Alberto Fernández, y el peronismo después de los años K

Un posteo muy breve y aún más superficial, pero uno tiene esta adicción a comentar. Empiezo por reconocer que el título es engañoso. Más allá de las intenciones y de los hechos del presidente Fernández, el peronismo fue transformado, transfigurado, por la experiencia de los gobiernos de Néstor y Cristina. Como también lo fue por la experiencia del gobierno de Menem, por la épica y la tragedia de los ´70, por la recuperación y fortalecimiento de la estructura sindical en los 20 años después del ´55… Lo que nos pasa, a los seres humanos y a las realidades colectivas, no se borra. A veces, con suerte y esfuerzo, se asimila.

(Es cierto que una y otra vez alguien levanta, y levantarán, la consigna, el sueño del volver al peronismo fundacional, del ´45 al ´55, algo que Perón descartó explícitamente en muchas ocasiones, dicho sea de paso. Toynbee hablaba, de forma más general, del “salvador con la máquina del tiempo”. Fracasan, por supuesto. La Argentina y el mundo son muy distintos. Y no hay máquinas del tiempo, salvo los relojes.)

Ya me fui por las ramas. El punto es que hace un rato asistimos a una definición trascendental de Alberto Fernández. Todo lo trascendental que puede ser un discurso, cuando es coherente con los hechos de un gobierno. Y, por lo que hemos visto hasta ahora, éste lo es.

En su discurso, Alberto “normaliza” los valores identificados con la etapa K: derechos humanos, con énfasis en el castigo a los delitos de lesa humanidad, políticas de género, reivindicaciones feministas, para incorporarlos al “corpus” tradicional del peronismo. Con “normalizarlos”, me refiero a despojarlos de épica. Sin revolucionarismo verbal, ni enfrentamientos explícitos.

Para ser más precisos, darles una épica gris, democrática, alfonsinista. No por nada suma a su gobierno a todos los radicales no seducidos por Cambiemos que puede. Y a quienes participaron de la experiencia del Frepaso, que rompió con Menem reivindicando banderas y valores tradicionales del peronismo y terminó en la Alianza con el radicalismo como su chance de llegar al gobierno (Eran peronistas, después de todo).

Como dijo hace unos minutos Julio Burdman en Twitter “Chau, Laclau. Hola de vuelta, O´Donnell”.

¿Puede tener éxito esta apuesta de Alberto Fernández? En un sentido, es inevitable. Tratar de resucitar un determinado sentimiento de épica cuando la realidad ya cambió, sólo lleva a frustraciones (mi amigo Artemio se esfuerza, pero…). En otro sentido, yo creo que es insuficiente. Sólo “normalizar” unos valores y logros, los despoja de dinámica y abre la puerta a sus futuras negaciones (Consultar sobre esto a la social democracia europea, si alguna vez sale de terapia intensiva).

No puedo proponer otros caminos: no soy el conductor de nadie. Pero se me ocurre que este gobierno peronista necesita que aquellos que el presidente señaló con fuerza y claridad como los primeros que deben ser beneficiados, que deben ser rescatados, los de abajo, los excluidos, tengan, además de políticas sociales y tarjetas alimentarias, protagonismo. Que cada uno sea artífice de su propio destino y no instrumento de la ambición de nadie, como dice una vieja frase. Para eso el gobierno puede ayudar, pero es sobre todo una tarea colectiva de ellos mismos.

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