¿Bajo lo sombra de la Gran Depresión? No. En todo caso, de la Gran Guerra

Los economistas tienen una curiosa pulsión por hacer pronósticos (No como los contadores, que siempre ponemos algo así como «los estados contables que he tenido ocasión de auditar presentan razonablemente…»). Curiosa porque la mayoría de los pronósticos se equivocan. Pero no es irracional: si aciertan en uno, les sirve para hacerse propaganda como «el que predijo…». No son muy distintos en eso de la mayoría de los pronosticadores.

Frente a la catástrofe económica, además de la sanitaria, que ha provocado el coronavirus, hasta los burócratas del F.M.I. se han contagiado. La misma Kristalina Georgieva -no de lo más imprudente que ha tenido esa institución- ha dicho que será «la peor crisis desde la Gran Depresión de 1929«. Y ya es un lugar común entre economistas, y a pesar de eso cierto, anticipar que las consecuencias serán peores que la Crisis de 2008 (que no fueron menores, sobre todo para esta parte del mundo: marcó el fin de precios altos de las commodities).

Lo que me impulsa a escribir uno de estos breves y desordenados posteos -todo lo que puedo hacer en estos días en el blog- es lo que creo un error en el diagnóstico que puede traer consecuencias serias a los que tienen que tomar decisiones para el después de la pandemia.

En mi falible opinión, lleva a engañarse comparar la destrucción de la economía productiva que presenciamos con la que se produjo a partir de 1929 hasta -según los países- algún año avanzado de la década de los 30. Porque la Gran Depresión fue resultado de las mismas fuerzas internas del sistema económico (y político) vigente hasta ese momento. Simplificando, una gran burbuja que se pinchó un 29 de octubre de 1929.

Lo mismo con la Crisis de 2008. El primer pinchazo de esa burbuja es de 2007, con el derrumbe de las hipotecas basura. La diferencia fue que los Estados y los bancos centrales habían aprendido -poco- de la experiencia anterior. Sólo lo suficiente para salvar a la mayoría de los grandes bancos.

Lo que estamos viviendo es algo totalmente distinto. Es cierto que el escenario económico global estaba repleto de malas señales. Y, también en mi opinión, la etapa que comenzó en los ’80 con la simbiosis entre las economías de EE.UU. y la Unión Europea con el «taller global» de China, que un economista bautizó Chimerica, sufre en 2008 el golpe del que no puede reponerse. Desde entonces hemos visto el lento derrumbe de ese esquema, y respuestas improvisadas. La que ha tenido más prensa, buena y mala, es la de Trump, pero la «nueva Ruta de la Seda» también puede verse en esa luz.

Pero… a partir de diciembre ´19 aparece el verdadero «cisne negro». O, mejor, cae el asteroide. La pandemia, y el confinamiento que es la única (pobre) respuesta que tenemos hasta ahora, golpeó a todas las economías con una velocidad y una profundidad mucho mayor que lo que sucedió hace 90 años.

Por eso la comparación válida –y que apunta a las consecuencias– es con la Primera Guerra Mundial, de 1914 a 1918, la que en ese tiempo llamaban la «Gran Guerra». Es cierto que ese conflicto tuvo su origen en las tensiones, económicas y de las otras, entre las Grandes Potencias (¿también el coronavirus? insinúa gente mala), pero la destrucción de las economías no las causó la inflación, la recesión, el desempleo… los males habituales. Fueron las decenas de millones que abandonaron sus trabajos por la guerra, la paralización de la mayoría de las actividades civiles, la interrupción del comercio internacional y de las cadenas de suministro locales… ¿Suena parecido a lo que sucede en esta pandemia? Es parecido.

No con la Segunda Guerra Mundial. No hay destrucción de la planta física de la producción. En la Primera Guerra no había bombardeos masivos; los aviones y dirigibles eran demasiado primitivos.

El punto -finalmente llegamos a eso- es que si mi comparación es correcta, cuando finalice la necesidad del confinamiento masivo, la recuperación de la actividad económica puede ser muy rápida. La planta física está prácticamente intacta, la gran mayoría de los trabajadores, formales e informales, los técnicos, los especialistas estarán vivos y muy ansiosos de volver a la actividad… Las víctimas de esta pandemia son, también en gran mayoría, veteranos, con problemas de salud… Habrá más bajas en los niveles de dirección, pero de ellos se acuñó la vieja frase «el cementerio está lleno de hombres imprescindibles».

De las necesidades de consumo y reposición de maquinarias no es necesario abundar. Los países medianos como el nuestro -y por supuesto las Grandes Potencias- habrán recuperado las herramientas de estímulo y control de la economía moderna que ensayaron en la Gran Guerra y desarrollaron en la Segunda. Por supuesto, las instituciones e intereses de la globalización financiera tratarán que las olviden de nuevo, pero la lección es demasiado fresca…

No quisiera que este posteo se lea como un canto de optimismo. No se me ocurre nada que garantice que en cada país -en particular el nuestro- la recuperación posterior sea bien manejada. Solamente señalo que la recesión, la estanflación no son un destino inevitable.

Para volver al ejemplo histórico: Inglaterra trató de mantener a la libra como la moneda internacional y aferrarse al patrón oro, y pagó un alto precio. EE.UU. fue el gran favorecido del auge posterior, pero acompañado de escándalos de corrupción. Alemania fue el caso más lúgubre: la hiperinflación destruyó a la república de Weimar y a su sociedad…

Si me animo a ofrecer un consejo a nuestro gobierno, es que le conviene afinar ahora -en las circunstancias muy especiales que impone la pandemia- las herramientas que permitan enfrentar los dos problemas crónicos de la economía argentina: la ausencia de un medio de ahorro e inversión confiable que no sea el dólar (hoy yo no lo veo muy confiable, la verdad ¿pero cuál es la alternativa?), y la inflación inercial «todo aumenta porque todo aumenta». Pero desarrollar eso requeriría el tiempo, y el talento, que no tengo disponible.

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