Malvinas: Algunas reflexiones para argentinos

abril 2, 2018

Un tema muy conversado. Más ahora, que le sirve a la oposición real -el peronismo- para golpear a un gobierno anglófilo, chinófilo y, sobre todo, “capitalismo internacional -filo”. Pero es demasiado importante para que sea parte de la coyuntura política.

Por eso subí esta milonga de un autor que miraba con sorna al patriotismo, y se esforzó en ser anglófilo como elección cultural, pero era irremediablemente argentino. En esos versos se deja sentir un lejano sabor a heroísmo.

Por eso les remito a esto que escribí hace 11 años, cuando se cumplían 25 del desembarco en Malvinas. Uno era más o menos oficialista en ese tiempo, y por trataba de ser “equilibrado”. Igual, se acerca a lo que pienso y valoro sobre esa guerra en el Atlántico Sur.

Y como Malvinas no es sólo historia, sino también presente y futuro, tomo este párrafo que publicó hace un par de horas un joven bloguero, Marcos Domínguez y lo hago mío:

Para poder reflexionar acerca de la cuestión Malvinas, se lo debe hacer partiendo de la convicción de que los relatos sobre Malvinas son también un terreno de conflicto entre ideas de nación y proyectos de país, pues todo relato o discurso colectivo se instala sobre una determinada configuración sociocultural, resultante de un proceso de disputa intrínsecamente político-ideológica. La discusión sobre el rol de las Fuerzas Armadas debe también tener en cuenta que el destino de éstas está inevitablemente entrelazado al de todas las instituciones del país, es decir, al del pueblo argentino en su conjunto“.

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Felices Pascuas

marzo 30, 2018

Comparto este saludo, que damos y escuchamos en estas fechas. Es una forma de manifestar buenos deseos, buena onda. Y para muchísimos argentinos, urbanos clase medieros, no tiene más contenido que ese. Más un pretexto -apoyado en una festividad religiosa en la que ya no participan- para un feriado largo. No es así para todos, eh.

En una parte de nuestro pueblo, la Pascua, como una afirmación colectiva de fe, se conserva. Así como en otras comunidades argentinas, menos numerosas, cuando se saluda Aguit Pesaj, o Eid Mubarak, tiene un sentido de pertenencia.

Como este blog es también un pretexto para la especulación ociosa, reconozco que no sé cuál será la tendencia que prevalezca. Por un lado, una mayoría de los argentinos ya están casi tan alejados de cualquier práctica religiosa como la mayoría de los europeos occidentales. Por el otro… en las últimas décadas la religión está recobrando en el mundo ese significado de identidad básica.

Como sea, el blog ofrece algo para todos. Arriba, un video que me acercó un visitante hace algunos años, “Stabat Mater Dolorosa”, de Antonín Dvořák, una de las piezas musicales que refleja mejor las profundidades emocionales de la Pasión. Nikolaus Harnoncourt conduce el Arnold Schoenberg Choir y la Orquesta de Cámara de Europa.

Y abajo, un comentario gráfico sobre estos tiempos postcristianos.

resurrección


Una visita a Malvinas

marzo 28, 2018

 

 

Quise compartir este testimonio. Sobrio, para lo que es el estilo de Crónica (Un medio que tuvo algo que ver, hace 52 años, con otro viaje a esas islas). Me quedé pensando que, aunque hubo unas cuantas, falta la película nuestra que cuente la historia. Lástima que Favio ya no está, pero habrá otros que puedan hacerla.


Cuando ellas vienen marchando

marzo 8, 2018
Día de la Mujer

Av. de Mayo y 9 de Julio, parte de la columna de la movilización por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Vi sólo una parte de la desconcentración, mientras caminaba por la Avenida Callao (volviendo de una reunión). Elegí la foto de arriba porque da una idea -escasa- del número, y porque no se distinguen, a menos que haga un esfuerzo, las pancartas.

No es que los aparatos y colectivos no son necesarios, un elemento importante en todo reclamo, toda lucha. Pero lo que percibí, lo fundamental, era, es otra cosa. Y tampoco la foto le hace justicia. Porque no vi una multitud, sino muchas, muchísimas mujeres -la mayoría jóvenes- que fueron por sí mismas o con sus amigas, porque sintieron la necesidad de hacerlo.

Creo que está cambiando la conciencia de ser mujer. O sea, de la mitad de la raza humana.


Un saludo a Ursula K. Le Guin

enero 24, 2018

Recién leo la noticia de su muerte. Y no encuentro mucho para decir, entre comentarios de política internacional y local. Pero quiero saludar aquí a una de las mujeres que demostró, nuevamente, que la fantasía y la ciencia ficción eran una parte legítima de la literatura (Homero y Cervantes ya lo habían hecho, pero la gente olvida).

Los que han leído La mano izquierda de la oscuridad, o The dispossessed, no necesitan que se las recuerde. Para los que no la conocen todavía, les dejo aquí, para que lo lean cuando tengan tiempo, Los que se alejan de Omelas.

“Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud. Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris; graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas. Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gran vega llamada Verdes Campos, chicos y chicas, desnudos en el luminoso aire, con los pies, los tobillos y los largos y ágiles brazos salpicados de lodo ejercitaban a sus inquietos caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún tipo de pertrecho, sólo un ronzal sin bocado. Las crines trenzadas con cordones de plata, oro y verde. Resoplaban por los dilatados ollares, hacían cabriolas y se engallaban. Al ser el caballo el único animal que había adoptado nuestras ceremonias como propias, se hallaba muy excitado. A lo lejos, por el norte y el oeste, las montañas se alzaban sobre la bahía de Omelas casi envolviéndola. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve, coronado aún los Ocho Picos, despedía reflejos oro y blanco a través de las millas de aire iluminado por el sol, bajo el azul profundo del cielo. Soplaba el suficiente viento como para que los gallardetes que marcaban el curso de la carrera ondearan y chasquearan de vez en cuando. En el silencio verde de la amplia vega se oía la música que recorría las calles de la ciudad, y de todas partes y acercándose siempre, una alegre fragancia de aire que de vez en cuando se acumulaba y estallaba con el gozoso repique de las campanas.

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿cómo describir a los habitantes de Omelas?

No eran personas simples, aunque si felices. Pero no pronunciaremos más palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros.

El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerar a la felicidad como algo estúpido. Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría. ¿Cómo definir al pueblo de Omelas? No eran cándidos ni niños felices – aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran – sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro! Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles!

Omelas produce la impresión, según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo. Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que si es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. Sin embargo, en la categoría intermedia – la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc. -, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran.

Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnifico Mercado Agrícola. Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas. En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, si. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos.

Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Que puede ser? Al principio pensé si no serian las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito. En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

Casi todos los desfiles habían llegado ya a los Verdes Campos. Un delicioso aroma de manjares surge de las tiendas rojas y azules de los abastecedores. Las caras de los niños pequeños están llenas de graciosos pringues; en la afable barba gris de un hombre, se han enredado unas cuantas migas de un rico pastel. Los muchachos y muchachas han montado en sus caballos y comienzan a agruparse en la línea de salida. Una anciana, pequeña, gorda y sonriente, distribuye flores que saca de una cesta y un joven alto las prende en su cabello. Un niño de nueve o diez años se sienta al borde de la multitud, solo, jugando con una flauta de madera. La gente se detienes a escuchar y sonríe, pero no le hablan pues nunca deja de tocar ni tampoco los ve; sus ojos negros están totalmente absortos en la dulce y tenue magia de la melodía.

Termina y lentamente alza las manos sosteniendo la flauta de madera.

Como si ese breve y reservado silencio fuese una señal, se oye de pronto el toque de una corneta que surge del pabellón junto a la línea de partida: imperioso, melancólico, penetrante. Los caballos se alzan sobre sus esbeltas patas traseras y algunos relinchan como respuesta. Con semblante sereno, los jóvenes jinetes acarician el cuello de sus monturas y las calman susurrando: «Tranquilo, tranquilo, no te preocupes, todo saldrá bien, mi beldad, mi ilusión…» Ocupan sus puestos en la línea de salida. A lo largo de la pista, los espectadores son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival de Verano ha comenzado.

¿Lo creen? ¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más.

En el subsuelo de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o tal vez en el sótano de una de sus espaciosas casas particulares hay un lóbrego cuartucho. Tiene una puerta cerrada con llave y carece de ventanas. Una tenue luz se filtra polvorienta entre las rendijas de la carcomida madera y que procede de un ventanuco cubierto de telarañas de algún lugar del otro lado del sótano. En un ángulo del cuchitril un par de fregonas, con las bayetas tiesas, pestilentes, llenas de grumos, están junto a un balde oxidado. El suelo está sucio, pegajoso como es habitual en un sótano abandonado. El cuarto tiene tres pies de largo por dos de ancho: un simple armario para guardar las escobas y los enseres en desuso. En el cuarto hay un niño sentado. Podría ser un niño o una niña. Aparenta unos seis años pero en realidad tiene casi diez. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono. Se hurga la nariz y de vez en cuando se manosea los dedos de los pies o los genitales mientras se sienta encorvado en el rincón más alejado del balde y de las bayetas. Les tiene miedo. Las encuentra horribles. Cierra los ojos pero sabe que las fregonas siguen ahí, erguidas, y la puerta esta cerrada y nadie acudirá. La puerta siempre esta cerrada y nunca viene nadie salvo en ciertas ocasiones – la criatura no tiene noción del tiempo y los intervalos – en que la puerta cruje espantosamente, se abre y asoma una o varías personas. Entra una sola y de un puntapié le obliga a levantarse. Los otros jamás se le acercan sino que lo observan con ojos de horror y asco. La escudilla de comida y el jarro de agua se llenan rápidamente, se cierra la puerta, los ojos desaparecen. La gente que está en la puerta nunca habla pero el niño, que no siempre ha vivido en el cuarto de los trastos y recuerda la luz del sol y la voz de su madre, a veces habla: «Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno.» Jamás le responden. Por las noches el niño gritaba pidiendo auxilio, gritaba muchísimo, pero ahora se limita a un débil quejido y cada vez habla menos. Está tan flaco que las piernas carecen de pantorrillas y tiene el vientre hinchado; solo se alimenta una vez al día con media escudilla de gachas con sebo. Va desnudo. Las nalgas y muslos son una masa de dolorosas llagas pues continuamente está sentado sobre su propio excremento.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

Se lo explican a los niños de ocho a diez años, siempre que estén capacitados para comprender, y casi todos los que van a verle son adolescentes, aunque con cierta frecuencia también un adulto acude y vuelve para ver al niño. Por muy bien que se lo expliquen, al verlo experimentan un asco que habían creído superar. A pesar de todas las explicaciones se les advierte furiosos, ultrajados, impotentes. Quisieran hacer algo por el niño, pero todo es inútil. ¡Qué hermoso sería si sacaran al sol a esa criatura, la limpiaran, le dieran de comer, la cuidasen. ¡Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas. Esas son las condiciones. Cambiar todo el bienestar y la armonía de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña rehabilitación: acabar con la felicidad de millares a cambio de la posibilidad de hacer feliz a uno: pero eso sería, por supuesto, reconocer la culpa, admitir el delito.

Las condiciones son estrictas y terminantes; no debe dirigirse al niño una sola palabra amable.

A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han visto al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco más. Se halla demasiado degradado e imbécil para comprender la auténtica felicidad. Ha estado asustado demasiado tiempo para librarse del miedo. Sus costumbres son demasiado zafias e inciviles para que responda al trato humano. En efecto, después de tanto tiempo probablemente se sentiría infortunado sin los muros que lo protegen, sin la oscuridad para sus ojos, sin el propio excremento para sentarse. Sus lágrimas, ante la amarga injusticia, secan cuando empiezan a percibir la terrible justicia de la realidad y acaban aceptándola. Sin embargo, tal vez sus lágrimas y su rabia, el intento de su generosidad y la aceptación de su propia impotencia son la verdadera causa del esplendor de sus vidas. Su felicidad no es vacua e irresponsable. Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño y el conocimiento de esa existencia hacen posible la elegancia de su arquitectura, el patetismo de su música, la profundidad de su ciencia. A causa del niño son tan amables con los niños. Saben que si ese desdichado no lloriquease en la oscuridad, el otro, el flautista, no tocaría esa alegre música mientras los jóvenes jinetes se ponen en filas sobre sus beldades para la carrera que se celebra la primera mañana de estío.

¿Qué piensan ahora de ellos? ¿No son más dignos de crédito? Pero todavía tengo algo más que contarles, y esto es totalmente increíble.

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no, en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de mas edad cae en un mutismo absoluto durante unos días. Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. Siguen andando por las tierras de labrantío. Cada uno va solo, chico o chica, hombre o mujer. Anochece; el caminante pasa por las calles de la ciudad, ante las casas de ventanas iluminadas, y penetra en la oscuridad de los campos. Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. El lugar adonde van es aún menos imaginable para nosotros que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista. Pero parece que saben muy bien adónde se dirigen los que se alejan de Omelas.


Francisco desea feliz Navidad a la Curia. Les da para que tengan

diciembre 25, 2017

Este blog tiene demasiado interés en la política para ser un buen lugar para reflexionar en la religión. Al mismo tiempo, el interés en la política obliga a no dejar de lado lo religioso. Sobre todo en este siglo, donde los credos están resurgiendo en muchas partes del mundo como lo que identifica a algunos pueblos. Y a los enemigos que eligen.

No pasa eso en nuestra América Latina, por ahora (Observé hace tiempo en el blog que, hasta hace una generación, la Acción Católica fue por mucho tiempo un almácigo de cuadros jóvenes para el peronismo y otras fuerzas políticas. Ya no). Igual, los partidos “evangélicos” son un dato cada vez más importante en la política de varios países de nuestra región. Entre ellos, Brasil. Y, por supuesto, un Papa argentino y de ideología peronista, con un fuerte protagonismo en el escenario global, es un dato imposible de no tomar en cuenta en cualquier análisis serio.

De Francisco he escrito bastante aquí. Ahora voy a mencionar una declaración de hoy “El Papa pide paz en Jerusalén y reza para alcanzar una solución “con dos Estados”. Habló de un mundo en el que “soplan vientos de guerra y un modelo de desarrollo ya caduco sigue provocando degradación humana, social y ambiental”. Y repetir una apreciación que ya hice: Me resulta difícil creer que Jorge Bergoglio fue elegido sin que el Espíritu Santo y/o un sector numeroso e influyente de los cardenales no tuviera claro la dirección que iba a imprimir a la política papal.

Pero la tarde de Navidad, después de comer y brindar, no es adecuada para la geopolítica. Les enlazo, para su edificación, el discurso con que el Santo Padre felicitó por Navidad a la Curia Romana este jueves, 21 de diciembre. Y copio abajo algunos párrafos, que resuenan con un eco que uno escuchó muchas veces en política. Las estructuras -las que descienden de Pedro y las que no- tienen problemas parecidos.

Para que lo lean con el espíritu adecuado, les invito a escuchar al mismo tiempo a los tres tenores deseando Feliz Navidad.

Hoy tenemos una nueva ocasión para intercambiarnos nuestra felicitación navideña y también para desearos a todos, a vuestros colaboradores, a los Representantes pontificios, a todas las personas que prestan servicio en la Curia y a vuestros seres queridos una santa y alegre Navidad y un feliz Año Nuevo. Que esta Navidad nos haga abrir los ojos y abandonar lo que es superfluo, lo falso, la malicia y lo engañoso, para ver lo que es esencial, lo verdadero, lo bueno y auténtico. Muchas felicidades, de verdad.

Queridos hermanos:

Después de haber hablado en otras ocasiones sobre la Curia romana ad intra, este año quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la realidad de la Curia ad extra, es decir, sobre la relación de la Curia con las naciones, con las Iglesias particulares, con las Iglesias orientales, con el diálogo ecuménico, con el Judaísmo, con el Islam y las demás religiones, es decir, con el mundo exterior.

Mis reflexiones se apoyan ciertamente sobre los principios básicos y canónicos de la Curia, sobre la misma historia de la Curia, pero también sobre la visión personal que he procurado compartir con vosotros en los discursos de los últimos años, en el contexto de la reforma que se está realizando.

Con respecto a la reforma me viene a la mente la simpática y significativa expresión de Mons. Frédéric-François-Xavier De Mérode: «Hacer la reforma en Roma es como limpiar la Esfinge de Egipto con un cepillo de dientes».

… Así pues, la universalidad del servicio de la Curia proviene y brota de la catolicidad del Ministerio petrino. Una Curia encerrada en sí misma traicionaría el objetivo de su existencia y caería en la autorreferencialidad, que la condenaría a la autodestrucción. 

Esto es muy importante si se quiere superar la desequilibrada y degenerada lógica de las intrigas o de los pequeños grupos que en realidad representan —a pesar de sus justificaciones y buenas intenciones— un cáncer que lleva a la autorreferencialidad, que se infiltra también en los organismos eclesiásticos en cuanto tales y, en particular, en las personas que trabajan en ellos.

… Permitidme que diga dos palabras sobre otro peligro, que es el de los traidores de la confianza o los que se aprovechan de la maternidad de la Iglesia, es decir de las personas que han sido seleccionadas con cuidado para dar mayor vigor al cuerpo y a la reforma, pero —al no comprender la importancia de sus responsabilidades— se dejan corromper por la ambición o la vanagloria, y cuando son delicadamente apartadas se auto-declaran equivocadamente mártires del sistema, del «Papa desinformado», de la «vieja guardia»…, en vez de entonar el «mea culpa». Junto a estas personas hay otras que siguen trabajando en la Curia, a las que se les da el tiempo para retomar el justo camino, con la esperanza de que encuentren en la paciencia de la Iglesia una ocasión para convertirse y no para aprovecharse. Esto ciertamente sin olvidar la inmensa mayoría de personas fieles que allí trabajan con admirable compromiso, fidelidad, competencia, dedicación y también con tanta santidad“.


La Navidad, La Esperanza y los presos

diciembre 24, 2017

Ya comenté que no me va la cosa empalagosa y dulzona en torno a la Navidad. Es un tema de gustos, ni más ni menos válido que el de otros. En un plano más personal, tampoco me convence -aunque sea previsible e inevitable, o tal vez por eso- el marketing político que se hace en esta fecha. Una apropiación de los buenos sentimientos para un lado. Puede ser que el principal motivo de mi fastidio sea que no me parece buen marketing. Poco creíble.

Por eso subí a la página de Facebook donde aparecen los posteos del blog de Abel simplemente el deseo de una feliz navidad de mi agencia. Es sincero.

Pero en nuestra cultura, aunque sea cada vez más post religiosa, navidad sigue siendo algo más que un intercambio de saludos. Por eso tengo el impulso de copiar esta noticia que leí en El Tribuno, de Salta:

Los familiares de los 25 trabajadores del Ingenio La Esperanza que fueron detenidos el pasado jueves, luego de ser reprimidos cuando realizaban un corte en la ruta nacional 34, resolvieron acampar en las puertas del Juzgado hasta que los mismos sean liberados.

Los trabajadores azucareros reclaman el pago de los haberes de noviembre, primera quincena de diciembre y el aguinaldo, y también la reincorporación de 400 despedidos. La Policía jujeña actuó con gases y balas de goma, hiriendo a varios manifestantes.

Se presentó un pedido de habeas corpus sobre los siguientes trabajadores detenidos en el penal de Alto Comedero: Cipriano Gaspar, Hugo Roberto Molina, Carlos Rubén Torres, Ricardo Rubelt, Pedro Vargas, Ernesto Castro, Adolfo Aguiar, Luis Avendaño, Normando David Ledesma, Julio Carlos Almazan, Mario Benito Tejerina, José Alberto Gutiérrez, José Zambrano, Ricardo Romero, Arturo Rodríguez, Miguel E. Simón, Benedicto Arroyo, Julio Rubén López, Francisco Gutiérrez, René Vides, Roberto Fabio Molina, Oscar Delgado, Sergio Juárez, Néstor Bautista y Gabriel Romero“.

Creo que el que originó este asunto de la Navidad estaría allí, también.

 


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