Cambiando al soldado Guzmán: oxígeno o gas sarín

Después de la derrota del 12/9, han florecido entre peronistas y afines los análisis de las causas. Ya hay muchos más que propuestas para revertirla. Pero -por suerte- algo del realismo peruca persiste, y desde la dirigencia y la militancia ya hay algunas. Quiero discutir una de ellas aquí.

(Ojo. creo que es inevitable la catarsis, y necesaria la reflexión colectiva. Yo también tengo mi análisis, y en algún momento se los infligiré. Pero la realidad marcha al trote, faltan 2 meses menos un día para la elección en serio, y un resultado tan malo o peor que el de las PASO aumenta la chance de otro experimento de “políticas de mercado” sin mercado, de “ingresar al mundo” sin noción clara de los intereses y las capacidades propias. Tratar de evitarlo me parece un deber, para usar una palabra algo obsoleta. Por eso pongo mis dos centavos).

Un sector muy importante de la coalición oficialista, el que los medios opositores llaman “kirchnerista” (para bajarles el precio, decía Néstor K) está planteando que es necesario “oxigenar” el gabinete. Cambiar (algunos) ministros. Mostrar a los votantes que sí, el gobierno se dio cuenta que estaba haciendo algunas cosas mal, y que ahora las hará bien.

El planteo es razonable, y forma parte del manual de la política. En los países parlamentarios, es de rigor. En las viejas monarquías absolutas, el rey dejaba caer al “favorito” (a veces lo asesinaban, para resaltar el cambio de rumbo). En un país presidencialista como el nuestro, donde el número 1 es el que firma todos los decretos y todos los nombramientos importantes… es más cosmética. Pero la cosmética, es parte fundamental de la comunicación, que es parte fundamental de la política.

Para que funcione, es necesario que el reemplazo sea alguien conocido por la población, y que él o ella sean por sí el anuncio de una política distinta. Y que tenga listas y pensadas las medidas para poner en marcha de inmediato (¿es necesario repetir que el 14/11 es la elección?).

Y aún cumpliendo con esas condiciones, la maniobra puede fallar. Hace 20 años, después de la derrota en las elecciones legislativas de 2001, y el breve ministerio de Economía de López Murphy, De la Rúa llamó a Domingo Cavallo. No funcionó.

Estas reflexiones valen para todos los ministros. Y secretarios y subsecretarios. Las hago porque desde afuera del Estado, desde la omnipotencia del periodismo y de Twitter, se olvida que el Estado son las reglamentaciones y los expedientes. Acumula un poder muy importante -es el grupo económico local con el patrimonio y flujo de ingresos más grandes, muy por encima de Techint y el Grupo Clarín. Pero el que no conoce las reglamentaciones y no sabe empujar los expedientes, se convierte en un infeliz con chofer y conferencias de prensa.

En el caso de Martín Guzmán, tengo una reflexión más precisa, y a la vez más amplia. Creo que es un buen ministro de Economía: no ha chocado el barco. Que es el requisito supremo para los ministros de Economía argentos, y que no muchos han cumplido a lo largo de la historia. (Los lectores consecuentes del blog recordarán que mi defensa del gobierno de Cristina K fue siempre que “no choca el barco”. No se puede decir lo mismo de Mauricio M. De Alberto F… todavía puede hacerlo. Esperemos que no).

¿Podría lograrse una gestión mejor, aún con las feroces limitaciones que impone la realidad local? Probablemente. Más imaginativa, seguro. Pero como no me van a pedir opinión sobre el reemplazo, voy a hacer una advertencia general sobre un par de supersticiones económicas. Una de las cuales está detrás de la presión actual por el cambio en el ministerio de Economía (a la otra superstición se aferran quienes quieren imponerlo en 2023, o antes si fuera posible).

Se trata de supersticiones opuestas y viejas, eh. Ya se expresaron en el debate entre las ideas de Say y de Malthus, hace dos siglos. Pero se mantienen en pie: ambas tienen intereses poderosos a su favor, y de sostenerlas con elocuencia dependen contratos y puestos.

Empiezo por la del Otro Lado: La oferta crea la demanda. En castellano un poco más claro: todo lo que es necesario y suficiente es estimular a los inversores (gente tímida y cautelosa), ellos pondrán en marcha empresas que darán empleo y crearán la prosperidad general. La magia del capitalismo, en la que creen con una fe similar a la que otros creína en la magia del socialismo. La especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, los intereses nacionales (de otras naciones), son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen.

(El odio de los “liberales” -así llaman en Argentina a los fieles de esta superstición- por Keynes, un inglés conservador lúcido, cuya única excentricidad era su opción sexual, se debe a que demostró matemáticamente que, aún en condiciones de competencia, los mercados pueden encontrar equilibrio sin que se llegue a la utilización plena de los recursos. Entre ellos, el empleo. Todo lo demás que hoy pasa por keynesianismo es sarasa).

La mayoría de los propagandistas de estas supersticiones las creen, téngase en cuenta. Es muy humano. Cuando Mauricio M les decía a los grandes empresarios que le dieran el 1% de su patrimonio para su campaña, porque sus patrimonios valdrían mucho más cuando él fuera Presidente, no los estaba currando (esa vez). Era un convencido de eso. Iba a crear un clima propicio para los negocios, y además manejaba bien el inglés ¿Qué mas era necesario?

Paso a la otra superstición: La demanda crea la oferta. En esta versión, lo necesario y suficiente es “poner dinero en el bolsillo de la gente”. Que va a ir a comprar productos, los empresarios venderán más y tendrán que tomar trabajadores para producir más, que a la vez consumirán productos… La magia del capitalismo, supervisado por el Estado (algunos de sus creyentes más fervientes antes creían en la magia del socialismo, pero eso es común. El neoconservadorismo yanqui fue fundado por ex troskistas).

Como en el otro caso, la especulación financiera, los impedimentos, físicos o legales, para ingresar al mercado o para aumentar la producción, … son espejismos a los que no se permite empañar esta luminosa imagen. Sobre todo, esa perversa predilección de la gente por ahorrar en una moneda que no se les derrita en los bolsillos… (Keynes no simpatizaba mucho con lo que llamaba “la propensión al ahorro”, pero no se le ocurría suprimirla. Gesell, y ahora Claudio Lozano, son más imaginativos, pero no creo que sus ideas sean prácticas, qué quieren que les diga…).

Esto último apunta al problema básico de todos los economistas “nac&pop” (entre los cuales se me ha incluido, aunque no soy economista; sólo un simple contador): la inflación. La respuesta estándar es que es “multicausal”. Lo que es cierto, pero no ayuda a detenerla, ni siquiera a moderarla.

Luego se afirma que se debe a la codicia irrefrenable de los “formadores de precios”, que van a subirlos todo lo que puedan. También es cierto, y lo señaló Adam Smith hace dos siglos y medio. Pero ahí hay que explicar porqué la codicia de los empresarios en otros países no la provoca, por lo menos no en los índices locales.

La última trinchera la atribuye a la puja distributiva entre empresarios y trabajadores. También muy real, por supuesto. Y también universal, salvo en países donde la policía secreta es muy eficiente.

Me detengo aquí, y resumo, porque los acontecimientos se precipitan, como suele suceder entre nosotros: Guzmán es reemplazable. Los problemas que enfrenta, están y siguen. Y no se solucionan sólo con voluntad y un discurso sincero. Reitero la reivindicación que volví a hacer anoche en Twitter de la insistencia de Néstor Kirchner en los superávits gemelos: fiscal y comercial.

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