Cuasidólares y la restricción externa

mayo 26, 2013

restricción externa

Recién leía en Ramble Tamble un trabajo de Analytica, que me impresionó como un resumen válido de la economía de esta «década kirchnerista» y, más importante, una previsión lúcida de la realidad que encontrará el próximo gobierno, en 2015. Algo similar, pero mucho más preciso, porque se manejan con números, a lo que yo traté de hacer en el plano de la política en el posteo anterior.

(Y no sean mal pensados: ese posteo no es triunfalista. Artemio sabe que la realidad es un interlocutor mucho más exigente que Fernando Iglesias, o aún que Alfonsín Jr. Suscribo totalmente, por ejemplo, este párrafo final: «Faltan aún dos años para finalizar la etapa política más extensa en las tres décadas democráticas, y todo indica que la economía todavía deberá atravesar zonas inciertas. La inflación es el tema principal a resolver; su persistencia ha reducido la rentabilidad de los sectores transables, las chances de aumentar el poder de compra de los salarios y la posibilidad de consolidar el ahorro en pesos. En 2012, además, reaparecieron viejos fantasmas argentinos, como la histeria por el dólar y la paulatina pérdida de reservas del Banco Central. Por ahora, si existe vocación política y pericia técnica, las dificultades son objetivamente manejables. El desafío mayor, a no dudarlo, es que el gobierno logre recuperar la alicaída confianza hasta el final de su mandato»).

Me hizo recordar que hace una semana mi amigo Pablo Tonelli me había hecho llegar uno de sus artículos didácticos, donde pone el acento, no ya sobre la coyuntura, sino sobre un problema estructural de nuestra economía que ha reaparecido: la restricción externa. Durante la mayor parte de estos años se había perdido de vista. gracias al aumento en los precios de los bienes que exportamos y la Gran Devaluación del 2002. Pero esas son circunstancias de una sola vez. Tenemos que enfrentar la necesidad de transformaciones estructurales, si no queremos volver al pasado.

LOS CUASIDOLARES Y LA RESTRICCIÓN EXTERNAs

Pablo Tonelli, economista

La extraordinaria expansión de la economía argentina de 2003-2011 hizo pensar que la restricción externa, que había sido uno de los frenos al desarrollo en otra etapa, había desaparecido. A fines de 2011 la cuenta corriente de nuestra Balanza de Pagos quedó prácticamente en cero y el problema reapareció.

En las décadas de la sustitución de importaciones dicha restricción provocó lo que se conoció como el fenómeno de “stop and go”, freno y relanzamiento de la economía en forma cíclica. Este proceso se desencadena a consecuencia de la insuficiencia de divisas, ya que los dólares generados por las exportaciones del sector primario – agrícola ganadero – resultaban insuficientes para sostener el desarrollo industrial, que necesitaba importar insumos, maquinaria y equipos. Las tensiones que provocaba esta situación se resolvían vía una fuerte devaluación, con sus conocidas consecuencias sobre el mercado interno y los salarios. Se provocaba un “ajuste” de la actividad económica, con fuertes consecuencias en términos de actividad y empleo, para luego relanzar el crecimiento industrial,  obteniendo dólares a través del endeudamiento externo y así seguir. El “péndulo argentino”, lo llamo Marcelo Diamand.

La devaluación no era necesaria para el sector agropecuario primario que producía a niveles de precio cercanos a los internacionales, sino para la industria cuya productividad era (es) inferior a la internacional. Los dólares eran escasos para las necesidades del desarrollo industrial y el estancamiento del sector agropecuario amplificaba el fenómeno. La devaluación significaba una renta extraordinaria para los exportadores primarios, y el endeudamiento externo la solución a las necesidades de la industria de contar con dólares para continuar su ciclo productivo. Los trabajadores padecían en forma directa el encarecimiento de los bienes de la canasta familiar como consecuencia de la devaluación, es decir sufrían la baja del poder adquisitivo del salario. A su vez, las políticas de ajuste post-devaluatorio comprimían el mercado interno y afectaban la actividad económica interna y el empleo.

Este fantasma volvió a aparecer bajo la forma de claras presiones devaluatorias ya en ocasión de la corrida cambiaria de 2011 y dio origen a la estrategia de control de cambios, prohibición de atesoramiento en divisas, pesificación de las transacciones del mercado inmobiliario y restricción del giro de utilidades y regalías al exterior por parte de las empresas multinacionales, la que se fue profundizando hasta los anuncios de creación de nuevos instrumentos financieros.

En el período 2003-2011 el sector agropecuario se expandió, continuando la tendencia que venía de la década anterior, incrementando notoriamente la superficie sembrada y mucho más la capacidad productiva de la tierra con el boom de la soja y el maíz transgénicos,  la siembra directa y el paquete tecnológico del agro-business. Los altos precios internacionales permitieron que una estrategia nacional basada en el crecimiento del empleo y el valor agregado utilizando tipos de cambios múltiples y diferenciados para el agro y la industria, a través del mecanismo de las retenciones, no encontrara como límite las divisas para el desarrollo.

La magnitud de la oferta de divisas permitió durante esos años que el BCRA incrementará sus reservas, el Gobierno Nacional pagara sus compromisos en dólares sin recurrir al endeudamiento externo, la industria se equipara, las empresas trasnacionales giraran utilidades al exterior y además se dolarizara parte del excedente económico generado localmente utilizando las divisas generadas en el comercio exterior, base de nuestro superávit.

Los sectores que generan excedentes, en síntesis, dolarizan la porción del mismo que permanece liquida, sean éstos capitalistas pyme nacionales o grandes empresarios locales o extranjeros. Esta porción, como afirma el economista Ramiro Castiñeira ha sido de aproximadamente un 2 % del PBI anual en promedio durante los últimos veinte años. Idéntico comportamiento se observa en los sectores medios, profesionales o asalariados con capacidad de ahorro. La forma en que estos sectores acompañaron la corrida cambiaria y fuga de capitales del 2011 es notoria. La fuga de este último sector (porque los dólares salen del circuito económico) es fuga al colchón o a las cajas de seguridad, no a cuentas externas ni paraísos fiscales.

La más central de las funciones de una moneda, preservar el valor (en término de bienes), ser reserva de valor, no es cumplida por el peso. El capital no cumple su ciclo sino se expresa en dólares y los ahorros de los sectores medios y altos necesitan del dólar para tener una certeza del monto con el que  cuentan. Esto mucho antes de las actuales guerras de divisas y de la renacida discusión sobre el  rol monetario del oro que trajo la crisis internacional. Es un comportamiento histórico el que devino a la Argentina una economía bimonetaria.

La estrategia profundizada a partir del 2011 evitó muy acertadamente una macro devaluación con efectos devastadores sobre el salario, el empleo y el mercado interno en aquel momento y en éste. Sin embargo no ponderó adecuadamente la magnitud del desafío que implicaba el retorno de la restricción externa y la sensación de descontrol que genera el alza constante del dólar marginal en el imaginario social de la Argentina, que constituye su síntoma. Por supuesto todo ello es apocalípticamente magnificado por los grandes medios y los sectores de poder enemigos del Gobierno. Pero esto último es obvio, dado que como dicen los ajedrecistas, las negras también juegan.

La inversión en los sectores estratégicos, como la energía, necesita urgentemente de divisas para su desarrollo. El funcionamiento del mercado de la construcción privada no social y el mercado inmobiliario se mueven en dólares, vinculado con el carácter de bien reserva de valor de la propiedad inmueble, particularmente en el Área Metropolitana y otros centros del interior.

El BONO ARGENTINO DE AHORRO PARA EL DESARROLLO ECONÓMICO” (BAADE) y  el “PAGARÉ DE AHORRO PARA EL DESARROLLO ECONÓMICO“ se orientan al primer objetivo y el “CERTIFICADO DE DEPÓSITO PARA INVERSIÓN” (CEDIN), al segundo, creando un cuasi-dólar, un sustituto local de la moneda estadounidense. A estas alturas no resulta posible estimar adecuadamente con cuantos recursos podrá contar el Plan de YPF provenientes del BONO y del PAGARÉ o estimar el grado de impacto positivo del CEDIN, originalmente bien visto por la Cámara de la Construcción y la Cámara Inmobiliaria, en los precios y las transacciones del sector. Tampoco es posible estimar en qué grado la negociación en pesos de estos instrumentos convertibles a dólares ante su presentación ante el Banco Nación u otros Bancos Comerciales bajo ciertas condiciones, funcionarán como un “mercado financiero de cambios”.

El dato a tomar en cuenta para los hacedores de la política económica es que la restricción externa ya está entre nosotros. Los dólares provenientes del comercio exterior son insuficientes para financiar el equipamiento industrial, pagar nuestros compromisos externos, asegurar la remisión de utilidades de las multinacionales, cubrir el bache energético y el creciente desfasaje del turismo.

Este el desafío clave que enfrenta la economía argentina.


Historia de una pasión argentina: el dólar

enero 22, 2013

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Mi amigo Fernando Del Corro, periodista, docente de Historia en la Universidad de Buenos Aires y miembro del Instituto Dorrego, siempre me envía sus enjundiosos artículos. Pero también los publica en Ámbito, y pienso que probablemente ustedes ya los conocen.

Ahora, aunque éste también salió en América Latina en Movimiento. encuentro tan interesante – y no tan sabida – la historia de nuestra relación con el dólar, en tanto realidad geopolítica, que no puedo dejar de subirla. Muestra, además, que la interacción con las Potencias se da siempre en términos continentales. A pesar que nuestra política fuera, durante mucho tiempo, el aislamiento de la América Latina, la nuestra.

Juárez Celman impidió americanizar la moneda estadounidense pero ésta terminó siendo una pasión argentina

Fernando Del Corro
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La economía argentina giró durante la época colonial alrededor de la plata altoperuana hasta que, producida la independencia y ante la desaparición del flujo argentino porque las provincias de la hoy Bolivia se mantuvieron fieles a la corona castellana, entró rápidamente en el área de la libra esterlina, la moneda creada por la reina Isabel I en el Siglo XVI y que hoy sobrevive al margen del euro continental.
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El dólar, que había sido creado por la corona española y que se acuñaba en México con los metales preciosos obtenidos en ese país pronto pasó a convertirse en la moneda de los Estados Unidos de América pero tardó en avanzar hacia el resto de la región más allá de algunas zonas caribeñas.
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La banca británica, en especial la Baring Brothers, se encargó de endeudar a los nuevos países independientes de Iberoamérica que así llegaron a tener pasivos que, sumados, representaban más del 51 por ciento del total de la deuda planetaria.
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La Gran Colombia, bajo la presidencia efectiva de Francisco de Paula Santander (era vicepresidente pero tenía el gobierno mientras Bolívar continuaba sus campañas militares), fue la abanderada de los deudores con cuatro millones de libras esterlinas, un 300% más que la Argentina de Bernardino Rivadavia. El Brasil, Perú, el Uruguay y hasta la República Centroamericana, formaron parte del paquete de endeudados.
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Así siguieron las cosas hasta que desde el gobierno estadounidense se planteó avanzar sobre sus vecinos continentales y para ello ideó una estrategia que fue planteada en la Primera Conferencia Panamericana que se desarrolló en Washington entre el 2 de octubre de 1889 y el 19 de abril de 1890.
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La propuesta presentada, lejano antecedente de la llamada Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) un siglo más tarde, incluyó, como una cuestión central, amén de otras vinculadas con el libre comercio y la navegación, la adopción del dólar estadounidense como única moneda regional, con la consecuente desaparición de todas las nacionales que existían por entonces. La mayor parte de los países estuvo de acuerdo con el criterio del presidente Cleveland, incluidos los más grandes como México y el Brasil. El tablero fue pateado por los delegados argentinos Roque Sáenz Peña y Manuel Quintana, siguiendo las instrucciones del presidente Miguel Angel Juárez Celman. El rechazo argentino fue acompañado por Chile y Bolivia y así se frustró la universalización del dólar estadounidense en el territorio americano.
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Si bien Argentina mantenía relaciones comerciales con los EUA siguió durante algunas décadas más privilegiando los negocios con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Recién a partir del gobierno de Alvear, en 1922, los negocios con la ya primera potencia mundial se incrementaron fuertemente y aparecieron las inversiones de empresas automotrices, laboratorios medicinales y otras. Cuando asumiera Hipólito Yrigoyen la presidencia en octubre de 1916 la moneda estadounidense se cotizaba a dos pesos moneda nacional y al concluir ese mandato y asumir el denostado Alvear ya estaba a tres pesos, pero el gran crecimiento de la economía con este último hizo que se revaluase la moneda local y al momento de reemplazar Yrigoyen a Alvear en 1928 se había vuelto a los dos pesos; que volvieron a ser tres cuando ya cuando el primero fue derrocado por un golpe militar en septiembre de 1930.
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Esa paridad de u$s 1 = $ 3 m/n se mantuvo estable hasta mayo de 1940 cuando siendo presidente Roberto Ortiz pasó a cuatro pesos. Pero para entonces el dólar estadounidense ya había cobrado importancia en el país, favorecido por el Pacto Roca-Runciman que, a pesar de la intención primigenia de favorecer los negocios del área de la libra esterlina, terminó siendo un gran acicate para ir produciendo un recambio hacia la zona del dólar estadounidense.
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Fue el tiempo del triángulo comercial, por el cual la Argentina tenía un fuerte déficit de la balanza de pagos con Inglaterra, a pesar del saldo comercial favorable, y ese déficit se resolvía con un superávit de la balanza de pagos con los EUA a pesar del déficit comercial. Se trataba de la masa monetaria que llegaba desde este último país.
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El tipo de cambio de cuatro a uno se mantuvo estable hasta la asunción a la presidencia de Juan Domingo Perón en julio de 1946. Ahí fue cuando se aceleraron las correcciones, incluyendo tipos diferenciados, como ya los había habido durante la presidencia de Agustín P. Justo, y así, al ser derrocado Perón en septiembre de 1955 la paridad estaba en los 29 a uno que pasó a 31 a 1 en noviembre de ese mismo 1955 bajo la presidencia de facto de Eduardo Lonardi.
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Por entonces la cuestión del interés de los sectores medios por acceder a divisas se había acrecentado, lo que mereció el comentario irónico de Perón cuando allá por 1950 dijera: “En nombre del padre, ¿quién ha visto un dólar?, ¿quién de ustedes ha visto un dólar?«.
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Poco antes de entregar el gobierno el presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu al desarrollista Arturo Frondizi en junio de 1958 la paridad pasó a 42 a uno, cifra que se duplicó durante la gestión frondicista y que en 1962, con el golpe cívico-militar que llevara a la presidencia a José María Guido, devaluación de Federico Pinedo mediante, se situó en 138. Ya por entonces todo giraba en torno de la moneda de los EUA que pasó a 238 a 1 al término de la gestión del radical Arturo Umberto Illia para llegar a 321 en 1967 con Juan Carlos Onganía tras la devaluación de Adalbert Krieger Vasena.
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Ya sin Krieger Vasena, ido por el Cordobazo, en enero de 1970 Onganía cambió el signo monetario e implementó los pesos ley 18.188 que ya en junio de ese año se cotizaban a razón de 3,8 a 1. Con Alejandro Agustín Lanusse se inició un período de gran ajuste y así, después de recibir el gobierno de Roberto Marcelo Levinsgton con un 4,3 a 1 en abril de 1971 se fue en mayo de 1973 con una paridad de 12,5 a 1. El ministro José Ber Gelbard, con Héctor José Cámpora como presidente, la bajó a 10,5 a 1 hasta que en octubre de ese año estando al frente del Poder Ejecutivo Nacional Raúl Alberto Lastiri pasó a 10,9 a 1 y ya durante la breve gestión final de Perón alcanzó los 15,8 a 1.
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El Rodrigazo de 1975 y el conjunto de desajustes previos y posteriores hizo que María Estela Martínez concluyera su gestión en 325 a 1 para, en los sucesivos golpes devaluatorios de José Alfredo Martínez de Hoz con Jorge Rafael Videla como presidente se llegase a 2.500 al momento de asumir Roberto Eduardo Viola en 1981 y al irse éste a fin de año a 8.730 a 1. Su sucesor, Leopoldo Fortunato Galtieri comenzó con 9.130 a 1 y después de la Guerra de las Malvinas se fue con 13.400 que llegaron a 17.800 a 1 cuando Reynaldo Benito Bignone implementó los pesos argentinos que arrancaron en junio de 1983 con 19 a 1.
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Al asumir Raúl Ricardo Alfonsín en diciembre de 1981 ya estaba en 26 a 1 y se reforzaba el interés por la moneda estadounidense que había declinado durante la gestión de Martínez de Hoz habida cuenta de que las tasas de interés eran mucho más atractivas que las correcciones cambiarias.
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Pero con Alfonsín del arranque de 26 a 1 un año y medio después, en mayo de 1985, fuerte proceso inflacionario mediante, se estaba en los 680 a 1, y así en junio aparecieron los australes con una paridad de u$s 1 = 0.80 australes. Cuatro años más tarde, con una hiperinflación mediante, Alfonsín se fue con una paridad de 680 a 1, con la que se encontró Carlos Saúl Menem. Este fue realizando correcciones en sentido inverso, con apreciaciones y devaluaciones, que llegaron a tener un pico de 11.000 a 1, hasta que en enero de 1992 se implementó el peso, a secas, equivalente a un dólar estadounidense, convertibilidad mediante.
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La misma se mantuvo así por diez años hasta la devaluación de Eduardo Alberto Duhalde que llevó la paridad, en principio, a 1.40 a 1 desapareciendo la convertibilidad. De allí en más se produjo un fuerte salto que hizo superar los cuatro pesos para luego situarse hacia los 2,84 al asumir Néstor Carlos Kirchner a mediados de 2003 cuando arrancó un período de bastante tranquilidad durante el cual la especulación cambiaria no tuvo características significativas, hasta que a fines de 2011 reapareció el mercado negro con un tipo de cambio que se ha venido disparando hasta diferenciarse en más de un 50% de los valores oficiales.

Política industrial ¿qué es eso?

octubre 30, 2012

Otro artículo sobre economía de nuestro amigo Pablo Tonelli. Como casi todos los suyos, breve, didáctico y polémico. Esta vez mi introducción será muy corta, porque me reservo para hacer algunas observaciones al final.

TERMINOS DE INTERCAMBIO

Pablo Tonelli, economista

En primer lugar para precisar el tema de esta nota voy a usar una definición tomada de la Enciclopedia de Ciencias y Tecnología de la Argentina que define “Términos de intercambio o relación real de intercambio (en inglés terms of trade) es la relación entre los precios de las exportaciones y de las importaciones de un país”. Agrega “se habla de deterioro de los términos de intercambio cuando el precio de los productos exportados tiende a disminuir respecto del de los productos importados. Como es imposible mantener por tiempos prolongados un déficit de la balanza comercial, una mejora en los términos de intercambio permite importar más productos con las mismas exportaciones”.

El tema de debate sobre este concepto en la economía argentina actual es el siguiente: Se sostiene que la teoría del deterioro de los términos de intercambio, elaborada por Raúl Prebisch y Hans Singer en el marco de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina, Organización de las Naciones Unidas) en los años cincuenta, ya no tiene vigencia dados los altos precios de los productos primarios de exportación que han crecido más en el último lustro que el precio de los bienes industriales que la Argentina importa.

Este razonamiento sigue a otro: Los altos precios de los productos agrícolas que se exportan han generado superávits comerciales externos (la diferencia favorable en dólares entre lo que exportamos e importamos), efecto, para esta concepción, del llamado “viento de cola”. Los dólares de este superávit  no han servido para financiar el desarrollo de una industria sustentable, porque el sector industrial tiene un déficit cercano a los 32.000 millones de dólares anuales. En resumen: para el sector liberal ortodoxo que sostiene esta crítica, el deterioro de los términos de intercambio es una falacia. Que lleva a gravar las exportaciones con retenciones, en lugar de favorecer su desarrollo, e insistir con impulsar a un sector industrial que no tiene rango ni capacidad para competir en el mercado internacional.

Voy a reflexionar sobre los términos de intercambio y sobre el fundamento de una política industrial en la Argentina para oponer mis razonamientos a este enfoque.

Es un dato cierto que el llamado “boom” de los precios agropecuarios ha invertido la tradicional relación de precios entre lo que exportamos mayoritariamente (bienes primarios puros o con baja elaboración) y lo que importamos (considerando insumos y bienes industriales) y que esa ecuación ha mejorado sensiblemente la factibilidad de compra de bienes industriales y ampliado nuestra capacidad.

Si esto es una tendencia permanente de la economía mundial no creo que sea posible afirmarlo o negarlo. Prebisch y Singer analizaron sesenta años de historia capitalista, Ocampo y Parra en 2003 (lo tomo de un trabajo de Rolando Astarita) han analizado 140 años, utilizando un índice de The Economist, la revista británica, para concluir que la tendencia al deterioro del precio de los bienes agrícolas en relación con los industriales es de largo plazo, aunque el proceso puede escalonarse y no ser estrictamente continuo. El debate está lejos de encontrar una respuesta basada en datos de largo plazo.

Independientemente de ello, el razonamiento neoclásico sostiene – me basó aquí en un documento de Josefina Marcelo, economista argentina – que “las teorías del comercio internacional basadas en la visión de David Ricardo y en las ventajas comparativas, solo veían en los términos de intercambio una simple representación de la productividad relativa de los países, concluyendo que un país siempre obtendría beneficios del comercio internacional dado que dicho país tendería a especializarse en aquella producción en la que comparativamente fuera más eficiente, y esto beneficiaría a todos”.

El espectacular boom de los precios de las materias primas, particularmente del último lustro, daría por tierra, según la ortodoxia económica, la afirmación de Prebisch que el progreso técnico fue claramente más acentuado en la industria que en la producción primaria de los países de la periferia, ya que al compás de precios más altos la tecnificación del agro incrementó notablemente la productividad agrícola. Nuevamente entonces, según este enfoque, debe acentuarse la producción agropecuaria, fuente de nuestras ventajas comparativas, e importar el resto de los bienes industriales que las “señales de mercado” no convaliden.

Si efectivamente fuera cierta una modificación permanente de los términos de intercambio a favor de los productos primarios y la Argentina eliminara las retenciones a los sectores exportadores, ¿la mayor rentabilidad del sector y de la tierra podría generar una expansión que fuera inclusiva para toda la Argentina? La respuesta es negativa. El sector primario exportador ocupa escasa mano de obra, su expansión no podría suplir la ocupación industrial, ni mejorar los salarios, que se incrementan en el mundo capitalista cuando es mayor el valor agregado en la economía. Ni hablar de lo que ocurriría si el capitalismo central sale de su crisis y de la sobrecapacidad de su industria y de los precios deprimidos de este sector a nivel internacional; y disminuyeran relativamente los precios agropecuarios

Ahora bien, el mundo ha cambiado desde Prebisch y Singer, ya no estamos en una estructura en donde existe un centro mundial productor de manufacturas y una periferia dedicada a la producción exclusiva de bienes agropecuarios. La producción global se ha relocalizado y como afirma Josefina Marcelo citando a Arceo, las industrias trasnacionales “suelen desarrollar en la periferia solo procesos parciales de trabajo y la concepción básica del producto, los insumos tecnológicos esenciales y los medios de producción en su mayoría son importados

Aquí entonces sigue operando un deterioro de los términos de intercambio. ¿De qué forma? La composición del armado de un bien de alta tecnología, un auto, una computadora, reserva a los países centrales el diseño, el desarrollo, la ingeniería; y a los países periféricos destina la fabricación de partes y el armado del bien final. El primero insume fuertes inversiones industriales, un trabajo complejo de ingenieros y técnicos, el segundo un trabajo simple de trabajadores sin gran cualificación y una baja inversión por obrero ocupado en la relación con la misma rama industrial localizada en el Centro.

Es esa diferencia de productividades, dentro de las ramas de la industria la que constituye realmente el problema de los términos de intercambio en el mundo capitalista de hoy. Es sobre ella la que debe pivotar una política industrial. El debate no se centra hoy en la dinámica de los precios agropecuarios sino, vuelvo a insistir, en cómo mejorar la productividad industrial.

Lo que quiero observar del artículo de Tonelli no es lo que dice, sino lo que omite señalar y, por lo tanto, parece dar por sentado: Un prejuicio muy común a la mayoría de los economistas nac&pop, herencia de nuestras viejas luchas, que asume el cliché de la producción agrícola como «bienes primarios puros o con baja elaboración». Una idea tan anticuada como la imagen de una actividad industrial que engalana este posteo.

Me gustaría que los argentinos tengamos presente que los productos agrícolas que exportamos incorporan mucha teconología: las maquinarias agrícolas, cada vez más sofisticadas, de las cuales una buena parte es de producción local; la gigantesca estructura de almacenaje (así es, el silo bolsa es teconología moderna, o pregúntenle a las cerealeras, cuya capacidad de negociación vis a vis el productor ya no es lo que era) y transporte, para apreciar la cual basta transitar por nuestras rutas o navegar Paraná arriba; la producción de aceite de soja, en la que estamos en el podio del planeta; el desarrollo del biodiésel…

Sobre todo, las técnicas agrarias en sí, donde – gracias al INTA y a los viejos grupos CREAR, Argentina es pionera. Y en genética, donde una parte es tecnología local y la otra comprada – a precios caros – a Monsanto… ¿O creemos que la tecnología de las plantas de la industria automotriz o de computadores es toda local?

Todo esto no disminuye la realidad de la aserción de Tonelli: el agro ocupa, comparativamente, poca mano de obra. Ni va a desarrollar toda la tecnología que debe incorporar un país para considerarse desarrollado. Debemos tener una política industrial. Y ahí es valiosa y oportuna su conclusión «El debate no se centra hoy en la dinámica de los precios agropecuarios sino en cómo mejorar la productividad industrial».


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