Argentina en el umbral

noviembre 1, 2014

earth

En una semana en que las noticias políticas, las que tienen que ver con procesos en marcha en Argentina y en el mundo han sido, según las veo… abiertas, pasos en caminos que siguen – el reclamo del gobierno argentino al Presidente Obama en el tema de los fondos buitres, el forcejeo en la oposición con poder de fuego legislativo, la UCR, sobre si negociará cargos en el Poder Judicial, las elecciones “rebeldes” en el Este de Ucrania, hasta la guerra feroz y semi silenciada en Medio Oriente,… – bueno, quiero cerrarla acercándoles una noticia de un paso concreto que dio Argentina – no tan pequeño, de 36 mil kilómetros – que también es sólo uno de un camino muy largo, pero que nos llevó a un lugar preciso. Un paso del que podemos sentirnos orgullosos, sin ambigüedades.

Me refiero, claro, a que nuestro satélite Arsat 1 llegó a la órbita geoestacionaria. Desde la Estación Terrena Benavídez (aquí nomás en el Gran Buenos Aires, a 45 minutos de la Plaza de Mayo si la Panamericana no está desbordada. Territorio massista, dicho sea de paso) se dirigieron las cinco maniobras de AMF (Apogee Manouver Firing) que llevaron al primer satélite de telecomunicaciones argentino a su órbita circular en el plano ecuatorial, a 35.736 kilómetros de distancia de la Tierra.

Allí permanecerá, siempre sobre el mismo punto de la superficie terrestre, porque su velocidad orbital es la misma que la de la rotación de nuestro planeta. Por eso se la llama geoestacionaria. Sobre el mismo punto, claro, sujeto a los traslados para ocupar el punto óptimo para cubrir nuestro territorio, en 72° O – en el mismo plano orbital – que se ordenen desde la estación de Benavídez, que será el único telepuerto controlante.

Fue esta semana que conversando con un amigo y comentarista del blog que trabaja en la empresa ARSAT me enteré que esas cinco maniobras – el encendido de los motores incorporados a ese satélite, que modificaron paulatinamente la órbita excéntrica en que lo había depositado el cohete francés Arianne 5, cuyo apogeo, el punto más cercano a la Tierra, era de sólo 250 km. – esas maniobras habían sido realizadas con el grado más alto de perfección.

La medición es muy práctica, eh. Desde el grado de fracaso, en el que el satélite no consigue establecer la órbita circular, se van midiendo por el gasto de combustible (=material expulsado, para que la reacción sume o reste velocidad, según la dirección, al satélite). Y el gasto fue el mínimo. Es bueno enterarse cuando compatriotas ejecutan una tarea difícil y exigente a la perfección.

Ahora, además de congratularnos, me interesa marcar lo que todavía nos falta. Y podemos conseguir, si continuamos con el esfuerzo que estamos haciendo. Porque el trayecto que recorrió nuestro satélite en esos diez días (descontando el movimiento orbital, que corre por cuenta de Newton) fue mucho más largo que el que lo llevó el Arianne. 36 mil km. comparados con 300, desde un poco afuera de la atmósfera terrestre a donde la Tierra se ve como lo que es, un planeta. Pero en las exigencias de las leyes físicas, fue menor. La clave de los vuelos espaciales es la diferencia de velocidad, la “Delta V”, que los cohetes – u otros vectores, en el futuro no cercano – pueden darle a la carga útil que llevan. Y la diferencia de velocidad fundamental, de lejos, es la necesaria para salir de la atmósfera y entrar en órbita. Una vez en órbita, ese es el umbral del Universo.

Argentina está trabajando en eso. Está construyendo el Tronador (mis primeros posteos sobre el tema tienen seis años – fíjense en el Buscador del blog – y el más reciente, creo, fue éste). Tiene dificultades y retrasos, como les pasa a todos, aún los más desarrollados, según tuvimos ocasión de recordar ayer (Mi homenaje al piloto que murió y al que está herido, y a los de Virgin Galactic que anunciaron que seguirían con su esfuerzo). Pero lograr un vector argentino, que pueda poner un satélite en órbita, será – en su escala – algo tan fundamental para la imagen de la Argentina y de su capacidad tecnológica como lo fue el Sputnik para la vieja Unión Soviética de los ´50. Y como lo es ahora para China e India.

Como me gusta ser preciso, quiero aclarar un par de cosas. El Tronador no está pensado para poner uno de los Arsats en órbita. Se necesita mucha potencia para eso. El proyecto de Conrado Varotto – sensato – es poner en órbita a un costo relativamente reducido muchos pequeños satélites, de capacidades variadas, y hacerlos funcionar en red. Y es un cohete de combustible líquido – no sólido – que es lo que se necesitaría para usos militares.

Las Grandes Potencias, los EE.UU. en particular, no admitirían ese desarrollo. Que además motivaría a los hermanos brasileños en esa dirección. Esas son políticas de Seguridad, y con esas no se jode. Seamos realistas: la capacidad de construir esas armas no aumentaría nuestra seguridad. Más bien al contrario.

Argentina, como lo entendieron sus gobernantes lúcidos, desde Roca a Perón, tiene todo para ganar con una política de buenas relaciones con todo el mundo, y en particular con sus vecinos. Si, al mismo tiempo, desarrolla su capacidad de defenderse. Y también de asomarse al umbral del Universo.

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El camino industrial, donde volcó el Rastrojero y llegó el Arsat-1

octubre 19, 2014

Rastrojero

No me parece que sea bueno copiar otros blogs. Enlazarlos, tomar ideas, sí, claro, pero uno tiene, o debe tratar de tener, su propia voz.

A pesar de eso, algunas veces lo hice. Varias, con Cartoneros, a pesar que quien lo administra ahora, Contradicto, tiene una voz personal y bien distinta de la mía. Es que encuentro ahí de vez en cuando, como ahora, un resumen luminoso de algo que he estado procurando decir en muchos posteos. Entonces, les copio esto:

SibalLa pregunta que quienes hemos asistido por estos días al evento que enorgulleció a buena parte de la sociedad argentina (y al resto la mantuvo en respetuoso silencio), y por supuesto nos referimos a la puesta en órbita de nuestro primer satélite geoestacionario de comunicaciones, la pregunta clave es, decíamos, y debe ser…

¿Por qué satélite sí y por qué aviones no?

¿Por qué satélite sí y por qué automóvil de diseño nacional no?

¿Por qué satélite si y por qué computadoras de diseño nacional no?

Pregunta de la que luego se desprenden otras, tan hirientes y tan contraindicadas para la autoestima como ¿cuál es la enorme diferencia tecnológica entre un satélite de comunicaciones y un avión, esa que nos inhibe de fabricar los últimos?

¿Por qué se llega a coronar ese intrincado y sensible proceso de poner un satélite de esas características en órbita?

La respuesta es que se completa el camino y se cierra con éxito porque, aunque suene a verdad de Perogrullo, dicho camino se pudo recorrer en su totalidad.

Lo central desde el punto de vista de acumulación de conocimientos y activos científicos y tecnológicos para ubicarnos en las puertas de esta nueva etapa es que el camino que nos trajo hasta aquí se pudo realizar, con marchas y contramarchas, con velocidad para ejecutar y también con pausas para repensar, con debates y con dudas, pero siempre sabiendo que la mañana siguiente estaba ahí, disponible, para seguir mejorando lo conseguido y diseñando lo que faltaba.

La clave está en que ese proceso nunca se abortó.

Es la misma clave que conspiró contra otros proyectos que Argentina tuvo, aunque hoy parezcan irrazonables y hasta levemente paródicos: desde los años 50 nuestro país tuvo más de un proyecto de automóvil de diseño nacional (el Justicialista, Siam Di Tella, Rastrojero…) 

Y en esas mismas décadas se concretaba el diseño del prototipo del Pulqui, primer avión a reacción en Latinoamérica. 

Más tarde, en los años 70, existió por ejemplo Fate Electrónica, que inició su curva de aprendizaje con máquinas calculadoras y registradoras pero siempre tuvo como objetivo el diseño de una electrónica más compleja para concretar nuestras computadoras. 

Ninguno de estos tres esfuerzos, con los que se busca ilustrar las preguntas iniciales, vio coronar con éxito una etapa definitiva de escala piloto y mucho menos de producciones en serie.

Y el motivo es que se los abortó antes de completar etapas críticas.

La foto que ilustra este posteo corresponde al primer automóvil diseñado y construido por la industria coreana en los años 50, el Sibal (Daewoo 1955). Obsérvelo, una “retro-ingeniería” del Jeep americano. No mucho que envidiarle a nuestro rastrojero de la IKA.

Hoy Corea disputa agresivamente el mercado norteamericano premium de camionetas utilitarias suburbanas (lo que aquí denominamos 4×4) con marcas locales y japonesas. Y nosotros tenemos balanza deficitaria de autopartes.

¿Qué pasó en el medio?

Corea incubó, defendió, protegió y finalmente, con éxito, desarrolló una industria automotriz propia, cuya tecnología le es un activo intransferible. Con muchos errores y regresiones en el camino, porque en ciencia y tecnología nadie nace sabiendo.

Argentina abortó aquellos impulsos iniciales. Y luego trasladó el poder de las decisiones en industria automotriz a multinacionales extranjeras. Que deciden qué, cuándo, dónde y cómo fabrican y qué cantidad de componente importado utilizan.

Algo similar se podría parangonar con la industria aeronáutica, esta vez no ya con Corea. Con nuestros hermanos brasileños: es difícil la historia contrafáctica, pero si se hubieran mantenido y defendido los avances en tecnología aeronáutica argentina hasta 1970, probablemente además de una Embraer, cuarta productora mundial de aviones, hoy estaríamos hablando de una EmARaer.

Recorriendo las oficinas y los pasillos de los edificios técnicos y de gestión de la empresa brasileña, uno escucha mucho acento argentino, che: son los viejos cuadros técnicos de nuestra fábrica de aviones en Córdoba que se vieron obligados a conseguir trabajo en el exterior; hoy peinan canas y ocupan funciones ejecutivas y de decisión estratégica en Sao José dos Campos. Allí donde el diablo nos cuenta nuestros pecados del pasado al oído.

La tecnología no es algo que se compra y se vende, como dicta la escuela neoliberal: es un complejo camino de aprendizaje sin maestros ni trayectorias seguras. 

Es el que recorrió INVAP a partir de que el accidente de Chernobyl, en 1986, pusiera en riesgo el futuro de su actividad principal, la nuclear. Hoy, 28 años más tarde y gracias a la defensa tenaz de lo logrado en tecnología aeronáutica, tenemos nuestro primer satélite geoestacionario de comunicaciones en el espacio.

Más que festejar el despegue, hay que festejar el camino que nos llevó hasta allí“.


Del talento de nuestros científicos

octubre 15, 2014

arsatCuando copio una nota ajena en mi blog, agrego un prólogo, una reflexión o al menos un comentario. Esta vez no. Esto que publicó Ana María Vara, investigadora del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia José Babini de la Universidad Nacional de San Martín, Premio Konex 1997, en La Nación de hoy habla por sí mismo. Sólo voy a decir que es un resumen y confirmación de los datos que había subido aquí y un elemento más para el desafío argentino que mencioné aquí.

“El resultado del talento de nuestros científicos

Estamos en el cielo, pero no es un milagro. Que la Argentina sea el primer país latinoamericano en construir sus propios satélites de telecomunicaciones es el resultado del talento de sus científicos y tecnólogos, la persistencia en el esfuerzo a través de décadas y recurrentes disrupciones, y las políticas públicas que pusieron la autonomía tecnológica como condición del ejercicio pleno de la soberanía.

No estamos en el espacio por casualidad. Detrás del ArSat 1 y de los otros dos que le seguirán hay una empresa estatal creada en 2006, una miríada de grupos de investigación y desarrollo, y también Investigación Aplicada SE (INVAP), una empresa mixta que resulta un desprendimiento de la política nuclear iniciada en la década del cincuenta y que atravesó los desindustrializantes noventa consolidándose para reemerger con la venta de un reactor de investigación a Australia en 2000.

No es un sueño tardío: la Argentina comenzó a lanzar cohetes a fines de los sesenta, puso en marcha el misil Cóndor después de la Guerra de Malvinas, organizó la Comisión Nacional de Actividades Espaciales en los noventa. Algunas líneas de continuidad se interrumpieron, pero no se perdió la decisión.

Se critica que hay componentes importados, ocultando que las cadenas de valor tecnológicas son hoy globales. Los entendidos saben, sin embargo, que el valor está en el diseño, que es totalmente nacional.

La Argentina salió a reclamar los puntos orbitales que le correspondían y que corrían riesgo de perderse por una mala herencia de los noventa. ArSat 1 ocupará la posición de 72° de longitud oeste sobre el ecuador y atenderá todo el territorio nacional, incluidas las islas Malvinas y la Antártida. ArSat 2, la posición 81, y cubrirá gran parte de América del Sur y del Norte.

¿Por qué son apenas ocho los países que pueden construir este tipo de satélites? Se trata de una tecnología muy exigente: los satélites geoestacionarios – es decir, que se mueven sincronizadamente con la Tierra, ocupando un punto fijo en el cielo – están ubicados a 36.000 kilómetros de distancia, fuera de la protección de la atmósfera y del campo magnético terrestre. Están a la intemperie espacial, sometidos a fuertes radiaciones. Y para llegar tan alto, tienen que soportar las tremendas vibraciones del despegue.

Hay muchos aspectos para destacar de este “no milagro”. Cerremos con apenas una. La sala de pruebas que imita las condiciones de despegue y vida en el espacio exterior se construyó en Bariloche, y quedará a disposición para futuros emprendimientos. Y está abierta, con visitas guiadas para distintas edades, para todo el que la quiera conocer. Porque el conocimiento debe compartirse”.


Saludo al ARSAT-1

agosto 31, 2014

arsat.1

El primer satélite geoestacionario argentino, el ARSAT-1, ya partió de Bariloche – donde fue construido – en un gigantesco avión ucraniano Antonov hacia la Guayana Francesa, en la cercanía del ecuador, desde donde se lo pondrá en órbita.

No puedo dejar de mencionarlo en el blog, aunque los medios no van a ignorarlo. Las crónicas de TELAM y de La Nación, para mencionar dos polos políticos opuestos, son buenas y se complementan entre sí. El único punto que pasan por alto, y que le da su importancia, es aclarar, justamente, que es geostacionario. Es decir, que girará en torno a la Tierra en una órbita ecuatorial, a la distancia precisa – aproximadamente 36 mil kilómetros, 80 veces más lejos que la Estación Espacial Internacional – para que su velocidad sea exactamente igual a la de rotación de nuestro planeta. Así, permanecerá “estacionario” sobre el mismo punto: en este caso, sobre el ecuador en la longitud 72° Oeste.

A este tipo de órbita la llaman en algunos medios astronáuticos “Órbita Clarke“, por el escritor inglés que en 1945 publicó un artículo proponiéndola como ideal para los satélites de comunicaciones. Argentina no tiene un vector capaz de alcanzarla – sobran los dedos de una mano para contar los países que los tienen; ya es grande el esfuerzo para desarrollar el Tronador, que podrá alcanzar órbitas más accesibles – y se recurre a Arianespace, de la Unión Europea.

Desde ese punto en el espacio el Arsat-1 brindará servicios de televisión, acceso a Internet y servicios de datos y de telefonía sobre IP a todo el territorio nacional y a países limítrofes. Y si bien casi todos los países medianos y muchos pequeños cuentan con satélites – propios o alquilados – este tipo de satélites actualmente sólo es construido por Estados Unidos, Rusia, China, Japón, Israel, India, la Eurozona y ahora Argentina. Podemos sentirnos orgullosos de nuestros científicos y técnicos y de empresas estatales como INVAP y AR-SAT S.A.

Puede decirse – y se va a decir, cómo no – que los 250 millones de dólares que costó podrían haberse empleado para… y cualquiera tiene su lista personal de prioridades. Tengamos en cuenta que ese dinero no representa el valor material de los componentes del satélite – muchísimo menor – sino el desarrollo de capacidades, técnicas y humanas, que podrán crear otros desarrollos útiles para nuestro país y quizás para la humanidad. Además del Arsat-2 y Arsat-3, que están, respectivamente en producción y diseño.

Pero reconozco que, en lo personal, no es ese aspecto el que me motiva. El Partenón representó mucho más a través de los siglos para Grecia, y para Occidente, que un programa de obras públicas que podría haberse hecho en Atenas. Como las catedrales en Europa o las pirámides en Egipto. Y esto es más alto y ambicioso. Fue Arthur Clarke el que dijo que el hombre empezó en 1957 a poner nuevas estrellas en el cielo nocturno. Una de ellas, que estará fija, será argentina.

Les dejo un video con buenas imágenes que preparó TELAM:


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