China: ¿nuestra nueva Inglaterra? – Bis

septiembre 8, 2021

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Hace 7 años, el 21/7/14, subí dos posteos (tenía más tiempo libre entonces…) con este mismo título al blog. El tema es tan actual ahora como entonces (el 1° tenía la foto de Cristina caminando al lado de Xi, cuando él nos visitó). En realidad, estimo que será actual por buena parte de este siglo.

Ahora ha vuelto a la tapa de medios gráficos, cuando el presidente Lacalle Pou anuncia que la Banda Oriental aspira a actualizar su tradicional papel -desde 1806- de puerta de entrada a la cuenca del Plata. Tal vez pueda perforar en algunos de nosotros la absorción en las elecciones del próximo domingo.

Como sea, creo que varias reflexiones que hago aquí siguen válidas. Especialmente, la primera parte; para la segunda, estaba pensando en un Brasil que no estaba arrastrado en el proyecto Bolsonaro. Igual, los políticos pasan y los países quedan.

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Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente. Su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época.

Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos de la “línea nacional”, es que distorsionaron el desarrollo de nuestro país, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa “Arabia Saudita de las vacas y el trigo” que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba “Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur“. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros “diarios serios”.

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer.

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Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, “diferentes” en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de “occidente”. Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de “crushing”: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la “densidad nacional” de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la “insubordinación fundante” a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.

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Prometo para los próximos días algo de información y de reflexión sobre lo que está haciendo Uruguay. Los argentinos, que venimos tanto de los barcos como los uruguayos, tendemos a pasarlos por alto en la elaboración de estrategias. Como diría el maestro Fouché, es peor que un gesto de soberbia, es un error.


Comentarios sueltos, ante la caída de Kabul

agosto 16, 2021

Frente a acontecimientos como éste, uno -bah, yo- me siento obligado a decir algo. Pero no tuve tiempo para reflexionar: una reunión familiar, una nota importante para subir en AgendAR… Pero algo de lo que leí, me impresionó: lo que dice en su newsletter María Esperanza Casullo, bloguera emérita:

Hace más de veinte años que Estados Unidos no logra obtener ninguno de sus objetivos geopolíticos establecidos públicamente. La ocupación de Irak terminó en un fracaso. La ocupación de Afganistán terminó en un fracaso. La meta, varias veces anunciada, de lograr detener o contrarrestar el ascenso de China al rol de gran potencia económica primero y militar después, no puede mostrar ningún éxito concreto hasta ahora.

Esto no significa, por supuesto, que Estados Unidos súbitamente no sea más la potencia hegemónica: su poder para intervenir militarmente sigue siendo casi impensable de tan gigantesco, su población sigue aceptando participar en operaciones de intervención militar a gran escala y su capacidad para disrumpir la vida cotidiana, o sencillamente terminarla, de millones y millones de personas sigue en pie. Pero… gobernar requiere estabilizar“.

M. E. C. desarrolla bien su reflexión, pero me siento inclinado a aconsejar, a cancilleres y otros decisores, no sacar conclusiones apresuradas sobre potencias en declive. Porque se puede decir también -con superficialidad- que EE.UU. no ganó ninguna guerra importante después de 1945: la de Corea terminó en un empate, la de Vietnam en una derrota tan humillante como ésta. La caída de Kabul, 2021, es demasiado parecida a la de Saigón, 1975.

Pero… eso no evitó que Estados Unidos triunfara en la larga y decisiva Guerra Fría. 16 años después que Saigón se transforma en Ciudad Ho Chi Minh, la Unión Soviética se disuelve.

Me apresuro a agregar que un ejemplo en la historia no demuestra nada; hay tantos que se pueden elegir… Y China muestra un dinamismo que la vieja URSS perdió décadas antes de su disolución. Es simplemente una sugerencia: no nos apresuremos. “Los muertos se cuentan fríos”.

El otro punto que me parece importante destacar es uno obvio para analistas políticos del Hemisferio Norte, pero acá en el Cono Sur tal vez no sea tan claro: el presidente Biden va a pagar un precio político interno por esta humillación. Es cierto que la retirada de las tropas de Afganistán la dispuso Trump, que Obama la había anunciado… No importa; las derrotas son huérfanas. Y lo que se le acusará es de no haber garantizado una evacuación segura de sus ciudadanos y de los afganos que habían colaborado con el gobierno que huyó.

Pero ese precio tal vez no sea tan alto. El pueblo estadounidense no está tan involucrado emocionalmente en esta guerra como en la de Vietnam: a Afganistán no fueron reclutas. Recordemos también que Nixon fue reelegido, después que la derrota en Vietnam estaba clara… Y el establishment que forzó su renuncia entonces, no está nada interesado en alfombrarle el camino a Trump.

(Estas reflexiones mías siguen, lo prometo. Y espero que consiga hacerlas un poco más interesantes. Hay una que está implícita en la nota de hoy en AgendAR que firma el Jefe del Estado Mayor Conjunto de nuestras Fuerzas Armadas: para un país mediano, como el nuestro, la guerra entre Armenia y Azerbaiyán deja lecciones mucho más relevantes que la de Afganistán).


Biden: Vuelve el Estado, con los fondos

agosto 12, 2021

Nuevamente traigo al blog un comentario que agregué a una nota de AgendAR El senado de EE.UU. aprobó el megaproyecto de Biden de más de un millón de millones de dólares en obras públicas . Sólo agrego unos párrafos al final para los lectores más politizados de este rincón del ciberespacio. Y la imagen que encabeza este posteo, para mostrar que los delirios de la “grieta” no son, como la birome y el colectivo, un invento argentino.

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Más allá del forcejeo político por el poder – el ex presidente Trump, y los republicanos en general, perciben que si Biden se afirma con un programa de estímulos estatales a la economía, la «gran coalición» que forjó el Donald con una parte considerable del poder económico más sectores de clase media en las pequeñas ciudades, los “evangélicos” y los trabajadores blancos, todos irritados con un «progresismo» globalista y ajeno a sus valores, puede desintegrarse.

Más allá de ese irritado forcejeo, y también del fastidio de ese progresismo que se siente incómodo con la tradicional alianza del partido Demócrata con otra parte del poder económico, las grandes instituciones financieras de la Costa Este, se ha puesto en marcha un cambio considerable en los objetivos planteables desde la política en Estados Unidos.

Por primera vez desde que Reagan en los ´80 planteó que «el Estado no es la solución; es el problema», un presidente plantea un protagonismo abierto del Estado en el desarrollo económico y en los cambios sociales. No lo hicieron ni Clinton ni Obama (con algunas excepciones, entre ellas, el tímido «Obamacare»).

Es necesario tener claro que el Estado federal no dejó en ningún momento de ser un actor poderoso en la economía y en la sociedad de EE.UU. a través de sus múltiples y gigantescas reparticiones. Pero no lo asumía. Ahora, lo hace.

¿Tendrá éxito Biden en su arriesgada jugada política? ¿Y si lo logra, inyectará dinamismo a la economía y a la sociedad? Estoy tentado de usar una frase habitual en mi blog personal «El que viva lo verá».

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Los lectores del blog, habituados a que el Estado argentino sea el socio capitalista (usualmente bobo) de todos los emprendimientos nacionales importantes, se apresurarán a señalar que en EE.UU. la gigantesca industria de defensa, más la NASA, los jugosos contratos con las universidades,… son desde la 2da. Guerra un poderoso, imprescindible motor de la economía de EE.UU. Eisenhower advirtió del “complejo militar industrial” (él había crecido en una Norteamérica distinta), y eso no se detuvo con el Ronald. Al contrario.

Pero quedarse en eso es ignorar el papel de la ideología. Que consigue “invisibilizar” lo que está haciendo el Estado. Ayudada por la función, cada vez más importante, de los fondos de inversión en la asignación de recursos. Estas movidas de Biden están cambiando eso, y la misma lucha política lo resalta. Por eso, cómo le vaya al abuelo Joe va a tener consecuencias nada triviales.

Como ya dije en twitter, no es Juan Domingo Biden. Y mucho menos Karl Biden. Pero puede llegar a ser Harry (Truman) Biden.


Chau, Mercosur. ¿Y después?

julio 8, 2021

El “Uruexit”, una jugada importante. Que nuestra clase política (incluidos los politizados) no la vimos venir, enfrascados en las miserias (Mauricio dixit) y las comedias del armado de listas. Y, con mejores razones, en la final en el Maracaná.

Y como supongo que su discusión pública quedará sepultada entre las chicanas de la campaña, paso a compartir -por lo que valga- una crónica desde punto de vista yoruga y mi comentario que escribí anoche para AgendAR.

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Ayer, 7 de julio,  empezó a sesionar la 58° Reunión Ordinaria del Consejo del Mercado Común del Mercosur, que puede ser la última del bloque que vinculó las economías de 4 países de Sudamérica. Ahí Uruguay reivindicó su pertenencia, pero comunicó que comenzará a conversar con terceros para negociar acuerdos comerciales extrazona, según informó su cancillería.

En la reunión participaron por Uruguay sus ministros de Relaciones Exteriores, Francisco Bustillo, y de Economía, Azucena Arbeleche. Su planteo fue “defender la modernización del bloque a través de una agenda de negociaciones externas sustantiva, ágil, dinámica, flexible y permanente”.

Esta decisión se tomó, sigue diciendo la cancillería uruguaya, porque “no se aprobó la reducción del arancel externo común, a pesar de que Uruguay había apoyado algunas de las propuestas presentadas, las que siempre se entendieron formando parte de un mismo paquete con la flexibilización”.

“Uruguay entiende que la decisión 32/00 no está en vigor, ya que nunca fue internalizada”, afirma. (La decisión a la que alude establece, entre otras cosas, “el compromiso de los Estados Partes del MERCOSUR de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias”.

En el comunicado, Uruguay reitera que «inspirado en principios de gradualidad, flexibilidad y equilibrio, actuará conforme a ellos en materia de inserción internacional, reivindicando su calidad de miembro pleno del Mercosur”.

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El Uruexit le cayó al gobierno argentino «como un balde de agua fría». No habla bien de su capacidad de previsión. Uruguay y, más discretamente, Paraguay vienen planteando desde hace años que si Argentina (y Brasil) no se abren a sus exportaciones, ellos no tienen porqué cerrarse a las exportaciones de terceros.

Es lógico. No tienen una base industrial significativa a defender. Y ser un refugio de evasores no alcanza como base sólida para una economía que sea algo más grande que la de un paraíso fiscal.

Desde nuestro gobierno dicen que “la postura de Uruguay es errónea e ilegal porque la decisión 32/00 (norma del ‘consenso’) no necesita un procedimiento de internalización, porque sólo repite lo que está en el artículo 1 del Tratado de Asunción” (la internalización es incorporar un acuerdo internacional en el derecho interno).

Es un buen punto jurídico, pero no existe el tribunal al que acudir. Argentina, entendemos, debe enfocar el tema con realismo: la diplomacia uruguaya siempre ha sido profesional y cautelosa. No habría dado este paso sino tuviera seguridades que dentro del bloque Brasil lo vería con buenos ojos. Es posible que también tenga alguna aprobación informal desde fuera de la América del Sur.

Como sea, es probable que el Uruexit sea el primer «cañonazo» al Mercosur que perduró, con relativamente pocos cambios durante 30 años. Creemos que sería un error pensar que, si en 2022 se va Bolsonaro y es elegido en Brasil Lula o alguien menos irritante que su actual presidente, se pueda volver atrás. Aunque Uruguay «vuelva»… después de varias concesiones.

Si es así, y en los próximos meses lo sabremos, el gobierno nacional, las provincias, los empresarios y los sindicatos deberán encarar algo que los argentinos hemos dejado de hacer en los últimos 48 años: planificar. Decidir cómo vamos a encarar las relaciones comerciales con nuestro socio comercial inevitable, Brasil, con nuestros otros vecinos, y con el resto del mundo.

Pensemos en un Mercosur 2.0. Podemos usar ese nombre para especular: la arquitectura legal y administrativa existe, y -como ya dijimos otras veces en el portal- sólo un acuerdo estratégico entre Argentina y Brasil puede hacer que la América del Sur sea algo más que un tablero para las Grandes Potencias.

Ese renovado acuerdo deberá recoger un reclamo válido de Paraguay y Uruguay, y que haría cualquier socio menor: si hay una unión aduanera «hacia afuera», un arancel externo común, debería haber una unión aduanera «hacia adentro». Que no haya barreras para las manufacturas de los socios, que su tamaño no los discrimine.

No es, por cierto, el único tema que debemos encarar con anticipación y en un marco regional: como advierte el economista Ricardo Carciofi, la Unión Europea aplicará un «ajuste en frontera», bah, un arancel, según el contenido de carbono de las importaciones.

Por ahora sólo afectará a los sectores intensivos en uso de energía: acero, aluminio, cemento… Pero es muy previsible -conociendo el lobby de los agricultores europeos- que luego alcance a las exportaciones agrícolas. Brasil tendrá más problemas todavía que nosotros, con su historia de deforestación.

El macrohistoriador Toynbee decía que la Historia no registra ningún caso de una confederación laxa que haya perdurado: o se transforman en una federación más estrecha y sólida, o se disuelven. Ese desafío lo estamos viendo en la Unión Europea. Probablemente lo veremos aquí.


La Patria grande y lejana

junio 1, 2021

(Aviso: sigo con poco tiempo libre y pocas neuronas disponibles para el blog. En él, tengo pendientes respuestas a cuestionamientos que me motivaron, y, claro, algo sobre la campaña electoral en curso. Pero… hace unos días cedí a la tentación de pontificar sobre el tema del título en la página de Face de un amigo. Y decidí aprovechar esos párrafos -ligerísimamente editados- que escribí. Es un tema que me importa).

Mi amigo Ezequiel Meler, autor de una exhaustiva historia de la Renovación Peronista de los ’80, decidió rescatar en su página de Facebook un fragmento de un libro de historia que trata de un tiempo anterior. Que a su vez es una pieza de gran literatura política; impulsó la militancia de muchos jóvenes, aquí y en otros países hermanos, a partir de la de la década del ´40 del siglo pasado:

De las historias argentinas que he leído, antes de que se volviera mala palabra el concepto de nación, la que me envolvió por su pluma sin lugar a dudas fue la de Jorge Abelardo Ramos. Aquí comparto un extracto.

“La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazo un día la mitad de América del Sur. De donde provienen nuestros límites actuales? El origen de estas fronteras, ¿responde acaso a una razón histórica legítima? ¿Nos separa una barrera idiomática, cierta muralla racial invisible? ¿O es, por el contrario, el resultado de una Vicisitud de las armas, de una derrota nacional?

Sin duda aparece como fruto de una crisis latinoamericana, puesto que América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. Somos un país porque fracasados en ser una Nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá.”

Tuvo varios comentarios, entre ellos alguno del talentoso Bob Row, y decidí meter mi cuchara:

Querido Ezequiel: ese prólogo de Abelardo Ramos es una bandera. Como tal, la saludo y la levanto. J.A.R. fue tal vez quien mejor escribía entre el puñado de autores que crearon la narrativa “nacional y popular” entre 1930 y 1960). Pero un prólogo no es un plan de acción.

Si digo esta obviedad, es para señalar una tendencia de muchos muchísimos militantes del “campo nacional y popular” a quedarse con esas inspiradoras frases del Colorado, o de otros autores, y olvidar un hecho obvio: los Estados nación se construyen no a partir de una geografía, una historia, un idioma -aunque sean factores útiles (y la mayoría de las veces condicionantes), sino desde una concentración de poder previa. Que siempre tiene elementos políticos, militares y económicos.

La unidad de España la hace el poder de Castilla, y su alianza con Aragón. La de Alemania la hacen los escritos de Fichte, el idealismo de los jóvenes revolucionarios de 1848… y el poder militar de Prusia. Que derrota a Austria, la otra base posible para esa unidad. La de Italia, la hace Cavour para la dinastía de los Saboya, que gobernaba Cerdeña, el Piamonte y la Liguria, con su acuerdo con Napoleón III,…

Un caso extremo, donde la unidad parecería “natural”, casi automática: la de China ha sido muy resiliente a lo largo de algo más de 2.000 años. Hasta existe una clara mayoría étnica de los han. Pero esa unidad fue el resultado de las guerras -durante dos siglos- de los siete Reinos Combatientes. Unas cuantas batallas con resultado diferente, y tal vez la China q conocemos habría sido otra.

Al punto: la Argentina actual es la suma de las regiones -las ciudades y su entorno rural- del Virreinato del Río de la Plata que aceptaron o no tuvieron otro remedio que aceptar la hegemonía de Buenos Aires (la ciudad, el puerto, la campiña…) impuesta, de formas diferentes, por Rosas y Mitre. Esa hegemonía fue “nacionalizada” por Roca y el ejército de línea, como bien señalaron Alberdi y Ramos.

El Paraguay, el Alto Perú, la Provincia Oriental… los “perdimos”. Más preciso sería decir que allí no surgieron centros de poder alternativos en condiciones de desafiar el poder de Buenos Aires. Artigas estuvo cerca, pero -diría Bob, con bastante razón- la Banda Oriental no era una base material suficiente.

Contestó E. M.:

Querido Abel. La recuperación del texto de JAR no apuntaba al plano político, sino meramente al historiográfico. ¿No sentís, cuando te explican los eventos de Mayo o de Caseros, o del peronismo sin ir más lejos, que hay una pulsión desmitificadora que ha ido ya demasiado lejos? Yo sí.

No obstante, podría defender (y ahí vamos de nuevo jajajajaja) que sin grandes ideas, sin proclamas, sin conductores que sepan granjearse el apoyo de la masa, tampoco hubo nunca un cambio sustancial. ¿Te parece que las ideas y los ideales, para separar los tantos, no tienen nada que ver con la lucha política, no inciden en el mapa político concreto? Si todo es razonamiento material y realismo político, ¿por qué se mata la gente? Es pregunta.

Yo sí diría que surgieron centros alternativos. Miremos la declaración de independencia de 1816. No está el Litoral, no está La Banda Oriental. No te parece que esas audiencias indican que ahí hay un país alternativo, puramente pampeano?

Por lo demás, la unidad de eso que terminó siendo la Argentina, que no tiene ni declaración de independencia propia -porque en la de 1816 estaba el Alto Perú- no se hizo solamente con Buenos Aires, sino también contra Buenos Aires. 1880 fue nuestra civil war, la primera de varias. Lo malo del razonamiento material, y te diría, lo incompleto del realismo político, es que sólo juzga ex post. Y ex post, con el diario del lunes, todos somos Halperín.

Contesto a mi vez:

Sobre el proyecto alternativo de país que señalás: mencioné a Artigas, y podía haber agregado que era más democrático y federal que el que se impuso. Pero ese centro de poder alternativo dura desde el Congreso del Arroyo de la China, en 1815, a la derrota en Tacuarembó frente a los portugueses, 1820. No perduró, porque no acumuló el poder suficiente. Como tampoco quedó el que se habría pensado desde Charcas. El territorio argentino actual es, básicamente, el que aceptó ceder el manejo las relaciones exteriores a Rosas, gobernador de Buenos Aires, más el que ocupamos desplazando y sometiendo a los “indios”, como se decía entonces.

Sobre nuestra historia, tenemos miradas distintas, aunque vemos las mismas realidades. Creo que un factor a tener en cuenta es que vos sos un historiador (y de los buenos: en alguna oportunidad corregiste mi memoria). Yo soy un aficionado a la historia; leo a los profesionales, también, pero me enganchan mucho más Toynbee, Spengler, McNeill, y por supuesto Tucídides, que los historiógrafos.

Dicho esto, reconozco algo que señalás arriba. El “realismo político” es incompleto: no alcanza a explicar los hechos. Sí, en la historia humana juegan un rol fundamental las ideas, los símbolos, y los líderes que los encarnan. Pero, tengo que agregar aquí algo: sin el pensamiento racional, el que calcula costos y medios, terminan en fracasos sangrientos. Y a veces, hasta sórdidos.

Ya que estoy embalado y nadie me interrumpe: ¿Cuál sería entonces el “núcleo de poder” que podría construir un bloque político-económico en la América del Sur para que sea algo más que un peón en el tablero internacional? Una mirada al mapa lo hace obvio: una alianza sólida entre Argentina y Brasil. La idea central del Mercosur, que hoy aparece lejanísima. Pero los escenarios a veces cambian rápido. Y tiene un argumento a su favor: no hay otra. Abrazos, y me voy a editar el portal.”


Biden, el anti Kissinger

marzo 18, 2021

Algunos amigos y amigas me invitaron a opinar sobre las últimas declaraciones de Joe Biden, llamándolo a Putin “asesino”. Y sí, se podría sarasear sobre geopolítica, la política interna yanqui y hasta la rusa. Pero siento que el tema no da para mucho. Para mí, hasta ahora alcanza con lo que sería un tweet corto: A 50 años de la reunión más famosa entre Henry Kissinger y Zhou Enlai (fue en julio 1971), el presidente de los EE.UU. está haciendo todo lo posible para cimentar la alianza chino-rusa.

Podría agregar algo sobre lo que hacen los dioses a quiénes quieren perder, pero no tengo tanta información.


Boris J y las Malvinas

marzo 17, 2021

Nuevamente me siento tentado a subir al blog una observación que agregué a la nota de AgendAR sobre el anuncio británico de una “presencia militar permanente” en las Malvinas. En realidad, es bastante pedestre, pero no todos podemos ser Oscar Wilde.

El primer ministro británico enfrentado a algunos desafíos difíciles, juega la carta del nacionalismo. Y en lo que hace a las Malvinas, apela a los sentimientos de una generación -la que está ahora al frente de las fuerzas políticas- que eran jóvenes cuando la guerra del Atlántico Sur.

El Brexit, pero mucho más el paso de dos siglos, han debilitado a la Gran Bretaña que emergió triunfante de las guerras napoleónicas. Pero sigue siendo válida -y no sólo para los ingleses- la frase de George Canning «No hay aliados ni enemigos permanentes. Hay intereses permanentes».

Boris Johnson la tiene muy presente. Por eso en la presentación dijo que «el Reino Unido quiere trabajar con China, aunque eso presente grandes desafíos para una sociedad abierta». Y en ese mismo discurso que confirma que mantendrá una “presencia militar permanente” en el Atlántico Sur, también dice que Argentina es un «socio clave».

Por nuestra parte, debemos tener presente que los ingresos de esa “dependencia británica de ultramar”, que le permiten un próspero nivel de vida a los isleños y cubrir buena parte de los gastos de esa presencia militar, provienen casi en su totalidad de los «derechos de pesca» que otorgan a las flotas pesqueras que depredan nuestra plataforma continental. Que son en su mayoría chinas.

No debemos, ni podemos, pelearnos con nadie. Pero sí debemos reforzar la capacidad de patrullaje y disuasión -desde hace décadas muy disminuida- de nuestra Armada y Fuerza Aérea.


Hasta la vista, Donald. We´ll be seeing you (te veremos)

enero 20, 2021

Hoy, 20 de enero, Trump deja la Casa Blanca y se va para Florida, como tantos otros jubilados estadounidenses y turistas latinoamericanos. Aunque él no es ninguna de las dos cosas.

Más allá de lo que depare el futuro, nos proporcionó 4 años interesantes, y pensé que correspondía que escribiera algo en este descuidado blog. (Sobre sus imitadores o aspirantes a imitadores en el mundo escribiré en otro momento, creo). De cualquier forma, estos serán unos comentarios breves e inconexos; todo lo que tengo el tiempo y la energía para hacer (el verano porteño es terrible, salvo cuando lo compone Piazzolla).

Ya dije alguna vez que el encasillamiento general de Trump lo había hecho hace bastantes décadas Toynbee, en el “Estudio de la Historia”. Porque se lo puede ver como uno de los “salvadores con la máquina del tiempo“: los líderes que prometen devolver (o regenerar) a su pueblo a un tiempo mejor. La mayoría han sido reformadores religiosos, en el Medio Oriente o en el norte de Europa, pero desde que irrumpieron las masas en la política, a fines del siglo 18, esa melodía ha sido y es tocada una y otra vez por gente muy laica.

Y “Make America Great Again” -Hacer América (USA) Grande Otra Vez- es una de las grandes creaciones de la comunicación política. Una frase corta que conecta con un mito muy enraizado en gran parte de su pueblo, y con el deseo -semiconsciente- en muchos, muchísimos, de volver a un tiempo que recuerdan como mejor, y eran más jóvenes. Ni Kennedy ni Reagan -dos grandes comunicadores que llegaron a Presidentes de EE.UU.- lograron algo tan eficaz.

Por supuesto, las máquinas del tiempo no existen. No éstas, al menos. “Volver a un tiempo mejor” es por definición imposible, porque los hechos y las vidas de ese tiempo dejaron marcas y consecuencias que son parte de este tiempo que vivimos. Cualquier “restauración” puede ser una mejora o una parodia; lo que es seguro es que no será lo mismo que se añora.

Pero no quiero quedarme en esto. Sería caer en la misma trampa de los intelectuales y escribas varios que sólo ven un “engaño” en el fenómeno Trump, y se engañan a sí mismos, y a sus lectores. El Donald planteó con mucha claridad que él iba a responder a algunos reclamos muy sentidos y concretos de sus votantes. El desempleo o los “empleos basura” en las ciudades desindustrializadas del Medio Oeste y el Sur -el “cinturón oxidado”-; las guerras en Medio Oriente o en Afganistán donde morían, o se hacían drogadictos, jóvenes norteamericanos pobres sin un motivo que les resulte claro a ellos; una elite muy próspera que acapara los mejores cargos en el gobierno, las grandes empresas, los medios y las universidades, con una cultura cosmopolita que no comparte los valores, religiosidad, patriotismo, de esos “norteamericanos medios” que se sienten la mayoría no representada…

Y, atención, Trump dio pasos concretos y consistentes en su mandato para responder a esos reclamos ¿O de dónde creen que salieron todos esos millones de votos que consiguió el 5 de noviembre? (Nixon tocaba esa misma melodía, “la mayoría silenciosa”, pero no hizo nada concreto. Fue mucho más fácil sacárselo de encima, aunque él sí había sido reelecto).

Por supuesto, esto no es toda la historia. No me parece importante tratar los negocios privados, el exhibicionismo berreta, las exenciones de impuestos para hipermillonarios. Eran lo previsible cuando se elige a un magnate hipermillonario con negocios inmobiliarios y estrella de TV. Si aquí votáramos para presidente a Tinelli, por ejemplo ¿íbamos a esperar una reforma agraria?

Lo que sí me parece significativo es que que Trump unió esos reclamos populares en una “cadena de significantes” -puro Laclau, sin haberlo leído jamás, apuesto- con una vigorosa corriente etnonacionalista, xenófoba y antiprogresista furiosa, con raíces muy fuertes en la tradición estadounidense, pero que nunca llegó a la presidencia. Su expresión política más reciente, con legisladores, fue el Tea Party, y vale la pena tomar nota que desapareció, diluida en el trumpismo. Otro aporte importante fue lo que aquí en Latinoamérica llamamos los evangélicos. Un cristianismo aferrado a valores personales y una moralidad tradicional.

(Un aparte: si uno se para a pensar, surge un interrogante ¿porqué desde el sector de “izquierda” o “progresista” del espectro político nadie tomó esos reclamos? La respuesta es que sí, repetidamente aparecen figuras que los mencionan, y algunos los levantan como banderas. Pero en ningún caso consiguieron instalarse como opciones importantes. Lo que prueba que, contrario a lo que cree un marxismo residual, el factor cultural es más poderoso, en las mayorías, que los intereses económicos).

Eso es teórico. Hay dos preguntas interesantes, en la práctica, que se pueden hacer hoy: ¿Trump, tiene futuro? La bola de cristal, como siempre, está empañada. No es fácil reinventarse a los 74 años -y la reinvención será necesaria: ya no es un “outsider” (como dije arriba: no hay máquinas del tiempo). Pero no es imposible; yo me reinventé como editor de un portal de noticias, por ejemplo.

El desafío no pasa por lo personal, en todo caso. El trumpismo es hoy en los EE.UU. una propuesta política importante, con decenas de millones de votos y una militancia motivada. Y esto es así con el Donald o sin él. Hay muchos, con chances, que les gustaría tomar esa bandera. Pero ¿será capaz de lograr algo más que dividir el voto Republicano y garantizar el predominio Demócrata? El bipartidismo no es sólo una tradición estadounidense y una tendencia de la política moderna; es resultado de un sistema político diseñado para hacer difícil la irrupción de nuevos partidos. El que viva lo verá.

La otra pregunta interesante, por supuesto, es ¿Porqué perdió Trump? (Descarto lo del fraude. Si sos el presidente y te hacen fraude, sos un boludo, y no creo eso del Donald). Su derrota desmintió la receta asociada con ese otro gran atorrante que llegó a Presidente de los EE.UU., Bill Clinton. NO fue la economía, estúpido. El candidato opositor, no precisamente carismático, sumó más votos. Es inevitable evaluar que fueron en su mayor parte votos contra Trump. Pero trataré de responderla en un próximo posteo. Hola, Joe.


La próxima Guerra Civil se daría en las redes sociales. Mejor así

enero 10, 2021

El impulso por escribir este breve posteo surgió de algo que leí hoy, la declaración de una red social nueva, Parler, popular en un segmento de la población de Estados Unidos, que denuncia censura y promete seguir peleando. Se me ocurrió que, además de decirnos algo sobre lo que sucede ahora allí, y sobre los clivajes en la sociedad capitalista del siglo XXI -poco que ver con los que estudiaba don Carlos, en el siglo XIX- también nos informa sobre lo que está pasando aquí, en la República Argentina, y sus naciones hostiles, Peronia y Chetoslovaquia.

Mejor empiezo traduciendo la denuncia de Parler:

El domingo (hoy, 10/1/21) a la medianoche, Amazon cerrará todos nuestros servidores en un intento de eliminar por completo la libertad de expresión de Internet. Existe la posibilidad de que Parler no esté disponible en Internet hasta por una semana mientras reconstruimos desde cero. Nos preparamos para eventos como este sin depender nunca de la infraestructura patentada de Amazon y construyendo la infraestructura física.

Haremos todo lo posible para cambiarnos a un nuevo proveedor en este momento, ya que tenemos muchos compitiendo por nuestro público. Pero Amazon, Google y Apple lo hicieron a propósito como un esfuerzo coordinado sabiendo que nuestras opciones serían limitadas y sabiendo que esto infligiría el mayor daño. ya que el presidente Trump fue prohibido en las empresas de tecnología.

Este fue un ataque coordinado de los gigantes tecnológicos para acabar con la competencia en el mercado. Tuvimos demasiado éxito demasiado rápido. (Nuestros seguidores) pueden esperar que continúe la guerra contra la competencia y la libertad de expresión, pero no nos descarten.

#speakfreely

Este mensaje de Parler a sus seguidores sugiere varios temas muy distintos, cada uno de los cuales da para muchos libros (que no pienso escribir). Apenas unos párrafos.

A) Es significativo que en el enfrentamiento entre una porción decisiva de las elites norteamericanas y el presidente Trump, han sido los gigantes tecnológicos Google, Amazon, Apple, un poco más tarde Facebook, quienes, entre las grandes corporaciones, las que se han definido más abiertamente contra el Donald (La mayoría de los grandes medios masivos también estuvieron en contra, y desde el principio de su mandato, pero por sí mismos no son parte de la elite corporativa, aunque varios sean manejados por ella). Por cierto, otras megaempresas y una porción de los superricos estaban descontentos con algunas de sus políticas y/o con su estilo, pero no se “jugaron” tan claramente.

B) ¿Veremos una Guerra Civil II en EE.UU., en algún momento de los próximos años? En mi falible opinión, no. No porque falten voluntarios, en una sociedad violenta. Ni fracturas en el tejido social. Hay una dificultad práctica: la guerra moderna es muy cara. Requiere una infraestructura tecnológica gigantesca y sofisticada, y no parece haber divisiones entre quienes la manejan (Además, por su naturaleza, es muy centralizada). La Guerra Civil en EE.UU. (1861-65) se dio en una época de ejércitos masivos y armas baratas (aún así, la superioridad industrial del Norte fue el factor decisivo). Esta facilidad para armar ejércitos fue aún más clara en su Guerra de Independencia y en la de Hispanoamérica.

Ahora, también hay que tener en cuenta que el terrorismo se ha democratizado. Indicaciones y recetas están disponibles en Internet…

C) ¿La intención, muy clara en EE.UU. y en la Unión Europea, de poner límites a la difusión de “pensamientos incorrectos” en Internet (en China hace rato que están en eso) hará desaparecer la Red anárquica y más y menos libre que conocemos? También en mi falible opinión, la hará más difícil, menos intuitiva, para navegar, pero no menos anárquica.

Por una razón opuesta a la que limita la guerra moderna (salvo las asimétricas, como las llaman cuando se bombardea a una región sin defensas antiaéreas). La infraestructura para la comunicación digital es relativamente barata. Puede no estar al alcance de individuos, pero sí de países y de grandes empresas.

La excepción, inescapable para un alcance global, es la gran red de cables submarinos. Pero siempre habrá quienes provean acceso a los disidentes del Otro Lado.

D) Este es el punto que inspiró el título de este posteo. Y que merece un desarrollo más amplio, que algún día haré. La sociedad argentina está amargamente dividida, como la estadounidense. Y los medios de comunicación azuzan los enfrentamientos en un grado al que no se llegó en EE.UU., salvo en estas últimas semanas. También tenemos una historia de violencia que sobrepasó cualquier ejemplo en yanquilandia. Sus aviones militares nunca bombardearon su propia capital.

Pero el hecho es que el asesinato ha dejado de ser una herramienta política aceptada en Argentina desde hace más de tres décadas. El motivo principal, estimo, sigue siendo la reacción a la masacre de los ’70. Pero creo que hay que tener en cuenta el desahogo a las pulsiones agresivas, de ambos lados, que ofrece Twitter a los guerreros digitales. Quizás la personalidad que en otras circunstancias históricas y sociales “ponía un caño”, hoy toma su smartphone y tuitea furiosamente.


El asalto al Congreso de los Estados Unidos, y las contraindicaciones de Laclau

enero 7, 2021

Esto lo publiqué hoy en AgendAR, y no resisto a la tentación de copiarlo aquí. Agrego un par de párrafos para lectores más politizados. O, algunos de ellos, más enamorardos de las polarizaciones. Pero no deja de ser breve y superficial, como es la costumbre del blog.

Empiezo señalando que, en mi opinión, la sorpresa ante lo que sucedió ayer es injustificada. Es cierto que un sector numeroso de nuestros compatriotas se aferra a una convicción firme: que hay «países serios» en los que «esas cosas» no pasan. «Esas cosas» pueden ser, según el caso, el 17 de octubre, el bombardeo a la Plaza de Mayo, o el velorio de Diego Maradona. Creo que esa convicción responde a una necesidad interna de los que la sienten, pero eso no la hace más realista.

También es cierto que muchos estadounidenses están sorprendidos y asustados ante lo que pasó, incluso entre su dirigencia política. Pero eso se debe a que este hecho en particular, la irrupción de gente armada en el mismo edificio del Capitolio, no había sucedido en la memoria de la mayoría de los que hoy viven (En 1954, fueron nacionalistas puertorriqueños los incursores). Pero su sociedad es heterogénea y violenta, y una mayoría de sus ciudadanos considera la posesión de armas como un derecho constitucional irrevocable.

En el último medio siglo, las protestas contra la guerra de Vietnam y contra la discriminación racial incendiaron, literalmente, muchas ciudades de los EE.UU. en los ´60 y ´70. «Burn, baby, burn» fue una consigna. Un grupo de los contestarios, los Black Panthers, abogó durante un tiempo por el asesinato de policías. La Guardia Nacional fusiló a estudiantes en Ohio…

Más recientemente, actos terroristas individuales han sido reivindicados por la «derecha alternativa» (Alt Right), la policía ha asesinado afroamericanos, sectores entre los manifestantes de Black Lives Matter y Antifa han usado la violencia…

(No debe verse en esto un cuestionamiento prejuicioso a la sociedad estadounidense. Ciertamente, nosotros en el último medio siglo tuvimos nuestra cuota de masacre. Todas las regiones del mundo la han tenido. Hasta los budistas han perseguido musulmanes en Birmania… Los europeos, cierto, han logrado encauzar sus bombardeos y acciones militares fuera de Europa por 60 años (salvo en la península balcánica). Pero con su historia previa… no pueden levantar el dedo).

Al punto: los estadounidenses hoy están amarga, furiosamente, divididos. El presidente actual, Donald Trump, les ha dicho a sus partidarios -cerca de la mitad de la población, recordemos- que la elección que perdió fue fraudulenta, y los convocó a marchar sobre Washington para impedir, con su protesta, que el Congreso formalizara el resultado favorable a su rival. No veo como puede sorprender esta irrupción de los más motivados -y pintorescos- de sus seguidores.

Lo llamativo es la escasísima eficacia de las fuerzas policiales y de seguridad en contener la protesta y, luego, detener el ingreso al Capitolio. Hay quienes ven en esto un mensaje al futuro gobierno, y es posible. Pero no lo creo. Cualquier servicio de mensajería es más simple, y mucho menos caro para el «poder blando» y la influencia de los EE.UU. en el mundo. Y mantenerlo le resulta necesario aún a los «globalistas» más convencidos ¿En qué otra potencia pueden confiar para mantener las reglas del orden mundial que requieren?

Mi falible opinión se inclina a poner énfasis en un dato bastante evidente: los partidarios de Trump están sobrerrepresentados en los niveles inferiores de las fuerzas de seguridad. Reluctantes a reprimir, entonces, a hombres blancos descontentos, como muchos de ellos mismos.

¿Consecuencias de este hecho? En lo inmediato, veo pocas (aunque debo recordarme que mi bola de cristal está empañada). Este aparatoso desafío al sistema legal de su país hará, creo, que los niveles dirigenciales de la política, la economía y la defensa cierren filas en torno a las instituciones. Entre las que se contará el nuevo gobierno y sus funcionarios.

El consenso bipartidista que en lo esencial se ha mantenido por muchas décadas se verá fortalecido… en lo inmediato. Hasta podrá, demonizando la experiencia Trump, afirmarse explícitamente. Aunque el triunfo de los Demócratas en Georgia afectará la relación de poder legislativa -podrían controlar ambas cámaras- la mayoría del sistema judicial seguirá siendo conservadora. Todo esto si la economía sigue marchando bien, como apunta un talentoso amigo.

Si no… se fortalecerán los desafíos a ese consenso. De parte de un trumpismo furioso, con o sin el Donald. Y también, quizás, de fuerzas a la izquierda de la conducción del Partido Demócrata, expresadas en nuevas figuras como Alexandria Ocasio-Cortez. El que viva lo verá.

El “challenger” más importante es, por muy lejos, el que aquí llamo el trumpismo. El “progresismo radical” mostró en las primarias demócratas que ya no es una minoría insignicante. Pero es una minoría, aún entre los votantes demócratas. Tener en cuenta, sin embargo, el trumpismo ha perdido, estimo, una poderosa herramienta de poder: el Partido Republicano, y sus votantes moderados.

Trump siguió -seguramente sin haber leído una línea de él- la estrategia básica que recomendaba Laclau: articular una mayoría a partir de sus demandas insatisfechas. Y construir un enemigo. El Partido Republicano le siguió, porque le brindaba victorias electorales. Algunos dirigentes de ese partido seguramente se tentarán en el futur con la idea de recoger sus votantes. Pero, nuevamente en mi falible opinión, ha perdido al aparato. Ya no asegura el triunfo, y ha hecho evidente el costo de estar a su lado.

Detrás de todo esto, y más importante, está el desafío que representa el crecimiento de China. El rival que ha surgido, y con el cual Biden y sus futuros funcionarios plantean un enfrentamiento más enconado que el que Trump llegó a encarar. La sombra de Tucídides, el gran historiador, advierte que el surgimiento de una nueva Potencia es mirado con desconfianza y temor por la Potencia establecida.


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