No quiero callarme ante Gaza

diciembre 31, 2008

Terminando este año – del que este blog y sus lectores han sido para mí una parte importante – encuentro que me quedan algunas deudas. Prometí agregar datos al tema del jubileo, porque un artículo del Financial Times y algo que yo escribí allá por mayo puede ser interesante pero muy poco para los que se preocupan por la deuda externa, aquí y en Ecuador. Todavía más cercano a lo que me gusta hacer, leo las entradas recientes en el Lobo estepario, en Desierto de Ideas, algunas notas de Ezequiel Meler (que abandona, maldición) y, por supuesto, los posts de Manolo y me dan ganas de ponerme a escribir. Pero lo que está pasando en Gaza me obliga a hablar de eso.

No es frecuente. Por inclinación personal y también por una decisión meditada, siempre traté de reflexionar sobre política internacional desde la realidad de mi patria, Argentina. Dentro de lo que considero su realidad – no es solo la material, claro – incluyo, también, la de nuestro inescapable lugar en el mundo, América del Sur, y en un plano más profundo, esa forma de ser y de sentir iberoamericana que se ha ido decantando por quinientos años. Hay un elemento racional, si se quiere utilitario, en la decisión, porque si uno no tiene un talento rayano en el genio en la ciencia o en el arte, o una vocación religiosa muy profunda, sólo puede relacionarse con la humanidad a través de la nación a que pertenece.

Pero también hay una posición principista: casi siempre que escribí sobre política internacional aquí o en “El hijo de Reco”, o en comunicaciones privadas, expresé mi fastidio con la “hinchada de los buenos”, los que viven – con nobles intenciones, eso sí – los conflictos lejos de sus fronteras como un ocasión para la indignación moral con un enemigo al que se puede odiar y despreciar; un incentivo para hacer declaraciones y a lo mejor, marchas. La ética de la política incluye, para mí, un intento de modificar, aunque sea en una muy pequeña medida, la realidad, y una reflexión sobre sus consecuencias. O se convierte en, como decía Heinlein, un juego para adultos (Lo es, pero si es sólo eso, se pudre).

Demasiadas palabras. Hay algunos hechos que nos obligan a verlos: Gaza es un campo de refugiados palestinos, el más grande de ellos. Sus carceleros son las Fuerzas Armadas israelíes (aunque una de sus fronteras está custodiada por Egipto). Dentro de esa prisión, se han dado un gobierno encabezado por Hamas (no es un Estado: no tiene recursos propios) que aspira a continuar una guerra que comenzó hace más de sesenta años. Israel, como es previsible, trata de impedirlo. Esta no es una descripción jurídica, pero se ajusta a las realidades de poder. La diferencia de fuerzas en este caso no es demasiado distinta a la que existe entre los guardias de una prisión y quienes están encerrados en ella.

Entonces lo que hace Israel no es una guerra, sino una represión. La palabra tiene algunos ecos terribles para los argentinos, pero es parte desde siempre de la actividad de los Estados. Eso sí, quienes la lleven adelante deben tener claro que las noticias que cuenten sus hechos no hablarán de batallas, triunfos y derrotas – las palabras de la guerra – sino dirán cosas como ésta. “Por los bombardeos, cinco hermanas de la familia Baalucha, Jawaher, Dina, Samar, Ikram y Tahrir, de entre 4 y 17 años, murieron aplastadas

Tengamos claro nosotros otra cosa: Israel no se detendrá por esto. No lo ha hecho ante situaciones similares. Y estas masacres se dan antes de unas elecciones, por un gobierno que evalúa que van a favorecer sus chances. La mayoría del pueblo israelí está convencida – con motivos o sin ellos, no importa – que su mejor chance pasa por el exterminio de sus enemigos: Y si hay “daños colaterales”, bueno… (No es una actitud excepcionalmente malvada. En una situación menos extrema, la mayoría de los argentinos se encogían de hombros y decían “Algo habrán hecho”. Ah, claro, era la clase media, ese sector horriblemente fascista, que sólo se redime cuando escribe en un blog progre).

Un análisis racional puede demostrar la ceguera de esta actitud. El mundo árabe – que no es especialmente solidario con los palestinos, pero al que este conflicto unifica y fortalece en su identidad (como las Malvinas para nosotros) – supera demográficamente a Israel en forma aplastante. Militar y económicamente está muy atrás, todavía, pero la sola existencia de armas nucleares cambia en forma decisiva la naturaleza y consecuencias de la guerra para un Estado pequeño en territorio. Es sencillamente inevitable – en 5, 10, 50 años – que un enemigo de Israel obtenga la capacidad de destruirlo. Y esto sin tomar en cuenta al resto del mundo musulmán, donde los enfrentamientos de algunos de sus sectores con Occidente los arrastran a la causa común contra Israel. Ver lo que pasó hace muy pocos días en la India. Pero un conocimiento muy básico de Historia nos muestra que estos análisis racionales no dominan la conducta de las naciones…

En agosto del ´06, cuando la guerra del Líbano, escribí algo en Reco sobre Hezbollah, Hamas, y los fundamentalistas pakistaníes, que apunta a las consecuencias impensadas del accionar israelí. Pero este no es un post sobre geopolítica. Mi intención es ver si la lógica del exterminio puede ser detenida. Las protestas y manifestaciones son instrumentos adecuados, si se piensan con inteligencia. Pedidos de romper relaciones comerciales con Israel, por ejemplo, pueden ser sinceros pero son tontos. Los países no se mueven por consideraciones morales, ni siquiera por hipocresía, si no media el aval de una gran potencia. U.S.A. está del lado de Israel, la Unión Europea cultiva su propia paranoia ante la inmigración musulmana. China, India tienen sus propios problemas con minorías islámicas…

Igual, hay un hecho importante: Israel ha perdido legitimidad en su política con el mundo árabe ante la opinión pública (ese monstruo mitológico que sin embargo existe). A los pensadores de la escuela realista (a la que yo tiendo a suscribir) les cuesta incluir en sus análisis este dato; como diría ese gran exponente de la escuela, Stalin “¿Cuántos misiles tiene la opinión pública?”. PERO ES UN ERROR EXCLUIR EL ELEMENTO MORAL DE UNA ECUACIÓN DE PODER. Juan Pablo II respondió eficazmente a la pregunta original de Stalin “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?” en el terreno que había sido hecha, la Europa del Este. Otro ejemplo: Alemania, en la Primera Guerra Mundial, no consiguió convertir su ventaja militar en una paz aceptable – aunque la buscó – porque no mostró en su política internacional lo que nuestra Acta de Independencia (y la de los Estados Unidos) llama “respeto a la opinión de las naciones”.

Los argentinos tenemos un ejemplo más cercano. En la Guerra de las Malvinas, sufrimos – a pesar de la solidaridad en las votaciones de la mayoría de los países latinoamericanos – una derrota diplomática en los organismos internacionales, antes de la derrota militar. Un factor no despreciable en ese resultado fue que ese gobierno no logró legitimar a sí mismo y a sus métodos.

Se me ocurre entonces que el punto débil de la estrategia de “guerra sin fin” de Israel es, justamente, la opinión de sus dos aliados principales: los Estados Unidos y la comunidad judía en la diáspora. Incluida la argentina, que no es pequeña.

El primero no es un campo fácil. El lobby pro israelí logró una alianza imprevisible pero sólida con la derecha cristiana políticamente activa y con los neocons. Derrotados electoralmente, siguen siendo una fuerza poderosa. Y desde siempre ha tenido sólidos lazos con el establishment demócrata. Obama descansa en Hawai, mientras siguen los bombardeos en Gaza. Los sectores pro árabes se han mostrado hasta ahora poco eficaces en su trabajo político. Supongo que cometen el error – lo hacen sus equivalentes en Argentina – de antagonizar a la comunidad judía en su conjunto.

Sin embargo, hay un factor que me señaló Anahí en un post reciente: ¿puede convenirle a una potencia dominante como USA ser el país más odiado del mundo? El accionar de Israel no es el único factor que crea odio con los Estados Unidos, por supuesto, pero es el más dramático y visible en estos momentos. La presidencia de Obama, que en algún nivel expresa la preocupación de USA por su “poder blando”, no puede ignorar esto. Y todavía puede obtener un triunfo mediático relativamente barato: Un viaje de Obama a Gaza, acompañado de alguna concesión aún menor, cambiaría dramáticamente la actitud ante Estados Unidos de las masas árabes… al menos por un tiempo.

Hay un elemento que nadie puede perder de vista, ni siquiera Israel: descartada la ilusión bushiana de una occidentalización forzada de Irak, del Medio Oriente, no hay ningún interés geopolítico de los yanquis que no requiera mejorar sus relaciones con el mundo árabe. No hablemos del petróleo: Israel no lo tiene. Arabia Saudita y los emiratos, Irak, Irán, sí.

En cuanto a la comunidad judía fuera de Israel, dentro de ella misma se produce – desde hace mucho tiempo – una revulsión ante los métodos de Israel. No debemos confundirla con los fundamentalistas, digamos, que desaprueban de la existencia del Estado de Israel por razones religiosas. Es una muy pequeña minoría. Pero son muchos los que, de religión o de memoria judía, le dicen a Israel: “No en mi nombre”. Como ha sido hecho en otras ocasiones, debemos acompañarlos. Son los mejores aliados que hoy puede tener la paz en Palestina… y en Israel. Ya que recordé en algún momento de este post a unas niñas palestinas, quiero recordar también a esa joven pacifista judía de la diáspora que hace algunos años se enfrentó a un tanque que iba a demoler una casa palestina y también murió aplastada.

Un mejor 2009 para todos, incluidos los que sobreviven en Gaza.

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Con los ojos del adversario: Huntington

diciembre 29, 2008

No quise dejar pasar la muerte de Samuel Huntington sin dar el homenaje que corresponde a un adversario. Trato de elegir con cuidado las palabras: adversario por su propia elección, no mío, por supuesto – no juego en su liga, dirían en su país – sino de la “cultura latinoamericana”, ese conjunto de naciones, pueblos y costumbres de la que uno forma parte. Cuyo avance – demográfico, cultural – en la sociedad norteamericana veía como un peligro. “La inmigración latinoamericana en gran escala podría dividir a los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas“, son sus palabras.

Y homenaje, porque su posición, la de un patriota “anglo” tradicional, nos ayuda a reconocernos y definirnos. Sin ser seguidor de Carl Schmitt – lejos de ello – no puedo negar que el concepto de adversario es una gran ayuda para afirmar la propia identidad (No uso el término “enemigo” porque a esa palabra, de resonancias nobles en una sociedad más tradicional, está berreteada por muchos de los que escriben en los foros de La Nación y en blogs con una actitud más liberal que la mía hacia los comentarios: “Enemigo” sería alguien a quien se insulta, y no alguien cuyo tamaño enaltece mi lucha).

El tamaño intelectual de Huntington era considerable. Para los parámetros actuales, es cierto, que revelan una cierta decadencia en el nivel de los filósofos políticos y macrohistoriadores; no hay figuras del nivel de Aron o de Toynbee. Pero su visión era más realista y compleja que los juegos intelectuales de un Fukuyama o la esterilidad en que han terminado los “Nuevos filósofos” franceses.

Su mismo patriotismo y su identificación con ciertos valores muy tradicionales de la cultura norteamericana le permitieron comprender – lo que no es frecuente en sus compatriotas – que otros pueblos tienen otros valores y tradiciones diferentes. No era sentimental, no era multiculturalista y ciertamente no era progre: no sentía un respeto abstracto por esas diferencias. Pero su pensamiento, el que exponía en sus libros, se oponía frontalmente a la fatídica fantasía que influyó en el gobierno estadounidense después de la caída de la Unión Soviética: la facil “americanización” del mundo, en particular del Medio Oriente.

Su visión de unas ocho “civilizaciones”, la islámica, la eslavo-ortodoxa, la confuciana, la hindú, la africana, la latinoamericana, la japonesa y la occidental es simplista y floja en historia. No tiene tampoco la poesía trágica de Spengler ni la erudición de Toynbee. Como dije arriba, hace más justicia a la complejidad y la riqueza del mundo real que las burdas simplificaciones liberales o marxistas. Pero – aunque reconocía, como no podía dejar de hacerlo, que no son bloques homogéneos – no alcanzaba a apreciar que los conflictos decisivos se dan en el seno de estas culturas, en la forma de enfrentar la historia común que las arrastra inevitablemente. No es posible encerrarse en las fronteras de una cultura. Quizá le resultaba difícil aceptar esto porque él hubiera preferido (sin reconocerlo) unos Estados Unidos encerrados en la síntesis cultural que alcanzaron en la primera mitad del siglo pasado.

De cualquier modo, Huntington deja un legado. Puede tener un costado perverso para sus víctimas, si sirve a la reacción antiinmigratoria en los Estados Unidos. Pero a nosotros, los latinoamericanos, puede servirnos si nos ayuda de entendernos como un “nosotros”.

Al menos, me parece difícil que un liberal puro y duro – e intelectual brillante, reconozcamos – como Carlos Escudé, que influyó mucho más que un Jorge Castro en el armado intelectual de la cancillería argentina que sirvió a las “relaciones carnales”, hubiera escrito este magnífico ensayo “La civilización iberoamericana“, sin la influencia del pensamiento de Samuel Huntington.


secreto bancario

diciembre 27, 2008

Esta noticia está en los diarios, por ejemplo, en La Nación, de aquí, o en El Nuevo Herald, de Miami. No tendría entonces por qué ponerla en mi blog. Pero me parece una indicación sólida de un desarrollo al que hice alusión en algunos de las entradas sobre economía que subí al blog: el rol del sistema bancario en la asignación de inversiones – fundamental en la génesis del capitalismo y prácticamente excluyente a partir de los ´70 en todo el mundo – va a ser transformado – y reemplazado en parte – por la acción de los Estados.

Porque no han escuchado al sabio maestro Fouchè “Es peor que un crimen. Es un error”.


otro concurso: de comentarios

diciembre 27, 2008

Como en una entrada reciente, una amiga había hecho una alusión poco respetuosa al nivel del “debate político realmente existente”, decidí que lo justo era hacer un muestreo más objetivo que el del post anterior.

Busqué en Ramble Tamble, blog emblemático si los hay, dos posts publicados anteayer, en el mismo día de Navidad. Uno, fuerte aumento en la canasta básica, era un análisis estadístico que reflejaba la evolución (para arriba) de los precios de los alimentos en las últimas semanas y su impacto en la situación de los sectores populares. Tenía dos (2) comentarios.

Otro, en navidad leyendo a favio, copiaba una carta de Leonardo Favio al vice, Julio Cleto Cobos, pidiéndole que renunciase. Tenía – también a hoy – veintitrés (23) comentarios.

No más comentarios, Señor Juez.

Pero Favio ha hecho algunas películas extraordinarias.


Una tarjeta geopolítica

diciembre 26, 2008

De todos los mensajes navideños que me llegaron en la pausa navideña, que han sido bastantes, la que considero ganadora de un concurso de tarjetas sobre política internacional (laicas) ha sido la enviada por Anahí.

Claro, contó con un guionista de lujo, en un estilo romántico-tropical.

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Debo reconocer que me impresionó. Eso sí, como uno es un contradictor nato, tengo que apuntar que los latinoamericanos, al salir de nuestra aldea, debemos mirar cuidadosamente dónde pisamos. Y evaluar prudentemente lo que hacemos.

Hace no tanto tiempo, unos 30 años, una parte numerosa de la juventud latinoamericana estaba empeñada en una lucha a muerte contra el capitalismo, por la revolución socialista que llevaban adelante los oprimidos del mundo. Y las fuerzas armadas de nuestros países, en su mayoría, creían que luchaban por el mundo libre, contra el imperialismo soviético.

Lamentablemente, los primeros encontraron que sus aliados y consejeros decidieron a fines de los ´80 que era mejor negocio convertirse ellos mismos en capitalistas. Y los militares que combatían por Occidente, descubrieron que para sus mentores de las grandes potencias no eran compañeros de armas sino instrumentos necesarios pero un poco desdorosos… como preservativos, digamos. Y una vez cumplida su función, fueron descartados.

Por eso, tengamos siempre presente las enseñanzas de uno de nuestros primeros maestros, Don Jorge Canning, que nos advirtió que las naciones poderosas no tienen amigos ni enemigos, sino intereses. Un profesor desagradable, como Snape en la saga de Harry Potter. Pero que sabía, sabía.


jubileo para todos

diciembre 22, 2008

navidad

El espíritu navideño – por increíble que parezca – es algo más que un recurso para aumentar las ventas. Si no, ¿cómo podemos explicarnos este artículo del Financial Times, donde discute la posibilidad de una cancelación general de las deudas, basándose en las bíblicas exhortaciones del Deuteronomio, de John Maynard Keynes y de la hiperinflación alemana de la primera posguerra? (Estos días estoy muy apurado, pero prometo traducir los segmentos más significativos durante la semana).

Por supuesto, hay motivos muy apremiantes para considerar este tipo de medidas, pero igual atentan contra la pura doctrina de Mammon, que – como todos sabemos – es un dios celoso. Créanme, es equivalente a ver a Su Majestad Herodes el Grande llevando una pancarta en la Marcha de los Chicos del Pueblo.

Feliz Navidad para todos, incluyendo a Rafael Correa


Alfonsín, sin lágrimas

diciembre 19, 2008

Don Raúl Ricardo ha estado muy presente en los medios en estos días: los 25 años de democracia y la pasión periodística por los aniversarios redondos… Y un aparte venenoso en el editorial que le dedicó El País español despertó las iras de los blogueros populistas, lo que hizo que al Alfonso le dieran para que tenga, no en Ramble pero sí en otros blogs. Hoy, LaNación reproduce ese editorial “Alfonsín, el héroe que hizo lo que pudosin la frase malditaLa misma CGT que nunca organizó una huelga general durante los ocho años de infamia militar, lanzó nada menos que ocho al presidente democrático” Artemio, los Mitre temen a su palabra precisa? O a la justa cólera del Hugo? Es igual: su crítica a esa berretada es correcta.

Ahora, si uno entra en Opiniones de lectores, de esa misma nota, encuentra que el debate sobre Alfonsín, tantos años después, mantiene el nivel de zócalo de siempre. Eso me ha impulsado a volcar una reflexión en el blog, en un momento que otros nombres del pasado, Astiz, Acosta, suenan nuevamente.

Como peronista, nunca tuve una buena opinión política de Alfonsín. Cuando Balbín empezaba a conversar con Paladino, en “La Hora del Pueblo”, allá por 1971, él, como dirigente del ala izquierda de la U.C.R. lo cuestionaba… (¿suena familiar?). Yo era amigo personal del difunto Jorge Roulet, que con Jorge Sábato y Dante Caputo formaban, desde el Di Tella radical, un equipo intelectual que ya en ese entonces pensaba en Alfonsín como el posible conductor de un espacio que trascendiera al radicalismo e incluyera todo el no peronismo que apostara a la transformación argentina. Jorge, que no tenía nada de gorila, me decía “Este es un país que tiene la suerte de tener dos movimientos populares y nacionales. Aprovechémosla”, y soñaba con volcar en nuestro país las experiencias que había visto en la Francia de De Gaulle sobre manejo del Estado.

En 1973 organizó mi único encuentro en mi vida con Alfonsín, un almuerzo en la “Puerto Rico” de la calle Alsina. Fue cordial, pero reforzó mi imagen negativa. Ya a solas, procuré convencerlo que no era el dirigente político que podía servirle a él y a sus amigos para trascender los cenáculos intelectuales (Entonces yo sabía de política todavía menos que ahora). Irónicamente, tengo presente que me parecía… con ideas anticuadas. “Jorge, ese tipo es un republicano español!“, recuerdo que le dije.

¿Por qué me acuerdo con ironía de ese episodio? Después de los años y de los fracasos, cuando los que se esperanzaron con Alfonsín por distintos motivos, los progres y los antiperonistas, tienen presente la desilusión, se olvidan que primero provocó la ilusión. Y cambió definitivamente los términos de la política argentina.

Es difícil verlo ahora, por esa amnesia selectiva que padecemos los argentinos, pero la democracia era para la gran mayoría de los jóvenes en los ´70 una trampa gorila, burguesa o judeo-sionista, según en qué orga se militaba. Y los derechos humanos podían ser una consigna únicamente para el ala moderada de la comunidad homosexual. Quienes criticaban al foquismo de las organizaciones armadas sentían que sólo podían hacerlo legitímamente desde la teoría de la guerra popular. “La batalla de Argelia” de Pontecorvo, que serviría para entrenar represores, fue vista por toda nuestra generación, como recordaba hace poco, en el Lorraine. Y aplaudíamos.

Por supuesto no fue Alfonsín por sí mismo. Fueron las terribles experiencias del Proceso, la derrota en Malvinas, el “espíritu del tiempo” como dicen los alemanes (Y Perón no se puede analizar sin tener en cuenta el fracaso de los conservadores, la reacción antiliberal en la Europa de entreguerras, el New Deal, el laborismo inglés, los socialismos nacionales de los países del Tercer Mundo,… ). Pero su campaña en 1983, el primer triunfo electoral sobre el peronismo, y los primeros años de su gobierno dieron, para bien y para mal, las formas que iba a tomar la política – y el discurso público – desde entonces.

Como gobernante, fue malo. Su ignorancia de la economía, muy radical, me obliga a evaluar positivamente a Kirchner, vean lo que les digo. Y su falta de garra en momentos decisivos: ante Menem, ante los oficiales rebeldes, y – menos recordada – ante el Senado peronista que le voltea su esquema para encauzar los juicios a los militares, lo condena como hombre de Estado. Eso sí, como un argentino para quien el coraje es importante, no puedo dejar de mencionar que él enfrentó a los represores cuando no estaban para el geriátrico.

Al final, no puedo ignorar que, como político, logró lo que pocos en nuestra historia: marcar un antes y un después en la naturaleza de esa despreciada y decisiva actividad. Y yo – que no me gustan muchas de las formas que ha tomado la política desde entonces – debo reconocer que hoy es menos probable que los argentinos nos matemos entre nosotros por motivos políticos. Y algo de eso se lo tenemos que agradecer a Ricardo Alfonsín.


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