En diciembre del año pasado escribía sobre «la larga sobrevida de la Argentina posperonista«, y prometí que continuaría. Después… la coyuntura se aceleró, como acostumbra a pasar en nuestro país.
Ahora,Milei, Scott Besent y todos nosotros estamos a la espera de los resultados del 26 O. Pero me parece evidente que el experimento «anarcocapitalista» terminó. Esto no quiere decir que concluirá, necesariamente, la gestión de Milei. Y mucho menos que flaquee la convicción de esa parte de la sociedad, muy numerosa y en general más próspera, que se aferra a las ideas económicas que -cree- funcionan en «los países serios» y deberían funcionar aquí.
Pero… la falta de crecimiento sostenido, de un proyecto que no fracase después de dos años o, en el mejor de los casos, de poco más de una década, no es responsabilidad de un sólo sector. O de un poder extranacional que nos tira mala onda desde afuera.
Por eso, acerco algunas reflexiones. Que recogen conversaciones e intercambios con otros argentinos. Pero me hago responsable de todo lo que pueda irritar. Hay bastante.
ooooo
Desde 1975, hace medio siglo, las dos fuerzas políticas mayoritarias de la Argentina moderna, que también son identidades sociales, el peronismo y el rechazo al peronismo, han fracasado en establecer sobre bases firmes un modelo sustentable del país al que cada uno de esos dos sectores aspira.
En los 30 años anteriores, 1945 a 1975, lo que podemos llamar el «modelo peronista», se desplegó y se mantuvo: una industria protegida, volcada principalmente al mercado interno, con una fuerza laboral sindicalizada, con derechos sociales similares a los que se estaban legislando en la Europa de posguerra. En contexto de casi pleno empleo, y de una sociedad mucho más igualitaria que la actual.
Tanto las bases de la industrialización como el sindicalismo son anteriores al peronismo. Pero fue este quien les dio forma e impulsó. Ese modelo dejó una profunda huella en la memoria del pueblo argentino, en especial de los trabajadores, lo que explica en gran parte su vigencia en el medio siglo siguiente.
Un hecho muy significativo es que ese modelo, perduró aún después que el golpe de 1955 desplazó a Perón. Ese golpe, el sector militar que lo hegemonizó y los sectores sociales que lo respaldaron, tenían el proyecto explícito de destruir al peronismo. Y fracasaron por completo.
En el plano de la economía, para limitarnos a él, la Argentina industrial siguió creciendo, su Producto Bruto Industrial aumentaba a un ritmo comparable al de países en situación similar, Australia, Canadá.
En otro plano, la estructura sindical resistió todos los intentos porr destruirla. Y los índices de desempleo, hasta donde puede precisarse, se mantenían debajo del 10%.
Esto se debió en parte a que el sector público y las industrias estatales actuaban como una «bolsa de trabajo», absorbiendo gran parte de la fuerza laboral, y la economía estaba impulsada por políticas de industrialización por sustitución de importaciones.
Pero en 1975, las limitaciones del modelo se hicieron evidentes. Y ya no estaba Perón y su poder político para corregirlas. Por otra parte, ya desde octubre de 1973 la crisis del petróleo había puesto en jaque a los «estados de bienestar» europeos. La «revolución thatcheriana» se había puesto en marcha.
Desde ese momento hubo varios intentos apoyados por sectores del poder económico y lo que llamé el rechazo al peronismo, para implantar modelos distintos, bastante similares entre sí.
El efímero «rodrigazo» pensado por Ricardo Zim, las gestiones de Martínez de Hoz, Menem Cavallo, Macri, se puede incluir el actual de Javier Milei. Son proyectos que podemos identificar, sintéticamente, como «modernizadores aperturistas».
Todos los anteriores terminaron en una crisis de mayor o menor virulencia que mostró su inviabilidad. Y el de Milei ya habría iniciado ese mismo camino cuando el lunes pasado, 22 de septiembre de 2025, el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció en X que Estados Unidos está dispuesto a hacer «todo lo necesario» para apoyar la economía argentina». La promesa bastó para detener la crisis, por ahora.
El hecho es que también en este medio siglo lo que se identifica como el movimiento nacional, y que se basa fundamentalmente en una memoria de ese modelo peronista, sólo consiguió en sus gobiernos mitigar los daños que esos experimentos provocaron en los sectores más vulnerables de la sociedad. Y mantener, una cierta prosperidad entre las clases medias y los trabajadores con ingresos formales. Pero tampoco consiguió encontrar un modelo económico sustentable.
Y, de alguna forma lo más grave, no pudo reinsertar en el mercado del trabajo formal, a esos compatriotas -hoy un tercio de la sociedad- que empezaron a ser desalojados de él en la segunda mitad de los ´90, hace ya 30 años. La «pobreza estructural», como la llaman.
No sirve enfocarnos en las amargas luchas políticas de estos años. Las consecuencias de este medio siglo de fracasos estructurales culminan en que Argentina, alguna vez el país más industrializado, próspero y más igualitario de América Latina -y que aún conserva algunos rastros de ello, es el que menos creció en el subcontinente en 50 años.
Ahora no voy a escribir aquí sobre las razones del fracaso del «republicanismo economicista». Ya hay mucho publicado, además.
Sobre el movimiento nacional, y la fuerza política en su seno más numerosa y que ha sido por 80 años su estructura central, el peronismo, me atrevo a expresar algunas opiniones.
El peronismo aún conserva, lastimados y dispersos, sus sujetos sociales históricos: la mayoría larga de las estructuras sindicales, y las alianzas policlasistas fuertes en muchas provincias. Suma movimientos sociales con una ideología de raíz cristiana, y un sector de clase media «progre peronista», politizado y comprometido.
En mi falible opinión, la razón básica de sus limitaciones es que el mundo, y la Argentina, han cambiado mucho desde los ´70 del siglo pasado. Su fuerte identidad, su memoria de tiempos mejores, le hace difícil encarar cambios. Sobre todo si implican sacrificios; son cosas que prefiere plantee el adversario político.
Pero las revoluciones tecnológicas transformaron y siguen transformando la economía y la naturaleza del trabajo. La industria actual cada vez depende más de insumos importados, en todos los países.
Como sea, el problema fundamental que enfrenta sería que ese modelo peronista ya no abarca a la mayoría de la sociedad como lo hizo en su momento.
Hoy la mitad de nuestros compatriotas trabajan sin «relación de dependencia». Son cuentapropistas, o su «patrón» es una plataforma digital. Los derechos laborales que obtuvo el peronismo ya no son relevantes. Gran parte de los trabajadores están fuera del mercado de trabajo formal, y no tienen expectativas de entrar.
Entonces, el movimiento nacional debe encontrar la forma de recuperar la representación de una parte de la sociedad argentina que hoy ya no representa. En particular, de los jóvenes de clase baja y media baja, para los que debe encontrar un mensaje y un proyecto social que los incluya, los abarque. Teniendo presente que una mayoría de ellos votó a Milei en 2023.
Parece evidente que el peronismo debe actualizar su doctrina, como pedía su fundador. Debe también actualizar su lenguaje y encontrar los discursos y los medios de llevarlos a los que pueden escucharlos,
Esto requiere un pensamiento crítico y un amplio debate, al que estas líneas son un intento de aportar.
Pero atención: no es una tarea intelectual. No puede hacerse alejada de la política real, su trama de esperanzas y ambiciones. Que debe esforzarse en dejar de ser una mala palabra para muchos argentinos.

En el fondo hoy todos prefieren la grieta y el péndulo antes que ponerse a laburar en serio. El nestornautismo cree que durar una década con impostura semiótica de izquierda es más importante que durar 3 décadas sin pobreza estructural.
[…] de un posteo que trata de ser estratégico y reflexivo, enfocado en el largo plazo, vuelvo a la coyuntura. Pero, ojo: este comentario puede apuntar no sólo a una política […]