Parkour para el fin de semana largo

marzo 30, 2018

Este blog dio su saludo pascual, acercando material adecuado para los no muchos visitantes para los que la Pascua es una experiencia religiosa (un porcentaje algo mayor entre las visitantes), y también para la mayoría para la que es un feriado largo con oportunidades para selfies.

Pero esas no son todas las tribus que existen! Ahora hay una Reunión de traceurs en Buenos Aires y como alguien de mi familia participa (no yo, por cierto) tuve acceso a este excelente video filmado por Mauro Garcés. Comparto.


Felices Pascuas

marzo 30, 2018

Comparto este saludo, que damos y escuchamos en estas fechas. Es una forma de manifestar buenos deseos, buena onda. Y para muchísimos argentinos, urbanos clase medieros, no tiene más contenido que ese. Más un pretexto -apoyado en una festividad religiosa en la que ya no participan- para un feriado largo. No es así para todos, eh.

En una parte de nuestro pueblo, la Pascua, como una afirmación colectiva de fe, se conserva. Así como en otras comunidades argentinas, menos numerosas, cuando se saluda Aguit Pesaj, o Eid Mubarak, tiene un sentido de pertenencia.

Como este blog es también un pretexto para la especulación ociosa, reconozco que no sé cuál será la tendencia que prevalezca. Por un lado, una mayoría de los argentinos ya están casi tan alejados de cualquier práctica religiosa como la mayoría de los europeos occidentales. Por el otro… en las últimas décadas la religión está recobrando en el mundo ese significado de identidad básica.

Como sea, el blog ofrece algo para todos. Arriba, un video que me acercó un visitante hace algunos años, “Stabat Mater Dolorosa”, de Antonín Dvořák, una de las piezas musicales que refleja mejor las profundidades emocionales de la Pasión. Nikolaus Harnoncourt conduce el Arnold Schoenberg Choir y la Orquesta de Cámara de Europa.

Y abajo, un comentario gráfico sobre estos tiempos postcristianos.

resurrección


Un saludo a Alfredo Carlino

marzo 25, 2018

Subo estos videos de Carlino para los que lo conocimos, para los que escuchamos su voz rasposa, los que lo queríamos al poeta reo, bohemio, y de los nuestros. Para elegía, no voy a competir con Fernández Baraibar, así que copio esto suyo.

Ha muerto el skald de los peronistas.

Ha muerto Alfredo Carlino. La noticia me llega como una trompada, una trompada esperada y para la que uno tensó los abdominales. Pero la trompada me dobla igual, me quita el resuello.

Ha muerto Alfredo Carlino. Busco a Alfredo Gobbi, el Violín Sentimental del Tango, un nombre, una orquesta y una época a la que Carlino estaba irremediablemente atado. Y escuchando Racing Club me pongo a pensar en Carlino, en el petizo Carlino, en el duende de la noche peronista, en ese gnomo encantado de pueblo argentino, de Perón, de Evita, de 17 de Octubre, de Gatica, de los mitos de la Resistencia, de los caños, del Retorno.

-¡Pero, querido!, me vuelve a sonar en el oído mudo de la memoria la voz carraspienta de Alfredo, con su disnea y su inolvidable, excepcional, única, imbatible e insuperable energía de vivir, de pelear, de discutir, de imponerse sobre el olvido gorila, sobre los fusilamientos, sobre los crímenes de la oligarquía. ¡Querido!, me vuelve a gritar en el oído mudo, son todos gorilas, eso es lo que pasa, ¡querido!

Alfredo fue lo más parecido a un antiguo skald vikingo que pudo haber dado nuestra epopeya argentina. Cantaba con voz gruesa y metáforas transparentes a las sagas populares, a los héroes anónimos de la mersa, a las victorias de su tribu y lloraba por las derrotas, por los muertos en combate, por la desmemoria y el silencio.

El viejo boxeador, el vendedor de libros de psicología, el enamorado de todas las psicólogas -lacanianas o no- de Buenos Aires, fue uno de los últimos argentinos vivos que podía dar testimonio personal de esa tarde única, con el solcito de octubre, en la Plaza de Mayo.

-¡Yo estuve en la Plaza, querido!, decía Alfredo y setenta años de historia pasaban por su relato alborotado, a pura fuerza de un corazón que empujó torrentes de sangre, cataratas de alegría, agitadas tropillas de palabras exaltadas, apasionadas, calientes y turbias, como las multitudes que habitaban su memoria.

-¡Yo lo conocí, querido!, decía Alfredo cuando surgía el nombre de algún viejo peronista, de algún antiguo dirigente gremial, para elogiarlo o para putearlo. Y de nuevo aparecían los años de la lucha resistente, de la proscripción, de fugaces reuniones en olvidados cafés, de encuentros murmurados, sin nombres propios, en sindicatos o en casas de familia convertidas en unidad básica.

Alfredo Carlino fue nuestro poeta, lo quisimos y lo admiramos como nuestro poeta, el hombre destinado por dioses a contar la saga de nuestra realización como pueblo y como nación. Ocupaba con honor y dignidad ese lugar y sabía que su tarea era para que nada de esto, nada de nuestra epopeya cayese en el olvido.

La ceguera social de Jorge Luis Borges le impidió conocer al gran skald del siglo XX que gestó nuestra ciudad de Buenos Aires, tan ajena, a veces. Este enorme hijo de Buenos Aires, este porteño empedernido, heredero directo de José Hernández, llenó con su palabra, con su irresistible empuje, con su humanidad desbordante, los momentos de gloria y de dolor de la militancia peronista. Su poesía será para siempre el testimonio de varias generaciones argentinas que dedicaron su vida, su inteligencia y su voluntad a la construcción de un país independiente, justo y soberano. Y se las aguantó hasta el día siguiente de que todos saliéramos a la calle a gritarle a estos cajetillas que este pueblo no se olvida de quienes son y lo que hicieron.

Nuestro bardo se ha ido. Todos los atorrantes, todos los trasnochados y todos los madrugadores, todos los insomnes, las putas y las fabriqueras, las muchachas del servicio doméstico, los obreros de la UOM y de la curtiembre, los cartoneros y recicladores, los monotributistas a la fuerza y los pibes que la pucherean como pueden, todos nosotros, en suma, vamos a brindar por vos Alfredo, esta noche.
Que la tristeza no empañe el honor y la alegría de haberte tenido con nosotros, de haber oído tu voz inolvidable, y repetir como si estuvieras delante y haciéndote un poco de burla: -¡Querido!


Coreografía para el fin de semana: Desfile en Corea del Norte

marzo 10, 2018

Alguien dijo que Corea del Norte era una dictadura coreográfica. La realidad está demostrando que es algo más que eso. Pero no cabe duda que saben hacer ceremonias espectaculares. Comparto con ustedes 8 minutos de la parada con la que celebró en 2013 el 60° aniversario del armisticio que marcó el silencio de (casi todos) los cañones de la Guerra de Corea. Armisticio: todavía no se ha firmado la paz. Puede haber novedades pronto, o no.


Música para el fin de semana – “Bailarín compadrito”

marzo 3, 2018

Hace tiempo que no subo un tango. Se me ocurre “Bailarin Compadrito“. La voz de Oscar Larroca con la orquesta de Alfredo De Angelis, un clásico si los hay. El tema canchero y sobrador (dicen que está decicado al Cachafaz). Hoy lo acusarían de machista, que es una cosa muy mala, hoy. Pero tiene la invencible melancolía del tango.


Ideas de finde: “El ministerio del tiempo”

febrero 23, 2018

No voy a cometer el error de recomendar a mis compatriotas una serie española. Como decía Bernard Shaw de ingleses y yanquis “Todo nos une, menos el idioma“. Con alguna excepción que se pone de moda -por un rato- como La Casa de Papel– el acento hace difícil que nos “metamos” adentro de la acción. Curioso, pero muchos se encuentran más cómodos con el subtitulado del inglés o del noruego. O del catalán.

Además, para ser sinceros, “El ministerio del tiempo” no es tan buena (El trailer de arriba, tan poco imaginativo, sirve para mostrar sus limitaciones). Con actuaciones y guiones correctos, y una ambientación muy buena (el gran desafío para una serie que muestra distintas épocas históricas y no cuenta con los recursos que se invierten en las grandes pochocleras) no está entre los mejores productos del arte comercial / popular de esta década y que anda por el nivel del cine hace justo 100 años (Sin que aparezcan los equivalentes de Eisenstein, Chaplin ni Buster Keaton).

Entonces ¿a qué viene esto?  Quiero compartir una idea obvia: se puede hacer algo similar tomando nuestra historia. Un producto comercial, una serie para enganchar al público masivo. No nuestras viejas películas históricas, con los actores recitando de algún libro de Grosso o de Pepe Rosa. O los esfuerzos, didácticos pero con onda que se hacían desde el canal Encuentro, o “Algo habrán hecho por la historia argentina“.

Pues es muy claro que el actual gobierno, cuya idea de la cultura son los libros de autoayuda, no va a poner un centavo en este tipo de cosas. Cada tanto, surge en nuestro país una camada de tipos, o tipas, que combinan originalidad e instinto comercial. Éste puede ser un nicho.


Videos para el fin de semana: Gabriel Lucero “Gente rota”

febrero 16, 2018

Lo descubrí hace muy poco (uno no está en la onda de los “youtubers”) y quiero compartirlo con ustedes. En otro medio, más para este siglo, me recuerda lo que hacía Landrú. No es políticamente correcto -tampoco lo era Landrú- pero sirve para los dos lados de la grieta. Porque se puede hacer otro video con el audio de los que lo entrevistan para TN…


50 años no es nada

febrero 10, 2018

Earthrise

1968 fue el año de la ofensiva del Tet en Vietnam, del Mayo francés, del Apolo 8 mostrando por primera vez como nuestra Tierra ilumina las planicies de la Luna… Es permisible sentir nostalgia, sobre todo si uno era joven entonces.

Pero Julio Amoedo, que tiene una imaginación no convencional, me envió una lista de las visiones de hace medio siglo. Y quiero compartirla con ustedes:

1. Marcuse sabía que, gracias a la manipulación de la conciencia, el sistema se haría absolutamente estable, superaría la crisis económica y lograría equilibrar los conflictos internacionales.

2. Marshall McLuhan sabía que la Tierra, convertida en aldea global por la magia de la comunicación electrónica, se uniformaría y nivelaría los nacionalismos y las culturas locales.

3. Alvin Tofflér sabía que los infinitos poderes de la sociedad postindustrial elevarían el nivel de consumo a través de artículos cada vez más abundantes, más baratos y más personalizados, que garantizarían estilos de vida individuales en medio de la productividad masificada.

4. J.J. Servan-Schreiber sabía que la perfección de las instituciones norteamericanas era tal, que el único desafío planteado a las restantes potencias era imitarlas para compartir algo de su creciente influencia y hegemonía.

5. Timothy Leary sabía que, gracias a las drogas expansoras de la conciencia, caerían las murallas entre la realidad y la fantasía, para dar lugar a una de las más creativas épocas de la humanidad.

6. Jerry Rubin sabía que la emergencia de una juventud contestataria, izquierdista, antiautoritaria y antibélica convertiría la Tierra en una utopía del amor y de la fraternidad universales.

7. Huey Newton sabía que las minorías raciales, agrupadas en movimientos militantes como el de los Black Panthers, los Brown Berets, los Young Lords o los Indians of All Tribes, conquistarían, por las buenas o por las malas, la igualdad con las mayorías discriminantes.

8. Janis Joplin sabía que el delirio órfico de los eventos musicales y la locura danzante permitirían a las masas comuniones cada vez más totales y más intensas, que las redimirían de las prisiones de soledad construidas por la civilización industrial alienada.

9. Gloria Steinem sabía que las mujeres alcanzarían la total igualdad con el varón.

10. Sartre sabía que la repetición de grandes movimientos contestatarios, como el de mayo de 1968, permitirían al hombre ejercer plenamente su libertad, escoger sus opciones, aproximarse a una verdad humana y humanizante.

11. Los ecologistas sabían que una nueva conciencia salvaría a la Tierra de sus predadores.

12. Los latinoamericanos sabíamos que estaba abierta una nueva posibilidad política, social, cultural y económica para nuestros países.

Esta lista la armó Luis Britto García (el mismo que inventó a Guaicaipuro Cuatemoc y su discurso ante los Jefes de Estado de la Comunidad Europea, que en whatsapp se lo hacen decir a Evo Morales, una persona seria!). A continuación, don García hace una lista de las cosas terribles que pasaron después. Que es bastante cierta, aunque sea deprimente.

Y tengo que reconocer que algunos de esos sueños que copio arriba eran hermosos. Y que vale la pena seguir soñándolos. Pero, en conjunto, lo que me sale es decir “Dios, de la qué zafamos!”.

Los dejo con Cat Stevens 


Un saludo a Ursula K. Le Guin

enero 24, 2018

Recién leo la noticia de su muerte. Y no encuentro mucho para decir, entre comentarios de política internacional y local. Pero quiero saludar aquí a una de las mujeres que demostró, nuevamente, que la fantasía y la ciencia ficción eran una parte legítima de la literatura (Homero y Cervantes ya lo habían hecho, pero la gente olvida).

Los que han leído La mano izquierda de la oscuridad, o The dispossessed, no necesitan que se las recuerde. Para los que no la conocen todavía, les dejo aquí, para que lo lean cuando tengan tiempo, Los que se alejan de Omelas.

“Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud. Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris; graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas. Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gran vega llamada Verdes Campos, chicos y chicas, desnudos en el luminoso aire, con los pies, los tobillos y los largos y ágiles brazos salpicados de lodo ejercitaban a sus inquietos caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún tipo de pertrecho, sólo un ronzal sin bocado. Las crines trenzadas con cordones de plata, oro y verde. Resoplaban por los dilatados ollares, hacían cabriolas y se engallaban. Al ser el caballo el único animal que había adoptado nuestras ceremonias como propias, se hallaba muy excitado. A lo lejos, por el norte y el oeste, las montañas se alzaban sobre la bahía de Omelas casi envolviéndola. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve, coronado aún los Ocho Picos, despedía reflejos oro y blanco a través de las millas de aire iluminado por el sol, bajo el azul profundo del cielo. Soplaba el suficiente viento como para que los gallardetes que marcaban el curso de la carrera ondearan y chasquearan de vez en cuando. En el silencio verde de la amplia vega se oía la música que recorría las calles de la ciudad, y de todas partes y acercándose siempre, una alegre fragancia de aire que de vez en cuando se acumulaba y estallaba con el gozoso repique de las campanas.

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿cómo describir a los habitantes de Omelas?

No eran personas simples, aunque si felices. Pero no pronunciaremos más palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros.

El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerar a la felicidad como algo estúpido. Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría. ¿Cómo definir al pueblo de Omelas? No eran cándidos ni niños felices – aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran – sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro! Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles!

Omelas produce la impresión, según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo. Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que si es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. Sin embargo, en la categoría intermedia – la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc. -, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran.

Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnifico Mercado Agrícola. Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas. En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, si. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos.

Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Que puede ser? Al principio pensé si no serian las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito. En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

Casi todos los desfiles habían llegado ya a los Verdes Campos. Un delicioso aroma de manjares surge de las tiendas rojas y azules de los abastecedores. Las caras de los niños pequeños están llenas de graciosos pringues; en la afable barba gris de un hombre, se han enredado unas cuantas migas de un rico pastel. Los muchachos y muchachas han montado en sus caballos y comienzan a agruparse en la línea de salida. Una anciana, pequeña, gorda y sonriente, distribuye flores que saca de una cesta y un joven alto las prende en su cabello. Un niño de nueve o diez años se sienta al borde de la multitud, solo, jugando con una flauta de madera. La gente se detienes a escuchar y sonríe, pero no le hablan pues nunca deja de tocar ni tampoco los ve; sus ojos negros están totalmente absortos en la dulce y tenue magia de la melodía.

Termina y lentamente alza las manos sosteniendo la flauta de madera.

Como si ese breve y reservado silencio fuese una señal, se oye de pronto el toque de una corneta que surge del pabellón junto a la línea de partida: imperioso, melancólico, penetrante. Los caballos se alzan sobre sus esbeltas patas traseras y algunos relinchan como respuesta. Con semblante sereno, los jóvenes jinetes acarician el cuello de sus monturas y las calman susurrando: «Tranquilo, tranquilo, no te preocupes, todo saldrá bien, mi beldad, mi ilusión…» Ocupan sus puestos en la línea de salida. A lo largo de la pista, los espectadores son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival de Verano ha comenzado.

¿Lo creen? ¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más.

En el subsuelo de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o tal vez en el sótano de una de sus espaciosas casas particulares hay un lóbrego cuartucho. Tiene una puerta cerrada con llave y carece de ventanas. Una tenue luz se filtra polvorienta entre las rendijas de la carcomida madera y que procede de un ventanuco cubierto de telarañas de algún lugar del otro lado del sótano. En un ángulo del cuchitril un par de fregonas, con las bayetas tiesas, pestilentes, llenas de grumos, están junto a un balde oxidado. El suelo está sucio, pegajoso como es habitual en un sótano abandonado. El cuarto tiene tres pies de largo por dos de ancho: un simple armario para guardar las escobas y los enseres en desuso. En el cuarto hay un niño sentado. Podría ser un niño o una niña. Aparenta unos seis años pero en realidad tiene casi diez. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono. Se hurga la nariz y de vez en cuando se manosea los dedos de los pies o los genitales mientras se sienta encorvado en el rincón más alejado del balde y de las bayetas. Les tiene miedo. Las encuentra horribles. Cierra los ojos pero sabe que las fregonas siguen ahí, erguidas, y la puerta esta cerrada y nadie acudirá. La puerta siempre esta cerrada y nunca viene nadie salvo en ciertas ocasiones – la criatura no tiene noción del tiempo y los intervalos – en que la puerta cruje espantosamente, se abre y asoma una o varías personas. Entra una sola y de un puntapié le obliga a levantarse. Los otros jamás se le acercan sino que lo observan con ojos de horror y asco. La escudilla de comida y el jarro de agua se llenan rápidamente, se cierra la puerta, los ojos desaparecen. La gente que está en la puerta nunca habla pero el niño, que no siempre ha vivido en el cuarto de los trastos y recuerda la luz del sol y la voz de su madre, a veces habla: «Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno.» Jamás le responden. Por las noches el niño gritaba pidiendo auxilio, gritaba muchísimo, pero ahora se limita a un débil quejido y cada vez habla menos. Está tan flaco que las piernas carecen de pantorrillas y tiene el vientre hinchado; solo se alimenta una vez al día con media escudilla de gachas con sebo. Va desnudo. Las nalgas y muslos son una masa de dolorosas llagas pues continuamente está sentado sobre su propio excremento.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

Se lo explican a los niños de ocho a diez años, siempre que estén capacitados para comprender, y casi todos los que van a verle son adolescentes, aunque con cierta frecuencia también un adulto acude y vuelve para ver al niño. Por muy bien que se lo expliquen, al verlo experimentan un asco que habían creído superar. A pesar de todas las explicaciones se les advierte furiosos, ultrajados, impotentes. Quisieran hacer algo por el niño, pero todo es inútil. ¡Qué hermoso sería si sacaran al sol a esa criatura, la limpiaran, le dieran de comer, la cuidasen. ¡Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas. Esas son las condiciones. Cambiar todo el bienestar y la armonía de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña rehabilitación: acabar con la felicidad de millares a cambio de la posibilidad de hacer feliz a uno: pero eso sería, por supuesto, reconocer la culpa, admitir el delito.

Las condiciones son estrictas y terminantes; no debe dirigirse al niño una sola palabra amable.

A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han visto al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco más. Se halla demasiado degradado e imbécil para comprender la auténtica felicidad. Ha estado asustado demasiado tiempo para librarse del miedo. Sus costumbres son demasiado zafias e inciviles para que responda al trato humano. En efecto, después de tanto tiempo probablemente se sentiría infortunado sin los muros que lo protegen, sin la oscuridad para sus ojos, sin el propio excremento para sentarse. Sus lágrimas, ante la amarga injusticia, secan cuando empiezan a percibir la terrible justicia de la realidad y acaban aceptándola. Sin embargo, tal vez sus lágrimas y su rabia, el intento de su generosidad y la aceptación de su propia impotencia son la verdadera causa del esplendor de sus vidas. Su felicidad no es vacua e irresponsable. Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño y el conocimiento de esa existencia hacen posible la elegancia de su arquitectura, el patetismo de su música, la profundidad de su ciencia. A causa del niño son tan amables con los niños. Saben que si ese desdichado no lloriquease en la oscuridad, el otro, el flautista, no tocaría esa alegre música mientras los jóvenes jinetes se ponen en filas sobre sus beldades para la carrera que se celebra la primera mañana de estío.

¿Qué piensan ahora de ellos? ¿No son más dignos de crédito? Pero todavía tengo algo más que contarles, y esto es totalmente increíble.

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no, en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de mas edad cae en un mutismo absoluto durante unos días. Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. Siguen andando por las tierras de labrantío. Cada uno va solo, chico o chica, hombre o mujer. Anochece; el caminante pasa por las calles de la ciudad, ante las casas de ventanas iluminadas, y penetra en la oscuridad de los campos. Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. El lugar adonde van es aún menos imaginable para nosotros que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista. Pero parece que saben muy bien adónde se dirigen los que se alejan de Omelas.


Música para el fin de semana: Ginamaría Hidalgo

enero 19, 2018

Con el Buscador del blog, me doy cuenta que en todos estos años solo subí una vez una canción de Ginamaría Hidalgo. Por eso ahora busqué este album y lo comparto con ustedes (no sin antes disfrutarlo largo). 30 canciones. Para los que disfrutan de su voz, un festín.


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