Ayer se reunieron en Alaska dos de los tres hombres más poderosos del mundo, medido el poder por arsenal nuclear, recursos naturales del país que conducen e industria de armamentos. Hay otros criterios, claros, pero no cabe duda que esos son criterios importantes.
Me hizo pensar en otros dos jefes de Estado, y en otra confrontación más de 60 años atrás. Están en la imagen de este post: John Kennedy, presidente entonces de EE.UU., y Nikita Kruschev, secretario general del PC de la entonces Unión Soviética.
Ya no son muy recordados, aunque JFK tiene un aura romántica, porque fue asesinado cuando aún era joven. Si se los tiene presentes, es por la Crisis de los Misiles en Cuba, año 1962, que tuvo al mundo al borde de una guerra nuclear.
No voy a hacer historia: hay mucho material en la Red Sólo recuerdo cómo se resolvió: Kennedy bloqueó la isla, y amenazó con una invasión si no se retiraban los misiles que la URSS había instalado.
Después de algunos días de tensión, Kruschev accedió a retirarlos. Para «salvar la cara» de su oponente- Kennedy aceptó retirar los misiles que EE.UU. tenía en Turquía.
El punto que me interesa señalar es que Kruschev tomó la decisión sin consultar a Cuba. Castro tuvo una rabieta («Nikita, Nikita, lo que se da no se quita», se escuchó en marchas en La Habana), pero no podía hacer nada, ni siquiera reclamar públicamente Cuba era un miembro disciplinado del bloque soviético.
Y, por supuesto, a Kennedy no se le ocurrió consultar a Ankara sobre su decisión. Turquía era -es- un miembro importante de la OTAN, y en ese tiempo probable escenario de un enfrentamiento entre el bloque occidental y el soviético en Europa o el Cercano Oriente. Las decisiones estratégicas se tomaban en Washington.
Atención: no estoy diciendo que en la guerra en Ucrania, el tema inmediato de esa reunión en Alaska entre Trump y Putin- las relaciones de poder sean hoy muy distintas.
Ucrania está perdiendo la guerra, y sus aliados en la Unión Europea no tienen ahora los recursos ni la decisión para enfrentar a Rusia.
La diferencia clave es que hoy no existen un bloque occidental, ni un bloque ruso. Y los «No alineados» -el Sur Global, le dicen ahora- no es más que una etiqueta periodística. En la oportuna expresión de Ricardo Auer, el mundo actual es «multimodal».
Las Grandes Potencias -en lo militar, lo económico y/o lo tecnológico- así como concentraciones de poder en esos campos que no son estados naciones- ejercen influencia y presionan, a menudo en forma despiadada.
Y los estados naciones ejercen fuerza militar. Los que la tienen, claro. EE.UU., Rusia, Israel, Turquía, India, Pakistán,… son ejemplos recientes.
Pero no existen bloques como en el siglo XX. Aún el alineamiento ideológico más chillón -el de nuestro actual gobierno, con EE.UU. e Israel- no le priva a Argentina de ser un proveedor importante de China, y un deudor de su Banco Central. Además de receptor de inversiones de empresas chinas.
Existen, sí, alianzas de mutuo interés, como la que une hoy a Rusia y China. O como la que unió por más de un siglo a EE.UU. y Gran Bretaña. Pero es más cierto que nunca lo que decía hace 2 siglos un estadista inglés, Canning: «No hay aliados ni enemigos permanentes. Hay intereses».
Eso no hace al mundo actual menos peligroso. Al contrario. No hay previsibilidad, ni reglas. Como en los tiempos de la Guerra del Peloponeso, «los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben».
Así, la «soberanía política» es sólo dos palabras, para las naciones que no tienen fuerzas armadas capaces de disuadir a un posible agresor, ni industrias de defensa capaces de abastecerlas, aunque sea en parte.
También son requisitos necesarios para hablar de soberanía, una base industrial y tecnológica competitiva, un Estado que no se endeuda compulsivamente… Pero siempre ha sido así.
