La Plaza y las Malvinas

abril 2, 2022

Por los 40 años del inicio de la única guerra convencional que Argentina libró en más de un siglo, se ha comunicado mucho. Muchísimo. También yo escribí algo para AgendAR, tratando de decir que esa guerra, por más que sea una herida en la memoria de muchos, es parte de una historia. Y la historia sigue.

Igual, no quería que terminara el día sin poner algo en el blog. No quería repetirme, creo que desde hace 13 años subo una reflexión cada 2 de abril, por eso acerco este video, basado en una investigación de María Sofía Vasallo y Juan Natalizio. Un poco demasiado «binario» para mi estilo: yo no separo tanto entre sinceros e hipócritas. Creo que está más mezclado en cada uno de nosotros. Pero es valioso: muestra el protagonismo de «los de a pie», los que van a Plaza de Mayo a aplaudir o protestar. Y está Saúl Ubaldini una buena elección para simbolizarlo en alguien.

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El silencio de los verdugos, 46 años después

marzo 24, 2022

Sobre el 24 de marzo de 1976, lo que vino después, y también sobre lo que pasó antes, se ha escrito mucho, bibliotecas enteras. También en este blog; hay un texto, una especie de resumen de mis reflexiones y preguntas sin responder, que vengo reposteando en distintas ocasiones desde 2009, cuando lo subí por primera vez.

También lo voy a hacer ahora, porque me lo recordó, en forma tangencial, una decisión que tomó hoy el Ministerio de Defensa, de subir a su página web copias digitales de actas y resoluciones de la Junta Militar, del período 1976/1983. Datos valiosos para historiadores, pero no responden a una pregunta que me hago.

Pero antes, un comentario actual: el consenso sobre el que se edificó la «democracia post 1983», para llamarla de alguna manera, fue el rechazo al horror del período anterior. Parecido, lo digo desde hace mucho, al «consenso antifascista» que encuadró la política en Europa Occidental después de la 2da. Guerra.

Como ahí, tuvo una cuota bastante grande de hipocresía, y un sector nostálgico lo despreció… en silencio. Porque no nadie puede desafiarlo abiertamente sin condenarse a la marginalidad política. Además de los que se movilizan e indignan, una mayoría de la sociedad no hace nada de eso pero rechaza con fuerza ese pasado y sus horrores.

También allí, como acá, se desgastó con el tiempo. Como todo. Pero sigue vigente. Sin embaro, es para preocuparse, un poco, que la grieta política lo haya limado algo. Hasta este año, algunas fuerzas de la coalición hoy opositora se sentían obligadas a hacerse presente en las manifestaciones de hoy. Esta vez, hasta donde vi, estuvieron solo sectores de la coalición hoy oficialista y, por su lado, sectores de la izquierda. No es una buena señal, aunque hoy no se perciba, ni remotamente, el riesgo de una intervención militar en la política. Hay valores, símbolos, que conviene que sean comunes, aunque haya quienes prefieran que los «otros» no manchen la pureza de sus ideales.

Bueno, ahora ese texto repetido, y mi pregunta:

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Estoy frente a la computadora y me siento ambivalente. No tiene que ver con mis ironías sobre las efemérides, ese pretexto para recordar. No necesito pretextos ni tampoco aniversarios. Para mi, para muchísimos argentinos, es fácil recordar un tiempo que fue muy importante en mi vida y en la de los que vivimos en esos años. Aún para los que no militaban – no todos estaban politizados en ese tiempo.

Por eso siento que no corresponde quedarme en silencio. Por el otro lado, no tengo ganas de repetir frases hechas. Cuesta emocionarse con los “relatos” – aunque sean ciertos – porque uno sabe también que son instrumentos políticos. Hay algunos amigos que uno recuerda, hay gente de la que uno le hubiera gustado ser amigo, esas son las muertes que hacen real la tragedia. Pero hay que tener más talento que el que tengo yo para escribir sobre ella.

No voy a profundizar ahora sobre la construcción de ese relato, de la memoria social que se ha formado, aunque puede ser un buen punto de partida para una reflexión. Porque el consenso de la gran mayoría de la sociedad argentina y de todas las expresiones políticas legitimadas en la condena a la dictadura de ´76/´83 y sus métodos es similar al consenso antifascista con que se edificó por más de medio siglo la política en Europa Occidental a partir del ´45. En ambos casos hay amnesias deliberadas, y una porción de hipocresía, consciente o inconsciente. Pero en los dos ha sido – hasta ahora – una base estable sobre la que se avanzó.

Eso sí, hay una diferencia que hace dificil analizar el caso argentino en la misma forma. Por toda la muerte y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, los europeos – salvo algunos sectores muy minoritarios – no recuerdan el Gotterdammerung de los fascismos con el odio y el dolor que dejan las guerras civiles (aún en los países donde fueron eso: Italia, Francia,…). El argentino se parece más – salvando las distancias – al relato del Holocausto judío, en que se ha transformado para los familiares de las víctimas de la represión, militantes de los derechos humanos, y una buena parte de la juventud, en una instancia del Mal Absoluto que continúa vigente y los confirma en su identidad de víctimas y luchadores. Esto puede verse, sin ir más lejos, en las marchas que se hacen hoy.

Se me ocurre que la libertad de un blog personal es un sitio adecuado para preguntar qué es lo que hizo que esa mirada sobre esos años siga tan presente en la política, y en las emociones de hoy. Porqué tiene mucha más vigencia lo que pasó en Argentina que la represión igualmente brutal de la guerrilla en Brasil o en Perú.

Este no es un blog políticamente correcto, como lo saben los que lo leen. Las historias que se han convertido en el canon de los intelectuales progresistas, y que repiten en todas las ocasiones adecuadas medios “del palo” como Página 12, por ejemplo, me parecen incompletas y convencionales. Tienen razón, es cierto, en señalar el carácter excepcional de las masacres que se llevaron adelante entre 1976 y 1980, pero creo que no aciertan en lo que las distingue de una larga historia de sangre y represión. Y no encaran, o lo hacen superficialmente, por “corrección política” o mala conciencia, el fenómeno de la guerrilla.

Porque en Argentina el peronismo – un proceso de reivindicaciones sociales que tuvo sus rasgos autoritarios y represivos, pero que fue excepcionalmente pacífico y respetuoso de las instituciones para la historia latinoamericana – provocó en sus adversarios un odio de clases feroz. El bombardeo de civiles en la Plaza de Mayo el 16 de junio 1955, que causó cientos de víctimas, es un ejemplo de ese odio y de esa ferocidad. De algún modo, el punto más alto.

Más de una década después, en medio de una guerra civil larvada, surgieron organizaciones que – interpretando a su modo las experiencias de Cuba y de Argelia – desarrollaron el asesinato de sindicalistas, de policías y de militares como un instrumento de lucha y propaganda política. Y una parte de la juventud que compartía el espíritu revolucionario de la época – eran los tiempos de la Revolución Cubana, de la guerra de Vietnam – que provenía de los sectores populares desengañados de conducciones negociadoras, y en mayor número de las clases medias y altas, se identificó con sus banderas de lucha y heroísmo. Un poco antes o un poco después, eso sucedió en toda Latinoamérica. En todos los países la represión fue feroz y exitosa. E implicó retrocesos graves en la situación social y política de las mayorías.

Pero… en Argentina hubo un elemento distinto. No tengo respuestas, no creo que sea serio hacer psicología de sectores sociales definidos con categorías abstractas. Pero creo que vale la pena tratar de distinguir los factores racionales y previsibles – también sanguinarios, crueles – de la represión, de los que no lo eran. Alguna vez dije – hablando de nuestra generación – que no hubo sorpresas: todos fuimos a ver “La batalla de Argelia“. También los asesores franceses en represión y tortura la pasaban en los cuarteles. Pero en Argelia fue un ejército extranjero el que aplicó esas técnicas.

En Latinoamérica – una civilización con muchos valores admirables – las abismales diferencias de clase crean en algunos países casi dos mundos extranjeros entre sí. En Argentina hay algo de eso, pero no tan acentuado. La represión sobre los pobres la ejercieron históricamente (la ejercen) las policías bravas, la mano de obra habituada a la violencia y al uso prepotente del poder. La Liga Patriótica ha quedado en la historia. En la persecución al peronismo de gobiernos militares y civiles – acordémonos del CONINTES – hubo un elemento clasista. Pero nunca descontrolado.

Y golpes de estado hubo muchos en nuestro país. La represión a la guerrilla después de 1970 y hasta 1976 no había sido diferente en su naturaleza a la que se había ejercido contra peronistas desde el ´55, y contra radicales, anarquistas o sindicalistas en otras épocas. Más extendida, seguro. Pero nada nuevo en la cruel historia argentina. La lucha contraguerrillera en Tucumán fue bastante similar a la que se daba en otras geografías tropicales de nuestra América. En 1976 surge un hecho nuevo.

Se puede resumir diciendo que en los ´70 hubo numerosos grupos de militares – hombres jóvenes, en general de clase media y un nivel de educación mediano – que fueron impulsados por sus superiores a secuestrar, torturar y asesinar a miles de hombres y mujeres en su mayoría también jóvenes y en buena parte de su misma clase social. Y lo hicieron sin objetar, con muy pocas excepciones. Es cierto que una mayoría de los desaparecidos eran trabajadores sindicalizados. Pero los militares que ejecutaban la represión no eran en general de la clase de los patrones, ni se pensaban como defensores de la patronal. Seguramente que el caso era distinto en los generales que lo dispusieron y sus asesores que diseñaron esta mecánica “contrarrevolucionaria”. Pero esas cosas son habituales en la Historia, como lo saben los que la leen. Lo que no es tan frecuente es encontrar que un ejército se pueda volcar sobre sus propios compatriotas, en la mayoría de los casos sobre la misma clase (media) de la que era parte. En Chile, sí… Pero allí no fue tan masivo ni tan prolongado. Y las diferencias sociales eran más acentuadas allí que aquí. Aquí algunas víctimas tenían apellidos con «prestigio social» como Alsogaray (estaba en la guerrilla) o Holmberg (no lo estaba). Sobre todo, algunas eran madres, o mujeres embarazadas. No se llegó al último horror, no se mataron niños, no como política. Pero sus bebés eran «botín de guerra».

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Lo que me pregunto frente a esta historia argentina, cuando leo las instrucciones burocráticas, racionales de la «lucha contra la subversión» es cómo se llegó a formar, no al bruto o al torturador vocacional, sino a hombres jóvenes que no se habían incorporado a las Fuerzas Armadas para esto, y no encuentro en los archivos ni en la literatura relatos convincentes.

Los organismos de derechos humanos y las agrupaciones vinculadas a ellos le siguen exigiendo al Estado «la verdad sobre la represión», aunque muchos de sus miembros están o han trabajado en el Estado en todos estos años. Pero no creo que la tenga el Estado. Pueden aportar hombres que eran jóvenes en ese tiempo y formaron parte de la represión. Pero permanecen, casi todos, obstinadamente callados.


Un peronista despide a otro: Pancho Gaitán le dice adiós a Roberto Digón

febrero 23, 2022

«Roberto Digón,

Se nos fue otro compañero y amigo.

Roberto había nacido el 27 de julio de 1935. Compartimos, por razones generacionales, similares etapas históricas. En 1955, ambos teníamos 20 años, nos incorporamos a la Resistencia Peronista. Él en su barrio de Caballito en la Ciudad de Buenos Aires y yo, en mi Ciudad de Córdoba.

No sabíamos en ese momento, la existencia el uno del otro. Pero fuimos parte de un fenómeno nacional. Una etapa similar en todo el país, donde la juventud trabajadora argentina de aquellos años, que habíamos sido parte de los “Únicos Privilegiados”, nos incorporamos a la militancia política ante el derrocamiento del gobierno más democrático que había vivido el país hasta ese momento, con la participación protagónica de la clase trabajadora.

Ambos coincidimos en comprender que la respuesta estaba, precisamente, en la clase trabajadora y ese fue el eje de nuestra militancia, asumiendo el Movimiento Obrero como fundamento del desafío de intentar reconstruir el poder popular, para lo que había que luchar por el “Retorno de Perón al país y al poder”, en la expectativa de retomar la senda de un proyecto nacional, popular y revolucionario que reinstalara a Argentina en el ejercicio de la soberanía nacional con justicia social.

La militancia en el Movimiento Obrero lo ubicó a Roberto como pieza clave junto a hombres que fueron vanguardia señera de la etapa: Sebastián Borro, Ricardo De Luca, Juan Eyeralde, Jorge Di Pascuale, Amado Olmos, Lorenzo Pepe, Benito Romano y tantos otros. En la “interna”, confrontábamos con compañeros a los que contradecíamos
categóricamente, aun reconociendo la calidad de su formación y compromiso, tales como Augusto Vandor, José Alonso, Juan José Taccone, o Paulino Niembro.

La sede del SUETRA, (Empleados del Tabaco) – en Bolivia 384 del barrio de Flores en la Capital Federal – se convirtió, bajo su conducción, en unos de los centros de discusión, de elaboración de ideas, de formación y difusión del movimiento sindical y político del Peronismo, en el que la mayoría del Movimiento Obrero y político ejercía su praxis.

Muchas ideas innovadoras, propuestas políticas y candidaturas se pergeñaron en esa sede y bajo su liderazgo. Desde ahí y de sindicatos como el del SUTERH (Encargados de Edificios), con la Comisión de los 25, conducida por Los Robertos (García, del Sindicato de Trabajadores del Taxi y Digón, de Empleados del Tabaco), se logró ser parte importante de la Conducción del PJ Metropolitano y contar con una bancada de Diputados Nacionales que se destacaron en el Congreso Nacional, como fueron los casos de Roberto García, Germán Abdala de ATE y el propio Digón, en la década de los ‘80 y ‘90 del siglo pasado.

Ya en la participación política de las “62” en las elecciones de 1973, la actividad política de Digón en los debates internos fue fundamental para lograr designar a Ricardo De Luca, de Obreros Navales, y a otros dirigentes, como Diputados Nacionales. El sindicalismo combativo siempre tuvo en Digón uno de sus arietes fundamentales.

Roberto tuvo la grandeza de reconocer, mas allá de opciones defendidas por cada cual, que lo fundamental para el éxito de los trabajadores era su unidad en la CGT, a la que representó como Secretario de Relaciones Internacionales en importantes eventos, en particular en la OIT – Organización Internacional del Trabajo – así como en su brazo político, las “62 Organizaciones”.

Practicó la solidaridad activa con militantes y dirigentes de distintas opciones internas, cuando estos tuvieron que enfrentar momentos difíciles producto de la confrontación social en las calles o en sus gremios y por ello pagaron con prisión o persecución que sufrieron la mayoría de los dirigentes en distintos momentos de la historia de lucha del Movimiento Nacional.

Tanto los CONINTES en la década de los ‘60; como los presos afiliados a los distintos gremios; como, finalmente, los miembros de la “Comisión Nacional de los 25”, fuente sustancial en la confrontación con la Dictadura Cívico Militar impuesta en nuestro país a partir del 24 de Marzo de 1976.-

Roberto Digón, en tu ausencia, seguirás siendo ejemplo y referencia de los nuevos militantes sindicales que irán asumiendo la posta de la defensa de los derechos de los trabajadores. Descansa en paz.-

San Javier, Córdoba. 10 de febrero del 2022.
Carlos ‘Pancho’ Gaitán
Militante Peronista del M.O.»

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Copio esto que Pancho me hizo llegar, sin pedirle permiso. Porque Digón, y también Pancho, son parte de la historia de uno. De un tiempo en que el peronismo era, sobre todo, la expresión política y social de los trabajadores. Ha cambiado, sí, porque el mundo, y el trabajo, han cambiado mucho. Pero la memoria sirve para tener identidad.


Perón, a 47 años. Sigue

julio 1, 2021

Supongo que es mi historia lo que hace que los días 1° de julio suba algo de Perón a mi blog personal. Eso hace inevitable que repita mucho de lo que ya dije antes. Este video, por ejemplo, lo subí en el 2014. Y desde que lo vi por primera vez -estaba en celuloide- pronto habrá pasado medio siglo…

Sucede que uno es su historia, y también lo que uno hace con su historia. El equilibrio entre reflexión y acción, entre convicciones y consecuencias. Por eso en esta larga exposición del Viejo encuentro algo más que lo que escuchaba hace 50 años. Sin dejar de oír lo de antes, por supuesto. Perón siempre muy claro y didáctico; se puede estar en desacuerdo con lo que dice; se puede estar furiosamente en contra, pero hay que ser muy pelotudo para no entenderlo.

El punto que me interesa marcar es que esta filmación era una herramienta más de un jefe político en los momentos decisivos de una larga batalla por volver al poder. Uno de los mensajes -cartas, cintas grabadas- que durante 18 años fueron su única y poderosa arma, que enviaba a interlocutores y grupos muy diversos. Y «el medio es el mensaje» como ya decía McLuhan entonces. En este caso, lo filmaba el grupo «Cine Liberación», de Fernando Solanas y Octavio Getino; hablaba para ellos y para el público militante que la iba a ver (los cortos fragmentos agregados al final lo muestran). Y para ese momento de la Historia: los mitos movilizadores eran Vietnam, Cuba, el mayo francés,… Uno puede escuchar cómo habla para ese público y al mismo tiempo refirma planteos que hacen a su pensamiento y su estrategia.

Mi idea en este posteo no es sacralizar nada. Más bien, me fastidian los que intentan tomar un momento, un episodio de Perón y del peronismo y tratan de hacer creer que eso es el peronismo. Sucede que ya tiene una larga historia. Como la Argentina, con una historia aún más larga, de la que salió el peronismo. Y como las historias personales, está también lo que hacemos con ellas.

En las historias colectivas, debe dar algo de humildad saber que luego vendrán otros, que harán cosas distintas. Y esa es una especie de triunfo.

¿Algo permanente? Para mí, lo encuentro en una frase del Viejo, que ya no recuerdo si está en este video «no debiera nacer el que no tenga una causa noble por la cual luchar».


Un toque retro para el Día de los Trabajadores

mayo 1, 2021

Hace tiempo que no volvía a subir al blog esta magnífica versión del Canto al Trabajo, por el gran Hugo del Carril. Hoy me la envió una amiga, y decidí que era apropiada.

A pesar que tengo claro que en estos tiempos woke, cuando cancelan a Woody Allen y a Román Polanski por sus incorrecciones, don Oscar Ivanissevich, su autor, es muy conflictivo (en su entrada en Wikipedia, un alma cuidadosa le dio lugar a su trayectoria de cirujano, y hasta de futbolista, y sólo un par de líneas a sus cargos políticos. Quien escribió esa entrada tiene empleo seguro en Hollywood).

El punto es que la letra de este canto expresa muy bien los valores y sentimientos profundos de la experiencia peronista fundacional. Y también, que choca de frente con una sensibilidad actual. Que no es ni menos ni más respetable que la de 1907, cuando se esculpió el monumento de arriba, o la de 1895, cuando nació Ivanissevich. En cuanto a su larga trayectoria en el peronismo, se la dejamos a la Historia, que tiene tantas causas archivadas…

Tomemos de este canto el trabajo, los deberes de argentinos, los derechos y el amor. Y convengamos que el tiempo es una ilusión, como lo saben los filósofos indios y la Corte Suprema.


Carta a un imbécil

abril 10, 2021

A mí me gustan las novelas de Pérez Reverte. Pero mis gustos en lecturas se formaron de pibe, leyendo a Dumas, Salgari y los novelones de Ponson du Terrail, así que no los tomen como crítica literaria. Sus ideas y valores… algunos los comparto, mucho. Pero aún esos puede fastidiarme la forma en que los plantea.

Es inútil. A los argentinos y a los españoles nos pesan mucho las historias que hemos vivido -a los que hemos vivido bastante, digamos más de 50 años- y han sido muy distintas. Es difícil que nos entendamos.

Pero esto que leí de él me parece universal. Es decir, para todos lugares y para este tiempo. Lo copio, aunque les advierto que está escrito en un madrileño que puede irritar a paladares sensibles. Pero no tengo tiempo de traducirlo a un castellano neutro (porteño).

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«A ver si soy capaz de explicártelo, pedazo de gilipollas. Lee bien lo que te digo por si te sirve de algo, y de paso me sirve a mí. Uno de los efectos secundarios de la infinita capacidad de estupidez del ser humano es que reduce la compasión de cualquier observador lúcido. De esa estupidez nadie es inocente; todos somos responsables y víctimas. Pero sus manifestaciones extremas encierran un daño colateral: que cuando llega la nueva desgracia pronosticada en la lotería de la vida, ésa que las despiadadas reglas naturales imponen periódicamente –geometría del caos lo llamaba Faulques, un fulano que sale en una de mis novelas–, algunos observadores lúcidos miren la cosa con menos horror que curiosidad científica. Incluso con un amargo «pero ¿qué esperabais, idiotas?». Y ojo al dato, oye. Porque lo de idiotas va por ti.

La compasión, te digo. Busca la palabra en el diccionario y me ahorras texto. Me preocupa que ahora la pongamos tan difícil. Tú y yo, claro; pero –perdona que aquí pluralice menos– sobre todo tú. En otros tiempos tenías justificaciones, atenuantes; pero hace mucho que casi todos llevamos en el bolsillo un aparato donde basta pulsar una tecla para acceder a tres mil años de cultura, ciencia y memoria. Así que la excusa de la ignorancia no vale un carajo.

Y esa certeza es peligrosa, porque de las pocas palabras que cuando todo se derrumba nos mantienen erguidos –dignidad, lealtad, amor, honradez y alguna otra– la compasión es básica. Si se pierde, es difícil recuperarla. Y sin ella, el ser humano se convierte un poco más en el peligroso animal que siempre fue, aunque la idiotez de nuestro siglo lo camufle con frases de Paulo Coelho. Sin compasión, estamos fritos. Nos volvemos gruñones, misántropos, egoístas, vitriólicos, francotiradores. Sin compasión me acabaré ciscando en tu puta madre, y eso no es bueno. No me quites la capacidad de compasión, por la cuenta que nos trae. Por lo menos, a mí.

Esa compasión me la pusiste de nuevo en peligro hace unos días, viéndote en la tele. Eras tú, el de siempre. Salías hablando de los terremotos que han sacudido Granada porque ese día eras de allí, aunque te he reconocido en otros lugares. Y oyéndote hablar, me enganchaste de nuevo. Tu comentario era estupendo, y lo apunté para que no se me fuera: «Tienen sismógrafos para prevenir estas cosas, pero nadie nos ha avisado. Es una vergüenza». Eso fue lo que soltaste. Y no me digas que recordada en frío no es una frase cojonuda. Resume de forma admirable un montón de cosas que no detallaré porque sonarían a insulto, pero sí te digo una: estás mal acostumbrado, ciudadano. O, seamos compasivos, te acostumbraron mal. Pasó igual cuando la tormenta Filomena taponó España con nieve, las carreteras se llenaron de automóviles bloqueados pese a que se había advertido de lo que venía, y saliste en el telediario a quinientos metros de Carrefour –ese día eras mujer, pero te reconocí– indignado porque tenías niños en el coche, llevabais allí doce horas «y no ha venido nadie a ver cómo estamos, y ni siquiera nos han traído un café».

Podría seguir poniéndote ejemplos. Los hay a millares, pero con ésos te harás idea, a menos de que seas muy imbécil, de por qué te llamo imbécil. Primero, por tu incapacidad de asumir que el mundo es un lugar hostil donde pasan cosas malas, donde normalidad y seguridad son relativas, y donde puedes horrorizarte, pero no sorprenderte. Y en segundo lugar, porque crees que el Estado, sea el que sea y lo maneje quien lo maneje, tiene la capacidad y la obligación de llevarte ese café o avisar por teléfono de que en tu casa se van a resquebrajar las paredes dentro de media hora.

Pretendes, cretino implume, que el mundo sea una oenegé dispuesta a atenderte en el acto; y en caso contrario buscas automáticamente un responsable, una autoridad, un policía, un bombero; alguien en quien descargar el resultado de tu imprevisión, o a quien atribuir responsabilidades que nada tienen que ver con la voluntad humana. Eres tan infantil que no comprendes que no todo es previsible, y que nadie es inmune al caos periódico, al zarpazo de una Naturaleza desprovista de sentimientos. Se cae el avión, pillas el bicho, se estrella el coche, y lo primero que haces es buscar a quien se zampe el marrón. Necesitas culpables, y tal vez ésos a los que acusas lo sean; pero no por los motivos que esgrimes. Llevan demasiado tiempo haciéndote vivir en un cuento de hadas que acaba cuando pasas la página o tecleas en Google las palabras Boko Haram, Afganistán o mujeres de Ciudad Juárez. Te han hecho creer que el mundo es por fin un lugar seguro y que papá Estado se ocupa de todo. Te han engañado como a un chino, suponiendo que a los chinos de ahora los engañe alguien.»


El viernes fue el Día del Pensamiento Nacional ¿Qué es eso?

noviembre 16, 2020

Empiezo (como casi siempre en estos posteos) por una aclaración personal: no se me ocurría tomar en serio a un «Día del Pensamiento Nacional». No podía evitar verlo como una de las cosas que hacen los burócratas de la comunicación para justificar cargos y contratos; fijar, tratar de congelar, una discusión más profunda, y una lucha no resuelta.

Pero supieron elegir el día del nacimiento de Jauretche (NO el de su muerte, superando así la necrofilia argenta), y la memoria de Don Arturo me impulsó a hacer un comentario breve y superficial sobre esto del Pensamiento Nacional. Y su hermano / enemigo, el Pensamiento Liberal.

Tal vez, por otra tendencia argenta, se puede hacer más clara la idea si se usa un ejemplo extranjero. Otra tradición cultural, también muy influida por Europa, pero con una fuerte identidad propia, Rusia.

Toda su historia en el siglo XIX, el período en el que terminó de instalarse en la 1° fila de las Grandes Potencias, y en el que su literatura deslumbró y cuestionó a Occidente, se puede ver como un debate y una lucha entre eurófilos y eslavófilos. Los que querían europeizar a Rusia e incorporar las instituciones liberales, a lo Sarmiento, y los que rechazaban a un Occidente al que veían ateo y corrupto, e insistían en en el rescate del alma rusa.

En realidad, ese enfrentamiento continúa, oculto durante un tiempo por la brutal simplicidad de Stalin. ¿Alguien puede tener dudas sobre de qué lado estaba Solzhenitsyn? Los eurófilos habrían reconocido a Gorbachov como uno de los suyos. Y los eslavófilos, Tolstoi, Dostoyevski, habrían apoyado hace pocos días la constitución que propone Putin.

Vuelvo a casa. Y vuelvo a recomendar a un gringo: Nicolas Shumway, en «La invención de Argentina» historia muy bien nuestro enfrentamiento cultural. Pero a lo mejor puedo aportar alguna observación, que se me ocurrió pensando en Jauretche. Pero el de antes de Perón, y antes de FORJA, que me lo hacen muy fáciles de entender. El Jauretche yrigoyenista.

Confieso que a mí nunca me entusiasmó Yrigoyen. Vale, su liderazgo fue importante para la democratización de la política argentina, para el respeto del voto popular. Y mantuvo la independencia y la neutralidad argentina en la 1° Guerra Mundial (como el presidente conservador previo). Pero no hizo nada para cambiar la estructura económica de nuestro país, dependiente por completo del mercado inglés. Si fue en el período de su sucesor, el «galerita» Marcelo Torcuato de Alvear, que se fundaron YPF y la Fábrica Militar de Aviones…

Para mostrar lo que me dice el yrigoyenismo de don Arturo, les dejo abajo un fragmente de un programa de mi amigo Fernández Baraibar. Ahí un Jauretche más joven cuenta lo que sintió frente al fervor popular que despertaba Hipólito Yrigoyen.

Seguro, se pueden hacer grandes transformaciones -para bien y para mal- sin un carisma arrollador. Bismarck, Deng, el mismo Putin, cada uno en su tiempo, no despertaron el entusiasmo y el amor de las masas. Pero cuando un liderazgo despierta el fervor colectivo, aparece una realidad distinta.

Y el Pensamiento Liberal es muy antagónico a eso, por lo menos en los últimos 200 años. Atención: no digo que el Pensamiento Nacional lo maneja siempre muy bien; a veces se engancha con imitaciones de baja calidad.


Un saludo para Pino Solanas

noviembre 7, 2020

Me entero de la muerte de Pino Solanas, peleando contra el coronavirus. No es una forma fácil de irse, pero él fue un luchador; tuvo una vida larga, para lo que son las vidas humanas, y, sobre todo, deja tras suyo obras que perdurarán después que nos hayamos ido los que lo despedimos ahora. Otros pueden hablar mucho mejor que yo de su obra, pero El exilio de Gardel quedó en mi memoria como lo más argentino -romántico, idealista y chanta- que alguna vez vi en el cine.

Siento la necesidad de despedirlo en el blog. Es que compartimos hace casi medio siglo un lugar de militancia -sólo por algunos pocos meses, pero eran tiempos muy intensos.

Desde entonces nos volvimos a encontrar bastantes veces, claro, y siempre con un saludo cordial, pero no teníamos mucho en común, más allá del compromiso con el país y nuestra historia común (pueden ver con el Buscador los posteos que lo mencionan en este blog). Él vivía la política como una forma de dar testimonio de ideales y valores. Lo mío fue siempre el tratar de ayudar a construir los instrumentos políticos que los realizaran.

Es cierto que su talento le servía para construir herramientas más perdurables que estructuras y roscas… Para despedirlo elegí no «La hora de los hornos«, «Actualización doctrinara para la toma del poder«, piezas ineludibles de una historia política del peronismo.

Me parece más… específica del testimonio de Pino este «La Próxima Estación«. Cuando tengan tiempo, véanlo.


El tiempo, la suerte y la meritocracia

septiembre 21, 2020

La discusión política en nuestro país no se destacará por su rigor y precisión, pero al menos sobrevuela temas profundos. El del mérito, por ejemplo, irrumpió en estos días y llena espacio en los medios y en las redes sociales. Con enfoques distintos, como era inevitable, según desde qué lado de la «grieta» se habla. Lo que llamaría la atención -a alguien que no nos conozca- es que quienes se referencian políticamente en el hijo de uno de los hombres más ricos de Argentina levantan la bandera del mérito y el esfuerzo personal. Y los que se referencian en una mujer nacida en un hogar de clase media baja señalan el papel fundamental de las condiciones sociales.

Como sea, en el debate se dijeron cosas inteligentes y también estupideces. Para ponerlo en contexto -y evitarme el riesgo de empezar con la segunda categoría- acerco una opinión poderosa, de algo menos de 3 mil años atrás: «Vi además que bajo el sol no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; y que tampoco de los sabios es el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte les llegan a todos.«

En el Eclesiastés encuentro un tono escéptico, aunque los eruditos cristianos y judíos me desmienten. Pero la mayoría de los textos religiosos tradicionales son todavía más firmes en marcar que los méritos y los esfuerzos de los seres humanos son mucho menos importantes que la Gracia de Dios.

Lo que quiero señalar es que el énfasis en el mérito y el esfuerzo personal son conceptos modernos. Cualquiera que se detenga a pensar un rato, y no sea un completo imbécil, se da cuenta del papel fundamental que el tiempo y la suerte juegan en su vida y en la de todos.

Hace pocos siglos que empezó a instalarse la idea que un hombre o una mujer podían elevarse por encima de las circunstancias de su nacimiento por su esfuerzo . Siempre existió, claro, la posibilidad para algunos de subir, al menos unos cuantos escalones, por la guerra, el arte, o la religión. Pero que la mayoría de una sociedad pueda mejorar su destino y acceder a todos los frutos de la civilización… aún los griegos clásicos, audaces en el pensamiento, habrían dicho que era hubris, soberbia.

(En realidad, esta idea les molesta actualmente a no pocos. Porque este rechazo no se reconoce abiertamente, pero se ha extendido. Antes era patrimonio de las aristocracias tradicionales; ahora se encuentra en otras categorías sociales, en especial en la de «piojos resucitados».)

El punto a donde voy (por un camino sinuoso) es que en Argentina teníamos -aún en los tiempos en que había muchas barreras sociales y económicas y policías bravas para impedirlo- una institución dedicada a la igualdad de oportunidades: la escuela pública. Incluso tenía un etos igualitario, simbolizado en los guardapolvos blancos en la primaria. Hijos de inmigrantes y de ministros estudiaban -durante algunos años- en las mismas aulas.

Existían, como ahora, las escuelas privadas. Eran para las colectividades que querían mantener valores o símbolos de pertenencia. Y para los «repetidores»: los alumnos demasiado brutos para la enseñanza oficial.

Por supuesto, hay muchas críticas válidas que pueden hacerse a la escuela pública argentina como existió en el siglo XX. (Muchas las hicieron polemistas que compartían profundamente los ideales igualitarios, pero estaban enganchados en alguna discusión europea ¿Ya mencioné el nivel del debate político local, no?).

El hecho es que hemos destruido casi por completo esa función igualadora de la escuela pública. No voy a ponerme ahora a escribir sobre esa catástrofe: lo han hecho otros, y este posteo se alargó mucho más de los dos o tres párrafos que tenía en mente. Salvo… apuntar que entre los mecanismos de su destrucción el que se menciona menos es uno de los más decisivos y que viene de más atrás: los bajos sueldos.

Lo que me interesa plantearles, lo que puede justificar estas líneas casuales, es que una tarea fundamental para la Argentina es reconstruir la educación pública.


El modelo sueco

septiembre 14, 2020

Este posteo -como otras criaturas bizarras- está vinculado a un título de Clarín «De polémico a consagrado: así vive y piensa Anders Tegnell, el padre del modelo sueco contra el coronavirus«.

Empiezo por reconocer que no es un tema clarinista exclusivo, aunque quizás ahí exageren un poco; en la bajada dicen «Nuevo héroe nacional«. En los medios europeos también se le ha dado bastante espacio en estos días, en medio de los debates sobre el «modelo sueco»: no se decretó cuarentena, no se instaló el uso de barbijo. Está claro que en Europa están tan hartos de las restricciones como aquí.

Y es cierto que hay una cierta fascinación con la figura de Tegnell en algunos sectores de la sociedad sueca, y no sólo allí. Como símbolo de la decisión de asumir un riesgo (que se cree menor) y afirmar la libertad personal. «La voluntad de poder», de Nietzsche, en versión simplificada para los que leen en el celular.

Justo ayer, en AgendAR publicamos las estadísticas de muertes atribuidas a COVID-19 de una decena de países. Y yo me tenté a lanzar un tweet -uno ironiza sobre la cultura de redes, pero no es inmune: «¿Será SUECIA el país generoso? Según Clarín, con bastante más del doble de muertes x habitante que aquí, llegás a Héroe nacional«.

No es de la pluma de Voltaire, ni de Borges. Pero lo interesante aquí es una respuesta (bastante coherente, para lo habitual en Twitter): «El detalle es que las muertes de ellos hoy tienden a cero, que nunca cerraron escuelas, que todos siguen haciendo sus vidas, que no se desatendieron otros temas de salud; acá estamos destruidos moral y economicamente, enfrentados; en el pico aumentando las muertes cada día«.

Creo que algunas de esas afirmaciones son equivocadas: los casos y las muertes en Suecia no tienden a cero. La curva sigue subiendo, aunque más lentamente que aquí. Nuestra «destrucción moral» y la «económica» empiezan en fechas muy distintas, según los criterios morales y económicos que mantenga cada uno. Pero todas esas diferentes fechas son muy anteriores al inicio de la pandemia.

Pero quiero ser justo. El tuitero en cuestión tiene un argumento, y ya lo reconocí de entrada: la cuarentena es una carga pesada para la mayor parte de las personas, aunque sea tan parcial como la que seguimos -más o menos- en Argentina.

Entonces me decidí a hacer unos cálculos. Estimativos, por supuesto. Como se dice en la nota: «estos números son provisorios, varían día a día, los cambios llegan a ser significativos conforme pasan los meses. Cuando concluya esta pandemia, se podrá evaluar mejor lo que se hizo y los resultados.» Pero dan una idea.

Suecia tiene -hasta el 13 de septiembre- 330,91 muertes por millón de habitantes más que nuestro país. Como Argentina tiene varias veces la población de Suecia, una política como le gusta a Tegnell, y a mi interlocutor tuitero, le habría costado hasta ayer -en este cálculo teórico- 14.890 muertes.

Ni la matemática ni la epidemiología pueden decir si es preferible cargar con el peso de la cuarentena o de las (previsibles) muertes. Es una cuestión de valores. Con criterios «libertarios», «darwinistas» o «nietzscheanos» se puede decidir que es mejor correr el riesgo y no aceptar las restricciones.

Confieso que, por mi parte, hasta podría considerar los argumentos… si alguien pudiera garantizarme que ni yo ni ninguna persona que aprecio estaría entre esos 14.890. Pero no existe esa garantía. Así que yo voy a seguir con el aislamiento y usando barbijo. ¿Ustedes bien?


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