Saliendo (a medias) de la cuarentena

Otra vez reproduzco aquí algo que escribí hoy para AgendAR. El motivo -además de pereza- es que me parece que tiene un contenido especial para los politizados.

Hoy, lunes 13 de julio, a la mañana, está previsto que Horacio Rodríguez Larreta reciba a Axel Kicillof en la sede de Parque Patricios. Se repitió muchas veces que el jefe del gobierno porteño y el gobernador bonaerense se enfrentan a realidades distintas. En este caso, no. Los dos tienen el mismo problema en el Área Metropolitana Buenos Aires, que forma una sola aglomeración urbana, donde vive cerca del 40 % de la población argentina, en la que –todos los días en condiciones normales- varios millones de personas cruzaban el límite de sus jurisdicciones, la Avenida General Paz y el Riachuelo, en un sentido y en el otro.

El problema es que ayer se registraron 2.387 nuevos casos de coronavirus entre sus dos jurisdicciones. Más del 90% de ellos, más del 90% de todos los nuevos contagios que se detectan en Argentina, son del AMBA. Son cifras parecidas a las de los días anteriores, y la tendencia es a aumentar.

El panorama no es tan negativo como esto haría suponer. En la Ciudad Autónoma los casos de contagios se duplican cada 20 días; a principios de julio, era cada 18 días, y hace un mes, cada 11. En la provincia de Buenos Aires también se registra una mejora lenta: actualmente los casos se duplican cada 15 días; a principios de mes, era cada 13.

En resumen: la curva de contagios no se ha «disparado», pero sigue creciendo, y el virus causante circula entre la población del AMBA, más allá de cualquier posibilidad de aislar contagiados y sus contactos. Es posible que ya estemos en el «pico», pero nadie puede asegurarlo. A pesar de eso, en la ciudad, la provincia y la Nación, se está planeando seriamente en cómo flexibilizar la cuarentena a partir de este viernes 17. ¿Motivos?

Se puede decir, simplificando, que la sociedad lo ha decidido, y los gobiernos lo aceptan resignadamente. Pero es necesario precisar lo que estamos diciendo.

No nos referimos a las manifestaciones y protestas. Aunque para algunos hayan servido para expresar su hartazgo con la cuarentena, y en otros dar rienda suelta a sus delirios favoritos, el hecho es que se trató de hechos políticos. Sirvieron más para mostrar que hay opositores enardecidos contra el gobierno nacional que cualquier posición sobre las medidas de aislamiento.

Tampoco estamos diciendo que una mayoría «se cansó» de la cuarentena. No podemos saberlo. Y en realidad, si se hiciera un plebiscito en la población, es probable que ganaría una propuesta de una cuarentena más o menos restringida. Pero todo eso es irrelevante: cuando un porcentaje importante de la población, no menor al 30% -eso sí es medible en forma aproximada, por registros de tránsito, fotos aéreas, ubicación de celulares- en el conjunto de la Capital y el Gran Buenos Aires, ignora las disposiciones del aislamiento, estas son insostenibles.

Salvo que se acuda, como tuvo que hacerse en Chile y en otros países en algún momento, al toque de queda y al empleo de fuerzas militarizadas. Eso sería concebible sólo en el caso de un aluvión de fallecimientos. Si no, es políticamente imposible.

Hemos presentado el cuadro en forma dramática porque la situación lo es. Pero es necesario ponerlo en contexto.

Hoy hace 115 días que el gobierno nacional decretó el Aislamiento Obligatorio. Para un país que no es famoso en el mundo por el cumplimiento estricto de leyes y reglamentaciones, esa disposición se acató con un alto grado de disciplina y responsabilidad. Inclusive, la famosa y envenenada «grieta» no impidió que gobernantes opositores colaboraran con eficacia. ¿Tal vez esa fama, que hemos fomentado nosotros mismos, sea injusta?

Ahora, ninguna cuarentena es perfecta, ni siquiera en teoría. Los trabajadores de la salud, los que preparan y distribuyen alimentos, medicamentos, combustibles, quienes hacen el reparto a domicilio, los que trabajan en las tareas rurales y en el transporte de cargas, las fuerzas de seguridad,… tienen que salir y trabajar. Es irónico, pero esto sirvió para darnos cuenta que muchas de las tareas imprescindibles están entre las peor pagadas… Como sea, todos ellos son seres humanos, y posibles transmisores del contagio.

También, por supuesto, la cuarentena golpeó con dureza la economía de todos. El Estado hizo un esfuerzo muy importante y lo sigue haciendo para aliviar la situación, pero seamos realistas… Un ingreso familiar de emergencia de 10 mil pesos no soluciona mucho. Y el pequeño comerciante, el muy pequeño empresario, el trabajador independiente… Todos los argentinos hemos sido afectados (la mayoría de los habitantes del planeta, en realidad), pero conforme pasan los días y los gastos y las deudas se acumulan, la decisión de respetar la cuarentena, afloja en millones de argentinos.

Además, en todos los grupos humanos hay un porcentaje de imprudentes. Y de los que se tientan en serlo si ven que cada vez más otros lo son, y «no pasa nada». Se puede decir que todo estaba implícito en la naturaleza de este virus, como lo señalamos aquí ya hace meses: gran facilidad de contagio, muy bajo porcentaje de casos fatales, especialmente entre los mas jóvenes.

Es justo decir que la decisión original de la cuarentena y su escalonamiento en distintas fases en las provincias y municipios fue -con todos los errores humanos inevitables- prudente. Y exitosa. Es probable que, si vemos lo sucedido en otros países, haya ahorrado decenas de miles de vidas de argentinos (Seguramente, en algunos países se manejó mejor que aquí ¿alguien se está anotando para el Guinness?).

Pero eso es historia. Aparentemente, los gobiernos con responsabilidades en el AMBA han tomado la decisión de flexibilizar. Y en AgendAR nos sentimos impulsados a hacer dos advertencias. Una de ellas ciertamente los epidemiólogos ya la tienen evaluada, pero…

Hasta donde se sabe hoy -todavía hay tantas cosas que no se saben de esta pandemia- las probabilidades de contagio son mucho más altas en locales cerrados, haya o no contacto físico. Las reuniones numerosas, las clases en los colegios (los niños y jóvenes tienen baja probabilidad de enfermarse gravemente, pero son tan transmisores como cualquiera) y el transporte público son los focos de peligro más importantes.

La otra advertencia es menos obvia… hasta que nos detenemos a pensar. La flexibilización de la cuarentena no hará reanudad la actividad económica por sí misma a ningún nivel siquiera cercano al anterior al 20 de marzo (donde estábamos en recesión, recuerdan?). Gran parte de la sociedad -el que escribe esto y su familia entre ellos- seguirá tomando precauciones razonables: los shoppings, las grandes tiendas, los locales de espectáculos, los gimnasios, el turismo, la gastronomía… tendrán una afluencia de público mucho menor… La digitalización y el teletrabajo seguirán creciendo… ¿Cuántas grandes empresas invertirán en la construcción o el alquiler de oficinas, de cadenas de locales para el público? Profesionalmente, yo no se lo recomendaría en este año, al menos. Es inevitable que el Estado deba coordinar con empresarios, gremios, coocperativas, movimientos sociales, un papel muy activo para estimular la economía. Y resucitar a las pymes, que no volverán a abrir si no pueden redefinir su lugar en esta realidad que ya estamos viviendo.

Nuevamente: bienvenidos a la «nueva normalidad».

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