El silencio de los verdugos, 46 años después

Sobre el 24 de marzo de 1976, lo que vino después, y también sobre lo que pasó antes, se ha escrito mucho, bibliotecas enteras. También en este blog; hay un texto, una especie de resumen de mis reflexiones y preguntas sin responder, que vengo reposteando en distintas ocasiones desde 2009, cuando lo subí por primera vez.

También lo voy a hacer ahora, porque me lo recordó, en forma tangencial, una decisión que tomó hoy el Ministerio de Defensa, de subir a su página web copias digitales de actas y resoluciones de la Junta Militar, del período 1976/1983. Datos valiosos para historiadores, pero no responden a una pregunta que me hago.

Pero antes, un comentario actual: el consenso sobre el que se edificó la «democracia post 1983», para llamarla de alguna manera, fue el rechazo al horror del período anterior. Parecido, lo digo desde hace mucho, al «consenso antifascista» que encuadró la política en Europa Occidental después de la 2da. Guerra.

Como ahí, tuvo una cuota bastante grande de hipocresía, y un sector nostálgico lo despreció… en silencio. Porque no nadie puede desafiarlo abiertamente sin condenarse a la marginalidad política. Además de los que se movilizan e indignan, una mayoría de la sociedad no hace nada de eso pero rechaza con fuerza ese pasado y sus horrores.

También allí, como acá, se desgastó con el tiempo. Como todo. Pero sigue vigente. Sin embaro, es para preocuparse, un poco, que la grieta política lo haya limado algo. Hasta este año, algunas fuerzas de la coalición hoy opositora se sentían obligadas a hacerse presente en las manifestaciones de hoy. Esta vez, hasta donde vi, estuvieron solo sectores de la coalición hoy oficialista y, por su lado, sectores de la izquierda. No es una buena señal, aunque hoy no se perciba, ni remotamente, el riesgo de una intervención militar en la política. Hay valores, símbolos, que conviene que sean comunes, aunque haya quienes prefieran que los «otros» no manchen la pureza de sus ideales.

Bueno, ahora ese texto repetido, y mi pregunta:

ooooo

Estoy frente a la computadora y me siento ambivalente. No tiene que ver con mis ironías sobre las efemérides, ese pretexto para recordar. No necesito pretextos ni tampoco aniversarios. Para mi, para muchísimos argentinos, es fácil recordar un tiempo que fue muy importante en mi vida y en la de los que vivimos en esos años. Aún para los que no militaban – no todos estaban politizados en ese tiempo.

Por eso siento que no corresponde quedarme en silencio. Por el otro lado, no tengo ganas de repetir frases hechas. Cuesta emocionarse con los “relatos” – aunque sean ciertos – porque uno sabe también que son instrumentos políticos. Hay algunos amigos que uno recuerda, hay gente de la que uno le hubiera gustado ser amigo, esas son las muertes que hacen real la tragedia. Pero hay que tener más talento que el que tengo yo para escribir sobre ella.

No voy a profundizar ahora sobre la construcción de ese relato, de la memoria social que se ha formado, aunque puede ser un buen punto de partida para una reflexión. Porque el consenso de la gran mayoría de la sociedad argentina y de todas las expresiones políticas legitimadas en la condena a la dictadura de ´76/´83 y sus métodos es similar al consenso antifascista con que se edificó por más de medio siglo la política en Europa Occidental a partir del ´45. En ambos casos hay amnesias deliberadas, y una porción de hipocresía, consciente o inconsciente. Pero en los dos ha sido – hasta ahora – una base estable sobre la que se avanzó.

Eso sí, hay una diferencia que hace dificil analizar el caso argentino en la misma forma. Por toda la muerte y la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, los europeos – salvo algunos sectores muy minoritarios – no recuerdan el Gotterdammerung de los fascismos con el odio y el dolor que dejan las guerras civiles (aún en los países donde fueron eso: Italia, Francia,…). El argentino se parece más – salvando las distancias – al relato del Holocausto judío, en que se ha transformado para los familiares de las víctimas de la represión, militantes de los derechos humanos, y una buena parte de la juventud, en una instancia del Mal Absoluto que continúa vigente y los confirma en su identidad de víctimas y luchadores. Esto puede verse, sin ir más lejos, en las marchas que se hacen hoy.

Se me ocurre que la libertad de un blog personal es un sitio adecuado para preguntar qué es lo que hizo que esa mirada sobre esos años siga tan presente en la política, y en las emociones de hoy. Porqué tiene mucha más vigencia lo que pasó en Argentina que la represión igualmente brutal de la guerrilla en Brasil o en Perú.

Este no es un blog políticamente correcto, como lo saben los que lo leen. Las historias que se han convertido en el canon de los intelectuales progresistas, y que repiten en todas las ocasiones adecuadas medios “del palo” como Página 12, por ejemplo, me parecen incompletas y convencionales. Tienen razón, es cierto, en señalar el carácter excepcional de las masacres que se llevaron adelante entre 1976 y 1980, pero creo que no aciertan en lo que las distingue de una larga historia de sangre y represión. Y no encaran, o lo hacen superficialmente, por “corrección política” o mala conciencia, el fenómeno de la guerrilla.

Porque en Argentina el peronismo – un proceso de reivindicaciones sociales que tuvo sus rasgos autoritarios y represivos, pero que fue excepcionalmente pacífico y respetuoso de las instituciones para la historia latinoamericana – provocó en sus adversarios un odio de clases feroz. El bombardeo de civiles en la Plaza de Mayo el 16 de junio 1955, que causó cientos de víctimas, es un ejemplo de ese odio y de esa ferocidad. De algún modo, el punto más alto.

Más de una década después, en medio de una guerra civil larvada, surgieron organizaciones que – interpretando a su modo las experiencias de Cuba y de Argelia – desarrollaron el asesinato de sindicalistas, de policías y de militares como un instrumento de lucha y propaganda política. Y una parte de la juventud que compartía el espíritu revolucionario de la época – eran los tiempos de la Revolución Cubana, de la guerra de Vietnam – que provenía de los sectores populares desengañados de conducciones negociadoras, y en mayor número de las clases medias y altas, se identificó con sus banderas de lucha y heroísmo. Un poco antes o un poco después, eso sucedió en toda Latinoamérica. En todos los países la represión fue feroz y exitosa. E implicó retrocesos graves en la situación social y política de las mayorías.

Pero… en Argentina hubo un elemento distinto. No tengo respuestas, no creo que sea serio hacer psicología de sectores sociales definidos con categorías abstractas. Pero creo que vale la pena tratar de distinguir los factores racionales y previsibles – también sanguinarios, crueles – de la represión, de los que no lo eran. Alguna vez dije – hablando de nuestra generación – que no hubo sorpresas: todos fuimos a ver “La batalla de Argelia“. También los asesores franceses en represión y tortura la pasaban en los cuarteles. Pero en Argelia fue un ejército extranjero el que aplicó esas técnicas.

En Latinoamérica – una civilización con muchos valores admirables – las abismales diferencias de clase crean en algunos países casi dos mundos extranjeros entre sí. En Argentina hay algo de eso, pero no tan acentuado. La represión sobre los pobres la ejercieron históricamente (la ejercen) las policías bravas, la mano de obra habituada a la violencia y al uso prepotente del poder. La Liga Patriótica ha quedado en la historia. En la persecución al peronismo de gobiernos militares y civiles – acordémonos del CONINTES – hubo un elemento clasista. Pero nunca descontrolado.

Y golpes de estado hubo muchos en nuestro país. La represión a la guerrilla después de 1970 y hasta 1976 no había sido diferente en su naturaleza a la que se había ejercido contra peronistas desde el ´55, y contra radicales, anarquistas o sindicalistas en otras épocas. Más extendida, seguro. Pero nada nuevo en la cruel historia argentina. La lucha contraguerrillera en Tucumán fue bastante similar a la que se daba en otras geografías tropicales de nuestra América. En 1976 surge un hecho nuevo.

Se puede resumir diciendo que en los ´70 hubo numerosos grupos de militares – hombres jóvenes, en general de clase media y un nivel de educación mediano – que fueron impulsados por sus superiores a secuestrar, torturar y asesinar a miles de hombres y mujeres en su mayoría también jóvenes y en buena parte de su misma clase social. Y lo hicieron sin objetar, con muy pocas excepciones. Es cierto que una mayoría de los desaparecidos eran trabajadores sindicalizados. Pero los militares que ejecutaban la represión no eran en general de la clase de los patrones, ni se pensaban como defensores de la patronal. Seguramente que el caso era distinto en los generales que lo dispusieron y sus asesores que diseñaron esta mecánica “contrarrevolucionaria”. Pero esas cosas son habituales en la Historia, como lo saben los que la leen. Lo que no es tan frecuente es encontrar que un ejército se pueda volcar sobre sus propios compatriotas, en la mayoría de los casos sobre la misma clase (media) de la que era parte. En Chile, sí… Pero allí no fue tan masivo ni tan prolongado. Y las diferencias sociales eran más acentuadas allí que aquí. Aquí algunas víctimas tenían apellidos con «prestigio social» como Alsogaray (estaba en la guerrilla) o Holmberg (no lo estaba). Sobre todo, algunas eran madres, o mujeres embarazadas. No se llegó al último horror, no se mataron niños, no como política. Pero sus bebés eran «botín de guerra».

ooooo

Lo que me pregunto frente a esta historia argentina, cuando leo las instrucciones burocráticas, racionales de la «lucha contra la subversión» es cómo se llegó a formar, no al bruto o al torturador vocacional, sino a hombres jóvenes que no se habían incorporado a las Fuerzas Armadas para esto, y no encuentro en los archivos ni en la literatura relatos convincentes.

Los organismos de derechos humanos y las agrupaciones vinculadas a ellos le siguen exigiendo al Estado «la verdad sobre la represión», aunque muchos de sus miembros están o han trabajado en el Estado en todos estos años. Pero no creo que la tenga el Estado. Pueden aportar hombres que eran jóvenes en ese tiempo y formaron parte de la represión. Pero permanecen, casi todos, obstinadamente callados.

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