San Martín y la paternidad

agosto 17, 2015

San-Martin

El aniversario de hoy – ocasión de feriado largo – me había dejado pensando anoche. Entonces dejé estas reflexiones para que aparezcan en el blog este 17 de agosto (y me voy de viaje).

La pregunta que me hice – ya alguna vez la había plantearlo en el blog – es si tenía sentido llamarlo “Padre de la Patria”. Libertador de varias, sí; en especial de Chile, que había sido reocupado por los realistas. En Perú, inició el proceso, le dió bandera y dirección, y si el último ejército y poderoso ejército enemigo que ocupaba el interior y lo que después se llamó Bolivia fue derrotado por el venezolano, todavía hoy los peruanos lo recuerdan con afecto y son sanmartinianos. En Argentina, es convincente que, en el plano militar – el decisivo – su independencia fue garantizada por las victorias de San Martín.

¿Pero “Padre de la Patria”? Su experiencia de niño, y de hombre cuando regresó, era de lo que los chilenos llaman “la Patria Vieja”, un lugar con memorias y afectos, amores y amistades, una identidad que se adivinaba a sí misma. Pero no era todavía una nación. Y su proyecto – frustrado, pero que podemos percibirlo a través de pasos y negociaciones muy concretas – era un Reino Unido que abarcaría el Perú, Chile, seguramente en su deseo las provincias del Río de la Plata, con un príncipe de la casa de Borbón – ¿Francisco de Paula? – como monarca constitucional. No pudo ser.

La Argentina que fue y que es resulta de lo que hicieron los argentinos que vivieron antes y los que vivimos ahora. Si queremos simbolizarlo en algunos nombres el resultado, en el plano material: sus fronteras, su Estado, su organización política y económica, para bien y para mal, en el siglo XIX tenemos que elegir como “padres” a Juan Manuel de Rosas, Bartolomé Mitre, y Julio Argentino Roca. Y un tío contencioso pero que dejó su marca a Domingo Sarmiento. A los compañeros nac&pop no les gustan nada al menos tres, y sus razones tienen, pero la rebelión contra los padres es parte del crecimiento.

En el siglo pasado, también resulta claro que para la sociedad que se formó y sus valores, nombres decisivos son los de Hipólito Irigoyen y Juan Domingo Perón. Y si los nombres que menciono pertenecen todos al mundo de la política y el poder… es equivocado y engañoso, pero tradicional.

Reflexionando en esto último, se me ocurrió entonces anoche que San Martín cumple otro rol de Padre para los argentinos. Un rol que mencionan (en distintas épocas) los educadores, los sacerdotes y los sicólogos: el del portador de unos valores con los que nos referenciamos y medimos, a lo largo de nuestra vida.

En ese plano, San Martín es la figura del Padre al que los argentinos deberíamos esforzarnos en parecer: Alguien que eligió su Misión con madurez – tenía más de 30 años – y trató de cumplirla por encima de las pasiones y las ambiciones personales. Alguien a quien le sobró una virtud que, por lo común, no se asocia con los argentinos: la responsabilidad (Y la culpa no es de la inmigración italiana posterior, por cierto, como dicen los calumniadores de ese noble pueblo. Entre los contemporáneos de San Martín, entre sus compañeros de la Revolución, sobraban los ambiciosos irresponsables).

En ese sentido, San Martín es el padre que debemos merecer.


Adiós a Juan Carlos Mazzón

agosto 8, 2015

J. C. Mazzon

No puedo dejar de sentir un significado en que el Chueco Mazzón se haya ido en las vísperas de una elección primaria del peronismo. Pero esa es la necesidad, muy humana, de buscar señales. El sentido de nuestras vidas se lo damos nosotros, en la tarea, en la vocación que elegimos y a la que nos dedicamos. Él lo encontró.

No fuimos amigos cercanos. Nos conocimos en la militancia en una organización del peronismo – Guardia de Hierro – hace bastante más de cuarenta años. Eso deja huellas muy profundas, pero fue una experiencia colectiva juvenil, en una Argentina y un mundo que han cambiado mucho. El “espíritu de la época” es muy otro. Creo que lo decisivo es la elección de lo que se quiere hacer con la vida, una vez que se experimentó la pasión, la gloria y las derrotas del que se ha enamorado de una causa. Hay otras opciones dignas, como criar una familia o “cultivar su jardín”, pero la que encuentro más admirable es la del que, despojado de ilusiones, decide seguir sirviendo a esa causa. Fue lo que el eligió.

En todos estos años nos encontramos, por supuesto, en la relación cordial y la capacidad de entendernos que expresa la palabra “compañero”, pero nuestras conversaciones fueron siempre sobre problemas y situaciones concretas. Aunque teníamos amigos muy cercanos en común, nunca tuvimos ocasión de hablar sobre nosotros mismos.

Se me ocurre entonces que la mejor forma de describir la elección del Chueco es la que escuché de labios de otro de nuestra generación, Eduardo Vaca. También cercano a Guardia, pero crítico de su sectarismo y, con Marcos Raijer, laborioso constructor de puentes con la JP Lealtad y con los que, desde una experiencia en la Tendencia, apostaban a la identidad peronista. Era a principios de los ’80, cuando el retorno de la política era ya inevitable. Eduardo me decía – frente a mi escepticismo sobre las posibilidades del fantasmal P.J. y el liderazgo de sus viejos políticos: “Mi intención es convertirme en un burócrata del partido. Quiero contribuir a que exista. Ahora, es la herramienta posible”.

No sé si Mazzón lo ponía en estos términos. Pero es lo que hizo: trabajó todos los años durante estas décadas en la estructura partidaria del peronismo. Armonizar ambiciones, equilibrar fuerzas, y debilidades – la tarea cotidiana de la política, bah – colaborando con los liderazgos que surgían de las relaciones de poder interno y eran aceptados por la mayoría de los peronistas. Teniendo claro lo que sólo los chupamedias y los que quieren engañarse a sí mismos niegan: los liderazgos pasan; los proyectos políticos populares duran más, si se los mantiene y los fortalece. O, como decía el fundador de éste, “Sólo la organización vence al tiempo“.

Quiero saludarlo al Chueco con unas frases de Max Weber, alguien que estudió la Política como profesión. En los dos sentidos que tiene el vocable alemán “Beruf”: profesión y vocación. Son de una famosa conferencia suya de 1919, que se las enlazo aquí entera para que la lean cuando tengan tiempo.

Es cierto que la política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza. En esto tiene toda la razón quienes defienden la ética de la convicción. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación (la excitación no es ni esencialmente ni siempre una pasión auténtica) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: “El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros…”, lo primero que hago es cuestionar la solidez interior que existe tras esta convicción. Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con globos llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto.

Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro (de pocos o muchos años, eso no importa), que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: “No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede, en efecto, presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente. Desde este punto de vista la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener “vocación política”.”


Eva, otra vez

julio 26, 2015

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(Este posteo lo subí hace dos años. No se me ocurre nada mejor para decir)

Hoy estuve pensando acerca de Evita. Supongo que impulsado en parte porque este 26 de julio – después del aluvión de las necrológicas casi obligatorias del 60° aniversario de hace un año – su nombre y su figura han aparecido mucho menos en los medios, y en los blogs politizados.

Creo que es mejor así. La repetición trivializa, y convierte – para los que no los conocieron – a quienes eran bandera de lucha en imágenes de libro de texto. Están bien los homenajes, el reconocimiento del símbolo que representan. No rechazo esas dos imágenes suyas ahí en la Avenida 9 de Julio, aunque – que me disculpen Marmo, Santoro – me parecen feas; y me gusta que el movimiento social con mayor activismo político hoy lleve su nombre. Es apropiado.

Pero sería inútil – hasta patético, o, peor, falso – tratar de apropiarla para la lucha política actual. No es que no la amen y la odien a la Eva, todavía. Es que esos sentimientos ya no se enarbolan para expresar una identidad política. Porque el amor de ella por los humildes ¿quién se anima a cuestionarlo hoy? Muy pocos. Su fanatismo incondicional por Perón ¿quién se anima a hacerlo suyo? Algunos más, pero no muchos. Y, la gran mayoría de estos, sospecho, de los labios para afuera.

Esto no quiere decir que no esté vigente. Porque la política – entendida como la lucha por el poder y su administración – es una parte de la realidad. Quizás la más superficial. Hace cuatro años, en una de las muy pocas veces que mencioné a Evita en el blog, cité una frase de Alberto Amato “Los seis años que abarca el breve paso de Eva Perón por la vida política argentina … generaron un amor irrenunciable y un odio irracional“.  Y agregué que no puede decir que entiende la política el que deja afuera el amor y el odio.

Y por todo lo que se ha escrito sobre ella, pienso que todavía no hemos prestado bastante atención a esa identificación profunda que el odio que despertó hizo entre ella, Perón y el peronismo. Un Tomás Eloy Martínez escribió un largo libro “Santa Evita” donde pinta toda la iconografía, entre entrañable y grotesca, del amor popular. Pero me parece mucho más importante, y revelador, el cuento corto de Rodolfo Walsh “Esa mujer“, sobre el coronel que tenía escondido su cadáver.

Porque estamos hablando de un país moderno, con altos índices de alfabetismo, con una numerosa, mayoritaria clase media, y una pátina europea que hace seis décadas era mayor que la actual. Y un ejército formalmente, convencionalmente católico, que secuestra un cadáver y lo oculta por casi veinte años. Un temor supersticioso, como el que – puede imaginarse – los lleva a prohibir por un decreto, el 4161, la mención de los nombres de Evita y de Perón.

Quiero ser claro. El odio de clases, las represiones sangrientas, las locuras y las masacres de las guerras civiles no son nada extraño en la historia. Un pesimista diría que son la materia principal de la Historia humana. El odio no es nuevo, por cierto, ni en Argentina ni en el mundo. Pero ese grado de irracionalidad debe llamarnos la atención.

La historia de los países latinoamericanos – entre ellos, claro, Argentina – tiene tantas guerras como la de cualquier otra región del mundo. Pero nuestro estilo de civilización tiene determinadas características, que apuntan a reglas de conducta bastante observadas. No recuerdo un sólo caso en que un ejército latinoamericano haya bombardeado las ciudades de un país enemigo, por ejemplo. Puede haberlo – no soy historiador – pero ciertamente no está entre nuestras costumbres ese crimen tan típico del siglo XX. Tan practicado por los países que se consideran “al frente de la civilización moderna”.

Pero la ciudad de Buenos Aires fue bombardeada en junio de 1955 por su propia Aviación Naval, en un ataque que apuntaba a matar a Perón. Pero que su frustración los llevó a asesinar civiles. La misma fuerza – tengo que decirlo – que 27 años después se portó con un coraje y profesionalismo que despertó la admiración de sus enemigos en la Guerra de Malvinas.

Sí. El odio es una fuerza muy poderosa; y los argentinos debemos cuidarnos, porque por toda nuestra bonhomía chanta, tenemos muy profunda la capacidad de odiar. Puede ser cierto, creo que es cierto, que el amor puede vencerlo, pero no es una victoria fácil como la de una elección. Nos pide mucho esfuerzo.

Bueno, como les dije, empecé pensando en Evita y me fui bastante lejos. O no. Les recomiendo escucharla a ella. Subí un discurso suyo, el año pasado, aquí.


El crucifijo, tallado en la hoz y el martillo

julio 9, 2015

evo  francisco

Esta foto, el obsequio que entrega el presidente de Bolivia, Evo Morales, al Papa de la Iglesia Católica que lo visita, Francisco, puede ser, me parece, una imagen simbólica de estos tiempos… ¿post europeos?

Porque Evo es el heredero de una cultura y un lenguaje con raíces aquí en América, anteriores a la primera globalización, la que inician Colón y Vasco Da Gama, y también el presidente de un Estado nación moderno, con constituciones repletas de derechos y que alquila satélites a China. Y Francisco, Papa, nació Jorge Bergoglio en Argentina, donde se misturan lo europeo y lo americano. La hoz y el martillo es un símbolo europeo si los hay, repleto de su historia de luchas y odios. Y el crucifijo es un símbolo más viejo que la Europa que lo adoptó, nacido en el Imperio Romano de la fusión de los mundos oriental y helénico.

Ese crucifijo en particular tiene una historia más cercana: es la replica de una figura tallada por un sacerdote jesuita español, Luis Espinal Camps, que fue torturado y asesinado por paramilitares en La Paz en 1980 por denunciar la violencia política en el país. Una historia que está en la raíz inmediata de estos tiempos en la América del Sur. Y creo que es esa la que Evo tenía en mente.

Bergoglio, me parece que es visible, no puede evitar un gesto de preocupación. Tiene claro que para muchos en su Iglesia, y también fuera de ella, es un “trapo rojo”, en el sentido taurino. Una provocación inaudita para un sector, tal vez viejo pero numeroso, que odia al comunismo por sus crímenes, que los cometió, pero más aún por su reclamo de justicia social. (Además, si conoce la historia de esta imagen en particular – como seguramente la conocerá – le recuerda los problemas que tuvo su Orden, la de los jesuítas, por su participación en las luchas de esas décadas).

Pero nadie le puede enseñar realpolitik a Roma. Ha decidido que sólo puede salvaguardar sus valores y su mensaje si los pobres y los humillados por “Occidente” sienten, experimentan que está de su lado. Después de todo, ese fue el mandato de su Fundador. Acepta el regalo, y afirma hoy en Bolivia “Quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América“.


Adiós a Jorge Álvarez

julio 6, 2015

jorge álvarez

Se fue ayer a la madrugada, y necesito despedir a un argentino importante, en serio. Ya lo hizo bien Julieta Roffo, así que tomo sus datos. En 1963, a los 31 años, fundó la Editorial Jorge Alvarez: debutó con Cabecita negra, de Germán Rozenmacher. En los siguientes cinco años publicó Los oficios terrestres, de Rodolfo Walsh; La traición de Rita Hayworth, la primer novela de Manuel Puig; Responso, la primera de Juan José Saer; Invasión, con los cuentas de Ricardo Piglia; y Los pollos no tienen sillas, el único libro de Copi que salió en Argentina mientras vivía. Lo convenció a Quino que las tiras de Mafalda se compilaran en libros; se reunió con Roland Barthes para publicar en español El grado cero de la escritura. Como dice J. R., logró que en las librerías los compradores preguntáramos por el nombre de su editorial más que por el de los autores.

En 1966 fundó De la Flor, con Daniel Divinsky. Pero, muy argentino, no tuvo continuidad con el esfuerzo editorial, o eso dicen.  En 1968 se volcó a la industria discográfica, y fundó Mandioca. Ahí impulsó a Manal, Almendra, Sui Generis y Pappo’s Blues.

En los ´70 tuvo que exiliarse a España, también muy argentino. Allí se quedó hasta 2011. De vuelta en Buenos Aires, editó la colección Jorge Álvarez para la Biblioteca Nacional: publicó las obras completas de Germán Rozenmacher y Tres historias pringlenses, de César Aira. En 2013, publicó su autobiografía Todo está guardado en la memoria. Uno espera que sea así.

De todos modos, lo que él hizo hace medio siglo contribuyó en mucho a lo que somos los argentinos hoy. Lo saludo con Manal.


Shylock habla a los antisemitas

julio 4, 2015

merchantofvenice

A propósito de una denuncia especialmente estúpida de la D.A.I.A., el comentarista Raúl C. – que, como siempre dice, no trabaja de judío, es judío – acercó el monólogo de Shylock (3er. acto de El mercader de Venecia). Lo subo aquí en parte por el motivo que aduzco habitualmente: muchos visitantes leen los posteos pero no los comentarios. Pero la razón principal es que es una de las grandes declaraciones de la literatura sobre la condición humana.

Copio también el texto original, por si alguno puede apreciar la música de ese anticuado lenguaje de Shakespeare. Pacino (la imagen de arriba) hizo un noble esfuerzo para recuperarla. Pero me gusta más la versión que pongo al final, medio minuto en una vieja pelicula (1942) To be or not to be, del gran Ernst Lubitsch.

Él me había avergonzado y perjudicado en medio millón, se rió de mis pérdidas y burlado de mis ganancias. Despreció a mi nación, desbarató mis negocios, enfrió a mis amigos y calentó a mis enemigos y cual es su motivo “Soy un judío”. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos haceis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?

Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será que yo no sobrepase la instrucción que me habéis dado“.

He hath disgraced me, and hindered me half a million, laughed at my losses, mocked at my gains, scorned my nation, thwarted my bargains, cooled my friends, heated mine enemies; and what’s his reason? I am a Jew. Hath not a Jew eyes? Hath not a Jew hands, organs, dimensions, senses, affections, passions? Fed with the same food, hurt with the same weapons, subject to the same means, warmed and cooled by the same winter and summer, as a Christian is? If you prick us, do we not bleed? If you tickle us, do we not laugh? If you poison us, do we not die? And if you wrong us, shall we not revenge?

If we are like you in the rest, we will resemble you in that. If a Jew wrong a Christian, what is his humility? Revenge. If a Christian wrong a Jew, what should his sufferance be by Christian example? Why, revenge. The villainy you teach me I will execute, and it shall go hard but I will better the instruction“.


La memoria del peronismo

julio 1, 2015

Creo que todos los 1° de julio subí algo de Perón al blog. Esta vez, a 41 años de su partida, traigo estos fragmentos de noticiosos y de discursos de Perón y Evita de los primeros años. No es muy diferente al material fílmico que me hacen llegar trols o simplemente antiperonistas rencorosos, seleccionado éste con mejor onda, eso sí. Desde su mismo comienzo, marcó una polarización en la sociedad argentina. Más profunda que la de ahora, en realidad. Pretendo que escuchen estos seis minutos; dan una idea de lo que fue ese tiempo y ese sueño que marcó para siempre nuestrar historia y perdura hasta hoy.


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