Sobre el futuro de los biocombustibles, y de Argentina

enero 12, 2011

El tema de la guerra civil kirchnerista – entre peronistas K y progresistas K – se ha vuelto un poco pesado, por lo menos para mí. Ojo: no digo que sea trivial, pero prefiero hacer una pausa antes de tratar de aportar nuevos enfoques. En lo que hace al lado práctico de la cosa, recomiendo este post de Omix El vice de Scioli. Y prometo decir algo sobre la sombra que se cierne sobre la Capital, cuando sea algo más que una fantasía de enero.

Ahora, quiero volcarme a algo constructivo. Y para eso este artículo de The Economist que me acercó mi amigo EduA es ideal. Porque no sólo habla de un desarrollo reciente que puede ser clave para Argentina – desde el enfoque modernizante (neo desarrollista sería un término más preciso, tal vez) que Jorge Rulli me atribuía hace poco – sino que describe industrias prebendarias, que ¿alguien se sorprende? no son un fenómeno local.

El mundo después de la nafta. Los biocombustibles están de vuelta. Esta vez puede ser que incluso funcionen.

Hacer algo que la gente quiere comprar a un precio que puede pagar. No es una estrategia de negocio revolucionaria, pero una que la industria de biocombustibles de Norteamérica, hasta la fecha, evitó. Ahora una nueva tanda de empresas piensan que tienen la tecnología para cambiar el juego y hacer beneficios no subvencionados. Si ellos pueden hacerlo de forma fiable, y en gran escala, los biocombustibles pueden tener mucho más éxito en liberar al mundo de los combustibles fósiles que han tenido hasta ahora.

El incentivo original de los biocombustibles – década de 1970 – fue fastidiar a los jeques del petróleo. Con el tiempo, la oportunidad de luchar contra el calentamiento global aumentó el atractivo original. Hacer combustible de las plantas de una manera económica y se puede conducir automóviles sin emisiones netas de dióxido de carbono, y sin pagar grandes sumas a esos árabes malos. Una gran idea a todas partes, entonces.

Lamentablemente, en EE.UU., no funcionó así. En primer lugar, el combustible no era nafta. En cambio, fue el etanol, que almacena menos energía por litro, tiende a absorber agua y es corrosivo: la gente lo usará sólo si es barato o si se los fuerza a través de la mezcla obligatoria. En Brasil, que se volcó a los biocombustibles después de la crisis del petróleo de los ‘70, el precio del etanol llegó a ser lo suficientemente bajo como para que el combustible encontrara un mercado, gracias a las plantaciones de azúcar y destilerías de alta productividad que usaban la pulpa que queda cuando el azúcar se extrae de la caña. Como resultado, Brasil es una superpotencia en biocombustibles.

El etanol en Norteamérica es en su mayoría a base de maíz, que es menos eficiente, y a menudo se produce en destilerías alimentadas por carbón, por lo que es ni tan barato ni tan respetuoso del medio ambiente. Sin embargo, la agroindustria estadounidense, que conoce un buen negocio cuando lo ve, utilizó su influencia política para tramitar las subvenciones y los aranceles que hizo al etanol de maíz rentable y que mantiene alejado al producto de Brasil

El artículo de The Economist continúa diciendo “Esto es lo que las empresas que trabajan en una nueva generación de biocombustibles desean cambiar. En lugar de etanol, planean elaborar hidrocarburos, moléculas químicamente mucho más similares a las que ya usan trenes, automóviles y aviones” Y describe algunas líneas de desarrollo en curso. Los que pueden aprovechar esta parte, seguramente dominan el inglés.

Lo que me parece interesante para todos es la recomendación que hace EduA: “los responsables de energía, agricultura y ganadería, y ciencia y técnica, además de producción, deberían salir corriendo a ponerse en contacto con algunos de los que el artículo menciona para traerlos a la Argentina o instalar líneas de Investigación y Desarrollo en el sentido de estos proyectos. Notá el protagonismo central que tiene el Brasil en varios de ellos


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