Fue a partir de 1991, ante el derrumbe de la URSS y la desacreditación del socialismo centralizado, que se hizo lugar común hablar del «fin de las ideologías». Los veteranos podemos recordar que ya no gozaban de buena salud:.
El comunismo soviético, envuelto en la burocracia brezneviana y su tesis del «socialismo real» (el que tenía los misiles intercontinentales).
La vertiente maoísta ya había empezado a negociar con Kissinger y estrechaba la mano de Nison…
A la «democracia occidental» se le habían deteriorado sus estados de bienestar. Y con la «Revolución Conservadora» de Thatcher y Reagan llegaría la desindustrialización…
Pero en 1991 parecía llegar un mundo nuevo, y -con la arrogancia que divierte a los dioses- se afirmó que había llegado el «fin de la historia». Armados con una versión descafeinada de Hegel, se sostenía que un capitalismo democrático, con conciencia social, era la síntesis final de la evolución de la Idea.
Como ya habían anticipado décadas antes Weber y Schumpeter, a esa síntesis le faltaba legitimidad y le sobraba hipocresía. Además de, agrego yo, un exceso de provincialismo occidental.
Pero es cierto que los «grandes relatos», las ideologías que habían sacudido al siglo XX -el marxismo-leninismo, los fascismos, el racismo enloquecido, … habían perdido atracción masiva. Aún el nacionalismo estaba… cuestionado, al menos en Occidente. Y «Occidente» -EE.UU., la Unión Europea, Japón y el «Commonwealth blanco» eran todavía los países centrales, al comenzar este siglo XXI.
Ahora, en la no autorizada opinión de este bloguero, los seres humanos no pueden vivir sin una ideología. O, para no entrar en discusiones semánticas, sin un relato que les ayude a encontrar un «nosotros» y un significado del mundo.
Fuera de Occidente, en las culturas con una fuerte identidad, la china, la hindú, la islámica, … el desafío y la búsqueda tienen características propias.
En Occidente -y aquí no pongo comillas- porque me refiero a todas las sociedades profundamente influidas por la cultura y los valores occidentales -eso incluye a Latinoamérica, la hija mestiza de Occidente- los resultados de esta búsqueda de un sentido han sido -también en mí no autorizada opinión- muy pobres. Como digo en el título «una segunda selección».
Por ejemplo, existe aún lo que se puede llamar un marxismo residual. El marxismo fue una ideología del siglo XIX, muy influyente en el XX. Pero hoy es un marxismo sin obreros. Ni siquiera campesinos. Es una ideología de intelectuales, inseguros de su lugar en el mundo. Algunos escriben muy bien, pero no mueven a las masas, ni siquiera a minorías dispuestas a tomar las armas, como sucedió con las Brigadas Rojas en Italia o las guerrillas latinoamericanas.
Más extendido, entre los sectores medios y altos de las sociedades prósperas, es el «wokismo». Lo simplifico como una autodenigración de valores y actitudes tradicionales de Occidente, pero sin reemplazarlos por otros. Y una conciencia de los propios privilegios, pero sin la menor intención de renunciar a ellos.
Y hay algo que crece con fuerza en la última década, en todos los países occidentales o influidos por la cultura occidental. Aun entre nosotros, los argentinos, que nos creemos tan sofisticados…
Es la «derecha alternativa» o «ultraderecha». Que tiene poco que ver con la Derecha tradicional, aunque haga alianzas para su beneficio. Y es también distinta del fascismo: no tiene milicias, squadristi o tropas de asalto. Prefiere usar la policía, que para eso le paga- ni cultiva un sentido heroico de la vida, salvo en las redes.
La diferencia en este caso se muestra muy bien en un ejemplo: Mussolini invadió Libia y quería conquistar Etiopía. Esta ultraderecha está aterrada porque cree que los africanos van a reemplazarlos. En Europa hablan de ese «Gran Reemplazo», pero se niegan a tener hijos.
En realidad, la característica básica de esta «ultraderecha» -en mi prejuiciosa opinión- es el temor. A los migrantes, a los pobres. Hasta a los jubilados, sipara mejorar sus ingresos mínimos el Estado les va a cobrar impuestos que afecten las jubilaciones propias.
Siempre advierto que mis posteos (casi todos) son superficiales. Este lo es aún más. Correspondería que indique, o sugiera, donde pienso que se puede encontrar el sentido que necesita la desorientada sociedad argentina. Pero hoy, 10 de agosto, tengo otras cosas en qué ocuparme. Será para otro post.
