Música para el fin de semana – Zambas

mayo 26, 2017

Me acostumbré a subir en este rito semanal piezas que me llamaban la atención, mientras surfeaba en la videoteca de Babel. O algunas que habían quedado en mi memoria, aunque no sabía si en la de alguien más ¿Cuántos nos acordamos de Cristina Plate, por ejemplo? Pero tan cerca del 25 de mayo, y habiendo recuperado el feriado puente por mi cuenta, aquí les traigo una hora de música que conocemos (casi) todos los argentinos. Nuestras zambas, por los conjuntos que todos hemos escuchado. Disfruten.


Música para el fin de semana – Chris Cornell

mayo 19, 2017

Para este finde quería subir algo del que se fue esta ayer. Porque aunque Chris Cornell ya era veterano -como el rock- expresa bien la pulsión de muerte, de bronca y de vida que tiene esa música. El último show de Soundgarden, este 17 de mayo, en Detroit.


Música para el fin de semana – Tania Libertad

mayo 13, 2017

Hace un montón de años que no la escuchaba. Pero encontré este video, Concierto para una sola voz, y me di cuenta que no la había olvidado. Estaba guardada en la memoria, tapada por otras cosas. “Virtuosa”.


De comentarios

mayo 6, 2017

Cada tanto vuelvo sobre el asunto. Hay comentarios, y comentaristas, que enriquecen el blog. Y son parte de las satisfacciones del bloguero. Además, para ser sincero, me ahorran trabajo: me dan servido otro posteo, o, mejor todavía, un nuevo enfoque.

En conjunto, son una compensación más que adecuada para los que encuentro aburridos, ofensivos, o estúpidos. Además, pienso que sus autores probablemente reaccionan de la misma forma a mis posteos -sería lógico- y tienen que leerlos, aunque sea el comienzo, para empezar a escribir. Una módica venganza.

Me fastidia más el hecho que un porcentaje muy alto de los comentaristas y de los comentarios tienen el único propósito de pelearse con otro, o bardearlo. Ojo: tengo claro que es la principal motivación de muchos que comentan, y de los que entran a la columna de coments. No es problema. A mí me fastidia simplemente porque me obliga al trabajo de leerlos y borrarlos cuándo se pasan, para evitar que termine en una cloaca como los foros online “moderados” por computadora. O porque está al comienzo de la columna de comentarios de un posteo que pienso vale la pena y la va a volcar a una polémica que no tiene nada que ver.

(Lo digo por el último “Argentina Nuclear”, donde borré un coment. bien argumentado pero irrelevante, y permití la tontería biliosa de Alcides Acevedo. Porque su obsesivo desprecio por cualquier esfuerzo nacional muestra una actitud demasiado extendida entre nosotros, el problema cultural más serio de la sociedad argentina. El Alcides sirve para que tengamos presente que ese auto desprecio está más allá de la política).

Volviendo al punto: Las peleas, en sí, no me molestan. Cuando ponen mucha pasión, me parece que deberían hacerlo personalmente, en el viejo estilo, a trompadas. Lo digital… me parece medio maricón, como se decía antes de las marchas del Orgullo Gay. Pero es una opinión personal. El caso es que tengo poco tiempo para moderar comentarios, y es más fácil borrarlos. Les sugiero que moderen ustedes los ataques en un comentario, si les interesa que lo publique.


Música para el fin de semana – Kate Bush

mayo 5, 2017

No la conocía, aunque sea extraño. Pero la escuché aquí, un tema “King Of The Mountain” en el que Kate Bush canta de Elvis Presley, y quiero compartirlo con ustedes.


Un adiós a Abelardo Castillo

mayo 2, 2017

abelardo-castillo

Hoy murió Abelardo Castillo, un gran cuentista argentino. En nuestro país abundan los buenos cuentistas. Y yo hace muchos años que no leía algo de él. Tengo presente que tenía debilidad por Poe, Sartre y Borges, y espero que alguien vuelva a poner en escena Israfel -también escribió teatro- para ir a verla.

Ya lo recordó en la bloguería la autora de uno más sensitivo que este mío, elnosoyloquedeberia, y probablemente el cuento que ella eligió es mejor que el que voy a subir aquí.

Pero tengo una vieja deuda con Castillo, con las revistas que el editaba hace medio siglo, El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro. Me hizo apreciar la literatura argentina, y que podía escribirse en el lenguaje que usábamos todos los días. Es cierto que, como argentinos, podemos apropiarnos de todo el legajo universal, que no tenemos porqué sentir los haiku japoneses o las sagas nórdicas como ajenas. Pero tenemos ese derecho si también creamos nuestro propio idioma.

Copio aquí un cuento suyo, Fermín. Les advierto, es amargo.

Fermín no era mejor que nadie, al contrario, tal vez fuera peor que muchos. No necesitaba estar muy borracho para romperle las costillas a su mujer, y prefería ir a gastarse la plata al quilombo en vez de comprarle alpargatas al chico. Era sucio, pendenciero y analfabeto. Opinaba que no se precisa ir al colegio para aprender a juntar fruta. Sí, indudablemente Fermín no era una excepción en los montes del francés. Según contaban los juntadores, debía una muerte. Había sido en Santa Lucía, en un baile. Al otro le decían el chileno. Fermín, en pedo, le manoseó la mujer, y el chileno cuando quiso echar mano ya tenía medio metro de tripa por el piso. Claro que ésa no era la única historia fea que corría por los montes, varios había con asuntos parecidos. Por eso, cuando para las elecciones vino ese político y gritó ustedes los trabajadores son la esperanza de la patria porque en ustedes todo es puro, auténtico, porque ustedes todavía no están corrompidos, Fermín no pudo reprimir una sonrisita maliciosa. Y no sólo a él le dio risa. —Ni en las casas me piropean tanto —comentó bajito. Y era cierto. En su casa también sospechaban que Fermín no era, del todo, un varón ejemplar. Borracho putañero, eso sí le decían. El día menos pensado me lo agarro a mi hijo y no nos ves más el pelo. Eso sí le decían. Eso sí que sonaba auténtico. Pero la Paula no era capaz de irse, por qué se iba a ir, si el Fermín la quería. Además, unos cuantos garrotazos por el lomo y la mujer se calma. Desde que había hablado el político, sin embargo, Fermín no les pegaba, ni a la Paula ni al malandrín de su hijo. Al fin de cuentas, cosas que dijo el hombre no daban risa, sobre todo cuando Cardozo el más chico medio lo provocó y él, de ahí nomás de la tribuna, vea, le dijo, eso no es ser guapo, amigo, seguro que si el francés los grita no hacen la pata ancha. Y que la hombría se les despertaba en casa, con la mujer. Esa parte le había gustado, porque no era del discurso; le había gustado que dijera pata ancha. Y además tenía razón. Claro que en todo no tenía razón. A veces es un desahogo dar vuelta la mesa de una patada, o reventar un plato contra la pared.

El siete y medio también es un desahogo. Porque a Fermín, como a cualquiera, le gustaba el siete y medio. De noche, en el almacén del zarateño se armaban lindas tenidas. El tallador era un chinón, clinudo, que imitaba los modales de los compadres puebleros, rápido para la baraja casi tanto como para el chumbo. Una sola vez lo habían visto actuar; el finado Ortega le gritó aquella noche: «¡Dame mi plata! Yo sé que estás acomodado con el francés pero, lo que es a mí, no me volvés a robar». Y no volvió a robarle. El otro lo mató ahí nomás, en defensa propia: Ortega tenía el cuchillo en la mano cuando se refaló junto a la mesa. El comisario de San Pedro tomó cartas en el asunto, se lo vio conversando con el francés: a partir de esa noche quedó prohibido entrar en la trastienda del boliche, con cuchillo. El político también habló de eso. Según dijo, venía a tener razón el finado Ortega. Claro que el político era del pueblo (veinte kilómetros hasta el monte más cercano) y que en el pueblo uno podía divertirse de otra manera; dos cines, dicen que había. Sea como sea, de una semana atrás que Fermín andaba pensativo. Y esa tarde, al cobrar, se quedó un rato con la plata en la mano, mirándola. ¿Venís a lo del zarateño?, oyó a la pasada y no supo qué contestar, se le atragantó una especie de gruñido. En el almacén de Ramos Generales había visto un vestido colorado, a lunares grandes. Lindo. —A que se lo llevo a la Paula —decidió de golpe. Y entró, y salió con el paquete bajo el brazo, y no compró alpargatas para el chico de casualidad. Iba a pedirlas pero le dio risa. Cha, qué bárbaro, se escuchó decir. —Ni sé el número —dijo. Cha que bárbaro, realmente. Ahora, en el camino hacia su casa, arrastrando el paso, mirándose fascinado el dedo que asomaba abajo, en la punta de la zapatilla, Fermín pensaba. —¿Andas enfermo, Fermín? —Eh, no. ¿Por? —Digo. Por el tranco —el otro lo miraba, con intención—. Y como te volvías tan temprano. Era cierto, gran siete. Desde el otro sábado que le debía un trago al Ramón. Entonces lo convidó al boliche. Y Ramón dijo que sí, después dijo: —¿Y ese paquete? —El qué. —Fermín se encogió de hombros y sacó el labio inferior hacia afuera, medio sonriendo—. Nada.

Lo del zarateño estaba lindo. Al fin de cuentas la Paula no lo esperaba hasta mucho más tarde y no era cosa de darle un susto, y una ginebra no le hace mal a nadie, ¿no? Iban tres vueltas. Entonces Fermín se dio cuenta de que, de este modo, seguía debiendo una copa. —Ginebra, zarateño, pa mí y pal hombre. Con el dedo índice tocó al hombre en el pecho y, echándose hacia adelante, agregó: —Porque yo soy de ley, amigo. La ginebra es áspera. Por eso, después del cuarto trago, la voz de Ramón era un poco más solemne que de costumbre: —Yo también soy de ley, Fermín… ¡A ver, patrón!: dos ginebras. —Ta bien, hermano; los dos somos de ley. Pero, la próxima, yo pago, y quedamos hechos. —Ta bien. Fermín tenía los ojos clavados en la cortina de la trastienda; vio en seguida cuando los hermanos Peralta salieron del interior. Eso significaba: dos sitios. —¿Probamos? —Probemos…

—Al siete y medio, pago. La mano del tallador, morena y flaca, con una uña agresivamente larga en el meñique, levantó de la mesa los mugrientos pesos que se apelotonaban junto a los naipes. Se le achicaron, amarillos, los ojitos a Fermín. Ya hacía rato que el aire estaba caliente bajo la lámpara, espeso de humo y de ginebra. Fermín agachó la cabeza. Después, mirando al morocho por entre las cejas, preguntó, pausadamente: —¿Qué era lo que decía Ortega? En la mesa hubo como un sacudón. El chinón, despacito, se abrió la camisa hasta la altura del cinto. Luego, también despacito, comenzó a pasarse un pañuelo por el pecho sudoroso. Junto al ombligo, ingenuamente asomaba la culata del Smith & Wesson. —¿Andas con ganas de ir a preguntárselo? El morocho era filoso. Fermín sintió que la cara le ardía como si le hubieran pegado un tajo. Miró alrededor. Los hombres —Ramón también— rehuyeron sus ojos. A todos los había cacheteado la fanfarronada del moreno. —Ta bien —murmuró Fermín—. Ta bien, me vuelvo a casa. Vos, Ramón, ¿venís? No, mejor quédate. Todavía no te robaron todo. Dio la espalda a la mesa y, arreglándose el pantalón a dos manos, encaró la cortina. Lo paró en seco la voz del morocho: —¡Che! Fermín se dio vuelta como tiro, buscando en la cintura el cuchillo que no tenía. Al otro le había aparecido el revólver en la mano. Sonrió: —Te olvidas de algo —dijo, señalando con el caño hacia un rincón. Fermín se agachó a recoger el paquete de la Paula.

Me han basureao gran puta el político de mierda ese tenía razón somos guapos en las casas nos roban la plata y tamos contentos. Fermín estaba parado en la puerta del prostíbulo. Llamó de nuevo. —Che, ¿te crees que nosotras no dormimos? —la voz opaca de doña María precedió a su rostro que, hinchado, asomó detrás de la puerta a medio abrir: —¿A quién buscás? —A la pueblera. —No se puede, ya no atiende. Está acostada. —Mejor si está acostada… La mujer frunció la boca, dubitativa; luego, repentinamente desconfiada, preguntó: —¿Traes plata? —No. —¡Ah, no m’hijito! A esta hora y con libreta, no. Fermín puso el pie antes de que la puerta se cerrara: —Oí… Traigo esto. Si te va apretao, lo cambias mañana. Y le alcanzó el paquete“.


Música para el finde largo – Alberto Williams, Aleksandra Tonelli

abril 28, 2017

Para empezar este fin de semana largo, elegí esta pequeña joya del compositor argentino Alberto Williams: Vidalita, Op. 66 N° 4. En el piano, Aleksandra Tonelli.


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