El tiempo, la suerte y la meritocracia

La discusión política en nuestro país no se destacará por su rigor y precisión, pero al menos sobrevuela temas profundos. El del mérito, por ejemplo, irrumpió en estos días y llena espacio en los medios y en las redes sociales. Con enfoques distintos, como era inevitable, según desde qué lado de la “grieta” se habla. Lo que llamaría la atención -a alguien que no nos conozca- es que quienes se referencian políticamente en el hijo de uno de los hombres más ricos de Argentina levantan la bandera del mérito y el esfuerzo personal. Y los que se referencian en una mujer nacida en un hogar de clase media baja señalan el papel fundamental de las condiciones sociales.

Como sea, en el debate se dijeron cosas inteligentes y también estupideces. Para ponerlo en contexto -y evitarme el riesgo de empezar con la segunda categoría- acerco una opinión poderosa, de algo menos de 3 mil años atrás: “Vi además que bajo el sol no es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; y que tampoco de los sabios es el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte les llegan a todos.

En el Eclesiastés encuentro un tono escéptico, aunque los eruditos cristianos y judíos me desmienten. Pero la mayoría de los textos religiosos tradicionales son todavía más firmes en marcar que los méritos y los esfuerzos de los seres humanos son mucho menos importantes que la Gracia de Dios.

Lo que quiero señalar es que el énfasis en el mérito y el esfuerzo personal son conceptos modernos. Cualquiera que se detenga a pensar un rato, y no sea un completo imbécil, se da cuenta del papel fundamental que el tiempo y la suerte juegan en su vida y en la de todos.

Hace pocos siglos que empezó a instalarse la idea que un hombre o una mujer podían elevarse por encima de las circunstancias de su nacimiento por su esfuerzo . Siempre existió, claro, la posibilidad para algunos de subir, al menos unos cuantos escalones, por la guerra, el arte, o la religión. Pero que la mayoría de una sociedad pueda mejorar su destino y acceder a todos los frutos de la civilización… aún los griegos clásicos, audaces en el pensamiento, habrían dicho que era hubris, soberbia.

(En realidad, esta idea les molesta actualmente a no pocos. Porque este rechazo no se reconoce abiertamente, pero se ha extendido. Antes era patrimonio de las aristocracias tradicionales; ahora se encuentra en otras categorías sociales, en especial en la de “piojos resucitados”.)

El punto a donde voy (por un camino sinuoso) es que en Argentina teníamos -aún en los tiempos en que había muchas barreras sociales y económicas y policías bravas para impedirlo- una institución dedicada a la igualdad de oportunidades: la escuela pública. Incluso tenía un etos igualitario, simbolizado en los guardapolvos blancos en la primaria. Hijos de inmigrantes y de ministros estudiaban -durante algunos años- en las mismas aulas.

Existían, como ahora, las escuelas privadas. Eran para las colectividades que querían mantener valores o símbolos de pertenencia. Y para los “repetidores”: los alumnos demasiado brutos para la enseñanza oficial.

Por supuesto, hay muchas críticas válidas que pueden hacerse a la escuela pública argentina como existió en el siglo XX. (Muchas las hicieron polemistas que compartían profundamente los ideales igualitarios, pero estaban enganchados en alguna discusión europea ¿Ya mencioné el nivel del debate político local, no?).

El hecho es que hemos destruido casi por completo esa función igualadora de la escuela pública. No voy a ponerme ahora a escribir sobre esa catástrofe: lo han hecho otros, y este posteo se alargó mucho más de los dos o tres párrafos que tenía en mente. Salvo… apuntar que entre los mecanismos de su destrucción el que se menciona menos es uno de los más decisivos y que viene de más atrás: los bajos sueldos.

Lo que me interesa plantearles, lo que puede justificar estas líneas casuales, es que una tarea fundamental para la Argentina es reconstruir la educación pública.

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