Trump ¿ya fue derrocado?

abril 30, 2017

Ayer, 29 de abril, se cumplieron 100 días desde que Donald Trump ocupa la presidencia de los Estados Unidos. Y ayer Clarín anunció que había sido derrocado ¿Clarín miente? Digamos que exagera, para enfatizar un punto que quiere hacer. Ahora, lo interesante es -además de analizar como anda el Donald, por supuesto- es descubrir porqué Clarín, que esta semana nos contó maravillas, junto a la cadena nacional de medios privados, de la química entre Trump y Macri y cómo eso ayudaría a la inserción de Argentina en el mundo, procede de inmediato, sin un respiro, a contarnos que el proyecto del hombre del pelo naranja fracasó y que el poder real del gobierno yanqui está en otras manos.

El Grupo Clarín no es un jugador importante, ni mucho menos, en el escenario global. Entre otras razones, aunque sea irónico, porque la Argentina hoy no lo es. Pero, exorcisada hace mucho la sombra de don Rogelio Frigerio (abuelo), el diario asume sin complejos su rol de repetidor local de un discurso hegemónico del Atlántico Norte. Por eso mismo, su columnista internacional, Marcelo Cantelmi -un periodista muy bien informado, dicho sea de paso- puede decir con mayor audacia lo que la CBS y el venerable New York Times sugieren más discretamente.

Entonces, la pregunta clave ¿cuánto de cierto hay en lo que dice Clarín? Bastante. Es fácil hacer una lista de las promesas de Trump que no se cumplieron ni se van a cumplir, precisamente porque su estilo -algo similar al de Chávez, en realidad- ha sido el de hacer anuncios espectaculares y fáciles de percibir. Y dar la impresión a sus seguidores que iba a ser simple hacerlos realidad.

Por supuesto que no fue así. Pero… Trump le sigue diciendo a sus seguidores esas mismas cosas. Y ellos siguen con él. Los índices negativos son entre los que no lo votaron -una mayoría, no olvidemos, aunque sea por escaso margen- y hoy están del otro lado de la “grieta”. Los que rechazan, u odian, al que  algunos llaman “el Orden Liberal”, el sistema global hegemónico de las últimas tres décadas, no se han desalentado. La pelea, compleja y confusa, como son siempre las de la Historia en serio, continúa. Más adelante voy a extenderme sobre el asunto. Ahora, les sugiero que lean a Cantelmi, si no lo han hecho ya. Y recuerden que no siempre el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Donald Trump fue derrocado. Todo sucedió de tal modo imperceptible que pocos lo advirtieron, y quizá tampoco el propio mandatario. Un desenlace no tan inesperado que se produce antes de cumplirse este sábado los primeros cien días de su gobierno, fecha simbólica que alcanzó para revelar a un gran organizador de derrotas. Prácticamente ninguna de las metas planteadas por este extravagante gobernante fue alcanzada y su imagen, derrumbada a niveles únicos para un mandatario recién llegado, se unió a la irritación de su propio partido y hasta de Wall Street.

La buena noticia de esta pequeña broma es que quizá tranquilice conocer que no hay ya un mando imprevisible en el principal sillón del mundo. Si es posible llamarlas de ese modo, lo que en realidad fueron derrocadas son las ideas desordenadas que Trump enarboló durante su campaña electoral e impuso con improvisación y sin éxito en los primeros días de hiperactividad desde el Salón Oval. El giro no generó recelos. Si algo encomia a este presidente es que se muestra consciente de sus limitaciones y acaba de reconocer su limitada preparación para el cargo. Es claro que no es ya sólo su decisión espontánea y sanguínea la que opera en ese universo.

Una mirada no muy detallada alcanza para notar de qué se trata este aniversario. Trump llegó a la Casa Blanca proclamando un renacimiento de EE.UU., con fuerte celo en sus fronteras, exuberante nacionalismo, una alianza sin precedentes con el Kremlin y alejado de los conflictos globales. También, codazos amenazantes contra el competidor chino y un cambio radical de todo lo legado por Barack Obama.

Ese tablero quedó a un costado de la ruta y el presidente (está) pagando los costos del desgaste. Trump se comprometió políticamente con cada una de esas medidas, convirtiendo una y otra derrota en un lastre personal que la novedad de su llegada no neutralizó. Dos decretos ejecutivos para frenar el ingreso de ciudadanos de países musulmanes, sus primeras lanzas de un estilo nuevo e implacable, fueron bloqueados por la Justicia y al archivo. Un dibujo del presupuesto nacional que pergeñó con formidables recortes y aumentos del gasto militar pero sin claridad en la formulación, se perdió en los pasillos del Congreso. El muro en la frontera mexicana que desde la campaña simbolizó la xenofobia y el aislamiento del lema “American First”, no pasó de la instancia retórica sencillamente porque no le autorizarían el dinero para edificarlo. También zozobró en el palabrerío el desmantelamiento del Nafta entre EE.UU. Canadá y México que opera desde 1994.

Esta especie de UsEexit, versión local del Brexit con el que Trump pretendía condecorarse, implicaría un incómodo desastre financiero y económico debido al cruce de inversiones norteamericanas del otro lado de la frontera. Esas operaciones han convertido a ambos aliados en el primer y segundo socio comercial de EE.UU. Cualquier movimiento debería darse en puntas de pie, o no dárselo. Por la misma senda, el intento para demoler el sistema sanitario Obamacare colapsó por la resistencia del Tea Party, el ala más dura del Partido Republicano opuesto al esquema alternativo gubernamental.

Ese fracaso, quizá el más notorio de la lista, incluye otra dimensión. De los recortes de este sistema que cubre a los menos favorecidos de la sociedad norteamericana se hubiera generado un ahorro multimillonario capaz de brindar un cierto fondeo que alivie la reducción de impuestos que anuncia y aun no implementa Trump. Pero el Obamacare no pudo ser derogado.

Ese capitulo económico merece una observación cuidadosa. Trump ha anunciado una rebaja de 35% al 15% del tributo de las empresas, en un esfuerzo para reconciliarse con Wall Street donde el entusiasmo desapareció tras el desastre del Obamacare. Ayer seguramente leía cómo se debilita el crecimiento, con un alza de apenas 0,7% en el primer trimestre contra 2,1% el último período de 2016, debido a la disminución del consumo. Lo que es aun peor, las empresas constructoras no volvieron a crecer evidenciando una cuota más de la desconfianza en las promesas del magnate. Un dato lateral que tienta señalar es que ese plan impositivo beneficiará al propio presidente con la consiguiente polémica.

Al abolir el impuesto Alternative Minimum Tax, AMT, mira a su propio negocio. En 2005 se filtró que pagó US$ 38 millones en gravámenes sobre la renta, cuando podría haberlo reducido a 5 millones. El problema era el AMT. Analistas que recuerdan que el mandatario elude informar sobre sus pagos impositivos, con esta iniciativa liberará, además, a sus cinco hijos de pagar una sola moneda. Como la propuesta elimina, además, tributos por encima de ingresos de US$ 5 millones, los dos grandes defensores de la medida, el responsable de la economía Steven Mnuchin y el titular del Consejo Nacional Económico Gary Cohn, también tienen razones propias. El titular del Tesoro reúne una fortuna de US$500 millones, y el otro funcionario, estratega por cierto del retroceso en la ofensiva sobre el Nafta, acumula 610 millones en sus cuentas.

Por fuera de estas disquisiciones sobre el estilo personal del mandatario y su gente, el problema más agudo de la propuesta es que para muchos expertos no garantizará un crecimiento de la economía. No se ha probado que los recortes tengan efectos estimulantes salvo para quienes los reciben. “No es una reforma, es un obsequio para los millonarios”, según la estimación afilada del titular del bloque demócrata en el Senado, Charles Schumer. La rebaja amputará ingresos fiscales por US$ 2 billones en una década. Si no hay crecimiento no es claro cómo se fondeará el faltante. Por esos motivos, Trump evitó anunciar su programa de obra pública, otro de los caballitos de la narrativa electoral, consistente en una extendida construcción de puertos, rutas, aeropuertos y otras infraestructuras con una base de US$ 500 mil millones a un billón. Ese esfuerzo fiscal estimularía la economía, pero el dilema es la financiación. Con menos impuestos debería aumentar las tasas para atraer dólares con un nítido riesgo recesivo.

Dado los intereses que involucra y a quienes beneficia, es improbable que esta medida siga el camino de atasco de las otras propuestas. Pero sus consecuencias son imprevisibles para la economía de la potencia. El resto del paquete que definía a la gestión Trump definitivamente se ha diluido. El equipo que rodea al magnate ha hecho limpieza interna y reposicionado la agenda. Así, el presidente debió reducir a figura simbólica y casi en la puerta de salida a su principal asesor el ulranacionalista Steve Bannon. También alejarse de su mayor aliado Michael Flynn expulsado del Consejo de Seguridad Nacional por los vínculos con Rusia y con cierto submundo de de ese país. El caso en manos del FBI es una bomba de relojería que palpita muy cerca del presidente lo que explicaría su ductilidad para asumirse como otro diferente al que era.

Esa cúpula en el comando la conforman el vicepresidente Mike Pence, el canciller Rex Tillerson, el jefe del Pentágono James Mattis y el Asesor de Seguridad Nacional, Herbert McMaster, ademas de los dos funcionarios nombrados y su yerno Jared Kushner. Son todos halcones que giran en la órbita del mercado y del influyente Goldman Sachs de donde brotaron muchos de esos funcionarios. Son ellos quienes corrigieron la brújula para recolocar a Rusia e Irán en el blanco de su geopolítica, reforzar la alianza con Arabia Saudita y construir una vinculación madura pero inclemente con la potencia china, que para eso también sirve el resquemor creciente con Norcorea”.

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En el peronismo se habla de economía

abril 30, 2017

Ya he subido al blog en los últimos tiempos otras reflexiones de Roberto Feletti. Me interesa su opinión porque pertenece al puñado de economistas del peronismo con experiencia de gobierno que habla desde ella, es decir, desde las decisiones que en el Estado deben tomarse todas los días. Es mucho más fácil hablar de teoría económica o envolverse en ecuaciones…

Ahora, subo este reportaje -que edité y resumí ligeramente- en lugar del análisis político de la mayoría de los domingos, porque siento que ya hay una redundancia de internas. Para los políticos o politizados de Buenos Aires estas declaraciones de Martín Insaurralde (muchos ya las habrán leído, calculo). Allí el lomense confirma el escenario del peronismo provincial que hemos conversado en las últimas semanas.

Este posteo obedece a una respuesta que di hace muy pocos días sobre la necesidad del peronismo de presentar propuestas. Dije que era necesario aprovechar la campaña para empezar a hacer hablar a los economistas del peronismo. Con esto NO insinúo que estas expresiones de R. F. -o las de cualquier otro- son lo que el peronismo hará en el futuro. Eso es imposible, salvo en los términos más generales que pueden estar en la boca de cualquier dirigente, o cualquier militante. Nadie puede anticipar cuál es la situación que va a dejar la gestión Macri. Ni el mismo Macri (Probablemente, él menos que otros). Y tampoco aquí hay un catálogo de medidas.

El sentido de mi sugerencia es otro, y tiene más que ver con mi especialidad en la comunicación que con la economía. Los militantes, y la mayoría de los políticos, hablan para los convencidos. Todo bien: es necesario. Para refirmar sus convicciones, y para que las transmitan en su entorno, fortaleciendo un clima social. Desde el oficialismo también lo están haciendo.

Pero hay un sector muy importante del electorado -en estas circunstancias, decisivo- que desconfía de las convicciones demasiado emotivas (No debería sorprender a nadie esto; pasa en la franja de la dirigencia, también). Lo que ellos necesitan es que se les transmita confianza, no fervor.

Ese es el rol decisivo que cumplió la decisión de Kirchner en la campaña del 2003 de anunciar que Roberto Lavagna seguiría siendo Ministro de Economía en su gestión. Los que seguían las encuestas en ese momento lo saben perfectamente.

Me apresuro a decir que las circunstancias son muy distintas. En ese momento N. K. era todavía un desconocido para la mayor parte del electorado; era el candidato de Duhalde, en realidad. La gestión de Roberto Lavagna -después que Remes Lesnicov había tomado las medidas dolorosas- inspiraba confianza a un porcentaje no muy grande pero necesario en ese momento (el fuerte del Cabezón nunca fue inspirar confianza…).

Por eso, el estilo conversacional de este reportaje, dirigido a un público con conocimientos económicos, admitiendo errores, sugiriendo medidas alternativas, es más adecuado, sostengo, para atraer a los votantes no politizados. No es para los militantes, ni a usar en los momentos finales de la campaña. Pero la imagen de “razonabilidad” es fundamental incorporarla, frente a un adversario que, ya es visible, procurará asocial al peronismo con las imágenes de “caos”.

Paso al reportaje:

-El Gobierno omitió hacer una descripción de la herencia recibida. ¿Qué economía le dejó el kirchnerismo a Cambiemos?

-Yo estuve en los 8 años de gobierno de Cristina Kirchner y obviamente voy a defender toda la gestión. Pero si tuviera que destacar dos puntos fuertes, uno es el bajo nivel de endeudamiento, menor al 40% del PBI y en dólares inferior al 20%; y haber dejado un bajo nivel de desempleo abierto de 5,8%, que fue convalidado por el Indec de Jorge Todesca. Y si tuviera que hacer una crítica, diría que frente a una economía que recibimos en 2003 sobreajustada devolvimos a fines de 2015 una economía que estaba sobreexpandida, es decir con exceso de demanda sobre la capacidad productiva. Eso llevó, más allá de la coyuntura internacional, a la falta de dólares, que implica cierta debilidad externa. La discusiones que se abrían para el nuevo gobierno, incluso si hubiera ganado Daniel Scioli, era cómo resolverlo.

¿Por qué cree que hasta ahora la reactivación productiva no aparece?

–Cambiemos eligió un camino ortodoxo: controlar la demanda, y apostó a partir de ahí a lograr una expansión de la oferta. Para eso produjo un cambio de precios relativos basado en la liberación del mercado cambiario, la suba de las tasas de interés, aumento de tarifas, que han resultado a más de un año de gobierno en que los desequilibrios externos y fiscal se agudizaran y que la economía no se expandiera. Ese cambio de precios relativos afectó al consumo, pero no logró levantar la inversión. En cuanto a la demanda externa no es controlable; tiene que ver con la caída de las compras de bienes industriales de Brasil; y en los productos primarios, con la baja de los precios internacionales, principalmente de la soja.

-¿A qué atribuye que con los cambios de precios relativos no se haya reactivado la inversión productiva?

– A que el Gobierno ha elegido a tres sectores productivos como beneficiarios del nuevo modelo para que traccionaran la actividad: uno es el agro; otro es la minería, con la baja de las retenciones y la devaluación; y el tercero la energía, donde paulatinamente el ministro Juan José Aranguren anunció el objetivo de hacer converger gradualmente los precios locales a los internacionales. Todos pueden ser muy importantes en términos de buscar el equilibrio externo, pero no son traccionadores ni de la demanda interna, ni, por lo tanto, del nivel de inversión, porque en conjunto representan entre 12% y 13% del PBI. Y, por el contrario, otros dos sectores potentes han sido afectados: uno la industria y el otro la construcción. Este último, puede ser que ahora con la tracción de la obra pública comience a cambiar.

-Pero en el pasado había buen nivel de demanda interna y sin embargo la inversión productiva cayó…

– La inversión comienza a caer, sobre todo a partir de 2012, en primer lugar por la debilidad externa que hizo que las exportaciones pasaran de USD 83.000 millones cuando Cristina Kirchner fue reelecta, a USD 57.000 millones cuando nos fuimos en 2015. Nosotros elegimos un modelo que se autofinanciaba con exportaciones, no acudíamos al ahorro externo, en parte porque había que resolver el default de parte de la deuda con los holdouts, en parte porque nos topamos con el juez Thomas Griesa; y en parte porque había una decisión política de sostener un nivel de desendeudamiento importante. Y en la medida que se angostaron las fuentes de financiamiento externo comerciales y había una decisión de no recurrir al mercado internacional de deuda, es decir acudir a los dólares financieros, eso generaba la decisión empresarial de mantener la capacidad productiva y no expandirse. Con eso se mantuvo el nivel de actividad, no colapsó. En el gobierno actual, si se mira el balance de pagos se advierte que, a pesar de los beneficios al sector exportador, en particular al agro, los cobros por exportaciones aumentaron en 2016 en apenas el 2%, con lo cual se mejoró la rentabilidad agropecuaria exportadora pero no hubo un incremento de las ventas al exterior. Lo que cambia de modo sustancial es el resultado de la cuenta capital, con un fuerte ingreso de dólares financieros, en una relación de 80% por deuda y 20% por inversión. Esa dinámica no sirve, o por lo menos no es percibido por los agentes económicos como un elemento de un modelo sustentable en el plano productivo.

-Se podrá contra argumentar que el campo tiene sus tiempos, que el resultado de 2016 estuvo determinado por decisiones tomadas en 2015 bajo el Gobierno anterior y en condiciones de incertidumbre sobre qué política seguiría el sucesor…

– El campo es muy importante para sostener el flujo de dólares genuino de la economía. Y la industria, más allá de que todos dicen que genera déficit de divisas, lo novedoso, y esto juega a favor de nuestro modelo, es que si bien siempre fue demandante de divisas al menos generaba algunas exportando. El campo va a depender mucho de niveles de rentabilidad que hoy parece angostado porque hay una caída del precio internacional de la soja; y hay que ver cómo le afecta el aumento del costo de la energía. Además, respecto de la situación del primer semestre de 2016 hoy se advierte un tipo de cambio anclado en $15/$16; que se suman a calamidades climáticas que escapan a acciones de mercado, pero que afectan al negocio. Pero, el sector agropecuario, en términos de tracción de la actividad agregada es de 7% u 8% del PBI, con eso es muy difícil que vaya a provocar un despegue. Además, en términos de inserción internacional el Gobierno está leyendo mal el mundo, porque los acuerdos de libre comercio que ensaya a través del Mercosur con la Unión Europea, y que va a ensayar con México ahora -porque el acuerdo con el área Pacífico quedó congelado con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los EEUU- están casi pasados de moda; los escenarios hoy son de fuerte proteccionismo.

-Pero en el Gobierno aseguran que mientras el promedio de los países de la región tienen tratados de libre comercio y acuerdos con (países que suman) el 90% del PBI mundial la Argentina los tiene con apenas el 10%, ¿con semejante brecha no cree que hay margen para expandir las exportaciones con nuevos convenios bilaterales o bloques comerciales?

– Creo que durante nuestro Gobierno el coeficiente de apertura, entendido por la suma de las exportaciones e importaciones respecto del PBI, fue importante, en torno al 30%, unos USD 150 mil millones en 2010 y 2011; por tanto no estábamos con una economía cerrada. Sí es cierto que luego se fue perdiendo capacidad de financiar el volumen de importaciones. El problema que tiene este gobierno es que si se coloca inserto en el esquema de demanda internacional que hay actualmente, va a tender a una reprimarización de la economía. Va a enfrentar una competencia de dumping fenomenal porque en el mundo hay oferta excedente de productos, como ocurre con el calzado de Brasil. Además es posible que con la política de Donald Trump va a caer la demanda internacional. Por tanto, la apertura comercial aparece como una apuesta riesgosa. Sí creo, como autocrítica, que las nuevas autoridades debían corregir los precios relativos que determinaba la sobreexpansión del consumo, manteniendo algunos puntos fuertes como el bajo nivel de endeudamiento y el bajo nivel de desempleo. Pero este gobierno lo encaró sobre la base de un conjunto de sectores que hasta ahora no se han evidenciado con capacidad de traccionar la demanda agregada.

– ¿En ese escenario cómo ve el tipo de cambio?

–  El Gobierno tiene un problema de inconsistencia entre lo fiscal y monetario. Lo más grave es que si el atraso cambiario fuera sólo respecto de la variación de los precios internos se podría justificar, como hicimos nosotros también, anclar la paridad para favorecer el consumo, porque el salario se aprecia y hay más poder adquisitivo; tiene patas cortas pero puede servir en una coyuntura. El problema aparece porque está muy retrasada la paridad cambiaria respecto de la tasa de interés: genera ganancias financieras importantes en corto plazo que determina que toda decisión de invertir en la actividad productiva se descarte. Además, ese atraso cambiario determina el ingreso en un círculo vicioso, porque si baja la tasa de interés nadie se posiciona en pesos, ni compra bienes. Como la actividad está planchada se va a dólar, eso es lo que dice el Banco Central. Pero esa dificultad el Gobierno la tiene que abordar, porque no es sostenible una tasa de interés real positiva tan alta en términos de dólares.

– ¿Qué provoca esa brecha tan alta entre la tasa de interés y la de devaluación del peso?

– Si se ven los datos del balance de pagos en 2016 ha habido  un shock de dólares financieros importante, que ha recompuesto el nivel de reservas. Por eso me parece que el Banco Central debería trabajar en un sendero de tasas de interés más bajas, y además el Gobierno tendría que actuar con mayor efectividad hacia una política fiscal contractiva, porque el ritmo expansivo juega en contra de la política monetaria restrictiva. Además, se da la paradoja de que, más allá de que se puedan discutir sobre si la Reparación Histórica es mucho o poco, como también con los acuerdos con organizaciones sociales, ese dinero no provoca una expansión de la demanda sino que se va los precios, como consecuencia de haber desregulado todos los mercados. Como mínimo se debería haber garantizado el valor de una canasta básica de alimentos, para que un aumento del gasto público, que amplió el déficit fiscal, logre un efecto expansivo sobre la actividad.

– ¿Usted que es un experto en materia de hacienda pública, cree que en la Argentina hay margen político para hacer un ajuste del gasto?

– Siempre la decisión es política. Creo que el gobierno produjo una baja de derechos de exportación, de Impuesto a las Ganancias, Internos, y a los Bienes Personales, con la expectativa de que provocaría un aumento de la actividad que le levantaba la recaudación del impuesto al consumo que es el IVA. Pero al modificar tributos asociados al ciclo económico, cuando la actividad no responde, como ocurrió hasta ahora, cae la recaudación. Aunque es cierto que en un contexto donde está planchado el nivel de actividad producir un ajuste del gasto se puede volver insostenible en términos políticos. Parece claro que sin mercado interno, con una situación de debilidad de la demanda externa, no hay viabilidad de flujos de fondos que no sean financieros.

-En ese contexto, ¿qué debería hacer el equipo económico para incentivar el consumo que aliente la inversión, y al mismo tiempo no se dispare la inflación?

– Me parece que primero tiene que elegir sectores más mercado internista, es decir no sólo pensar en agro, minería y energía, sino también en industria. Veremos que ocurre con la obra pública. Pero, además debería ordenar una canasta básica de alimentos, del tipo de Precios Cuidados, o similar, como hacen todos los países, para que los sectores más humildes no vean licuados sus ingresos con la inflación. En 2010 cuando pusimos la Asignación Universal por Hijo sabíamos que estábamos invirtiendo 0,8% del PBI de arranque, pero también habíamos medido que la expansión de la demanda era de 1,2% del producto. Esto hoy no está pasando, porque no se midió bien el aumento de los precios de los alimentos con la desregulación de los mercados y el impacto que está teniendo en los bolsillos la suba de las tarifas, y cuánto le queda de sus ingresos para otros consumos, como ropa y otros bienes. Eso lo veo en La Matanza, toda la economía informal del Oeste empieza a sentir un impacto muy grande, porque antes lo que alcanzaba ahora no. Más aún con la quita del subsidio a los medicamentos a jubilados. Si el Gobierno no revierte esto, y al mismo tiempo no logra que la tasa de interés sea competitiva respecto de cualquier decisión de inversión, vamos a tener un problema que durará mientras el financiamiento internacional funcione. Pero, haber tomado deuda y no haber apuntado a un cambio sustentable del modelo económico le genera inconsistencia a la macroeconomía”.


Carl Schmitt y el fútbol, en un finde largo

abril 29, 2017

la muerte de balbo

El comentario casual de un amigo me hizo acordar de esta nota de Hugo Asch. La copio y se las dejo, esta vez sin mis habituales comentarios, que tienden a ser más largos que los textos ajenos. Tal vez -por asociación de ideas- me impulse a escribir algunas reflexiones sobre el pensamiento político argentino, pero será otro día, menos soleado.

“El fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre, lo que la rabia a la cólera. El que tiene visiones, toma sus sueños por realidad y su imaginación como profecía. Es un fanático de enormes esperanzas, pronto podrá matar por amor de Dios”. Voltaire “Fanatismo”, en su “Diccionario filosófico” (1764).

“El 3 de agosto de 1983 fui testigo del fusilamiento más lento de la historia. En su tribuna de la Bombonera, La 12 perfeccionaba su puntería lanzando bengalas marinas, esas estelas luminosas que brillan en el cielo oscuro en caso de emergencia. Una voló sobre los palcos y desapareció; otra dibujó un arco cerrado y se clavó en el césped mientras salían los equipos; dos se estrellaron contra los escalones vacíos de la tercera bandeja. La multitud de Racing que se apretujaba abajo festejaba tanto tiro fallido. “¡Óóóleee…!, se burlaban.

La última, finalmente, dio en el blanco. El partido había empezado cuando la bengala, lenta y fatal, viajó de tribuna a tribuna, hasta impactar en aquel mar humano. Como una piedra que cae en un espejo de agua, se produjo un movimiento circular y algo quedó en el centro, inmóvil. Levanté mis binoculares. La imagen era dantesca. “Le sale fuego de la cabeza”, dije con un hilo de voz. Mi vecino de platea me arrebató los lentes. “¿Qué fuego? Se abrieron para que pueda respirar, ¿no ves cómo están?”, se entregó, manso y tranquilo, al enorme poder de la negación.

El partido seguía mientras se llevaban el cuerpo. Terminó 2 a 2. A la salida, como un autómata, caminé hasta el centro. Supe, por la tapa de Crónica, que la bengala se había clavado en el cuello de Roberto Basile, 25 años, empleado bancario. Años después, la frase involuntariamente poética de un hincha que le pedía un tema sobre ellos –“Flaco, ¡todo lo hacemos por amor a los colores!”–, inspiró a Spinetta, que transformó la tragedia en arte. “Adentro queda un cuerpo/ la bengala perdida se le posó/ allí donde se dice gol (…) Por un color/ sólo por un color/ no somos tan malos/ ya la cancha/ estalla/ en nada”, dice en su La bengala perdida, una bellísima canción.

Esa Argentina posdictadura, tan idealista, llena de ilusión o naif, ya no existe. Así como en 1951 un descarnado Theodor Adorno escribía en su Crítica, cultura y sociedad: “Es imposible escribir poesía después de Auschwitz”; este tiempo cruel y de vuelo corto no deja espacio para la metáfora. Las cosas se hacen a lo bestia, sin anestesia.

Emanuel Balbo era uno más en la previa del clásico cordobés. Todos de Belgrano, ni uno de Talleres. Nadie se preocupa ya por eso. La incapacidad del Estado para garantizar la seguridad del público visitante está impuesta y aceptada. Sin embargo, la violencia crece y se profundiza con los barras y sus feroces internas por la caja, y conflictos que parecen copiados del teatro del absurdo de Ionesco o Jarry.

La víctima reconoce al hombre que mató a su hermano. La manera en que el increpado se defiende refleja con escalofriante exactitud el estado de las cosas. “¡Este culiao es de Talleres!”, lo señaló. No hizo falta nada más. Balbo fue golpeado y pateado desde lo alto de la tribuna hasta la última boca de acceso. Allí lo arrojaron al vacío. Su cabeza se destrozó al chocar contra el cemento.

Las viejas fotos muestran a Basile muerto, con la bengala clavada en el cuello, rodeado de hinchas aterrorizados. Se hace difícil encontrar la misma expresión en los testigos de la fría ejecución de Balbo, en tanto “infiltrado” del enemigo. Una mujer de anteojos, asustada, cubre sus mejillas con las palmas de sus manos. Dos abren la boca. El resto, réplicas de Meursault, el extranjero de Camus, observa sin emoción. Alguno frunce el ceño. Varios sonríen. Un padre, impávido, mira la escena con su hijito en brazos. Los que lo empujan estallan de furia y goce. Ninguno es barra y eso es lo que más perturba. Son gente común, anestesiada. El problema de un “otro” no los roza.

¿Por qué pasa lo que pasa? ¿Por qué lo que llaman grieta y tanto se parece a la lógica amigo-enemigo de Carl Schmitt –(1888-1985), filósofo político, nazi y teórico de la realpolitik– lo ha invadido todo, idiotizando mentes y almas?

Como dice Voltaire y Dylan canta, con dolorosa ironía, el fanatismo y el odio se profundizan siempre “con Dios de nuestro lado”. Un fanático no duda, y en tanto sin dudas, su mente se estanca en la viscosa posverdad, la repetición del mensaje deseado –cierto o no–, que niega al diferente y lo culpa de todo mal.

¿Qué sucedió cuando los planteles de Independiente y Talleres, junto al de Belgrano, se juntaron en el estadio cordobés para dar un mensaje de unión y tolerancia? Hubo silbidos y el canto de guerra contra el rival-enemigo: “¡Vos sos de la B…!”.

Pero hubo más. En cuanto se supo que Belgrano deberá jugar como local sin público y fuera de Córdoba hasta que definan la sanción –que será dura, con quita de puntos–, una lluvia de insultos, amenazas y fotos de armas saturó el celular de Chiqui Tapia, el presidente de AFA. Enfurecida, una estudiante de periodismo había hecho público su número en un foro de internet. Ay.

A partir de la profunda crisis de representatividad del sistema de partidos políticos, muchos –demasiados–, huérfanos de identificación, adoptaron la bandera tribal de su club como único estandarte. Hoy no abundan los que serían capaces de dar su vida por una idea. Pero sobran los que, ciegos, salen a matar o morir por los colores. Así estamos.

En este contexto, mientras los barras sigan al frente de sus rentables pymes multiservicio, impunes y asociados al poder –punteros políticos, dirigentes, policías, dirigentes, funcionarios– no habrá manera de combatir ese sistema perverso y violento con un mínimo de seriedad.

¿Demasiado pesimista? Sí, tal vez. Aunque a decir verdad, compatriotas, un pesimista no es otra cosa que un optimista con información”.


“Fora todos eles!” La restauración choca en Brasil. Y acá

abril 29, 2017

Como seguramente saben, ayer fue un día de huelga general y disturbios en Brasil. Resumo uno de las crónicas (la de Clarín), además del bonito video de arriba:

Enfrentamientos entre policías y manifestantes, paro de transportes y en las escuelas marcaban este viernes la huelga general convocada en Brasil contra las medidas de austeridad del gobierno de Michel Temer, en un país sumido en la recesión y con niveles récord de desempleo.

Al comienzo de la tarde, cuando estaban convocadas las principales marchas, el centro de Rio se convirtió en un campo de batalla mientras los agentes dispersaban con gases lacrimógenos a unos 2.000 manifestantes frente a la Asamblea Legislativa.

Los choques se prolongaban al caer la noche en torno a la plaza Cinelandia, rodeada por policías del cuerpo antimotines que dispersaban con gases a grupos que se congregaban en las calles cercanas. Ya durante la mañana, la policía había intervenido contra activistas que bloqueaban calles de Sao Paulo y otras ciudades.

Se trata, según la Central Única de Trabajadores (CUT), de la primera huelga general convocada en el país desde junio de 1996, contra las privatizaciones y la flexibilización de los derechos laborales impulsadas entonces por el gobierno socialdemócrata de Fernando Henrique Cardoso.

En esta ocasión, las denuncias apuntan en particular contra los proyectos de reforma del sistema de jubilaciones y, una vez más, de flexibilización de los contratos de trabajo.

Ambas iniciativas están en votación en el Congreso como parte del programa del gobierno para enderezar las cuentas y sacar a Brasil de la peor recesión de su historia. Según datos oficiales publicados este viernes, el desempleo en la mayor economía latinoamericana alcanzó un nuevo nivel récord de 13,7%, con 14,2 millones de personas en busca de trabajo.

Tanto para la CUT, ligada a la izquierda, como para Força Sindical (FS) -cuyo presidente es diputado de la base aliada del conservador Temer- la jornada fue un éxito. Según FS, casi 40 millones de brasileños adhirieron a la medida de fuerza.

“Es una clara demostración de que la gente decidió parar en protesta contra la retirada de derechos que sufre por parte del gobierno”, afirmó el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010). “Es una satisfacción saber que el pueblo brasileño está tomando conciencia”, agregó el exlíder sindical, favorito en las encuestas de intenciones de voto para 2018 pese a que enfrenta cinco acciones judiciales, en su mayoría por el escándalo de sobornos en Petrobras que salpica a decenas de dirigentes tanto oficialistas como opositores.

Para el gobierno, en cambio, la paralización fue un fracaso: “Están impidiendo que las personas lleguen a sus lugares de trabajo. En un primer análisis, eso evidencia que es una huelga que no existe. Es más una huelga de sindicatos perturbados por las decisiones del Congreso”, dijo el ministro de Justicia, Osmar Serraglio.

En Sao Paulo, motor económico y distrito más poblado del país, se produjeron algunos enfrentamientos entre manifestantes que obstruían arterias de la ciudad y la policía, generando congestionamientos en el tránsito. Después del mediodía, los trenes y el metro comenzaron a funcionar parcialmente, aunque los autobuses seguían paralizados.

Metalúrgicos, petroleros, personal de los hospitales y de los correos también adhirieron a la protesta. Unos 60.000 obreros no acudieron a sus puestos en las fábricas del cinturón industrial de Sao Paulo, paralizando montadoras como las de Mercedes o Ford, informó el Sindicato de Metalúrgicos local“.

Quiero agregar que la protesta contó con la adhesión de organizaciones de pequeños comerciantes, los docentes de la red privada y colegios religiosos y el respaldo de gran parte de los obispos de la conferencia episcopal brasileña.

Ahora, mi reflexión: Como en Europa hoy abundan los “euroescépticos”, es inevitable que entre nosotros aparecen los que podríamos llamar “latino escépticos”. Serían los que dicen que la idea de una Unión Latinoamericana es un sueño de propaganda, porque nuestros países son muy distintos entre sí (Andrés Malamud sería uno de ellos, por ejemplo).

Es cierto que Colombia y Uruguay tienen grandes diferencias (como Jujuy y Río Negro, por ejemplo). Pero, más allá del debate teórico, y de los distintos proyectos que refleja, el hecho es que vivimos procesos políticos que abarcan a la América del Sur.

No me voy a remontar a los siglos coloniales, y a las guerras de Independencia. Cuando concluyeron, más o menos en 1825, nuestros países fueron integrados por separado en el sistema global de ese entonces, la hegemonía británica. Vargas, Perón, Ibáñez, pueden ser vistos como expresiones de una identidad, de raíces comunes, pero la trayectoria de los proyectos que encarnaron siguieron por caminos distintos.

Los tiempos de la guerrilla… formaron parte, a su pesar, de la Guerra Fría que dividía el planeta. Aún las experimentos neoliberales que comenzaron en el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla -la dictadura militar que comenzó en 1964 en Brasil nunca abandonó su vocación industrialista- pueden considerarse como parte de la ola global que en la década del ´70 comienza con Thatcher, se consolida con Reagan y triunfa sin discusión después del derrumbe de la Unión Soviética.

Pero esas experiencias se derrumban, antes que en ningún otra región y con más contundencia, en la América del Sur. Y frente a su desprestigio aparecen, al mismo tiempo en términos históricos, nuevos gobiernos y nuevos liderazgos que revalorizan la autonomía nacional, la distribución del ingreso y la participación popular. Aunque conservaron las instituciones democráticas, sirvió para que fueran englobados por sus enemigos como “populistas”.

También enfrentan crisis y derrotas, más o menos al mismo tiempo en toda la región. Y en todos los casos se encuentra el mismo factor: una parte numerosa de la población, que antes había sido favorecida por esos procesos, se encuentra insatisfecha o furiosa con los gobernantes. Y eso sirve para inclinar la balanza en favor de los sectores del poder económico vinculados a la globalización. Que nunca habían dejado de ser hostiles a estos gobiernos “populistas”.

Por supuesto, se pueden encontrar diferencias con este esquema -burdo, lo confieso- en cada uno de los países de la región. Pero me parece indiscutible que encontramos un “parecido de familia” en la mayoría de ellos.

La deposición de Dilma Rousseff en Brasil, la derrota del Frente para la Victoria en Argentina -los dos países más grandes del subcontinente- marcaron dos pasos decisivos en lo que se puede llamar la “restauración neoliberal” (si uno toma en cuenta que “neoliberal” va en el camino de “fascismo”: un término para nombrar todo lo que a uno no le gusta). Pero, imperfecta como es la definición, no cabe duda que se trata de un intento de reinsertar a nuestros países en el esquema de la globalización tal como es hoy (¿todavía?) promulgado desde el Atlántico Norte.

Ahí llego al título del posteo: Esta restauración está entrando en crisis, casi simultáneamente, en los dos países. Digo “entrando”: el “fora todos eles” en Brasil es un eco del nuestro “que se vayan todos” del 2001, pero ese país, por todo el deterioro de su economía, está lejos del derrumbe que vivimos entonces. También lo está Argentina.

El choque de estos proyectos “restauradores” es con la realidad: los trabajadores y en general los sectores medios y medio bajos simplemente no aceptan la lógica de rebaja de salarios y pérdida de conquistas que los voceros del esquema neoliberal exigen, casi histéricamente. Y la frase tan usual en los medios progres “¡Este esquema no cierra sin represión!” encierra, parece, una falacia: Porque tampoco cierra con represión. No, al menos, en las condiciones actuales en la mayor parte de la América del Sur.

Esto no significa que vamos a ver, necesariamente, una “restauración populista”. Las restauraciones nunca traen de nuevo lo anterior, como lo están comprobando los nostálgicos de los ´90. Y las experiencias que vienen deberán evitar los errores que derrotaron -o acosan- a las que comenzaron con este siglo.

(La cultura brasileña es muy visual. Cliqueando aquí acceden a un expresivo album de la jornada de ayer. Como uno es romántico, o baboso, elegí esta para cerrar el post)


Música para el finde largo – Alberto Williams, Aleksandra Tonelli

abril 28, 2017

Para empezar este fin de semana largo, elegí esta pequeña joya del compositor argentino Alberto Williams: Vidalita, Op. 66 N° 4. En el piano, Aleksandra Tonelli.


Postales de radicalismo explícito II – Sanz, Carrió, Lousteau

abril 28, 2017

lousteau

Después de esta introducción teórica, me interesa acercarles algo sobre la política práctica del “radicalismo realmente existente”. (Que no es tan diferente de la del “peronismo realmente existente”, eh). Ahora, ellos están en Cambiemos, y son soldados del Mauricio. Por eso, hay que incluir sus interacciones con la Dra. Carrió, que viene de la UCR, y con Martín Lousteau, que viene de esos cuadros jóvenes y dinámicos por los que Cristina Kirchner tenía debilidad.

Entonces, tomo esto de Ignacio Zuleta, uno de los periodistas mejor informados sobre los entretelones del oficialismo actual. Lo interesante de este pantallazo, es que abarca desde el Chaco hasta la Ciudad Autónoma, las prioridades del PRO, y hasta alguna especulación en el peronismo, aunque sobre este tema Zuleta ya no está tan informado. Leemos:

“Estamos como antes de Gualeguaychú (el acuerdo PRO-UCR)”. Esta reflexión recorre, como un reguero de pólvora, los pasillos del poder, que se acomoda a la convivencia post- Carrió. Es lo que sigue a la decisión estratégica de Olivos de resguardar, por ahora, los fueros de sus gobernantes en Buenos Aires y el distrito federal de las amenazas de coyuntura que han sido la jefa de la Coalición y el movedizo Martín Lousteau. El reacomodamiento se impone no sólo a partir de lo que ocurrió en la vidriera de esos dos grandes distritos. También por los desacuerdos entre los socios de Cambiemos en la negociación de las listas en distritos menos expuestos.

Por ejemplo, el Chaco, que fue motivo de una airada discusión el martes en la mesa estratégica que sesionó en un almuerzo de rutina en el despacho de Marcos Peña, al que concurrieron el anfitrión, Rogelio Frigerio, Emilio Monzó, Humberto Schiavoni, la cúpula radical –José Corral, Mario Negri, Ángel Rozas- y la delegada lilista Marisel Etchecoin. Vale la pena ponerle la lupa a esa anécdota que forzó a un ejercicio de autocrítica a los bastoneros del Pro, por los errores de negociación en aquellas comarcas que dejaron fuera de las nóminas a los candidatos del partido de Mauricio Macri.

Rozas se quejó de que los enviados de Olivos hubieran aprovechado un viaje suyo para avanzar sobre las posiciones radicales, con presiones sobre intendentes por parte de funcionarios de Interior, que agitaron billeteras a cambio de candidaturas. Los hombres de Rozas, que se reparten allá el poder partidario en tres sectores, resistieron y cerraron las listas sin gente del Pro ni de la Coalición. Intentaron quitarles la marca Cambiemos, pero los radicales la recuperaron en la Justicia. Eso alimentó la ira de Rozas por haber jugado desde el Gobierno nacional a sus espaldas. “Necesitamos gente que represente al presidente”, amagaron como justificación el martes. “Ustedes no saben quiénes son los que ponen los huevos allá por Mauricio”, se enojó el senador, que forzó disculpas de los dueños de casa. Estos debieron admitir que los radicales mandan en donde tienen poder y que ya cedieron la candidatura a diputada nacional a Aída Ayala, que Olivos factura como propia. Pero nada más. Etchecoin salió del almuerzo con la promesa de que habrá un lugar para la Coalición en las nóminas locales. En síntesis, perdió el Pro, ganó la UCR.

El episodio importa como ejemplo de la pasión que está poniendo el Pro en la defensa de posiciones en las listas de candidatos, como si fuera la última oportunidad de consolidar un partido político con futuro. Se comprende porque se viene una elección legislativa en la cual conviene avanzar en cantidad de bancas, empleando todo lo que tiene un gobierno que entra en el final del mandato. El pronóstico que maneja el oficialismo es que estos forcejeos son auspiciosos porque los dirigentes creen que habrá un resultado airoso en la mayoría de los distritos. Si los augurios fueran negativos, ya habría fuga hacia los botes, que nunca alcanzan. Por el contrario, las peleas en distritos chicos y grandes son por subirse a las listas.

En esa corrida, el partido de Macri retrotrae el reloj al momento previo a los acuerdos de comienzos de 2015, que permitieron la cumbre de Gualeguaychú. A aquella cita llegaron los radicales divididos entre quienes apoyaban la alianza restrictiva con el Pro –sector Ernesto Sanz, jefe de bloque Federico Storani– y quienes buscaban abrirse a una coalición con otros sectores incluyendo al massismo –sector Julio Cobos, jefe de bloque Rafael Pascual. El jefe del Pro, Macri, operó junto a Sanz, Carrió, Monzó y otros por el triunfo de Sanz. La segunda línea, la mesa Peña-Durán Barba, ponía en duda la eficacia de una alianza con los radicales. Esa cumbre parió el Partido del Ballotage que hizo presidente a Macri.

El reacomodamiento post-Carrió moviliza de nuevo aquellas posiciones pre Gualeguaychú. El enfrentamiento de la semana se exhibió en la sucesión de actos en la parrilla La Bandurria y el salón La Argentina. Enrique Nosiglia apadrinó la reunión de los radicales no Cambiemos que lo agitan a Lousteau, quien presume de haber llevado en la noche del martes a toda la dirigencia formal de la UCR porteña (legisladores, comuneros, jefes de comunas, etc.). Sanz fue el emblema del encuentro del sector pro Cambiemos en La Argentina, movilizado por Jesús Rodríguez –principal ideólogo del Partido del Ballotage– y Facundo Suárez Lastra, el virrey del AMBA. El grupo Bandurria sostiene que el Pro tiene que cumplir con el espíritu de Gualeguaychú y abrir Cambiemos a la UCR y a Lousteau. “Yo perdí en esa discusión y acepté lo que decidió el partido. ¿Por qué no acepta el Pro abrirse en Capital? ¿Por qué Lousteau les puede ganar?”, se quejó Pascual el martes. Sanz, al día siguiente, amasó en La Argentina la dialéctica entre el progresismo auténtico (Macri) y el progresismo estético (Lousteau). También reclamó a la UCR como proveedor de socialdemocracia en Cambiemos. Mientras, el ex embajador en EE.UU. ha dicho que el socialdemócrata es él y que por eso no pertenece, ni lo pretende, al Pro, al que considera una formación conservadora.

Lousteau hizo su última aparición en la costa este de los EE.UU. en la conferencia que organizó en el MIT un grupo de alumnos de la Ivy League, horas después de abandonar el martes su despacho en la embajada en Washington –puede quedarse en la residencia 45 días más, pero se viene antes, me dijo cuando hablé con él horas antes de su charla en Boston. En esa intervención eludió mortificar al Gobierno en los términos que usa cuando explica su situación. Llevó el discurso a la necesidad de que el Gobierno mejore su capacidad negociadora. “No hay negociación que fructifique si alguien no está dispuesto a ceder algo”, repite. Habla, claro, de su propia situación. Parece ofrecer un acuerdo con el Gobierno, o quizás expresa su deseo de que ocurra. Se basa en principios clásicos de la negociación: sólo quien cede poder negocia con éxito. Entre los invitados a la conferencia estaba el economista Eduardo Levy Yeyati, encargado del master plan 2030 por encargo de Macri, y que también se dice socialdemócrata.

¿Qué puede ofrecer Lousteau cuando ya le cerraron las puertas? Su despido odioso de la embajada anula la promesa de Olivos de darle unas PASO para el gobierno porteño en 2019. Los escenarios que discuten sus amigos del radicalismo porteño hurgan en las consecuencias de lo que pasó. Lousteau se ríe: “Lilita ahora es mi Durán Barba. Dice que Durán no la deja ser candidata en la provincia. Ahora ella dice que yo no puedo ser candidato en Capital”. Los radicales creen hoy que tienen que revisar toda la coalición, en particular en Buenos Aires, adonde María Eugenia Vidal abre su gobierno hacia el peronismo y les puede cerrar el camino. El más indignado por este punto es Federico Storani, que no está en la línea Lousteau, pero que ha tomado distancia hace rato de Sanz, a quien defendió en Gualeguaychú. No extrañe si en las próximas horas el radicalismo de Buenos Aires convoca a una cumbre como la de Villa Giardino de hace un mes para reclamar posiciones para el partido en las candidaturas.

El reacomodamiento post-Carrió abre espacio para las picardías. Primero, la tentación del peronismo que repetir la dialéctica del ballotage porteño de 2015, cuando jugaron en apoyo de Lousteau. En aquel momento era negocio apoyarlo con votos y con medios materiales porque esmerilaba la candidatura presidencial de Macri. Ahora es dudosa la conveniencia en ceder bancas, que es lo que se discute. Pero la tentación de ayudar a una derrota de Cambiemos en la Capital anima a algunos opositores que creen que un triunfo sobre Macri-Larreta sería un tanque de oxígeno. Cerca de Lousteau creen que éste debe ser candidato a legislador, y no a diputado nacional. Evitaría así la confrontación con Carrió, algo que cortaría cualquier entendimiento futuro con lo que hoy es Cambiemos. Si decidiese eso, podría ganar la elección en esa categoría ante cualquier candidato del larretismo y además haría entrar a más de una decena de legisladores propios. Un bloque grande le daría una posición de poder decisiva en la Legislatura, además de darle empleo y destino a tantos radicales en el desierto. Los ha tentado también la idea de la lista corta: ser candidato a legislador y no presentar diputados nacionales, como un gesto amistoso. Implicaría resignar por lo menos cinco diputados, que es lo que creen que podrían obtener. Si esto ocurre, Carrió y Lousteau se repartirían el triunfo en la Capital. ¿Es lo que busca Macri? Si Carrió era un peligro para Vidal en Buenos Aires, reflexionan algunos, ¿qué no será ahora para Horacio en la Capital, víctima de un avance en pinzas de dirigentes que no son del Pro? Alguien de Gobierno tiene que dar esa explicación porque es un enigma hoy sin solución y que vuelve a mostrar al Pro protegiendo la plaza propia como si 2017 fuera la última oportunidad de aglutinar fuerzas.


Postales de radicalismo explícito – Tamborini-Mosca

abril 28, 2017

clarín tamborini

En estas semanas el blog desbordó con información y reflexiones sobre la interna del peronismo bonaerense. Está bien, es una fuerza que va a dar una batalla clave. Pero el resto del país, y del electorado, también existen. Y suma un poquito más del 60 % de todos los votos, ténganlo en cuenta.

Pero no es esa la razón principal por la que quiero comentar también aquí otros “frentes de batalla”. Ya lo sugerí en algún posteo anterior. La famosa “grieta” no es nada nuevo entre los argentinos, por Dios! (Ni tampoco en otros países). Nuestra historia registra divisiones anteriores, mucho más sangrientas.

Lo especial en esta es que hay dos partes de la sociedad argentina -con algunas diferencias estadísticas en el promedio de ingresos y, en varias provincias, en el matiz de la piel- pero que ambas pertenecen en su mayoría a los diversos sectores medios argentinos, tienen acceso a las mismas noticias… Y hay una pared gruesa de vidrio entre ellas. Ninguna de las dos escucha -registra- lo que le llega a la otra.

Para un lado de la “grieta” -en el que incluso están algunos peronistas, casi todos de más de 50 años- la experiencia kirchnerista, que gobernó doce años, con funcionarios y cuadros surgidos en su gran mayoría del peronismo y apoyada en gobernadores y sindicatos peronistas, sería una “anomalía”. Que no tendría que ver con el “verdadero” peronismo.

Del otro lado, muchos argentinos -especialmente en el progresismo filo K- parecen todavía shockeados porque ¡la Derecha ganó una elección libre! Han borrado de su memoria 1995, cuando Menem fue reelecto con una decisiva mayoría, después de las privatizaciones y la desregulación. También 1999, cuando ganó la Alianza, que prometía continuar, sin corrupción, con las políticas de Menem. Lo que el derrotado Duhalde no garantizaba.

Hasta los peronistas -influenciados por la afluencia de jóvenes que empezaron a militar hace menos de diez años- parecen haber olvidado que en los 71 años de existencia del justicialismo nunca dejó de existir una oposición numerosa, con raíces sociales y culturales profundas, que por la mayor parte de ese tiempo encontró un cauce en el radicalismo. Cuando el “partido militar” no suspendía la política civil, claro.

Ahora, aclaro que no estoy de acuerdo con el ingenioso Jorge Asís, que llama al de Macri el “Tercer Gobierno Radical”. Creo que el PRO ha servido para incorporar un elemento en la política argentina, del que la Ucedé de Alsogaray fue un ensayo previo. Y es el que conduce el gobierno, con un equipo de CEOs y consultores. Pero el radicalismo sigue siendo la estructura política más importante en todo el país, después del peronismo. Es el armazón fundamental de la alianza Cambiemos.

Y si el gobierno de Macri fracasa, como un análisis frío de la economía me fuerza a considerar muy probable, la oposición al peronismo, al proyecto modestamente industrialista y defensor del empleo que desplegó en este siglo el peronismo y que será la base de cualquier otro que le suceda en una siguiente etapa… se expresará en el radicalismo.

Empecé este posteo con la idea de hacer una introducción a un material sobre roscas radicales. Pero me di cuenta que, primero y principal, era necesario distinguir entre la política y las guerras de consignas de las hinchadas de futbol. Quería insistir en que los peronistas, no por “buenos” sino por realistas, deben asumir la existencia, y persistencia del Otro. El movimiento nacional podrá incorporar, y debe hacerlo, cuadros y legados del mejor radicalismo, el que luchó por el sufragio libre y levantó banderas nacionales. De la misma forma que Cambiemos ha incorporado notorios operadores nuestros. Pero va a existir -es inevitable y es bueno en una sociedad moderna- una numerosa y articulada oposición política al peronismo y su proyecto.

Y no digo esto por alguna banalidad sobre el diálogo democrático. En las sociedades modernas -como en las antiguas- hay conflictos de intereses. Y la política es el campo de batalla. Pero es necesario entender que el Otro existe -salvo en una fantasía chavista de movilización permanente- y que uno debe convivir con él. Y cuando gana, gobernarlo.


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