
La caída del Muro de Berlín es un acontecimiento profundamente cinematográfico. Pensándolo bien, era la forma apropiada de cerrar el siglo, como sugiere Hobsbawm, en que esa forma de arte se desarrolló. Una imagen de profundo poder, que sintetiza una película larga y la interacción de muchísimos factores. Lo que queda en la memoria, lo que quedará en la Historia, es la imagen.
Tengo ganas de escribir, como Dumas, veinte años después, sobre uno de los hechos más importantes que ocurrieron durante mi vida. Me hace vacilar, como otras veces, el hecho que se ha escrito tanto, tanto del tema. Y ahora que se cumple un aniversario redondo y U2 hace un festival…
Voy a poner un par de reflexiones, nada originales pero auténticas, y subiré algo que he leído últimamente que me parece inteligente y realista.
Por mi parte, yo, que no soy un hombre de izquierda pero que pienso que la Izquierda jugó y juega un rol necesario y positivo en la realidad política en todo el mundo, (sí, a pesar de sus crímenes y errores ¿O la Derecha, el Centro y el Nacionalismo no los tienen?) siento necesario decir, frente al lloriqueo de algunos de sus representantes por los ideales sepultados bajo las piedras del Muro, que el sistema que quedó enterrado allí era una porquería.
El hecho que hubiera trabajo para todos no compensa la policía secreta, el mercado negro y la corrupción. También en las cárceles tienen alimentación y atención médica gratis, y, las progresivas, trabajo obligatorio. Y como en las cárceles, el que puede se escapa. Si lo que lo ha reemplazado en muchos países tiene algunas de las viejas lacras y haya agregado alguna propia, eso no lo excusa.
Otra cosa que me parece que vale la pena recordar es algo muy obvio: la Caída del Muro es una foto de una película que había empezado por lo menos tres años antes: un intento de reforma. la Perestroika, de ese sistema acosado por su propia debilidad, donde se mezclaban – como sucede en las cosas humanas – impulsos nobles, especulación y arrogancia. En ese intento de reforma, la unificación de Alemania fue para el Secretario General del PC soviético, a la vez, el sacrificio necesario y la jugada fundamental. Por eso puse a la cabeza de este post la foto del beso de Gorbachov y Honecker, el dictador de Alemania Oriental, semanas antes de la Caída. Ese intento de reforma, del que la demolición del Muro fue una parte inevitable, no termina sino más de dos años después, cuando Yeltsin fuerza la renuncia de Gorbachov y disuelve la Unión Soviética. Y leyendo los documentos de la diplomacia, bah, hasta leyendo los diarios de la época, queda muy claro que no fueron Reagan, Bush sr., ni Thatcher los que buscaron su derrota. Estaban muy dispuestos a negociar con él. En realidad, los dos últimos mostraron estar dispuestos a negociar con los comunistas de la línea dura que dieron el golpe contra Gorbachov-
Hay un suplemento, Después del Muro, que Clarín publicó el 1° de diciembre, que entre mucha palabrería trae algunas cosas interesantes. Entre ellas, donde encontré los aportes que me parecieron más precisos fue en un reportaje de Matilde Sánchez a un sociólogo estadounidense, Richard Sennett, de la London School of Economics, que estudió el giro copernicano que el neoliberalismo impuso en el mundo del trabajo en sus estudios La corrosión del carácter y El artesano, que analizan los cambios gerenciales en el mundo fabril y la subjetividad del obrero al ser reemplazado por autómatas electrónicos o jóvenes a un cuarto de sueldo y sin memoria gremial. Un tema del que los argentinos conocemos.
Curiosamente, es él quien señala: “Es tentador tomar la caída del Muro como metáfora perfecta de la globalización, pero es incorrecto. Se trata de dos desarrollos. No se debe enfocar la caída y disolución del imperio comunista como consecuencia del ímpetu capitalista.
En rigor, está más ligado a un proceso europeo, no al capital financiero o la irrupción de China en la economía.
Una de las sorpresas fue que el debate nacional alemán no versó sobre la globalización, sino sobre la inclusión del territorio oriental. Cuando se disolvió la URSS, muchas de estas economías soberanas pensaban que podrían participar y beneficiarse del sistema global. Muy pronto comprobaron que por largo tiempo serían sus socios pobres.
¿Cuándo fecha usted el actual ciclo de globalización?
Mucho antes, en 1971 con la ruptura del acuerdo Bretton-Woods, negociado en 1944 y que regulaba el flujo comercial y financiero en el mundo occidental. Concluyó cuando unilateralmente EE. UU. abandonó la convertibilidad de su moneda y el patrón oro.
El mercado fue inundado de dinero, al comienzo de Japón y países de Oriente Medio, impacientes por invertir. Yo suscribo la afirmación de Bennet Harrison sobre la dinámica que impusieron los “capitales impacientes”, que son los responsables de la crisis actual. Lo que prima desde entonces es la búsqueda de rentabilidad a cortísimo plazo.
Contra lo que se cree, EE. UU. se mantuvo muy expectante. Invirtieron muy poco en el Este europeo, apenas un 10 por ciento de las inversiones en China en los últimos veinte años.
Buscaban una escala más grande para sus inversiones. Hacia 1995 ya estaban muy enfocados en China.
¿Qué significó esto en la marea de trabajadores comunistas sin empleo?
Las libertades políticas trajeron la inestabilidad; entonces empezaron a hacer su balance de lo ganado y lo perdido.
Esa es una de las ironías; ahora tienen libertades pero algunos se enriquecieron demasiado mientras otros se empobrecieron tanto. Y ocurrió lo opuesto de lo que esperaba el proletariado; tanto en la pequeña empresa como en las universidades, perdieron el trabajo. En efecto, existió una tragedia generacional. Mi impresión personal es que en los 90, la generación de transición tuvo una gran decepción retrospectiva. El trauma será superado en las siguientes generaciones.
…
Los procesos estaban sujetos al estado de las empresas estatales. Muchas eran obsoletas, con anticuados parques de maquinaria y graves deficiencias en el nivel gerencial. Uno de los problemas comunes al campo socialista era una pobre ética laboral, con gran alienación hacia el propio oficio. Cuando visité Weimar, en Alemania oriental, todo exudaba abandono; ¿cuándo fue que los alemanes comunistas se entregaron a la desidia? Si hasta dejaron de poner plantas en los balcones… Los nuevos gobiernos no hubieran podido resolver problemas tan estructurales. La caída de la URSS fue una implosión, una decadencia interna: no fue derrotada y eso nos llena de asombro. El imperio soviético no fue conquistado por el capitalismo global.
Usted entonces no cree que EE. UU. ganó la Guerra Fría?
Eso es una estupidez. En EE. UU. son muy triunfalistas. En los 80 el presidente Reagan había aumentado muchísimo la compra de armamentos; se decía que su gasto militar indujo la bancarrota soviética: pavadas. Muchos de estos países no podían gerenciar su propia transformación. Lo interesante es por qué los chinos, que también tenían un comunismo estatal muy rígido, no se hundieron. Dependió de cualidades previas a la era comunista.
China siempre tuvo una estructura estatal disciplinada, un sistema educativo magistral y una base popular muy entusiasta. Y también lo que en su momento llamé “las tortugas chinas”, una inmensa masa de emigrados en el mundo entero que organizaron la reinversión de su dinero otra vez en el país. Culturalmente lo tuvieron todo para despegar; aunque cayó la economía estatal maoísta, sobrevivió el partido y pudo movilizar rasgos culturales profundos y perdurables. Las diferencias culturales, ese triunfo de la adaptación china, hicieron que un sistema comunista se hundiera por su propia corrupción y otro se recreara”
Escrito por Abel B.
Escrito por Abel B.
Escrito por Abel B. 
