Biden, el anti Kissinger

marzo 18, 2021

Algunos amigos y amigas me invitaron a opinar sobre las últimas declaraciones de Joe Biden, llamándolo a Putin “asesino”. Y sí, se podría sarasear sobre geopolítica, la política interna yanqui y hasta la rusa. Pero siento que el tema no da para mucho. Para mí, hasta ahora alcanza con lo que sería un tweet corto: A 50 años de la reunión más famosa entre Henry Kissinger y Zhou Enlai (fue en julio 1971), el presidente de los EE.UU. está haciendo todo lo posible para cimentar la alianza chino-rusa.

Podría agregar algo sobre lo que hacen los dioses a quiénes quieren perder, pero no tengo tanta información.


Boris J y las Malvinas

marzo 17, 2021

Nuevamente me siento tentado a subir al blog una observación que agregué a la nota de AgendAR sobre el anuncio británico de una “presencia militar permanente” en las Malvinas. En realidad, es bastante pedestre, pero no todos podemos ser Oscar Wilde.

El primer ministro británico enfrentado a algunos desafíos difíciles, juega la carta del nacionalismo. Y en lo que hace a las Malvinas, apela a los sentimientos de una generación -la que está ahora al frente de las fuerzas políticas- que eran jóvenes cuando la guerra del Atlántico Sur.

El Brexit, pero mucho más el paso de dos siglos, han debilitado a la Gran Bretaña que emergió triunfante de las guerras napoleónicas. Pero sigue siendo válida -y no sólo para los ingleses- la frase de George Canning «No hay aliados ni enemigos permanentes. Hay intereses permanentes».

Boris Johnson la tiene muy presente. Por eso en la presentación dijo que «el Reino Unido quiere trabajar con China, aunque eso presente grandes desafíos para una sociedad abierta». Y en ese mismo discurso que confirma que mantendrá una “presencia militar permanente” en el Atlántico Sur, también dice que Argentina es un «socio clave».

Por nuestra parte, debemos tener presente que los ingresos de esa “dependencia británica de ultramar”, que le permiten un próspero nivel de vida a los isleños y cubrir buena parte de los gastos de esa presencia militar, provienen casi en su totalidad de los «derechos de pesca» que otorgan a las flotas pesqueras que depredan nuestra plataforma continental. Que son en su mayoría chinas.

No debemos, ni podemos, pelearnos con nadie. Pero sí debemos reforzar la capacidad de patrullaje y disuasión -desde hace décadas muy disminuida- de nuestra Armada y Fuerza Aérea.


Hasta la vista, Donald. We´ll be seeing you (te veremos)

enero 20, 2021

Hoy, 20 de enero, Trump deja la Casa Blanca y se va para Florida, como tantos otros jubilados estadounidenses y turistas latinoamericanos. Aunque él no es ninguna de las dos cosas.

Más allá de lo que depare el futuro, nos proporcionó 4 años interesantes, y pensé que correspondía que escribiera algo en este descuidado blog. (Sobre sus imitadores o aspirantes a imitadores en el mundo escribiré en otro momento, creo). De cualquier forma, estos serán unos comentarios breves e inconexos; todo lo que tengo el tiempo y la energía para hacer (el verano porteño es terrible, salvo cuando lo compone Piazzolla).

Ya dije alguna vez que el encasillamiento general de Trump lo había hecho hace bastantes décadas Toynbee, en el “Estudio de la Historia”. Porque se lo puede ver como uno de los “salvadores con la máquina del tiempo“: los líderes que prometen devolver (o regenerar) a su pueblo a un tiempo mejor. La mayoría han sido reformadores religiosos, en el Medio Oriente o en el norte de Europa, pero desde que irrumpieron las masas en la política, a fines del siglo 18, esa melodía ha sido y es tocada una y otra vez por gente muy laica.

Y “Make America Great Again” -Hacer América (USA) Grande Otra Vez- es una de las grandes creaciones de la comunicación política. Una frase corta que conecta con un mito muy enraizado en gran parte de su pueblo, y con el deseo -semiconsciente- en muchos, muchísimos, de volver a un tiempo que recuerdan como mejor, y eran más jóvenes. Ni Kennedy ni Reagan -dos grandes comunicadores que llegaron a Presidentes de EE.UU.- lograron algo tan eficaz.

Por supuesto, las máquinas del tiempo no existen. No éstas, al menos. “Volver a un tiempo mejor” es por definición imposible, porque los hechos y las vidas de ese tiempo dejaron marcas y consecuencias que son parte de este tiempo que vivimos. Cualquier “restauración” puede ser una mejora o una parodia; lo que es seguro es que no será lo mismo que se añora.

Pero no quiero quedarme en esto. Sería caer en la misma trampa de los intelectuales y escribas varios que sólo ven un “engaño” en el fenómeno Trump, y se engañan a sí mismos, y a sus lectores. El Donald planteó con mucha claridad que él iba a responder a algunos reclamos muy sentidos y concretos de sus votantes. El desempleo o los “empleos basura” en las ciudades desindustrializadas del Medio Oeste y el Sur -el “cinturón oxidado”-; las guerras en Medio Oriente o en Afganistán donde morían, o se hacían drogadictos, jóvenes norteamericanos pobres sin un motivo que les resulte claro a ellos; una elite muy próspera que acapara los mejores cargos en el gobierno, las grandes empresas, los medios y las universidades, con una cultura cosmopolita que no comparte los valores, religiosidad, patriotismo, de esos “norteamericanos medios” que se sienten la mayoría no representada…

Y, atención, Trump dio pasos concretos y consistentes en su mandato para responder a esos reclamos ¿O de dónde creen que salieron todos esos millones de votos que consiguió el 5 de noviembre? (Nixon tocaba esa misma melodía, “la mayoría silenciosa”, pero no hizo nada concreto. Fue mucho más fácil sacárselo de encima, aunque él sí había sido reelecto).

Por supuesto, esto no es toda la historia. No me parece importante tratar los negocios privados, el exhibicionismo berreta, las exenciones de impuestos para hipermillonarios. Eran lo previsible cuando se elige a un magnate hipermillonario con negocios inmobiliarios y estrella de TV. Si aquí votáramos para presidente a Tinelli, por ejemplo ¿íbamos a esperar una reforma agraria?

Lo que sí me parece significativo es que que Trump unió esos reclamos populares en una “cadena de significantes” -puro Laclau, sin haberlo leído jamás, apuesto- con una vigorosa corriente etnonacionalista, xenófoba y antiprogresista furiosa, con raíces muy fuertes en la tradición estadounidense, pero que nunca llegó a la presidencia. Su expresión política más reciente, con legisladores, fue el Tea Party, y vale la pena tomar nota que desapareció, diluida en el trumpismo. Otro aporte importante fue lo que aquí en Latinoamérica llamamos los evangélicos. Un cristianismo aferrado a valores personales y una moralidad tradicional.

(Un aparte: si uno se para a pensar, surge un interrogante ¿porqué desde el sector de “izquierda” o “progresista” del espectro político nadie tomó esos reclamos? La respuesta es que sí, repetidamente aparecen figuras que los mencionan, y algunos los levantan como banderas. Pero en ningún caso consiguieron instalarse como opciones importantes. Lo que prueba que, contrario a lo que cree un marxismo residual, el factor cultural es más poderoso, en las mayorías, que los intereses económicos).

Eso es teórico. Hay dos preguntas interesantes, en la práctica, que se pueden hacer hoy: ¿Trump, tiene futuro? La bola de cristal, como siempre, está empañada. No es fácil reinventarse a los 74 años -y la reinvención será necesaria: ya no es un “outsider” (como dije arriba: no hay máquinas del tiempo). Pero no es imposible; yo me reinventé como editor de un portal de noticias, por ejemplo.

El desafío no pasa por lo personal, en todo caso. El trumpismo es hoy en los EE.UU. una propuesta política importante, con decenas de millones de votos y una militancia motivada. Y esto es así con el Donald o sin él. Hay muchos, con chances, que les gustaría tomar esa bandera. Pero ¿será capaz de lograr algo más que dividir el voto Republicano y garantizar el predominio Demócrata? El bipartidismo no es sólo una tradición estadounidense y una tendencia de la política moderna; es resultado de un sistema político diseñado para hacer difícil la irrupción de nuevos partidos. El que viva lo verá.

La otra pregunta interesante, por supuesto, es ¿Porqué perdió Trump? (Descarto lo del fraude. Si sos el presidente y te hacen fraude, sos un boludo, y no creo eso del Donald). Su derrota desmintió la receta asociada con ese otro gran atorrante que llegó a Presidente de los EE.UU., Bill Clinton. NO fue la economía, estúpido. El candidato opositor, no precisamente carismático, sumó más votos. Es inevitable evaluar que fueron en su mayor parte votos contra Trump. Pero trataré de responderla en un próximo posteo. Hola, Joe.


La próxima Guerra Civil se daría en las redes sociales. Mejor así

enero 10, 2021

El impulso por escribir este breve posteo surgió de algo que leí hoy, la declaración de una red social nueva, Parler, popular en un segmento de la población de Estados Unidos, que denuncia censura y promete seguir peleando. Se me ocurrió que, además de decirnos algo sobre lo que sucede ahora allí, y sobre los clivajes en la sociedad capitalista del siglo XXI -poco que ver con los que estudiaba don Carlos, en el siglo XIX- también nos informa sobre lo que está pasando aquí, en la República Argentina, y sus naciones hostiles, Peronia y Chetoslovaquia.

Mejor empiezo traduciendo la denuncia de Parler:

El domingo (hoy, 10/1/21) a la medianoche, Amazon cerrará todos nuestros servidores en un intento de eliminar por completo la libertad de expresión de Internet. Existe la posibilidad de que Parler no esté disponible en Internet hasta por una semana mientras reconstruimos desde cero. Nos preparamos para eventos como este sin depender nunca de la infraestructura patentada de Amazon y construyendo la infraestructura física.

Haremos todo lo posible para cambiarnos a un nuevo proveedor en este momento, ya que tenemos muchos compitiendo por nuestro público. Pero Amazon, Google y Apple lo hicieron a propósito como un esfuerzo coordinado sabiendo que nuestras opciones serían limitadas y sabiendo que esto infligiría el mayor daño. ya que el presidente Trump fue prohibido en las empresas de tecnología.

Este fue un ataque coordinado de los gigantes tecnológicos para acabar con la competencia en el mercado. Tuvimos demasiado éxito demasiado rápido. (Nuestros seguidores) pueden esperar que continúe la guerra contra la competencia y la libertad de expresión, pero no nos descarten.

#speakfreely

Este mensaje de Parler a sus seguidores sugiere varios temas muy distintos, cada uno de los cuales da para muchos libros (que no pienso escribir). Apenas unos párrafos.

A) Es significativo que en el enfrentamiento entre una porción decisiva de las elites norteamericanas y el presidente Trump, han sido los gigantes tecnológicos Google, Amazon, Apple, un poco más tarde Facebook, quienes, entre las grandes corporaciones, las que se han definido más abiertamente contra el Donald (La mayoría de los grandes medios masivos también estuvieron en contra, y desde el principio de su mandato, pero por sí mismos no son parte de la elite corporativa, aunque varios sean manejados por ella). Por cierto, otras megaempresas y una porción de los superricos estaban descontentos con algunas de sus políticas y/o con su estilo, pero no se “jugaron” tan claramente.

B) ¿Veremos una Guerra Civil II en EE.UU., en algún momento de los próximos años? En mi falible opinión, no. No porque falten voluntarios, en una sociedad violenta. Ni fracturas en el tejido social. Hay una dificultad práctica: la guerra moderna es muy cara. Requiere una infraestructura tecnológica gigantesca y sofisticada, y no parece haber divisiones entre quienes la manejan (Además, por su naturaleza, es muy centralizada). La Guerra Civil en EE.UU. (1861-65) se dio en una época de ejércitos masivos y armas baratas (aún así, la superioridad industrial del Norte fue el factor decisivo). Esta facilidad para armar ejércitos fue aún más clara en su Guerra de Independencia y en la de Hispanoamérica.

Ahora, también hay que tener en cuenta que el terrorismo se ha democratizado. Indicaciones y recetas están disponibles en Internet…

C) ¿La intención, muy clara en EE.UU. y en la Unión Europea, de poner límites a la difusión de “pensamientos incorrectos” en Internet (en China hace rato que están en eso) hará desaparecer la Red anárquica y más y menos libre que conocemos? También en mi falible opinión, la hará más difícil, menos intuitiva, para navegar, pero no menos anárquica.

Por una razón opuesta a la que limita la guerra moderna (salvo las asimétricas, como las llaman cuando se bombardea a una región sin defensas antiaéreas). La infraestructura para la comunicación digital es relativamente barata. Puede no estar al alcance de individuos, pero sí de países y de grandes empresas.

La excepción, inescapable para un alcance global, es la gran red de cables submarinos. Pero siempre habrá quienes provean acceso a los disidentes del Otro Lado.

D) Este es el punto que inspiró el título de este posteo. Y que merece un desarrollo más amplio, que algún día haré. La sociedad argentina está amargamente dividida, como la estadounidense. Y los medios de comunicación azuzan los enfrentamientos en un grado al que no se llegó en EE.UU., salvo en estas últimas semanas. También tenemos una historia de violencia que sobrepasó cualquier ejemplo en yanquilandia. Sus aviones militares nunca bombardearon su propia capital.

Pero el hecho es que el asesinato ha dejado de ser una herramienta política aceptada en Argentina desde hace más de tres décadas. El motivo principal, estimo, sigue siendo la reacción a la masacre de los ’70. Pero creo que hay que tener en cuenta el desahogo a las pulsiones agresivas, de ambos lados, que ofrece Twitter a los guerreros digitales. Quizás la personalidad que en otras circunstancias históricas y sociales “ponía un caño”, hoy toma su smartphone y tuitea furiosamente.


El asalto al Congreso de los Estados Unidos, y las contraindicaciones de Laclau

enero 7, 2021

Esto lo publiqué hoy en AgendAR, y no resisto a la tentación de copiarlo aquí. Agrego un par de párrafos para lectores más politizados. O, algunos de ellos, más enamorardos de las polarizaciones. Pero no deja de ser breve y superficial, como es la costumbre del blog.

Empiezo señalando que, en mi opinión, la sorpresa ante lo que sucedió ayer es injustificada. Es cierto que un sector numeroso de nuestros compatriotas se aferra a una convicción firme: que hay «países serios» en los que «esas cosas» no pasan. «Esas cosas» pueden ser, según el caso, el 17 de octubre, el bombardeo a la Plaza de Mayo, o el velorio de Diego Maradona. Creo que esa convicción responde a una necesidad interna de los que la sienten, pero eso no la hace más realista.

También es cierto que muchos estadounidenses están sorprendidos y asustados ante lo que pasó, incluso entre su dirigencia política. Pero eso se debe a que este hecho en particular, la irrupción de gente armada en el mismo edificio del Capitolio, no había sucedido en la memoria de la mayoría de los que hoy viven (En 1954, fueron nacionalistas puertorriqueños los incursores). Pero su sociedad es heterogénea y violenta, y una mayoría de sus ciudadanos considera la posesión de armas como un derecho constitucional irrevocable.

En el último medio siglo, las protestas contra la guerra de Vietnam y contra la discriminación racial incendiaron, literalmente, muchas ciudades de los EE.UU. en los ´60 y ´70. «Burn, baby, burn» fue una consigna. Un grupo de los contestarios, los Black Panthers, abogó durante un tiempo por el asesinato de policías. La Guardia Nacional fusiló a estudiantes en Ohio…

Más recientemente, actos terroristas individuales han sido reivindicados por la «derecha alternativa» (Alt Right), la policía ha asesinado afroamericanos, sectores entre los manifestantes de Black Lives Matter y Antifa han usado la violencia…

(No debe verse en esto un cuestionamiento prejuicioso a la sociedad estadounidense. Ciertamente, nosotros en el último medio siglo tuvimos nuestra cuota de masacre. Todas las regiones del mundo la han tenido. Hasta los budistas han perseguido musulmanes en Birmania… Los europeos, cierto, han logrado encauzar sus bombardeos y acciones militares fuera de Europa por 60 años (salvo en la península balcánica). Pero con su historia previa… no pueden levantar el dedo).

Al punto: los estadounidenses hoy están amarga, furiosamente, divididos. El presidente actual, Donald Trump, les ha dicho a sus partidarios -cerca de la mitad de la población, recordemos- que la elección que perdió fue fraudulenta, y los convocó a marchar sobre Washington para impedir, con su protesta, que el Congreso formalizara el resultado favorable a su rival. No veo como puede sorprender esta irrupción de los más motivados -y pintorescos- de sus seguidores.

Lo llamativo es la escasísima eficacia de las fuerzas policiales y de seguridad en contener la protesta y, luego, detener el ingreso al Capitolio. Hay quienes ven en esto un mensaje al futuro gobierno, y es posible. Pero no lo creo. Cualquier servicio de mensajería es más simple, y mucho menos caro para el «poder blando» y la influencia de los EE.UU. en el mundo. Y mantenerlo le resulta necesario aún a los «globalistas» más convencidos ¿En qué otra potencia pueden confiar para mantener las reglas del orden mundial que requieren?

Mi falible opinión se inclina a poner énfasis en un dato bastante evidente: los partidarios de Trump están sobrerrepresentados en los niveles inferiores de las fuerzas de seguridad. Reluctantes a reprimir, entonces, a hombres blancos descontentos, como muchos de ellos mismos.

¿Consecuencias de este hecho? En lo inmediato, veo pocas (aunque debo recordarme que mi bola de cristal está empañada). Este aparatoso desafío al sistema legal de su país hará, creo, que los niveles dirigenciales de la política, la economía y la defensa cierren filas en torno a las instituciones. Entre las que se contará el nuevo gobierno y sus funcionarios.

El consenso bipartidista que en lo esencial se ha mantenido por muchas décadas se verá fortalecido… en lo inmediato. Hasta podrá, demonizando la experiencia Trump, afirmarse explícitamente. Aunque el triunfo de los Demócratas en Georgia afectará la relación de poder legislativa -podrían controlar ambas cámaras- la mayoría del sistema judicial seguirá siendo conservadora. Todo esto si la economía sigue marchando bien, como apunta un talentoso amigo.

Si no… se fortalecerán los desafíos a ese consenso. De parte de un trumpismo furioso, con o sin el Donald. Y también, quizás, de fuerzas a la izquierda de la conducción del Partido Demócrata, expresadas en nuevas figuras como Alexandria Ocasio-Cortez. El que viva lo verá.

El “challenger” más importante es, por muy lejos, el que aquí llamo el trumpismo. El “progresismo radical” mostró en las primarias demócratas que ya no es una minoría insignicante. Pero es una minoría, aún entre los votantes demócratas. Tener en cuenta, sin embargo, el trumpismo ha perdido, estimo, una poderosa herramienta de poder: el Partido Republicano, y sus votantes moderados.

Trump siguió -seguramente sin haber leído una línea de él- la estrategia básica que recomendaba Laclau: articular una mayoría a partir de sus demandas insatisfechas. Y construir un enemigo. El Partido Republicano le siguió, porque le brindaba victorias electorales. Algunos dirigentes de ese partido seguramente se tentarán en el futur con la idea de recoger sus votantes. Pero, nuevamente en mi falible opinión, ha perdido al aparato. Ya no asegura el triunfo, y ha hecho evidente el costo de estar a su lado.

Detrás de todo esto, y más importante, está el desafío que representa el crecimiento de China. El rival que ha surgido, y con el cual Biden y sus futuros funcionarios plantean un enfrentamiento más enconado que el que Trump llegó a encarar. La sombra de Tucídides, el gran historiador, advierte que el surgimiento de una nueva Potencia es mirado con desconfianza y temor por la Potencia establecida.


EE.UU., China, y los costos (semi ocultos) de un imperio

diciembre 26, 2020

Hoy publicamos en AgendAR una nota de Gabriel Merino, (UNLP-CONICET), sobre la Asociación Económica Integral Regional, RCEP, por su siglas en inglés. El mayor acuerdo comercial y económico del mundo, cuyo centro de gravedad es China, el país que hace 24 años tenía el mismo PBI que Brasil y hoy es 8 veces más grande.

Natural. Ya habíamos publicado algo sobre el RCEP. En todo el mundo lo miran con atención. Sucede que me sentí impulsado a agregar un comentario mío, porque Merino cita un ataque de sinceridad que habría tenido John Mearsheimer, profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago, creo que en un debate con Hugh White, uno de los intelectuales australianos más prestigioso en temas estratégicos.

Australia no tendrá más remedio que alinearse en última instancia con los Estados Unidos sobre China -dice Mearsheimer-. La seguridad se impondrá sobre la prosperidad, y Australia deberá sacrificar su economía, que depende de las exportaciones a China (35%) y de sus inversiones.”

Mearsheimer señaló al público australiano “La seguridad es más importante que la prosperidad, porque si no sobreviven, no prosperarán. Si van con China, ustedes deben entender que es nuestro enemigo. Entonces están decidiendo convertirte en enemigo de los Estados Unidos.” …”Cuando no estamos contentos [los Estados Unidos], no querrán subestimar lo desagradable que podemos ser. Pregúntenle a Fidel Castro”.

Mi comentario:

La frase atribuida aquí a Mearsheimer, un conocido teórico de relaciones internacionales de la escuela realista, nos resulta… muy poco realista. La «carta fuerte» de los EE.UU. en las últimas tres décadas, el factor que le permitió imponer su voluntad en muchas de las negociaciones con bloques de poder económico comparable no fueron las amenazas, sino la posibilidad de acceso a su mercado interno.

El mercado nacional de consumo más importante del globo, por lejos, y que aún hoy es para China un elemento clave para sus exportaciones.

Sucede que los imperios, en el proceso de llegar a serlo, han sacrificado a lo largo de la historia las actividades y los trabajos que les permitieron crecer. Roma conquista Sicilia y el Norte de África derrotando a Cartago, y sus labradores, que eran la espina dorsal de las legiones, pasan a ser clientes del pan y circo, porque el trigo era importado de latifundios trabajados por esclavos.

Inglaterra deroga las Corn Laws en 1846, establecidas para proteger los precios del grano británico doméstico contra la competencia del exterior. Ganó el librecambio y los industriales, y perdieron sus agricultores. El trigo empezó a llegar poco después de las pampas argentinas…

Es evidente que Trump cabalgó sobre la reacción de los trabajadores industriales de EE.UU., y el rust belt, el «cinturón oxidado» de las industrias que se relocalizaron en China y en el Sudeste de Asia. Pero el Donald perdió. Biden, apoyado por las instituciones financieras de la Costa Este y los gigantes de la tecnología de California ¿retomará el impulso globalista que no alcanzó a cimentar Obama?

Casi seguramente tratará de hacerlo, con los condicionamientos que la experiencia trumpista -que no terminó en un fracaso económico, por cierto- le impondrá ¿Que hará entonces China?

Como digo a menudo en este blog “el que viva lo verá”.


Tendencias globales en la legislación del aborto

diciembre 11, 2020

Como explicó Darwin en “El Origen de las Especies”, en algunas generaciones seremos todos pro vida. Y morochos


El Biden que viene

noviembre 25, 2020

Hoy reproducimos en AgendAR una nota del corresponsal de La Nación en Washington EE.UU.: el «establishment» vuelve al gobierno. Ahí describe al gabinete de Biden como ellos se ven a sí mismos (Natural. LN siempre se sintió parte de lo que cree debe ser el «establishment» argentino), y no pude resistir la tentación de agregar algunos párrafos de mi cosecha. Los comparto (solamente los míos) con la audiencia más politizada de este blog.

(Antes aclaro algo que tal vez sea necesario para una parte de estos lectores -los politizados a veces también son ingenuos: ¿Cómo es eso que “el establishment vuelve al gobierno”? Acaso Trump, empresario, billonario y ¡horror! de Derecha, no era un presidente para el establihment? Y no. Más allá que el poder económico es muy heterogéneo y tiene intereses contradictorios, hay un dato más básico: a los establishments no les gusta el poder personal. Sobre todo cuando apela a la demagogia. Lo aguantan sólo si no tienen otro remedio.)

ooooo

“El gobierno de Biden apunta a ser -no es sorprendente- un típico gobierno Demócrata. Es decir, con vínculos estrechos con Wall Street y las grandes instituciones financieras de la Costa Este, y probablemente, con los gigantes tecnológicos de California. Al contrario que Trump, tratará de fortalecer los vínculos con la Unión Europea.

Con China, y en menor grado con Rusia, todo indica -las posturas demócratas en el Congreso, las declaraciones en los «think tanks» afines- se mantendrán los enfrentamientos. Casi con seguridad, en forma menos flexible e impulsiva que la que exhibía Trump.

No creemos que se vuelva atrás con el -moderado- proteccionismo de Trump. Los votos que el magnate acumuló en esta elección son una advertencia muy clara. Y estamos dispuestos a apostar que en enero, en la asunción de Biden, se verán muchos carteles «Trump 2024». Los Demócratas saben que no tienen un cheque en blanco del electorado estadounidense.

Para nosotros, los latinoamericanos, no cambiará mucho. Bolsonaro perderá un referente, pero en última instancia su suerte dependerá de los brasileños. Brasil es demasiado grande para que el gobierno estadounidense lo ignore o lo maltrate. Venezuela seguirá siendo presionada con dureza, pero también Cuba, Nicaragua, Honduras, hasta quizás Colombia recibirán cuestionamientos en nombre de la democracia y los derechos humanos. La política demócrata que Kissinger bautizó «wilsoniana».

Janet Yellen, la futura secretaria del Tesoro, quizás sea más flexible de lo que sería Larry Fink, pero seguramente más «ortodoxa» que Trump. Manejó la Reserva Federal, después de todo. Si algún economista nuestro «nac&pop» -no Guzmán, por cierto- trata de convencerla que la inflación se debe a la «puja distributiva» (y por eso lo único que se puede hacer es decir a los empresarios que no sean codiciosos), se llevará una desilusión.

Un detalle indicativo: el «latino» del gabinete es hijo de inmigrantes cubanos, exiliados del castrismo. Como Claver Carone, sin ir más lejos.

Hay un posible desarrollo que nosotros -todo el planeta, en realidad- debemos observar con atención: Biden ha anunciado que enfrentar el cambio climático -el calentamiento global- será una prioridad de su gobierno. El grado en que estas declaraciones se lleven a la práctica, afectará la producción y las exportaciones de todo el mundo. Inclusive de este lejano rincón en el Cono Sur. Cabe recordar que esta política tendrá el apoyo entusiasta de la Unión Europea.”


Trump, desde afuera

noviembre 3, 2020

Este blog ha registrado hace un mes su opinión: para nosotros, los argentinos, no hay una diferencia significativa previsible de antemano entre un triunfo de Trump y uno de Biden.

Estoy convencido de eso porque, aunque Joe y el Donald son muy diferentes, y expresan coaliciones de intereses y visiones del mundo bien distintas, cualquier presidente, cualquier gobierno, está limitado en sus opciones por la realidad. Y Argentina en particular, América Latina en general, no están en el menú de decisiones inmediatas que el presidente de los EE.UU. tendrá que tomar el 20 de enero, cuando siga o se haga cargo.

Y las decisiones inmediatas son muy importantes, claro -Maquiavelo insistía en esto- pero no son las estratégicas. Esto es obvio, pero a los que nos apasionamos por la política nos cuesta admitirlo.

A pesar que en nuestro país tenemos ejemplos a patadas. Alberto representa, en muchos aspectos, lo opuesto al Mauricio. Pero los cambios en la vida de los argentinos de a pie no han sido tan abismales. Más les cambió la vida la pandemia…

Otro ejemplo, un poco más lejano en el tiempo: Néstor Kirchner, cuando llegó a la presidencia, tomó un camino opuesto, en sus políticas fundamentales, a ese otro gobernador peronista que fue presidente, Carlos Menem. Pero no cambió el capitalismo concesionario que era y es el legado distintivo del Turco.

Pero eso es tema de otro posteo. El punto de éste (como ese anterior, en realidad) es que aquí en Argentina tenemos -por esa costumbre de apasionarnos por temas en los que no tenemos la más remota posibilidad de influir- trumpisttas y antitrumpistas. Para ser más preciso, tenemos un bando que odia a los que están a favor de Trump porque son fachos, y el otro odia a los que están en contra de Trump, porque son progres.

Por eso traigo al blog un reflexivo artículo del director de la Señal Medios, Gabriel Fernández. Un periodista de impecables credenciales “nac&pop” que revalora en forma positiva estos cuatro años del hombre de pelo naranja.

ooooo

DONALD TRUMP / Cuatro años

Se cierra el ajetreado y bien visible gobierno de Donald Trump. No vamos a abordar acá las perspectivas futuras sino lo ocurrido en los cuatro años precedentes.

Los lectores saben que no tenemos problema en rectificar los diagnósticos cuando estos se revelan equivocados. Muchos conocen los planteos que efectuamos a lo largo de la década reciente sobre el decurso de los acontecimientos internacionales.

Sin anestesia y después de repasar el periodo más reciente del decenio indicado, ratificamos: bajo la gestión Trump se desarrolló el período más pacífico de la historia humana contemporánea. Sin guerras globales y sin invasiones.

Esto permitió un sinceramiento de los lugares mundiales que cada protagonista ocupa. Así, la Multipolaridad es una realidad consolidada y las posibilidades de sojuzgamiento norteamericano y europeo sobre otras naciones son mucho más acotadas que en el tramo previo.

Como señalamos en los comienzos de la administración del polémico mandatario estadounidense, las energías de su país se fueron volcando internamente con el objetivo de recuperar la industria y el empleo, en detrimento de las aventuras bélicas externas.

Estas se habían convertido en todo un drenaje de recursos del Estado en beneficio de corporaciones privadas de armamentos y mercenarios conducidas por los orientadores del capital financiero internacional. La transferencia de recursos productivos hacia la renta explica la caída del PBI norteamericano antes de Trump.

Es decir, lejos de ser el gobernante mundial, el imperio integral, Estados Unidos ha devenido en una gran nación, lo cual es algo bien distinto. Se cumple así ese anticipo planteado por el presidente ruso Vladimir Putin hace unos tres años.

Ya no fueron posibles acciones equivalentes al arrasamiento de Kuwait, la destrucción de su legítimo propietario Irak, el desmembramiento brutal de la República Libia. Operaciones realizadas por mandatarios republicanos y demócratas bajo el influjo del Consenso de Washington.

En lugar de caracterizarse por un hecho relevante, el cierre de época se visualizó en lo no ocurrido: Siria. Allí, pese a las pretensiones del supra poder norteamericano y europeo, el Papa, Rusia, Irán y por detrás China y su célebre portaaviones, dijeron No. Lo dijeron porque podían decirlo.

Trump, que sacó cuentas claras, comprendió que sería ruinoso afrontar con actitud belicista la situación en el Mar de China Meridional y facilitó el reordenamiento de la zona admitiendo la comandancia china de la polémica entre los seis países involucrados.

Algo semejante sucedió con Corea del Norte. No sólo se dejaron de lado los aprestos guerreristas sino que se fomentó, de común acuerdo entre las grandes potencias, un mejoramiento de los vínculos con los sureños en base al mismo epicentro político antedicho.

Esas potencias, Estados Unidos, China, Rusia e Irán, bajo la mirada atenta de Jorge Bergoglio, dejaron pasar (mordiendo sus nudillos) las provocaciones pergeñadas por el Estado Profundo que se desliza al interior del Norte: bombardeo a la refinería saudí, asesinato del general Qasam Soleimaini, golpe de Estado en Bolivia, entre otros episodios.

Cualquiera de los sucesos enumerados hubiera sido un gran argumento en el tramo precedente, cuyo último representante fue el anterior mandatario yanqui Barack Obama. Y todos ellos fueron agitados por los medios internacionales como guerras inminentes que sería imposible evitar.

A los protagonistas, con excepción del líder vaticano cuyo perfil filosófico lo protege de polémicas altisonantes, les sirvió lo ocurrido. Y lo aprovecharon. Mientras reconstruían sus vidas interiores en paz relativa, sostuvieron los cruces verbales para afirmar sus banderas nacionales.

Estados Unidos, Rusia y China persistieron en la esgrima dialéctica porque la misma les permitía a todos identificar el mal por fuera, mientras no necesitaban lanzar un solo misil con destino certero. De allí que muchos errores de diagnóstico que señalamos en estos tiempos, sean comprensibles.

A decir verdad la opinión pública popular en el orden planetario ha tenido pocas vías de registro para semejante transformación. No sólo los grandes medios del capital financiero batallaron en la confusión, sino que los realizados en Rusia, Venezuela, Irán, América latina, aceptaron el convite y designaron a Trump como el demonio mientras por lo bajo agradecían su inacción global.

Los conflictos encapsulados han sido el factor distintivo. Mercenarios disfrazados de islámicos hostigando a los pueblos del Medio Oriente, Israel empeñado en aniquilar Palestina, Hong Kong y sus algaradas financieras independentistas, el calor perpetuo de la frontera indo pakistaní, los ataques chinos para lograr su disciplinamiento, ciertos quiebres horizontales en algunas naciones africanas. Y algo más.

Todos esos litigios son graves en sí mismos pero ninguno alcanza dimensión para disparar una conflagración mundial. En simultáneo, la llamada guerra comercial no es más que un tire y afloje rudo y persistente en la cual todos se cuidan de no trascender el borde que hundiría al rival.

No abundaremos aquí sobre deudas y portadores de papeles, ni acerca de los volúmenes estructurales que conducen a los adelantos científico técnicos. Ya volveremos sobre eso. Ahora queremos situar el análisis en el cuatrienio que finaliza, sin perder de vista los antecedentes, para forjar una imagen lo más transparente posible de la actualidad.

Una parte de Europa se va transformando en un museo turístico que intenta sortear este proceso garantizando un buen nivel de vida sin reflexionar acerca del modelo a seguir. Eso se percibe nítidamente en sus pensadores “pospandemia” tan en boga: todos, etéreos. Otra zona, especialmente Alemania, considera que su rol histórico no ha terminado.

El capital financiero que gobernó el planeta por tantas décadas arrecia con sus medios de comunicación, las indicadas provocaciones belicistas y el hipócrita re descubrimiento de las luchas por derechos parciales que él mismo cercenó. Estas últimas, mayoritariamente justas en sí mismas, son extremadas para promover quiebres al interior de los protagonistas de la Multipolaridad.

La pandemia puso en pausa el proceso narrado. Está resultando una buena ocasión para los intentos de reposicionar el Antiguo Orden. No obstante pensamos que el sendero es indetenible debido al tremendo grosor de los bloques productivos emergentes. La Argentina tiene un buen lugar para cumplir en el nuevo diseño.

Es preciso no olvidar que La Idea surgió por estos pagos.

Es preciso no olvidar, además, que nuestro país tiene una capacidad de arrastre sub continental importante. No a través de la dominación; mediante el ejemplo.

Trump termina su mandato a los gritos y en paz con el mundo. Confundir un puñado de insultos con un enfrentamiento nuclear, a la vista del potencial armamentístico de todos los actores, es grave si lo que se desea es analizar el presente. Mucho más, claro, si lo que se busca es incidir sobre él.”

ooooo

Comparto la visión de Gabriel sobre el Donald: un astuto hombre de negocios que sabe que las guerras salen caras. Y que, con el fracking, asegurarse el control del petróleo de Oriente Medio ya no es necesario. Menos aún el de Venezuela.

Para lo que viene, sólo agregaré que la irrupción de Trump en la política estadounidense expresó un cambio a mi entender irreversible: una parte muy grande, decisiva, de su población estaba pagando -ellos también- los costos de la globalización. Y no quiere seguir haciéndolo.

Pero sobre esto volveré, cuando terminen de contar los votos.


Trump vs Biden. Qué nos importa

septiembre 30, 2020

En los 13 años y algo que lleva este blog, muchas veces conté de mi fastidio con la actitud de muchos argentinos -la mayoría de los que hablan de política internacional- de tomar posición como si fueran hinchas de fútbol. Gente noble, apasionada, que levanta con orgullo los colores de su club, pero que nunca va a jugar ahí. Ni siquiera serán aguateros.

Me fastidia mucho. Porque lo veo como parte de ese complejo de inferioridad nacional, tan extendido entre nosotros, que algunos trataban de esconder con fanfarronería porteña. Últimamente, ni siquiera eso.

Un país mediano, con un territorio octavo en extensión del mundo -la parte continental, porque la oceánica estará en suspenso hasta que volvamos a tener barcos- .que incluye una llanura fértil no cubierta de nieve en invierno como ninguna otra, y con más población que el 80% de los países miembros de la ONU. Más importante, esa población, razonablemente bien educada y entrenada para el promedio global, cuenta con logros propios en tecnología agraria, biotecnología, ingeniería nuclear y hasta en algunos campos en la espacial. Bueno, en ese país, el nuestro, impera una especie de convicción inconsciente, que la política internacional es algo que protagonizan otras naciones, más importantes o más violentas. O, en todo caso, caribeños carismáticos. Es patético.

Bueno, me desahogué. Me volvió a atacar el fastidio porque con la llegada de ese neoyorquino carismático, el Donald, y ahora en su campaña por la reelección, es la vocación de formar parte de una hinchada la que atacó fuerte a muchos compatriotas.

2 hinchadas, como corresponde. Una apoya con entusiasmo a Trump, adalid en la lucha contra la globalización, el librecambio, las políticas de género, el aborto, Soros, y todas esas cosas feas. La otra lo condena con dureza como un símbolo de la ultraderecha, el autoritarismo, el machismo, la homofobia, la prohibición del aborto y todas esas cosas feas. Las hinchadas son, entonces, pro y anti Trump. Biden no tiene hinchada, claro.

Se dice poco, y no se debate nada, sobre qué resultado en este próximo 3 de noviembre nos conviene a nosotros. Lo poco que dicen los trumpistas locales gira sobre que como el hombre del pelo transgresor está contra la globalización y defiende a las industrias estadounidenses, es Bueno. El problema, amigos, es que, como corresponde, defiende a las industrias estadounidenses. Las otras, que se jodan, especialmente si están en el camino de sus exportaciones.

El argumento de la hinchada anti Trump, cuando se molestan en exponer argumentos además de indignación moral, es que un triunfo de Trump en noviembre estimularía a todos sus aspirantes a imitadores aquí. Cierto, pero ¿notaron en las elecciones argentinas alguna tendencia a copiar las figuras yanquis? Clinton, Bush, Obama, Trump…? El aire de familia entre Reagan y Menem es muy, muy remoto.

Concretando: mi posición es que para nosotros no hay una diferencia significativa previsible de antemano entre un triunfo de Trump y uno de Biden. En ambos casos, nuestra situación es… delicada.

Piensen: en los temas fundamentales de política exterior -la relación con Argentina es para ellos un tema menor de política exterior, y lo accesorio sigue a lo principal- no hay diferencias entre Biden y Trump, entre Demócratas y Republicanos. Los Demócratas son, en promedio histórico si lo medimos desde la 1ra. Guerra Mundial, más intervencionistas que los Republicanos, pero eso es historia. El desafío fundamental -en el que ambas elites políticas no muestran diferencias- es el que enfrenta a la Gran Potencia hegemónica con la Gran Potencia emergente, China. El escenario es clásico: atenienses y espartanos nos lo pueden contar.

Y China es nuestro principal cliente y se encamina a ser nuestro principal inversor y hasta principal prestamista. Es nuestra nueva Inglaterra, como sugerí hace algunos años en este blog. Pero las relaciones de EE.UU. con Inglaterra no han estado, desde 1812, tan tirantes con Inglaterra como lo están ahora con China.

En la región, tampoco dicen cosas diferentes sobre Venezuela. En realidad, las políticas de EE.UU. sobre Venezuela y sobre Cuba estarán mucho más infuidas por su puja interna, las diásporas latinas en “swing states”, que por otra consideración. Latinoamérica es hoy más irrelevante que hace 10 años en la política internacional. No hay chance que eso cambie, mientras la región no retome el crecimiento económico y las políticas exteriores de Argentina y Brasil sigan tan diferentes y no coordinadas como hasta ahora.

Lo que estoy proponiendo, con esperanza mínima, es que los argentinos nos dediquemos a pensar estrategias prudentes para eludir los peligros, y aprovechar las oportunidades, que ofrece este escenario de una nueva Guerra Fría, el más probable para los próximos 30 años. Gane quien gane el 3 de noviembre.


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