Trump, el otro, el mismo. (Economista incorporado: Esteban Mercatante)

(Con Esteban M. tengo una diferencia ideológica importante. Pero eso no me impide ver en este texto suyo un agudo, lúcido análisis del impacto del Trump II en los mercados y en la economía global. Nacionalismo económico, proteccionismo… Viejas ideas que regresan, en un mundo muy distinto. Escribe muy bien, además»).

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«Trump está trastornando a unos mercados financieros cuyos actores apostaban a repetir la fiesta financiera de su primer mandato. Como si se tratase de un personaje borgeano, lo que está resultando perturbador y alterando los ánimos es, tanto la comprobación de que Trump sigue siendo Trump, como que su accionar puede producir hoy resultados diferentes que en su presidencia previa. Identidad y negación en un mismo movimiento.

La última semana arrancó con la peor caída de las cotizaciones en la bolsa estadounidense en lo que va del año, lo que arrastró los activos financieros en el resto del planeta. Fue el punto hasta ahora más intenso de turbulencias en los mercados bursátiles que se vienen produciendo en las últimas semanas. El índice Standard & Poor’s 500, uno de los índices bursátiles más importantes de Estados Unidos, acumula una pérdida cercana al 10 % de su valor en el último mes.

Aunque si miramos más atrás, el índice se ubica en un nivel que sigue comparativamente elevado (está arriba de lo que estaba un año atrás y muy por encima del promedio de los últimos cinco años), esto puede relativizar la gravedad de la caída registrada, o indicar que todavía puede haber mucho por caer. Otros activos como las criptomonedas que atrajeron volúmenes considerables de capitales ávidos de ganancias rápidas, también se están desplomando.

El disparador más inmediato del desplome está en el rápido cambio observado en los pronósticos sobre la economía norteamericana. En las últimas semanas fue apareciendo en la escena la posibilidad de que el PBI pueda tener caída en el primer trimestre del año. Hasta hace un mes todavía las perspectivas mayoritarias eran de un resultado positivo.

El domingo pasado fue el propio Donald Trump quien reconoció en una entrevista emitida por la cadena Fox que podía ocurrir una recesión en la economía estadounidense durante este año. Después de aclarar que odia predecir “cosas como esa”, el magnate aseguró que podría ser un mal necesario. Así lo dijo:

«Hay un período de transición, porque lo que estamos haciendo es muy importante. Estamos devolviendo la riqueza a Estados Unidos. Eso es algo importante. Y siempre hay períodos en los que… toma un poco de tiempo. Toma un poco de tiempo, pero creo que será excelente para nosotros.«

Este cambio se supone va a surgir de la “guerra comercial” en la que se embarcó Trump desde el primer día de su gobierno, con aranceles que fueron anunciados, suspendidos, redoblados, otra vez frenados y –en algunos casos como el acero y el aluminio– finalmente concretados en los 50 días de gobierno. La idea detrás de todo esto sería negociar nuevos términos en la relación comercial con varios países, y modificar tratados vigentes en favor de EE. UU.

Se ve que los mercados no compraron esta estrategia que vendió Trump, y le respondieron con un lunes negro que se continuó con nuevas caídas en los índices bursátiles durante el resto de la semana, con un leve repunte al final de la rueda del viernes. Como podría haber dicho un ministro argentino, Trump les habló a los mercados con el corazón y le contestaron con el bolsillo. Para los descorazonados y poco patriotas operadores de los mercados financieros, ese futuro “excelente” que promete Trump cotiza menos que los entuertos que puede generar la “transición”.

El otro, el mismo

Desde que Trump ganó la elección, hasta hace pocas semanas, los mercados sostuvieron la tendencia alcista. Su paso anterior por la Casa Blanca dejó buenos recuerdos para los operadores financieros, banqueros y magnates. En sus cuatro años previos Trump se preocupó por mantener la fiesta del mercado bursátil en alza, que había heredado de Obama. Esto lo llevó a presionar en varias ocasiones a Jerome Powell, el titular de la Reserva Federal (normalmente llamada Fed, el Banco Central de EE. UU.) para que no atentara contra este rally subiendo las tasas de interés. El continuo crecimiento en el valor de las acciones era para Trump una medida de su éxito de la que se congratulaba con frecuencia. Otro motivo para el optimismo estaba dado por los recortes de impuestos que favorecieron a las empresas y sus grandes accionistas, y que podrían repetirse con el gobierno republicano.

Pero, como si se tratase de un cuento borgeano, lo que está resultando perturbador y alterando los ánimos financieros es la comprobación de que Trump sigue siendo Trump, aunque al mismo tiempo su accionar parece producir hoy resultados diferentes. Identidad y negación en un mismo movimiento.

El paquete de medidas con el que llegó Trump tiene, en buena medida, una lógica similar al que aplicó entre 2017 y 2020. “Guerras de aranceles” como herramienta para negociar ya sea cuestiones comerciales (incluso cambiar términos de acuerdos de libre comercio como ocurrió con la firma del T-MEC) o de seguridad; una actitud transaccional en las relaciones con países aliados y adversarios; medidas contra los inmigrantes y caos en los distintos niveles de la administración. Nada hay de nuevo en ese sentido. Sin embargo, es también un Trump profundamente diferente en varios aspectos fundamentales: cuenta con un poder muy superior, porque tiene un control del Partido Republicano que no gozaba entonces, la mayoría parlamentaria en ambas cámaras le responde, también tiene una Corte Suprema de mayoría conservadora.

También en el sector corporativo, Trump se manifiesta como un factor mucho menos divisivo que al inicio de su anterior presidencia. La foto de Mark Zuckerberg (Facebook), Jeff Bezos (Amazon) y Sundar Pichai (Google) parados junto a Elon Musk en la asunción de Trump, es una muestra elocuente de ese giro. La coalición que sostiene al gobierno está cargada de contradicciones, entre las facciones más nacionalistas (de las que Steve Bannon es un claro referente) y los libertarianos como Musk. Pero por lo pronto, aun anticipando tendencias centrífugas que se pueden agravar si su administración empieza a tener traspiés, en el momento le dan a Trump una capacidad para concretar sus aspiraciones que no tenía hace 8 años.

Un presidente más fortalecido para imponer un realineamiento que parte de reconocer el debilitamiento de EE. UU., que no puede seguir pretendiendo ser el gendarme de los asuntos globales.

Este otro Trump, de 2025, tiene capacidad para ir más rápido y está dispuesto a usarla. No parece muy inquieto por calibrar su accionar en función de costos inmediatos. En la semana que pasó, siguió redoblando la apuesta aún en medio de las sacudidas en los mercados, lo que indicaría que no está tan preocupado por mantener ese recaudo.

Condiciones explosivas

En la reacción de los mercados, además de la impaciencia con los trastornos que genera la catarata de anuncios de aplicación de aranceles y de su suspensión, el descontrol creado por la motosierra con la que se mueve Musk desde el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés), pesa también el contexto, muy diferente del que atravesó la primera presidencia de Trump. Las guerras comerciales y toda la batería de decisiones que se pueden esperar del gobierno republicano pueden tener hoy efectos mucho más convulsivos.

La inflación reciente y las tasas de interés más elevadas son las dos expresiones de un panorama económico que no se parece en nada al de 2016. Después de la pandemia comenzada durante su último año de mandato, se registró una escalada de la inflación en todo el mundo, con registros de alzas anuales de subas de precios no vistos hace décadas (la tasa anual en EE. UU. llegó a 7 % en 2021), excepto en unos pocos países como la Argentina, donde la inflación supera con creces esos índices. Esto llevó a los bancos centrales a responder de manera generalizada con políticas monetarias restrictivas. La Fed, que en medio del desplome económico de la pandemia había llevado su tasa de interés a niveles cercanos a 0 % anual para estimular la actividad (junto a otras medidas de expansión monetaria), la empezó a subir fuertemente desde 2022, medida monetaria contractiva dirigida a frenar el alza de precios. Las tasas objetivo de la Fed superaron el 5 % anual en 2023, año en que la inflación cerró en 3,4 %.

Un paréntesis necesario: para la economía mainstream, que es la que sustenta los lineamientos de casi todos los banqueros centrales del mundo, la inflación es un fenómeno exclusivamente monetario que se combate con estas medidas restrictivas en el plano monetario. Por supuesto, en las propias teorías de las corrientes económicas mayoritarias en la disciplina se registra que la cuestión es más compleja y no puede haber una separación tajante entre la esfera “real” y la monetaria. Pero esto no altera el recetario que dicta atacar la inflación eminentemente por la vía de contracciones monetarias, lo cual no siempre logra atacar las causas básicas del fenómeno.

El año pasado, con una inflación acercándose al objetivo de 2 % anual y ante algunas amenazas de recesión y turbulencias financieras, la Fed empezó a relajar las tasas de interés, que hoy están en el rango de 4,25-4,50 % anual. Algunos economistas reclamaban el año pasado bajas más rápidas de las tasas para estimular la economía. La cautela de la entidad que coordina la política monetaria estadounidense se debió a que la inflación, aunque apaciguada, todavía no podía considerarse cosa del pasado. Una expansión monetaria muy marcada podría contribuir a reavivarla.

El efecto inmediato de los aranceles, a medida que pasen de ser una amenaza a entrar en vigor es un aumento de los precios de los bienes importados alcanzados por los mismos, o, en el caso de insumos importados, de las mercancías que requieren su elaboración. Este salto discreto en los precios no debe confundirse con la inflación, que se refiere al proceso sostenido de aumento de los mismos. A priori se trata de un salto en los precios por única vez. Pero como hubo una escalada inflacionaria reciente, esto podría contribuir a reaivarla. Sobre todo, porque algunos aranceles afectan insumos usados en múltiples cadenas de producción. Además la represalia de otros países imponiendo aranceles contra EE. UU. puede aumentar los costos de producción a lo largo de las cadenas globales de valor, derivando en nuevos aumentos al costo de vida. Este tipo de disputas arancelarias acicatearon saltos inflacionarios en otros momentos de la historia.

Esto despierta otros interrogantes. ¿Va la Fed a esperar a ver si rebrota la inflación y mantener una actitud cautelosa hasta que eso no se concrete para no tomar medidas que puedan frenar la actividad económica? ¿O va a anticiparse a cualquier rebrote del alza de precios subiendo nuevamente las tasas de interés? Como los riesgos de inflación ocurren en un momento donde se pronostica un debilitamiento de la economía, cualquiera de las decisiones puede ser muy costosa. El titular de la Fed, Jerome Powell, que viene de ser cuestionado por quienes opinan que actuó tarde y lento en 2021 contribuyendo a agravar el problema inflacionario, puede elegir ahora el segundo camino, empezando por frenar todos los recortes de tasas que se esperaban para este año, o incluso aumentándolas. Esto podría ayudar a convertir en realidad la recesión que empezó a aparecer en algunos pronósticos durante las últimas semanas. La suba de tasas además estimularía el fortalecimiento del dólar respecto de otras monedas, contrariando las intenciones de Trump de favorecer comercialmente a EE. UU.

También puede ser que la Fed opte por ganar tiempo, viendo si un moderado freno de la economía ayuda a frenar cualquier resurgimiento de la inflación sin necesidad de giros fuertes en la política monetaria. Pero la idea de que un frenazo económico, en el marco de la “guerra” de aranceles frenará la inflación, puede verse desmentida. No puede descartarse un temido panorama de estanflación, es decir, recesión con inflación, algo que las economías desarrolladas no atraviesan desde los años 70.

Las corrientes profundas del proteccionismo

Además del mayor poder que cuenta Trump para llevar a cabo su agenda respecto de 2017, otra diferencia muy importante es que el resurgimiento del nacionalismo económico que lo llevó al poder en primer lugar, y que desde el gobierno buscó materializar, hoy tiene más fuerza en todo el mundo.

Esto es en parte un legado del primer gobierno trumpista. Biden, por ejemplo, no dejó de utilizar la herramienta arancelaria en la competencia con China, sino que le agregó nuevos capítulos. También buscó frenar el acceso de China a tecnología clave como los semiconductores a través de sanciones. Pero hay también efectos de la pandemia del Covid-19 que pusieron en evidencia las severas vulnerabilidades que puede generar a los países la dependencia excesiva en las cadenas globales de producción para manufacturas críticas. La guerra de Rusia y Ucrania y el crecimiento de las perspectivas de conflictos militares también es un factor fundamental.

Resiliencia y “frienshoring” (internacionalización productiva pero focalizada en países identificados como aliados, y no necesariamente en los que ofrezcan las mayores ventajas económicas) se popularizaron en los últimos años, aunque son términos más utilizados en papers y ponencias que materializados en cambios profundos. Al día de hoy, no puede decirse que las firmas trasnacionalizadas se hayan mostrado muy dispuestas a desarmar los esquemas de sus cadenas internacionales de producción forjados previamente. Pero sí se observa más cautela, y la Inversión Extranjera Directa que contabiliza el volumen que las empresas destinan a operaciones productivas en el extranjero, se muestra débil desde hace varios años.

Aunque la estructura altamente trasnacionalizada de la producción aparece como un condicionante para la agenda de Trump, el auge del nacionalismo económico en distintas partes del mundo es un ariete sobre las firmas multinacionales. No se puede perder de vista que el capitalismo globalizado no surgió por mera iniciativa de los capitales a valorizarse más allá de las fronteras nacionales, sino que dependió críticamente de la remoción de las barreras para la circulación de mercancías y dinero por el mundo.

El rol del imperialismo norteamericano para sostener el impulso de la apertura económica desde el final de la Segunda Guerra mundial, sosteniendo el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio que terminaría dando lugar a la creación de la OMC, que fue en paralelo a la promoción de acuerdos multilaterales, resultó clave para esta configuración. Este papel del Estado imperial dominante fue determinante para pavimentar el camino hacia una creciente internacionalización productiva, como subrayan Leo Panith y Sam Gindin en La construcción del capitalismo global, contra la noción de que fue la propia acción del capital por sí sola la que pudo producir este resultado.

Hoy esta potencia, con un poder aminorado respecto del que tenía en ese entonces, pero todavía superior al de los que se proponen disputarle el liderazgo global, tiene otra vez un liderazgo que, como en 2017-2020, se propone desmontar la arquitectura que fue moldeada durante décadas por ese país. Eso incluye desentenderse de la promoción generalizada del libre comercio a través de tratativas multilaterales, en beneficio de la búsqueda de mayores tajadas en tratativas bilaterales realizadas separadamente con cada país. La potencialidad que tiene esto para replantear las condiciones del sistema global en el que se desarrollaron las cadenas globales de valor no puede subestimarse.

Por eso, aunque durante el primer mandato de Trump su “América primero” tuvo claras dificultades para convertirse en un programa mínimamente coherente porque los sectores más globalizados de las corporaciones estadounidenses buscaron –y en buen parte lograron– limar las iniciativas de Trump que atentaban contra las arquitecturas de producción trasnacionalizadas, no podemos asegurar que estos límites para desplegar los rasgos de nacionalismo económico de su programa vayan funcionar tal como lo hicieron entonces. Esto no significa que Trump pueda concretar lo que dice que se propone, que es una profunda relocalización de capacidades productivas que las firmas estadounidenses llevaron al extranjero otra vez en suelo norteamericano. En muchos sectores, llevaría años o décadas volver a mudar esas instalaciones, y no hay aranceles suficientes para hacer que ese cambio resulte rentable para las empresas con los costos estadounidenses. Pero esta imposibilidad no puede llevarnos a descartar que, en estos tiempos de desorden mundial, la iniciativa trumpista vaya a tener mayor capacidad para desarticular los lazos de la trasnacionalización de los que tuvo en su mandato anterior.

Es un síntoma más de la profunda crisis de las bases en que se apoyó el sistema global durante las últimas décadas, sin que termine de delinearse con claridad aquello que podría reemplazarlo. En el marco de esta incertidumbre, lo seguro es que el nuevo intento de Trump por subvertir bases profundas de la gobernanza establecida por EE. UU. durante 80 años en pos de revitalizar el liderazgo imperial, vendrá acompañada de más caos sistémico.»

One Response to Trump, el otro, el mismo. (Economista incorporado: Esteban Mercatante)

  1. […] las industrias transnacionales volvieran a EE.UU. Ahora está tratando de nuevo, pero, como dijimos aquí, no sabemos como le […]

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