Las elecciones internas, en EE.UU.

febrero 4, 2016

hillary

Un fiel seguidor de este humilde blog me ha reclamado una reflexión sobre el proceso de nominación presidencial en los EE.UU. Con franqueza: no me alcanza el tiempo para darle más que una mirada superficial -nuestras internas son absorbentes; esperaba los aportes de nuestro corresponsal en Georgia, Eddie; y, sobre todo, estamos muy al comienzo. Pero tengo ganas de equilibrar un poco la concentración en nuestro internismo.

Entonces, me tenté y voy a acercarles las observaciones superficiales que puedo hacer con las limitaciones que mencioné. Lo que he leído en los medios sobre el tema no me llena de humildad, eh. Los convencionales relatan datos aburridos -quién, salvo un político norteamericano y sus asesores, está interesado en retener todos los datos del complicado y folklórico sistema de internas que tienen ahí- o anécdotas. Cuando comentan, se nota el horror con que contemplan a personajes políticamente incorrectos como Donald Trump. Más o menos, como ven a Marine Le Pen en Francia.

Los medios de “izquierda” o “antiimperialistas” tratan de profundizar, pero parecen escandalizados que un partido, el Republicano, que -desde hace al menos un siglo- está ubicado claramente en la derecha de su sistema político y defiende vigorosamente al capitalismo, tenga precandidatos de derecha que defienden vigorosamente al capitalismo. Sorpresivo, no?

Bueno, les doy mi falible opinión: El Partido Republicano no tiene hoy una estrategia para triunfar. Como tampoco la tenía en la elección anterior, hace cuatro años. Su convocatoria deja afuera a demasiadas porciones importantes del electorado. Y también del “establishment” estadounidense, factor por lo menos tan decisivo como la “electorabilidad” para llegar a la Presidencia.

Entonces -salvo una crisis socioeconómica muy profunda, que no aparece probable este año, o un “acto de Dios”, como dicen ellos (supongo que es la tradición calvinista: con “actos de Dios” aluden usualmente a catástrofes)- el Grand Old Party está sirviendo como el canal por el cual se expresa una reacción “populista de derecha”: un sector, muy numeroso, del pueblo norteamericano, conservador, patriótico, anti izquierdista y anti liberal (liberal en el sentido yanqui, aproximadamente igual a nuestro progre), que rechaza las políticas pro igualdad racial y “de género”, y que tiene una profunda desconfianza de piel con las elites de Washington, Wall Street y la Costa Este en general.

Atención: ésta fue la base con la que Reagan armó una coalición ganadora en 1980 y llevó a doce años de hegemonía republicana. Pero pasaron 36 años y la sociedad norteamericana cambió mucho.

Como sea, Donald Trump trata de expresar eso, en una versión más berreta y “transgresora” que el viejo cowboy de Hollywood. La comparación con Marine Le Pen no es tan absurda, para dos sociedades muy distintas. En Iowa, fue vencido por Ted Cruz, que además tenía el apoyo de iglesias evangélicas (la religión está volviendo, paulatinamente, a jugar un rol importante en política, en otros lugares que en el Medio Oriente).

Marco Rubio, con raíces en la diáspora cubana, ofrece el mismo mensaje conservador, pero trata de apelar también al otro electorado republicano (más cercano -en la medida que haya alguna similitud con nosotros- al de los “gansos” mendocinos, o los radicales unionistas).

Del otro lado de su “grieta” -no es una broma; los norteamericanos hoy están divididos por la política, no tanto como nosotros, pero mucho más que en la mayor parte del siglo pasado- las primarias se disputan entre Hillary Clinton y Bernie Sanders. Y Sanders también, creo, es un candidato testimonial. Que vuelve a mencionar (con prudencia) las palabras proscriptas allí por más de medio siglo, “socialismo”, “intervención estatal”. Lo que puede resultar útil en el futuro, si esa sociedad se ve obligada a ensayar nuevas soluciones. Pero estoy seguro que hoy no están en la agenda.

El Partido Demócrata tiene una larga tradición de precandidatos “outsiders” que despiertan el entusiasmo y el activismo de los jóvenes (Estamos viendo un fenómeno similar entre nosotros, en el rechazo visceral a Macri). No siempre son irrelevantes. En 1968, Eugene McCarthy hizo mucho para impedir la reelección de Johnson (Una consecuencia fue que ganó Nixon…).

Viejas historias. Teniendo siempre presente que el futuro es, por definición, azaroso, estoy dispuesto a tomar razonables apuestas que el próximo Presidente norteamericano será Hillary Clinton. Una buena parte del establishment de allí -la más tradicional- estará satisfecha. Otra no tanto, pero aceptará que expresa la coalición necesaria para dar gobernabilidad al gigante.


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