La ancha y poceada avenida del medio, y el acuerdo con el F.M.I.

Hoy a la madrugada la Cámara de Diputados aprobó un proyecto sobre el acuerdo a firmar con el FMI. Obtuvo amplia mayoría, con votos del oficialismo y de la oposición: 202 a favor, 37 en contra y 13 abstenciones. Lo de «ancha avenida del medio» va, entonces, porque ese resultado parece mostrar un amplio consenso. Lo de «poceada» va porque indica menos -u otras cosas- de lo que parece.

Hay un toque irónico, de esos que a veces le gustan a la realidad: el principal armador de los acuerdos políticos que se expresan en este resultado fue el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Y Massa fue quien irrumpió en la primera línea de la política argentina (la de precandidatos presidenciales) en las elecciones de 2013, con un triunfo claro en la provincia de Buenos Aires con esa consigna, la de «la ancha avenida del medio»: convocar a los votantes peronistas, y a los que aprobaban de las políticas del gobierno en ese momento, pero rechazaban la «crispación» kirchnerista. ¿Se acuerdan?

Luego, esa propuesta perdió atractivo. Sólo dos años después, se hizo evidente que la división histórica en el electorado, y en la sociedad, seguía muy vigente. La coalición entre quienes rechazaban y quienes temían al peronismo sólo necesitaba un candidato «propio» aceptable para expresarse en las urnas. Y la coalición que desde 1945 conduce el peronismo: los sectores más humildes de la sociedad, las provincias pobres, los que quieren un país industrial, más -desde la presidencia de Nestor Kirchner en adelante- una gran parte del voto «progresista», seguia unida. Especialmente, por la presencia de la otra coalición. Como sucede a menudo en la política democrática en muchos países, es su enfrentamiento lo que da vigencia y cohesión a los adversarios.

Así, para 2019, la «ancha avenida» ya era «calle angosta, la de una vereda sola». Previsible: la «tercera fuerza» que había estado presente en las elecciones nacionales por casi medio siglo, por izquierda con el Partido Intransigente o el Frepaso, o por derecha con la Ucedé, se fue desvaneciendo. La polarización ha ido creciendo.

Las elecciones de ese año mostraron dos cosas: el peronismo y el filo peronismo, si se unía a pesar de sus distintos matices y sus antagonismos, podía alcanzar una cómoda mayoría. Y sus opositores, a pesar de terminar su gobierno con un desastre económico, podían obtener un 40% de los votos.

Repaso esta historia sabida, porque me parece más importante que el consenso de estos días en Diputados en torno a una batalla simbólica, y porque es el trasfondo que hace posible ese consenso.

Lo de «batalla simbólica» puede ser tema de otro posteo. En éste, la reflexión es bastante obvia: las dos coaliciones, una hoy oficialista y otra hoy opositora, siguen existiendo. Y, también, van apareciendo «alas», un fenómeno que en otros países está más formalizado que entre nosotros.

Para hacer una analogía -imperfecta, como todas- con la política española: los peronistas que aprueban el acuerdo con el FMI ¿»los posibilistas»? serían el PSOE, y La Cámpora más otros que lo rechazan ¿los «imposibilistas»? podrían llegar a ser Podemos. (No puedo resistirme a señalar que en esta analogía, Carlos Menem habría sido el Felipe González local). El radicalismo, más la Coalición Cívica, ocuparía el lugar del PP, y el «macrismo duro» el de Vox.

Ahora, las analogías pueden ser útiles para visualizar una realidad, pero son engañosas si se toman en serio. La realidad política argentina es muy distinta de la española. Lo que yo creo, en mi falible opinión, es que esas dos coaliciones seguirán vigentes y separadas, porque ambas ofrecen a sus dirigentes y militantes una razonable chance de conservar o llegar al gobierno.

(Esto lo digo, agregando un proviso que los matemáticos llaman ceteris paribus «si las otras variables permanecen igual». Por ejemplo, una crisis económica grave, con un golpe hiperinflacionario -la expectativa y esperanza del «macrismo duro»- cambiaría el escenario: abriría la posibilidad de opciones «ultras» y haría inevitable una recomposición de las coaliciones actuales. También, una recuperación que derrame prosperidad le daría a Alberto su chance para ser reelegido).

Igual, si no hay sorpresas, la competencia entre el FdT y JxC -u otros nombres que adopten, es la realidad del 2023.

Este año 2022 es el de las definiciones dentro de cada coalición. La competencia entre esas alas por imponer su mensaje como el mensaje que se va a transmitir a la sociedad, a sus votantes y a los indecisos, el año próximo. Y, naturalmente, cuáles son las figuras que lo expresarán, en el escenario nacional y en los muchos escenarios locales.

Y aunque no haya elecciones, esta competencia se definirá por el eco que consigan esas «alas» entre los futuros votantes. Porque ambas coaliciones terminarán eligiendo para la contienda de 2023 a los que creen que pueden ganar. O, como dicen en la coalición de Este Lado «perder no es peronista».

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