Música y plástica para este finde – Ariel Ramírez, José Carreras, Dalí

abril 19, 2014

A mi amigo Otto Rock se le ocurrió que en Dalí había una imagen adecuada para el Viernes Santo y la subió a su blog. Creo que tiene razón, para nuestra sensibilidad moderna, pero yo preferí esta otra, menos ajena.

De todos modos, la acompaño con una pieza de música, como subo todas las semanas. También es una mezcla de culturas. José Carrera canta el Kyrie, de la Misa Criolla de Ariel Ramírez. Felices Pascuas.

CRISTO DALI


Los trabajadores y la integración regional

abril 18, 2014

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(cliquear encima dos veces para agrandar)

Los amigos del Núcleo del Movimiento de Trabajadores Argentinos, y la Secretaría de Políticas Económicas de la CGT, junto a la UMET han organizado esta Mesa Redonda para este lunes 21, de 17 a 20 hs. en la sede de la Universidad, Sarmiento 2037, Capital. Quedan invitados.


Gabriel García Márquez fue a los funerales de Mamá Grande

abril 17, 2014

Gabriel_Garcia_Marquez_1984Matías, un apreciado visitante, escribe recién “espero un post sobre el gran Gabo”. Yo también creo que corresponde en el blog de Abel. Fue, es un gran escritor, porque su obra no muere. Y una de las voces que expresa y contribuye a dar forma a lo que me gusta llamar “civilización latinoamericana”.

Pero no soy el que pueda escribirlo. Confieso que nunca resoné con su escritura. Cuando lo leo por mucho tiempo, me siento caminando por el desierto en busca del punto final del párrafo. Su estilo era el barroco, trasplantado al trópico de su Colombia. Pero estilos tan distintos – como el de Borges, o el de Onetti – son parte de una misma identidad, la nuestra. Por algo Cien años de soledad su publicó en Buenos Aires en 1967, y desde ahí pasó a la gloria literaria.

No tengo el talento para escribirlo, además. No me interesan las necrologías ampulosas de los medios. Y lo sobrio no va con él. Por eso, el posteo lo escribe Gabo. Es un poco largo – naturalmente – pero estamos en un feriado largo. Ahí reúne su mundo y su alma. Y para los que quieren algo más convencional, al final subo una entrevista que le hicieron en 1982. Vale la pena.

Los funerales de Mamá Grande

Gabriel García Márquez

Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del setiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice.
Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros de San Jacinto, los contrabandistas de la Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia, y que han recuperado la serenidad y vuelto a tomar posesión de sus estados el presidente de la república y sus ministros y todos aquellos que representaron al poder público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales históricos; ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.
Hace catorce semanas, después de interminables noches de cataplasmas, sinapismos y ventosas, demolida por la delirante agonía, la Mamá Grande ordenó que la sentaran en su viejo mecedor de bejuco para expresar su última voluntad. Era el único requisito que le hacía falta para morir. Aquella mañana, por intermedio del padre Antonio Isabel, había arreglado los negocios de su alma, y sólo le faltaba arreglar los de sus arcas con los nueve sobrinos, sus herederos universales, que velaban en torno al lecho. El párroco, hablando solo y a punto de cumplir cien años, permanecía en el cuarto. Se habían necesitado diez hombres para subirlo hasta la alcoba de la Mamá Grande, y se había decidido que allí permaneciera para no tener que bajarlo y volverlo a subir en el minuto final.
Nicanor, el sobrino mayor, titánico y montaraz, vestido de caqui, botas con espuelas y un revólver calibre 38, cañón largo, ajustado bajo la camisa, fue en busca del notario. La enorme mansión de dos plantas, olorosa a melaza y a orégano, con sus oscuros aposentos atiborrados de arcones y cachivaches de cuatro generaciones convertidas en polvo, se había paralizado desde la semana anterior a la expectativa de aquel momento. En el profundo corredor central, con garfios en las paredes donde en otro tiempo se colgaron cerdos desollados y se desangraban venados en los soñolientos domingos de agosto, los peones dormían amontonados sobre sacos de sal y útiles de labranza, esperando la orden de ensillar las bestias para divulgar la mala noticia en el ámbito de la hacienda desmedida. El resto de la familia estaba en la sala. Las mujeres lívidas, desangradas por la herencia y la vigilia, guardaban un luto cerrado que era una suma de incontables lutos superpuestos. La rigidez matriarcal de la Mamá Grande había cercado su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, dentro de la cual los tíos se casaban con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que convirtió la procreación en un círculo vicioso. Sólo Magdalena, la menor de las sobrinas, logró escapar al cerco; aterrorizada por las alucinaciones se hizo exorcizar por el padre Antonio Isabel, se rapó la cabeza y renunció a las glorias y vanidades del mundo en el noviciado de la Prefectura Apostólica. Al margen de la familia oficial y en ejercicio del derecho de pernada, los varones habían fecundado hatos, veredas y caseríos con toda una descendencia bastarda, que circulaba entre la servidumbre sin apellidos a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande.
La inminencia de la muerte removió la extenuante expectativa. La voz de la moribunda, acostumbrada al homenaje y a la obediencia, no fue más sonora que un bajo de órgano en la pieza cerrada, pero resonó en los más apartados rincones de la hacienda. Nadie era indiferente a esa muerte. Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que colmaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido. Nadie conocía el origen, ni los límites ni el valor real del patrimonio, pero todo el mundo se había acostumbrado a creer que la Mamá Grande era dueña de las aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del telégrafo, los años bisiestos y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vida y haciendas. Cuando se sentaba a tomar el fresco de la tarde en el balcón de su casa, con todo el peso de sus vísceras y su autoridad aplastado en su viejo mecedor de bejuco, parecía en verdad infinitamente rica y poderosa, la matrona más rica y poderosa del mundo.
A nadie se le había ocurrido pensar que la Mamá Grande fuera mortal, salvo a los miembros de su tribu, y a ella misma, aguijoneada por las premoniciones seniles del padre Antonio Isabel. Pero ella confiaba en que viviría más de 100 años, como su abuela materna, que en la guerra de 1875 se enfrentó a una patrulla del coronel Aureliano Buendía, atrincherada en la cocina de la hacienda. Sólo en abril de este año comprendió la Mamá Grande que Dios no le concedería el privilegio de liquidar personalmente, en franca refriega, a una horda de masones federalistas.
En la primera semana de dolores el médico de la familia la entretuvo con cataplasmas de mostaza y calcetines de lana. Era un médico hereditario, laureado en Montpellier, contrario por convicción filosófica a los progresos de su ciencia, a quien la Mamá Grande había concedido la prebenda de que se impidiera en Macondo el establecimiento de otros médicos. En un tiempo recorría el pueblo a caballo, visitando a los lúgubres enfermos del atardecer, y la naturaleza le concedió el privilegio de ser padre de numerosos hijos ajenos. Pero la artritis le anquilosó en un chinchorro, y terminó por atender a sus pacientes sin visitarlos, por medio de suposiciones, correveidiles y recados. Requerido por la Mamá Grande atravesó la plaza en pijama, apoyado en dos bastones, y se instaló en la alcoba de la enferma. Sólo cuando comprendió que la Mamá Grande agonizaba, hizo llevar un arca con pomos de porcelana marcados en latín y durante tres semanas embadurnó a la moribunda por dentro y por fuera con toda suerte de emplastos académicos, julepes magníficos y supositorios magistrales. Después le aplicó sapos ahumados en el sitio del dolor y sanguijuelas en los riñones, hasta la madrugada de ese día en que tuvo que enfrentarse a la disyuntiva de hacerla sangrar por el barbero o exorcizar por el padre Antonio Isabel.
Nicanor mandó a buscar al párroco. Sus diez hombres mejores lo llevaron desde la casa cural hasta el dormitorio de la Mamá Grande, sentado en su crujiente mecedor de mimbre bajo el mohoso palio de las grandes ocasiones. La campanilla del Viático en el tibio amanecer de setiembre fue la primera notificación a los habitantes de Macondo. Cuando salió el sol, la placita frente a la casa de la Mamá Grande parecía una feria rural.
Era como el recuerdo de otra época. Hasta cuando cumplió los 70, la Mamá Grande celebró su cumpleaños con las ferias más prolongadas y tumultuosas de que se tenga memoria. Se ponían damajuanas de aguardiente a disposición del pueblo, se sacrificaban reses en la plaza pública, y una banda de músicos instalada sobre una mesa tocaba sin tregua durante tres días. Bajo los almendros polvorientos donde la primera semana del siglo acamparon las legiones del coronel Aureliano Buendía, se ponían ventas de masato, bollos, morcillas, chicharrones, empanadas, butifarras, caribañolas, pandeyuca, almojábanas, buñuelos, arepuelas, hojaldres, longanizas, mondongos, cocadas, guarapo, entre todo género de menudencias, chucherías, baratijas y cacharros, y peleas de gallos y juegos de lotería. En medio de la confusión de la muchedumbre alborotada, se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mamá Grande.
Las festividades comenzaban la antevíspera y terminaban el día del cumpleaños, con un estruendo de fuegos artificiales y un baile familiar en la casa de la Mamá Grande. Los selectos invitados y los miembros legítimos de la familia, generosamente servidos por la bastardía, bailaban al compás de la vieja pianola equipada con rollos de moda. La Mamá Grande presidía la fiesta desde el fondo del salón, en una poltrona con almohadas de lino, impartiendo discretas instrucciones con su diestra adornada de anillos en todos los dedos. A veces en complicidad con los enamorados pero casi siempre aconsejada por su propia inspiración, aquella noche concertaba los matrimonios del año entrante. Para clausurar el jubileo, la Mamá Grande salía al balcón adornado con diademas y faroles de papel, y arrojaba monedas a la muchedumbre.
Aquella tradición se había interrumpido, en parte por los duelos sucesivos de la familia, y en parte por la incertidumbre política de los últimos tiempos. Las nuevas generaciones no asistieron sino de oídas a aquellas manifestaciones de esplendor. No alcanzaron a ver a la Mamá Grande en la misa mayor, abanicada por algún miembro de la autoridad civil, disfrutando del privilegio de no arrodillarse ni en el instante de la elevación para no estropear su saya de volantes holandeses y sus almidonados pollerines de olán. Los ancianos recordaban como una alucinación de la juventud los doscientos metros de esteras que se tendieron desde la casa solariega hasta el altar mayor, la tarde en que María del Rosario Castañeda y Montero asistió a los funerales de su padre, y regresó por la calle esterada investida de su nueva e irradiante dignidad, a los 22 años, convertida en la Mamá Grande. Aquella visión medieval pertenecía entonces no sólo al pasado de la familia, sino al pasado de la nación. Cada vez más imprecisa y remota, visible apenas en su balcón sofocado entonces por los geranios en las tardes de calor, la Mamá Grande se esfumaba en su propia leyenda. Su autoridad se ejercía a través de Nicanor. Existía la promesa tácita, formulada por la tradición, de que el día en que la Mamá Grande lacrara su testamento, los herederos decretarían tres noches de jolgorios públicos. Pero se sabía asimismo que ella había decidido no expresar su voluntad última hasta pocas horas antes de morir, y nadie pensaba seriamente en la posibilidad de que la Mamá Grande fuera mortal. Sólo esa madrugada, despertados por los cencerros del Viático, los habitantes de Macondo se convencieron de que la Mamá Grande no sólo era mortal, sino que se estaba muriendo.
Su hora era llegada. En su cama de lienzo, embadurnada de áloes hasta las orejas, bajo la marquesina de polvorienta espumilla, apenas se adivinaba la vida en la tenue respiración de sus tetas matriarcales. La Mamá Grande, que hasta los cincuenta años rechazó a los más apasionados pretendientes, y que fue dotada por la naturaleza para amamantar ella sola a toda su especie, agonizaba virgen y sin hijos. En el momento de la extremaunción, el padre Antonio Isabel tuvo que pedir ayuda para aplicarle los óleos en la palma de las manos, pues desde el principio de su agonía la Mamá Grande tenía los puños cerrados. De nada valió el concurso de las sobrinas. En el forcejeo, por primera vez en una semana, la moribunda apretó contra su pecho la mano constelada de piedras preciosas, y fijó en las sobrinas su mirada sin color, diciendo: “Salteadoras.” Luego vio al padre Antonio Isabel en indumentaria litúrgica y al monaguillo con los instrumentos sacramentales, y murmuró con una convicción apacible: “Me estoy muriendo.” Entonces se quitó el anillo con el Diamante Mayor y se lo dio a Magdalena, la novicia, a quien correspondía por ser la heredera menor. Aquél era el final de una tradición: Magdalena había renunciado a su herencia en favor de la Iglesia.
Al amanecer, la Mamá Grande pidió que la dejaran a solas con Nicanor para impartir sus últimas instrucciones. Durante media hora, con perfecto dominio de sus facultades, se informó de la marcha de los negocios. Hizo formulaciones especiales sobre el destino de su cadáver, y se ocupó por último de las velaciones. “Tienes que estar con los ojos abiertos”, dijo. “Guarda bajo llave todas las cosas de valor, pues mucha gente no viene a los velorios sino a robar.” Un momento después, a solas con el párroco, hizo una confesión dispendiosa, sincera y detallada, y comulgó más tarde en presencia de los sobrinos. Entonces fue cuando pidió que la sentaran en el mecedor de bejuco para expresar su última voluntad.
Nicanor había preparado, en veinticuatro folios escritos con letra muy clara, una escrupulosa relación de sus bienes. Respirando apaciblemente, con el médico y el padre Antonio Isabel por testigos, la Mamá Grande dictó al notario la lista de sus propiedades, fuente suprema y única de su grandeza y autoridad. Reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. Todos los años, en vísperas de su onomástico, la Mamá Grande ejercía el único acto de dominio que había impedido el regreso de las tierras al estado: el cobro de los arrendamientos. Sentada en el corredor interior de su casa, ella recibía personalmente el pago del derecho de habitar en sus tierras, como durante más de un siglo lo recibieron sus antepasados de los antepasados de los arrendatarios. Pasados los tres días de la recolección, el patio estaba atiborrado de cerdos, pavos y gallinas, y de los diezmos y primicias sobre los frutos de la tierra que se depositaban allí en calidad de regalo. En realidad, ésa era la única cosecha que jamás recogió la familia de un territorio muerto desde sus orígenes, calculado a primera vista en 100.000 hectáreas. Pero las circunstancias históricas habían dispuesto que dentro de esos límites crecieran y prosperaran las seis poblaciones del distrito de Macondo, incluso la cabecera del municipio, de manera que todo el que habitara una casa no tenía más derecho de propiedad del que le correspondía sobre los materiales, pues la tierra pertenecía a la Mamá Grande y a ella se pagaba el alquiler, como tenía que pagarlo el gobierno por el uso que los ciudadanos hacían en las calles.
En los alrededores de los caseríos, merodeaba un número nunca contado y menos atendido de animales herrados en los cuartos traseros con la forma de un candado. Ese hierro hereditario, que más por el desorden que por la cantidad se había hecho familiar en remotos departamentos donde llegaban en verano, muertas de sed, las reses desperdigadas, era uno de los más sólidos soportes de la leyenda. Por razones que nadie se había detenido a explicar, las extensas caballerizas de la casa se habían vaciado progresivamente desde la última guerra civil, y en los últimos tiempos se habían instalado en ellas trapiches de caña, corrales de ordeño, y una piladora de arroz.
Aparte de lo enumerado, se hacía constar en el testamento la existencia de tres vasijas de morrocotas enterradas en algún lugar de la casa durante la guerra de Independencia, que no habían sido halladas en periódicas y laboriosas excavaciones. Con el derecho de continuar la explotación de la tierra arrendada y de percibir los diezmos y primicias y toda clase de dádivas extraordinarias, los herederos recibían un plano levantado de generación en generación, y por cada generación perfeccionado, que facilitaba el hallazgo del tesoro enterrado.
La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada. Cuando estampó su firma, balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
Sólo faltaba entonces la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo -el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie- la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible:
La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremagnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró.
Los habitantes de la capital remota y sombría vieron esa tarde el retrato de una mujer de veinte años en la primera página de las ediciones extraordinarias, y pensaron que era una nueva reina de la belleza. La Mamá Grande vivía otra vez la momentánea juventud de su fotografía, ampliada a cuatro columnas y con retoques urgentes, su abundante cabellera recogida a lo alto del cráneo con un peine de marfil, y una diadema sobre la gola de encajes. Aquella imagen, captada por un fotógrafo ambulante que pasó por Macondo a principios de siglo y archivada por los periódicos durante muchos años en la división de personajes desconocidos, estaba destinada a perdurar en la memoria de las generaciones futuras. En los autobuses decrépitos, en los ascensores de los ministerios, en los lúgubres salones de té forrados de pálidas colgaduras, se susurró con veneración y respeto de la autoridad muerta en su distrito de calor y malaria, cuyo nombre se ignoraba en el resto del país hacía pocas horas, antes de ser consagrado por la palabra impresa. Una llovizna menuda cubría de recelo y de verdín a los transeúntes. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto. El presidente de la república, sorprendido por la noticia cuando se dirigía al acto de graduación de los nuevos cadetes, sugirió al ministro de la guerra, en una nota escrita de su puño y letra en el revés del telegrama, que concluyera su discurso con un minuto de silencio en homenaje a la Mamá Grande.
El orden social había sido rozado por la muerte. El propio presidente de la república, a quien los sentimientos urbanos llegaban como a través de un filtro de purificación, alcanzó a percibir desde su automóvil en una visión instantánea pero hasta un cierto punto brutal, la silenciosa consternación de la ciudad. Sólo permanecían abiertos algunos cafetines de mala muerte, y la Catedral Metropolitana, dispuesta para nueve días de honras fúnebres. En el Capitolio Nacional, donde los mendigos envueltos en papeles dormían al amparo de columnas dóricas y taciturnas estatuas de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban encendidas. Cuando el primer mandatario entró a su despacho, conmovido por la visión de la capital enlutada, sus ministros lo esperaban vestidos de tafetán funerario, de pie, más solemnes y pálidos que de costumbre.
Los acontecimientos de aquella noche y las siguientes serían más tarde definidos como una lección histórica. No sólo por el espíritu cristiano que inspiró a los más elevados personeros del poder público, sino por la abnegación con que se conciliaron intereses disímiles y criterios contrapuestos, en el propósito común de enterrar un cadáver ilustre. Durante muchos años la Mamá Grande había garantizado la paz social y la concordia política de su imperio, en virtud de los tres baúles de cédulas electorales falsas que formaban parte de su patrimonio secreto. Los varones de la servidumbre, sus protegidos y arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no sólo su propio derecho de sufragio, sino también el de los electores muertos en un siglo. Ella era la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la improvisación mortal. En tiempos pacíficos, su voluntad hegemónica acordaba y desacordaba canonjías, prebendas y sinecuras, y velaba por el bienestar de los asociados así tuviera para lograrlo que recurrir a la trapisonda o al fraude electoral. En tiempos tormentosos, la Mamá Grande contribuyó en secreto para armar a sus partidarios, y socorrió en público a sus víctimas. Aquel celo patriótico la acreditaba para los más altos honores.
El presidente de la república no había tenido necesidad de recurrir a sus consejeros para medir el peso de su responsabilidad. Entre la sala de audiencias de Palacio y el patiecito adoquinado que sirvió de cochera a los virreyes, mediaba un jardín interior de cipreses oscuros donde un fraile portugués se ahorcó por amor en las postrimerías de la Colonia. A pesar de su ruidoso aparato de oficiales condecorados, el presidente no podía reprimir un ligero temblor de incertidumbre cuando pasaba por ese lugar después del crepúsculo. Pero aquella noche, el estremecimiento tuvo la fuerza de una premonición. Entonces adquirió plena conciencia de su destino histórico, y decretó nueve días de duelo nacional, y honores póstumos a la Mamá Grande en la categoría de heroína muerta por la patria en el campo de batalla. Como lo expresó en la dramática alocución que aquella madrugada dirigió a sus compatriotas a través de la cadena nacional de radio y televisión, el primer magistrado de la nación confiaba en que los funerales de la Mamá Grande constituyeran un nuevo ejemplo para el mundo.
Tan altos propósitos debían tropezar sin embargo con graves inconvenientes. La estructura jurídica del país, construida por remotos ascendientes de la Mamá Grande, no estaba preparada para acontecimientos como los que empezaban a producirse. Sabios doctores de la ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en hermenéuticas y silogismos, en busca de la fórmula que permitiera al presidente de la república asistir a los funerales. Se vivieron días de sobresalto en las altas esferas de la política, el clero y las finanzas. En el vasto hemiciclo del Congreso, enrarecido por un siglo de legislación abstracta, entre óleos de próceres nacionales y bustos de pensadores griegos, la evocación de la Mamá Grande alcanzó proporciones insospechables, mientras su cadáver se llenaba de burbujas en el duro setiembre de Macondo. Por primera vez se habló de ella y se la concibió sin su mecedor de bejuco, sus sopores a las dos de la tarde y sus cataplasmas de mostaza, y se la vio pura y sin edad, destilada por la leyenda.
Horas interminables se llenaron de palabras, palabras, palabras que repercutían en el ámbito de la república, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa. Hasta que alguien dotado de sentido de la realidad en aquella asamblea de jurisconsultos asépticos, interrumpió el blablablá histórico para recordar que el cadáver de la Mamá Grande esperaba la decisión a 40 grados a la sombra. Nadie se inmutó frente a aquella irrupción del sentido común en la atmósfera pura de la ley escrita. Se impartieron órdenes para que fuera embalsamado el cadáver, mientras se encontraban fórmulas, se conciliaban pareceres o se hacían enmiendas constitucionales que permitieran al presidente de la república asistir al entierro.
Tanto se había parlado, que los parloteos transpusieron las fronteras, transpasaron el océano y atravesaron como un presentimiento las habitaciones pontificias de Castelgandolfo. Repuesto de la modorra del ferragosto reciente, el Sumo Pontífice estaba en la ventana, viendo en el lago sumergirse los buzos que buscaban la cabeza de la doncella decapitada. En las últimas semanas los periódicos de la tarde no se habían ocupado de otra cosa, y el Sumo Pontífice no podía ser indiferente a un enigma planteado a tan corta distancia de su residencia de verano. Pero aquella tarde, en una sustitución imprevista, los periódicos cambiaron las fotografías de las posibles víctimas, por la de una sola mujer de veinte años, señalada con una blonda de luto. “La Mamá Grande”, exclamó el Sumo Pontífice, reconociendo al instante el borroso daguerrotipo que muchos años antes le había sido ofrendado con ocasión de su ascenso a la Silla de San Pedro. “La Mamá Grande”, exclamaron a coro en sus habitaciones privadas los miembros del Colegio Cardenalicio, y por tercera vez en veinte siglos hubo una hora de desconciertos, sofoquines y correndillas en el imperio sin límites de la cristiandad, hasta que el Sumo Pontífice estuvo instalado en su larga góndola negra, rumbo a los fantásticos y remotos funerales de la Mamá Grande.
Detrás quedaron los luminosos sembrados de melocotones, la Vía Apia Antica con tibias actrices de cine dorándose en las terrazas sin todavía tener noticias de la conmoción, y después el sombrío promontorio del Castelsantangelo en el horizonte del Tíber. Al crepúsculo los profundos dobles de la Basílica de San Pedro se entreveraron con los bronces cuarteados de Macondo. Desde su toldo sofocante, a través de los caños intrincados y las ciénagas sigilosas que marcaban el límite del Imperio Romano y los hatos de la Mamá Grande, el Sumo Pontífice oyó toda la noche la bullaranga de los monos alborotados por el paso de las muchedumbres. En su itinerario nocturno la canoa pontificia se había ido llenando de costales de yuca, racimos de plátanos verdes y huacales de gallina, y de hombres y mujeres que abandonaban sus ocupaciones habituales para tentar fortuna con cosas de vender en los funerales de la Mamá Grande. Su Santidad padeció esa noche, por primera vez en la historia de la Iglesia, la fiebre de la vigilia y el tormento de los zancudos. Pero el prodigioso amanecer sobre los dominios de la Gran Vieja, la visión primigenia del reino de la balsamina y de la iguana, borraron de su memoria los padecimientos del viaje y lo compensaron del sacrificio.
Nicanor había sido despertado por tres golpes en la puerta que anunciaban el arribo inminente de Su Santidad. La muerte había tomado posesión de la casa. Inspirados por sucesivas y apremiantes alocuciones presidenciales, por las febriles controversias de los parlamentarios que habían perdido la voz y continuaban entendiéndose por medio de signos convencionales, hombres y congregaciones de todo el mundo se desentendieron de sus asuntos y colmaron con su presencia los oscuros corredores, los atiborrados pasadizos, las asfixiantes buhardas, y quienes llegaron con retardo se treparon y acomodaron del mejor modo en barbacanas, palenques, atalayas, maderámenes y matacanes. En el salón central, momificándose en espera de las grandes decisiones, yacía el cadáver de la Mamá Grande, bajo un estremecido promontorio de telegramas. Extenuados por las lágrimas, los nueve sobrinos velaban el cuerpo en un éxtasis de vigilancia recíproca.
Aún debió el universo prolongar el acecho durante muchos días. En el salón del consejo municipal, acondicionado con cuatro taburetes de cuero, una tinaja de agua filtrada y una hamaca de lampazo, el Sumo Pontífice padeció un insomnio sudoroso, entreteniéndose con la lectura de memoriales y disposiciones administrativas en las dilatadas noches sofocantes. Durante el día, repartía caramelos italianos a los niños que se acercaban a verlo por la ventana, y almorzaba bajo la pérgola de astromelias con el padre Antonio Isabel, y ocasionalmente con Nicanor. Así vivió semanas interminables y meses alargados por la expectativa y el calor, hasta que Pastor Pastrana se plantó con su redoblante en el centro de la plaza y leyó el bando de la decisión. Se declaraba turbado el orden público, tarrataplán, y el presidente de la república, tarrataplán, disponía de las facultades extraordinarias, tarrataplán, que le permitían asistir a los funerales de la Mamá Grande, tarrataplán, rataplán, plan, plan.
El gran día era venido. En las calles congestionadas de ruletas, fritangas y mesas de lotería, y hombres con culebras enrolladas en el cuello que pregonaban el bálsamo definitivo para curar la erisipela y asegurar la vida eterna; en la placita abigarrada donde las muchedumbres habían colgado sus toldos y desenrollado sus petates, apuestos ballesteros despejaron el paso a la autoridad. Allí estaban, en espera del momento supremo, las lavanderas del San Jorge, los pescadores de perla del Cabo de Vela, los atarrayeros de Ciénega, los camaroneros de Tasajera, los brujos de la Mojana, los salineros de Manaure, los acordeoneros de Valledupar, los chalanes de Ayapel, los papayeros de San Pelayo, los mamadores de gallo de La Cueva, los improvisadores de las Sabanas de Bolívar, los camajanes de Rebolo, los bogas del Magdalena, los tinterillos de Mompox, además de los que se enumeran al principio de esta crónica, y muchos otros. Hasta los veteranos del coronel Aureliano Buendía -el duque de Marlborough a la cabeza, con su atuendo de pieles y uñas y dientes de tigre- se sobrepusieron a su rencor centenario por la Mamá Grande y los de su especie, y vinieron a los funerales, para solicitar del presidente de la república el pago de las pensiones de guerra que esperaban desde hacía sesenta años.
Poco antes de las once, la muchedumbre delirante que se asfixiaba al sol, contenida por una élite imperturbable de guerreros uniformados de dormanes guarnecidos y espumosos morriones, lanzó un poderoso rugido de júbilo. Dignos, solemnes en sus sacolevas y chisteras, el presidente de la república y sus ministros, las comisiones del parlamento, la corte suprema de justicia, el consejo de estado, los partidos tradicionales y el clero, y los representantes de la banca, el comercio y la industria, hicieron su aparición por la esquina de la telegrafía. Calvo y rechoncho, el anciano y enfermo presidente de la república desfiló frente a los ojos atónitos de las muchedumbres que lo habían investido sin conocerlo y que sólo ahora podían dar un testimonio verídico de su existencia. Entre los arzobispos extenuados por la gravedad de su ministerio y los militares de robusto tórax acorazado de insignias, el primer magistrado de la nación transpiraba el hálito inconfundible del poder.
En segundo término, en un sereno transcurso de crespones luctuosos, desfilaban las reinas nacionales de todas las cosas habidas y por haber. Por primera vez desprovistas del esplendor terrenal, allí pasaron, precedidas de la reina universal, la reina del mango de hilacha, la reina de la ahuyama verde, la reina del guineo manzano, la reina de la yuca harinosa, la reina de la guayaba perulera, la reina del coco de agua, la reina del frijol de cabecita negra, la reina de 426 kilómetros de sartales de huevos de iguana, y todas las que se omiten por no hacer interminables estas crónicas.
En su féretro con vueltas de púrpura, separada de la realidad por ocho torniquetes de cobre, la Mamá Grande estaba entonces demasiado embebida en su eternidad de formaldehído para darse cuenta de la magnitud de su grandeza. Todo el esplendor con que ella había soñado en el balcón de su casa durante las vigilias del calor, se cumplió con aquellas cuarenta y ocho gloriosas en que todos los símbolos de la época rindieron homenaje a su memoria. El propio Sumo Pontífice, a quien ella imaginó en sus delirios suspendido en una carroza resplandeciente sobre los jardines del Vaticano, se sobrepuso al calor con un abanico de palma trenzada y honró con su dignidad suprema los funerales más grandes del mundo.
Obnubilado por el espectáculo del poder, el populacho no determinó el ávido aleteo que ocurrió en el caballete de la casa cuando se impuso el acuerdo en la disputa de los ilustres, y se sacó el catafalco a la calle en hombros de los más ilustres. Nadie vio la vigilante sombra de gallinazos que siguió al cortejo por las ardientes callecitas de Macondo, ni reparó que al paso de los ilustres éstas se iban cubriendo de un pestilente rastro de desperdicios. Nadie advirtió que los sobrinos, ahijados, sirvientes y protegidos de la Mamá Grande cerraron las puertas tan pronto como sacaron el cadáver, y desmontaron las puertas, desenclavaron las tablas y desenterraron los cimientos para repartirse la casa. Lo único que para nadie pasó inadvertido en el fragor de aquel entierro, fue el estruendoso suspiro de descanso que exhalaron las muchedumbres cuando se cumplieron los catorce días de plegarias, exaltaciones y ditirambos, y la tumba fue sellada con una plataforma de plomo. Algunos de los allí presentes dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimiento de una nueva época. Ahora podía el Sumo Pontífice subir al Cielo en cuerpo y alma, cumplida su misión en la tierra, y podía el presidente de la república sentarse a gobernar según su buen criterio, y podían las reinas de todo lo habido y por haber casarse y ser felices y engendrar y parir muchos hijos, y podían las muchedumbres colgar sus toldos según su leal modo de saber y entender en los desmesurados dominios de la Mamá Grande, porque la única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo. Sólo faltaba entonces que alguien recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la noticia de la Mamá Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos.


Las pascuas de Francisco

abril 17, 2014

renuncia a los bienes

Me gusta la idea de subir algo para Pascua sobre un tema religioso – lo he hecho en algunos años. Aunque la Argentina urbana y clasemediera es casi tan postcristiana como la Europa Occidental, sigue siendo un motivo profundo de nuestra historia y nuestra identidad. Como escribí en alguna oportunidad, uno puede creer, o no, que Dios nos amaba tanto que se hizo hombre y sufrió y murió por nosotros, pero en todo caso ¡qué concepto!.

Pero… me es difícil hablar de religión con profundidad al no sentir el impulso religioso. Y para hablar superficialmente… hay tantos temas. Este año tuve la suerte que un lector del blog, Juan Carlos Lafosse, me envió algunas reflexiones suyas sobre el actual Papa Francisco. Un tema del que se ha hablado mucho, muchísimo; hasta algunas veces en el blog de Abel.

Justamente, su comentario fue a propósito de este posteo, que subí al cumplirse un año de su asunción al papado. Claro, ahí vi el aspecto político. Que lo tiene, por supuesto. Pero me parece que es incompleto si no se toma en cuenta la dimensión religiosa. En este texto Juan Carlos encara alguna de sus facetas. Dejo que él diga desde dónde habla:

No es este el lugar para hablar de la fe cristiana, pero que existe no se puede negar, aunque desde afuera es muy difícil comprenderla.  Muchos piensan que es una “colección de dogmas”, algo completamente irracional, que consideran la antítesis de la “ciencia”.  La que a su vez ocupa el lugar de Dios para más de uno, a menudo con un nivel de dogmatismo muy alto.   

A esta altura supongo que ya te diste cuenta que no soy ateo, aunque tampoco soy de misa diaria, ni semanal; más bien anual, así que dejo solo mi idea sobre el tema: Para mí no vale la pena discutir si existe un Dios o es el Big Bang.  Lo importante es saber si ese Dios puede escucharnos y contestarnos, algo más concreto. Los cristianos creemos que una de las formas en que nos habla es mediante la biblia, pero que no es el único medio y que podemos tener una comunicación mucho más personal con él.  Y finalmente, como dijo Malraux, lo importante es encontrar el sentido de nuestra vida y si la fe nos ayuda, bienvenida sea.

Francisco:

Es muy bueno pensar en los efectos mundanos de lo que haga este Papa, es importante sin duda.  Hay que ver a Obama hablando de inequidad y sus efectos sobre el mundo!

Desde una mirada “de afuera”, hoy se pueden leer comentarios que se centran en la habilidad de Francisco para atraer más personas a la Iglesia Católica, como si esa fuera su misión: llevar adelante una operación de marketing proselitista, lavándole la cara al mensaje evangélico, bien conducida por un personaje carismático.  

Este tipo de interpretación, un poquito maquiavélica, supone que la exclusiva motivación de una persona política es adquirir poder, para sí mismo y para su grupo. Y yo no creo que este sea el caso de Francisco, ni tampoco el de muchas otras personas.  Aunque, por supuesto hay quienes solo tienen ambiciones pero no ideales y mucho menos evangélicos, dentro de la Iglesia, de la política, del mundo empresarial, del periodismo, sindicalismo, etc. etc.,  que de todo hay en la viña del Señor.

Pero Francisco es una novedad en la Iglesia moderna. Porque a lo largo de toda su vida nunca se dejó cercar por una corte de funcionarios eclesiásticos sino que estuvo personalmente en contacto con la realidad, con la gente más humilde y necesitada: los miró, escuchó, tocó, lloró, tomó mate y gritó goles con ellos. No se la contaron, la miseria no es una abstracción ni algo lejano para él. Por su formación e historia, también conoce a los personajes del poder económico, a quienes se dirige con precisión porque comprende bien cómo funcionan y sabe que le contestaron cuando les habló directamente.

Y lo que a mí me conmueve más: se pregunta públicamente “porqué él y no yo” frente a delincuentes y víctimas de situaciones de miseria e injusticia. Después de todo ¿qué hice yo para ser tan afortunado en mi vida?  Y lo más importante: ¿para qué?

Por ahora, Francisco no trae nada verdaderamente nuevo en relación con la doctrina social de la Iglesia, pero yo destaco lo realmente revolucionario. Ningún Papa antes había dicho en forma oficial, directa y frontal que el sistema económico neoliberal “es injusto en su raíz” y que creer en el “derrame” es una “burda ingenuidad”. No habló de “excesos”, ni de “algunas veces”, sino que lo dijo, lo escribió y lo repite cada vez que corresponde.

Usa palabras terribles, como “usura”, “exclusión”, “descarte”, “inequidad”, “injusticia” que no figuran en los textos del establishment pero si en la biblia. De pasada y sin cambiar nada fundamental de la doctrina, también hizo notar que la palabra “sexo” aparece muy pocas veces, muchísimas veces menos que “pobres”.

Y lo que más escandaliza a muchos: dice que la caridad no empieza por casa sino que su dimensión social es central, que el Otro no son solo parientes y amigos sino prioritariamente aquellos que más lo necesitan. Y que no debe servir para calmar conciencias sino para cambiar el mundo.

De modo que de golpe nos encontramos con que el mismísimo Papa dice sin pelos en la lengua que tenemos la obligación de crear un mundo mejor para todos y que las reglas de juego que nos metieron en la cabeza como científicamente inevitables son injustas de raíz. Que no son evangélicas sino todo lo contrario: que están al servicio del dios dinero. Y lo dice en forma tan clara, repetida y fuerte que no hay muchas formas de ignorar su mensaje. Salvo, claro está, acusarlo de comunista (o de todo lo contrario) y así etiquetarlo y descartar su pensamiento.

Frente a esto, la pregunta que no tenemos más remedio que enfrentar es ¿qué cambios quiere y cómo quiere que los hagamos? Y acá viene a cuento la frase que hace años está pegada en la puerta de nuestra heladera: “No tenemos en nuestras manos la solución de los problemas del mundo, pero frente a los problemas del mundo tenemos nuestras manos”, dicho por alguien que también conocía la pobreza de primera mano: Teresa de Calcuta.  Cada uno de nosotros puede cambiar muchas, muchísimas cosas y cada una suma, para bien o para mal.

Francisco nos propone comenzar por construir un espacio de diálogo concreto, donde se pueda lograr que se generen los consensos necesarios y que la propia sociedad los lleve adelante.  No lo plantea como una tarea para la Iglesia sino para la humanidad toda y esto significa que cada uno de nosotros tiene su parte. Borrarse no es una opción moralmente aceptable y criticar sin involucrarse tampoco.  O sea que debemos participar, lo que significa debatir y discutir, sin agresión pero también con pasión, con menos miedo a equivocarnos que a pasar de largo frente al samaritano tirado en el camino“.


El PJ que viene

abril 16, 2014

bono-unidad-basica-partido-justicialista

Julio Burdman es uno de los analistas políticos más lúcidos de nuestro país. Porque combina, raro entre los politólogos, la capacidad del desarrollo teórico con la de tomar en cuenta los datos de la realidad.

Esto ya lo dije en el blog, y he subido trabajos suyos, como aquí y aquí, que todavía nos sirven para entender lo que pasa. En este artículo de El Estadista, pone el reflector en lo que está sucediendo en el Partido Justicialista. Algo ya había adelantado aquí en Ramble.

Pero lo que apunta en este trabajo es a un proceso que, estimo, va a ser uno de los factores centrales de la política argentina en estos dos años. Hasta me atrevo a apostar que puede que lo siga siendo, después del 2015. Personalmente, más allá del blog, me interesa trabajar para ese objetivo. Además que ganemos, claro.

“La institucionalización del PJ

Se dice con frecuencia que el peronismo es un partido de “baja institucionalización”. Esto, además de un latiguillo habitual, está en muchos trabajos de la literatura académica. Por ejemplo, hay un artículo de María Matilde Ollier (1) que sostiene que el liderazgo carismático en el justicialismo (fundacional en el caso de Perón, tradicional en los de Menem y Kirchner) puede explicarse como respuesta articuladora a una pobre institucionalidad partidaria. Hubo y sigue habiendo, en esta caracterización del partido político más grande de la Argentina, algo de preconcepto y algo de realidad.

Lo real le cabe por varias y muy concretas facturas, que se profundizaron en los últimos años: intervenciones judiciales, pocos congresos y convenciones, irregularidad de las elecciones de autoridades (al punto de estar en falta con lo que dictamina la ley), irrelevancia (o inexistencia) de los documentos programáticos y los institutos de capacitación. Los órganos del partido, y las reglas que deberían gobernarlo, han sido débiles, y el poder real sobre el sello partidario lo tuvieron la Casa Rosada y los jefes políticos provinciales.

Aunque no todo fue desinstitucionalización: el justicialismo siempre está, y tiene representación social. No es poco. En “La Política Importa”, libro muy utilizado en los cursos de ciencia política, Mark Payne y Flavia Freidenberg dicen que los partidos políticos institucionalizados tienen – entre otras cosas – bloques legislativos estables, bases de apoyo sólidas, legitimidad social y una organización con reglas que se cumplen. De estas propiedades, lo que el justicialismo siempre tuvo es el voto constante entre los trabajadores y los sectores más postergados. Hay estanterías repletas de libros y artículos que lo demuestran e intentan explicarlo. Muy pocos partidos pueden ostentar semejante estabilidad de apoyos, y es así que en sus diferentes versiones, el peronismo apeló a su electorado. El alineamiento partidario de sus legisladores, su identidad programática y su organización interna han estado en cuestión.

Pero con los desafíos del poskirchnerismo como horizonte, podemos ver algunos movimientos hacia una mayor institucionalización del “movimiento” en cada uno de esos aspectos. Hay analistas, por caso, que están sorprendidos por lo disciplinados que están los legisladores del oficialismo aún después de unas elecciones legislativas en las que no le fue bien, y a pesar del surgimiento del massismo. La avalancha de fugas hacia el Frente Renovador que tantos pronosticaron, no se está registrando. Si bien todavía es temprano para analizar datos, la fortaleza de sus bloques en Senado y Diputados es uno de los activos políticos del kirchnerismo en el tramo final de su gestión.

El gobierno del partido también se está acomodando. En la provincia (15 de diciembre) y la ciudad de Buenos Aires (6 de abril) hubo elecciones de autoridades, con listas únicas de consenso y una participación aceptable, y de estos procesos surgieron presidentes que no son funcionarios del Gobierno Nacional o provincial, y que tienen arraigo en sus territorios: el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza en el distrito bonaerense, y el sindicalista Víctor Santa María en el porteño. Un dato interesante de los dos nuevos líderes partidarios es que a pesar de que ambos respaldan abiertamente al Gobierno de Cristina Kirchner, no fueron impuestos desde la Rosada y (es factible que) hubieran ganado las internas igual, si hubiesen tenido competidores.

Lo que se viene ahora es la llamada “normalización” a nivel nacional, apurada por la Justicia. Lo que sucederá es que, en el marco de un Congreso partidario, se van a elegir las autoridades por vía indirecta. Lo que pidió Cristina Kirchner es que la representación contemple a todos los gobernadores, y que uno de ellos sea el nuevo presidente. Lamentablemente, en este caso los afiliados no decidirán la conducción de un partido que, en el orden nacional, aun funciona en forma confederada.

Las PASO, como se ha dicho en columnas anteriores, son una herramienta ideada por el gobierno kirchnerista que institucionaliza “por fuera” el proceso de selección de candidaturas a partir del ya cercano 2015.

Queda por ver si el proceso de reorganización va a tener impacto en la identidad ideológica del peronismo. Aquí también aún hay poca data para analizar, pero sí algunas señales sugestivas. Los primeros documentos que surgieron de los PJs porteño y bonaerense reivindican al kirchnerismo, y hay un clima de ideas flotando sobre la necesidad que el partido se convierta en un espacio de defensa de buena parte de las políticas públicas kirchneristas que el peronismo no quiere abandonar.

¿Acaso el PJ se convertirá en un partido permeado por la impronta K? Si así fuera, y teniendo en cuenta que la consistencia programática en el tiempo es una de las claves de la institucionalización, entonces el kirchnerismo habrá hecho una contribución imprevista al sistema.

(1) Ollier, María Matilde (2010).“ El liderazgo político en democracias de baja institucionalización: el caso del peronismo en la Argentina”. Revista de Sociología N°24, pp. 127 – 150.”

Una observación: Sobre este tema tengo demasiadas opiniones, y prejuicios, propios para agregarlos a la nota de Burdman. Quedan para futuros posteos. Pero ya que estamos en académicos, me interesa hacer notar que esa imagen de “baja institucionalización” tiene que ver, en parte, conque las formas que se daban en el peronismo, especialmente después de 1955, no fueron las habituales en Europa, por ejemplo.

¿O acaso las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas no eran, y se planteaban, como una institución política del sindicalismo peronista? Y en el trabajo de un académico gringo, Steven Levitsky, que a instancias de Manolo Barge subí en 2008 a El hijo de Reco, se muestra que en los ´80 y ´90 la estructura organizativa no estaba en el Partido sino en sus agrupaciones internas.

Pero todo eso son cosas que pasaron en circunstancias distintas, en una Argentina distinta. Ahora viene una historia nueva. El que viva lo verá.


Blanqueando trabajadores

abril 15, 2014

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Ayer la Presidente anunció el envío de un proyecto de ley al Congreso para combatir la precarización laboral y promover el trabajo registrado. Es una noticia importante – es posible que sea una de las más importantes de la gestión de Cristina Fernández. Dependerá, como siempre, de la firmeza y la capacidad con que la legislación, una vez aprobada, se lleve adelante. Y también, por supuesto, de cómo esté diseñada la ley. Para los abogados laboralistas ahí afuera, les acerco los considerandos y el proyecto enteros – todas las 34 carillas, con letra grande aquí (es un enlace a Dropbox, que estoy probando. Si no funciona, avísenme).

Como no soy abogado y además no he tenido tiempo para estudiarlo, sólo adelanto unas reflexiones sobre la decisión en sí. Creo que lo merece. Porque el mundo ha cambiado mucho desde aquella primera fase de la Revolución Industrial que llevó a Carlos Marx a edificar una teoría de la Historia a partir del dato original de la explotación del trabajador.

El trabajo sigue siendo un hecho fundamental de la condición humana, por supuesto. Pero se ha hecho cada vez más diverso. Y el obrero industrial que trabaja en grandes fábricas – que era el símbolo y el actor principal de las luchas de los trabajadores – hoy es un sector pequeño y relativamente privilegiado (no digo que no tenga motivos de queja, compañero Caló).

Atención: si las viejas consignas socialistas hoy tienen sonido a hueco, lo mismo pasa con el amable relato del capitalismo triunfante: que la tecnología, incorporada a la producción por el dinamismo del empresario, aumenta cada vez más la productividad del trabajo. Y habría más bienes para todos, no importa donde estuvieran en la pirámide social.

La realidad es que en las sociedades modernas, en países desarrollados y en “emergentes”, vemos como avanza el fenómeno de la precarización del trabajo. Empleos “basura”, tercerizados, en “negro”… Hasta en el Estado, una buena parte de su fuerza laboral está en “negro”. No son los que están peor: la escalera sigue bajando en los “call centers”, los talleres clandestinos,… En todos los casos, es el trabajador que no tiene estabilidad, ni obra social, y sólo consigue crédito a tasas de usura (más que las de los créditos personales de los bancos y las tarjetas, que ya lo son bastante).

La Presidente estimó en un tercio del total los trabajadores que no tienen protección legal, porcentaje que coincide con algunos trabajos sobre el tema. Justamente, el amigo Pablo Tonelli, frecuente colaborador del blog, publicó aquí el año pasado un artículo sobre la informalidad laboral, citando los estudios que dan esas cifras. Es importante su conclusión de ese momento “El nivel de informalidad remanente del mercado laboral argentino no encontrará solución con el crecimiento de la economía, que hizo mucho por la formalización y la inclusión, pero requiere precisar los instrumentos de intervención de aquí en adelante“.

Este proyecto es uno de los instrumentos de intervención. Ahora, hay algo que creo necesario destacar: Además de los mecanismos de coacción tradicionales para obligar al empleador a registrar a sus trabajadores, registros, inspecciones, multas, el proyecto prevé incentivos a las empresas para que lo hagan. Hasta llega a cubrir a las empresas muy pequeñas (que son las que ostentan la inmensa mayoría del trabajo “en negro” privado) el 100 % de las cargas laborales: significa que no les costará nada “blanquear” a su personal.

Este no es un desarrollo totalmente nuevo, por cierto. Hace unos años se hizo mucho más fácil y económico registrar al personal doméstico de casas particulares; mujeres pobres, casi todas ellas, que carecían de cualquier protección. Igual, hay un debate vigente sobre este criterio.

En ese posteo que enlazo arriba, otro economista amigo mío, Musgrave, decía: “Hablar de trabajo en negro y no discutir la tasa de ganancia de los empresarios minipymes y pymes es un exceso de voluntarismo. Subsidiar al empresario consintiendo el trabajo en negro o a través de políticas específicas es olvidar lo que Alberto Levy repetía: el camino al éxito de un emprendedor es reemplazar la frase “soy pyme” por “estoy pyme”. Sólo con mayor control y fiscalización que apunte a reducir la tasa de ganancia bajará el empleo en negro“.

Su planteo dió origen a una larga discusión. Resumo: reconozco que lo que dice es justo, pero impracticable. Averiguar la tasa de ganancia de un empresario minipyme es aún más difícil que controlar la relación entre los paraísos fiscales y la City de Londres: lleva menos contabilidad.

Este gobierno, que digamos no se ha destacado por su flexibilidad, hace frente a esta situación descartando, seguramente con reluctancia, prejuicios – nacidos de una tradición muy peronista de cómo debe ser la relación entre obrero y empleador, y a la que además el sindicalismo se aferra, pero que pertenece a un mundo que ya no existe – y procura crear un entorno legal donde el pequeño empresario como sector se acostumbre a regularizar a sus empleados, impulsando así una cultura donde lo natural es estar registrado. Porque, no nos engañemos, muchas veces es el mismo trabajador el que acepta estar en negro porque así cobra más o porque cree que se evita perder una ayuda social.

Los resultados dependen, repito, de la ley que se apruebe y cómo se aplique. Pero tengo que aplaudir a un gobierno que, en su etapa final, asume el problema y trata de encararlo en una forma nueva, reconociendo el fracaso de los métodos tradicionales. Además… estamos en un ajuste, es cierto. Pero ortodoxo, en la acepción de inflexible y estúpido, seguro que no es.


De historia argentina

abril 15, 2014

premio

Me avisan que mañana miércoles 16 a las 16.00 horas, entregarán el Premio “José María Rosa” a la labor en Historia Argentina (quiero meter una opinión persona: Pepe Rosa no era un historiador; daba sentido y valores a la Historia que nos contaba. Y fue un grande en eso) al Dr. Mario Rapoport (no voy a mencionar sus antecedentes, que haría demasiado largo este posteo; visiten su página, y en especial sus libros).

También reciben menciones especiales la Profesora Beatriz Garrido, el Dr. Alberto González Arzac y el Lic. Roberto Baschetti, que bien lo merecen. El acto será en la sede del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, Rodríguez Peña 356. Quedan todos invitados.


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