Para un curso muy elemental de política internacional: es mejor ser fuerte que débil

marzo 19, 2022

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Este posteo no es mío, salvo algunos breves comentarios. Escribe Tucídides (siglo V a. C., en versión de Wikipedia, así que debería ser conocido). Pero como mis compatriotas opinadores se pronuncian sobre la guerra en Ucrania y política internacional en general, explicando lo malos que son los Otros, sentí el impulso de copiarlo aquí. Es el famoso «Diálogo de los melios».

Los habitantes de Melos -una ciudad Estado en el mar Egeo- eran dóricos y descendían de los espartanos, pero se mantenían independientes de las ciudades más poderosas, de Esparta y de Atenas. Durante años, los atenienses habían deseado incorporar a Melos a su hegemonía -la Liga de Delos- por su riqueza y ubicación estratégica.

En 431 a. C., Atenas y Esparta y sus respectivos aliados fueron a la guerra. En el verano de 416 a. C., durante una tregua con Esparta, Atenas envió una flota de 38 barcos que llevaban un ejército de 3.000 hombres, conducidos por los generales Cleomedes y Tisias, para conquistar la isla. Después de establecer el campamento en la isla, los atenienses enviaron emisarios que se reunieron en privado con los gobernantes de Melos. Empiezo con un párrafo del original de Tucídides, y sigo con el resumen de wikipedia:

«Atenienses: «(…) Se trata más bien de alcanzar lo posible de acuerdo con lo que unos y otros verdaderamente sentimos, porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan».

Los atenienses ofrecen a los melios un ultimátum: rendirse y rendir tributo a Atenas, o ser destruidos. Los atenienses no desean perder tiempo discutiendo la moralidad de la situación, porque en la práctica «los fuertes imponen su poder, tocándoles a los débiles padecer lo que deben padecer».

Los melios argumentan que son una ciudad neutral y no un enemigo, por lo que Atenas no tiene necesidad de conquistarlos. Los atenienses afirman que si aceptan la neutralidad e independencia de Melos, parecerían débiles: sus súbditos pensarán que Atenas dejó a Melos solo porque Atenas no era lo suficientemente fuerte para vencerlo.

Los melios argumentan que una invasión alarmará a los otros estados griegos neutrales, que se volverán hostiles a Atenas por temor a ser invadidos ellos mismos. Los atenienses oponen que los estados griegos en el continente son poco proclives a actuar de esta manera. Son los estados insulares independientes y los descontentos que Atenas ya ha conquistado los más propensos a tomar las armas contra Atenas.

Los melios argumentan que sería vergonzoso y cobarde por su parte someterse sin lucha. Los atenienses contrarrestan que solo es vergonzoso someterse a un oponente si uno tiene una posibilidad razonable de vencer. No es vergonzoso someterse a un enemigo abrumadoramente superior como Atenas.

Los melios argumentan que aunque los atenienses son mucho más fuertes, hay al menos una pequeña posibilidad de que los melios puedan ganar, y se arrepentirán de no probar su suerte. Los atenienses contrarrestan que este argumento es puramente emocional y que excluye un análisis racional de los riesgos y beneficios. Si los melios pierden, lo cual es muy probable, llegarán a lamentar amargamente su necio optimismo.

Los melios creen que tendrán la ayuda de los dioses porque su posición es moralmente justa. Los atenienses contrarrestan que los dioses no intervendrán porque es el orden natural de las cosas el que los fuertes dominen a los débiles.

Los melios argumentan que sus parientes espartanos vendrán en su defensa. Los atenienses oponen que los espartanos son un pueblo práctico que nunca se pone en riesgo cuando sus interés no están en juego, y el rescate de Melos sería especialmente arriesgado, ya que Atenas tiene una armada más fuerte.

Los atenienses expresan su conmoción por la falta de realismo de los melios. Dicen que no es vergonzoso someterse a un enemigo más fuerte, especialmente uno que está ofreciendo términos razonables. También dicen que es racional someterse a los superiores, mantenerse firmes frente a los iguales y ser moderados con los inferiores. Los melios no cambian de opinión y rechazan educadamente a los enviados.»

Durante meses, los melios resistieron el asedio, pero con refuerzos de Atenas y la ayuda de traidores dentro de Melos, los atenienses tomaron la ciudad en el invierno. Los vencedores ejecutaron a todos los hombres adultos que capturaron y vendieron a mujeres y niños como esclavos. Luego instalaron quinientos de sus propios colonos en la isla.

En el 405 a. C., cuando Atenas estaba perdiendo la guerra, el general espartano Lisandro expulsó a los colonos atenienses de Melos y restauró a los supervivientes de la colonia dórica original a la isla. Algunos de ellos fueron liberados de su esclavitud en Atenas, cuando Lisandro la ocupó.

Comentarios del blog de Abel:

Este diálogo de los melios se ha repetido, y se repite, muchas veces en la historia, casi siempre sin la claridad de los clásicos griegos. Uno puede imaginarlo en boca de Atahualpa, o Francisco Solano López, o Muamar Khadafy, o Volodimir Zelensky, y sus respectivos interlocutores.

La primer lección a tomar en cuenta en política internacional, y en muchos otros temas, está en el título: Es mejor ser fuerte que débil. Porque, como dijo ese general ateniense, «los fuertes imponen su poder, tocándoles a los débiles padecer lo que deben padecer».

Un segundo corolario lo han señalado estudiosos de la guerra posteriores a los griegos: No hace falta ser más fuerte que su enemigo; es necesario ser lo bastante fuerte para que el costo de destruirlo sea mayor que las ventajas que el otro crea que puede ganar.

Hay otro corolario muy viejo, que hasta los mismos griegos conocían con el nombre de hubris, desmesura. Pero muchas veces lo olvidaban, como en Melos: el más poderoso no debe abusar de su poder, porque siempre se puede dar vuelta la taba.


Los motivos (hidrocarburíferos) de Putin

marzo 6, 2022

Mi amigo Daniel Arias -una de las firmas más buscadas en las notas de AgendAR- me envió ayer por whatsapp una breve reflexión. La comparto aquí, porque como él mismo dice, «No hay nadie que hable de petróleo y gas en este entuerto». Y desde hace 150 años que no hay entuertos donde no estén presentes de alguna manera.

«Pírrica o no, la invasión de Ucrania por Rusia es consecuencia de que Putin no podía no actuar. Con su monopolio gasífero sobre la Unión Europea en juego, no podía dejar que los tres campos de gas ucraniano descubiertos en 2012, causa última del Euromaidan de 2014, privaran a Rusia de contratos que alimentan el 50% de su presupuesto, y del 30% de su PBI.

En 2014, al toque del Euromaidan, se apropia del principal, el de Crimea, con 2 billones (12 ceros) de m3 de gas convencional. Ahora, con la toma de Jarkov, en el Este y pegada a las republiquetas separatistas de Donetsk y Lugansk, se apropia de otro gran yacimiento inexplotado de shale gas y shale oil. Lo único que le queda a la Ucrania no conquistada es el tercer yacimiento, muy occidental y a pie de los Cárpatos, y también de shale.

Ponele que Rusia se detenga adonde está ahora o donde va a estar en una semana, y negocie con Ucrania y la OTAN no avanzar más hacia Polonia y restituirles Odessa (próximo a caer), puerto sin el cual Ucrania se vuelve una especie de Bolivia chata… Y eso a cambio de que Ucrania se abstenga de meterse en la OTAN y se declare neutral, como en 1955 lo hicieron Austria y Finlandia…

Hasta que la posible Ucrania residual logre desarrollar y poner en línea sus campos de shale occidentales, Rusia sigue con su monopolio actual: calculá 10 años. Y el resto del gas ucraniano por ahora lo comercializa Gazprom. Como bono extra, con la reapertura del canal Dnieper-Crimea, sucedida hace 4 días, esa península estepárida pero con 2 millones de habitantes vuelve a tener agua por primera vez desde 2014.«

Mi respuesta, + o -: Tu análisis es muy bueno. Y Fareed Zakaria, en el Washington Post de hoy, advierte que EE.UU., hoy el principal productor de petróleo, al nivel de Arabia Saudita, debe intensificar su producción al mango, para reemplazar a Rusia como proveedor de Europa…

De todos modos, tengamos presente que sin oficinas de presupuesto y estados mayores para verificar nuestros supuestos, nosotros dos estamos especulando.

Pero concedo que esas pueden ser las previsiones, optimistas, de Putin, que los tiene. Igual, debería recordar que dos grandes estrategas, Napoleón Bonaparte y Carlos XII de Suecia hicieron previsiones parecidas dos y tres siglos atrás respectivamente. El sueco llegó justo donde se está peleando ahora, en Poltava.

Como sea, aún asumiendo una victoria militar nítida de Rusia –muy probable- la pregunta es si sumar el petróleo y gas de Ucrania, y eliminarla como competidor en la provisión a Europa, compensa el costo: reconstruir la OTAN, es decir, la alianza EE.UU.-Europa (so sólo la UE), y aumentar su dependencia de China como el gran comprador y (distante) aliado.

También, un factor psicológico pero muy real -que hasta los discípulos inteligentes de la escuerla «realista» toman en cuenta: Putin se convierte en el «villano» necesario para la remake de la Guerra Fría, la ideología de esa alianza Estados Unidos-Europa, donde el poder militar de EE.UU. lo convierte en el socio hegemónico.

Como digo a veces, el que viva lo verá. Calculo unos cinco años, pero puede ser mucho antes.


Discutiendo con el putinismo local

marzo 3, 2022

En este posteo -casual y breve, como casi todos- vuelco algunos comentarios que hice ayer en grupos de wasap, ese sustituto digital de las charlas de café.

Pero antes es necesaria una aclaración: hay -o hubo hasta hace una semana- una aprobación muy extendida hacia la figura de Putin en la ciudadanía de países que arrastran frustraciones. O sea, casi todos.

Natural. Putin reconstruyó el orgullo nacional y un orden político estable en una Gran Potencia que había pasado a ser un país empobrecido y humillado, en el que mafias saqueaban el Estado y, entre otras cosas, exportaban mujeres a las redes de trata.

(Un pensamiento también casual: Ucrania, una versión de Rusia más pequeña y un poco más europeizada, no encontró alguien que cumpliera esa tarea después de su independencia en 1991. Pero la historia contrafáctica es indemostrable).

A la discusión. Que no fue con quienes levantan las viejas banderas de los bolcheviques y están dispuestos a hacer una guerra sin cuartel contra el capitalismo internacional. En twitter, claro. Es que Argentina se parece en algo al Cáucaso: todas las «etnias» ideológicas sobreviven, en valles perdidos.

No. La discusión ha sido con amigos de convicciones nacionales y populares. a los que su rechazo a las intervenciones de EE.UU. en América Latina y Medio Oriente, la memoria del papel de la OTAN hace 40 años en Malvinas y su hostilidad al capitalismo financiero global, los llevan a confundir la invasión a Ucrania con una guerra imaginaria entre globalistas y multipolaristas.

Hay algo más: el marxismo, aún en la versión voluntarista, algo nietzcheana. de los ’70 del siglo pasado, está viejo y no enamora. Existe en unos cuantos cierta fascinación con las ideas de Alexander Dugin, un pensador ruso del que se dice que es cercano a Putin, y que ha elaborado un discurso «euroasiático», retomando ideas de los intelectuales «eslavófilos» en el debate filosófico de la Rusia del siglo XIX.

Dice Dugin, y es repetido en grupos de wasap locales: “Esto no es una guerra con Ucrania, es una confrontación integral con el Globalismo de la élite liberal atlantista”.

Tuve que señalar que en esta etapa de la «confrontación integral» todavía no murió nadie de la élite liberal atlantista; sólo ucranianos y rusos. Y la OTAN se ha revitalizado: toda Europa al oeste de Moldovia, más Turquía, cerró filas contra Rusia. Pero tal vez Dugin piensa, como nuestras madres, que la intención es lo que vale.

Por mi parte, no lo puedo aceptar en un gobernante: no me interesan sus intenciones sino las consecuencias de lo que hace.

Por supuesto, Putin no es un «multipolarista»; su trabajo es defender los intereses de Rusia. Y es cierto que el avance de la OTAN en Europa Central y Oriental -después del derrumbe de la URSS, como comenté aquí– tenía que ser visto por una Rusia recuperada, como una amenaza. La incorporación de Ucrania a la OTAN… era inaceptable para un gobernante de Rusia. Biden se ocupó de dejar claro, antes de la decisión de Putin, que no iba a enviar un sólo soldado ahí.

Pero la invasión militar del territorio de Ucrania ha sido, como la veo desde este lejano Sur, un error gravísimo. Debería haber recordado, él que insiste en que rusos y ucranianos son el mismo pueblo, que ese pueblo no tiene tradición de aceptar mansamente que ejércitos ajenos entren en su suelo.

Más allá del resultado de esta guerra, ha conseguido hacer realidad la consigna con que llegó Biden a la presidencia: «America is back!«. Estados Unidos está de vuelta… en Europa. Desde Rusia, es un precio muy alto por el objetivo que puede conseguir en el mejor de los casos para él: la neutralidad, hostil, de Ucrania y franjas de su territorio.

Pero este posteo no es un análisis geopolítico. Es otra expresión de mi fastidio con este hábito argentino de embanderarse en guerras en las que no participamos. Atención: siento que debo aclarar que no creo que Argentina, ni los países de América Latina que pueden darse una política exterior, deban sumarse a la histeria antirrusa de esta nueva guerra fría. Sobre todo teniendo en cuenta que el verdadero rival de EE.UU. es China. Veo inevitable que algún gobierno estadounidense haga la gran Kissinger y un Secretario de Estado viaje a Moscú…


El regreso de los ejércitos

febrero 25, 2022

(Estoy volcando en el blog unas reflexiones casuales que tuiteé recién. Tal vez me estoy adaptando, también yo con demora, al tiempo del discurso de este siglo)

Pensé escribir sobre «el regreso de Rusia». Quizás lo haga, pero lo que necesitamos empezar a reflexionar los argentinos es sobre el regreso del poder militar como «ultima ratio» en la política internacional.

Atención: nunca dejó de serlo, pero a partir del derrumbe de la URSS, había un poder militar hegemónico: el de EE.UU. Y nuestros gobiernos, de Menem a Kirchner, se movieron, en formas diferentes, en ese marco global.

Ya Cristina, y luego Macri, se manejaron, de nuevo en formas muy distintas, en el marco del declive relativo de la «Pax Americana», con el fortalecimiento militar de China, y la Crisis financiera de 2008. Ahora, la ofensiva de Putin lo deja claro:

Un país que no tenga el poder militar suficiente para disuadir a potenciales enemigos o rivales, debe resignarse a ser satélite, o socio sin voto de una coalición poderosa.


Geopolítica para salita de 5: el enfrentamiento en Ucrania

febrero 20, 2022

Mi motivación para ponerme a especular sobre una crisis que aún no terminó surge de mi fastidio con el entusiasmo local por embanderarse en enfrentamientos lejanos. Tal vez se deba a que Argentina no tiene una tradición de protagonismo en la política internacional. Pero la franja de nuestra sociedad que está politizada y además sigue estos temas, se comporta como las hinchadas de un deporte espectáculo. Eso sí, impulsada por nuestras propias internas. En ambos lados de la grieta.

Así, para nuestras hinchadas, un lado del enfrentamiento es autócrata / imperialista y Malo. Por lo tanto, el otro sería el Bueno (?). Aquí trataré de señalar algunos hechos, obvios, y ajustarme a ellos (Es cierto que autores modernos insisten en que no hay hechos, sólo construcciones. Parece que nunca estuvieron en choque de autos. O en una guerra).

El primero, evidente, tiene que ver con el título que elegí. Porque «geopolítica» se usa a menudo para escribir de temas de política internacional, a secas. En este caso, la geografía es un factor decisivo.

Mirando el mapa, queda claro que hoy sólo Rusia puede invadir Ucrania. Los países vecinos no están en condiciones de hacerlo, ni de amenazar a Rusia. Estados Unidos puede intervenir a través de una operación aeronaval gigantesca… si contase con la aprobación y participación de Turquía.

O en el marco de una guerra que involucre a la Europa Central y Oriental. Ninguna de las dos alternativas está hoy en el menú de opciones.

Sigamos con los otros hechos. Que no son muchos, por todo el humo que están distribuyendo desde hace semanas las 2 potencias y la potencia residual involucradas (EE.UU., Rusia y Gran Bretaña), repiten los medios internacionales y páginas de Internet, y consumen las hinchadas de uno y otro bando.

Hay disparos de artillería y atentados en las regiones autónomas del Este de Ucrania (que en algunos momentos del siglo XIX, y de estos años, fueron llamadas Novoróssiya).. Pero eso no es un hecho nuevo. Sus manifestaciones más recientes llevan más de ocho años. Y sus raíces son profundas.

Como recordó Putin en una conferencia de prensa reciente, la República (Socialista) Ucraniana la inventa Lenin poco después de la Revolución. Por mil años, rusos y ucranianos han sido el mismo pueblo, pero en los últimos 500 a menudo se dividieron por la obediencia o no al Zar o al Patriarcado de Moscú. Y los pueblos eslavos tienen la tradición de discutir con energía sus diferencias políticas o teológicas.

Como sea, la historia influye, pero no determina. No caigamos en el error de sobreestimar el peso de la historia, aunque se trate de hechos tan recientes y terribles como la colectivización forzosa de Stalin, que mató por hambre a centenares de miles de ucranianos, o la posterior colaboración de otros ucranianos con la ocupación nazi y sus masacres.

El hecho es que hasta 2013, las relaciones entre la Federación Rusa y Ucrania eran estrechas y cordiales. Un presidente abiertamente prorruso, Víktor Yanukóvich, había sido elegido en 2010. Pero… cometió el error de permitir que un tratado con la Unión Europea apareciera como una opción distinta de otro, que unía más a Ucrania con Rusia.

El «poder blando» de la UE, de su sociedad más abierta, y sobre todo de su nivel de vida, sirvió para unir a la oposición contra ese gobierno prorruso, y empezaron las manifestarciones, el Euromaidan.

Podemos entenderlos ¿cuántos de nuestros compatriotas tramitan la ciudadanía europea, aprovechando algún abuelo que vino de ahí?

Víctor Y. es destituido en 2014 y sube un proeuropeo. Putin, realista, no confía en el «poder blando» de Rusia y ocupa la península de Crimea, donde estaba su base naval más importante en el Mar Negro desde los tiempos del Zar. Península que siempre había sido rusa desde que dejó de ser otomana, dicho sea de paso, pero esa ocupación lo convirtió al conflicto -inevitable- en un enfrentamiento de nacionalismos.

Este conflicto se inserta en otro más amplio, entre Rusia y la OTAN, sobre el que escribí hace un mes, aquí. Dije entonces: «10 años después de la caída del muro de Berlín, 8 después de la unificación alemana y la desaparición de la URSS, (la expansión de la OTAN) fue espectacular. Prácticamente todos los países que formaban parte del bloque soviético se sumaron entre 1999 y 2004. No es de extrañar que a Putin, al nacionalismo ruso, se le despierte la paranoia cuando saben que Ucrania está interesada en ingresar».

Vamos a 2022. Lo único que sucedió de relevante hasta ahora es que Rusia dispuso unas gigantescas maniobras militares, con hospitales de campaña y todo, cerca de las fronteras orientales de Ucrania. Y los servicios de inteligencia estadounidenses -y algo más tarde los británicos- convencieron a sus jefes políticos -o fueron convencidos por éstos, eso siempre es difícil de saber- que eran los pasos iniciales de una invasión militar. La fecha anunciada se ha ido atrasando, pero el presidente Biden insiste que es inminente. También ha ha hecho saber a los ucranianos que cuentan con su solidaridad, pero que no esperen un solo soldado yanqui. Algunos que había, fueron retirados.

El presidente Putin -no un hombre confiado- participó de otras maniobras militares, estas con armas nucleares.

Hasta el momento de subir este posteo, esto es todo lo que se sabe con certeza. Me alcanza para concluir que ambos actores principales, Rusia y Estados Unidos, han conseguido ya los objetivos geopolíticos y de política internacional a los que podían aspirar.

Rusia ha mostrado, urbi et orbi, un dato obvio, pero opacado por el derrumbe de la URSS: que es la mayor potencia militar en el occidente de Eurasia. Se puede decir que ha recuperado la posición que tenía en 1812, después de la derrota de Napoleón (No la de 1945, después de la derrota de Hitler: Europa no está destruida). Y que la OTAN no está dispuesta a defender a Ucrania a costa de una guerra.

Y EE.UU. también ha recuperado una posición hegemónica. Ha quedado claro que la Unión Europea no tiene la voluntad de enfrentar a Rusia -aunque le fastidien mucho los cambios unilaterales de fronteras. Se puede hacer otra analogía histórica con la Europa postnapoleónica, para los que gustan de ellas: EE.UU. es la Gran Bretaña de ese tiempo. Europa es el escenario, pero la UE no es el protagonista.

No veo motivos para una guerra, entonces. Pero no estoy pronosticando nada, eh. La locura y la estupidez son hechos humanos, también.

Las conclusiones generales que me animo a ofrecer son bastante obvias. Que la economía es un factor fundamental en el largo plazo, pero en el corto, la geografía, y el poder militar son los que deciden.

Eso sí, creo que puedo agregar con seguridad una conclusión, esta para el mediano plazo: hay otro actor principal, que no ha aparecido en este guión, pero debe estar disfrutando mucho de la obra. Está en Beijing.


Revisitando «China: ¿nuestra nueva Inglaterra?» 8 años después

febrero 6, 2022

Cristina Fernández y Xi Jinping

El 21 de julio de 2014, en ocasión de la visita del presidente Xi, publiqué dos posteos con este título (tenía más tiempo libre entonces). Después, volví a usar partes del texto en el blog y en AgendAR. Necesita ser actualizado, claro, y trataré de hacerlo.

Pero, modestamente, creo que vale la pena releerlo entero.

ooooo

Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente; su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época. Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos, al que adhiero, es que distorsionaron el desarrollo nacional, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa «Arabia Saudita de las vacas y el trigo» que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba «Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur«. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros «diarios serios».

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer. Pero se ha hecho muy tarde, y debo dormir. Se los sigo luego.

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Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, «diferentes» en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de «occidente». Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de «crushing»: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la «densidad nacional» de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la «insubordinación fundante» a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.


El mundo, desde el Atlántico Norte (Tratado)

enero 20, 2022

Hace tiempo que no pontifico en este blog sobre el escenario global. En realidad, me cuesta escribir (algo constructivo) sobre el escenario local, y por eso lo tengo bastante abandonado.

Pero, leyendo algunos artículos sobre la (renovada) crisis en Ucrania, encontré un mapa muy instructivo que quiero compartir con ustedes:

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (NATO, para sus amigos y enemigos), nace bajo el paraguas militar y nuclear de los EE.UU., que sigue siendo la potencia hegemónica de esa alianza por muy lejos, aunque no tanto como hace 70 años. Pero, ojo, no fue entonces ni es ahora una simple expresión del poder estadounidense. Para sus miembros, sirvió y sirve para defender un sistema económico y reglas de juego internacionales que comparten: el capitalismo, encuadrado por instituciones republicanas.

El hipotético «peligro comunista» en Francia e Italia de la posguerra ya se había desvanecido por completo cuando NATO se funda. Y a España, por todo su interés estratégico, sólo se la admite en1982, bajo una democracia liberal. Obsérvese también que Suecia, Austria y Suiza nunca se incorporaron, y no se sienten amenazadas. Los intereses comunes son demasiado fuertes (es cierto que Suiza tiene un arma de destrucción masiva propia: sabe quiénes son los titulares de las cuentas numeradas en sus bancos).

Ahora, lo interesante para destacar es que su expansión durante la larga Guerra Fría fue muy prudente: Grecia, Turquía y, en 1955, Alemania (Occidental; Alemania Oriental entró en el Pacto de Varsovia). España, como dije, en 1982, casi como premio a la Transición (EE.UU. ya tenía bases ahí).

Pero 10 años después de la caída del muro de Berlín, 8 después de la unificación alemana y la desaparición de la URSS, su expansión fue espectacular. Prácticamente todos los países que formaban parte del bloque soviético se sumaron a la NATO entre 1999 y 2004. No es de extrañar que a Putin, al nacionalismo ruso, se le despierte la paranoia cuando saben que Ucrania está interesada en ingresar.

Podría escribir más sobre el asunto, pero cualquiera de ustedes, mis apreciados lectores, pueden hacer sus propias especulaciones. Lo que dije en twitter -la red de los impulsos- es que tenía la impresión que Biden le estaba invitando a Putin a invadir. Pero puede ser que Joe esté viejo: tiene mi edad.

Lo que puedo decir, desde mi superficial monitorieo del tema, es que en EE.UU. las posiciones están divididas entre -una minoría- que sostiene que la NATO está sobreextendida, y recuerdan lo que le pasó al Imperio Español, y los que sostienen que Putin no se detendrá si no hay una respuesta militar.

La única recomendación que me atrevo a hacer es que Alberto, y Santiago, se manejen con mucho cuidado. Después de todo, somos el único país que le hundió barcos de guerra a la NATO, y el asunto no nos salió bien.


La soberanía y el Paraná

noviembre 20, 2021

Esta imagen la subió a Twitter la CONAE, con este texto: «Celebramos el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado de 1845, esta imagen del satélite SAOCOM 1 A muestra el lugar del combate, con las cadenas que cruzaron el río para impedir el avance de la flota anglofrancesa«.

Me gustó mucho el gesto. Subí el tuit a AgendAR, y la foto a mi perfil personal en Instagram (bah, la subió mi hijo Juan; IG es generacional o comercial). Y en mi blog me puso a reflexionar.

Algo breve. Sobre esto se ha escrito y polemizado mucho -también en este blog- y hay análisis mejores. Lo que me llama la atención es que se ha enfocado relativamente poco el aspecto digamos geopolítico del asunto, que entiendo es clave para entender las motivaciones ¿Será que todavía perdura el prejuicio que la geopolítica es algo que hacen las Grandes Potencias en otros sitios?

Era una Argentina todavía en formación, pero no existía ese prejuicio. En 1820, el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez ordenó la toma de posesión de las islas Malvinas en nombre del Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cosa que se hizo, por ejemplo. Y en 1845, otro gobernador, Juan Manuel de Rosas, debía decidir si admitía la libre navegación de los ríos interiores. Lo que, en ese momento, significaba la libre navegación por parte de Inglaterra y Francia.

El anti rosismo plantea que estaba en su interés conservar el monopolio de la Aduana de Buenos Aires, lo que es cierto. Pero omiten considerar si estaba en el interés de esa Confederación Argentina todavía en formación, mantener en sus manos el control de una de las dos vías de comunicación interior fundamentales de la América del Sur. Ni Rosas ni los gobiernos argentinos hasta entonces, habían reconocido la independencia del Paraguay. Y Río Grande del Sur… había un viejo problema de límites con con el Imperio del Brasil, y allí había un fuerte movimiento separatista…

Esa es la geopolítica de la primera mitad del siglo XIX, claro. Hoy ha cambiado por completo, y -si todas las partes hacen las cosas bien, que no es seguro- para mejor. El control estratégico del Paraná y sus afluentes está en el interés, y las posibilidades, de los 4 todavía socios del Mercosur. Cierto que primero debe controlar su sector -el más largo- la Argentina.

Sobre este punto, tuve una conversación esta tarde. Un amigo nac&pop me preguntó «¿Qué habría pensado Mansilla de darle la administración del río a una empresa holandesa?«.

Contesté ¿»Los holandeses vienen por el agua!»? Ah, no. Eso le pertenece a Lilita del Carrió Sánchez de Thompson, distinguida dama de la sociedad progre de Buenos Aires.

Agregué «A mí me gustaría que el dragado lo hiciera una empresa local. O una estatal, si pudiera evitarse que la colonicen intereses privados y roscas presupuestívoras. Pero es un tema muy menor. El control del tráfico, y de las exportaciones, por el Paraná tienen que hacerlo no los que hacen el dragado, sino la Aduana, la Gendarmería, la Prefectura, el Estado, bah. No colonizado por intereses privados

A lo mejor Mansilla, y don Juan Manuel, estarían de acuerdo.


Cuando Argentina quiso entrar en una cancha donde juegan EE.UU., Israel e Irán

octubre 10, 2021

La decisión de la entonces presidenta Cristina Kirchner de impulsar una negociación con la República Islámica de Irán a propósito de una causa judicial que se arrastra desde 1994 en tribunales argentinos sobre el atentado a la AMIA, está de vuelta en la atención de medios y politizados y, tal vez, de algunas cancillerías.

El motivo, o más bien el pretexto, es el reciente fallo del Tribunal Oral Federal 8 que determinó que no existió delito en el Memorándum de Entendimiento Argentina-Irán. Pretexto, porque muy pocos analizaron, o leyeron, ese fallo de más de 300 páginas. Simplemente, sirvió para otro episodio de «Odiemos a Cristina y todas sus obras», una herramienta útil para sectores políticos y de poder económico opositores y, se ve, para descargar neurosis profundas en muchos opinadores (señalo esto último porque en bastantes casos se percibe un odio irracional que no parece surgir, solamente, de una convicción política o motivos mercenarios, sino de un mecanismo similar al que describieron Sartre y Fromm en el antisemitismo).

Por mi parte, reitero mi opinión sobre el asunto, muy anterior a esta sentencia: la denuncia original de Nisman es ridícula. Una colección de escuchas clandestinas a personajes de cuarta, que hablan pavadas por teléfono. Típico material de los servicios locales, y bastante patético; han sabido armar “carpetas” mucho más sugestivas.

El colmo es que la motivación que atribuye al memórandum no es un delito. Esa denuncia afirma que fue para aumentar las exportaciones a Irán… Un objetivo natural y constante de cualquier gobierno, en todos los países, más allá que despierte en algún caso objeciones éticas.

Así, todo el texto huele a servicios que se hubieran quedado perdidos en la Guerra Fría. No es necesario una investigación profunda para llegar a esta conclusión. Basta con leer el texto de esa denuncia de Nisman de febrero de 2015, subido en un sitio que le rinde homenaje…

Pero el punto de este posteo va bastante más atrás, porque su título no se refiere exclusivamente a la decisión de 2013 de CFK. Voy a copiar algo que escribí hace unos 15 años, en diciembre de 2006, en El hijo de Reco (un antecesor más articulado de El blog de Abel, que desde entonces tiene un «link» en el encabezado) Kirchner, Irán y la historia oficial“.

Ya lo copié hace años en este blog, pero como dice la Conductora Emérita Mirtha «El que cambia es el público». Además, hace a mi ego mostrar que 15 años atrás estaba en lo cierto (un lector me dijo que mi blog era autorreferencial (¿por qué otro motivo tendría un blog?). Y agrego un comentario que creo actual.

ooooo

«El 26 de octubre (de 2006), inmediatamente después que fiscales argentinos pidieran la captura de ocho iraníes, entre ellos un ex Presidente, acusados por el atentado a la AMIA, yo escribía:

“Hace algo más de 12 años un atentado en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina costó 85 vidas de argentinos de religión judía, católica y quizá algún agnóstico. Fue un hecho muy doloroso, en un país habituado a las catástrofes, que impactó en nuestra gente. También puede argumentarse que fue una de las primeras batallas en la llamada “guerra del terror”.

Sea como sea, no es sorprendente que nuestros investigadores y servicios de inteligencia y seguridad no proporcionaran explicaciones convincentes, ni tampoco – por supuesto – pruebas. No tienen experiencia en conflictos internacionales, porque han sido volcados a nuestras luchas internas. Y las explicaciones que en otros países se han dado de hechos similares no se han librado de ser cuestionadas. Cualquiera puede encontrar en Internet – por ejemplo – cientos de sitios ofreciendo teorías conspirativas, distintas de la oficial, sobre el atentado a las Torres Gemelas.

La diferencia clave es que en otros países los órganos del Estado (el Poder Judicial también lo es) han llegado a conclusiones que asumen definitivas y están dispuestos a afirmarlas con su autoridad. Tienen una “historia oficial”. Y no es cinismo señalar que es una base necesaria de toda política de Estado. El estado Argentino no ha podido elaborarla por esas mismas luchas internas que mencionamos antes.

Así, el gobierno de Menem y el juez Juan José Galeano que investigó el tema plantearon – sin mucha convicción – la “pista iraní”, pero dedicaron más esfuerzos a la conexión local, que encontraron convenientemente en las filas de la policía provincial de un gobernador que lo incomodaba. Tuvo el aval de las organizaciones de la comunidad judía.

Los opositores a Menem – y los familiares de las víctimas – favorecieron la “pista siria”, que coincidía con el origen familiar del entonces presidente y de algún traficante de armas famoso, y sugerían como motivo apoyos a su campaña electoral que no fueron correspondidos.



El hecho triste es que hasta hoy el único condenado en sede judicial por temas vinculados a este caso es el mismo juez Galeano, identificado con la “pista iraní”

Bueno, ayer (25/10/06) los integrantes de la fiscalía especial creada por el presidente Kirchner, Alberto Nisman y Marcelo Martínez Burgos, emitieron un dictamen que reivindica esa vieja pista: acusa a Hezbollah e Irán y reclama la captura de ocho iraníes, ex funcionarios de Teherán.

¿Será ésta la definitiva “historia oficial” del Estado Argentino sobre el atentado a la AMIA?”

Mantengo lo dicho, pero debo confesar que – como la mayoría de los observadores – no aprecié en el primer momento la gravedad que este hecho implicaba, después que el juez Rodolfo Canicota Corral avalara el dictamen de la fiscalía. Un solitario, agudo analista advirtió – y concuerdo – que posiblemente sea la decisión jurídica de mayor trascendencia e impacto en lo que va del siglo XXI en materia diplomática y de defensa para la Argentina. Porque los gobiernos pasan, pero las causas judiciales permanecen – aletargadas o no – para que otros gobiernos, u otros países, las retomen.

Ciertamente – todos los que han opinado con alguna seriedad están de acuerdo – es absurdo pensar que el juez y los fiscales se han pronunciado, más allá de la fortaleza o debilidad de los indicios (en otra parte de esta página damos, en las palabras del fiscal y del representante de Irán, oportunidad para que Uds. los evalúen) sin el respaldo del Gobierno Nacional. En cualquier país del mundo, estas decisiones se toman con adecuada conciencia política de sus consecuencias, y en Argentina el Poder Judicial tiene una sensibilidad aguzada para los humores del poder.

La pregunta a hacerse es, entonces, por qué Néstor Kirchner decidió avalar esta decisión judicial. Hay algo muy importante para tener presente: La evidencia parece indicar que un gobierno que ha sido acusado por muchos (entre ellos, yo) de no contar con equipos ni inclinación para el análisis estratégico de la política internacional, ha llevado adelante desde que asumió hace tres años una estrategia consistente y coherente en este tema en particular.

En un excelente artículo que público hace pocos días en “La Nación”, Juan Gabriel Tokatlian, el agudo analista a quien me referí más arriba y cuyos trabajos hemos subido alguna vez a esta página, señala:

“A principios del siglo XXI, el comercio con Irán venía creciendo nuevamente con grandes márgenes de superávit para nuestro país. En 1999, el comercio bilateral fue algo superior a los 158 millones de dólares (las exportaciones argentinas fueron de US$ 155 millones). En 2000, las cifras respectivas fueron algo más de US$ 343 millones y US$ 341 millones. En 2001, alcanzaron respectivamente los US$ 419 millones y US$ 417 millones. Cabe destacar que ese año – el de nuestra gran crisis interna – las exportaciones a Irán equivalieron a la mitad de todo lo que se vendió a Medio Oriente y representaban el 2% de nuestro intercambio mundial. Ese mismo año nuestras exportaciones a ciertos países clave fueron inferiores a las realizadas hacia Irán: a Canadá se vendió por valor de US$ 225 millones, a Venezuela US$ 235 millones, a Francia US$ 257 millones y al Reino Unido US$ 291 millones.

En 2002 sólo hubo exportaciones a Irán: el monto fue de US$ 339 millones. En 2003 -año de llegada de Kirchner al gobierno-, se produjo una caída notable: se exportó por un total de US$ 47 millones. En 2004, las exportaciones cayeron a sólo un millón de dólares. En 2005 no hubo ninguna exportación de la Argentina a Irán.”

Tokatlian no puede ofrecer explicaciones satisfactorias para estos hechos, pero es muy difícil creer que se trata de una coincidencia. Sobre todo, si se toma en cuenta otros aspectos de la política de Kirchner: aunque él y su gobierno fueron severos críticos en algunas oportunidades de políticas de Washington (el A.L.C.A., por ejemplo) se mantuvo una clara y constante decisión de cooperar con Estados Unidos en materia de seguridad. Los organismos de inteligencia del Estado argentino, con sus limitaciones, cooperaron y cooperan con las políticas de seguridad de Washington. La Cancillería ha manifestado su rechazo a la proliferación de armas de destrucción masiva, y nuestras Fuerzas Armadas colaboran en Haití.

La relación de mutuo beneficio establecida con Chávez, así como otros gestos – y hechos concretos – de independencia en la política exterior no deben confundir. Irritante como es Chávez para los Estados Unidos, y antagónico para su visión estratégica, como puede serlo, ciertamente no es un problema de seguridad. Hoy, ni Castro lo es.

Más relevante para este tema en particular, cabe destacar que Kirchner, desde el comienzo de su gestión, anunció su decisión que el atentado no iba a quedar impune. Se puede pensar que son las frases hechas de un gobernante; pero hay que tener en cuenta que nunca, a pesar de algunas posiciones de la senadora Fernández de Kirchner antes que él asumiera la Presidencia, avaló la “pista siria”.

Los motivos posibles que baraja Tokatlian no son convincentes: no parece haber motivos para que Teherán, culpables o inocentes sus hombres, reduzca su comercio con Argentina antes que los fiscales insinuaran su decisión, cuando no lo había hecho frente a las acusaciones de Galeano y a la explícita alianza de Menem con EE.UU. Una convicción ideológica de Kirchner? Su política internacional puede ser poco meditada, pero no se podría acusarla seriamente de ideologizada. Deseo de congraciarse con la colectividad judía? No suena muy creíble, para un político astuto.

La única hipótesis plausible que se me ocurre es un acuerdo con el gobierno norteamericano en políticas de seguridad – que incluyese una evaluación firme de la “pista iraní” – alcanzado no después del 2003. Y Kirchner tiene fama de cumplir férreamente la letra de sus acuerdos.

Si fuese cierto, no me sorprendería ni me escandalizaría. Los gobiernos, de derecha, revolucionarios o progresistas, sellan acuerdos como el que se insinúa. Tampoco me siento inclinado a unirme al coro de ex-menemistas que descubren que Kirchner comete un grave error al apoyar ahora a EE.UU. e Israel porque Bush perdió las elecciones y vienen los demócratas (o republicanos moderados). En los países serios como esos dos, las políticas de seguridad trascienden los gobiernos. Ni tampoco me gusta la postura vergonzante que susurra que Irán no debe ser acusado porque puede ponernos (otra) bomba.

Lo que debe preocuparnos a los argentinos es que otra vez, como hace 15 años en la Guerra del Golfo, nuestro país toma partido, aunque sea en menor grado, en el conflicto más grave de nuestra época, sin una reflexión cuidadosa de las consecuencias y los riesgos. Sin una Cancillería ni instituciones del Estado capaces de evaluar alternativas por encima de las decisiones personales. Y sin tomar en cuenta el principal aporte que Argentina y Latinoamérica, por todas nuestras injusticias y locuras, pueden ofrecer al mundo en este nuevo siglo: una sociedad donde la religión y la raza no son causa de guerras.»

ooooo

Tal vez sí hace 15 años yo era un poco más soberbio. Entiendo ahora que cualquier gobierno argentino estuvo y estará frente a una fuerte presión de familiares de las víctimas, de grupos mediáticos y de algunas cancillerías para «no dejar impune» el atentado terrorista que provocó más muertes desde el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955.

En otros países, más poderosos y/o mejor organizados, el eventual castigo toma otras formas. Cuando el gobernante se convence de que sabe quiénes son los autores, el presidente de los EE.UU., por ejemplo, firma una Orden Ejecutiva. En otras naciones, menos convencidas de su excepcionalidad, el presidente de Francia o de Rusia, el primer ministro de Gran Bretaña o de Israel, da una indicación, verbal, a algunos departamentos de su gobierno, y un misil, un dron o un equipo de asesinos la ejecuta.

No estoy sugiriendo que Argentina deba o pueda adoptar esa práctica. No con los organismos de seguridad, con el aparado del Estado, que tenemos. Lo menciono para hacer comprensible -también para mí mismo- que Néstor, Cristina y aún, con más cinismo e irresponsabilidad, Carlos Menem, buscaran mecanismos judiciales para «hacer justicia» (De la Rúa, Duhalde y Macri no encontraron necesario hacer más que discursos sobre el tema).

El problema, sostengo, es de nuestra sociedad. Y, como en otros temas, de la inhabilidad y reluctancia de nuestros gobiernos a comunicar verdades incómodas. Un jefe de Estado, o los instrumentos de mayor jerarquía de su gobierno, sólo pueden ser juzgados y condenados después de una derrota militar decisiva o de haber sido expulsados del poder. La muy occidental Margaret Thatcher decía «Gran Bretaña no negocia con terroristas. Salvo cuando llegan a ser Primeros Ministros». Y muchos siglos antes, en uno de los primitivos romances del Mío Cid se aconsejaba «Haced la jura, buen Rey, No tengáis de esto cuidado, Que nunca fue rey traidor, Ni Papa descomulgado».

Dejemos de lado entonces la payasada de «las órdenes de captura de Interpol», que nunca han sido ejecutadas, ni lo serán, salvo por un Estado que tenga motivos previos para enfrentarse con Irán.

En lo que hace al atentado a la AMIA: ni en la causa que armaron hace 15 años esos fiscales, ni desde entonces, no aparecen -no se dan a publicidad- pruebas sobre la autoría, salvo declaraciones de testigos de «identidad reservada». Pero la hipótesis que la potencia detrás de los ejecutores fue Irán es posible. Y -seamos francos- considerando otros episodios de la guerra sucia del terror y contra terror en estas décadas, parece probable. Si organismos legítimos del Estado argentino deciden que Irán es responsable, y que conviene a los intereses nacionales hacerlo público, no tengo motivos para rechazar esa «verdad oficial».

Pero afirmar que tribunales argentinos, o internacionales, o mixtos «harán justicia», es más grave que una hipocresía, que a veces puede ser necesaria en la diplomacia. Es un autoengaño.


China: ¿nuestra nueva Inglaterra? – Bis

septiembre 8, 2021

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Hace 7 años, el 21/7/14, subí dos posteos (tenía más tiempo libre entonces…) con este mismo título al blog. El tema es tan actual ahora como entonces (el 1° tenía la foto de Cristina caminando al lado de Xi, cuando él nos visitó). En realidad, estimo que será actual por buena parte de este siglo.

Ahora ha vuelto a la tapa de medios gráficos, cuando el presidente Lacalle Pou anuncia que la Banda Oriental aspira a actualizar su tradicional papel -desde 1806- de puerta de entrada a la cuenca del Plata. Tal vez pueda perforar en algunos de nosotros la absorción en las elecciones del próximo domingo.

Como sea, creo que varias reflexiones que hago aquí siguen válidas. Especialmente, la primera parte; para la segunda, estaba pensando en un Brasil que no estaba arrastrado en el proyecto Bolsonaro. Igual, los políticos pasan y los países quedan.

ooooo

Poner un signo de pregunta en el título suele ser una técnica tramposa en comunicación. A veces la uso (nadie dice que soy perfecto), pero en este caso refleja exactamente lo que creo es la realidad: las relaciones comerciales con la República Popular China han sido muy convenientes para nuestro país – también para ella, naturalmente. Su profundización, que está en marcha, es probable que nos beneficie aún más: un mercado gigantesco, en crecimiento previsible, para nuestras exportaciones agropecuarias y mineras – que son las que nos dan recursos para políticas sociales y educativas -, una fuente alternativa de financiación, y de inversiones. En especial en transportes, una infraestructura vital para un país moderno, que Argentina necesita mejorar. Por supuesto, el futuro siempre es incierto, pero no existe fuera del continente suramericano otro vínculo estratégico que reúna ventajas actuales y potenciales como éste. Nuestro gobierno, y los empresarios – que hoy están de acuerdo en pocas otras cosas – coinciden en verlo así.

Para la otra parte, China, también hay una conveniencia estratégica: podemos ser – ya somos – un proveedor confiable, sólo comparable a Brasil. Los países africanos son inestables, sus técnicas agrarias y extractivas todavía son rudimentarias, y sujetas a turbulencias políticas; y  el otro gran productor de alimentos, EE.UU., … bueno, es concebible que en un futuro se presenten dificultades diplomáticas que pongan en riesgo el abastecimiento.

El punto es que algo parecido podría haberse dicho, sin variar una coma en relación a nosotros, sobre nuestras relaciones comerciales con Inglaterra hace 150 años, en 1864, por ejemplo. Y las halagüeñas promesas que se hicieron los gobernantes en ese tiempo resultaron reales. Los beneficios del comercio con el Reino Unido, además de beneficiar a una oligarquía riquísima, permitieron crear un Estado moderno, un ejército profesional, una escolarización primaria (la ley 1420) y una salud pública del Primer Mundo… de esa época.

Al mismo tiempo, el consenso de muchos pensadores argentinos de la «línea nacional», es que distorsionaron el desarrollo de nuestro país, y crearon una red de intereses y una dependencia cultural en la mayor parte de nuestras clases dirigentes. Cuando el mundo cambió – y siempre cambia – Argentina encontró muy difícil elaborar un nuevo camino de desarrollo y, sobre todo, la cohesión nacional para emprenderlo con éxito. Si todavía hoy, la nostalgia de esa “Arabia Saudita de las vacas y el trigo” que fue la Argentina de 1910 – que nadie vivo hoy conoció – perdura en la imaginación de muchos argentinos y les impide apreciar con realismo las probabilidades y los riesgos del presente.

¿Puede volver a suceder? Creo que la pregunta es válida. Eso sí, para tener una chance de contestarla, hay que despejar dos mitos… ingenuos: 1) que la visita de estos días del Presidente Xi Jinping y los acuerdos firmados en esta oportunidad representan en alguna forma un punto de inflexión; y 2) que la decisión descansa, desde el lado argentino, principalmente en este gobierno que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

No es mi intención minimizar la importancia de esa visita (la versión de la agencia china Xinhua es la más cuidadosa; la recomiendo), y de la Asociación Estratégica Integral que se ha firmado. Son gestos, y en política y sobre todo en diplomacia los gestos tienen significado; este acuerdo, entre otras cosas, indica que China coloca su relación con Argentina en el mismo nivel que con Brasil. Los convenios económicos puntuales también son muy importantes. Pero nada de esto tendrá realización o consecuencias inmediatas. Y por inmediata me refiero a los próximos dos años. Los emprendimientos en que participa el Estado chino, en general, todos los emprendimientos de envergadura en el mundo moderno, se desarrollan en plazos más largos. Los que se preocupan – como corresponde – por las condiciones de los créditos, deberán tomar en cuenta que los compromisos serán muy paulatinos.

El hecho, obvio, en que quiero hacer hincapié es que en 2014 se cumplen diez años del establecimiento de la Asociación Estratégica entre China y Argentina. En ese marco, la República Popular ya es el segundo socio comercial de la Argentina (y el principal del primero nuestro, Brasil). Su presencia a través de empresas es cada vez más significativa. Están en casi todos los sectores claves: con Nidera y Noble en la exportación de granos, con PAE y Oxxy en el petróleo, en la explotación de hierro en Río Negro con Hipasam y en el sector financiero con los bancos ICBC y HSBC (sugiero leer este posteo, si no lo han hecho ya). En Argentina ya hay unas veinte empresas chinas (el embajador chino nos recomendaba hace poco que, para equilibrar la balanza, era necesario que nuestros empresarios sean más agresivos, como los suyos) y unos cien mil ciudadanos de ese país. El comercio bilateral ha crecido mucho y también cambiado de composición. Si antes se importaban productos de consumo, desde textiles a juguetes, hoy el grueso de lo que se trae son piezas para el armado de electrónicos, autos y motos, además de maquinaria.

En resumen, todo esto es parte de un proceso de décadas, en el que la Argentina está embarcada, así como la mayor parte de la América del Sur. ¿Cuál creen que es la motivación principal de la Alianza del Pacífico, sino el acceso al mercado chino, y del Este de Asia en general? Y esto dispone de ese segundo mito: que la responsabilidad para encauzar este proceso descansa exclusivamente en el gobierno actual.

Los medios oficialistas han dado la debida repercusión a esta visita y han aprovechado la oportunidad para informar sobre las relaciones con China, naturalmente. Y Luis Bruschtein las defiende, en el marco de la lucha contra los fondos buitres. Pero lo mismo han hecho los medios opositores. Clarín daba buenos consejos, debo decirlo, en China y Argentina: oportunidades y desafíos de una relación desigual, pero este sábado, en un suplemento especial con motivo de la presencia de Xi, Jorge Castro la embarraba “Sería conveniente iniciar de inmediato las negociaciones para un acuerdo de libre comercio entre China y el Mercosur“. Cruz diablo! diría un paisano; no le aconsejo visitar San Pablo con esa propuesta. Ni a la UIA.

En cuanto a La Nación, ha publicado notas tan sorprendentes – para muchos de sus lectores – como esta entrevista al Presidente de China, donde Xi se muestra entusiasta y hasta emotivo con la relación con nuestro país, o este otro del Director de la agencia Xinhua, Li Conjung, que le llamó la atención al colega bloguero Baleno por su lenguaje… militante, no el habitual en nuestros “diarios serios”.

Pero, al contrario que a Baleno, esto no me sugiere que esos medios estén forzados a adaptarse a un nuevo mundo. Más simple, creo que, buenos indicadores de la actitud del empresariado argentino, y del internacional con intereses aquí, ven el desarrollo del intercambio y las relaciones con China como algo inevitable, y rico en oportunidades. Nuestros empresarios no serán, en general, tan entusiastas como don Franco Macri, o tan disciplinados como los chinos, pero no comen vidrio.

Hay algo aún más evidente: ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades, aún pequeñas, de llegar al gobierno o influir en políticas estratégicas muestra la menor indicación que está dispuesta a modificar las realidades económicas que nos empujan en esta dirección. La cuestión vital para los argentinos, entonces, será determinar cuál es la que está en mejores condiciones de encauzar este proceso, y defender mejor nuestros intereses.

Pero primero debemos debatir, en forma realista, cuál es la forma de hacerlo. Quiero ofrecer algunas ideas, por lo que puedan valer.

ooooo

Por todo lo dicho en la  primera parte de este posteo – y por lo que vemos en nuestro país, en Brasil, Paraguay y Bolivia – parece evidente que es necesaria una estrategia consciente – asumida por la mayoría de la sociedad y de la clase política – para evitar que el intercambio comercial con China sea un obstáculo más para el desarrollo de una base industrial propia, competitiva y tecnológicamente avanzada. No porque ese comercio lo impida, por supuesto, sino porque brinda beneficios a los productores más fáciles e inmediatos, aunque menos valiosos en el largo plazo.

(Sí. Los que se arrullan con el nuevo discurso político de moda, pueden horrorizarse, nomás. Es un argumento a favor de las retenciones. Sólo agrego aquí – es otro tema, técnico y complejo — que las retenciones son un instrumento fiscal burdo, sólo justificable por su fácil cobro, si tomamos en cuenta la tradición evasora argenta. Hay mecanismos más eficaces estratégicamente para direccionar las inversiones, como los que se han usado en Japón y en el Este de Asia. Y en Alemania. La historia de los zaibatsu, los chaebol y los carteles en los años de Bismarck es instructiva, pero requieren un Estado más coherente que el que hoy tenemos).

De todos modos, el primer paso, creo, es vencer una tendencia casi inconsciente a pensar la relación con China – o con otras Grandes Potencias – en términos de posicionamiento y equilibrio en las relaciones internacionales. Aún un estudioso tan lúcido como J. G. Tokatlian, a quien cité muchas veces en el blog, hoy en La Nación, en El país, entre Occidente y Oriente comete lo que entiendo es un error.

Y muchos militantes nac&pop, llevados por su fervor antiimperialista, asumen que las relaciones con China son, de alguna forma, “diferentes” en su naturaleza que las que se entablan con otros países poderosos de “occidente”. Don Franco Macri dice eso, justamente, pero en su caso es excusable: ahí está su negocio.

¿Es necesario recordar que China, que era nuestro principal cliente para el aceite de soja, que había permitido a Argentina construir el polo aceitero más importante del mundo (de “crushing”: aceite, harina y pellets) en abril de 2010 cerró las importaciones, y pasó a comprar sólo el poroto de soja? Afortunadamente, nuestro país encontró mercados alternativos en la India, Egipto e Irán. Pero a China le interesaba desarrollar, y estaba en condiciones para ello, su propia industria aceitera.

Tengamos presente que el trabajo del Sr. Xi es defender los intereses de China. Sus deseos de armonía universal quedan reservados para las plegarias familiares, si mantiene la costumbre.

El punto que me interesa hacer es que Argentina debe decidir qué estructura productiva resultará viable en el siglo competitivo y cruel en que vivimos, y cuáles son las estrategias adecuadas para alcanzarla. Y esa no puede ni debe ser una elaboración de tecnócratas. Será, en todo caso, el resultado del debate y de la puja de empresarios, sindicalistas y políticos. Ahí jugarán los conceptos de estudiosos veteranos, como la “densidad nacional” de la que habla Aldo Ferrer, e ideas originales de jóvenes, como la “insubordinación fundante” a la que convoca Marcelo Gullo. Pero cada uno de ellos deberá tratar de convencer a las mayorías usando las herramientas de la política. No hay otras.

Quiero agregar además que, dadas las relaciones de poder económico, hoy tan asimétricas entre China y Argentina, y las realidades geopolíticas, nos conviene forjar acuerdos en el continente suramericano para manejar este intercambio. En particular, con el socio del Mercosur que tiene un proyecto industrialista ambicioso y que ha mostrado interés en el pasado en hacerlos, Brasil. Después de todo, las diferencias de tamaño entre nuestras economías resultan insignificantes comparadas con las que existen con la de China. Y, conociendo a su clase dirigente, estoy seguro que no pesarán demasiado sus simpatías futboleras.

ooooo

Prometo para los próximos días algo de información y de reflexión sobre lo que está haciendo Uruguay. Los argentinos, que venimos tanto de los barcos como los uruguayos, tendemos a pasarlos por alto en la elaboración de estrategias. Como diría el maestro Fouché, es peor que un gesto de soberbia, es un error.


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