Antes de 2019

Argentina no es un país tan diferente a otros como la leyenda hace creer. Sí es, tal vez, algo acelerado. Hace tres semanas “Hay 2019” era una consigna con la que dirigentes y militantes peronistas levantaban el ánimo -de los demás y de ellos mismos- para decir que la que había sido hace muy poco la fuerza política indiscutiblemente mayoritaria tenía chances en la elección presidencial del año que viene.

Y hace seis meses la mayoría de los que manejaban poder e información -incluso buena parte de esos dirigentes peronistas, empresarios, sindicalistas y por supuesto funcionarios- daban por segura la reelección de Mauricio Macri. Con aprobación, resignación o mucha bronca. Pero la “guita sabia”, como dicen los yanquis, apostaba ahí.

Hace algunos días el equivalente de un oficial de Estado Mayor de Clarín, del grupo mediático que ha sido y sigue siendo hasta ahora uno de los apoyos principales del gobierno de Macri, ha escrito del “Plan Perdurar”, el único proyecto que ahora puede abrazar el oficialismo.

Entonces, no es que en otros países liderazgos y valoraciones no cambien. Cambian en profundidad. Piensen en Obama, por ejemplo. Tal vez, hasta en Trump, en un futuro no lejano. Pero no cambian tan rápido, por Dios!

Lo que vale la pena destacar es que la tormenta cambiaria que arrasó en las dos semanas pasadas -y que todavía sigue- a la nave del oficialismo no era, no podía ser inesperada. Conocidos voceros del pensamiento económico vigente en el Atlántico Norte, algunos de ellos cercanos al presidente Macri, alguno con credenciales académicas sólidas, advertían de los desequilibrios en las políticas económicas que se aplicaban.

Del otro lado de la “grieta”, la comisión de Economía del partido justicialista, por ejemplo, durante un año y medio elevó informes reservados advirtiendo de la crisis que se incubaba.

(Este humilde blog señaló varias veces el triple déficit: fiscal, comercial y de cuenta corriente en que se incurría, y de la dificultad de manejar los tres al mismo tiempo. Lo menciono por autobombo, claro, pero también para que se vea que si yo me daba cuenta, cualquiera podía hacerlo).

Que los funcionarios del gobierno no lo previeran siquiera como una posibilidad que obligaba a tomar algunos recaudos, hasta es explicable. La confianza ciega en las propias ideas, o en las que uno se ha convencido porque le conviene, es un defecto muy humano. También la soberbia, y si la actual primera línea del aparato macrista no tiene más que otros equipos, lo disimula menos.

Los empresarios… bueno, la historia ha hecho que siempre tomen un recaudo básico: tener una buena parte de su patrimonio afuera (En el gobierno dan el ejemplo). Pero había -y, atención, hay- otro factor: no existe por ahora ninguna propuesta política que les de las seguridades que pretenden. No confiarán mucho en Mauricio, tal vez menos en promedio que otros sectores, pero… es lo que hay.

La imprevisión más notoria, entonces, es la de la dirigencia política. En especial, la opositora. Y la enfoco porque, además, es la que debe dar respuestas a la crisis en curso.

Si no fuera por eso, este posteo sería otra charla típica sobre “los problemas argentinos”, para la que no tengo tiempo.

Ahora, hablar de “los políticos” es como hablar de “los judíos”, o “las mujeres”, colectivos de los que se puede decir de todo porque hay de todo. Prefiero plantear, basado en mi experiencia, que hay un tipo de inteligencia práctica, que es necesaria en la actividad política, que es muy buena para analizar la situación y tomar decisiones inmediatas, pero rechaza, hasta con cierta impaciencia, las especulaciones sobre futuros más o menos probables. Es como si sintiera que, si el futuro es incierto, lo mejor que puede hacer es tomar las decisiones cuando llega.

La capacidad de unir esa inteligencia práctica con el pensamiento estratégico es muy rara. No sólo en los políticos.

Como les digo, hago hincapié en esto porque creo que está sucediendo nuevamente. Macri, su gobierno, han sufrido un fuerte deterioro político. Sus votantes están entre los más fastidiados. Todas las encuestas, y la percepción de los políticos dicen lo mismo. Las medidas económicas que se verá obligado a tomar o a avalar, aseguran que su proclamada reelección el año que viene es por lo menos dudosa. Y todos los que actúan en política -opositores y oficialistas- se dan cuenta de eso.

Lo que me parece que no se está analizando con seriedad, por los que deben tomar decisiones o posicionamiento político, es la situación que se ha creado ahora, que las políticas que se han llevado adelante en estos dos años ya no serán posibles.

Quiero que se distinga con claridad lo que estoy señalando, del escenario, fantaseado por opositores y usado como ariete político por oficialistas, de un derrumbe como el del gobierno de la Alianza en 2001. “El club del helicóptero”. ¿Es una posibilidas? Y sí. Todo es posible (hasta que un gobierno repitiese la misma dependencia del endeudamiento externo que signó al gobierno de Menem y al de la Alianza). Y en la imaginación de los argentinos, como en la de muchos otros pueblos, está presente el fantasma de la última gran crisis.

Pero me parece muy improbable que se repita. En primer término, porque a pesar de ese imaginario colectivo, las crisis siempre son diferentes. Y hay razones más prácticas: no existe la convertibilidad, no hay límite para que el Estado pueda emitir; sobre todo, el sistema financiero internacional no está comprometido con la Argentina hasta el punto que había llegado al final del gobierno Menem. No habrá blindaje, mega canje; no se salvará a los inversores externos que se hayan quedado. J.P. Morgan ya habría salido, de todos modos.

El escenario casi seguramente será distinto. No sólo no implica una ruptura del orden constitucional (el derrumbe de la Alianza no la implicó, recuerden) sino que no necesariamente se acortará el mandato de Macri. En realidad, no sólo los macristas están muy en contra de eso; tampoco los que levantan el liderazgo de Cristina Kirchner lo querrían, por ese mismo escenario ¿Se puede prever con seriedad al actual Congreso eligiéndola para hacerse cargo de un Poder Ejecutivo vacante?

Menciono ese disparatado escenario para hacer claro que no hay libretos para esta situación. Es cierto que en el peronismo que se denomina “dialoguista” o “racional”, hay quienes piensan en un gobierno de coalición. Tal vez no en las provincias, que están muy enfrascados en sus problemas locales, pero sí en el palacio del Congreso. Y también algunos del Círculo Rojo, del establishment.

Nuevamente: ¿Se puede prever con seriedad a Macri firmando mansamente los decretos que elabore un Jefe de Gabinete o un super ministro? Tal vez no sea el mandatario más trabajador que hemos tenido, pero no le falta voluntad de poder.

De todos modos, el punto principal está más allá de las ambiciones y los delirios personales. El “gradualismo” de Macri no fue tal; llevó adelante -con errores, incoherencias y corrupciones, es decir, las falencias inevitables de todo gobierno, tal vez en mayor medida- un proyecto que se trató de imponer en varias oportunidades en las últimas cuatro décadas. Que responde a un proyecto global, “un clima de época” le dicen algunos, hoy un tanto deteriorado pero todavía vigente: el de la globalización financiera.

Proyecto que tiene apoyos poderosos y permanentes en la sociedad argentina. Permanentes en el sentido que no dependen de la coyuntura electoral. Una parte mayoritaria del poder económico local -que a su vez está mayoritariamente en manos transnacionales, y de una parte considerable de nuestra sociedad, la que compró con algún entusiasmo la idea de “volver al mundo”. Como antes había comprado otras versiones del mismo.

Bueno, ese sector se ha desilusionado ahora, como le pasó en los años finales de Menem. Y no es relevante la frase de la izquierda ingenua, en el peronismo o fuera de él “Este proyecto no cierra sin represión“. Tampoco cierra con represión, la de las policías bravas, de la vieja tradición conservadora. En la realidad de hoy, no hay un Pinochet que establezca el modelo con el poder militar y el terror.

(Además que en nuestro país, los equivalentes de Pinochet tampoco pudieron hacerlo, usando esas mismas herramientas).

Tengo presente lo que decía esta semana un ingenioso ironista en Twitter “Finalmente, a Macri no lo derrotó el peronismo ni el pueblo en las calles. Lo derrotó el mercado“. Es válido en parte. La otra parte, mayor, es que su proyecto no era, no es viable, porque en Argentina existió una experiencia peronista que elevó el nivel de vida de los trabajadores y fortaleció su organización. Y porque nuestro pueblo ha incorporado muchas de las debilidades típicas de las clases medias en todas las sociedades, pero también el gusto por vivir bien y darse ciertos lujos. Ningún gobierno puede quitárselos sin perder su apoyo. Y ganar su bronca.

A esta altura, ustedes dirán que estoy descartando alternativas, pero no planteo ninguna. Tienen toda la razón! Ese es mi objetivo: hacer ver que no hay recetas: la dirigencia política debe entender que está enfrentando una realidad nueva, distinta a la anterior.

La coalición oficialista está más condicionada, porque debe tratar de mantenerse en un barco que se zarandea -y se zarandeará más- pero eso mismo le da una opción concreta: se mantiene ahí o salta a la oposición. Los que ya están ahí, tienen que usar su imaginación y tratar de prever lo inesperado. El futuro ya llegó, y resultó ser este presente.

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