Lectura para los que se oponen a Macri

marzo 29, 2016

las tres brujas

El alerta Contradicto me avisó de esta nota en Página de hoy. Probablemente la hubiera leído por las mías. Si me llama la atención que otros blogs politizados no la registraron (teléfono para Artemio y Agustín).

Es un poco larga, y está escrita por un sociólogo y un antropólogo. Pero les pido que venzan posibles prejuicios y la lean. Es un cuadro muy realista, y concreto, de la situación política a hoy, y de lo que pueden/deben hacer los opositores. También recomiendo, modestamente, mis comentarios al final.

“Tres estrategias para la oposición

Por Gerardo Adrogué y Alejandro Grimson

El gobierno de Macri avanza y la fragmentación de la oposición se agudiza. Los diagnósticos que intentan explicar sus causas y consecuencias se multiplican. En este clima de confusión, tres estrategias muy distintas pretenden orientar la acción política del campo popular, hoy en la oposición. Para analizar esas distintas estrategias primero es necesario realizar un diagnóstico sobre el macrismo.

Existe un diagnóstico simplista que supone que el macrismo es una experiencia a corto plazo de las elites para rapiñar recursos públicos, que el macrismo es un fenómeno político que solo busca devolver a las grandes corporaciones y al capital concentrado los beneficios perdidos durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y que una vez cumplido su cometido cortoplacista perdería relevancia política y electoral. No desconocemos lo obvio: el poder económico concentrado ha sido el beneficiario de la enorme transferencia de recursos que Macri realizo en sus primeros 100 días de gobierno (devaluación, apertura indiscriminada de importaciones, disminución y eliminación de retenciones, despidos en el sector público y desprotección al trabajo en el privado, entre otros). Sin embargo, este diagnóstico simplista desconoce que el propósito fundamental del macrismo es de largo plazo: construir un modelo neoliberal sustentable en la Argentina, con voluntad hegemónica, apoyado en los medios de comunicación masiva. Aunque sea capaz de realizar concesiones y negociaciones parciales, el modelo económico y político del macrismo avanza sin titubear en la eliminación de las políticas públicas e instituciones que promueven la distribución de la riqueza y el bienestar en la Argentina. Lejos de una alternancia “normal” en democracia, hoy presenciamos un cambio de régimen. Pero el macrismo significa una novedad en la forma como el poder económico ha defendido sus intereses en el país. Hoy lo hacen construyendo mayorías electorales, con la legitimidad que otorga la voluntad popular expresada libremente y sin proscripciones.

Por ello, nuestro diagnóstico sobre el macrismo enfatiza su complejidad, labrada pacientemente en la Ciudad de Buenos Aires, distrito donde demostró que no solo hace un uso eficiente de la publicidad y del marketing político sino que también sabe ejercer el poder, comprende la lógica de la administración de estado, aplica los principios del intercambio político sin prejuicio alguno, se apropia con facilidad de valores y símbolos ajenos a su visión del mundo (para luego vaciarlos de contenido), e implementa políticas públicas que pueden favorecer ocasionalmente a los sectores sociales más necesitados y vulnerables (como es el caso del Metrobus). El macrismo demostró que sabe aprovechar los errores de su adversario, en particular la subestimación que se hizo (y se hace) de las candidaturas de Mauricio Macri. En política, subestimar es un pecado.

El diagnóstico simplista lleva a la pereza política. Si el gobierno se disparara en sus propios pies, si tuviera pies de barro, no resultaría necesario esforzarse en construir activamente una oposición. El simplismo alimenta nuevos mitos. Por ejemplo, “la gente se va a dar cuenta que este gobierno los arroja a la miseria y de quien verdaderamente gobernó para ellos” o también “Macri con sus decisiones está creando las condiciones para nuestro rápido retorno”. Cierto es que la multitudinaria marcha del 24 de marzo, las Plazas del Pueblo y la amplia convocatoria que despiertan las inconexas actividades de la oposición pueden alimentar la creencia según la cual el apoyo al macrismo se derrumbará por la fuerza de las cosas y que lo más razonable sería, en consecuencia, sentarse bajo la higuera a esperar que llegue la primavera. Error de perezoso.

Un diagnóstico realista, que reconozca la complejidad del macrismo, también intuye que las políticas que lleva adelante el neoliberalismo en el gobierno van a generar malestar en amplios sectores de la sociedad y que (aunque los medios masivos lo oculten o disfracen), el nivel de apoyo a la gestión, la imagen de Macri y la potencial intención de voto pueden disminuir significativamente durante los próximos meses. Pero no asegura quién podría beneficiarse de ese desgaste. Nada es mecánico en la política. Tampoco es improbable que el macrismo active una vez más su complejidad para recomponer mayorías políticas o electorales. En todo caso, si algún malestar social se estuviese gestando, este sería hoy apenas el germen de un potencial espacio antimacrista. El diagnóstico realista invita a pensar en la necesidad de ampliar y conducir este potencial espacio, de construir una oposición con vocación de mayorías, lo cual lejos de la pereza exige actuar de modo decidido, inteligente e innovador.

Repasemos ahora las tres estrategias que hoy debate el campo nacional y popular. La primera se basa exclusivamente en entablar negociaciones de gobernabilidad para las provincias (y/o municipios) donde se gobierna. A esta primer estrategia le tiene sin cuidado un diagnóstico simplista o realista, acertado o no, sobre el macrismo. Es una estrategia cortoplacista que reconoce el poder coyuntural del adversario y sólo busca maximizar el intercambio político de bienes y recursos. Sería necio negar que una parte de la política requiere de negociaciones. Tan necio como creer que de esa realpolitik puede emerger una verdadera alternativa al oficialismo. La voluntad popular está para ser respetada, pero también es evidente que la voluntad popular nunca fue perder derechos. Y en este punto la oposición debe ser intransigente.

Pero una posición jacobina en la defensa de los derechos conduce a una segunda estrategia tan equivocada como la primera. Fundada en el diagnóstico simplista sobre el macrismo y sobre las consecuencias que su gobierno tendrá sobre los votantes, esta segunda estrategia sostiene que el pueblo extraviado comprenderá, tarde o temprano, la verdadera naturaleza del macrismo y, en consecuencia, retornará al redil. Con el explícito propósito de facilitar el retorno de las masas desilusionadas, promueve acentuar los rasgos más duros y puros de la identidad política kirchnerista (o trotskista, para el caso). Bajo esta mirada, cualquiera que no sea un abogado absoluto de los doce años de kirchnerismo debe ser estigmatizado como traidor o renegado. ¿Cuál es el peligro que aquí anida? Alimentar una posición política que confine a la oposición a los márgenes de lo testimonial y la prive de la orientación estratégica que construye mayorías políticas y electorales.

Por eso, es imperioso fortalecer una tercera estrategia: ampliar y fortalecer a la oposición. Se trata de ampliar el espacio antimacrista y de conducir una orientación definida al interior de ese espacio. Por un lado se requiere articular diversidades, sin que nadie pierda su identidad, ni su propia visión, pero sin anteponer la propia identidad para un trabajo conjunto. Por el otro, debe garantizarse que en este nuevo colectivo prime una orientación política de intensa defensa de los derechos populares. El contexto actual argentino y regional es desfavorable para el campo popular y nos impone reagrupar y construir. Caso contrario, la actual fragmentación de la oposición continuará beneficiando al macrismo, tanto como proyecto político como en su fuerza de negociación coyuntural.

Pero atención que esta vocación frentista del campo nacional y popular no debe ser sólo un fenómeno electoral. Debe orientar la acción política en todo el proceso social. Es decir, antes, durante y después de las elecciones y tanto “hacia adentro” como “hacia afuera” de la vida político partidaria. El éxito de esta tercera estrategia política también depende de la intensidad con la cual se afronten los distintos conflictos políticos, de la inteligencia para seleccionar y priorizar las batallas que deben darse. Es en este proceso donde se empiezan a (re)construir las mayorías. En cambio, tanto el acuerdismo como el simplismo jacobino renuncian a la construcción de un programa atractivo y viable para la mayoría de los argentinos. La primera porque sólo negocia con el oficialismo, sin ofrecer alternativas. La segunda porque se preocupa más por tener la “posición correcta” que la posición que contribuya a modificar una adversa relación de fuerzas.

La articulación de diversidades de la oposición tiene distintos niveles. En el plano microsocial implica luchas barriales, institucionales o sindicales que requieren ampliar la unidad. En el plano estrictamente político, esta estrategia sólo será una orientación eficaz si es adoptada e implementada por el liderazgo y la conducción política de cada distrito. O, en distritos sin liderazgos claros, si es adoptada por varios liderazgos potenciales. La militancia de base puede y debe contribuir a fortalecer esta estrategia, pero su esfuerzo será en vano si no es asumida por los principales dirigentes. Enfatizamos aquí la especial urgencia que esta estrategia de ampliar y articular tiene en la Ciudad de Buenos Aires. Finalmente, ampliar y articular no es sinónimo de “unidad boba”, o de la unidad como un fin en sí mismo. Esta discusión es tan antigua como la política misma. ¿Cabe aliarse con cualquiera por el simple hecho de que no está en el gobierno? ¿Cuáles son los límites del campo nacional y popular? Cuando caracterizamos al macrismo como la opción política de una derecha con un proyecto hegemónico y al mismo tiempo aludimos a la gestación de un potencial espacio antimacrista, no llevamos de contrabando la noción de que cualquier unidad es buena en sí misma. Pero sí reconocemos que en política la línea divisoria entre adversarios está lejos de ser una trinchera clara y definida, como las que hace un siglo separaban a los ejércitos en el campo de batalla. En política, las identidades políticas adversas se asemejan muchas veces a manchas que pueden superponerse en los bordes y crear cierta confusión. La creación de mayorías también depende del corrimiento eficaz de estos bordes. Por eso, estamos convencidos que la vocación por construir mayorías debe ser amplia, real y efectiva”.

Como anticipé en la introducción, creo que es un enfoque realista, con lenguaje concreto. Tiene un defecto -inevitable, en un trabajo de estas características- en sus supuestos tácitos. Hablan como si hubiera el equivalente de un Estado Mayor del peronismo, o del “campo popular” que pudiera elegir las estrategias más convenientes. No. Ese animal no existe.

Las estrategias políticas se deciden, la mayoría de las veces, de acuerdo a la relación de fuerzas que impera en ese momento. Y siempre a través de disputas internas: en las que se dirimen distintos ideales, prejuicios, ambiciones. Una pregunta que aparece constantemente “Y en esa lista ¿dónde voy yo?”.

Esto vale para todas las fuerzas políticas, por supuesto. Pero la alianza “Cambiemos” hoy cuenta con un Presidente de la Nación. Es decir, con la Gran Lapicera que puede distribuir recursos, recompensas… y marginaciones. El peronismo -y las otras fuerzas, para el caso- no la tienen.

Por eso, para entender la realidad actual, y cómo puede evolucionar, es necesario tener en cuenta las internas. Este blog ha dedicado muchos de sus posteos al asunto. Y aunque me tiene un poco aburrido, voy a seguir haciéndolo.


Sciolismo, massismo y otros neologismos

julio 16, 2014

cristina-scioli-y-massa

El Mundial de fútbol, seguido por las inminentes vacaciones de invierno, disminuyeron fuerte el ritmo de las campañas políticas, con la excepción de los profesionales comprometidos y de quienes tienen una agenda específica. Por eso me sorprendió la llamada de Enrique de la Calle, de la Agencia Paco Urondo, para hacerme un reportaje en su programa de radio. Tal vez porque mis respuestas fueron improvisadas y repentinas, o porque Enrique es un buen profesional, salió un resumen muy bueno de lo que pienso en esta coyuntura (Es cierto que eligió la frase más K para el título, pero eso está dentro de las reglas honorables del juego periodístico). Y  “amigos” me han dicho que es más comprensible y mucho más breve que mis análisis.

Sea como sea, me parece que – a pesar que está en la muy leída publicación digital de la APU, que fue repetido por famosos tuiteros, y que mi amigo Artemio lo usó en Ramble como parte de su yihad contra el gobernador bonaerense – creo que corresponde que lo ponga aquí, en mi blog. Para dar una oportunidad a los que quieran criticar comentar. Y porque quiero profundizar y precisar lo que pienso de las estrategias que se dan y pueden darse en el peronismo. Después, eso sí, de seguir con el tema del Banco de los BRICS. Los comentarios que he leído me dan ganas de hacerlo.

AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo analiza al peronismo de cara al 2015? ¿Finalmente, tendremos un peronismo dividido en dos: massismo y sciolismo?

Abel Fernández: Es muy temprano para decir eso. No se me ocurre en este momento hablar de una división entre massismo y sciolismo, pero puede darse. No veo que ya esté definido eso. Hoy Massa está disputando un electorado que también disputa Macri.

APU: ¿Cree que Massa debería disputar electorado dentro del peronismo?

AF: No soy consejero de Massa. Creo que hay una apuesta desde mediados del año anterior, desde la oposición, a un deterioro del Gobierno. Podrías decir con justicia que en las PASO del año pasado Massa tenía un electorado peronista crítico o descontento, que tal vez puede mantener en la actualidad. Pero si mirás su campaña actual, lo que ha tratado de sumar es un espacio no peronista. Tiene lógica: a todas las propuestas que surgieron del seno del peronismo y cuestionaron al kirchnerismo, que le disputaron su hegemonía al interior del peronismo, no les ha ido bien. Duhalde en 2005, Rodríguez Saa, el peronismo federal. Nunca llegaron a conformar un espacio peronista alternativo.

APU: Su hipótesis es que el kirchnerismo sigue siendo la principal fracción dentro del peronismo.

AF: Me parece indiscutible. Fijate que los opositores no le disputan ese espacio.

APU: Lo llevo al oficialismo, entonces. ¿Cree que ya es definitiva una candidatura de Daniel Scioli como candidato de ese espacio?

AF: Las cartas nunca están echadas en la política argentina, y menos un año antes. Te diría que sí, que en el peronismo no demasiado movilizado ideológicamente, se tiende a identificar como el candidato más probable a Scioli. No es que se ve un sciolismo muy definido. Un bloguero tucumano llamado Ricardo Tasquer habla del “alvearismo”. El alvearismo tiene mala prensa porque después del derrocamiento de Yrigoyen, ese sector tuvo una actitud de resignación frente al fraude. Pero antes, el alvearismo fue el sucesor del yrigoyenismo, aceptado por Yrigoyen y que sumó el voto de los sectores que criticaban el personalismo. En resumen, ese es el esquema que propone Ricardo.

APU: En ese esquema, Scioli sería el Alvear del kirchnerismo (ver entrevista donde Tasquer desarrolla su análisis).

AF: Sí, pero esperá. Lo que quiero decir es que eso no es una etapa, es decir que ahora viene uno menos crispado y ya. No. Son proyectos políticos que tienen que ganar. Scioli está en punta pero simplemente porque está instalado desde hace mucho tiempo. Hay espacios para otros dirigentes, pero tienen que ocupar ese espacio.

APU: ¿Qué significa que el sciolismo es un proyecto político y no una etapa?

AF: El kirchnerismo es un proyecto que se desarrolló en el seno del peronismo, hoy es claramente hegemónico. El kirchnerismo es la etapa actual del peronismo, que tomó mucho de las banderas del antimenemismo que se expresaban en el Frepaso. El gobierno de Menem fue un frente del PJ con la UCEDE. El de Kirchner es un frente del PJ con el FREPASO, con la centroizquierda. Claramente, el peronismo tradicional  (gobernadores e intendentes) es mayoritario en esa alianza. Ahora: qué representa Scioli. Es algo así como “bueno, muchachos, paremos la mano”. Mantengamos el peronismo, muchas de las políticas actuales, pero terminemos con la confrontación y el discurso progre. Esa ha sido la práctica de Scioli en todo este tiempo. Hay que ver si esto es lo que la mayoría de la masa peronista seguirá. Creo que lo seguirá siempre y cuando no aparezca otra alternativa. Randazzo, por ejemplo, tiene buenos números. Julián Domínguez está haciendo un (buen) trabajo.

APU: Vuelvo a un tema anterior. ¿Ve posible que Massa juegue al interior del peronismo, en unas PASO junto a Scioli y otros candidatos kirchneristas?

AF: Debería cambiar toda la estrategia que ha seguido en todo este tiempo. No es lo que está haciendo ahora. Está disputando el voto opositor.


A la conquista del indeciso

agosto 2, 2013

Scioli, Massa, Uribarri, Urtubey

En el formato de un debate en la blogosfera, ya hice mi evaluación, a la fecha, sobre la competencia electoral en la Provincia de Buenos Aires. Pero hoy el lúcido Marcelo Falak, colega bloguero, además, publica en Ámbito una pieza donde, desde percepciones parecidas a las mías, enfoca el panorama que se abre hasta Octubre del 2015. La pelea por el premio mayor.

Es un poco largo, pero me parece imprescindible para encarar el tema desde una mirada realista, como lo tienen que hacer los políticos que quieren ganar. Quizás da más peso a algunas opiniones de lo que haría yo, pero las presenta todas. Le hago un cambio de título – “los ni-ni” tiene otro, lamentable sentido – y una sola observación: me parece válida la imagen – que tomo para encabezar este posteo – de esos conquistadores que se lanzan a la difícil empresa, pero recuerdo las escépticas palabras del Eclesiastés: “… no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla;… sino que el tiempo y la suerte les ganan a todos.

LOS CONQUISTADORES DEL VOTO INDECISO

Marcelo Falak

La largamente anunciada irrupción de Sergio Massa sobre el cierre de las listas para las primarias del próximo domingo 11 puso de manifiesto mucho más que la aparición de un candidato con amplias expectativas de pelear la victoria en las próximas elecciones e, inclusive, dar un salto aún mayor en 2015 . Expone un dato que excede su propia figura y su proyección personal: la aparición de un nuevo sector del electorado, centrista y esquivo a los encasillamientos excluyentes de los últimos años, que giraron obsesiva y abusivamente en torno al clivaje kirchnerismo-antikirchnerismo. Pero ¿esta “tercera posición” define un segmento con posibilidades de ser mayoría dentro de dos años, cuando se estará jugando la sucesión de Cristina de Kirchner y, con ello, el rostro futuro de la política nacional? ¿Cabe pensar a esta altura que el próximo presidente no será ni K puro ni anti-K, tal como nos habíamos acostumbrado a pensar?

“Creo que sí, que ésa es la línea que viene en 2015, la de valorizar lo que se hizo bien y cambiar lo que no se ve como positivo”, responde, convencido, Fabián Perechodnik, director de Poliarquía.

Al menos en la provincia de Buenos Aires, el premio mayor de cualquier elección por concentrar casi el 40% del padrón nacional, las encuestas conocidas hasta hoy comprueban la existencia de esa porción del electorado. Según la primera de Poliarquía, completada el 5 de julio, el intendente de Tigre obtenía una intención de voto del 33,7%; según la última conocida, finalizada el 26 de julio y también publicada en el diario La Nación, lograba un 32,5%.

La leve declinación de Massa no alcanzaría para hablar de una tendencia y, por el contrario, la postulación parece sostenerse en torno a un tercio del electorado. Sin embargo, hay que destacar el ascenso del cada vez más instalado Martín Insaurralde, hombre de Lomas de Zamora y cabeza de lista del Frente para la Victoria, que pasó en el período del 22,8% al 27,4%, y que en estas horas ya se acerca, al menos, a una situación de empate técnico en algunos distritos importantes del conurbano. Ascenso, hasta lo que se conoce, que se explica sobre todo en el recorte del ítem “indecisos”, que cayó del 13,1% al 9,9%.

Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, explica que “la sociedad se divide tradicionalmente en tres tercios. Uno está con el Gobierno y siempre lo estará, en este caso el kirchnerismo. Otro nunca lo va a votar, aún en el mejor momento del mismo. El tercer tercio es el fluctuante, que puede votar o no a un Gobierno. En 2009 votó a la oposición, en 2011 en su mayoría retornó al oficialismo y en 2013, se va alejando del mismo. Como ejemplo, la Presidente en su reelección obtuvo el 56% en la provincia de Buenos Aires y su lista de candidatos a diputados nacionales encabezada por Insaurralde hoy tiene la mitad. Esos 28 puntos que votaron por Cristina y que ahora no votan al oficialismo son la base sobre la cual Massa intenta generar su posición intermedia”.

Si éste propone mantener “lo bueno” que hizo el kirchnerismo desde 2003, corregir “lo malo” y completar lo inconcluso, hay que considerar su candidatura fuera de las categorías de oficialismo y oposición, con las que políticos y analistas han atormentado a los no embanderados en los últimos años. Intenta encarnar un poskirchnerismo que salta así al centro de la escena como opción con posibilidades de triunfo no ya en las legislativas de este año sino en las presidenciales de 2015.

Artemio López, director de Consultora Equis y hombre cercano al Gobierno nacional, discrepa y, al calor de un tramo clave de la campaña, le baja el precio a la figura de Massa. “Lo de Massa no es poskirchnerismo, es duhaldismo 2.0, duhaldismo con laptop. No es más que política bonaerense sin despliegue nacional. Lo que ocurre es que toda la oposición va a funcionar así, a partir de un reconocimiento similar al que hizo Henrique Capriles en Venezuela, que dejó de estigmatizar al chavismo y comenzó a reconocerle sus logros. Ocurre que para oponerse con eficacia a una experiencia política de diez años como ésta hay que tomar nota del piso de integración social que logró y del despliegue al que dio lugar en materia de derechos humanos, entre otras cuestiones. Quien discuta eso se va a quedar en el margen, así que toda la oposición se encamina a ese discurso”.

Si la figura concreta del tigrense es capaz de convocar en grande es otra cuestión, que él mismo deberá resolver, para empezar, superando cierto carácter liviano de su discurso. En todo caso, lo que se constata es la aparición de un espacio del que no se tenía registro.

De hecho, hay otros nombres que también podrían interpretarlo en el futuro. El gobernador Daniel Scioli, el salteño Juan Manuel Urtubey o, más dentro de la ortodoxia K, el entrerriano Sergio Urribarri son, entre otros, los nombres que, vistos desde hoy, podrían realizar en 2015 una apelación amplia tanto a los convencidos del “proyecto nacional y popular” como a quienes lo han votado pragmáticamente en diferentes momentos pero que últimamente comienzan a percibir sus síntomas de agotamiento, sobre todo en temas como inflación y seguridad. Con Cristina de Kirchner desplazada del primer plano por el impedimento constitucional (¿y por voluntad propia, acaso?), sin el insustancial fantasma de la re-reelección de por medio, cualquier heredero, oficial u oficioso, deberá cobrar un perfil propio que le brinde la posibilidad de hablar de precios, del INDEC, del dólar, de la inseguridad y de tantas otras cosas que el discurso K ha preferido callar en estos años, para muchos de modo irritante.

“La sociedad cambia y, en consecuencia, lo que puede definir la elección dentro de veintiocho meses puede ser distinto a lo que definió la de 2011 y la que lo hará en 2013. La cuestión es que el peronismo amplía cada vez más su capacidad de representar a sectores más diversos y contradictorios. Así ha sido en las últimas tres elecciones presidenciales y así lo es hoy en la decisiva provincia de Buenos Aires. El peronismo es la vía más eficaz en la política argentina para crear coaliciones electorales amplias. Por eso no es casual que hoy dos figuras que están en el peronismo como Scioli y Massa son las que aparezcan con más posibilidades de suceder al propio peronismo en su versión kirchnerista. Además, Insaurralde trata de parecerse cada vez más a ellos”, continúa Fraga.

Perechodnik suma a Mauricio Mari a la movida. “Massa, Scioli o Macri, cualquiera de ellos puede expresar esa tendencia (poskirchnerista), aunque cada uno con sus particularidades”, indica. ¿Macri, un poskirchnerista, alguien que rescata cosas positivas de esta era política? ¿No es un opositor mucho más frontal?, le pregunto. “Yo creo que sí, que Massa se integra a un espacio que ya contaba a Scioli y a Macri con ese perfil. Hay un dato común: cuando uno mira el estilo de los discursos, los spots y la forma de comunicarse con el electorado, hay un patrón común entre los tres de búsqueda de un camino por el medio, de no ir a los extremos, con una comunicación directa y fácil. Macri ha tenido cosas puntuales fuertes con el Gobierno, pero no como Francisco de Narváez, que es la oposición constante. Sin embargo, si bien Macri trata de no transitar la no agresión, Massa es el único que hoy se presenta como el poskirchnerismo, como una alternativa que supere esto, ni a favor ni en contra”.

Hay al respecto un dato que resulta elocuente sobre el modo en que la aparición de Massa, o, mejor, del poskirchnerismo, ha corrido el eje del debate político. El jefe de Gobierno porteño no sólo sumó figuras a la lista del tigrense sino que también puja porque éste reconozca ese acuerdo. El propio Macri y voceros oficiosos, como su jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta han dado a entender o, directamente, afirmado que, de votar en provincia, lo harían por Massa, lo que fue rechazado por aliados de aquél, como Darío Giustozzi, temeroso de recibir el abrazo del oso.

Resulta curioso ver cómo Macri termina plegándose a una propuesta electoral que, antes que nada, comienza por reconocer “lo bueno” que se ha hecho en estos años: derechos humanos, inclusión jubilatoria, asignación universal por hijo (AUH), según la lista del propio Massa. Se trata de una derivación extraña para un espacio como el PRO que históricamente ha mostrado, cuanto menos, desinterés por la primera de esas banderas y que siempre abjuró de la estatización de los fondos jubilatorios, medida madre tanto de la moratoria que permitió llevar a más del 95% la cantidad de adultos mayores que perciben una pensión (el mejor índice de América Latina) y, a la vez, financiar la AUH. Sin dudas, esto señala por el momento una debilidad relativa del PRO, un partido que no ha logrado, en términos generales, superar su carácter distrital, algo que aspira comenzar a modificar en octubre. Pero también revela la forma en la que comienza a percibirse el modo de romper el techo electoral que la oposición, con su discurso habitual, frontalmente refractario a todo lo que huela a kirchnerismo, ha encontrado repetidamente en cada cita en la urnas.

Pero, claro, no todo es fácil para Massa, el hombre que hoy pretende encarnar el espacio poskirchnerista, mientras otros aspirantes peronistas deciden seguir por ahora como aliados de la Casa Rosada desde sus particularidades regionales. El ubicarse en una “tercera posición” lo obliga a un equilibrio difícil, toda vez que un crecimiento de los rivales que buscar erosionarlo tanto “por izquierda” como “por derecha” lo obliga a contorsiones retóricas que, por momentos, lo hacen parecer más oficialista o más opositor. Realizar esas maniobras, y a la vez, no perder las voluntades que se van juntando requiere una sintonía fina para la que, hasta octubre (una eternidad), deberá demostrar dotes poco frecuentes.

“La política es dinámica y la campaña está obligando a Massa a buscar la polarización del voto opositor y a endurecer su postura frente al Gobierno. En cambio, Scioli es quien ahora parece haber girado hacia una posición intermedia. Se alinea con el oficialismo, pero marca su estilo personal”, define Rosendo Fraga.

En este punto, Perechodnik encuentra una posible debilidad del líder del Frente Renovador bonaerense. “Su último spot es claramente opositor. Pasó de hablar de la buena onda a decir ‘me saco el saco y vamos a pelear’. No sé si seguirá en esa línea, me parece un cambio muy abrupto, hay que explicar ese tránsito. ‘¿Qué le pasa a este chico?’, podría preguntarse alguien que pensaba votarlo. Igual, en términos de conveniencia, creo que debe buscar votos en el electorado opositor, porque Insaurralde le viene descontando puntos y todavía se encuentra por debajo del techo del oficialismo”.

Liderazgos aparte, lo que el poskirchnerismo así entendido acepta es que es muy difícil nuclear una mayoría ganadora sin incorporar a sectores que han votado en los últimos años al oficialismo, los que, sumados, alcanzaron a un 55% en octubre de 2011. ¿Cómo puede ser vencedora una propuesta electoral si da la espalda, de un solo golpe, a los 2,5 millones de nuevos jubilados, a las familias que perciben los 3,5 millones de asignaciones por hijo, a los trabajadores de cooperativas que funcionan con subsidios oficiales, a quienes valoran la distribución de netbooks en las escuelas, a quienes lograron en los últimos años conseguir empleo y recomponer sus ingresos, y a quienes, aun sin beneficiarse directamente de esas políticas, las ven con simpatía desde lo ideológico? Difícil si se los pretende convencer de que todo lo hecho ha sido un desastre y no se admite la existencia en el país de un sentido común nuevo y fuertemente atravesado por la etapa de Néstor y Cristina de Kirchner.

“Hay un nuevo sentido común en el país, sin dudas”, reflexiona Artemio López. “El kirchnerismo fue el sector que se hizo cargo con mayor eficacia de la crisis del neoliberalismo de 2001. Por un lado transformó el sentido común de los argentinos, pero por otro, se nutrió de una visión comunitaria nueva en diversas áreas, desde la necesidad de una mayor intervención del Estado hasta una política más enfática en la integración regional. No hay que olvidar que una parte de la sociedad prestó oídos en los 90 a un proyecto que planteaba las relaciones carnales, las que colocaban al país como furgón de cola de los Estados Unidos”.

“Sí, creo que la impronta del kirchnerismo que va a quedar es ésa”, coincide Perechodnik. “Hay olas. Si los 90 fueron la era de las privatizaciones y el antiestatismo, desde 2002 y 2003 en adelante, con la crisis de 2001 y 2002 de por medio, el kirchnerismo interpretó un sentir de la sociedad y lo puso en políticas públicas. Ahora, si bien solucionaron problemas de la década anterior, crearon otros nuevos con políticas no tan bien aplicadas, por más que fueran en el sentido general que la gente deseaba”, agrega.

El poskirchnerismo apela entonces a un electorado que privilegia ante todo su realidad material; ¿quién podría criticarlo por eso? Un electorado que ha percibido mejoras, pero que, por otro lado, sigue padeciendo las pésimas condiciones del transporte y una inseguridad que es más que una sensación, cosa que ya nadie se anima a sostener. Un electorado, en definitiva, que percibe que la cuestión de los juicios por las violaciones a los derechos humanos ha sido saldada (en buena medida) por los tribunales y por la biología, por lo que seguir discutiéndola no le aporta nada. Un electorado, en suma, al que la pelea por “el relato”, por la ley de medios audiovisuales y contra el grupo Clarín le dice todavía menos; es más, lo cansa, sobre todo cuando la discusión también está a punto de ser zanjada definitivamente por la Corte Suprema. Un sector poskirchnerista.

“La gente no quiere oponerse a todo. Hoy, a nivel nacional, el kirchnerismo sigue teniendo un 40% de apoyo, que si bien no es lo que era, sigue siendo una cifra considerable. La oposición ha tratado de demoler su imagen, pero ha tenido muy poco éxito. Massa, por ser una especie de novedad política, es hoy la figura de mayor proyección en ese espacio poskirchnerista”, indica el director de Poliarquía.

Pero vayamos a los números. Más allá de la naturaleza diferente de los comicios que se comparan, veinte puntos porcentuales que marcan los extremos del voto K: el mencionado guarismo de la presidencial de 2011 y el 35% de la legislativa 2009, el fatídico año de las candidaturas testimoniales, la crisis internacional y las secuelas de la pelea con el sector rural. Ese electorado fluctuante, el que ha decidido cada elección de 2005 a esta parte, es el terreno más fértil para cualquier candidato que se defina como poskirchnerista, un botín considerable en una política doméstica fragmentada y con partidos líquidos, en la que contar con un cuarto o un tercio del electorado se parece bastante a una proeza. A eso, se puede contar en el futuro mediato con sumar parte del voto kirchnerista de paladar negro y un sector opositor menos recalcitrante o más pragmático, en clave de partido “catch all”, lo único que históricamente ha dado buenos resultados en una sociedad argentina, con una estructura de clase débil, rasgo acentuado por la desindustrialización que fue de 1976 a fines de los 90. He ahí el cálculo.

Cabe conjeturar que la oposición más recalcitrante, al final del camino (si es que en política eso existe), habrá contribuido a poner coto a la era K pero que no será la que coseche los beneficios. En efecto, la denuncia (muchas veces precisa, tantas otras exagerada) de los excesos institucionales de la Casa Rosada, de los mecanismos de corrupción que han persistido, de las deficiencias de la gestión, de los problemas que se han subestimado, entre otros males, contribuirá a la sensación de un final de época, a la necesidad de un proceso nuevo, superador. La cuestión es quién lo encarnará.

Por supuesto que todo depende de cómo llegue Cristina de Kirchner a 2015, lo que, a su vez, será subsidiario, en parte de cuáles sean las condiciones de gobernabilidad que tenga hasta entonces.Esto es qué cosecha legislativa obtendrá en octubre y cuánto de ella retendrá si ese “gigante invertebrado” que es el peronismo comienza a otear que sus oportunidades están más lejos del redil oficial. Y además, acaso en primer orden de importancia, hasta qué punto lo que hoy forma parte de un nuevo sentido común que considera logros que es deseable mantener, fundados en niveles de gasto público históricamente elevados, no se desmigaja de la mano de una macroeconomía que cada vez hace más ruido.

Los diez años que lleva en el poder el kirchnerismo son todo un récord en la política argentina moderna. Ni el primer Perón (1946-1955) pudo superar ese listón. Tampoco Carlos Menem (1989-1999) ni ningún régimen militar. El poder desgasta, por más que Giulio Andreotti haya sostenido (bastante antes de su caída en desgracia) que la máxima sólo se aplica a quien no lo detenta.

“En 2015, el kirchnerismo habrá estado en el Gobierno doce años y medio, y en democracia la sociedad suele votar un cambio después de un período tan largo. En cuanto a la economía, el ciclo tan favorable a las materias primas de América Latina de la primera década del siglo no parece continuar con la misma intensidad en la segunda década y ello también juega a favor de un cambio”, señala Fraga .

¿Pero cuáles son las causas puntuales de esa fatiga de un sector social, el que nos ocupa y puede definir el futuro político del país? Este analista explica que “una de las causas del malestar de los sectores medios fluctuantes con el kirchnerismo es que en la versión cristinista se identifica cada vez más con el modelo venezolano. El tercio intermedio, que cambia y por eso define las elecciones, está en el centro y no se identifica con dicho modelo. Tampoco con un modelo de centroderecha”.

Evidentemente, ese sentido común fraguado en la última década se vería horadado si la inflación se siguiera empinando, lo que erosionaría el poder de compra de los salarios y de las ayudas sociales, el tipo de cambio y la competitividad de la producción local. Y, claro, aunque el ojo popular lo perciba como algo más mediato, si se acentúa el “cepo cambiario” y su contracara impiadosa, la sangría de reservas internacionales, con el consiguiente peligro de una devaluación brusca que golpee a los sectores menos pudientes, los mismos que en buena medida valoran aquel legado. En ese caso, la herencia tendría menos de “kirchnerismo” y más de “pos”, para beneficio de quienes hayan mantenido su discurso bien lejos de las playas oficiales. Pero esa película, apasionante, todavía está por verse.


Los resultados de mañana. Los desafíos de pasado mañana

octubre 27, 2007

Esta campaña electoral no me inspiró mucho para escribir en este blog, y menos en “El hijo de Reco”. Ojo! no hay ni sombra de displicencia en esto. Sobre la democracia, encuentro práctica la definición que dio – creo – Schumpeter: es un mecanismo para decidir liderazgos. Agregando algo muy obvio: decidir entre las opciones que el sistema político plantea. Y aunque las opciones son limitadas, son reales (Precisamente, pienso, son reales porque son limitadas: es una característica del mundo real).

Entonces, como los peronistas doctrinarios y los liberales también doctrinarios – dos especies que algunos consideran fabulosas – yo respeto los votos del pueblo. En circunstancias normales, es el único cachito de poder político que cada uno de los argentinos que lo forman tiene, y corresponde que lo use.

Pero no me he sentido impulsado a tratar de convencer a los que me leen – que no son tantos y ya tienen su propia opinión – que no voten a Fulano/a o Mengano/a. Supongo que en parte es porque las personas de los candidatos no son demasiado carismáticas. El otro motivo es, por supuesto, que el resultado principal está cantado. Con la posibilidad de sorpresa que debe asumir alguien que cree en el libre albedrío, Cristina Kirchner será elegida en primera vuelta (Lo siento, Roberto, Alberto: los encuestadores son humanos – es decir, se equivocan y pueden torcer algunos números para su cliente – pero no comen vidrio. La esencia de su negocio es que sus cifras se acerquen a la realidad. Uds. lo saben: han pagado encuestas).

En realidad, es de esos números que me interesa escribir. Voy a hacerlo suponiendo que mi amigo Julio, Artemio y el resto de la troupe no se han equivocado, y que no me hacen decir pavadas. En realidad, esos números no me sorprenden. La mayor parte, la parte decisiva, de los votos que darán el triunfo mañana a Cristina vienen de votantes peronistas. Vean solamente el mapa electoral que las encuestas dibujan; vean mañana el de los resultados: las provincias pobres, los cinturones de pobreza del conurbano. Este hecho vuelve loco a un montón de amigos míos, peronistas de antes, y enardece a muchos gorilas también de antes, que hablan de clientelismo. Porque el uno a uno y el voto cuota no pueden ser llamados clientelismo, si promueven políticas neoliberales.

Pero no voy a entrar aquí a definir la relación de los aparatos políticos del justicialismo con los pobres. Recomiendo empezar leyendo a Javier Auyero. Me interesa señalar un hecho que, de tan obvio, pasa desapercibido: los pobres, si les dan una chance, si el gobierno no los agrede abiertamente, son oficialistas. Saben que si necesitan atención hospitalaria o agua corriente, no se la va a dar ni las instituciones republicanas ni el partido de vanguardia de la clase obrera ni siquiera la comunidad organizada: lo hará el gobierno o no lo hará nadie.

Pero sabemos – o deberíamos saber – que ni los votos peronistas, ni los votos de los más pobres por sí solos aseguran el triunfo. Siempre que el peronismo triunfó, fue como parte de un frente, explícito o implícito. Para ir a los ejemplos cercanos: Menem logró – en una circunstancia internacional muy específica – lo que Perón no consiguió en los 40, reunir en alianza a los sindicatos y las provincias peronistas con el poder económico. Su gobierno fue un frente del PJ y la UCD; de allí salieron sus funcionarios.

Kirchner construye a partir de 2003 la otra gran alianza posible: los aparatos del justicialismo – que seguían reuniendo la mayoría de los votos de los pobres, porque ninguna otra propuesta de poder nacional se lo planteaba – con el centro izquierda que expresaba buena parte de los reclamos y las broncas de la clase media. Su gobierno – sus funcionarios – expresan lo que sería un frente del PJ y el Frepaso (Horacio Verbitsky cumple en él el rol que en el de Menem llenaba Bernardo Neustadt). Hoy ese centro izquierda tiene sus dudas: vean las encuestas en las grandes ciudades, empezando por la Capital. Pero, en su mayoría, no encuentra otro lugar político donde estar.

Esto me lleva a pensar en el fenómeno Carrió: una política de raza, diría su viejo maestro, el Dr. Alfonsín, si ella no hubiera aprobado Bolilla I: Destruir a tu mentor. De disputar con Kirchner el espacio de centro izquierda, se ha esforzado en el último tiempo a tratar de abarcar también el centro derecha, y ocupar el lugar del Otro en relación al peronismo, espacio tradicional del radicalismo, como señala el ingenioso Mario Wainfeld. Tiene un costo: deja al progresismo que no se decide a votar a la izquierda o a Pino Solanas en brazos de Kirchner. Y francamente, no me gusta que le dé legitimidad política al gorilismo que, como decía en un post reciente, hoy se percibe en los foros y en la calle. Pero muestra una ambición de poder. No le alcanzará para inquietar al gobierno… mientras las cifras de la economía vayan bien. Pero nada es para siempre.

A Lavagna se lo castiga por no ser carismático, como si Kirchner fuera el ídolo de las multitudes. A mí me gusta como dirigente político: es la cara razonable de un modelo que tiene aspectos muy positivos (en mi opinión). Pero equivocó los tiempos (error fatal en política). Justamente, no debería haber aparecido como opción hasta que el modelo que el contribuyó a poner en marcha enfrentara problemas más serios que los actuales (en la percepción de la gente). Sus impulsores, Duhalde, Alfonsín, deben enfrentar que los aparatos, por sí solos, no garantizan nada, si no tienen a su frente a alguien a quien la gente quiera seguir. Esto lo sabía perfectamente mi amigo Lorenzo, que también algo conocía de aparatos.

El Alberto Rodríguez Saá quiere ocupar parte del espacio tradicional del peronismo, con una inserción territorial en el Gran Cuyo. Las encuestas no son claras en ese nivel de votos, pero muestran que su apuesta tiene más sentido que otras. Mañana sabremos cuánta adhesión consiguen todavía  por sí mismas las banderas de Perón y Evita, cuando se ven – un poco atrás y a la derecha – las banderas de Menem. Mi opinión es que eso le asegura un espacio, y también un techo.

Lo de Pino es interesante: también expresa algo de lo que el peronismo fue en algunos momentos históricos, y una reivindicación, la del petróleo, que a mí me parece válida y necesaria. Tiene algo a favor: con eso ha conseguido un lugar en la política argentina – me parece – más amplio, y con más posibilidades que la izquierda tradicional. También me surge una duda ¿no habría sido mejor, más rico, separar la lucha por los recursos nacionales de la pelea por los cargos? La pregunta suena ingenua, pero no lo es. A los asambleístas de Gualeguaychú – con todas mis reservas por la ineficacia final de sus métodos – no les ha ido tan mal separando sus reinvindicaciones de la política de partidos.

No tengo ganas de escribir más, y hoy es el cumpleaños de mi mujer, así que no puedo ¿Y los desafíos de pasado mañana, me preguntan ustedes? ¿Les parece poco, gobernar lo que acabo de describir arriba, lo que anuncian los encuestadores? Esa es la tercera vuelta


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