El asalto al Congreso de los Estados Unidos, y las contraindicaciones de Laclau

Esto lo publiqué hoy en AgendAR, y no resisto a la tentación de copiarlo aquí. Agrego un par de párrafos para lectores más politizados. O, algunos de ellos, más enamorardos de las polarizaciones. Pero no deja de ser breve y superficial, como es la costumbre del blog.

Empiezo señalando que, en mi opinión, la sorpresa ante lo que sucedió ayer es injustificada. Es cierto que un sector numeroso de nuestros compatriotas se aferra a una convicción firme: que hay «países serios» en los que «esas cosas» no pasan. «Esas cosas» pueden ser, según el caso, el 17 de octubre, el bombardeo a la Plaza de Mayo, o el velorio de Diego Maradona. Creo que esa convicción responde a una necesidad interna de los que la sienten, pero eso no la hace más realista.

También es cierto que muchos estadounidenses están sorprendidos y asustados ante lo que pasó, incluso entre su dirigencia política. Pero eso se debe a que este hecho en particular, la irrupción de gente armada en el mismo edificio del Capitolio, no había sucedido en la memoria de la mayoría de los que hoy viven (En 1954, fueron nacionalistas puertorriqueños los incursores). Pero su sociedad es heterogénea y violenta, y una mayoría de sus ciudadanos considera la posesión de armas como un derecho constitucional irrevocable.

En el último medio siglo, las protestas contra la guerra de Vietnam y contra la discriminación racial incendiaron, literalmente, muchas ciudades de los EE.UU. en los ´60 y ´70. «Burn, baby, burn» fue una consigna. Un grupo de los contestarios, los Black Panthers, abogó durante un tiempo por el asesinato de policías. La Guardia Nacional fusiló a estudiantes en Ohio…

Más recientemente, actos terroristas individuales han sido reivindicados por la «derecha alternativa» (Alt Right), la policía ha asesinado afroamericanos, sectores entre los manifestantes de Black Lives Matter y Antifa han usado la violencia…

(No debe verse en esto un cuestionamiento prejuicioso a la sociedad estadounidense. Ciertamente, nosotros en el último medio siglo tuvimos nuestra cuota de masacre. Todas las regiones del mundo la han tenido. Hasta los budistas han perseguido musulmanes en Birmania… Los europeos, cierto, han logrado encauzar sus bombardeos y acciones militares fuera de Europa por 60 años (salvo en la península balcánica). Pero con su historia previa… no pueden levantar el dedo).

Al punto: los estadounidenses hoy están amarga, furiosamente, divididos. El presidente actual, Donald Trump, les ha dicho a sus partidarios -cerca de la mitad de la población, recordemos- que la elección que perdió fue fraudulenta, y los convocó a marchar sobre Washington para impedir, con su protesta, que el Congreso formalizara el resultado favorable a su rival. No veo como puede sorprender esta irrupción de los más motivados -y pintorescos- de sus seguidores.

Lo llamativo es la escasísima eficacia de las fuerzas policiales y de seguridad en contener la protesta y, luego, detener el ingreso al Capitolio. Hay quienes ven en esto un mensaje al futuro gobierno, y es posible. Pero no lo creo. Cualquier servicio de mensajería es más simple, y mucho menos caro para el «poder blando» y la influencia de los EE.UU. en el mundo. Y mantenerlo le resulta necesario aún a los «globalistas» más convencidos ¿En qué otra potencia pueden confiar para mantener las reglas del orden mundial que requieren?

Mi falible opinión se inclina a poner énfasis en un dato bastante evidente: los partidarios de Trump están sobrerrepresentados en los niveles inferiores de las fuerzas de seguridad. Reluctantes a reprimir, entonces, a hombres blancos descontentos, como muchos de ellos mismos.

¿Consecuencias de este hecho? En lo inmediato, veo pocas (aunque debo recordarme que mi bola de cristal está empañada). Este aparatoso desafío al sistema legal de su país hará, creo, que los niveles dirigenciales de la política, la economía y la defensa cierren filas en torno a las instituciones. Entre las que se contará el nuevo gobierno y sus funcionarios.

El consenso bipartidista que en lo esencial se ha mantenido por muchas décadas se verá fortalecido… en lo inmediato. Hasta podrá, demonizando la experiencia Trump, afirmarse explícitamente. Aunque el triunfo de los Demócratas en Georgia afectará la relación de poder legislativa -podrían controlar ambas cámaras- la mayoría del sistema judicial seguirá siendo conservadora. Todo esto si la economía sigue marchando bien, como apunta un talentoso amigo.

Si no… se fortalecerán los desafíos a ese consenso. De parte de un trumpismo furioso, con o sin el Donald. Y también, quizás, de fuerzas a la izquierda de la conducción del Partido Demócrata, expresadas en nuevas figuras como Alexandria Ocasio-Cortez. El que viva lo verá.

El “challenger” más importante es, por muy lejos, el que aquí llamo el trumpismo. El “progresismo radical” mostró en las primarias demócratas que ya no es una minoría insignicante. Pero es una minoría, aún entre los votantes demócratas. Tener en cuenta, sin embargo, el trumpismo ha perdido, estimo, una poderosa herramienta de poder: el Partido Republicano, y sus votantes moderados.

Trump siguió -seguramente sin haber leído una línea de él- la estrategia básica que recomendaba Laclau: articular una mayoría a partir de sus demandas insatisfechas. Y construir un enemigo. El Partido Republicano le siguió, porque le brindaba victorias electorales. Algunos dirigentes de ese partido seguramente se tentarán en el futur con la idea de recoger sus votantes. Pero, nuevamente en mi falible opinión, ha perdido al aparato. Ya no asegura el triunfo, y ha hecho evidente el costo de estar a su lado.

Detrás de todo esto, y más importante, está el desafío que representa el crecimiento de China. El rival que ha surgido, y con el cual Biden y sus futuros funcionarios plantean un enfrentamiento más enconado que el que Trump llegó a encarar. La sombra de Tucídides, el gran historiador, advierte que el surgimiento de una nueva Potencia es mirado con desconfianza y temor por la Potencia establecida.

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