Aunque la política internacional y la geopolítica son fascinantes – y, por supuesto, tienen que ver con nuestro destino como Nación – tengo algo de reluctancia a zambullirme en ellos. Es tan fácil “mandar verdura” en esos temas, y los argentinos tenemos mucha facilidad para ello.
Ahora, en los dos penúltimos posts toqué asuntos de economía, y los comentaristas, en particular EduA, hicieron aportes muy valiosos, en especial sobre la situación de España. (En el último post, los aportes terminaron siendo sobre medicina…) Bueno, la economía y la política internacional están íntimamente ligadas, y, como dije en “El hijo de Reco”, bien al comienzo, el destino de los países medianos como el nuestro tiene que ver más con la sabiduría o no de sus políticas económicas que con cualquier otro factor…
Harold James, profesor de historia y relaciones internacionales en la Universidad de Princeton, publicó el 3 de enero de este año un artículo en el Financial Times. Lo traduje, porque encara a la vez los hechos de la economía y de la geopolítica, algo que no es muy frecuente encontrar analizados con realismo y en forma conjunta. Enfocando justamente estas últimas etapas de la crisis, desde la perspectiva de Gran Bretaña, que en la realidad económica global es apenas un jugador mediano grande…
Creo que nos sirve para el debate pendiente que tenemos los argentinos, y toda la América del Sur, sobre el lugar que tendremos en este siglo.
Las lecciones no aprendidas de la Gran Depresión
Estamos desconcertados por la duración y la gravedad de la crisis financiera y sus efectos sobre la economía real. También estamos cautivados por la posibilidad de paralelismos con la Gran Depresión. Pero, al mismo tiempo, estamos seguros de que hemos aprendido sus lecciones. Suponemos que podemos evitar una repetición de los desastres de la desglobalización que ocurrió en la década de 1930.
El problema es que hay diferentes lecciones que dejó la Gran Depresión. Ellas son confusas cuando las confundimos. Especialmente en los EE.UU., la Gran Depresión suele identificarse con el crack bursátil de 1929. Los economistas han aprendido dos simples respuestas a ese tipo de colapso. La primera es la lección que John Maynard Keynes ya enseñaba en la década de 1930 – ante un colapso de la demanda privada, hay una necesidad de nueva demanda del sector público o de activismo fiscal.
La segunda es la lección elaborada por Milton Friedman y Anna Schwartz en la década de los ´60. En su opinión, la depresión fue la consecuencia de la incapacidad política de la Reserva Federal en las postrimerías de 1929. Hubo una contracción monetaria masiva, que fue responsable de la gravedad de la recesión. En el futuro, los bancos centrales deben comprometerse a proporcionar liquidez adicional en estos casos.
Ambas lecciones han sido aplicadas de manera coherente y con bastante éxito, no sólo para hacer frente a la crisis de 2007-08. El pánico del mercado de valores en 1987, o 1998, o de 2000-01, fueron tratados con la inyección de liquidez. El hecho que estas medidas contra la crisis se han aplicado en muchos países después de 2007 también explica por qué la tormenta es más leve de lo que podría haber sido.
Los años 2007-08, y especialmente las consecuencias dramáticas de la caída de Lehman Brothers, trajeron un nuevo reto, ya que se repite uno de los aspectos de la historia de la Gran Depresión que es diferente de lo que pasó en 1929. Ese tipo de crisis requiere un conjunto diferente de políticas.
En el verano de 1931, una serie de pánicos bancarios en Europa central extendió el contagio financiero a Gran Bretaña y luego a los EE.UU., Francia y el mundo entero. Dicha crisis fue decisiva para convertir una recesión grave (de la que los EE.UU. ya se estaba recuperando en la primavera de 1931) en la Gran Depresión.
Pero encontrar una manera de evitar los daños fue muy duro en la década de 1930, y también es muy difícil ahora. Al contrario que en el caso de un desafío tipo “1929”, no hay obvias respuestas macro-económicas a los problemas financieros. Las respuestas se encuentran en la lenta y dolorosa limpieza de los balances, y en el diseño de un sistema de incentivos que obligue a los bancos a operar con más prudencia.
Una depresión como la que sucedió a partir de 1930 requiere de reestructuraciones micro, no estímulos macro-económicos y provisión de liquidez. No puede ser impuesta desde arriba por un sabio planificador, y en cambio exige un cambio de comportamiento de muchas empresas y particulares. La mejora de la regulación, mientras que es una buena idea, es más adecuada para evitar crisis futuras que para ocuparse de una catástrofe que ya ocurrió.
Hay otra razón que las secuelas de Lehman nos recuerdan el mundo de la depresión. La economía internacional extiende los problemas con rapidez. Los colapsos de los bancos austriacos y alemanes no habrían golpeado al mundo si hubieran ocurrido en economías aisladas o autónomas. Pero estas economías habían sido construidas con dinero prestado en la segunda mitad de la década de 1920, con las principales fuentes de los fondos en Estados Unidos. La analogía de esa dependencia es la forma en que el dinero de las economías emergentes, principalmente de Asia, corría a los EE.UU. en la década de 2000, y un aparente milagro económico se basó en la disposición de China a prestar. Los colapsos en 1931 y en 2008 sacudieron la confianza de los acreedores internacionales: antes en EE.UU., y ahora en China.
Como en la Gran Depresión, la atención se centra en los grandes estados y en sus respuestas políticas. Este es el problema de las respuestas clásicas. A los países más pequeños les resulta más difícil aplicar medidas keynesianas, o el ejercicio de una política monetaria autónoma. Algunos países, como Grecia o Irlanda, han alcanzado o superado los límites para el activismo fiscal, y aparece – como en los ´30 – una amenaza de los países cayendo en bancarrota.
Desde la perspectiva de los EE.UU., el debate ha sido distorsionado por el temor de que algo como esto puede afectar a América. Eso no es realista. Pero incluso el default de un número de países medianos y pequeños pondría fin a cualquier posibilidad de una economía internacional abierta e inauguraría una etapa de nacionalismo financiero.
En la era que acaba de finalizar de la globalización financiera, en el período de 20 años desde el colapso del comunismo soviético, los estados más dinámicos y más exitosos fueron generalmente economías pequeñas y abiertas: Singapur, Taiwán, Chile, Nueva Zelanda, y en Europa, los Estados ex comunistas de Europa central, Irlanda, Austria y Suiza. En el mundo después de la crisis, el centro de gravedad económico se ha desplazado a las aglomeraciones muy grandes de poder. Ha habido una obsesión con los BRIC (Brasil, Rusia, India, China) como los nuevos gigantes. La continuación de la crisis los convierte en los grandes actores.
Escrito por Abel B. 