Latinoamérica en la era de Trump

febrero 21, 2017

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Dudé antes de subir este post. En primer lugar, por el título. Estoy convencido -lo he planteado varias veces en el blog- que la etapa del capitalismo financiero que comenzó con la decisión de Nixon de terminar la convertibilidad del dólar con el oro (1972), la Crisis del Petróleo (1973), y la Revolución Conservadora de Thatcher y Reagan (1979…) -las tres, con algún vínculo entre sí- está agotada. Y estamos en los umbrales de una nueva. Ahora, que vaya a llamarse la “era de Trump”… el único que está seguro de eso es el Donald.

Además, no tengo mucha fe en los economistas vivientes con prestigio internacional. Su registro de aciertos es de mínimo a inexistente. Pero debo reconocer que Joseph Stiglitz está entre los que menos han sido desmentidos, o puestos en ridículo, por la realidad.

Entonces, les acerco esta conferencia que dio el mes pasado en Bogotá. Me parece un texto lúcido, y entre nosotros se publicaron partes muy recortadas. Pero sobre todo, quiero rescatar la sugerencia que nos hace a nosotros, los latinoamericanos. Que sea un gringo el que nos lo tenga que decir…!

México debe prepararse para un golpe muy fuerte. Porque más del 60 % de las exportaciones mexicanas son para su vecino del norte. Si la Casa Blanca crea, como anuncia, unos impuestos de importación será algo devastador para su economía. Pero la crisis que se advierte puede ser el punto de partida para que los latinoamericanos establezcan un mercado común, lejos del prevalente intervencionismo norteamericano.La pregunta es quién va a redactar las reglas del comercio en las Américas en el siglo XXI. Latinoamérica tiene una oportunidad de oro para redactar sus propias “reglas de comercio”.

Estos son los otros temas que tocó Stiglitz en Colombia:

El 20 de enero de 2017, Donald Trump tomó posesión como el 45º presidente de Estados Unidos. No me gustaría decir “te lo dije”, sin embargo, su elección no debió causar sorpresa. Como expliqué en mi libro del 2002, Los malestares de la globalización, las políticas que hemos utilizado para manejar la globalización han sembrado las semillas del descontento generalizado. Irónicamente, un candidato del mismo partido que ha impulsado con más fuerza la integración financiera y comercial a nivel internacional ganó las elecciones prometiendo retroceder y anular ambas formas de integración.

Por supuesto, no hay vuelta atrás. China e India están ahora integradas en la economía mundial y la innovación tecnológica está reduciendo el número de empleos de manufactura en todo el mundo. Trump no puede recrear los trabajos de manufactura bien pagados de las décadas pasadas; sólo puede impulsar la manufactura avanzada, que requiere conjuntos de habilidades más sofisticados y da empleos a menos personas.

Entre tanto, la creciente desigualdad continuará contribuyendo a la desesperación generalizada, especialmente entre los votantes blancos en la parte central de Estados Unidos, quienes le sirvieron en bandeja a Trump su victoria electoral. Como los economistas Anne Case y Angus Deaton indicaron en su estudio de diciembre de 2015, la esperanza de vida entre los estadounidenses blancos de mediana edad está disminuyendo, mientras que paralelamente aumentan las tasas de suicidios, consumo de drogas y alcoholismo. Un año más tarde, el Centro Nacional para Estadísticas de Salud de EE. UU. informó que la esperanza de vida del país en su conjunto ha disminuido por primera vez en más de 20 años.

En los tres primeros años de la llamada recuperación tras la crisis financiera del 2008, el 91 % de las ganancias fue a manos de quienes están en el 1 % superior en la distribución de las personas que generan ingresos. Mientras se rescataba a los bancos de Wall Street echando mano de millones de dólares de dinero de los contribuyentes, los propietarios de viviendas recibieron solamente una mísera ayuda. El presidente estadounidense, Barack Obama, salvó no sólo a los bancos, sino también a los banqueros, accionistas y tenedores de bonos. Su equipo de política económica conformado por miembros de Wall Street rompió las reglas del capitalismo para salvar a la élite, confirmando la sospecha de millones de estadounidenses de que el sistema está, como se diría en palabras de Trump, “amañado”.

Obama trajo consigo “un cambio en el que usted puede creer” en ciertos temas, como en la política climática, pero en lo que concierne a la economía reforzó el statu quo, el experimento de 30 años con el neoliberalismo, que prometió que los beneficios de la globalización y de la liberalización “se derramarían gota a gota” para beneficio de todos. En lugar de ello, los beneficios ascendieron para favorecer a quienes están en la parte superior de la distribución de ingresos, esto ocurrió en parte debido a un sistema político que en la actualidad parece basarse en el principio de “un dólar, un voto”, en lugar de “una persona, un voto”.

La creciente desigualdad, un sistema político injusto y un gobierno cuyo discurso indicaba que estaba trabajando a favor del pueblo, mientras tomaba acciones a favor de las élites, crearon las condiciones ideales para que un candidato como Trump aprovechara dicha situación. Si bien Trump es millonario, se puede ver con claridad que no es miembro de la élite tradicional, lo que le brindó credibilidad a su promesa de cambio “verdadero”. Y, a pesar de ello, las cosas permanecerán iguales bajo el mandato de Trump, quien se aferrará a la ortodoxia republicana en materia de impuestos. Además, al designar a miembros de lobbies y de sectores industriales como autoridades en su administración gubernamental, Trump ya ha roto su promesa de “drenar el pantano” en Washington.

El resto de su agenda económica dependerá en gran medida de si el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, es un verdadero conservador fiscal. Trump ha propuesto que los grandes recortes de impuestos para los ricos se combinen con programas masivos de gasto en infraestructura, lo que impulsaría el PIB y mejoraría un poco la posición fiscal del Gobierno, pero no tanto como lo esperan los defensores de la economía de la oferta. Si Ryan no está tan preocupado por el déficit como dice que lo está, dará fácilmente su sello de aprobación a la agenda de Trump y, en consecuencia, la economía recibirá el estímulo fiscal keynesiano que le está haciendo falta desde hace tiempo.

Otra incertidumbre se relaciona con la política monetaria. Trump ya se ha pronunciado en contra de las tasas de interés bajas, y en la actualidad hay dos puestos vacantes en la junta de gobernadores de la Reserva Federal de Estados Unidos. Añada a eso el gran número de funcionarios de la Fed que están ansiosos por normalizar las tasas y se puede apostar con certeza a que realmente se van a normalizar, quizás llevándolas hasta niveles que irán más allá de solamente contrarrestar el estímulo keynesiano de Trump.

Las políticas de Trump a favor del crecimiento también terminarán siendo socavadas si él exacerba la desigualdad a través de sus propuestas fiscales, así como si comienza una guerra comercial o abandona los compromisos de Estados Unidos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (especialmente si otros países adoptan represalias mediante la imposición de un impuesto transfronterizo). Ahora que los republicanos controlan la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso, tendrán una relativa libertad para debilitar el poder de negociación laboral de los trabajadores, para desregular Wall Street y otras industrias, y para hacerse de la vista gorda frente a las leyes antimonopolio que ya están instituidas, y, consiguientemente, todo ello va a generar más desigualdad.

Si Trump sigue adelante con su amenaza de campaña sobre la imposición de aranceles a las importaciones chinas, la economía de Estados Unidos probablemente sufrirá más daño que la china. Bajo el actual marco de la Organización Mundial del Comercio, por cada arancel “ilegal” que EE. UU. imponga, China puede tomar represalias en cualquier lugar que elija. Por ejemplo, puede elegir imponer restricciones comerciales dirigidas a empleos en los distritos del Congreso de aquellos congresistas que apoyan los aranceles estadounidenses.

Sin duda, las medidas contra China permitidas dentro del marco de la OMC, como los aranceles antidumping, pueden estar justificadas en algunas áreas. Pero Trump no ha enunciado los principios rectores de la política comercial; además, EE. UU., un país que subsidia directamente a sus industrias automotriz y aeronáutica, y también subsidia indirectamente a sus bancos a través de tasas de interés muy bajas, estaría lanzando piedras en una casa de vidrio. Y, una vez comience este juego de ojo por ojo, muy probablemente podría terminar en la destrucción del orden internacional abierto que se ha formado a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Del mismo modo, el Estado de derecho a nivel internacional, que se aplica principalmente a través de sanciones económicas, podría fracasar con Trump. ¿Cómo responderá el nuevo presidente si las tropas alineadas por Rusia intensifican el conflicto en Ucrania oriental? El verdadero poder de EE. UU. siempre se ha derivado de su posicionamiento como una democracia inclusiva. Sin embargo, muchas personas alrededor del mundo en la actualidad han perdido la confianza en los procesos democráticos. De hecho, en toda África he escuchado comentarios: “Trump hace que nuestros dictadores se vean bien”. A medida que el poder blando estadounidense continúa erosionándose en el transcurso del 2017 y de manera posterior, el futuro del orden internacional se tornará más incierto.

Mientras tanto, el Partido Demócrata seguramente hará un análisis post mortem de las elecciones. Hillary Clinton perdió, fehacientemente, debido a que no pudo ofrecer a los electores una visión convincente que fuera marcadamente distinta a aquella de la agenda neoliberal que adoptó Bill Clinton en la década de 1990. Al haber seguido una estrategia política de “triangulación” —la adopción de versiones de las políticas de sus adversarios— por más de una generación, el partido que se encuentra en el lado de la izquierda ya no puede presentarse como una alternativa creíble frente al partido que se encuentra en el lado de la derecha.

Los demócratas tendrán un futuro sólo si rechazan el neoliberalismo y adoptan las políticas progresistas propuestas por algunos de sus líderes, por ejemplo Elizabeth Warren, Bernie Sanders y Sherrod Brown. Esto los pondrá en una posición fuerte frente a los republicanos, quienes tendrán que encontrar la manera de gestionar una coalición entre cristianos evangélicos, ejecutivos de corporaciones, nativistas, populistas y aislacionistas.

Con la llegada de Trump, y debido a que los dos partidos principales ahora están en proceso de redefinición, el 2017 puede muy probablemente llegar a ser recordado como un punto de inflexión en la historia de Estados Unidos y en la historia del mundo“.


45 años de una hermosa amistad

febrero 18, 2017

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El blog de Abel, en su vocación de servicio, quiere recordarles que mañana, 19 de febrero, se cumplen 45 años del establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y Argentina. No sólo don Franco Macri y mi viejo conocido, y amigo común con Lorenzo Miguel, Carlos Spadone, deben tenerlo presente. Es de interés para todos los argentinos.

Y a mis amigos K les encarezco que no se enojen si el embajador Yang Wanming habla bien del Mauricio. Es la vieja cortesía confuciana, y su misión como diplomático, después de todo. Y debemos tener en cuenta que ambos gobiernos se declaran a favor de la confianza en el libre comercio y la inversión internacional. El chino porque les conviene y el de Macri porque no tiene otra.

Y, equilibrado, el embajador recuerda que fue en 2014, a raíz del establecimiento de la Asociación Estratégica Integral, cuando las relaciones bilaterales entraron en una vía rápida. Y señala que ambos países tienen que continuar apoyándose mutuamente en los cuestiones de interés fundamental, como la de las Islas Malvinas y de Taiwan.

Más allá de las cortesías diplomáticas, hay un dato estratégico que quiero remarcarles: Argentina es un proveedor natural, junto con Brasil, sin complicaciones geopolíticas, de las importaciones alimentarias que China necesitará en el futuro previsible. Debemos asegurar esa relación, y manejarla mejor de lo que hicimos con Inglaterra.


El mundo vuelve a la normalidad: el proteccionismo

febrero 15, 2017

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Se que leer Clarín es un esfuerzo, y hasta algunos lo pueden considerar un sacrificio. Pero sostengo que a veces -quizás por una inadvertencia de los redactores, o el atormentado fantasma de don Rogelio Frigerio (abuelo) que ha sido visto paseándose por las oficinas- se filtran notas interesantes. Ésta que apareció hoy, de la autoría de Víctor Becker, veterano economista radical y nada kirchnerista, es una. Breve comentario mío al final.

Las propuestas políticas y económicas de Donald Trump tienen desconcertados a la mayoría de los analistas. En particular, en el plano económico, estábamos acostumbrados a que el discurso proveniente del Norte fuera en defensa del libre comercio y súbitamente aparece un líder con ideas semejantes a las que veníamos escuchando de boca de los dirigentes tercermundistas.

Sin embargo, estas ideas no son nuevas en la dirigencia estadounidense. Más aún, salvo en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue un país esencialmente proteccionista.

Tras independizarse de Gran Bretaña, la segunda ley aprobada bajo la presidencia de George Washington fue la que establecía las tarifas sobre las importaciones. No por nada el primer Secretario del Tesoro era Alexander Hamilton, un destacado defensor del proteccionismo económico. Sostenía que “mantener una competencia en igualdad de condiciones, tanto en cuanto a calidad como a precio, entre un establecimiento nuevo de un país y los establecimientos de larga maduración de otro país, es, en la mayoría de los casos, impracticable”. Concluía en la necesidad de una ayuda extraordinaria y protección del gobierno para desarrollar la industria local.

Los únicos defensores del librecambio en Estados Unidos eran los dueños de las plantaciones del Sur, que, gracias a la mano de obra esclava, podían vender barata su producción en el mercado mundial. Sus votos se inclinaban mayoritariamente hacia el partido Demócrata. Lincoln –un republicano y convencido proteccionista- quebró la resistencia del principal bastión librecambista en el país.

Mientras Gran Bretaña fue la primera potencia económica mundial, Estados Unidos –al igual que Alemania, Francia y Japón- abrazaron el proteccionismo para impedir que la competencia de las importaciones baratas de aquel país impidiera el desarrollo de la industria local.

En palabras del presidente republicano William McKinley (1897-1901): “Bajo el libre comercio, el comerciante es el amo y el productor es el esclavo. El proteccionismo no es sino la ley de la naturaleza”.

Todo cambió tras la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos surgió como la primera potencia mundial y allí abrazó el credo del librecambio como forma de abrir los mercados externos a sus exportaciones. Así lo había vaticinado el presidente Ulisses Grant (1869-1877): “Después de dos siglos (de proteccionismo), Inglaterra ha encontrado conveniente adoptar el libre comercio porque piensa que no hay ya nada que el proteccionismo pueda ofrecerle. Muy bien, caballeros, mi conocimiento de nuestro país me lleva a pensar que dentro de 200 años, cuando Estados Unidos haya obtenido de la protección todo lo que ella puede ofrecer, también adoptará libre comercio”.

Quizá no hay palabras que mejor expresen el pensamiento trumpista que las del varias veces precandidato a presidente por el partido Republicano Pat Buchanan y ferviente partidario del nuevo presidente: “Detrás de un muro tarifario construido por Washington, Hamilton, Clay, Lincoln y los presidentes republicanos que siguieron, los Estados Unidos han pasado de ser una república agraria costera a convertirse en la mayor potencia industrial que el mundo jamás ha visto, en apenas un siglo”.

No hay nada novedoso en el credo económico adoptado por el presidente Trump que regresa a las tradiciones del partido republicano dejadas de lado sólo durante el periodo 1950-2016.

El librecambio ha sido históricamente la bandera de los que tienen todo para ganar del comercio internacional. Lo fue de Gran Bretaña hasta 1930, la de Estados Unidos posteriormente y es la de China actualmente. Por eso mismo el mercado laboral y el de productos agrícolas de los países centrales permanecieron, aún durante el proceso liberalizador, guarecidos tras poderosas barreras a la inmigración y a la importación de tales productos.

La liberalización de los flujos de capital estimuló la inversión en los países donde la producción era más barata. En un mundo totalmente globalizado, buena parte de la producción industrial se concentraría en China, por el bajo costo de su mano de obra. Para evitarlo, Trump intenta trabar la circulación de capital imponiendo sanciones a las empresas que inviertan en el exterior. Su objetivo es generar empleos industriales en estados como Ohio, Pennsylvania o Illinois, que son críticos en la definición de cualquier elección nacional. Su postura sirve para recordar que en materia de comercio e inversión internacional las naciones no se guían por principios sino por intereses.

El giro hacia el proteccionismo no dejará de producir efectos. Los consumidores americanos deberán pagar más caros los productos que hoy importan y seguramente habrá represalias de los países que resulten perjudicados, que abrazarán esquemas igualmente proteccionistas.

Frente a este panorama, Argentina debería repensar su estrategia comercial pensada para un mundo que no es el que imperará en los próximos años. ¡Ojalá esta vez no lleguemos a la estación cuando el tren ya haya partido!

El título del posteo es mío, y es una exageración. Es cierto que ningún país con “densidad nacional” -el término es de Aldo Ferrer- ha dejado de proteger las actividades que interesaban a una parte considerable de su población de la competencia extranjera. Pero la mayoría de los países no ha logrado esa densidad nacional.

En especial, cuando existe un gran desequilibrio en el poder de una de las partes, surgen en el país más débil sectores que implantan una economía de “plantación”: monoproductores para un mercado externo. Esa ha sido una historia que se vio en África, Asia del Sur y buena parte de América Latina en los siglos XIV a XIX. Y todavía persiste, cómo no.

Pero la etapa actual de la globalización ha terminado por lograr que el librecambio esté perjudicando a sectores numerosos de los ciudadanos de las Potencias. Sólo China, amparada en su disponibilidad de mano de obra -comparativamente- barata combinada con el avance tecnológico puede ser librecambista sin inhibiciones hoy. Y aún ella deberá enfrentar en el futuro la competencia de nuevos actores, India, y en Asia del Sureste. No dudo que aplicará proteccionismo, llamándolo de otro modo.

El punto, que correctamente Becker deja abierto, es cómo enfrentamos los argentinos la nueva situación global, una vez descartada la actual desubicación macrista. Tema para otro posteo.


Otra vez: Los nacionalismos que vuelven (y los que no se fueron)

febrero 12, 2017

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Preparando las valijas, alguien me acerca una nota de La Política Online: Recalde y Cerruti, los candidatos de Cristina para la Capital. Como ya dije, no se puede comentar la coyuntura desde afuera. Pero, aunque sea una de las operaciones de Nacho Fidanza, refleja que la coyuntura viene berreta. Es evidente que la política pasa por los candidatos; en lo inmediato, ES los candidatos. Pero también -y lo digo con mi sombrero de publicista- es necesario empezar mostrando algo nuevo. Ya que tengo que repetirme para mi habitual homilía dominical, reitero un posteo reciente. Que ademas fue reproducido por el atento Alternativa Económica. Pero creo que tiene algunos elementos importantes para un enfoque de esta etapa global, y, de paso, en la ultima frase, para nuestra politica (aunque el nuestro sea, en muchos aspectos, un capitalismo pre industrial).

Este es un tema -el del Estado Nación, y su significado para los seres humanos que lo forman- que he tocado en el blog desde que existe. Inevitable, porque ha sido importante para mí desde que empecé a pensar la política. En realidad, son aspectos de lo mismo: el patriotismo es un sentimiento natural -para los que lo sienten- pero la nación es un proyecto político en común.

Pasa que no se adapta a tratarlo en posteos más o menos breves, ni es fácil combinar la reflexión con el compromiso político y el trabajo en comunicación… Pero uno tiene este impulso bloguero, y la sospecha que la elección de Donald Trump va a provocar oleadas de palabrerío sobre el asunto. Entonces, acerco algunas ideas para despertar discusiones y, quizás, empezar a bosquejar un análisis más serio.

Ante todo, podemos empezar con un dato evidente: la campaña de Trump ha sido una manifestación del nacionalismo estadounidense. El significado de su consigna “Hagamos (Norte) América grande otra vez” da para algunas preguntas, pero no para dudar de la sinceridad de sus votantes.

Ahora, eso no debe hacernos creer que la otra candidata, Clinton, el presidente Obama y los otros 43 presidentes anteriores de los EE.UU. no defendían los intereses de su nación, tal como ellos los entendían (No muy diferente de como los entiende Trump, sospecho). La distinción -importante en el mundo de los discursos, que a su vez importa en la realidad- es que a partir de 1932, con mayor o menor énfasis, la búsqueda del poder de ese país tuvo una envoltura ideológica: la Defensa de la Libertad, de la Democracia, del Mundo Libre… De eso se habló en el blog aquí.

Las razones porqué el candidato triunfante se decidió a dejar de lado ese discurso -al menos en la campaña- no las vamos a analizar ahora. El hecho es que una política de defensa de los intereses de EE.UU., sin barniz ideológico ni pretensiones de ideales trascendentes, crea una situación nueva.

No sin precedentes, cuando lo pensamos un poco. Putin defiende los intereses geopolíticos y económicos de Rusia con la misma dureza que lo hacía, por ejemplo, Stalin, pero, a diferencia del georgiano, no tiene ni la herramienta ni la carga que representaba una ideología de la revolución mundial. Que si bien le ganaba seguidores en el exterior, también le garantizaba, inevitablemente, enemigos mortales.

En forma menos dramática, como corresponde a una civilización donde nunca echó raíces profundas una religión mesiánica, China ha dejado de lado el maoísmo como producto de exportación -lo conserva como referencia de unidad- y se dedica exportar productos manufacturados, para convertirse en el taller del globo.

No estoy comparando -señalo lo obvio para evitar confusiones tontas- el marxismo leninismo con el “intervencionismo democrático”. La comparación es entre nacionalismos, como instrumentos de afirmación y cohesión nacional.

El mismo rol que están jugando en Turquía, en la India, … La lista es muy larga, y demuestra que el título de este posteo es engañoso. Los nacionalismos, como Troilo, siempre están llegando.

Hay algunas regiones en el mundo, importantes, donde esta afirmación debe ser matizada.

En primer lugar, el mundo árabe. Ahí, la construcción de estados nacionales modernos y fuertes enfrentó el ataque abierto y solapado de las potencias europeas, y más recientemente de EE.UU. e Israel. Pero también había y hay debilidades internas que pusieron obstáculos casi insalvables a la tarea. Lo he discutido en el blog y lo volveré a hacer.

También nosotros, Latinoamérica. Aquí hemos formado estados nacionales modernos, si bien no muy organizados, al estilo occidental. Somos mestizos de Occidente, después de todo. Pero tenemos conciencia de una tarea pendiente, desde la independencia. Sino construimos una unión sólida entre nuestros países -el Estado continental industrial del que hablaba Methol Ferré- no seremos más que peones en el juego global.

Y Europa, donde empezó el estado nación con la Paz de Westfalia y se hizo de masas con la Revolución Francesa… Sus dos grandes carnicerías del siglo pasado le crearon anticuerpos, como diría Perón, contra el nacionalismo. No que las potencias dejaron de perseguir sus intereses nacionales con toda la crueldad y masacres que consideraron necesarias: Indochina, Argelia, Egipto, el África subsahariana… Pero el nacionalismo se convirtió en una expresión tabú.

Hasta que el deterioro del Estado de Bienestar y del ideal de la Unión Europea, corroídos por una burocracia que defiende un esquema económico que cada vez se muestra más incapaz de garantizar trabajos dignos para las mayorías, ha conseguido que vuelvan los nacionalismos.

En Polonia gobierna Jaroslaw Kaczynski, y en Hungría Viktor Orban. En Francia, han aumentado las chances de Marine Le Pen. También activan el holandés Geert Wilders, el italiano Matteo Salvini de la Liga Norte, el inglés Nigel Farage, del partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), que además es amigo de Trump…

Por supuesto, la victoria del Donald los estimula. De la misma forma que despierta terror entre las élites políticas e intelectuales europeas. Por mi parte, me permito opinar que no son “neofascismos” -no por falta de ganas, en algunos de los que están más lejos de gobernar- sino porque no tienen la pulsión de poder y de muerte del fascismo original, de las ideologías que marcaron a fuego el siglo XX. Tampoco tienen la capacidad de construir una comunidad y una identidad, como fue la construcción de los estados nacionales en Europa y en todo el mundo.

Los veo, quizás superficialmente, como expresiones del temor a lo distinto y un intento de aferrarse a pasados más o menos imaginarios, y a las partidas de presupuestos cada vez más ajustados, también.

Pero me resuena una frase que leí hace poco y quedó en mi memoria aunque no recuerdo el autor: En la era de capitalismo post industrial las elecciones se ganan por las aspiraciones de pertenecer y no de ser todos iguales.


Argentina Nuclear, 2017 – XLVII: Evitando los riesgos atómicos

febrero 11, 2017

Daniel sigue con la saga. Es un pedazo de nuestra historia reciente, olvidado en el ruido de nuestras internas. No quiero demorar en subirlo hasta mi regreso en la semana que viene, porque remarca algunas indicaciones necesarias.

  1. La tentación de la bomba y cómo evitarla

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El presidente brasileño general Artur da Costa e Silva, quien en 1967 nos convidó “a bombas”, y contestamos amablemente: “Ud. primero”.

Uno de los objetivos de esta columna “incubada” generosamente por el Blog de Abel es demostrar algo poco evidente incluso para mis compatriotas: nunca fuimos proliferadores nucleares. Ni en las épocas más idiotas y belicistas del ispa. La cultura institucional de la CNEA y su “weltbild” lo impidieron siempre.

A más de un estudioso yanqui –por caso, John Redick, del Henry Stimson Center- lo nuestro le parece contraintuitivo, una rareza.  ¿Por qué la Argentina no optó por seguir el camino de la India en 1974, si le sobraban quilates técnicos para imitarla? Es más, ¿por qué no imitó a Brasil?

Como causa suficiente “to go nuke all the way”, Argentina tenía en su vecino de puerta a un rival públicamente comprometido a ello desde 1967. Por boca, además, de su presidente, el general Artur da Costa e Silva. Aquel año, éste dijo ante el Consejo Nacional de Seguridad lo que debía desarrollar la agencia atómica brasuca, la entonces poderosa CNEN: “No las llamaremos bombas, las llamaremos artefactos que pueden explotar”. El general se aseguró de que sus dichos se filtraran a la prensa.

Aquí, en cambio, el fúnebre general Juan Carlos Onganía, pese al susto ante el despliegue industrial e hidroeléctrico de los vecinos –tenemos la baja Cuenca del Plata, ellos la Alta-  no estaba para pelotudeces. Debía aprobar la decisión de hacer Atucha I con la alemana KWU, en lugar de con la canadiense AECL. Alguien le había dicho a “La Morsa” que a los primos les llevábamos suficiente ventaja tecnológica nuclear como para dormir sin frazada, y que valía más concentrarse en sumar capacidades pacíficas, en este caso la nucleoeléctrica. En términos geopolíticos (palabra tan de moda entre milicos de los ’60), eso generaba más prestigio y respeto que hablar de “artefactos que pueden explotar”. Y de paso, evitaba chocar de frente con los EEUU, que no es poco.

Con da Costa e Silva entregado a la incontinencia verbal, el contralmirante Oscar Quihillalt en 1967 tuvo que estudiar seriamente una vía rápida a la bomba “just in case”. Si el generalato brasileño probaba sus palabras con hechos, ¿qué remedio habría? De todos modos, el Jefazo Oscar Q. concordó sin ningún voto en contra con la plana mayor de la CNEA en NO levantar aquel guante.

Tras el concordato, a Quihillalt le quedaba la tarea más bien dura de calmar la paranoia profesional del Ejército. Pero contaba con tres ases en su mano: diseño propio en reactores, que los vecinos no tenían, la sorprendente participación de industriales nacionales que se iban anotando -¡vamos, Sabato, todavía!- para la electromecánica de Atucha I, y por último el rediseño drástico del sistema primario de refrigeración que le había impuesto la CNEA a los planos originales de KWU, para disminuir el riesgo de “meltdown” del núcleo. El resultado, una Atucha I más “nac & pop” y MUCHO más segura.

Ese último asunto suponía una inversión de roles: un puñado de argentinos corrigiendo la ingeniería del país que la plana mayor del Ejército, comprador histórico de fierros Krupp, Mauser y hasta cascos de infantería germánicos, siempre consideró el “nec plus ultra” tecnológico mundial, epa. Qué diferencia la nuestra con Brasil, que compraba todo fierro nuclear complejo llave en mano y “a paquete cerrado” (y así le fue).

“Autoridad mata billetera”, decía la CNEA, sin tener siquiera que abrir la boca. Y a esto se añadía a la elección del uranio natural como combustible, frente a la brasileña de enriquecido para Angra I. Ahí el mensaje silencioso era: “Autonomía mata potencia”.

Lo que le mostraba Quihillalt al Ejército Argentino, obsesionado entonces porque los primos estaban haciendo demasiadas obras aguas arriba del Paraná y el Uruguay sin preguntarnos a los de aguas abajo, era que en know-how nuclear teníamos más equipo y mejor manejo de la pelota. Quihillalt no era un hippie pacifista, título que el generalato sí le prodigaba más bien a Jorge Sábato. El mensaje del contralmirante era que si Brasil nos convidaba a bombas, ellos primero. Con el know-how local los alcanzábamos caminando.

En su momento a Quihillalt lo escuchaban generales con un toque industrial nacionalista, como Juan Enrique Guglialmelli, e incluso gorilas de denso pelaje, inmersos en la persecución de peronistas y comunistas y odiadores de nuestros vecinos de mapa, pero no totalmente exentos de materia gris y con harta manija: Osiris Villegas, por dar un caso. Guglialmelli llegaba a plantear –y en los 60 eso era anatema entre generales- que con los brasileños había que dejarse de matoneos hidroeléctricos y tejer algún proyecto industrial común. Qué modo de sacarle la espoleta a la situación, don Quihillalt…

Quihillalt no macaneaba respecto de las capacidades autónomas criollas. Como consecuencia de ellas, 47 años más tarde, en 2014, antes de la entrada en línea de Atucha II, nuestras dos centrales, envejecidas y todo, tenían factores de disponibilidad del 95,8% anual, casi 10 puntos arriba de las comparativamente más nuevas de los vecinos, y 17 puntos por encima de la media mundial.

Medio siglo después de que da Costa e Silva hablara de “cosas que pueden explotar”, en los estados ricos de Brasil (Paraná, Río Grande, San Pablo y Río de Janeiro), la medicina nuclear es posible gracias a los isótopos de diagnóstico y terapia fabricados por nuestro ya cachuzo RA-3, diseño y construcción 100% argentos. En el norte de Brasil, bueno… no hay mucha medicina nuclear.

Por otro lado, en materia de las plantas que fabrican tales radioisótopos, y ante el desabastecimiento mundial del principal en diagnóstico por imagen (el tecnecio 99m), Brasil trató toda una década de conseguir una compra que no fuera llave en mano con Francia, y jamás la obtuvo. En 2010 Brasil terminó acordando que le diseñáramos una fotocopia del RA-10. Éste es el remplazo del RA-3 y una versión potenciada del OPAL que INVAP le vendió a Australia en 2000. Australia y Argentina se autoabastecen en tecnecio 99m y exportan, mientras en Europa, Japón y el resto de las Américas y Asia, falta. Desde 2006, según admite Canadá, eterno competidor y perdedor ante nosotros, el OPAL es el mejor reactor del mundo en esto. Y además, sirve para varias cosas más.

A diferencia de Francia, Argentina aprendió no poco de “marketing nuclear generoso” con Canadá. Esto significa que no tiene problemas en transferir muy abiertamente su tecnología. ¿Nos la copian? Seguro. No problem. Lo que nos copien hoy, en cinco años lo habremos mejorado y ya será un poco viejo.

Éste no es un lujo que nos damos sino una necesidad: vendemos así no porque nos sobren los clientes o la plata, como a AREVA, la empresa nuclear francesa, sino para que no nos sobren los recursos humanos nucleares.

Toda vez que nos sobran tales recursos (Alfonsín, Menem 1.0 y 2.0, De la Ruina, Duhalde), se nos van, en general del país, o en viajes sin regreso a la industria privada. Formar a título de grado un/a ingenier@ nuclear en el Balseiro tiene un costo que hoy estimo en no menos de U$ 150.000 por gorra, y fija que me quedo corto. Los costos de los doctorados y post-docs, que viajan bastante al exterior, son mucho más dispersos (y más salados).

Pero el drama peor no es perder los individuos, incluso por centenares. Lo peor es cuando quiebran o cierran su división nuclear las empresas proveedoras calificadas. Por eso vendemos el “know how” con manga ancha canadiense y no con parsimonia francesa. Tanto para “canucks” como para argentos, nuestro marketing no es un asunto ideológico, ni tiene nada que ver con la filantropía.

Quihillalt podía mostrar estas diferencias de manejo tecnológico con Brasil, cuya raíz última es que tenemos (¿tuvimos?) un formidable aparato educativo público y los vecinos no. Y podía mostrar las consecuencias en cómo manejamos la cuestión atómica aquí y cómo la manejaron allá, cuando apenas despuntaban pero ya eran incontestables. Ante el milicaje cuartelero de sus tiempos, que trató a la educación pública como los camiones suelen hacerlo con los sapos, el contralmirante, misteriosamente fumaba bajo el agua.

Supongo que Onganía y sus conmilitones no lograban explicarse el origen de ese fulgor nuclear argentino, pero les venía bárbaro para agrandarse. Y Quihillalt –del cual ignoro si habría compartido mi visión “educativista”- manejaba con cautela y en favor del país esa autoridad que generaba la CNEA en toda la dirigencia argentina, sin distingo de civiles o militares, gorilas o peronchos, progres o neandertales, magnates o laburantes, maestros o periodistas.

Es conveniente recordar que el “soft power” de la CNEA hasta bien entrados los ’80 estuvo  acompañado de una dependencia directa con el Poder Ejecutivo. El presidente de la CNEA no era –como hoy- un subsecretario que tiene que convencer a un secretario el cual a su vez debe chamuyarle a un ministro (de la Shell) y convencerlo de que le pida cinco minutos a un jefe de gabinete para que éste le pase lo que haya sobrevivido del mensaje al presidente de la Nación. Nada de eso. Como lo nuclear es estratégico, hasta 1983, el presidente de la CNEA entraba al despacho del Presidente de la Nación con un telefonazo.

Lo que no podría predecir siempre el contralmirante Quihillalt era a quién se iba a encontrar en el resbaladizo sillón de Rivadavia: vio desfilar 18 presidentes. Son 3 veces más supremos mandatarios de los que vio entrar y salir del Salón Oval de la Casa Blanca don J. Edgar Hoover entre 1935 y 1972. Eso es más o menos lo que va de los ocasos de Bonnie & Clyde al de Richard Nixon, por mencionar íconos del crimen.

Sólo que las largas presidencias en la CNEA de un Iraolagoitía o un Quihillalt, a diferencia de la vitalicia de Hoover, no se conseguían a carpetazos, o silenciando o provocando magnicidios. Se conseguían con obras complejas. Eran el resultado –que muchos giles creímos eterno e inevitable- del dominio casi monopólico a escala regional de una de las tres tecnologías duales que modelaron a escoplazos la historia del siglo XX, y continúan. Las otras dos son la aeroespacial y las TICs, y desde los ’80 hay que añadir las biociencias.

El hoy embajador argentino en Hungría, Max Cernadas, un “diganista” de la primera horneada de Adolfo Saracho, dedicó un libro (“Una épica de la paz”, Eudeba, 2016) al modo en que Alfonsín evitó una segunda carrera armamentista nuclear sudaca entre 1983 y 1987. Cernadas tiene una pluma barroca, pero todo lo dicho ahí es vivencial y cierto.

Sólo añado que antes de Alfonsín hubo otro tipo que evitó una primera carrera con Brasil, y ése fue Quihillalt, nada recordado. Un brindis tardío por el contralmirante.


Ideas para deudores: aportes de Marine

febrero 10, 2017

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Los argentinos preocupados por el masivo endeudamiento que lleva adelante el Mauricio, no deben creer que las unicas soluciones creativas son las del Macri senior, don Franco. Como en el posteo anterior hablamos de Francia, cabe hacer notar que alli ha surgido -hasta ahora como promesa electoral, solamente- una idea realmente interesante. Y que afecta a sumas mucho mayores que las que podemos llegar a adeudar nosotros, a pesar de todos los esfuerzos del PRO.

Me avisan que el respetable, y muy informado en lo suyo, Financial Times esta alarmado. Dice:

El plan para la deuda de Le Pen amenaza con un default masivo, afirman las agencias.

Alrededor de 1,7 trillones (no se asusten, amigos. Son trillones anglos, es decir, apenas millones de millones) de euros de la deuda publica de Francia podrian eventualmente ser redenominados en francos, si el partido de extrema derecha Frente Nacional llega al poder...

Francamente, no tengo idea si la très jolie Marine se propone esto en serio o no. No estoy seguro si alguien la tiene. Pero ya alcanza para inquietar a todos los que tienen bonos de los “paises serios”. Y a los banqueros, no te digo nada.

Y tambien encuentro que la DGSE (Dirección General de Seguridad Exterior) francesa advierte que Rusia intenta ayudar a la candidatura de Marine Le Pen. Ya no se puede vivir tranquilo.

(bloguero en vacaciones)

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Señales de fin de epoca: En Francia

febrero 9, 2017

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Sigo disfrutando de mis vacaciones. Y, aunque la actualidad argenta se sacude, no me animo a comentarla sin estar presente. Por suerte, Juan Chingo, corresponsal en Paris y redactor de La Izquierda Diario, me acerca una de sus notas sobre un tema caro a la inteligentsia argentina: Francia. El estimado Juan me tolera que edite, ligeramente, la carga ideologica de su nota, que no comparto (Pueden leerla, como corresponde, en La Izquierda Diario). Les agrego la mirada de otro sector de la izquierda francesa, en una entrevista del valioso Alternativa Económica. Y pienso que pronto voy a tener algo nuevo sobre Marine Le Pen. Por un curioso motivo, suena en mi cabeza lo que aconseja el tango “Rajá de Montmartre”. Si en casa tenemos todo eso, revolviendose en el guiso…

“Es como estar delante de una película de Quentin Tarantino. Uno de esos pastiches serie B, donde cada personaje que parecía prometer un papel protagónico se encuentra “quemado” con un golpe de Magnum. Un favorito acaba de salir, bum!, él ya está en el suelo, borrado por los votantes que parecen haber convertido a esta carrera pre presidencial en una prueba eliminatoria”. De esta manera dos editorialistas de Le Monde comienzan un artículo que describe la sucesión de escenarios inéditos y la aún fuerte incertidumbre que pesan sobre las presidenciales francesas, a menos de tres meses del primer turno, sin comprender a fondo que es lo que está pasando en el volcán político en que se ha transformado la vida política francesa al fin del quinquenato de Hollande.

Y siguen: “Escándalos, la eliminación de los candidatos “salientes”, debilitamiento o la división de los partidos tradicionales, tensa situación internacional… El cuadro político es inédito, a tres meses de una votación crucial. ‘La situación política nunca ha estado tan desestabilizada, se preocupa François Bayrou (político de centro derecha) que dirá solamente en febrero si se presenta a la carrera presidencial. Hace veinte años, a finales de los años Bérégovoy habían sido ya aterradores, pero si la izquierda la estaba pasando mal, la derecha republicana, estaba bien”.

Esta vez, los republicanos (Les Républicains, LR) están amenazados. El 25 de enero, el semanario Le Canard enchaîné reveló que François Fillon había empleado a su mujer para un trabajo cuya realidad se le hace difícil demostrar y que el propietario de la Revue des Deux Mondes había pagado 100.000 euros por un trabajo de “asesor editorial”, que parece reducirse a dos notas de lectura. Por primera vez, la derecha, que empezó largamente favorecida, tiene en cuenta de forma encubierta lo impensable: una derrota en las elecciones presidenciales y legislativas.

Antonio Gramsci plantea que una crisis orgánica se distingue de las crisis o movimientos de coyuntura porque es una “crisis de conjunto” (económica, política y social) que pone de manifiesto contradicciones fundamentales (incurables) que las clases dominantes no pueden resolver por sus métodos habituales. Se abre así un período de cuestionamiento histórico–no de políticas parciales o líderes particulares sino de la orientación de la clase dominante de conjunto- que se expresa en la crisis de los regímenes políticos y de los partidos burgueses tradicionales con sus bases.

Fue el famoso grito de los indignados españoles “no nos representan”. Esto se tradujo en una crisis profunda del “consenso de centro” construido en las últimas décadas en torno al programa neoliberal.

En el caso francés esta tendencia a la crisis orgánica se expresó más tempranamente que en otros países europeos, como dieron prueba en la década del 2000 la eliminación del Partido Socialista en la primera vuelta de las presidenciales de 2002, el fracaso del referéndum europeo y la revuelta de las banlieues en 2005, sin nombrar la oleada de la lucha de clases 1995/2010 que aunque no derrotó la ofensiva neoliberal le puso palos en la rueda. En la década posterior el carácter inédito del fin de reino de Hollande, a la vez que los fenómenos aberrantes terroristas y las fuertes tendencias bonapartistas y reaccionarias que disparan así como con un contenido político inverso la reciente contestación contra la reforma laboral, el movimiento social más largo y la primera contestación de masas amplia por izquierda contra un gobierno del Partido Socialista.

Estas situaciones son interregnos en los que, como decía Gramsci, lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, y en las que surgen fenómenos aberrantes. En el caso francés, la expresión más antigua de esto último es el Front National (FN), lo que muestra que la “enfermedad francesa” viene de lejos. Hoy en día, Marine Le Pen no tiene que decir mucho para seguir siendo un polo de atracción por derecha para los “anti-sistema”. Es líder en las encuestas. Pero más recientemente, Emmanuel Macron (exministro de economía de Hollande) está tratando con éxito de succionar los funcionarios electos y activistas desesperados de los partidos tradicionales. Este ex gerente-socio de la banca Rothschild que viene de lanzar un libro que se llama “Révolution” es una especie de populismo Extremo del Centro, una aberración en sus dos términos, un Beppe Grillo vestido en Armani como lo ataca desesperada la derecha preocupada que este “don nadie” levantando nuevas ilusiones le afane su programa neoliberal). Su cálculo es que la victoria de Benoît Hamon (candidato del ala izquierda del PS en las primarias de parte de la “izquierda”, aunque fue ministro del actual gobierno frente al ex primer ministro socialchovinista sin complejos, Manuel Valls) terminará por romper el ala reformista del PS, que no se encuentra en ese candidato que ayudó, según ellos creen, a sabotear el quinquenato. Es decir, dos fuerzas en movimiento que actúan impulsados por el rechazo de los partidos tradicionales.

La volatilidad del escenario político y en especial la furia que comienza a expresarse en sectores de las masas hacen prever un escenario de más en más ingobernable, donde comienza a desarrollarse un clima destituyente desde abajo. “”Pocas veces en mi vida política, he sentido tanta exasperación que la que observo ahora, escribió el candidato de La France insoumise, Jean-Luc Mélenchon, el domingo por la noche en su página de Facebook. Y supongo que la tendencia ‘dégagiste’ de la sociedad se va a amplificar. ‘‘Dégagisme” su palabra de campaña en 2017, una referencia a la consigna de la democracia de Túnez ’a la dirección de Ben Ali”, dijo Mélenchon, presumiblemente para evitar que lo comparen al “salgan los salientes” de Pierre Poujade” [1].

En base a estos elementos podemos conjeturar una hipótesis: si el próximo presidente no toma verdaderamente en cuenta esta exasperación y se equivoca en la aplicación y “pedagogía” de sus planes reaccionarios en la apreciación de la relación de fuerzas, ¿no abrirá el camino a acciones históricas independientes de las masas? Como alertó a Fillon (y su programa de austeridad dura) Henri Guaino, diputado LR de los Yvelines, candidato a la elección presidencial de 2017 y antiguo consejero especial de Nicolas Sarkozy: “La deflación de Laval abrió el camino para la victoria del Frente Popular en la primavera de 1936”, es decir las medidas de austeridad draconianas tomadas tardíamente por Francia frente a la crisis de 1930 y que abrió el camino un año más tarde al inicio de la revolución proletaria en Francia, desviada por el Frente Popular de Leon Blum, a través de conquistas históricas como las vacaciones pagas.

Es que detrás de esta “elección tobogan” [2] se desprende una fragmentación de los electorados y una dificultad para construir nuevas mayorías, prueba de la polarización social que existe como ya anticipamos luego de la eliminación de Sarkozy en las internas de la derecha y el centro. “Desde 1965, cuando tenía 14 años de edad, nunca he vivido una presidencial de esa manera, dice Jean-Christophe Cambadelis…No hay más ejes o reglas. ‘El primer secretario del PS encontró una buena fórmula para describir esta elección loca, ‘La Presidencial inencontrable’, una referencia a ese “pueblo inencontrable” mencionados por el historiador Pierre Rosanvallon en 1998 para discutir la creciente desafección de los votantes con respecto los principales partidos políticos. El jueves, 26 de de enero de la tarde, en los pasillos de una reunión en Alfortville (Val-de-Marne), otro soporte de Manuel Valls, el Secretario de Estado para el Desarrollo y la Francofonía, Jean-Marie Le Guen, suspiró también: “nada es estable. Es el más grande desbarajuste’. ‘Cada presidencial crea un imprevisto que puede crear un abismo, relativiza alguien cercano al ex presidente François Mitterrand. Sin embargo, las primarias son decididamente máquinas que crean el desorden…’. Al punto que algunos mencionan secretamente una “crisis de régimen”.

La realidad es que hay demasiadas debilidades estructurales en todos los campos políticos e incluida en el de Marine Le Pen [3], a pesar de las fuertes intenciones de voto para el primer turno y el viento de cola político favorable a nivel internacional, que no solo está abierta la elección presidencial sino que fundamentalmente lo que se designa es una enorme dificultad al próximo presidente sea quien sea para gobernar, que posiblemente haga empalidecer el ya débil quinquenato de Hollande.

 

*Las mayoría de las citas son del artículo del diario Le Monde de 31/1/2017 “De Fillon à Hamon, récit d’une campagne présidentielle chamboule-tout”, por Raphaëlle Bacqué y Ariane Chemin

Notas:

[1] Según la definición de Wikipedia , el poujadismo, término derivado del nombre de Pierre Poujade, fue un movimiento político y sindical francés surgido en 1953 en el departamento de Lot (Francia), y desaparecido en 1958. El movimiento reivindicaba la defensa de los comerciantes y artesanos frente al peligro que suponían las grandes superficies comerciales aparecidas después de la guerra, y criticaba asimismo la ineficacia del parlamentarismo de la Cuarta República. Los términos poujadismo o movimiento Poujade designaban pues las actividades tanto de la ’Union de défense des commerçants et artisans’ (el sindicato dirigido por Pierre Poujade) como de la ’Union et fraternité française’ (la agrupación utilizada por Poujade y sus partidarios para participar en política). Paulatinamente el término poujadismo adquirió un matiz peyorativo, para referirse a un movimiento político corporativista con tendencias reaccionarias, propio de las clases medias, también definido como conservadurismo de la pequeña burguesía.

[2] Como la denomina el senador socialista de Val-de-Marne, Luc Carvounas, sostén de Manuel Valls en esta elección que ha visto a un presidente en ejercicio renunciar a su reeelecion, la derrota de un ex presidente y varios primer ministro a la vez que de los candidatos favoritos en las primarias de la derecha y la izquierda para luego ser devorados de nuevo como ha sido el caso de Fillon, primero por el cuestionamiento a su política dura sobre una conquista social como es la seguridad social y ahora con el Penelopegate.

[3] Las encuestas de opinión y los buenos resultados electorales del FN para las elecciones intermedias lo ubican frente a la elección presidencial con confianza. Pero la segunda ronda de las elecciones regionales ha confirmado que no es aun probable que gane en la segunda vuelta presidencial de 2017. Es así, que a pesar del panorama de enorme volatilidad electoral todas las encuestas siguen confirmando la derrota de Marine Le Pen frente al candidato LR o al mismo Macron. La realidad es que a medida que más pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que el FN se asemeja en las practicas a los partidos que denuncia: el escándalo que hoy atrapa a Francois Fillon, ha sofocado el que amenazaba al presidente de FN. El Parlamento Europeo le reclama 340.000 euros al partido Frente Nacional por haber empleado con fondos europeos, dos personas, que obviamente no trabajaban en la institución, como asistentes parlamentarios.

(bloguero en vacaciones)vacaciones

 


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