La devaluación más anunciada

diciembre 15, 2015

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Finalizó el 5° día de la Presidencia Macri -el 3° día hábil- y sigue pendiente la que será la medida clave del primer tramo, por lo menos, de su gestión. La que el núcleo duro de los sectores que lo apoyaron exige: una devaluación importante, no gradual, del peso argentino. Que es también ahora un paso necesario para lo que la ideología real y asumida de su gobierno -no la de la campaña electoral, por supuesto- requiere: la liberación del mercado de cambios. Es decir, el libre acceso por parte de las empresas a las divisas

No deben pensar que lo estoy apurando, por Dios! En posteos recientes, aquí y aquí, que continuaban y resumían largas discusiones sobre el tema cambiario en el blog, señalé que era una decisión peligrosa,  tanto para el gobierno como para los argentinos de a pie. Que la experiencia en nuestro país muestra que, salvo una situación de desempleo y pobreza extrema -no la de hoy, obvio- la devaluación se traslada de inmediato a todos los precios, y en unos meses a los salarios, creando la “necesidad” de una nueva devaluación en el corto plazo.

Es peligrosa, corre el riesgo de ser  inútil, pero también ya es inevitable. Y no sólo por política e ideología del gobierno Macri. Puedo estar de acuerdo, en teoría, con mis amigos ultra K (ultra keynesianos) que afirman que “toda devaluación es una decisión política”. Pero la relación entre el valor de la moneda de un país y las de aquellos que comercian con él está influida por demasiados factores muy reales para que el gobernante más voluntarioso pueda manejarla a su gusto por un plazo más o menos largo.

En este caso, hay dos elementos decisivos en lo inmediato -además de la restricción externa y la devaluación brasileña que empujan desde hace meses: el brutal salto inflacionario que ya se produjo en diciembre, provocado por los mismos anuncios de los economistas del macrismo, que hicieron que el dólar sea lo único “barato” que los argentinos hoy perciban.

Y los exportadores de granos, que no van a lanzar el grano almacenado y anuncian que tampoco sembrarán para una gran cosecha sino están seguros que el dólar va a estar cerca de los $ 15.-, el valor que en su imaginario ya consideran como “el piso”. Fueron los discursos de esos mismos economistas los que ayudaron a establecerlo así.

Hace unas horas, Guillermo Laborda anuncia en Ámbito la “devaluación más anticipada” ¿para el míércoles? En mi opinión, da demasiado peso al arreglo con el Rofex y el MAE (Mercado Abierto Electrónico) sobre las operaciones a dólar futuro.

Esa negociación puede ser reveladora sobre roles en el actual equipo económico (Sturzenegger como el policía malo y Prat Gay como el bueno), pero no ha sido, en mi opinión, un factor importante, más allá de la histeria de los que creyendo el discurso sobre la santidad de los contratos, se estremecían ante la posibilidad que las ventas de dólar a futuro de Vanoli no se pagaran.

Esa operación es un ejemplo de la irresponsabilidad de nuestra clase política: la falta de acuerdo entre un equipo que se iba y el que venía (de Macri o de Scioli). Pero no arriesgaba divisas. Esos contratos a futuro, si se decide, como se va a hacer, una devaluación importante, se pagarán con bonos. No es que el equipo actual sea renuente a endeudarse.

De todos modos, es consciente de los riesgos que corre y no ha permitido que la ideología lo arrastrara, como solicité en el blog. Ayer lunes 14 todavía los particulares (muchos) autorizados por la AFIP pudieron comprar dólares a $ 9,88, para tenencia. Es dudoso que Bein hubiera mantenido hasta ayer ese regalo. Pero el equipo de Scioli no habría estado tan presionado para otorgar una devaluación inmediata.

Como sea, el riesgo, repito, es otro salto inflacionario. Que cancelaría definitivamente la “luna de miel”, no con los que votaron la boleta del FpV, que no se la concedieron, sino con la gran mayoría de sus propios votantes. Y con algunos de sus aliados tácitos. Camioneros ya se declaró en “estado de alerta y movilización” por el bono de fin de año…

Hasta ahora, no hay señales claras de cómo piensan encarar el problema. Ha habido alusiones vagas a la norma K de “Precios Cuidados”, otras aún más vagas al concepto no K de “metas de inflación” (no ha tenido éxito en Brasil), alguna insinuación que la “deva” podría quedar para enero, donde se supone que una buena parte de sus votantes estarán, no en Punta del Este, pero sí en la costa bonaerense o el sur del Brasil… El que viva -pocos días más- lo verá.

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El dólar, en 2016

marzo 4, 2015

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Me siento obligado a interrumpir temas importantes y hasta geopolíticos, para introducir un tema pedestre, pero con consecuencias prácticas más importantes que los debates actuales: ¿Qué hacemos con el dólar? O, en términos más correctos, ¿qué hacemos con el tipo de cambio? Mi amigo Pablo Tonelli, peronista y tucumano por adopción, acerca otro de sus didácticos artículos, sobre las diferentes opciones. Y dice cuál prefiere.

EL TIPO DE CAMBIO EN 2016

Pablo Tonelli, economista

Este artículo no es un ejercicio de adivinación. Simplemente tomo un precio clave para la economía argentina como es la cotización del peso en relación al dólar estadounidense (la divisa global) y analizo su posible comportamiento bajo distintas concepciones de política económica. Y, por lo tanto, con diferentes actores sociales que se beneficien o perjudiquen.

Este tema, como muchos otros, es materia de disensos profundos entre los economistas en el ámbito internacional y ha generado siempre arduas y recurrentes polémicas locales.

Los economistas neoliberales que adscriben a la teoría económica convencional de matriz ortodoxa sostienen la existencia de “tipos de cambio de equilibrio” en los que se iguala la oferta y la demanda de divisas. Es cuestión, como siempre en este enfoque, que el mercado actuando libremente y sin intervenciones, fije el precio.

Los fundamentos de esta concepción se encuentran  en la llamada paridad del poder adquisitivo (ppa) y la denominada paridad descubierta de intereses (pdi).

La paridad del poder adquisitivo (que según este enfoque opera en el largo plazo) compara los precios en cada moneda de una canasta de bienes y su evolución medida por los indicadores que registran la inflación (índices de precios al consumidor) bajo el supuesto de que bienes idénticos deberían tener el mismo precio, o oscilar en torno al mismo precio en todos los países. (El precio del Big Mac que releva la publicación The Economist, por ejemplo).

El cociente entre precios del mismo bien expresado en diferentes monedas determina el tipo de cambio; y la mayor o menor inflación que hace crecer o decrecer dicha relación indica si un bien está “barato” o “caro” en relación con su precio teórico, la paridad del poder adquisitivo. Para los neoclásicos los tiempos de cambio tienden a esta paridad en el largo plazo (La realidad empírica no lo verifica).

Sin regulación y control del tipo de cambio por la autoridad monetaria el de la Argentina oscilaría entre la paridad del poder adquisitivo (ppa)  fijada por la alta productividad del sector agrícola exportador (agregados a la minería y los commodities industriales), de  la que resultaría un tipo de cambio revaluado en relación al dólar, y la tendencia inversa y permanente a la devaluación, dada la baja productividad relativa del grueso de la industria en términos internacionales y la insuficiencia crónica de divisas del sector para desarrollarse. Las dos puntas de una estructura productiva desequilibrada. Esto tomando en cuenta las transacciones en bienes y servicios sin considerar los movimientos de capitales ni la secular tendencia local a dolarizar el excedente económico.

Si incorporamos a estos últimos,  nuevamente, en un contexto sin regulación estatal del tipo de cambio,  aparece, siguiendo el análisis ortodoxo,  la llamada paridad de intereses en la determinación de éste. Se basa ese análisis en considerar que el movimiento internacional libre de capitales “arbitra” entre las tasas de interés vigentes en el mundo, buscando colocarse y obtener un rendimiento mayor allí donde un país o región paga una mayor tasa de interés por sus colocaciones. El tipo de cambio se mueve en dirección opuesta a la tasa de interés. Cuando un enorme flujo de capitales ingresa a un país emergente, por ejemplo, los intereses tienden a bajar, y a subir si los capitales egresan. Esto se está verificando en la actualidad con la apreciación del dólar y la depreciación del resto de las monedas, en el centro y la periferia.

La no regulación del mercado cambiario deja a una economía relativamente pequeña y dependiente como la Argentina expuesta a las consecuencias de que las únicas actividades productivas  rentables en términos internacionales y asentadas en su territorio sean las actividades agro exportadoras, la minería  y algunos insumos industriales de uso difundido.  Ciertamente un tipo de cambio único y libre, incluye también la eliminación de las retenciones agropecuarias y un retorno de la Argentina al mercado internacional de capitales. En el corto plazo se incrementaría  el volumen de las exportaciones tradicionales y los capitales de corto plazo y sectores de IED (inversión extranjera directa) básicamente en recursos naturales y nichos como la telefonía, los que financiarán la restricción externa ampliando la capacidad de importación

Si este enfoque de política económica se impusiera en 2016,  las actividades de servicios no transables internacionalmente podrían expandirse adicionalmente, como bajo la Convertibilidad, ya que un primer efecto posible sería la afluencia de capitales internacionales, como ya he afirmado. En ausencia de retenciones se mejora el tipo de cambio efectivo del sector agro exportador y el flujo de capitales externo profundizará esa tendencia. Un tipo de cambio único y libre tiene como supuesto el retorno del pensamiento ortodoxo de las ventajas comparativas de la Argentina, asociadas a la producción agro exportadora que se expresan en la fórmula “no necesitamos una industria cara e ineficiente, concentrémonos en la producción primaria y su eventual industrialización“.

En el largo plazo, de forma inevitable, este esquema económico implica el regreso a los ciclos de endeudamiento y de crisis de balanza de pagos, destrucción de la industria y caída del empleo y el salario. La restricción externa se iría “superando” a medida que la industria no pueda adaptarse a las nuevas condiciones competitivas y se contraiga o desaparezca, entonces demande mucho menos  (Para decir delicadamente algo monstruoso) El “péndulo argentino”, según la expresión de  Marcelo Diamant, habría girado ciento ochenta grados.

Un gobierno que deseara liberar el tipo de cambio a inicios de 2016 produciría como primer efecto una devaluación equivalente a la diferencia entre el dólar oficial de ese momento y el precio del dólar paralelo. En valores de hoy sería del 50 %. Si pensamos las dificultades para el manejo de los precios que existieron en 2014 con una devaluación del 22 %, esta política necesita un enorme ajuste fiscal y monetario y un fuerte endeudamiento externo de inicio para estabilizar el tipo de cambio en un nivel inferior al del primer efecto, pero con precios en alza, salarios en baja y fuerte conflictividad social. No lo veo posible de este modo.

La manera en que esa política económica puede sustentarse es comenzar por un fuerte endeudamiento externo previo a la devaluación, con el objeto de que el BCRA venda luego a los inversores privados que demanden dólares esas divisas y estabilice el tipo de cambio, Es lo que los analistas de los bancos extranjeros consideran al afirmar “la decisión de liberar y unificar el mercado cambiario al inicio de la gestión del próximo Gobierno, reduciría el nivel del dólar en términos reales si se concreta en un escenario de mayor ingreso de capitales al sistema”. Un tipo de cambio basado en la productividad del sector agropecuario y en el flujo de capitales externos es un tipo de cambio revaluado en términos reales en 2016.

En las antípodas de la posición neoliberal que sostiene la existencia de un único tipo de cambio de equilibrio, éste está sujeto a determinaciones de carácter estructural. Los países de la periferia en promedio poseen una economía atrasada, es decir menos productiva, que la de los países desarrollados. (Independientemente del hecho de poseer ramas competitivas como la agricultura de exportación, minería). Centralmente la productividad industrial es menor, afectada por el uso de tecnologías y equipos obsoletos, de la deficiente organización del trabajo, de la logística y dificultades de acceso a los insumos básicos, de escala, etc. Sus productos son más caros que los que producen la industria a nivel internacional. El tipo de cambio compensa el precio de venta  de esa asimetría, que es como es estructural, tiende a la devaluación permanente de la moneda local.

Entonces un tipo de cambio alto y competitivo, regulado por el Estado, ¿es la alternativa? En mi opinión, no.

La pregunta a responder es cómo puede revertirse  la necesidad de un tipo de cambio diferenciado que proteja a la industria y con ésta al empleo. En esto hay que ser precisos y cuidadosos porque el tema es complejo. Como afirman Fabián Amico y Alejandro Fiorito “Ciertamente, el TCR (tipo de cambio real) puede tener un rol – junto con otras políticas específicas – en la mejora de la sustentabilidad externa del crecimiento de largo plazo, en la medida en que contribuya a la diversificación de nuestras exportaciones y facilite la sustitución de importaciones.” En ausencia de tales políticas, un tipo de cambio real alto sólo mejora la rentabilidad del sector exportador tradicional colocándose por encima del valor en que estas exportaciones ya son rentables y protege a una industria que carente de escala y atrasada tecnológicamente basa su rentabilidad en la rebaja del costo salarial en dólares de los trabajadores.

Como consecuencia de la última devaluación de 2014 y del tipo de cambio a definir en el futuro, esta discusión se torna pertinente. Se trata de tener un tipo de cambio que sea consistente con un incremento de largo plazo de la productividad industrial, el que se logra profundizando inversiones por obrero ocupado, aplicando desarrollos tecnológicos de base nacional, profundizando la estrategia de sustitución de importaciones trunca a mediados de los setenta y débilmente retomada en la década actual, y logrando exportaciones industriales de complejidad tecnológica sin la cual la industria no tiene futuro.

La alternativa real a una completa liberalización cambiaria es una estrategia de desarrollo industrial viable y definida que avance sobre tipos de cambio múltiples (no dejando de lado las retenciones y utilizando activamente reintegros) partiendo de un nivel depreciado (devaluado) del tipo ce cambio, en relación con el actual. Un ejercicio complejo de política económica, pero de nada vale en términos de producto y distribución devaluar sin estrategia ni dejar al mercado, sin regulación, la asignación de los recursos.


Volvemos a la normalidad. Hablamos de la inflación

julio 14, 2014

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Mi único aporte original a las ciencias económicas, en su versión argenta, está siendo devaluado. Dije que se podía distinguir en forma infalible a un economista “ortodoxo”, local, porque prefería no mencionar la palabra “recesión”. Y a uno “nac&pop” porque lo ponía incómodo hablar de “inflación”. Cuando tenían que enfrentarse a su respectivo concepto maldito, no recurrían al análisis económico sino a denunciar la Culpa de los Otros: políticos demagógicos en un caso, empresarios malvados en el otro.

Bueno, parece que ya no es tan así. Hoy Página 12, sin abandonar su ortodoxia oficialista, faltaba más, se pregunta Qué camino seguirá la inflación. Y dos economistas – a los que puede clasificarse con justicia como “nacionales y populares” en su inclinación política, dan respuestas inteligentes. Las comparto con ustedes, por lo que aportan para comprender la situación actual, y porque – apareciendo donde aparecen, indican que el Gobierno está dispuesto a asumir, y a discutir el problema con realismo.

Marina Dal Poggetto:

“No importa la estadística que se utilice para medir la trayectoria de la inflación de los últimos meses, todas muestran una dinámica similar, un salto significativo en los primeros tres meses del año –concentrado fundamentalmente en febrero cuando se reflejó a pleno la devaluación brusca de fines de enero– y una desaceleración bastante significativa en los meses siguientes, fundamentalmente en junio cuando además coincidió una baja estacionalidad del índice de precios, con un acotado impacto de las subas discretas que mes a mes se vienen reflejando en distintos sectores de servicios con más y/o menos regulación.

Según nuestra interpretación, esta desaceleración en la tasa de inflación es la resultante directa de tres factores:

–Un valor del dólar que después del salto de diciembre-enero empezó a funcionar nuevamente como ancla de los precios.

–Una caída en el nivel de actividad producto del impacto de la devaluación sobre los salarios reales y del apretón monetario de febrero (requerido para estabilizar la demanda de pesos y limitar el impacto sobre las reservas y la brecha cambiaria), que no convalida el traslado a precios de la suba en los costos.

–Y fundamentalmente la novedad para el “modelo” de utilizar el ancla salarial, con una paritaria que si bien registró un salto nominal en relación con la de un año atrás (29 por ciento promedio en 2014 vs. 24 por ciento en 2013), se ubicó bien por debajo del aumento del dólar (55 por ciento i.a.) y de las tarifas de servicios públicos (100 por ciento colectivos, 80 por ciento subtes, 100 por ciento en el primer tramo de los aumentos de gas y agua), generando una mejora en la foto del tipo de cambio real y una caída en la capacidad de compra de los salarios.

… Si se logra concretar esta agenda al crédito y se acota por esta vía el deterioro del Balance del BCRA, la inflación puede bajar un escalón el próximo año, en línea con la dinámica observada en los últimos meses.

Aunque evidentemente, el abuso del ancla cambiaria y tarifaria como mecanismos para manejar la inflación, si bien tienen resultados evidentes de corto plazo, muy exitosos en el plano de la política como ocurrió en 2010 y 2011 cuando convalidaron subas del salario en dólares del 50 por ciento, nunca resultaron como una estrategia efectiva para crear una demanda genuina de moneda local. Asignatura pendiente de la política económica si se pretende generar los mecanismos para que el ahorro interno se traduzca en inversión y no se destine a financiar al resto del mundo“.  (completo aquí)

Eduardo Crespo

“Las últimas publicaciones del nuevo índice de precios del Indec, así como la mayoría de las estimaciones privadas, indican que la inflación está comenzando a ceder. Algunos analistas apuntan que la reducción del nivel de actividad económica, al contraer los niveles de demanda, sería la principal causante de esta desaceleración. Por su parte, desde ámbitos allegados al Gobierno se pondera que la estrategia gubernamental centrada en el programa Precios Cuidados estaría dando sus frutos.

Antes de sacar conclusiones es conveniente revisar los fundamentos de cada posición. En la Argentina se pueden identificar tres diagnósticos sobre la cuestión inflacionaria. El primero y mayoritario la visualiza como el resultado de un exceso de demanda. El principal (si no único) causante de la inflación es el Gobierno. Un abultado gasto público, sustentado por la siempre denostada “emisión”, colocaría una presión excesiva sobre los precios de bienes escasos. El diagnóstico es simple y popular: muchos billetes con relación a la cantidad disponible de bienes.

La segunda interpretación presenta a la inflación como el reverso de aquella lectura: ésta no sería una consecuencia de la política gubernamental sino el resultado de los “abusos” del sector privado. Empresarios inescrupulosos, en lugar de invertir y aumentar la oferta cuando la demanda crece, abusan de sus posiciones “monopólicas” para subir precios.

Aunque estas visiones parezcan opuestas, comparten ciertos rasgos comunes. La inflación sería consecuencia de un exceso de demanda. Para unos la oferta es fija porque la economía habría llegado a su “máximo potencial”, para otros porque los empresarios serían “renuentes a invertir”. Ambas lecturas comparten la premisa de que la inflación es consecuencia de la idiosincrasia argentina. O sufrimos inflación porque el gobierno “populista” pretende imponer la felicidad imprimiendo billetes, o porque nuestra “burguesía” en lugar de invertir y producir –como se presume que ocurre en otras latitudes– se contenta con aumentar sus ganancias subiendo precios. Ambas interpretaciones también coinciden en sus dificultades para explicar evidencias muy sencillas: ¿por qué la inflación sigue siendo elevada cuando la demanda agregada crece poco o se reduce como ocurre en la actualidad?

Pero existe una tercera interpretación, que escapa de este maniqueísmo de contrastes aparentes. Para ésta, la dinámica inflacionaria es el resultado de la puja distributiva y de todos aquellos elementos que la impulsan o sostienen en el tiempo. A una suba inicial de precios, que reduce salarios reales, normalmente le sigue una recomposición de los salarios nominales que vuelve a impactar sobre los precios a través de los costos, en una espiral que no se detiene fácilmente. La inversa también es cierta: a una suba de los salarios nominales le sigue una recomposición de los precios, y así sucesivamente. En este marco, varios elementos suelen alimentar la dinámica. Eventuales shocks de costos, como una suba de precios internacionales o la devaluación del tipo de cambio, pueden acentuar el conflicto distributivo.  (completo aquí)


Los blues del dólar

mayo 27, 2014

El amigo Pablo Tonelli, de cuando en cuando, toma en sus artículos una posición sobre las políticas económicas de ahora y aquí. Que nos recuerda que la economía la llamaban “la ciencia triste”. Yo me digo lo de Serrat “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Siempre es didáctico, eso sí. Aporta información sobre los datos de la economía, los planteos de diversos autores, y, en este caso, sobre la naturaleza del blues. Que hoy en Argentina sería una partitura ejecutada por el compañero Juan Carlos Fábrega, y una cantidad de operadores. Mientras lo leen, para compensar, les invito a escuchar la performance de B. B. King y John Mayer, en el video de arriba.

BLUES DEL DÓLAR, INSUFICIENCIA DE DIVISAS Y MALESTAR DEL CRECIMIENTO

Pablo Tonelli, economista

El blues (cuyo significado es melancolía o tristeza) es un género musical vocal e instrumental, muy popular, originado en los EEUU, basado en la utilización de un patrón repetitivo, que suele seguir una estructura de compases definidos.

El dólar blue, como se llama entre nosotros al dólar del mercado paralelo, también tiene un patrón repetitivo y una estructura definida. Aparece cuando existen restricciones cuantitativas a la compra-venta de divisas y la tasa de interés en pesos es inferior a la devaluación esperada (el patrón), en un marco estructural dado (insuficiencia de divisas, restricción externa) y su ritmo acompasado se mide por el ritmo en que se conduce la brecha entre el marginal y el dólar oficial.

El dólar blue se ha despertado de su letargo de marzo, abril y primera quincena de mayo y ha tenido fuertes oscilaciones, una fuerte alza y una posterior baja ¿Por qué?

Veamos todos los elementos en juego, el estructural y la coyuntura.

El problema estructural de la restricción externa   se traduce como la  carencia de divisas para sostener el proceso de desarrollo, dado que la economía no genera vía exportaciones las divisas que necesita para importar y sostener el despliegue industrial local.

En los años de la primera etapa de la sustitución de importaciones, allá por los cincuenta y los sesenta, dicha crisis se conoció como el fenómeno de “stop and go”. En líneas generales implicaba que las divisas, generadas centralmente (en un principio exclusivamente) por las exportaciones del sector primario exportador resultaban insuficientes para sostener el desarrollo industrial. Lo que se traducía en una fuerte devaluación, con sus conocidas consecuencias sobre el mercado interno y los salarios, que provocaban un “ajuste” de la actividad económica (el stop) para luego, (y obviamente con fuertes consecuencias) relanzar el proceso productivo (el go). Y así  cíclicamente seguir.

En los años setenta y con un impulso sustitutivo de importaciones de nuevo signo esa dinámica, como afirma Alfredo Zaiat,”se hizo más compleja al incorporar el flujo de capitales internacionales”. Eso quiere decir que los desequilibrios comenzaron a financiarse con deuda externa, lo que ocasionó la crisis de la deuda de los años 80 y sus numerosas refinanciaciones con un crecimiento prácticamente nulo (stop de una década). En los noventa la extranjerización de la economía y el crecimiento (el go) se financiaron con endeudamiento externo hasta el colapso de la Balanza de Pagos que marcó el fin de la Convertibilidad (gran stop).

La extraordinaria expansión de la economía argentina de 2003-2011 hizo pensar que la restricción externa, como en el tango, era “un fantasma del viejo pasado”. Hasta que a fines de ese año (2011) la cuenta corriente de nuestra Balanza de Pagos quedó prácticamente en cero. A partir de allí la política económica implementada fue restringir cuantitativamente el uso de divisas, lo que se conoció como el cepo, que de coyuntural se transformó en permanente.   Simultáneamente no se implementó una política industrial centrada en una estrategia global de promoción de sectores específicos, con generación de valor agregado local, claro diseño de inversiones e incremento de la productividad. Los encadenamientos productivos locales, fuertemente desarticulados, demandaron cada vez más divisas para insumos y bienes intermedios y de capital afectando al sector externo, que se complicaba adicionalmente por las importaciones de energía y el turismo incorporando tensiones cada vez mayores que desembocaron en la devaluación de enero de este año.

La restricción externa es  el único límite absoluto al crecimiento en la Argentina. El único modo de salir de ella es incorporando las divisas que no se obtienen estructuralmente del comercio internacional. Es decir apelar al endeudamiento externo con este horizonte. Aquí entran en juego el acuerdo con el Club de París, las posibilidades de incrementar las reservas por medio del BCRA y su relación con otros bancos centrales (Banco de Francia, Basilea) u operaciones de endeudamiento con la banca privada vía caución de títulos públicos en poder del Estado. La colocación de deuda en mercados internacionales afronta el problema irresuelto de los fondos buitres y el litigio en la Corte de EEUU, de final aún abierto e incierto.

No resulta para nada claro que cualquiera de estas estrategias en curso permita contar en el corto plazo con un flujo adicional de dólares que incremente sustantivamente las Reservas, condición necesaria para sostener el crecimiento. Por eso la política económica actual está dominada por los resultados de la administración de la coyuntura.

El instrumento más poderoso y eficaz para actuar en la coyuntura es la tasa de interés. Es un hecho contundente que el nivel fijado por el BCRA a la misma contribuyó a aquietar las aguas post-devaluación y a permitir que al sostener el nivel alcanzado por el tipo de cambio la estrategia de precios cuidados comenzará a  mostrar resultados positivos en la reducción del nivel de la inflación, sin que la misma se espiralizara.

Esta decisión se flexibilizó en mayo y por dos veces consecutivas la autoridad monetaria bajó la tasa de interés en sus licitaciones de letras y notas. La respuesta inmediata fue el vuelco de las colocaciones en pesos a diferentes opciones dolarizadas, lo que provocó el salto del dólar blue y las modalidades legales de adquisición de divisas mediante la compra venta de títulos públicos, el contado con “liqui” y el mismo procedimiento en la Bolsa local, llamado dólar MEP. Esto es así porque los operadores económicos visualizaron que la tasa de interés en pesos era menor que la tasa de devaluación esperada, lo que surgía de comparar el valor del dólar a fin de diciembre en el ROFEX (mercado de futuros con sede en Rosario) con el dólar contado, calculando su tasa implícita.

Como sostiene acertadamente el economista Matías de Lucchi es un grave error conceptual suponer que en una economía dolarizada, atrasada y dependiente se puede sostener un diferencial de tasa de interés en moneda local por debajo de la tasa de interés internacional, la devaluación esperada y la prima de riesgo país sumadas. Digamos sencillamente, si estas suman un 28 % anual hoy,  la tasa de interés debe estar en el 30 % nominal anual.

Es posible actuar segmentando la tasa de interés para favorecer la inversión, a las pymes o a segmentos de consumo popular, por caso, para eso el mercado financiero argentino está en aproximadamente un 50 % en manos de bancos ligados al sector público o pueden reducirse puntualmente los encajes (bajando el costo) de la banca privada con el mismo fin, pero todo ello sin afectar a la tasa de referencia.

Vuelvo a citar un texto del economista Fabián Amico “El costo eventual en términos distributivos de las subas de la tasa de interés no puede evaluarse de manera realista sin considerar los costos involucrados en las políticas alterativas. Si la política económica persistiera en sostener un diferencial de intereses negativo, entonces la tendencia a la devaluación más rápida de la moneda terminaría afectando tanto la distribución como el crecimiento”.

Si el diferencial de la tasa de interés es negativo, el dólar informal sube porque los saldos líquidos se dolarizan y los precios comienzan a inquietarse porque los márgenes de las empresas siguen la marcha del dólar paralelo. El peor de los mundos.

El ANSES ha vendido títulos en el mercado de la Bolsa local para bajar una cotización implícita que se aproximó a los 11,50 en ese mercado (dólar MEP) y llevó al blue a superar la barrera de los 12 pesos. Consiguió desinflar la suba. No es una estrategia sustentable, en primer lugar porque se deshace de títulos públicos dolarizados cuyo pago futuro el Estado deberá afrontar en divisas y en segundo lugar porque su efecto es de corto plazo. Es la tasa de interés la que permite controlar y moderar las expectativas devaluatorias del tipo de cambio, la bala de plata de la coyuntura. Negarlo es  un enorme riesgo.


La década, el dólar

marzo 30, 2014

guiño

La tapa de hoy de Página 12, con la simpática imagen de Washington guiñándonos un ojo, y su noticia principal: que el Gobierno acordó con Goldman Sachs un crédito por mil millones, me hace un poco de ruido. Está bien, el interés de 6,5 % es razonable (prácticamente el mismo que The Economist nos contó aquí que consiguieron los mozambiqueños) y el monto no es demasiado importante. No condiciona a la economía argentina. Pero es un paso significativo en un camino lleno de riesgos, y me fastidia que los aplaudidores oficiales muestren tanto entusiasmo.

Por eso, cuando los economistas nac&pop – entre ellos amigos apreciados – se sienten obligados a insistir en el mismo libreto – como si la realidad no hubiese obligado ya a cambios importantes – y los economistas ortodoxos se limitan a repetir su libreto – como si la realidad no hubiese mostrado los desastres que produce – quiero reproducir una parte, breve, de este reportaje a Eduardo Curia, en La Política Online. Habla, justamente, de lo que cambió hace más de cinco años atrás, en un lenguaje bastante comprensible. Además, me da pie para uno de mis comentarios, cómo no.

Les aclaro, para los que no lo conocen, que Curia, además de su reciente “El quiebre del modelo macroeconómico del desarrollo 2003-07 y la incertidumbre hacia el futuro” (Editorial Dunken), hace 20 años que sostiene la necesidad de un tipo de cambio alto y competitivo como el factor clave de una economía enfocada al desarrollo. (Es cierto que ese no fue su planteo fundamental en 1989/90, pero en ese tiempo todos los argentinos estábamos obsesionados por la hiperinflación. Con buen motivo).

¿Cuál es el planteo que desarrolla en su último libro?

El objetivo básico es romper la idea dominante de que la famosa década larga, o es una década totalmente ganada y homogénea en cuanto tal, o perdida, o desperdiciada en tanto tal. Y después los que dicen que la crisis actual es producto de la década perdida, mientras que los que defienden una “década ganada” no tienen una explicación demasiado evidente o clara de por qué la situación actual.

Mi tesis sería que no hay tal homogeneidad en la década. Hay algunos trazos obviamente en común, porque la administración Kirchner-Kirchner fija la referencia, con un discurso que puede ser también constante. Pero lo cierto es que en la médula económica partiendo de la macro, ha habido una discontinuidad estratégica tajante.

¿Quiere decir que hay un punto de ruptura?

Exacto. La primera es la matriz 2003-2007 vinculada íntegramente a la megadevaluación del 2002. Y después lo que yo llamo el período 2010-2013. A su vez, la crisis posterior, lo que viene a fines de 2013 a hoy, es subproducto del esquema 2010-2013. Este fenómeno írrito es subproducto de ese esquema económico que tenía una matriz que casi era la inversa del 2003-2007, si uno compara cada una de las variables entre los dos modelos.

¿En el medio hay dos años de transición?

2008-2009 fueron años peculiares. 2008 desde ya lo que yo señalaba que el propio modelo que yo llamo competitivo productivo que fue muy exitoso, de los mejores quinquenios en la historia argentina, si no se hacía cierta adecuación o “service”. 2008 desde ya que no se hace el service, está el conflicto con el ruralismo, un hecho tocante. Después está el arranque, está el vórtice de la crisis mundial que se transmite al 2009. Esos dos años, por sus peculiaridades, no son tan entitativos para el análisis, aunque no digo que no son importantes. No son tan relevantes para este cotejo de posturas.

Porque además es un cotejo de posturas entre heterodoxos. En mi último capítulo critico a otras teorías de carácter heterodoxo. Yo soy neodesarrollista, como Frenkel o Ferrer. Después llegaron otras corrientes heterodoxas que dieron cierto respaldo teórico al modelo 2010-2013, recomendando políticas muy negativas que llevan a este no va más.

(Ahora) hay una especie de orientación o giro pragmático de Kicillof. Hoy está conduciendo un esquema llamemosle devaluatorio, con sus más y con sus menos, tasas de interés altas, viendo que el salario no se exceda… Si bien no se termina de encuadrar, esto es un esquema bien contrapuesto de lo que él recomendaba incluso con los otros asesores que rodean a la presidenta en el 2011, que son las que le hacen perder el tren al gobierno.

Porque ese era el momento de la devaluación. Cristina había logrado un triunfo importante y tenia poder político como para comprometerse en el asunto, convocar sectores, encarar una devaluación de cierta entidad y un programa antiinflacionario. Pero las recomendaciones que prevalecieron fueron otras, y de ahí viene el tema del cepo cambiario que todos conocemos.

¿La crisis de ahora es consecuencia del cepo?

Es consecuencia de que ese esquema macro en el que el tipo de cambio es ancla y por ende hay atraso real, prociclicidad fiscal, expansión fiscal en el ciclo alto, puja de ingresos sin mayor encuadre, inflación efectiva alta, y política monetaria totalmente dependiente de lo fiscal.

Ese esquema, que es contrapuesto a todas las ideas del modelo competitivo productivo del 2003-2007 es el que lleva a la restricción externa. Eso se patentiza en la parte final del 2011. Después llega la eclosión, donde hay otros factores que se juntan, por ejemplo la salida de capitales de la última parte de 2011 es en gran parte porque perciben el problema que se estaba planteando, de atraso cambiario y pérdida sistemática de reservas. Después para el resto es sólo cuestión de no quedarse atrás.

Cuando la decisión que se toma es ratificar el atraso cambiario, no queda otra que ir al cepo, si uno no tiene dólares que le presten. Que para mí es un esquema harto disfuncional en su sentido global: no resolvió la falta de dólares ni por asomo sino que al revés, lo que queda demostrado es que el drenaje de reservas persistió.

Pero con el cepo en el 2012 las reservas cayeron menos.

Sí, pero hay que recordar que el último año en que se suman reservas es el 2010, cuando suben un 9% y las reservas llegan a U$S52 mil millones. De ahí en adelante, hay pérdida de reservas.

Se puso límites a la demanda, pero el goteo siguió. El continuum llega a su punto de saturación a finales de 2013 cuando el esquema dice “no va más”. Como no va más, a mi entender se termina haciendo lo inverso de lo que era la prédica. La prédica decía “no devaluaremos”. Bueno, también ya se venía devaluando. Cuando con Fábrega y Kicillof se da un cierto salto cualitativo es porque la cosa no va más.

Primero fueron a un esquema de cerrar canales de demanda de dólares lo más posible. Ahora tienen que ir a un planteo en donde se busque la oferta de dólares. ¿Quienes ofertan? Los exportadores, y si entran capitales … Acá está el Dios dirá. El hecho mismo, el valor enormemente simbólico que tiene el proceso devaluatorio en curso es que retrasa o dilata el obituario del esquema anterior. Porque hay retraso cambiario, hay restricción externa, es decir no alcanzan los dólares para el funcionamiento de la economía, y se pierden reservas sistemáticamente.

… A Kicillof no lo critico porque haya devaluado. Al contrario. Podré disentir en proporciones, en fórmula de gestión, pero lo felicito por la decisión en sí. Lo que no lo felicito es cuando él jugó antes con otros y creó la madre del borrego porque él justamente es uno de los ideólogos del esquema del 2010 en adelante. Es uno de los responsables que en el 2011 le hace perder el tren a la presidenta, cuando le dice “no devaluemos”.

El reportaje está completo aquí, y es mucho más largo. A los que se interesan en economía ¿quién no?, y están dispuestos a leer un rato, les recomiendo que lo hagan. Mejor, consigan el libro. Plantea, además de críticas, una estrategia de desarrollo para Argentina. Pero… tengo una objeción muy básica que hacer al esquema de Curia: En mi opinión, la modificación del tipo de cambio, la devaluación o la revaluación, depende de una determinada política económica… en el corto plazo. En el largo, y eso significa hoy más de algunos meses, depende de la estructura de costos del país en cuestión.

Si en el período 2003-2007 tuvimos un tipo de cambio muy alto con baja inflación, no es por las políticas geniales de Kirchner y Lavagna – aunque hay que reconocer que manejaron muy bien la situación – sino porque veníamos de la Gran Devaluación del 2002, y de la Mega Recesión que comenzó, lentamente, en 1996 y culmina trágicamente a fines de 2001. No es, está claro, la situación de hoy.


El insoportable peso de la ausencia de políticas industriales

marzo 7, 2014

GiorgiEsta es una reflexión mía a partir del artículo que subí de Pablo Tonelli, y del intercambio en la columna de comentarios, en particular con Juan Manuel Telechea. Pero podría haber sido escrita por cualquiera, en cualquier momento de los últimos años. Porque no es un análisis teórico de las políticas económicas que se han aplicado: es la comprobación que han encontrado su límite y ya no producirán más resultados que los que hemos logrado.

Al punto: Hay una observación básica en la que están de acuerdo todos los que han estudiado la economía argentina, esto es, su realidad productiva: Tiene una estructura desequilibrada. La bautizó así el Ing. Marcelo Diamand, un “desarrollista” que la analizó en la década del ´60, y la puso en el centro de su teoría. Pero casi todos los economistas, de muy distintas escuelas, estarían de acuerdo en su descripción “Existen un sector primario exportador cuya productividad se alinea con la internacional, y un sector industrial heterogéneo, que en conjunto posee una productividad menor”.

Diamand y sus discípulos – la mayoría de los que hoy se consideran economistas heterodoxos – sostenían, sostienen, que esos dos tipos de actividades productivas necesitan tipos de cambio diferentes. Es decir, las exportaciones agrarias deberían manejarse con un dólar – cualquier moneda extranjera, en realidad – más barato, porque aún así son competitivas en los mercados internacionales, y los alimentos que consumimos los argentinos – que son todos esos productos menos la soja – no sufrirían el impacto de los mejores precios externos.

Mientras que la industria argentina necesita, hasta que se modernice y pueda competir en el mundo, de un dólar (= divisas extranjeras) más caro, para que los productos importados no la desalojen del mercado interno, y los sueldos de sus obreros no sean demasiado altos en dólares comparados con los de su competencia extranjera.

Los economistas ortodoxos, en general, y los organismos internacionales que les dan cabida, se horrorizan ante la idea de tipos de cambio diferenciales, y lanzan su condena más enérgica “Es una teoría fuera de moda (outmoded)!“.

Sucede que en Argentina la estamos poniendo en práctica desde hace doce años. Porque cuando Duhalde impone las retenciones – entonces con un  tope del 10 % – a las exportaciones tradicionales en 2002 (si mal no recuerdo, la idea partió de la Mesa del Diálogo Argentino ¿ya andaría el arzobispo Bergoglio con sus ortodoxias teológicas y heterodoxias económicas?) lo que estaba creando era el equivalente de tipos de cambio diferenciales. Las tres gestiones Kirchner las han ido aumentado hasta un 35 % aproximadamente, pero no han cambiado su naturaleza.

Y después de todo este tiempo, podemos evaluar los resultados. Hay distintas evaluaciones según quienes las hacen, claro. Los voceros de los intereses agrarios, alguno de los cuales comenta en el blog de Abel, afirman, aproximadamente “Las retenciones sólo le dieron algo más de caja al gobierno central. No tuvieron, no tienen, consecuencias positivas ni negativas para la industria. Pero ahora la perjudican por la falta de divisas, pues trabaron la máquina de generarlas“. Los más enardecidos, llegan a decir que con ellas el gobierno destruye la prosperidad del “campo”, que sería la base auténtica de la prosperidad general.

Tengo que decir que me parece una argumentación absurda. La explotación rural alcanzada por las retenciones sigue gozando de una alta rentabilidad, como se demuestra por un dato objetivo indiscutible: el valor de la buena tierra agraria (en dólares) ha aumentado consistentemente en esta década (es uno de los puntos más sólidos del discurso presidencial del 1° de marzo). Y la “caja” del Estado nacional, la recaudación a la que contribuyen directa e indirectamente las retenciones,  es la que ha permitido, a lo largo de estos años, subsidiar a la industria, entre otras actividades, mantener alto el consumo y conservar una razonable paz social. Que era uno de los objetivos originales de esa Mesa del Diálogo.

Por supuesto, sus críticos afirman que ese flujo de fondo – originados en que los precios de nuestras exportaciones están en los máximos históricos de los últimos 80 años – podrían, deberían haber sido utilizados mucho mejor. Es muy cierto… en teoría. Impresionaría más en la práctica si esos críticos pudieran demostrar que algún otro gobierno, durante ese tiempo, ha utilizado mejor los fondos, muchos o pocos, con que contaba.

De todos modos, ese no es el punto de esta reflexión. Lo que me parece inescapable es el hecho que la propuesta de Diamand no se ha mostrado suficiente, en la práctica de estos doce años, para contribuir a solucionar el desequilibrio de la estructura productiva. La industria argentina – con la excepción de la alimenticia – se ha mostrado incapaz de conseguir las divisas que necesita para importar sus propios insumos. Aún sin tomar en cuenta el déficit energético, pues la energía es también un insumo industrial.

Creo entonces que el defecto es que la distinción entre actividades primarias e industriales es demasiado elemental y… vaga para que sirva para determinar políticas eficaces. Cabe señalar que la explotación agraria también requiere un desarrollo tecnológico e inversión capitalista, como cualquier otra industria, aunque las condiciones naturales – la fertilidad de nuestras tierras y el clima – juegan un papel fundamental. Después de todo, las praderas argentinas son lo que son desde la última Edad Glacial, pero durante la colonia, las ciudades y minas del Perú y el Alto Perú se abastecían de trigo desde Chile. Buenos Aires producía cueros, casi exclusivamente. Fue necesario el alambrado, el molino y las cruzas para que exportáramos carne y trigo, la soja de ese tiempo.

Entonces, no nos dejemos hipnotizar por el concepto de la “renta diferencial de la tierra”. Desarrollado por David Ricardo, dicho sea de paso, economista ortodoxo si los hubo (Se podría decir que él inventó la ortodoxia económica). La tierra es un bien de renta, y como tal debe ser gravado. Pero la competitividad del agro argentino no depende exclusivamente de ella, sino de la incorporación de tecnología.

Y por el mismo criterio, la competitividad de la industria “urbana”, para llamarla de algún modo, no es el resultado de un tipo de cambio favorable – aunque la ayude. Si el valor del dólar es el mismo para Siderar, Biosidus y los talleres clandestinos de Villa Soldati, es obvio que es una herramienta demasiado elemental para que cumpla sus fines.

En concreto: necesitamos políticas industriales, en plural. Hoy tenemos, en realidad, una sola política industrial, simbolizada en el rostro sonriente de Débora Giorgi, que adorna este posteo. Y es una política industrial para las terminales automotrices.

No me interesa demonizarla, aunque se haya ganado el fastidio de muchos, muchos industrialistas. La automotriz ha sido una industria protegida en Argentina desde los tiempos de Frondizi, 55 años atrás. Eso no se interrumpió ni siquiera durante la gestión Cavallo. Y en la de Cristina Kirchner, es el sector industrial con mejor llegada a la Presidente.

Hay buenas razones para ello: proporciona empleo bien pago, incorpora tecnología – aunque tuvo que venir Menem para obligarla a actualizarse – y sostiene una red de industrias pequeñas y medianas en el rubro de autopartes. Pero… importa más de lo que exporta, provocando una buena parte del déficit en la balanza industrial. Es necesario renegociar con ellos, y con los brasileños.

El tema es que cada rubro industrial importante – incluso las manufacturas de origen agropecuario – necesita un apoyo inteligente del Estado. Y que a cambio de ese apoyo, se le planteen las exigencias que el interés argentino determine. No es admisible que este miércoles se haya anunciado, en un diario oficialista, junto a declaraciones favorables de la ministra Giorgi, que una empresa como Samsung, asociada a las empresas Digital Fueguina y Electro Fueguina, en el polo tecnológico de Tierra del Fuego “promoverá la fabricación local de componentes para celulares como cajas, manuales, cargadores y etiquetas“!. Seguramente el cartón, el pegamento y el contenido de los manuales serán importados.

Es posible defender la promoción industrial fueguina por razones de ocupación del territorio nacional y el sostenimiento del empleo. Pero no podemos defenderlo, tal como está, como un “polo tecnológico”. Es un taller de ensamblado.

Es necesario evitar dos prejuicios ideológicos: el de creer que toda industria, automáticamente y en cualquier condición, es un elemento de progreso y el de pensar que los “mercados” pueden determinar con sabiduría inmanente cuál es la que puede y la que no puede progresar. En cuanto a esto último, bastaría señalar que en ningún país desarrollado faltó la acción consciente del Estado para conseguir esa condición.

Para no contentarme con poner ejemplos horribles – nunca faltan – me interesa terminar citando un caso específico, potencialmente muy importante, del que no estoy en condiciones de dar un juicio definitivo. Pero sería importante hacerlo.

La industria de biocombustibles, que ha tenido en Argentina un crecimiento espectacular en sus exportaciones, en la que junto a Brasil tendríamos la posición dominante, por lejos, en el mercado mundial, es una creación del Estado argentino. De una política específica. Cuando, hace unos seis años, el gobierno decidió obligar a que los combustibles se mezclaran en un porcentaje determinado con este subproducto vegetal, creó uno de los complejos industriales más importantes de nuestro país.

Y cuando la Unión Europea – otra decisión gubernamental, en la que los “mercados” no tuvieron nada que ver – dispuso restringir las exportaciones argentinas, en solidaridad con España por su pelea con nosotros por el tema Repsol – le asestó un golpe durísimo.

Ahora, la continuidad de esta actividad depende de otra decisión del gobierno argentino: que aumente el porcentaje obligatorio de biocombustibles. Porque esto no lo van a hacer los privados: no tienen un motivo económico para ello. Y, la verdad, que como lego más o menos informado, no tengo la menor idea si se justifica o no. Si el beneficio para la sociedad, y el eventual ahorro de divisas, compensa, o no, los costos de la transformación requerida.

Sí estoy seguro de algo: Si no contamos con un Estado con la información y la capacidad de análisis para tomar este tipo de decisiones, en cada uno de los rubros importantes de la industria, no tendremos una industria moderna. Sin importar cuál sea el tipo de cambio vigente.


¿Un dólar minero?

junio 11, 2013

Normalmente, no subo noticias, ni especulaciones, de una rama especializada de la producción. Y menos de la minería, en que no soy experto.

Pero si esta noticia, a la que llegué a través de mi amigo Otto Rock – el sí conoce de la actividad – se confirma…, marcaría el cambio más importante en la política económica K desde 2006. Un cambio en una dirección… peligrosa.

La publicó Massmining, el órgano de una Consultora de Comunicación sobre Proyectos Mineros Andinos, que se mueve en toda América del Sur. De ahí la tomó – o a la inversa – MDZonline, que como mendocinos están muy interesados en el asunto. Y Otto dice que hay otros que tienen la versión.

Prometen un “dólar especial” para el sector minero. En una reunión con los gobernadores de las principales provincias mineras, el secretario del área, Jorge Mayoral, prometió un dólar con mezcla de paralelo y oficial.

A fines de la semana pasada, diez gobernadores de las provincias mineras agrupadas en la Organización Federal de Estados Mineros (OFEMI) les reclamaron a las compañías multinacionales del sector reinvertir las utilidades a cambio de respaldar la explotación minera.

Estuvieron presentes el gobernador de Jujuy, Eduardo Fellner, de Salta, Juan Manuel Urtubey; de San Juan, José Luis Gioja; de La Rioja, Luis Beder Herrera; de Río Negro, Alberto Weretilneck, y de Catamarca, Lucía Corpacci. Por Mendoza y Neuquén participaron los directores provinciales de Minería, Carlos Molina y Carlos Portilla, acompañados todos por el secretario de Minería, Jorge Mayoral.

“Se habló mucho de Vale y de que eso no puede ser un ejemplo para nadie”, le confiaron al sitio BAE Negocios dos fuentes. El cierre de ese emprendimiento produjo un duro golpe a la actividad en al menos cuatro provincias y se frustraron unos siete mil puestos de trabajo.

Sin embargo, más allá de la discusión estratégica, se generó un debate que no pudo escapar a la reunión: los problemas para invertir que ocasiona el dólar párelo y su disparidad con el oficial.

Ante la preocupación de que se paralice la actividad, el secretario del área, Jorge Mayoral, les prometió un dólar especial para el sector: una mezcla del paralelo y el oficial“.

Los problemas de la minería no son nuevos, ni están limitados a Vale y la potasa. Aún el famoso o infame emprendimiento Pascua Lama tiene problemas, por ahora más del lado de Chile.  Sucede que China ya no importa como antes, y viene la presión para bajar costos.

Y los “dólares especiales” ya existen ¿qué otra cosa son las retenciones, reintegros y subsidios para determinadas actividades? Pero si se da un dólar especial a la minería… estamos hablando de una parte sustancial de las exportaciones argentinas.

¿Cómo se va a contener a lobistas tan ansiosos como don Paolo Rocca, o el compañero Eurnekian, que finalmente inauguró Unitec-Blue, pero sin la presencia de Cristina? (Esto lo tomé de IECO. Clarín es más interesante cuando retoma el tradicional rol de vocero de la patria prebendaria que le marcó Noble – en esa nota están las quejas de los mineros, también -, no cuando juega a la política).

Resumen: un “dólar minero” afecta los números de la economía inmensamente más que el ilegal “dólar blue”. Si se avanza con eso, es un paso gigante en el desdoblamiento del dólar. Y no veo forma de evitar que sea el primer paso, nomás. Pero Cristina no estimula, para ponerlo suavemente, que sus funcionarios larguen estos temas, ante gobernadores, sin autorización. No veo como eludir la conclusión: tendremos un dólar minero o un nuevo Secretario de Minería.


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