Revisitando el 2015

Ayer me metí en una discusión en Twitter (evidentemente, no tenía nada importante que hacer en ese momento). Era entre algunos compañeros kirchneristas de corazón ardiente y otro, también kirchnerista pero atacado por el virus de la autocrítica.

(Este virus es benigno, y hasta dicen que mejora la disposición; es su mutación «autocritiquemos a otro/a» que, como el Covid largo, deja huellas destructivas en el cerebro).

Al punto: el autocrítico -que además es economista (las tiene todas, dirían en mi barrio)- parecía decir que el crecimiento no reconocido de la pobreza hacia 2015 había influido en la derrota del FpV en 2015. Sus interlocutores originales -después se hizo confuso, como siempre pasa en twitter- lo negaban con énfasis.

Me quedé pensando. Y después de reflexionar, en mis ratos libres, tengo que decir que los termos tenían razón. En la batalla electoral de 2015, la economía no fue un tema decisivo, ni siquiera importante. Clinton estaba equivocado esa vez.

Ahora, como todas las afirmaciones terminantes, esa necesita desarrollos y condicionalidades. Empiezo apuntando al tema económico que figuró en la campaña, pero no en el sentido al que señalaba mi amigo autocrítico: el impuesto a las Ganancias que recaía en los sueldos por encima de un nivel (bastante alto). Y causó bastante fastidio entre posibles votantes del FpV.

Menciono ese contraejemplo porque apunta a una realidad básica, que condiciona el resto: el voto en nuestro país, y en todos, está muy segmentado según los niveles de ingresos. Seguro, hay mucha gente rica, o acomodada, que vota peronismo. Y muchos pobres -para indignación de esa gente acomodada- lo votaron a Macri. Pero estadísticamente -que es lo que importa para ganar elecciones- desde hace 76 años los más pobres ponen la boleta asociada con la identidad o el discurso del peronismo, y los más ricos ponen la boleta que exprese en ese momento la oposición al peronismo.

Es una simplificación, claro. Pero no es una opinión. Es la tendencia que hacen evidente los resultados electorales de los últimos 76 años en Argentina, para cualquiera que se moleste en examinarlos.

Esa tendencia no perdió vigencia en 2015, por supuesto. Ni en 1999, ni en 1983, para mencionar otras derrotas nacionales del peronismo. Sucede nuestra sociedad no está dividida entre una mayoría de pobres buenos y solidarios, y una minoría de ricos egoístas que los odian. Esa es una aceptable fantasía para los discursos militantes, siempre que no cometan el error que advertía Tony Montana y consuman su propia mercadería.

Nuestra sociedad, como todas las modernas, está segmentada en multitud de niveles. Por ingresos -estadísticamente, el más importante, junto con el de la seguridad y estabilidad en los ingresos (la fundamental diferencia entre el empleo «en blanco» y el cuentapropismo), los estilos de vida, la valoración o no de la educación, el aferrarse a valores tradicionales o desvalorizarlos, …

Y la hostilidad entre ellos -poderoso instrumento político- se puede manipular más fácilmente entre los segmentos cercanos. A uno le pueden caer mal, o no, los megamillonarios como Zuckerberg o Bezos, pero da más rédito político cabalgar la hostilidad, la desconfianza hacia la «casta política», para citar el negocio de moda. No que los políticos no hayan hecho méritos para ganarse esa hostilidad…

Pero eso es una moda reciente, importada de España, hasta en los términos. Un negocio político mucho más establecido, desde hace 14 años, es fomentar la hostilidad, la rabia, hacia la versión más actual y visible del peronismo, el kirchnerismo. No que el kirchnerismo no haya hecho méritos para ganarse esa hostilidad…

¿Qué tiene que ver esto con la elección de 2015? Todo. Y se ha dicho muchas veces. El kirchnerismo, en particular Cristina Fernández, ha construido un mensaje eficaz, y una «marca» poderosa. Pero llega a los ya convencidos. En 2015 Daniel Scioli no consiguió construir un mensaje eficaz, que sumara sectores a los que el kirchnerismo no llegaba ni llega, sin chocar con esos convencidos.

Lástima. Probablemente hubiera sido mejor presidente que Macri… (peor era muy difícil).

Quiero hacer un punto no tan repetido como el anterior, pero también obvio. En esa discusión de twitter, como en muchas otras, los entusiastas insistían mucho en «que se perdió por poco».

Cierto, pero es una consecuencia de la fuerte estabilidad, por 76 años y hasta ahora, de esos dos… núcleos de atracción de la política argentina: el peronismo y el rechazo / cuestionamiento al peronismo.

Se puede lamentar, o no, pero la indicación que el kirchnerismo es más genuinamente peronista que, por ejemplo, el menemismo, es que despierta más hostilidad en el antiperonismo. (Una cuestión de grado, eh. El no peronismo tampoco lo aguantaba al Turco).

¿La economía es decisiva? Sí. tienen razón Clinton y mi amigo Musgrave. Pero se expresa en una determinada realidad política y social. Que cambia, pero mucho más lentamente.

La demostración es que Macri, después del desastre económico -en los términos de su propio proyecto- que comienza en abril de 2018, obtiene un año y medio después un 40% de los votos para su reelección.

El punto no es que se perdió por 2 puntos, entonces. Es que nuestra sociedad está dividida en dos núcleos de atracción hegemonizados por dos fuertes identidades. Y la que gana debe gobernar a la otra, a la vez que construir un sistema estable. Ninguna de las dos lo consiguió, hasta ahora.

Termino. Y aclaro que repetí varias veces «hasta ahora», por un punto muy práctico. Esos «núcleos de atracción», ambos, están hoy bastante desgastados. Para ganar y llegar o conservar el gobierno, deben sumar afuera de ellos. Pero les es difícil. Cualquiera que examine el humor social, nota que se extiende el cansancio con este «empate hegemónico».

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