Relectura para los que se oponen a Macri

teatro-caras

El artículo que es el punto de partida de este posteo fue publicado hace algo más de dos años y dos meses, cuando la gestión de Mauricio Macri cumplía 100 días. Y yo lo subí a este blog al punto. Habla entonces de un escenario  distinto. ¿Por qué retomo este texto de Gerardo Adrogué y Alejandro Grimson, un sociólogo y un antropólogo social, nada menos, para hablar de la política actual? En un blog que tengo archivado, justo en las semanas que estoy fuera de mi país?

Porque creo que apunta a elementos permanentes de nuestra realidad política. Escribí hace pocos días que veía a este gobierno “enfrentado a un prolongado deterioro, como el de Alfonsín, o a una crisis terminal, como el de la Alianza“. Pero… la variada oposición debe(mos) recordar eso de “no vendas la piel del oso antes de cazarlo”. Más importante, más estratégico, es lo que aquí señalaron Adrogué y Grimson, y, por lo que valga, escribí muchas veces en este blog: existe, y tiene apoyos locales e internacionales muy importantes, el proyecto de construir un modelo neoliberal sustentable en nuestro país, con voluntad hegemónica, apoyado hoy en los medios de comunicación masiva.

Y esto no depende de la suerte de Mauricio Macri. Menos aún de la confusa coalición Cambiemos.

Hago una aclaración necesaria: el término “neoliberal” está yendo en el mismo camino que “fascismo”, una palabra que sirve para denominar todo lo que a uno le disgusta. Entonces, preciso: Con “modelo neoliberal” me refiero a la variante de la economía capitalista y a los valores sociales que predominan desde hace unos 40 años, con muchas variantes nacionales, en los países de la Unión Europea y en los EE.UU. Un modelo que privilegia la valorización financiera sobre la producción, al consumidor sobre el trabajador, y a la eficacia sobre la solidaridad.

Muchos estudiosos han marcado las raíces -en cierto modo, la continuidad- de este proyecto y de su rechazo a lo largo de nuestra historia. Hasta en el “liberalismo borbónico”, iluminado y autoritario, de muchos de los próceres que hoy dan nombre a nuestras calles. Estoy de acuerdo, pero no es lo decisivo. Son muchísimos los argentinos, probablemente una mayoría en esta época de comunicación global, que ven cómo se vive en esos países prósperos, y quieren “eso”. Son menos los que se dan cuenta de los costos. Y una parte de los que lo tiene claro, los que llegan a posiciones de poder en el Estado, las empresas, los medios, consideran que vale la pena que los paguen… otros.

Con esto quiero subrayar un hecho obvio que se está pasando por alto en la comunicación política: una alternativa a este proyecto debe convencer a las mayorías -y el 30% de pobres que señala la UCA, por ejemplo, es menos del 50%- que en un futuro no muy lejano van a vivir mejor. La ideología, aún el recuerdo de días mejores, pueden alcanzar para llegar al gobierno, si Macri fracasa muy estrepitosamente. Pero no sirven para sostenerse.

Vamos a lo que dijeron Grimson y Adrogué. Y luego les diré cómo creo que se aplica hoy.

Existe un diagnóstico simplista que supone que el macrismo es una experiencia a corto plazo de las élites para rapiñar recursos públicos, que el macrismo es un fenómeno político que solo busca devolver a las grandes corporaciones y al capital concentrado los beneficios perdidos durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y que una vez cumplido su cometido cortoplacista perdería relevancia política y electoral.

No desconocemos lo obvio: el poder económico concentrado ha sido el beneficiario de la enorme transferencia de recursos que Macri realizo en sus primeros 100 días de gobierno (devaluación, apertura indiscriminada de importaciones, disminución y eliminación de retenciones, despidos en el sector público y desprotección al trabajo en el privado, entre otros). Sin embargo, este diagnóstico simplista desconoce que el propósito fundamental del macrismo es de largo plazo: construir un modelo neoliberal sustentable en la Argentina, con voluntad hegemónica, apoyado en los medios de comunicación masiva“.

El diagnóstico simplista lleva a la pereza política. Si el gobierno se disparara en sus propios pies, si tuviera pies de barro, no resultaría necesario esforzarse en construir activamente una oposición.

Un diagnóstico realista, que reconozca la complejidad del macrismo, también intuye que las políticas que lleva adelante el neoliberalismo en el gobierno van a generar malestar en amplios sectores de la sociedad y que (aunque los medios masivos lo oculten o disfracen), el nivel de apoyo a la gestión, la imagen de Macri y la potencial intención de voto pueden disminuir significativamente durante los próximos meses. Pero no asume quien podría beneficiarse de ese desgaste. Nada es mecánico en la política … El diagnóstico realista invita a pensar en la necesidad de ampliar y conducir este potencial espacio antimacrista, de construir una oposición con vocación de mayorías, lo cual lejos de la pereza exige actuar de modo decidido, inteligente e innovador.

Repasemos las tres estrategias (posibles). La primera se basa exclusivamente en entablar negociaciones de gobernabilidad para las provincias (y/o municipios) donde se gobierna. A esta primer estrategia le tiene sin cuidado un diagnóstico simplista o realista, acertado o no, sobre el macrismo. Es una estrategia cortoplacista que reconoce el poder coyuntural del adversario y sólo busca maximizar el intercambio político de bienes y recursos. Sería necio negar que una parte de la política requiere de negociaciones. Tan necio como creer que de esa realpolitik puede emerger una verdadera alternativa al oficialismo. La voluntad popular esta para ser respetada, pero también es evidente que la voluntad popular nunca fue perder derechos. Y en este punto la oposición debe ser intransigente.

Pero una posición jacobina en la defensa de los derechos conduce a una segunda estrategia tan equivocada como la primera. Fundada en el diagnóstico simplista sobre el macrismo y sobre las consecuencias que su gobierno tendrá sobre los votantes, esta segunda estrategia sostiene que el pueblo extraviado comprenderá, tarde o temprano, la verdadera naturaleza del macrismo y, en consecuencia, retornará al redil. Con el explícito propósito de facilitar el retorno de las masas desilusionadas, promueve acentuar los rasgos más duros y puros de la identidad política kirchnerista (o trotskista para el caso). Bajo esta mirada, cualquiera que no sea un abogado absoluto de los doce años de kirchnerismo debe ser estigmatizado como traidor o renegado. ¿Cuál es el peligro que aquí anida? Alimentar una posición política que confine a la oposición a los márgenes de lo testimonial y la prive de la orientación estratégica que construya mayorías políticas y electorales.

Por eso, es imperioso fortalecer una tercera estrategia: ampliar y fortalecer a la oposición. Se trata de ampliar el espacio antimacrista y de conducir una orientación definida al interior de ese espacio. Por un lado se requiere articular diversidades, sin que nadie pierda su identidad, ni su propia visión, pero sin anteponer la propia identidad para un trabajo conjunto. Por el otro, debe garantizarse que en este nuevo colectivo prime una orientación política de intensa defensa de los derechos populares. El contexto actual argentino y regional es desfavorable para el campo popular y nos impone reagrupar y construir. Caso contrario, la actual fragmentación de la oposición continuará beneficiando al macrismo, tanto como proyecto político como en su fuerza de negociación coyuntural“.

Lo que en este artículo mencionaban como “estrategias”, hoy podemos ver que son realidades políticas en la oposición. Aquellos que manejan porciones de poder -territorial, sindical- negocian. Con mayor o menor firmeza, con mayor o menor habilidad.

Es inevitable, en un país donde la concentración de recursos en el poder ejecutivo nacional es tan alta como aquí (¿Recuerdan que insisto siempre en el ejemplo del bienio 2009/11, cuando la oposición al gobierno K tenía mayoría en el Congreso? Y no le sirvió de nada). Claro, esa necesidad de negociar les hace muy difícil construir liderazgos que expresen la preocupación o la bronca de los perjudicados por las políticas de este gobierno. ¿Y quiénes van a votar a la oposición, sino los descontentos con el oficialismo?

Lo que en el texto llaman una “posición jacobina” parecería corresponder a Unidad Ciudadana, a los sectores que se identifican con el liderazgo de Cristina Kirchner. No es así. Sus voceros, sus operadores, se esfuerzan, con el evidente aval de CFK, en tejer lazos y mantener puertas abiertas -a veces lo consiguen, a veces no- con otros sectores de la oposición. Incluso con algunos cuya identidad surgió enfrentándose, en algún momento, a la anterior presidente.

Un ejemplo público: hace muy poco Unidad Ciudadana retiró su proyecto contra el descomunal aumento de tarifas impulsado por Macri -un “issue” decisivo, si los hay- para consensuar uno impulsado por los diputados del massismo y los alineados con los gobernadores.

A los “jacobinos” se los encuentra en la gran mayoría de la militancia opositora. Naturalmente. Son los que no tienen nada a defender ni conservar con este oficialismo.

Lo que no existe (todavía) es la conducción que pueda trazar una estrategia de conjunto. O, para ponerlo en forma más modesta, y realista, articular las distintas estrategias, que van a continuar existiendo, para conseguir armar una propuesta política capaz de ganar las próximas elecciones. O -posible, pero improbable- articular una mayoría legislativa coherente si el deterioro político de Macri llegara a debilitar al ejecutivo y la confianza que depositan en él los bloques de poder económico que hoy lo apoyan.

En la normalidad institucional -que se ha mantenido a través de desafíos y crisis gravísimas por 35 años- eso significa que esa conducción se construirá a partir del hombre o la mujer -la política siempre es personal- que pueda ganar las elecciones nacionales para presidente. No importan tanto los avatares previos. La larga normalidad kirchnerista -12 años y medio- se fundó en sucesivas victorias electorales. Aunque comenzó con muy discreto resultado en el 2003. La brevísima gestión de Adolfo Rodríguez Saá, la más larga de Eduardo Duhalde, importantes como fueron, no construyeron un poder político perdurable.

Como diría un anterior comentarista de este blog, todo esto es pura descripción. Y superficial, agrego. No dije nada de las posibles estrategias de que se llamó aquí “el proyecto neoliberal”. Ni, lo más importante todavía, qué significa, hoy y aquí, la alternativa a ese proyecto. De eso voy a seguir escribiendo, si encuentro el tiempo. Y lectores, claro.

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