Cacerolazos contra las excarcelaciones – Blumberg 2.0

Ahora que la tormenta ya se descargó -pero sigue lloviendo- no resisto a mi impulso de escribir en el blog sobre el asunto. Empiezo, para millennials y desmemoriados, por recordar a Juan Carlos Blumberg, un empresario textil cuyo hijo Axel fue secuestrado y asesinado en marzo de 2004. Eso lo convirtió en un referente mediático, que llegó a impulsar marchas, muy numerosas, de protesta y reclamo por la inseguridad. El gobierno de Néstor Kirchner se preocupó, y respondió haciendo aprobar leyes penales que incorporaban los pedidos que hacía Blumberg.

Esas leyes resultaron -lo vimos en la práctica- inútiles para disminuir el delito, y también la “sensación de inseguridad”. Pero ese no es el punto. Lo relevante, para esta discusión, es que esas marchas fueron la primera manifestación visible de una oposición con capacidad de movilizar contra un gobierno entonces exitoso y con muy altos índices de aprobación.

Las circunstancias actuales son distintas, claro. El aspecto más notorio es el que me llevó a poner en el título “Blumberg 2.0“. La oposición al gobierno de Alberto Fernández ha hecho esta vez -y continúa haciendo- un manejo mucho más profesional y con más recursos de la comunicación. El uso de las redes sociales -que en 2004 apenas existían- de noticias falsas y verdaderas… Y con un enfoque más anticuado, el Grupo Clarín lo ha convertido en el eje central de una campaña. Pero este aspecto ya sido muy analizado por profesionales -hasta por mí mismo, en conversaciones privadas.

Sobre ese aspecto sólo quiero decir aquí, con cariño, a mis amigos militantes -que son una parte importante de la comunicación en las redes, ojo- que mi habitual comparación del debate político virtual con una guerra de hinchadas es injusta. Injusta con las hinchadas. Porque aún el bostero más fanático -los racinguistas somos todos racionales- sabe que el equipo contrario va a tratar de hacer goles, y no piensa que sólo una conspiración internacional de infinita maldad puede hacer que quiera meterle la pelota en el arco.

De lo que me interesa escribir ahora es de algo que traté una y otra vez, a lo largo de los años, en el blog (pongan la palabreja en el Buscador, a la derecha, y verán todos los argumentos): la inseguridad como un tema de la política. Un tema fundamental, para una fuerza política que tiene la responsabilidad de gobernar.

Mi primer planteo es que hay que diferenciar entre dos distintas emociones: indignación y miedo. Ambas son motivaciones poderosas; la segunda lo es más, pero no es la única diferencia a tener en cuenta. La indignación es muy selectiva. Entre nosotros los argentinos, hay un sector de la población, numeroso, que se indigna con la corrupción en los gobiernos kirchneristas, pero la que se produce en los gobiernos macristas… le cuesta recordarla. Y eso no se debe a que los “medios” no se lo mencionen. Lo hacen muy poco, pero ese no es el motivo. Mauricio Macri, y su padre, tenían una bien ganada fama en la sociedad de empresarios corruptos -la Dra. Carrió puede dar fe- hasta que Junior empezó a ser visto como el candidato que podía librarlos de insoportables gobiernos peronistas.

Esa selectividad también se da de “este lado”, seamos sinceros.

El miedo, en cambio, es universal. Una poderosa inyección de ideología puede borrarlo de la mente consciente, pero siempre está presente. Si uno es valiente, o inconsciente, no afecta su conducta. Pero no deja de existir.

Esto es algo que hay que tener claro: el miedo, la sensación de inseguridad son provocados por el delito violento. Un banquero, un empresario o un funcionario corrupto puede, y usualmente lo hace, provocar mucho más daño económico a la sociedad en su conjunto, pero es menos frecuente que viole a alguien, le pegue un tiro o le dé un puntazo (en todo caso, ejercerá sus impulsos violentos con su propia familia).

Al punto, entonces: hay una preocupación natural, legítima, de cualquier ser humano, hasta de otros delincuentes: ser asaltado, golpeado, muerto es una posibilidad. Que aumenta en los barrios donde no se pueden pagar seguridad privada, pero no desaparece por completo en ningún lado. El que no siente un poco de temor, por sí mismo o por su familia, es un inconsciente.

Y no sirve el recurso de mencionar las estadísticas -usualmente favorables para la Argentina- que comparan porcentajes de crímenes en distintos países: son útiles para sociólogos y policías. Pero no tienen nada que ver con el problema político concreto: el temor de la gente. Que es humano y razonable: al que entran en su casa a robar con violencia no le sirve de nada saber que en Honduras tiene una probabilidad mucho más alta de morir asesinado que aquí. A la víctima ya le tocó el 100%.

Tampoco sirve echarle la culpa a los medios que magnifican el problema. Además de ser la herramienta ideal para desgastar a un gobierno que tiene en bastantes áreas un discurso “progresista”, el periodismo comercial masivo, desde que nació hace unos siglos, “vende” crimen y sangre. Es lo que más se lee, o se sigue en la TV.

Y sí, “la inseguridad es una sensación” ¿hay otra realidad más decisiva en política que las sensaciones de los ciudadanos?

Con todo esto no quiero decir que todos los que han golpeado las cacerolas con fuerza para protestar por las (reales y falsas) excarcelaciones eran almas puras, libres de ideologías y prejuicios. Ese animal no existe, en ninguno de los lados. Mi mensaje es otro, y para mis lectores graduados en ciencias sociales, gente culta, lo voy a poner en las palabras de un antropólogo, Guido Cordero, notorio en las redes:

Si decimos que un discurso “permeó” un espacio político lo estamos lógicamente y cronológicamente poniendo afuera, y eso hace más difícil entender sus procesos de constitución y acumulación. Y peor: los modos en que ha contestado, reprimido y elaborado esos discursos.

En un lenguaje más dirigido a la población en general decía el lunes el Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero “Muy probablemente, muchos votantes y militantes de Alberto Fernández tocaron las cacerolas“. No estoy seguro entre los militantes, pero que entre los votantes del FdT en el conurbano bonaerense la mayoría está en contra de las excarcelaciones masivas, tengo una razonable certeza.

Esto no significa ignorar que una parte importante de la coalición del Frente de Todos tiene, por ideología, por la historia reciente argentina, o por desconfianza a la policía y a los servicios penitenciarios, un sesgo que la acerca al lado zaffaroniano de la discusión. Y ese sector de la coalición pone funcionarios, también.

Resumiendo (¡al fin!) hay dos problemas reales, uno estructural y que viene de décadas: la superpoblación en las cárceles, y otro que surge ahora: el muy contagioso COVID-19. Que es un problema para los de “afuera”, también: las visitas y los guardias no se quedan a vivir en la cárcel. El gobierno debe (debió haberlo hecho antes, pero esos problemas siguen existiendo) darse una política frente a ellos – eso quiere decir, determinar lo que está dispuesto a hacer / invertir y lo que no – y controlar que sus funcionarios de segunda línea no traten de improvisar soluciones parciales. Si logra que no sean bocones además, mejor.

Me podrán marcar que esto es muy fácil de decir en un posteo, sin responsabilidad de ejecutarlo. Y sí, por eso el blog es gratuito. Así que me animo a agregar que esto vale también para las próximas tormentas.

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