Reflexiones superficiales y cortas sobre lo que pasa en Chile, y en el resto del mundo

noviembre 22, 2021

Empiezo contestando a algunos amigos nac&pop de inclinación progre (en un tiempo eran vertientes bien diferenciadas, pero no es la realidad hoy) que minimizan el fenómeno Kast apuntando a que la participación en estas elecciones chilenas fue baja.

Y sí. Votaron 7.115.590 de los habilitados, y hubo 7.027.068 votos válidos. Un 47,34% del padrón. Eso significa que sólo un 14%, más o menos, de chilenos y chilenas le dijo sí a Kast. Y también que un poco más del 12% le dijo sí a Boric, y así al resto de los candidatos.

Recién decíamos en AgendAR que eso deja a Chile ante un escenario peruano: un balotaje entre dos candidatos, en el que la mayoría de los votos que consigan no serán a favor de ellos sino de rechazo al otro. No es un escenario estable, y a los argentinos no nos conviene un vecino inestable. Ni trumpista, si se da el caso.

Pero aquí en el blog me interesa considerarlo como parte de una tendencia global, como evidentemente parece serlo. Atención: en cada país -también en el nuestro- las circunstancias locales son más decisivas que cualquier zeitgeist global. Pero eso no quiere decir que esas tendencias no existan en todas las sociedades modernas, y no influyan poderosamente.

Resulta evidente que muchas, muchas personas, en muchos países, se sienten agredidas y reaccionan frente a las ideas y valores que se llaman a sí mismas «progresistas» o «modernas», «multiculturalismo», «políticas de género», por ejemplo. Que también son parte de una tendencia global previa, por supuesto.

Nada de esto es nuevo, obviamente. Hace 50 años Erich Fromm lo describía con talento literario en El arte de amar y en El miedo a la libertad. Y, en realidad, refuerza la identidad de los dos lados de la «batalla cultural»: se pueden llamar con entusiasmo «fascistas» o «zurdos de mierda».

El problema práctico, me parece, es una concepción tradicional de la izquierda -que se ha extendido entre los nac&pop, debo decir: que el Pueblo, o las mayorías populares (o el proletariado, en una versión antigua) está automáticamente con ellos y sus valores. Y les resulta muy difícil aceptar que a veces el Otro Lado consigue mayorías.

Es el pensamiento de Rousseau aggiornado «El hombre, y la mujer, nacen libres y con tendencia a votar a candidatos progres. Pero en todas partes se encuentra encadenado por el capitalismo, o los medios hegemónicos, o...». Puede ser así, o no. Pero los políticos -gente que quiere ganar elecciones, en general- debe incluir en sus cálculos esos votantes, esas tendencias.

(Es difícil para la militancia cultural y, sobre todo, para la política. Si el término «correlación de fuerzas» les resulta antipático, imagínense «correlación de votos»).

Este posteo apunta a un problema práctico, pero no pretende ser una indicación práctica. Hace poco dije en este blog que la batalla cultural no se libraría el 14N en Argentina. Tampoco el 19D en Chile. Ni siquiera en el 2023 en Argentina, otra vez. Ni es una batalla, en realidad. Son tendencias que circulan en las sociedades a lo largo de generaciones, y no se resuelven. Cambian de tema.

¨Pero sobre eso quiero escribir cuando tenga tiempo, tal vez en las vacaciones. Por ahora, me interesa señalar algo concreto, que apunta a un problema concreto, que hace a las condiciones de vida de gran parte de nuestro pueblo, y a una sociedad vivible (aunque dividida).

Es una fantasía idiota suponer que el 95% de la población tiene intereses comunes, enfrentados a los intereses del 5% más rico. Ese 95% (bah, cualquier porcentaje) tiene intereses segmentados, y, en lo inmediato, que es lo que importa a la mayoría, enfrentados entre sí.

Y los bienintencionados que quieren para nuestro país una distribución menos desequilibrada de ingresos y beneficios, como la que existía medio siglo atrás -y que hace una sociedad más productiva y dinámica- deben asumir el problema de los «representates de artistas». Que pueden ser buenos representantes, pero generalmente no son artistas.

Estar «a favor de los pobres» sin ser pobre, es moralmente elogiable. Pero… despierta hostilidad entre los que se sienten cuestionados moralmente, sin reconocerlo. Y también en algunos pobres, cómo no. Es inevitable, pero hay que tenerlo en cuenta.


La soberanía y el Paraná

noviembre 20, 2021

Esta imagen la subió a Twitter la CONAE, con este texto: «Celebramos el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado de 1845, esta imagen del satélite SAOCOM 1 A muestra el lugar del combate, con las cadenas que cruzaron el río para impedir el avance de la flota anglofrancesa«.

Me gustó mucho el gesto. Subí el tuit a AgendAR, y la foto a mi perfil personal en Instagram (bah, la subió mi hijo Juan; IG es generacional o comercial). Y en mi blog me puso a reflexionar.

Algo breve. Sobre esto se ha escrito y polemizado mucho -también en este blog- y hay análisis mejores. Lo que me llama la atención es que se ha enfocado relativamente poco el aspecto digamos geopolítico del asunto, que entiendo es clave para entender las motivaciones ¿Será que todavía perdura el prejuicio que la geopolítica es algo que hacen las Grandes Potencias en otros sitios?

Era una Argentina todavía en formación, pero no existía ese prejuicio. En 1820, el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez ordenó la toma de posesión de las islas Malvinas en nombre del Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cosa que se hizo, por ejemplo. Y en 1845, otro gobernador, Juan Manuel de Rosas, debía decidir si admitía la libre navegación de los ríos interiores. Lo que, en ese momento, significaba la libre navegación por parte de Inglaterra y Francia.

El anti rosismo plantea que estaba en su interés conservar el monopolio de la Aduana de Buenos Aires, lo que es cierto. Pero omiten considerar si estaba en el interés de esa Confederación Argentina todavía en formación, mantener en sus manos el control de una de las dos vías de comunicación interior fundamentales de la América del Sur. Ni Rosas ni los gobiernos argentinos hasta entonces, habían reconocido la independencia del Paraguay. Y Río Grande del Sur… había un viejo problema de límites con con el Imperio del Brasil, y allí había un fuerte movimiento separatista…

Esa es la geopolítica de la primera mitad del siglo XIX, claro. Hoy ha cambiado por completo, y -si todas las partes hacen las cosas bien, que no es seguro- para mejor. El control estratégico del Paraná y sus afluentes está en el interés, y las posibilidades, de los 4 todavía socios del Mercosur. Cierto que primero debe controlar su sector -el más largo- la Argentina.

Sobre este punto, tuve una conversación esta tarde. Un amigo nac&pop me preguntó «¿Qué habría pensado Mansilla de darle la administración del río a una empresa holandesa?«.

Contesté ¿»Los holandeses vienen por el agua!»? Ah, no. Eso le pertenece a Lilita del Carrió Sánchez de Thompson, distinguida dama de la sociedad progre de Buenos Aires.

Agregué «A mí me gustaría que el dragado lo hiciera una empresa local. O una estatal, si pudiera evitarse que la colonicen intereses privados y roscas presupuestívoras. Pero es un tema muy menor. El control del tráfico, y de las exportaciones, por el Paraná tienen que hacerlo no los que hacen el dragado, sino la Aduana, la Gendarmería, la Prefectura, el Estado, bah. No colonizado por intereses privados

A lo mejor Mansilla, y don Juan Manuel, estarían de acuerdo.


Las condiciones para el 2023

noviembre 16, 2021

Suena arrogante ponerse a escribir ahora sobre «las condiciones» de la próxima elección presidencial, cuando todavía faltan dos años, y aún no está el escrutinio definitivo de las legislativas. Bueno, es arrogante, pero hay algo peor: puede sonar estúpido, si se reflexiona en que es imposible prever todas las cosas que pueden ocurrir en ese tiempo, y la interacción entre ellas.

Sin embargo, tiene sentido. Porque hay algunas condiciones que se mantienen vigentes desde hace 6 años, y otras que vienen desde hace décadas en la política argentina.

Entonces, se puede decir que es posible, hasta probable, que sucedan hechos totalmente imprevistos y hasta imprevisibles. Pero también podemos señalar, con razonable confianza, lo que no puede ocurrir. Para poner ejemplos extremos: no se puede afirmar que es imposible la caída de un meteoro gigante en la Pampa húmeda, pero sí podemos descartar que estas provincias declaren su adhesión a Fernando VII, sus sucesores y metrópoli.

Como dije en el posteo anterior, estoy razonablemente convencido que la puja electoral del 2023 se dará en el mismo escenario político. Es decir, los actores principales, los que disputarán la presidencia de la Nación, serán las dos grandes coaliciones que se han enfrentado en 2015, ´17, ´19 y ´21. No parece posible que menos de dos años aparezca, y se instale en todo el país, un nuevo actor que las desafíe.

(El fenómeno «anarco capitalista», que surgió con fuerza en la ciudad de Buenos Aires es un tema interesante para la política local -y para la psicología social. Pero no tiene chances en 2023. Aunque pretenda jugar, sus votantes serán arrastrados por la polarización, porque ya están polarizados. Esa es su identidad política).

En cuanto a las condiciones necesarias para disputar la presidencia en el ´23, empiezo por un punto que me parece obvio, y ha sido repetido por muchos opinadores de Este Lado en distintas formas «Con el kirchnerismo no alcanza, sin el kirchnerismo no se puede». Pero uno de los puntos que quiero hacer aquí es que la versión hoy aceptada por la mayoría de la dirigencia peronista realmente existente –«Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede»– es necesaria pero no suficiente.

He insistido muchas veces -y no soy original en esto- en que entre 2005 y 2008 el peronismo -país de inmigración, como la Argentina misma- incorpora una nueva generación política. Fue un proceso buscado deliberadamente por Néstor Kirchner, pero alcanza masividad y muchas de sus características en 2008, en el marco del enfrentamiento del gobierno con las patronales agrarias (que también dio origen al antikirchnerismo como hoy lo conocemos, pero eso es otra historia).

Hablo de una generación política. Formaba y forma parte de esa militancia kirchnerista quienes se habían alejado del peronismo en los ´90, en el gobierno de Menem, y una izquierda en busca de sujeto social. Pero el número mayor, por lejos, lo aportaron los jóvenes, como siempre sucede en política, y trajeron el discurso y los ideales del momento, la primera década de este siglo.

Diez, quince años después, sus dirigentes ya no son tan jóvenes, pero su promedio de edad es menor que el del resto de la «nomenklatura» del peronismo. Su identidad política particular la da su relación emocional profunda con Cristina Kirchner (la militancia peronista siempre tendió a enamorarse de sus líderes) En su seno surgió una organización de cuadros, La Cámpora, que no los engloba a todos, ni mucho menos -las «orgas» nunca tuvieron buena imagen con los «librepensadores» ni, en general, con nadie que no formara parte de ellas- pero ha desarrollado un poder territorial importante en el Gran Buenos Aires y en la hostil al peronismo Ciudad de Buenos Aires, y presencia en el resto del país.

Ahora, la oposición política y, con más peso, las concentraciones de medios más importantes difunden el mito de una Cristina mezcla de Rosa Luxemburgo y Lady Macbeth, que con La Cámpora quiere establecer una dictadura castro-chavo-comunista. Que ya fue presidenta durante 8 años -dos mandatos- y no hizo nada por el estilo (al contrario, tomó algunas medidas «democratistas» un poco ingenuas, como derogar la figura del desacato) no sirve para destruir el mito.

Porque el sector más visceralmente antiperonista de la sociedad -que no es por cierto una minoría insignificante- le echa la culpa a Perón que Argentina no es el país europeo imaginario (nada que ver con la Europa real, por supuesto) en el que les gustaría vivir. Y también porque una parte de los kirchneristas juega con un revolucionarismo verbal, e ignora alegremente que una política chavista, por ejemplo, no puede llevarse adelante sin que las fuerzas armadas y de seguridad estén comprometidas con el régimen. Bah, sean el régimen.

Mi punto es que Cristina y, en un grado menor, el aparato de La Cámpora son necesarios para mantener activo en la coalición al kirchnerismo -que ya no puede pensarse como una inmigración-, que ya es la izquierda peronista. El ala izquierda que formó parte del peronismo desde su mismo nacimiento (como también los yrigoyenistas, y los conservadores lúcidos), y que se expresó en el discurso y la pasión de Evita. Que no era feminista y sí anticomunista, pero si Evita no expresa la reivindicación y la revancha de los «de abajo», los marginados por los prósperos y satisfechos -aquello por lo que acusan a la «izquierda»- ¿quién carajo lo hace?

Ojo: esta «ala izquierda » actual sería necesaria ahora para mantener votos de un importante sector que no está entre las franjas más humildes, los marginados de hoy. Porque en ese sector también trabajan el peronismo tradicional no K, los movimientos sociales, con una fuerte inspiración de la Iglesia, y hasta los aparatos del PRO que han aprendido a moverse ahí. Pero esos votos «K» son absolutamente necesarios ¿Para ganar? No. Para tener chance de ganar. Ya dije que no me parece que en menos de dos años se construya un nuevo «bloque histórico».

(Esto del nuevo bloque histórico puede ser necesario. Yo creo que lo es. Pero no llegará a jugar un papel importante en las elecciones de 2023 por fuera de las dos coaliciones que existen).

Me extendí mucho, para un posteo superficial, en la que pienso del kirchnerismo hoy. Queda para el próximo, tal vez, que me meta con el peronismo no K hoy, que planteó -el del AMBA, con algún estimulo del resto del país- la movilización a Plaza de Mayo de mañana, a la que ahora se suman todos. (Y algunas cosas se me ocurren sobre la coalición del Otro Lado).

Pero el señalamiento de este posteo -tal vez apresurado- es que la articulación entre los peronismos K y no K, más allá de la unidad formal, es el desafío más importante para la dirigencia y la militancia de Este Lado (además de gobernar bien, pero ese no es el tema del posteo).

¿Se conseguirá? Creo que sí. El destino patético de los intentos de «ir por afuera» de Randazzo y de Moreno es una indicación elocuente para los dirigentes que no se conformen con minutos en la TV y algunos recursos para la campaña, o con descargar viejas broncas. En realidad, el argumento más elocuente y decisivo es la dura derrota de Schiaretti en Córdoba. El Gringo es un hábil político, tiene el gobierno de una provincia próspera y una fuerza política disciplinada y con mucho «territorio». Igual no hubiera ganado si sumaba los votos kirchneristas, pero el punto es que dejarlos de lado no le sirvió.

Porque todo este palabrerío es sobre «las condiciones para dar la batalla del 2023». Para ganarla, es necesario -me repetiré, una y otra vez- gobernar bien.


La batalla cultural no se librará este domingo

noviembre 12, 2021

Como es mi (mala) costumbre, empiezo por anticiparme a lo que podría pensar el lector: no, no voy a decir que el resultado electoral de este domingo no importa. Ni tampoco que la «batalla cultural» es un tema de graduados en ciencias sociales sin conexión con la realidad (los graduados, no el tema).

Las dos cosas -la lenta deriva de los valores en una sociedad, los votos en una elección legislativa- son reales, y cargadas de consecuencias. Pero son distintas, y su conexión, que la tienen, no es ni rápida ni automática.

Es curioso, pero lo que me puso a pensar sobre batallas culturales han sido las campañas de estas elecciones. Las de las 2 coaliciones principales. Ya concluidas, puedo dar mi opinión sin sentir que estoy violando alguna ética publicitaria o política: las vi poco imaginativas, aburridas. No creo que sea culpa de los profesionales a cargo. Enfrentaron el hecho que en ninguna de esas dos coaliciones logró un discurso dominante, un mensaje claro para los votantes que aceptara y repitiera la mayoría de sus militantes. Salvo, claro, «voten a Nosotros, porque los Otros son horribles». Funciona, eh, pero no suma ni entusiasma.

Hasta cierto punto, era inevitable. El deterioro de la gestión de Mauricio Macri se aceleró a partir de abril de 2018. Deterioro en sus propios términos y según sus propios objetivos. El recuerdo está demasiado fresco. Y al gobierno de Alberto Fernández, que no comenzó mostrando imaginación, ni estableciendo autoridad -para ponerlo suavemente- le cayó encima la pandemia, que deterioró a todos los oficialismos. Incluso al hasta entonces «winner» Trump y a la inoxidable Merkel.

Así, hoy hay sectores de la militancia del FdT -que van a votarlo, sin dudar- que se expresan en las redes con más furia de Alberto que de Macri. En JxC es menos explícito -aunque hay bastantes puteadas a Larreta- pero, estimo, más profundo.

JxC logró un éxito importante: consiguió establecerse como la opción para el voto rechazo al peronismo, el lugar que ocupó por décadas la UCR, y el No al peronismo es la otra gran identidad política argentina de los últimos 76 años, junto al peronismo.

Pero a ambas dos identidades las atraviesan las mismas divisiones -«progresismo» / «valores tradicionales»; «emprendedorismo» / «estatismo»,… (todo esto lo analizó Pierre Ostiguy con mucha más seriedad que yo)- y la coalición antiperonista no tiene la historia y las redes personales en común que sí tiene la mayoría de la coalición que forman el peronismo y sus aliados más afines. Y que si tenía (tiene) la UCR.

Pero lo que me puso a pensar en la interacción de lo cultural y lo electoral fueron justamente los temas centrales de la última parte de las 2 campañas, que -creo- fue un acierto de esos dos equipos. El «Sí» resuena bien con el etos tradicional del peronismo, posibilista, volcado a las realizaciones concretas. Y el «Yo decido» reflejaría bien la afirmación de la autonomía personal que un cripto liberal como yo puede rescatar del rechazo al peronismo. «A mi no me van a obligar a llevar luto por Evita», es una de la más viejas de las consignas gorilas (si trae ecos del Matadero de Echeverría y el luto por Encarnación Ezcurra…).

Ahora, el punto de este posteo es que las batallas culturales no se plantean ni se resuelven en las contiendas electorales. Hay ejemplos a montones en nuestra historia cercana: si hay algo que movilizó y enfrentó profundamente a nuestra sociedad el año pasado es el tema del aborto. En esta elección dará para el 1% de los votos en algún distrito numeroso, con suerte.

Otro ejemplo, de una «batalla cultural» con motivaciones económicas y políticas: el enfrentamiento por la Resolución 125 en 2008, dio origen al kirchnerismo como hoy lo conocemos y también al antikirchnerismo. Y, de Este Lado se olvida, ese antikirchnerismo triunfó en el número de manifestantes y en la votación en el Congreso. Había surgido un nuevo actor político, y algún bloguero sabio -había algunos en ese tiempo- habló del «vandorismo rural».

Bueno, no. Los legisladores ruralistas elegidos el año siguiente pasaron por sus bancas, y -a pesar de la prédica de Héctor Huergo, amplificada por Clarín Rural- no hay una fuerza política que exprese los intereses y el etos de los propietarios rurales, como hay hace siglos en Europa y entre nosotros lo hacían los conservadores.

Lo más cercano es la UCR, pero las puteadas más fuertes contra «los radicales» -sobre todo después de la gestión de Alfonsín- uno las escucha entre los ruralistas. El PRO, … expresa mucho más el etos muy urbano de ejecutivos, CEOs y aspirantes a serlo.

Resumiendo, gente: nuestros votantes se deciden, de menor a mayor intensidad, 1) por identidades -tienen menos fuerza que décadas atrás, pero todavía pesan-, 2) por carisma, simpatía hacia algunas figuras y rechazo a otras, y 3) por gestión. Y «gestión» engloba toda la realidad que vive y sufre el votante, no sólo lo que es responsabilidad del gobierno. No es un buen panorama para el FdT, que sólo puede esperar, y espera, que la memoria de la de Macri pese más.

Como sea, el resultado del domingo no cambiará, estoy razonablemente convencido, el escenario político. Seguirán existiendo las dos grandes coaliciones, porque no aparece un nuevo actor que las desafíe. Tengan presente que tradicionalmente surgió en las elecciones argentinas, una «3° fuerza» con peso. El Partido Intransigente, la Ucedé, partidos muy distintos que en ocasiones muy distintas llenaron ese rol. Que en estas elecciones la 3° fuerza sea el Frente de Izquierda, tengo que concluir, con respeto y cariño por esos militantes, que los votos están polarizados como en pocas ocasiones.

¿Estoy diciendo entonces que el resultado de este domingo no importa tanto? Por supuesto que no! Estos resultados serán el insumo fundamental de las dos «madres de todas las batallas» que van a ocupar los próximos dos años: las pujas por las candidaturas presidenciales de esas dos grandes coaliciones. No nos vamos a aburrir.


Milei como Edipo, por una columnista acomplejada

noviembre 7, 2021

Muchas veces en el blog de Abel he reproducido material de otros que me pareció interesante o provocador, a veces hasta con permiso. Pero, si mi memoria no me falla (a veces falla) nunca copié el análisis psicológico de un candidato, hecho por una columnista de La Nación.

Pola Oloixarac escribe muy bien, por cierto. Su sesgo político, y sus lectores, son los de La Nación (diario). Pero el seudónimo que eligió parece indicar que hay algo que la acompleja a ella. No importa; yo estoy rompiendo con mis normas precisamente cuando doy peso al análisis de la psicología de un político para explicar sus acciones.

Ojo: no es que crea que los políticos no tienen complejos, compulsiones y demonios interiores. Por supuesto que los tienen (tenemos), como todos. Pero la puja por el poder, hasta por la figuración, tiene sus propias exigencias, y quien se deje llevar por sus pulsiones, sin calcular bien antes, no va a durar mucho en política. Ese puede ser el caso de Javier Milei. O no. Copio la columna de P. O.

ooooo

«“Yo grito”: con esas dos palabras se presentó al público el economista Javier Milei en el debate de candidatos por Buenos Aires. El chillido desencajado y los insultos ya son parte de su marca personal, así como su pelo batido linyera style. Milei admite que grita, porque espera que su conducta sea leída como los exabruptos de un apasionado, un freak, una víctima del sistema. Sus accesos de furia representarían el universo mental de los argentinos: su despliegue neurótico sería el reflejo de lo que le pasa a la Argentina que no tiene voz (y por eso grita).

El estilo bizarro de Milei terminó por cuajar en la escena argentina, que tiende a pensarse como una familia. En una sociedad donde hay Abuelas que son actores políticos, donde las oficinas del Estado se empapelan con duplas matrimoniales (Perón y Eva, Néstor y Cristina), y se celebran las apariciones de Nietos, Milei ascendió rápidamente al rol del hijo disfuncional. En las PASO sacó un fulgurante 14%, y las probabilidades de que se consolide como tercera fuerza en las elecciones del 14/11 están a su favor. Como un Pity Álvarez de la política, Milei es desprolijo y entrañable: un rockstar desmesurado con un lado tierno, que cae bien.

Milei sueña con ser el Charlie Manson de la casta política: el líder de un movimiento subterráneo sin piedad, con un abanico de utopías audaces listas para detonar el status quo. Propone destruir el Banco Central, “aplastar” políticos, echarlos a patadas: se declara anarcocapitalista, lo que justificaría su retórica categórica y agresiva. Oscila entre los extremos: pasa de ser la víctima del sistema, a victimario del sistema. Su aire nervioso y explosivo se presenta como el caparazón traumado de un corazón bueno y justiciero: Milei quiere ser el síntoma que combate la enfermedad general.

El show de Milei es irresistible porque tiene un brillo patológico auténtico: es el bulleado que hace bullying. Su despliegue de chico maltratado y maltratador repite su historia familiar. Milei contó que su padre empleaba la fuerza física contra él, además de violencia psicológica: le pegaba y lo hacía sentir mal, un fracasado, y su madre era cómplice: ella contemplaba las escenas de violencia, pero no hacía nada, no lo defendía. En términos similares describe su relación con el Estado, y es lo que vuelve su performance hipnótica: es la voz del abusado por la autoridad, por el Estado, que estalla en escena.

Ahí radica su diferencia esencial con los políticos tradicionales: Milei parece vivir intensamente su relación de abuso con el Estado. Milei es tan cándido en su dramatismo que todas sus peleas supuestamente ideológicas terminan en psicodramas. Dice que su pésima relación con su padre le dio resiliencia: “Sé que bajo la máxima presión, yo rindo, porque ya lo viví”. En efecto, rinde muchísimo en televisión: cualquier pregunta (en general de mujeres) puede transformarlo en un sapo rojo hinchado que agrede a los gritos (donde los que miran son cómplices mudos).

Su expertise en economía le da contenido a su rol de maltratador que goza repitiendo estas escenas de autoridad-que-castiga hasta el hartazgo. A una periodista tucumana le chilla que es una burra y una estúpida ante un auditorio lleno, o le aúlla a un Larreta ausente “te voy a aplastar, zurdo de m…”, entre otros sinónimos fecales. Caca, aplastar: este léxico del abusado infantil convive con una jerga técnica que Milei arroja orondo y jactancioso como si fueran misiles de precisión (el teorema de Arrow, “falacia” cuando quiere decir error, etc).

Por eso fue interesante el acercamiento en los últimos días entre Milei y Mauricio Macri. Milei había denostado al gobierno de Cambiemos, pero pronto declaró que Macri “no es casta política”: planteó que Macri mismo no habría sido el problema de su gobierno, sino el entorno. Una explicación maradoniana.

Milei está tan desesperado por agradar, tan preso de su psicodrama, que no puede resistirse a un halago (especialmente uno que viene de una figura paterna). Y Macri, cuya correcta clasificación zoológica corresponde al zorro, más que al gato, vio esta debilidad en él: bastaba con elogiarlo para tenerlo ronroneando suavemente junto a él, y así robarle la escena. Naturalmente, Milei cree que es su propia genialidad la que lo acerca a Macri, porque su fantasía acaricia un proyecto presidencial. Su 14% que se pliega sobre el 41#, como un boleto capicúa de su padre colectivero.

¿Como podrá digerirlo la maquinaria de PRO? Milei consiguió lo que PRO nunca se animó: dar la batalla cultural de las ideas liberales. El carece de la programática mediocridad del marketing cultural de PRO como partido de globos y paz. Como un radioaficionado, Milei sintonizó con el pitch sonoro que iba más allá de la grieta kirchnerista: encontró un tono de la bronca, a la que dotó de su aire de profesor loco. Su reivindicación de la derecha es más bien el hartazgo con la izquierda como sentido común, donde un empresario tiene que pedir perdón y ganar dinero está mal visto.

Con su economía punk, “no dejes que los zurditos te roben” caló profundo en esas zonas donde el zurdito es el acomodado del Estado, y donde los hombres se tienen que hacer fuertes. Por ese motivo el gran servicio que Milei le hace a Cambiemos no es económico, sino cultural. Mostró al kirchnerismo como lo que es: el ideario de un progresismo hipócrita de señoras acomodadas cuya gran innovación es suponerle poderes mágicos a la letra “e”. Mientras el peronismo se muestra obsesionado con vestirse de feminista (mientras hombres voluminosos gobiernan), y Cambiemos cuida su discurso para “no ofender” como quien sigue una dieta estricta sin calorías, Milei y sus libertarios dieron rienda suelta a una lengua recia y machizada, entre otras ideas más cercanas a la vida cotidiana de los jóvenes.

Milei y la troupe libertaria conformaron una pequeña legión de capocómicos (con el talento tenaz de tuiteros hiperkinéticos como @Ziberial, Dannan y DAN, entre otros); juntos fogonearon un guión que Durán Barba jamás hubiera soñado para rockear los barrios carenciados. Ruidosos y entretenidos, sus exponentes intentan responder a la pregunta: ¿cómo ser hombres? Es un espacio poblado de muchachos y señores intensos donde no hay figuras paternas, como una especie de Neverland de Peter Pan hecha de fans del bitcoin. Sus popes combinan la ostentación con tips sobre cómo enjabonarse correctamente y por qué se debe siempre pagar las salidas a las señoritas (hits de Carlos Maslatón); José Luis Espert parece nacido para animar las mesas extintas de Polémica en el Bar; la palabra “trolo” se populariza para señalar la debilidad.

Su zona de éxito ya no es ser emprendedores, sino apostar a la timba financiera de las criptomonedas, el deporte nacional de un país que te entrena hace generaciones para transformar los pesos en cualquier cosa que no sea pesos. Triunfa la libertad. (A.B.F.: estas negritas son mías)

Los actos políticos de Milei tienen el formato de clases, lo que marca la ansiedad de los jóvenes de clase media y clase media baja por aprender. Se equivocaba Florencia de la V., vocera del desdén del Gobierno, cuando se preguntaba en Página 12: “¿Desde cuándo los chicos quieren ir a la escuela? Parece que Sarmiento pasó a ser tendencia”. El Gobierno tuvo que perder en las PASO para darse cuenta que sí, los chicos querían ir a la escuela. Y Sarmiento tuvo su comeback glorioso, junto a Alberdi y Roca. Con la simplicidad de su historia argentina de escuela secundaria, Milei reivindica a la tríada liberal -algo que, dentro de Cambiemos, sólo osaba hacer a viva voz la historiadora y candidata a diputada Sabrina Ajmechet.

La pandemia creó las condiciones para pensar el Estado. Alberto puso en escena un Estado activamente perverso: el Estado que quita, que cercena. Bajo el signo de la pandemia, el Estado peronista canceló la escuela, persiguió a los que querían salir a correr diciéndoles asesinos y liberó a los presos (por razones humanitarias). La bancarrota ideológica del peronismo quedó expuesta: su única premisa (“el Estado te da”) demostró que era mentira. Los que sostenían “el Estado te da” eran los primeros en violar la norma: el Estado que no sólo castra, sino también viola. Al final, “ese Estado opresor” que es “un macho violador”, el hit musical que cantaban las feministas a finales del gobierno de Macri, se parecía al peronismo pandémico. Pero fue Milei el que encontró el tono dramático para esa acusación de abuso estatal, de violación y de opresión. En este contexto, donde la justicia no existe, gritar con Milei es aullar “Mi Ley”, la ley soy yo. No reconozco la autoridad que me viola, la ley soy yo.

Las dotes de Milei como influencer tienen límites. Lo suyo es el monotema económico: si se sale de eso, Milei puede sostener que el cambio climático es “un invento de la izquierda”, lo que delata que se autopercibe como un republicano de Texas. Hasta ahora, Milei no ha debutado en la ironía y la elegancia. Un buen diagnóstico del profundo problema político de la Argentina es que deba ser una persona tan evidentemente desequilibrada como Milei la que hable en favor del sentido común, en contra de la presión fiscal asfixiante y de la malversación del Estado. El kirchnerismo, dedicado a invertir millones en la adquisición de referentes culturales y medios, perdió la hegemonía cultural ante el golpazo de realidad: tenía a todos los influencers comprados, pero nadie estaba escuchando.»


Un 17 de Octubre, y el tema de la identidad

octubre 17, 2021

Que el 17 de Octubre es uno de los mitos más poderosos construidos en Argentina -tierra gran constructora de mitos- lo sabemos todos, hasta los que odian esa idea. Otra cosa es la realidad de esa jornada, hace 76 años, de los días que la prepararon y de sus consecuencias, también fascinante para los que gustamos de la historia y la política. Pero hay una diferencia, clave, entre mito y realidad que derrota y muestra el patetismo de los que buscan algún dato de la realidad para «destruir el mito».

El 17 de octubre de 1945 es irrepetible. No está Perón, no está el Ejército, industrialista y factor de poder del que surgió, dividido ya entre quienes lo apoyaban y quienes estaban dispuestos a todo para acabar con él. La clase alta y las clases medias de esa Argentina, que miraban con alarma y furia a ese coronel, cambiaron profundamente (para peor, pero ese es un juicio personal). Hasta los trabajadores que se movilizaron en columnas para apoyarlo… ya no son ese mismo sector coherente. Son varios, bastantes diferenciados entre sí. Y el mundo de 1945 y el de 2021… otra cosa.

En cambio, el mito se renueva cada vez. Es eterno porque cambia. Y mientras cambia. Cuando queda fijado, muere. Cada generación encuentra su propio significado en el mito, a partir de su experiencia. Y de sus necesidades. Ya en los primeros dos gobiernos de Perón, el discurso oficial lo fue cambiando, desde la memoria del rescate del coronel prisionero de sus enemigos y de la revancha de los privilegiados, a la afirmación de la Lealtad de las masas con su Conductor. Esos relatos no se contradecían, pero el énfasis era distinto.

Después del ´55, el 17 fue una afirmación de lucha, de Resistencia. Y así siguió por 18 años. Como a todo, el paso del tiempo lo fue desgastando. Más el fracaso en 1964 del Operativo Retorno, que fue una consecuencia, digamos todo, de ese desgaste.

El regreso de Perón, el regreso al poder, parecían remotos. Era un mito, bah. En los primeros años de Onganía, a mediados de los ´60, los actos del 17 eran gestos de desafío de la militancia juvenil, y de definición doctrinaria en los sindicatos.

Pero a pesar de ese desgaste, el mito, y la definición doctrinaria, mostraron fuerza como para darle bandera y contenido a la siguiente etapa, cuando la historia argentina empezó a sacudirse de nuevo. Corrían otros vientos en el mundo, y la agitación estudiantil, el Cordobazo, no se hicieron con banderas peronistas. Pero en dos, tres años, el peronismo era la identidad proclamada -no sólo como antes de los trabajadores, de los «de abajo»- sino de la juventud de las clases medias que se movilizó como nunca antes ni después.

Esto es historia, claro ¿Se repetirá alguna vez? No tengo idea, y la Historia es una mina a la que le gustan las sorpresas. Aunque a veces repita el bosquejo de algún escenario, le cambia el final. Por ejemplo, a partir de 2003 y sobre todo del 2008, hubo una incorporación de sectores medios al peronismo. No tan masiva como la de los ´70, pero muy importante en número y, aún más, en el acceso al poder político interno. Por suerte, el destino de esa inmigración ha sido mucho mejor que en los ´70.

Ahora, con todo lo diferentes, en su naturaleza, que son la realidad y el mito, hay algo en lo que se parecen. Eso también es clave, y es el punto de este latoso posteo. Ese día de octubre de 1945, un coronel con vocación política e influencia y manejo en algunos sectores jóvenes de la oficialidad del ejército que entonces era nacionalista e industrialista, descubrió que ya era un Conductor de masas de trabajadores. Y esas masas obreras, ya con larga experiencia de luchas, fracasos y algunas modestas victorias, descubrieron que podían se protagonistas decisivos, en una lucha real por el poder, asumiendo una nueva identidad, la de peronistas.

Y eso es lo que tienen común. Jornadas del calendario con la envergadura para que después las transformen en mitos, y los mitos mismos. En las dos cosas encontramos la búsqueda y la afirmación de una identidad.

Hasta aquí, la parte teórica, y bastante pretenciosa, del posteo. Uno tiene una cotidianeidad muy práctica, y a veces me tiento con estas reflexiones. Pero ahora quiero ir a lo que creo estará sucediendo hoy. Que empezó a suceder hace tiempo.

Como repetí muchas veces en el blog, Néstor Kirchner fue el dirigente peronista que vio con claridad que los 10 años de Menem habían terminado vaciando al peronismo de contenido. Quedaban los aparatos políticos provinciales y los sindicatos, una memoria, lealtades… Pero como proyecto, vacío. Y en el plano muy práctico y concreto de lo electoral, Néstor, como jefe de campaña de Duhalde en 1999, vio que los votantes que en otros momentos hubieran elegido, con más o menos convicción, a un candidato del peronismo, se fueron con el Frepaso a la Alianza.

En 2003 N. K. fue el candidato del derrumbe de la Alianza, del aparato peronista bonaerense y del No a Menem. Le alcanzó para ganar, por poco, esa vez. Pero empezó a construir de inmediato un nuevo bloque ¿»histórico» en el sentido de Gramsci? Hmm… No lo creo, pero dejo el análisis a quienes conozcan más a fondo el pensamiento del italiano. Lo que es cierto es que construyó un frente con los aparatos del peronismo, con los que nos habíamos mantenido en el peronismo por identificación con una historia propia, y con un «centro izquierda» muy impreciso pero real y numeroso. Que se fue acercando al kirchnerismo sobre todo por rechazo a sus enemigos.

Ese frente permitió gobernar con firmeza la ingobernable Argentina por diez años y medio, y se prolonga hasta hoy como base del liderazgo de Cristina Fernández. Un liderazgo cuestionado, si los hay. Pero tengamos en cuenta que no ha aparecido otro liderazgo en el peronismo de dimensiones siquiera cercanas en todos estos años.

¿Qué tiene que ver todo esto con lo que digo en el título y en las parrafadas iniciales sobre la identidad? Bueno, Kirchner, un dirigente peronista «del territorio», era muy poco sentimental en relación al peronismo, y, sobre todo, a los otros dirigentes. Por su parte, Cristina mantuvo siempre un estilo alejado del «folklore», y se ha permitido tomar distancia de muchos ritos tradicionales. Y del «pejotismo». Por supuesto, ambos dos, Néstor y Cristina aferraron y condujeron a los aparatos políticos del peronismo: eran imprescindibles; N. K. advirtió que si les decían kircheristas era para «bajarles el precio». Pero en conversaciones privadas, dejaba en claro que se sentía lejos de esos desgastados administradores de discursos sentimentales y pequeñas prebendas.

Este distanciamiento está más extendido en la dirigencia de lo que podría creerse. Hasta una figura tan emblemática del peronismo tradicional del conurbano bonaerense como Aníbal Fernández alguna vez mandó a guardarse la «marchita» en alguna parte. Pero bueno, el triunfo, la convicción que se está cumpliendo una tarea importante (se adquiere fácil en el Estado) sirven para dar cohesión y pertenencia… Pero la derrota, o la perspectiva de la derrota hacen que se necesite algo más. Hay que afirmarse en una identidad. Como después del ´55, esa identidad se encuentra en los mitos del peronismo. Y el mito más poderoso y más propio, es el 17/10 (La figura de Evita es tan fuerte, si no más, pero no es tan exclusiva: hay demasiados admiradores o que se dicen admiradores no peronistas. Si hasta tiene una ópera…).

Un inteligente análisis de Nicolás Lantos Un 17 de octubre en defensa propia apunta que hoy y mañana habrá «dos movilizaciones representarán a los dos continentes que están tomando forma al interior de este nuevo Frente de Todos«. Me gustó, pero tengo algunas diferencias.

«Hoy domingo -dice- marchará aquello que históricamente se caracterizó como kirchnerismo, incluyendo a su base de movilización silvestre, La Cámpora, las organizaciones de derechos humanos y otros espacios políticos que se encuadran ante la conducción que tiene su epicentro entre el Instituto Patria y el Congreso de la Nación. Será parte de la convocatoria la CTA y los sectores de la CGT que fueron excluidos de la marcha del lunes.

Esa (otra) movilización, convocada tradicionalmente por la central obrera y que tiene epicentro a pocos metros del edificio de la calle Azopardo, incluirá a las organizaciones sociales pero ejerció derecho de asistencia contra otros sectores del sindicalismo. Se trata del polo alrededor del que intentará organizarse el peronismo no kirchnerista con la intención de plantar bandera en una eventual interna de cara al 2023.«

Hmm…, otra vez. El segundo párrafo exagera mucho cuando habla de «plantar bandera … de cara al 2023». Sospecho que ahí Lantos está inconscientemente influido por el obsesivo discurso de los medios opositores que en cualquier cosa ven una maniobra de CFK para imponer una revolución chavista -sin fuerzas armadas, claro, porque las de aquí no son «bolivarianas»- y un peronismo que no sabe como impedírselo. Así, Feletti, Manzur o el mismo Alberto serán alguna vez opositores internos a Cristina y otra dóciles instrumentos de la Jefa, según convenga al relato que están contando en ese momento.

Los sindicatos más poderosos decidieron hacer su propia marcha para marcar que tienen capacidad de movilización, tareas a cumplir y recursos para hacerlo. Y no para ponerse al servicio de algún proyecto, K o no K, sino para dejar claro que cualquier dirigencia política tendrá que conversar con ellos. Bastante parecido a lo de los movimientos sociales, que hicieron sus propias marchas antes. Son los sindicatos de los precarizados, después de todo.

Tiene razón Lantos cuando dice que la de hoy será una marcha muy mayoritariamente kirchnerista. Pero sostengo que el dato principal es que no surge de una decisión de arriba. Fueron los kirchneristas de a pie, los que se acercaron al peronismo o volvieron a ilusionarse con él, convocados por los gestos de Kirchner, la oratoria de Cristina, quienes en una marea nada orgánica fueron imponiendo la necesidad de «hacer algo», y, para los de la Capital y el Gran Buenos Aires, hacerlo en la Plaza.

Muchos de ellos sienten frustración y bronca. Una parte no pequeña está muy descontenta también con las jefaturas y referentes del kirchnerismo visible, aunque casi todos hacen contorsiones para salvar de sus críticas a Cristina. Inevitable. A nadie le gusta ser derrotado, y ser derrotado por macristas… Más importante, el gobierno ha cometido errores graves, y no ha sabido comunicar bien sus aciertos.

Pero lo que me parece fundamental, más allá de las elecciones que se pierden o ganan, es que la frustración y la bronca, como la pertenencia, se expresan a través de una identidad peronista, manifestada un 17 de Octubre.

Como me siento obligado por ética, o por pedantería, a mantener una honestidad profesional, reitero que lo siempre he dicho: los, y las, militantes son una minoría. Salvo en momentos muy especiales, y muy raros, ni siquiera arrastran mayorías electorales. Pero sin ellos, los dirigentes son «jetones» a los que no escucha nadie, y cualquier payaso coyuntural puede desafiarlos en las urnas. Por eso, esta identidad que hoy se manifiesta indica por dónde va a seguir transitando al menos la mitad de la política argentina.


Cuando Argentina quiso entrar en una cancha donde juegan EE.UU., Israel e Irán

octubre 10, 2021

La decisión de la entonces presidenta Cristina Kirchner de impulsar una negociación con la República Islámica de Irán a propósito de una causa judicial que se arrastra desde 1994 en tribunales argentinos sobre el atentado a la AMIA, está de vuelta en la atención de medios y politizados y, tal vez, de algunas cancillerías.

El motivo, o más bien el pretexto, es el reciente fallo del Tribunal Oral Federal 8 que determinó que no existió delito en el Memorándum de Entendimiento Argentina-Irán. Pretexto, porque muy pocos analizaron, o leyeron, ese fallo de más de 300 páginas. Simplemente, sirvió para otro episodio de «Odiemos a Cristina y todas sus obras», una herramienta útil para sectores políticos y de poder económico opositores y, se ve, para descargar neurosis profundas en muchos opinadores (señalo esto último porque en bastantes casos se percibe un odio irracional que no parece surgir, solamente, de una convicción política o motivos mercenarios, sino de un mecanismo similar al que describieron Sartre y Fromm en el antisemitismo).

Por mi parte, reitero mi opinión sobre el asunto, muy anterior a esta sentencia: la denuncia original de Nisman es ridícula. Una colección de escuchas clandestinas a personajes de cuarta, que hablan pavadas por teléfono. Típico material de los servicios locales, y bastante patético; han sabido armar “carpetas” mucho más sugestivas.

El colmo es que la motivación que atribuye al memórandum no es un delito. Esa denuncia afirma que fue para aumentar las exportaciones a Irán… Un objetivo natural y constante de cualquier gobierno, en todos los países, más allá que despierte en algún caso objeciones éticas.

Así, todo el texto huele a servicios que se hubieran quedado perdidos en la Guerra Fría. No es necesario una investigación profunda para llegar a esta conclusión. Basta con leer el texto de esa denuncia de Nisman de febrero de 2015, subido en un sitio que le rinde homenaje…

Pero el punto de este posteo va bastante más atrás, porque su título no se refiere exclusivamente a la decisión de 2013 de CFK. Voy a copiar algo que escribí hace unos 15 años, en diciembre de 2006, en El hijo de Reco (un antecesor más articulado de El blog de Abel, que desde entonces tiene un «link» en el encabezado) Kirchner, Irán y la historia oficial“.

Ya lo copié hace años en este blog, pero como dice la Conductora Emérita Mirtha «El que cambia es el público». Además, hace a mi ego mostrar que 15 años atrás estaba en lo cierto (un lector me dijo que mi blog era autorreferencial (¿por qué otro motivo tendría un blog?). Y agrego un comentario que creo actual.

ooooo

«El 26 de octubre (de 2006), inmediatamente después que fiscales argentinos pidieran la captura de ocho iraníes, entre ellos un ex Presidente, acusados por el atentado a la AMIA, yo escribía:

“Hace algo más de 12 años un atentado en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina costó 85 vidas de argentinos de religión judía, católica y quizá algún agnóstico. Fue un hecho muy doloroso, en un país habituado a las catástrofes, que impactó en nuestra gente. También puede argumentarse que fue una de las primeras batallas en la llamada “guerra del terror”.

Sea como sea, no es sorprendente que nuestros investigadores y servicios de inteligencia y seguridad no proporcionaran explicaciones convincentes, ni tampoco – por supuesto – pruebas. No tienen experiencia en conflictos internacionales, porque han sido volcados a nuestras luchas internas. Y las explicaciones que en otros países se han dado de hechos similares no se han librado de ser cuestionadas. Cualquiera puede encontrar en Internet – por ejemplo – cientos de sitios ofreciendo teorías conspirativas, distintas de la oficial, sobre el atentado a las Torres Gemelas.

La diferencia clave es que en otros países los órganos del Estado (el Poder Judicial también lo es) han llegado a conclusiones que asumen definitivas y están dispuestos a afirmarlas con su autoridad. Tienen una “historia oficial”. Y no es cinismo señalar que es una base necesaria de toda política de Estado. El estado Argentino no ha podido elaborarla por esas mismas luchas internas que mencionamos antes.

Así, el gobierno de Menem y el juez Juan José Galeano que investigó el tema plantearon – sin mucha convicción – la “pista iraní”, pero dedicaron más esfuerzos a la conexión local, que encontraron convenientemente en las filas de la policía provincial de un gobernador que lo incomodaba. Tuvo el aval de las organizaciones de la comunidad judía.

Los opositores a Menem – y los familiares de las víctimas – favorecieron la “pista siria”, que coincidía con el origen familiar del entonces presidente y de algún traficante de armas famoso, y sugerían como motivo apoyos a su campaña electoral que no fueron correspondidos.



El hecho triste es que hasta hoy el único condenado en sede judicial por temas vinculados a este caso es el mismo juez Galeano, identificado con la “pista iraní”

Bueno, ayer (25/10/06) los integrantes de la fiscalía especial creada por el presidente Kirchner, Alberto Nisman y Marcelo Martínez Burgos, emitieron un dictamen que reivindica esa vieja pista: acusa a Hezbollah e Irán y reclama la captura de ocho iraníes, ex funcionarios de Teherán.

¿Será ésta la definitiva “historia oficial” del Estado Argentino sobre el atentado a la AMIA?”

Mantengo lo dicho, pero debo confesar que – como la mayoría de los observadores – no aprecié en el primer momento la gravedad que este hecho implicaba, después que el juez Rodolfo Canicota Corral avalara el dictamen de la fiscalía. Un solitario, agudo analista advirtió – y concuerdo – que posiblemente sea la decisión jurídica de mayor trascendencia e impacto en lo que va del siglo XXI en materia diplomática y de defensa para la Argentina. Porque los gobiernos pasan, pero las causas judiciales permanecen – aletargadas o no – para que otros gobiernos, u otros países, las retomen.

Ciertamente – todos los que han opinado con alguna seriedad están de acuerdo – es absurdo pensar que el juez y los fiscales se han pronunciado, más allá de la fortaleza o debilidad de los indicios (en otra parte de esta página damos, en las palabras del fiscal y del representante de Irán, oportunidad para que Uds. los evalúen) sin el respaldo del Gobierno Nacional. En cualquier país del mundo, estas decisiones se toman con adecuada conciencia política de sus consecuencias, y en Argentina el Poder Judicial tiene una sensibilidad aguzada para los humores del poder.

La pregunta a hacerse es, entonces, por qué Néstor Kirchner decidió avalar esta decisión judicial. Hay algo muy importante para tener presente: La evidencia parece indicar que un gobierno que ha sido acusado por muchos (entre ellos, yo) de no contar con equipos ni inclinación para el análisis estratégico de la política internacional, ha llevado adelante desde que asumió hace tres años una estrategia consistente y coherente en este tema en particular.

En un excelente artículo que público hace pocos días en “La Nación”, Juan Gabriel Tokatlian, el agudo analista a quien me referí más arriba y cuyos trabajos hemos subido alguna vez a esta página, señala:

“A principios del siglo XXI, el comercio con Irán venía creciendo nuevamente con grandes márgenes de superávit para nuestro país. En 1999, el comercio bilateral fue algo superior a los 158 millones de dólares (las exportaciones argentinas fueron de US$ 155 millones). En 2000, las cifras respectivas fueron algo más de US$ 343 millones y US$ 341 millones. En 2001, alcanzaron respectivamente los US$ 419 millones y US$ 417 millones. Cabe destacar que ese año – el de nuestra gran crisis interna – las exportaciones a Irán equivalieron a la mitad de todo lo que se vendió a Medio Oriente y representaban el 2% de nuestro intercambio mundial. Ese mismo año nuestras exportaciones a ciertos países clave fueron inferiores a las realizadas hacia Irán: a Canadá se vendió por valor de US$ 225 millones, a Venezuela US$ 235 millones, a Francia US$ 257 millones y al Reino Unido US$ 291 millones.

En 2002 sólo hubo exportaciones a Irán: el monto fue de US$ 339 millones. En 2003 -año de llegada de Kirchner al gobierno-, se produjo una caída notable: se exportó por un total de US$ 47 millones. En 2004, las exportaciones cayeron a sólo un millón de dólares. En 2005 no hubo ninguna exportación de la Argentina a Irán.”

Tokatlian no puede ofrecer explicaciones satisfactorias para estos hechos, pero es muy difícil creer que se trata de una coincidencia. Sobre todo, si se toma en cuenta otros aspectos de la política de Kirchner: aunque él y su gobierno fueron severos críticos en algunas oportunidades de políticas de Washington (el A.L.C.A., por ejemplo) se mantuvo una clara y constante decisión de cooperar con Estados Unidos en materia de seguridad. Los organismos de inteligencia del Estado argentino, con sus limitaciones, cooperaron y cooperan con las políticas de seguridad de Washington. La Cancillería ha manifestado su rechazo a la proliferación de armas de destrucción masiva, y nuestras Fuerzas Armadas colaboran en Haití.

La relación de mutuo beneficio establecida con Chávez, así como otros gestos – y hechos concretos – de independencia en la política exterior no deben confundir. Irritante como es Chávez para los Estados Unidos, y antagónico para su visión estratégica, como puede serlo, ciertamente no es un problema de seguridad. Hoy, ni Castro lo es.

Más relevante para este tema en particular, cabe destacar que Kirchner, desde el comienzo de su gestión, anunció su decisión que el atentado no iba a quedar impune. Se puede pensar que son las frases hechas de un gobernante; pero hay que tener en cuenta que nunca, a pesar de algunas posiciones de la senadora Fernández de Kirchner antes que él asumiera la Presidencia, avaló la “pista siria”.

Los motivos posibles que baraja Tokatlian no son convincentes: no parece haber motivos para que Teherán, culpables o inocentes sus hombres, reduzca su comercio con Argentina antes que los fiscales insinuaran su decisión, cuando no lo había hecho frente a las acusaciones de Galeano y a la explícita alianza de Menem con EE.UU. Una convicción ideológica de Kirchner? Su política internacional puede ser poco meditada, pero no se podría acusarla seriamente de ideologizada. Deseo de congraciarse con la colectividad judía? No suena muy creíble, para un político astuto.

La única hipótesis plausible que se me ocurre es un acuerdo con el gobierno norteamericano en políticas de seguridad – que incluyese una evaluación firme de la “pista iraní” – alcanzado no después del 2003. Y Kirchner tiene fama de cumplir férreamente la letra de sus acuerdos.

Si fuese cierto, no me sorprendería ni me escandalizaría. Los gobiernos, de derecha, revolucionarios o progresistas, sellan acuerdos como el que se insinúa. Tampoco me siento inclinado a unirme al coro de ex-menemistas que descubren que Kirchner comete un grave error al apoyar ahora a EE.UU. e Israel porque Bush perdió las elecciones y vienen los demócratas (o republicanos moderados). En los países serios como esos dos, las políticas de seguridad trascienden los gobiernos. Ni tampoco me gusta la postura vergonzante que susurra que Irán no debe ser acusado porque puede ponernos (otra) bomba.

Lo que debe preocuparnos a los argentinos es que otra vez, como hace 15 años en la Guerra del Golfo, nuestro país toma partido, aunque sea en menor grado, en el conflicto más grave de nuestra época, sin una reflexión cuidadosa de las consecuencias y los riesgos. Sin una Cancillería ni instituciones del Estado capaces de evaluar alternativas por encima de las decisiones personales. Y sin tomar en cuenta el principal aporte que Argentina y Latinoamérica, por todas nuestras injusticias y locuras, pueden ofrecer al mundo en este nuevo siglo: una sociedad donde la religión y la raza no son causa de guerras.»

ooooo

Tal vez sí hace 15 años yo era un poco más soberbio. Entiendo ahora que cualquier gobierno argentino estuvo y estará frente a una fuerte presión de familiares de las víctimas, de grupos mediáticos y de algunas cancillerías para «no dejar impune» el atentado terrorista que provocó más muertes desde el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955.

En otros países, más poderosos y/o mejor organizados, el eventual castigo toma otras formas. Cuando el gobernante se convence de que sabe quiénes son los autores, el presidente de los EE.UU., por ejemplo, firma una Orden Ejecutiva. En otras naciones, menos convencidas de su excepcionalidad, el presidente de Francia o de Rusia, el primer ministro de Gran Bretaña o de Israel, da una indicación, verbal, a algunos departamentos de su gobierno, y un misil, un dron o un equipo de asesinos la ejecuta.

No estoy sugiriendo que Argentina deba o pueda adoptar esa práctica. No con los organismos de seguridad, con el aparado del Estado, que tenemos. Lo menciono para hacer comprensible -también para mí mismo- que Néstor, Cristina y aún, con más cinismo e irresponsabilidad, Carlos Menem, buscaran mecanismos judiciales para «hacer justicia» (De la Rúa, Duhalde y Macri no encontraron necesario hacer más que discursos sobre el tema).

El problema, sostengo, es de nuestra sociedad. Y, como en otros temas, de la inhabilidad y reluctancia de nuestros gobiernos a comunicar verdades incómodas. Un jefe de Estado, o los instrumentos de mayor jerarquía de su gobierno, sólo pueden ser juzgados y condenados después de una derrota militar decisiva o de haber sido expulsados del poder. La muy occidental Margaret Thatcher decía «Gran Bretaña no negocia con terroristas. Salvo cuando llegan a ser Primeros Ministros». Y muchos siglos antes, en uno de los primitivos romances del Mío Cid se aconsejaba «Haced la jura, buen Rey, No tengáis de esto cuidado, Que nunca fue rey traidor, Ni Papa descomulgado».

Dejemos de lado entonces la payasada de «las órdenes de captura de Interpol», que nunca han sido ejecutadas, ni lo serán, salvo por un Estado que tenga motivos previos para enfrentarse con Irán.

En lo que hace al atentado a la AMIA: ni en la causa que armaron hace 15 años esos fiscales, ni desde entonces, no aparecen -no se dan a publicidad- pruebas sobre la autoría, salvo declaraciones de testigos de «identidad reservada». Pero la hipótesis que la potencia detrás de los ejecutores fue Irán es posible. Y -seamos francos- considerando otros episodios de la guerra sucia del terror y contra terror en estas décadas, parece probable. Si organismos legítimos del Estado argentino deciden que Irán es responsable, y que conviene a los intereses nacionales hacerlo público, no tengo motivos para rechazar esa «verdad oficial».

Pero afirmar que tribunales argentinos, o internacionales, o mixtos «harán justicia», es más grave que una hipocresía, que a veces puede ser necesaria en la diplomacia. Es un autoengaño.


La caída de las redes de Mark Z: chance para ARSAT y algún empresario argento

octubre 6, 2021

Esta nota no pertenece al blog. Es un editorial que subí hoy a AgendAR, mucho más apropiada para su público, creo, que los politizados, militantes y/o nostálgicos que todavía visitan acá. Pero estoy tan embalado con la idea que la divulgo por cualquier medio. Hasta creo que la voy a subir a Facebook e Instagram, para jugar limpio con Mark 🙂

ooooo

Como todo el mundo sabe -nunca fue tan cierto y literal, el mundo todo-  el lunes 4 de octubre Facebook, Instagram y WhatsApp, las 3 empresas de Mark Zuckerberg, estuvieron caídas por más de 6 horas. Las dificultades comenzaron a las 12:15 hora argentina, y ningún dispositivo, en ningún rincón del planeta, podía conectarse a través de ellas.

No fue la primera interrupción del servicio para ninguna, ni tampoco la más prolongada. Facebook estuvo caída un día entero en 2008, y WhatsApp por 14 horas entre el 13 y el 14/3/19. WhatsApp e Instagram las tuvieron hace muy poco, en marzo y julio de este año. Y un fallo de las 3 juntas, ocurrió en julio de 2020.

Pero nos animamos a decir que la caída de ayer fue la que impactó más en la sociedad global. Para ser más preciso, en un porcentaje muy alto de los ciudadanos de una mayoría muy larga de los países del globo.

En parte, por una cuestión del número de usuarios. En 2008, Facebook tenía 80 millones; hoy, esa red social sola tiene más de 2.890 millones. El «planeta Zuckerberg» tiene más habitantes que la India y China juntas.

Pero creemos que un factor aún más decisivo es el papel que juegan, cada vez más, en nuestras actividades, además de nuestros ocios. Cada día más empresas pequeñas y medianas y emprendimientos personales se suman a vender u ofrecer servicios a través de Instagram. La pandemia ha acelerado esta tendencia.

Y WhatsApp -y en menor grado el servicio de mensajería de Facebook, Messenger, que también se cayó– ha reemplazado al correo electrónico y está en camino de reemplazar a la comunicación telefónica. Por supuesto, ambos siguen existiendo y cumplen funciones acotadas aunque propias. Pero el mensaje que puede enviarse en cualquier momento, y también leerse o escucharse cuando el receptor tiene tiempo, resulta tan útil… Lo mismo que el bot, que ofrece de inmediato opciones al cliente (o al ciudadano).

Bueno, ayer comprobamos que este maravilloso mecanismo -que vende a empresas privadas, y a algunas agencias de algunos gobiernos, los datos personales que le brindamos sin reflexionar, y cuyos algoritmos han sido denunciados como «perversos» (ver la otra nota que hoy publica AgendAR)- también puede fallar. Y sin advertencia previa.

Poco después de la recuperación de las redes, nuestro amigo Jorge Zaccagnini, referente histórico para muchos informáticos argentinos, nos decía en un mensaje «en varias oportunidades advertimos que la mudanza irreflexiva de los mecanismos de comunicación era un proceso peligroso y permanentemente a un paso del caos».

Es cierto. Sin ir más lejos, en marzo habíamos reproducido en AgendAR su advertencia «No abrazar la tecnología digital sin evaluarla antes». La pregunta es ¿Hay alternativas?

Hay una red, al menos, que se está ofreciendo, con énfasis, desde hace tiempo: Telegram. Y es muy competitiva en sus capacidades. Pero, como otras muestras de las brillantes ciencia y tecnología rusas, tiene dificultades con la escala. Ayer también Telegram tuvo problemas para alojar a tantos emigrantes intempestivos con los mensajes que no podían enviar por WattsApp.

Hay otras redes y servicios de mensajería. En China, en la misma Rusia… Incluso en Estados Unidos, varios compiten con éxito en segmentos de la población con los servicios de Mark Z. Pero todos ellos, en sus características y su lenguaje, están destinados a los usuarios locales.

Y ahora contestamos la pregunta de si hay otra alternativa con otra ¿Por qué no hacemos lo mismo? Hacemos nuestro el desafío de Zaccagnini: «…planteamos la necesidad de una nube local y sudamericana. Usando los recursos y conocimientos que hoy estamos mal utilizando como materia prima del negocio de otros».

Podemos imaginar una red de mensajería nacional, hasta un sitio en Internet para subir fotos y textos breves… Ejemplos de esto último existen. Por supuesto, somos conscientes que competir con recursos locales con el imperio de Zuckerberg sería tratar de pescar una ballena con un anzuelo para mojarritas.

Pero el objetivo no sería competir, sino ofrecer una alternativa confiable, y, tal vez, valorizar más los datos que hoy los usuarios de las redes proporcionamos gratuitamente. Porque Mark Z es, simplemente, el empresario que con mayor habilidad explotó el hecho que hoy a muchísima gente le encanta volcar su intimidad en Internet, brindando de paso información valiosa para las empresas que quieren venderles productos o servicios.

El factor que puede hacer viable una propuesta así es que al Estado nacional, y también a los provinciales, les conviene que exista una alternativa a sus ciudadanos y a las empresas. No sólo frente a caídas imprevistas como la de ayer. El crimen y la guerra ya se trasladaron al ciberespacio. Contar con proveedores nacionales de estos servicios será en muy poco tiempo una política prudente, seguida por muchos países.

Nuestro columnista, Daniel Arias, nos cuenta que en enero de 2020, cuando se renovó la conducción de ARSAT, se debatió si se iba a ofrecer un sistema de teleconferencias capaz de hacerle competencia a los varios sucedáneos de Zoom. Con la ReFeFo, la red de fibra óptica que superó los 35.000 km y la capacidad de almacenamiento del Data Center de Benavídez, habría tenido ventajas tecnológicas, de escala y de costos decisivas dentro del territorio argentino. Pero era indispensable vender servicios directamente a usuarios: «dar milla final», en la jerga.

El tabú de la milla final es fundacional, viene de 2006, cuando la empresa nació con diez empleados en dos oficinas del entonces Correo Central y con la entonces sorprendente idea de dotar a la Argentina de sus propios satélites de telecomunicaciones. De suyo, un proyecto tildado de irrealizable y faraónico. Pero los satélites están, ganan mucha plata para el estado, logró una alianza con Turquía para su construcción en serie y venta, y habrá nuevos.

Satélites, la ReFeFo, «el Data», todo lo que se propuso hacer ARSAT, lo hizo. Pero en 2020 desistió de un equivalente nacional de Zoom por no romper el tabú de la milla final, y sembrar la paranoia entre algunos grupos económicos muy poderosos del mundo de las comunicaciones. Ese paso al costado se dio mientras se veían llegar la pandemia, sus inevitables restricciones y el florecimiento de la sala virtual de conferencias Zoom. Podríamos haber tenido un equivalente nacional. Todavía podemos.

Éste ahora es un desafío distinto. La caída general de conectividad de ayer nos señala que, antes que un negocio empresario, para el país sería una medida de seguridad. Ya no es únicamente conveniente. Es necesario.

ARSAT, en asociación con las empresas informáticas que siguen naciendo en Argentina a pesar de la crisis, puede encargarse de esta tarea. Tiene todo para ello. Se necesita la decisión política. Y, muy probablemente, un empresario o empresarios audaces.


Propongo: que el PJ deje de usar barbijo

septiembre 22, 2021

Casi todo lo que digo en este posteo, lo acabo de subir en un «hilo» en Twitter. Por un motivo que dejo claro al final del hilo.

La «cuarentena» (parcial) q Alberto Fernández anunció en marzo 2020, cuando la pandemia llegó a la Argentina, se fue modificando, y descascarando, desde las 1as. semanas. Pero el gobierno deja ahora la imagen de una «liberación» repentina. Y la oposición aprovecha, por supuesto.

En un gobierno no puede (ni debe) haber librepensadores, que opinen alegremente sobre las medidas que deben poner en práctica. Y usualmente, cuando hay una conducción firme, no se los estimula. Pero un gobierno d coalición como el actual necesita un espacio de debate público. Fuera del gobierno, pero con representatividad. Eso son los partidos políticos.

La parte más politizada de la sociedad (un ¿30%?) se enteraría de los debates, con distintas posiciones, y no recibiría los cambios como virajes. Twitter no sirve para eso, porque, como toda red social, forma burbujas que se gritan entre sí.

Por razones de historia (mía), al subir esto al blog puse en el título al PJ. Que es un caso de manual, además. Activo y vigoroso cuando está fuera del gobierno (bueno, en el período 2015/19 estuvo activo, pero no muy vigoroso. Es que el liderazgo más fuerte, por lejos, del peronismo su mantuvo fuera); cuando llega al gobierno entra en catalepsia. Sólo unos pocos y débiles signos indican que no se murió, todavía.

Pero también sirve para el otro partido extendido en todo el país, la UCR. Aún cuando se convirtió en la opción con la cual una parte muy numerosa de la sociedad argentina expresaba su rechazo la peronismo, la competencia, y los debates, entre la Línea Nacional de Balbín y Renovación y Cambio con Alfonsín, eran muy reales y potentes. Hoy, gobernadores y jetones varios encabezan grupos de dirigentes que aspiran a cargos para ellos y sus seguidores. Todo legítimo -Max Weber lo estudió muy bien- pero cuando es sólo eso…

Como doy a entender en el tweet, esta no es una propuesta para mejorar política. Creo que es una necesidad para el PJ y también para los otros partidos que participan en el gobierno (los que no son sellos). O las inevitables tensiones y presiones, que hubo y habrá, se vivirán como crisis.

¿Espero que algo así se haga en medio de esta campaña electoral, que culmina el 14/11? Por supuesto que no, salvo como cosmética (que no vendría mal…). Pero si no empezamos en esta dirección, el rechazo a la «casta» política seguirá creciendo. Para beneficio de los payasos que aspiran a ingresar a la «casta».


En la víspera de las PASO, los resultados electorales que importan

septiembre 11, 2021

Los lectores suspicaces -que deben ser bastantes- pensarán ante este título que voy a decir / sugerir que los resultados de mañana domingo no importan. No es así. El planteo de Mariano Fraschini –sus argumentos los reproduje en un medio más formal que este blog– es que se van a leer de formas distintas. Se trata en realidad de 24 elecciones en un país federal, que además es muy heterogéneo, en población, en recursos, en sus dinámicas políticas… Y remarca un hecho: las PASO de los años de elecciones legislativas no han sido anticipos de las presidenciales.

Pero las elecciones de mañana serán un episodio en un enfrentamiento que no es sólo político sino también cultural, como han señalado Julio Burdman y otros, y que va mutando. Los resultados dirán si se afirma (probablemente) o debilita la transformación que están sufriendo esas 2 realidades básicas de la política argentina desde 1946: el peronismo y el antiperonismo.

En mi falible opinión, el antiperonismo -en tanto expresión política masiva- se está transformando en este siglo en algo muy parecido a los partidos conservadores europeos, incorporando en estos años rasgos de populismo trumpista y de Europa Oriental. Y el peronismo, con la inmigración que recibe desde 2008, reforzada desde 2015… podemos decir que es una «socialdemocracia con características argentas».

(Se puede argumentar con solidez que siempre ha sido eso. Pero las características que le imprimieron Juan Domingo Perón y las masas obreras movilizadas de los ´40 y ´50 son bien distintas de las que le imprimen hoy Cristina, Alberto, Sergio, La Cámpora, los gobernas, la dirigencia sindical y la de los movimientos sociales… Como la Argentina y el mundo son distintos).

Como sea: creo que estas PASO darán una indicación -no definitiva, nada lo es- pero clara si esta configuración de las dos grandes coaliciones que se enfrentan se fortalece o no.

Además, claro, decidirán si algunos candidatos que no quieren encuadrarse en estas dos grandes coaliciones consiguen el piso mínimo de votos para competir en noviembre.

Pero cuando me refiero a los resultados electorales que importan me refiero a los de hace dos años, que creo siguen marcando los parámetros de la política posible en Argentina.

En las PASO de agosto 2019 la fórmula de Alberto y Cristina obtuvo el 47,79% de los votos; la de Macri-Pichetto (el vice era el conservador más lúcido de esa coalición, pero, bueno, el peronismo también tuvo muchos de ellos desde el comienzo), 31,80%, y la previsible 3° fuerza, que candidateó a Lavagna, 8,15%. Poco más de dos meses después, en las Presidenciales de octubre los porcentajes fueron, respectivamente 48,24; 40,28; y 6,14.

En mi lectura, también falible, claro, los resultados de las PASO muestran dos cosas. Una, que la experiencia macrista es irrescatable e irrepetible, por más que el Mauricio se esfuerce e invierta en reivindicarla. Pero mantiene un núcleo duro aún en el momento de mayor desprestigio -en países no polarizados se ganan las elecciones con un 30%- que condiciona a esa coalición. Y a sus posibles candidatos.

Los resultados de la presidencial muestran que el peronismo conserva la lealtad, o al menos las expectativas de los «de abajo», y es capaz de sumarles lo que equivale en la práctica a una mayoría absoluta -siempre y cuando consiga dar esperanzas a esa mayoría y su rival esté desprestigiado- pero aún en ese caso un 40+% de los votantes votarán a ese rival, por hostilidad o temor al peronismo.

¿Es una situación electoralmente estable? Creo que sí; que se confirmará en estas PASO. Porque tiene algo de identitario: una parte muy considerable de los que votan a esas coaliciones se identifican con ellas, y rechazan o desprecian a «los otros». El problema es que una de esas dos coaliciones debe gobernar el conjunto, y ese rasgo «identitario» se lo hace muy difícil. Pero no es solamente argento. Se extiende cada vez en muchos países, en estos tiempos del capitalismo tardío y las redes sociales.


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