La Nación suena la alarma

Cada vez veo más indicaciones de que el blog de política, ese formato informal que disfrutamos -y que en mi caso sigo estirando por más de 11 años- necesita ideas nuevas. Y sangre nueva. Del “cuadernogate”, esa tormenta de humo -y fuego, y sobre todo chispas que queman en todas direcciones- desatada el 1° de este mes, los blogs de análisis y militancia han sido tan previsibles en sus comentarios como los de la cadena de medios masivos. Con signo opuesto, claro. Tuvo que ser Carlos Pagni, hombre de esos medios masivos hoy paraoficialistas, el que hizo más -hasta donde yo leí- para poner el escándalo en su contexto nacional e internacional.

(Reconozco que yo no escribí nada aquí. Además de mi habitual y verdadera excusa de falta de tiempo, posteé bastante sobre política y corrupción, como pueden leer si les interesa en el Buscador de la columna de la derecha. No veo que pueda agregar algo nuevo).

Y hoy es nuevamente un hombre de La Nación, Francisco Olivera -coautor allá por 2007 junto a Diego Cabot (¿les suena?) del módico best seller “Hablen con Julio”, donde está todo lo que se lee en las fotocopias de los “cuadernos de Centeno”, más anécdotas; es Olivera, digo, el que hoy publica el mejor análisis -también, hasta donde leí-: Un escándalo que nadie puede frenar. Con el sesgo de La Nación, por supuesto, escribe de esta ofensiva jurídica y mediática y dónde puede llegar. Mi comentario al final.

“Con apenas diez días de vida, el escándalo de los cuadernos de Oscar Centeno acaba de alcanzar una categoría desconocida en la historia de la corrupción argentina: por su propia dinámica, contexto y características, no hay nadie en condiciones de frenarlo. Esta presunción, demoledora para el olfato empresarial, multiplicó en las últimas horas la urgencia del establishment por presentarse en Comodoro Py. No es altruismo: es miedo a la onda expansiva. Un exquisito del lenguaje podría incluso objetar la palabra elegida para la figura jurídica con que algunos han elegido colaborar: más que arrepentidos, parecen presentarse como rehenes de situaciones que ponían en riesgo desde negocios hasta la seguridad física.

Pero Claudio Bonadio no es confesor sino juez. En sus manos están los alcances de una investigación que perturba incluso a sectores del Gobierno. ¿Qué macrista estaría en condiciones de afirmar que, en el futuro, arrinconado, un arrepentido no involucrará a funcionarios de la administración actual? Es la primera conclusión que surge al hablar con abogados y consultores que, convocados por contratistas de obra pública, e incluso antes de saber si serán o no citados, tienen ya delineadas estrategias de contingencia: dirán que ese era el único modo de trabajar en la Argentina desde hace décadas. Arrepentido estaba Raskólnikov en Crimen y castigo.

El cataclismo los tomó por sorpresa. “Estamos todos en un pequeño quilombo”, dijo a La Nacion un contratista. Superadas rápidamente las dudas de quienes observaban que los originales de los cuadernos siguen sin aparecer, el punto de inflexión llegó esta semana, con la aparición de Techint como protagonista de la operatoria. No solo porque es el grupo empresarial más importante del país, sino porque la declaración de sus imputados, Luis Betnaza y Héctor Zabaleta, empezó a poner en duda el principal argumento que venían dando en las empresas, que era el suministro de bolsos como contribución de campañas electorales. Es cierto que ningún funcionario pediría aportes para comprarse un tres ambientes en Miami, pero el eufemismo tiene además una lógica jurídica: los aportes ilegales violan la ley electoral y se castigan con una pena de 3 años de prisión, mientras que las figuras de soborno y asociación ilícita prevén sanciones mayores: de 1 a 6 y de 3 a 10 años, respectivamente.

Los pagos que Techint acepta haberle hecho al kirchnerismo para conseguir que le gestionara ante Hugo Chávez la indemnización por la estatización de Sidor coinciden con una jactancia que Julio De Vido repetía en ese momento ante interlocutores de confianza: haber conseguido para la siderúrgica, expropiada a principios de 2008, un resarcimiento acorde con el valor que tenía antes de la caída de Lehman Brothers, que se produjo meses después y desplomó las acciones de todos los activos en el mundo.

Betnaza declaró ayer como imputado, se retiró bajo caución probatoria y explicó a los periodistas que esperaban afuera la división de roles en el grupo. “Zabaleta dijo que él había pagado dinero. Las condiciones y los por qué de ese dinero, el señor Zabaleta no los sabía: los sabía yo. Vine y expliqué las causas por las cuales había hecho eso, y ahí quedó”. Nada extraño para una multinacional: en general, para evitar traiciones, quien paga y quien negocia no es nunca el mismo.

Por las decisiones que tomó hasta ahora, Bonadio parece convencido de que serán los empresarios, no los ex funcionarios, quienes permitirán avanzar con la investigación. A los urgidos se sumaron ayer Carlos Wagner, expresidente de la Cámara de la Construcción, que adhirió a la figura del arrepentido; Aldo Roggio, un histórico de la obra pública, que adelantó así la indagatoria que tenía prevista para el martes, y Hugo Eurnekian, director de Corporación América, que se presentó espontáneamente y admitió que le había entregado a Centeno bolsos con “aportes de campaña” en al menos dos ocasiones.

Son días difíciles para todos. El universo contratista cree estar sufriendo una vieja promesa incumplida de Macri, de quien interpretaron que la limpieza del establishment argentino, si se concretaba, se centraría solo en los casos más obscenos de los últimos años. No por nada, no bien Macri llegó a la Casa Rosada, muchos de ellos hicieron esfuerzos por participar de licitaciones incluso por debajo del costo. Había que ser parte del nuevo régimen. Nadie imaginaba por entonces una cacería indiscriminada.

Pero el fantasma de Centeno no siguió esa lógica. Ahora, aunque se lo propusiera, la Casa Rosada no podría influir. No solo por su debilidad inherente o la magnitud del asunto, sino también por las particularidades del juez: entre íntimos, Bonadio admite últimamente estar frente al gran caso con el que le gustaría despedirse de la Justicia antes de jubilarse. Independientemente de los alcances, la investigación le traerá además al Gobierno penurias económicas con las que no contaba, que se extenderán probablemente hasta bien entrado el año próximo. Ayer, apuntalado por la tensión entre Estados Unidos y Turquía, el riesgo país subió sobre los 700 puntos básicos y el dólar trepó a 29.80 pesos.

Nada que no haya ocurrido ya en Brasil. El Lava Jato se inició en 2014 y la economía de Temer no termina de recuperarse: crecerá en el mejor de los casos 1%, un tercio del 3% que Henrique Meirelles, entonces ministro de Hacienda y ahora candidato a presidente, había pronosticado en marzo. Ni los acuerdos de indulgencia firmados con la Fiscalía General, que exigen a las empresas severas multas y el compromiso de colaborar con la Justicia a cambio de no quedar inhabilitadas para operar, alcanzaron para evitar el derrumbe.

Ese escenario, sin embargo, es de corto plazo. En el horizonte aparece una incógnita mayor: ¿alcanzará el mayor escándalo de corrupción de la historia argentina para refundar el sistema político entero? Tanto la experiencia brasileña como la Tangente italiana mostraron que los actores que en un principio parecían beneficiarse con el escándalo quedaron después afectados. “El dique se rompió: la duda es si el agua llega a la rodilla o al cuello”, graficó ante este diario un operador empresarial.

De esa medida depende la reelección de Macri. Bastarán unos meses para revelarle si llegó para formar parte de la “nueva Argentina” que prometió refundar o si, por el contrario, deberá contemplarla desde afuera. Hace años, cuando estaban a la par, Sergio Massa solía hacerles a sus viejos socios de Pro una broma sugestiva. Decía que él y Macri no eran los primeros de la nueva política, sino los últimos de la vieja”.

El “mani pulite” en Italia en los ’90 no redujo -como ya ha sido observado- el índice de corrupción en la política y la economía de ese país. Pero sí acabó con toda la corporación política que había gobernado Italia desde el fin de la 2° Guerra. Para dar paso a una nueva, claro. Allí surgió Berlusconi, por ejemplo.

El “Lava Jato” en Brasil no tuvo el mismo efecto. No al menos hasta ahora. La intervención del “partido judicial” brasileño estuvo, está, tan direccionada como las del “partido militar” en una etapa anterior de la política en América del Sur: acabar con el “populismo” en su versión brasuca: el P.T., el liderazgo de Lula. No sabemos como sigue la película, claro.

La ofensiva judicial en Argentina estuvo, durante décadas y hasta este mes, rígidamente controlada: los culpables estaban fuera del gobierno. Y además, en general eran pobres (comparativamente). El factor -el interno; los de afuera del país merecen un análisis aparte- que cambió- es la lección que pusieron por escrito los jueces del Lava Jato: los empresarios son mucho más vulnerables a la presión judicial que los políticos.

Alguien que actúa en política tiene -es inevitable- en algún lugar de su mente la posibilidad de ir preso. Como alguien que limpia vidrios la posibilidad de la caída; no la desea, probablemente piensa que a él no le va a pasar. Pero sabe que la posibilidad está.

Para los empresarios grandes, entre nosotros, la posibilidad de ir preso era sencillamente impensable. Ya no. Es irónico que sea en un gobierno muy “friendly” con las grandes empresas, cuyos cuadros más importantes, empezando por el Presidente, vienen de ahí, haya surgido este espectro.

La nota de Olivera en La Nación -vocero histórico de un sector del poder económico local- indica su desconcierto. Y su desconfianza hacia las figuras políticas que en algún momento les ofrecían garantías. O, aunque sea, el “mal menor”. Mauricio Macri, Sergio Massa…

Por mi parte, estoy de acuerdo con la nota en algo: Es probable -no seguro, pero probable- que quienes que se han movido por décadas en este entretejido del poder político y económico “pasen a retiro”. El reciente debate por la “despenalización del aborto/interrupción voluntaria del embarazo” mostró que muchos de sus expresiones políticas están obsoletas. ¿Que vendrá nuevo? Difícil decirlo, y difícil que aparezca para el inminente 2019. Pero a los que le gustan vislumbrar escenarios menos tácticos, les invito a leer este interesante posteo de Marcos Domínguez.

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