Los inmigrantes y el pato rengo en la Casa Blanca

diciembre 5, 2014

La situación del gobierno de Cristina Fernández, que hace todo lo que puede – y puede bastante, cómo no – para ejercer su poder ante una oposición que está contando los días para que finalice su mandato – la analicé en un posteo anterior – me hizo pensar en la del Presidente del país donde se originó la expresión “pato rengo”, “lame duck”.

Si la frase no existiera desde mucho antes, se podría haber creado para Barack Obama. Su presidencia termina el 20/1/17, y no puede ser reelegido. Pero eso es lo de menos: su popularidad está por el suelo, y los candidatos de su partido evitaron asociarse con él en las elecciones legislativas recientes. El Congreso de su país está dividido sin remedio, y no hay chances que aprueben ninguna de sus iniciativas. Existe un consenso generalizado, en su país y en el mundo, que no pudo cumplir con lo que prometió antes y después de ser elegido, y que sus estrategias han fracasado.

Por mi parte, creo que no ha servido tan mal los intereses estratégicos – que no coinciden necesariamente con las promesas electorales -de una Gran Potencia que todavía es la más poderosa, pero que no está en condiciones de usar su poder en la forma imprudente que lo hizo el Presidente anterior, George W. Bush. Pero no es más que mi  opinión. El hecho evidente es que carece de liderazgo, interno o externo.

A pesar de eso, tomó hace dos semanas una decisión que va a influir en la misma estructura de su sociedad. Hasta en su carácter nacional. No es un cambio decisivo, por supuesto; estamos hablando de un país con 316 millones de habitantes, y con un nacionalismo emocional intenso. Pero es, estimo, la medida de un gobierno norteamericano que va a tener más impacto social en su país desde las reformas de Lyndon Johnson en los ’60, hace medio siglo.

El Presidente Obama anunció el 20 de noviembre que va a evitar la deportación de unos cinco millones de inmigrantes indocumentados. Y lo hace, desafiando al Congreso – dice el New York Times – con el equivalente de lo que sería en nuestra legislación un Decreto de Necesidad y Urgencia, una Executive Action (el mismo tipo de medidas con que él y otros presidentes autorizaron el asesinato de extranjeros que consideraban peligrosos para la seguridad nacional. Nuestros DNU, claro, no tienen ese alcance legal).

Esta medida está matizada. Se calcula que son 11,4 millones los inmigrantes indocumentados que viven en los EE.UU. Beneficia exclusivamente a inmigrantes que llegaron en su niñez y estudiaron en Estados Unidos, a los padres de personas nacidas en EE.UU. o de residentes permanentes y a estudiantes de carreras tecnológicas y científicas (A Obama le pagan para que trabaje por los intereses de su país, lo sabían, no?). De paso, anunció que fortalecerá la vigilancia en la frontera y la deportación de criminales.

Por supuesto, despertó una violenta y ruidosa oposición. La Cámara de Representantes acaba de aprobar una ley declarando nula esta medida de Obama (tienen muy claro que está ley no va a pasar en el Senado, dominado por los Demócratas). Texas, como era de esperar, encabeza a los estados que van a pedir a la Corte Suprema que la declare inconstitucional.

Una parte de esta oposición es “para la tribuna”. Las grandes empresas, que aportan a las campañas de ambos partidos, prefieren contar con mano de obra menos exigente en cuanto a salarios. Pero muchos norteamericanos, tal vez una mayoría, temen que la inmigración diluya un carácter tradicional “americano”: blanco y protestante. Samuel Huntington fue quién expresó hace unos años en forma académica este temor.

Entonces, el tema no está decidido definitivamente, ni mucho menos. Un futuro presidente podría rescindir esta medida, y, más aún, endurecer las políticas contra los inmigrantes clandestinos, que hoy son tolerados, aunque mantenidos al margen de la sociedad. O no. Mi impresión es que su clase dirigente tiene claro que ser un país de inmigración le brinda a la sociedad norteamericana dinamismo, además de la mayoría de los voluntarios para sus fuerzas armadas. Y no les atrae correr la suerte de Europa, y transformarse lentamente en un continente de escasa natalidad, de jubilados… que dependen de los extranjeros cobrizos, a los que temen y odian, para que los atiendan en sus geriátricos.

Mi amigo Humberto Podetti piensa, y ha escrito, que en esta forma los mexicanos, los “latinos” en general estamos reunificando el continente con una cultura más humana y más solidaria que el racismo calvinista. Yo tengo presente que la transfusión cultural va en dos direcciones, y que los emperadores más “romanos” de todos fueron hispanos e ilirios.

Aquí es más aplicable que en ningún otro caso la frase mexicana El que viva lo verá. Eso sí, habrá que vivir mucho.


Ayer fue el Día del Inmigrante

septiembre 5, 2014

F

Sobre la inmigración, y la política inmigratoria, he escrito mucho en el blog (fíjense en el Buscador), y no tengo ganas de repetirme (esta vez). Tal vez el posteo más desarrollado sobre la situación actual en Argentina, y más matizado – para los que gustan de ese estilo mío – sea éste. Pero creo que muchas discusiones y debates parten de un enfoque errado: el fenómeno más interesante, más útil de analizar no es la inmigración, una costumbre muy antigua – todos los seres humanos, con la posible excepción de los hotentotes de Botsuana y Namibia, somos inmigrantes o descendemos de ellos – sino su rechazo moderno, lo que llaman xenofobia.

Ojo: no es que no había xenofobia en otros tiempos, eh. El curandero Tata-dios promovió un degüello de inmigrantes en Tandil en 1872, tal vez como parte de un tratamiento médico no convencional. El temor y odio al extraño viene, creo, de un instinto que ya estaba en nuestros genes antes que fuéramos humanos. Lo que digo es que el hecho político que aparece, con fuerza, en prácticamente todas las sociedades modernas desarrolladas, la xenofobia impersonal y masiva, puede apoyarse en ese viejo instinto, pero tiene motivaciones muy prácticas y egoístas, si bien algo estúpidas.

Como planteé al comienzo, es para analizar. Pero mi estimación es que en esos países – el nuestro está entre ellos – y aún los que siguen más fielmente los principios neoliberales, o hicieron ajustes, una proporción altísima de la población depende de pagos o servicios del Estado. Jubilaciones, salud pública o semipública, créditos o consumos subsidiados… Puede abarcar desde la clase media alta hasta el borde de la indigencia, pero todos ellos tienden a sentir por igual que esos otros vienen a aprovecharse de los recursos que les corresponden a ellos. No se les ocurre preguntarse, a fondo, quiénes y cómo producen esos recursos que distribuye el Estado.

(Con esto no estoy desmintiendo al compañero Berni, eh. Seguro que hay extranjeros que vienen y delinquen. Pero tengo la impresión que, al contrario de lo que pasa en la construcción, el cultivo de verduras y el servicio doméstico, en este ramo encuentran una competencia local muy fuerte).

Para aclarar, en forma muy sintética, por qué el rechazo a la inmigración me parece estúpido, repito una frase de otro posteo anterior: “¿Recordamos que Argentina está entre los países – al igual que los EE.UU. – que ya habrían entrado en una meseta demográfica sino fuera por la inmigración?” En particular los jubilados, ¿se preguntan quiénes harán los aportes jubilatorios, si la pirámide de edades se angosta?

Pero como les dije, es para analizar con más tiempo. Ahora sólo voy a festejar que – al contrario de lo que pasa en Europa – la cultura argentina de país de inmigración es fuerte. Mi amigo Fernando Del Corro recordaba ayer en el boletín del Instituto Dorrego que en 1949, durante el gobierno del Gral. Perón, el decreto Nº 21.430 estableció el 4 de septiembre como “Día del Inmigrante” en recuerdo de la disposición dictada por el Triunvirato en 1812, que ofreciera “su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”.

En los considerandos, ese decreto decía: “Ese primer documento fue el punto de partida de una ininterrumpida serie de actos de gobierno; que a través de leyes, decretos y reglamentaciones estimuló, protegió y encauzó la inmigración”. Y así siguió siendo, aunque con avatares que Fernando describe aquí.

Y me alegra también que otro amigo, Luciano Chiconi, a pesar de su compromiso massista, cuestiona las afirmaciones de su líder: “Me parece un error que Massa, o cualquier presidenciable, tomen la vinculación lineal extranjero-delito para definir alguna posición sobre la inseguridad, más allá de su productividad tacticista para la acumulación electoral y para explotar las contradicciones del FPV“.

Tengo que decir, eso sí, que contradicciones tenemos todos. Por ejemplo, otro amigo massista, Omar Bojos, que, justo es decirlo, reivindica aquí las afirmaciones de Luciano como prueba del debate interno en el Frente Renovador, para marcar el Día del Inmigrante en ese mismo posteo… reproduce una página del Gobierno de la Ciudad. Omar, lamento decirte que, para la estrategia que ha elegido Massa, Mauricio Macri – nada amigo de la inmigración, excepto la italiana, claro – es un competidor mucho más directo que el FpV. ¿O ese es otro debate interno? Por algunas cosas que veo en la Capital, podría ser nomás.


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