El discurso de CFK y la campaña para el 2023

mayo 7, 2022

El discurso de ayer 6 de mayo (no el 6 de abril como decía en la 1ra versión de este post; uno ya está perdido en el tiempo) de Cristina Kirchner en el Chaco fue uno de los hechos políticos con más repercusión de los últimos tiempos, lleno de definiciones, esperado con ansiedad por sus partidarios y con todavía más ansiedad por los que no son sus partidarios en la clase política.

Mañana domingo, como es tradicional, los opinadores orgánicos de Ambos Lados harán sus análisis, ordenados, agudos y previsibles. Por mi parte, aprovecho el sábado para marcar algunos puntos y repetir algunas generalidades.

Primero, aclaro que no tengo idea si CFK será candidata a presidenta el año que viene. Más, creo que ella tampoco lo sabe a esta altura. Ha mostrado ser una dirigente cautelosa, con una mirada atenta a las señales de la realidad (2015, 2019), más allá de si son favorables o no. No antes de marzo´´23, tal vez de junio, decidirá si tiene ganas de zambullirse y si ve bastante agua en esa pileta.

Pero no tengo dudas -no sería razonable tenerlas- que va a ser una de los muy pocos protagonistas inevitables en la campaña presidencial.

A partir de eso, estas son mis falibles opiniones sobre su posicionamiento, del que este discurso ha sido un dato y un símbolo. Creo, por ejemplo, que muestra que quiere mantener, y en mi convencídisima opinión mantiene, su liderazgo sobre los dos sectores políticos que la acompañan desde 2008: la izquierda peronista y el progresismo afín al peronismo.

Primeras generalidades: «izquierda peronista» es una denominación con poca claridad y mucha carga emocional por causa de equívocos, rencores y locuras de 40 años atrás. Para entender a qué me refiero, recomiendo leer los libros de alguien que nació hace hoy 103 años: «La Razón de mi Vida» y «Mi mensaje». Por supuesto que Evita no se pensaba como «de izquierda» sino como peronista, pero sus ideas y sus broncas eran y son el contenido de reivindicación de los de abajo, los excluidos, que lleva el peronismo desde su comienzo. Y la izquierda peronista, bien o mal, siempre trató de expresarlo.

Y el progresismo afín al peronismo es el sector que no tiene problemas con Evita, que puede hasta idolatrarla, pero le cuesta asumir a Perón. Son muchos, eh, y lo demostraron en elecciones, con el Partido Intransigente, con el Frepaso, el ARI de los comienzos… Están vinculadas, creo, su dificultad para asumir a Perón y la que tienen en construir estructuras perdurables que «como los ranchos, se construyen con paja, barro y un poco de bosta» (así era la frase, no?).

Al margen. El punto importante a tener en cuenta es que «sectores políticos» no es lo mismo que votantes. O que pueblo, como se decía antes. Los politizados somos, gracias a Dios, una minoría.

Cristina lo sabe bien -tiene una larga experiencia en política- y por eso, además de a los seguidores más o menos incondicionales- habla a las necesidades y esperanzas de quienes quiere y puede convocar: los de abajo, los excluidos, ese voto histórico del peronismo.

¿Lo conserva? Más importante ¿lo conservará en 2023? Es un voto pragmático, tiene que serlo, porque es su única herramienta, que pueden ejercer por sí mismos, sin depender de estructuras ni de aparatos. Mantendrán seguramente sus simpatías, sus identificaciones, pero si no tienen respuestas a sus necesidades concretas, buscarán quién se las puede dar. O «desensillarán hasta que aclare» (otra vieja frase).

Igual, ésta no es la dificultad principal para construir una opción con posibilidades de triunfar en 2023.

A los que trabajamos en comunicación, política y de la otra, no se nos cae de la boca la palabra «segmentación». Y sí, la sociedad moderna está muy segmentada. Pero hay un dato más básico y fundamental: los «pobres», ya NO son la mayoría de la sociedad. Aunque, sí, a la mayoría le cueste llegar a fin de mes.

Algo más preciso, para los sociólogos en la audiencia: la pirámide de ingresos siempre es más angosta arriba que en la base. Pero la gran mayoría de los que están en la «parte de abajo» de la pirámide –cualquiera que sea la línea divisoria que trazemos– no son, ni se sienten parte de un conjunto enfrentado con los que están arriba.

Cuando hay enfrentamiento en la sociedad -como ahora- las líneas divisorias más fuertes pueden ser muy otras: tradiciones políticas, culturales,…

Esta desvalorización de la lucha de clases tradicional, como se entendía en el pasado, como motor de los enfrentamientos en la sociedad, fue planteada hace más de 60 años, en un libro de John Kenneth Galbraith, de 1958. Se llama «The affluent society«, y fue editado en castellano, y muy leído en ese tiempo, con el título «La sociedad opulenta«. Una mala traducción. «Opulencia» se asocia con riqueza y lujo. La palabra en inglés se acerca más a la imagen de una sociedad donde un gran porcentaje de sus miembros tiene acceso a un consumo bastante más allá de la concepción marxista de la supervivencia del proletariado.

Productos que son nuevas necesidades y/o símbolos de status de una clase media aspiracional. En ese entonces, el auto, el televisor. Hoy serían el auto, el smartphone,…
.
La tesis que desarrollaba ahí Galbraith (simplifico) era que el sector privado de la economía, próspero o no, miraba con avaricia y hostilidad al sector público (como se darán cuenta, J. K. G. veía con claridad lo que se venía). Ha quedado con fuerza en mi memoria, porque fue el primer libro que leí de un economista importante y entonces prestigioso que asumía un hecho obvio: en los países con una economía más o menos moderna, es decir, diversificada, los distintos sectores no perciben automáticamente intereses comunes.

Un ejemplo de estos días: referentes del sector peronista-kircherista-cristinista (en la cultura de la cancelación, uno tiene que usar estos nombres complicados para que nadie se ofenda) presentaron un proyecto de moratoria previsional, para permitir que se jubilen al llegar a la edad que corresponde a los que no tienen aportes registrados. Podrán pagar esos aportes en largas cuotas.

Una solución práctica y necesaria, salvo que se prefiera proponer eutanasia para los que llegan a los 65 años sin aportes. Pero cualquier monitoreo superficial de las reacciones encuentra un rechazo -no mayoritario pero importante- entre quienes están jubilados y dicen (sienten) que «ellos aportaron 40 años y van a dar su dinero, o emitir, para favorecer a quienes no aportaron!».

El dato es que prácticamente nadie «aportó». A muchos se les «retuvo» una parte de sus salarios nominales (el real es el de bolsillo). A muchos otros no se les retuvo, o no se depositaron esos aportes nominales. No es que cobraban más que los anteriores, por cierto.

No importa. La «realidad» de cada uno es lo que cree y siente. Es posible, pero muy difícil, cambiar esa conciencia. La gran mayoría de los políticos, seguramente casi todos los exitosos, tratan de sumarlos como son y sienten.

Me extendí tanto con esta generalidad, y con este ejemplo, para llegar a una conclusión práctica. Y obvia. Cristina Kirchner se dirige, y conduce, a los convencidos (y a una cuota de oportunistas, pero eso es así en todas las propuestas políticas).

Curiosamente, o no tanto, ese es el camino que transita otro dirigente que puede ser protagonista de la campaña presidencial: Javier Milei. Su mensaje es menos claro y algo delirante, pero también está dirigido a un sector, no social en este caso sino anímico: los que tienen bronca y decepción con la dirigencia política de todos los colores. Milei es un dirigente político, por supuesto, pero procura, y hasta ahora logra, que muchos lo perciban como distinto.

Un 3er protagonista que aparece casi inevitable, Rodríguez Larreta, es un ejemplo de una estrategia distinta, muy tradicional. Y la que habitualmente se aconseja en política: la de ocupar el centro. Apelar a los que están «cansados de las peleas». La profundidad de la «grieta» entre nosotros la muestra el hecho que se ha visto obligado a aparecer más enfrentado de lo que se recomienda, para no quedar aislado de su propio público, que hoy resuena con la bronca a la que apuesta un Milei.

Alberto Fernández será protagonista de la campaña, porque es el presidente actual. Pero en su caso no hay estrategia que valga: el espacio que tenga lo determinará su gestión. A fin de año, como mucho a marzo, ya estará el veredicto inapelable.

No tengo la intención de menospreciar el posible papel de algún radical, pero ya me extendí demasiado para un posteo superficial. Vuelvo entonces a Cristina, sin dudas el personaje más interesante.

Y lo que tengo que decir no tiene nada de original. A lo sumo, lo voy a ampliar un poco: En el año que viene -salvo un cisne negro del tamaño de un pterodáctilo- sin ella no se puede. Pero con ella, ni tampoco contra ella (la apuesta de Patricia Bullrich, por ejemplo), no alcanza. ¿Quiénes podrán expresar, sumar, a los -diversos- sectores que no depositan sus esperanzas ni sus broncas en Cristina Kirchner? Todavía no me animo a sugerir respuestas.


Preguntas, e intentos de respuesta sobre la «interna» de Alberto y Cristina

mayo 3, 2022

«Comandante Cansado» es el nic de alguien que en la época de oro de los blogs ofrecía análisis inteligentes y comentarios sarcásticos sobre nuestra realidad. Pero hace años que trabaja en Bruselas, y le resulta difícil entenderla (Europa tiene sus propias locuras).

Una prueba de su despiste es que me pidió que le ayudara a comprender lo que está pasando. Va su mail, y lo que le contesté (con unas pocas frases más que se me ocurrieron después):

«Hola, estimado. Hay algo que no logro entender con respecto a la interna FdT, a ver si me puede ayudar…

Kirchneristas y albertistas están abocados codo con codo con una energía envidiable a la algo polémica actividad de echar leña al fuego de la interna. Los primeros tiran con todo lo que tienen y los segundos se tapan las orejas y dicen «no escucho, no escucho, la manija la tengo yo, lero, lero». Ambas actitudes me parecen perniciosas, pero no igual de (in)entendibles.

La actitud K es autovalidante y alimenta una profecía autocumplida («ya perdimos»). En ese sentido es impermeable a la realidad, y por eso es entendible (quienes la sostienen podrán seguir haciéndolo ad eternum).

La segunda, en cambio, tarde o temprano se chocará con la realidad: en unas PASO Alberto no puede creer que tiene chances frente a Cristina, ¿por qué Alberto persiste (o deja que persistan por él) en una situación que lo llevará a chocarse con una pared? ¿Qué espera conseguir? ¿Piensa realmente que puede ganar o no cree que se llegue a las PASO, pese a decir que sí todo el tempo?

A mí me cuesta optar por una u otra posibilidad, porque pienso bien de Alberto en términos de honestidad intelectual y capacidad intelectual. ¿Entonces? ¿Qué se me escapa?

A ver si me puede iluminar…»

Estimado, no creo que pueda darle una respuesta satisfactoria. Porque su pregunta no es precisa. Quiere saber las motivaciones de Cristina, de los cristinistas, de Alberto y de los «albertistas». Son 4 protagonistas de este drama, MUY distintos entre sí.

Cristina y Alberto son personas reales. Con ninguna de las dos tengo el trato frecuente e íntimo que necesitaría para opinar con seriedad. Bah, no tengo trato. Cristinismo y albertismo son colectivos, y todo colectivo es una construcción.

(Y siento necesario apuntar que los protagonistas de esta interna son colectivos de funcionarios albertistas y cristinistas. Los votantes de Cristina, los potenciales votantes de Alberto… están en otra, por ahora).

Planteadas estas reservas, me zambullo, y contesto desde la dinámica política: están enfrentados en la interna porque no tienen otra opción mejor.

CFK, con una mirada lúcida sobre el escenario político-social, sus seguidores y votantes, y sus objetivos posibles, quiere preservar una identidad política -la que se formó en los 12 años y medio de gestión K- y los votantes que convoca desde ese lugar. Para ello necesita diferenciarse de la realidad actual. Hay una actitud muy vieja en el peronismo, repetir «´Eso´ no es peronismo!» Cualquier veterano la escuchó centenares de veces, en momentos históricos muy distintos. CFK está diciendo «´Esto´ no es lo q hicimos Néstor y yo!«.

No creo que se plantee como posible modificar profundamente la gestión del gobierno, a esta altura. Pero puedo estar equivocado, porque yo no lo creo posible. Quizás Cristina piensa que un nuevo gabinete, un nuevo ministro de economía con poder, renovaría expectativas. Y Alberto puede pensar que sucedería lo mismo que cuando Alfonsín reemplazó al competente, debilitado Sourrouille por Pugliese y luego por Rodríguez: una pendiente al abismo.

(Esa sería la explicación «técnica» de esta interna. El guion de «Rescatando o reemplazando al soldado Guzmán»).

Creo que CFK es una política con mucho sentido de las posibilidades realistas. Las señales que envía en una determinada dirección: reunirse con referentes del gobierno de EEUU, conversaciones con Redrado, recomendar el libro de J C Torre sobre el derrumbe del gobierno de Alfonsín,… estimo que tienen más el sentido de sacarla del lugar de una Rosa Luxemburgo del Calafate, donde quieren encasillarla sus enemigos políticos.

Y no creo que Alberto tenga otras opciones, a esta altura. En mi opinión -seguramente equivocada, diría el Turco Asís- su error fundamental fue no aceptar la gravedad del problema estructural de la economía argentina -que viene de décadas, y que la gestión de Macri empeoró e hizo crítico- y no encaró una política antiinflacionaria dura, como sugería Álvarez Agis, y la dificilísima tarea de empezar a desmontar el capitalismo concesionario que heredamos de Menem…

Por supuesto, todo esto era políticamente muy difícil, casi imposible. Todos -todos los que hablaban en público en ese momento inicial- decían que había que «poner dinero en el bolsillo de la gente«. Era difícil aceptar que ese dinero se iba a ir como agua de los bolsillos.

Se sigue yendo, pero ya el gobierno de Alberto no tiene la posibilidad, creo, de aplicar otra política que el gradualismo de Guzmán. Que ha servido para recuperar la actividad, pero no para moderar una inflación patológica, que carcome los ingresos de todos los que cobran en pesos. Ni para moderar una brecha cambiaria también patológica.

En cuanto a las eventuales PASO: la apuesta racional de Alberto sería que Cristina no las acepte. Como decidió no ir en 2017 a unas PASO con Randazzo, que seguramente habría ganado. (Alberto era el jefe de campaña de Florencio en ese momento…).

Cristinistas y albertistas… Los primeros tienen una identificación emocional fuerte con CFK. Los albertistas (potenciales), serían los peronistas que no tienen una identificación emocional fuerte con CFK. Este «empate hegemónico» (esta frase me suena…) ha creado un estado de ánimo pesimista, en bastantes, derrotista. Y, más grave, lo que Ud. detecta: una cierta esterilidad de ideas.

Mi opinión personal: me considero realista, y por eso admito una posibilidad fuerte de una derrota del oficialismo en 2023. Pero no la doy por segura ni mucho menos. La dinámica de la política argentina es… muy dinámica. Y la del peronismo, no le digo nada.

Cristina es, repito, una política realista. E imaginativa. El «gambito vicepresidencial» lo muestra, más allá de su resultado en el largo plazo. Y, como he insistido en el blog muchas veces en 14 años, puede llegar a centímetros de la pared, pero no la choca.

Y, por supuesto, el peronismo ha mostrado a lo largo de 77 años realismo e imaginación para tirar al techo. También más allá de los resultados, buenos y malos, en el largo plazo.

Abrazo»


Interpretando a Cristina

abril 27, 2022

Desde que este blog quedó abandonado por tareas de publicidad, y luego aún más por AgendAR, escribí muy poco aquí sobre la interna. Tema que reservo para conversaciones privadas (eso de obligar a entregar los celulares antes me parece exagerado por ahora, dicho sea de paso). El blog queda para reflexiones distantes, cuando no puedo evitar la compulsión de pensar en voz alta. «Control de daños», le dicen ahora.

Pero… hay un punto en particular que me fastidia desde hace algunas semanas, y unos comentarios desconcertados -también en privado- sobre una reunión reciente de CFK «me pueden».

Reuniones como las que tuvo con la generala Richardson y con el embajador Stanley son parte de las tareas de la Vicepresidencia, que en nuestro país incluye la Presidencia del Senado. Como las visitas a Putin y a Xi son parte de las tareas de la Presidencia de la Nación (sólo que Alberto tiene una naturaleza más extrovertida).

El mensaje realmente significativo fue recomendar públicamente -o sea, al Presidente y urbi et orbi– la lectura de «Diario de una temporada en el 5° piso» de Juan Carlos Torre. La crónica de la gestión económica, realizada con solvencia técnica, eso sí, en un gobierno «progresista» (se puede decir que el progresismo entre nosotros lo inventó Don Raúl; antes la izquierda era otra cosa), sin alianzas reales con poderes fácticos, que terminó en una hiperinflación que lo llevó puesto. Queridos amigos cristinistas ¿necesitan que CFK les haga un dibujito?


Revisitando el 2015

abril 12, 2022

Ayer me metí en una discusión en Twitter (evidentemente, no tenía nada importante que hacer en ese momento). Era entre algunos compañeros kirchneristas de corazón ardiente y otro, también kirchnerista pero atacado por el virus de la autocrítica.

(Este virus es benigno, y hasta dicen que mejora la disposición; es su mutación «autocritiquemos a otro/a» que, como el Covid largo, deja huellas destructivas en el cerebro).

Al punto: el autocrítico -que además es economista (las tiene todas, dirían en mi barrio)- parecía decir que el crecimiento no reconocido de la pobreza hacia 2015 había influido en la derrota del FpV en 2015. Sus interlocutores originales -después se hizo confuso, como siempre pasa en twitter- lo negaban con énfasis.

Me quedé pensando. Y después de reflexionar, en mis ratos libres, tengo que decir que los termos tenían razón. En la batalla electoral de 2015, la economía no fue un tema decisivo, ni siquiera importante. Clinton estaba equivocado esa vez.

Ahora, como todas las afirmaciones terminantes, esa necesita desarrollos y condicionalidades. Empiezo apuntando al tema económico que figuró en la campaña, pero no en el sentido al que señalaba mi amigo autocrítico: el impuesto a las Ganancias que recaía en los sueldos por encima de un nivel (bastante alto). Y causó bastante fastidio entre posibles votantes del FpV.

Menciono ese contraejemplo porque apunta a una realidad básica, que condiciona el resto: el voto en nuestro país, y en todos, está muy segmentado según los niveles de ingresos. Seguro, hay mucha gente rica, o acomodada, que vota peronismo. Y muchos pobres -para indignación de esa gente acomodada- lo votaron a Macri. Pero estadísticamente -que es lo que importa para ganar elecciones- desde hace 76 años los más pobres ponen la boleta asociada con la identidad o el discurso del peronismo, y los más ricos ponen la boleta que exprese en ese momento la oposición al peronismo.

Es una simplificación, claro. Pero no es una opinión. Es la tendencia que hacen evidente los resultados electorales de los últimos 76 años en Argentina, para cualquiera que se moleste en examinarlos.

Esa tendencia no perdió vigencia en 2015, por supuesto. Ni en 1999, ni en 1983, para mencionar otras derrotas nacionales del peronismo. Sucede nuestra sociedad no está dividida entre una mayoría de pobres buenos y solidarios, y una minoría de ricos egoístas que los odian. Esa es una aceptable fantasía para los discursos militantes, siempre que no cometan el error que advertía Tony Montana y consuman su propia mercadería.

Nuestra sociedad, como todas las modernas, está segmentada en multitud de niveles. Por ingresos -estadísticamente, el más importante, junto con el de la seguridad y estabilidad en los ingresos (la fundamental diferencia entre el empleo «en blanco» y el cuentapropismo), los estilos de vida, la valoración o no de la educación, el aferrarse a valores tradicionales o desvalorizarlos, …

Y la hostilidad entre ellos -poderoso instrumento político- se puede manipular más fácilmente entre los segmentos cercanos. A uno le pueden caer mal, o no, los megamillonarios como Zuckerberg o Bezos, pero da más rédito político cabalgar la hostilidad, la desconfianza hacia la «casta política», para citar el negocio de moda. No que los políticos no hayan hecho méritos para ganarse esa hostilidad…

Pero eso es una moda reciente, importada de España, hasta en los términos. Un negocio político mucho más establecido, desde hace 14 años, es fomentar la hostilidad, la rabia, hacia la versión más actual y visible del peronismo, el kirchnerismo. No que el kirchnerismo no haya hecho méritos para ganarse esa hostilidad…

¿Qué tiene que ver esto con la elección de 2015? Todo. Y se ha dicho muchas veces. El kirchnerismo, en particular Cristina Fernández, ha construido un mensaje eficaz, y una «marca» poderosa. Pero llega a los ya convencidos. En 2015 Daniel Scioli no consiguió construir un mensaje eficaz, que sumara sectores a los que el kirchnerismo no llegaba ni llega, sin chocar con esos convencidos.

Lástima. Probablemente hubiera sido mejor presidente que Macri… (peor era muy difícil).

Quiero hacer un punto no tan repetido como el anterior, pero también obvio. En esa discusión de twitter, como en muchas otras, los entusiastas insistían mucho en «que se perdió por poco».

Cierto, pero es una consecuencia de la fuerte estabilidad, por 76 años y hasta ahora, de esos dos… núcleos de atracción de la política argentina: el peronismo y el rechazo / cuestionamiento al peronismo.

Se puede lamentar, o no, pero la indicación que el kirchnerismo es más genuinamente peronista que, por ejemplo, el menemismo, es que despierta más hostilidad en el antiperonismo. (Una cuestión de grado, eh. El no peronismo tampoco lo aguantaba al Turco).

¿La economía es decisiva? Sí. tienen razón Clinton y mi amigo Musgrave. Pero se expresa en una determinada realidad política y social. Que cambia, pero mucho más lentamente.

La demostración es que Macri, después del desastre económico -en los términos de su propio proyecto- que comienza en abril de 2018, obtiene un año y medio después un 40% de los votos para su reelección.

El punto no es que se perdió por 2 puntos, entonces. Es que nuestra sociedad está dividida en dos núcleos de atracción hegemonizados por dos fuertes identidades. Y la que gana debe gobernar a la otra, a la vez que construir un sistema estable. Ninguna de las dos lo consiguió, hasta ahora.

Termino. Y aclaro que repetí varias veces «hasta ahora», por un punto muy práctico. Esos «núcleos de atracción», ambos, están hoy bastante desgastados. Para ganar y llegar o conservar el gobierno, deben sumar afuera de ellos. Pero les es difícil. Cualquiera que examine el humor social, nota que se extiende el cansancio con este «empate hegemónico».


Los tipos de Unidad Histórica, Artemio López y las candidaturas de 2023

abril 5, 2022

Hace unos días mi amigo Artemio publicó en su blog, en Perfil y en Página 12 «Hacia un nuevo tipo de Unidad Histórica«. Confieso que no lo leí en ese momento. Porque viene planteando ese concepto desde hace 14 años; recuerdo ese mismo artículo, con pequeñas diferencias, en 2017, principios de 2019… Así que sentí que ya lo conocía.

Pero la semana pasada un tuitero prestigioso, también mi amigo, lo calificó como «sarasa teórica«. Y pensé que era injusto: la intención de Artemio es plantear una estrategia -con la que se puede estar de acuerdo o no; yo no estoy de acuerdo, por ejemplo-, y el problema es justamente que le falta teoría.

Paso a explicarme: el ejemplo favorito de Artemio -que muestra además la antigüedad de la idea- es la fórmula presidencial de 2007, Cristina-Cobos, y la ruptura en 2008. Vale, si estiramos el concepto de «unidad histórica» para incluir a estrategias ensayadas.

Néstor Kirchner desarrolló en su presidencia la Transversalidad. Incorporó al entonces Frente para la Victoria importantes sectores de la Unión Cívica Radical -el correligionario Cornejo militó ahí, junto a bastantes otros- y llevó como fórmula en 2007 a Cristina Kirchner y el radical Julio Cobos (Esa fórmula se impuso en casi todas las provincias y Cristina se convirtió en la primera, y hasta ahora única, mujer electa a la Presidencia de la Nación Argentina).

La idea de N. K. -influido tal vez por Torcuato Di Tella- era la formación de dos grandes coaliciones, una de centro izquierda, donde el radicalismo aportaría una expresión de las clases medias, y otra de centro derecha (Se dice que ya visualizaba para encabezarla al jefe de gobierno de Buenos Aires Mauricio Macri).

Como sea, problemas estructurales de la economía argentina -que no hay espacio para discutir en un posteo casual- rompieron al FpV (quizás influyó también una idea original -la resolución 125- del luego radical Martín Lousteau).

El hecho es que desde entonces mi amigo llama a «un nuevo tipo de unidad histórica». El núcleo central, hegemónico de esa unidad -en eso es terminante- sería el peronismo kirchnerista, como se expresó en los 12 años y medio de gobiernos K, con el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. Lo que no precisa -me parece- es qué otras realidades, conciencias, deberían contribuir a formar esa unidad.

(En sus momentos más entusiastas, Artemio sugirió que tal vez no sería necesario nada más. Si el FpV enfervorizaba a sus militantes, de alguna manera eso contribuiría a reunir el 40%+1 de los votos, y si la oposición se divide, ninguna otra fuerza llega al 30%… Voilá! La ley electoral argentina no exigiría el balotaje.

Pero es pedirle mucha ayuda a la oposición, sobre todo en estos tiempos polarizados. Y don López nunca fue claro -por lo menos en lo que leí de él- quiénes serían los otros a sumar. Y cómo hacerlo. Recuerdo haberlo bardeado sugiriendo que quería un frente de lacanianos y cookistas…

En sí, el tema no es teórico, sino muy práctico. Se expresa en los acuerdos electorales, la distribución de cargos en el gobierno (Max Weber tiene un buen análisis de esto) y se simboliza en las fórmulas presidenciales.

En 2019, estaba claro que un peronismo unido tenía una chance razonable de triunfar, luego del desastre de Macri. La resistencia que despertaba CFK en sectores de posibles votantes de un frente hegemonizado por el peronismo disminuía, disminuyó, si ella no era la candidata presidencial. La estrategia funcionó (y ya es irrelevante preguntar si otra estrategia también hubiera tenido éxito).

Ahora, Artemio -y muchos otros, K y no K- están disconformes con esta gestión, simbolizada, no importa si con justicia o no, por las figuras de Alberto, Cristina y Sergio.

El problema que se les presenta a los descontentos (de Este Lado; los del Otro Lado también tienen su problema, pero es distinto) es qué se le suma al peronismo kirchnerista, al que quizás irreflexivamente se lo da por seguro, para tener chances de conservar el gobierno. Porque «sin el P. K. no se puede, pero con el P. K. no alcanza»).

Entonces, qué se suma y cómo se expresará esa suma: ¿con Sergio en la boleta? con Perotti? con Schiaretti? con Milei?? O se probará otro rumbo, Cristina-Myriam (Bregman)???

El juego de nombres parece, es, poco serio. Pero apunta a algo muy real y concreto: las fuerzas políticas, las tendencias sociales se manifiestan en hombres y mujeres reales, que ocupan posiciones de poder y liderazgo.

Y ahí vuelvo (al fin!) a mi observación del comienzo: falta una comprensión teórica adecuada del problema, o se convierte en una danza de ambiciones y delirios. No es que la voy a hacer yo, pero quiero apuntar algunas ideas (muy conocidas, pero algo olvidadas).

Desde su origen, el peronismo sumó dos realidades sociales que fueron decisivas para determinar su naturaleza, y sus resultados electorales: los trabajadores de los suburbios industriales de las grandes ciudades y las mayorías en las provincias pobres.

Tuvo y tiene otras alianzas importantes, claves en algunos momentos: los militares nacionalistas, la iglesia católica, una burguesía industrial ambiciosa,… Más tarde, juventudes de clase media, y no sólo de ella, enfervorizadas por las imágenes de Vietnam y la Revolución Cubana… En una etapa muy «sui generis» se le sumaron sectores medios y altos, individualistas e ilusionados con ser ciudadanos del «primer mundo». Más recientemente, se le incorporó una clase media progresista, convocada por Néstor y Cristina.

Pero su base electoral, su realidad social, algo desflecadas, cierto, siguen siendo los trabajadores y las provincias pobres. Y me animo a decir que si están «desflecadas» no es tanto por las falencias de sus dirigentes -que las hay, por supuesto, pero no mitologicemos las etapas anteriores, tampoco- sino porque la realidad de la clase trabajadora y la sociología de las provincias fuera de la Pampa Gringa, cambiaron mucho.

Los «descamisados» de Evita hoy están divididos en tres realidades profundamente distintas: la de quienes trabajan «en blanco», con obra social y sindicato; los «cuentapropistas», divididos a su vez en miríadas de rubros y experiencias; y los desocupados. Que ya tienen sus propios sindicatos: los movimientos sociales.

Hoy esas tres categorías están mal, pero eso no las une automáticamente, ni estimula la solidaridad entre ellas, al contrario.

Y las «provincias pobres»… Doy un ejemplo, si se tiene en cuenta que cada una es una realidad muy distinta. En Jujuy ganaba el peronismo desde siempre… hasta 2015. Y en 2019 el gobernador radical fue reelegido. El liderazgo y el trabajo de Milagro Sala en pro de los más sumergidos no fue apreciado por una mayoría de sus comprovincianos.

Termino dándole la razón a Artemio, entonces. El peronismo necesita un nuevo tipo de unidad histórica. Agrego, uno que no pierda la que había construido a lo largo de su historia. Ya que empecé con una confesión, va otra: no sé cuál podrá ser. Pero debe empezar resolverlo este año, o no lo tendrá listo en 2023.

Repito mi habitual ejemplo del andaluz que explicaba el arte de la tauromaquia «Toreá es muy senciyo. Que viene er toro, se quita usté. Que no se quita, lo quita er toro».


El impuesto a los bienes en el exterior, no declarados «Todo el arte está en la ejecución»

marzo 29, 2022

Corresponde que empiece este posteo con una sincera felicitación a la compañera Juliana Di Tullio. Este proyecto que presentó es una brillante idea política, que ha sido bien ejecutada.

Al lanzarlo en este momento, permite unificar a los sectores enfrentados -y a los desconcertados, más numerosos- del Frente de Todos en torno a una propuesta política razonablemente concreta y que aparece audaz. Ayuda mucho -eso también tiene que ver con la oportunidad de su lanzamiento- que la oposición -Juntos por el Cambio y el dúo Clarín/La Nación- se «comieron la curva» y de inmediato lo calificaron de «inoportuno», «ridículo» y «delirio total». La polarización es la salud de las coaliciones.

(Estoy especialmente bien impresionado por la jugada, porque justo en estos días estuve leyendo a los opinadores más inteligentes de Este Lado que se mostraban pesimistas no sólo sobre las chances en 2023, sino sobre mantener la unidad del FdT. Me sentía inclinado a murmurar «Volvimos mejores, pero deprimidos«. Y sí, para alguien que vivió como se resolvían las contradicciones internas en los ´70, no cabe duda que hoy se manejan mejor).

En cuanto al proyecto en sí: seguramente podrá mejorarse en el debate. Hasta con el aporte de legisladores de JxC, que conocen del tema, en cuanto se aviven. Pero está bien pensado y desarrollado, sin duda con el aporte profesional de algunos colegas.

Su núcleo es el artículo 7: «Los recursos … provendrán de lo recaudado por un aporte especial de emergencia que se aplicará a los bienes situados y/o radicados en el exterior que se localicen o detecten a partir de la entrada en vigencia de la presente Ley y no hayan sido declarados ante la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP)«.

¿Tiene chances de lograr resultados concretos? En mi opinión, . La tolerancia de los Estados más o menos serios y de sus organismos de recaudación, con los «bienes no declarados» ha disminuido mucho en las últimas décadas. Hasta han financiado discretamente algunas «investigaciones periodísticas» que revelaron los capitales ocultos en paraísos fiscales, y los nombres de sus dueños. En estos días, la situación de algunos bilonarios a los que se considera amigos de Putin hizo más notoria esa actitud.

Argentina, entonces, si consigue hacer una trabajo diplomático medianamente competente y sobre todo discreto, podrá obtener colaboración. La Unión Europea está tan irritada con sus evasores que hasta ha divulgado nombres de quienes tienen fondos no declarados en aquellos países entre sus propios miembros que juegan el papel de Uruguay en nuestra región: Irlanda, Luxemburgo… Por alguna razón, a Liechtenstein no se lo menciona. Pero no aconsejo a nadie abrir la cuenta más inocente en Chipre.

EE.UU. … tal vez no dirá nada sobre los depósitos en Delaware, pero se ha mostrado dispuesto a revelar secretos en Panamá y en el Océano Índico.

En resumen: no creo que se recauden los 40 y tantos miles de millones de dólares de la deuda con el FMI, pero se podrá conseguir sumas interesantes, y de paso se mejorará la calidad de la política local. Eso sí, para dejar de ser un país deudor, será necesario que, con mucho esfuerzo, nosotros lleguemos a ser un país acreedor. Eso es el capitalismo, gente.


La ancha y poceada avenida del medio, y el acuerdo con el F.M.I.

marzo 11, 2022

Hoy a la madrugada la Cámara de Diputados aprobó un proyecto sobre el acuerdo a firmar con el FMI. Obtuvo amplia mayoría, con votos del oficialismo y de la oposición: 202 a favor, 37 en contra y 13 abstenciones. Lo de «ancha avenida del medio» va, entonces, porque ese resultado parece mostrar un amplio consenso. Lo de «poceada» va porque indica menos -u otras cosas- de lo que parece.

Hay un toque irónico, de esos que a veces le gustan a la realidad: el principal armador de los acuerdos políticos que se expresan en este resultado fue el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Y Massa fue quien irrumpió en la primera línea de la política argentina (la de precandidatos presidenciales) en las elecciones de 2013, con un triunfo claro en la provincia de Buenos Aires con esa consigna, la de «la ancha avenida del medio»: convocar a los votantes peronistas, y a los que aprobaban de las políticas del gobierno en ese momento, pero rechazaban la «crispación» kirchnerista. ¿Se acuerdan?

Luego, esa propuesta perdió atractivo. Sólo dos años después, se hizo evidente que la división histórica en el electorado, y en la sociedad, seguía muy vigente. La coalición entre quienes rechazaban y quienes temían al peronismo sólo necesitaba un candidato «propio» aceptable para expresarse en las urnas. Y la coalición que desde 1945 conduce el peronismo: los sectores más humildes de la sociedad, las provincias pobres, los que quieren un país industrial, más -desde la presidencia de Nestor Kirchner en adelante- una gran parte del voto «progresista», seguia unida. Especialmente, por la presencia de la otra coalición. Como sucede a menudo en la política democrática en muchos países, es su enfrentamiento lo que da vigencia y cohesión a los adversarios.

Así, para 2019, la «ancha avenida» ya era «calle angosta, la de una vereda sola». Previsible: la «tercera fuerza» que había estado presente en las elecciones nacionales por casi medio siglo, por izquierda con el Partido Intransigente o el Frepaso, o por derecha con la Ucedé, se fue desvaneciendo. La polarización ha ido creciendo.

Las elecciones de ese año mostraron dos cosas: el peronismo y el filo peronismo, si se unía a pesar de sus distintos matices y sus antagonismos, podía alcanzar una cómoda mayoría. Y sus opositores, a pesar de terminar su gobierno con un desastre económico, podían obtener un 40% de los votos.

Repaso esta historia sabida, porque me parece más importante que el consenso de estos días en Diputados en torno a una batalla simbólica, y porque es el trasfondo que hace posible ese consenso.

Lo de «batalla simbólica» puede ser tema de otro posteo. En éste, la reflexión es bastante obvia: las dos coaliciones, una hoy oficialista y otra hoy opositora, siguen existiendo. Y, también, van apareciendo «alas», un fenómeno que en otros países está más formalizado que entre nosotros.

Para hacer una analogía -imperfecta, como todas- con la política española: los peronistas que aprueban el acuerdo con el FMI ¿»los posibilistas»? serían el PSOE, y La Cámpora más otros que lo rechazan ¿los «imposibilistas»? podrían llegar a ser Podemos. (No puedo resistirme a señalar que en esta analogía, Carlos Menem habría sido el Felipe González local). El radicalismo, más la Coalición Cívica, ocuparía el lugar del PP, y el «macrismo duro» el de Vox.

Ahora, las analogías pueden ser útiles para visualizar una realidad, pero son engañosas si se toman en serio. La realidad política argentina es muy distinta de la española. Lo que yo creo, en mi falible opinión, es que esas dos coaliciones seguirán vigentes y separadas, porque ambas ofrecen a sus dirigentes y militantes una razonable chance de conservar o llegar al gobierno.

(Esto lo digo, agregando un proviso que los matemáticos llaman ceteris paribus «si las otras variables permanecen igual». Por ejemplo, una crisis económica grave, con un golpe hiperinflacionario -la expectativa y esperanza del «macrismo duro»- cambiaría el escenario: abriría la posibilidad de opciones «ultras» y haría inevitable una recomposición de las coaliciones actuales. También, una recuperación que derrame prosperidad le daría a Alberto su chance para ser reelegido).

Igual, si no hay sorpresas, la competencia entre el FdT y JxC -u otros nombres que adopten, es la realidad del 2023.

Este año 2022 es el de las definiciones dentro de cada coalición. La competencia entre esas alas por imponer su mensaje como el mensaje que se va a transmitir a la sociedad, a sus votantes y a los indecisos, el año próximo. Y, naturalmente, cuáles son las figuras que lo expresarán, en el escenario nacional y en los muchos escenarios locales.

Y aunque no haya elecciones, esta competencia se definirá por el eco que consigan esas «alas» entre los futuros votantes. Porque ambas coaliciones terminarán eligiendo para la contienda de 2023 a los que creen que pueden ganar. O, como dicen en la coalición de Este Lado «perder no es peronista».


El poceado camino a 2023

febrero 13, 2022

A menudo agregamos comentarios editoriales a las notas en AgendAR. En mi caso, supongo que mi carrera criminal como bloguero me dejó la costumbre. El punto es que en un artículo reciente sobre la situación de la economía en Argentina, bastante positivo, con indicadores favorables, agregué una reflexión sobre el clima social. Negativa.

No lo subí a este blog, porque ya hay abundante «negativismo» entre los politizados. Demasiado, en realidad. Pero desde un sector del oficialismo, o ex oficialista, ya se lanzó en los medios “La derrota en el 2023 con este acuerdo con el FMI está con altísima probabilidad asegurada”. Y me decidí a comentarlo aquí.

Porque la mía es una mirada bastante distinta. Creo que ya dije aquí, y si no lo hago ahora, que el acuerdo con el FMI es un dato importante como indicador del posicionamiento de las distintas corrientes políticas dentro de las dos grandes coaliciones, pero no influirá mucho en el largo plazo en la economía de nuestro país («largo plazo» en Argentina = 2 años).

Porque desde 1956, cuando hicimos el primer acuerdo con el Fondo, nunca cumplimos ninguno. No sé porqué lo haríamos ahora.

Entonces, el problema es otro, según lo veo yo. Aquí está lo que veo, y escribí en AgendAR:

«No abundaremos sobre el extenso análisis económico de Tigani. Nuestra intención es apuntar a un factor que no debe tomarse solamente como un dato más de la economía. Por su efecto directo, y desproporcionado, en el humor social y también en la conducta de los agentes económicosla alta inflación.

Para los economistas del «mainstream», la corriente principal en los países desarrollados, la inflación es una patología, y los más superficiales entre ellos creen que puede y debe ser solucionada rápidamente. Con «metas de inflación» de los Bancos Centrales, por ejemplo. (Será interesante ver las medidas que toma la Reserva Federal frente al 7,5% anual en EE.UU., pero no tendrán relación con nuestro problema).

En cambio, los economistas que favorecen una distribución más equitativa de los ingresos, y también los que privilegian el desarrollo de las capacidades productivas -hace unas décadas se los llamaba «estructuralistas»- se encuentran incómodos encarando el problema. En todo caso, prefieren un enfoque «gradualista». Un gradualismo que no acaba de empezar.

Es un errorHoy en nuestro país no hay un factor más irritativo para todas las clases sociales -ni la pobreza, ni la corrupción. Ni que desestimule más la planificación a largo plazo (más allá de 3 meses).

No es un tema creado por los medios. La información se recibe todos los días en el supermercado, o al cargar combustible, o al reemplazar la mercadería. Para ponerlo en términos políticos, si la inflación no baja «no hay 2023». Mejor dicho, habrá un 2023 con malas noticias para el gobierno.»


Revisitando «China: ¿nuestra nueva Inglaterra?» 8 años después

febrero 6, 2022

Cristina Fernández y Xi Jinping

El 21 de julio de 2014, en ocasión de la visita del presidente Xi, publiqué dos posteos con este título (tenía más tiempo libre entonces). Después, volví a usar partes del texto en el blog y en AgendAR. Necesita ser actualizado, claro, y trataré de hacerlo.

Pero, modestamente, creo que vale la pena releerlo entero.

ooooo

Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente; su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época. Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos, al que adhiero, es que distorsionaron el desarrollo nacional, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa «Arabia Saudita de las vacas y el trigo» que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba «Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur«. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros «diarios serios».

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer. Pero se ha hecho muy tarde, y debo dormir. Se los sigo luego.

ooooo

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Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, «diferentes» en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de «occidente». Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de «crushing»: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la «densidad nacional» de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la «insubordinación fundante» a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.


¿Se puede hacer un «Pacto de la Moncloa» DENTRO del peronismo?

febrero 3, 2022

Los «pactos de la Moncloa» (fueron 2) son una fantasía recurrente en la política argentina desde hace 40 años: un acuerdo entre todas las fuerzas políticas con votos y «territorio» para decidir una política económica coherente y reglas de juego en una democracia estable…

En mi opinión, esto no es posible entre nosotros, por razones históricas y estructurales. Falta un requisito clave: el ganador previo. El sector que ya haya construido una hegemonía estable (como la hubo en España por los 40 años anteriores) y que tenga la lucidez para apreciar que el mundo cambió y que debe «abrir el juego» y negociar. Aquí ni siquiera tenemos una motivación concreta: nadie nos va a invitar a entrar a la Unión Europea en el futuro previsible.

Pero esto es sólo mi opinión, y puedo estar equivocado. A menudo lo estoy. En lo inmediato, me parece que hay un dato ineludible: la coalición opositora tiene una razonable chance de ganar las elecciones presidenciales del año que viene, como ganó las legislativas el año pasado (si consigue no tropezar con sus propios pies, claro. Pero lo mismo puede decirse de la coalición oficialista).

Ambas coaliciones van a negociar, por supuesto. Lo hacen todos los días, a veces en público y mucho más en privado. Eso es la política. Pero hay un límite infranqueable que pone la realidad: si se diluyen, si dejan de ser lo opuesto al Otro, pierden la mayor parte de sus respectivos votantes, y la chance de llegar al gobierno. Puede ser que no tengan un plan detallado de qué van a hacer -hoy, ninguna de las dos lo tiene- pero los sectores que se expresan allí saben en qué dirección quieren avanzar.

Entonces, la pregunta que me parece corresponde es más práctica y más ajustada a nuestra realidad. Es la del título: ¿Se puede hacer un «Pacto de la Moncloa», un acuerdo estratégico, entre las fuerzas peronistas y filoperonistas con votos, «territorio» y/o poder social que forman la coalición oficialista?

(La misma pregunta se puede hacer sobre la coalición opositora, pero eso queda para otro posteo, si lo hago).

De entrada hay que señalar algo: ya fue hecho antes. El paso decisivo lo dio Cristina Kirchner el 18 de mayo de 2019, cuando propuso a Alberto Fernández como candidato a presidente y anunció que ella iría de vice.

En conversaciones privadas -no podía ser de otra forma, con la tradición argenta de intransigencia discursiva- el pacto de la Moncloa peruca se armó rápido. Quedaron afuera -inevitable- desilusionados y «viudos», pero todas las realidades con votos -hasta el «cordobesismo»- se sumaron y consiguieron un muy satisfactorio 48% de los votos cinco meses después.

Claro, eso es historia. Dos años de gobierno de la coalición que se armó, y ese acuerdo es uno «con Nínive y con Tiro» y otras ciudades arruinadas, diría el poeta de un viejo imperio.

Si estoy en lo cierto, la tarea de este año 2022 en el peronismo y afines será armar las condiciones de un nuevo acuerdo para las nada lejanas elecciones presidenciales. El marco electoral no será el mismo, por lejos: el factor principal en el triunfo de 2019 fue la gestión de Macri, y esa ya queda un poco lejos. Pero esto todos los dirigentes de algún peso lo saben.

Hay un factor, poco conversado, que juega a favor, por ahora: la estabilidad de cualquiera de las dos grandes coaliciones depende de que la otra no se parta. Si una de las dos se divide en serio, el escenario pasa a ser distinto e impredecible, como insinué en 2022, y el escenario que se puede caer.

Agregaré ahora algo más que ayer a la tarde largué en un tuit (sí, a veces me tiento): ´Detecto (en una forma muy imprecisa y no cuantitativa, ojo) una porción significativa del público que desarrolló rechazo por la épica de Este y el Otro Lado. ¿»La mayoría silenciosa» de Nixon? No. Ese era claramente conservador. Este sería «Pocas ilusiones. Cansado»´.

Sumar -para cualquiera de los dos lados- ese sector de votantes será el factor decisivo en las presidenciales. Pero esa es una tarea para el 2023. Hasta entonces, lo mejor para el oficialismo, será acordar entre los sectores que permanecen en el gobierno -que son todos- y gobernar.


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