El PRO, desde adentro (de su “narrativa”)

marzo 21, 2016

iglesias illa

En el blog he escrito a lo largo de los años mucho sobre peronismo, del que algo conozco, y muy poco sobre el PRO, que conozco menos. Entonces, cuando leí en Panamá esta nota de Matías Capelli sobre la crónica de Iglesias Illa de la campaña de Macri, quise compartirla con ustedes.

No es breve, y no tiene que ver con la coyuntura inmediata (Sobre eso, hay posteos cortos que subí el fin de semana). Tampoco es para las hinchadas, de uno y otro equipo, que sienten que van a ganar porque su causa es justa y todos se darán cuenta, tarde o temprano. Nos sirve, me parece, a los que tenemos algo que ver con la comunicación o con la política. Estoy persuadido que la campaña del PRO de 2014 marca un antes y un después en la forma de prepararse para las elecciones, como lo marcó la de Alfonsín en 1983.

“—La gente está peor de lo que cree que está. —Sí, pero no podés prometer sangre, sudor y lágrimas, eso seguro que no. —Tenemos que decirles que mañana van a estar mejor.
—Quizás cambiar el verbo y la declinación. Usamos ‘Cambiemos’, pero es una herramienta. Pasemos a ‘Mejoremos’ y lo declinamos en términos de vos y vos. La gente está demandando que le hablemos de su situación. Si hablás de mejorar, ya no estás en el vacío de propuestas, por eso en ‘Cambiemos’ falta la seguridad de que vas a estar mejor.”

El registro de este intercambio de la mesa chica del equipo de campaña del Pro es uno de los momentos más jugosos de Cambiamos, de Hernán Iglesias Illa. Un diario de campaña de 2015 que va de marzo al 22 de noviembre, jornada de la segunda vuelta electoral que consagró como presidente a Mauricio Macri. El proceso es épico, digno de ser relatado: cómo un candidato que iba tercero en las encuestas, que solo tenía despliegue territorial en la ciudad de Buenos Aires, que no era peronista, que era resistido por gran parte de la sociedad hasta poco tiempo atrás, termina ganando la elección nacional y la provincia de Buenos Aires y conservando el bastión de la Capital. ¿Cómo pasó? ¿Qué seguidilla de aciertos propios y errores ajenos se encadenaron para que las cosas resultaran de ese modo?

Desde adentro —fue parte del equipo comunicacional de la campaña “Macri presidente”— Illa cuenta el día a día de ocho meses vertiginosos, al palo: las reuniones del equipo de campaña, el análisis incesante de encuestas y focus groups, la elaboración de mensajes electorales y plataformas proselitistas, los desayunos de trabajo y los viajes por el interior, e intercambios de ideas como el consignado al principio, en el que se intenta manipular la percepción ciudadana convirtiendo una mala noticia (“la gente está peor de lo que cree”, “el ajuste es inevitable”) en una oportunidad de mejora.

Las figuras que más atraen la atención del autor, desde las primeras páginas, son el asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba, a quien rinde pleitesía, y el por entonces jefe de campaña, y hoy de gabinete, Marcos Peña. Ambos tienen una presencia rutilante, mucho más que el propio Mauricio Macri, con quien Illa tiene poco trato directo, ninguna charla cara a cara, y de quien ofrece muy pocos detalles reveladores. Lo observa de lejos, lo analiza como producto, como candidato, pero es poco lo que dice de él a nivel personal. Por ejemplo, durante un festejo postelectoral, el autor detalla minuciosamente los movimientos de su líder político y escribe: “Mauricio bailó durante varios minutos sobre el escenario, a veces con Antonia sobre los hombros, a veces moviendo los brazos de maneras muy extrañas; en un momento los extendió a los costados, de frente al público, mientras abría la boca y cerraba los ojos, quizás cantando un estribillo… Mientras lo veía bailar, desde la multitud frente al escenario, pensaba que cuanto peor bailaba Mauricio, mejor bailaba. Es decir, cuanto más espástico e incómodo pareciera, mejor para la campaña, porque esta torpeza (similar a la de cualquier varón argentino) lo mostraba como un tipo genuino, que estaba festejando algo porque realmente estaba contento y no porque estuviera planificado: a medida que sus movimientos se hacían menos gráciles, más comunicaba, me pareció que es un tipo que no le tiene miedo al ridículo, que no se toma tan en serio y que tiene coraje para mostrarse como uno más”.

Autor de buenos libros de investigación periodística y no ficción, editor de La Agenda, la revista cultural digital del gobierno porteño, Illa integra desde hace dos años la cocina de la comunicación macrista (y hoy es funcionario público en la jefatura de gabinete), pero para llegar ahí tuvo que colgar los botines de periodista, como quien tiene que desprenderse de todo objeto metálico para pasar los controles de seguridad en un aeropuerto. Cambiamos no es, entonces, como los títulos anteriores de Illa (Golden Boys, Miami, American Sarmiento), el libro de un cronista. Es el libro de un asesor de comunicación política, de un militante rentado del siglo XXI.

Nadie puede negar que el autor, así como el resto del equipo (los resultados están a la vista) desempeñaron con suma eficacia sus roles como analistas de medios, estrategas semióticos y comunicadores en todos los soportes, pero tampoco puede negarse que tenían (que tienen) un compromiso político que excede la mera relación profesional. El propio Illa cuenta que se “sumó al partido, como decimos en el PRO”, que decidió abandonar “una vida apacible pero solitaria en Nueva York, más cerca de la literatura que de la política” y volver a Buenos Aires, por una cuestión de fe: creía en el proyecto. “Igual, admito, yo siempre había sido bastante macrista.”

Sin ir más lejos, un año y medio después de aquel “deslumbramiento inicial” va a terminar sentado en una escuela secundaria del Conurbano fiscalizando en las elecciones, algo que nunca haría un cuadro técnico, un mero profesional. “’Todo esto sólo vale la pena si de verdad representamos el juntos, el escuchar a la gente y el ser abiertos’, nos dijo. Y le creímos. O por lo menos yo le creí,” escribe. Al que le cree es a un tal Joaquín, dueño de una agencia de publicidad, “quien para mí se ha convertido en una especie de líder espiritual de la campaña”. Esa mezcla de marketing político, cultura corporativa y consignas de autoayuda constituye el caldo de cultivo de la identidad Pro. ¿Pero más allá del salto de fe dado por Illa, es posible hablar de un macrismo emocional? Más adelante, el hecho que muchos militantes y dirigentes “se emocionaron hasta las lágrimas escuchando los discursos de Gabriela, Horacio, María Eugenia y Mauricio”, parece confirmarlo.

“El corazón de nuestra identidad tiene que ser el del búnker del otro día en Costa Salguero, después de la interna de Horacio y Gabriela, en el que logramos mostrarnos así, entusiastas y un poco giles, malos bailarines pero nada irónicos, alegres, como gente que quiere laburar e ir siempre para adelante.”

En Cambiamos se narra mucho (y se narra bien) pero se piensa poco; más bien recoge aforismos de marketing político escuchados aquí y allá. La voz es buena, pero se cuida demasiado de lo que puede decir o de lo que mejor no decir. Tal vez por eso, los fragmentos más memorables son aquellos en los que Illa deja escapar algunas observaciones no tan virginales respecto de la organización a la que pertenece, casi como si no pudiera con su genio periodístico, como si éste fuera más fuerte que la discreción (“en el fondo soy y seré siempre un periodista”).

Hay momentos sabrosos en ese sentido, como cuando consigna “un post de Facebook de Mauricio el otro día con el perro Balcarce tuvo más likes que el post de ayer de presentación del acuerdo con Sanz”. O cuando en reuniones de cuadros técnicos alguien propone ajustar las tarifas un 200% y son varios los que señalan que “ni mediáticamente ni, quizás, judicialmente vas a tener margen para triplicar las tarifas”. O cuando Durán Barba es citado diciendo: “En la medida en que defendamos cosas que son populares y son buenas para el país, digámoslas. Después vemos cuando seamos gobierno cómo hacemos para conseguirlo”. O cuando cuenta: “Marcos nos pidió que no comentáramos mucho esto porque no queremos que Jaime vuelva a aparecer en los medios como alguien influyente en la campaña, pero sin dudas su aporte en el debate fue fundamental”. O “Mauricio protesta entre risas: ‘Otra vez tengo que hacerme el boludo’, dice. ‘¿Cuándo voy a poder pegarle una piña a alguien’?” O cuando el autor va a fiscalizar en una escuela del conurbano y entra en contacto por primera vez con la red de micro punteros políticos, “Ángel había ubicado a ocho fiscales, conocidos de él del barrio, que cobraron, por lo que pudimos averiguar, unos 500 pesos cada uno” para hacer de fiscal del PRO.

O el momento en que Marcos Peña le promete al equipo militante del PRO cargos en la administración pública para todos y todas. “No se preocupen, no los vamos a dejar en banda. No los íbamos a dejar en banda si las cosas salían mal y menos los vamos a dejar en banda ahora cuando vamos a necesitar gente seguro”, promete a su equipo días antes de la segunda vuelta. Un grupo de jóvenes que llevan “dos tercios de su vida adulta trabajando para el PRO” (o sea que no son profesionales exitosos del sector privado que decidieron pasar a la esfera pública para “dar una mano”). Son militantes, aunque no se los llame así. Militantes rentados. Se dice que en el PRO prefieren la palabra “voluntario”, pero si cobran un sueldo, hay algo que no cierra.

En su ofensiva por cambiar de cuajo y desactivar los mecanismos de comunicación de la larga década pasada, el equipo de comunicación comandado por Peña y Durán Barba se topa con innumerables palabras cargadas de radioactividad K. Por ejemplo, están obsesionados con el relato, pero evitan en todo momento mencionar ese término; apelan a sinónimos como “narrativa”, que se usa unas diez veces a lo largo del libro. Otra palabra tabú es “gobernabilidad”, según Illa “una de las más soretas del lenguaje político, una palabra paranoica y resignada, que impide hacer política fuera del peronismo. Cuanto más se hable de gobernabilidad, peor será para nosotros”.

Como si fuera una de esas series televisivas que retratan un ámbito laboral, la dinámica de un equipo de trabajo Cambiamos puede ser leído como el relato del funcionamiento de una ajustadísima maquinaria electoral y de comunicación política del siglo XXI que tenía del otro lado un partido dividido, plagado de internas y desgastado después de años en el poder. Hay buenas explicaciones sobre la dinámica de trabajo, sobre “la cadena de contenido en acción: empezamos nosotros con la elaboración de los ejes y las propuestas, que luego se transforman en un discurso, que luego se replica en acciones digitales o de comunicación directa (mails, SMS, llamados telefónicos) o en material para voceros o se guarda para ser transformado en spots de radio y televisión. Ser consistentes y profundos en este proceso es fundamental para la penetración y la efectividad de la campaña”.

Pero la imagen David versus Goliat que Illa intenta inocular en el lector tiene menos asidero empírico que una estadística del INDEC. Por ejemplo, en un momento escribe “un dato que a mí me sorprende: nuestro presupuesto para la campaña a nivel nacional va a ser de alrededor del 10%-15% de lo que va a tener el Frente para la Victoria.” Y luego el diario La Nación del 16 de febrero sorprende al lector crédulo al afirmar que “Cambiemos fue el que más gastó durante la carrera presidencial, casi $130 millones en términos de gastos operativos y publicidad proselitista.” La fórmula que llevó al triunfo a Mauricio Macri y a Gabriela Michetti, dice la nota, recaudó casi $ 91 millones de aportantes privados (casi el doble que Scioli), mientras que desde el Estado recibió $ 28 millones (casi la mitad que Scioli).

El clímax narrativo coincide con la inminencia de las elecciones, con la contingencia propia de la competencia electoral. ¿Qué hubiera pasado si Lousteau le ganaba a Larreta? ¿Qué hubiera pasado si Randazzo iba de candidato a gobernador? “La bala pasó demasiado cerca,” consigna Illa el día después de la segunda vuelta de la elección de jefe de gobierno. En general se lo nota seguro y optimista. Es cierto que, por otro lado, es poco lo que de su subjetividad deja leer. No sabemos si la campaña le trae problemas con su mujer, problemas para conciliar el sueño; apenas que se cuida de no comer demasiadas medialunas o que en un momento sigue la dieta paleo (después la deja, y vuelve a las harinas).

Una de las pocas excepciones en 350 páginas es cuando confiesa: “me costaba concentrarme, dudaba de mí y del proyecto en general, sentía que todo lo que parecía pegado y armónico hace unos meses ahora estaba despegado y caótico”. Pero en general es un relato positivo, esperanzador, que va cobrando cada vez más ímpetu, sobre todo después de la primera vuelta, y que termina con un final feliz eufórico que sólo los miembros del equipo consideraban verosímil al comienzo de la temporada. “Recordando aquellos meses, me doy cuenta de cuán temprano empezamos a decirnos esto de que la campaña dependía de nosotros, que la ganábamos o la perdíamos nosotros y que, si hacíamos las cosas bien, siempre de a poquito y sin dar grandes golpes de efecto, íbamos a ganar”.

¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos hasta acá? El Pro ganó la elección, enseña Cambiamos, al menos en lo que respecta a los méritos propios, porque tenía un diagnóstico muy certero de la tectónica social, porque tenía híper sondeadas y estudiadas las percepciones y expectativas ciudadanas, y porque tenía un único objetivo claro detrás del cual estaban todos encolumnados. No deja de sorprender el uso sistemático de la investigación y las encuestas para decodificar el humor de la sociedad, paladear su vocabulario, conocer mejor sus comportamientos, como un productor televisivo pendiente del minuto a minuto del rating.

También resultó muy eficaz en términos electorales el modo en que se complementaron Facebook y los “mano a mano”, esos encuentros de los candidatos con los vecinos “con el cuidado de la autenticidad como eje central”. Explica Illa que durante un año y medio, Macri llegó a San Rafael, a Resistencia o a Río Cuarto y “lo primero que hizo fue ir a la casa de una familia que lo había invitado por Facebook y pasar un par de horas con ellos, más escuchando que prometiendo, más buscando una conexión que tratando de vender algo”.

El trabajo del equipo de campaña consiste en moldear una imagen y en penetrar con esa imagen en la cabeza de los millones de electores no politizados. Y en ese sentido el equipo del Pro fue una orga implacable. Implacable en lo que decía y en cómo lo decía, pero sobre todo en lo que no decía, y en la forma en que esquivaba el golpe. ¿Economía? Preferiría no hablarlo, va rumiando el bartleby macrista por los pasillos del edificio Balcarce. “La economía es siempre un punto débil para nosotros,” señala Illa, y al ver el ejército de economistas que integran el Pro, enseguida queda claro que lo de punto débil tiene que ver con la comunicación de medidas impopulares, no con el manejo de la economía en sí. En otro momento nos enteramos de que hubo “una reunión de los economistas del PRO y la UCR para que se pongan de acuerdo sobre qué decir (crecimiento, empleo) y qué no decir (ajuste, devaluación) en estas semanas de campaña que quedan”.

El macrismo tenía muy estudiado el tablero, y también tuvo el arrojo y la determinación —la decisión política— de ir a fondo en su jugada, de redoblar la apuesta en el momento de máxima contingencia, cuando nada era seguro; de conservar la sangre fría frente a las presiones del establishment que pedía una alianza con un sector del peronismo, y ganar la elección por sus propios medios. “Marcos agrega un dato: la elección se va a ganar en la clase media baja. Dice que hay 18 millones de personas que reciben algo del gobierno, desde jubilaciones a asignaciones universales por hijo, pero que entre muchos de ellos existe de todas maneras un deseo de cambio. Ahí, en el solapamiento entre planes sociales y deseo de cambio, se va a ganar la elección. Ese tercio del país que tiene algo para perder pero igual quiere un cambio. Es ese tercio el que va a definir la elección”, auguraba Peña con razón.

Marcos Peña y Durán Barba son los héroes del libro, los consejeros y pedagogos políticos del Príncipe. “Lo que digas es importante, por supuesto, pero no definitivo,” le explica uno de ellos a Macri horas antes del debate televisado con Scioli. “Lo definitivo es tu presencia y tu manera de pararte sobre el escenario. Ellos van a tratar de hacerte enojar, y de mostrar tu peor cara, que es la del tipo que se pone a la defensiva y se enoja y se enreda en argumentos. Lo que vos tenés que hacer es mantenerte arriba de todo esto, señorial pero afectuoso, caballeresco pero cercano”.

En fragmentos como éste Cambiamos deja en evidencia hasta qué punto la imagen política de Mauricio Macri es una construcción planificada del parecer que, del pasar por, del mostrarse como (“señorial pero afectuoso, caballeresco pero cercano”, “como gente que quiere laburar e ir siempre para adelante” o “genuino, que no le tiene miedo al ridículo, que no se toma tan en serio y que tiene coraje para mostrarse como uno más”, por citar solo algunas). Y en ese sentido recuerda a Educando a Fernando, de Ernesto Semán, una crónica sobre la campaña aliancista del 99 que llevó a De la Rúa a la presidencia, proceso en el cual también cumplía un rol prominente un asesor político estrella, el norteamericano Dick Morris.

Pero el de Semán, aunque fue escrito y publicado en plena euforia de la Alianza, es el libro de un periodista que tenía asignado cubrir la campaña; en cambio Illa escribe “desde adentro”. Mientras el periodista, más allá de sus prejuicios, intereses y afinidades, trata de develar, de revelar, de poner en evidencia como las cosas son para él en realidad, el asesor de campaña, como el agente de prensa, está preocupado por lo que las cosas parecen, por lo que los gestos comunican, por lo que ciertas palabras transmiten, y por maquillar o barrer bajo la alfombra lo que no es bueno para la campaña.

Si uno tiene en cuenta lo que viene pasando del 10 de diciembre en adelante, quiénes ganaron, en definitiva, qué sectores se beneficiaron y cuáles se vieron perjudicados, que el libro termine diciendo “Hoy ganamos los ingenuos, hoy ganamos los boludos” es una falta de respeto intelectual hacia el lector (que pertenece seguramente a ese reducido grupo social híper informado con posiciones políticas tomadas). Esa sí que es una frase soreta, al decir de Illa, quien, a todo esto, ¿está escribiendo un libro de no-ficción o está escribiendo un post de cierre de campaña en Facebook, un spot audiovisual? En las librerías, ¿Cambiamos tiene que estar exhibido junto a un libro de Marcelo Larraquy o junto a uno que exponga el pensamiento político de Marcelo Tinelli? ¿Junto a uno de Leila Guerriero o junto a uno de María José Lubertino?

Podríamos echar mano a un atenuante, es cierto: cuando alguien escribe sobre la organización política en la que milita, alaba sus bondades, oculta o tal vez encandilado ni siquiera advierte sus miserias, o piensa que exponerlas atenta contra el proyecto, entonces suele pasar que en su afán de proselitismo la escritura pierde espesor y potencia. Es por eso que los libros que valen la pena redactados “desde adentro” por consejeros, por asesores, por publicitarios no son aquellos que están escritos por los ganadores al volver de los festejos, sino por los quebrados, por los traidores, por los arrepentidos, por los reventados. El resto es propaganda.

Esto que dice Capelli al final se aplica a vivencias más profundas. Los que mejor escribieron sobre la experiencia de la militancia leninista en el siglo XX fueron los desilusionados: Orwell, Koestler,… Salvando distancias, de textos sobre la experiencia montonera pienso en Recuerdo de la muerte, de Bonasso (Debería haber sido Walsh, pero no vivió para hacerlo).

La experiencia del PRO no tiene nada de la tragedia y la locura de esas. Su filosofía tiene la superficialidad de los libros de autoayuda que los sectores de donde provienen muchos de sus cuadros consumen. Pero no veo nada necesariamente malo en que enarbolen un optimismo y una alegría un poco facilista. Después de todo, también la militancia kirchnerista lo hacía, apoyándose en citas de Jauretche “Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos”. Y está bien: la política es una herramienta y una aventura. Para tragedias, está la vida.


El fenómeno Macri

noviembre 11, 2015

macri

Uno, que ha hablado en este blog con displicencia de las cualidades de Mauricio Macri como político y como gobernante, se ve forzado a reconocer que el tipo encabeza el fenómeno más interesante del último año en la política argentina. Más, puede llegar a ser el segundo más interesante en lo que va del siglo XXI, siendo el primero la instalación de la experiencia kirchnerista.

La construcción del PRO, un partido de derecha light, moderna (es decir, que no se asume como derecha) con base en las clases medias y medias-altas urbanas y que incorporó estructuras y militancia de las ONGs – que tan bien describió José Natanson – ya fue un logro original en Argentina, donde la derecha tradicional no supo hacerlo por muchas décadas. Pero era fuerte solamente en la Capital Federal, y se lo podía ver como otro partido de distrito, con identidad porteña. Que hubiera cooptado una parte del aparato tradicional del peronismo para hacer política en los barrios pobres, eso también lo habían hecho los conservadores en algunas provincias.

En el 2015 ha cambiado todo. Haber triunfado en la provincia de Buenos Aires, es solamente una muestra dramática, que va a cambiar, por lo menos en el corto plazo, algunos elementos básicos del poder político territorial. El hecho clave es que la candidatura presidencial de Macri consiguió un 34 % de los votos nacionales válidos y en diez días va a ir al balotaje, enfrentando a un peronismo todavía desconcertado por un escenario que nadie, ni ellos ni el PRO, habían previsto.

La última encuesta de Hugo Haime indicaría que el camino no le va a resultar tan fácil como la euforia de las primeras semanas asumía. Aunque la dirigencia del peronismo todavía no pudo armonizar las dos voces de su mensaje, y se apoya en la imaginación y el empuje de su militancia, la “campaña de miedo” conducida por Michetti, Melconian, Prat Gay, Sturzenegger parece estar dando resultados.

De todos modos, lo que digo al principio sigue siendo válido: las condiciones de la irrupción de Mauricio Macri deben ser analizadas por todos los que se interesan en la politica (los que no se interesan… no importa. La política se interesa en ellos).

Quiero aportar algunas ideas: Me parece evidente que Macri, y el PRO mismo, resultaron ser el instrumento adecuado para ocupar un espacio que no depende de ellos: el de la oposición a la experiencia kirchnerista. Por eso vale la pena examinar por separado qué es ese espacio, y porqué fueron los adecuados para expresarlo.

Dije muchas veces en el blog que el gobierno K era un frente, pensado e impulsado por Néstor Kirchner, que sumaba a los aparatos tradicionales del peronismo las clases medias progresistas que estuvieran dispuestas a acompañarlo, y acercarse al poder. Fue un experimento difícil, porque las agendas de ambos no eran las mismas, y exitoso, porque dio a nuestro país doce años de continuidad política. Pero, inevitable, sumó también enemigos: los que rechazan o desconfían del peronismo, y los que rechazan o desconfían de la izquierda.

Esos sectores (numerosos) de argentinos sólo necesitaban ocasiones propicias para manifestarse. La encontraron en 2008, en el enfrentamiento del gobierno con las patronales agrarias; en 2009, cuando la candidatura a diputado de un hasta entonces desconocido De Narváez derrota a una lista que llevaba a Néstor Kirchner, Daniel Scioli y Sergio Massa; a fines de 2012, en el primer gran cacerolazo un año después del aplastante triunfo electoral de Cristina, y en 2013, con la irrupción de un Sergio Massa opositor.

El problema de este espacio es que no encontraba la expresión política adecuada, lo que había sido el radicalismo en la etapa fundacional del peronismo. La U.C.R., después de 1989, 1994 y 2001, quedó marcada en la memoria de los argentinos como incapaz para gobernar el país; el llamado “Peronismo Federal” o disidente, se mostró como lo viejo, y, en general, las fuerzas políticas opositoras que obtuvieron una mayoría en el Congreso después de 2009… resultó evidente que no tenían unidad, voluntad de poder, ni ideas.

En realidad, faltaba el candidato. La política es personal, o es un ejercicio intelectual sin resultados. Y en los países presidencialistas, es todavía más así. Las ideas, bueno, las usinas del establishment, que repiten los discursos hegemónicos del Hemisferio Norte, están siempre listas para proporcionarlas. Y los medios de comunicación masivos, en general opuestos al gobierno, iban a promoverlo y protegerlo.

(No es que el gobierno nacional no se preocupó por tener medios propios y/o afines. Lo hizo, sobre todo a partir de 2008. Pero no supo vencer el problema básico de todos los medios oficialistas: incapaces de autocrítica, se hacen aburridos. Y, en un plano más fundamental, el kirchnerismo repitió un error histórico del peronismo: hablar sólo para los ya convencidos. Un discurso bueno para crear épica, mística… Pero deja afuera a los que sus ideas o su experiencia concreta les impide apreciar lo maravilloso que es el gobierno 🙂 ).

En los últimos dos años, mientras el desgaste de tres períodos de gobierno y el fastidio de los que no estaban convencidos del discurso K aumentaba, compitieron por el lugar del candidato opositor dos figuras: Macri y Massa. El triunfo del primero era previsible: Massa estaba demasiado ligado al peronismo kirchnerista, por su historia y por su estilo político, para serlo.

Igual, debe reconocerse el mérito de la estrategia de Macri. O, más exactamente, de la de Durán Barba, que merece una disculpa de todos los que lo menospreciamos por su evidente desconocimiento de la política local. Acertó en lo central: frente a la insistencia, casi histérica, del establishment, en que Macri y Massa se unieran, tuvo claro que los votos no los traen los dirigentes sino que se suman de a uno. Los aparatos sirven para hacer campaña y fiscalizar elecciones.

Hay algo más, y es lo decisivo. Porque con los votos opositores – los de aquellos que se oponen por intereses económicos, adscripción social, prejuicios culturales – no se gana. Alcanzan para ese 34 % que obtuvo. Y aún en ese grupo, a medida que les quede claro lo que significa en la práctica un gobierno de Macri, una gran parte de ellos puede preocuparse por esa víscera sensible, su bolsillo.

Esta es la etapa más interesante, desde la política como actividad ¿Cómo hace Macri para tratar de sumar los votos que en octubre fueron a Massa, para retener los (muchos) cuyos intereses chocan con el cuadro que anuncian los Melconian, los Prat Gay? Siendo más Durán Barba que nunca. Si ustedes siguen las apariciones de Macri en público, en los medios y en las redes sociales, descubrirán que el rígido y algo introvertido empresario se ha convertido en lo más parecido a una estrella de rock, o a un pastor electrónico. Desparrama buena onda y alegría, y confianza en el magnífico futuro que haremos entre todos una vez que lo elijamos Presidente.

Sus consignas son Pobreza Cero, Guerra al Narcotráfico y Unidad de los Argentinos ¿Cómo se consiguen? De eso no se habla. Literalmente. En sus discursos, en la propaganda electoral, no hay una palabra sobre medios.

¿Puede ser exitosa esta estrategia?… A los políticos veteranos nos recuerda irresistiblemente la de Carlos Menem, en 1988 y 1989. El personaje, el público, la Argentina son muy distintos… En este caso, los que están “envenenados” contra el gobierno le creerán, porque quieren creerle. A los que valoran algunas políticas de los Kirchner, el mensaje les resbala o les resulta transparentemente ridículo. ¿Qué pasa con el resto? El que viva, diez días, lo verá.


La comunicación de Scioli: Cómo mejorarla

octubre 10, 2015

scioli

De primera intención, parece un poco pretencioso postear sobre este tema. Entre los dirigentes en la primera línea de exposición pública, Daniel Scioli es, estimo, quien mejor ha manejado la comunicación política durante estas últimas dos décadas. Con esto no quiero decir que es el que mejor ha comunicado, ni me refiero a esos aspectos que son la elocuencia o el contenido.

Lo digo porque desde 1997, cuando fue electo diputado nacional, ha mantenido un discurso coherente con su persona pública, el mismo discurso. Y con él ha crecido en popularidad y, lo más difícil, la ha mantenido (Razonablemente. Este es un país exigente). En esta larga campaña presidencial – empezó hace dos años – es el candidato con chances que ha cometido menos errores. Y uno tiene presente lo que dicen de las batallas: que las gana el general que se equivoca menos veces.

Entonces ¿a qué viene el posteo? Es que ahora ha comenzado una nueva etapa, muy distinta. Que, muy probablemente, se acentuará a partir del 25 de este mes, y se convertirá en la nueva realidad desde el 10 de diciembre: Cada vez más gente, hombres y mujeres con poder, hablarán desde Scioli.

Me puse a pensar en esto cuando subí el reportaje a Miguel Bein y cuando lo analicé. No porque crea que las palabras del economista fueran muy distintas de lo que piensa el candidato, ni de lo que este quería transmitir. Pero surge una pregunta inevitable: ¿cómo hace un candidato, o un presidente, para que los actores que hablan desde el vínculo o el cargo que tienen en su entorno, actores con sus agendas y ambiciones, digan lo que él quiere que digan?

Es un problema muy común en la política. Lo tienen todos los Jefes de Estado y de gobierno; Obama y también Tabaré Vázquez. Y cada uno lo resuelve de acuerdo a su estilo personal y al sistema político en que está ubicado. En el caso de Scioli el asunto se ha hecho más visible debido a los muy recientes episodios con Mario Blejer (ver aquí) y con Juan Manuel Urtubey (ver aquí).

Ahora, es posible que esos… ¿deslices verbales? hayan sido una decisión del mismo DOS, para comunicar a determinados públicos cosas que el no quiere decir a otros. También puede ser que el candidato haya consensuado con el actual gobierno lanzar globos de ensayo. Las especulaciones son gratis. Pero no contestan al problema concreto que enfrenta cualquier candidato presidencial. Y, sobre todo, cualquier presidente.

Los KIrchner, Néstor y Cristina, lo encararon desde el primer momento a través de una concentración férrea de la comunicación. Muy pocas personas llegaron a ser voceros habituales en estos doce años: Alberto Fernández, Jorge Capitanich, Aníbal Fernández. Y aún ellos, y cualquier otro funcionario – o aún legislador del bloque del Frente para la Victoria – estaban obligados a ajustar sus declaraciones públicas a las políticas y tácticas trazadas desde la Presidencia.

Nada mal con eso, por supuesto. Un gobierno no es un club de debates. Y por algo al jefe de bloque en el Parlamento inglés se le llama “whip”, látigo. El problema es que para lograr eso se necesita una concentración obsesiva en la comunicación y un verticalismo disciplinado. No parece ser ese el estilo de conducción de Scioli, más conocido por delegar responsabilidades.

(Ojo: tampoco debe pensarse que el estilo de DOS es “dejar hacer”. La demostración la tenemos en algo tan sensible para un candidato como es la campaña electoral. Tanto Durán Barba (sobre todo éste) como Bendixen no se han privado de opinar públicamente sobre las de sus clientes, Macri y Massa. Savaglio, aunque es un publicista con una fuerte personalidad, ha tenido mucho menos protagonismo con Scioli).

Como sea, me permito sugerir un camino más acorde con la personalidad del actual gobernador de Buenos Aires, con la necesidad de un gobierno coherente, y, entiendo, con el actual clima político en el peronismo, algo “retobao”: es una técnica comunicacional adecuada a los ámbitos – como las redes sociales, las unidades básicas y las asambleas – donde hay necesariamente muchos emisores: El principal debe “emitir” más.

Esto no quiere decir hablar más o más alto, necesariamente. Significa que debe expresar públicamente la “línea” sobre los temas sensibles (salvo los que decide que se lancen globos de ensayo, claro) y hacerlo con la anticipación apropiada. Para evitar aparecer como un “director de coro”, o crear expectativas desmedidas, lo mejor, creo, son las “cadenas nacionales” regulares, en el estilo de las “fireside chats” de Roosevelt en los ´30. Me permito sugerir esto a pesar que sé que provocará cierta histeria en las almas sensibles de la oposición republicana. Que, parece, no tienen forma de apagar sus televisores ni pueden pagar servicio de cable. No importa; igual encontrarían otros motivos para oponerse.


La estrategia de Durán Barba

septiembre 14, 2015

JDB

Entre los consultores políticos de primer nivel, es frecuente que – años después de haber participado en campañas exitosas – relaten su versión de la historia y traten de extraer principios generales aplicables a la profesión. Ahora, es raro – por decir lo menos – que el consultor aparezca públicamente en medio de la campaña, explicando la estrategia con un discurso más elaborado que el del candidato.

De todos modos, estos argumentos que expone Jaime Durán Barba son interesantes, y quiero compartirlos con ustedes. Son de un resumen, jugoso, hecho por el portal Política Argentina, de un reportaje radial de Mendoza Online (completo aquí). Al final – como seguramente suponen – agrego mis comentarios.

El “gurú” político de Macri rompió el silencio en el programa “Tormenta de ideas” por MDZ radio, relató sus estudios en Mendoza, su pasado peronista y explicó por qué no se realizó un acuerdo con Massa: “Scioli está en el 40 por ciento. Supongamos que Massa se baja para apoyar a Macri, de ese 20 por ciento hay un tercio que automáticamente vota por Scioli. Si al 40 de Scioli se le unen 7 más, gana en una vuelta. La alianza haría que ganen los kirchneristas en una vuelta”.

El asesor relató sus estudios en Mendoza, cuando “creía que el socialismo llegaría”. Estudió democracia, encuestas.“Hice una, otra y me convertí en un personaje mediático de las encuestas. Con las encuestas uno constata lo que la gente común piensa. Eso no era lo que a mí me parecía importante, entonces empecé a comprender otro mundo, distinto al mío y al de mi entorno de lo que en México llaman “círculo rojo””, modismo que, según él, trajo a la Argentina.

En relación a las denuncias a Fernando Niembro afirmó que él “no está en la política del día a día” y que a Niembro “ni siquiera” lo conoce. También le respondió al gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, que lo acusó de ser la mente detrás de las campañas sucias: “Uribarri no lee. Yo tengo publicados 16 libros donde digo que las campañas sucias son una estupidez, no sirven, dañan al autor”.

Por otro lado, dijo que la gente hoy en día se volvió “autónoma de cualquier tipo de autoridad”. “En Mendoza cantábamos “Perón Perón qué grande sos”. Imagínense ahora cantando lo mismo con Cristina, queda ridículo, porque la relación con la autoridad no es la que tenían antes con Perón. Ahora todos los mandatarios son Felipe, Cristina, Lula, nombre o apodo. Hay una democratización enorme que no tiene que ver con nada impuesto, así funciona la sociedad”, contó. Además, afirmó que la clave para ganar está en “actitudes que hacen que aquellos que no votan ni por Macri ni por Scioli vean a Macri como el menos malo”.

Sobre el candidato a presidente del FpV opinó: “Daniel es un tipo agradable, tiene buena imagen y es muy buen candidato. Tiene posibilidades de ganar. Macri también tiene sus posibilidades, se ha posicionado de una manera increíble. Es un buen candidato, supone un cambio muy grande en muchas cosas”.

Finalmente, opinó sobre qué cree que pasará con los votos de De la Sota y su pasado peronista: “Los votantes de Schiaretti (gobernador electo de Córdoba apoyado por De la Sota) en un 70 por ciento dijeron que votarían a Macri y el 30 a Scioli”.”

Parece evidente que con estos argumentos Durán Barba está defendiendo la estrategia de la que convenció a Macri. Es un razonamiento inteligente, pero omite un hecho fundamental: más temprano o más tarde, la polarización se da. Aún si se demora – posible, pero difícil – hasta el balotaje. Cuando no hay polarización, el oficialismo gana cómodamente, como pasó en 2011. Entonces, lo que debe decidir el candidato – no sus asesores – es el momento de sumar todos los votos posibles. Los otros… irán a su adversario.

Igual, yo no participo en la campaña de Macri, y no me corresponde opinar sobre si le hubiera convenido – o no – sumar a Massa cuando éste aparecía regalado, después que la mayoría de los intendentes que lo apoyaban huyeron. Eso sí – el “círculo rojo” (poco elegante de J.D.B. reivindicar su autoría del único aporte de Mauricio a la teoría política, de paso) estaba claramente a favor de ese acuerdo. Salvo un milagro el 25 de octubre, es poco probable que Durán Barba pueda contar entre sus clientes a Techint o al Grupo Clarín.


Cuando la Nueva Política envejeció

julio 28, 2015

duran-barba

El fenómeno de la instalación del PRO como partido mayoritario en la ciudad de Buenos Aires, y el de la candidatura presidencial de Mauricio Macri han provocado una inundación de análisis y debates (También en este blog, confieso. Hace pocos días volví sobre el asunto aquí y aquí, dos posteos que juntaron 148 comentarios, algunos sensatos).

Se me ocurre que tanto palabrerío es causado porque no se deja claro que se trata de dos cosas bien distintas, aunque vinculadas en su origen y en su proyecto de este año. Y deben ser entendidas por separado. Una es la construcción de un partido de Derecha moderno – ¿o sería mejor decir para los modernos de derecha? -, una fuerza política con la ideología (que no se reconoce a sí misma como ideología) y los códigos de las clases medias altas, globalizadas, de la C.A.B.A. y los distritos más ricos del Gran Buenos Aires. Muy distinta de los viejos conservadores, pero que, como ellos, sabe usar a los punteros en los barrios más pobres.

La candidatura del Mauricio debe verse, en cambio, como el intento de crear un rival con chances para enfrentar a la coalición oficialista hegemonizada por el peronismo. Un rol parecido al que llenaron recientemente Henrique Capriles en Venezuela o Aécio Neves en Brasil. No es necesario subrayar que para hacer un intento decoroso, por lo menos, debe sumar muchísimos votantes que no tienen nada que ver con el PRO.

En doce días sabremos si el intento funciona, o no. Pero creo que vale la pena fijarnos un poco más en el PRO  y en sus formas de hacer política – no sólo porque la jugada Macri está inevitablemente condicionada por ellas. También porque, aún si Macri fracasa ahora o en octubre y vuelve a Boca o se dedica a su familia, el PRO y el espacio social que ocupa van a seguir existiendo. Y contando, por cuatro años, con los recursos del 3er. presupuesto del país, el de la ciudad de Buenos Aires.

Sobre el espacio social que dio origen al PRO, el mejor análisis, en mi juicio, es la crítica de José Natanson que subió Panamá Revista sobre Mundo PRO, de Vommaro, Morresi y Bellotti. Sobre su idea de la política… a lo mejor bastaría con leer la charla que dio Jaime Durán Barba a un grupo de dirigentes del PRO en Pericles. Después de todo, es el autor del libreto original.

Pero las modificaciones tienen que ver con esta campaña. Así que quise acercarles este artículo de Luis Tonelli. No kirchnerista él, pero por eso mismo puede tener una visión más objetiva de donde fracasó la Nueva Política que el PRO traía.

Mauricio Macri está en una encrucijada: o acepta que el modo en que quiso entender la política estaba equivocado o bien prefiere olvidarse de ganar, quedarse con su verdad y juzgar que todos los demás son los equivocados.

Para Macri y los suyos, el 2001 marcó un antes y un después en la política nacional, y en eso es imposible no estar de acuerdo (cosa muy diferente a estar de acuerdo en el modo en que la crisis ha impactado sobre la política). En la visión del todavía Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en la que está acompañado no solo de sus colaboradores más íntimos sino también de prominentes académicos, la crisis marcó el ascenso imparable de la demanda ciudadana por una Nueva Política. En esta perspectiva, el “que se vayan todos” jubiló tanto a la clase política como a sus prácticas y cualquier nostálgico que a ella se asociara sería castigado por la sociedad.

La Nueva Política tiene una fórmula sencillísima: todo se trata en ofrecer lo que la G.E.N.T.E. quiere. Que la Vieja Política siga sobreviviendo se trata simplemente de un problema de oferta. Una vez que la Nueva Política genera sus “productos”, entonces la Vieja Política queda desplazada de una vez y para siempre.

Obvio, no hay como un triunfo para validar una hipótesis política, y Mauricio Macri llegó al gobierno de la Ciudad repartiendo globos, pintándose de amarillo y siguiendo encuestas a pie juntillas. De todos modos, como ya sospechaba David Hume, correlación no es lo mismo que causalidad. El cielo de París se llena de cigüeñas en primavera, justo cuando se da la mayor tasa de natalidad en esa ciudad, y no por eso vamos a colegir que la hipótesis que a los chicos los trae la cigüeña queda demostrada!.

Uno podría presentar hipótesis alternativas, sin ninguna pretensión de verdad absoluta ni mucho menos, tal como que Macri se aprovechó de la crisis de los partidos políticos de la Ciudad de Buenos Aires y que fue beneficiario de algo tan viejo como el voto estratégico (artilugio que en el balotaje reciente se le volvió en contra como un boomerang). La cuestión es así: uno vota, dentro de los que tienen posibilidades de ganar, a quien más prefiere. Si no tiene posibilidades de ganar el candidato a quien se prefiere, entonces se vota a quien le puede ganar a quien menos se prefiere.

La crisis de los partidos en la Ciudad de Buenos Aires rompió la coordinación del voto estabilizada via partidos, y abrió con la pregunta “¿Y ahora a quien voto?”, la caja de pandora de la multiplicación de las posibilidades electorales –cosa que no sucedió en la mayoría de las provincias, ni tampoco en el Conurbano Bonaerense.

Más que una nueva forma de representación, desde esta perspectiva el ascenso de las celebrities viene a resolver evolutivamente (o involutivamente, lo que sea) los problemas de coordinación que siempre se dan cuando votan millones de personas. Periodistas y marketineros de la política piensan al electorado como ese colectivo de individuos denominado G.E.N.T.E. que responde pavlovianamente a las pulsiones mediáticas publicitarias. Pero, dado que los “consumidores electores” también son personas y tienen una historia, están instalados en una determinada sociabilidad política que los hace cualquier cosa menos una tabula rasa. Al debilitarse los partidos políticos como coordinadores del voto, surgen los candidatos, pero estos no son insípidos, inoloros e incoloros, si no también tienen una historia que no puede borrar ni generar totalmente las técnicas de mercadotecnía.

Yendo a la elección Capital, no se trata solamente de que Martín Lousteau haya sido mejor candidato en términos publicitarios que Horacio Rodríguez Larreta. Si no, el candidato de ECO hubiera ganado y en la primera vuelta. Simplemente el PRO exuda un síndrome de elementos (que antes hubiéramos denominado ideología) que los asocia a los sectores más pudientes de la sociedad porteña. Así mismo, las características de celebrity de Mauricio Macri, mas Boca Junior más el asistencialismo direccionado por sus socios del peronismo porteño (aquí no hay Nueva Política que valga) le permitió consolidar al PRO un voto en los sectores más bajos de la población – incluso la villa 31 en Retiro-.

O sea, la composición electoral típica (sectores altos y medios altos y bajos no estructurados) que tienen en todo el mundo los partidos políticos más recostados en la derecha. O para decirlo más brutalmente, la etiqueta de Nueva Política no disimuló el acento y la prosapia upper class del PRO.

Frente a este arrinconamiento en un extremo, la estrategia de Lousteau fue clásica: situarse en el medio del espectro político (onda, gestión PRO e ideas PROGRE), y en una segunda vuelta, disfrutar del voto estratégico de los que se encontraban en las antípodas del PRO. Claro que el líder de ECO tenía un claro enemigo, el voto en blanco, que siempre queda sobreestimado en las encuestas, porque es un expediente sencillo y no estigmatizado socialmente para esconder un voto que va contra la identidad política de algunos votantes puros.

El “mapa” del voto de la segunda vuelta en la Ciudad de Buenos Aires, indica cualquier cosa menos “independencia”: el voto hacia Martín Lousteau se enseñorea de la Avenida Rivadavia, reino de la clase media “capitalina” –gentilicio usado por Néstor Kirchner- ensanchándose su dominio hacia el Oeste, O sea, el que fue siempre el reino del radicalismo porteño.

Si esto sucede en la muy posmoderna Ciudad de Buenos Aires, uno puede imaginarse lo que sucede de pretender que todo el país se encuentre dominado por la Nueva Política. Los resultados de Santa Fe, de Córdoba e incluso de Mendoza señalan otra cosa“.


“El eterno retorno de una oposición sin memoria”

noviembre 26, 2014

DB y MM

Hay que reconocer que los opositores al actual gobierno argentino son una raza sufrida. La bloguería K y Jorge Lanata, por ejemplo, están de acuerdo en una sola cosa: pegarles. Y su conducción natural, los medios de comunicación (lo siento, pero es la verdad: se prenden en cada titular de la edición del día), los tratan peor: con lástima.

En el blog de Abel he sido hospitalario con ellos, eso sí. Mi oficialismo es crítico y bastante carente de entusiasmo. Y sólo dejo de autorizar sus comentarios hirientes cuando, a mi juicio, la frustración los pone muy histéricos. Si hoy tomo parte de una nota de la semana pasada de Alejandro Horowicz donde disecciona a sus referentes pasados y actuales, es porque me parece un análisis realista. Y porque quiero contrastarlo con un reportaje que aparece hoy, donde el asesor de su candidato más promisorio propone un nuevo camino. Se los comento al final. Ahora, leamos a A. H.:

El déficit de las lecturas políticas de la oposición no por sabido resulta menos alarmante. A tal punto, que es posible sistematizar el dislate. El ciclo atraviesa dos fases. En la primera, el oficialismo está a punto de derrumbarse y si se le pegara un empujón terminaría cayéndose. Nunca se entiende porqué, pero la pérfida aptitud K finalmente desbarata la acometida. El ejemplo más notorio de ese modelo de fracaso puede ubicarse en derredor de la victoria opositora en las elecciones del medio tiempo (2009, 2013). Sirvió para que tras la batalla campera de 2008 las presidencias de las comisiones del Congreso Nacional cambiaran de mano, y en ese punto concluyó el cambio. Es la cara eufórica.

En la segunda, el oficialismo gana la primera vuelta y sólo una sofisticada ingeniería política impediría la victoria definitiva en el balotaje. De modo que el acuerdo previo termina siendo el instrumento eficaz consensuado. A caballo de los argumentos de sus dadores de sangre intelectual, se reúnen los líderes con alguna chance y producen un documento para salvar la república. Los grandes medios comerciales explican la significación del texto, la divisoria de aguas que organiza, pero todos saben o al menos sospechan que se trata de retórica vacía. Es la fase depresiva. En ese punto del ciclo nos encontramos hoy, sólo falta el documento republicano. Están quienes sostienen que el acuerdo para debatir en TN es esta vez el dichoso manifiesto.

Una observación elemental permite comprobar que el oficialismo, en las tres elecciones nacionales (2003, 2007, 2011) jamás tuvo que ir a segunda vuelta. Sin embargo, como si se tratara de una gramática imposible de evitar, el panorama electoral de 2015 repite el corralito. Eso si, los protagonistas difieren. El cambio generacional –no se me ocurre una caracterización mejor– pareciera todo el cambio. Vale la pena observar la estructura posicional, los lugares que las distintas tolderías políticas ocupan en el tablero.

Del enfrentamiento entre Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde surgió el peronismo federal. En principio se trataba de los restos no K del peronismo bonaerense, y del intento de articularlos, junto con aliados del interior, en derredor de una dirección unificada. Todos los candidatos presidenciales del espacio decidieron civilizadamente dirimir en una interna el reparto de las achuras. En teoría esa posibilidad existía, pero como para ganar era y es preciso hacer pie en la CABA, Mauricio Macri fue invitado a sumarse; durante un breve lapso pareció que el acuerdo avanzaba, hasta que Macri dijo nones y la interna terminó en bochorno. Es decir, los desgastados participantes ni siquiera pudieron concluirla en medio de acusaciones cruzadas de fraude.

Francisco de Narváez, primero, y Sergio Massa, después, heredaron esa tradición.  El colorado volcó tras su acuerdo electoral con Ricardo Alfonsín, y ese arreglo no sólo no los potenció en el cuarto oscuro sino que terminó destruyendo la trabajosa recomposición que la UCR pergeñara tras la debacle de 2003. Sin olvidar que el proyecto de Santa Fe, la confluencia del socialismo de Hermes Binner con la UCR, terminó en aborto. Ricardito hizo la autocrítica y ambos juraron que esa desagradable experiencia no se volvería a repetir. Y no cabe duda de que estamos presenciando la misma versión de la misma historieta.

Massa, en tanto, heredero directo del cabezón Duhalde, está parado en el mismo lugar que su antecesor, y tiene que enfrentar sus mismos dilemas. No me propongo hacer comparaciones odiosas entre ambos, pero basta observar las dificultades del diputado de Tigre con la Santa Madre para entender la diferencia.

… El lugar electoral de Macri está determinado por la degradación de la UCR. Un segmento decisivo de su electorado proviene del viejo tronco radical, no es casual que el grueso de los cuadros del Movimiento de Integración y Desarrollo haya regresado a sus fuentes. El radicalismo lo sabe; pero la feroz lógica de los intendentes, que necesitan subirse a los faldones de un candidato presidencial roncador, sólo se preocupa por la próxima elección. El futuro se conjuga en la primera persona del singular en el modo indicativo. Esto es, un futuro partidario que no incluya al intendente en cuestión lo tiene completamente sin cuidado. Por eso, el partido de Alem e Yrigoyen no para de desangrase.

El acuerdo político entre Macri y Massa es ideológicamente posible, pero nadie propicia una construcción que no esté al servicio de su carrera política, por tanto cada participante espera que el otro le ceda el turno. Invariablemente tal cosa no sucede, y todos alucinan que la próxima encuesta permita dirimir el entuerto. Cosa que tampoco sucede. En ese punto Lanata los carajea y todos mansamente bajan la cabeza sin cambiar de posición. Y el juego vuelve a reiniciarse“.  (completo aquí)

Horowicz pinta un cuadro deprimente, pero, a mi entender, con mucho de razón. Y mucho de inevitable. Porque los opositores están compitiendo entre ellos por los votos… opositores. Que son numerosos y motivados, eh. Pero, salvo catástrofe, no sirven para ganar. Ni siquiera para construir un espacio sólido.

Hay alguien que tiene otra idea. No por benévolo, entendamos. Sus tácticas duras en las campañas son bien conocidas. Pero la imagen que le interesa que su candidato proyecte es muy otra. Y la explica aquí, en un reportaje que reproduce la Agencia Paco Urondo (tomo de ellos la simpática foto que adorna el posteo).

Durán Barba: “Un candidato pierde cuando patea un perro, no cuando es neoliberal”

No lo voy a copiar, por Dios! Pueden leerlo en APU. No es demasiado distinto de lo que decía hace ocho años sobre la política erotizada. Y, aunque algunos profesionales de la comunicación política lo acusan de vender humo, una evaluación realista indica que sus planteos tienen un porcentaje apreciable de éxitos. Sólo quiero señalar un punto muy básico: esa actitud… hedonista se expresa en las elecciones cuando los votantes están más o menos tranquilos económicamente (no necesariamente prósperos; tranquilos). Cuando no…


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