El viernes fue el Día del Pensamiento Nacional ¿Qué es eso?

noviembre 16, 2020

Empiezo (como casi siempre en estos posteos) por una aclaración personal: no se me ocurría tomar en serio a un “Día del Pensamiento Nacional”. No podía evitar verlo como una de las cosas que hacen los burócratas de la comunicación para justificar cargos y contratos; fijar, tratar de congelar, una discusión más profunda, y una lucha no resuelta.

Pero supieron elegir el día del nacimiento de Jauretche (NO el de su muerte, superando así la necrofilia argenta), y la memoria de Don Arturo me impulsó a hacer un comentario breve y superficial sobre esto del Pensamiento Nacional. Y su hermano / enemigo, el Pensamiento Liberal.

Tal vez, por otra tendencia argenta, se puede hacer más clara la idea si se usa un ejemplo extranjero. Otra tradición cultural, también muy influida por Europa, pero con una fuerte identidad propia, Rusia.

Toda su historia en el siglo XIX, el período en el que terminó de instalarse en la 1° fila de las Grandes Potencias, y en el que su literatura deslumbró y cuestionó a Occidente, se puede ver como un debate y una lucha entre eurófilos y eslavófilos. Los que querían europeizar a Rusia e incorporar las instituciones liberales, a lo Sarmiento, y los que rechazaban a un Occidente al que veían ateo y corrupto, e insistían en en el rescate del alma rusa.

En realidad, ese enfrentamiento continúa, oculto durante un tiempo por la brutal simplicidad de Stalin. ¿Alguien puede tener dudas sobre de qué lado estaba Solzhenitsyn? Los eurófilos habrían reconocido a Gorbachov como uno de los suyos. Y los eslavófilos, Tolstoi, Dostoyevski, habrían apoyado hace pocos días la constitución que propone Putin.

Vuelvo a casa. Y vuelvo a recomendar a un gringo: Nicolas Shumway, en “La invención de Argentina” historia muy bien nuestro enfrentamiento cultural. Pero a lo mejor puedo aportar alguna observación, que se me ocurrió pensando en Jauretche. Pero el de antes de Perón, y antes de FORJA, que me lo hacen muy fáciles de entender. El Jauretche yrigoyenista.

Confieso que a mí nunca me entusiasmó Yrigoyen. Vale, su liderazgo fue importante para la democratización de la política argentina, para el respeto del voto popular. Y mantuvo la independencia y la neutralidad argentina en la 1° Guerra Mundial (como el presidente conservador previo). Pero no hizo nada para cambiar la estructura económica de nuestro país, dependiente por completo del mercado inglés. Si fue en el período de su sucesor, el “galerita” Marcelo Torcuato de Alvear, que se fundaron YPF y la Fábrica Militar de Aviones…

Para mostrar lo que me dice el yrigoyenismo de don Arturo, les dejo abajo un fragmente de un programa de mi amigo Fernández Baraibar. Ahí un Jauretche más joven cuenta lo que sintió frente al fervor popular que despertaba Hipólito Yrigoyen.

Seguro, se pueden hacer grandes transformaciones -para bien y para mal- sin un carisma arrollador. Bismarck, Deng, el mismo Putin, cada uno en su tiempo, no despertaron el entusiasmo y el amor de las masas. Pero cuando un liderazgo despierta el fervor colectivo, aparece una realidad distinta.

Y el Pensamiento Liberal es muy antagónico a eso, por lo menos en los últimos 200 años. Atención: no digo que el Pensamiento Nacional lo maneja siempre muy bien; a veces se engancha con imitaciones de baja calidad.


Un saludo para Pino Solanas

noviembre 7, 2020

Me entero de la muerte de Pino Solanas, peleando contra el coronavirus. No es una forma fácil de irse, pero él fue un luchador; tuvo una vida larga, para lo que son las vidas humanas, y, sobre todo, deja tras suyo obras que perdurarán después que nos hayamos ido los que lo despedimos ahora. Otros pueden hablar mucho mejor que yo de su obra, pero El exilio de Gardel quedó en mi memoria como lo más argentino -romántico, idealista y chanta- que alguna vez vi en el cine.

Siento la necesidad de despedirlo en el blog. Es que compartimos hace casi medio siglo un lugar de militancia -sólo por algunos pocos meses, pero eran tiempos muy intensos.

Desde entonces nos volvimos a encontrar bastantes veces, claro, y siempre con un saludo cordial, pero no teníamos mucho en común, más allá del compromiso con el país y nuestra historia común (pueden ver con el Buscador los posteos que lo mencionan en este blog). Él vivía la política como una forma de dar testimonio de ideales y valores. Lo mío fue siempre el tratar de ayudar a construir los instrumentos políticos que los realizaran.

Es cierto que su talento le servía para construir herramientas más perdurables que estructuras y roscas… Para despedirlo elegí no “La hora de los hornos“, “Actualización doctrinara para la toma del poder“, piezas ineludibles de una historia política del peronismo.

Me parece más… específica del testimonio de Pino este “La Próxima Estación“. Cuando tengan tiempo, véanlo.


El tiempo, la suerte y la meritocracia

septiembre 21, 2020

La discusión política en nuestro país no se destacará por su rigor y precisión, pero al menos sobrevuela temas profundos. El del mérito, por ejemplo, irrumpió en estos días y llena espacio en los medios y en las redes sociales. Con enfoques distintos, como era inevitable, según desde qué lado de la “grieta” se habla. Lo que llamaría la atención -a alguien que no nos conozca- es que quienes se referencian políticamente en el hijo de uno de los hombres más ricos de Argentina levantan la bandera del mérito y el esfuerzo personal. Y los que se referencian en una mujer nacida en un hogar de clase media baja señalan el papel fundamental de las condiciones sociales.

Como sea, en el debate se dijeron cosas inteligentes y también estupideces. Para ponerlo en contexto -y evitarme el riesgo de empezar con la segunda categoría- acerco una opinión poderosa, de algo menos de 3 mil años atrás: “Vi además que bajo el sol no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; y que tampoco de los sabios es el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte les llegan a todos.

En el Eclesiastés encuentro un tono escéptico, aunque los eruditos cristianos y judíos me desmienten. Pero la mayoría de los textos religiosos tradicionales son todavía más firmes en marcar que los méritos y los esfuerzos de los seres humanos son mucho menos importantes que la Gracia de Dios.

Lo que quiero señalar es que el énfasis en el mérito y el esfuerzo personal son conceptos modernos. Cualquiera que se detenga a pensar un rato, y no sea un completo imbécil, se da cuenta del papel fundamental que el tiempo y la suerte juegan en su vida y en la de todos.

Hace pocos siglos que empezó a instalarse la idea que un hombre o una mujer podían elevarse por encima de las circunstancias de su nacimiento por su esfuerzo . Siempre existió, claro, la posibilidad para algunos de subir, al menos unos cuantos escalones, por la guerra, el arte, o la religión. Pero que la mayoría de una sociedad pueda mejorar su destino y acceder a todos los frutos de la civilización… aún los griegos clásicos, audaces en el pensamiento, habrían dicho que era hubris, soberbia.

(En realidad, esta idea les molesta actualmente a no pocos. Porque este rechazo no se reconoce abiertamente, pero se ha extendido. Antes era patrimonio de las aristocracias tradicionales; ahora se encuentra en otras categorías sociales, en especial en la de “piojos resucitados”.)

El punto a donde voy (por un camino sinuoso) es que en Argentina teníamos -aún en los tiempos en que había muchas barreras sociales y económicas y policías bravas para impedirlo- una institución dedicada a la igualdad de oportunidades: la escuela pública. Incluso tenía un etos igualitario, simbolizado en los guardapolvos blancos en la primaria. Hijos de inmigrantes y de ministros estudiaban -durante algunos años- en las mismas aulas.

Existían, como ahora, las escuelas privadas. Eran para las colectividades que querían mantener valores o símbolos de pertenencia. Y para los “repetidores”: los alumnos demasiado brutos para la enseñanza oficial.

Por supuesto, hay muchas críticas válidas que pueden hacerse a la escuela pública argentina como existió en el siglo XX. (Muchas las hicieron polemistas que compartían profundamente los ideales igualitarios, pero estaban enganchados en alguna discusión europea ¿Ya mencioné el nivel del debate político local, no?).

El hecho es que hemos destruido casi por completo esa función igualadora de la escuela pública. No voy a ponerme ahora a escribir sobre esa catástrofe: lo han hecho otros, y este posteo se alargó mucho más de los dos o tres párrafos que tenía en mente. Salvo… apuntar que entre los mecanismos de su destrucción el que se menciona menos es uno de los más decisivos y que viene de más atrás: los bajos sueldos.

Lo que me interesa plantearles, lo que puede justificar estas líneas casuales, es que una tarea fundamental para la Argentina es reconstruir la educación pública.


El modelo sueco

septiembre 14, 2020

Este posteo -como otras criaturas bizarras- está vinculado a un título de Clarín “De polémico a consagrado: así vive y piensa Anders Tegnell, el padre del modelo sueco contra el coronavirus“.

Empiezo por reconocer que no es un tema clarinista exclusivo, aunque quizás ahí exageren un poco; en la bajada dicen “Nuevo héroe nacional“. En los medios europeos también se le ha dado bastante espacio en estos días, en medio de los debates sobre el “modelo sueco”: no se decretó cuarentena, no se instaló el uso de barbijo. Está claro que en Europa están tan hartos de las restricciones como aquí.

Y es cierto que hay una cierta fascinación con la figura de Tegnell en algunos sectores de la sociedad sueca, y no sólo allí. Como símbolo de la decisión de asumir un riesgo (que se cree menor) y afirmar la libertad personal. “La voluntad de poder”, de Nietzsche, en versión simplificada para los que leen en el celular.

Justo ayer, en AgendAR publicamos las estadísticas de muertes atribuidas a COVID-19 de una decena de países. Y yo me tenté a lanzar un tweet -uno ironiza sobre la cultura de redes, pero no es inmune: “¿Será SUECIA el país generoso? Según Clarín, con bastante más del doble de muertes x habitante que aquí, llegás a Héroe nacional“.

No es de la pluma de Voltaire, ni de Borges. Pero lo interesante aquí es una respuesta (bastante coherente, para lo habitual en Twitter): “El detalle es que las muertes de ellos hoy tienden a cero, que nunca cerraron escuelas, que todos siguen haciendo sus vidas, que no se desatendieron otros temas de salud; acá estamos destruidos moral y economicamente, enfrentados; en el pico aumentando las muertes cada día“.

Creo que algunas de esas afirmaciones son equivocadas: los casos y las muertes en Suecia no tienden a cero. La curva sigue subiendo, aunque más lentamente que aquí. Nuestra “destrucción moral” y la “económica” empiezan en fechas muy distintas, según los criterios morales y económicos que mantenga cada uno. Pero todas esas diferentes fechas son muy anteriores al inicio de la pandemia.

Pero quiero ser justo. El tuitero en cuestión tiene un argumento, y ya lo reconocí de entrada: la cuarentena es una carga pesada para la mayor parte de las personas, aunque sea tan parcial como la que seguimos -más o menos- en Argentina.

Entonces me decidí a hacer unos cálculos. Estimativos, por supuesto. Como se dice en la nota: “estos números son provisorios, varían día a día, los cambios llegan a ser significativos conforme pasan los meses. Cuando concluya esta pandemia, se podrá evaluar mejor lo que se hizo y los resultados.” Pero dan una idea.

Suecia tiene -hasta el 13 de septiembre- 330,91 muertes por millón de habitantes más que nuestro país. Como Argentina tiene varias veces la población de Suecia, una política como le gusta a Tegnell, y a mi interlocutor tuitero, le habría costado hasta ayer -en este cálculo teórico- 14.890 muertes.

Ni la matemática ni la epidemiología pueden decir si es preferible cargar con el peso de la cuarentena o de las (previsibles) muertes. Es una cuestión de valores. Con criterios “libertarios”, “darwinistas” o “nietzscheanos” se puede decidir que es mejor correr el riesgo y no aceptar las restricciones.

Confieso que, por mi parte, hasta podría considerar los argumentos… si alguien pudiera garantizarme que ni yo ni ninguna persona que aprecio estaría entre esos 14.890. Pero no existe esa garantía. Así que yo voy a seguir con el aislamiento y usando barbijo. ¿Ustedes bien?


Una familia inmigrante, en un 9 de Julio

julio 9, 2020

Esto me lo hizo llegar hoy una amiga. Lo escribió José Bleger, un psiquiatra argentino que murió casi medio siglo atrás, y que era prestigioso en esos años. Pero esto no lo conocía. Quiero compartirlo con ustedes, en este Día de la (relativa) Independencia.

“No me acuerdo del nombre del barco, pero sé positivamente que llegó a puerto en la madrugada de ese invierno de 1927.

Ahora me acordé: Flandria, se llamaba y se hundió en el viaje de vuelta. Lo del año es fácil porque los años no eran tan fáciles de confundir, aunque últimamente…

Y lo de la fecha, porque mi abuelo materno David Basewicz no era hombre de dejar pasar por alto fechas de honda significación: jamás en su vida olvidó el cumpleaños de cada una de sus cinco hijas, empezando por la mayor -Luba, mi mamá- y siguiendo por Esther, Myriam, Tamara y Shulamit.

Sí, las fechas siempre fueron importantes para Don David, como supieron llamarlo por décadas los vecinos que le compraban glostora y yilets, o jugaban con él a las damas en esa pobre casa de la calle Rojas.

Y ese día de invierno del 27… ¡imagínense! Un barco cargado de inmigrantes viajando en tercera porque no existía la cuarta, recibidos en puerto con todos los honores que únicamente se le deparan a grandes dignatarios. Los barcos de guerra con gallardetes por toda la arboladura y su tripulación completa formada en cubierta saludando marcialmente. Una batería de cañones que dispara una salva de veintiun cañonazos, mientras la banda de la Gloriosa Armada Argentina, reforzada por los bronces de la no menos Gloriosa Prefectura Naval toca marcha tras marcha.

Acodado en la barandilla del puente más bajo, mi abuelo David, fugitivo de sus viejos conocidos, el hambre, la guerra y el antisemitismo europeos y mudo de emoción ante el recibimiento que les hacía el Nuevo Mundo, se dio vuelta y les dijo a mi abuela Raquel y a sus cinco hijas: “en este mundo lleno de odio, un país que recibe así a sus inmigrantes es algo único y maravilloso. Respétenlo durante toda la vida y jamás se olviden de rendirle homenaje y de celebrar este Día de la Llegada de la Familia Basewicz”.

Es por eso que cada año mi familia materna, ya con tres generaciones bien criollas, se junta, celebra, brinda y rinde merecido homenaje a la República Argentina, país que sabía recibir como ningún otro a sus inmigrantes.

Desde 1927, año tras año, sin fallar jamás. Como un sólo hombre. Y cada 9 de julio.”


García Márquez y un relato de Malvinas

abril 2, 2020

Uno no quiere pegarle a García Márquez. Colombiano, escritor talentoso,… Pero un famoso artículo que escribió un año después del final de la guerra en el Atlántico Sur es un ejemplo demasiado perfecto de como se construye un relato derrotista, después de una derrota real. Y de los mecanismos que llevan al periodismo, aún al talentoso, a construir esos relatos.

Juan Terranova, y la revista digital Paco, merecen un homenaje por su coraje al meterse con un mito literario y uno político, para reivindicar el coraje de soldados que no fueron mitos. Mi homenaje, por lo que valga, es copiarlo en mi blog.

“El miércoles 6 de abril de 1983, el diario El País de España publicaba el artículo de opinión “Las Malvinas, un año después”, firmado por Gabriel García Márquez. Existe una edición digital para su consulta. “Las Malvinas, un año después” comienza con una escena más parecida, por su forzado patetismo, a una remanida leyenda urbana que a las palabras de un escritor ocupado en comentar algo tan serio y dramático como una guerra. De entrada, entonces, García Márquez presenta el conflicto bélico del Atlántico Sur con una anécdota dudosa, que pretende ser trágica pero despierta dudas.

Escribe García Márquez: “Un soldado argentino que regresaba de las islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo, en Buenos Aires, y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba -según dijo- de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo, que se había valido de aquella patraña para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.”

¿A qué dudas me refiero? Cualquiera que haya tratado a un veterano de Malvinas sabe el rol que cumplieron las madres durante el conflicto y ya iniciada la posguerra. Es difícil creer en esa negativa telefónica. Hubo y existe todavía una solidaridad muy grande entre los veteranos y sus familias. ¿Una madre que le dice que no a un hijo que vuelve de la guerra? ¿Una madre que niega su asistencia, por asco o aprehensión, a un compañero de armas de su hijo que encima está lastimado? Resulta difícil de creer. Por otra parte, la copiosa bibliografía sobre la guerra de Malvinas, sus causas y consecuencias, nunca habla de un suicidio en el Regimiento 1 de Palermo, que entendemos es el Regimiento de infantería 1 Patricios. ¿Un soldado se suicida en un regimiento y no queda asentado en ningún documento, periodístico o historiográfico? De hecho, no hay información al respecto. Tan simple como eso. García Márquez pone una excusa: la dictadura domina la prensa y oculta estos hechos. Pero, entonces, ¿cómo los conoce él? El novelista colombiano asegura que esas historias “andan por el mundo entero en cartas privadas recibidas por los exiliados”. Y luego agrega: “Hace algún tiempo conocí en México una de esas cartas y no había tenido corazón para reproducir algunas de sus informaciones terroríficas”. Pero el “corazón” para hacer pública esa información, oportuno, aparece gracias al festejo del triunfo británico en la prensa inglesa y norteamericana. Luego, el escritor agrega que la guerra fue “absurda”, usando un adjetivo que ya nada dice sobre nada, y mucho menos sobre una guerra.

Antes de comenzar a examinar el catálogo de idiotismos, mentiras, verdades a medias y burradas que componen el centro de “Las Malvinas, un año después”, me detengo en ese adjetivo porque El País provee también en su plataforma digital otro artículo de García Márquez, esta vez de un año antes, del 14 de abril de 1982, donde Gabo pide por los desaparecidos, señalando que, con la guerra, “el general Galtieri no ha hecho más que poner las cosas en su puesto. Pero lo ha hecho con un acto legítimo cuya finalidad es torcida”. El camino que lleva de las cosas “en su lugar” y el “acto legítimo” al “absurdo” toma un año. También sirve, claro está, saber quién ganó la guerra.

Lo dicho: el núcleo del artículo expone un catálogo de infamias en el que se mezclan medias verdades y groseras mentiras. Repasar esa lista, punto por punto, no es una actividad ociosa y puede ayudar a entender, ni más ni menos, cómo procesamos y entendimos los argentinos la guerra. Sé que comentar cada una de estas afirmaciones puede percibirse como algo mecánico pero bien vale el esfuerzo.

Dice García Márquez: “Ahora se sabe que numerosos reclutas de 19 años, que fueron enviados contra su voluntad y sin entrenamiento a enfrentarse con los profesionales ingleses en las Malvinas, llevaban zapatos de tenis y muy escasa protección contra el frío, que en algunos momentos era de 30 grados bajo cero”.

Lo primero que habría que decir aquí es que si un recluta está bajo bandera poco importa su voluntad. Como sucede en todas las guerras, hubo muchos soldados que no querían ir. Pero también es un hecho que el nivel de deserción en relación a Malvinas fue mínimo o incluso nulo. Los soldados clase 63 que habían sido dados de baja y vueltos a llamar al servicio acudieron con orgullo y sin dudar a la movilización. Por no contar la gran cantidad de voluntarios que hubo dentro y fuera de las distintas armas. Cuando García Márquez dice que estos soldados no tenían entrenamiento se refiere a los de la clase 62, muchos de los cuales, es cierto, no habían terminado su formación militar básica. Pero en ningún caso se trataba de la totalidad de la tropa llevada a las islas. La cita también opone jóvenes conscriptos argentinos a militares profesionales ingleses instalando una idea que tiene sus matices. Muchos de los paracaidistas británicos que murieron en Longdon y Tumbledown, por poner dos ejemplos, eran tanto o más jóvenes que los conscriptos argentinos.

Sobre los “zapatos de tenis”, figura que se instaló de manera contundente en el imaginario popular argentino, hay que decir que ningún soldado peleó en zapatillas. Si los conscriptos argentinos las llevaron fue porque se trataba de una tropa de ocupación. Y las zapatillas eran muy útiles a la hora de secar los borceguíes, de los cuales algunos soldados incluso tenían dos pares. Los borceguíes argentinos resultaron de tal calidad, con suela cosida y caña alta, que existen pruebas de que muchos británicos se los sacaban a los prisioneros como botín de guerra. Con respecto al abrigo es posible que fuera deficitario, aunque no en todos los casos, y hay que señalar que jamás hizo en Malvinas 30 grados bajo cero ni durante la guerra ni antes ni después. La amplitud térmica en las islas va de 24°, como máximo en verano, y -5° en invierno, con una media de que oscila entre 3 °C en invierno y 8 °C en verano. Solo como referencia vale consignar que en la Antártida la temperatura promedio es de -20 °C  a 0 °C.

Sigue García Márquez: “A muchos tuvieron que arrancarles la piel gangrenada junto con los zapatos y 92 tuvieron que ser castrados por congelamiento de los testículos, después de que fueron obligados a permanecer sentados en las trincheras. Sólo en el sitio de Santa Lucía, 500 muchachos se quedaron ciegos por falta de anteojos protectores contra el deslumbramiento de la nieve”. Las muy citadas gangrenas o pie de trinchera de Malvinas fueron un hecho cierto y lamentable de la guerra. Los oficiales y suboficiales argentinos muchas veces no supieron cómo proteger a sus soldados del frío y la humedad. Y muchas veces no quisieron hacerlo, demostrado un gran de crueldad y falta de criterio castrense. Sin embargo, los británicos también sufrieron esos problemas que les causaron bajas y dificultades a la hora de marchar hacia Puerto Argentino. Con respecto a los “92 castramientos” no hay fuente que hable de ese número, ni encontré referencia alguna a esa patología. ¿Tenemos que suponer que García Márquez inventa? ¿O que esas cartas de los exiliados a las que tuvo acceso mienten?

En Malvinas se dieron muchísimos abusos lamentables dentro de las Fuerzas Armadas que hablan de una formación militar deficiente y una soberbia criminal. Muchos de ellos fueron denunciados por los centros de veteranos y organismos de Derechos Humanos. Las presentaciones que se hicieron fueron esmeradamente prolijas y siempre con responsabilidad y compromiso de parte de los denunciantes. Pero la pregunta por la fuente, por esos noventa y dos castrados, sigue en pie: ¿de dónde saca esa información y ese número García Márquez? Lo mismo ocurre con los “500 ciegos del sitio de Santa Lucía”. Aunque es verdad que los soldados argentinos fueron equipados con anteojeras contra el viento que rápidamente se estropearon, no existe registro de casos de cegueras masivas durante la guerra. Amén de que “el sitio de Santa Lucía” no refiere a ningún hecho que haya ocurrido durante la recuperación y los combates.

Enseguida, a los castrados, García Márquez les agrega los violados: “Con motivo de la visita del Papa a Argentina, los ingleses devolvieron 1.000 prisioneros. Cincuenta de ellos tuvieron que ser operados de las desgarraduras anales que les causaron las violaciones de los ingleses que los capturaron en la localidad de Darwin”. Las batallas de Darwin y Goose Green, así como el cautiverio de los combatientes argentinos de esas batallas, están ampliamente documentadas. Véase, para empezar, la exhaustiva entrada que Wikipedia le dedica. Tanto conscriptos como oficiales y suboficiales, así como oficiales de alto rango, dejaron su testimonio sobre ese momento de la guerra. Muchos de ellos siguen malvinizando hoy en día al contar su historia. Nadie jamás habló de esos hombres ultrajados.

Detengo el análisis punto por punto para anticipar una pregunta: ¿cómo podía llegar a sentirse un soldado que había vuelto de la guerra al leer estas mentiras? García Márquez nunca se hizo esa pregunta. Lo que sí hace es agregar sobre los prisioneros que su “peso promedio era de 40 o 50 kilos, muchos padecían de anemia, otros tenían brazos y piernas cuyo único remedio era la amputación y un grupo se quedó interno con trastornos psíquicos graves”.

Esto es rotundamente cierto. Si García Márquez se hubiera centrado en esta información no habría forma de desmentirlo o rebatirlo. El hambre durante la guerra de Malvinas fue y es un hecho central del conflicto. También, como en todas las guerras, las patologías que se señalan. Pero en vez de dar precisiones sobre la falta de alimento para la tropa, que no fue un hecho regular y uniforme, el colombiano prefiere especular sobre el uso de las drogas en combate de una manera tan ingenua como contradictoria. Drogas en las guerras hubo siempre, desde el hachís de los guerreros turcos hasta la investigación de Norman Ohler con el uso de la pervitina durante la Segunda Guerra en el ejército alemán. En Los pichiciegos, Enrique Fogwill imagina cómo la administraban los británicos en Malvinas. Hay un poco de mojigatería en esa denuncia de uso de fármacos, pero sobre todo mucha fantasía. No existen registros de que los soldados argentinos fueran inyectados ni se les proporcionará ningún tipo de estupefaciente.

El párrafo dedicado a las pésima logística argentina también tiene una base de verdad. Causa directa de los problemas de nutrición, culpa real del Ejército y del Estado Mayor Conjunto, los errores logísticos en Malvinas fueron muchos y determinantes para que la guerra se perdiera. El Ejército no planificó, se desentendió de ese asunto central y expuso a sus hombres al frío y al hambre. Pero eso no ocurrió con la Armada y la Fuerza Aérea. Y hubo también muchas excepciones dentro del mismo Ejército. Sin embargo, aquí García Márquez acierta y su conclusión fue luego apoyada por el Informe Rattenbach. Las diferentes armas no coordinaron sus esfuerzos ni colaboraron antes ni durante la guerra, sino que incluso a veces rivalizaron en cuestiones tan importantes como la cadena de abastecimiento que unía las islas al continente. Pero, en vez de ahondar en ese tema, central para entender la derrota, García Márquez vuelve rápidamente a fabular. Copio el párrafo que sigue:

“Frente a condiciones tan deplorables e inhumanas, el enemigo inglés disponía de toda clase de recursos modernos para la guerra en el círculo polar. Mientras las armas de los argentinos se estropeaban por el frío, los ingleses llevaban un fusil tan sofisticado que podía alcanzar un blanco móvil a 200 metros de distancia y disponía de una mira infrarroja de la más alta precisión. Tenían además trajes térmicos y algunos usaban chalecos antibalas que debieron de ocasionarles trastornos mentales a los pobres reclutas argentinos, pues los veían caer fulminados por el impacto de una ráfaga de metralleta y, poco después, los veían levantarse sanos y salvos y listos para proseguir el combate”.

Hablar de “círculo polar” es un error grosero similar al de decir que en Malvinas hacían 30 grados bajo cero. Con solo mirar un planisferio uno comprende que las islas no están ni cerca del Círculo Polar. Por su parte, la diferencia de armamento es un tema delicado. Existió. Pero no necesariamente en las unidades de infantería que combatieron en las islas. Los dos bandos armaban a sus soldados de a pie con el FAL de munición NATO 7,62. Algunos argentinos tenían la nueva versión con culata calada y rebatible, más fáciles de transportar que los fusiles de culata de madera, y por eso algunos británicos los robaban como botín de guerra. Sin embargo, la gran diferencia se dio en el combate aéreo con los muy modernos misiles Sidewinder con los que Estados Unidos proveyó a los británicos. La descripción de esos supuestos “chalecos antibalas” a prueba de ráfagas de ametralladoras es una estupidez que no merece el mínimo análisis. Que los ingleses tuvieran “trajes térmicos”, menos delirante, también es falso. Por otra parte, lo de “trastornos mentales”, escrito al pasar por el colombiano, sería uno de los problemas más específicos de la posguerra. ¿Se puede hablar de “trastornos mentales” en relación a una guerra con tanta ligereza? Esos problemas llegaron y, cuando no se hicieron presentes, su sospecha condicionó la vida de los soldados que volvieron, más allá de esas armas de ciencia- ficción.

Luego García Márquez dice citar a “un testigo de aquella carnicería despiadada” y escribe sobre la participación de los gurkas: “La velocidad con que decapitaban a nuestros pobres chicos con sus cimitarras de asesinos era de uno cada siete segundos. Por una rara costumbre, la cabeza cortada la sostenían por los pelos y le cortaban las orejas”. ¿Decapitaciones? No hay un solo testimonio de que haya habido decapitaciones durante la guerra, más allá de que los soldados nepaleses no usaban cimitarras, un arma blanca de Oriente Medio que nada tiene que ver con Nepal ni con Malvinas.

Lo que sí hubo, al parecer, fue un suboficial inglés que se dedicó a cortar orejas de soldados argentinos. La historia se cuenta en el libro Green-Eyed Boys: 3 Para and the Battle for Mount Longdon publicado en 1996 y escrito por Adrian Weale, ex oficial de inteligencia militar, hoy historiador, y Christian Jennings, ex miembro del Regimiento de Paracaidistas Territoriales, hoy periodista de tv. Según una reseña del libro en La Nación, el corporal Stewart McLaughlin peleó con valentía en Malvinas y cayó en combate pero “fue privado de honores póstumos por la grosera colección de orejas que había arrancado del enemigo. Weale y Jennings dicen que al menos uno de estos infames trofeos fue removido de un soldado argentino todavía vivo. El nombre de McLaughlin no figura en la lista de héroes”. Como puede verse, no se trata de decapitados. Ni tampoco de un soldado de Nepal. Las demás cosas que dice García Márquez sobre los gurkas tampoco tiene ningún respaldo historiográfico.

Después de tanta invención, García Márquez dice, en el final del artículo: “Confío, sin embargo, en que el recuerdo de los hechos inconcebibles de aquella guerra chapucera nos ayude a entendernos mejor”. La guerra, entonces, ya no es “absurda” sino “chapucera”. ¿Qué significa “chapucera”? El diccionario de Google ofrece dos definiciones: “1. Persona. Que trabaja o hace las cosas con poco cuidado, sin técnica o con un acabado deficiente. 2. Adjetivo. Que está mal hecho o está hecho con poco cuidado, sin técnica o con un acabado deficiente”. Es posible, no lo niego, caracterizar una guerra de esa manera. Pero solo cuando termina. Difícilmente una guerra que se gana es “chapucera”. Son los perdedores los que reciben ese adjetivo cuando la confusión, el humo y los bombardeos terminan. Con los artículos de opinión no hay que esperar tanto. En el momento o con el diario del lunes, el lector puede estimar hasta donde el autor sabe de lo que habla, si su escritura presenta un “acabado deficiente”, y mucho más si insiste con mentiras o trata de engañar.

Leyendo “Las Malvinas, un año después” se comprende que García Márquez tenía la suficiente información para escribir un artículo serio y de bases firmes. Pero eligió hacer otra cosa. Optó por dejarse llevar por una copiosa imaginación bélica, llena de exageraciones y datos falsos. La guerra de Malvinas no fue como la describe el bueno de Gabo. Y si tuvo un saldo obsceno, y lo tuvo, no es el que se lee en ese artículo. Algo principal: García Márquez olvida el desempeño de las otras fuerzas. Solo habla de los conscriptos que pelearon en las trincheras de las islas. Olvida la Fuerza Aérea, olvida a la Armada, a la Prefectura, a la Gendarmería. Olvida o desconoce a los marineros mercantes, a los pilotos del Escuadrón Fénix y otros civiles que participaron del conflicto. Su mirada resulta así tan sesgada como atolondrada y obtusa.

¿Qué mejor fuente que el enemigo para conocer la verdad? Ellos no pueden estar atravesados por una mirada de reivindicación argentina o ser acusados de promotores de la dictadura. En Internet es posible encontrar elogios del teniente coronel David Chaundler, que asumió de comandante del 2º Batallón de Paracaidista tras la muerte del teniente coronel Herbert Jones, al Regimiento de Infantería Mecanizado número 7 de La Plata que peleó en el Monte Longdon. Jeremy Moore, el mismo que fue del campo de batalla a firmar la rendición de Menéndez el 14 de junio, habló de la determinación de los soldados argentinos que pelearon muchas veces hasta agotar las municiones desde posiciones que no abandonaban y que tuvieron que ser voladas por el aire con misiles Milan antitanque. Moore señaló que los soldados argentinos tuvieron que ser “prácticamente arrancados de sus puestos, a los que se aferraban como un caracol a su caparazón”.

En su libro No picnic, ya desde el título, el general de división Julian Thompson dejó por escrito uno de los testimonios más elocuentes en este sentido. Comandante de la 3º Brigada de Comandos de Infantería de la Marina Británica, Thompson se desempeñó como la máxima autoridad en tierra durante el desembarco y la primera parte del conflicto. En ningún momento de la posguerra dejó de señalar el coraje con el que habían peleado los argentinos y que, en sus palabras, “hubo momentos en que podría haber pasado lo contrario de lo que pasó».

¿García Márquez no poseía esa información cuando escribió sus opiniones? Bien. Pero ¿por qué mentir? ¿Por qué redactar una especie de delirio bélico de la humillación? Hay una razón. Esta vez no se trata solamente de un narrador arrobado en el vértigo de la exageración literaria. El objetivo primero de García Márquez era desacreditar a la dictadura argentina. Es muy probable que haya leído alguna carta, y haya hablado con alguien, pero resulta seguro que la mayor parte de su artículo son piruetas para empujar ese ataque. Como hizo el alfonsismo que amplió y consolidó estos idiotismos, los que pelearon fueron el fusible de esa puja política. Ellos, su historia, su verdad, su memoria, no importaban. Se los podía difamar y tildar de inútiles, castrados, violados y cobardes sin ningún tipo de vergüenza o pudor. Ni García Márquez ni el alfonsinismo pensaron en aquellos que fueron a Malvinas. ¿Cómo podían repercutir esas palabras en el ánimo y en la vida de esos mismo colimbas que decían describir? Mucho menos les importó el valor y el coraje, sobradamente probado de conscriptos, oficiales y suboficiales del Ejército, de marinos y aviadores. El fin último de sus operaciones políticas era desestimar, denunciar y comprometer a la dictadura. La guerra no les importaba. Por eso mismo García Márquez no duda en inventar datos o hechos que solo pueden haber salido de su poderosa imaginación.

Ahora bien, esta operación política en base al fraude tuvo una consecuencia directa. Instaló una serie de equívocos que aún hoy persisten en la sociedad argentina. Son íconos contemporáneos de los que cuesta mucho volver, a los que cuesta mucho desacreditar y que alimentan la muy conocida autodenigración local.

Todos los lugares comunes, repetidos incansablemente por miles y miles de personas desinformadas ya están ahí, en esas Malvinas humillantes de García Márquez: las zapatillas, los gurkas, los ingleses como invencibles, la trinchera como sinécdoque de la guerra, el combatiente como pusilánime. Otras especulaciones de García Márquez, por desgracia, son ciertas. Pero del conjunto destila un profundo sentimiento de denigración al soldado argentino que luego se expandió.

Recién a partir de la presidencia de Néstor Kirchner y gracias al trabajo diario y constante de los centros de veteranos y ex combatientes, que durante una muy larga posguerra militaron la causa Malvinas, tomó forma institucional un reclamo de respeto y consideración que la sociedad en su conjunto, acicateada por artículos como el de García Márquez, tardó en madurar. Hoy los veteranos de Malvinas ya no son “los locos de la guerra” y tienen el reconocimiento que merecen y que supieron ganar.

Gabriel García Márquez había dado a conocer la mejor parte de su obra cuando El País publicó “Las Malvinas, un año después”. Para 1983, el buen Gabo ya era una novelista y periodista reconocido por obras como Cien años de soledadEl otoño del patriarcaCrónica de una muerte anunciada y Relato de un náufrago. En 1981 había sido uno de los invitados de honor a la asunción de François Mitterrand. En 1982, el mismo año de la guerra, le otorgaron, nada menos, que el premio Nobel.  Esto quiere decir que cuando escribió “Las Malvinas, un año después” todo el mundo, no solo los salones literarios, las universidades y el periodismo interesado, lo estaba leyendo. Su voz era poderosa. Por su parte los que pelearon la guerra habían sido acallados. A veces por sus mismos superiores, a veces por la sociedad que les dio la espalda, a veces porque sus voces, desanimadas, no podían competir con la verborragia política y un periodismo por lo general confuso y confundido. Los protagonistas de Malvinas tuvieron que esperar mucho tiempo para empezar a contar sus verdades, que es la verdad de Malvinas. Hasta donde sé, Gabriel García Márquez nunca pidió disculpas por ese artículo. No por sus opiniones pero sí por sus mentiras. A la luz de las investigaciones que precedieron “Las Malvinas, un año después” habría sido lo correcto.”


Algo para militantes

noviembre 17, 2019

 

Otro aniversario -47 años, mi dios!- del 17/11/72. Y me siento impulsado a escribir en el blog…

Creo que todos los 17 de noviembre desde 2007, cuando empecé con el blog escribí -con prosa púrpura, como dicen los gringos- a propósito de lo que se recuerda en esa fecha. ¿Y cómo no? Fue el 17 de Octubre de mi generación, los “setentistas”. La movilización para recibir a Perón en Ezeiza. Una epopeya espontánea y generosa. Aunque no haya sido tan espontáneo lo que vino antes, ni tan generoso lo que vino después, eso no disminuye la pureza de ese momento.

Claro, después de escribir tanto, no voy a pretender originalidad. Para los que se interesen en el análisis que puedo hacer de aquel día, recomiendo la versión, a su vez compuesta con fragmentos anteriores, que subí hace 3 años, en 2016.

Y hoy, que tengo ganas de aportar una mirada crítica a todo esto de la militancia, también lo encuentro en parte de lo que escribí otro aniversario. Porque… en lo que he escrito yo y en lo mucho más, y mejor que escribieron otros sobre esto, se puede encontrar un componente de auto admiración. Que nobles, desprendidos, idealistas que son (somos) los militantes… La sabiduría popular aconsejaría agregar que hubo y hay de todo.

Como sea, acerco una reflexión. Militante es quien ha encontrado, en las palabras de Perón “una causa noble por la qué luchar“. En la historia humana han surgido muchas causas nobles, y bastantes veces -más de lo que creen los ingenuos- esas causas se enfrentaban entre sí.

Pero ese no es el punto. Uno debe elegir su causa, y hacerla suya. Y tener presente, aceptar, que casi siempre se expresa en el liderazgo de un hombre o de una mujer. Es la forma más frecuente que los seres humanos encontramos para sumar esfuerzos y sueños.

Esa identificación es necesaria para la construcción de algo que no sea una suma de conveniencias o de entusiasmos pasajeros (Evita, que entendía mucho de esto, dice en La Razón de mi Vida: ´Nadie peleará exclamando “Viva el Justicialismo!”. Gritarán “Viva Perón!”´.

Pero hace falta tener presente -si se quiere ser honesto consigo mismo y con su compromiso- que un militante no puede descargar la responsabilidad de lo que hace y lo que no hace en quien conduce. Ni justificarse con la nobleza de su causa. Las decisiones y los actos son suyos, aunque discipline su voluntad para la construcción en común.

El video corto, unos 8 minutos, que encabeza esto, no es una sublimación artística, como otros. Son fragmentos que muestran hechos de ese tiempo, que ya tienen una carga mítica. Pero -otra vez esa palabra- nos muestran cómo la historia los ha dejado atrás. Eso también pasará con los que vivimos ahora. Aprendamos a aceptarlo. Como escribió alguien que no era militante peronista “Siempre el coraje es mejor, la esperanza nunca es vana...”


Un saludo para Reyes

enero 6, 2019

Mi amigo Fernández Baraibar envió este texto hace un rato. Me llegó, se decía en otro tiempo. Como soy un anarquista 2.0 -mi lema es “la propiedad (intelectual) es un robo”- lo subo a este descuidado blog. Gracias, Julio.

Llegaron ya, los Reyes y eran tres

Recibí de Aldo Duzdevich el vídeo de los Reyes Magos, con Los Fronterizos, Jaime Torres y Domingo Cura. Lo escuché y miré. Me produjo una honda vibración interna, una mezcla de orgullo, pena y angustia que me humedecieron los ojos. Quedé sorprendido por ese efecto. Inmediatamente se lo envié a algunos amigos como saludo del Día de Reyes y recibí de una querida amiga el siguiente comentario:

– Estoy llorando.

– Sí, es muy emocionante. Son todos jóvenes. Están lejos, en Alemania, le contesté

– Sobrecogedor, diría, fue su respuesta.

Lo subí a este muro y los comentarios que estoy recibiendo son, en su mayoría, muy parecidos al de mi amiga.¿Qué tiene ese vídeo que desata esa especie de congoja, de melancolía y, a la vez, de íntimo orgullo?

He estado toda la tarde pensando una respuesta.

Creo que hay varios elementos.

El primero, obviamente, es la belleza de la obra y su interpretación. Pero además ese sonido se vincula en la memoria a una lejana adolescencia, cuando apareció la excepcional Misa Criolla y Navidad Nuestra. Vivíamos aún el impulso industrial y obrero que el peronismo había impuesto al país y que la reacción oligárquica no había podido detener. Atravesábamos un momento en nuestra cultura en el cual el folklore del interior del país se había convertido en música de moda, moda que tenía en Los Fronterizos, Los Chalchaleros, Los Cantores del Alba, Los Quilla Huasi y una incontable cantidad de extraordinarios intérpretes individuales su “star system”, sus héroes y heroínas.

Una moda que se manifestaba en la aparición de la guitarra en las ruedas adolescentes, en las que, quizás por primera vez en el país, las zambas, las chacareras, las guaranias, las chamarritas y las tonadas, la música de todo el país, se cantaba a lo largo y lo ancho del mismo. Y en donde una generación de “teen agers”, como ya se había comenzado a decir, se preparaba para vivir horas tormentosas, dolorosas, brutales, descubriendo la historia patria, sus luchas y sus fracasos. Todo eso evoca esta canción.

Y no sólo eso. Esos hombres jóvenes, Jaime Torres, Gerardo López, Domingo Cura hoy están muertos y en el vídeo los vemos jóvenes, llenos de vida, alegres y orgullosos. Y Félix Luna y Ariel Ramírez también son ya muertos gloriosos y forman parte del acerbo cultural argentino. Somos conocidos en el mundo por esos hombres y su obra.

Y además se grabó lejos de Salta o de Jujuy o de San Juan o de Corrientes. Se grabó en Alemania, en una iglesia varias veces centenaria. Y es imposible dejar de pensar en las navidades, nevadas, alegres, pero lejanas y extrañas, de Suecia, donde rigurosamente escuchábamos cada 24 de diciembre el disco, el único disco, que habíamos llevado en nuestro equipaje al partir de un desangelado aeropuerto de Ezeiza en reconstrucción, con andamios y escombros, cuando nos fuimos. Y lo escuchábamos porque queríamos, muy conscientemente, que nuestras hijas llevasen para siempre en su memoria que esa era nuestra música de Navidad. Que “Nu är det Jul igen” o “Heliga Natt” también las cantábamos con ellas, porque de esa manera agradecíamos al lugar y la gente que nos había dado cobijo, pero que nuestra Navidad era Navidad Nuestra.

Y el orgullo de saber que así ocurrió, que nuestras hijas vuelven a escuchar a estos muertos inolvidables, a estos ángeles criollos, morenos y alados de música junto con sus hijos.

Y el orgullo de sentir que el arrope, la miel y el poncho de alpaca real es el regalo que en esta parte del mundo se le hace a los dioses que tienen la costumbre de nacer, pobres como una araña, en un miserable pesebre.

No sé. Posiblemente sea eso.

Buenos Aires, 6 de enero de 2019


Dos argentinos que se fueron en Nochebuena

diciembre 24, 2018

A la mañana subí un larguísimo texto (ajeno) con algunos comentarios malintencionados al final. Ahora sólo pensaba saludarlos por Navidad (y el de arriba era uno de los videos que tenía para elegir, antes de la noticia). Pero mi amigo Julio Fernández Baraibar envió unos párrafos que quiero compartir aquí. Felices fiestas.

“Hoy se han ido dos argentinos longevos y significativos: Osvaldo Bayer y Jaime Torres.

Dos argentinos distintos por su origen, distintos por su actividad, distintos incluso en sus concepciones doctrinarias, si se me permite el término. A algunos, uno de ellos nos puede expresar más cabalmente y podemos haber tenido con el otro diferencias que en su momento hasta pudieron considerarse como insalvables.

Pero ambos fueron dos grandes argentinos, con la variedad, la multiplicidad de sentidos que tiene ser argentino. Ambos contribuyeron, a lo largo de su vida y desde su particular ciudadela, a conformar esto que reivindicamos día a día, nuestra cultura nacional, nuestra tradición de luchas populares, nuestro particular sentir y conocer al mundo.

Que su memoria se prolongue eternamente en la de nuestros compatriotas, bastante desmemoriados por cierto”.


Malvinas: Algunas reflexiones para argentinos

abril 2, 2018

Un tema muy conversado. Más ahora, que le sirve a la oposición real -el peronismo- para golpear a un gobierno anglófilo, chinófilo y, sobre todo, “capitalismo internacional -filo”. Pero es demasiado importante para que sea parte de la coyuntura política.

Por eso subí esta milonga de un autor que miraba con sorna al patriotismo, y se esforzó en ser anglófilo como elección cultural, pero era irremediablemente argentino. En esos versos se deja sentir un lejano sabor a heroísmo.

Por eso les remito a esto que escribí hace 11 años, cuando se cumplían 25 del desembarco en Malvinas. Uno era más o menos oficialista en ese tiempo, y por trataba de ser “equilibrado”. Igual, se acerca a lo que pienso y valoro sobre esa guerra en el Atlántico Sur.

Y como Malvinas no es sólo historia, sino también presente y futuro, tomo este párrafo que publicó hace un par de horas un joven bloguero, Marcos Domínguez y lo hago mío:

Para poder reflexionar acerca de la cuestión Malvinas, se lo debe hacer partiendo de la convicción de que los relatos sobre Malvinas son también un terreno de conflicto entre ideas de nación y proyectos de país, pues todo relato o discurso colectivo se instala sobre una determinada configuración sociocultural, resultante de un proceso de disputa intrínsecamente político-ideológica. La discusión sobre el rol de las Fuerzas Armadas debe también tener en cuenta que el destino de éstas está inevitablemente entrelazado al de todas las instituciones del país, es decir, al del pueblo argentino en su conjunto“.


A %d blogueros les gusta esto: