Reflexiones superficiales y cortas sobre lo que pasa en Chile, y en el resto del mundo

Empiezo contestando a algunos amigos nac&pop de inclinación progre (en un tiempo eran vertientes bien diferenciadas, pero no es la realidad hoy) que minimizan el fenómeno Kast apuntando a que la participación en estas elecciones chilenas fue baja.

Y sí. Votaron 7.115.590 de los habilitados, y hubo 7.027.068 votos válidos. Un 47,34% del padrón. Eso significa que sólo un 14%, más o menos, de chilenos y chilenas le dijo sí a Kast. Y también que un poco más del 12% le dijo sí a Boric, y así al resto de los candidatos.

Recién decíamos en AgendAR que eso deja a Chile ante un escenario peruano: un balotaje entre dos candidatos, en el que la mayoría de los votos que consigan no serán a favor de ellos sino de rechazo al otro. No es un escenario estable, y a los argentinos no nos conviene un vecino inestable. Ni trumpista, si se da el caso.

Pero aquí en el blog me interesa considerarlo como parte de una tendencia global, como evidentemente parece serlo. Atención: en cada país -también en el nuestro- las circunstancias locales son más decisivas que cualquier zeitgeist global. Pero eso no quiere decir que esas tendencias no existan en todas las sociedades modernas, y no influyan poderosamente.

Resulta evidente que muchas, muchas personas, en muchos países, se sienten agredidas y reaccionan frente a las ideas y valores que se llaman a sí mismas «progresistas» o «modernas», «multiculturalismo», «políticas de género», por ejemplo. Que también son parte de una tendencia global previa, por supuesto.

Nada de esto es nuevo, obviamente. Hace 50 años Erich Fromm lo describía con talento literario en El arte de amar y en El miedo a la libertad. Y, en realidad, refuerza la identidad de los dos lados de la «batalla cultural»: se pueden llamar con entusiasmo «fascistas» o «zurdos de mierda».

El problema práctico, me parece, es una concepción tradicional de la izquierda -que se ha extendido entre los nac&pop, debo decir: que el Pueblo, o las mayorías populares (o el proletariado, en una versión antigua) está automáticamente con ellos y sus valores. Y les resulta muy difícil aceptar que a veces el Otro Lado consigue mayorías.

Es el pensamiento de Rousseau aggiornado «El hombre, y la mujer, nacen libres y con tendencia a votar a candidatos progres. Pero en todas partes se encuentra encadenado por el capitalismo, o los medios hegemónicos, o...». Puede ser así, o no. Pero los políticos -gente que quiere ganar elecciones, en general- debe incluir en sus cálculos esos votantes, esas tendencias.

(Es difícil para la militancia cultural y, sobre todo, para la política. Si el término «correlación de fuerzas» les resulta antipático, imagínense «correlación de votos»).

Este posteo apunta a un problema práctico, pero no pretende ser una indicación práctica. Hace poco dije en este blog que la batalla cultural no se libraría el 14N en Argentina. Tampoco el 19D en Chile. Ni siquiera en el 2023 en Argentina, otra vez. Ni es una batalla, en realidad. Son tendencias que circulan en las sociedades a lo largo de generaciones, y no se resuelven. Cambian de tema.

¨Pero sobre eso quiero escribir cuando tenga tiempo, tal vez en las vacaciones. Por ahora, me interesa señalar algo concreto, que apunta a un problema concreto, que hace a las condiciones de vida de gran parte de nuestro pueblo, y a una sociedad vivible (aunque dividida).

Es una fantasía idiota suponer que el 95% de la población tiene intereses comunes, enfrentados a los intereses del 5% más rico. Ese 95% (bah, cualquier porcentaje) tiene intereses segmentados, y, en lo inmediato, que es lo que importa a la mayoría, enfrentados entre sí.

Y los bienintencionados que quieren para nuestro país una distribución menos desequilibrada de ingresos y beneficios, como la que existía medio siglo atrás -y que hace una sociedad más productiva y dinámica- deben asumir el problema de los «representates de artistas». Que pueden ser buenos representantes, pero generalmente no son artistas.

Estar «a favor de los pobres» sin ser pobre, es moralmente elogiable. Pero… despierta hostilidad entre los que se sienten cuestionados moralmente, sin reconocerlo. Y también en algunos pobres, cómo no. Es inevitable, pero hay que tenerlo en cuenta.

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