Francisco desea feliz Navidad a la Curia. Les da para que tengan

diciembre 25, 2017

Este blog tiene demasiado interés en la política para ser un buen lugar para reflexionar en la religión. Al mismo tiempo, el interés en la política obliga a no dejar de lado lo religioso. Sobre todo en este siglo, donde los credos están resurgiendo en muchas partes del mundo como lo que identifica a algunos pueblos. Y a los enemigos que eligen.

No pasa eso en nuestra América Latina, por ahora (Observé hace tiempo en el blog que, hasta hace una generación, la Acción Católica fue por mucho tiempo un almácigo de cuadros jóvenes para el peronismo y otras fuerzas políticas. Ya no). Igual, los partidos “evangélicos” son un dato cada vez más importante en la política de varios países de nuestra región. Entre ellos, Brasil. Y, por supuesto, un Papa argentino y de ideología peronista, con un fuerte protagonismo en el escenario global, es un dato imposible de no tomar en cuenta en cualquier análisis serio.

De Francisco he escrito bastante aquí. Ahora voy a mencionar una declaración de hoy “El Papa pide paz en Jerusalén y reza para alcanzar una solución “con dos Estados”. Habló de un mundo en el que “soplan vientos de guerra y un modelo de desarrollo ya caduco sigue provocando degradación humana, social y ambiental”. Y repetir una apreciación que ya hice: Me resulta difícil creer que Jorge Bergoglio fue elegido sin que el Espíritu Santo y/o un sector numeroso e influyente de los cardenales no tuviera claro la dirección que iba a imprimir a la política papal.

Pero la tarde de Navidad, después de comer y brindar, no es adecuada para la geopolítica. Les enlazo, para su edificación, el discurso con que el Santo Padre felicitó por Navidad a la Curia Romana este jueves, 21 de diciembre. Y copio abajo algunos párrafos, que resuenan con un eco que uno escuchó muchas veces en política. Las estructuras -las que descienden de Pedro y las que no- tienen problemas parecidos.

Para que lo lean con el espíritu adecuado, les invito a escuchar al mismo tiempo a los tres tenores deseando Feliz Navidad.

Hoy tenemos una nueva ocasión para intercambiarnos nuestra felicitación navideña y también para desearos a todos, a vuestros colaboradores, a los Representantes pontificios, a todas las personas que prestan servicio en la Curia y a vuestros seres queridos una santa y alegre Navidad y un feliz Año Nuevo. Que esta Navidad nos haga abrir los ojos y abandonar lo que es superfluo, lo falso, la malicia y lo engañoso, para ver lo que es esencial, lo verdadero, lo bueno y auténtico. Muchas felicidades, de verdad.

Queridos hermanos:

Después de haber hablado en otras ocasiones sobre la Curia romana ad intra, este año quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la realidad de la Curia ad extra, es decir, sobre la relación de la Curia con las naciones, con las Iglesias particulares, con las Iglesias orientales, con el diálogo ecuménico, con el Judaísmo, con el Islam y las demás religiones, es decir, con el mundo exterior.

Mis reflexiones se apoyan ciertamente sobre los principios básicos y canónicos de la Curia, sobre la misma historia de la Curia, pero también sobre la visión personal que he procurado compartir con vosotros en los discursos de los últimos años, en el contexto de la reforma que se está realizando.

Con respecto a la reforma me viene a la mente la simpática y significativa expresión de Mons. Frédéric-François-Xavier De Mérode: «Hacer la reforma en Roma es como limpiar la Esfinge de Egipto con un cepillo de dientes».

… Así pues, la universalidad del servicio de la Curia proviene y brota de la catolicidad del Ministerio petrino. Una Curia encerrada en sí misma traicionaría el objetivo de su existencia y caería en la autorreferencialidad, que la condenaría a la autodestrucción. 

Esto es muy importante si se quiere superar la desequilibrada y degenerada lógica de las intrigas o de los pequeños grupos que en realidad representan —a pesar de sus justificaciones y buenas intenciones— un cáncer que lleva a la autorreferencialidad, que se infiltra también en los organismos eclesiásticos en cuanto tales y, en particular, en las personas que trabajan en ellos.

… Permitidme que diga dos palabras sobre otro peligro, que es el de los traidores de la confianza o los que se aprovechan de la maternidad de la Iglesia, es decir de las personas que han sido seleccionadas con cuidado para dar mayor vigor al cuerpo y a la reforma, pero —al no comprender la importancia de sus responsabilidades— se dejan corromper por la ambición o la vanagloria, y cuando son delicadamente apartadas se auto-declaran equivocadamente mártires del sistema, del «Papa desinformado», de la «vieja guardia»…, en vez de entonar el «mea culpa». Junto a estas personas hay otras que siguen trabajando en la Curia, a las que se les da el tiempo para retomar el justo camino, con la esperanza de que encuentren en la paciencia de la Iglesia una ocasión para convertirse y no para aprovecharse. Esto ciertamente sin olvidar la inmensa mayoría de personas fieles que allí trabajan con admirable compromiso, fidelidad, competencia, dedicación y también con tanta santidad“.

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La Navidad, La Esperanza y los presos

diciembre 24, 2017

Ya comenté que no me va la cosa empalagosa y dulzona en torno a la Navidad. Es un tema de gustos, ni más ni menos válido que el de otros. En un plano más personal, tampoco me convence -aunque sea previsible e inevitable, o tal vez por eso- el marketing político que se hace en esta fecha. Una apropiación de los buenos sentimientos para un lado. Puede ser que el principal motivo de mi fastidio sea que no me parece buen marketing. Poco creíble.

Por eso subí a la página de Facebook donde aparecen los posteos del blog de Abel simplemente el deseo de una feliz navidad de mi agencia. Es sincero.

Pero en nuestra cultura, aunque sea cada vez más post religiosa, navidad sigue siendo algo más que un intercambio de saludos. Por eso tengo el impulso de copiar esta noticia que leí en El Tribuno, de Salta:

Los familiares de los 25 trabajadores del Ingenio La Esperanza que fueron detenidos el pasado jueves, luego de ser reprimidos cuando realizaban un corte en la ruta nacional 34, resolvieron acampar en las puertas del Juzgado hasta que los mismos sean liberados.

Los trabajadores azucareros reclaman el pago de los haberes de noviembre, primera quincena de diciembre y el aguinaldo, y también la reincorporación de 400 despedidos. La Policía jujeña actuó con gases y balas de goma, hiriendo a varios manifestantes.

Se presentó un pedido de habeas corpus sobre los siguientes trabajadores detenidos en el penal de Alto Comedero: Cipriano Gaspar, Hugo Roberto Molina, Carlos Rubén Torres, Ricardo Rubelt, Pedro Vargas, Ernesto Castro, Adolfo Aguiar, Luis Avendaño, Normando David Ledesma, Julio Carlos Almazan, Mario Benito Tejerina, José Alberto Gutiérrez, José Zambrano, Ricardo Romero, Arturo Rodríguez, Miguel E. Simón, Benedicto Arroyo, Julio Rubén López, Francisco Gutiérrez, René Vides, Roberto Fabio Molina, Oscar Delgado, Sergio Juárez, Néstor Bautista y Gabriel Romero“.

Creo que el que originó este asunto de la Navidad estaría allí, también.

 


Seguir buscando al A.R.A. San Juan

noviembre 30, 2017

luto

La Armada anunció hoy, 30 de noviembre, a 15 días de la pérdida de contacto con el submarino, un “cambio de fase” en el operativo y ya no buscan sobrevivientes. Yo ya había tratado de hacer un homenaje a 44 compatriotas que decidieron correr riesgos bajo el mar en el servicio de nuestra Patria. Ahora les propongo ver esta nota que recién subió La Nación. Ese diario tiene su ideología, desde siempre, pero mantiene su nivel profesional; ahí podemos saludar a cada uno de esos 44.

Les copio un mensaje que me envió Daniel Arias. Él fue quien escribió Mientras buscamos el ARA San Juan. No tengo indicaciones que no se hará lo que exige, pero me parece también importante insistir en eso. Para no vaciar de significado esas muertes.

Dejar de buscar sobrevivientes es lógico. Lo fue desde el día 7 de perdida la nave. Aunque sea terrible para sus familiares no tener los cuerpos. ¿Pero dejar de buscar los restos de la nave? Eso es infumable para la nación.

* ¿Con qué confianza puede usarse el Salta si no se sabe qué falló en el San Juan?
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* ¿Cómo puede trabajar a futuro el CINAR (Complejo Industrial Naval Argentino) si ignora si pudo haber un fallo secundario a la reparación de vida media del San Juan?
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* ¿Cómo puede seguir un futuro gobierno -no será éste- la construcción del Santa Fe, con un 70% de avance?
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* ¿Cómo puede imaginarse siquiera la futura reconversión a AIP (Propulsión Independiente de Aire) de la “flota” de submarinos (reducida hoy a un único TR-1700) si no se tiene total confianza en las normas y procedimientos del astillero?
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Es así de sencillo. 1 millón de km2 de plataforma continental a cuidar, 1,7 millones más de km2 de fondos marinos otorgados legalmente, pero a negociar nada menos que con el Reino Unido, y además de un submarino, podemos perder más, y también un astillero. Y negociar en pelotas.
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¿Se le perdió un submarino, ciudadano presidente? Siga buscando“.

Carta de Roma

noviembre 25, 2017

francisco

En estos días un grupo de compatriotas ha pasado por ese estratégico barrio de Roma, el Vaticano. Se ha hecho muy frecuente desde que el Espíritu Santo y/o una mayoría de cardenales decidió poner a un argentino en la Cátedra de Pedro. Y seguramente contribuye a su formación espiritual y/o cultural.

Pero no es imprescindible, eh. Desde dicha Cátedra, como corresponde, se emiten mensajes muy claros. Por ejemplo, el último, que recién me hizo llegar íntegro un amigo que no es exactamente un católico de comunión diaria.

Lo comparto con ustedes. Es un documento pastoral, y en el estilo tradicional de los Papas, tiene muchas referencias a posiciones de anteriores pontífices y de los Padres de la Iglesia. Pero creo que, aunque es un poquito largo, pueden entenderlo fácilmente los que no tienen formación en Teología.

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO AL CARDENAL PETER K. A. TURKSON CON MOTIVO DE LA CONFERENCIA INTERNACIONAL «DE POPULORUM PROGRESSIO A LAUDATO SI’»

Venerable Hermano
Señor Cardenal Peter K. A. Turkson
Prefecto del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral

En estos días, los representantes de diversas organizaciones sindicales y movimientos de trabajadores se han reunido en Roma, convocados por el Dicasterio para el Servicio Humano Integral, para reflexionar y debatir sobre el tema «De Populorum Progressio a Laudato Si’. El trabajo y el movimiento de los trabajadores en el centro del desarrollo humano integral, sostenible y solidario». Doy las gracias a Vuestra Eminencia y a los colaboradores, asimismo saludo con afecto a todos ustedes.

El Beato Pablo VI en su encíclica Populorum Progressio decía que «el desarrollo [humano] no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral», es decir, promover toda la integridad de la persona, y también a todas las personas y pueblos[1]. Y dado que «la persona florece en el trabajo»[2], la Doctrina Social de la Iglesia ha enfatizado, en repetidas ocasiones, que ésta no es una cuestión entre tantas, sino más bien la «clave esencial» de toda la cuestión social[3]. En efecto, el trabajo «condiciona no sólo el desarrollo económico, sino también el cultural y moral de las personas, de la familia, de la sociedad»[4].

Como base del florecimiento humano, el trabajo es clave para el desarrollo espiritual. Según la tradición cristiana, éste es más que una simple labor; es, sobre todo, una misión. Colaboramos con la obra creadora de Dios, cuando por medio de nuestro obrar cultivamos y custodiamos la creación (cf. Gn 2,15)[5]; participamos, en el Espíritu de Jesús, de su misión redentora, cuando mediante nuestra actividad alimentamos a nuestras familias y atendemos las necesidades de nuestro prójimo. Jesús, quien «dedicó la mayor parte de su vida terrena a la actividad manual junto al banco del carpintero»[6] y consagró su ministerio público a liberar a personas de enfermedades, sufrimientos y de la muerte misma[7], nos invita a seguir sus pasos a través del trabajo. De este modo, «cada trabajador es la mano de Cristo que continúa creando y haciendo el bien»[8].

El trabajo, además de ser esencial para el florecimiento de la persona, es también la clave para el desarrollo social. «Trabajar con otros y para otros» [9], y el fruto de este hacer «es ocasión de intercambio, de relaciones, y de encuentro»[10]. Cada día, millones de personas cooperan al desarrollo a través de sus actividades manuales o intelectuales, en grandes urbes o en zonas rurales, con tareas sofisticadas o sencillas. Todas son expresión de un amor concreto para la promoción del bien común, de un amor civil[11].

El trabajo no puede considerarse como una mercancía ni un mero instrumento en la cadena productiva de bienes y servicios[12], sino que, al ser primordial para el desarrollo, tiene preferencia sobre cualquier otro factor de producción, incluyendo al capital[13]. De allí el imperativo ético de «preservar las fuentes de trabajo»[14], de crear otras nuevas a medida que aumenta la rentabilidad económica[15], como también se necesita garantizar la dignidad del mismo[16].

Sin embargo, tal como lo advirtió Pablo VI, no hay que exagerar la mística del trabajo. La persona «no es sólo trabajo»; hay otras necesidades humanas que necesitamos cultivar y atender, como la familia, los amigos y el descanso[17]. Es importante, pues, recordar que cualquier tarea debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de esta[18], lo cual implica que debemos cuestionar las estructuras que dañan o explotan a personas, familias, sociedades o a nuestra madre tierra.

Cuando el modelo de desarrollo económico se basa solamente en el aspecto material de la persona, o cuando beneficia sólo a algunos, o cuando daña el medio ambiente, genera un clamor, tanto de los pobres como de la tierra, que «nos reclama otro rumbo»[19]. Este rumbo, para ser sostenible, necesita colocar en el centro del desarrollo a la persona y al trabajo, pero integrando la problemática laboral con la ambiental. Todo está interconectado, y debemos responder de modo integral[20].

Una contribución válida a dicha respuesta integral por parte de los trabajadores, es mostrar al mundo lo que ustedes bien conocen: la conexión entre las tres «T»: tierra, techo y trabajo[21]. No queremos un sistema de desarrollo económico que fomente gente desempleada, ni sin techo, ni desterrada. Los frutos de la tierra y del trabajo son para todos[22], y «deben llegar a todos de forma justa»[23]. Este tema adquiere relevancia especial en relación con la propiedad de la tierra, tanto en zonas rurales como urbanas, y con las normas jurídicas que garantizan el acceso a la misma[24]. Y en este asunto el criterio de justicia por excelencia, es el destino universal de los bienes, cuyo «derecho universal a su uso» es «principio fundamental de todo el ordenamiento ético-social»[25].

Es pertinente recordar esto hoy, cuando celebraremos dentro de poco el septuagésimo aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y también cuando los derechos económicos, sociales y culturales deben percibirse con mayor fuerza. Pero la promoción y defensa de tales derechos no puede realizarse a costa de la tierra y de las generaciones futuras. La interdependencia entre lo laboral y lo ambiental nos obliga a replantearnos la clase de tareas que queremos promover en el futuro y las que necesitan reemplazarse o relocalizarse, como pueden ser a modo de ejemplo, las actividades de la industria de combustibles fósiles contaminantes. Es imperiosa una transferencia de la industria energética actual a una más renovable para cuidar nuestra madre tierra. Pero es injusto que dicha transferencia sea pagada con el trabajo y el techo de los más necesitados. Es decir, el costo de extraer energía de la tierra, bien común universal, no puede recaer sobre los trabajadores y sus familias. Los sindicatos y movimientos, que saben de la conexión entre trabajo, techo y tierra, tienen la obligación de aportar al respecto.

Otra contribución importante de los trabajadores para el desarrollo sustentable, es la de resaltar otra triple conexión, un segundo juego de tres «T»: esta vez entre trabajo, tiempo y tecnología. En cuanto al tiempo, sabemos que la «continua aceleración de los cambios» y la «intensificación de ritmos de vida y de trabajo», que algunos llaman «rapidación», no colaboran con el desarrollo sostenible ni con la calidad del mismo[26]. También sabemos que la tecnología, de la cual recibimos tantos beneficios y oportunidades, puede obstaculizar el desarrollo sustentable cuando está asociada a un paradigma de poder, dominio y manipulación[27].

En el contexto actual, conocido como la cuarta revolución industrial, caracterizado por esta rapidación y la refinada tecnología digital, la robótica, y la inteligencia artificial[28], el mundo necesita de voces como la de ustedes. Son los trabajadores quienes, en su lucha por la jornada laboral justa, han aprendido a enfrentarse con una mentalidad utilitarista, cortoplacista, y manipuladora. Para esta mentalidad, no interesa si hay degradación social o ambiental; no interesa qué se usa y qué se descarta; no interesa si hay trabajo forzado de niños o si se contamina el río de una ciudad. Sólo importa la ganancia inmediata. Todo se justifica en función del dios dinero[29]. Dado que muchos de ustedes han contribuido a combatir esta patología en el pasado, se encuentran hoy muy bien posicionados para corregirla en el futuro. Les ruego que aborden esta difícil temática y que nos muestren, desde su misión profética y creativa[30], que es posible una cultura del encuentro y del cuidado. Hoy ya no es sólo la dignidad del empleado la que está en juego, sino la dignidad del trabajo de todos, y de la casa de todos, nuestra madre tierra.

Por ello, y tal como lo afirmé en la encíclica Laudato Si’, necesitamos de un diálogo sincero y profundo para redefinir la idea del trabajo y el rumbo del desarrollo[31]. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que el diálogo se dará naturalmente y sin conflictos. Hacen falta agentes que trabajen sin cesar para generar procesos de diálogo en todos los niveles: a nivel de la empresa, del sindicato, del movimiento; a nivel barrial, de ciudad, regional, nacional, y global. En este diálogo sobre el desarrollo, todas las voces y visiones son necesarias, pero en especial aquellas voces menos escuchadas, las de las periferias. Conozco el afán de mucha gente por traer dichas voces a la luz en los foros donde se toman decisiones sobre el trabajo. A ustedes les pido que se sumen a esta noble labor.
La experiencia nos dice que para que un diálogo sea fructífero, es preciso partir de lo que tenemos en común. Para dialogar sobre desarrollo, es conveniente recordar lo que nos aúna: nuestro origen, pertenencia y destino[32]. Sobre esta base, podremos renovar la solidaridad universal de todos los pueblos[33], incluyendo la solidaridad con los pueblos del mañana. Además, podremos encontrar el modo de salir de una economía de mercado y de finanzas, que no da al trabajo el valor que corresponde, y orientarla hacia aquella en la que la actividad humana es el centro[34].

Los sindicatos y movimientos de trabajadores por vocación deben ser expertos en solidaridad. Pero para aportar al desarrollo solidario, les ruego se cuiden de tres tentaciones. La primera, la del individualismo colectivista, es decir, de proteger sólo los intereses de sus representados, ignorando al resto de los pobres, marginados y excluidos del sistema. Se necesita invertir en una solidaridad que trascienda las murallas de sus asociaciones, que proteja los derechos de los trabajadores, pero sobre todo de aquellos cuyos derechos ni siquiera son reconocidos. Sindicato es una palabra bella que proviene del griego dikein (hacer justicia), y syn (juntos)[35]. Por favor, hagan justicia juntos, pero en solidaridad con todos los marginados.

Mi segundo pedido es que se cuiden del cáncer social de la corrupción[36]. Así como, en ocasiones, «la política es responsable de su propio descrédito por la corrupción»[37], lo mismo ocurre con los sindicatos. Es terrible esa corrupción de los que se dicen «sindicalistas», que se ponen de acuerdo con los emprendedores y no se interesan de los trabajadores dejando a miles de compañeros sin trabajo; esto es una lacra, que mina las relaciones y destruye tantas vidas y familias. No dejen que los intereses espurios arruinen su misión, tan necesaria en los tiempos en que vivimos. El mundo y la creación entera aguardan con esperanza a ser liberados de la corrupción (cf. Rm 8,18-22). Sean factores de solidaridad y esperanza para todos. ¡No se dejen corromper!

El tercer pedido es que no se olviden de su rol de educar conciencias en solidaridad, respeto y cuidado. La conciencia de la crisis del trabajo y de la ecología necesita traducirse en nuevos hábitos y políticas públicas. Para generar tales hábitos y leyes, necesitamos que instituciones como las de ustedes cultiven virtudes sociales que faciliten el florecimiento de una nueva solidaridad global, que nos permita escapar del individualismo y del consumismo, y que nos motiven a cuestionar los mitos de un progreso material indefinido y de un mercado sin reglas justas[38].

Espero que este Congreso produzca una sinergia suficiente como para proponer líneas de acción concretas desde la mirada de los trabajadores, caminos que nos conduzcan a un desarrollo humano integral, sostenible y solidario.

Le doy las gracias nuevamente a usted, Señor Cardenal, como también a los que han participado y contribuido, y a todos les doy mi bendición.

Vaticano, 23 de noviembre de 2017

Francisco


En homenaje a 44 compatriotas

noviembre 24, 2017

ARA San Juan

Pensé en poner, simplemente, la cinta negra que es símbolo de luto. Pero antes que, o si, se encuentren sus cuerpos, siento que no corresponde. Por eso pongo los rostros de algunos de ellos. Y repito algo que escribí este 20 de noviembre, en el Día de la Soberanía: Militares son aquellos que, desde el principio de la historia, tienen la misión de defender a su comunidad, combatiendo contra otras. Como todas las cosas humanas, en su registro hay corrupción, horrores y heroísmo. Pero la causa más frecuente, y más poderosa, de la corrupción de su tarea es cuando la comunidad no tiene conciencia de que lo es. Cuando está dividida contra sí misma por razas, clases u odios.

Los 44 tripulantes del ARA San Juan muestran lo más noble de esa profesión. No están combatiendo: su tarea es desarrollar las capacidades argentinas para conocer, y en su caso defender, su territorio en el mar.

Cuando empezamos a saber de la situación, algo subí al blog sobre las capacidades que nos faltan a los argentinos en búsqueda y rescate, y algunos comentarios que autoricé, y otro que borré, me dejaron un mal gusto en la boca. Metían sus pequeños odios políticos en este tema. Hoy, con la casi certeza de sus muertes, esa ponzoña se derrama por todos lados. Y también cosas más bajas: por ejemplo, el servilismo de un Morales Solá que hoy se esfuerza en defender a un Presidente y a un ministro desparramando insidia.

Sobre eso, digo que es evidente que ni Mauricio Macri ni Cristina Kirchner, ni un ministro que está ahí por razones políticas -como todos los ministros en todos los países- tienen los conocimientos para y la tarea de certificar si una nave está en condiciones, o no. Repiten lo que les dicen sus colaboradores.

Sus responsabilidades son políticas, y tienen que ver con el papel de las Fuerzas Armadas en nuestra nación, con los recursos que el Estado les dedica a ellas y al desarrollo de capacidades técnicas. Pero sobre eso trataré de escribir en otro momento.

Ahora, no voy a autorizar comentarios. Les propongo, a los que nos sentimos argentinos, unirnos en el homenaje a 44 héroes de todos. No tenemos tantos, o sí, pero no se los conoce hasta que una tragedia los hace visibles.


En homenaje a 44 compatriotas, en el Día de la Soberanía

noviembre 20, 2017

ARA San Juan1

Militares son aquellos que, desde el principio de la historia, tienen la misión de defender a su comunidad, combatiendo contra otras. Como todas las cosas humanas, en su registro hay corrupción, horrores y heroísmo. Pero la causa más frecuente, y más poderosa, de la corrupción de su tarea es cuando la comunidad no tiene conciencia de que lo es. Cuando está dividida contra sí misma por razas, clases u odios.

Los 44 tripulantes del ARA San Juan muestran lo más noble de esa profesión. No están combatiendo: su tarea es desarrollar las capacidades argentinas para conocer, y en su caso defender, su territorio en el mar. Algo subí al blog sobre las capacidades que nos faltan en búsqueda y rescate, y algunos comentarios que autoricé, y otro que borré, me dejaron un mal gusto en la boca. Metían sus pequeños odios políticos en este tema.

Por eso ahora quiero repetir, en homenaje a esos 44 submarinistas, algo que conté en el blog hace justo cinco años. Y donde también figuran marinos.

La historia es de una bandera de guerra del Regimiento Patricios que ahora está en el Museo de Historia Nacional. Había sido tomada por los ingleses en ese combate de la Vuelta de Obligado, cuando desembarcaron y destruyeron las baterías – lo que quedaba de ellas.

Pero casi cuarenta años después, el 26 de octubre de 1883, se presentó al consulado argentino en Londres el almirante Bartholomew James Sulivan, K.C.B., de la Armada Real. El había sido en 1845 comandante del navío de guerra Philomel, que participó de esa batalla. No fue la única acción que había visto, claro; estuvo en la Guerra de Crimea, entre otras. Igual, algo había quedado en su memoria.

Traía al consulado esa bandera, y esta carta:

En la batalla de Obligado en el Paraná el 20 de octubre de 1845 un oficial que mandaba la batería principal causó la admiración de los oficiales ingleses que estábamos más cerca de él, por la manera con que animaba a sus hombres y los mantenía al pie de los cañones durante un fuerte fuego cruzado bajo el cual esa batería estaba expuesta.

Por más de 6 horas expuso su cuerpo entero. Por prisioneros heridos supimos después que era el coronel Ramón Rodríguez del Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Cuando los artilleros fueron muertos, hizo maniobrar los cañones con los soldados de infantería y él mismo ponía la puntería. Cuando el combate estuvo terminado habían perdido 500 hombres entre muertos y heridos de los 800 que él comandaba.

Cuando nuestras fuerzas desembarcaron a la tarde y tomaron la batería, con los restos de su fuerza se puso a retaguardia, bajo el fuego cruzado de todos los buques que estaban detrás de la batería, defendiéndola con armas blancas. La bandera de la batería fue arriada por uno de los hombres de mi mando y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango. Al ser arriada cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y fue manchada con su sangre.

Quiero restituir al Coronel Ramón Rodríguez si vive, o sino al Regimiento de Patricios de Buenos Aires si aún existe, la bandera bajo la cual y en noble defensa de su Patria cayeran tantos de los que en aquella época lo componían. Si el Coronel Rodríguez ha muerto y si el Regimiento de Patricios no existe, yo pediría que cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia que la acepten en recuerdo suyo y de las muy bravas conductas de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado. Los que luchamos contra él y habíamos presenciado su abnegación y bravura tuvimos grande y sincero placer al saber que había salido ileso hasta el fin de la acción”.

Sir Bartholomew se equivocó en algo. Después de todo, desde un barco en medio del río y a los cañonazos, es difícil precisar detalles. El que comandó la batería principal (Manuelita) por todas esas horas hasta quemar el último cartucho, desobedeciendo la orden de retirarse, fue el teniente coronel Juan Bautista Thorne, al que le quedó el apodo del “sordo de Obligado”. El coronel Ramón Rodríguez era el jefe de los Patricios que cubrían a los artilleros, y cuando los ingleses desembarcaron y no quedaban municiones, mandó cargar con las bayonetas.

Pero lo importante, el gringo lo tenía claro. Y los nuestros, también.


Adiós a Adolfo Saracho y a una trayectoria argentina

noviembre 2, 2017

galo-moribundo

Hace pocas horas mi amigo Daniel Arias me acercó la noticia. Es apropiado que se lo recuerde con sus palabras:

ÚLTIMO SALTO AL VACÍO DE NUESTRO EMBAJADOR NUCLEAR. Adolfo “Chinchín” Saracho, el embajador que casi vende el CAREM en Turquía, mochilero, aventurero, paracaidista, viajero, políglota y monógamo serial, aviador y practicante de “bungee jumping”, acaba de dar el salto definitivo, y esta vez sin cuerda.

Este increíble amante de la vida y de su patria ayer perdió una pulseada contra La Huesuda que duró años. Empezó con un ACV que le dejó medio cuerpo muerto. Con su terquedad inmedible, Chinchín peleaba por recuperar cierto control sobre su cuerpo en el gimnasio kinesiológico cinco veces por semana, para recuperar lo que pudiera. Cuando nos reencontramos, en ese trance suyo, me advirtió con la voz que le quedaba: “Ojo, culiadito (era tucumano grave, mi amigo) que estoy más hdp que nunca”.

Usaba esas bravatas para embretarme –otra vez sopa- en alguna de sus Causas. La del caso es la que en 2016 me llevó a pedirle permiso a Abel para escribir sistemáticamente en su blog. La trinchera a tomar esta vez era la dirección general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de Viena. Chinchín la quería para su discípulo Rafael Grossi, en 2016 candidato más que seguro y por derecho propio.

¿Para qué? Para sumar chances de exportar el reactor CAREM. Desde 1986 que con Chinchín hicimos pacto de sangre por esa centralita nuclear 100% argenta, y cada cual vino cumpliendo su parte como pudo.

El mundo académico y el de las empresas de tecnología argentinas se encolumnaron con Grossi, pero le serruchó el piso su propia canciller, Susana Malcorra, quien aspiraba a dirigir la ONU. El presidente Mauricio Macri dio su voto al japonés Yukiya Amano a cambio de una promesa del premier Shinzo Abe de invertir U$ 7500 millones en Argentina, que todavía no pintan. Chinchín, acostumbrado a puñaladas por la espalda, asumió esta derrota con indiferencia y estaba rearmando sus líneas para la siguiente batalla por Grossi, en 2021.

No llegó. La Huesuda le dobló la muñeca en enero de este año por una intercurrencia: uno de esos tumores tan intempestivos y sicarios que no dan ni tiempo para despedirse. Hemipléjico y todo, Chinchín le batalló cada milímetro de vida hasta ayer, descontándole casi un año más. Eso lo resume bien. Nunca se llevó bien con esos dos adjetivos selectos del vocabulario argentino: “imposible” e “inevitable”.

Entre sus muchos pecados, Chinchín era radical de esos yrigoyenistas que ya no se fabrican más. Cuando en 1986 me vio salir desde Clarín en defensa de la seguridad radiológica de las centrales de la CNEA, al toque de la catástrofe de Chernobyl, me catalogó como un loco de los suyos y no paró hasta conocerme y enrolarme como uno de los muchos Sancho Panza de sus quijotadas. Pasa que como no tenía un pelo de bobo, algunas quijotadas le salían bien.

Cuando El Proceso le quiso hacer firmar, como a todo el cuerpo diplomático, que en la Argentina estaba todo bien con los derechos humanos, se negó de plano y “la Línea Revlon (Londres, París, Nueva York)” de la Cancillería lo castigó tratando de cubrir de polvo su carrera en el hasta entonces mortecino consulado de New Orleans.

Cuando se cayó El Proceso, el nuevo vicecanciller Jorge Sabato (primo de Jorjón) auditó su trabajo en la cuna del jazz negro y se encontró con que el consulado argento se había vuelto el engranaje principal de la movida cultural de la ciudad, y funcionaba más de noche que de día, que era cuando salía en los diarios. Exposiciones, vernissages, teatro en la calle, música de todo tipo… incluso para los estándares artísticos y fiesteros de esa ciudad, aquella era una casa de locos. Y la ciudad, encantada.

“¿Qué querés”?, le preguntó Sabato, desconcertado de admiración. Chinchín contestó: “Crear una dirección para promover la exportación de tecnología nuclear”. Así nació la DIGAN (Dirección de Asuntos Nucleares y Desarme). Cuando partió de New Orleans para no volver, la Cámara de Negocios de la ciudad le armó una superfiesta y declaró el “Adolfo Saracho’s Day”. Entiendo que sigue en el calendario de celebraciones, aunque probablemente ya no se recuerde bien por qué.

La DIGAN tenía algo de esa “chutzpah”, solo que encorbatada. Saracho no quería gente con la cabeza quemada por “la Línea Revlon”, de modo que para poblar su dirección, secuestraba de clases a veinteañeros de altísimo promedio académico pero todavía sin título del Instituto de Relaciones Exteriores, y los ponía a trabajar como esclavos. Si eran buenos, ya se las arreglarían para recibirse estudiando a deshoras. Para ser de la banda de Saracho, había que joderse. ¿Vida familiar? Olvídate, cariño.

Inevitablemente, en la DIGAN fundacional reinaba un ambiente mitad de fuerza de élite, mitad de estudiantina jodona. En la oficina se tomaba un café espantoso en cantidades navegables, para remontar el agotamiento de jornadas de trabajo sin horario. Los dignatarios visitantes entraban en aquella dependencia más bien pobretona de la calle Reconquista y veían con asombro excelentes caricaturas del Embajador, afichadas en la pared, en actitud de estrujamiento de testículos de alguno de sus jóvenes acólitos por alguna flaqueza intolerable entre espartanos.

Chinchín sentía un enorme orgullo del desparpajo de “su pendejada”. A esa atmósfera de trabajo la consideraba una “democracia californiana”, porque las Grandes Tareas se votaban en asamblea donde levantaban la mano hasta los choferes de la entonces modesta flota de la Cancillería, una fuerza que en aquellos años podía desbaratar cualquier actividad si se te ponía de culo. En mi opinión, la democracia aquella tenía su cuota de monarquía asiática, con emperador incluido. Pero el resultado es que todo salía con fritas.

El 98% del trabajo diplomático pasa por poner cara de bobo y decir perfumadas vaguedades en fiestas pobladas al parecer de gente insulsa,  elegantísima y al pedo. El 2% pasa por lo que se dice en tres palabras en los apartes, y suele cambiar la vida de países enteros. En aquellos años en que la DIGAN se estrenaba en lo suyo, la Argentina terminó de construir en Perú el RP-10, el reactor y fábrica de radioisótopos más potente del hemisferio Sur, e INVAP vendió el NUR en Argelia. Turquía, una democracia recién recuperada de una dictadura asesina, como la propia Argentina (pero sin deuda ni guerras perdidas y con un PBI chisporroteante),  empezó a titilar en la impredecible cabeza de ajedrecista de mi amigo.

La CNEA, desfinanciada gravemente por Alfonsín, paralizada y con una pérdida promedio de dos ingenieros o físicos nucleares expertos por mes, se aferraba a Saracho para seguir existiendo a través de INVAP, cuya fuerza de ventas en el exterior pasaba cada vez más por el apoyo de la DIGAN. El canciller Dante Caputo se limitaba a no estorbar, lo que es mucho, y eso sucedía porque el presidente Alfonsín, en la tradición de la diplomacia yrigoyenista, se negaba a firmar el Tratado de No Proliferación, llamado agriamente “El desarme de los desarmados” por el embajador José María Ruda.

Entre tanto, Saracho juntaba países del más variado tipo para hacer antiproliferación en serio, es decir dirigida contra la multiplicación de misiles balísticos nucleares de los EEUU y la URRS, que hacía letra muerta de los sucesivos tratados SALT de desarme relativo. Hablamos de mediados de los ’80, pico de la Guerra Fría, con 21.392 bombas termonucleares yanquis y otras 39.197 soviéticas listas para usarse, momento en que el Homo sapiens fue la especie más amenazada del planeta.

La Embajada de los EEUU no salía de su asombro de ser patoteada aquí y en el OIEA de Viena por un embajador tucumano al frente de una liga de seis países “antiproliferación”, entre ellos una potencia nuclear como la India. Chinchín les daba vuelta su juego, según el cual los proliferadores seríamos nosotros, con cero cabezas nucleares. Cuando Chinchín dejó la DIGAN y eligió su destino siguiente, Turquía, los EEUU ya conocían bien al personaje. Los turcos lo estaban por conocer.

“Veni, vidi, vici”, dijo Julio César ante el senado para resumir su conquista de las Galias. Mucho menos fanfarrón, Chinchín llegó a Ánkara, fletó con buen viento al empresario turco que, a cambio de derechos de saqueo sobre la logística, había dirigido la embajada en lugar de sus titulares anteriores (la “Línea Revlon”), se autoimpuso aprender el turco y lo logró en cuatro meses, se trajo a dos “péndex” diganistas con igual obligación, y a los pocos meses sacó de apuros a Materfer de Córdoba: le vendió ciento y pico de vagones a los trenes estatales turcos.

En sus viajes en tren y bondi por el país, que quería conocer a fondo como cualquier nativo, el tucumano había detectado que los rieles turcos estaban descalzados de los durmientes, como en Argentina, y que por lo tanto el material rodante debía ser liviano como el de Materfer, y por iguales causas.  Bingo, venta.

Luego Chinchín encaró al todavía poderoso Ejército Turco, un bastión de laicismo todavía inatacable para el entonces insignificante partido islamista, y les vendió una cifra cercana a 150 “howitzers” Otomelara de 155 mm. construidos por Fabricaciones Militares y probados en Malvinas: son buenos para un país montañoso como Turquía, porque pesan apenas 1,8 toneladas por pieza y se desarman, transportan y rearman con facilidad. Con esa movida sacó a FM de apuros por un tiempo.

A todo esto, los turcos lo habían adoptado “por suyo”. Mi amigo salía seguido en la prensa de Ánkara, paraba casi todas las noches en “El Submarino”, el equivalente de Chatham House del diario Hurriyet, algo así como Clarín en Turquía. En ese bar del tercer piso, las reglas de los diplomáticos, empresarios y espías son: “Aquí podés decir de todo, pero si deschavás algo, alpiste y fuiste”. Sus aventuras secretas con la presentadora estrella de la TV turca eran tapa de las revistas cholulas, y los cuatro partidos políticos parlamentarios, las Fuerzas Armadas y los servicios secretos lo custodiaban (y espiaban) 24x7x365.

¿Por qué? Porque el tucumano era la vía a que Turquía pudiera entrar como vendedora de tecnología nuclear argentina, y el artículo que les interesaba era el CAREM. “Es demasiado chico para nuestra demanda eléctrica, que es enorme. Pero en Medio y Lejano Oriente nos vamos a cansar de venderlo. Eso sí, los yanquis y los alemanes nos van a tratar de joder”, me dijeron, más o menos con las mismas palabras y en persona, al menos 15 dirigentes políticos, empresariales, científicos de colores políticos e ideas económicas muy distintas a los que fui entrevistando.

Entre ellos, hubo al menos un representante del espionaje que me puso los pelos de punta: un islamista “harto ya de tanto parlamentarismo inútil”, y que en 1988 prefiguraba la deriva posterior de Turquía hacia el estado policial-teocrático que hoy dirige Tayipp Erdogan, en aquel entonces casi un don Nadie.

Socialdemócratas, liberales laicos, fachos islámicos, civiles, milicos, todos por igual querían el CAREM y asociarse con INVAP. Los expertos de la TAEK, la Agencia Nuclear Turca, se hacían visitantes asiduos de Bariloche, y un día me desayuné con la noticia de que el Parlamento había votado unánimemente alocar U$ 168 millones para construir un prototipo del CAREM en territorio propio. A valor de hoy, equivaldrían a U$ 365 millones. Pero la Argentina debía hacer lo mismo con plata propia y en sitio a fijar.

Como ves, aquí el CAREM está vendido. Sólo falta vendérselo a la Argentina”, me dijo Chinchín, mientras paseábamos por la plaza frente a la modesta embajada argentina. Era un gran departamento en un tercer piso de un edificio de clase media alta. Con la excusa de pasear a su perro Erkek, un Sivas-Kangall que ya de cachorro parecía un oso a minicomponentes, la plaza era el lugar para conferenciar, porque el cinco ambientes tenía micrófonos hasta en los enchufes de los baños, y no creo que todos fueran del espionaje turco. No me habría sorprendido de encontrar micrófonos en el perro.

No hacía falta que Chinchín me encomendara la tarea de pelear por el CAREM. Como periodista científico yo la había asumido desde 1986, cuando conocí el proyecto en planos y me enamoré de su entonces sensacional simplicidad y seguridad operativa. Desgraciadamente, nunca fui tan bueno en lo mío como Chinchín en lo suyo. La historia nacional posterior, además, nos jugó en contra.

Al presidente Carlos Menem y a “su hombre” en la CNEA, el Dr. Manuel Mondino, les costó al menos 3 años de bardear, alpedear, bicicletear y desilusionar a los turcos hasta que, luego de un viaje del presidente de la TAEK para tratar de rescatar el acuerdo “in extremis”, se fueron con un portazo. Jamás volvieron. Pese a que la lista de posibles timbres a tocar,  acordada entre Chinchín y los turcos incluía a los Emiratos, Vietnam, Indonesia, Egipto, Argelia, Marruecos y Polonia.

Desde entonces, el CAREM ha sido copiado con los nombres de NuScale (financiado por Fluor) y de mPower (financiado por Bechtel)  en EEUU. Ambos tienen licenciamiento regulatorio para pasar a obra, y capital de sobra. Corea del Sur avanzó mucho más: tras un intento de adquisición del proyecto en la CNEA (que se negó, por aquello del elefante y la hormiga), la INVAP coreana, que se llama KAERI, hizo su centralita SMART con planos conseguidos vaya a saber adónde, la testeó en casa y en 2015 vendió una primer unidad comercial a Arabia Saudita por U$ 1000 millones (un precio de locos), para desalinizar agua de mar. La construcción se inicia en 2018, y puede haber 18 plantas similares más. Ese mercado debió ser nuestro, pero por no tener listo el CAREM, nos contentamos con que INVAP le venda un reactor “de aprendizaje” de potencia cero a “la Ciudad del Rey Abdullah para la Energía Atómica y Renovable” (KA-CARE).

Aquí el CAREM se construye en prototipo chico, de 25 MW eléctricos desde 2011, desgraciadamente a velocidad CNEA, no a velocidad INVAP (ya estaría poniéndose crítico). Tal vez entre “en línea” en 2020 o vaya a saber. Promete darle guerra al reactor coreano. Pero definitivamente ya no estamos en “leading position” y desde aquel 1988 en Ánkara, hemos perdido décadas de posible dominio monopólico mundial. Menem lo hizo.

Macri no se sabe qué hará. Hasta ahora, viene respetando los presupuestos de obra del prototipo. Pero en los fríos hechos, su Mejor Ministro de Energía de la Shell estranguló todo el aparato de investigación y desarrollo en termohidráulica, combustibles y materiales de la CNEA, que tiene incumbencia directa sobre las funciones críticas del CAREM plenamente comercial, de potencia media (150 a 200 MW). Y en 2016 el propio presidente fue quien le cortó las patas a quien ya podría ser su mejor vendedor, Rafael Grossi. Si le regalan un circo, vende al elefante por pochoclo.

Estas cosas le amargaron no poco sus últimos días a mi amigo, quien de todos modos, a fuerza de radical, siguió siendo macrista hasta el final. Si habremos tenido peleas…

Amigos, el que se acaba de ir fue a la diplomacia lo que Jorjón Sabato a la tecnología: un patriota, una fuerza de la naturaleza, un transformador, un “lo hicieron y rompieron el molde”, y tomo la pregunta favorita de otro amigo mío nuclear, el Dr. Carlos Aráoz, fue un “Why not?”. Se atrevió a todo y las hizo todas, y en general bien, y por su patria.

Como en 1955, cuando tenía 18 años y fundó un club de paracaidismo en su ciudad natal de Concepción, Tucumán. O como en 1957 cuando compró una mochila de rezago del Ejército y, sin un mango en el sobolyi, salió a conocer la Argentina a dedo porque quería entenderla a fondo (la palabra “mochilero” no existía aún). O como en 1997, cuando descubrió el “bungee-jumping” a los 60 años.

Adolfo Chinchín Saracho vivió hasta su último minuto corriendo el límite de lo posible. De lo posible para él y para su país. Dice Abel, que tiene sus latines, que los romanos resumían las biografías gigantes en una palabra: “Vixit” (vivió). Altas las copas, amig@s.

(No conocí en persona a Adolfo Saracho. Mi pérdida. Pero cuando Arias me habló de él, lo rastreé, como es mi hábito. Entre otras cosas, encontré declaraciones suyas en alguna ceremonia formal de la Cancillería, en 2004, cuando ya era un embajador retirado y ex director de la DIGAN: Dijo que la Digan original buscó “la transparencia del programa nuclear argentino y la seguridad de la no proliferación, pero también la máxima posibilidad de exportación de tecnología nuclear a Turquía, China, Egipto o Argelia”.

También rescató una fecha: “El 30 de noviembre de 1985 José Sarney y Raúl Alfonsín se reunieron en Foz de Iguazú para tratar el tema nuclear, y muchos tratadistas ven en ese gesto el embrión del Mercosur”.

Y que “en los años ‘90 imperó una filosofía que impidió las inversiones a largo plazo”. Dijo que el tipo de alianza “con la potencia dominante dejó de lado el desarrollo de la tecnología nuclear”. Qué bien nos vendría que en el Servicio Exterior todos la tuvieran tan clara…)


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