Desalambrando la grieta

Columnista apropiado: Aldo Duzdevich

En los últimos días de Macri, a pocos días de los Fernández, siento ganas de retomar este blog ¿Cómo no? Pero sin tener más tiempo que antes, y calculando que pronto tendré aún menos, es difícil. A lo mejor, posteos breves, tuits con pretensiones… Veré. Ahora, me descargo copiando algo que encontré en la estimulante Movimiento, de Mariano Fontela. Con un lenguaje más militante que el mío, Aldo expone un análisis que comparto y, sobre todo, algunos hechos concretos. Al final, agrego unos párrafos:

ooooo

«A mi entender, la “grieta” es el invento que encontró la oligarquía para sumar apoyo político y social a su proyecto de minorías que deja fuera al 95% de la población, incluyendo a quienes la votan. Algunos compañeros usan la palabra “grieta” para definir la confrontación de los dos proyectos, que efectivamente existe y es irreconciliable: uno, el de la oligarquía, de un país dependiente y mero exportador de materias primas; y otro, el proyecto popular, de independencia económica, con crecimiento industrial y justa distribución de la riqueza. Yo voy a usar la palabra “grieta” con la primera acepción.

En el 40% de votos por Macri no hay solo estancieros de Barrio Norte, dueños de bancos y gerentes de multinacionales. En los diez millones que votaron a Macri hay muchísimos jubilados de la mínima, trabajadores formales e informales, pequeños comerciantes… hasta en las mesas de las comunidades mapuches de mi provincia sacaron votos Macri y Gómez Centurión.

De 1955 a 2008: la grieta que tardó 50 años en volver

Tal vez habrá existido antes. Pero, para hablar de la grieta tal como la percibimos hoy, lo más lejano es 1955: peronismo-antiperonismo, la antinomia que la oligarquía y el imperialismo habían logrado instalar, primero con el argumento de combatir al “nazi-peronismo”, y más tarde con el de lidiar con los “quemadores de iglesias”. Las familias se dividían. Se inoculaba odio, que en un momento se transformaría en violencia. En el antiperonismo militaban las clases medias, los estudiantes universitarios, la intelectualidad de izquierda y la naciente burguesía industrial nacida al abrigo de la política peronista. Y por supuesto la vieja y rancia oligarquía. Todos dirigidos por la embajada del norte. El golpe de septiembre terminó siendo cívico-militar, con cientos de jóvenes de clase media participando en los “comandos civiles”. En Córdoba “la heroica” llegaron a participar 1.500 civiles armados en el bando golpista. Luego vino la persecución policial al peronismo, y el paulatino desencanto de la población con los “libertadores”, y la grieta se fue en parte diluyendo, en parte aplacando.

En 1966, con la llegada de Onganía al poder, se inicia la nacionalización y progresiva peronización de las capas medias universitarias. En la lucha contra la dictadura militar, ese antiperonismo visceral se convirtió en una pieza demodé. En 1972 Perón vuelve sin odios ni revanchas. Convoca a sus adversarios de antaño: Balbín, Frondizi, Alende y Solano Lima, a buscar entre todos un proyecto común que uniera a los argentinos. Es el momento del “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, el abrazo histórico con Balbín y la propuesta, inconclusa por su muerte: el Proyecto Nacional que integraba al 95% de los argentinos tras una propuesta común. El retorno a la democracia en 1983 nos volvió a encontrar unidos a todos los partidos y, a pesar de las travesuras de Alfonsín con el “pacto militar-sindical”, el clima social no mostraba ninguna grieta. Discusiones y distintas opiniones políticas hubo siempre. Pero parecía que aquel odio gorila hacia el peronismo se había extinguido junto a los dinosaurios. Sin embargo, solo estaba larvado, y las usinas mediáticas al servicio del imperio encontraron el momento de resucitarlo.

Fue en 2008, en el conflicto con el campo. Allí reaparecieron desde su panteón central en Barrio Norte los vetustos gorilas, contagiando su odio a las nuevas generaciones de clasemedieros consumidores de TN y Lanata, con el dedo en fuck you como bandera de guerra. Más tarde se repotenció con Nisman: el gorilismo había logrado construir un mártir, casi un Che Guevara, pero del cipayismo vernáculo. Durán Barba percibió rápidamente que por allí nos entraban las balas, y construyó pacientemente una estrategia para agrandar y consolidar la grieta.

Así llegamos hoy, con una sociedad dividida artificialmente, en la cual gran parte de los pobres, jubilados, trabajadores, empleados, comerciantes, profesionales o industriales perjudicados por las políticas económicas de Macri lo vuelven a votar, solo porque nos odian.

Dos palabras sobre el golpe contra Evo Morales

Primero, hay que decir que la situación actual tiene mucha similitud con el cerco internacional realizado por el imperio contra la Argentina en 1973. A la actitud guerrerista de Bolsonaro ahora se suma la caída de Evo, y en Uruguay perdió el Frente  Amplio. El imperio tiene claro que lo verdaderamente peligroso para sus planes en el cono sur es un nuevo gobierno peronista en la Argentina.

Volviendo a Evo, diré que a él también se lo comió la estrategia duranbarbista de la grieta. Fueron estudiantes universitarios los primeros en ganar las calles contra su gobierno. Y el golpe, al igual que el argentino de 1955, tuvo un gran acompañamiento civil. Tantas son las similitudes que, cuando lo escuchamos renunciar para no sumir a Bolivia en una guerra civil, oímos a aquel Perón obligado a elegir entre el tiempo y la sangre.

Reconocer el problema

Lo primero que necesitamos es reconocer el problema. Porque últimamente escucho y leo con preocupación a muchos de los nuestros que hablan de “proyectos irreconciliables”, de enfrentamiento total. Hasta en algunos foros se levantan con absoluta liviandad consignas de guerra y violencia, como si en nuestra tierra fuese insuficiente la cuota de sangre que pagamos en la última dictadura. Yo, peronista, no tengo ningún proyecto irreconciliable con mi vecino jubilado que vota a Macri; ni con el del taller mecánico que también lo votó; ni con mi médico; ni con el fabricante de soda de mi pueblo que se cree el Trump de los negocios. Todos ellos, e incluso los grandes industriales y gran parte del sector agropecuario, están integrados dentro del Proyecto Nacional que nos legó Perón.

Tomemos conciencia de que estos tipos del PRO, en medio del desastre económico, salieron a caminar y en dos meses juntaron dos millones de votos más que en las PASO. Ahora desde la comodidad de ser oposición, en dos años, con poco nos pueden ganar la elección intermedia.

Un gobierno de transición

Después de cuatro años de destrucción neoliberal, el que viene es un gobierno de transición. Con objetivos modestos pero dificilísimos de lograr: atender el hambre urgente; frenar el cierre de fábricas y reabrir una por día las 20.000 que cerraron; mejorar algo la situación de los jubilados; bajar un poco la inflación; recuperar lentamente del poder del salario; y conseguir dólares para evitar un nuevo default de deuda que ponga a cientos de fondos buitres a embargarnos los aviones y la Fragata Libertad.

Acompañar a Alberto y Cristina

Alberto y Cristina ya la vieron clara –mucho antes que a mí se me dé por escribirlo– y buscan hacer pie en aquellas ideas de Perón de 1973. Unidad del peronismo primero, para avanzar hacia un consenso más amplio de unidad nacional; pacto social sobre la base de los grandes actores; y propuesta de un Proyecto Nacional que incluya a la enorme mayoría de los argentinos.

Para esto hace falta una conducción centralizada y unidad de concepción en la tropa propia. Pero el nuestro es un frente muy heterogéneo. Progresistas versus doctrinarios; apresurados versus retardatarios; principistas versus pragmáticos; etcétera. La amplitud de nuestro frente político social es nuestra mayor virtud –que nos permitió ganar la elección– y nuestra principal debilidad, sobre la que intenta operar el enemigo. Para los progresistas, cuando Alberto visita a Lula en la cárcel es un genio; pero cuando va a un evento de Clarín y saluda al “diablo” Magnetto se convierte en sospechoso. Los ortodoxos, cuando suma a la CGT y a los gobernadores, aplauden; pero cuando suma a Lammens lo abuchean. Cuando va a un acto a reivindicar a Alfonsín –y de paso hacer un fuerte guiño a los radicales– la izquierda grita: “¡puso la obediencia debida y el punto final!”; y los ortodoxos agregan: “no te olvides de que Ubaldini le hizo 13 paros generales”. Alguno nuestro ya le dio cien días de plazo y el Pollo Sobrero –resucitado al tercer día– ya salió con los tapones de punta contra Alberto y contra la “burocracia sindical” invitada a firmar un pacto social. No va a ser fácil…

Tenemos por delante dos tareas. Una, ordenar el frente interno, evitando que el enemigo genere discordia y confusión en nuestras filas. Y la otra, avanzar en la batalla cultural para aplacar el odio y achicar la grieta.

Alberto ha dicho: “Hay que terminar con la psicología de la grieta. La política es un sistema de diálogos, de confrontar ideas. Tenemos que lograr un sistema de convivencia y respeto”. “Que en la grieta se queden ellos. Vamos a abrazarnos todos”.

Intentémoslo. Si lo logramos, la historia nos recordará por nuestra sabiduría. Si volvemos a perder el gobierno, la historia nos juzgará por pelotudos.»

ooooo

Aldo dice algo que me interesaba decir. Pero como es parte de una vieja discusión -para la mayoría, de unos 11 años; en mi caso, soy más veterano, tiene 49- distingo dos clases de argumentos.

Para muchos compañeros, la «grieta», es moral. La idea de una ética cristiana (atea, o por lo menos laica, en la gran mayoría) separa a los que sienten, sinceramente, que «la patria es el otro», que aman o por lo menos se conduelen de los humildes y excluidos, de aquellos que dicen «yo me rompo el culo laburando y…». Los sentimientos no se argumentan; se comparten o no. En mi caso, los respeto, pero no creo que sean una guía adecuada para el accionar político. No necesito sentirme bueno y generoso; no lo soy, mucho. Y no me creo que los de «mi lado» son todos buenos. Me basta con creer que mi causa es buena, y trato de mantener los ojos abiertos a las consecuencias no queridas.

En el espacio de los que hacemos o colaboramos en la política, la discusión es sobre estrategias. Los «polarizadores» apuntan, con bastante razón, que los «razonables» y «moderados» son con frecuencia vencidos por los que gritan más fuerte. Que la moderación es a menudo una excusa para conceder y abandonar, y que taparse los oídos a los argumentos del «otro lado» y embestir es la táctica ganadora.

Reconozco -no polarizador, yo- que muchas veces resulta cierto. En el corto plazo, que es lo que importa a una mayoría de políticos. Pero no siempre funciona, porque tiene un defecto; te congela en una posición táctica que luego no podés abandonar. Un ejemplo claro, reciente, del otro lado: Macri y Marquitos Peña decidieron a principios de este año no operar para dividir a la oposición, al peronismo, por el riesgo de crear otro rival tal vez peligroso; concentraron su estrategia en polarizar con CFK. No importa si acertaban o no. Porque el 18 de mayo ella cambió el escenario, y el resto es historia.

De todos modos, la cuestión fundamental, y además actual, con la polarización no es si sirve para ganar. Es si con ella se puede gobernar. «Una Casa dividida contra si misma no permanecerá» es una cita del evangelio que usó Abraham Lincoln; para los que se ilusionan con victorias definitivas y creen que así fue la Guerra Civil yanqui… el vice de Lincoln, Andrew Johnson, que gobernó los 4 años siguientes, era un hombre del Sur. La Reconstrucción fue una negociación, de la que los negros pagaron el costo.

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