Las batallas son cartón pintado

Hace tiempo que no subo al blog material ajeno. Aunque algunos textos me impresionaron, creo que tienen más repercusión donde están. Pero encontré por casualidad este texto de un historiador militar gringo que no conocía, y quiero compartirlo. El tipo sabe de lo que habla.

“La guerra es el proyecto más complejo, y también física y moralmente más exigente que emprendemos. No hay obra artística ni musical, catedral o mezquita, red de transporte intercontinental, acelerador de partículas, programa espacial o investigación para la cura de una epidemia mortal que reciba siquiera una fracción de los medios y el esfuerzo que dedicamos a hacer la guerra. O a recuperarnos de ella y preparar futuras contiendas durante años o incluso décadas de paz temporal. La guerra es mucho más que un relato hecho de batallas decisivas. Aun así, la historia militar tradicional las presenta como momentos clave que han propiciado el auge o la caída de un imperio en un sólo día, y la mayoría aún cree que las guerras se ganan así, en una hora, o en una tarde sangrienta. O quizás en dos o tres.

Hay que entender la partida a fondo, no basta con fijarse en el resultado. Y esto es difícil por el poder de seducción de las batallas.El espectáculo de la guerra nos fascina, y no hay mejor escenario ni actores más dramáticos que los del campo de batalla. Las batallas nos atraen por el placer visual, nos entusiasma el sonido de una trompeta acompañando el avance de los legionarios romanos con sus armaduras, o un rey llamando a la carga a su caballería. Las grandes batallas son un teatro a cielo abierto con decenas de miles de actores: samuráis bajo cometas señuelo, un impi zulú que corre por la frondosa hierba hacia la línea de fuego de los Casacas Rojas. Las batallas comienzan con ejércitos vestidos de rojo, azul o blanco, banderas ondeando al viento. O con un frente de barcos de guerra con sus velas hinchadas, nubes blancas surgiendo de los cañones en sus bordas. O un batallón de tanques a la carga por la estepa rusa. Lo que viene después es más difícil de entender.

La idea de la batalla decisiva de la que depende una guerra y los conflictos bélicos como puertas de la historia responden a nuestro deseo infantil de interpretar la guerra moderna en términos heroicos. Las historias populares todavía se escriben al estilo de tambores-y-trompetas, con vívidas descripciones de combate alejadas de la pura logística, del sufrimiento diario, y carentes de crítica a las sociedades que producen armas de destrucción masiva que envían a lejanos campos de batalla donde se lucha por causas de las que el soldado medio nada sabe.

Los medios audiovisuales sacan provecho de lo que el público quiere ver: coraje en estado puro y días sangrientos y decisivos, la emoción de la violencia y el espectáculo vividos de forma indirecta. Éste es el mundo de la guerra como entretenimiento inmaduro, de los Malditos bastardos (2009) de Quentin Tarantino, o de Brad Pitt en Corazones de acero (2014). No es el mundo de los nazis reales ni de la guerra real.

Las batallas también tientan a generales y hombres de Estado con la idea de que un duro día de lucha puede ser decisivo, y se nos permite así obviar el desgaste, algo que todos despreciamos como moralmente vulgar y carente de heroísmo. Tememos descubrir sólo indecisión y tragedia en una trinchera de barro, o en listas de muertes acumuladas tras años de esfuerzo y resistencia. En su lugar, elevamos las batallas a la cumbre del heroísmo y los generales al nivel de genios, algo que la historia no puede refrendar, aunque algunos historiadores lo intenten, aclamando como éxitos incluso batallas que fueron un fracaso. Prusia ha sido arrasada, y aun así Federico es el más grande de los alemanes. Francia ha sido derrotada y toda una era se bautiza en honor a Luis XIV, y otra a Napoleón. Europa está en ruinas, pero los generales alemanes son retratados como genios con panzers.

Estemos o no de acuerdo con que algunas guerras fueron necesarias y justas, deberíamos afrontar la triste realidad de que generalmente las más trascendentales se ganaron gracias al desgaste y a las masacres humanas, no a soldados heroicos o genios al mando. Ganar una guerra es mas difícil que todo eso. Cannas, Tours, Leuthen, Austerlitz, Járkov… En todos estos casos una sola palabra evoca duras imágenes. Pero la victoria en estas batallas tan desiguales no aseguró la victoria en la guerra. Aníbal ganó en Cannas, Napoleón en Austerlitz, Hitler en Kiev. Al final todos ellos perdieron, y de manera catastrófica.

En la batalla hay heroísmo, pero en la guerra no existen los genios. La guerra es demasiado compleja para que la controle la genialidad. Decir lo contrario no es más que idolatría de sofá, y queda muy lejos de la explicación real de la victoria y la derrota, que son fruto de la preparación para la guerra a largo plazo y la inversión en ella de cuantiosos recursos nacionales, burocracia y resistencia. Sólo así pueden la valentía y un mando firme unirse con la suerte en la batalla e imponerse, aunando el peso de lo material con la fuerza de voluntad para soportar las pérdidas y aun así ganar largas guerras. Invocar a los genios nos impide entender la complejidad de la guerra.No son los genios los que ganan las guerras modernas, sino el desgaste y el debilitamiento. La solidez estratégica y la resolución son más importantes que cualquier comandante. Fuimos testigos de tal fortaleza y resistencia en la Rusia de 1812, en Francia e Inglaterra durante la I Guerra Mundial, en la URSS y EEUU durante la II Guerra Mundial, pero no así en Cartago, la sobredimensionada Alemania nazi o el vasto Japón imperial. La habilidad para absorber las derrotas iniciales y seguir luchando fue más importante que cualquiera de las decisiones que pudieron tomar Aníbal, Grant o Montgomery. Sí, incluso Napoleón fue considerado como un genio de la batalla por Clausewitz, a pesar de que perdió por desgaste en España y de que la campaña de la Grande Armée en 1812 en Rusia fue una calamidad. Waterloo no supuso su derrota decisiva, pues ésta había llegado un año antes. Fue su anticlímax.

Los perdedores de las guerras más importantes en la Historia Moderna lo fueron porque sobreestimaron su destreza y no consiguieron superar la solidez estratégica y la capacidad de aguante del enemigo. Los ganadores absorbieron derrota tras derrota y siguieron luchando, superando la sorpresa inicial, los terribles reveses y el atrevimiento de genios al mando. Elevar a generales a la categoría de genios fomenta el engaño de que las guerras modernas serán cortas y se ganarán rápido, cuando la mayoría de las veces son guerras de desgaste. La mayor parte de la gente piensa que el desgaste es inmoral. Pero así es como se ganan la mayoría de las guerras, se derrota a los agresores y el mundo se reordena una y otra vez. Más nos valdría aceptar la idea del desgaste, explicárselo a los que mandamos a luchar e involucrarnos sólo en las guerras que valen este terrible precio. En su lugar, el desgaste nos genera inquietud, y nos quejamos de que es trágico además de ineficiente, aunque así es como los Unionistas acabaron con la esclavitud en EEUU, y los Aliados y la Unión Soviética derrotaron el nazismo.

Si, con humildad y conciencia moral de sus terribles costos, decidimos que merece la pena tomar parte en una guerra, deberíamos valorar más el desgaste y luchar menos. Hay tanto espacio para el valor y el carácter en una guerra por desgaste que en una batalla. Hubo mucho valor y carácter en ambos bandos tanto en Verdún como en Iwo Jima. El carácter cuenta en combate. El sacrificio de los soldados en Shiloh, Járkov o el valle de Korengal no fueron actos miserables, insignificantes, o moralmente inútiles. La victoria o la derrota por desgaste, con explosivos y ametralladoras a lo largo del tiempo, no aniquilan toda moral y significado humano.”

Esto lo escribió Cathal J. Nolan, profesor de Historia Militar en la Universidad de Boston. Es el autor de ‘La seducción de la batalla: una historia de cómo se han ganado y perdido las guerras’ (2017).

¿Por qué lo traje en este tiempo de “paz”? Por algo que dijo otro gringo, Clausewitz, que algo entendía del asunto “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Entonces, estas observaciones sobre la guerra son válidas también para la política.

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