Jorge Castro y el otro proyecto

octubre 3, 2017

Dalí El niño geopolítico

Somos muchos los que tenemos formado un juicio con sesgo negativo sobre las afirmaciones de Jorge Castro (no se lo puede llamar un prejuicio, porque él expone sus ideas con vigor desde hace décadas, y se ha trenzado en largas discusiones).

El motivo de esta desvalorización no es sólo ideológico -un factor decisivo en las grietas argentinas. Es también su constante optimismo, que siempre ve una revolución en marcha victoriosa, aunque cambian las vanguardias que él aplaude: los EE.UU., la globalización en sí, la República Popular China… Pero es un error aprovecharse de los vaivenes de la actualidad (¿quién se salva de ellos?) y descartarlo. Castro está exponiendo, con inteligencia y muchos datos, el discurso de la globalización, que atrae a los que son exitosos en ese juego. O que creen que pueden serlo.

Por eso les recomiendo leer con atención este artículo de la revista Crisis. Ahí hace una exposición “pum para arriba” del mundo que se acerca en forma inevitable, según él. Y tenemos que conocerlo, aunque sea para defendernos.

Los que lo entrevistan a Castro lo cuestionan desde las ideas de la izquierda tradicional. Sin mucho empuje, creo. No importa. El desafío para los “nacionales” es saber si somos capaces, desde nuestros valores, de elaborar un proyecto igual de ambicioso y convocar a sumarse. Corear “Vamos a volver” parece que no será suficiente.

“J orge Castro apabulla. En un párrafo puede condensar más información que toda la que encontrarás en el resto de esta revista: “El único país que tiene relevancia mundial inmediata en la región es Brasil. Brasil representa el 74 por ciento del Producto Bruto del Mercosur, el 51 por ciento del Producto Bruto de América del Sur, la sexta economía del mundo, y es uno de los tres grandes países emergentes (junto a China y la India) que se convirtieron en el eje de la acumulación global durante los últimos quince años. En términos de PBI, el de Brasil es un poco superior al de la India pero allá hay 1200 millones de habitantes y Brasil tiene 230 millones. La relevancia mundial de Brasil la da el hecho de que en estos últimos seis años, que han sido de crisis económica, orgánica, estatal y societaria, ha recibido un promedio de 65 mil millones de dólares de Inversión Extranjera Directa (IED). Y en 2017, año en que se agudizó la crisis política, la inversión aumentó de forma récord al punto que las estimaciones de los primeros nueve meses indican que va a recibir 87 mil millones de dólares de las empresas trasnacionales. Con estos números Brasil es hoy el tercer país del mundo en materia de atracción de inversiones, detrás de Estados Unidos y de China. Por eso, la crisis que experimenta Brasil tiene un significado global”.

Es uno de los analistas internacionales más sagaces que hay en el país. Dirige el Instituto de Planeamiento Estratégico. Y, obvio, conoce al poder bien de adentro. Sumergirse en la sencilla oficina que posee en la calle Perón, atestada de libros amarillentos, es como descender a la sala de máquinas del capitalismo, donde todo se mide en función del desarrollo, la productividad y la febril geopolítica de la globalización. En la ventana, detrás de su mesa de trabajo, cuelga un nudo místico chino, acaso un souvenir de alguno de sus siete viajes al gigante oriental vertebrado y vidente, “siempre invitado por el Partido Comunista”, aclara. El Pan Chang, así se llama el amuleto, protege contra los malos espíritus (que tal vez seamos nosotros).

Condenados al éxito

“La novedad de los gobiernos de Lula es que la economía brasileña creció en promedio 5,5 por ciento anual, el doble de crecimiento nominal que había tenido Brasil a partir de fines de la década del setenta. Esto se explica por la plena aparición de Asia en el mercado mundial, lo que provoca un boom en la demanda de commodities. Las únicas exportaciones de Brasil que han crecido en los últimos quince años son la soja y el mineral de hierro. Y más del ochenta por ciento de la soja y el mineral de hierro brasileño se dirigen a un solo mercado: China. Además, al haber dominado la hiperinflación gracias al Plan Real de Fernando Henrique Cardozo (FHC), este crecimiento les permitió transferir recursos a los sectores de menores ingresos. De ahí los planes sociales y la incorporación de más de cuarenta millones de brasileños que pasaron de una situación de extrema pobreza a una incipiente clase media, la denominada clase C. Esto es el fenómeno Lula”.

Sin embargo, durante los gobiernos de Dilma el crecimiento se congela.

—La crisis sobreviene en el segundo mandato de Dilma Rousseff. A partir de entonces Brasil tiene tres años consecutivos de recesión, la más profunda de la economía brasileña desde la década del treinta. En estos tres años la caída del producto ha sido de más del nueve por ciento.

¿Esa crisis responde a la caída del precio internacional de los commodities?

—Responde a la desaceleración de la economía china. Al disminuir la tasa de inversión en China, en especial en materia de construcción y urbanización, para hacer frente a la crisis financiera internacional de los años 2008-2009, Brasil perdió más del treinta por ciento del valor de sus exportaciones (sobre todo de mineral de hierro) en un plazo de dos años. Vale SA, una de las empresas más rentables durante los primeros diez años de este siglo, estuvo al borde de la quiebra.

Además de agronegocios y mineral de hierro, ¿hay algún otro sector dinámico en la economía brasileña?

—El estado de San Pablo es un dínamo desde el punto de vista productivo capitalista. Tiene un PBI superior al de Argentina. Pero está frenado y no logra arrancar. Brasil tiene 25 trasnacionales de envergadura, muy competitivas, muchas de ellas antiguas empresas estatales que se privatizaron durante el gobierno de FHC. Tiene una clase media extraordinariamente pujante, casi setenta millones de personas. Este año va a producir más soja que Estados Unidos. O sea, ya es el principal productor y exportador de soja del mundo. Pero Brasil está viviendo una transición histórica ineludible que va a demorar varios años más. Y el hecho clave será lo que suceda con su estructura industrial, cuya productividad es nula. Hoy Brasil está a la cuarta parte de su potencial.

¿Y hacia dónde va? ¿Cuál es el esquema productivo que se anuncia? 

—Vamos hacia la vinculación de la estructura industrial manufacturera (que es la mayor de América Latina) con el sistema integrado trasnacional de producción. Porque lo notable es que la inmensa mayoría de los 87 mil millones de dólares que Brasil recibe este año de IED están orientadas a industrias que producen para el mercado interno brasileño. Entonces, el punto crítico es que para incorporarse a las cadenas trasnacionales de producción tienen que bajar el costo Brasil.

Por eso apuraron la reforma laboral.

—No me refiero tanto al costo laboral. El sistema brasileño está pensado para evitar competir en el mundo. La inversión pública prácticamente es inexistente, aunque el gasto público es el mayor de América Latina, por encima de Argentina. Pero el 98 por ciento de los recursos del Estado se utilizan para satisfacer los gastos de la alta burocracia. En Brasil, la clase privilegiada no es la burguesía paulista sino la alta burocracia del sistema estatal.

Crisis de verdad

Dice Castro, en su libro El desarrollismo del siglo XXI, que en política no importan las ideas sino las estrategias. La frase podría leerse en espejo con otro manual del neoliberalismo sudamericano, La política del siglo XXI, de Jaime Durán Barba. Pero si el ecuatoriano reconoce como amo y señor de la posmodernidad a la opinión pública, nuestro sinólogo dice que la única verdad es “el sistema integrado trasnacional de producción” (y señala con el dedito hacia el cielo). Una “iluminación general” que le da sentido a la época. Y la estrategia es el arte de enganchar nuestros fértiles territorios al maravilloso tren de la prosperidad capitalista. No parece una tarea fácil.

“En este momento, el sistema político brasileño está concentrado en su crisis interna. El presidente Michel Temer prácticamente no viaja al exterior. No hay condiciones para elaborar un pensamiento estratégico de mediano plazo, hasta que Brasil no resuelva su crisis interna de carácter orgánico. El Lava Jato obliga a una modificación de raíz del sistema político. La corrupción en Brasil tiene un carácter sistémico. Es la forma de vinculación entre el gran capital brasileño y el Estado desde la década del treinta en adelante. En la lista de Odebrecht no escapa ninguno de los partidos ni dirigentes, ninguno de los ex presidentes, tampoco Fernando Henrique Cardoso. El sistema político necesita encontrar una forma de financiamiento distinta a la que tiene. ¿Lo conseguirá? No sabemos. Por lo pronto, el gobierno de Temer tiene siete por ciento de respaldo en la opinión pública, y sin embargo posee un dominio abrumador del parlamento. Lo notable es que estén logrando gobernar en estas condiciones. Y que estén aprobando reformas fundamentales”.

¿No te parece un signo de interrogación profundo sobre la democracia contemporánea?

—Más que en términos de democracia, yo tiendo a pensar en términos de sistemas políticos. El sistema político vincula el centro de decisión del Estado con la red de intereses tanto nacionales como internacionales que caracterizan a un país determinado. En Brasil hay una crisis del sistema político que tiene un carácter orgánico. Lo que ocurre es que el sistema político no depende de la opinión pública.

¿Cómo afectó a la Argentina y a Brasil la victoria de Trump?

—En la pantalla de intereses de Trump el término América del Sur no existe. Ni siquiera Brasil. Hay una sola preocupación que es México, la renegociación de los términos del NAFTA. Desde el punto de vista del comercio internacional argentino, Estados Unidos está en el cuarto o quinto lugar. La vinculación fundamental que Argentina tiene con el sistema mundial es vía Asia. El principal inversor extranjero directo en Argentina es China. Hay un punto de profunda continuidad entre los gobiernos de Cristina Kirchner y Mauricio Macri, que es la relación privilegiada en términos estratégicos con China. Macri firmó en el marco de su visita de Estado a China por 28 mil millones de dólares, y se está negociando un segundo tramo por 35 mil millones de dólares más.

Trump, Temer, Macri. ¿Es un poco pobre el panorama de los líderes en el continente?

—Mirá, yo tiendo a pensar que los jefes de Estado carecen de aparato psíquico. Son sistemas de relaciones de fuerza. Su función es interpretar el momento histórico. Lo que tiene que saber un dirigente es para dónde va la realidad. Esa es la única verdad, en el sentido hegeliano.

El zorro rocca

Mientras el analista se pone minucioso con la historia de Brasil, disecciona los gobiernos militares, rememora con admiración al Barón del Río Branco y hasta recuerda que el imperio portugués se manejaba desde Río de Janeiro, nosotros hacemos malabares para desviar su atención hacia el segundo país más relevante del área. Pero Jorge Castro no cree en los análisis políticos comparados. “La Argentina es otro mundo en el sentido estricto del término. Brasil es un país de elites, Argentina es un país bárbaramente democrático, profundamente democrático: por eso, sin instituciones. En Brasil hay instituciones, sobre todo la parlamentaria”.

¿Cómo ves la inserción de Argentina en el mercado mundial?

—Lo propio de Argentina es la fuga masiva de capitales. La última estimación del Banco Central indica que hay 250 mil millones de dólares que los argentinos tienen fugados adentro o afuera. Distintos estudios indican que en realidad la cifra es superior. Porque a lo que tienen en cajas de seguridad o en paraísos fiscales se le suma lo que está invertido afuera. En total son más de 400 mil millones de dólares. Prácticamente un PBI. La Argentina es un país extremadamente rico en términos de disposición de recursos, lo que pasa es que ese capital no se utiliza para invertir. Macri tomó dos medidas trascendentes en diciembre de 2015, cuando unificó el mercado cambiario y eliminó las retenciones, o las bajó en el caso de la soja, lo que permitió el despliegue del potencial agroalimentario del país, que es uno de los tres más importantes del mundo. El resultado es que este año, 2017, la cosecha de granos será de 137 millones de toneladas, la mayor de la historia. El sector agroalimentario, que incluye a gran parte de la industria argentina, está creciendo a una tasa del ocho por ciento anual. En frente, Argentina tiene un mercado mundial que duplicará la demanda en los próximos veinte años.

Sin embargo, la famosa lluvia de inversiones no llega.

—La tasa de inversión en la Argentina es un quince por ciento del PBI. Sin embargo el país tiene el más alto índice de ahorro individual de América Latina. Tenemos un ahorro gigante y una tasa de inversión escueta. Con una tasa de inversión de estas características no creceremos, yendo muy bien las cosas, más del tres por ciento anual. La razón no es de orden cultural, ni psicológico, ni biológico, no hay un código genético errado de los argentinos, ni nada de lo que se dice tan apasionadamente en las redacciones de los diarios. Si no viene IED a la Argentina, no es porque están esperando qué va a pasar en la Provincia de Buenos Aires con Cristina Kirchner. ¡No es así! No vienen porque el costo de invertir en Argentina es elevado y por lo tanto la rentabilidad de esas inversiones es baja. Además, la demanda está en una etapa recesiva o depresiva incluso. Hay solo dos sectores donde la tasa de retorno no solo justifica sino que atrae más inversiones: uno es el agroalimentario, por eso el año pasado el campo invirtió, con recursos propios por supuesto, más de sesenta mil millones de dólares en su reproducción. ¿De dónde lo sacaron? De ese fondo común que tienen los argentinos en el exterior. Porque no vino un peso del sistema financiero. Los bancos en la Argentina, por definición, no prestan. El segundo sector es Vaca Muerta. Paolo Rocca, titular de Techint, anunció un programa de inversiones por 2300 millones de dólares en el desarrollo de los recursos gasíferos.

Después de los acuerdos con los sindicatos para bajar salarios.

—Para bajar el costo de producción, no los salarios. En el viaje de Macri a Estados Unidos, la entrevista con Trump no tuvo la menor relevancia; el tema de los limones, con el respeto de los tucumanos, no tuvo la menor importancia; la clave fue la visita con Rocca a Houston, Texas, para hablar de un solo tema: Vaca Muerta. El año pasado ya se invirtieron más de cinco mil millones de dólares en la cuenca neuquina; este año entrarían entre seis y ocho mil millones; el cálculo de Aranguren es que en el 2021 o 2022, cuando el sistema productivo se despliegue, la Argentina va a recibir (y coincide Paolo Rocca) 22 mil millones de dólares por año solo para Vaca Muerta.

¿Y la gente cómo llega al 2022?

—El problema es el siguiente. En el mes de octubre de este año hay una sola elección nacional en Argentina, y es en la provincia de Buenos Aires. ¿Por qué es la única elección nacional? Porque Buenos Aires no es solo la provincia más grande, es además la contracara del poder nacional. Hay una razón política, demográfica, sociológica: en seis partidos del conurbano con eje en la Matanza, fáciles de identificar porque tienen más de la mitad de su población con las necesidades básicas insatisfechas, se concentra el cuarenta por ciento de la pobreza del país. Y ahí Cristina Kirchner tiene cerca del cincuenta por ciento de los votos.

El reverso de mao 

Castro lleva sesenta años estudiando un único tema. “Silvio Frondizi fue mi maestro. A él debo, desde los quince años, lo poco o mucho que he logrado aprender en materia de conocimiento político y hacia él manifiesto mi gratitud y reconocimiento”. No se trata de un mentor cualquiera, sino de uno de los más lúcidos intelectuales marxistas del siglo veinte, fundador del grupo Praxis, asesinado por las Tres A en 1974. La sólida formación del discípulo no fue impedimento para una carrera política zigzagueante, quizás errática. De sus coqueteos con Onganía al entusiasmo con Menem, de quien llegó a ser secretario de Planeamiento Estratégico. A veces, decía Confucio, una pequeña impaciencia puede arruinar un gran proyecto.

¿Te considerás marxista?

—Me resulta muy difícil pensar que exista una persona inteligente, culta, educada desde el punto de vista político, económico y social, que no tenga formación marxista. El teórico más importante del sistema capitalista fue Marx.

Sin embargo muchos de tus colegas dicen que el neoliberalismo refutó a Marx.

—Bueno, cada uno dice lo que cree. Pero el asunto es el siguiente: no es verdad que exista algo así como una contienda entre las distintas corrientes doctrinarias. Raymond Aron decía que el debate ideológico es pluri-monoteísta. Nadie discute con el otro, solo se discute con la realidad de las cosas.

Políticamente, ¿cómo te definirías?

—Peronista.

Si yo te digo que tu posición política es neoliberal, ¿cómo te suena?

—Se puede decir cualquier cosa. Yo tiendo a pensar que la conducción del Partido Comunista Chino no es neoliberal. A lo mejor estoy equivocado, no estoy suficientemente informado, pero hay 300 millones de personas en China que accedieron a la clase media. Es la población norteamericana. El ingreso per cápita de esa franja es entre 45 y 55 mil dólares anuales. El año pasado los turistas chinos al exterior fueron 135 millones, gastaron por viaje y por cabeza 8870 dólares cada uno, por encima de los niveles alemanes y norteamericanos. El objetivo del gobierno chino, del presidente Xi Jinpin, muy neoliberal él por cierto, es terminar en el 2020 con los residuos de pobreza, que son 57 millones según los términos del Banco Mundial. Hay que tomar en cuenta que en 1978, cuando Deng Xiaopin, que era neoliberal también pero había sido comisario político de la Larga Marcha (¿te das cuenta?), abre el sistema al capitalismo los pobres de China eran más de 800 millones.

¿Pero no es raro ser marxista y pensar que el capitalismo es lo mejor que le puede pasar a la humanidad?

—No, yo les sugiero que lean las dos páginas iniciales del Manifiesto Comunista. Lo que ha hecho el capitalismo como sistema no tiene comparación, en términos de creación de riqueza, de cultura y de civilización.

También es un sistema basado en la explotación y la producción de injusticias.

—Yo tiendo a pensar lo que dice Rosa Luxemburgo: hay una sola cosa peor que ser explotado por el capitalismo, estar afuera es lo verdaderamente crítico.

Te respondo con una de Hannah Arendt: el problema de los que eligen el mal menor es que rápidamente se olvidan de que eligieron el mal.

—La verdad que no sé qué decirte, porque nunca leí a Hannah Arendt.

¿Pero por qué creés que tus maestros, desde Marx hasta Silvio Frondizi, pasando por Rosa, dedicaron su vida a luchar para destruir al capitalismo?

—Yo no creo que esa lucha haya sido para destruir al capitalismo, creo que ellos querían hacer la revolución. Que no es lo mismo. Ellos eran muy críticos del sistema capitalista, basados en su conocimiento y su reconocimiento. Y resultó que el capitalismo era capaz de volver a crecer, porque su nivel de productividad era superior. Ahora el socialismo sobrevive en el sistema chino”.

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Los trabajadores, el macrismo y la nación

enero 31, 2016

carpani-1-mayoCuando posteo, estoy exponiendo mis ideas, pero también -es inevitable- las dejo abiertas a interpretaciones, malas interpretaciones, operaciones… Todo bien: es la naturaleza de los blogs, y me sirve para una práctica habitual de los profesionales en las redes sociales: experimentar. Los comentaristas son una minoría muy pequeña de los visitantes, y no representativos, pero sí indican tendencias. Y el número de visitas es revelador. Me impresionó, por ejemplo, la cantidad de los interesados en las declaraciones de Zaffaroni: entre tres y cuatro veces la habitual en los posteos políticos.

Todo esto va para justificar una excepción. Voy a marcar un aspecto en Los trabajadores que votaron por Macri, que, me parece, queda de lado en las discusiones políticas argentas. Muy ideologizadas, con un enfoque europeo, aún los que enarbolan indigenismos.

Para eso, voy a tomar una afirmación del comentarista Rodrigo. Pero no del comentario que ha hecho recién en el post -inteligente y bien desarrollado, eh- sino de su interesante blog:

La creencia de que a todos nos pagan según nuestro valor individual suele tener mucho de mitológico: Ejemplo: un conductor de autobús de Nueva Delhi cobra en torno a 18 rupias por hora. Un conductor de bondi en Estocolmo cobra unas 130 coronas.

El ejemplo está sacado de un libro de Ha-Joon Chang, economista coreano, y es de 2009. A valores de 2009, eso implica que el conductor sueco gana casi cincuenta veces más que su colega indio (una corona eran como 870 rupias).

La cuestión es, en el caso en que se pudiera cuantificar fehacientemente; ¿se puede ser 50 veces mejor conductor de autobús que otra persona? Lo más probable es que el conductor de Nueva Delhi sea, acaso, mucho más habilidoso que el conductor sueco. ¿Por qué? Porque debe manejar en rutas sinuosas, esquivar vacas cada dos por tres, sortear bueyes, rickshaws y bicicletas con tres metros de cajas apiladas, etc. En cambio el sueco, a lo sumo, deberá esquivar algún conductor medio choborra un sábado a la noche, pero maneja en caminos bien asfaltados, y con recorridos en línea recta, etc.

La explicación es compleja, pero puede decirse lo siguiente: los pobres de países pobres, por lo común, no tienen nada que envidiar (en tanto trabajadores) a sus equivalentes de los países ricos. Son los ricos de los países pobres los que usualmente no están a la altura de los ricos de los países ricos“.

En ese posteo, en el reportaje a Dubet, el tema está aludido “La tercera razón, muy importante en el Norte (en Europa y en otras partes), es la transformación de la Nación. El sentimiento de fraternidad se basaba en la idea de una nación culturalmente homogénea, en realidad era más una novela que una realidad, era más una representación. En cambio, hoy con el flujo inmigratorio sabemos que las naciones no son más culturalmente homogéneas y, por eso, el imaginario de fraternidad se deshace. En todos los países de Europa, por ejemplo, se dice que ya no quieren pagar por los musulmanes, (los “otros”)…“. Algo de eso pasa entre nosotros. No tanto por la inmigración, sino por el viejo prejuicio clasista que traemos desde la colonia.

Y la respuesta estaba ya expresada hace mucho tiempo en un famoso, aunque ahora poco citado, apotegma peronista: “Nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza“. El desafío es decirlo en un lenguaje actual y creíble, revalorizando los conceptos, hoy diluidos, de “comunidad” y de “nación”.


Los trabajadores que votaron por Macri

enero 30, 2016

carpani-1-mayo

El título de este posteo -como toda síntesis- puede ser engañoso, por lo que deja sin analizar. En la Argentina de hoy, “trabajador” incluye una realidad distinta, y mucho más diversa, que aquella a la que se dirigía Perón cuando en 1947 -en el Teatro Colón!- proclamó los Derechos del Trabajador. Ni hablemos de la iconografía de Carpani, que nunca representó al obrero real pero era inspiradora.

En este tiempo el trabajador está en una situación muy diferente si está en blanco, si tiene sindicato y obra social, y, en ese caso, cuál es la obra social que lo cubre… Además, los motivos que lo pueden haber llevado a votar por Cambiemos en la última elección son también diversos: desde la valoración de lo que hizo Macri (y Bianchi) en Boca hasta el rechazo visceral al kirchnerismo (En este caso, probablemente primero votó por Massa y el 22 de noviembre a Macri).

Como sea, es evidente que muchos trabajadores votaron por el Mauricio. La población argentina no se compone en un 51 % de patrones y rentistas. Y ahora, con el gobierno macrista en funciones y dictando DNUs, es visible que las movilizaciones más numerosas se componen de la clase media urbana. Esto también hay que matizarlo: algunos movimientos sociales -los sindicatos de los más pobres-, y -naturalmente- los gremios del sector público, el más afectado a hoy, se están moviendo. ATE anunció que prepara un paro nacional, y UPCN (al menos en el ámbito de Cultura), encabeza y organiza la protesta del sector.

De todos modos, el hecho evidente es que en la calle es el progresismo clase mediero, parte de la coalición que conforma el FpV, el que, por ahora, hegemoniza las movilizaciones contra el nuevo gobierno. Esto provoca introspección y angustia en la blogosfera K y en algunos columnistas del palo.

Por mi parte, aunque valoro la presencia en las calles, tanto como la batalla cultural y la propaganda -uno trabaja en esto último- considero que el factor más importante son las estructuras con organización y capacidad de presionar. Los bloques legislativos del PJ y el FpV, si se mantienen unidos, la tienen. Más inmediato, en el mes que empieza este lunes los docentes -gremio de clase media si los hay- comienzan sus paritarias. Veremos.

Mientras, los invito a considerar el tema del título: ¿Por qué muchos trabajadores votaron por Macri? Mi amigo Juan Carlos Lafosse me acercó hace algunas semanas artículos que pueden echar luz sobre el asunto, pero estos días tan coyunturales hicieron que los dejara a un lado. Ahora les acerco un fragmento de un reportaje a Francois Dubet, francés, referente de la sociología de la educación, que habla sobre los atentados del 13/11 en París. A pesar de todo eso, creo que lo que dice ilumina algo que está pasando en todas las sociedades modernas. Cualquiera que se interesa en política, o en el futuro, debe tomarlo en cuenta.

“…–En su último libro “¿Por qué preferimos la desigualdad?”, usted afirma que las sociedades actualmente optan por la desigualdad, ¿por qué?

–Esa fórmula de que la sociedad elige la desigualdad es un poco excesiva. Pero muchos individuos, como vos y yo, desarrollan conductas que sí van a generar desigualdad. Podemos observar un gran rechazo hacia las teorías igualitarias. La sensación que tenemos de nuestra igualdad fundamental sigue siendo importante, pero ya no se puede traducir como un deseo de igualdad social. Por supuesto que el desarrollo desigual tiene causas económicas, objetivas, pero hay algunas desigualdades que son muy importantes desde el punto de vista del individuo.

–Es decir que no se desprenden de un nivel estructural.

–No provienen de una ley general del capitalismo. Más bien se trata de estrategias de desigualdad, como decidir vivir con gente que es como nosotros. De hecho, las desigualdades urbanas provienen de ese modelo: barrios ricos, medios y medios bajos. A los pobres se los reduce a guetos, se los descarta aunque no haya ninguna política que crea los guetos. El otro mecanismo es el de la obsesión por la distinción.

–¿En qué aspectos concretos se despliega esa obsesión por distinguirse?

–Uno de los casos más serios es el de las desigualdades escolares. En Francia, el sistema escolar formal es muy igualitario, sin embargo, las familias buscan alcanzar la mayor desigualdad posible para sus hijos: el valor del diploma es su rareza. Ahora es muy difícil hacer políticas culturales igualitarias porque las familias buscan la desigualdad. A mí me sorprendió mucho esto en Chile: Michelle Bachelet propuso una política escolar más bien igualitaria pero los ricos no quieren esto… y es normal; tampoco lo quieren las clases medias… y no es tan normal. Pero resulta que las clases populares tampoco lo quieren, porque prefieren soñar con una competencia igualitaria. En el fondo el modelo de igualdad de oportunidades se transforma en el modelo de justicia.

–¿En qué se diferencian los modelos de “igualdad de posiciones” e “igualdad de oportunidades”?

–De una manera muy grosera, los países del Norte –Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos– hasta 1980 tenían el propósito de reducir cuanto les fuera posible la desigualdad entre los más ricos y los más pobres. La izquierda, el movimiento obrero, los sindicatos, la socialdemocracia tenían el objetivo de reducir la distancia entre ricos y pobres. En cambio, desde hace 30 años, ya no se trata de reducir las desigualdades sino de lograr que todos tengan las mismas posibilidades de llegar a la cima, subir esa escalera. Es un modelo meritocrático que se impuso por completo. El tema central de este modelo es la lucha contra la discriminación: contra las mujeres, las minorías, migrantes, etcétera.

–¿Qué consecuencias trae la adopción del modelo de igualdad de oportunidades?

–En primer lugar, el problema es que acepta las grandes desigualdades porque provienen de una competencia equitativa. La segunda consecuencia es que se acusa a los individuos de ser responsables de las desigualdades: si el rico se volvió rico fue gracias a él, si el pobre sigue siendo pobre fue por causa de él. Este modelo es esencial hoy y esto explica que en Estados Unidos las desigualdades sociales se hayan duplicado y nadie discute esto, ni siquiera en las clases populares.

–¿Por qué tampoco las clases bajas lo ponen en cuestión?

–Porque dicen que son las reglas del juego. Este es un cambio muy importante, que crea nuevas políticas y explica la gran dificultad ideológica de la izquierda en todas partes. En Europa, la izquierda no desaparece pero se está reduciendo; hay que recordar que hubo una “izquierda norteamericana” que era socialdemócrata y que ya no existe más porque hemos modificado la visión de las cosas. Esta es una de las razones por la cual muchos pobres votan por los partidos liberales: la idea de una competencia equitativa les parece más justa que la idea de reducir las desigualdades.

–¿Cómo logra instalarse esta idiosincrasia de las desigualdades?

–Este modelo se instala porque la búsqueda de las igualdades sociales se basaba en mecanismos de solidaridad y fraternidad. Si quiero que estas personas sean mis iguales, si quiero pagar por ellos, me tengo que sentir cerca de ellos, semejante a ellos.  Mi hipótesis es que este sentimiento de solidaridad se deshace hoy por tres razones.

–¿Cuáles?

–La primera es la mundialización de la economía. Esto hace que las economías no sean más sistemas nacionales integrados sino que se internacionalizaron. A veces eso está bien, de hecho a los chinos, indios y brasileños les parece que eso está bien porque aumenta la riqueza, pero a los europeos no les parece tan bien porque están más en una posición defensiva. El segundo es un cambio cultural: la idea de solidaridad se basaba en el trabajo de las instituciones que creaba subjetividades comunes. Como la Iglesia, la gran escuela pública argentina que nunca estuvo para generar igualdad escolar sino que estuvo ahí para formar hombres, mujeres, campesinos argentinos, y nunca prometió la igualdad de oportunidades. La tercera razón, muy importante en el Norte (en Europa y en otras partes), es la transformación de la Nación. El sentimiento de fraternidad se basaba en la idea de una nación culturalmente homogénea, en realidad era más una novela que una realidad, era más una representación. En cambio, hoy con el flujo inmigratorio sabemos que las naciones no son más culturalmente homogéneas y, por eso, el imaginario de fraternidad se deshace. En todos los países de Europa, por ejemplo, se dice que ya no quieren pagar por los musulmanes, (los “otros”)…”  (completo aquí)


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