Política internacional, pero no lejana: Populismo de derecha en EE.UU.

febrero 8, 2016

trump donald

Ahora que la campaña de Donald Trump atraviesa el “momento de la duda” (cuando los aportantes se preguntan si es sabio seguir poniendo dinero) el interés periodístico de nuestros medios -nunca muy agudo- se desvanece. Error. El Donald es sólo el síntoma de un “populismo de derecha” que hace más de tres décadas, con Reagan, fue funcional a un cambio profundo en el sistema global (Global y profundo en serio: de Yeltsin a Menem, pasando por Felipe González).

Pero entonces imperaba en la Potencia Hegemónica un sentimiento triunfalista y, de algún modo, satisfecho. Hoy no. Los invito a leer esta muy bien escrita crónica de Claudio Mario Aliscioni, en Clarín. (Con esto equilibro la anterior, de Página 12, sobre Roma y Moscú. Y calculo que los que habían leído una, si son verdaderos creyentes, no han leído la otra).

Si se lo toma apenas como un bufón, la peripecia electoral del multimillonario Donald Trump acaba en la mera anécdota. Si, en cambio, se atiende a algunas de sus propuestas políticas, abandonamos la sensatez para ingresar al resbaladizo territorio del delirio. Pero entre ambos extremos, sin embargo, el fenómeno que encarna el magnate inmobiliario revela mucho más de lo que sus declaraciones extravagantes dejan entrever.

En verdad, su presencia abre un enorme agujero en la derecha estadounidense: insulta con vulgaridades a las mujeres; se burla de los tullidos y de los pobres; cuenta chistes antisemitas ante el lobby proisraelí. Como un abierto racista, reclama la expulsión de los latinoamericanos indocumentados y promete el cierre de las fronteras a los musulmanes. Al mismo tiempo, de un modo inesperado, defiende la jubilación estatal, postula la seguridad social gratuita para los mayores de 65 años y propugna más impuestos a los ricos como él. En su discurso, una creciente cólera popular por la traición de las élites al mandato democrático halla desahogo. Pero, si se toma lo que dice o hace, la extravagancia de Trump es inclasificable. Sólo resulta inteligible –y mucho más interesante– cuando se mira con atención lo que evidencia.

El misterio, en efecto, no es él, sino las razones que inclinan a millones de sus compatriotas a querer votarlo.  Su aparición en el cielo político de EE.UU. –justamente ahora– se monta sobre el terremoto social, económico y moral provocado por políticas públicas que han hecho pedazos el “sueño americano”. El fenómeno Trump emerge así de la contradicción más evidente del capitalismo estadounidense contemporáneo: en el país más rico del planeta, la grieta entre pobres y acaudalados no deja de crecer.

No es un azar que su estrella asomara hace un año sobre la ruina de millones de embargados por deudas inmobiliarias, un tendal de desempleados y un número en alza de personas sin ingresos y que viven de la caridad. En la misma época, el prestigioso Pew Research Center confirmó lo que el ciudadano común presentía con angustia: la clase media, histórica columna sobre la que se construyó el país, dejaba de ser el sector social mayoritario. Ahora constituye el 43% de la población contra el 62% en 1970. Mientras sus ingresos cayeron un 28% en los últimos quince años, la clase más adinerada aumentó su porción en el ingreso nacional del 29% a un 49% en el mismo período.

Esa concentración del capital fue en parte resultado de una extraordinaria transferencia de recursos públicos hacia los sectores más encumbrados. Las quiebras bancarias y financieras desde la crisis de Lehman Bronthers, en 2008, más las secuelas presupuestarias de dos guerras insensatas (Irak y Afganistán), son ingredientes de ese proceso.  Cuando los lazos sociales se quiebran, mientras el sueño americano se esfuma y la brecha social entre ricos y pobres se agranda, aumenta el desamparo y el odio a la dirigencia. Es esa queja la que explota Trump. Y el dolor popular es tan agudo que a nadie importa que sea grosero y agresivo.

Es una constante electoral: para el hombre providencial, aun aquel con aires de payaso, siempre hay un chivo expiatorio a mano. Pensar que un  multimillonario centrado en su ombligo represente los intereses de ese pueblo es al menos ingenuo. Pero el punto es que Trump no sólo toca a las clases populares. También es el representante de los sectores que quieren hacer de EE.UU un lugar más seguro para su dinero. Saben que la crisis aún no terminó. Aunque algunos presupuestos cierren, las heridas continúan abiertas. Y la humillación siempre es partera de la historia“.


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