El chau a Carlos Melconian

enero 20, 2017

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El Grupo Clarín y su política laboral han causado y causan perjuicios, angustia y humillación a mucha gente. Y algún costo va a pagar por eso, como ya comenté. Pero lo justo es justo: a veces me ahorra trabajo. Es que en este enero, con las vacaciones que me voy a tomar y las que se toman otros, no me queda mucho tiempo para reflexiones en el blog. (Asume Trump, y me siento obligado a subir algo!)

Hoy Ricardo Roa, que es un periodista que escribe bien y a la vez un leal soldado del Ejército Revolucionario de Magnetto, me deja servido un post de actualidad. Agrego dos preguntas para los amables lectores ¿El verticalismo, no era una cosa mala y K? Y la más importante ¿cuál es este operativo del ERM? Sin más, copio:

“Como un señorito francés y acompañado por su esposa Juliana Awada Mauricio Macri pasó horas en el cumpleaños número 60 de Carlos Melconian. Fue a comienzos de noviembre. Una fiesta cálida y grande con muchos amigos de las dos vidas de Melconian: la de su barrio Valentín Alsina y del fútbol y la de la política y los negocios.

No estuvo ninguno del Trío Ellos Son Yo de Macri. Ni Marcos Peña ni Mario Quintana ni Gustavo Lopetegui. No eran ni son amigos de Melconian que no los considera pares para discutir sobre economía. Pero fueron los que dos meses después convencieron a Macri que debía echarlo del Gobierno. Y Macri lo echó.

Cualquiera imagina que deben haberle llevado una larga lista de quejas. Algunas desde el comienzo mismo del Gobierno, cuando le ordenaron a Melconian que abandonara su costumbre de hablar. Eso quería decir que dejara que criticar cosas que ellos hacían y que Melconian consideraba mal hechas.

Melconian lo hizo a su manera: paró de hablar en público aunque nunca del todo y paró menos de hablar en privado. A veces o bastantes veces cosas que decía en privado terminaron por volverse públicas.

Si fuese por Peña, los ministros y los funcionarios tendrían que llamarse a silencio a menos que les indiquen que tienen que hablar. Así entiende la comunicación el jefe de la comunicación oficial.

Hubo en este tiempo muchos enojos con lo que Melconian opinaba o con lo que decían que Melconian opinaba. ¿Y qué opinaba Melconian? Por ejemplo que el gasto público se achicaba muy poco o que directamente no se achicaba. Que se habían desperdiciado los beneficios de la devaluación. Y que el Gobierno no tenía una primera espada para guiar la gestión económica fraccionada en siete ministerios que ahora son ocho.

Del otro lado leían que Melconian se candidateaba para reemplazar a Prat-Gay, un cargo que había imaginado para él desde el comienzo. Y que se sorprendió de que no se lo hubieran dado. Melconian es un PRO de la primera horneada. No sólo como técnico sino también como cuadro político.

Hubo dos gotas que colmaron el vaso. La primera cayó en diciembre cuando el Gobierno le pidió al Nación una parva de plata para tapar el agujero fiscal y Melconian corcoveó. Peor fue la segunda: se cortó solo con los aumentos salariales para los bancarios, por encima de la pauta fijada por Macri.

Parte de esto explica por qué Melconian terminó llevado en andas por los empleados y por qué Palazzo, el ultracristinista jefe del gremio, lo despidió como “un gran presidente del Nación”. También llovieron elogios de algunos de los que lo echaron. Previsibles elogios post mortem. Y elogios curiosos: el PRO pone la gestión por delante de todo y a un funcionario que dice hizo una muy buena gestión lo echa. De otras gestiones que teclean, mutis. Lo que más vale es estar alineado.

Otra curiosidad: argumentar que la salida de Melconian fue para homogeneizar el equipo económico. Lo que en realidad homogeneizaron es el control del equipo económico. Al liberal Melconian lo reemplaza el keynesiano González Fraga y al keynesiano Prat-Gay lo reemplazó el liberal Dujovne. La misma mescolanza con distintos nombres.

Quizá la mayor curiosidad sea que no fue Macri ni siquiera Peña sino Quintana el que citó a Melconian para decirle que su etapa estaba terminada. De un plumazo y sin explicaciones directas de su amigo el Presidente”.


Sigue la nueva batalla de Clarín

enero 18, 2017

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Como anticipé aquí, esto no iba a salir gratis, contador.


La nueva batalla de Clarín

enero 17, 2017

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Hoy, martes 17, la Policía Federal reprimió en medio de un enorme dispositivo de seguridad, a los trabajadores de Artes Gráficas Rioplatense (AGR) que tomaron la planta en rechazo de los casi 400 despedidos anunciados ayer por la empresa del Grupo Clarín“.

Una noticia como otras, bastante común en estos meses. Pero es especialmente mala para Macri, estimo. Porque a Clarín no le interesa cargar con esa imagen. No es una buena política empresaria, para un grupo de medios dirigidos a un público masivo. Tendrá que disimular pegándole más a este gobierno.


El neoliberalismo “progresista” y el progresismo autocrítico

enero 17, 2017

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Mi amigo Roberto Roitman, hombre de lecturas cultas -Zygmunt Bauman, entre muchos- me hizo llegar este artículo de Nancy Fraser, una intelectual feminista estadounidense, profesora de ciencias políticas y sociales en The New School de Nueva York. Es decir, una referente de la elite “izquierdista” o progresista, “liberal” como le dicen allí.

Una elite que a pesar de haber sido derrotada por el Donald, conserva mucho poder. A través del manejo de muchos y muy influyentes medios, y, sobre todo, como usina de pensamiento para gran parte del mundo desarrollado. (Y su eco, llega, simplificado, a nuestros medios progres, cómo no).

Le dije a Roberto que era interesante pero largo. Pero, bueno, muchos estamos o vamos a estar en vacaciones y habrá tiempo libre para leerlo. Vale la pena. Porque, sin decirlo con todas las letras, es una autocrítica lúcida de un sector que, repito, maneja poder en el mundo desarrollado y, desde allí, en todo el globo.

Creo que nos resulta especialmente interesante para los argentinos, porque su equivalente local, aunque es menos “elite” y maneja muchos menos recursos, tiene una inserción política como la que Nancy Fraser quisiera ver en su país. Me refiero a los intelectuales progres -muchos- que apoyan a Cristina Kirchner. F0rman parte, entonces, de una coalición que -outsider y cuestionada en el presente- tiene buenas chances políticas.

También a ellos les sirve esta nota. Porque es el reconocimiento que las viejas consignas progres hoy no suman mayorías electorales (En Argentina, nunca lo hicieron). Necesitan plantear objetivos y alianzas más concretos que el emocional “Volveremos!”. Estoy seguro que CFK lo tiene claro ¿Ellos?

El final del neoliberalismo “progresista”

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre ellas, podemos mencionar el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación Demócrata en los EEUU y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia.

Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen “¡No!” a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo financiarizado. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la crisis del orden financiero global en 2008.

Sin embargo, hasta hace poco, la repuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y elites del establishment, al menos en los estados capitalistas poderosos como los EEUU, el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partido, repudian el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto.

No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como una contradicción, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EEUU y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes.

En la forma que ha cobrado en los EEUU, el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que, en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.

El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EEUU durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los “Nuevos Demócratas”, el equivalente estadounidense del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el Sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barack Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las sindicatos, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a substituir al difunto salario familiar.

Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio lustre un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña elite de mujeres “talentosas”, minorías y gays en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”.

El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el Sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.

Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.

Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado Demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment Republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales Republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del Partido, la insurrección de Sanders  fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.

Sin embargo, y de ahora en más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la financiarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficios empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.

En lo que a mí hace, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución ninguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.

Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “banda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.

Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos.


Algo sobre inmigrantes

enero 16, 2017

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Lelio Mármora, aunque nació en Argentina, es un ejemplo interesante de uno de los fenómenos inmigratorios que son su tema de estudio. Un argentino, doctor en Sociología en la Universidad de París y que ya entonces tenía prestigio internacional en el tema, volvió a su país para ser director de Migraciones en 1973-1974. Parte de la cosecha de “materia gris” que Perón pedía. Como sabemos, no resultó un momento propicio para esos aportes. Estábamos muy ocupados en nuestras luchas internas.

Como sea, Mármora continuó trabajando en el mundo académico, en organismos internacionales y, algunos años, en el gobierno de Néstor Kirchner. Este reportaje reciente, con alguna información interesante, me parece útil ahora que se vuelve a discutir y rebuznar entre nosotros sobre los inmigrantes.

¿A qué atribuye esta nueva puesta en escena de los inmigrantes en la Argentina?

“Por un lado, hay un efecto imitación de lo que está sucediendo en Estados Unidos y Europa, pero nuestra realidad social y económica es distinta. Argentina tiene una cultura de hibridación muy grande, que gestó la identidad nacional. La inmigración fusiona, recrea, y los argentinos somos el resultado de esa gran mezcla con inmigrantes. Acá nunca hubo ghettos ni “multiculturalismo”, como en Europa o Estados Unidos. París hoy es una ciudad ghettificada. Acá puede haber predominancia de ciertos migrantes en barrios de emergencia pero obedece a una cuestión económica.

¿Advierte una discriminación por pobreza hacia los inmigrantes?

Creo que es una crítica a las migraciones sudamericanas, similar a las que se hicieron a las migraciones internas locales, con los “cabecitas negras” o los “negros”. Hoy los bolivianos ocupan ese lugar en el imaginario colectivo. Cuando el legislador radical (Ernesto Sanmartino) habló de “aluvión zoológico” en los años ‘40 , no es muy distinto de lo que dice el senador (Miguel) Pichetto (FPV) hoy, aunque sean de partidos diferentes. Pero siempre hay alguna intención detrás de estos discursos.

 ¿Cuál sería?
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Por un lado, ver si se consigue algo electoralmente, pero no dará resultado porque las migraciones nunca formaron parte de la plataforma de los partidos políticos. A fines de los ‘90 hubo una fuerte campaña antimigratoria y xenófoba, donde se presentaba a los inmigrantes como parte de una ‘invasión silenciosa’, que quitaban el trabajo a los argentinos en la competencia laboral y que las cárceles estaban repletas de inmigrantes. Esa campaña fue el precedente de un convenio con Siemens para mejorar los controles fronterizos con nueva plataforma tecnológica y el reemplazo de los DNI. Luego la misma empresa admitió sobornos y debió anularse. En Europa hay muchos negocios detrás de la xenofobias: la construcción de muros, los centros de detención de inmigrantes, las deportaciones… Cuando cayó el muro de Berlín todo el mundo aplaudía. Hoy hay 20 mil kilómetros de muros en todo el mundo.

Ahora se puso el foco en los extranjeros que concurren a la universidad pública. Sobre todo los colombianos. ¿Cuál es su incidencia?

Que vengan extranjeros a estudiar es un negocio para el país. Permanecen cuatro años, alquilan, se alimentan, consumen y también son contribuyentes. De la investigación que realizamos, el 75% de los estudiantes colombianos trabaja formalmente, en empleos registrados. Y el 50% manifestó que permanecerá en el país después de graduarse. Por lo cual, Argentina se queda con una capacidad instalada de recursos humanos calificados. En una economía del conocimiento como la que existe, que un profesional extranjero se quede es muy importante. En Estados Unidos y Alemania se incrementan las becas para estudiantes extranjeros. Canadá pone carteles en Silicon Valley para que vayan a estudiar a su país si no encuentran cupo en las universidades. Los estudiantes extranjeros, aunque no paguen la carrera de grado, representan una inversión. Y apenas es el 4% de la matrícula de la UBA. Y en los posgrados, el 15% son extranjeros, y pagan el doble de matrícula que los nacionales.

¿Hay estudios confiables sobre el uso de los servicios de salud pública por parte de extranjeros?

Desde el Instituto de Políticas de Migraciones y Asilo (IPMA) hicimos un estudio sobre 4 mil casos en los principales hospitales del conurbano bonaerense y el total de la población migrante que se atendía era el 12%. La mayoría era mujeres que concurren por cuestiones de embarazo, es decir, va a tener hijos argentinos. En una población que envejece, el aporte demográfico es siempre un “bonus”. Argentina sigue siendo un país vacío, con un desequilibrio poblacional enorme. Necesita poblarse. Durante la dictadura militar al migrante de países vecinos se lo tomaba como posible subversivo y no se aceptaba su radicación. Se integraba las políticas de seguridad a las migratorias. Hoy tenemos una ley de inmigración basada en los derechos humanos, la libre circulación y la residencia, con las mismas facilidades que tienen los argentinos que se radican en Bolivia, Chile, Paraguay , Brasil, o Uruguay, porque son convenios regionales. Y ya hay 300.000 en los países limítrofes, que representa poco menos de un tercio de los argentino2s que viven en el exterior”.

Este dato es interesante, ahora que circula en las redes sociales una “carta de un argentino radicado en Bolivia”, invención berreta si las hay. Es cierto hay un argumento plausible en que un país debe protegerse de los delincuentes que traten de radicarse en él. Uno puede pensar en una conocida familia originaria de Calabria, por ejemplo. Pero… los delitos los cometieron ya instalados aquí.

Por lo menos, estamos lejos de la situación que describe esta divertida noticia: “El gobierno checo permitirá a sus ciudadanos armarse para combatir a los terroristas islámicos.


Encuestas, campañas y estrategias

enero 15, 2017

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Los lectores consecuentes del blog saben que siempre insisto que las encuestas sobre preferencias electorales -si están bien hechas- son “fotos” de los estados de ánimo de sectores de la población. No predicen ganadores y perdedores; para eso los horóscopos son mejores, o al menos más baratos.

Ahora, los lectores, consecuentes o no, y el bloguero mismo también saben que nadie va a resistirse a leerlas. El impulso de tratar de anticipar el futuro…

La encuesta que mencionaré ahora fue publicada ya hace varios días, y tuvo mucha repercusión en los medios. Copio una noticia que la resume, por si alguno no la conoce (difícil), pero voy después a los puntos que creo interesantes: cómo es que se divulgó tanto; cómo se refleja -o no- en las campañas en marcha; y cómo son esos “estados de ánimo” que revelaría / confirmaría.

Dice La Política Online:

Una encuesta de la consultora Management & Fit, de Mariel Fornoni, confirma que Cambiemos está tercero en la intención de voto para las elecciones en la provincia de Buenos Aires, detrás de Sergio Massa, junto a Margarita Stolbizer, y Cristina Kirchner, con Daniel Scioli.

Los datos del trabajo de M&F reafirman que el Gobierno enfrenta un panorama complicado en la que considera “la madre de todas las batallas” de las legislativas de octubre, y que podría ser determinante para el éxito de la gestión de Mauricio Macri. De acuerdo a los números de la encuesta, el oficialismo está casi veinte puntos detrás de otras opciones. 

El sondeo, realizado en los últimos días de diciembre, muestra que la fórmula Massa-Stolbizer (encabezando el tigrense la lista para el Senado y Margarita la de Diputados) tendría una intención de voto de 35%. En segundo lugar aparecen Scioli-Cristina con 29,7%, mientras que una fórmula oficialista de Jorge Macri y Elisa Carrió suma 18%. Los indecisos son el 9,2%.

Este dato se complementa con otros también preocupantes para el Gobierno, como la aprobación de la gestión de Macri que es de apenas 39,1%. En cambio, el 52,1% desaprueba al Presidente. En este ítem, María Eugenia Vidal le saca mucha ventaja a su jefe político: el 56,9% aprueba la gestión de la gobernadora y el 34,4% la rechaza.

En cuanto a imagen positiva, también Vidal es la que lidera la lista con el 70,5% (24,9% de negativa), seguida por Massa (61,9%), Facundo Manes (60,8%), Stolbizer (59,9%) y Florencio Randazzo (58,4%). En este punto, Macri tiene una imagen positiva de 52,2% y negativa de 44,5%, y está por arriba de Cristina y Scioli.

El otro dato negativo para la Casa Rosada de cara a la elección es el bajo nivel de conocimiento de sus posibles candidatos, a excepción de Carrió. El más conocido es Jorge Macri con un nivel de 62,7%, seguido por Esteban Bullrich un 62,3%, aunque Macri ya dijo que no será candidato. Mucho menos conocidos son Facundo Manes (40,1%), Carolina Stanley (34,1%), y Gladys González (16,7%).

Esto configura el peor escenario para Macri y Vidal, que tienen su suerte atada a Lilita en la provincia de Buenos Aires. La cúpula del PRO no quiere saber nada con que la líder de la Coalición encabece la lista bonaerense y ya le tentaron con una candidatura en la Ciudad y hasta analizan crear una agencia de lucha contra el narcotráfico y ofrecérsela. Pero con los números a la vista, la candidatura de bonaerense de Carrió parece la mejor opción.

Otro dato de la encuesta de Management & Fit es que midió un escenario sin Massa y con Roberto Lavagna acompañando a Margarita. Pero el plan B del tigrense quedaría en segundo lugar (con una intención de 28,6%) frente a Cristina y Scioli (31,4%). En este escenario, se midió por el oficialismo a Jorge Macri junto a Graciela Ocaña. Apenas llegan al 14,3%“.

Esta encuesta fue publicada hace algunos días por LPO, pero no quise subirla al blog. Había un punto de interés: contradecía, en apariencia al menos, una de Rouvier -otro de los principales encuestadores- que sí subí, que dejaba al Frente Renovador en un tercer lugar, lejos.

Pero… Management & Fit se apresuró a decir públicamente que ellos no eran los que habían divulgado esos datos. Y que los nombres de los candidatos no habían sido seleccionados por ellos. Sonaba mucho a operación, qué quieren que les diga (Todas las publicadas lo son, claro, pero es necesario algo de prolijidad).

Lo que me llamó la atención, luego, es que estos resultados de la encuesta fueron publicados en pocos días en una diversidad de sitios. Poniendo el acento en distintos puntos, claro. Al canal C5N y blogs kirchneristas les sirvió para remarcar la impopularidad del gobierno. También la publicó La Tecla -que leen todos los sectores de la fauna política bonaerense-, y el diario Ámbito, muy oficialista en el último  tiempo.

El otro punto que hace mirar con más atención a esta encuesta, es que los únicos actos de campaña que está haciendo el Presidente Macri son al lado de la gobernadora Vidal. Por supuesto, el gobierno cuenta con el activísimo equipo de Marcos Peña en las redes sociales, y la “cadena oficial de medios privados” (más sobre esto más adelante). Pero las apariciones públicas, el espacio tradicional de una campaña incipiente, son al lado de María Eugenia.

Ahora, todos estos pormenores, y los mismos números “finos” de la encuesta, no son, en mi opinión lo importante. Ni siquiera como operación. Cada sector de los politizados creerá los que le conviene, y rechazará como operaciones los que no. Los argentinos no politizados, que son la mayoría… todavía están pensando en otra cosa.

Lo que me parece fundamental es que esta encuesta, como otras, confirma que en esa mayoría de argentinos no politizados existen todavía tres “espacios de opinión”, imprecisos pero notorios.

Uno es el que se define por su rechazo a la reciente experiencia kirchnerista y en particular a Cristina Kirchner. No es uniforme: algunos cuestionan con furia el discurso progre entonces oficialista (son “comezurdos”, dirían en mi barrio). Otros son el antiperonismo tradicional. Pero los matices no importan en la práctica, es el sector que se “aferra” al gobierno actual, porque lo ve como la alternativa al kirchnerismo / peronismo.

Atención: a este sector, salvo en una franja muy precisa -la que coincide con el espacio social del partido vecinal porteño PRO- no se lo puede llamar macrista. Ni los no politizados entre ellos se consideran radicales: tienen un mal recuerdo de la experiencia Alfonsín.

Su vocero natural sería Clarín. Ese diario no se priva de pegarle a menudo a Macri. Pero siempre deja claro que lo peor, lo inadmisible, es el kirchnerismo.

El otro espacio numeroso es el que recuerda favorablemente a los gobiernos K. Algunos, muchos, por que lo identifican con lo que recuerdan o conocen de las mejores experiencias peronistas. Otros, numerosos en los sectores medios urbanos, son lo que puede describirse como el progresismo filo K. La mayoría -¿recuerdan que insistí en que no son los viven de o por la política?- porque estaban mejor en ese tiempo.

La recesión macrista -que, en mi opinión, es imposible que aminore significativamente este año- ha hecho más numeroso este espacio. Lo curioso, hasta donde puedo apreciarlo, es que no lo ha ampliado tanto como logrado que los ataques del primer sector, el oficialista “por default”, les resulten indiferentes.

Porque la polarización entre ambas posiciones, avanza… pero no tanto. La lógica, y la sabiduría de políticos experimentados diría que la separación debe ser más tajante entre los beneficiados y los perjudicados con la gestión Macri. Yo mismo -no tan experimentado- preví en el blog en el 2014 y a principios de 2015 que la polarización iba a ser el un elemento dominante, aún antes de las PASO. Pero no fue así.

Aparece aquí un problema de identidades culturales profundas. Una constante en la historia argentina, se podría decir.

Esto no significa que estoy tomando posición en la aparente diferencia entre Rouvier y Seita sobre las posibilidades electorales de Massa. No. Lo que me animo a decir ahora es que ese espacio, demasiado fastidiado con las políticas de este gobierno para acompañar al oficialismo, pero que tampoco se inclina “de entrada” por una opción kirchnerista -la única que hasta hora ofrece con claridad el peronismo en la provincia de Buenos Aires, el “playground” de los encuestadores. Y ninguna de las campañas en marcha lo enfoca todavía.

No lo está haciendo el massismo, hasta donde puede percibirse. No se desvanece, como le pasó a De Narváez después de 2009. Pero su electorado potencial hoy no se distingue claramente -en los perfiles que pueden trazarse en las redes sociales, por ejemplo- del de Cambiemos. Algunos colegas que colaboran en su campaña me han dicho que su imagen  positiva en las encuestas que encargaban disminuía cuando el Sergio tomó una actitud definidamente opositora, en el tema “Ganancias”, por ejemplo.

Si esto es así, su presencia en las elecciones de octubre le restaría más votos a Cambiemos que al peronismo.

Cristina Kirchner está haciendo una campaña vigorosa e imaginativa en las redes sociales, el nuevo campo de batalla de la propaganda política. Pero, en mi falible opinión, está dirigida a los ya convencidos. Los instrumentos, en particular los videos, son originales -los invita a repasarlos en su página de Facebook– y atractivos. Pero el contenido no se diferencia del que predominó en el discurso oficial de su segundo mandato. ¿Carta Abierta con swing, sería?

Sus partidarios más fervientes están convencidos, y me lo dicen, que no es necesario modificar nada. Las políticas de Macri se encargarán de sumar votantes. Un distinguido bloguero insiste, inclusive, en que la polarización es una tendencia mundial irresistible, y que las “terceras líneas” están fracasando en todo el mundo en estos días.

Es un argumento plausible. Pero aún mi distinguido amigo encontraría difícil nombrar un país donde en estos días esa polarización ha tenido un resultado indiscutiblemente beneficioso para su pueblo.

Volviendo a nuestro país, y resumiendo: El peronismo -todas las fuerzas políticas, pero éste en especial- necesita hacer una campaña que no desilusione a los convencidos, pero que acerque a los que no lo están.

Porque coincido en que la polarización, dado el “clima” de la política argentina, se manifestará en forma inevitable, tarde o temprano. Pero es ingenuo, y erróneo, creer que la polarización se da de un solo lado. Cuando se produce, ambos lados crecen, como sucedió en la segunda vuelta en noviembre 2015. Más elocuente y, ominoso para los más humildes, la polarización que se produjo en la provincia de Jujuy: su resultado fue, es la gobernación de Gerardo Morales.


Una crítica de la serie “Llámame Francisco”

enero 14, 2017

netflix

Mi amigo Fernández Baraibar me acercó este artículo de Aldo Duzdevich sobre la miniserie de Netflix. En este blog (ni en ningún otro lado) me dedico a la crítica de cine. Ni tampoco analizo, salvo alguna referencia casual, las series, y a los sitios como Netflix que las distribuyen (Tal vez debería hacerlo: son un hecho nuevo, y poderoso, en la conciencia del espectador global. No haré el esfuerzo en verano, seguro).

Debo aclarar que tengo algunas reservas  con lo que Aldo dice sobre la “culpa del sobreviviente”; es algo muy real -lo tengo claro- pero subjetivo. Uno es un sobreviviente también; todos los argentinos que hacían política en ese tiempo lo son, o pueden sentirse así. Pero las culpas y las responsabilidades creo que deben ser algo más concreto. Pero eso es para otro posteo, tampoco en verano.

Como sea, aquí hay algunas reflexiones profundas y valiosas sobre Bergoglio, sobre los ’70, y lo que significará para más de 100 millones de expectadores la historia de un papa peronista. Les propongo que lo lean:

“La serie de cuatro capítulos, está basada en una investigación de Martín Salinas, sobre la vida de Jorge Bergoglio. En materia de libros esto sería una “biografía autorizada”. Es decir que el protagonista de la historia: hoy Francisco, conoció y aprobó en términos generales su contenido. Tiene como protagonista a  Rodrigo De la Serna, y fue dirigida por el  italiano Daniele Luchetti. Como película para mi gusto es excelente, actores, fotografía, recreación de época, música, todo. Pero bueno, lo mío no es el cine; el motivo de la nota es hablar de su contenido, no de sus formas.

Un papa peronista

La película arranca mostrando a un Jorge muy joven que todavía no ingresó al seminario y allí viene la primera sorpresa fuerte. Un grupo de amigos en un bar, le cuestionan cómo él, siendo peronista, se va a hacer cura. Luego sigue una discusión con otro grupo de antiperonistas, y Jorge copa la parada recibiendo un cachetazo.

Me detuve allí, y me cayó la ficha… o más bien varios kilos de fichas por la cabeza.

Están mostrando al papa, al líder espiritual más importante de Occidente, diciendo que en su juventud era peronista; la pucha… es pesado eso. Honestamente creo que en el peronismo, salvo algunos pocos dirigentes como Eduardo Valdez o  Guillermo Moreno, que lo apoyaron desde el primer día, los demás todavía no tomaron noción de la trascendencia universal de este hecho.

Y, que hoy,  75 millones de espectadores de 130 países, puedan ver esta serie y enterarse que el papa era (o es) peronista; es un tema grueso, merecedor de muchos análisis.

Pero bueno, mientras Bergoglio era nombrado papa y el Tercer Mundo festejaba, nosotros estábamos enredados en el desconcierto del desconocimiento, y en los editoriales de 6-7-8 y Página 12.

La cosa se aclaró un poco cuando Cristina viajó a Roma, lo abrazó, e inició un fuerte vínculo que no había existido antes. Pero, una gran mayoría de militantes quedó rumiando por lo bajo.

De inmediato, la serie salta al segundo tema: la dictadura militar, y el papel de Bergoglio durante la misma, que es en verdad “el tema” de la película. Dos tercios de la serie están concentrados en esta etapa.

La dictadura en su dimensión más cruel

Muchos de nosotros, ya hemos visto algunas películasque retratan la ferocidad del terrorismo de Estado. Pero creo que por primera vez se van a ver en el mundo escenas prolijamente recreadas de lo que fue la represión ilegal en Argentina. El asesinato de dos curas en La Rioja, el crimen de Angelelli, las salas de tortura de la Esma, los vuelos de la muerte. Todo relatado en un lenguaje cinematográfico respetuoso de las víctimas, pero fiel reflejo de la crueldad con que se cometieron.

Este es un punto a favor de la serie. En momentos en que se intenta retroceder en materia de derechos humanos, esta película cuyo contenido fue implícitamente avalado por Francisco, muestra en toda su dimensión el salvajismo del régimen militar; y, además, castiga con nombre y apellido a la jerarquía eclesiástica de la época.

Francisco y la culpa del sobreviviente

“Y ahora, los que estamos vivos, y aquí enteros, después de habernos muerto de miedo, muertos de vergüenza por no estar muertos, mientras otros morían de verdad (…) La jerarquía me saco de la cárcel en Abril, después de tan solo 9 días de preso; pero mucho menos logró para miles que no aparecen más…; yo siento la vergüenza de estar vivo”. Estas palabras pertenecen a otro cura, el padre Jorge Galli, detenido el 24 de marzo en la capilla de un humilde barrio de Pergamino. Quien lo rescató fue el obispo Ponce de León, (asesinado tiempo después en un “accidente de tránsito”). Galli, a diferencia de Bergoglio, había sido un activo militante de la Resistencia Peronista y jefe de Montoneros hasta febrero de 1974, en que rompió con la organización. “La vergüenza de estar vivo,repite Galli varias veces en esa carta que escribió muchos años después.

Entre las heridas profundas que el genocidio dejó clavadas en la sociedad argentina, existe una, poco tratada por la literatura: la culpa del sobreviviente.

Como sobrevivientes entendemos como aquellas personas que en los años ‘70 tuvieron una militancia política dentro, o cercana a los grupos armados, u otras que por su rol social estuvieron muy cerca de la tragedia.

La mayoría de los  sobrevivientes cargan con su cruz. Por lo que hicieron para salvar sus vidas, por lo que no pudieron hacer para salvar a los demás, por el dolor que produjeron en sus familias. Siempre algo está dando vueltas en la conciencia de los viejos militantes.

Llegada la democracia y expuesto el horror de la represión, también la sociedad, la opinión pública dirigió su mirada sutilmente acusadora hacia los sobrevivientes. Y del “algo habrán hecho”, que justifico la represión, se pasó al “algo habrán hecho” para que hoy, estén vivos.

Ejemplos sobran, y voy a contar algunos casos sin dar sus nombres.

Hace poco en un reportaje radial, una de las adolescentes que fue secuestrada y liberada en el conocido episodio de “la noche de los lápices”, se deshacía dando explicaciones de por qué está con vida: “nunca entendí por qué, después de la tortura, a mi me liberaron, y a mis amigas no”, decía.

Un conocido escritor e intelectual peronista, que fue detenido y liberado a los dos meses sin pasar por la Esma, todavía sufre la culpa del “algo habrá hecho” para que lo liberen. Conozco varios compañeros de pueblos chicos, que me han contado lo difícil que ha sido, cruzarse durante años, con la mirada interrogante de los familiares de sus amigos desaparecidos. El único fugado de la Esma, todavía es tratado de traidor por algunos ex-prisioneros y por otros que no lo son. Y tal vez el relato más dramático, se puede leer en el libro “Putas y Guerrilleras”, testimonio de mujeres que salvaron su vida acostándose con sus carceleros.

Y ¿por qué esta larga introducción? Porque el padre Jorge Bergoglio, por el rol social que tuvo en la época, por la cercanía con personas de su afecto que sufrieron la represión, por lo que hizo para salvar unos pocos y lo que no pudo hacer para salvar a muchos más, pertenece a este colectivo social argentino de los sobrevivientes con culpa. Y con un agravante; mientras fue Bergoglio nadie se ocupó de revisar mucho su pasado; pero al convertirse en Francisco, en nuestro país se alzaron voces muy calificadas, acusándolo de ser colaborador con la dictadura.

Por mi tarea de investigar y escribir sobre los ‘70, cuando conozco algún compañero nuevo que me cuenta su historia, lo primero que hace, sin que yo lo pida, es dar largas explicaciones sobre cómo hizo para “zafar”, palabra que usamos los ex militantes para explicar por qué estamos vivos; algo tan normal para el común de los mortales. Y volviendo a Francisco, creo que esta biografía autorizada hecha película, es su larga explicación que ya nadie le pide, pero que él, necesitaba dar.

Enjuiciando a Bergoglio

En general a esto se dedican muchos periodistas, pero ya que me permiten el acceso a un medio, no puedo dejar pasar la oportunidad de juzgar, cual tribunal inquisidor, nada menos que a un papa.

Voy a tomar el relato acusatorio realizado por el periodista Horacio Verbistky en su nota en Página 12 del 2 de enero titulada “La mala conciencia del pontífice”.

Arranca diciendo “sorprende que el telefilm no se centre en su gestión papal sino en episodios de su juventud en la Argentina y en especial en su comportamiento como Superior Provincial de la Compañía de Jesús durante los años de la última dictadura”. Comparto. Dos tercios de la serie están dedicados a cuatro años de su vida. Sigue: “la serie falsifica los hechos para presentar al protagonista como un héroe de la resistencia a aquel gobierno”. Bueno, yo no vi eso en la película. Se ve a un cura algo burocrático, muy mesurado, exageradamente prudente, temeroso, que solo da ayuda a unos pocos, que por amistad y/o por su condición de buen samaritano no podía negar.

Luego sigue la nota refiriéndose a “tergiversaciones” sobre fechas o filiaciones políticas, todos temas que en parte pueden ser intencionales y en parte son las licencias que se toman los autores cuando hacen ficción basados en hechos reales.

En realidad lo más importante de la acusación es el papel de Bergoglio ante el secuestro de dos sacerdotes jesuitas: Orlando Yorio y  Francisco Jalics. Tema sobre el cual volveremos.

La primera parte de la pregunta ¿cómo zafaste?, estaría respondida por la posición política de Jorge Bergoglio que es visible en la película. Cuando arranca y lo muestran como peronista, no es más que eso. Un joven que se dice peronista tal vez más por entorno y tradición familiar que por  vocación de militancia política.

Jorge Bergoglio ingresó al seminario de Villa Devoto en 1958 pero sólo hizo allí su primer año. Este seminario fue cuna de lo mejor de la iglesia progresista y revolucionaria. Su rector Eduardo Pironio propició una gran apertura teológica y pastoral. Allí daban clases personalidades como Lucio Gera, Rafael Tello, Miguel Mascialino y Jorge Mejía. Pasaron por sus aulas Carlos Mugica, Alejandro Mayol, Rodolfo Riciardelli, Jorge Galli y un grupo de seminaristas que dejaron los hábitos para fundar las Fuerzas Armadas Peronistas, FAP.  Seguramente el joven Bergoglio se cruzó en los pasillos y conoció a muchos de ellos. Pero, se hizo jesuita, no se integró a los curas del Tercer Mundo, ni mucho menos a alguna organización vinculada a la lucha armada.

¿Podemos juzgarlo mal por esto? Bueno, para quienes consideran que el único compromiso real y verdadero era la lucha armada, seguramente sí. Pero, para quienes aún habiendo alentado y participado de la violencia revolucionaria, entendemos que fuimos una pequeña parte de un todo muchísimo más amplio, que es la lucha del pueblo por su liberación, ya no juzgamos con la vara de los “elegidos” a quienes no lo hicieron.

Bergoglio, entonces, fue en los ‘70, un cura jesuita que por historia y formación intelectual simpatizaba con el peronismo.  A quien a los 36 años le dieron un alto cargo en su congregación y se dedicó desde allí a su labor pastoral. Por lo tanto nada hacía prever que fuese asesinado o desaparecido, ni tampoco que encabezara la lucha contra la dictadura en 1976.

Podemos pensar que desde la protección que le daba el cargo, podría haber hecho más. Aunque a Ponce y Angelelli no les alcanzó la protección de Dios ni del cargo de obispo.

¿Bergoglio tuvo miedo? Y… sí. Todos tuvimos miedo. Mucho miedo. ¿Qué creemos? ¿Que los 30 mil no tuvieron miedo? Hay que meterse en la piel de  los militantes de las organizaciones armadas, que a partir del 24 de marzo sufrieron un verdadera cacería, en la cual lo más temido eran los “dedos” o las citas cantadas, es decir los propios amigos y compañeros que quebrada su condición humana se transformaban en delatores y cazadores de su propia gente.

¿Por qué no hizo más? ¿Por qué consintió a las jerarquías? ¿Por qué no se fue de la Iglesia? Tal vez en la última parte del film Francisco responde alguna de estas preguntas. Allí se lo ve convenciendo al padre Pepe Di Paola para que abandone la Villa 21-24 tras ser amenazado por los narcos. Llama a una joven de la villa y le pregunta “Amanda decime: ¿vos preferís al padre Pepe mártir en una estampita o así de carne y hueso para que los case?”. Ella responde: “así” y sigue: “estampitas, santos, vírgenes, mártires hay muchos ¿no? demasiados…”.

Algunos de los que critican a Francisco, cuando les tocó proteger a su gente, no eligieron salvarlos sino empujarlos a convertirse en más, y más mártires.

El secuestro de los sacerdotes Yorio y Jalics

El 23 de mayo de 1976 los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics fueron secuestrados por el ejército en la villa del Bajo Flores, meses después fueron liberados en cercanías de Cañuelas. Podría tratarse de alguno de los miles de casos similares, pero su particularidad es que pertenecían a la orden jesuita cuyo “Provincial” era en ese momento Jorge Bergoglio.

Verbistky escribió una serie de notas acusando a Bergoglio de ser quien denunció ante los militares a ambos curas. Yorio falleció en agosto del 2000 y dejo una carta de 1977 dirigida al superior de la orden donde hace un extenso relato sobre su labor pastoral y de su compleja relación con Bergoglio y otros integrantes del clero. De ella se puede deducir que la relación entre ambos no era la mejor y que se sintió defraudado o no acompañado; pero en ningún momento da a entender que el responsable de su secuestro fue Bergoglio y sí afirma que, al ser liberado, éste se ocupo de conseguir documentos y pasajes para sacarlo del país.

Francisco Jalics vive en Alemania e hizo público un comunicado desmintiendo que acuse a Bergoglio de ser su denunciante.

Horacio Verbistky en su última nota ya no dice que los mandó a secuestrar, sino que lo acusa de haberlos separado de la orden jesuita a ambos y considera que eso los dejó sin protección a merced de la represión. Este hecho, que está contado en la película, es bien diferente a denunciarlos. Y, por otro lado es difícil explicar cuál sería la protección que brindaba ser jesuita y no cura común, si a los militares no les tembló el pulso para asesinar dos obispos.

Grave fue, en esos años, para los cuadros militantes, quedar sin protección de su organización armada. Un clandestino que quedaba sin casa, sin dinero y sin una red que lo contenga, era presa fácil de los cazadores de hombres. Esto le sucedió a centenares de jóvenes. A Carlos Labolita (secuestrado el 25-04-76) y su mujer, a quienes los Kirchner dieron cobijo en La Plata, la organización Montoneros los había dejado sin casa y sin dinero. El mismo Rodolfo Walsh estaba “desenganchado” y según Verbistky cayó por culpa de Miguel Bonasso, que no le llevó los pasajes para salir del país. A lo que Bonasso responde que en realidad Verbistky era doble agente de la Aeronáutica y mandó presos a sus compañeros incluyendo a Walsh.

Como vemos, en esta última controversia pública entre dos importantes personajes de los ‘70 las sospechosas sombras del “algo habrán hecho” para estar vivos, se extienden como una gran mancha que no deja libre ni al papa, ni tampoco a sus detractores”.


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