El resultado de la elección en Brasil ¿le dirá algo a la política argentina? No. Eso sí, la campaña… sugiere un camino

Brasil es el socio inevitable de Argentina. No sólo en lo comercial; también en destino, en mi falible opinión. En el mundo que ya se empezó a configurar, no sólo necesitamos sumar a los dos países, y todo lo que se pueda de Latinoamérica, para contar para algo. Más inmediato: cualquier diferencia abierta entre los más grandes de América del sur es una ventana de oportunidad para potencias externas. Dos hermanos enfrentados cinco siglos atrás, Atahualpa y Huáscar, podrían dar testimonio.

Eso sí, cualquiera sabe que los socios suelen tener conflictos de intereses. Hasta, a veces, no se quieren, como nosotros y los brasucas nos queremos, sobre todo en futbol. Es humano. Pero hay que tolerarse, gente.

Quería decir esto, y ahora voy al punto: el resultado de mañana domingo, cualquiera sea, no anticipa nada sobre nuestras pujas locales. Las sociedades, y los estilos políticos, son muy distintos en nuestros dos países, como se da cuenta cualquiera que los conozca un poco.

Pero sí pienso que la campaña, el desarrollo de las estrategias electorales de los dos candidatos que se enfrentan mañana en las urnas, nos dice mucho, y relevante.

Ante todo, me interesa señalar un logro de ambos. Impresionante, si se toma en cuenta que Brasil no tiene la tradición argentina de grandes fuerzas políticas nacionales que perduran en el tiempo, como el radicalismo y el peronismo (aunque cambien sus programas y alianzas).

El PT, Partido dos Trabalhadores, fundado en 1980 como un movimiento de base sindical apoyado por la iglesia católica, nunca logró tener una estructura política propia con mayoría en el congreso, ni una fuerza considerable de gobernadores e intendentes.

Aún así, Lula ha logrado convertirse en el líder indiscutico -indiscutible- de la ¿mitad más uno? de brasileños y brasileñas, y el referente con el que tienen que dialogar los poderes fácticos dentro y fuera del Brasil.

Y lo de Jair Bolsonaro es aún más espectacular. Un diputado entre cientos, un político más, aunque popular en las redes sociales, cuando el Ejército brasileño decidió financiar su campaña presidencial, frente al visible deterioro del gobierno de Michel Temer.

Cuatro años después, el Trump Tropical ha reconfigurado la tradicional y poderosa Derecha brasileña. (Tal como el Donald transformó, y hegemoniza el Partido Republicano, el «Grand Old Party»). La carrera política del Bolso puede terminar mañana, o no, pero la coalición que armó y conduce, «Biblia, buey y bala*», seguirá existiendo como un bloque influyente que ni Lula ni ningún gobierno brasileño podrá ignorar.*

*(Para los que no siguen la política de nuestro vecino al norte: «biblia» son los evangélicos, «buey» los ganaderos y sojeros, que se preocupan menos que los europeos por la deforestación de la Amazonia, y «bala», las fuerzas de seguridad, que Jair ha cortejado tanto o más que aquí Patricia Bullrich.)

¿Cómo se formaron estas dos grandes coaliciones, que han absorbido todas las expresiones de la política en el Brasil, un país donde sus políticos tienen la tradición de saltar de partido y negociar sus votos uno a uno, sin que nadie se escandalice? La palabra clave es «polarización», gente.Trazar una clara línea divisoria entre «Ellos» y «Nosotros», y decir en las redes sociales que «Ellos» son corruptos que odian al pueblo y a la patria y practican pedofilia en ritos satánicos.

¿Que sólo una minoría, termocéfala o no muy estable psicológicamente se creerá todo? Y sí, pero no importa. El objetivo es crear una identidad de conjunto, un «Nosotros», claramente distinto y opuesto a «Ellos». Y no se molesten en buscar la receta en Laclau o en Gramsci: eso ya lo hacían en Bizancio, con los «Azules» y los «Verdes». Y se cargaban algunos emperadores, nomás.

Atención: importante como es esto, es sólo la mitad de la estrategia necesaria para ganar y gobernar. La otra mitad, imprescindible, requiere ocupar ese espacio del centro que queda vacío de expresiones políticas.

Así, Bolsonaro aumenta las asignaciones sociales, y no sólo en los últimos meses: fue una de las primeras medidas que tomó al asumir la presidencia. Y Lula lleva como vicepresidente a alguien que tiene mejores credenciales que el Bolso para representar al poder económico brasileño.

Nada sorprendente: los más pobres, el electorado principal por lejos al que Lula convoca, van a preferir reales a discursos. Si los reales se los da Bolso… Y Lula, que ya fue presidente dos veces de Brasil, sabe que sólo con discursos no se gobierna.

Por supuesto, este resumen que he hecho es una grosera simplificación. Pero en este post estoy hablando de política, no de sociología (como en la mayor parte de lo que subo al blog). Y no afirmo que necesariamente la próxima (bah, ya en curso) campaña electoral argentina ncesariamente -será así. Como puse en el título, la brasileña sugiere un camino.

No hablo, como nuestro poeta ciego, de un «destino suramericano».

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