2022, y el escenario que se puede caer

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Cumplo con el rito de publicar alguna reflexión sobre el escenario político argento en el año que está a punto de empezar. Reflexión, no pronóstico. Si quieren eso, les sugiero consultar el horóscopo.

Mi impresión es que 2022 será decisivo para la continuidad, o no, de ese escenario, el que tenemos hoy. No porque espere cambios importantes en el esquema actual de poder. Eso no lo veo en los próximos 12 meses, salvo un «cisne negro» (un pájaro que, en sus migraciones, suele pasar por Argentina).

Lo que va a estar en juego este año es la solidez de las dos coaliciones, la oficialista y la opositora, que son, precisamente, los dos pilares que sostienen el escenario y le dan previsibilidad.

Una digresión, para aclarar los tantos: hace pocos días, por el 20° aniversario de la renuncia de De la Rúa, se insistió en que esa fecha era, de algún modo, un quiebre en la historia política argentina.

Pavadas!, en mi falible opinión. En 2001 concluyó el lento derrumbe de un modelo económico que sus críticos llaman, sin mucha precisión, «neoliberal». Apertura a las importaciones, desregulación cambiaria y financiera, privatizaciones… Ese modelo había sido impuesto antes, con brutalidad y torpeza, por la dictadura en 1976. Y volvió a ser intentado, con votos pero con igual torpeza, a fines de 2015. Y el derrumbe de éste comenzó en abril 2018. Nada es repentino en las sociedades humanas.

En el plano político, en 2001 también se hizo evidente otro lento derrumbe, el del lugar electoral que ocupaba desde 1946 la Unión Cívica Radical como el Otro del peronismo, la boleta que ponían los que votaban contra el peronismo. Ese lugar lo empieza a perder en 1994, cuando Alfonsín pacta con Menem la reelección.

(Alfonsín, el hombre que al derrotar en elecciones nacionales libres en 1983 al peronismo hizo posible que el Otro Lado (de la sociedad argentina) se reconciliara con la democracia. Porque hasta entonces la convicción general era que el peronismo sería invencible electoralmente sin proscripciones, y sólo quedaba la opción del Partido Militar. Pero esta es una digresión que se aleja por completo del tema).

Porque las observaciones sobre el 2001 sí hacen al punto del posteo. Porque pasaron 15 años hasta que se armó la coalición electoral que pudo derrotar al peronismo en las urnas.

No estoy diciendo que ese es el plazo mínimo, eh. Depende de la economía, por supuesto; también del clima social, hasta de la suerte. El peronismo tardó 4 años en conseguir su oferta electoral ganadora. Lo que señalo es que en ningún caso el armado de una coalición con posibilidades de triunfo es rápido, ni automático. ¿No es así, Sergio, Gringo?

El hecho es que esas dos coaliciones le dan estabilidad y previsibilidad a la política argentina, en el marco de una polarización rabiosa, como la que crece en la mayoría de las sociedades occidentales.

Cierto, estable y previsible también es el infierno, según la autoridad del Dante. La situación actual no es el infierno, pero está muy lejos del paraíso. En todo caso, es lo que hay. En nuestro país, no están dadas las condiciones para el surgimiento de un Bolsonaro. O de un Boric. De un «outsider».

Y ahora (al fin!) vienen las preguntas implícitas en el título de este posteo ¿seguirán vigentes esas dos coaliciones dentro de un año? ¿Las candidaturas presidenciales que van a aparecer en esos días con chances para el 2023, surgirán de ellas? ¿O de nuevas opciones que se armen con sus fragmentos?

Tengo pensados algunos comentarios a propósito, pero hace demasiado calor para seguir escribiendo, y luego tengo algo que hacer en AgendAR. Se la sigo el año que viene. Feliz 2022, compatriotas.

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