Las medidas que quiere imponer el gobierno de Milei sobre la inmigración -en un espíritu de imitación berreta de xenofobias ajenas- motivaron algunos comentarios míos.
Los hice en una nota que reproducimos en AgendAR acerca del problema demográfico que afrontamos, en el mundo y en nuestro país. También en X, en forma abreviada. Y quiero que estén aquí, en el muy personal blog de Abel.
El descenso de la natalidad es una tendencia global. La vemos en todos los continentes, con la excepción -por ahora- de África. Pero la caída de los nacimientos en Argentina, a partir de 2016, es más brusca y acentuada que en la mayoría de los países del globo. Merece un estudio más profundo que el que se ha dado hasta ahora.
De todos modos, tomemos en cuenta un factor que está ayudando a aliviar este problema demográfico. Argentina es, todavía, un país que recibe inmigrantes. Significativamente, más que el número de compatriotas que emigran.
En realidad, nuestro país ha sido desde hace siglo y medio un país de inmigración. Y uno de los más exitosos -no el único, por cierto- en incorporar a los hombres y mujeres que querían habitar nuestro suelo, y transformarlos en ciudadanos argentinos.
Por eso es lamentable que el gobierno actual haya cedido a la imitación de actitudes antinmigratorias que aparecen en otras sociedades, más asustadas por la pérdida de su identidad.
Los gobiernos conservadores de hace un siglo tenían la Ley de Residencia para expulsar extranjeros indeseables (agitadores anarquistas,…). Pero sabían que Argentina se enriquecía con la inmigración. Ahora imitaríamos a conservadores asustados.
Oswald Spengler, el autor de «La decadencia de Occidente», (un prusiano que no tenía nada de globalista) decía que la señal de identidad de un pueblo fuerte es su capacidad de incorporar al extranjero y transformarlo en propio.

Nos los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución, para la Nación Argentina.