Trump vs Biden. Qué nos importa

En los 13 años y algo que lleva este blog, muchas veces conté de mi fastidio con la actitud de muchos argentinos -la mayoría de los que hablan de política internacional- de tomar posición como si fueran hinchas de fútbol. Gente noble, apasionada, que levanta con orgullo los colores de su club, pero que nunca va a jugar ahí. Ni siquiera serán aguateros.

Me fastidia mucho. Porque lo veo como parte de ese complejo de inferioridad nacional, tan extendido entre nosotros, que algunos trataban de esconder con fanfarronería porteña. Últimamente, ni siquiera eso.

Un país mediano, con un territorio octavo en extensión del mundo -la parte continental, porque la oceánica estará en suspenso hasta que volvamos a tener barcos- .que incluye una llanura fértil no cubierta de nieve en invierno como ninguna otra, y con más población que el 80% de los países miembros de la ONU. Más importante, esa población, razonablemente bien educada y entrenada para el promedio global, cuenta con logros propios en tecnología agraria, biotecnología, ingeniería nuclear y hasta en algunos campos en la espacial. Bueno, en ese país, el nuestro, impera una especie de convicción inconsciente, que la política internacional es algo que protagonizan otras naciones, más importantes o más violentas. O, en todo caso, caribeños carismáticos. Es patético.

Bueno, me desahogué. Me volvió a atacar el fastidio porque con la llegada de ese neoyorquino carismático, el Donald, y ahora en su campaña por la reelección, es la vocación de formar parte de una hinchada la que atacó fuerte a muchos compatriotas.

2 hinchadas, como corresponde. Una apoya con entusiasmo a Trump, adalid en la lucha contra la globalización, el librecambio, las políticas de género, el aborto, Soros, y todas esas cosas feas. La otra lo condena con dureza como un símbolo de la ultraderecha, el autoritarismo, el machismo, la homofobia, la prohibición del aborto y todas esas cosas feas. Las hinchadas son, entonces, pro y anti Trump. Biden no tiene hinchada, claro.

Se dice poco, y no se debate nada, sobre qué resultado en este próximo 3 de noviembre nos conviene a nosotros. Lo poco que dicen los trumpistas locales gira sobre que como el hombre del pelo transgresor está contra la globalización y defiende a las industrias estadounidenses, es Bueno. El problema, amigos, es que, como corresponde, defiende a las industrias estadounidenses. Las otras, que se jodan, especialmente si están en el camino de sus exportaciones.

El argumento de la hinchada anti Trump, cuando se molestan en exponer argumentos además de indignación moral, es que un triunfo de Trump en noviembre estimularía a todos sus aspirantes a imitadores aquí. Cierto, pero ¿notaron en las elecciones argentinas alguna tendencia a copiar las figuras yanquis? Clinton, Bush, Obama, Trump…? El aire de familia entre Reagan y Menem es muy, muy remoto.

Concretando: mi posición es que para nosotros no hay una diferencia significativa previsible de antemano entre un triunfo de Trump y uno de Biden. En ambos casos, nuestra situación es… delicada.

Piensen: en los temas fundamentales de política exterior -la relación con Argentina es para ellos un tema menor de política exterior, y lo accesorio sigue a lo principal- no hay diferencias entre Biden y Trump, entre Demócratas y Republicanos. Los Demócratas son, en promedio histórico si lo medimos desde la 1ra. Guerra Mundial, más intervencionistas que los Republicanos, pero eso es historia. El desafío fundamental -en el que ambas elites políticas no muestran diferencias- es el que enfrenta a la Gran Potencia hegemónica con la Gran Potencia emergente, China. El escenario es clásico: atenienses y espartanos nos lo pueden contar.

Y China es nuestro principal cliente y se encamina a ser nuestro principal inversor y hasta principal prestamista. Es nuestra nueva Inglaterra, como sugerí hace algunos años en este blog. Pero las relaciones de EE.UU. con Inglaterra no han estado, desde 1812, tan tirantes con Inglaterra como lo están ahora con China.

En la región, tampoco dicen cosas diferentes sobre Venezuela. En realidad, las políticas de EE.UU. sobre Venezuela y sobre Cuba estarán mucho más infuidas por su puja interna, las diásporas latinas en “swing states”, que por otra consideración. Latinoamérica es hoy más irrelevante que hace 10 años en la política internacional. No hay chance que eso cambie, mientras la región no retome el crecimiento económico y las políticas exteriores de Argentina y Brasil sigan tan diferentes y no coordinadas como hasta ahora.

Lo que estoy proponiendo, con esperanza mínima, es que los argentinos nos dediquemos a pensar estrategias prudentes para eludir los peligros, y aprovechar las oportunidades, que ofrece este escenario de una nueva Guerra Fría, el más probable para los próximos 30 años. Gane quien gane el 3 de noviembre.

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