Los peronistas que vienen

El título de este posteo está inspirado, claro, por el viejo libro (1995) de Antonio Cafiero “El peronismo que viene”. Como título fue un hallazgo, porque el peronismo siempre está viniendo. Como todas las cosas que viven. Pero puse “peronistas que vienen“, porque de eso es lo que me animo a escribir ahora. El peronismo tiene una doctrina -más mencionada que observada-, una identidad muy fuerte, hasta con su propia estética, y aparatos políticos sólidos y perdurables. Pero que aspecto tomará y qué políticas llevará a cabo en la inminente 3° década de este siglo… eso lo decidirá lo que hagan y sientan, dentro de los límites que impone la realidad, los millones de compatriotas que se identifican con él y lo votan.

A lo concreto: hace poco escribí “Los peronistas que vinieron“, comentando un artículo de Ezequiel Meler. Con algunos matices, compartí su juicio sobre el peso, la centralidad de la experiencia kirchnerista -2003/15- en la formación del peronismo actual.

Agregué (repetí, porque es algo que vengo manteniendo desde hace largos años) “la etapa Kirchner -los gobiernos de Néstor y Cristina- incorporó a la militancia política en el peronismo una nueva generación. Una generación que expresa, necesariamente, los cambios demográficos, sociales y culturales, que hubo, hay, en el mundo y en la Argentina“.

Con “generación” no estoy hablando de un segmento de edad. Me refiere a un grupo humano numeroso que se compromete con la política de su país, y que encontró (en este caso) en el peronismo kirchnerista el pensamiento y la pasión que los convoca. Entre ellos hay quienes habían votado al Frepaso en los ´90, o (Dios los perdone) a Carrió a comienzos del siglo; la mayoría no había votado a nadie, estos sí por razones de edad“.

Ahora, si hay algo que esta campaña ha hecho evidente -a partir de la decisión de Cristina Kirchner de proponer a Alberto Fernández para la candidatura presidencial- es que la unidad del peronismo, necesaria para el triunfo electoral incorpora una presencia decisiva de peronistas a los que se podía llamar también”kirchneristas” porque acompañaron esa experiencia -algunos en cargos muy importantes- pero que no se incluyen, en el discurso o en la práctica, en ese sector que lidera Cristina.

Al pertenecer a mi generación (cronológica), nunca me fue difícil reconocer la existencia de “peronistas no K”. Lo usual era que discutiera con ellos para tratar que reconociesen que el “kirchnerismo” era una forma actual y vital del peronismo (El uso del peronómetro es una vieja costumbre en el Movimiento, del ´45 acá). Pero, bueno, como los K hoy son la porción más dinámica de la actual coalición, al contar con un liderazgo nacional, empiezo con la descripción de ellos.

Es adecuada la síntesis que hizo hace poco quien lo conduce, Cristina, “nacional, popular, democrático y feminista“. Valores tradicionales en el pueblo argentino, combinados con sensibilidad a preocupaciones actuales, en un lenguaje que que no se esfuerza en repetir el discurso peronista tradicional. Su expresión política más fiel ha sido la experiencia de Unidad Ciudadana. Los otros sectores peronistas, antes de la recientísima unidad, y -por supuesto- los no peronistas, que siempre se sintieron autorizados a definir qué era y qué no era el peronismo, lo acusaban de clasemediero, progre y hasta “social demócrata”, que era un término de oprobio algunas décadas atrás.

No es que esas acusaciones no tuvieran base. Pero… chocaban, chocan con un hecho muy testarudo: los sectores más humildes de la sociedad, el voto más duro y más identitario del peronismo, se identifican con el liderazgo de Cristina Kirchner. En un estilo muy peronista, la quieren.

Esto no cancela el otro hecho: que la dirigencia kirchnerista sí es mayoritariamente clase mediera, y le cuesta organizar a los de abajo, por más que tengan los mejores sentimientos hacia ellos. Un ejemplo elocuente se ve en el caso del Movimiento Evita, la maquinaria política más eficaz entre los movimientos sociales. Cuando sus dirigentes dejaron a un lado el liderazgo de CFK, y exploraron alianzas con otras figuras, hubo un fuerte descontento en la mayor parte de sus bases. Pero el kirchnerismo no fue capaz de aprovechar ese malestar para crear estructuras con un poder comparable.

En general, la dirigencia K no ha mostrado la capacidad de construir poder con los de abajo -salvo Cristina, desde ese liderazgo personal- que sí tienen los peronistas tradicionales y hasta los conservadores, como demostró el PRO porteño.

Tiene que ver con la historia (reciente). Néstor Kirchner, un gobernador peronista con un olfato y una garra política excepcionales, percibió que la derrota de 1999 -el fue el jefe de campaña de Duhalde cuando lo derrotó la Alianza- se debía a que al tradicional adversario, la UCR, se había sumado el centro izquierda del Frepaso (construido por una dirigencia de origen peronista). Se dio cuenta también de algo menos coyuntural: que la experiencia menemista había vaciado al peronismo de sus banderas tradicionales y de su mística, dejando solo aparatos territoriales y un movimiento obrero debilitado.

Su decisión de sumar al progresismo no gorila y a sus valores -no sólo a ellos, pero con preferencia- fue una experiencia política muy exitosa. Le dio a la Argentina algo más de 12 años de continuidad en el Estado y en las políticas.

Nada es para siempre, como se comprobó en 2015. Pero en el camino sucedió algo más importante. A partir de 2008 y del conflicto con las patronales rurales, apareció una nueva militancia kirchnerista, una nueva mística, una nueva identidad peronista.

Una aclaración tal vez necesaria: si revisan los posteos de este blog de ese año -ver en la columna de la derecha- verán que yo consideré ese conflicto como un grave error estratégico. Enfrentar frontalmente desde el gobierno al sector que produce las divisas que necesita el país, lo más similar que la Argentina cuenta -por su realidad productiva, no por sus opiniones- a la legendaria “burguesía nacional”… Pero uno debería saber que la Historia no toma en cuenta los juicios de los analistas. La “pelea de la 125” dejó como consecuencia una nueva militancia, una nueva identidad política. Que ha resultado en (la mayoría de) la actual dirigencia K.

Y, vale mencionarlo, no resultó en una nueva identidad opositora, un “vandorismo agrario”, o un radicalismo rejuvenecido.Pero eso es al margen.

Una aclaración más importante: como dije, esto es historia, que echa luz sobre el presente, pero no es el presente. El peronismo es un país de inmigración -como la Argentina- y tiene su excepcional capacidad para integrar a los que se suman. Experiencias previas en Nuevo Encuentro, o antes, en el Frepaso, son tan relevantes y tan poco, como tres décadas atrás en la Ucedé o en el Partido Intransigente, o mucho antes todavía, en la UCR Junta Renovadora, el anarcosindicalismo o el nacionalismo militar. Salvo unas pocas personalidades de gran fuerza intelectual, al cabo de unos años son indistinguibles de otros peronistas, para bien o para mal. Eso sí, en conjuntos de origen similar, se notan algunas características, como las que hice referencia arriba.

Sin embargo, hay una característica que la militancia K -no tanto la dirigencia- comparte con la de todos los otros sectores del peronismo: la gran mayoría están convencidos que ellos son el peronismo, y los otros no lo son “de verdad” o -si se sienten benévolos- piensan que se trata de compañeros confundidos.

La unidad, lamento decirlo, no ha cambiado esto, salvo en lo de mantener los buenos modales en público -lo que es importante, por supuesto. Su producción intelectual, y sus propuestas -cuando las hay- son muy variadas, pero no aparece, salvo algunos casos excepcionales, el reconocimiento de la existencia y la legitimidad de otras vertientes del peronismo.

Para citar un ejemplo: un colega bloguero, muy inteligente, y con gran repercusión en esa militancia, se pasó los últimos años declarando la caducidad de la previa unidad histórica que se expresaba el PJ  y sus estructuras, y la necesidad de una nueva unidad histórica. Mis observaciones a propósito de que un frente de lacanianos y cookistas no serviría para ganar ni en la Facultad de Psicología cayeron en saco roto.

Esto sería un mal augurio para la imprescindible perduración de la actual unidad. Pero hay un hecho que tranquiliza. La dirigencia kirchnerista hizo un curso acelerado de política, en la única escuela que sirve: el llano. Y su conducción, Cristina Kirchner, ha mostrado una prudencia y lucidez excepcionales en ese nivel, donde aún los mejores se marean. Evaluó, estimo, que si ella era la candidata presidencial, tal vez se podía ganar -los números de las encuestas, hasta donde sirven, así lo indicaban, después del deterioro de Macri en 2018. Pero sería mucho más difícil gobernar.

Y entregó la candidatura presidencial, con lo que ese cargo significa en el peronismo, en la Argentina, a un hombre de fuera del kirchnerismo, entendido como el sector incondicional a su liderazgo. Una jugada brillante, y seguramente original. La originalidad no es garantía de éxito, pero en este caso ha funcionado muy bien. La unidad lograda lo muestra.

Ahora, corresponde que escriba de esas otras identidades peronistas (No es una sola, por cierto). Pero es más difícil y estoy cansado. Espero poder hacerlo antes del domingo.

(Continuará)

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