Relectura para los que se oponen a Macri

junio 7, 2018

teatro-caras

El artículo que es el punto de partida de este posteo fue publicado hace algo más de dos años y dos meses, cuando la gestión de Mauricio Macri cumplía 100 días. Y yo lo subí a este blog al punto. Habla entonces de un escenario  distinto. ¿Por qué retomo este texto de Gerardo Adrogué y Alejandro Grimson, un sociólogo y un antropólogo social, nada menos, para hablar de la política actual? En un blog que tengo archivado, justo en las semanas que estoy fuera de mi país?

Porque creo que apunta a elementos permanentes de nuestra realidad política. Escribí hace pocos días que veía a este gobierno “enfrentado a un prolongado deterioro, como el de Alfonsín, o a una crisis terminal, como el de la Alianza“. Pero… la variada oposición debe(mos) recordar eso de “no vendas la piel del oso antes de cazarlo”. Más importante, más estratégico, es lo que aquí señalaron Adrogué y Grimson, y, por lo que valga, escribí muchas veces en este blog: existe, y tiene apoyos locales e internacionales muy importantes, el proyecto de construir un modelo neoliberal sustentable en nuestro país, con voluntad hegemónica, apoyado hoy en los medios de comunicación masiva.

Y esto no depende de la suerte de Mauricio Macri. Menos aún de la confusa coalición Cambiemos.

Hago una aclaración necesaria: el término “neoliberal” está yendo en el mismo camino que “fascismo”, una palabra que sirve para denominar todo lo que a uno le disgusta. Entonces, preciso: Con “modelo neoliberal” me refiero a la variante de la economía capitalista y a los valores sociales que predominan desde hace unos 40 años, con muchas variantes nacionales, en los países de la Unión Europea y en los EE.UU. Un modelo que privilegia la valorización financiera sobre la producción, al consumidor sobre el trabajador, y a la eficacia sobre la solidaridad.

Muchos estudiosos han marcado las raíces -en cierto modo, la continuidad- de este proyecto y de su rechazo a lo largo de nuestra historia. Hasta en el “liberalismo borbónico”, iluminado y autoritario, de muchos de los próceres que hoy dan nombre a nuestras calles. Estoy de acuerdo, pero no es lo decisivo. Son muchísimos los argentinos, probablemente una mayoría en esta época de comunicación global, que ven cómo se vive en esos países prósperos, y quieren “eso”. Son menos los que se dan cuenta de los costos. Y una parte de los que lo tiene claro, los que llegan a posiciones de poder en el Estado, las empresas, los medios, consideran que vale la pena que los paguen… otros.

Con esto quiero subrayar un hecho obvio que se está pasando por alto en la comunicación política: una alternativa a este proyecto debe convencer a las mayorías -y el 30% de pobres que señala la UCA, por ejemplo, es menos del 50%- que en un futuro no muy lejano van a vivir mejor. La ideología, aún el recuerdo de días mejores, pueden alcanzar para llegar al gobierno, si Macri fracasa muy estrepitosamente. Pero no sirven para sostenerse.

Vamos a lo que dijeron Grimson y Adrogué. Y luego les diré cómo creo que se aplica hoy.

Existe un diagnóstico simplista que supone que el macrismo es una experiencia a corto plazo de las élites para rapiñar recursos públicos, que el macrismo es un fenómeno político que solo busca devolver a las grandes corporaciones y al capital concentrado los beneficios perdidos durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y que una vez cumplido su cometido cortoplacista perdería relevancia política y electoral.

No desconocemos lo obvio: el poder económico concentrado ha sido el beneficiario de la enorme transferencia de recursos que Macri realizo en sus primeros 100 días de gobierno (devaluación, apertura indiscriminada de importaciones, disminución y eliminación de retenciones, despidos en el sector público y desprotección al trabajo en el privado, entre otros). Sin embargo, este diagnóstico simplista desconoce que el propósito fundamental del macrismo es de largo plazo: construir un modelo neoliberal sustentable en la Argentina, con voluntad hegemónica, apoyado en los medios de comunicación masiva“.

El diagnóstico simplista lleva a la pereza política. Si el gobierno se disparara en sus propios pies, si tuviera pies de barro, no resultaría necesario esforzarse en construir activamente una oposición.

Un diagnóstico realista, que reconozca la complejidad del macrismo, también intuye que las políticas que lleva adelante el neoliberalismo en el gobierno van a generar malestar en amplios sectores de la sociedad y que (aunque los medios masivos lo oculten o disfracen), el nivel de apoyo a la gestión, la imagen de Macri y la potencial intención de voto pueden disminuir significativamente durante los próximos meses. Pero no asume quien podría beneficiarse de ese desgaste. Nada es mecánico en la política … El diagnóstico realista invita a pensar en la necesidad de ampliar y conducir este potencial espacio antimacrista, de construir una oposición con vocación de mayorías, lo cual lejos de la pereza exige actuar de modo decidido, inteligente e innovador.

Repasemos las tres estrategias (posibles). La primera se basa exclusivamente en entablar negociaciones de gobernabilidad para las provincias (y/o municipios) donde se gobierna. A esta primer estrategia le tiene sin cuidado un diagnóstico simplista o realista, acertado o no, sobre el macrismo. Es una estrategia cortoplacista que reconoce el poder coyuntural del adversario y sólo busca maximizar el intercambio político de bienes y recursos. Sería necio negar que una parte de la política requiere de negociaciones. Tan necio como creer que de esa realpolitik puede emerger una verdadera alternativa al oficialismo. La voluntad popular esta para ser respetada, pero también es evidente que la voluntad popular nunca fue perder derechos. Y en este punto la oposición debe ser intransigente.

Pero una posición jacobina en la defensa de los derechos conduce a una segunda estrategia tan equivocada como la primera. Fundada en el diagnóstico simplista sobre el macrismo y sobre las consecuencias que su gobierno tendrá sobre los votantes, esta segunda estrategia sostiene que el pueblo extraviado comprenderá, tarde o temprano, la verdadera naturaleza del macrismo y, en consecuencia, retornará al redil. Con el explícito propósito de facilitar el retorno de las masas desilusionadas, promueve acentuar los rasgos más duros y puros de la identidad política kirchnerista (o trotskista para el caso). Bajo esta mirada, cualquiera que no sea un abogado absoluto de los doce años de kirchnerismo debe ser estigmatizado como traidor o renegado. ¿Cuál es el peligro que aquí anida? Alimentar una posición política que confine a la oposición a los márgenes de lo testimonial y la prive de la orientación estratégica que construya mayorías políticas y electorales.

Por eso, es imperioso fortalecer una tercera estrategia: ampliar y fortalecer a la oposición. Se trata de ampliar el espacio antimacrista y de conducir una orientación definida al interior de ese espacio. Por un lado se requiere articular diversidades, sin que nadie pierda su identidad, ni su propia visión, pero sin anteponer la propia identidad para un trabajo conjunto. Por el otro, debe garantizarse que en este nuevo colectivo prime una orientación política de intensa defensa de los derechos populares. El contexto actual argentino y regional es desfavorable para el campo popular y nos impone reagrupar y construir. Caso contrario, la actual fragmentación de la oposición continuará beneficiando al macrismo, tanto como proyecto político como en su fuerza de negociación coyuntural“.

Lo que en este artículo mencionaban como “estrategias”, hoy podemos ver que son realidades políticas en la oposición. Aquellos que manejan porciones de poder -territorial, sindical- negocian. Con mayor o menor firmeza, con mayor o menor habilidad.

Es inevitable, en un país donde la concentración de recursos en el poder ejecutivo nacional es tan alta como aquí (¿Recuerdan que insisto siempre en el ejemplo del bienio 2009/11, cuando la oposición al gobierno K tenía mayoría en el Congreso? Y no le sirvió de nada). Claro, esa necesidad de negociar les hace muy difícil construir liderazgos que expresen la preocupación o la bronca de los perjudicados por las políticas de este gobierno. ¿Y quiénes van a votar a la oposición, sino los descontentos con el oficialismo?

Lo que en el texto llaman una “posición jacobina” parecería corresponder a Unidad Ciudadana, a los sectores que se identifican con el liderazgo de Cristina Kirchner. No es así. Sus voceros, sus operadores, se esfuerzan, con el evidente aval de CFK, en tejer lazos y mantener puertas abiertas -a veces lo consiguen, a veces no- con otros sectores de la oposición. Incluso con algunos cuya identidad surgió enfrentándose, en algún momento, a la anterior presidente.

Un ejemplo público: hace muy poco Unidad Ciudadana retiró su proyecto contra el descomunal aumento de tarifas impulsado por Macri -un “issue” decisivo, si los hay- para consensuar uno impulsado por los diputados del massismo y los alineados con los gobernadores.

A los “jacobinos” se los encuentra en la gran mayoría de la militancia opositora. Naturalmente. Son los que no tienen nada a defender ni conservar con este oficialismo.

Lo que no existe (todavía) es la conducción que pueda trazar una estrategia de conjunto. O, para ponerlo en forma más modesta, y realista, articular las distintas estrategias, que van a continuar existiendo, para conseguir armar una propuesta política capaz de ganar las próximas elecciones. O -posible, pero improbable- articular una mayoría legislativa coherente si el deterioro político de Macri llegara a debilitar al ejecutivo y la confianza que depositan en él los bloques de poder económico que hoy lo apoyan.

En la normalidad institucional -que se ha mantenido a través de desafíos y crisis gravísimas por 35 años- eso significa que esa conducción se construirá a partir del hombre o la mujer -la política siempre es personal- que pueda ganar las elecciones nacionales para presidente. No importan tanto los avatares previos. La larga normalidad kirchnerista -12 años y medio- se fundó en sucesivas victorias electorales. Aunque comenzó con muy discreto resultado en el 2003. La brevísima gestión de Adolfo Rodríguez Saá, la más larga de Eduardo Duhalde, importantes como fueron, no construyeron un poder político perdurable.

Como diría un anterior comentarista de este blog, todo esto es pura descripción. Y superficial, agrego. No dije nada de las posibles estrategias de que se llamó aquí “el proyecto neoliberal”. Ni, lo más importante todavía, qué significa, hoy y aquí, la alternativa a ese proyecto. De eso voy a seguir escribiendo, si encuentro el tiempo. Y lectores, claro.

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La oposición y el Grupo Fragata

mayo 27, 2018

Fragata

Nicolás Tereschuk me hizo llegar este documento hace algunos días, y tenía ganas de subirlo a este abandonado blog y comentarlo. Bah, discutirlo.

Estoy muy de acuerdo con la propuesta que hacen. Y además, lo firman, lo escribieron, algunos hombres y mujeres cuya inteligencia y capacidad de análisis político yo respeto mucho. Pero me parece que aquí están dejando de lado -deliberadamente, supongo- algunos hechos que seguramente complicarían los acuerdos. Pero no tomarlos en cuenta… hace imposible que los acuerdos duren. Comento al final, porque vale mucho la pena leerlo.

ESTAR A LA ALTURA

Lo que diferencia a las y los dirigentes políticos que trascienden no es su ideología o su idea de la organización política. Lo que las hace y los hace distintos es estar a la altura de las circunstancias históricas que atraviesa su país. Y hoy recorren en amplísimos sectores de nuestra sociedad al menos dos temores: una aparente desorientación por parte de la dirigencia oficialista y, al mismo tiempo, una sensación de que quienes conducen el campo opositor no están a la altura del momento que vive la Argentina.

Creemos que la presente coyuntura política, ciertamente novedosa, tiene su origen en dos elementos. En primer lugar, no ha surgido de las dos últimas elecciones un único liderazgo opositor, pero sí se han perfilado algunos con legítimas aspiraciones. En segundo lugar, la supuesta certeza que muchas y muchos analistas tenían acerca de que Mauricio Macri se encaminaba a su reelección en 2019 se ha agrietado fuertemente a la luz de la imposición de un modelo económico excluyente que no logra resolver los grandes desafíos económicos y sociales de la Argentina.

La imprudente desregulación económica y financiera, la entrega de porciones del Estado a la clase empresarial, el progresivo vaciamiento del sistema previsional y el deterioro del mercado de trabajo –con aumento de la informalidad laboral, caída de empleos industriales y desplome de trabajos de calidad- son los frutos que tarde o temprano esperábamos.

La crisis financiera de estos días y el “salvataje” del FMI no solo tienen el amargo sabor de una historia repetida, sino que además agudizan los problemas de quienes menos tienen, empeorando las consideraciones populares sobre la marcha y el destino del país.

Ante la falta de opciones con capacidad de vertebrarse como alternativa de gobierno aparece en la sociedad argentina una sensación de zozobra, y en amplios sectores de nuestra comunidad un deseo de construcción de una oposición política con capacidad de modificar la realidad del país. ¿Qué sucede si en este contexto las y los dirigentes políticos no están a la altura? ¿Qué significa estar a la altura?

“Estar a la altura” no significa deponer diferencias estratégicas sobre la visión del país, estar de acuerdo en las tácticas hacia las futuras elecciones presidenciales, o pretender que no existan ambiciones personales. Pero sí tenemos la convicción de que “estar a la altura” significa ponerse de acuerdo en dos puntos medulares: hay que ser una oposición real, y hay que crear los mecanismos que permitan generar una fórmula presidencial competitiva.

Estos mecanismos son los que suelen existir en los partidos políticos. Mecanismos que permiten dialogar entre competidores, acordar reglas de juego, dirimir disputas y definir qué va a suceder con los que ganan una “interna” y, sobre todo, con los que pierden.

Los acuerdos programáticos más o menos detallados pueden ser importantes. Pero mucho más relevante es permitir que los distintos sectores de la oposición expresen sus posiciones como les parezca mejor (de manera más “dura” o más “flexible”). Y, a su vez, que puedan hacerlo coordinando con otros sectores los mecanismos y reglas que permitan construir una oposición competitiva.

El objetivo es claro: debemos dialogar para construir una oposición. Y construir una oposición para ganar.

Para decirlo de otro modo, se trata de evitar que se alcance el objetivo político del Gobierno: mantener dividida a la oposición y limitar su capacidad de coordinación.

Queremos decirlo claramente: este no es un deseo teórico. Esta es la demanda concreta que escuchamos de muchísimos compañeros, compañeras y ciudadanos independientes que, todos los días, en los locales partidarios, en los clubes de barrio, en las sociedades de fomento, en los comedores comunitarios, en las asambleas que resisten a los despidos en el INTI y en el CONICET, en las PYMEs a punto de cerrar, en los comercios que no pueden pagar las tarifas, en las marchas para resistir el ajuste previsional, repiten y claman: “¿qué va a hacer la oposición para detener este desastre?”

Son millones quienes hoy sufren las políticas del gobierno y millones también los que demandan una oposición eficaz. Ni siquiera hablamos aquí de “unidad”. Simplemente subrayamos la necesidad de una oposición que sea capaz de dialogar, coordinar y vencer electoralmente a un oficialismo que construye un proyecto de país para pocos.

De aquí a 2019 pueden surgir varias candidaturas con voluntad de disputar electoralmente, además de los que ya se han manifestado en ese sentido. Tanto el FpV/kirchnerismo, Unidad Ciudadana, el Peronismo Federal, el Frente Renovador y otras corrientes y grupos del campo popular y democrático cuentan con mujeres y hombres capaces de “estar a la altura” y ser candidatas y candidatos competitivos.

Quienes firmamos este documento tenemos preferencias variadas entre estas corrientes opositoras ancladas en el amplio campo popular y democrático. Votaremos a quien más nos interpele en una gran PASO y luego apoyaremos a quien gane en esa interna en una elección general. Y creemos que la gran mayoría de la ciudadanía está dispuesta a hacerlo también.

En otras palabras: al mismo tiempo que se demanda a las y los dirigentes que abran una instancia de negociación y diálogo para acordar mecanismos de competencia, hay un grupo muy grande de ciudadanas y ciudadanos que también ofrece su propio compromiso. Creemos que a nivel de las y los militantes y simpatizantes del campo nacional, popular y democrático existe un fuerte sentimiento de respaldar una opción opositora, aún si no es la que más se acerca al espacio que circunstancialmente cada uno ocupa o prefiere.

Desde nuestro lugar vamos a enriquecer los debates necesarios al interior del campo opositor que nos ayuden a proyectar nuestros valores históricos al futuro ¿Qué es y cómo se impulsa la justicia social en la actualidad? ¿Cómo se promueve una economía inclusiva, federal e integrada? ¿Qué significan hoy una educación y una salud de calidad para nuestro país? ¿Qué implica la integración de nuevas tecnologías en el mundo del trabajo?

¿Cómo construimos una institucionalidad que promueva la protección social de cara a las próximas décadas? ¿Cómo delineamos nuevas instituciones que permitan dirimir los conflictos sociales para emprender un camino hacia el desarrollo sostenido? ¿Cómo dotamos a Argentina de mayor capacidad para ejercer sus decisiones de manera soberana?

Ya habrá tiempo, un tiempo electoral, para imponerse e imponer. Pero sin diálogo y acuerdos básicos sobre la forma de competir para ganar, las y los dirigentes no habrán estado a la altura de estas demandas y expectativas.

Y las y los dirigentes que no están a la altura de las demandas y expectativas de los hombres y mujeres de su pueblo, no están a la altura de su tiempo ni de la historia.

Buenos Aires, mayo de 2018.

Grupo Fragata

MARÍA ESPERANZA CASULLO, SEBASTIÁN ETCHEMENDY, MARCELO LEIRAS, ABELARDO VITALE, NICOLÁS TERESCHUK, ANA CASTELLANI, GERMÁN LODOLA, PAULA CANELO, SERGIO DE PIERO, JORGE BATTAGLINO, JUAN MANUEL OTTAVIANO, FERNANDO PEIRANO, SOL PRIETO, ESTEBAN KIPER, JUAN O´FARRELL, NATALIA ARUGUETE, MARCOS SCHIAVI, ARIEL LIEUTIER, FERNANDO MELILLO, JUAN CUATTROMO, GERARDO ADROGUÉ, NICOLÁS FREIBRUN, MARTÍN ASTARITA, MANUEL SOCÍAS, MARTÍN PLOT, ANDRÉS TAVOSNANSKA, PABLO GARIBALDI, MARCELO MUÑIZ, FABIANA RUBINSTEIN.

grupofragataarg@gmail.com

Cuando digo “estoy muy de acuerdo con la propuesta que hacen”, me refiero a lo que yo entiendo que estos compañeros proponen y, en cierto modo, exigen (Creo que debo aclararlo porque la capacidad de malentender es infinita):

Piden que la dirigencia política, y también los militantes, y también los “politizados” que se oponen a este gobierno de Macri acepten mecanismos democráticos tradicionales -internas, PASO- para decidir quién o quiénes terminen encabezando la o las fuerzas opositoras.

A un visitante recién llegado a la Argentina, esto le puede parece obvio y hasta innecesario. ¿De que otra manera se puede hacer? Algunos pueden tener una convicción profunda de quién es el único o la única que puede salvar a nuestro país, pero es muy raro que la compartan todos. Especialmente, los otros que aspiran a hacer ellos esa tarea.

En la sociedad moderna, son necesarias las elecciones para legitimar a los candidatos, y también a los programas, aunque pocos los lean. Una interna nacional del peronismo -es obvio que los firmantes, sin sectarismo, están pensando en él- es difícil de organizar, pero no imposible. Si no se hace antes, en agosto están las PASO, establecidas por ley. Y si las PASO no dan una respuesta definitiva, lo harán las elecciones en octubre.

Como uno no es un visitante recién llegado, percibo que el llamado del Grupo Fragata, se dirige a la franja de los que están definidos por alguna de las expresiones que se identifican como peronistas -ahí mencionan  FpV/kirchnerismo, Unidad Ciudadana, el Peronismo Federal, el Frente Renovador- para que acepten la legitimidad de las otras, y permitan mostrar a la sociedad argentina, a todos que, como ahí señalan, están angustiados por lo que está pasando, una alternativa en la que puedan confiar.

No va a ser fácil conseguir este “desarme” de las broncas internas. En la militancia me refiero. No así en los dirigentes de primera línea, porque -en general- han llegado a serlo porque son realistas y prefieren ganar a tener razón. Pero quienes no aspiran a los premios mayores de la política, los cargos ejecutivos, que obligan a sumar todos los votos posibles… Bueno, tienen presente que las distintas expresiones del peronismo tomaron distintas actitudes frente al gobierno de Macri. Más o menos enfrentadas, en el discurso público y en las votaciones parlamentarias. La línea divisoria en estos dos años ha pasado por ahí. 

Me apuro a decir que tengo claro que esta división se dio más en la superficie que en la realidad de las conductas políticas. Y también tiene que ver con dónde están los dirigentes políticos que las toman. Un gobernador o un intendente está condicionado por la realidad de su distrito. Y una prioridad absoluta: pagar los sueldos de sus empleados todos los fines de mes. Los que escribimos en blogs, por ejemplo, estamos mucho menos condicionados.

Igual, ese distinto posicionamiento político obedecía, obedece a algo más profundo. Una parte numerosa de la dirigencia del peronismo, de sus cuadros políticos y sindicales, y, lo más importante, de sus votantes -se vio en Buenos Aires en 2013, en Córdoba y Santa Fe en 2015. por ejemplo- tenían serias diferencias con el último gobierno de Cristina Kirchner y con su liderazgo. Y desde que dejó la Presidencia no estaban dispuesta a acompañarla en la posición duramente opositora que asumió desde el primer momento.

Me parece evidente que estas “diferencias” no brotaban de distintos intereses de clase o de sector en el seno del peronismo. Es cierto lo que señalan algunos estudiosos, que los votantes del peronismo no son un conjunto más o menos homógeneo. Que son muy distintas las necesidades y las actitudes de un trabajador en blanco, sindicalizado, y con obra social, del que trabaja en negro, o del que vive de changas y la ayuda social. Pero en la sociedad moderna ya no hay conjuntos homogéneos masivos. Y el peronismo original, para dar un ejemplo, sumó a los trabajadores industriales, a los peones y burguesías provinciales, al nacionalismo militar, a la Iglesia…

Analizar los aciertos, errores y limitaciones de los gobiernos de CFK, como los del anterior de Néstor, dan para un análisis mucho más largo que el que estoy dispuesto a hacer ¿Y quién soy para hacerlo, de todos modos? Digamos que me parece evidente que las divisiones que fueron surgiendo en el seno de la coalición que acompañó a los gobiernos K hasta 2011 tuvieron más que ver con un poder político centralizado y con la carga ideológica del discurso oficial que con medidas concretas. Aún con razones económicas (que siempre existen). 

Esas divisiones entonces son reales, pero, me animo a decir, obsoletas. Macri lo hizo. La manifestación que se reunió este 25 de mayo en torno al Obelisco fue eso mismo, la manifestación de una oposición al gobierno actual que no se define por las historias anteriores, aunque las incorpora.

Uno sabe que, aunque se movilicen cientos de miles en un momento dado, siempre serán una minoría de los más de 40 millones de argentinos. Pero eso siempre es así, y esgrimirlo ahora sería una chicana estúpida. Lo significativo, según lo vi yo, es que aunque los aparatos políticos, los sindicales y aún los movimientos sociales estaban presentes, no eran más que una parte, y no daban el “tono” de la movilización. Lo daban los “sueltos” que habían ido por su cuenta, las familias… Parte de las mayoritarias y muy heterogéneas clases medias argentinas, que estaban hartas de lo que vivían como agresiones de este gobierno.

Ya que estoy volcando mis opiniones, agrego que veo a este gobierno -salvo vuelcos totalmente inesperados- enfrentado a un prolongado deterioro, como el de Alfonsín, o a una crisis terminal, como el de la Alianza. Pero ni es un juicio original ni es el tema de esto. Hablo de la oposición que existe hoy, donde se suman los que votaron a Scioli hace dos años con muchos que votaron a Macri.

El liderazgo y el discurso que aspira a expresarlos -el tema de las candidaturas no estará sobre la mesa hasta marzo, normalmente- es el de Cristina Kirchner. Y es el que hay. El resto de la dirigencia del peronismo, el que no se identifica con ese liderazgo- o se mantiene expectante, o hizo un intento por ganar identidad expresando a los -numerosos- sectores que la rechazaban. Me pareció un error. La competencia por expresar a esos votantes la terminó ganando en los primeros meses de 2015 Mauricio Macri.

Pero ahora los está perdiendo, aceleradamente. Y esos votantes, y algunos sectores importantes del establishment, del así llamado Círculo Rojo, estarán buscando nuevos referentes. Ese proceso también me parece inevitable, y va a marcar el resto de este año y el comienzo del que sigue. Aquí vuelvo a acompañar a los amigos del “Grupo Fragata” en la esperanza, y el esfuerzo, que se desarrolle con inteligencia y sensatez. Para bien del peronismo y de la sociedad argentina.


Antes de 2019

mayo 14, 2018

Argentina no es un país tan diferente a otros como la leyenda hace creer. Sí es, tal vez, algo acelerado. Hace tres semanas “Hay 2019” era una consigna con la que dirigentes y militantes peronistas levantaban el ánimo -de los demás y de ellos mismos- para decir que la que había sido hace muy poco la fuerza política indiscutiblemente mayoritaria tenía chances en la elección presidencial del año que viene.

Y hace seis meses la mayoría de los que manejaban poder e información -incluso buena parte de esos dirigentes peronistas, empresarios, sindicalistas y por supuesto funcionarios- daban por segura la reelección de Mauricio Macri. Con aprobación, resignación o mucha bronca. Pero la “guita sabia”, como dicen los yanquis, apostaba ahí.

Hace algunos días el equivalente de un oficial de Estado Mayor de Clarín, del grupo mediático que ha sido y sigue siendo hasta ahora uno de los apoyos principales del gobierno de Macri, ha escrito del “Plan Perdurar”, el único proyecto que ahora puede abrazar el oficialismo.

Entonces, no es que en otros países liderazgos y valoraciones no cambien. Cambian en profundidad. Piensen en Obama, por ejemplo. Tal vez, hasta en Trump, en un futuro no lejano. Pero no cambian tan rápido, por Dios!

Lo que vale la pena destacar es que la tormenta cambiaria que arrasó en las dos semanas pasadas -y que todavía sigue- a la nave del oficialismo no era, no podía ser inesperada. Conocidos voceros del pensamiento económico vigente en el Atlántico Norte, algunos de ellos cercanos al presidente Macri, alguno con credenciales académicas sólidas, advertían de los desequilibrios en las políticas económicas que se aplicaban.

Del otro lado de la “grieta”, la comisión de Economía del partido justicialista, por ejemplo, durante un año y medio elevó informes reservados advirtiendo de la crisis que se incubaba.

(Este humilde blog señaló varias veces el triple déficit: fiscal, comercial y de cuenta corriente en que se incurría, y de la dificultad de manejar los tres al mismo tiempo. Lo menciono por autobombo, claro, pero también para que se vea que si yo me daba cuenta, cualquiera podía hacerlo).

Que los funcionarios del gobierno no lo previeran siquiera como una posibilidad que obligaba a tomar algunos recaudos, hasta es explicable. La confianza ciega en las propias ideas, o en las que uno se ha convencido porque le conviene, es un defecto muy humano. También la soberbia, y si la actual primera línea del aparato macrista no tiene más que otros equipos, lo disimula menos.

Los empresarios… bueno, la historia ha hecho que siempre tomen un recaudo básico: tener una buena parte de su patrimonio afuera (En el gobierno dan el ejemplo). Pero había -y, atención, hay- otro factor: no existe por ahora ninguna propuesta política que les de las seguridades que pretenden. No confiarán mucho en Mauricio, tal vez menos en promedio que otros sectores, pero… es lo que hay.

La imprevisión más notoria, entonces, es la de la dirigencia política. En especial, la opositora. Y la enfoco porque, además, es la que debe dar respuestas a la crisis en curso.

Si no fuera por eso, este posteo sería otra charla típica sobre “los problemas argentinos”, para la que no tengo tiempo.

Ahora, hablar de “los políticos” es como hablar de “los judíos”, o “las mujeres”, colectivos de los que se puede decir de todo porque hay de todo. Prefiero plantear, basado en mi experiencia, que hay un tipo de inteligencia práctica, que es necesaria en la actividad política, que es muy buena para analizar la situación y tomar decisiones inmediatas, pero rechaza, hasta con cierta impaciencia, las especulaciones sobre futuros más o menos probables. Es como si sintiera que, si el futuro es incierto, lo mejor que puede hacer es tomar las decisiones cuando llega.

La capacidad de unir esa inteligencia práctica con el pensamiento estratégico es muy rara. No sólo en los políticos.

Como les digo, hago hincapié en esto porque creo que está sucediendo nuevamente. Macri, su gobierno, han sufrido un fuerte deterioro político. Sus votantes están entre los más fastidiados. Todas las encuestas, y la percepción de los políticos dicen lo mismo. Las medidas económicas que se verá obligado a tomar o a avalar, aseguran que su proclamada reelección el año que viene es por lo menos dudosa. Y todos los que actúan en política -opositores y oficialistas- se dan cuenta de eso.

Lo que me parece que no se está analizando con seriedad, por los que deben tomar decisiones o posicionamiento político, es la situación que se ha creado ahora, que las políticas que se han llevado adelante en estos dos años ya no serán posibles.

Quiero que se distinga con claridad lo que estoy señalando, del escenario, fantaseado por opositores y usado como ariete político por oficialistas, de un derrumbe como el del gobierno de la Alianza en 2001. “El club del helicóptero”. ¿Es una posibilidas? Y sí. Todo es posible (hasta que un gobierno repitiese la misma dependencia del endeudamiento externo que signó al gobierno de Menem y al de la Alianza). Y en la imaginación de los argentinos, como en la de muchos otros pueblos, está presente el fantasma de la última gran crisis.

Pero me parece muy improbable que se repita. En primer término, porque a pesar de ese imaginario colectivo, las crisis siempre son diferentes. Y hay razones más prácticas: no existe la convertibilidad, no hay límite para que el Estado pueda emitir; sobre todo, el sistema financiero internacional no está comprometido con la Argentina hasta el punto que había llegado al final del gobierno Menem. No habrá blindaje, mega canje; no se salvará a los inversores externos que se hayan quedado. J.P. Morgan ya habría salido, de todos modos.

El escenario casi seguramente será distinto. No sólo no implica una ruptura del orden constitucional (el derrumbe de la Alianza no la implicó, recuerden) sino que no necesariamente se acortará el mandato de Macri. En realidad, no sólo los macristas están muy en contra de eso; tampoco los que levantan el liderazgo de Cristina Kirchner lo querrían, por ese mismo escenario ¿Se puede prever con seriedad al actual Congreso eligiéndola para hacerse cargo de un Poder Ejecutivo vacante?

Menciono ese disparatado escenario para hacer claro que no hay libretos para esta situación. Es cierto que en el peronismo que se denomina “dialoguista” o “racional”, hay quienes piensan en un gobierno de coalición. Tal vez no en las provincias, que están muy enfrascados en sus problemas locales, pero sí en el palacio del Congreso. Y también algunos del Círculo Rojo, del establishment.

Nuevamente: ¿Se puede prever con seriedad a Macri firmando mansamente los decretos que elabore un Jefe de Gabinete o un super ministro? Tal vez no sea el mandatario más trabajador que hemos tenido, pero no le falta voluntad de poder.

De todos modos, el punto principal está más allá de las ambiciones y los delirios personales. El “gradualismo” de Macri no fue tal; llevó adelante -con errores, incoherencias y corrupciones, es decir, las falencias inevitables de todo gobierno, tal vez en mayor medida- un proyecto que se trató de imponer en varias oportunidades en las últimas cuatro décadas. Que responde a un proyecto global, “un clima de época” le dicen algunos, hoy un tanto deteriorado pero todavía vigente: el de la globalización financiera.

Proyecto que tiene apoyos poderosos y permanentes en la sociedad argentina. Permanentes en el sentido que no dependen de la coyuntura electoral. Una parte mayoritaria del poder económico local -que a su vez está mayoritariamente en manos transnacionales, y de una parte considerable de nuestra sociedad, la que compró con algún entusiasmo la idea de “volver al mundo”. Como antes había comprado otras versiones del mismo.

Bueno, ese sector se ha desilusionado ahora, como le pasó en los años finales de Menem. Y no es relevante la frase de la izquierda ingenua, en el peronismo o fuera de él “Este proyecto no cierra sin represión“. Tampoco cierra con represión, la de las policías bravas, de la vieja tradición conservadora. En la realidad de hoy, no hay un Pinochet que establezca el modelo con el poder militar y el terror.

(Además que en nuestro país, los equivalentes de Pinochet tampoco pudieron hacerlo, usando esas mismas herramientas).

Tengo presente lo que decía esta semana un ingenioso ironista en Twitter “Finalmente, a Macri no lo derrotó el peronismo ni el pueblo en las calles. Lo derrotó el mercado“. Es válido en parte. La otra parte, mayor, es que su proyecto no era, no es viable, porque en Argentina existió una experiencia peronista que elevó el nivel de vida de los trabajadores y fortaleció su organización. Y porque nuestro pueblo ha incorporado muchas de las debilidades típicas de las clases medias en todas las sociedades, pero también el gusto por vivir bien y darse ciertos lujos. Ningún gobierno puede quitárselos sin perder su apoyo. Y ganar su bronca.

A esta altura, ustedes dirán que estoy descartando alternativas, pero no planteo ninguna. Tienen toda la razón! Ese es mi objetivo: hacer ver que no hay recetas: la dirigencia política debe entender que está enfrentando una realidad nueva, distinta a la anterior.

La coalición oficialista está más condicionada, porque debe tratar de mantenerse en un barco que se zarandea -y se zarandeará más- pero eso mismo le da una opción concreta: se mantiene ahí o salta a la oposición. Los que ya están ahí, tienen que usar su imaginación y tratar de prever lo inesperado. El futuro ya llegó, y resultó ser este presente.


La economía argentina, en dos frases célebres

mayo 3, 2018

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No hay crisis si el dólar sube un poco

(Marcos Peña, Jefe de Gabinete)

“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”

(atribuida a Einstein, pero es más antigua)

No trataré de hacer un análisis económico de la situación. Si antes no tenía tiempo para escribir con alguna complejidad técnica, estos días… son más exigentes.

Para un resumen adecuado, recomiendo esta columna de Guillermo Moreno en BAE. A Guillermo algunos lo aman y otros lo detestan, y él se esfuerza por alimentar ambos sentimientos. Pero cuando escribe de economía es ortodoxo, “clásico”. Y ahora son unos cuantos los miembros de la Comisión de Economía del PJ, profesionales con prestigio y con opiniones divergentes sobre muchos temas, que lo están compartiendo. En momentos de crisis la heterodoxia se desvaloriza.

Me interesa hacer una corta reflexión política, es decir, de poder y de sicología. No la del presidente del B.C.R.A., que repite con obsesión “su” receta del aumento de tasas, ni la del gobierno actual que se aferra a sus hombres y a sus políticas. Es muy riesgoso, y también difícil de aceptar para los egos fuertes, “cambiar de caballo en mitad del río”. Cuando se convencen que la corriente se lo lleva al animal… ya se lo está llevando al jinete.

Lo que verdaderamente puede fascinar a un observador imparcial, si ese animal existiera, es cómo por más de 60 años una parte importante de la sociedad argentina -que ha ocupado el gobierno y manejado las palancas del Estado en muchas ocasiones, como lo hace ahora- se empeña en desconocer los intereses, sentimientos y pasiones del resto y, peor aún, la realidad económica del país, para aplicar las recetas de moda en ese momento en el Atlántico Norte.

Porque coinciden con los intereses de los más poderosos, y “formadores de opinión” de ese sector, pero sobre todo, porque coinciden con su idea de cómo debería ser la Argentina. Moderna, prolija, próspera; un país europeo. Imaginario, desde luego, porque -a pesar del aumento del turismo al exterior- desconocen cómo son en profundidad los distintos países europeos. Y las historias que los formaron.

Este el sector -insisto, numeroso ¿hoy un 33, 35 %?. Aproximadamente- que ha dado apoyo, se ha identificado, al menos al comienzo, con todos los intentos de “restauración” que se han llevado adelante desde 1955 en nuestro país. Por la vía de asonadas militares o, en 1983, 1999, 2015, por la electoral. Todos esos intentos han fracasado (excepto el actual, pero yo no le extendería una póliza de seguro).

Es irónico, pero el proyecto de “modernización” que duró más tiempo, y tardó más en perder el apoyo popular, fue el que encabezó desde el peronismo Carlos Menem, entre 1989 y 1999.

Esto ha contribuido a formar la leyenda que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina. Lo real es que no se la puede gobernar ignorando la estructura social y económica que empezó a formarse desde 1930 con la industrialización forzada por la Gran Depresión, a la que el peronismo fundacional dio una organización sindical fuerte y una epopeya entre 1945 y 1955, y la pobreza y marginalidad que empezó a extenderse y crecer cuando esa industrialización decae a partir de 1975.

Si la City, las pymes y los acreedores me dan tiempo, retomaré este reflexión.


“Y ¿qué van a hacer con el dólar?”

abril 26, 2018

dolaresvolando

A pesar del título, este posteo -en un blog “en pausa”- no va a aportar a un posible -necesario para muchos- análisis de la situación económica actual. Aquí ya muchas veces se ha reconocido que Argentina tiene una economía bimonetaria, en la que el dólar cumple la función de reserva de valor, y se recordó que hace largas décadas Marcelo Diamand, entre otros, señaló que nuestra industria necesita para sus importaciones más divisas que las que producen sus exportaciones.

Entonces, ya hemos hablado mucho de “la restricción externa”, de la necesidad de un tipo de cambio adecuado para no hacer difícil exportar y, sobre todo, no hacer fácil las importaciones prescindibles y el gasto en el exterior.

De todos modos, ese no es el único problema, ni, me animo a decir, el más urgente que enfrenta la actual (multi) conducción económica. Aparecen síntomas de una… renuencia de los inversores -bah, prestamistas- externos a seguir poniendo las decenas de miles de millones de dólares que por año necesitaría Argentina para equilibrar su balance de pagos -el moderado aumento de la tasa de interés en EE.UU. no ayuda-; la baja previsible en la recaudación fiscal -la sequía, la autorización a demorar indefinidamente la liquidación de divisas, y la visible recesión en algunos sectores ayudan menos-; y, sobre todo, la burbuja que irresponsablemente se creó con las LEBACs y otros valores a cortísimo plazo que exigen tasas muy altas para no pasarse al dólar… Esa burbuja aumenta todas las semanas; todos saben que en algún momento habrá que salir de ella y todos temen que los últimos se quedarán sólo con bonitos papeles.

Igual, como dije arriba éste no es un aporte técnico; para el cual no tengo credenciales académicas. Sobre el tema específico del tipo de cambio, en particular, lo que puede decirse con responsabilidad (aquí va una tosecita modesta) lo dijimos hace 24 horas: “En resumen: no hay una situación previsible inmediata que obligue a una devaluación. Pero toda la experiencia de las pulseadas entre Bancos Centrales y los especuladores, aquí y en el extranjero, hace pensar que el actual no es un equilibrio sustentable“. Es el estilo sobrio que corresponde a un portal de noticias como AgendAR.

Pero este es un blog, y entonces me siento libre para especular. Decir, como es un lugar común entre economistas heterodoxos y también ahora entre los periodistas amigos de Macri, que el valor del dólar es un problema de credibilidad. Pero no, sostengo, la credibilidad de Sturzenegger. No. Es la credibilidad de Casandra.

Paso a explicarme: En la mitología, los dioses dieron a Casandra el rol de la profecía. Pero también una maldición: que nadie la iba a creer. Aquí los griegos acertaron en una verdad profunda: los seres humanos podemos creer -más o menos- en los pronósticos de desastre. Pero la gran mayoría seguimos actuando como si el desastre fuera algo lejano, que le va a pasar a otros.

En este caso, me consta, los economistas del peronismo tuvieron el papel de Casandra. En la Comisión de Economía del PJ, para citar el caso más notorio, los desequilibrios que mencioné arriba están siendo señalados desde hace un año y medio. Sin mucho eco, ni siquiera en la dirigencia peronista. Es comprensible: a nadie le gusta pensar mucho en que el caballo de madera está lleno de los soldados de Agamenón. Sobre todo si ya está dentro de las murallas y no hay forma de sacarlo.

De todos modos, el problema inmediato no es asunto de economistas ni de políticos de la(s) oposicion(es). Es de los argentinos en general. Porque el valor del dólar ha sido, por lo menos desde hace 43 años, el sistema de alerta temprana para todos nosotros. Aún, o especialmente, para los que no entienden nada de economía.

¿Es inevitable una corrida cambiaria? Reitero: no. Salvo que los grandes inversores -fondos de inversión, bancos- decidan irse de las LEBACs. Pero eso se puede conversar con una buena agenda, y Caputo y Dujovne la tienen. El problema es político: es el altísimo porcentaje de compatriotas que ahorra en dólares o se referencia en ellos. Son los que empiezan a preguntarse “¿Dónde está el piloto?“. La preocupación inmediata más válida, en realidad, es que el gobierno se sienta presionado a tomar medidas frente a este reclamo del que participan sus votantes y apoyos. Porque hasta ahora no ha mostrado sensibilidad social pero tampoco mucho acierto en las medidas que toma.

Tiene funcionarios expertos en administrar portafolios y evaluar flujos de fondos. Pero macroeconomía… es decir, la economía de un país, parece que no.


El peronismo que viene, el peronismo que no va

abril 20, 2018

Este ya no es el blog que conocían, por ahora. No ese lugar de discusión insistente que fue por más de diez años. Pero uno sigue teniendo impulsos de pensar en voz alta, y me doy el tiempo. Además, como antiguo afiliado al PJ, algún derecho tengo.

Aunque aviso que, como queda claro desde el título, mi tema central aquí no es el partido. Debemos reconocer que el PJ nacional y sus autoridades no fueron actores centrales en la política argentina en los últimos dos años. Apenas un ámbito institucional donde se podía trabajar en algunas áreas. Esto ha sido así, en realidad, en los últimos 30 años, después de la legendaria interna Menem-Cafiero, en 1988.

(Hay una excepción: el 2001, el año que implotó el gobierno de De la Rúa. Entonces, Duhalde, al frente del PJ, y Alfonsín, al frente de la UCR, buscaron una sucesión constitucional y posible. Pero eso fue en un contexto de crisis económica terminal, que hoy no está en el horizonte. No?).

En todo caso, mi posición sobre el tema la expuse ya hace 9 días en El PJ, esa cáscara. Los invito a cliquear y leerla, si les interesa.

El tema es el peronismo, del que el PJ es, tradicionalmente, la herramienta electoral. Y después de la muerte de Perón y cuando, como sucede con alguna frecuencia, el peronismo no ocupa la Presidencia de la nación, es el lugar donde se pueden articular y negociar las distintas realidades que componen ese “hecho maldito”. Corresponde decir que ese es el papel que trató de darle en esta etapa su presidente, José Luis Gioja, tomando en cuenta el distinto peso que tienen entre los peronistas los dirigentes que expresan, convocan a esas distintas realidades.

Esa es una parte del problema. Todos esos dirigentes quieren y se esfuerzan en aumentar el peso de su sector y de ellos mismos en la mesa de decisión. Natural; si no fueran así, no llegarían a dirigentes. La unidad del peronismo ha llegado a ser en los últimos meses un lugar común en el discurso de todos los que hablan desde ahí. Eso ha sido el logro de unos pocos que la plantearon desde muchos meses atrás, y, sobre todo, de la realidad. Ha quedado claro que ningún sector peronista, por sí solo, alcanza para derrotar a Cambiemos.

Pero la unidad de la mayor parte de la dirigencia territorial se va a conseguir en torno a la candidatura de quien ofrezca la mejor chance para ganar. Y eso todavía no está definido. Se va a definir, salvo un factor inesperado ajeno a esa dirigencia política, no mucho antes de junio del año que viene.

Hasta entonces, habrá puja interna para sumar voluntades y sentarse a la mesa de las decisiones.

Ahora, es evidente que esta interna tiene algunos jugadores de afuera. Los dos principales, por lejos, son el gobierno de Macri y el partido Clarín. Este, por su propio peso como el aparato mediático más poderoso, y también como una de las expresiones de ese animal fabuloso, la “burguesía nacional” (Con todo el respeto que tengo por la función en la economía de mis amigos de las empresas medianas y pequeñas, no son un factor de poder significativo. No desde la muerte de Gelbard).

Los intereses de estos “jugadores externos” no son exactamente los mismos. El gobierno -una parte de sus operadores- quieren un peronismo moderno, prolijo y anti K, que divida el voto peronista (Una parte de ellos; otros en el gobierno piensan que tener a Cristina enfrente les ayuda a fidelizar su voto).

El partido Clarín no tiene dudas; quiere una alternativa a Macri, para presionarlo, o alejarse de él si se deteriora mucho, y que esa alternativa sea un peronismo con el que pueda negociar en condiciones favorable. El kirchnerismo no lo es, obvio.

Todo esto está muy claro en las mesas de arena de los analistas. Pero en la realidad están los seres humanos individuales, sus ambiciones, temores y delirios. La intervención del PJ nacional y del bonaerense las viene pidiendo el Dr. Duhalde desde hce unos cuantos años. (Hay un eco del Rey Lear, de Shakespeare: Él tuvo un papel decisivo al frente del Poder Ejecutivo nacional en la crisis más grave de Argentina en 138 años, desde la breve guerra civil que condujo a la capitalización de Buenos Aires. Y fue el gran armador de la etapa siguiente: un gobierno peronista que se mantuvo, y mantuvo una razonable prosperidad, por 12 años y medio (Néstor Kirchner fue su candidato, y ministros claves de su gabinete inicial venían de su gobierno.

Pero el “Cabezón” no pudo aceptar su derrota en Buenos Aires, en 2005. Y que ya en su agenda no tiene los nombres de quienes hoy tallan en el peronismo bonaerense).

Y ese pedido de intervención -nuestro sistema judicial es muy… exclusivo- va al juzgado de la Dra. Servini de Cubría, María para sus amigos y la Chuchi para los que no lo son tanto, que tiene 82 años y también una larguísima historia con el peronismo.

El resultado es que el interventor del PJ es Luis Barrionuevo, cuya imagen -ya lo dije en el momento del fallo- da para un peronismo moderno y prolijo como yo para galán joven. El mismo Duhalde ha tomado distancia del asunto, y también Miguel Angel Pichetto, “broker” en el Senado de los gobernadores peronistas y principal armador de ese peronismo “moderno”, de centro y anti K.

Lo que decida la Cámara Nacional Electoral, cuando lo haga, es tan imprevisible, o previsible, como nuestro sistema judicial mismo. Y no es lo decisivo.

Esta situación da para un resultado favorable a la institucionalidad del peronismo, que sólo puede afirmarse en lo que una mayoría de los peronistas considere legítimo. Espero y apoyaré en la medida de mis escasas posiblidades, que el Congreso del PJ convocado para el 18 de mayo apruebe que las únicas autoridades legítimas del PJ, hasta que los afiliados elijan otras, son las del Consejo Nacional.

Esto lo fortalecerá en todo lo que puede ser hoy: ese espacio de negociación y articulación para la dirigencia del peronismo. No de toda. Del otro lado quedarán los que prefieren Macri a Cristina, que existen.

Y, sobre todo, seguirá pendiente la articulación con la mayoría de los gobernadores del peronismo, que no se dará -no está en sus intereses que se dé- hasta fines de este año. Tal vez, no hasta poco antes de junio ’19. Las señales más claras las darán -desde el peronismo y desde Cambiemos- los que decidan separar o unificar sus elecciones provinciales con las nacionales. Los intendentes -bastantes de los cuales gobiernan distritos con más votantes que algunas provincias- no tienen esa posibilidad. Por eso se definirán antes.

De todos modos, después de este largo texto que sólo puede interesar a políticos y politizados, insisto en algo que digo desde hace largos años. Desde antes que abrí el blog. La suma de dirigentes no es la unidad del peronismo. Ni de ninguna otra fuerza política. Algunos, y algunas, tienen liderazgo, “carisma”, aunque ahora no está de moda mencionarlo. Pero son pocos. En cualquier caso, no es transmisible. Ni es a prueba de desgaste, tampoco. Los militantes son valiosos y necesarios, pero son una minoría. No definen.

Los que quieren construir poder político en un país con instituciones democráticas -aún imperfectas, como el nuestro- deben sumar “intención de voto”. Comparado a ese factor, todo lo demás es humo.


Una crisis para Macri

abril 17, 2018

crisis

Tengo que excusarme -otra vez- con esos nobles lectores que se mantienen fieles. Éste no es material propio -sigo sin tiempo libre- y en esta oportunidad tengo algunos prejuicios sobre su autor. Walter Graziano es un economista brillante … con debilidad por las explicaciones políticas “conspirativas” (le pasa a algunos economistas. Nunca a los contadores).

Pero este artículo suyo -la descripción económica de una posible crisis durante la gestión Macri- es razonable y hasta prudente. Coincido con su análisis. Por lo menos en la primera etapa. Que de todos modos es la única que puede ser prevista, hasta cierto punto. En un párrafo breve al final, marco mis diferencias con sus conclusiones.

Me parece significativo, tengo que agregar, que la haya publicado el Cronista, el diario que se esfuerza en ser el medio del establishment financiero (y de los timberos con aspiraciones). Un llamado a la prudencia, tal vez? Ah, la imagen que encabeza este posteo también es del Cronista.

Una crisis económica en la era Macri sería muy diferente a la de 2001

A medida que se produce un deterioro en las cifras del plan económico, con la deuda pública subiendo, la inflación resistente a bajar, las ventas de dólares del Banco Central, la aparición de déficit de balanza de pagos y el fuerte crecimiento en el déficit consolidado del Estado (Tesoro + Banco Central), son muchos quienes se preguntan cómo puede terminar este plan económico si las cosas empeoran.

El recuerdo de la crisis económica de 2001 aún está fresco en la memoria de todos aquellos que perdieron sus ahorros por entero y debieron comenzar de cero. El temor de una repetición de tal crisis es muy fuerte y en cierta manera paraliza el accionar de muchos operadores económicos que podrían consumir o invertir con mayor confianza si no hubiera quedado esa marca indeleble en sus mentes.

Por eso, vale la pena preguntarse: ¿puede ocurrir una crisis similar a la de 2001 si las cosas salen mal? ¿Hasta dónde la realidad puede copiarse a sí misma?

Pues bien, veamos. El actual plan económico se diferencia en varios puntos centrales del que se aplicó durante la década de los 90 y explotó en 2001. En primer lugar, aquel era un plan con tipo de cambio mucho más rígido que un tipo de cambio fijo. Se trataba de un tipo de cambio convertible, o sea, se trataba del único tipo de cambio posible -según las autoridades de aquella época-, a punto tal que tuvo que votarse en el Congreso una ley de intangibilidad de los depósitos “para intentar infructuosamente garantizar a la población que sus depósitos estaban seguros en los bancos y no serían confiscados por el agente económico del cual todos desconfiaban: el Estado.

Pero no sólo el tipo de cambio era fijo y convertible sin poder moverse ni un milímetro: había una gran cantidad de depósitos en dólares (superaban en aquella época los u$s 10.000 millones) con un bajo encaje bancario. Los bancos eran incentivados por las autoridades a prestar todos los dólares posibles y si era a plazos muy largos en concepto de préstamos hipotecarios, mucho mejor.

De esta manera, cuando los capitales dejaron de ingresar masivamente a la Argentina -hacia fines de los años 90- la inercia de dólares abundantes vendiéndose en el mercado local a 1 a 1 se mantuvo durante largos meses dado que quienes tomaban dólares prestados de los bancos, o quienes los recibían tras vender un inmueble, debían venderlos en el mercado para hacerse de pesos.

Fue así que un mismo dólar pasó a tener varios dueños: el tenedor físico del billete y el depositante de dólares en los bancos. Todo esto generó una ilusión, un espejismo de abundancia de divisas que en realidad era falsa. Solo se necesitaba -como ocurrió- la presencia de un abultado déficit de cuenta corriente de balanza de pagos para acabar con ilusiones y espejismos.

De esta manera que cuando sobrevinieron los males, sobrevinieron todos juntos, dado que había una escasez de dólares en todos los sectores de la economía: no los tenía el Estado, no los tenía el Banco Central, no los tenían los bancos, no los tenían las empresas y no los tenían los particulares.

Hoy, las cosas son marcadamente diferentes: no hay un dólar convertible. Ni siquiera hay un tipo de cambio fijo. Aunque el Banco Central interviene, hasta el momento no puede decirse que haya impedido que se manifieste una tendencia del mercado. Es cierto que en marzo le ha puesto un “techo” un tanto caprichoso al valor del dólar, pero no hubo aún un plazo duradero de esa política como para asimilar la actual situación a un tipo de cambio fijo o descendente.

La otra gran diferencia es que si bien hay muchos más depósitos en dólares (superan los u$s 30.000 millones), los bancos sólo pueden prestar las divisas a empresas relacionadas con la generación de dólares a través del comercio exterior. El resto debe ser mantenido como encaje en el Banco Central. En forma preocupante, esta muy sana limitación está siendo cambiada en estos días autorizándose a que los bancos presten los dólares que toman del público al Tesoro, el cual puede pagar sus deudas en dólares con estas divisas.

Esto es algo incipiente y habrá que ver a qué niveles llega. Obviamente, de generalizarse este uso para los dólares depositados en los bancos estaremos frente a una muy mala noticia que puede acercar al sistema financiero algo -nunca lo será del todo- a aquel sistema financiero de 2001.

Entonces, hay dos grandes diferencias: el tipo de cambio se mueve y es flotante en forma “sucia” y los dólares depositados están aún mayoritariamente en forma de encajes en el Banco Central o prestados a empresas que generan dólares. Ello implica que hay varios ingredientes de lo que ocurrió en 2001 que no serían necesarios hoy en día si sobreviene una crisis.

En primer lugar no existiría la necesidad de un corralito dado que los dólares podrían devolverse a los depositantes y los pesos podrían devolverse también sin necesidad de mantener un dólar fijo a ultranza.

En segundo lugar, no sería necesaria la pesificación. En 2001 fue necesario convertir las deudas en dólares a deudas en pesos para que las mismas pudieran pagarse y además porque no estaban los dólares que no podían devolverse. Hoy una pesificación no sería necesaria ni siquiera en una profunda crisis: no hay créditos en dólares que devolver.
En tercer lugar, un default de la deuda pública no sería un hecho seguro si sobreviene una crisis. Ello sólo sería inevitable si se cortan todos los lazos financieros con prestamistas externos e internos y, sobre todo, si se avanza en la peligrosa tendencia a que se usen los depósitos en dólares que están en los bancos para pagar deudas del Tesoro.

En síntesis, una crisis económica en la era Macri, aún una crisis profunda, probablemente constaría de una fuerte devaluación del peso y un incierto grado de disponibilidad de divisas, que, según la situación puede ser más o menos amplio. Pero hay que olvidarse del corralito, de la pesificación y hasta cierto punto, de un default”.

Este análisis de Graziano es -en líneas generales, las únicas posibles en una situación cambiante- correcto. Sólo me siento obligado a observar lo que dice en el último párrafo “Hay que olvidarse de…”. Todo lo que puede afirmarse es que esas medidas no serían, al presentarse la posible crisis, necesarias.

Pero siempre tengo presente una frase atribuida a Einstein “Sólo conozco de dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy tan seguro”.


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