Adiós a Eduardo Galeano

abril 13, 2015

eduardo-galeano

Las identidades de los pueblos las construyen, en buena parte, algunos poetas. Gobernantes, guerreros y comerciantes ayudan, claro, pero el contenido que permanece lo ponen esos otros. Cervantes aportó mucho para que lo español fuera lo que es, y Shakespeare para formar lo inglés. Mucho antes, Homero fue el educador de Grecia, y a través de ella nos dejó una herencia de tres mil años.

Galeano no estaba en esa compañía, o nosotros no lo ponemos allí. Habrá que ver quién lo recibió hoy, al llegar. La cosa es que él hizo mucho para la memoria latinoamericana. Que, como todas las memorias, se compone de recuerdos y de olvidos.

No es, por supuesto, el único poeta en formarla, ni debería serlo. Hay que contar la historia de los vencidos y las víctimas, pero esa no es toda su identidad, ni querrían ser recordados solamente en esa condición. Pueblos orgullosos como los aztecas, los incas, los mapuches… por la mayor parte de los siglos de su existencia, ciertamente no se pensaban así.

Ese sesgo puede tener que ver con que Galeano era uruguayo, el país que tiene menos ascendencia indígena entre los nuestros. Por mi parte, sé que – más allá de la herencia biológica – somos mestizos en cultura de Europa y de América, con una buena parte de África y, en el último siglo y medio, de Asia. Pero yo no soy un poeta.

Galeano lo era. Y nos ha dejado mucho. Por eso creo que el mejor homenaje lo hace esta página de Telesur, que les permite bajar sus obras completas.


Llegó carta de Francisco

abril 11, 2015

obama y castro

Hace un par de días mencioné la VII Cumbre de las Américas que se hace en Panamá. Y dije que era un ejercicio de las necesarias relaciones públicas de los presidentes de la región. También, hay que decirlo, es una forma de dramatizar determinados ajustes geopolíticos. Por ejemplo, la foto que ilustra el posteo, muestra a Barack Obama y Raúl Castro dándose la mano. Mostrando, asimismo, la poca química entre ellos que sus respectivos públicos les permiten tener, al menos en público (a lo mejor después se van de joda juntos, pero eso no es para la foto).

Como RRPP., la función de estas cumbres es publicitar las posiciones que los gobiernos que participan en ellas consideran conveniente exhibir. Por ejemplo, Obama afirma que “nunca las relaciones con América Latina fueron tan buenas“. Castro dice que “Cuba está dispuesta al diálogo“, y Maduro ofreció “extender la mano“. Y Cristina y Dilma se sacan una foto en una reunión privada entre ambas presidentes. Nadie deposita mucha confianza en estas declaraciones, pero al mismo tiempo son “cartas de intención” que no conviene ignorar.

En esta exposición de buenas intenciones, me parece que vale la pena destacar la carta que envió el Papa Francisco, de la que me envió copia el amigo J. C. Lafosse. Porque es una lista de las cosas que deberían preocupar a los presidentes, y porque es una prueba, si hiciera falta, del origen peronista de Don Jorge Bergoglio. Claro, también puede verse al revés, del origen cristiano de gran parte del discurso peronista tradicional.

Al Excelentísimo Señor Juan Carlos Varela Rodríguez,

Presidente de Panamá

Como anfitrión de la VII Cumbre de las Américas, deseo hacerle llegar mi saludo cordial y, a través de Usted, a todos los Jefes de Estado y de Gobierno, así como a las delegaciones participantes. Al mismo tiempo, me gustaría manifestarles mi cercanía y aliento para que el diálogo sincero logre esa mutua colaboración que suma esfuerzos y supera diferencias en el camino hacia el bien común. Pido a Dios que, compartiendo valores comunes, lleguen a compromisos de colaboración en el ámbito nacional o regional que afronten con realismo los problemas y trasmitan esperanza.

Me siento en sintonía con el tema elegido para esta Cumbre: «Prosperidad con equidad: el desafío de la cooperación en las Américas». Estoy convencido –y así lo expresé en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium – de que la inequidad, la injusta distribución de las riquezas y de los recursos, es fuente de conflictos y de violencia entre los pueblos, porque supone que el progreso de unos se construye sobre el necesario sacrificio de otros y que, para poder vivir dignamente, hay que luchar contra los demás (cf. 52, 54). El bienestar así logrado es injusto en su raíz y atenta contra la dignidad de las personas. Hay «bienes básicos», como la tierra, el trabajo y la casa, y «servicios públicos», como la salud, la educación, la seguridad, el medio ambiente…, de los que ningún ser humano debería quedar excluido.

Este deseo –que todos compartimos–, desgraciadamente aún está lejos de la realidad. Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202).

No podemos negar que muchos países han experimentado un fuerte desarrollo económico en los últimos años, pero no es menos cierto que otros siguen postrados en la pobreza. Además, en las economías emergentes, gran parte de la población no se ha beneficiado del progreso económico general, sino que frecuentemente se ha abierto una brecha mayor entre ricos y pobres. La teoría del «goteo» o «derrame» (cf. Evangelii gaudium 54) se ha revelado falaz: no es suficiente esperar que los pobres recojan las migajas que caen de la mesa de los ricos. Son necesarias acciones directas en pro de los más desfavorecidos, cuya atención, como la de los más pequeños en el seno de una familia, debería ser prioritaria para los gobernantes. La Iglesia siempre ha defendido la «promoción de las personas concretas» ( Centesimus annus, 46), atendiendo sus necesidades y ofreciéndoles posibilidades de desarrollo.

Me gustaría también llamar su atención sobre el problema de la inmigración. La inmensa disparidad de oportunidades entre unos países y otros hace que muchas personas se vean obligadas a abandonar su tierra y su familia, convirtiéndose en fácil presa del tráfico de personas y del trabajo esclavo, sin derechos, ni acceso a la justicia… En ocasiones, la falta de cooperación entre los Estados deja a muchas personas fuera de la legalidad y sin posibilidad de hacer valer sus derechos, obligándoles a situarse entre los que se aprovechan de los demás o a resignarse a ser víctimas de los abusos. Son situaciones en las que no basta salvaguardar la ley para defender los derechos básicos de la persona, en las que la norma, sin piedad y misericordia, no responde a la justicia.

A veces, incluso dentro de cada país, se dan diferencias escandalosas y ofensivas, especialmente en las poblaciones indígenas, en las zonas rurales o en los suburbios de las grandes ciudades. Sin una auténtica defensa de estas personas contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia, el Estado de derecho perdería su legitimidad.

Señor Presidente, los esfuerzos por tender puentes, canales de comunicación, tejer relaciones, buscar el entendimiento nunca son vanos. La situación geográfica de Panamá, en el centro del continente Americano, que la convierte en un punto de encuentro del norte y el sur, de los Océanos Pacífico y Atlántico, es seguramente una llamada, pro mundi beneficio, a generar un nuevo orden de paz y de justicia y a promover la solidaridad y la colaboración respetando la justa autonomía de cada nación.

Con el deseo de que la Iglesia sea también instrumento de paz y reconciliación entre los pueblos, reciba mi más atento y cordial saludo.

Vaticano, 10 de abril de 2015
FRANCISCUS


Una milonga para un dos de abril

abril 2, 2015

La letra de esta milonga de Borges la subí un par de veces al blog. Ahora quiero que la escuchen con la música de Sebastián Piana y en la voz de Eduardo Falú.


El 24 de marzo

marzo 24, 2015

Hace seis años escribí un texto para el blog, donde traté de resumir lo que significa esta fecha para mí, que estaba vivo y hacía política en ese tiempo. Lo enlacé en los siguientes 24 de marzo. Ahora lo ordeno un poco y lo subo de vuelta.

Estoy frente a la computadora y me siento ambivalente. No tiene que ver con mis ironías sobre las efemérides, ese pretexto para recordar. No necesito pretextos ni tampoco aniversarios. Para mi, para muchísimos argentinos, es fácil recordar un tiempo que fue muy importante en mi vida y en la de los que vivimos en esos años. Aún para los que no militaban – no todos estaban politizados en ese tiempo.

Por eso siento que no corresponde quedarme en silencio. Por el otro lado, no tengo ganas de repetir frases hechas. Cuesta emocionarse con los “relatos” – aunque sean ciertos – porque uno sabe también que son instrumentos políticos. Hay algunos amigos que uno recuerda, hay gente de la que uno le hubiera gustado ser amigo, esas son las muertes que hacen real la tragedia. Pero hay que tener más talento que el que tengo yo para escribir sobre ella.

No voy a profundizar ahora sobre la construcción de ese relato, de la memoria social que se ha formado, aunque puede ser un buen punto de partida para una reflexión. Porque el consenso de la gran mayoría de la sociedad argentina y de todas las expresiones políticas legitimadas en la condena a la dictadura de ´76/´83 y sus métodos es similar al consenso antifascista con que se edificó por más de medio siglo la política en Europa Occidental a partir del ´45. En ambos casos hay amnesias deliberadas, y una porción de hipocresía, consciente o inconsciente. Pero en los dos ha sido – hasta ahora – una base estable sobre la que se avanzó.

Eso sí, hay una diferencia que hace dificil analizar el caso argentino en la misma forma. Por toda la muerte y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, los europeos – salvo algunos sectores muy minoritarios – no recuerdan el Gotterdammerung de los fascismos con el odio y el dolor que dejan las guerras civiles (aún en los países donde fueron eso: Italia, Francia,…). El argentino se parece más – salvando las distancias – al relato del Holocausto judío, en que se ha transformado para los familiares de las víctimas de la represión, militantes de los derechos humanos, y una buena parte de la juventud, en una instancia del Mal Absoluto que continúa vigente y los confirma en su identidad de víctimas y luchadores. Esto puede verse, sin ir más lejos, en las marchas que se hacen hoy.

Se me ocurre que la libertad de un blog personal es un sitio adecuado para preguntar qué es lo que hizo que esa mirada sobre esos años siga tan presente en la política, y en las emociones de hoy. Porqué tiene mucha más vigencia lo que pasó en Argentina que la represión igualmente brutal de la guerrilla en Brasil o en Perú.

Este no es un blog políticamente correcto, como lo saben los que lo leen. Las historias que se han convertido en el canon de los intelectuales progresistas, y que repiten en todas las ocasiones adecuadas medios “del palo” como Página 12, por ejemplo, me parecen incompletas y convencionales. Tienen razón, es cierto, en señalar el carácter excepcional de las masacres que se llevaron adelante entre 1976 y 1980, pero creo que no aciertan en lo que las distingue de una larga historia de sangre y represión. Y no encaran, o lo hacen superficialmente, por “corrección política” o mala conciencia, el fenómeno de la guerrilla.

Porque en Argentina el peronismo – un proceso de reivindicaciones sociales que tuvo sus rasgos autoritarios y represivos, pero que fue excepcionalmente pacífico y respetuoso de las instituciones para la historia latinoamericana – provocó en sus adversarios un odio de clases feroz. El bombardeo de civiles en la Plaza de Mayo el 16 de junio 1955, que causó cientos de víctimas, es un ejemplo de ese odio y de esa ferocidad. De algún modo, el punto más alto.

Más de una década después, en medio de una guerra civil larvada, surgieron organizaciones que – interpretando a su modo las experiencias de Cuba y de Argelia – desarrollaron el asesinato de sindicalistas, de policías y de militares como un instrumento de lucha y propaganda política. Y una parte de la juventud que compartía el espíritu revolucionario de la época – eran los tiempos de la Revolución Cubana, de la guerra de Vietnam – que provenía de los sectores populares desengañados de conducciones negociadoras, y en mayor número de las clases medias y altas, se identificó con sus banderas de lucha y heroísmo. Un poco antes o un poco después, eso sucedió en toda Latinoamérica. En todos los países la represión fue feroz y exitosa. E implicó retrocesos graves en la situación social y política de las mayorías.

Pero… en Argentina hubo un elemento distinto. No tengo respuestas, no creo que sea serio hacer psicología de sectores sociales definidos con categorías abstractas. Pero creo que vale la pena tratar de distinguir los factores racionales y previsibles – también sanguinarios, crueles – de la represión, de los que no lo eran. Alguna vez dije – hablando de nuestra generación – que no hubo sorpresas: todos fuimos a ver “La batalla de Argelia“. También los asesores franceses en represión y tortura la pasaban en los cuarteles. Pero allí fue un ejército extranjero el que aplicó esas técnicas.

En Latinoamérica – una civilización con muchos valores admirables – las abismales diferencias de clase crean en algunos países casi dos mundos extranjeros entre sí. En Argentina hay algo de eso, pero no tan acentuado. La represión sobre los pobres la ejercieron históricamente (la ejercen) las policías bravas, la mano de obra habituada a la violencia y al uso prepotente del poder. La Liga Patriótica ha quedado en la historia. En la persecución al peronismo de gobiernos militares y civiles – acordémonos del CONINTES – hubo un elemento clasista. Pero nunca descontrolado.

Y golpes de estado hubo muchos en nuestro país. La represión a la guerrilla después de 1970 y hasta 1976 no había sido diferente en su naturaleza a la que se había ejercido contra peronistas desde el ´55, y contra radicales, anarquistas o sindicalistas en otras épocas. Más extendida, seguro. Pero nada nuevo en la cruel historia argentina. La lucha contraguerrillera en Tucumán fue bastante similar a la que se daba en otras geografías tropicales de nuestra América. En 1976 surge un hecho nuevo, del que estos párrafos de una famosa carta de Rodolfo Walsh dan algunos ejemplos: “70 fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos. Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia, incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de “cuenta-cadáveres” que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam“.

Rodolfo Walsh, por supuesto, no era un “opositor no armado” sino un combatiente. Pero en esta Carta a la Junta Militar pone el dedo en la llaga: la operatoria represiva estaba copiada de los métodos usados por otros ejércitos sobre una población extranjera. Ese fue el límite que se cruzó en 1976.

Podemos resumirlo diciendo que en los ´70 hubo numerosos grupos de militares – hombres jóvenes, en general de clase media y un nivel de educación razonable – que fueron impulsados por sus superiores a secuestrar, torturar y asesinar a miles de hombres y mujeres en su mayoría también jóvenes y en buena parte de su misma clase social. Y lo hicieron sin objetar, con muy pocas excepciones. Es cierto que una mayoría de los desaparecidos eran trabajadores sindicalizados. Pero los militares que ejecutaban la represión no eran en general de la clase de los patrones, ni se pensaban como defensores de la patronal. Seguramente los generales que lo dispusieron y sus asesores que diseñaron esta mecánica “contrarrevolucionaria”, fueron peores desde lo moral. Pero esas cosas son habituales en la Historia, como lo saben los que la leen. Lo que no es tan frecuente es encontrar que un ejército se pueda volcar sobre sus propios compatriotas, en la mayoría de los casos sobre la misma clase (media) de la que era parte. En Chile, sí… Pero allí no fue tan masivo ni tan prolongado. Y las diferencias sociales eran más acentuadas que aquí. Aquí las víctimas tenían apellidos como Alsogaray (estaba en la guerrilla) o Holmberg (no lo estaba).

Uno trata de terminar sus escritos con una frase adecuada. No la encuentro. Hay una, muy usada, que la recupero como un deseo: Nunca más.


El suicidio inducido de las clases medias

marzo 7, 2015

En un sábado con gente preocupada por listas de candidatos y expedientes judiciales, quería ofrecerles una reflexión sobre la sociedad y los valores. Pero que no tuviera que escribirla yo, claro. Por suerte mi amigo Marcelo Padilla, un cuyano alborotador pero K, me hizo llegar esta columna suya. Que procedo a subirla. Eso sí, agrego una observación al final.

“Cada vez que en la Argentina un gobierno se animó a discutir la distribución de la renta nacional, e impulsó políticas activas en la economía (empleo + consumo + mejoramiento de la calidad de vida), democratizando espacios culturales, achicando la brecha de desigualdad y generando mayor acceso de los que menos tienen a bienes y servicios antes vedados,  e intentó además descentralizar el monopolio de los medios de comunicación para democratizar la palabra, la mirada y las imágenes… se lo tildó de autoritario.  Es una fija. En Argentina y en Latinoamérica funcionó y funciona así.

El aumento del gasto público, para el pensamiento neoliberal (hoy representado por la oposición política y mediática) es sinónimo de derroche, de paternalismo y de demagogia. Y lo particular que genera la difusión de ese pensamiento es la adhesión de muchos beneficiados por las políticas activas cuestionadas por dicho pensamiento. ¿Una contradicción?….sí, es una contradicción de clase propia del capitalismo, especialmente en los países periféricos.

Resulta que el Estado Nacional Argentino actual revive la movilidad social masacrada por gobiernos que ajustaron la economía en otras décadas empobreciendo aún más a los pobres, y a las amplias capas medias – al amparo de los dictados de los organismos internacionales de crédito que bajaron plata y planes: económicos, educativos, culturales, sociales; y estas mismas capas medias, ayer “nuevos pobres”, hoy beneficiarios de los planes del gobierno, salen a criticar esas políticas enganchándose a la difusión del pensamiento neoliberal a través de los medios y de la oposición política que otrora las empobreciera.

¿Una contradicción?… sí, es una contradicción propia de las clases medias pero también de los sectores que mejoran su vida material y espiritual. Me refiero a los que estaban desplazados del mercado laboral y hoy tienen un trabajo, mejor o peor pago pero trabajo al fin, integrados al circuito. Estos sectores antes excluidos de todo, también reclaman por mejorar su situación y avanzar hacia arriba de la pirámide social. Es una lógica capitalista: producir obreros, producir pequeños y medianos empresarios, genera más demanda de derechos y mayor participación en la repartija de la renta nacional. Bien… dicho así, resumidamente, funcionamos como sociedad.

El tema es el siguiente: hay una necesidad real de mayor mejoramiento. De aumentar los salarios, entre otras demandas genuinas. Pero de ahí a engancharse con el pensamiento difusor del neoliberalismo que encarna la oposición política hoy en el país, no es solo una contradicción, es – lisa y llanamente –  un suicidio inducido. Es la pulsión de muerte de la sociedad insatisfecha de las grandes ciudades que se impone. Porque las ciudades por su naturaleza yoica producen insatisfacción y queja. No solo demandas, sino queja, berrinches de clases urbanas que viven en el entramado complejo y contradictorio de su existencialidad como sujetos de masas informes. Por eso se vuelven reaccionarias las sociedades urbanas. Por esa latencia de autoboicot permanente, por esa vibra angustiante que significa “estar” en la ciudad al calor del hormigueo claustrofóbico.

Ese “estar” en la ciudad es la mala siembra del capitalismo y sus fantasías virtuales. La hiperconexión en pleno aislamiento. La ira del “civilizado”. Los brotes esquizoides de “los normales”. Pero esto ya no implica a un gobierno, esto implica a un sistema filosófico del pensar. En las ciudades quejosas pululan las tribus, salvajes metropolitanos que buscan su sentido en la evaporación del mundo del sentido.

Voy a realizar una afirmación polémica que espero sirva para pensar: las ciudades no tiene sentido. La naturaleza del entramado de las ciudades radica en la ausencia de sentido. Malestar. Malestar y autoboicot cuando las mismas entran en una pulseada por el cambio. En las ciudades no está lo nuevo. Solo en apariencia está lo nuevo: la moda, las vanguardias, lo último del mercado. En las ciudades se muere sin sentido. Sin espiritualidad. Y en la imposibilidad de esta aceptación rechazan al otro, al distinto, al diferente, al cambio, a la transformación. Y esas clases excluidas ayer, hoy favorecidas relativamente, terminan recluyéndose en el paraíso de la fantasía neoliberal. Entonces, la contradicción es también fantasía o espiritualidad. No hablo de religiones. Hablo de otra cosa”.

Creo que Marcelo apunta a una verdad básica: la civilización moderna – capitalista en todos lados, aún donde la hegemoniza el Estado – es una fábrica de descontento (También puede decirse que ha sido producto del descontento, pero eso es más discutible).

Varias veces cité en el blog “El malestar en la cultura”, de Freud, que creo es el texto más revelador que se ha escrito sobre el tema. En realidad, mi amigo cuyano va un poco más lejos que el padre del sicoanálisis, y tiene una mirada sobre las ciudades de esta etapa de la modernidad parecida a la de Lewis Mumford.

Pero tengo una visión distinta, y más matizada, que la de Padilla: Porque hoy las clases medias son muy diversas y heterogéneas – como la sociedad moderna en su conjunto. De “clase media” en ingresos (un arco muy grande) y en expectativas, son el profesional, el pequeño empresario, el trabajador en relación de dependencia con buen sindicato y obra social, el docente, el intelectual, el periodista, el artista, el empleado jerárquico, el funcionario (por debajo de secretario de estado),…

Una parte importante – aunque todavía minoritaria entre nosotros – está “globalizada”. No sólo en su mentalidad (esos son los que se describen en la columna, en todo caso); también en su forma de vida y en sus expectativas. No dejan de sufrir las frustraciones y el descontento de la civilización moderna, por supuesto, pero no las resuelven desde la crítica que hace el peronismo. Ni tampoco desde la izquierda contestaria. A lo sumo, se hacen veganos.


Homenaje al General Leal

febrero 22, 2015

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Hoy es el Día de la Antártida Argentina y se celebra como corresponde: con un homenaje al General Jorge Leal, que fundó la Base Antártica “Esperanza” y hace 50 años llegó al Polo Sur al mando de una expedición terrestre argentina.

Me enteré por un tuit de Jorge Argüello, que hace dos años escribió esta nota, cuando el General tenía 90, y que me parece cuenta bien su historia.

Recibí la información tarde, y no voy a estar presente físicamente ahora, a las 17, en el Museo Malvinas. Pero quiero asociarme de alguna manera. Argentina no tiene mejor héroe vivo.


La política y la convicción

enero 30, 2015

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Soy seguidor del blog de mi amigo Artemio López. Muchas veces no estamos de acuerdo en una evaluación política, o en la elección de las mejores tácticas, pero siempre lo encuentro estimulante. Y a menudo sube textos de un nivel intelectual muy por encima de la coyuntura (con algún sesgo por autores franceses modernos que no aguanto, pero nadie es perfecto).

Hoy hizo un aporte valioso para cualquier visitante de la bloguería politizada. Subió una parte sustancial de la conferencia clásica de Max Weber “La política como vocación” (con el correspondiente enlace al original completo). Recomiendo leerla a todo (y toda) aquel que crea tener “vocación” para la política. Especialmente a los jóvenes, como los que él se dirigía.

Inspirado por el ejemplo de mi amigo, voy a hacer algo más de caradura. Una especie de “Weber for dummies” donde tomo frases y párrafos de esa gran conferencia, para tratar de traducir en un lenguaje más convencional y pedestre algunos de sus conceptos de la política, la convicción y la responsabilidad.

Eso sí, tengo que señalarle algo a Artemio. El lenguaje que Weber usa, su dramatismo, especialmente en el largo fragmento que subió, está influido, dominado, por su circunstancia. Munich, 1919, el final de la Primera Guerra Mundial, la derrota de Alemania, la revolución y la reacción luchando en las calles… Sobre todo, la conciencia, que su lucidez le imponía, que eso era el prólogo de la destrucción de la civilización europea que lo formó. El hecho que algunas encuestas lo den en punta a Scioli, como la que usó para ilustrar su posteo, no es igualmente trágico.

Weber (muy) básico: “El concepto (de política) es extraordinariamente amplio y abarca cualquier género de actividad directiva autónoma … Hoy por política entenderemos solamente la dirección, o la influencia sobre la dirección, de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado … Política significará, pues, para nosotros, la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen“.

El Estado, como todas las asociaciones políticas que históricamente lo han precedido, es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima (es decir, de la que es vista como tal). Para subsistir necesita, por tanto, que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan … Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder “por el poder”, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere“.

Además de la política, habla de los políticos:

Hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive “para” la política o se vive “de” la política. La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de los casos, también materialmente. Quien vive “para” la política hace “de ello su vida” en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”. En este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo“.

A continuación subo un párrafo que ni yo me atrevo a sintetizar. Esencial, porque las frases que copié arriba también podrían ser de cualquiera de los imitadores berretas de Maquiavelo. Para que sea más fácil de entender, explico en mis palabras dos conceptos fundamentales en la obra de Weber (no originales de él, por cierto): la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

Ética de la convicción es aquella que juzga una acción en sí misma, por su cercanía o su alejamiento de determinados principios morales. Al que la ejecuta, le pregunta (o se pregunta) por sus intenciones.

Ética de la responsabilidad es la que juzga a la acción por sus consecuencias. Para el que la lleva a cabo, la pregunta fundamental es si la ha pensado bien.

Weber dice, ya casi al final de la conferencia:

Es cierto que la política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza. En esto tiene toda la razón quienes defienden la ética de la convicción. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o conforme a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo conforme a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación … (la excitación no es ni esencialmente ni siempre una pasión auténtica) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: “El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros para quienes yo trabajo …”, lo primero que hago es cuestionar la solidez interior que existe tras esta ética de la convicción. Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto.

Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro (de pocos o muchos años, eso no importa), que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: “No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede, en efecto, presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente. Desde este punto de vista la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener “vocación política”.”


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