y la historia reciente, me llevan a pensar que un gobierno que no da una mínima previsibilidad a las variables económicas -empezando por los precios, el dato más inmediato para cualquier persona, y el valor del dólar, la moneda que funciona como reserva de valor para los argentinos- es como un gobierno que pierde una guerra. Pierde legitimidad para gobernar, sin importar cuánta gente esté de acuerdo con su discurso o sus valores.

Eso es lo que está sucediendo, creo. El de Macri ha sido el tercer gobierno que se esfuerza, conscientemente, en adaptar la economía y la sociedad argentina a las reglas de juego de la globalización financiera, lo que algunos han llamado el “capitalismo tardío”. El tercero desde 1975, cuando se interrumpe en nuestro país el proceso, irregular pero sostenido, de crecimiento industrial que empezó antes del peronismo pero al que éste le puso impronta política y social.

Esos gobiernos son el primero de la dictadura que comienza en 1976, con el ministro de Economía de Videla, Martínez de Hoz; el de Carlos Menem, con origen y apoyos peronistas y su ministro de Economía, Domingo Cavallo; y éste, el de Macri, con un equipo mucho menos coherente que esos dos anteriores.

(Un aparte que pueden saltearse sin perder nada del argumento: Elijo la fecha de 1975 porque -los registros estadísticos son abrumadores- es el año en que se interrumpe el crecimiento industrial argentino, que hasta ese momento era comparable con la mayoría de los países “exitosos”. Y también porque por ese tiempo comienzan a descartarse en Occidente las protecciones arancelarias a las industrias locales y el “estado de bienestar”. Las reformas que inicia Thatcher en Inglaterra (y el experimento de los “Chicago Boys” en Chile).

No pretendo establecer una teoría de la historia argentina. Ya tenemos demasiadas. Es plausible pensar que en nuestro país se enfrentan dos proyectos contrapuestos desde 1810. O aún antes. Pero se corre el riesgo de sumar mucho palabrerío sin conexión con la realidad. Puede hacer ver en la expedición de Juan de Garay -casi totalmente paraguaya- una manifestación del imperialismo europeo. Y querandíes nacionales y populares).

Como sea. Los dos intentos anteriores fracasaron, con un altísimo costo social. Con esto me refiero al hecho evidente que no lograron establecer una “normalidad” aceptable para una mayoría -o una “primera minoría”- de los argentinos, que perdurase más allá de las relaciones de poder vigentes en un momento dado. Que siempre van a cambiar. Valdría la pena tomar en cuenta que el que tuvo origen y apoyo peronista fue el que duró más, pero es otro tema.

Lo decisivo es que Macri no ha conseguido esa “normalidad aceptable” ni siquiera después de haber obtenido un triunfo -así lo apreciaron oficialistas y opositores- en las elecciones de 2017. Hoy, los números son inapelables: aún en el improbable caso que fuera reelecto, con la hostilidad de una parte muy numerosa de los argentinos, se vería obligado a reestructurar la deuda externa que él mismo contrajo. No es la forma adecuada para ubicarse en la globalización financiera, que depende, por definición, de las expectativas de beneficio de los fondos de inversión y de especulación.

Pero dije que tenía dos motivos para no hablar de una agonía de la “Argentina globalizada”. El otro, es por la misma razón que pienso que el título de Halperín de 1994 resultó inapropiado. Es cierto que la experiencia peronista de 1945/55 correspondió a una Argentina y un mundo que ya no existían. Y que las estructuras y las relaciones sociales que formó y lo habían formado se estaban transformando, desnaturalizando, para muchos, en las entonces frescas reformas del menemismo. Pero la historia siguió, como siempre. Y mostró que en una parte muy grande de los argentinos el peronismo tenía raíces profundas.

La experiencia kirchnerista fue -por supuesto- muy distinta de la del peronismo fundacional. No sólo la Argentina y el mundo eran muy diferentes. Tampoco existió la voluntad o la capacidad de realizar transformaciones profundas como las de ese tiempo. Pero en campos tan importantes como diversos, la valorización de la soberanía, la defensa del mercado interno, un (prebendario) proteccionismo industrial, la prioridad dada al consumo, la inversión en ciencia y tecnología, hasta un estilo “igualitario plebeyo” (esto último si compartido con el menemismo) se parecía más al peronismo fundacional que a cualquier otra experiencia posterior.

Mi conclusión no es determinista, entonces. El “experimento macrista”, como lo bautizó un amigo, peronista ortodoxo él, fracasó. Pero el desesperado deseo de ser “un país como (se imaginan que son) los demás” sigue muy presente y poderoso en (otra) parte muy grande de los argentinos. Hasta Néstor Kirchner tuvo que hacer campaña en 2003 prometiendo “un país normal”. Y Cristina Kirchner triunfó en 2007 con una promesa de “normalidad”. En ese sentido, la elección de 2011 fue una anomalía. Basada en que la oposición no tenía candidato. Que la economía marchaba, en la sensación de los votantes, y de la mayoría de los grupos económicos, muy bien. Y tampoco se prometió desde el oficialismo ninguna revolución, ese sueño húmedo de los militantes.

Esas dos pulsiones, para llamarlas de alguna manera, siguen existiendo. El problema no es tanto, me parece, “la grieta”. El nuestro es un pueblo que ama y odia con mucha facilidad, pero hace décadas que la violencia no es aceptable para las mayorías. Cualquier mayoría.

La clave es que esas “dos Argentinas” -en realidad una sola, con ideales contradictorios- siguen vigentes. Mezcladas en las mismas provincias, los mismos barrios, las mismas familias. Cualquier proyecto debe apoyarse y expresar una de ellas, o es una alquimia de políticos y publicistas sin posibilidad alguna de triunfo. Pero debe tener en cuenta la existencia de la otra, si quiere gobernar. Y, volviendo al plano práctico con el que empecé, debe tener un proyecto económico viable en la actualidad. La “receta globalizadora” aparece cada vez más desvinculada de cualquier política concreta y sólo sigue firme y dogmática en el discurso de sus voceros. Pero las distintas heterodoxias -hoy está de moda llamarlas “populistas”- no tienen receta. Tal vez esa sea su mejor característica.


Navidad, Dickens, la clase media y los intelectuales militantes

diciembre 24, 2018

Uno tiene un vínculo emocional con la idea de la Navidad, aunque su pulsión religiosa sea débil (mi caso). En todos los bastantes años de este blog, algo escribí sobre la fecha. Esta vez… no tengo el tiempo para desarrollar un pensamiento propio más o menos nuevo, y no quiero repetirme. Por suerte encontré, en un sitio inesperado para mí -me alertó Twitter, con una imagen ingeniosa, o nunca se me habría ocurrido buscar en el Cohete a la Luna algo sobre este tema- un texto hermoso de Marcelo Figueras, que aporta varias cosas valiosas.

Además, me permite ejercer mi pulsión por la crítica destructiva. Así que aquí va (ojo:es largo), y al final critico:

“Dice la leyenda que la Navidad que conocemos la inventó Charles Dickens, uno de los escritores más sublimes de la lengua inglesa. (Y uno de mis favoritos de todos los tiempos en cualquier lengua. ¿Para qué ocultarlo?) Se trata de una exageración, obvio: está claro que la festividad ya existía. Pero Occidente tendía a conmemorar el nacimiento de Jesús — o, como lo definiría el community manager de Macri, el aniversario de su cumpleaños— de un modo más modesto. Básicamente era un feriado más. Día de descanso con la flia y a puertas cerradas. Recolección antes que espíritu festivo. Ni Santa Claus osaba prorrumpir en el proverbial ho ho ho, para no perturbar el decoro general.

Entonces Dickens publicó A Christmas Carol (1843) —literalmente Un villancico navideño, aunque se difundió entre nosotros como Un cuento de Navidad— y su éxito arrollador y transatlántico cambió nuestra cultura. Lo que sí inventaron esas páginas fue lo que asumimos como espíritu navideño. El sacudón que recuerda que es nuestra última oportunidad en el año de ser generosos y tender la mano a los desafortunados, desde que, a contramano de lo que el poder propugna desde sus alturas, pocas cosas producen más y mejor gozo que dar. Tal como Dickens la reconfiguró, la Navidad sería la festividad democrática por excelencia, de la que todxs sin excepción deberían disfrutar; si no difundiese sus gracias universalmente dejaría de ser, se devaluaría, no serviría de nada. Algo que deja en claro la bendición – condición que florece en los labios de Tiny Tim y que el narrador hace suya al cerrar la historia, con literales mayúsculas: ¡Que Dios Nos Bendiga, A Todos Y Cada Uno!

God Bless Us, Every One! No a los que nacieron en cuna de oro: a todxs. No a los que creen haber hecho mérito para ello: a todxs. No a los que tienen carnet de religión o clase social alguna: a todxs y cada uno.

Y sin embargo este relato exultante, que nos conecta en pocas páginas con lo mejor que la especie humana tiene para ofrecer, nació de una semilla oscura. Que es exactamente lo que me dispongo a contar, si me conceden estos minutos. Ya sé, yo también lo padezco: a esta altura del año todo es agitado y febril, temporada de locos. Pero si al cabo de un año de catecismos dominicales todavía confían en mí, oh lectores, me jugaré esa fe sobre este paño.

Para ponerlo en términos que persuadirían hasta a Scrooge: esta historia les va a redituar mucho más que el tiempo que les tomará leerla.

La mayoría de ustedes recordará la anécdota, aunque más no sea a grosso modo. Su protagonista es ese viejo de mierda llamado Ebenezer Scrooge, un avaro que amarroca guita para nada, pero que como arrancó de abajo y se forró hoy sería considerado un emprendedor modélico. De hecho, guita es todo lo que tiene. Carece de amigos, pasa de su familia, explota y destrata a sus empleados. (Entre los que figura el amable Bob Cratchit, padre de Tiny Tim.) Releyendo la historia, hay que hacer un esfuerzo para recordar que transcurre a mediados del siglo XIX y no en la Argentina de Macri. Ante la visita de un caballero que solicita una donación para los pobres, que en esa época del año (“cuando la Necesidad se siente agudamente, y la Abundancia regocija”) demandan un mínimo confort,
Scrooge le replica: “Qué. ¿Ya no quedan cárceles?” El caballero le replica que algunos pobres morirían antes que ir a parar a ciertos sitios, pero Scrooge insiste: “Que mueran, entonces, y disminuyan así la superpoblación”. ¿Qué sería de Eduardo Amadeo, aquel de la frase les hicieron creer que podían tener aire acondicionado, o del Esteban Bullrich que instó al pobrerío a gozar de la incertidumbre, si Scrooge no les hubiese marcado el camino?

El cuento arranca en el séptimo aniversario de la muerte de Marley, ex socio de Scrooge, con la visita de su fantasma. Al principio el viejo se burla de la visión. (Su muletilla ante todo lo que desprecia es: Bah. Humbug!, lo cual se traduce como patrañas, aunque el vernacular porteño de ayer preferiría macanas y la juventud actual forradas. No cuesta nada imaginar entre las filas de Cambiemos a un ministro Scrooge. ¿Paritarias? ¿Bono? ¿Vacaciones? Bah. Humbug!) Pero entonces el fantasma hace algunas cosas propias de fantasma —como permitir que se
le caiga la quijada hasta el pecho— y a Scrooge se le frunce el upite. Lo cual, de todos modos, no consigue que deje de ser del todo Scrooge: lo primero que hace es bardear a Marley, porque tardó siete años en llegar hasta él — espectro o no, lo acusa de procrastinar.

Lo que el fantasma pretende es evitar que Scrooge cometa su mismo error y sufra idéntico castigo. Cuando Marley se queja de que su vida fue una oportunidad desperdiciada, Scrooge —siempre el businessman— le dice: “Pero si eras bueno para los negocios”. Y el fantasma le replica: “La humanidad era mi negocio. El bien común era mi negocio”. Entonces le advierte que sólo tiene una oportunidad para escapar de su destino. Y que para ello recibirá la visita de otros tres fantasmas.

El primero de ellos es el Fantasma de las Navidades Pasadas, que lleva a Scrooge a ver al niño triste y abandonado que fue alguna vez, a quien sólo animaban la compañía de su hermana Fan y la lectura de fantasías como Las mil y una noches. Scrooge recuerda además la generosidad y el afecto de su primer empleador, Mr. Fezziwig, y el momento en que su novia Belle rompió con él, después de advertir que Scrooge nunca la amaría tanto como amaba al dinero.

El Fantasma de la Navidad Presente le permite chusmear cómo celebra la gente de todos modos, a pesar de la pobreza que la aflige; espiar el hogar cálido y jovial de su sobrino Fred hijo de su fallecida hermana Fan, cuya invitación a festejar en familia había rechazado al comienzo; y echarle un ojo a la casa de su empleado  Cratchit, que insiste en brindar por su jefe Scrooge en nombre del espíritu de generosidad navideña, a pesar de que su esposa lo define — quedándose corta— como “odioso, amarrete, duro e insensible”.

Antes de desvanecerse, el Fantasma de la Navidad Presente pone a Scrooge en presencia de dos niños, varón y mujer: “desdichados, abyectos, espantosos, horribles, miserables”, los describe Dickens. Son los Hijos de la Humanidad, dice el Fantasma, y se llaman Ignorancia y Necesidad. Cuando Scrooge le pregunta si tienen dónde refugiarse, el Fantasma le devuelve el comentario sarcástico del comienzo ante el caballero que apelaba a su caridad: “¿Ya no quedan cárceles?

Por último, El Fantasma de la Navidad Por Venir lo lleva a su propio lecho de muerte, al que nadie acude para acompañarlo; los hombres con los que solía hacer negocios van al entierro para garronear comida y la servidumbre se reparte sus chucherías mientras desprecia su memoria.

Pero lo que más horroriza a Scrooge es el descubrimiento de otra muerte, la de Tiny Tim, el más pequeño de los Cratchit, aquel de las muletas y la salud envilecida por las privaciones y el aire viciado de Londres. Pero al despertar del ensueño fantasmal y comprender que aún está vivo en la mañana de Navidad, el escarmentado Scrooge decide compensar al mundo por sus mezquindades y comienza por aquellos que tiene más cerca. Le pide a su sobrino que lo acepte en su mesa, regala un pavo a los Cratchit en secreto, aumenta el sueldo de Bob, se compromete a ayudar a su familia. Y de allí en más actúa como un segundo padre para Tiny Tim, que entonces sobrevive. ¿Existe acaso un mejor happy ending en la historia de la narrativa, oh lectores, que el de este relato, o piensan como yo que ningun otro destila tanta felicidad en nuestros corazones?

Parte de su poder pasa por lo convincente que es el turro de Scrooge. Todos conocemos a alguien igual de basura, ¿o no? Pero si Dickens lo pintó así es porque lo conocía mejor que nadie. Cualquiera que sepa lo mínimo sobre la vida del escritor —el reformista social, defensor de las mujeres, filántropo militante— creerá, y con buen juicio, que no existen figuras más disímiles que las de Dickens y su criatura Scrooge. Y sin embargo Dickens sabía bien que Scrooge era él mismo — o, en todo caso, el Dickens que estuvo a punto de ser.

El Síndrome de la Clase Media

Creo haber contado ya de la infancia miserable de Dickens: de cómo las deudas de su padre lo llevaron a la cárcel —en una época donde era común que la familia se recluyese con el reo, lo cual le enseñó al pequeño Charles cómo era estar preso a la más tierna edad— y después a sumarse al ejército de niños que envasaba betún en un taller astroso. Para agregar más dolor a su situación, comprendió que la que ejercía presión familiar para que no volviese a casa y siguiese encadenado al taller era su propia madre. Criaturas abyectas y horribles que provenían de Navidades Pasadas, sus padres: deberían haberse llamado Irresponsabilidad y  Abandono, un dúo que marcó su vida para siempre.

Aún cuando aprendió a valerse solo y se convirtió en escritor famoso, Dickens quedó encadenado a una ansiedad perpetua. A Christmas Carol es, de hecho, el resultado de un momento en el que creía necesitar dinero con desesperación. Tenía deudas, una familia ya grande —su esposa estaba nuevamente embarazada—, muchos amigos pedigüeños y varias caridades (hoy diríamos ONGs) que mantener. Y aunque ya había conocido un éxito resonante, venía de un relativo fracaso con su última novela, Martin Chuzzlewit. Fue entonces que se le ocurrió esta historia sobre un hombre que parecía ser su perfecto opuesto, desde que carecía de todo de lo que a Dickens le sobraba —amor, respeto, reconocimiento— pero sí tenía lo único que a él le faltaba y nunca obtendría del todo, al menos desde su punto de vista: seguridad económica.

Esa fue una de las llagas que la miseria temprana dejó en su alma y nunca curó: la sensación de que, aunque la fortuna te sonría y las cosas marchen sobre rieles, bastaría un golpe para arrancártelo todo y lanzarte de regreso a la calle o a la cárcel o ponerte en la necesidad de enviar a tus hijos a trabajar — como los padres que tanto lo habían hecho sufrir.

Al comienzo del relato Scrooge recibe la visita de su sobrino, cuyo buen humor lo ofende. “¿Qué razón hay para tanta alegría? Eres bastante pobre”, le dice. A lo cual Fred replica: “¿Qué razón tendrías entonces para estar taciturno? Eres bastante rico”. El más notable de los biógrafos de Dickens, Peter Aykroyd, conectó esta escena con una carta en la que su biografiado confesó: “No soy rico, nunca lo he sido y nunca lo seré”. No es que le faltase dinero, que ganó a manos llenas desde que arribó a la fama. (Aunque menos de lo que le habría correspondido, porque fue de los primeros artistas en sufrir despojo a manos de los que pirateaban su obra.)

Lo que intentaba decir es que ninguna cifra en el mundo, invertida de ninguna manera, lograría apagar la sensación de inseguridad eterna que el trauma infantil le había inculcado.

Para ponerlo de otro modo: lo que Scrooge padece es el Síndrome de la Clase Media Argentina. Por eso no logra aflojarse y trabar relación sincera con nadie: porque cree que todo el mundo que se le acerca intenta mangarlo o despojarlo de aquello que tiene merecidamente, habiéndoselo ganado —eso creen todos— por su único y exclusivo esfuerzo. El bueno de Fred trata de reasegurarlo: “No quiero nada tuyo; no te estoy pidiendo nada; ¿por qué no podemos ser amigos?” Pero Scrooge no entabla lazos en esos términos, que desconoce o sinceramente no entiende. Cuando el Fantasma de la Navidad Presente lo cuela en casa de Fred, Scrooge oye a su sobrino hablar de la pena que le inspira: “Lo que tiene no le sirve de nada. No hace nada bueno con eso”, dice Fred, que lamenta que al  aislarse Scrooge conserve su dinero pero pierda buenos momentos que de otro modo no podrá granjearse. Por eso se ha juramentado a seguir acercándose cada Navidad y preguntarle todas las veces que sea necesario: “Tío Scrooge, ¿cómo estás?” “Si consigo ponerlo en vena para que al menos le deje cincuenta libras a su pobre empleado —reflexiona Fred—, eso sería algo”.

Scrooge es Dickens pensando en lo que podría haberse convertido, de haber pisado mal y resbalado en esa dirección del alma; en lo que todavía podía convertirse, si seguía funcionando como una máquina de producir dinero alimentada por su compulsión al trabajo. La diferencia comparativa entre Scrooge y Dickens era, en último término, el arte: Dickens podía imaginar a Scrooge, y entender cuán infeliz lo haría llevar adelante una vida semejante, y además pescar con claridad que a la gente tan acendradamente mezquina —ya se trate de Scrooge o de nuestra clase media— nada la conmueve que no sea un cagazo padre, venga del brazo de un fantasma o de un default machazo”.

Hasta aquí, lo que copio de Figueras. El resto, lo encuentro repetitivo, pero pueden leerlo siguiendo el link de arriba. Escribe muy bien.

Lo importante, me parece, es que él nos acerca el rescate que hizo Dickens del espíritu navideño como una aspiración a ser mejores de lo que somos. Algo más que un feriado largo y una convención de reuniones familiares. Hace falta, en esta sociedad post cristiana en la que estamos entrando. También era así la Inglaterra victoriana, aunque con una capa de religiosidad formal. Su verdadero Dios era el éxito, también.

Hay dos cosas que me hacen ruido, sin embargo: Una es con la práctica -llamémosla por su nombre- de la beneficiencia, del asistencialismo. Es necesario, y urgente, porque es urgente. Plantear “enseñarle a pescar”, o enseñarle a militar por la Revolución, es insultante para quien tiene necesidades inmediatas. El asistencialismo puede hacerse con amor, con hipocresía para que los demás lo vean, o en forma burocrática, como es más frecuente en estos tiempos. Pero eso es cuestión del que lo hace.

Tenemos que tener claro, aunque no se note en el texto de arriba, que hoy los organismos internacionales custodios del pensamiento neoliberal, insisten en todos sus acuerdos en la necesidad de salvaguardas para los más pobres. Y nada de sacarlos de la pobreza, claro.

Esa es la limitación de la ayuda social, de la AUH, la pensión graciable, que deja al que la recibe en la misma situación en que estaba, siempre en la necesidad. Eso lo entendía muy bien Evita, que hizo más ayuda social que nadie y que ardió su vida en ella.

Dickens no daba respuestas a ese problema. Nosotros tampoco las encontramos -porque la pobreza estructural no es que empezó con Macri, eh- pero nuestra responsabilidad es buscarlas.

La otra… es el asunto de la clase media. Está muy conversado, y uno lo entiende. Marcelo Figueras seguramente pertenece a la clase media, porque el auto odio de los sectores de clase media que tienen formación intelectual es legendario.

Pero es una pavada. Porque Scrooge es policlasista. Si Figueras más adelante en su texto lo identifica con Macri! Que no pertenece a ningún sector de las numerosas clases medias argentas. Tampoco Eduardo Amadeo, que hace muchos años militaba con Taccone, cuando Luz y Fuerza era un gremio progre, hoy es clase media.

Igual, el error que me interesa apuntar con mi crítica destructiva es uno que está detrás del cuestionamiento a la “clase media”. Es un mito al que muchos intelectuales militantes se aferran, que existe un sujeto histórico en alguna parte -antes se lo ubicaba en el proletariado, pero ya el marxismo ortodoxo no está de moda- que es bueno, noble y generoso, y que instintivamente está de acuerdo con los ideales que el intelectual levanta en ese momento. No como esos parientes (de clase media) que no le dan bola. Entonces, la realidad, y la ficción, deben ajustarse a ese mito. Por ejemplo, Martín Fierro debería estar a favor de la diversidad cultural, y ser feminista.

Es un lindo mito. Pero a Scrooge se lo puede encontrar en las villas, y en Barrio Parque. El de Barrio Parque es, generalmente, un hijo de puta más dañino, eso sí.


Una invitación

diciembre 13, 2018

A pesar del abandono en que tengo al blog, pienso que corresponde acercar también por aquí esta invitación. Para este martes 18, a partir de las 15 hs. en el 1° piso del Hotel Castelar, Av. de Mayo 1152, C.A.B.A.

Es parte, obvio, de la rica vida interna del peronismo, o del Movimiento Nacional, como lo llamábamos en otro tiempo. Es una convocatoria dirigida al sector empresario, y desde él, como se ve por los firmantes. Y también es un posicionamiento en un debate clave, que será decisivo cuando, y si, este experimento macrista termina mal.

Ya figura en el texto de la invitación: “las necesarias consistencias macroeconómicas que permitan, en un entorno de superávits gemelos…“. Los superávits gemelos, el comercial y el fiscal, fueron un dato básico en los primeros años de Néstor Kirchner, y en la salida de la Crisis del 2001/02, y ese rol positivo es más o menos reconocido por todos los economistas locales. Aunque pocas veces en público.

Pero como proyecto hacia el futuro, obtener un superávit fiscal es un objetivo cuestionado. Por los progresistas, que lo asocian con el ajuste y la reducción del gasto público. Por los “liberales”, que lo asocian con altos impuestos. Moreno lo defiende como una ancla contra la inflación, imprescindible en una economía bimonetaria, la nuestra (el peso como instrumento de cambio/el dólar, de ahorro).

Es cierto que las otras anclas que se han usado: la recesión, ahora; dejar atrasar el valor del dólar, como en varios momentos de nuestro pasado cercano, llevan al desastre.


Capitalismo, soberanía e información

diciembre 8, 2018

Un amigo que seguramente sobreestima la divulgación que puede darle este vagamente recordado blog, me ha pedido que les avise de esta jornada. Ciertamente, vale la pena asistir. La comunicación ha dejado atrás su etapa artesanal, y ya no depende del talento individual (aunque ayuda tenerlo). Pero los que la usan y la reciben todavía pueden ser víctimas de vendedores de humo. En especial, de la clase más peligrosa, como decía Tony Montana: los que consumen su propia mercadería.

Para evitar ese peligro, lo mejor es el debate entre los que están ocupados / preocupados por el impacto de la tecnología en el futuro de nuestra sociedad.

Esta es la invitación:

La expansión de las tecnologías informacionales en todas las dimensiones de nuestra existencia, lo que incluye nuestras propias intimidades, interpelan a nuestros decisores públicos. Modelos de capitalismo de vigilancia, en clave proteccionista o de libre flujo, que tributan al interés de lucro y de monitoreo de gestores corporativos o estatales de las redes que conectan los datos, serán debatidos en una jornada en la que expondrán especialistas convocados por la diputada nacional Daniela Castro, con el objeto de proponer una agenda que priorice el interés nacional en la imprescindible misión de elaborar un modelo sustentado en la justicia social, la autodeterminación informativa y la autonomía tecnológica.

Será este martes 11 a las 15 hs., en la sala 5 del anexo A de la Cámara de Diputados, Riobamba 25. Los interesados e interesadas en participar del evento deben escribir a soberaniainformacional@protonmail.com , informando nombre, apellido y DNI, para registrarse.


Flores robadas en los jardines de Artemio

diciembre 2, 2018

Artemio-Lopez

No es que mi trabajo de editar AgendAR me lleve todo el tiempo. Hago otras cosas, además. Pero, aparentemente, canaliza mis impulsos por pontificar (aunque allí lo contengo…). Por eso tengo abandonado este blog, a pesar de todas las oportunidades de criticar con aire de superioridad que nos brindan Argentina y el mundo.

Pero recién leo, en el tranquilo sopor del domingo después del almuerzo, el último posteo de mi amigo Artemio López. Y quiero robarle un concepto que me parece lúcido, y necesario para entender el desafío electoral del inminente 2019.

Una aclaración previa, como es mi costumbre: Hace tiempo -más de dos años- que Artemio insiste con llamar a un “nuevo tipo de unidad histórica”, y que yo no tomo en serio su planteo. Su entusiasmo juvenil, y sus lecturas de autores franceses modernos, daban la impresión, por lo menos a mí, que proponía un frente conducido por la militancia K no P (“kirchnerista no peronista”, para los que no conocen la jerga) y la pequeña burguesía intelectual progresista. Mi reflexión: con la unión de lacanianos y cookistas no alcanza. Y les cuesta sumar a otros.

Ahora el director de Consultora Equis -sin duda estimulado por recientes definiciones de Cristina Kirchner- precisa más el concepto. En forma polémica y provocativa, como es su costumbre. Pero ahí siento que está hablado, y diciendo algo importante, de la política realmente existente. O sea, de los votantes.

Copio esos párrafos donde Artemio rechaza el concepto convencional de “unidad” como aparece en los discursos y en los medios, y precisa el que propone:

“(Ese planteo de “unidad”) surge de suponer que, por citar el caso más reciente de provincia de Buenos Aires, los votos que deben “recuperarse” son los que obtuvieron en el año 2017 el frente 1 País y el sello PJ. Nada más lejos de la realidad electoral. Todos los estudios cualitativos y las leyes de formación y funcionamiento cuantitativas del FpV nacional señalan que la mayoría de esos electores “peronistas no K o francamente anti K ” son refractarios a dar el voto a opciones organizadas en torno al liderazgo de CFK.

Contrario sensu, el análisis de la mayoría electoral nacional constituida por el kirchnerismo en el lapso 2003-2011 muestra que este tuvo un fuerte componente de voto cruzado con opciones distritales vinculadas al PRO –formación eje de la coalición Cambiemos–, voto cruzado PRO-FpV observado en Buenos Aires, Córdoba, CABA, Santa Fe, y que en el año 2015 y persistentemente aún en el año 2017, por motivos diversos estos electores optaron nacionalmente por el actual oficialismo. En esta perspectiva de análisis, la verdadera unidad a construir es con los ciudadanos que por motivos genuinos no acompañaron la oferta electoral del FpV en el año 2015 y de UC en 2017 votando mayoritariamente a Cambiemos ...”.

Este es el concepto que me parece lúcido, y lúcidamente expresado. Y lo extiendo: me parece obvio que cualquier candidatura presidencial, de cualquier frente u opción política, debe sumar en octubre ´19, para alcanzar el triunfo, una parte significativa de los votos que acompañaron a Cambiemos en 2015 y en 2017 (Como Cambiemos necesitó para triunfar -vean los números- de una parte significativa de los votos que acompañaron al FpV en 2011).

Pero ésta no es toda la historia, Artemio, amigos. La candidatura presidencial de CFK, necesita, para tener chances de triunfo, de una parte, muy mayoritaria, de las estructuras territoriales -y sindicales, por recursos y fiscales- del peronismo (como la coalición Cambiemos necesitó, necesita, de las estructuras territoriales del radicalismo). Además de conservar a Unidad Ciudadana, que es, después de todo, su “fuerza propia” y articularla con el resto del peronismo.

Y los desafíos siguen: entre los “motivos genuinos” de los ciudadanos que no acompañaron al FpV en 2015 y 2017 y votaron a Cambiemos, está, sin duda, que son refractarios al liderazgo de CFK, tal como se presentaba en esas instancias. Lo mismo que los que votaron a opciones “peronistas no K”. La estrategia de la campaña debe tomar esto en cuenta y superar el obstáculo (Mi impresión es que Cristina Kirchner es quien tiene más claro esto).

Pero no hay que desanimarse. Para poner las cosas en proporción, pensemos en el desafío que enfrenta el distinguido colega Durán Barba y el aún joven Marcos Peña, para que la candidatura a la reelección de Mauricio Macri tenga chances, después de estos tres años de gobierno. Y de los meses que siguen.

El caso es que, a 202 días del límite (22/6/19) para su presentación legal, esas son las únicas dos candidaturas presidenciales instaladas.


Bolsonaro ¿solo o acompañado?

noviembre 5, 2018

De Bolsonaro ya se escribió mucho entre nosotros. Hasta algo en este pausado blog. Pero creo que todavía quedan algunas preguntas importantes para que nos hagamos.

Una de esas preguntas es la que planteé en el posteo anterior. Si el gobierno del Bolso iba a estar enmarcado por el pensamiento de Milton Friedman -el Estado no debe tener un papel activo en la economía, simplificando- o el de Golbery do Couto e Silva -un nacionalismo jerárquico y autoritario, sin simplificar. Muchos creen, basados en algún gesto pinochetista, algún ministro, que ya está respondida. Y es posible que sea así, desde el Bolso. Pero su gobierno comienza el 1° de enero, y las clases dirigentes brasileñas y las Fuerzas Armadas -ambas menos deterioradas que las nuestras- algo tendrán que decir.

Hay otra pregunta más importante todavía, por lo menos para nosotros: ¿Jair Bolsonaro es un fenómeno brasileño, o es parte de una “ola” en la región, la América del Sur? La respuesta inmediata es: las dos cosas. Pero vale la pena desarrollarla.

El general Perón, presidente por 3 veces de Argentina, decía que “La verdadera Política es la Política Internacional”. “Tip” O´Neill, presidente por muchos años de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, decía que “Toda la política es local”. Ambos tenían razón. No se pueden entender, y menos llevar adelante con éxito, los proyectos políticos, sus posibilidades y sus límites, si no se tiene en cuenta el marco global en que se desarrollan, las realidades económicas, de poder militar, hasta culturales donde están insertos. ¿Culturales? Y sí, lo que los alemanes llaman zeitgeist, el “espíritu del tiempo”.

También, es cierto que la política la hacen, o la sufren, hombres y mujeres reales, que viven en un lugar dado de un país distinto de los demás. Tienen su historia, sus prejuicios, sus temores, sus sueños. Su identidad. Encasillarlos según la ideología, sirve para simplificar los discursos. Pero te hace chocar con la realidad.

Trato de contestar la pregunta, y empiezo con una distinción. No pretendo hablar aquí del triunfo de Bolsonaro en el marco de los liderazgos recientes que reivindican el nacionalismo y enfrentan, al menos de palabra, la globalización y su discurso de democracia, respeto a las minorías y derechos humanos que en Occidente y adyacencias ha sido indiscutido por medio siglo. Como discurso, claro; en la práctica convivió con la destrucción de países, bombardeos de civiles y genocidios varios.

Entonces, no mencionaré los paralelismos y diferencias de Bolsonaro con el estadounidense Trump, el italiano Salvini, el húngaro Orban, el filipino Duterte. Es un tema válido y a lo mejor me decido a encararlo en otro momento. Pero creo que la pregunta que planteé de entrada es distinta y bastante clara: si hay una “ola” que incluye a figuras tan diferentes como Bolsonaro, Mauricio Macri, Sebastián Piñera, Mario Abdo Benítez… Hasta Lenin Moreno.

Me parece que la respuesta inevitable, con reservas, es . Es cierto que a ninguno de ellos se le puede encajar, como al Bolso, el mote de “populista de derecha” con que lo encasillan al brasileño los que lo miran con desconfianza. (“Neofascista”, los que lo miran con odio). Los países, coaliciones que los apoyan, políticas y estilos de todos ellos son diferentes. Pero… también lo mismo podía decirse de los cuatro líderes de la icónica foto que puse segunda desde arriba: Kirchner, Evo, Lula, Chávez.

Créanme, como cualquiera que haya tenido experiencia en la política como se practica en la realidad, soy escéptico de las teorías sobre determinismos históricos. Los seres humanos, y esas agrupaciones de seres humanos que asumen una identidad perdurable por algunos siglos que llamamos pueblos, son variables y se mueven por motivos diversos. Pero los hechos son los hechos. Más o menos en el comienzo de este siglo (coincidentes pero no causados por el boom de las materias primas), surgieron en la América del Sur y tuvieron mucho apoyo popular gobiernos moderadamente distributivos. Esos cuatro, más Correa en Ecuador, Lugo en Paraguay, puede mencionarse el Frente Amplio en Uruguay, hasta la Concertación chilena se podría incluir en esta lista.

Mantuvieron muy buenas relaciones entre sí, hasta construyeron algunas instituciones (débiles) en común: la UNASUR, el Consejo de Defensa Suramericano… Sobre todo, elaboraron un discurso, un mensaje político común, que se podría llamar “un antiimperialismo moderado” (más enérgico el de Chávez, pero, bueno, era caribeño). Es significativo -para indicar la existencia de esta primera “ola”-que fueron acompañados en el plano de la diplomacia, por líderes que no eran “de su palo”: el chileno Piñera, el colombiano Santos…

Podría extenderme mucho más, pero los lectores de este blog, gente que se interesa en la política (si no, no se interesarían en el blog) no lo necesitan. Tampoco me parece necesario remarcar el clima político y social distinto, opuesto que hoy se vive en la región. En particular, en los dos países más grandes, Argentina y Brasil, pero que en algún grado se manifiesta en los demás. Pensemos en la victoria del uribismo en Colombia.

Hay dos excepciones (la moderación de Uruguay se las arregla para pasar desapercibida): Bolivia, donde el manejo prudente y astuto de la economía y la política mantienen a Morales todavía fuerte, aunque aparezca el desafío de Carlos Mesa. Y Venezuela: ahí el gobierno y la oposición se han radicalizado, y la única barrera a una guerra civil o una represión masiva y feroz es la unidad de las fuerzas armadas. En mi modesta opinión, las excepciones no alcanzan para desmentir la existencia y la fuerza de esta otra “ola”.

También a mi modo de ver, lo más importante de estas dos “olas” es la diferencia entre ellas. En la primera el elemento en común para quienes las apoyaban, y las apoyan, era más… positivo: un énfasis en las políticas sociales y en la incorporación de los sectores postergados -o invisibilizados, como en Venezuela- al consumo. No se cuestionaba el capitalismo -salvo en algún discurso de militantes de segunda y tercera línea- pero sí se planteaba la intervención del Estado. Un eco -lejano- del peronismo fundacional y, aún más remoto, del varguismo.

(Para no confundir, encuentro necesario reiterar que este común elemento no disminuyó las diferencias entre estos procesos políticos y en las estrategias de sus líderes. Pensemos en Lula y Chávez, para mencionar dos).

En cambio, lo que percibo en los apoyos que despiertan estas nuevas experiencias, tan distintas entre sí como el aluvión “bolsonarista” y la coalición Cambiemos, es un elemento negativo en común: el rechazo furioso hacia esas experiencias anteriores. Se puede decir que los votos que recibieron tenían mucho más de bronca con lo anterior que de identificación con lo nuevo. Eso puede verse hasta en Colombia, hacia Juan Manuel Santos, nada populista él.

Por supuesto, no es el único factor que tiende a integrar ¿encauzar? esta nueva ola. Están las tendencias, cuestionadas pero aún hegemónicas en nuestra región y en Europa, hacia la globalización, y la atracción por ella a la que se aferra una parte muy numerosa de nuestros compatriotas que quieren vivir como en ese “Primer Mundo” que conocen o se imaginan.

Y también juega esa la política internacional, la “verdadera política” a que se refería Perón. Por eso elegí la primera imagen de arriba, la que reúne las fotos de Bolsonaro y Steve Bannon, el ex asesor de Donald Trump que sigue cerca de él y que apoyó decididamente la campaña del Bolso. Atención: no señalo en especial un papel del Donald, aunque vio con buenos ojos el triunfo del brasileño y ha sido decisivo para el apoyo del FMI al gobierno de Macri.

Hay oficinas y, en general, políticas del gobierno estadounidense que han sido constantes desde hace largas décadas, con Republicanos y con Demócratas, en el apoyo a los sectores que pueden llamarse, sin precisión, como la “derecha” latinoamericana. Incluso a sectores que, si no fueran por ese apoyo, serían marginales, resabios de la Guerra Fría, muy influidos por la vieja diáspora cubana y, ahora, por la venezolana.

Este factor está muy presente, entonces, y ante un fracaso de esta “restauración globalizadora” -como el de las experiencias de signo similar de los ´90, las de Carlos Menem, Carlos Andrés Pérez,…- se hace inevitable que cualquier proyecto político más o menos “nacional y popular” que se plantee su reemplazo deba tener una política, y una interlocución, con el gobierno estadounidense.

Pero no es el factor decisivo. La hostilidad de Estados Unidos -inevitable, si pensamos en las políticas tradicionales de las Grandes Potencias hacia lo que consideran sus esferas de influencia- al igual que la de los medios masivos de comunicación, fue bastante continua en los 15 años, más o menos -un lapso largo, para la política latinoamericana- que duraron las experiencias que ahora agrupan como “populistas”. La clave fue, es, el rechazo de importantes, en algún momento mayoritarios, sectores de la población hacia esos gobiernos y sus líderes.

La militancia “nacional y popular” puede decirse a sí misma que esos votantes son demasiado egoístas y estúpidos para comprender lo bueno que eran esos gobiernos. La dirigencia tiene otra responsabilidad ¿Autocrítica? No me parece el concepto adecuado. No sólo porque siempre se termina “autocriticando” a algún otro. El punto es que las circunstancias siempre están cambiando. Es necesario elaborar nuevas estrategias, que tomen en cuenta las derrotas pasadas, para enfrentar desafíos distintos.


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