La política y la convicción

enero 30, 2015

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Soy seguidor del blog de mi amigo Artemio López. Muchas veces no estamos de acuerdo en una evaluación política, o en la elección de las mejores tácticas, pero siempre lo encuentro estimulante. Y a menudo sube textos de un nivel intelectual muy por encima de la coyuntura (con algún sesgo por autores franceses modernos que no aguanto, pero nadie es perfecto).

Hoy hizo un aporte valioso para cualquier visitante de la bloguería politizada. Subió una parte sustancial de la conferencia clásica de Max Weber «La política como vocación» (con el correspondiente enlace al original completo). Recomiendo leerla a todo (y toda) aquel que crea tener «vocación» para la política. Especialmente a los jóvenes, como los que él se dirigía.

Inspirado por el ejemplo de mi amigo, voy a hacer algo más de caradura. Una especie de «Weber for dummies» donde tomo frases y párrafos de esa gran conferencia, para tratar de traducir en un lenguaje más convencional y pedestre algunos de sus conceptos de la política, la convicción y la responsabilidad.

Eso sí, tengo que señalarle algo a Artemio. El lenguaje que Weber usa, su dramatismo, especialmente en el largo fragmento que subió, está influido, dominado, por su circunstancia. Munich, 1919, el final de la Primera Guerra Mundial, la derrota de Alemania, la revolución y la reacción luchando en las calles… Sobre todo, la conciencia, que su lucidez le imponía, que eso era el prólogo de la destrucción de la civilización europea que lo formó. El hecho que algunas encuestas lo den en punta a Scioli, como la que usó para ilustrar su posteo, no es igualmente trágico.

Weber (muy) básico: «El concepto (de política) es extraordinariamente amplio y abarca cualquier género de actividad directiva autónoma … Hoy por política entenderemos solamente la dirección, o la influencia sobre la dirección, de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado … Política significará, pues, para nosotros, la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen«.

«El Estado, como todas las asociaciones políticas que históricamente lo han precedido, es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima (es decir, de la que es vista como tal). Para subsistir necesita, por tanto, que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan … Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder «por el poder», para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere«.

Además de la política, habla de los políticos:

«Hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive «para» la política o se vive «de» la política. La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de los casos, también materialmente. Quien vive «para» la política hace «de ello su vida» en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de «algo». En este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo«.

A continuación subo un párrafo que ni yo me atrevo a sintetizar. Esencial, porque las frases que copié arriba también podrían ser de cualquiera de los imitadores berretas de Maquiavelo. Para que sea más fácil de entender, explico en mis palabras dos conceptos fundamentales en la obra de Weber (no originales de él, por cierto): la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

Ética de la convicción es aquella que juzga una acción en sí misma, por su cercanía o su alejamiento de determinados principios morales. Al que la ejecuta, le pregunta (o se pregunta) por sus intenciones.

Ética de la responsabilidad es la que juzga a la acción por sus consecuencias. Para el que la lleva a cabo, la pregunta fundamental es si la ha pensado bien.

Weber dice, ya casi al final de la conferencia:

«Es cierto que la política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza. En esto tiene toda la razón quienes defienden la ética de la convicción. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o conforme a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo conforme a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación … (la excitación no es ni esencialmente ni siempre una pasión auténtica) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: «El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros para quienes yo trabajo …», lo primero que hago es cuestionar la solidez interior que existe tras esta ética de la convicción. Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto.

Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro (de pocos o muchos años, eso no importa), que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: «No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo». Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede, en efecto, presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente. Desde este punto de vista la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener «vocación política»


¿Se romperá el peronismo?

agosto 23, 2013

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Guido – peronista, marplatense, antropólogo – es además uno de los comentaristas más inteligentes que este blog tiene la suerte de tener. No escribe muy a menudo – lástima – pero en esta semana se trenzó en una polémica con Manolo Barge. Cosa nada difícil, si uno se anima.

Cuando tenga tiempo, tengo ganas de intervenir en la discusión(es) que plantearon. Porque decían cosas muy distintas, a partir de concepciones diferentes – que no estaban explicitadas – de qué es el peronismo.

Pero eso es para otro momento. Lo que quiero tomar ahora de Guido es una pregunta que él hizo antes, en el posteo Una sugerencia para Cristina, donde yo propuse «la institucionalización del peronismo, en serio: reafiliación, elecciones fiscalizadas para la elección de autoridades, participación de las minorías en los órganos de conducción,…».

Hice esa sugestión consciente que el mejor argumento – en el mundo real – es que está en los intereses del sector que hoy está en condiciones de llevarla a cabo: Favorece la vigencia del kirchnerismo, una expresión política con vigor y militancia pero que no está afirmada en un territorio, si en 2015 pierde el control del Estado nacional.

Guido descubrió el punto débil, el que no estaba contemplado en mi propuesta: Si se implementa ¿porqué va a ser respetada por aquellos a los que no les convenga en un momento dado? y comentó:

«Mi pregunta es si es viable, y creo que no.

Las PASO permitiría implícitamente, en teoría, cierta institucionalización al implicar la realización de internas mucho más controladas y transparentes de lo que, probablemente, pueda garantizar cualquier partido político (además las paga el estado).

Sin embargo, la participación o no en ellas parece ser siempre el resultado de un cálculo específico de probabilidades, por ejemplo: posibilidad o no de entrar en la lista resultante, entre otros que no cabe detallar…

¿Cómo se impediría que el perdedor de una interna no se presente con un sello de goma a una elección, si puede bancarla? ¿Y si eso no se impide, para qué podría llegar a servir una institucionalización partidaria?¿Que incentivos podría ofrecer una institucionalización para «cerrar» el peronismo dentro de una estructura burocrática?

Ojo, no estoy haciendo una valoración «movimientista». Sencillamente me parece difícil que se sostengan en el tiempo las estructuras partidarias del siglo pasado. Y más cuando parece crecer un consenso que reduce a la más relevante de este país – el peronismo – a una maquinaria de juntar votos sin un mínimo común denominador aglutinante fuera de esa capacidad».

Un cuestionamiento muy weberiano, dirían los que están familiarizados con los escritos del maestro. Sin ser un estudioso de Max Weber, me inclino a contestarla en esos términos.

(Otros compañeros, tal vez más ortodoxos que yo, como el mismo Manolo, dirían que la cooperación y la incorporación de los adversarios internos es lo que hacen los peronistas. Ha sido bastante así, en la práctica de estos 30 años de democracia, pero yo desconfío de las apelaciones a una «naturaleza» del peronismo, o de cualquier otra cosa. Debo ser weberiano, nomás).

Voy a tratar de contestarle a Guido, entonces, desde los «incentivos» por los que pregunta:

Uno es lo que un publicista llamaría «la marca». Es cierto que desde hace bastantes años los símbolos partidarios tradicionales, aún los del peronismo, con tanta historia emocional detrás de ellos, ya no despiertan lealtades automáticas en la gran mayoría de los argentinos. Pero siguen siendo una identificación poderosa. Massa puede usar la etiqueta «Frente Renovador», como Cafiero lo hizo mucho tiempo atrás, o como el oficialismo usa «Frente para la Victoria». O la multiplicidad de nombres que encontramos en otras provincias. Pero nadie duda que son peronistas. Y eso define votos a favor. Y en contra.

Si hay una institucionalización exitosa – es decir, que es percibida como legítima por la mayoría de los argentinos – del peronismo, y sus candidaturas aparecen como resultado de un procedimiento participativo y no de un dedo, el pueblo argentino tiene bastante arraigados prejuicios democráticos al respecto. El asunto llevará tiempo; no lo deja firme un sólo turno electoral. Pero a medida que se haga costumbre, será mucho menos fácil, es decir, tendrá más costo político, «ir por afuera».

El otro incentivo, muy poderoso en la cultura política del peronismo, es que la pugna política se da para conseguir espacios de poder, no de representación. Esto no quiere decir que alguien deje de aspirar a ser diputado, o al menos concejal. Pero el proyecto colectivo, con los ingredientes idealistas y egoístas de siempre, se concentra en ganar una intendencia, una provincia, la Presidencia.

En otras fuerzas políticas, es habitual resignarse, en la práctica, a luchar por posiciones legislativas. En el peronismo… con eso no se juntan voluntades.

Y esa vocación de poder tiene una consecuencia muy práctica: el peronismo, si se desune, pierde la chance de llegar o conservar el gobierno. Ojo: esto no lo ofrezco como un argumento teórico. Creo que será, que ya es, un factor decisivo en los cálculos de la dirigencia peronista, incluido la Presidente, de aquí al 2015.


El desafío de Weber a los kirchneristas

julio 6, 2012

A veces pienso que mi amigo Artemio López – para descansar de sus arduas tareas como encuestador, sociólogo, militante político y autor de un muy visitado blog – se divierte de cuando en cuando con la práctica de un inocente terrorismo. Recuerdo cuando desde el minarete de Ramble Tamble llamaba a la guerra santa contra las hordas sabbatellistas que iban a desestabilizar el Conurbano. En estos días, después de algunos posts crípticos sobre caídas (éste y éste), ha subido un inquietante fragmento de la extraordinaria conferencia de Max Weber en Munich, en 1919, La Política como Profesión.

«Y bien, estimados asistentes, les propongo que volvamos a encontrarnos para hablar otra vez sobre este asunto dentro de diez años. Cuando, como por toda una serie de razones lamentablemente debo temer, la era de los reaccionarios ya haya comenzado hace rato. Cuando se haya concretado poco, quizás no precisamente nada pero al menos aparentemente muy poco, de aquello que seguramente muchos de ustedes y francamente yo mismo hemos deseado y esperado.» (El post completo, aquí. La conferencia de Weber, traducida, aquí. No dejen de leerla).

(El pensador alemán dió esta conferencia a 80 días del final de la Primera Guerra Mundial, después de la caída del Kaiser, en una Munich, una Alemania donde bandas armadas se enfrentaban por la Revolución y la Contrarrevolución y se desplegaban los sueños y pesadillas del siglo XX.  A casi 100 años, vale la pena repasar sus conceptos, mientras nos preparamos a encarar nuestros propios sueños y pesadillas.

Porque Weber no hablaba de los acontecimientos del momento, aunque fueran impactantes. Su interés era analizar qué era necesario para asumir la Política como Profesión. O, el vocable alemán «Beruf» abarca ambas cosas, como Vocación).

Por ahora, alcanzó a darme una idea para este post, o tal vez para una serie de ellos. Asumamos una visión de 10 años adelante, cuando Artemio, los compañeros de La Cámpora, y aún yo mismo, hayamos entrado en una reposada madurez: ¿Qué quedará en pie, o cuál será el juicio sobre la experiencia kirchnerista, que ya lleva más de nueve años de duración?

Se me ocurre que para empezar a contestar es necesario – si tenemos en cuenta que el futuro es siempre impredecible – preguntarnos si hay algo irreversible en esa experiencia. Bueno, todos los procesos sociales son irreversibles. Al menos, hasta que llegue el demorado invento de la máquina del tiempo. Lo que sucedió, sucedió y sus consecuencias se proyectan en el tiempo, como la de los hechos que a su vez lo causaron. Por eso todos los intentos de restauración terminan en una realidad muy distinta de la que tienen en mente los que tratan de hacerla. Ahora, si uno habla de situaciones creadas o de logros, «de aquello que seguramente muchos de ustedes y francamente yo mismo hemos deseado y esperado«… dependerá de lo que pase entre ahora y diez años vista.

De todos modos, de lo creado por el hombre lo más difícil, casi imposible, de destruir es el conocimiento y la experiencia acumulada. A partir de 2003, Néstor y Cristina Kirchner han mostrado cómo, desde el gobierno, mandatarios de origen peronista y conservando el apoyo mayoritario de esa fuerza política – que suma, en promedio, el voto de los más pobres, y cuyos apoyos estructurales más constantes son el sindicalismo y las provincias pobres – mostraron cómo, repito, podían sumar también importantes sectores sociales de la clase media progresista, no peronista, que han tendido a votar siempre candidatos de «centro izquierda». Para dar una imagen impresionista, digamos que los votantes de Cristina Fernández en 2011 suman la mayoría de los que votaron al candidato de Duhalde, N. K., en 2003, más la mayoría de quienes votaron por Lilita Carrió en esas mismas elecciones.

Si alguien cree que eso es un dato de interés electoral solamente, para políticos ambiciosos, que tenga en cuenta que al poder llegan solamente políticos ambiciosos. Y que esa alianza entre el peronismo y la «centro izquierda» ha sido tan decisiva en el estilo y resultados de la gestión, y en la estabilidad lograda en estos nueve años, como lo fuera la otra alianza, la que hizo, también desde el gobierno, Menem en los ´90. Cuando un mandatario de origen peronista y conservando el apoyo mayoritario de esa fuerza política sumó los votos y el apoyo de la «centro derecha».

Pero el significado de ésto va más allá de un forma de construir poder en Argentina desde el Estado. La presencia en el gobierno y en su red de medios afines de cuadros del Frepaso, de los partidos de izquierda, de los organismos de derechos humanos, ha modificado el discurso y el estilo del peronismo y de sus militantes (provocando, eso sí, el ardiente rechazo de otros, pero que se han mostrado como una minoría sin un peso electoral importante). Y, por supuesto, han influido mucho en las políticas concretas, especialmente en el ámbito de la cultura y la comunicación. Los gobiernos K han manejado estos espacios con un oficio que el peronismo tradicional no mostraba (en ese plano, la etapa menemista fue lamentable).

Sobre este aspecto, el de la cultura y el discurso, hay una animada discusión en la blogosfera (¡hola, Manolo!), y quiero aclarar que no estoy diciendo aquí que esa influencia es buena o mala; sólo que es importante. Pero creo que es necesario decir que no se trata de una «invasión» ni de una «infiltración»: los militantes, los jóvenes sobre todo, asumen valores y motivos y – para usar un término que todavía me suena pedante – resignifican los símbolos, incorporándolos a un discurso peronista. Es cierto que no se ve (¿todavía?) la originalidad estética y conceptual que representó en la anquilosada Argentina de los ´40 el primer peronismo.

En cuanto a realizaciones concretas. lo «deseado y esperado» que deba defenderse en los diez años a partir del presente, tal vez no sea yo el más adecuado para relatarlas. Mi oficialismo es demasiado racional y escéptico. Por supuesto, no convienen tampoco las aburridas y repetitivas listas de los discursos oficiales. Deberían hacerlo blogueros jóvenes y apasionados, como Fede Vázquez, o Lucas Carrasco en su vena precisa y fáctica (créanlo o no, la tiene. La muestra a veces cuando escribe para el Grupo Olmos. No me refiero, claro, a pavadas como su oda a Azerbaiyán).

Puedo dar mis impresiones, como político veterano del peronismo, que ha visto pasar otras experiencias. El kirchnerismo – lo dije hace mucho, cuando mi oficialismo albergaba más dudas – convoca militantes. Eso no es nada nuevo en la larga historia del peronismo – las masas obreras que iban a hacer el 17 de Octubre, la Resistencia, la ola de la peronización de la clase media que empezó a fines de los ´60… Pero hacerlo desde el gobierno, desde el aburrido y exigente día a día de la administración, … Eso es algo que hay que remontarse, justamente, a los primeros años de nuestra historia, allá a mediados de los ´40, para encontrarlo.

(Es precisamente al revés de como piensan los cínicos idiotas. Los cínicos que tenemos alguna experiencia política, sabemos lo difícil que es convocar militancia desde el gobierno. Oportunistas, burócratas y alcahuetes, esos se consiguen fácil con una chequera. Militantes… ¿O cuántos militantes conservó Menem cuando llegó al gobierno?).

También me parece muy significativo el aumento de interés de los jóvenes por la política; semillero de futuros militantes. En la Argentina urbana y relativamente próspera, ese interés está dividido, en porciones más o menos parecidas, entre los que están a favor y los que están en contra del gobierno. En la rural y más pobre… hoy se hacen peronistas y K (aunque estén en contra de sus gobernadores, que también pasa).

¿Alguna conclusión? La única que puedo hacer ahora, pero la hago con mucha certeza: Más allá de los entusiasmos, pasiones y odios que hoy el kirchnerismo despierta – prueba, si hiciera falta, que es peronismo – su evaluación a diez años vista dependerá de si logra un objetivo muy concreto y casi pedestre – que se mantenga, sin interrupciones grandes y bruscas, la estabilidad y el crecimiento de las variables económicas que ha logrado durante estos casi diez años de gestión. «Viento de cola», «crispación», «instituciones», son palabras… y los pueblos miden los hechos. Si les parece demasiado frío mi juicio… puede que tengan razón. Sucede que creo que el peronismo, como fenómeno histórico, está sujeto a la misma evaluación: Hemos hecho mucho por Argentina, mucho bueno y bastante malo. Pero todavía tenemos que mostrar que, desde nuestro pensamiento y nuestra experiencia, se puede ayudar a encaminar por un camino de bienestar y justicia por un largo tramo a un país que tiene sueños y realidades grandes y también mezquinas.


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