Napoleón, el sobrino y los intelectuales

julio 28, 2013

Imported from JPEG image:Este fin de semana estuve leyendo una nota de Fernando Iglesias en La Nación. Para que mis amables lectores no se confundan. les aclaro que sé perfectamente que el ex diputado Iglesias es un imbécil con alguna formación académica. Y que es muy dudoso que pueda aportar una idea interesante y original.

En ese sentido, la nota no defrauda. No las aporta. Es una pieza típica del antikirchnerismo berreta, que frecuentemente es todavía más tonto que el kirchnerismo berreta. Pero el pretexto de la nota, la figura de Luis Bonaparte, el sobrino de Napoleón, el que llegó a ser Napoleón III… ése era interesante.

Siempre pensé que para nosotros, los bonapartistas, es más relevante la figura del sobrino que la de su gran tío. Por todo el impacto que aquél tuvo en la Historia, de alcance casi mítico, vivió y conspiró en una sociedad mucho más simple que la nuestra. La Revolución Francesa, que derrumbó al Antiguo Régimen, fué hecha, pocos años antes de su ascenso al poder, por abogados sin pleitos, intoxicados por las lecturas de Rousseau, y por las desarmadas masas parisinas, que habían perdido el respeto por símbolos de poder que funcionaron por siglos: el Trono y la Iglesia.

Cuando Napoleón es nombrado Primer Cónsul, no es más que un general exitoso, la figura necesaria para encabezar el gobierno de una sociedad hambrienta de orden. Su genio y su ambición se muestran después.

En cambio, su sobrino, Carlos Luis Bonaparte, como el mismo Iglesias señala, llegó al poder cuando triunfa en la primera elección en la que hubo sufragio universal masculino en Francia. Es cierto, no mostró luego ni el genio ni la ambición del tío (muy rara vez son hereditarios). Pero gobernó durante 22 años una sociedad que ya se parecía mucho a la nuestra: tenía ferrocarriles, partidos políticos, periódicos, banqueros y agentes de bolsa. Sobre todo, la burocracia estatal francesa ya se parecía a sus similares actuales.

Y su gobierno no fue tan malo para el pueblo francés, que lo acompañó con mayorías aplastantes en las elecciones a que se sometió (Tuvo sus aventuras imperialistas en México y otros sitios, pero ningún gobernante de una potencia europea de ese siglo está libre de esa acusación. Y fue quien inventó el término “latinoamericano”, que hoy podemos usar como señal de identidad).

La represión a los opositores fue moderada y respetuosa, para los estándares de los gobiernos de la época, y se mantuvo la prosperidad del capitalismo industrial naciente, con una explotación del obrero menos feroz que la que se desarrollaba en Inglaterra. Esa clase obrera mostraría su poder y su combatividad en la Comuna de París, cuando su gobierno cayó… no a manos de franceses.

Sobre todo, le debemos a él y a su intendente, el barón Haussmann, el París que conocemos, que ha servido de modelo, no alcanzado, para todas las capitales, incluída Buenos Aires. Creo que su imagen histórica sería mucho más favorable si no se hubiera tropezado con otro gobernante también de ideología bonapartista, pero con mayor genio político y mucho más capaz en el manejo de ejércitos, el prusiano Bismarck. Desde entonces, dijo un inglés, Europa cambió una Mistress (que significa Señora y también Amante) por un Master (un Amo). Aunque use polleras, como Frau Merkel.

¿Qué es lo que encuentro interesante de la nota de Iglesias, en concreto? Que me recuerda cómo un gran poeta, Víctor Hugo, y un gran filósofo, Carlos Marx, fueron feroces opositores del que llamaban Napoleón el Pequeño (aunque era más alto que el tío).

Nada extraño en que se opusieran, por supuesto (Espero no dar la impresión, ni siquiera a los visitantes troskistas, que considero al gobierno de Luis Bonaparte como ideal). Y no fueron los únicos, ni mucho menos. Especialmente entre los intelectuales. Lo llamativo es que lo atacaban con mucho más fervor que a otros gobernantes mucho más desastrosos, y con las manos más tintas en sangre.

Marx mismo, tan terminante en sus análisis, parece sorprendido ante el sujeto “Un jugador tramposo… ha derribado no ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido arrancadas mediante siglos de lucha. Queda por explicar cómo tres caballeros astutos pudieron sorprender y reducir al cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36 millones de almas?“. Es curioso que Marx no perciba que lo de “jugador tramposo” se aplica aún más al Napoleón original. Como, casualmente, con “tres caballeros astutos” podría estar hablando del corso, su hermano Luciano y Sieyes, cuando conspiran para dar el golpe de estado del 18 Brumario. Digamos que el sobrino tenía algunos escrúpulos más (muy pocos) que el tío.

Hay un … tono en los ataques a Napoleón III que encuentro revelador. Dice Víctor Hugo “Cuando se lo mide, y se lo ve tan pequeño, y luego se mide su éxito, tan enorme, es imposible que el espíritu no se sorprenda“. No puedo menos que pensar que lo que desconcertaba, e irritaba profundamente, al gran filósofo y al gran poeta, y a intelectuales mucho menores en general es que los franceses humildes se dejaban llevar por el nombre de Bonaparte, por sus promesas y algunas modestas realizaciones, y no hacían caso a sus profundos análisis, a sus luminosas ideas.

Sólo puedo ofrecerles, a la distancia, la explicación que darían en mi barrio: Esos franceses humildes eran incultos pero no boludos.

(De nada, Su Santidad. Methol Ferré me hizo ver que la Iglesia tiene una mirada benévola sobre el ex carbonario que se convirtió en su defensor. Pero mi evaluación de Luis Bonaparte es la de un político que afirmó su poder en el apoyo popular. Además, estoy pensando en intelectuales más modernos y mucho más triviales que Marx o Hugo).


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