Un bloguero yanqui – que conserva de su luteranismo más que yo de mi catolicismo – siempre repite que la desesperación es un pecado. Sin rigidez teológica, yo estoy de acuerdo con eso. Sólo un dogmatismo ciego puede sostener que no hay ninguna posibilidad favorable por la que pelear, en un universo donde la incertidumbre está inserta en su misma realidad básica. Y, por suerte mía, a mí me gusta la pelea. Así que podría considerarme un optimista incorregible, sino fuera que tengo claro que el optimismo puede ser un camino a la estupidez.
Esta charla metafísica se origina en que me parece encontrar en estos días en los políticos y militantes del peronismo más optimismo del que entiendo se justifica. Entiéndanme, no es que la dirigencia y aspirantes a con los que hablo están todos convencidos que tienen garantizado un futuro luminoso, bajo las banderas de Perón y Evita y muchos cargos para los hombres del PJ. Lejos de eso: no pocos de ellos piensan que se termina un ciclo, y no es el de Kirchner, es el del PJ. Evalúan que, más allá de aciertos y errores, el electorado está cansado de los peronistas, en el gobierno nacional desde 1989 – salvo el lamentable pero breve episodio de la Alianza -, en el gobierno de Buenos Aires desde 1987, y en el 2011 preferirán votar a cualquier imbécil. Además, creen que el imbécil ya está disponible.
Pero este grupo son aquellos a quienes me gustaría convencer que la desesperación, sí, es un pecado. Y una tentación a bajar los brazos y quedarse en el nicho conseguido, porque – en general – son los veteranos con largos años de ordeñar la ubre del Estado. El exceso de optimismo lo veo en los que siguen en la pelea.
En especial, en el vasto sector de los políticos y militantes peronistas que odian a los K. Las sorpresivas derrotas del oficialismo en Provincia de Buenos Aires y en Santa Cruz (las otras ya estaban descontadas) los emborracharon un poco, y tienden a considerar que lo que queda por hacer es armar roscas para asegurarse los frutos del triunfo (en lo posible, sin De Narváez y sin Macri). No hablo de la primera fila: un Solá, un Duhalde, son demasiado profesionales para odiar mucho y, sobre todo, para creerse que lo que queda será fácil. Pero no encuentro el mismo realismo en los numerosos y vitales niveles medios, incluído no pocos dirigentes sindicales.
Y entre los dirigentes y activistas que se identifican como kirchneristas, o que siguen bancando, por convicción o interés las políticas de Kirchner – bastantes más – bueno, la situación es diferente. Pero no tanto. La hinchada K – incluso la que acampa en la blogosfera – aprieta los dientes, aguanta los trapos y culpa a los malos de turno: el Grupo Clarín, la Derecha,… Es una actitud respetable. Pero no conduce a la única cosa que hace útiles las derrotas: la posibilidad de revisar tácticas y estrategias.
En este sector el problema es más agudo. Porque por ahora, el único que elabora estrategias sigue siendo Néstor Kirchner. Está claro que el coro mediático que le pide al gobierno que cambie sus estrategias lo que quiere – como dice con brutal, y estudiada, franqueza De Narváez – es que Kirchner se vaya. Y, como es natural, él no cree que sea una buena sugerencia. Pero necesitaría ver que la estrategia y los métodos que lo fortalecieron a partir de un muy limitado comienzo en mayo del 2003, desde hace un año y tres meses sólo lo han debilitado . No parece verlo.
Es aquí donde quiero inyectar una nota de pesimismo en la muy valiosa tarea de aquellos que reflexionan en voz alta – como he tratado de hacerlo yo – en estrategias para el peronismo en su conjunto, o, mejor todavía, para el país. En particular, estoy pensando – pero no exclusivamente – en el mensaje que nos trasmite el Gran Maestro Yoda de la blogosfera. Desde hace mucho tiempo, Manolo Barge contribuye a elaborar un pensamiento autónomo, no colonizado, para la militancia peronista. Y como parte de esa tarea, fortalece la conciencia y el orgullo de ser, como lo son, un elemento clave de la cohesión social argentina. Que en parte gracias a ellos es, a pesar de lo que se llama con amargura o prejuicio la “latinoamericanización” de nuestra sociedad, más fuerte que en el Gran San Pablo o en el Distrito Federal de México.
Las fuerzas políticas, siempre insisto, tienen como misión gobernar. Aunque no lo consigan, el prepararse para ello y luchar por lograrlo es lo que les da su sentido y, en alguna forma, su moral. Si los peronistas no podemos dar esperanza a la gente que vamos a hacerlo bien (mejor), toda nuestra historia y nuestra conciencia no servirán de nada. En ese sentido, los radicales están mejor que nosotros, porque – por todo su discurso moralista y su práctica tan violenta y corrupta como lo peor de la nuestra - tienen la humildad inevitable de sus fracasos.
Concretando: el peronismo antikirchnerista no tiene parcelas significativas de poder. Como buenos peronistas, están hambrientos, y al no tener responsabilidades, no es previsible que sean cuidadosos. Creo que Duhalde, Solá, el Momo Venegas y, muy de última, Luis Barrionuevo y los Gordos lo serán. No comen vidrio, y tienen para perder. Pero no tienen ni conforman un liderazgo sólido que les permita encauzar a sus muy diversas tropas. Los códigos de la militancia funcionarán, seguro. Pero no sirven para encauzar los votos en el Congreso, por ejemplo.
Kirchner no se va a ir del peronismo. No se fué en el ´75… Y tampoco va a construir una corriente por fuera del poder. También, como el PJ bonaerense, ha hecho política a partir de 1987 desde el ejercicio del gobierno. No ha dado ninguna señal en seis años que sepa hacer otra cosa ¿Harán Cristina y él un mejor gobierno con menos poder? Y el gobierno que ha hecho – que yo creo que ha tenido hechos muy positivos y también peronistas – no ha sido suficiente para convencer a la mayoría de los argentinos – como mostró la elección del 28J - que deben estar satisfechos. Y yo creo que la mayoría de los argentinos tiene razón.
Los gobernadores y los intendentes de municipios importantes, como dije en un post reciente, tienen motivos para dejar de lado optimismo, pesimismo y metafísica en general. En 2011 se juegan los destinos de casi todos ellos. Van a sostener el gobierno nacional, por interés propio y porque, salvo Das Neves con su renta petrolera, necesitan de sus recursos para gobernar y evitar que sus distritos estallen. Por eso mismo, y por cautela y especulación naturales, no se van a apurar a armar un liderazgo alternativo, aunque tienen muy claro que es muuuy difícil ganar 2011 con un Kirchner en la boleta.
Hay un fantasma en el peronismo: 1997. En ese año fueron derrotados Menem y su rival interno y “heredero natural”, Duhalde. En los dos años siguientes se siguió gobernando – no claramente peor que en los dos anteriores. Pero el peronismo quedó inmobilizado en una interna no resuelta, que lo llevó a la derrota. Esa es la contracara de la “receta del éxito” que Omix me atribuye. Las consecuencias fueron, en realidad, peores que una candidatura saboteada. Fue que el peronismo que percibía lo que estaba provocando la convertibilidad no pudo armar en la sociedad alianzas para abandonarla sin traumas. La Alianza se armó, contra el peronismo, para sostener la convertibilidad.
La historia nunca se repite, exactamente. Los errores sí, con bastante fidelidad. ¿Cómo hacemos para evitarlos?
Escrito por Abel B. 

Escrito por Abel B.
Escrito por Abel B. 