Claudio Scaletta, Eduardo Crespo, Bolsonaro y lo que hay

Empiezo aportando una sugerencia práctica: los domingos, por un viejo hábito que no cayó del todo en desuso, proliferan las “piezas de opinión” en los medios. Si van a leer 2 -un límite sensato, para no ahogarse en palabras- propongo Entre “opinadores” y hacedores de política: prueba de fuego, de Scaletta, y Entre el progresismo neoliberal y la derecha bolsonarista, de Crespo. Este consejo es para el amplio abanico más o menos oficialista, entre los que apoyan con entusiasmo o resignación al gobierno actual.

Para el igualmente amplio abanico opositor… no tengo sugerencias, porque no soy de ese palo, y además no me entusiasma nada de lo que leí. Si les pasa lo mismo, pueden desahogarse en twitter. Muchos lo hacen.

Continuo aclarando que no voy a polemizar con estas piezas, ni de Crespo ni de Scaletta, salvo incidentalmente. Esos debates pertenecen a la época dorada de los blogs, 10, 15 años atrás, de la que este blog es una melancólica nostalgia. Hoy los blogueros estrella serían María Esperanza Casullo, Martín Rodríguez, Pablo Touzon,… Pero escriben ensayos, no debaten. (Ni yo tampoco, para el caso: hace mucho que no modero comentarios…).

Lo que me interesa es señalar que, tanto lo de Scaletta como lo de Crespo, aunque el contenido es muy distinto -están hablando de cosas diferentes-, se dirige al mismo público. Es un mensaje para el oficialismo insatisfecho, preocupado. Y es “clintoniano” (Bill): “Es la economía, estúpidos”.

Y tienen razón. Hace muchos años que vengo diciendo en este blog que -salvo para los países ubicados en Medio Oriente, donde en lo inmediato hay que tener buenos generales- el destino de las naciones depende, fundamentalmente, del acierto o error en sus políticas económicas.

Desde lo que (si los entendí bien) es un acuerdo en lo básico, planteo esas discrepancias incidentales: Scaletta tiene razón cuando señala que (muchos) defensores del ambiente no conocen ni les interesa conocer las realidades de la economía, de la producción. Se encierran en una fantasía en la que la “agricultura familiar” y el reciclaje cubrirán las necesidades de 8 mil millones de habitantes del planeta y -lo cercano e inmediato- las de los 45 millones de compatriotas. Que no sólo quieren alimentarse sino también -impulsados por el consumismo apátrida- quieren zapatillas de marca y celulares.

Y Crespo también tiene razón en lo que creo que dice: la “ampliación de derechos”, las políticas de género, … están muy bien, pero si no se crea trabajo digno y un bienestar mínimo para los de abajo, van a votar cualquier cosa. Cualquier cosa que no le guste a la mayoría de los que apoyan a este gobierno.

Ahora, los “sí, pero”. Scaletta, más cercano, por lo menos intelectualmente, a quienes toman decisiones hoy, no debe olvidar que el ambientalismo puede ser, en parte, lo que los afroestadounidenses llaman “problemas de blanquitos“; pero… los “blanquitos” también votan en Argentina, y son una parte importante del electorado, y de la mayoría que votó al Frente de Todos. También, que muchos morochos viven cerca de donde van abrir minas o perforar por petróleo; con lo que no tienen objeciones teóricas, sino una muy práctica que en yanquilandia expresan “No en mi patio“.

Lo resumo diciendo que, así como Argentina es un país con empresas pobres y empresarios ricos, tiene una economía de clase media baja y una parte muy importante de su población con ideas y aspiraciones de clase media alta. No es nada nuevo, ni solamente argentino en lo esencial. Ya desde la segunda mitad del siglo pasado, en las sociedades más o menos moderna, la mayoría de sus miembros no se identifican con “los pobres”. Aunque lo sean.

O sea, el “desarrollismo” (hay que buscarle un nombre nuevo) tiene que tener, si va a ser viable, un mensaje y un espacio para los precarizados y los de fuera del sistema, que son muchos. No basta con saber que cuando la Argentina sea, si llega a ser, un país desarrollado tendrá mejores políticas sociales. Ese es un futuro triste.

También le hace falta un mensaje para aquellos que entre los argentinos urbanos (90+% de la población) tienen un compromiso emocional con lo verde, la alimentación orgánica… Hasta algunos son veganos, Dios los perdone. Votan, son bastantes, y sobre todo se comprometen, que en la política moderna es un factor decisivo.

(En AgendAR, cuando tratamos temas de política nuclear -muy a menudo- nos preocupamos en señalar que es una fuente de energía limpia, constante y que no emite en forma directa ni indirecta gases de efecto invernadero. Pero están dirigidas a un público muy específico, y aunque sabemos que Argentina puede exportar reactores, y lo ha hecho, no serán el rubro central de nuestras exportaciones).

Crespo tiene claro que una política económica que sólo ofrece para los expulsados del sistema planes sociales (encima bastante mezquinos, como los actuales), no tiene futuro.

En lo inmediato electoral, las encuestas me dicen (aunque me cueste creerlas) que al oficialismo no le iría tan mal hoy. Supongo que esta oposición ayuda mucho. Y el surgimiento de un bolsonarismo local… no lo veo en lo inmediato. Y si surgiera… probablemente surgiría del peronismo. Los perucas somos creativos, Dios nos perdone.

Como creo que quedó claro, yo también soy de los oficialistas preocupados e insatisfechos. Reconozco los importantes méritos políticos de la experiencia kirchnerista y hasta de esta etapa alberto-cristinista. Alguien que vivió los ´70, puede apreciar la racionalidad y la prudencia (aunque estén mechadas con algunas torpezas). Y no me cabe duda que duda que sus políticas económicas son mejores que el dogmatismo ideológico de la experiencia macrista y el vacío de la actual oposición.

Pero no alcanza (noto que son dos palabras que estoy repitiendo). Ni los 12 años y medio de los gobiernos K, menos aún los casi dos de esta etapa, lograron establecer políticas económicas lo suficiente sólidas para subsistir a un cambio de gobierno. Hasta que no logremos eso…

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